En el infierno, la sangre de las bestias
Despertó en la oscuridad sintiendo asco, un asco denso, primitivo, provocado por la fetidez acumulada de miles de cadáveres pudriéndose al mismo tiempo. Lo primero que pensó fue que estaba muerto y ahora se encontraba en el infierno. Los cuerpos a su alrededor se apretujaban y sentía su tacto húmedo, rebosante de fluidos malolientes. Sentía sus miembros restregarse contra él; en vano trató de rechazar el contacto de esas epidermis velludas que desprendían un olor a fango. Se sintió desnudo y, en realidad, lo estaba. Por años pensó que el infierno olía a azufre, pero ahora descubría que apestaba a mierda y sangre. ¿Y el diablo? ¿Quién era? ¿Era él? ¿Eran todos? Un torrente de vómito subió por su garganta lentamente, pero pudo contenerse. Buscó una luz lejana que le indicara respuestas sin encontrar otra cosa que figuras amorfas a su alrededor. Aspiró, sus pulmones se llenaron de ese aire corrupto, aun así, saboreó la bocanada. Podía respirar.
Un golpe bestial lo sacó de su ensimismamiento y lo mandó al suelo, su cabeza cayó sobre un pantano desbordante de inmundicia y secreciones. Quiso limpiarse el rostro con las manos, pero fue inútil. Un dolor penetrante lo impedía: todo su cuerpo se vio aplastado por una masa de carne ardiente y palpitante, como si una bestia marina, muerta y voluminosa, hubiera caído sobre él. Luego consiguió ponerse en pie. A la distancia y en la penumbra escuchó unos alaridos desgarrados, unos chillidos estridentes que presagiaban sufrimiento y dolor. Un aroma a hierro atravesó el ambiente sutil e imperturbable, era un mal supremo que se deslizaba sobre las cabezas de los condenados. De nuevo se escucharon los alaridos y la estampida se repitió. Se resistió a caer de nuevo. Los cuerpos desnudos empujaban y, finalmente, encontró un muro y consiguió sujetarse. Sintió correr por su rostro el deslizar caliente que dejó su sangre, mezclada con sudor, al abrirse camino por los poros de su piel. El olor, el sabor del hierro. Luego, sin pensarlo, sintió hambre. La sangre abría su apetito.
Momentos después llegó la calma; dormitó un momento y despertó agitado, sin noción del tiempo, sin saber la hora, sin saber si perdió la conciencia por un minuto, unas horas o tres días. No soñó ni tuvo pesadillas. Era, no obstante, el mismo sitio. ¿Qué lugar era este? ¿Realmente se encontraba pagando ya por sus pecados o estaba en manos de sus enemigos esperando su momento para ser ejecutado? Pero no, no se sentía como un prisionero; además, no estaba atado a una silla, ni lo tenían colgado de las muñecas para torturarlo como había hecho él siguiendo sus propios métodos. Esto era peor: la oscuridad total, la humedad, el olor, las moscas vejando su rostro y zumbando sin parar. Y los cuerpos sin forma, ahora calmos, pero siempre desnudos, untados en sus propios deshechos en un movimiento errático, en una danza ciega.
Los alaridos que siguieron lo pusieron en alerta, escuchó voces a lo lejos, unas risas escandalosas y ruidos, ruidos metálicos como de cadenas que se arrastran en casas solitarias acercándose poco a poco. A pesar del dolor y la suciedad hizo un esfuerzo por recordar y llegaron a su mente las cosas horribles que había hecho para malvivir durante los últimos años: los secuestros, las torturas, las ejecuciones, los miembros que cercenó para comprobar que había hecho su tarea. Los cuerpos que lo rodeaban se movieron como en un espasmo y sus balbuceos ásperos removieron sus entrañas. Su trabajo más reciente, el último, le pareció un juego de niños. Su objetivo era un sujeto conocido como el Carnicero, que se posicionó como uno de los criminales más despiadados de la región. Según las indicaciones que recibió, provenientes de un emisor anónimo, El Carnicero era un hombre mayor y tenía una pierna amputada. Esto último, su reputación y el medio millón en efectivo que cobraría por sus servicios lo llenaron de confianza. Además, le habían dado un adelanto.
Llegó por la noche a la residencia de El Carnicero en un barrio peligroso de la ciudad, bajó de su auto y pensó que esta vez sería diferente. Todo se sentía extraño. El silencio y la calma lo hicieron desconfiar y, por un momento, pensó en largarse con su adelanto y desaparecer. No lo hizo. Luego consiguió entrar en la casa y avanzar en sigilo hasta encontrar a su víctima. Un golpe inesperado lo mandó a dormir. Cuando reaccionó estaba atado a una silla, los pies sujetos con cinta adhesiva y las manos por la espalda. Comprendió que sería su último trabajo: el suelo estaba cubierto con plásticos para envolverlo una vez que hubiera muerto. Sintió el odio correrle por las venas mientras esos hijos de puta miserables le hacían heridas en el pecho y lo golpeaban. De pronto se abrió una puerta y entró un hombre; sin decir nada, se acercó a él y con una navaja de barbero, vieja y oxidada, le cortó la garganta. Antes de morir, lo último que vio fue su sangre cubriendo el plástico y la prótesis de El Carnicero que regresaba por donde había entrado.
Las cadenas se escucharon de nuevo y también las risas y las voces de los hombres. Los hombres del Carnicero que volvían. Ahora sí, pensaba, lo iban a matar en serio. Igual que a todos los que estaban con él. Sintió miedo por primera vez en mucho tiempo, miedo y una rabia que le incendiaba todo el cuerpo. Desde algún lugar en la oscuridad escuchó los pasos que se acercaban. Los cuerpos desnudos se apretujaron y de nuevo comenzó el caos. Se deslizó entre ellos sintiendo la humedad de sus fisonomías, palpaba miembros desconocidos y deformes tratando de avanzar hacia una salida que estaba sólo en su imaginación. Se sentía indefenso como la víctima que ahora era.
Un destello lo cegó por unos segundos. Se encendieron de pronto unas luces fluorescentes de una tonalidad blanquecina cuya pureza contrastó con el desorden y la suciedad del sitio donde se encontraba. Nunca había creído en Dios, ni en la vida después de la muerte, pero en ese instante supo que había muerto: el Carnicero lo había degollado y su cuerpo estaría pudriéndose en un terreno baldío o en medio del desierto bajo el sol de agosto, mientras los animales carroñeros se daban un festín con su carne. Se reconoció: había un par de pezuñas negras de mugre y suciedad donde debían estar sus manos, su piel rosada y lacerada, se cubría de unas ásperas cerdas blancas y despedía un hedor nauseabundo. Reconoció también los cuerpos cartilaginosos y desnudos de todos los que le rodeaban desde hacía tiempo, un mar de lomos rosados se extendió hasta donde alcanzaron sus ojos. El horror y la desesperanza lo poseyeron. Intentó gritar, pero sólo articuló un gruñido gutural que se le atoraba en la garganta. Levantó la vista y contempló su destino frente a frente: tres cerdos con el vientre abierto y las costillas expuestas estaban colgados de las patas traseras extendidas hacia arriba y las extremidades rígidas como crucifijos invertidos.
Los cerdos se apretujaron entre sí de nuevo en una revuelta obscena cuando una puerta lejana se abrió. Los hombres con botas de goma y delantales ensangrentados se acercaban, acostumbrados a la sangre tanto como él. Llevaban con ellos ganchos de acero. El rastro era la verdad. Estaba a punto de morir de nuevo.




