Tierra Adentro

Con sangre habrá de hacerse una cruz

en el dorso de tal serpiente y entonces surgirá la princesa 

en toda su olímpica belleza en el seno de sus tesoros y 

las maravillas de su ciudad.

Gilberto Antolínez

I

Dolores Guanipa, mejor conocida en el pueblo como La Dolorita, salió un mediodía cerrero de espinas encrespadas a buscar agua en el remanso de Curimagüa con su hermano Balbino y no regresó sino mucho tiempo después. Atravesó este reino de dátiles amargos en los brazos huesudos de dos seres casi diminutos —como dijo después su hermano—  por las aguas mansas de aquel ojo cristalino que escondía otras regiones más allá del espíritu.

Contó Balbino, un poco azorado y con lágrimas que se le enredaban en la cara como una madreselva, que él solo la oyó decir Manito me llevan, Manito ayúdame que me llevan. Su tontera en el momento del rapto se debió a que desde la superficie traslúcida del agua, un brillo de moneda contra el sol lo dejó ciego y confundido. 

Detrás del eco que arrojó La Dolorita en el aire, tras invocar a las iguanas del monte en busca de ayuda y con el sopor caliente del camino quemándole la espalda, escuchó Balbino un reguero de pasos acelerados arrastrando piedras que se le metió profundo en los oídos como una plegaria a San Judas Tadeo. 

Cuando recuperó la visión el adolescente con manos de orangután, no quedaba ni rastro de La Dolorita sobre las enardecidas piedras del estanque. Apenas unas burbujas pequeñas emergían del fondo de aquella fuente como un mensaje escrito por ese dios de trenzas de rabo e’ ratón que aquel muchacho ahíto de inocencia jamás pudo entender. Leer el dibujo que hacía el cordón de las nubes en el cielo, las piruetas del aire en el patio y los mezquinos caprichos del agua era cosa de su hermana, un don que las viejas del Santo Peñascal le habían heredado.         

Para aturdirlo, los mensajeros del Rey Caricortada usaron monedas del tiempo de los metales ruinosos. Se la llevaron en una cesta hecha con finas ramas extraídas de un cují milenario cercano al ojo y descendieron a una velocidad imperiosa que le borraba todo rastro del camino a La Dolorita

II

Al aterrizar su pesado cuerpo en una explanada, Dolores quiso agitarse de las amarras que la encerraban, pero la fuerza no le dio, esta vez se habían asegurado con el musgo más resistente del reino de abajo. Abrió los ojos como dos paraparas y descubrió una ciudad brillante hecha a base de vidrios y piedras refulgentes que devolvían el brillo del sol, creando animales y árboles de artificio. Aunque no comprendía del todo el motivo de su rapto, La Dolorita no se sentía ajena a aquellas estructuras romboidales que le estallaban en los ojos como pedradas de luz. Puro reflejo tornasolado era el mundo de sus antiguos pesares.

La llevaron a un palacio de ínfimas dimensiones en el que dudó cupiera su existencia. Toda ella excedía con varios metros aquel recinto enroscado en joyería para diminutos seres donde pretendían guarecerla. Un fuerte casi microscópico hecho de liquen y algas verdes. 

La diminuta puerta del recinto se abrió y sus extensiones se encogieron como si su cuerpo fuera de la materia elástica de una bejuca echando pela en la cima de los follajes. Adentro fue conducida por cuatro animales de bronce que no usaban sombrero ni ropas reconocibles. Del pueblo nunca serían, se dijo a sí misma la muchacha, sin tener claro todavía la razón de su estancia en aquellos parajes de agua.

Los esqueletos escasos de sus captores se cubrían de túnicas amarillas y un mapa de líneas celestes les cruzaba el rostro. Era difícil distinguir su sexo, edad o la realidad de sus dimensiones. Este detalle inquietó el corazón de La Dolorita a tal punto que por unos instantes perdió su capacidad natural para nombrar lo desconocido. Le dieron la bienvenida a sus aposentos y con gestos de áurea llovizna en las manos le pidieron que esperara. 

Una fina capa escarlata cubría todas las cosas, el aire era más pesado que arriba y una ligereza en sus movimientos la desconcertaba. Sus brazos danzaban con gracia en aquel orbe acuático que comenzaba a serle familiar. Había en su cuarto nupcial una cama de tamaño promedio y un clóset repleto de indumentarias con colores brillantes, pedrería y otras joyas elaboradas con minerales desconocidos. De puro sembrar caraota, ordeñar la cabra y buscar agua, la niña creía no saber nada más del resto de los mundos. En el Santo Peñascal y en la casa estaba prohibido hablar de ellos.

Unas horas después, Dolores miró por la única ventana que había en su cuarto, una ranura horizontal que parecía un rasguño en la pared. Afuera la ciudad marchaba en su rutina de engranajes esplendentes. Vio carretas conducidas por caballos de mar, aves de un material compacto de algas, musgo y liquen, anémonas parlantes, estructuras en formas heptagonales, cilíndricas y triangulares. 

Todo en aquel lugar era una proyección de ese sol verde fosforescente que desde un fondo no muy lejano actuaba como el dios de aquellos territorios. El astro mayor era la única fuente del fuego primigenio que los había abandonado hacía muchas épocas. Su brillo era solo el destello de una memoria perdida al que todos los habitantes de aquella región se aferraban para no perder la cordura.

Frente a edificios hexagonales que simulaban grandes almacenes, la niña observó peces sierra acumulando cimas de plástico y otros desechos, como si de esos montones extrajeran su alimento o el material con el que construían sus casas. Aunque quisiera, La Dolorita no se sentía sorprendida ante aquel espectáculo, la experiencia llegaba a su mente en forma de recuerdo, creía estar viviendo lo mismo por segunda, tercera o cuarta vez. Una sensación de extraña cercanía la embargaba, como de regreso al lugar de origen. 

Horas después de su descenso vinieron tres seres de bronce a avisar que la esperaba abajo una nave que la llevaría al castillo del Rey Caricortada. Le pidieron que se cambiara de ropa, que ocupara su cuerpo con una vestimenta acorde a aquel encuentro. Ella se inclinó por un vestido entallado en la cintura que realzaba sus atributos todavía humanos. Una rosa violeta adornaba su pecho y un collar de piedras amatistas hizo brillar su cuello. La introdujeron en el interior sinuoso de una almeja gigante que tenía tres ojos en su cabeza y varias rendijas que liberaban el aire de sus retráctiles branquias. El viaje fue corto y por el espacio entre sus extrañas agallas vio grandes yubartas con seres desfigurados en su espalda que funcionaban como transporte. 

En un predio de varias tarimas se erguían flores carnívoras alimentándose de otros humanos que al parecer habían roto las reglas del reino. Más al fondo descubrió un par de puertas gigantescas, opuestas y oscuras, que le hicieron temblar el cuerpo de la cabeza a los pies. Al percibir su terrible inmensidad, dentro del pecho se le enrolló una serpiente blanca con varios nudos. Luego de entrar al castillo, emisarios de poca luz la desamarraron y una figura alada de colmillos sobresalientes y cara de lepidóptero la hizo ingresar a la cámara real a los empujones.

III

Cuando Balbino llegó solo a la casa, Fulgencia y Eladio preguntaron por la niña, un poco alarmados. El llanto y la desesperación que inundaban su garganta de ariscas piedras no lo dejaron hablar. Eladio vio a Fulgencia a los ojos y confirmaron juntos lo que tanto temían. Poco fue lo que el muchacho dejó en claro, pero ellos ya no necesitaban que les explicara nada. No se iban a quedar tranquilos y ahora solo tocaba esperar a que ella misma se liberara. El primer candado ya lo habían roto ellos el día después de su aparición en los alrededores del ojo. 

Balbino llegó dos años después de aquel primer y hermoso milagro. Los viejos habían hecho de todo. Bebieron cuanto guarapo les trajeron las Tías Guanipa, se enroscaron en plenilunio con las puertas y las ventanas abiertas, se untaron la piel con manteca de baba, durmieron como dios los trajo al mundo en las orillas de los haitones, pero nada parecía funcionar. Desesperados, se movieron a la ciudad y los doctores dijeron que no, que por ninguno de los dos lados cuajaría, ella tenía la entraña invertida y él la simiente seca. Con un dolor de animal antiguo y un vacío de espinas en el alma, el par de viejos siguió su vida signada por la amargura. 

Hasta que una tarde de iguanas bajo las piedras, la pareja se asomó por allá por el remanso y de repente, sin aviso ni alharaca, Fulgencia la vio salir como una pelotita de agua que dentro guardara un hada. Pasados unos segundos, la vieja llamó a su marido entre curiosa y asustada. Cruzándose el índice en la boca le hizo seña para que no hiciera ruido. Eladio estaba manchado de sangre porque venía de matar a una de sus cabras. Caminaron de la mano hasta la orilla del estanque. El viejo se armó de valor e introdujo a la criatura acuosa en el mapire que usaba para guardar la panela y el cuchillo. Al principio era un retoño colorado, como de amapola silvestre. Después se hizo un cuerpo humano con dones de otro mundo.

Llegaron a la casa y la sembraron creyendo que algún día se regaría por la tierra. Pero una mañana, mientras Fulgencia pelaba el maíz en el patio la vio salir desde abajo como un muerto que revive. Pegó un grito tan fuerte, que Eladio se levantó de un impulso de la hamaca que guindaba en la sala para hacer su siesta del mediodía. Acudió a su mujer y la vio perpleja ante el prodigio. De la mano de Fulgencia se cayó la mazorca que en ese justo momento desgranaba. Se abrazaron sonrientes, llenos de gratitud ante el milagro que el dios de la intemperie les ofrecía. Así la vieron emerger de la tierra y convertirse en una muchachita con la misma edad siempre, detenida en el tiempo por quien sabe cuál encanto. 

La Dolorita traía en los brazos una semilla de dios, una traslúcida simiente del tamaño de un grano de tapirama. Fulgencia se la tomó con agua de lluvia, como le aconsejaron las Guanipa. Dos años después vino Balbino por la vía natural, con los sentidos bien puestos y una mente lúcida. Bajo el brazo, el niño traía una mancha donde se escondía el poder de cambiar los climas y traer a la gente de otros mundos, incluso de la mismísima muerte. 

IV

El asedio duró varios años. —Como tres—, repetía Eladio en cada conversación.  Más de una vez le dijo a Fulgencia que había que devolverla, pero ella no quiso, ya estaba pegada a la niña como una garrapata oscura en la piel de una res generosa.  

Comenzaron por caminar en las noches sobre el techo de zinc de la casa. Primero suave y luego a las carreras, haciendo un escándalo que solo Fulgencia y Eladio podían escuchar. Después se llevaban la comida, enfermaban a las cabras, les rompían los picos a las gallinas y tumbaban los pipotes, las tazas, los vasos y cuanta botella encontraran en su camino. 

Pasaron los días y les dio por aullar con el rumor de la brisa y las matas de dato que había en el patio. Sus escabrosas voces rasgaban las láminas de latón y se metían en los tímpanos de ambos viejos como garras que arañaban sus mentes. Fulgencia, agarrada a su dios de cruces, pudo sortear la ventolera con entereza, pero el viejo se vio tocado por los timbres oscuros. Al pobre Eladio le quedó un poco de esa locura y cuando bajaba al pueblo les decía a sus amigos que cuando escucharan correrías en el techo lo mejor era meterse debajo de la cama y silbar, no dejar de silbar porque eso los espantaba, eso los regresaba a las aguas del ojo. 

V

La Dolorita tenía otro nombre en el reino de abajo, Liriana la llamaba el Rey Caricortada. Cuando se dirigió a ella con su voz rasposa le advirtió que no regresaría más al mundo de arriba, su destino estaba aquí, debía casarse con Masiros, su hijo. En ellos recaía todo el peso de gobernar el reino por los próximos mil años. Ante lo irremediable de su destino, una única lágrima descendió del rostro de La Dolorita. Su memoria compartida le recordó de lo que había escapado y una luz tenue le creció dentro de la pupila. Todavía quedaban dos puertas hundidas entre las oscuras cuevas.

Los viejos le habían puesto Dolores porque así se llamaba la mamá de Fulgencia. Luego, con el pasar de los años descubrieron que a la niña-duende-amapola le crecían los ojos con el dolor de los otros y con solo acariciarlos podía sanarlos. En el mundo de abajo, Liriana pertenecía a un linaje antiguo de curanderas y curanderos. En su familia se escondían los mayores secretos sobre el sufrimiento de la existencia en las diferentes dimensiones de ambos mundos.

Las lluvias que siguieron a la desaparición de La Dolorita casi anegan los ranchos del caserío. Balbino no podía controlar su tristeza y los viejos solo pudieron calmarlo diciéndole que ella regresaría, que intentara escribir con su sangre en el suelo lo que quisiera decirle y que por favor no derramara mucha para que no se desmayara, con un pinchazo que se diera en el pulgar bastaría. 

Liriana, sentada frente a la ventana en el palacio-cárcel, fraguó un plan para escaparse. Ya lo había hecho más de una vez, así que no creía que le costara mucho huir de las garras de sus raptores. Tenía vigilancia todas las horas del día, por lo que esta vez tendría que lograr la transformación dentro y no fuera de su celda-aposento. Intentó recordar, pero ningún atisbo se asomaba en su memoria. Revisó en los cajones que había en su armario, pero estaban vacíos de señales. Se miró en el espejo que coronaba la cama y con el pasar de los días descubrió que el secreto estaba en la dimensión oculta detrás de sus ojos. Tenía que sacárselos y luego tragarlos para regresar al hogar del sufrimiento.

El príncipe Masiros había venido a verla un par de veces, pero ella se negó a recibirlo. No insistió y decidió esperar hasta el día del casamiento, dejándole un mensaje escrito en una hoja de liquen oscuro en el que decía “Esta vez nada va a salvarte, serás mía por el resto de la eternidad”. Al recordar el sabor agrio de almejas muertas que tenían los besos de Masiros, un regusto amargo se depositó en la boca de La Dolorita

Con el tiempo y la angustia vino la transformación. Ahora pequeña, con la piel brillante y los cabellos de algas,  Liriana agitó los talismanes que tenía pegados en sus costillas, se arrancó los ojos y en segundos se proyectó sobre la cabeza de ambos en una bestia del mundo de arriba. Balbino escribió sobre la tierra todavía húmeda del patio Regresa, manita. Tienes mucho que enseñarme todavía. 

Salió por la rendija de su ventana flotando, esparcida en pequeñas estelas rojas que se movían como lombrices sobre el agua. Ningún guardia lo advirtió, podía confundirse fácilmente con la sangre que emanaban las heridas de los condenados. Cruzó las calles laberínticas de la ciudad brillante y al cabo de unos minutos llegó a las cuevas donde estaban las puertas oscuras. Un animal de bronce de la infantería de Masiros había seguido su rastro sin que ella se diera cuenta. En sus manos llevaba un recipiente de vidrio hecho a base de diente de tiburón con el que atrapó sus restos sanguíneos. 

Al verse capturada, La Dolorita gritó con la fuerza de un espíritu que podía atravesar tiempos y mundos. Balbino la oyó desde el caserío y trajo la lluvia. Con ella creó truenos y relámpagos que cayeron sobre el mundo de abajo como lanzas de piedra dorada hasta acabar con el castillo del Rey Caricortada y todos los guardias de Masiros. El reino subacuático quedó hundido en escombros y un humo negro de una densidad que los ahogaba crecía hacia los cielos de agua.

Liriana quedó suspendida en las corrientes, perdida y desorientada. El rastro de sangre de Balbino se dibujó en la puerta derecha, lo que quería decir que debía cruzar la izquierda. Manita, la lluvia de este lado te espera, tenemos que bailar con las Abuelas antes de que el dios nos anochezca. Al leer y escuchar estas palabras, Dolores atravesó el portal elegido hundida en un sueño lúcido que le hizo recordar los rituales de savia espesa que hacía con las viejas del Santo Peñascal. Viajó por un túnel cobrizo que cambiaba su forma y la cambiaba de forma a ella. No alcanzó a saber, pero ya no escogería como antes. Las reglas del reino del Rey Caricortada habían cambiado. Par de maldiciones nuevas cubrían los portales. 

Desde que ella fue raptada, Balbino no dejó de ir ni un solo día al remanso. Y una tarde de Julio caminó hasta el ojo con dos baldes a buscar agua. De repente, por obra y gracia de sus pulsiones elementales, vio a La Dolorita con su nueva forma y su pecho se atiborró de alegría. Sendas lágrimas bajaron de sus ojos como dos piedras transparentes. La agarró por los cachos y se la llevó hasta la casa. Fulgencia y Eladio lo vieron llegar con la cabra ciega. La vieja no pudo contener el llanto y escondió su cara en el pecho del viejo. En el ojo de agua se asomaron dos cabezas pequeñas que segundos después se hundieron cuando la vieron irse en la mano de Balbino. Un olor a animal muerto corrió por el caserío. 

a Teresa


Autores
Liwin Acosta (Coro, Venezuela, 1990). Escritor y fotógrafo. Ha publicado la plaquette El hogar de las cenizas (Ediciones Awen, 2018); los poemarios Arde Plegaria (LP5 editora, 2020), Declaración de un niño amanecido (Editorial Palíndromus, 2020), Like a Hobo (Editorial Palíndromus, 2023) Decir del Pájaro (Ediciones Petalurgia, 2023), Toro Celeste y otros poemas (Petalurgia, 2025); y la novela El Mar de los Brujos (Ediciones Madriguera, 2024.