Piel de Onza
El silencio era un puñal que laceraba la garganta del jefe de tropa, ese que arrastraba a Cecilia hasta el improvisado cadalso levantado en los Zunzunes. Mi bisabuela Ramona los vio pasar, la despertó el griterío de su familia. Al asomarse a la ventana, pudo ver la silueta de una joven delgada, de largo cabello castaño oscuro. Iba con las manos atadas a la espalda. Vestía una ambarina saya vaporosa, que semejaba una llamarada ardiendo entre las sombras furtivas de los militares.
Aquella niña que era Ramona, sintió un frío anudado en el pecho. Se aferró a la falda de Maíta Rosa, que gritaba:
—¡Es la niña Cecilia!, ¡déjenla ir, coños de madre!
Mamá Ramona se acordó cuando aquella joven llegó una tarde a su casa con una canasta llena de pan y leche que compartieron entre risas. Aquel día la niña Cecilia le mostró un inesperado regalo, una muñeca de trapo que dormía dentro de una cesta, vestida con volantes azules y cintas de colores. También llevó presentes a Maíta Rosa, quien había sido la más querida de las nanas de los Mujica. Entre los regalos, dejó una patriota escarapela tricolor que aún colgaba, desteñida, en el patio de la casa materna.
—Todos hablaban de la muerte de Cecilia, pero nadie supo lo que vi—, le confesó a Mamá Ramona, aquel desdichado oficial, más de treinta años después, cuando a ella le tocó trabajar limpiando casas en el pueblo.
La gente decía que aquel hombre había enloquecido tras aquella cruel madrugada de 1814. Desde entonces pasaba los días rondando el zaguán de su propia casa, hablando de forma incesante consigo mismo. A veces arrojaba algunas palabras azarosas a los transeúntes y luego volvía a sus hondos delirios sobre espantos, desandando entre los escombros de la ciudad del Fuerte.
Ella lo encontró una tarde, arrellanado en su poltrona escarlata, con el cuerpo recostado hacia atrás, apoyado en la cabecera de aquel mueble polvoriento. Sufría una terrible fiebre que arrastraba desde hacía varios días. Le temblaban las manos y murmuraba unas incomprensibles letanías.
Estaba como ido, con los ojos hundidos hacia el cuerpo verde del cerro que abraza el valle. Era como si buscara algo en aquella morada donde se contaba sobre extrañas apariciones de María de la Onza; la enigmática India Jirajara, envuelta entre historias de alzamientos como la de Miguel, el cimarrón de Buría y tantos otros cuentos de pasos sin cuerpo que se oían trajinando los corredores naturales y sobre todo en los bordes de las quebradas.
Mamá Ramona sabía que aquellos parajes servían de refugio a los patriotas, quienes se escondían en las laderas. Alguna vez escuchó a Maíta Rosa decir que se protegían usando contras, collares de pepa de zamuro y ciertos ensalmes de plantas amargas. A según, eso alejaba los ojos de los animales del monte, como las escurridizas onzas, que por entonces se agitaban entre las sendas boscosas como inquietas centellas rojas. Trepaban el ramaje de los árboles y se abalanzaban sobre las lapas y báquiros. Más de uno había oído de los encuentros temibles con aquellas fieras, por eso los soldados rondaban con recelo la zona, con el miedo clavado en cada cruce de caminos.
El viejo oficial le había tomado cariño a Mamá Ramona; quizá le gustaba, porque ella me contó que muchas veces el anciano la miraba con una extraña ternura, cuando ella lavaba su ropa y sobre todo cuando le daba su dulce café amargo de media mañana. A tantos trataba de tocar su rostro o sus manos, pero Mamá Ramona que al fin le guardaba respeto, lo detenía con gentileza y le pedía que contara alguna de sus historias de aparecidos. Quizá por eso ella tuvo la fortuna de oír esta verdad, contada a viva voz, por aquel desdichado testigo.
En un breve arranque de lucidez, o quizá en una crisis paranoica, le confesó que fue él quien tuvo la desgracia de dispararle a la niña Cecilia por orden de Don Millet, el mandatario de la ciudad.
El teniente Millet la había condenado a muerte, cuando descubrió proclamas libertarias dispersas entre los corotos de su casa y también supo que había ocultado a soldados patriotas. No pudo convencerla de irse con él y traicionar la causa ni a sus compañeros, mucho menos a Henrique, su prometido, quien también estaba entre los detenidos.
—Le juro que no quería hacerlo. ¿Por qué iba yo a querer matar a una niña?… pero, ¿qué podía hacer? Yo seguía una orden, mijita— confesó el anciano.
No habría podido negarse; todos temían aquellos cadalsos levantados para acabar con cualquier disidente. A ello se sumaba la miseria que creció tras el terremoto de 1812. Las casas, con sus portones de madera trancados, parecían vigilarse unas a otras, alertas ante las redadas de las tropas que marchaban por las calles de tierra. Cuentan que las madres se persignaban cada vez que llegaban los mensajeros de las fatídicas excavaciones; aún preservaban alguna esperanza de encontrar a sus familiares esparcidos entre los escombros.
—Yo cargué el maldito fusil, yo le disparé mija… pero ella no estaba sola… le juro que vi sombras desandando tras de ella por la quebrada—, dijo el delirante anciano, aferrado a los brazos cobrizos de la poltrona. Empuñó las manos, se acomodó con dificultad y tras un hosco silencio, siguió contando su historia.
Mamá Ramona se estremeció. Recreó, sin duda alguna, aquella terrible noche en las memorias de su infancia, mientras escuchaba la cruda confesión.
Después de encerrarla por días sin probar bocado, los militares la habían arrastrado hasta un tronco de apamate, cerca de la quebrada, donde todo estaba listo para apagarle la vida. Lo peor era el silencio, ese silencio punzante de Cecilia que laceraba a los presentes. Permanecía firme, con la rabia apretujada entre los dientes. El oficial ajustó las cuerdas que ataban sus muñecas, tan apretadas que herían aquella piel de luna llena. Pero entonces ella giró el rostro hacia arriba y lo confrontó sin miedo alguno. El oficial jamás olvidó esa mirada. Él le dijo a mi abuela que había algo distinto en la niña Cecilia; sus ojos eran dos centellas huérfanas, dos luces suspendidas sobre el abismo. Tenían esa fuerza que solo comprende una presa cuando es vista por la fiera.
—Lo que muere aquí no soy yo—, escupió con furia la joven Cecilia— la lucha sigue.
Cuando el oficial apuntó el fusil contra su rostro, todos vieron a una niña. Solo él, afirmó, pudo ver que en sus ojos trepaba aquella luz de otro mundo. El disparo hizo eco en el monte, entreverado con el clamor de la joven:
—¡Viva el suelo querido, viva la libertad!
En el silencio que siguió, el oficial vio una centella ambarina que se desprendía del cuerpo; era como una lucerna, una presencia viva que se escabullía dando saltos entre los ramajes de la arboleda. Mientras todos contemplaban el cuerpo de Cecilia desfallecer, él juraba haber visto caer una piel de animal velludo, rojiza como la de un leoncillo de monte; la piel de una onza. Estaba seguro de haber escuchado un quejido, un lamento ronco que cruzó la quebrada.
No sé si Cecilia Mujica murió ese día, o sobrevivió protegida por alguna de esas apariciones del monte; algún encanto que envió María de la Onza, la madre de los indios. La verdad, no sé si todo lo que dijo Mamá Ramona es cierto o solo es la culpa que atormentaba a ese oficial desgraciado pero, desde entonces, me parece que algo me mira cuando paso por la quebrada de Savayo, por el camino de los Zunzunes.




