Tierra Adentro

La pelúa me obliga a escribir esto y no sé por dónde comenzar. Todos vienen con ese mismo cuento de “te voy a ayudar” y terminan poniéndolo a uno con este tipo de vainas.

Bueno, el caso es que en mi casa no me quieren más porque me quedo dormido en cualquier parte. De un momento a otro se me cierran los ojos y me desplomo donde sea.

Según la doctora, la pelúa, tengo que dormir más y no me puedo pasar la vida despierto las veinticuatro horas del día, desandando en la noche como un alma en pena.

La verdad es que no me creen, pero los flacos pensamos mejor de noche, es cierto. Es como si la cena nos alentara al trasnocho; como si el queso en la arepa o el guarapo de panela nos desvelaran por sí solos; como si aquella oscuridad descubierta del cielo además de desnudar a las estrellas, también permitiera que los rayos cósmicos lleguen a nosotros directamente.

Como Kafka, los flacos pensamos mejor de noche, no solo a causa de una indigestión, también por hambre, y porque al terminar con las labores del día, la corona de nuestra verticalidad, esa cosa que sirve para pensar, queda despejada de tareas y esa fuerza que estuvo retenida en nuestras manos, se nos sube hasta la coronilla y comenzamos a pensar en cosas de flacos.

Ahora tendría que decir a qué cosas me refiero y no es difícil deducir que generalmente los flacos pensemos en cosas redondas, muy gordas, o no tanto, pero habitualmente curvas por alguno de sus lados. Cosas con curvas pronunciadas en las que reconocemos aquellas carencias que solo tenemos los flacos, diseñados a base de líneas rectas, codos, costillas, clavículas, rodillas, omóplatos expuestos bajo una piel finísima.

Pensamos por ejemplo en un plan redondo para el fin de semana o la circunferencia de los ceros que pueblan nuestras cuentas bancarias. Algunos con la desdicha de almacenar algunos valores por delante de una cantidad enorme de ceros, y viven con la zozobra de saber que algún día todo ese dinero se irá por donde vino. Y yo con la suerte de no acumular tantos ceros en mi cuenta para así dar paso a otro tipo de preocupaciones curvilíneas más productivas y esencialmente necesarias. Nalgas, piernas, cuellos, pezones.

Yo tengo una teoría bien desarrollada al respecto y muchas noches me dedico a exponerla en mi habitación. Los vecinos creen que hablo solo por la noche o que convoco al demonio pero no, la verdad es que tengo una buena relación conmigo y soy muy bueno explicando algunas cosas cuando no las entiendo muy bien. Según mi teoría por ejemplo, me expliqué la otra noche que manteniendo la cuenta vacía podemos encontrar más sorpresas agradables en la vida. Por ejemplo un billete en el bolsillo del pantalón o en el libro menos pensado, y también menos leído, de nuestra biblioteca, o en esos manuales que llegaron a la casa con algún aparato, una impresora, una licuadora, o las instrucciones para armar correctamente el multimueble que compramos hace diez años y todavía nos sobraron tornillos.

Los flacos pensamos mejor de noche también porque en la soledad se aprecia más nuestra verticalidad. Nótese bien que un flaco en la multitud es ligeramente menos flaco, en cambio un flaco que, apaciblemente o con un afán particular camina solo por una calle es tan efectivamente un flaco que puede hasta llegar a pasar desapercibido y de noche no hay grandes multitudes en las calles. Siendo francamente una cosa que solo podemos hacer los flacos y que siendo una cualidad tan particular esta de escondernos bajo las sobras de los postes, también nos ayuda a concentrarnos mejor por las noches.

Además, según mi teoría, esta forma de flecha que tenemos los flacos hace que, apuntando siempre hacia arriba, los rayos lunares (incluso en luna nueva) nos faciliten el proceso de sinapsis y especialmente por las noches pensemos mejor. De noche además porque cuando nos acostamos solemos llevarnos a la cama todos los asuntos del día, y esta es una clara desventaja con respecto a nuestros amigos menos flacos, quienes con quitarse la camisa ya se deshacen de un gran peso y cualquier preocupación cabe perfectamente en los bolsillos de sus enormes pantalones.

Especialmente esta noche, que tengo que dormir en esta cama extraña, los flacos de este cuarto piensan mejor de noche, porque el único flaco que habita en estos predios lo hace, y porque además la pelúa me ha pedido que lleve un diario y si quiero volver a casa tendré que hacer lo que me pide sin pensar mucho. Ya apagaron las luces. Buenas noches.


Autores
(Mérida, Venezuela, 1986). Docente, escritor y editor. Obtuvo el premio de la VI Bienal Nacional de Literatura Rafael Zárraga (2023) y el Premio Luis Britto García del consejo Municipal de Caracas (2014), así como el concurso Rafael José Álvarez de la Universidad Francisco de Miranda en sus menciones poesía y cuento (2007 y 2009). Como editor, recibió las menciones del Premio Nacional del Libro: Libro Artesanal (2012-2013) y Sitio Web que promueve el libro y la lectura (2016-2017). Es autor de los poemarios Tiran piedras los niños (2009), A quién hay que matar para vivir (2012), No se estacione (2014) y Sin decir árbol (2019), y la novela En primera (2023). Actualmente dirige Ediciones Madriguera editorial artesanal y el Fondo Editorial Carmen Delia Bencomo del IBIME.