Tierra Adentro
Fotografía de David Bartus, recuperada de Pexels.
Fotografía de David Bartus, recuperada de Pexels.

A la memoria de Julio Zuniaga

Han pasado tres meses desde que mi abuelo falleció. Se fue mientras dormía, en su cama ancha y solitaria desde que mi abuela nos dejó ocho años atrás. La enorme casa que compartían parecía ya un museo familiar, juntando todos los recuerdos que se fueron creando con el pasar del tiempo. Y él era el guía que nos llevaba a paseo por la memoria. Fotografías, afiches, documentos, efectos personales que se fueron dejando atrás, pero sin una mota de polvo, porque su trabajo en los últimos tiempos, antes de enfermar, fue mantener incólume cada pieza que allí se guardaba. Por la cantidad de cosas, cuando terminaba de limpiarlas, ya las primeras comenzaban a almacenar polvo y el oficio volvía al punto de partida.

En algunas ocasiones nosotros le ayudábamos, aunque había una habitación a la que nadie tenía permitido entrar, y de la cual solo había una llave, que siempre la llevaba colgada en su cuello. Era su estudio personal, su propia historia. Sabíamos mucho de su vida, sí, pero entre esas paredes ocultaba sus miedos y las más grandes alegrías. Pero un día antes de morir, como si ya supiese que su camino estaba a punto de terminar, me confió la llave con una promesa: después de transcurridos tres meses de su fallecimiento, podríamos entrar y tomar todo lo que quisiéramos. También aquello venía acompañado de otra petición: todo el contenido del baúl de roble me lo legaba a mí, y con ello, los más íntimos secretos. Lo que allí se contenía, lo tendría que llevar en silencio hasta mi muerte, según me había confiado. Y antes que ese último momento llegara a mi vida, debía quemar todo aquello.

Pareciera que este día está lleno de melancolía. Las nubes bajaron sobre la ciudad, cubriendo de plomo todo el cielo, se respira un aire frío y entramos a la casa amparados por la garúa. Estamos mi madre, dos de mis tíos, tres de mis primos y yo, frente a aquella puerta de roble tallado, de dos alas, que había mandado a hacer específicamente para esa habitación. Tras abrirlas, desde dentro el vacío nos delata con un beso apesadumbrado. El espacio oscuro esconde tras su velo el dolor que comienza a compungirnos. Le entrego la llave a mi madre y abro los ventanales para que todo respire, se llene un poco de vida y la luz de las cosas nos guíen hasta nuestros deseos. En medio de la habitación está un enorme escritorio, el mismo donde reposaron tantos acuerdos y se cerraron grandes tratos con empresarios y políticos. Aquel había sido el despacho más íntimo y poderoso de la ciudad por más de treinta años, que ahora se había convertido en una sala más de la larga historia personal.

Detrás del escritorio, como un tesoro que era protegido por él desde su trono, encontré el baúl que no debía medir más de un metro de largo por medio de ancho, rectangular, de caoba reluciente, de estilo náutico, con un enorme candado sellándolo. En el primer cajón del escritorio encuentro la llave que abre el secreto, y sin mediar palabra alguna, cierro de nuevo y salgo con lo único que me importa. Aunque pudiera mirar aquí y allá, la petición de mi abuelo puede más que cualquier cosa, y me embarco hasta mi apartamento, solitario a aquellas horas, para desentrañar lo que en ese pequeño espacio se esconde.

Al abrirlo, consigo cuadernos, varias decenas de ellos, y un ejemplar de la novela Giovanni’s room de James Baldwin. Las tapas de los cuadernos son de cuero negro, el interior de papel fino y el membrete de la firma de abogados que él fundó. En la cubierta trasera está su sello grabado a fuego, el mismo que siempre llevaba en el anillo de su dedo anular derecho. Poco a poco voy revisando los cuadernos y leo por encima el contenido. Mi abuelo ha vaciado parte de su memoria en aquellas páginas, y me siento a llorar entendiendo que su mayor legado son sus más íntimos recuerdos.

En uno de ellos encuentro una foto de él y el tío Gabriel. Se ve que rondarían edades cercanas a los treinta. Se abrazan con camaradería y sonríen a la cámara mientras, detrás de ellos, una ola pequeña está a punto de romper contra la orilla de una playa. La reconozco enseguida, es Playa Maracaibo, una bahía a la que recién mi marido me llevó a conocer, porque estaba prohibida para la familia. En el anverso, escrito quizá por la letra del tío Gabriel, se lee: “el mar tiene tu nombre”.

Decido comenzar a leer aquel cuaderno y, poco a poco, el viento me revuelve el cabello, las olas murmuran en mis oídos y mi lengua siente el sabor salobre de aquella foto.

***

En la séptima calle, cerca de la Avenida Independencia, está El Mar. Lo supe gracias a Gertrudis. Bueno, a Germán, el hombre que me hizo famoso de mala gana, por defenderlo en un caso donde se le acusaba de ir contra la moral y las buenas costumbres, simplemente porque le gustaba vestirse de mujer. Ese tipo perdió todo de la noche a la mañana: familia, trabajo, amigos, dinero. De los mejores empresarios tabaqueros, pero con una “desviación” importante. Lo último que le quedaba de dinero me lo confió para que no lo metieran en la cárcel, porque en ese momento era usual la práctica del abuso sexual y muerte a los fueran “especiales”. Al final logré que no lo condenaran a cárcel, pero el juez dictaminó que era un “enfermo mental” y lo recluyeron en la Clínica Buenavista. Lamentablemente la vergüenza que sentía (aunque, como le llegué a confesar, no debía sentir por ser quién era) lo condujo a colgarse en su habitación meses después.

Pero fue él quien me dijo dónde quedaba El Mar. Corrijo, fue él quien me mostró El Mar.

Una tarde en que pude organizarme y tener tiempo libre, le pedí que me enseñara dónde quedaba aquel lugar, necesitaba saber si era cierto todo lo que decían de esa leyenda. Por mucho tiempo se habló de El Mar como una especie de ciudad escondida dentro de la ciudad. Decían que pertenecía al “Triángulo de las Bermudas”, patético nombre que le dieron al distrito donde las prostitutas hacían de la calle su pasarela y los “maracas” se paseaban y creaban bullicio. El famoso triángulo lo formaban los bares El Dorado, La Facultad y El Mar. Los dos primeros habían sido desmantelados por la policía, y por eso El Mar se había vuelto un espacio virtual, itinerante, casi mágico. Estaba seguro que era una dimensión paralela y, por eso, se había convertido en una leyenda.

Ya caía la tarde cuando nos dirigimos hasta el centro y estacionamos en la sexta calle, en el patio interno de un edificio de apartamentos. En él había otros seis autos, de todas las generaciones y gamas. Germán me condujo por un pasillo largo y oscuro que desembocaba en la portería del edificio y que nos comunicaba con la séptima calle. Al estar en la acera ─yo no podía estar más perdido─, me dijo: Ya estamos.

A primera instancia le miré el rostro, que se debatía entre sentir tristeza y terror por lo que le esperaba en el futuro y la emoción de llegar a un sitio al que se estima tanto. Estamos… ¿dónde?, recuerdo preguntarle. En El Mar, pues, contestó con cierto recelo. La calle a esas horas estaba vacía. A unas cuantas cuadras se divisaba el obelisco de la plaza siendo bañado por la luz toronja del ocaso. Estamos en la puta calle, Germán, rechisté. Él se resumió a reír.

Si no te conociera, querido, no me arriesgaría, pero sé que necesitas conocer El Mar, me dijo. ¿Yo? ¿Por qué?, pregunté con un tono sinceramente incómodo. Porque, como comprenderás, entre maracas nos conocemos. Sé que tu interés no es por el caso, por eso he querido que conozcas lo que mueve a El Mar. No es un sitio físico per sé, pero se siente cuando estás cerca. Eso es lo que ha hecho que sea imposible conseguirlo. Solo los que sienten su presencia, saben dónde está. ¿No lo escuchas?

Ya iba a replicar cuando me tapó la boca y con su mano me indicó que escuchara, que el silencio ─¿o el corazón?─ me dejara descubrir el camino. Era verdad, se escuchaba algo. A la distancia, como si con cada paso que dábamos nos adentráramos en las dunas de la playa, se podía escuchar el murmullo de las olas, algo familiar. ¿Por qué no lo había escuchado antes?, me pregunté. Pero sí, ahí estaba El Mar.

Germán me tomó de la mano y nos introdujimos en una relojería. Al fondo, un hombre ya entrado en años revisaba con lupa un pequeño reloj de muñeca. Pero el sonido ahí seguía y traía recuerdos que yo no sabía que me pertenecían. El espacio, hondo y vasto, tenía el susurro del oleaje a través de una especie de aleteo sincronizado de los minuteros. Cuando ese hombre viró la mirada hacia nosotros comprendí dónde estaba: allí era donde mi padre compraba y arreglaba sus relojes y otras joyas. Siempre lo acompañaba cuando era pequeño y me emocionaba entrar y escuchar el murmullo de aquellas olas del tiempo.

Nos reconocimos al instante, pero no cruzamos palabras. Aunque tuve intenciones de negarlo todo y preguntar por alguna baratija solo para disimular, Germán se adelantó. ¿A quién venís a buscar?, preguntó el hombre. Al dueño del séptimo reloj , contestó con convicción. ¿Y los otros seis?, inquirió el viejo mirándome. Me los metí por el revés . Cada palabra fue dicha con el tono que se dicen las contraseñas, vigilando que nadie más ─aparte de mí─ escuchara, pero estábamos solo nosotros. Pasaron unos segundos en que ambos hombres se miraron a los ojos como buscando una última seña que fuera correspondida con el procedimiento, pero al final soltaron una carcajada sincera y se dieron un abrazo con el mostrador de por medio.

Pensé que no te volvería a ver, comentó el hombre mirándonos a los dos. No comprendí si lo decía por Germán o por mí, pero yo decidí no contestar. ¿El muchacho está enterado de todo?, terminó. Sí, y lo que se me haya pasado, lo aprenderá rápido.

El hombre indicó la puerta del cuarto que, según yo recordaba, era donde se revelaban las fotos antiguamente. Cuando nos introducimos en aquel espacio, las olas dejaron de romperse en los minuteros; en cambio, a la lejanía se escuchaba el ritmo del jazz pegar contra las paredes. Al fondo, detrás de una cortina, como el velo que nos separa de la dimensión desconocida, se extendía un pasillo pobremente iluminado pero perfumado con esencia para después de afeitar, algo extraño, pero excitante.

Le seguí el paso a mi compañero que, poco a poco, se iba desabotonando la camisa, deshaciéndose el nudo de la corbata y paseaba sus manos por el pelo para que cobrara vida. Y por allí se iban iluminando nuestras caras al ingresar en un espacio amplio y hondo, como las catacumbas de una civilización perdida. Las paredes de ladrillos, varios arcos sostenían el techo abovedado sobre nuestras cabezas y la luz amarilla de diferentes bombillas le daban un cariz antiguo y excitante a aquel lugar.

Bienvenido a El Mar.

Una barra se extendía, por el flanco izquierdo, hasta el final. Coincidía justo con el inicio de una pequeña tarima en la que había una banqueta y un par de telas brillantes servían de telón. El resto del espacio estaba graneado de mesas redondas con pequeños taburetes, y había hombres de todas las edades y todas las bellezas, vestidos de hombre o mujer, pero felices de estar en ese momento justo. Conversaban, reían, bebían, se besaban. Era la primera vez que veía un hombre sentado en las piernas de otro, mientras unía sus brazos por detrás del cuello de su compañero y lo besaba con pasión. Intercambiaban miradas, se iban juntos al pasillo o al baño y al rato volvían.

Yo me sentía un ser pequeño e íngrimo, nervioso y aún sin poder entender la importancia que aquel espacio tenía y, aparte, la confirmación de su existencia. Ahora yo era parte de la leyenda.

Yo comencé tomando whisky, Germán bebía brandy. Él sabía que solo vendríamos por una cosa y que no tardaríamos mucho en irnos, pero me pidió un poco más de tiempo. No sé si sea la última vez que esté acá, aunque espero que no. Quiero enseñarte algo, para que me entiendas mejor. Ahora regreso. Anda, haz amigos, me dijo antes de perderse entre los telones improvisados del escenario.

Di vuelta sobre el eje de mi banqueta y volví a mirar a todos aquellos hombres felices que me rodeaban. Eran libres, no les podía pedir menos. Y en ese paneo fue que lo vi. Estaba sentado, solitario, con una botella de tequila y un libro que, pude ver desde lejos, lo escribía James Baldwin. No sé por qué lo hice, la verdad, pero no dudé en acercarme a su mesa.

¿Puedo sentarme?, le pregunté sentándome, algo torpe, muy nervioso. Ya lo has hecho, contestó. Yo sonreí de manera torpe y él me secundó la acción, pero su mirada fue lo que me sacudió por completo. Sus ojos vivos, brillantes, del color de las avellanas. Tenía un corte de pelo al ras, y un bigote poblado, los labios finos se asomaban por debajo de él. No conozco ese libro, le dije acomodándome en el banquito, tratando de mitigar el vacío que se había producido en mi estómago. Recién lo publicaron hace unos meses. Un amigo me lo ha traído desde Estados Unidos. Por poco no lo dejan pasar con esto, indicó pasándome el ejemplar. ¿Por qué? ¿Habla de algo controversial? , pregunté. Sí, habla de nosotros. El libro se llamaba Giovanni’s room.

Poco a poco me fui introduciendo en la historia del libro y de aquel muchacho, un poco más joven que yo, según mis cálculos, a través de la conversación. Tenía una forma peculiar de pronunciar las palabras, y con el tiempo me fui dando cuenta de la cicatriz que recorría su bozo y culminaba en el labio, muy bien disimulada bajo el frondoso bigote negro. Estoy hecho de muchas cicatrices, me comentó, al tiempo que la señalaba precisamente. Nací con una condición a la que llaman Labio leporino” —, señaló. ¿Leporino?, inquirí con verdadera inquietud. Nunca había escuchado de una enfermedad que se llamara así. Es una palabra que viene de Liebre. Así me llamaban cuando pequeño, porque mis labios estaban partidos por una hendidura… como los de la liebre.

Sirvió algunos años en el ejército y estuvo a punto de alistarse para ir a la guerra, pero no sucedió. ¿Entonces las cicatrices de las que me hablas no son de la guerra?, pregunté con indiscreción. Si vivieras como lo he hecho yo, te darías cuenta de que ser homosexual es una guerra interminable. Nos quedamos en silencio, adivinando lo que nos decíamos entre nuestras miradas. Sus ojos parecían brillar como no había visto en ningún otro hombre. Mirada de vergüenza, tristeza, deseo y anhelo. Discúlpame un momento, me dijo luego. Se levantó y se sentó al piano que se encontraba del lado derecho de la tarima.

Un ritmo contagioso se apoderó de la sala y todos voltearon a ver lo que acontecía. Bajo una luz vaporosa y emergiendo de los telones improvisados, unos tacones plateados presentaron las piernas finas y definidas de Gertrudis, que apareció envuelta en un traje corto de la misma tonalidad, una cabellera rubia y esponjosa y su rostro maquillado con sombras y los labios rojos, tan rojos como la pasión. Había escuchado aquella música un par de noches en las que salí a bailar con la que se convertiría en mi mujer. La había compuesto una artista prominente, a la que tuvimos el gusto de conocer, un par de décadas después, en un viaje que hicimos a los Estados Unidos: Mary Lou Williams.

Gertrudis parecía haber sido poseída por el ritmo y su cuerpo se apegaba a cada nota que el chico tocaba con entusiasmo. Entre ellos se podía ver la complicidad de los amigos, o los amantes, pero que conocían al milímetro lo que estaba pasando. La mujer iluminaba el escenario con cada movimiento, y los dedos al piano parecían sonar con vida propia. Era hermoso ver aquel acontecimiento. Ni en los mejores sitios de baile había podido presenciar la soltura de la música y el cuerpo, resonando al unísono. Él, cada tanto, volteaba, me veía y sonreía. Yo estaba maravillado y le guiñaba el ojo. Por un momento me olvidé de todo, de dónde estaba, a dónde pertenecía y solo disfrutaba, al tiempo de sentir el estremecimiento de mi cuerpo. El éxtasis que se vivió en ese instante nunca lo volví a sentir en mi vida.

Al finalizar la actuación, el chico me tomó de la mano y me condujo hasta el pasillo. Por primera vez, y sin ningún arrepentimiento ni miedo, besé los labios de un hombre. Su cuerpo se construyó a partir de mis manos y viví lo que por mucho tiempo soñé. Fuimos él, yo y el deseo que comenzó a crecernos desde el interior.

No me has dicho tu nombre, recuerdo decirle en medio de aquel pasillo mientras su boca recorría mi cuello. Ni tú me has dicho el tuyo, dijo antes de proseguir con su camino de besos y desabrochando mi pantalón. Me llamo Saúl, dije. Él se detuvo, me miró y sonrió. Estampó sus labios de nuevo contra los míos y dijo: Me llamo Gabriel.

El cuaderno termina de esa manera. Se ha hecho de noche y recién me doy cuenta. Mi chico acaba de llegar del trabajo y solo busco el confort de sus brazos. El camino que he comenzado a recorrer podrá ser doloroso, pero también maravilloso. Él no entiende qué pasa, pero tampoco quiero explicárselo. No ahora. Le pido que sirva un par de copas de vino y se siente conmigo a leer lo que guardan aquellos cuadernos negros del insilio.


Autores
(Coro, Venezuela, 1995). Es médico cirujano, escritor, editor y diseñador venezolano. Fundador de Ediciones Palíndromus, Awen (Revista literaria y editorial), y el proyecto antológico Ant[rop]ología del Fuego. Es autor de los poemarios Escribiendo en Tierra de Nadie, Araboth, Alma, Ciudad del Sur, Reflejos Cotidianos, El conjuro del humo, Guardianes del susurro, La condición quebradiza, [Soid] a la sexta hora y Otredad; como narrador, los libros de cuentos: Cirqueros, Gitanos y Embusteros, El hogar es un nombre que pesa y La jaula que fuimos; como cronista, Ruta 6 y la plaquette Y será de nuevo ayer. Ganador del IV Concurso Nacional de Joven Poesía Hugo Fernández Oviol (Venezuela, 2020), el IV Premio “Caperucita Feroz” de Cuento (España, 2020), I Slam Poético 0212 (Venezuela, 2020) y del IV Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña (Venezuela, 2019). Resultó primer finalista del X Premio de Literatura Experimental Sporting Club Russafa–Carlos Moreno Mínguez (España, 2021) y finalista en el II Premio Franco-Venezolano a la Joven Vocación Literaria (Venezuela, 2018), entre otros.
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