Penny
Ella sabía que Penny era fea. Solamente no quería que se lo dijeran en su cara. La quería. Pero también le temía. Le gustaba acariciar su pelo. Sentía escalofríos cuando lo hacía. Parecía una escobilla capaz de limpiar la olla más cochambrosa. Al pasar sus dedos sobre ella, sentía que le hacían cortadas en la palma de la mano, aunque en realidad sólo eran rasguños.
Penny dormía debajo de su almohada. Después de cenar, corría a lavarse los dientes y luego le leía un cuento, como le hubiera gustado que su mamá hiciera con ella. Ambas se quedaban dormidas casi al mismo tiempo y ella soñaba que Penny la acompañaba a la escuela. Se sentaban en la esquina del salón y le contaba de lo que iba la clase. Las otras niñas se sentían repelidas por su amiga. Los niños querían tocarla. Cuando Aarón acercaba los dedos a su cola, negra como el carbón, Penny giraba y soltaba la mordida. Despertaba en aquel momento y era cuando más miedo sentía de ella, que dormía plácidamente.
Al regresar de la escuela, tomaba a Penny, escondida debajo de la cama, y andaba con ella por todos lados. Mientras comía, se quedaba detrás de la escalera, y cuando tenía que hacer la tarea en la sala, Penny la observaba con sus ojos color sangre desde el sillón. Pero cuando estaban solas, a Penny le gustaba echarse sobre su hombro y lamerle el lóbulo de la oreja. Veía la tele o jugaba videojuegos mientras ella se recostaba como una bebé que quería mamar de la teta de su madre. Estaba convencida de que la escena podía parecer desagradable para los demás, sobre todo para su mamá, por eso sólo dejaba a Penny hacerlo cuando estaban solas en su habitación. Lo que más solía asustar a la gente era la ausencia de labios en su hocico, seguramente a causa de una pelea. Sus encías rojas y negras, sus dientes podridos y llenos de astillas, fueron lo que a ella le asustó también cuando la rescató. Su sonrisa eterna.
La encontró casi muerta, a un lado de la banqueta, con mordidas en todo el cuerpo y una capa de sangre y lodo que hacía que su pelo pareciera una plasta de mugre. Le llamó la atención su tamaño. Primero pensó que se trataba de un gato o hasta de un perro mediano. No se arrepintió de querer salvarla cuando descubrió lo que era. Se acercó a ella y quiso tomarla metiendo las manos por debajo de su costado, pero al tocarla Penny soltó un alarido y estuvo a punto de morderla. Se asustó, dio un paso atrás y vio que Penny o se había desmayado o ya se había muerto. La levantó del piso y la llevó a su casa. La lavó, le curó las heridas. Le dio comida y agua. Al principio, Penny casi no quería comer. Ella tomaba un poco de leche con su dedo y le frotaba las encías mugrientas. Luego la acomodaba sobre su hombro y se quedaba dormida junto a ella. Fue ahí que empezó la manía de Penny por chuparle el lóbulo. Primero sólo era por unos cuantos minutos, en lo que se quedaba dormida, pero después empezó a pasar varias horas colgada de su oreja, como un arete de peluche monstruoso. Había llegado a irritarle el lóbulo y su mamá descubrió que tenía un callo en la oreja, así que le prohibió hacer lo que, además, le parecía una porquería.
—¿Por qué Dios me habrá mandado una hija tan cochina?
La verdad es que no sabía por qué quería tanto a Penny. Era su pequeña hijita y tenía que cuidarla. Eso fue lo que pensó cuando su mamá entró a su cuarto decidida a matarla. Estaba, como casi siempre que estaban solas, chupándole la oreja. Su mamá entró con la escoba en la mano y la dejó caer con fuerza directamente sobre su cabeza, del lado donde se encontraba Penny. Penny alcanzó a brincar, pero su mamá la persiguió con la escoba. Soltaba escobazos hacia donde Penny estuviera: debajo de sus rodillas, entre su costado y la cama, sobre sus riñones, desde donde brincó para salir de la cama. Pese al aturdimiento y el dolor que sentía, se levantó y fue a abrir la ventana. Cojeaba un poco por los golpes que había recibido en las piernas, pero alcanzó a deslizar el cancel que daba hacia la calle para después gritarle a Penny que escapara lo más rápido posible antes de que su mamá la alcanzara. Cuando estaba a medio camino entre la cama y la ventana, Penny saltó y desapareció como una sombra. No importaba que su mamá siguiera golpeándola con la escoba. Al menos ya había salvado a Penny.
Desde ese día, ella se la pasaba buscándola en la calle. La buscó en la vulcanizadora, entre los montones de llantas del mismo color que su amiga. Tuvo la esperanza de encontrarla cerca del expendio de pan, donde la había descubierto la primera vez y donde esperaba que regresara por comida. No tuvo mucha suerte los primeros días. No se rindió. La buscó en el tiradero a la vuelta de su casa, pero ahí había muchas otras que se parecían a ella y que muy probablemente sentirían celos por el tamaño y espanto que Penny provocaba en los demás. También fue hasta el parque de tráileres, pero ahí no se quedó mucho tiempo porque todos la veían como si la buscaran a ella.
Por las noches era cuando Penny le hacía más falta. Se había acostumbrado a sentir su calor y sus púas debajo de la almohada. Incluso esos ruidos que Penny hacía al dormir, como si alguien la estuviera torturando muy quedito, le provocaban ternura. La extrañaba. No dejaba de recordar cuando Penny pudo volver a mantenerse en pie. Su cuerpo enorme se balanceaba por la habitación, apenas podía avanzar en línea recta, con esa sonrisa que no se le borraba, aunque en aquel momento sus ojos lucían más apagados, no sanguíneos, sino de un carmesí opaco. A los pocos días, Penny ya estaba corriendo y saltando por todo su cuarto. Se subía a la cama, se metía en las gavetas del clóset y mordisqueaba los pocos libros que le habían comprado. Ella se reía de sus piruetas. Penny no parecía ser consciente ni de su tamaño ni de su aspecto y quizá por eso se comportaba como una ardilla blanca con una cola esplendorosa. Eso solía pasar hasta que su mamá la descubrió. Abrió la puerta de su cuarto, asomó una cara mezcla de asco y terror, y la volvió a cerrar. Al poco tiempo volvió con la escoba, pero paró de lanzar escobazos para matar a Penny cuando ella se puso entre las dos para protegerla. Le imploró a su mamá que no le hiciera nada. Le prometió que la escondería para que ni ella ni nadie la viera. Se arrodilló y bajó la cabeza hasta que su mamá salió de su cuarto y volvió a cerrar la puerta tras de sí. Desde entonces, regañaba a Penny cada que ella quería jugar a las piruetas o a las escondidas. La tomaba del lomo y la hundía en el colchón. Penny chillaba por la presión que ejercían sus manos sobre ella. A ella también le dolían, porque se enterraba las púas de su amiga. Era por su bien, para que a su mamá no se le volviera a ocurrir hacerle daño.
Cuando creía que ya no iba a encontrar a Penny, se apareció en la puerta de su casa. Iba medio muerta otra vez. Estaba sentada en la banqueta y vio cómo a algo le costaba trabajo cruzar la calle. Se arrastraba. Extendía un poco las patas delanteras para luego impulsar las traseras en un solo movimiento. Se veía aun más extraña, como una serpiente panzona y peluda. Primero dudó que fuera Penny, pero conforme se fue acercando, la reconoció. Su hocico sangraba, su cuerpo estaba lleno de manchas color carne y, cuando quiso levantarla, notó que había perdido la cola.
Ella sabía que Penny era fea, pero nunca la había visto tan espantosa. La cargó y la metió a su cuarto a hurtadillas, mientras su mamá estaba en la cocina. Una vez más, limpió y curó sus heridas. Cuando se iba a levantar para ir por comida para Penny, ésta se recostó en su hombro y, como era su costumbre, se puso a chuparle la oreja. Por su estado, pensó que bastarían unos minutos para que su amiga se quedara dormida pero, antes de que eso pasara, Penny le dio un mordisco que le dolió y la hizo sangrar. La tomó del lomo y estuvo a punto de aplastarla contra el colchón, pero la debilidad de Penny le hizo sentir ternura. Pensó que tendría hambre y por eso la había mordido. Fue por un poco de comida. Al regresar, se encontró a Penny retorciéndose en la cama. Apenas podía sostenerse en pie, pero ahí estaba, dando vueltas sobre sí misma arriba de la cama. A ella le dio lástima pero también le preocupó. Seguramente Penny no había comido nada en días y con el cuerpo lleno de heridas, podía desfallecer en cualquier momento. Le acercó un poco de comida pero Penny retrocedió. No quiso comer ni beber agua, sólo correr y saltar por la habitación. Intentó calmarla, pero al tomarla del lomo y tratar de presionarla sobre la almohada, Penny se convulsionó y le lanzó varias mordidas. Tuvo miedo de que su mamá la descubriera y quisiera matarla una vez más, pero no pudo hacer que se tranquilizara. Penny daba vueltas por la habitación, se golpeaba con las paredes y los muebles. Intentó acercarse a ella para que sintiera sus manos sobre sus púas. Quiso recostarla sobre su hombro. Se le ocurrió acercarle un poco de agua para ver si así salía de ese trance en el que parecía haberse sumergido. Mojó las puntas de sus dedos y la rocío con unas cuantas gotas. Debía tener una cara de horror e incredulidad cuando Penny soltó un alarido apenas sintió el agua, empezó a temblar y a retorcerse para luego saltar hacia la ventana y perderse en la oscuridad. Ella asomó la cabeza, pero no pudo ver nada. Sintió comezón en la oreja. Seguía sangrando. Pensó que su mamá la iba a regañar.




