Resquebrajamientos
a Reynaldo Jiménez
Los murciélagos descansan
bajo la sombra de la mata de níspero.
La luz del trópico no los invade.
En azul se disipan montaña y cielo
hacia un paisaje mental:
nubes de leopardo,
lobos de tiempo,
troncos de agua,
mesas de zamuro,
plataformas de plumas,
vidrios de carbón,
cuerpos de viento y sus caras,
su amor sobre mí,
me dejan decir dolor del pie,
ardor de cabeza.
Un extractor de luz con los aires.
Torbellinos de estrellas y alambres
bajo las alas rotas del aplauso.
Las aguas remotas de las focas, y el campo.
Salgo ahora del paisaje
y, atento al pie, con mi bota, empujo
silbidos pensantes del tordo.
¡Y se abstrae el espacio!
*
a Félix García
Abro los ojos en la víspera.
Se enredan
el cazuz de la hiedra, el calor del asfalto,
las ardillas, los gatos…
La otredad refleja
a un yo con el nombre de Juan.
La mesa de óxido y el mango
se alzan en rebeldía al sol.
Me siento frente al charco
a decir cuánto veo, escucho y pienso.
Con simple oído,
estoy sentado y no hay viento.
El sol se irá a dormir en unas horas
y yo me quedaré despierto.
La noche no es idea,
sino ciclo circadiano.
Ella piensa antes de hablar.
Toma la paciencia de los brazos
alrededor del tronco.
Nada más antiguo que el canto
(ni siquiera la historia).
Improvisar es registro, reciclaje modal.
El arte forma nidos de algoritmos,
pérdida invertida de sol.
La orfandad lleva en sus talones
alas de pichón.
Contemplo este árbol de cuellos,
cantautores fantasmas y futuros.
La contención proteica del sonido
es afán de escucha.
No hay mayor dicha que lo fugaz del pensamiento.
Allá, en algún puerto,
un barco encalló por su destreza:
su inexperiencia no supo improvisar.
*
a mamá
Una avería callosa en mi cuerpo
me devuelve al principio.
Me devuelve a la mujer,
a una piedra, a una hoja
a una calcinada mayéutica.
Pero hoy vine a contar mi historia:
Anduve de loco adolescente
y de niño en muchos parajes.
Siempre me asombraron las hojas,
cómo se muestran en la noche.
Los cuerpos celestes y las hormigas.
Vino el buscador de perlas
con los ojos vendados por la novedad
y la ilusión perenne de las tecnologías.
No había mayor regazo
que la rutina.
No hubo mayor elogio que la crítica.
Desarrollé algunas luces artificiales,
me hice de piedra y música.
Recorrí otro camino cuando el tiempo hizo la paciencia,
cuando la raigambre se pegó a estos suelos silvestres.
Mi tiempo se perdía en techos que se volvían pozos.
Nunca había buscado lo nuevo,
sino lo obvio:
esa prehistoria era de todos.
Se encontraba,
en los recodos de muchas lenguas,
una forma ingeniosa de hacer los cuerpos de aire.
Llevo esa avería con el orgullo de un pavorreal.
¿Fue noche la voz
que salió primera a azuzar
una frecuencia rara?
¿Fue mi tono un columpio,
un niño agachado?
Se avecina la palabra expansiva,
los tiempos de la tempestad
mientras un río
suena rozando entre las piedras.
La frescura del tiempo encarnecida
en lo vivo, en el símbolo,
en el silencio.
Y yo que hablo pausado
con dulce tono, busco simplemente fluir con él.
Esta historia, ese niño
que se rompió la cabeza contra los muros
de no podrás sostenerte, hijo mío,
si vas por esta senda.
No podrás brindar un techo para ti y los tuyos.
Si ese muro tenía razón en algo
era en su resquebrajamiento,
donde se avisaba una ambigüedad floral,
un aroma a pelambre en la cara y el cráneo.
¿Esta vívida imagen era un venado
en el asfalto asombroso de Caracas?
Vengo a traerles este hablar hacia el eco,
unas raíces que encontré,
y emocionado se las doy
como un perro a su amo.
Las bengalas se avecinan
con el triunfo de la muerte
y las fuentes de agua más temprana
se esconden en los recodos de las calles.
La prehistoria es una grieta.




