Fotografía de Bea Requejo, 2014. Recuperada de Flickr. CC BY-SA 2.0
Quien tenga un saber de futuro
que observe a través de la carne
cuántos engendros de sal me habitan
y atrape sus sombras en el signo.
Que viertan sus cabezas
entre un par de lunas de trigo
y jamás escuchen hablar del tiempo.
Que tengan terror del milpiés vegetal,
que atraviesa el techo cada noche
y hablen el dialecto pendular
entre agua y cenizas.
Que maten al toro y a las últimas gallinas:
Nunca tendrán hambre.
Que se vayan lejos
donde no comprendan las formas del silencio.
La casa enfermará sin ellos,
el arroyo hervirá en la sangre de sus bestias y la luz se perderá en la fronda
Volverán,
siempre vuelven.
Tendrán edad de olvido,
me rasgarán el ombligo
y querrán armar su nido
para el último sueño.
Quien sepa mirarme ahora
que me despierte del incendio,
que me arranque la estirpe.
Que luego de esta palabra
adentro
se haga sombra.