Tierra Adentro
Ilustración de Rosario Lucas
Ilustración de Rosario Lucas

1

Empecé a escribirle dos meses después de que se hubiera muerto. Había tomado dos postales gratuitas de la biblioteca, que acababa de lanzar una campaña de promoción de la lectura. La primera mostraba a un niño rubio leyendo en el suelo y la segunda a un abuelo pálido en un sillón. Escogí la primera.

Escribí: “Hola mamá, supongo que ya estás descansando”.

Lo más difícil fue conseguir un timbre postal, porque en este país frío, al que nos mudamos para poder tener un trabajo que de verdad nos pagara, las cosas más simples de la vida cotidiana eran casi siempre oscuras. Descubrí por medio de un colega que en las tiendas de tabaco los vendían y compré tres timbres para México. La dirección era la de la casa en la que yo había crecido, una casa en la que ahora solo vivía mi padre y que tres días a la semana se sometía al cuidado de Marta, la señora que mi mamá había contratado para hacer la limpieza cuando se enteró de su enfermedad. Escribí la dirección de esa casa en automático, como si estuviera rellenando un formulario de inscripción al gimnasio, y la eché en el buzón.

2

Mis hijas juegan a ser pedicuristas y toman turnos para masajearme los pies con la crema que compré de urgencia en un viaje en carretera, cuando la pequeña desarrolló una dermatitis. “Señorita, ¿qué color de esmalte va a querer?”, me dice la mayor. Me pide ayuda para abrir el bote de vidrio, soldado a la tapa por una capa de esmalte naranja que se había solidificado. Se echa al suelo a la altura de mis uñas y se dice a sí misma, murmurando, hay que tener mucho cuidado con esto, mientras estudia sus manos y mis pies.

Al principio había descartado usar la postal del abuelo pálido. Principalmente, porque no pensaba enviar más que una. Pero cuando sentí la necesidad de volver a escribirle a mi mamá, ahora que ya estaba muerta, mi primera intuición fue buscar una postal con imágenes que tuvieran algún sentido. Eso habría sido lo ideal.

En la calle principal de la ciudad en la que vivimos hay una tienda de cosas demasiado bonitas, como tazas de cerámica japonesas o velas con amatistas. Pero casi todas las postales eran del mismo estilo. Ilustraciones hechas a mano y con un pulso turbio que enseñaban dos manos sosteniendo un pastel en forma de corazón. Pero las manos tienen pelos en los dedos. O se ve una pareja de caricatura posando desnuda, agarrados de la mano. Pero sus genitales están cubiertos con calcetines sucios. Más que los destellos de abyección al ver las ilustraciones, me incomodaba la idea de que todas esas postales en blanco y negro hubieran sido diseñadas para enviarlas a gente viva.

3

Aunque la postal del abuelo leyendo en el sillón no significaba nada, decidí usarla. Esta vez escribí: “Recuerdo una vez que te miré desde lejos con curiosidad. Estabas en Walmart viendo las opciones de maquillaje como si se te fuera la vida en escoger el tono de tu labial. Usabas tonos oscuros y probablemente escogiste uno cercano al burdeos. Después de que te incineraron, me di cuenta de que tenías más de veinte tonos de labiales muy similares entre ellos, perfectamente alineados en una caja de acrílico cerca del lavabo, al lado de tus esmaltes. No tenías las cosas así a la vista cuando yo vivía en tu casa. Me las escondías. Pero un día después de que te moriste, cogí todos tus labiales, mamá. Los puse en una bolsa zip-lock de dos litros, los junté con tus esmaltes de color naranja y rosa, y me los llevé a mi casa”.

El timbre postal era de una corona, un símbolo que tampoco me decía nada. Las niñas se pusieron las botas y yo me cubrí la cabeza con el gorro del impermeable. Empezamos a caminar bajo la lluvia, que era tolerable. Las niñas acordaron sin conflicto que la misión de la caminata era saltar en los charcos, compitiendo por ver quién lograba mojarme más los pantalones. Sus voces agudas sobresalían en el entorno gris como una piñata de estrella de diez picos y se lo hice saber: “Niñas, son tan ruidosas y alborotadas como una fiesta a la que no quería venir”. Pero detrás de mi irritación había algo de tolerancia hacia su condición ajena e infantil, que no sé si alcanzaron a percibir.

Cuando llegamos al buzón, frente a una casa con marcos de ventana azules, me di cuenta de que la postal se había mojado. “¿Crees que se puede leer bien?”, le pregunté a la mayor. “Creo que sí”, me respondió. La menor intentó meter el brazo entero en el buzón y después me preguntó si podía ser ella la que depositara la postal. Sus manos estaban húmedas, el agua de los charcos le había salpicado hasta los cachetes. Pero era la primera vez que se ofrecía a hacerme un favor, y su cara mostraba responsabilidad genuina, así que le puse la postal en las manos sucias y le dije que sí.

En mi casa se escuchan gritos. No intervengo. Las niñas están con su padre, así que están a salvo. Empieza a sonar música y los gritos se convierten en carcajadas. Es la hora de la cena y de regreso del paseo se me olvidó pasar al supermercado. Voy a la despensa y encuentro una bolsa de lentejas, un bote de mostaza y una lata de crema de champiñones. Una lata que voy a calentar paradarle de comer a mis hijas.

5

Después de la cena tengo una ventana de tres o cuatro horas que suelo dedicar a releer alguno de los libros que conservo de mi biblioteca de estudiante, que consiste en malas traducciones al español de clásicos universales. Acababa de terminar de releer Anna Karenina hace unos días. La primera hoja en blanco del libro todavía tenía restos del ex libris que hice la primera vez que lo leí: un garabato de florero con tallos que sostenían tres letras capitulares copiadas de manuscritos medievales, que había sacado de internet. Cuando era adolescente, el diseño de aquel ex libris me había tomado más de un día. Me propuse entonces hacer lo mismo con el tema de las postales, que se había convertido en un problema sin solución.

El grosor de la tapa del libro era perfecto. Lo suficientemente rígido para mantenerse como un objeto unitario en su viaje transatlántico, pero fino como cualquier otro producto postal. Busqué las tijeras y, antes de medir las dimensiones de la portada, la arranqué con violencia del lomo, que reaccionó con dolor. El pegamento que unía la portada con el resto del libro se había  convertido en una pasta rígida, un músculo que cubría los nervios  de hilo rojo que habían estructurado su columna durante veinte años.

Después de recortar los pies y la falda de Anna Karenina —sacrifiqué también la tierna compañía de un perro dormido a su lado— me di cuenta de que lo había logrado. Tenía una postal con sentido, un símbolo trágico de la búsqueda de libertad femenina en medio del páramo doméstico, aunque pensado por un hombre.

6

Esta vez le escribí: “Me pregunto si viviste bien, si en realidad querías tener la vida que al final tuviste. Porque parecía que sentías un gozo especial por tener la casa en orden antes de calentar una crema Campbell’s y pedirnos discretamente que te diéramos las gracias por la cena. Sin esa validación, no te quedabas tranquila. Pero hacías un bacalao a la vizcaína muy bueno. La última vez que lo preparaste, cuando ya sabías que te ibas a morir, te quedaste esperando a que te pidiera la receta —cocinando lentamente, anunciando las cantidades y los procesos, nombrando los ingredientes—. Pero no tomé nota. No me atreví”.

Enviar la tercera postal trajo una nueva serie de problemas. Una nevada de veinte centímetros me impidió incorporar el paseo al buzón en las rutinas del día. Todo, incluyendo las escuelas, estaba paralizado, y la solución más lógica habría sido quedarnos en casa. Pero las clases de natación de la mayor eran obligatorias. De acuerdo con las leyes de este país, que se sabe frágil en una sola cosa —su superficie terrestre se encuentra por debajo del nivel del mar—, todos los niños deben obtener un certificado que los acredite para sobrevivir de manera independiente ante la posible inundación del país entero.

Mi mamá había hecho ese tipo de cosas bien, podría decir que a la perfección. El deber era su única forma de placer. Esperar afuera de las clases de baile o de natación, o formarse a tiempo en la  cola de padres que iban a recoger a sus hijos a la escuela a diario. Pero en el coche, de camino a la clase de natación, yo decidí fallar.

7

—Tengo que pasar por el correo, porque van a cerrar—, le dije a mi hija. 

Corrí en el sentido contrario al viento, con la postal en la frente para protegerme los ojos del hielo. El funcionario de correos me vio entrar y me habló en su idioma. Le entregué la postal con el sello para México —otra corona— y me quedé esperando su reacción.

—Esta no es una postal—, me dijo.

—Es una postal—, le contesté en su idioma.

Decidí que no me iba a ir de la oficina de correos hasta que aceptara enviarla. A lo lejos, lo vi sacar una regla para medir. Su compañero, translúcido, observaba los restos de pegamento en el reverso de la imagen de Anna Karenina. Los rascó con la uña y miró al otro, que había terminado de comprobar que las medidas eran las adecuadas.

Volvieron los dos al mostrador, caminando con una uniformidad programada, y el primero anunció Okei. Un par de sílabas que sonaron como el salto de vuelta a la vida después de recibir los resultados de un análisis médico. O el aplauso después de una competencia de atletismo. O como el perdón de tu pareja después de haberla cagado de una forma irreparable. Okei. La postal estaba en el buzón para envíos internacionales.

Mi hija está llorando en la sala de mi casa, frente a la televisión apagada. No llegamos a tiempo a su clase de natación. La menor va a la cocina por un trapo y lo usa para cubrir a una muñeca perturbada, que gime a gritos porque tiene hambre. Mi bandeja de entrada está hasta arriba de correos que voy a responder el sábado, en mi tiempo libre.

Miro el libro destazado sobre la mesa, con rayones de colores en las primeras páginas. Esos rayones no estaban ahí cuando decidí usarlo para hacer la postal. Entonces todavía era mío. Los nervios en el lomo del libro se parecen a mis venas, de las que me extraían sangre cada mes cuando estaba intentando quedar embarazada. Se ven como látigos de cuero en un ritual de fertilidad, con cuerpos de mujeres orientados al Este, por donde sale el sol. Y como vino que separa los adoquines del centro urbano, en la celebración de purga que viene después del invierno.

“El lugar sin madre es un lugar oscuro”, me habían dicho en el funeral.

Estábamos llorando las tres.

Los días se hicieron más largos sin que me hubiera dado cuenta de cómo se había dado esa progresión. Simplemente, un día noté que no era necesario encender las luces a la hora de la cena. Las voces alrededor de la mesa del comedor tomaban turnos para nombrar cuál era la comida que más odiaba cada uno: arroz con pollo, ejotes, pizza fría. “A mí me gusta todo, menos la comida de aquí”, dije yo.

Recogí los platos de la cena mientras mis hijas subían a quitarse la ropa y ponerla dentro del bote de la ropa sucia, como cada noche. Dejé de escuchar sus voces cuando empezó a caer el agua de la regadera, y el silencio se sintió novedoso. Como se siente gritarle a alguien y que no reaccione.

Al siguiente día recibí un aviso de la oficina de correos. Nuestro buzón se había roto y en algún punto lo habíamos quitado. Habían pasado varias semanas sin que recibiéramos cupones ni correspondencia, y la notificación pegada a la puerta fue la que me avisó de que me había llegado una carta con la dirección de mi padre en el remitente.

Dejé a mis hijas escoger accesorios de bisutería para disfrazarse antes de ir a la escuela. En el camino, se pelearon a gritos y golpes, y un collar de perlas de plástico terminó en el suelo. La mayor se puso a recoger las perlas que habían rodado hasta la calle y las metió de tres en tres en la bolsa de su chaqueta. La menor se quedó mirándola y al poco tiempo se distrajo con los cilindros y espirales que habían quedado en las banquetas después de los fuegos artificiales de la noche anterior. Se encaminaron hacia la puerta del colegio, saludando y tocando la ropa de pequeños doctores, princesas y un dinosaurio verde. Cuando nos despedimos, les dije que las vería en la casa cuando saliera del trabajo, después de pasar a la oficina de correos.

Me pasé una parte considerable de la jornada laboral preguntándome por la función del carnaval y por qué las celebraciones de la antigüedad habían servido como bisagras en el paso de una estación a la otra. Es cierto que tener derecho a los rayos del sol ameritaba una fiesta, y colectiva a ser posible. Pero no podía entender de dónde venía el consenso, la creencia generalizada en que las tensiones internas que produce el deber solo se pueden liberar con el juego del disfraz. Pero sí, no es mentira que el juego libera algo. Y las máscaras también.

El funcionario de correos se había puesto una corona dorada de plástico y una capa de terciopelo rojo. Sonrió como si me reconociera de antes y me preguntó cómo podía ayudarme.

—Tengo un aviso para recoger una carta —le dije en su idioma.

—Un momento —me respondió.           

Después de enseñarle mi identificación, el funcionario se dio la vuelta y caminó con una autoridad amplificada por su corona de plástico. Miré a mi alrededor. La oficina estaba adornada con guirnaldas de colores, banderitas y luces que habían reciclado de la Navidad. Yo era la única que no estaba disfrazada, que no sonreía.

El funcionario reapareció con una carta en las manos.

—Esto lleva dos semanas esperando a que lo recogiera, estábamos por devolverlo al remitente —me dijo.

Tomé la carta y me dirigí hacia la puerta. El funcionario me llamó la atención.

—Se olvida de firmar.

Para volver a casa tomé una bicicleta pública. Pedaleé con dificultad mientras las otras bicicletas me adelantaban sin culpa. Era casi la hora de la cena, mis hijas estarían con hambre, tenía que pasar al supermercado. Los últimos días habíamos estado cenando las sobras de la comida, pero hoy no.

Agarré un atado de espárragos y un bote de alcaparras. Había un aceite de trufa que nunca me había atrevido a comprar. Lo puse en la canasta, encima de las verduras, y me dirigí a la charcutería. Tomé salami, roast-beef y jamón. De camino a la caja, vi que había mangos importados y plátanos dominicos. También los compré.

Justo antes de pagar, ya en la caja, tomé unos chocolates rellenos de caramelo y cubiertos con un polvo de pistache muy fino. Saqué la tarjeta de crédito y la pasé sin pensarlo. Acomodé las bolsas en la canasta al frente de la bicicleta y pedaleé a mi casa. Estaba empezando a oscurecer, pero no hacía frío.

Las luces de mi casa están encendidas. Las niñas arman un rompecabezas con su papá en el suelo de la sala. Los veo a través de la ventana mientras abro la puerta. Me quito los zapatos en la entrada y camino hacia el comedor.

—Traje cosas ricas para la cena — les digo.

Antes de ponerme a cocinar, me siento en el sofá. La carta es de parte de Marta, la señora que se había encargado de poner orden en las cosas de mi mamá, de regalar toda su ropa. Y sus zapatos. La que había amarrado todas las bufandas juntas, haciendo un manojo de telas de colores y patrones que no combinaban entre sí. Veo que ha puesto un cuidado casi amoroso en distribuir las cosas que antes ordenó y clasificó una persona que ahora está muerta. Abro el sobre así, con el mismo cariño con el que ella lo lamió para cerrarlo.

“Hola, señorita:

Le mando una cartita que encontré cuando estaba ordenando los papeles y las cosas de su mamá. Espero que estén todos muy bien por allá y que no se vayan a enfermar”.

Sobre el papel reconozco su letra. La carta está fechada en octubre de 2001. Hago memoria. Debía tener once años, cuando me bajó la regla por primera vez. La hoja estaba intacta, era un papel de correspondencia con filigranas en forma de flor de lis. La caligrafía era homogénea, había sido pasada a limpio. Pero mi mamá  no había enviado la carta. Ni ninguno de sus borradores anteriores.

—Mamá, ¿cuándo vamos a cenar? —me dicen.

—Ahorita.

Me dirijo a la cocina y dejo las compras sobre la encimera. Me quedo durante un segundo mirando el conjunto de bolsas de plástico.

Pongo la carta junto con los demás papeles que se han estado acumulando en las últimas semanas: facturas de los servicios, avisos de la escuela y un montón de notas a mano sobre diversos asuntos que a mi marido le da por acumular en el mismo rincón, a un lado del fregadero.

La pequeña se acerca mientras acomodo las carnes frías en el refrigerador. Quiere probar algo, lo que sea. Me pregunta si sé lo que estoy haciendo, que si me puede ayudar.

—Claro que sí. Lava las cebollas con agua fría — le digo.

Prendo el sartén y quito la liga que ata los espárragos juntos. Puedo escuchar su voz. Me dice que el aceite se debe echar cuando el sartén está tibio. La gente dice que primero pongas a sofreír el ajo y después la cebolla, pero no. El ajo se quema rápido y no suelta jugo, la cebolla sí. Andrea, echa primero la cebolla picada. Así no. Toda a la vez, así. ¿Ves? Ahora echa el ajo picado. Okei.

Empiezo a picar la cebolla, ahora que mi hija escurre el agua de los espárragos. Después, pico el ajo. Ahora tengo dos montañas de verduras blancas sobre la tabla de madera. Cuando el aceite está caliente, empiezo a sofreír la cebolla. Ya que está ligeramente dorada, después de haber soltado un poco de su jugo, echo el ajo en el sartén para que se dore lentamente.

La casa empieza a oler a comida. He seguido el orden de las cosas que tienen sentido.

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