Esta casa embrujada no es un hogar
En las últimas semanas me he cuestionado cuándo una cosa, un objeto, se vuelve terrífico. Qué es lo que le brinda un aura siniestra, capaz de que asociemos algo inanimado con un peligro.
Por eso en estas semanas me he acordado mucho de Lo ominoso del doctor Sigmund Freud, en el que el célebre alemán menciona que lo siniestro u ominoso, lo perturbador, nace de un elemento que en su momento fue parte de la vida y que regresa para incordiar. Este término en alemán es unheimliche y surge de que lo familiar (heimliche) se vuelve unfamiliar (unheimliche). El doctor Freud habla de manifestaciones de los procesos psíquicos, por supuesto, pero parecería también aplicar para otros procesos, como las casas embrujadas.
Pensar en ellas se ha vuelto una suerte de obsesión. ¿Por qué un lugar construido para ser un refugio, un espacio en el cual habitar, se vuelve un espacio peligroso? Recuerdo mucho la Casa de Baltazar, en Culiacán, la primera casa embrujada que conocí en mi vida: era una mansión construida hacia abajo en la falda de un cerro en el sector de Colinas de San Miguel, a la cual los estudiantes de Culiacán ingresábamos en grupos, como un ritual de juventud, creyendo que al colocarnos en una cornisa una mano intentaría empujarnos, o que encontraríamos los túneles que, decía la leyenda, el narcotraficante Baltazar Díaz Vega construyó a las casas cercanas para perfectos escapes. Cualquier agujero que veíamos, imaginábamos que era uno de esos túneles.
En una ocasión unos amigos, un sábado que no tenían nada que hacer, ingresaron y encontraron una muñeca. La acomodaron a la vista y luego fueron a un punto del otro lado del pequeño valle, en el que hay otro barranco con casas, y se pusieron a dispararle con un rifle de diábolos.
Nunca le atinaron a la muñeca.
Entre todas las cosas que he pensado en estas semanas concluyo que es usual que usemos dos palabras que significan distintas cosas para designar a una misma. Me acuerdo de los antónimos, en los que no he pensado desde la primaria. Por ejemplo, cuando los compositores Burt Bacharach y Hal David escriben que “una casa no es un hogar”, quizá quisieron decir que podemos estar viviendo en una misma construcción sin que ésta signifique lo mismo para dos personas que están separándose. Para una ya no es un hogar, ya no se identifica con el mundo que la conforma, sólo es una casa, un espacio para sobrevivir. En la literatura de terror, la casa embrujada, abandonada o maldita, es un espacio muy importante: es el lugar que cataliza y centraliza mucha actividad cuyo origen se desconoce. Funciona como un ambiente, también. Pero las palabras con las que se le llama en ocasiones varían: el inglés de repente es muy oportuno para describir ciertas propiedades ominosas de las casas, por ejemplo, no se dice casi curse que sería el equivalente a casa maldita en español, sino que los angloparlantes hablan de haunted, cuyos significados Stephen King enlista en el primer interludio de It (Eso): a) visitado comúnmente por fantasmas, b) que recurre constantemente a la mente, difícil de olvidar, c) aparecer o regresar constantemente, especialmente como un fantasma, y d) un lugar donde se alimentan los animales.
Corto ahí la idea porque pensar en ésta última definición suena más atemorizante. King corta el párrafo en el mismo lugar.
¿Cuál es la primera casa embrujada? En 1764, el político británico Horace Walpole publicó la novela El castillo de Otranto, una historia gótica. Para muchos el título deja claro que este trabajo artístico es la primera novela gótica en la historia, pero muchos historiadores señalan también que para Walpole gótico era sinónimo de medieval, bárbaro, arcaico, después de todo, en esa época se construyeron las primeras iglesias góticas, y que la historia que intentó escribir tampoco buscaba fundar un género. No es una novela seria. No busca serlo. Quizá André Bretón estaba más en lo correcto al señalar que era un antecedente del surrealismo. La realidad es que El castillo de Otranto… a veces parece un equivalente al cine camp de serie b americano: la novela cuenta los últimos días de una estirpe en un castillo italiano que es asaltado por una armadura gigante. El argumento central, lo que no tiene elementos sobrenaturales, es la telenovela de un hombre que pierde a su hijo a punto de casarse, cuando le cae un yelmo enorme encima, matándolo, y para mantener el linaje familiar decide desposar a su futura yerna, lo cual lleva a una serie de malentendidos y desencuentros interrumpidos por la fantasía, casi surrealismo, de un brazo de armadura inmenso que entra por una ventana o por un pie enorme que aparece en uno de los salones.
Aunque el libro de Walpole va, de repente, más a lo humorístico que a lo serio abrió camino para una serie de otras casas que en la literatura gótica, y en la literatura de terror, llegaron a formar parte del canon: el castillo del Conde Drácula en Transilvania y la casa Carfax, en Londres; la casa de Cumbres Borrascosas y la de Thrushcross Grange, en la novela de Emily Brönte; la melancólica Casa Usher, de Poe, que se inclina sobre el desfiladero antes de caerse a pedazos. A inicios del siglo XX se crearían diversas casas que no tendrían como objetivo ni ser casas ni ser hogares: están por ejemplos las casas de los sustos de ferias, cuyos primeros modelos George Orton y Charles Spooner fueron autores en 1915. En El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, hay dos casas importantes: la de Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba, un lugar lleno de sirvientas jubiladas, huerfanitas y monjas, en el que se cuenta que una niña predijo un terremoto que azotó Chile; y la Rinconada, un mundo cerrado lleno de personas deformes, monstruos de feria, que un político rico creó para que su hijo que nació con espalda jibosa y labio leporino no creciera sintiéndose un desadaptado. Ambas casas, de una u otra manera, son una jaula para sus habitantes. Y como dice el dicho, aunque la jaula sea de oro…
Esta historia clásica de un padre que evita que sus hijos salgan a conocer el mundo seguro tiene su origen en el mito griego del Minotauro, esta persona mitad toro y mitad hombre. El Minotauro fue escondido del mundo en el interior del laberinto para alejarlo de los hombres, y justo Borges tiene un relato llamado La casa de Asterión, en el que se ficcionaliza su tristeza al recorrer su casa hecha de muchos pasillos sin encontrar a alguien con quien hermanar. Al mismo tiempo, esta historia también tiene un antecedente en el crimen real de El Castillo de la Pureza, un caso de abuso infantil familiar ocurrido en la década de 1950 en la Ciudad de México, en el que un hombre mantuvo encerrados a sus hijos en la gran mansión en la que vivían sin que nunca convivieran con las personas de afuera.
Pero entonces me pregunto: ¿qué pasa cuando la casa más que ser el lugar de las apariciones, o de los hechos inolvidables, se transforma en el lugar en el que los monstruos comen?
Hablar de Hill House es poner un parteaguas en esta charla porque hacerlo es hablar sobre una casa que muta. No sólo por la propia descripción interna de la casa que hace Shirley Jackson, sino porque las relecturas de la novela dejan una impresión distinta de la configuración de la casa y de su poder sobre los protagonistas. La primera vez que leí la novela en su traducción española con el título La casa encantada, me sentí desilusionado de la historia: no podía ser que esa novela fuera la misma que inspiró gran parte de la literatura de terror de las décadas de 1970 y 1980. Todas las referencias que encontraba me guiaban ya fuera a una novela muy terrorífica o a otra manera de experimentar la literatura de terror que me prometía demasiado.
Las altas expectativas nunca son adecuadas para adentrarse a una obra, y menos si has visto adaptaciones u obras inspiradas por ésta. Por suerte hace unos meses me encontré con un ejemplar de Debolsillo, traducido por Paulina Serrano Velasco, y aunque el primer párrafo pareciera suficientemente críptico para ser traducido con efectividad al español, hubo algo en el ritmo y la forma en la que se van encadenando las oraciones que me arrastró al interior de la casa, algo que me recordó que parte de la magia de la casa embrujada es que la desdeñemos y digamos que no está ocurriendo nada en su interior, que ese grito que escuchamos era sólo el viento.
Porque de lo primero que se nos dice de Hill House es que es una casa que no sueña, que no descansa, y que esto sólo puede llevar a la locura total. Pero, ¿qué significa que una casa esté loca? Pienso en el epígrafe de Del Paso en Noticias del Imperio: “la imaginación, la loca de la casa”. Aquí más bien la premisa es otra: la casa está viva y no duerme, sus pensamientos sólo se abocan al delirio, a alucinar, a maniatar cualquier cosa que camine por su interior, siempre en soledad. La novela de Shirley Jackson, como un paralelo a la casa misma, es un libro en el que apenas hay saltos de tiempo: si bien hay particiones de párrafos que marcan una pausa para el lector, la novela transcurre en unos cuantos días (igual que El castillo de Otranto), en los que el doctor Montague, Eleanor, Theodora y Luke van recorriendo sus pasillos torcidos, intentando que todas las puertas permanezcan abiertas para no perderse y donde en la noche alguien o algo golpea sus puertas. Ellos no están en Hill House para construir un futuro. Están para investigar fenómenos paranormales.
De los cuatro personajes que se internan en Hill House, Eleanor es aquella que corre más riesgo. Nunca tuvo ni un hogar ni una casa: viviendo siempre a un lado de su madre moribunda, o después en un colchón en casa de su hermana, nunca ha tenido un lugar en el cual pueda sentirse segura o descansada. De hecho, ha atentado contra los espacios en los que ha vivido: en la casa de su madre, cuando era niña, hubo una lluvia de piedras sin explicación (similar a la que ocurre al principio de Carrie, de Stephen King). El primer día que llega a Hill House duerme profundamente como nunca lo había hecho, y cerca del final de la novela supone que todos creen que ella es la culpable de las manifestaciones sobrenaturales en Hill House. Lo primero que hace al conocer a Theodora, con quien tiene una conexión probablemente romántica, es mentir y decirle que tiene un departamento en el que vive a sus anchas.
El problema con Hill House, seguro, es que nunca fue una casa anhelada. Nadie ha disfrutado vivir en ella, realmente. Hugh Crain se alejó de ella con la muerte temprana de su esposa, para quien financió la construcción; luego, sus hijas pelearon por su propiedad, y personas ajenas a la familia que heredaron la casa también se disputaron con ellas el título de la propiedad. La casa siempre fue motivo de discordia, rodeada de ansiedad. Y dejó de dormir hasta que Eleanor, otra persona solitaria y anhelante de amor ajeno, ingresó por su puerta principal, entonces, Hill House y Eleanor se empiezan a fundir en una sola entidad: la locura por la falta de sueño en la casa se vuelve la locura de Eleanor que no quiere regresar a una vida en la que no tiene un pequeño espacio para ella. Hill House se transforma, para ella, en la esperanza enferma de una nueva vida. Por eso se repite, una y otra vez, que los viajes terminan con una reunión de enamorados.
Entonces recuerdo que Hill House fue el modelo de casa que inspiró, asimismo, El resplandor de Stephen King. Otra casa agresiva. Un último castillo embrujado. Jack Torrance y su familia llegan al Hotel Overlook para cuidarlo durante el invierno ante la leyenda negra de que el cuidador anterior, alcohólico, enloqueció y asesinó a su familia; Jack, que ha dejado de beber, considera que es un buen lugar para escribir al fin su novela, lejos de los tragos baratos y las oportunidades de emborracharse. Mientras el clima va dejando atrás el otoño, mientras la nieve va cubriendo los alrededores de la construcción, Jack empieza a discutir con su esposa e hijo, hasta que una noche en el bar vacío del hotel un hombre le pone una copa enfrente. Él decide aceptarla y pronto se ve rodeado por los fantasmas del hotel. Una segunda gerencia fantasmal que no le pide asesinar a su familia, sino castigarla, disciplinarla, hacerle entender la situación que están viviendo.
¿Qué pasa cuando una esperanza enferma finalmente se cumple? Stephen King bebe de Shirley Jackson porque tanto Jack como Eleanor encuentran en la casa embrujada un lugar que parece quererlos de la manera en que necesitan ser queridos, que finge comprenderles y llenar sus vacíos. En ambas historias el problema no es que la casa tenga conciencia o esté viva, sino que quiere fundirse con sus habitantes. Volverse una sola persona.
No sé si Freud habrá tenido razón sobre lo familiar que regresa. Para el diván es probable que haya algo de cierto, pero para una construcción artística, que suele ser inamovible, es probable que las reglas sean distintas. El movimiento en una novela o en un relato es el que genera el lector. Y bueno, desde ahí podemos decir que en Hill House, por ejemplo, Eleanor se encuentra, quizá, con la casa en la que soñaba vivir, acompañada de las personas que ansiaba conocer. Pero Shirley Jackson escondió información sobre el pasado de Eleanor con cierta malicia. Entonces, en La maldición de Hill House nos encontramos no solamente con un espacio que nos oculta cosas a propósito, sino que nos manipula para ir en una dirección, la de Eleanor torciendo el volante del automóvil para dirigirse hacia un árbol, momento en el que por un segundo se pregunta por qué está haciendo eso. Su mente y su vida ya no parecen suyas. Y por un momento alcanza a reclamarlas.
Pasa algo similar en El resplandor: en el último momento, Jack recupera la razón y para proteger a su familia ayuda a que el hotel arda hasta sus cimientos. En la versión cinematográfica de Kubrick, el hotel sobrevive a la historia y no sería hasta Doctor sueño, en la adaptación cinematográfica de Mike Flanagan, que Daniel Torrance, el hijo de Jack, ingresaría al hotel una vez más para usar a los espíritus que lo acosaron como arma contra una amenaza mayor. Una vez hecho esto, deja que la caldera truene, igual que su padre en la novela, y antes de morir mira a la única persona que realmente lo amó: su madre. Su madre como joven. Su madre a la edad en que ambos sobrevivieron a aquel hotel. Su madre, quien tras el intento de crimen de su padre lo cuidó, le recuerda a Daniel que alguna vez tuvo un hogar. Otra casa en la que nadie tenía que sacrificarse. Un lugar seguro para sanar.




