El cordero
Era blanco, blanco, blanco, como una nube que balara o una mota de algodón. Era la inocencia, era la ternura, era la suavidad encarnada en pelambrera, era el perdón acordonado en rizos. Lo recibí hoy por la mañana, de manos del mismísimo sacerdote ungido. No, miento, no lo recibí de sus manos consagradas. Habrá sido solamente de su soga consagrada, porque el sacerdote, que se negaba siquiera a tocarlo, lo llevaba junto a sí atado por el cuello. Pero el cordero, esa nube con patas, ese suspiro material, no le reprochaba el desprecio, sino que andaba a trote ligero junto a él, respetando las distancias y venciéndolo en blancura. Y es que el sacerdote venía también vestido de blanco: túnica de lino blanco, faja de lino blanco, tiara de lino blanco y, según la tradición, calzones de lino blanco. Ni rastro del efod, el pectoral, el manto y la diadema de oro y púrpura y violeta y escarlata. Solo blanco, blanco, blanco, como la espuma del mar; pero es bien sabido que ni las más buenas intenciones ni la artesanía más cuidada harán nunca que la espuma del mar rivalice en blancura con las nubes del cielo… y manos humanas jamás tejerán la albura del cordero, ¡alabado sea Yahvé!
Si en blancura vencía el cordero, en alegría no había siquiera competencia. Tanta era la diferencia entre animal y hombre que compararlos sería como preguntarse qué es más ancho, un olivo o una oración. Se hallaban en dos planos superpuestos pero inconciliables. En uno iba el sacerdote, mustio, severo, con solemnidad de incienso, seguido en procesión por sus hijos, los levitas y el pueblo, entonando sus culpas, implorando la expiación. Atravesaban las calles de la ciudad, cortando con filo de lamento los barrios por los que pasaban. Regaban con lágrimas de sonido el rastro de sus súplicas. En el otro iba el cordero, que incluso parecía sonreír. Claro que no se trataba propiamente de una sonrisa —habrase visto corderos sonriendo—, pero la sensación que transmitía el animalejo, al contrastarse con la adustez del sacerdote —¿¡qué dije yo de comparaciones!?—, casi casi merecía ese título. A saltitos, diríase que jugaba con la brisa, proyectando sobre la tierra reseca un jardín de delicias invisibles. Su mirada hacía un Edén de la ciudad, reverdecía la losa de las calles, pintaba de colores la cal ocre de las casas. Y así, el uno marchitándose en llantos, el otro retoñando en alegrías, llegáronse los dos a mi casa, y la procesión a sus espaldas. Fue entonces cuando el sacerdote ungido me extendió su mano consagrada, puso en la mía el extremo de la soga y dijo: “Te hago entrega del Mal”.
(Buscar una expresión para reemplazar “al contrastarse con la adustez del sacerdote”. Se contradice con lo que digo más arriba. Repensar también la frase final. “He aquí el Mal”, “Te entrego el Mal”, “Toma en tus manos el Mal”. Puede que haya una frase más potente. Releer “El carrito” de César Aira. Releer El Evangelio según Jesucristo (Saramago), La última tentación de Cristo (Kazantzakis), Historia de Cristo (Papini), La escala de Jacob (Papini), José y sus hermanos (Mann)).
En el capítulo 16 del Levítico (pp. 143-145, Biblia de Jerusalén) se describe un ritual interesantísimo, llamado Día de la Expiación. Se trata de una celebración anual en la que el pueblo de Israel pide perdón por sus pecados. Involucra tres sacrificios que originalmente debía hacer Aarón y que harían luego sus descendientes. El primero, un novillo (o carnero; el texto en este punto es confuso) es ofrecido como expiación de Aarón y su familia (¿solo sus hijos o todos los levitas?) para poder llevar a cabo el rito. Los otros dos son un par de machos cabríos que Aarón debe presentar ante Yahvé, a la entrada de la Tienda del Encuentro. Allí tira a suertes cuál será ‘para Yahvé’ y cuál ‘para Azazel’, demonio del desierto, tierra donde “Dios no ejerce su acción fecundante”. A continuación, Aarón introduce el primero a la Tienda del Encuentro, enciende un incensario para que Dios pueda presentarse sin matarlo (quien vea el rostro de Dios muere inmediatamente), unta con la sangre del novillo el lado oriental del propiciatorio y lo asperja con la misma sangre siete veces por el frente. Procede entonces con la inmolación del macho cabrío ‘para Yahvé’ y hace con su sangre lo mismo que hizo con la del novillo. Así, expía los pecados de todo el pueblo. Luego sale, unta con la sangre los cuernos del altar exterior (sí, el altar de entonces tenía cuernos), y repite las aspersiones. Esta es la única vez en todo el año que Aarón (o el sacerdote ungido, o el sumo sacerdote) entra detrás del velo, es decir, al lugar donde se guarda el propiciatorio, Arca de la Alianza o Testimonio (revisar si son todas la misma cosa).
Y aquí viene lo interesante: solo entonces, cuando ya el macho cabrío ‘para Yahvé’ ha sido inmolado, se trae al macho cabrío ‘para Azazel’ y, aún vivo, se le imponen las manos y se confiesan todos los pecados del pueblo, que quedan cargados sobre la cabeza del animal. A este lo envían con “un hombre designado” al desierto. “Así, el macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos (los israelitas), hacia una tierra desierta”. Finalizado el ritual, se queman los restos y todos (Aarón, sacerdotes, hombre encargado del macho cabrío ‘para Azazel’, hombres encargados de quemar los restos) se bañan y lavan sus ropas, antes de volver a entrar al campamento.
Hay muchas cosas de este relato que me atraen. Por un lado está Azazel, demonio del desierto, al que los israelitas dedican, de manera insólita, un sacrificio. Aunque lo hacen para deshacerse de sus pecados y no propiamente en honor del demonio, se trata de un hecho que, creo, sucede una única vez en toda la Biblia. Por otro lado está el desierto: esa tierra inhóspita donde Dios no tiene (o ejerce) poder. Esto me produce una sensación… cómo decirlo… como de algo ominoso, aterrador e indescriptible. Como el desierto de Sonora de Bolaño. O la naturaleza en El Anticristo de Von Trier. O la Zona en Stalker. O la Derry de It. Pero, sobre todo, está el macho cabrío que recibe sobre sí los pecados de todo el pueblo, siendo inocente. Él, entre todos, es quien menos merecería cargarlos, pero helo ahí, sin ser malo, pero con el Mal sobre sí, con el Mal dentro de él. Y el Mal, ese Mal con mayúscula, ese Mal metafísico… bueno, es algo que me supera, que me atrae, no personalmente, sino como escritor. Ahí, creo, hay una mina de oro para quien sepa explotarla.
De esto podría salir una novela. Algunos cambios y queda listo. 1. Toca cambiar el macho cabrío por un cordero. Esencialmente por razones de efecto. Resulta más efectista juntar al Mal la inocencia del cordero que la simbología ambigua del macho cabrío. A este último lo relacionamos con el Diablo; el primero, en cambio, nos remite a Jesús. Pero no solo por eso. También por un asunto de fidelidad, no al texto, sino a mi primera lectura. Cuando pasé por ese capítulo me imaginé un cordero, no un macho cabrío, y creo que por eso fue que me impresionó tanto. Ahora me resultaría imposible escribir algo con un macho cabrío. No lograría producir en el lector lo que yo sentí al leer la Biblia. Y en este caso, es más importante el sentimiento que el dato exacto. 2. Toca alargar el viaje. Mi primera lectura me dio la impresión de un camino largo, tedioso, casi diríamos un peregrinaje que “el hombre encargado” debía hacer a las profundidades del desierto, el reino de Azazel. Sin embargo, ahora que releo el capítulo me da la impresión de que más debió ser un asunto de salida por entrada. Cuando Dios dio esas instrucciones a Moisés, él y su pueblo se encontraban en el desierto del Sinaí. Llevar el macho cabrío al desierto debió ser, simplemente, sacarlo del campamento y soltar la cuerda. Y eso así no alcanza ni pa un cuento. 3. Toca dar un salto de unos cuantos cientos de años y ubicar la novela en la época de la Tierra Prometida, lo mismo da si es en tiempos de Josué, de los jueces o del rey David. Antes que nada, para justificar un viaje largo, más allá del Jordán o a los desiertos arábigos. Pero también para provocar la sensación de estarse alejando cada vez más de la sociedad, de las ciudades, los pueblos y los caseríos, y estar entrando en tierras extrañas, ajenas y salvajes, como hace Carpentier en Los pasos perdidos. El desierto solo puede presentarse ominoso si se penetra poco a poco en él. El demonio solo puede encontrarse al final de un largo camino. La maldad debe lindar con lo inhóspito. Y es imposible lograr esto si el desierto está a la vuelta de la duna y si, llegado uno al nido de la bestia, basta un giro de 180° para volver a ver el campamento.
Perpetrados estos tres ajustes, tendríamos una novelita de concurso. El “hombre designado”, ese personaje que en la Biblia solo merece dos tres versículos, un hombre del común, anónimo, simplón, ni héroe ni santo, se vería encargado de llevar junto a sí, a lo largo de una romería abominable, los pecados de su pueblo, el Mal, anidados estos y este en un cordero bello e inocente, en un algodón de balidos. A su paso, la gente le cerraría las puertas, lo miraría de reojo, le rehuiría el encuentro, sabiendo la carga que lleva. Se sentaría el hombre por las noches, junto a una hoguera improvisada, o dentro de una cueva al lado del camino, y daría de comer al cordero, preguntándose dónde, en medio de esa pelambrera, es que se halla la perversidad. Y así, poco a poco, iría adentrándose en el desierto, percibiendo la presencia de Azazel, el hedor de Azazel, el Mal, el Mal, el Mal, ese Mal que se siente, que lo impregna todo a pesar de no mostrarse abiertamente, que tuerce la línea recta y hace maullar a las serpientes, que proyecta en la arena vibraciones de perfidia, que declara en su mutismo la enfermedad del mundo y el hombre y la naturaleza. Sí, esa sería una novelita de concurso.
Es increíble el rosario de temblores, coletazos, idas y revueltas, saltos y retumbos que estas nubes blancas, abullonadas, linditas en lejanía y hechas como de azúcar esconden en su interior. La avioneta acaba de atravesar un sembradío de cúmulos y por poco vuelca, o al menos así se sintió. (A decir verdad, creo que es imposible volcar en el aire). A mí, que tengo buen hígado pa estos menesteres, casi se me sale el corazón por la garganta, por lo que no me imagino lo que debió sentir Ana María tras la primera sacudida. Y la segunda, y la tercera, y la cuarta, y así hasta la décima cuenta y a lo largo de los siete misterios. Cinco misterios, perdón, que ya los conté. Pero eso, por las cincuenta cuentas del rosario y luego vuelta a empezar, uno, y dos y tres y cuatro, y otros tres seguidos, para arriba y para abajo y para los lados y uno que se agarra de lo que encuentre a mano, incluso una brizna de aliento si eso es lo que hay, como si así agarrado fuera a salvarse la vida. Y por las ventanillas, todo blanco, blancura infinita, lechosa, amelcochada, blancura espesa de infartos y de jueputas, blancura que hace suplicar azules y que agarrota las manos sobre el cuero del asiento y contra la ventana (Ana María) o alrededor de la camándula que lleva al cuello como amuleto y que no sabe usar a la católica (yo). Aunque no todo fue terror en la cabina. El piloto siguió como si nada, fumando, pegando tragos a la petaca de “agua”, tarareando diomedazos en la ausencia de radio.
Volví a respirar cuando cortamos, por fin, la retaguardia de las nubes. Me gustaría poder decir lo mismo de Ana María. Pero no, ella sigue con los ojos cerrados, el ceño fruncido, los labios recitando silencios. Me pregunto qué rezará, siendo ella atea, o agnóstica, creo yo. Imposible que sea poesía, a pesar de ese estribillo bobo que señala a los poemas como las oraciones de los intelectuales. Pa mí que está rezando el Padrenuestro o el Avemaría. Sí, pa mí que sí. Es más, si en este momento le preguntara cómo es que, padeciendo ateísmo, está ahora de letanías, seguro seguro me respondería como Antonio José Restrepo: “Yo soy atea en tierra firme”. César Vallejo será muy bueno, pero no para pedir por tu vida a cinco mil metros de altura (revisar a qué altura vuelan las avionetas), con una turbulencia como para hacer batidos (qué símil terrible) dentro y fuera de tus huesos (qué horrorosa expresión).
Pocos minutos después de haber superado la cuadrilla de nubes y con intención de relajar los ánimos y descargar los pechos (mío y de Ana, aunque dudo que ella haya siquiera escuchado), pregunté: “¿Entonces pa dónde es que vamos, don Luis?”. El piloto, sin voltear a mirarme, lanzó dos o tres indicaciones geográficas sobre un mapa imaginario, que para mí, ignorante, cuya Colombia personal se reduce a cinco ciudades repartidas en tierra ignota, fueron lo mismo que si me hablara en chino. “Sí, sí”, respondí, haciéndome el entendido, “pero, exactamente, ¿adónde vamos?, ¿cómo se llama el sitio?”. “El Pueblo”, me dijo él. “¿El pueblo qué?”. “El Pueblo”, insistió. “Sí, ya sé que es un pueblo, pero el nombre, don Luis, ¿cuál es su nombre?”. “Se llama El Pueblo, así sin más. Así lo conocen los locales. Así lo conocemos los pilotos”, dijo y dio otra chupada al cigarrillo casi cusca que tenía entre los dedos. A continuación, empezó a tararear Sin saber qué me espera.
Cuando aterrizamos, el comité de bienvenida ya estaba allí. Aunque, en honor a la verdad, ese es mucho nombre pa tamañas pauperidades. Constaba, esencialmente, de un jeep verde destartalado y cuatro militares que dejaron sus galones en la lavandería y que del uniforme reglamentario solo desfilaban los pantalones. Además, dos no venían por nosotros, sino que aprovecharon el aventón para despachar un asunto con el piloto. Los otros dos eran el mayor Corrales y una nulidad sentada al volante. Hernández, o Fernández, o Menéndez, o Henríquez; en fin, un apellido que terminaba en “ez”, unas manos agarradas al cuero de la cabrilla y poco más, un vacío donde debería haber un hombre.
La pista de aterrizaje era una manga alargada, lisa, enmarcada por una trenza de verdes que parecía no tener fin. En un momento creí que se nos iba a acabar antes de que frenáramos, pero, a pocos metros del límite, la avioneta se detuvo. Cuando don Luis abrió la portezuela, una ola de calor me golpeó el rostro. No era insoportable, pero sí lo suficientemente cargado como para resultar incómodo. El primero en bajarse fue el piloto, seguido por Ana María. Ella ya había recobrado todo su aplomo y mostraba la seguridad que a mí me falta, esa que me serviría para no sentirme, a mis veinticuatro años, como un adolescente infiltrado en un mundo de adultos. Sobre todo en situaciones como esta. Don Luis notó mi embarazo al no ser capaz de mover el asiento que me bloqueaba la salida y me ayudó a correrlo. Cuando por fin pude bajarme y recoger mi equipaje, vi cómo el mayor me señalaba. Me acerqué y lo escuché diciendo: “El informe que me mandaron hablaba de un viejo, setenta y siete años, de apellido Molano. Este pelao ni pelos en el culo debe tener”. “Alfredo murió anoche y tuvimos que buscar un reemplazo de último minuto. Pero Juan Andrés también es escritor, y está cualificado para el trabajo”, le respondió Ana María. El mayor volvió a mirarme, amagó un gesto de indiferencia y dijo: “Bueno, lo mismo da. Tanto vale un escritor como otro, a ninguno se les entiende un carajo. Bienvenidos entonces. Soy el mayor Corrales y seré el encargado de ustedes durante su estancia en El Pueblo”. “Nadie tiene que estar encargado de nosotros, mayor. Vinimos a hacer memoria de lo sucedido, no a pasear. Tenemos carta blanca de la JEP para recorrer el lugar y hablar con su gente”. “Sí, sí, eso también me lo dijeron, no se preocupe. Pero el monte esconde peligros y no queremos que nada les pase a nuestros invitados, ¿no es así?”. Ana María no contestó. El bullicio de los pájaros (pájaros de todos los timbres y entonaciones, que permanecían permanecen invisibles en la espesura, más sonido que pájaros en su invisibilidad) ahoga ahogaba el zumbido de los mosquitos. La silueta del mayor Corrales se recortaba contra los verdes del bosque. Barrigón y con el pelo cortado al rape, esconde un no sé qué de brutalidad en su fisonomía. Al cabo, soltó: “¿Nos vamos a quedar aquí todo el día? Vamos al jeep”.
El mayor se encaramó en el puesto del copiloto y nosotros dos nos montamos en la banca de atrás, poniendo los morrales sobre las piernas. Miré por la ventanilla y vi a los otros dos soldados junto a la avioneta, conversando con el piloto. “¿Y ellos? ¿No vienen?”, pregunté. “No, tienen otras cosas que hacer. Luego nos alcanzan”, respondió el mayor Corrales. Luego, dando una palmada al conductor, ordenó: “Hernández (o Fernández o Menéndez o Henríquez), arranque pues”. Y Hernández (o Fernández o Menéndez o Henríquez) arrancó.
El trayecto fue corto, no más de cinco minutos por carretera destapada, pero dio tiempo a que Ana María hiciese su primer interrogatorio. (¿Debería decir entrevista o aquí somos también, además de periodista y escritor, detectives fiscales?). La conversación se desarrolló casi que a gritos, por encima del ruido del motor, la gravilla y los pájaros. Ana María: “¿Entonces El Pueblo está incomunicado por tierra del resto del mundo?”. Mayor Corrales: “Sí, así es. El único modo de entrar y salir de El Pueblo es por aire, usando esta pista, como ustedes hicieron”. AM: “¿Y cómo hacen para abastecerlo? Debe ser insostenible mantener una ruta aérea con los bienes de consumo básicos”. MC: “El Pueblo es autosuficiente, o casi autosuficiente. El ejército se encarga de proveer lo que El Pueblo no puede producir. Recibimos cargamentos cada quince días, más o menos”. AM: “¿Seguro que no hay ninguna otra ruta? ¿Por tierra, a través de la selva?”. MC: “No, señorita, no hay ninguna”. AM: “Si es así, explíqueme cómo hacían los guerrilleros y los paramilitares para entrar y salir de El Pueblo. ¿Cómo sacaban la droga? Imposible que todo fuera por aire”. MC: “Niña, eso no lo sabemos. Bien podía traficarse todo por el aire. O por el monte, quién sabe. Los guerrillos son como los monos. Lo suyo es el monte y saben cómo caminar por donde no hay caminos. Además, nosotros no estamos aquí para clausurar rutas, estamos para erradicar cultivos. Así que no, no tengo idea de cómo sacaban la droga, ni de las idas y venidas de paras y guerrillos”. AM (guarda silencio durante unos segundos, como considerando si es prudente insistir. Al final, decide encaminar la entrevista por un derrotero que, sin excederse en imprudencia, le permite ahondar en el asunto): “Me pregunto, mayor, cómo pudieron traer este vehículo a El Pueblo, dada la ausencia de rutas terrestres. Debió ser una odisea. ¿Sabe algo al respecto?”. MC: “Ufffff (suelta el mayor y medita el asunto durante unos instantes; luego, dice). Cuando me asignaron a este puesto el jeep ya estaba aquí. Ha sido… cómo decirlo… una especie de activo que ha pasado de manos en varias ocasiones. Y es el único carro de El Pueblo, ¿sabe?”. AM: “Eso no responde a mi pregunta, mayor”. MC: “Ya va, niña, no me afane. Este es un UAZ, un vehículo soviético, de la época de… bueno, de hace muchos años. Creo que hubo una gran importación de estos autos por los setentas. Este debió venir en ese lote. En cuanto a cómo pudieron traerlo hasta aquí… quién sabe, quizás sí hubo antes alguna carretera. O lo trajeron pieza por pieza y aquí lo ensamblaron. ¿Así no hacen en las fábricas de carros del país? Los transportan a pedazos y aquí los arman. Pudo haber sido algo así, pero en pequeño”. AM: “¿Y la población del pueblo? ¿También la trajeron a pedazos? (El mayor Corrales parece no comprender la chanza y se queda mirándola, sin contestar. Ella se ve obligada a explicarse). A lo que me refiero, mayor, es que, si no hay rutas terrestres, no veo modo ni razón para que naciera un pueblo en mitad de la selva. La gente tuvo que venir de alguna manera y, ya instalada, abrir rutas para comunicarse con el exterior. No creo que hayan llegado todos en avión”. MC: “Niña, me está hablando usted como si yo fuera el responsable de El Pueblo y su historia. Yo estoy aquí solo desde hace unos meses y vine a hacerme cargo del mierdero que dejó la guerra. Y yo aquí no ando pa recoger historias. Ese es el trabajo de ustedes. Así que si se quiere enterar de algo va a tener que preguntarle a la gente de El Pueblo. A mí lo único que me interesa es que aquí hay unos cultivos que mis hombres y yo debemos erradicar. Más allá de eso, para mí es como oír llover. Así que si quiere que colaboremos y que yo le ayude con su trabajo, deje de tratarme como el enemigo, ¿está bien? (Y luego, por lo bajo, añadió) Izquierdosos de mierda”.
Ana María abandonó la intentona, ya con la voz ronca por el esfuerzo de hacerse oír. A izquierda y derecha solo había verdes desordenados y sucios (no, sucios no, que esto es casi selva virgen) alzando los muros de este desfiladero vegetal. La UAZ daba tumbos sobre los casquillos (¿el cascajo?), y el ruido del motor y la gravilla removida rivalizaba con el estruendo de los pájaros. El cielo alcanzaba una luminosidad dolorosa; el calor empegotaba la piel. Frente a mí veía la nuca pelada, sudorosa, del mayor Corrales, que más parecía un torreón medieval. Su brazo, como una serpiente amortajada, se extendía sobre el espaldar de la banca delantera. De este lado, el rostro duro de Ana María se enfrentaba a la testuz del mayor. Y yo, en esa tierra de nadie, encañonado entre silencios, me sentía pequeño, pequeño, pequeño, como un ratoncito en una ratonera. Entonces llegamos a El Pueblo.





