Los pecados de los padres
Si a tus oídos llegan mis ruegos
Mitiga el fuego de mi pasión
Calma la pena que me consume
Y da tu perfume a mi corazón.
Dios nunca muere, canción tradicional oaxaqueña, versión de Lila Downs
Al principio apenas y notó algo. Un reflejo oscuro por encima del hombro de Lorenzo. Algo casi normal. Hay presencias que se aferran a sus vivos, pero sin hacerles daño. Sólo están ahí. Custodiando, protegiendo.
Norah decidió dejar de verlas cuando tenía trece años. No se iba a prestar más ni a sus reclamos ni a sus ruegos. Quería liberarse, salir a bailar, ir al cine con el chico que le gustaba, sin encontrarse con las presencias como la del chofer del autobús, que no era otra que su abuela llorando bajito por su anillo de boda que le quitaron antes del funeral. O como el padre de la panadera, un glotón que la obligaba a devorar ansiosa los pastelitos de crema, mientras él se alimentaba aspirando el sabor. O aquella jovencita atropellada, la sobrina de su profesora de tercer año, tratando de aferrarse a los peatones que cruzaban por la calle. Llamando a su madre entre sollozos. No sabía que había muerto.
Cuando Norah se fue estudiar a Londres, casi había conseguido no percibir a las presencias. Aunque mamá le recordaba que ese don nunca desaparecería. “Cielo, naciste con el saco amniótico intacto, la partera no podía creerlo. Yo sí y también la abuela Alice. Tu destino ya estaba marcado porque nuestro linaje puede hablar con los muertos”. Oh, sí, las creencias antiguas de las muir. Las que llevaron con ellas desde un pueblecito de la costa a uno de los barrios de clase media de Dublín.
En cierto modo, Norah seguía rodeada de muertos, aunque estos tenían varios siglos y eran bastante introvertidos. Se había especializado en historia del arte medieval. Los tapices, las tallas, inclusive las armaduras y los ropajes revelaban sus secretos de forma comedida. A veces, Norah se encontraba con presencias aferradas a objetos. La espada de un noble aún con vestigios de ira y dolor. Un collar de rubíes cuya dueña no se despojó de él hasta momentos antes de ser ejecutada.
Lorenzo era muy pragmático. Un santo Tomás del siglo XXI que adoraba escuchar las historias fantásticas de esa irlandesa que hablaba un castellano casi perfecto con entonación española. Cuando Norah era adolescente, un intercambio escolar con otra estudiante la mantuvo dos meses en Valencia. Pero esto fue lo último que Lorenzo notó cuando la vio delante del Tapiz de Bayeux, en Normandía. Ese bordado en lino de casi setenta metros de largo que narra la conquista normanda de Inglaterra. Norah había aprovechado un viaje de trabajo catalogando una colección privada. Lorenzo se despejaba admirando el mundo fuera de la lente de su cámara.
Conectaron bien desde el primer intercambio de sonrisas. Él adoró su melena ondulada que parecía hecha de fuego. Ella su mirada profunda. Un flechazo en toda regla. Ahora cumplían dos años juntos y varios planes por venir. Norah había conseguido mantener a raya a las presencias y apenas notó una en Lorenzo. Pero le costaba identificar cuál era su relación. Desde que estaban juntos, parecía difusa y de sentimientos poco claros, hasta que llegaron a Nazareno Etla, una población de Oaxaca. Lorenzo debía cumplir con una petición de la tía que lo crio como si fuera su madre.
Dalia huyó de Oaxaca para proteger al hijo de su hermana, un pequeño de apenas dos años. Protegerlo de la pérdida y de la tragedia. Creyó que estando lejos nunca podría alcanzarlo la maldición. Esa que hizo que su padre asesinara a su madre. Que una noche llegara a casa con la oscuridad cubriéndole como un manto, ciego de rabia, sin motivo, sin razón. Sacó a Arcadia de la habitación de Lorenzo, la sujetó contra él y empezó a apretar su cuello, tanto y tan fuerte… La soltó hasta que dejó de pelear por escapar. Aun así, las lágrimas seguían corriendo por su rostro. Entonces, él dio un alarido y se echó a correr hacia el monte. No sería el primero que se perdía en la noche. No sería el último que arrancaría vidas.
***
Existen varios momentos en que la frontera que divide el mundo de los vivos del de los muertos se vuelve tan difusa que unos y otros pueden cruzarla. Muchos entienden esto con respeto y hasta con temor. Otros se llenan de alegría y de esperanza por reencontrarse con sus difuntos. No era necesario tener un don como el de Norah. Bastaba con montar ofrendas de alimentos, flores coloridas, mucha luz y las almas de los difuntos volverían a disfrutar como en vida lo hicieron. Norah sabía que estas creencias también tenían un fondo muy retorcido que pocos podían notar: espíritus que aprovechaban hacerse pasar por otros para venir a este lado y vengarse. Así que se mantuvo en guardia desde que bajó del coche que Lorenzo había rentado en el aeropuerto. Era el primer día de noviembre y los pobladores de Nazareno Etla no sólo estaban atareados con las celebraciones de Día de Muertos, sino también con la muerteada.
Hombres en zancos, maquillados como esqueletos y portando alas enormes, chiquillos con máscaras de calavera jugando a las escondidas entre la gente, los diablos con sus trajes repletos de cascabeles brillantes, los espiritistas o resucitadores con mil pedacitos de espejo pegados a la cara y a la ropa. Las procesiones de gente disfrazada y con maquillaje de calavera llenaban las calles como si se tratara de un carnaval. Bandas de música con tamboras y tubas, trompetas y clarinetes, tocando todo el tiempo. Risotadas, conversaciones a gritos, gente bailando, y las botellas de mezcal pasaban de mano en mano. Los vivos invitaban a los difuntos a festejar.
Lorenzo nunca regresó al lugar donde había nacido. Parecía un turista más mirando todo con ojos nuevos, pero algo le obligó a no usar su cámara fotográfica. A media tarde fue al cementerio municipal acompañado por Norah y algunas vecinas antiguas, para depositar las cenizas de tía Dalia en un pequeño mausoleo muy limpio y lleno de gladiolas, nubes y flores de cempasúchil. La costumbre era enterrar a los difuntos en una tumba, mandar construir una lápida con floreros incorporados y ponerla bonita en las fechas de cumpleaños, defunción, días festivos y en Día de Muertos sobre todo. Pero tía Dalia había muerto lejos y ella misma decidió la cremación.
Norah sentía la cabeza embotada. Las presencias de cada persona con la que se cruzaba pretendían llamar su atención alargando sus manos difusas para tocarla, enredándose en su cabello como olas de viento, intentando susurrar todas al mismo tiempo en su oído. La presencia que se mantenía sujeta a la espalda de Lorenzo la miró con desprecio. Descubrió poco a poco que se trataba de una mujer sin edad definida. Y conforme pasaban las horas se podía percibir más, como si un pequeño haz de luz la traspasara.
Odio y dolor. Esa mezcla poderosa se estrelló contra su rostro y la hizo mirar hacia un grupo de mujeres con los rostros maquillados como calaveras y amapolas de color morado adornando sus cabezas. Lucían vestidos largos negros, iban descalzas, los brazos y manos también maquillados como si fueran esqueletos. Norah parpadeó varias veces. No había visto mujeres disfrazadas en las procesiones. Sólo a los hombres y a los niños. El grupo permanecía distanciado de la algarabía y la miraba fijamente.
Un hombre un poco más alto que ella se acercó, tanto, como para hablarle al oído.
–Mire, gringuita, la muerteada se celebra desde hace mucho. Empezó como una obrita de teatro donde a una señora se le muere el marido y le pide a su padre, un hombre poderoso, que la ayude a revivirlo. El padre manda traer a varios personajes, como un sacerdote y un doctor, pero todos fracasan. El que lo resucita es un espiritista, uno de esos que pueden hablar con los muertos.
Después señaló a dos hombres que llevaban pedacitos de espejo pegados en toda la cara y en la ropa.
—Los espiritistas se visten así porque según las antiguas creencias, los cristales representan ventanas al inframundo, portales por donde vuelven nuestros ancestros.
El rostro de Lorenzo se reflejó cientos de veces en los trajes de los espiritistas. Los rizos tan negros como el carbón le caían encima de la frente, daba tragos largos a una botella de mezcal y en su espalda, agazapada como un gato, permanecía su presencia. Era ella quien sujetaba la botella y lo obligaba a beber mientras decía: “Tienes que pagar, hijo de puta, tienes que pagar”.
Norah sintió que iba a desmayarse. La música estruendosa la envolvió y mientras se dejaba caer, sentada en el suelo, pudo reconocer la melodía. Se rio desganada: When all at once a mighty herd/ Of red eyed cows he saw/ Plowin’ through the ragged skies/ And up the cloudy draw… Apoyó la espalda en la pared. La melodía continuaba. Notó a alguien acercándose. Their brands were still on fire/ and their hooves were made of steel/ Their horns were black and shiny/ And their hot breath he could feel… Varias manos empezaron a sujetarla. Manos suaves, manos pequeñas. Norah entreabrió los ojos y ahí, rodeándola, estaban las mujeres vestidas de negro, con amapolas moradas en la cabeza, pero sin maquillaje. Sus rostros limpios y la mirada triste y furiosa. A bolt of fear went through him/ As they thundered through the sky/ For he saw the riders coming hard/ And he heard their mournful cry… Ghost riders in the sky…
—Norah, ven con nosotras.
Una voz femenina multiplicada por cien fue lo que escuchó. Y entre todas las mujeres la ayudaron a ponerse de pie. No le pareció que caminaran. Era como si flotaran. Pronto dejaron atrás los gritos y la música. El ruido de las docenas de cascabeles que llevaban los diablos cosidos a sus trajes y que hacían sonar dando saltos y bailando.
Llegaron a un campo llano donde sólo había un encino. La brisa ligera movía sus hojas y Norah descubrió algo entre las ramas más bajas. Necesitó abrir los ojos mucho más de lo normal… Como frutos del infierno, colgaban varios hombres, ahorcados con una soga al cuello, descalzos y a medio vestir con prendas de diferentes épocas.
—Maldita tu estirpe, Víctor Cabrera.
Lo dijo ella, y la otra, y aquella… Todas las mujeres vestidas de negro. Todas víctimas de un Cabrera. Por un momento, Norah se percató que todas tenían la misma voz y el mismo rostro de manera intermitente. Todas observaban a los ahorcados con rabia. Eran presencias y también eran Sagrario, la mujer que no aceptó casarse con el hijo del hacendado. Sagrario cuyos restos mal descansaban al pie del encino. Sagrario que alcanzó a maldecir a Víctor con el último aliento que le quedaba antes de que su criado de confianza le disparara en la cabeza.
Norah sentía un hueco en el corazón. Por Dios, ¿dónde estaba Lorenzo?, ¿qué tenía que ver esto con ellos?
Las mujeres vestidas de negro y con amapolas moradas en la cabeza llevaban a cuestas a Lorenzo casi inconsciente, con los brazos abiertos en cruz. De forma delicada lo depositaron muy cerca del encino y su presencia al fin surgió tan nítida como puede serlo un espíritu. Era tía Dalia. Norah la reconoció. Acariciaba cariñosa los cabellos revueltos de Lorenzo sin dejar de llorar.
A corta distancia, otra presencia se manifestó. Era de color turbio, llena de odio y venganza. Por momentos, su rostro se revelaba como el de Arcadia, la madre de Lorenzo. Otros, era Sagrario. Esa era la presencia que acechaba a Lorenzo desde que habían llegado a Oaxaca.
Tía Dalia hizo un esfuerzo para poder hablar entre tantas lágrimas.
—Arcadia, es tu hijo. Tú le diste la vida.
—Y por eso mismo yo voy a quitársela. Es el último de los Cabrera. Aquí acaba todo. Mi dolor y el de mis hermanas.
El fuego purifica. El fuego libera. Esto lo aprendió Norah cuando era pequeña. Hablamos con los muertos y así como nos piden ayuda, nosotras también podemos pedirla, mencionó una tarde la abuela Alice. Muchas presencias habitan los elementos naturales. Las más poderosas, claro, son las del fuego. “Cuando lo necesites, clava en la tierra el colgante de triqueta que te regalé y pide ayuda con humildad, pero también con fuerza”.
—Que el fuego así como arrebata, sea creador.
Norah habló con voz clara y firme. Con ambas manos sujetó el colgante y lo clavó en la tierra. El cielo respondió con un estruendo. En segundos, el fuego empezó a consumir al encino con voracidad. Los cadáveres semicalcinados de los ahorcados cayeron uno a uno al suelo y los absorbió la tierra.
Las mujeres vestidas de negro fueron elevándose hacia la noche. Brillaban tanto que parecían meteoritos. Ahora eran libres.
Pero Lorenzo no reaccionaba y tía Dalia había intentado protegerlo cuando Arcadia, o más bien Sagrario, quiso estrangularlo con sus manos. En el momento en que el fuego alcanzó las raíces del encino y calcinó los restos humanos que quedaban, la presencia turbia soltó un grito desgarrador mientras subía al cielo a buscar su lugar entre las estrellas.
Norah acunó entre sus brazos a Lorenzo. Tía Dalia mantenía una mano encima del corazón de su sobrino. Le costaba entender por qué los hijos debían pagar por los pecados de sus padres. A Lorenzo le había salvado el amor de tía Dalia y el que sentía por Norah. Cuando abrió los ojos y se encontró con los de ella, supo que estaba en paz.




