El recuerdo del invernadero
Al entrar a la sala de emergencias, la enfermera le indicó la habitación contigua. En el cuarto aguardaba el amigo de su hermano: lo abrazó con pesar y le deseó fortaleza. Alejandro se sentó en el único mueble, cerca de la cabecera, y miró de reojo la cama donde reposaba su hermano conectado a una sonda. Este enmascaraba la vida con la mirada cegada, la boca tapiada en silencio y las manos inertes.
A pesar de transcurridos pocos días del accidente, ya se le notaba la barba enmarañada y la piel pálida, como si su cuerpo iniciara el lento proceso de morir. El amigo contó que cuando regresó en la camioneta de la construcción, su hermano dijo sentirse mal, pero le restaron importancia. Bajando para ir a casa se desmayó en el porche. Cuando llegó la ambulancia, alertada por los vecinos, ya no respondió.
La primera noche en la clínica su hermano balbuceó algunas palabras ininteligibles y en su único momento lúcido habló de un viejo invernadero escondido entre la maleza. Desde entonces dormía profundamente.
La enfermera le recomendó una posada cercana. Alejandro canceló las citas del consultorio de abogados, y se hospedó en aquel lejano pueblo de Falcón donde las casas parecían presas de un viento huracanado; la pintura descascarada y las paredes hinchadas por la humedad. Las únicas construcciones de cemento que vio fueron la clínica y la posada; ambas doblegadas por la lluvia incesante de arena.
Los primeros días permaneció sentado leyendo un libro de rezos que le obsequió el padre encargado de terapia intensiva. No era una persona religiosa, pero pensó que era lo correspondiente. La lectura era interrumpida por un sonido molesto, como de mosca encerrada en un frasco: el rumor constante del tanque de oxígeno.
La primera semana intentó llenar el espacio de palabras, comunicarse con su hermano por si alcanzaba a oír, pero acabó convencido de que no tenía nada que decirle. No conservaba grandes momentos con él; no le agradaba recordar su infancia. Después de abandonar la casa, Alejandro se convirtió en un fantasma que apareció en pocas reuniones familiares. El rostro demacrado de su hermano le era ajeno. Le causaba inquietud.
Esa noche se levantó asustado en el cuarto de la posada con la camisa empapada por una pesadilla; o lo que él entendía como una pesadilla. En esta se oía un sollozo infantil aleteando atrapado en una bruma con olor a flores, sin embargo, al despertar, no guardaba más detalles, como si la escena estuviera empañada de interferencia. Después de cambiar el turno de la mañana con el amigo, le explicó el sueño a su hermano. Alejandro esperaba algún indicio de reconocimiento, pero no recibió más que el compás perenne del goteo medicinal.
Las siguientes noches las pasaron en vela, contemplando el artesonado del techo e intentando memorizar algunos de los versículos del libro de rezos, buscando eludir la angustia del sollozo infantil que surgía cuando intentaba descansar. Entonces comenzó a vagar por la recepción con muebles cubiertos de arenisca, alrededor de la pileta con hojas flotando en el fondo, por los pasillos tapizados con una alfombra desgastada; encontrándose a cada paso insomnes, zombis vigilantes, detrás de ventanas y balcones, con la mirada puesta en la clínica, que de noche resplandecía con una luz blanca.
Algunas noches, en la lejanía, cruzando la carretera, envuelto en una polvareda en su caminata, se veía un pobre viejo de impermeable amarillo, renqueando con un bastón de cáñamo.
Una noche soñó con la finca de la amiga de su madre, un tiempo borroso, una visita que hicieron poco antes del divorcio. Era una gigantesca casa solariega, adornada con macetas de colores colgadas de los aleros, rodeada de un campo de trigo y con las montañas por fondo. Al retirarse las amigas a conversar, Alejandro retó a su hermano a escalar el terraplén más alto y coronar su cima. La subida fue rápida y divertida, pero alcanzó cierta altura, se percataron que el lado de la cima estaba sembrado de arbustos espinosos; imposible deslizarse entre ellos sin sufrir lastimaduras. Desde esa posición, la vista de los jardines circundantes y la lejanía de la casa, metía vértigo en el cuerpo. Alejandro saboreó la secuencia de la boca, el suave cosquilleo del dolor de cabeza por el sol del mediodía. Su hermano, a pesar de los riesgos, se atrevió a bajar. Ya se deslizaba un trecho, cuando él comenzó a llorar. Su hermano regresó, le propuso ir rodeando la ladera hasta conseguir un punto más accesible. En este camino desembocaron en un viejo invernadero; uno de los paneles del techo se había derrumbado, producto de las lluvias, estrellándose contra el costado de la colina formando un puente. Al cruzarlo, la penumbra del interior dejaba entrever macetas caídas y jarrones rotos; percibía el olor a tierra mojada y flores marchitas. Alejandro miró con desesperación la puerta con candado. Su llanto se fundió con el fuerte olor a flores. En ese momento, su hermano lo abrazó y le susurró palabras que lo calmaron; era como si en ese breve diálogo, en ese instante, como una gota de rocío sobre una hoja, su hermano le comunicara el secreto del universo.
Al despertar, Alejandro se sintió agotado, como si viniera de un largo viaje. De alguna manera entendió que el suave llanto impregnado de flores lo conducía, como un túnel secreto, al recuerdo del invernadero. Hasta ese momento se sintió perseguido por su vida pasada.
Al día siguiente le contó la historia a su hermano. Le agradeció no abandonarlo en la colina. Le preguntó cómo escaparon del invernadero, y sobre el significado de las palabras susurradas, pero en ese momento se dio cuenta, como una revelación, de su rostro demacrado, quizás nunca más podría responder a nada. El dolor le llegó como una forma de conocimiento. Alejandro pensó en las últimas palabras que dijo su hermano después de desmayarse, y se preguntó si al igual que él, recordaba el invernadero como un misterio pendiendo sobre su vida. El recuerdo era la única forma de comunicación que les quedaba. Le parecía terrorífico que las sombras pudieran cernirse de súbito sobre alguien. Nunca estuvo en comunión con su hermano, hasta ahora. Le dolió nunca habérselo dicho. Deseó que se despertara, y poder disculparse.
En las siguientes semanas su hermano empeoró, y lo trasladaron al último piso de la clínica. Aunque en el cartel de entrada se leía piso de recuperación, entre el personal era conocido por otro nombre: el pasillo de los agonizantes. Era un largo corredor dividido en dependencias donde pernoctaban los familiares. Alejandro se sorprendió de las múltiples caras del sufrimiento; los visitantes se entregaban, con la mirada absorta, a cualquier paliativo que conjurara el dolor. Cualquier signo exterior, la extraña figura de las nubes, una noche más calurosa, era interpretado en relación con la enfermedad y se abrigaba una mísera esperanza de recuperación.
La necesidad se vio agravada porque al corredor se le adosara un comercio sustentado en la enfermedad: los vendedores, pertrechados con su mercancía, se asomaban en cada habitación ofertando ungüentos, collares, cadenas, objetos beatificados, palabras milagrosas. Alejandro asistía con regularidad a la ponencia o sermón que se organizaba semanalmente en la sala común; durante una hora oía al padre que le regaló el libro de rezos pontificar sobre la vida, la salvación y la esperanza. Le gustaba mecerse con el ritmo de las palabras, además le agradaba el padre, con el que conversaba a menudo.
Una tarde, antes o después de confiarle el recuerdo del invernadero, el padre le sugirió que hablara con el viejo del impermeable amarillo. El padre le confesó, como un escolar avergonzado que, aunque era contra natura, el viejo había ayudado a muchas personas. Él ya lo había notado entre la comitiva de comerciantes, pero ahora comerciando con aquel viejo visto fugazmente por la ventana en sus noches de insomnio, atravesando los remolinos de arena.
Un día se unió a la subasta congregada alrededor del banquito de madera desde donde se dirigía a la multitud. El viejo subastaba la llave de una habitación de hotel localizada en las playas del extrarradio. En el mundo se abren puertas insospechadas que conducen a lo desconocido, anunciaba el viejo apoyado en el bastón de cáñamo, sitios que por las tragedias acaecidas en su interior se transforman en lugares de tránsito. En su discurso mencionaba plazas que a la medianoche reverberaban con pisadas de transeúntes invisibles, el paso de trenes herrumbrosos y destartalados, descarrilados hace épocas, donde los pasajeros, muertos inocentes, aún esperan llegar a su destino. Todos hemos sido testigos de una visión parecida, una disrupción sutil de la realidad, continuaba el viejo con voz ronca, que intentamos desengañar aludiendo a un juego de luces, al cansancio, a la imaginación. Pero la intuición no falla. La sensación de trampa descubierta nos advierte que esas habitaciones, espejos, ferrocarriles, templos, no se encuentran en ningún tiempo determinado, sino que sobrevuelan todas las épocas. El viejo del impermeable amarillo afirmaba tener la llave a uno de esos lugares: en la habitación número siete, explicaba, era posible concertar una reunión con los muertos. A pesar de la resistencia, la tenaz lucha con los demás desesperados, Alejandro consiguió la llave.
Durante el duermevela de esa noche lo asaltaron imágenes confusas. Su hermano lo esperaba en una habitación consumida por la oscuridad, cuando intentaba acercarse, el piso se convertía en un mar que lo devoraba.
Al despertar en la luz azulada del crepúsculo, al lado de la cabecera, le pareció que el cuerpo acostado de su hermano le enviaba un mensaje cifrado. Descubrió que había dormido con la llave aferrada en la mano.
Dos días después, en una tarde soleada, murió su hermano. Durante los trámites y el papeleo de la funeraria Alejandro olvidó por completo la llave. Hasta que volvió la imagen del invernadero; su hermano flotando en la eterna juventud. Se despertó antes de descifrar las palabras. En ese momento pensó en la llave. Antes de entregarla, el viejo del impermeable le advirtió de los peligros, y le habló de la monstruosa sombra que, a partir de ese momento, lo perseguiría sin descanso. A la mañana siguiente, Alejandro partía en un autobús con dirección al hotel de las afueras.
En el horizonte pespunteaba el litoral. Durante el viaje cayó en una somnolencia turbia de la que despertaba abruptamente en cada alto del camino. Por la ventanilla las altísimas dunas de arena dieron paso a una carretera flanqueada de palmeras enfermas. Debajo de él se oía el traqueteo de la marcha; los neumáticos deslizándose por el asfalto dejando todo atrás, como un río fluyendo imperturbable en la oscuridad. Ya no se sentía perseguido; su vida tenía un peso apacible. Miró sus manos en el respaldo del asiento y le parecieron transfiguradas, palpitando con un nuevo significado. Se elevaba el sonido del oleaje. Su hermano esperaba. No quedaba nadie en el autobús cuando bajó en la última parada.
Frente al mar se alzaba un anodino hotel carcomido por el salitre. Al abrir la puerta lo recibió un profundo silencio. Una habitación corriente; con el único atractivo de un balcón deslustrado con vista al mar. El pueblo apenas se distinguía, envuelto en un denso vapor, como si se tratase de un ensueño. Desde la adquisición de la llave no soñaba. Aun así, el recuerdo del invernadero y su secreto eran parte de él.
A la mañana siguiente bajó a la playa. No era una playa frecuentada por turistas, pues las olas rompían con fiereza contra la costa y el viento era helado.
En cambio, las noches eran húmedas y silenciosas. Pese a levantarse con frecuencia para distraer el calor, pocas veces coincidió con algún huésped. En las ocasiones en que ocurría, estos mostraban un aire desorientado y la salud quebrantada; sus pasos eran vacilantes y su conversación errática.
Una noche decidió ir al bar de la esquina. Era un angosto local, con techumbre de palma y mesas de madera rudimentaria, abierto a la costa. Las pocas personas que conversaban alrededor le parecieron viejos fotogramas, antiguos retratos. Conversó con un viejo que se le acercó en la barra. Antes de irse, el viejo le animó a marcharse. Aún estás a tiempo, no estás como los que se quedaron aquí, dijo el anciano tomándole el hombro. Nadie sabe el elevado precio de la salvación, dijo antes de salir y confundirse con la noche.
Durante el camino de regreso al hotel, las facciones del viejo se difuminaban, como si la brisa de la madrugada le arrancase la memoria. Al encender la luz consiguió la habitación destrozada: muebles despanzurrados, la cerámica agrietada, los espejos rotos, la luz cortada. Detrás de la penumbra espesa que cercaba la estancia, se vislumbraba una presencia vetusta, rabiosa y maligna. Esa noche, como una pausa establecida, coordenadas dictadas sin lenguaje, soñó con el recuerdo del invernadero. A la mañana siguiente despertó sabiendo el sitio de reunión con su hermano.
Antes de partir por el camino que se internaba en la playa, dirigió su vista al ruinoso hotel, recordó la habitación corrompida, los rostros fantasmales de los habitantes del pueblo, y sintió la atracción del secreto, el enigma del invernadero. Al andar el viento soplaba fuerte.




