El Cisne
Si corrieras hacia el fondo de ti mismo, ¿qué encontrarías? Esta es la pregunta con la que comienzo cada jornada de entrenamiento. Al principio, mi método consistía en arduas rutinas de acondicionamiento físico, movilidad y sesiones de intervalos para que mis atletas —en su mayoría corredores de medio fondo, fondo y maratones— pudieran someterse a cualquier tipo de prueba. Sin embargo, noté que en muchas ocasiones la diferencia entre el éxito y el fracaso estaba marcada por los aspectos mentales de la disciplina. Después de todo, los aspectos técnicos se conocen desde el principio de toda formación; es la sensación de fracaso lo que les ayuda a insistir en la técnica hasta internalizarla.
Entre los jóvenes corredores que inician el camino, solamente un mínimo porcentaje tiene la oportunidad para correr fuera del laberinto. Condiciones económicas, sociales y de contexto, nos atan con una cadena invisible. El cuerpo responde a la distancia, pero la mente… la mente es el verdadero campo de batalla. En la misma línea de partida, alineados: un atleta esencialmente competitivo, uno que no. Un joven que conoce el hambre, otro que no. Aunque todos persiguen lo mismo: el oro, el récord, el trofeo, tienen una interpretación distinta de estos logros.
Recomiendo a mis atletas mantener un diario durante los periodos de preparación. En él pueden hacer seguimiento de sus marcas, dietas y las victorias intangibles que solo un corredor conoce. Hay atletas que corren porque, si se detuvieran tan solo un segundo, desaparecerían.
Los maratonianos keniatas acostumbran entrenar muy temprano en la mañana para cuidarse de las altas temperaturas. Siguiendo el ejemplo de los mejores, antes del amanecer comenzamos a trotar por las calles desiertas, acompañados por el sonido de los primeros autobuses; al igual que una máquina, en la respiración ardiente imagino vapor.
Las rutinas del amanecer son como atravesar una y otra vez el mismo día, pero con sutiles diferencias. En la estación del metro cruzo la mirada con una mujer hermosa, de labios finos y cabello azul. Los siguientes kilómetros, al pensar en ella, mi cuerpo se hace liviano y viajo años atrás.
Una leve punzada en la rodilla, como si una raíz del árbol del tiempo me dijera: “Corre, corre, corre”. La mujer del cabello azul estará dormida en el vagón, tal vez a punto de llegar a su destino. ¿Cuántas miradas desde los andenes aparecerán como una invocación de la noche en los millones de habitantes de esta ciudad? Cuántos rostros extraños que se cruzan para no volverse a ver.
A eso de las seis llegamos al parque, al lado del complejo deportivo. Las hojas resquebrajadas caen sobre la plazoleta, con su cisne de piedra y azulejos, arropado por los primeros rayos del sol. Me he acostumbrado a la repetición de este día.
Una radio del milenio pasado orquesta la melodía del quiosco de Sancho. Conversamos sobre los acontecimientos del deporte mientras se fuma el primer cigarro de la jornada. El cisne, reposando sobre las aguas del estanque artificial, pareciera observarnos. Hay otros, blancos y negros, pero solamente este asoma el cuello de lapislázuli, inmutable.
Después del desayuno volvemos a la pista de entrenamiento. Resistencia aeróbica, muscular y mental. El último del grupo se ahoga al ver las espaldas de sus contrincantes; un entrenador severo diría que, si sigue llorando, la vida le dará la espalda. En este espacio de poco sirve la severidad; con las palabras adecuadas, procuro que se sobreponga.
Tras hacer lo mismo durante años, puedo saber cuándo un competidor ganará solamente con ver su expresión antes de la carrera. Pasa lo mismo con la derrota. Me gusta entrenar la fortaleza mental con una caminadora frente a una pared blanca, sin música ni distracciones, sin atajos. Aprendemos más sobre nosotros frente a una pared en blanco que frente al espejo.
Cuando uno de mis muchachos parece desorientado, lo llevo a la estatua del cisne, en la que he encontrado el sentido de correr. El pequeño epitafio reza: En memoria del cisne azul, pero no tiene fechas. Sugiere que, desde su creación, su propósito es el olvido.
La estatua no siempre estuvo allí. Mucho antes, cuando solo me interesaba conquistar el oro y romper récords, y la radio de Sancho era lo último del mercado, había un verdadero cisne de plumas azules.
El parque, entonces, era mucho más concurrido. Cada mañana, una pareja de ancianos se sentaba a alimentar a los cisnes, y Mercedes, la madre de Sancho, vendía flores en el quiosco. Si las cosas iban mal, me sentaba a observar el cisne azul por horas. Transmitía una serenidad contagiosa que me fascinaba. Tanto en las derrotas como en las victorias, dedicaba el tiempo de mi descanso a contemplarlo. Le mostraba mis medallas de bronce, plata y oro, pero a él nunca le parecieron más interesantes que unas hojas de lechuga.
Se dice que los cisnes son longevos. Puede que de ahí provenga la calma que se siente al verlos deslizarse por el agua con las ondulaciones dando paso a una inspiración antigua. Así, como las medallas, que pierden su brillo con el tiempo, hay una foto amarillenta del cisne en mi cartera.
Una mañana, al llegar al parque, encontré un pequeño grupo de personas reunidas en círculo: entre ellos, la pareja de ancianos, Mercedes y Sancho, todos con la mirada fija en el suelo. A sus pies, yacía el cadáver del cisne. Alguien le había aplastado la cabeza con un ladrillo, seguramente durante la madrugada.
El suceso conmocionó a la comunidad del parque. No había una explicación lógica para tal acto. Solamente otra víctima de la maldad. Las hormigas, tan diminutas como nosotros, desfilaban sobre el pico distorsionado. Lo sostuve en brazos. Sin el espíritu era más liviano que un recién nacido. En ese momento comprendí lo atroz; que alguien hiciera esto sin consecuencias.
Un crimen sin testigos. No tendría justicia. La muerte de un cisne era insignificante comparada con las grandes culpas de la ciudad. Y aunque valiera de algo, ¿cómo se podría dar con el culpable? Definitivamente, no habría acusaciones, ni castigo divino o terrenal.
Acordamos despedirlo en una pira funeraria, que Mercedes decoró con flores. Por primera vez se reunieron todos los amigos del cisne: niños, abuelos, personas de todas partes, sentados en silencio escuchando el crujir de la madera en llamas. Una mujer lloraba junto a mí; podría ser una broma de la memoria, pero recuerdo que era la misma mujer del cabello azul, su rostro más joven, su cabello castaño. Los mismos labios finos. La misma mirada.
—Hay que estar pendientes por si nos matan a los otros —afirmaba Sancho.
La historia quedó ahí, y yo me enfermé de desconcierto. Solamente podía correr más rápido. Ver en cada contrincante al asesino del cisne. Convertirme en una encarnación de la furia brotando desde la madrugada, bajo esta luna maldita, un lobo aullando en los vestigios de su humanidad, incompleto. Una bestia ciega que ha memorizado el camino, la milla en blanco, comprometido, en ausencia del pensamiento.
Un paso tras otro. El paisaje helado en mi interior avanzaba sin dejar huellas, formando un sendero. ¿Quién fue? ¿Por qué lo mató? ¿Volvería al lugar del crimen? De ser así, podría correr cada madrugada hasta encontrarle. Eso valdría más que cualquier medalla. Ese lugar entre los otros cisnes, donde debería haber una presencia y no hay nada, finalmente tendría explicación. A veces, corría hasta quedarme sin aliento, y en la primera inspiración venía el llanto. No era tristeza. Estaba frustrado.
Hay penas que no llevan a ninguna resolución. Después de cada competencia me sentía vacío. Si un cisne muriese por enfermedad, tendría sentido, incluso si un día alzara el vuelo para no volver, pero no así. Creía que una muerte como esa significa que nada frágil permanece sobre la tierra. Y si esa fuera la verdad, ¿qué sería de mí? La línea de meta subjetiva comenzó a alejarse tanto que la perdí de vista. Correr para atrapar al asesino o salvar al cisne. Correr porque el mundo se desmoronaba bajo mis pies. Hasta que, corriendo, solo corriendo, dejé esas cadenas y busqué, en cada movimiento, liviandad.
Un corredor necesita una motivación más allá de sí mismo, que le brinde fuerzas cuando la voluntad se agote. Mi método de entrenamiento consiste en que los atletas entiendan que, independientemente de sus historias, todos vinimos al mundo descalzos, y al sonido de un disparo comenzamos a correr en los carriles circulares del laberinto humano, con la esperanza de aprender a tiempo que la vida es impredecible, y debemos mantener el ritmo.




