Despertó en la oscuridad sintiendo asco, un asco denso, primitivo, provocado por la fetidez acumulada de miles de cadáveres pudriéndose al mismo tiempo.
Llegarán las urracas,
escucharán aullidos,
no de fantasmas
ni de criaturas templadas en las sombras
sino de mujeres: llorarán mi muerte:
esta tarde han puesto un aviso en el pueblo:
Nadie sabe dónde mi cuerpo ha quedado.
El silencio era un puñal que laceraba la garganta del jefe de tropa, ese que arrastraba a Cecilia hasta el improvisado cadalso levantado en los Zunzunes.