Beanpole o el poema de la fuerza
La última noche… La pasé de rodillas, delante de su cuna…
Antonia Grigorieva Bóndareva, teniente de guardia, piloto de mando
Simone Weil, en uno de sus ensayos más poderosos, La Ilíada, o el poema de la fuerza, escribe:
Nunca se expresó con tanta amargura la miseria del hombre, que incluso le hace incapaz de sentir su propia miseria. La fuerza, manejada por otros, se impone sobre el alma como el hambre extrema, pues consiste en un poder perpetuo de vida o muerte. Y es una imposición tan fría, tan dura, como si fuera ejercida por la materia inerte. El hombre que se siente en todas partes el más débil está en el centro de la ciudad tan solo —o más solo— de lo que podría estar perdido en medio del desierto.
Esto fue plasmado entre guerras, como tantos de sus textos que conmueven por su latencia. Pero la guerra nunca termina. Para Svetlana Alexiévich, la guerra no es una epopeya, sino una herencia brutal del patriarcado. Una maquinaria donde el heroísmo, las condecoraciones y los premios son apenas un teatro: un disfraz del sacrificio de otros. Esa épica del “honor” masculino que en su avance aplasta la carne, la voz y la memoria de las mujeres —a las que Alexiévich les devuelve la palabra en su libro La guerra no tiene rostro de mujer— es también el motor que impulsa al director Kantemir Balagov a componer Beanpole. Su propio poema visual sobre la fuerza y el trauma de la guerra.
Entre mujeres
Tras el asedio de Leningrado en 1945, dos amigas —excombatientes del Ejército Rojo— ingresan a trabajar en un hospital. Una de ellas es Dylda, con una parálisis crónica dentro de un cuerpo extraviado y traumatizado por la guerra; la otra, Masha, su compañera en el trauma. Beanpole es un retrato devastador del residuo bélico encarnado en dos mujeres que ya no esperan consuelo ni redención. Esta amistad, brutal y singular, comparte la misma tragedia y el mismo destino: cuerpos que habitan la miseria de un silencio impuesto por el dolor. Porque en toda guerra hay vencedores y vencidos, pero nadie habla del sedimento, del resto, de las ruinas humanas. Eso es lo que vemos en Beanpole: la supervivencia sin gloria, la vida con el rostro desollado. En su mundo no hay marcha triunfal; los verdes y los rojos lo tiñen todo. Balagov dialoga con la tradición del cine ruso y rinde homenaje a su maestro, Aleksandr Sokúrov. El director confiesa su obsesión por el trauma femenino en la guerra y en la posguerra y, plano a plano, entre la belleza gélida y la quietud del encuadre, confirma su maestría.
La guerra es estéril
En un plano, una vela da luz a tanta oscuridad que las dos mujeres parecen salidas de un cuadro de Georges de La Tour: inmóviles, divididas por una llama que relampaguea fragmentos de una vida en penumbras. Ese plano revela una nación sin ídolos. La guerra es para alimentar el poder de los poderosos. Acá vemos cuerpos humildes, desgastados, carne reseca por el hielo, cuerpos enflaquecidos por el hambre. Y ellas dos —en la noche reducida a lo esencial— se vuelven santas. Balagov revierte la tradición de lo doméstico a su propio campo de batalla: el hogar y el hospital como frentes de guerra. Una cocina, una cama, una mesa, un consultorio médico: todo puede ser una trinchera. La maternidad, la pérdida y la muerte. Úteros que ya no sirven para dar vida. Cuerpos exhaustos que no dan tregua. Ellas no comparten esa maternidad posmoderna que alquila vientres, congela espermas o pagan tratamientos de fecundación in vitro. Ellas caminan juntas, cómplices, sobre escombros, con otras mujeres, infanticidas, suicidas, infieles, abandonadas y promiscuas.
Con nosotros había una operadora de radio que había dado a luz hacía poco. Un bebé de un año… Pedía pecho… Pero la madre tenía hambre, no había leche, el niño lloraba. Los soldados estaban cerca… Llevaban los perros… Si los perros le oían, moriríamos todos. Todo el grupo, unas treinta personas… ¿Lo entienden? Así fue como la madre sumergió el bulto con el niño en el agua y lo tuvo allí un largo rato… el niño dejó de llorar… El silencio… No podíamos levantar la vista. Ni mirar a la madre, ni intercambiar miradas…
Los relatos de Alexièvich no son ficción. Estos relatos, que para la gran historia son de mujeres anónimas, tienen nombres y apellidos. Ellas fueron las grandes luchadoras que derrotaron al fascismo. Las mujeres lo hacían todo: cuidaban, combatían, cocinaban, criaban, enterraban, sanaban vidas. Fuera del campo, otras esperaban con un plato sobre la mesa a hijos e hijas que jamás volvían. La esperanza, la única muleta. Cuántas noches en vela, sitiadas por fantasmas y pesadillas. Cuántas habrán regresado a una cama vacía, algunas, murmurando plegarias a un dios que no escucha. Ante el dolor, ¿cuánto puede resistir un cuerpo antes de quebrarse? ¿Cuántas se habrán suicidado en el silencio de la noche oscura? Ellas parieron soldados que murieron por la nación. No hay resiliencia posible luego de tanta brutalidad. En 1915, la revolucionaria y pensadora bolchevique Alexandra Kollontái escribió un texto tan preciso como doloroso, formulando la misma pregunta que aún hoy nos persigue: ¿a quién sirve la guerra?
La guerra aún no ha terminado, de hecho, su fin ni siquiera se vislumbra, pero el número de lisiados se multiplica: los mancos, los cojos, los ciegos, los sordos, los mutilados… Partieron hacia el sangriento matadero mundial jóvenes, fuertes y sanos. Tenían por delante toda su vida. Solo unos meses, semanas, incluso días después, fueron devueltos medio muertos, lisiados…
Las víctimas y el sufrimiento humano se reflejan como espejos rotos, sin bandera, ante los ojos del espectador. La belleza se mezcla con el malestar y cada gesto parece cargar con el peso de lo inevitable. La guerra no es teatro. El director confiesa: “Pero para mí Beanpole se refiere más a la torpeza y así es como mis héroes se sienten y expresan sus sentimientos en la película: son torpes, están aprendiendo a vivir de nuevo después de la guerra y resulta muy difícil para ellos”.
El cine es una máquina de memoria
Frente a la guerra, al fascismo, a la violencia estructural contra las mujeres, la pantalla se convierte en archivo y en testigo incómodo. No hay ficción que neutralice la verdad que late en ciertas historias: allí donde el cuerpo femenino es territorio de conquista, de castigo o de resistencia. A través de los rostros, de las heridas y de los silencios que retrata, el cine revela cómo las grandes catástrofes históricas se inscriben primero en la piel de las mujeres, y cómo, incluso en la derrota, persiste la fuerza de su resistencia. En Dos mujeres, de Vittorio De Sica, una madre y su hija huyen de Roma tras la ocupación nazi, pero el horror las sigue como una sombra. En el campo, en la supuesta calma rural, la violencia se ensaña con sus cuerpos: no hay refugio, solo un nuevo rostro del espanto. En Vincere, Marco Bellocchio narra la historia de Ida Dalser, mujer encendida que amó al joven Mussolini cuando aún vestía la máscara del socialismo. Ella lo sostuvo con su pasión, con su dinero, con su cuerpo. Él la negó, la borró, la encerró. El fascismo persiste en otras formas y comienza también allí: en la traición íntima, en el olvido de la carne que lo engendró porque esa mujer engendra un hijo del propio Duce. Veronika Voss, de Rainer Werner Fassbinder, es un fantasma que llegará tarde a la vida Inspirada en Sybille Schmitz —estrella de la UFA durante el Tercer Reich—, Veronika camina por una Alemania que ya no la quiere, que la usó y la desecha. Nadie recuerda sus películas. Nadie pronuncia su nombre. Morirá sola, atravesada por la morfina y el silencio. Una actriz sin escenario, una mujer sin patria. Un asunto de mujeres, de Claude Chabrol, nos lleva a la Francia ocupada. Allí, una mujer cualquiera —sin títulos, sin épica— abre su casa para ayudar a otras. Practica abortos clandestinos. Corta el nudo de la maternidad no deseada. Ofrece a las violadas y a las solas una forma de seguir vivas. Su cuerpo no es víctima, es resistencia. Su delito: decidir. Su condena: la muerte.
Hoy, estamos en guerra y lo vivimos en directo. No es posible encontrar refugio en una ilusión. Ante este horror del que somos testigos, la pregunta es inevitable: ¿cómo reflexionar sobre el poder ético y político de lo que vemos? Todo tan desolado. ¿Qué mundo nuevo puede nacer de la guerra? La historia enseña que el silencio es cómplice de la indiferencia. La guerra no es solo un hecho histórico ni un relato heroico para la posteridad: es un daño indeleble, una herida abierta que atraviesa generaciones. Resistir es también hacer memoria, es reconstruir el tejido roto de la humanidad. Porque si olvidamos, perpetuamos. Y el cine nos devuelve un espacio de reflexión. Hacia el final de la película se abre un resquicio, un territorio donde el horror retrocede. Un instante suspendido, como si el tiempo se rindiera y quedara solo un porvenir. Un abrazo que no es solo refugio, donde los cuerpos, después de haber soportado lo insoportable, se reconocen indómitos. Allí, donde todo lo terrible, por un instante, queda atrás, para vivir la verdadera medida de lo que puede un cuerpo.




