Tierra Adentro

Caracas tiene vida propia porque desde el inicio sus habitantes despertaron su ánima. 

En la capital de Venezuela nadie se rige por puntos cardinales ni números. Para ubicarnos, los caraqueños usamos los nombres de nuestras esquinas, las cuales albergan grandes anécdotas.

Y aunque no todas tienen una placa que las identifique, nosotros siempre sabemos cómo llegar.  

El cronista oficial de Caracas en dos ocasiones, Enrique Bernardo Núñez, cuenta en su libro La Ciudad de los Techos Rojos que, en 1766, el obispo Diego Antonio Díez Madroñero intentó cambiar esta nomenclatura por nombres vinculados con la vida de Cristo pero los venezolanos se negaron.

Este mismo rechazo se presentó en 1811 cuando, tras la independencia, la municipalidad de Caracas, inspirada en la Revolución Francesa, intentó imponer denominaciones “más triunfalistas” a nuestras vías.

Algunos intelectuales venezolanos se quejaron por esto. El destacado escritor Arístides Rojas, en su libro Crónica de Caracas, propone cambiar los nombres de sus esquinas por unos “menos extravagantes”:

Al hacerlo ¡ya saldremos de la época de la ignorancia y del atraso! ¡Ya no se dirá más la esquina del Zamuro o de la Miseria! La ciudad entraría en una etapa de progreso y como toda ciudad culta, tendría una nomenclatura conforme al lugar que ocupa entre las poblaciones civilizadas del mundo.

Pero tal vez Caracas es más rebelde que cívica. Sus esquinas, calles y avenidas sobrevivieron a terremotos, demoliciones, revueltas políticas y convulsiones de todo tipo, hechos que cambiaron su rostro pero no su identidad.

Una de las avenidas más famosas de Caracas es la México, cerquita de la meca de la cultura caraqueña: el Museo de Ciencias, el Museo de Bellas Artes, el Teatro Teresa Carreño, la Galería de Arte Nacional, etc.

Pero, además, este lugar cuenta con cuatro cuadras repletas de esculturas y símbolos relacionados con la nación azteca. Cerca también encontramos uno de los restaurantes de comida mexicana más populares de la ciudad. 

De esta forma, los caraqueños naturalizamos el tropezarnos con un pedacito de México después de acudir a una exposición o ver una obra de teatro, pero pocos, muy pocos, conocen el origen de esta presencia. 

Una vieja amistad

La presencia azteca en Caracas empezó con el expresidente de la Cámara de Diputados de México, Manuel Crescencio García Rejón, quien fue el primer representante extraordinario y plenipotenciario mexicano ante el gobierno de Venezuela.

Rejón estuvo en Venezuela en 1843, en una misión oficial pero casi secreta que promovía la creación de una asamblea panamericana.  

Un siglo más tarde, en diciembre de 1943, llegó a Caracas el primer embajador mexicano, Vicente Benítez, y tres años después el presidente de la Junta Revolucionaria de Venezuela, Rómulo Betancourt, realizó la primera visita oficial de un jefe de Estado venezolano a México, durante el gobierno de Manuel Ávila Camacho. 

Casi dos décadas después, el 14 de enero de 1960 se dio la primera visita a Venezuela de un mandatario mexicano, el presidente Adolfo López Mateos, quien fue recibido por el mismísimo Betancourt en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía para luego trasladarse en un carro Lincoln Continental descapotable hasta el Palacio de Miraflores.

El capítulo más memorable se dio justo allí, cuando un periodista increpó abruptamente al presidente mexicano: “¿Qué opina de lo declarado recientemente por un colega mexicano, acerca de que la Revolución mexicana ha muerto y ha sido usufructuada y secuestrada por un grupo en el poder?”.

Como buen político, López Mateos contestó con otra pregunta:

-¿Qué periodista dijo eso?

-Se llama Leduc, señor presidente.

-¡Ah! Pero Renato Leduc en realidad es un poeta.

Leduc, recordado por ser el único hombre al que María Félix propuso matrimonio, había visitado Caracas meses antes, en 1959, para conversar con periodistas, poetas e intelectuales sobre libertad de expresión, movimientos sociales en América Latina y, desde luego, el rumbo de la Revolución mexicana. 

Regalos memorables

El afianzamiento de esta amistad incluyó más de un regalo. En 1945, el gobierno de México  presidido por Manuel Ávila Camacho anunció que le daría a Venezuela una estatua de bronce del sacerdote y militar mexicano, José María Morelos y Pavón, clave en la segunda etapa de la Guerra de Independencia.

Este monumento fue inaugurado en marzo de 1951 en la Plaza Mohedano de Caracas, la cual a partir de entonces empezó a llamarse Plaza Morelos.

Fue justo en ese momento cuando la Avenida Este 4 recibió el nombre de Avenida Méjico, escritura que se mantuvo hasta que en 1992 la Real Academia Española (RAE) aceptó la grafía con x y se corrigieron todas las señalizaciones de la ciudad.

Esta escultura es una réplica de una efigie de Morelos ubicada en el Centro Histórico de Cuernavaca, la cual es denominada El Morelotes, por sus casi siete metros de altura.

Ambas fueron realizadas por el escultor mexicano Juan Fernando Olaguíbel, quien también hizo El Pípila en Guanajuato y la Fuente de Petróleos de la Ciudad de México.

Además, para esta ocasión fue acuñada una moneda con la efigie del prócer mexicano, que en la cara rezaba “Morelos en la Patria de Bolívar” y en el anverso mostraba el escudo de Venezuela y el águila mexicana con la inscripción: “Inauguración del monumento a José María Morelos en Caracas”. 

Y algunos dolores

Para ese entonces, la Plaza Morelos era un espacio circular, con muchos árboles, en cuyo centro y sobre un pedestal se alzaba la escultura del prócer mexicano, hasta que, en 1957, se vio segmentada por la construcción de la Avenida Libertador.

Hoy al oeste de la plaza, también nos encontramos con otro monumento donado por el gobierno mexicano pero en 1961: una réplica de la Campana de Dolores tocada por el párroco Miguel Hidalgo y Costilla, durante la madrugada del 16 de septiembre de 1810, en Dolores, Guanajuato, para llamar a la población a rebelarse en contra del Virreinato de Nueva España.

La campana original se encuentra hoy en el Palacio Nacional de México y se toca en la noche del 15 de septiembre cada año para conmemorar el inicio de la lucha por la Independencia. 

Pero, al mismo tiempo, en Caracas, la embajada de México realiza una ofrenda floral justo frente a esta réplica que, además, fue declarada Patrimonio Cultural del país.

Hasta el sol de hoy

A mediados de 1980, tras la inauguración de la Galería de Arte Nacional de Caracas (1976) y la apertura de la Línea 1 del Metro de Caracas (1983), sobre el amplio corredor de la acera sur de la Avenida México, también se incorporaron nuevas esculturas pedestres de presidentes mexicanos.

Una de ellas es la del general Lázaro Cárdenas, cuya presidencia (1934-1940) impulsó reformas que transformaron a México, incluyendo la expropiación petrolera, la reforma agraria y la nacionalización de los ferrocarriles.

La segunda estatua, hecha en piedra volcánica y colocada sobre un basamento de mármol rojo, representa a Benito Juárez, presidente de México de 1858 a 1872, cuando defendió un gobierno laico, resistió la Intervención Francesa e impulsó la educación pública. 

Y hablando de educación pública, cerca de esta estatua se encuentra La Escuela Experimental Venezuela, declarada Bien de Interés Cultural de la Nación, en cuyo patio de las Américas reposan dos bustos vaciados en bronce: Benito Juárez y su esposa, Margarita Maza de Juárez. Sin embargo, nadie sabe quién los hizo ni cómo llegaron allí. 

Además, desde el 2020, todo este recorrido por la historia mexicana es acompañado con un gran mural del pintor y muralista venezolano Felipe García, donde se visualizan catrinas, guitarras, calaveras danzantes, alebrijes y, por supuesto, a Frida Khalo.

De una u otra forma, las calles de Caracas aún nos recuerdan aquello que dijo el Libertador Simón Bolívar en su célebre Carta de Jamaica (1815), donde expresó su deseo de “ver formar en América la más grande nación del mundo con México como capital” pues “México es la única que puede serlo por su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópoli”.

Ese México que Bolívar recuerda es el que visitó cuando tenía apenas quince años, y el barco San Ildefonso, donde se iba a culminar sus estudios en Madrid, hizo una primera escala en Veracruz.

Bolívar recorrió las calles de México sin pensar que en 1824 aquel país lo proclamaría ciudadano mexicano. 

De hecho, en la Ciudad de México se hospedó en la casa de los Marqueses de Uluapa, donde conoció a la Güera Rodríguez, una pieza clave en la Independencia mexicana, aunque la historiografía la venda como “una mujer frívola” que solo se dedicó a “seducir” a insurgentes o virreyes.

Pero esa es otra historia. Sin duda, México, Venezuela, y las mujeres aún tenemos muchos relatos por contar.