Hágase la crónica ¿Descubrimiento o invención?
De los días de la primaria, recuerdo una actividad en especial: determinar si cierto objeto o fenómeno era descubrimiento o invención. Así, por ejemplo, nos enseñaron que la electricidad era un descubrimiento y la imprenta una invención. Para nosotros, niños de apenas nueve o diez años, algunos de los “casos” a analizar no eran del todo claros, los imanes, por citar un caso, ¿se inventaron o se descubrieron? Al día de hoy, por ridículo que pueda resultar, aún me parece un área gris.
Pero, ¿cuál es la diferencia entre uno y otro? Según señala una definición encontrada en internet, “un invento es el resultado de la aplicación de conocimientos y la creatividad de una persona o grupo de personas. Es algo que no existía previamente y que se obtiene a través de proyectos, experimentos y el uso de técnicas específicas”. El descubrimiento, por su parte, “es algo que ya existía en el mundo, pero que estaba oculto, desconocido o no había sido revelado previamente”. Dicho así, visto así, las cosas parecen aclararse un poco más, un poco, al menos.
¿Por qué traigo a colación este recuerdo que tiene que ver con la percepción y clasificación del mundo? Porque me parece que, en lo tocante a la creación literaria, un rasero similar podría aplicarse: hay ciertos textos que se inventan y otros que se descubren. Para mí (aunque es obvio que esto es mi opinión, me parece necesaria esta aclaración casi modesta y temerosa) el cuento, por ejemplo, se inventa; se inventa también la novela (por más que sea histórica y basada en hechos reales), se inventan los guiones teatrales y, sobre todo, se inventan las minificciones. Por el contrario, las crónicas, al menos para mí, insisto, se descubren, están allí afuera, ocultas, sin revelar. ¿Tiene sentido lo anteriormente dicho? Espero que al menos un poco, a pesar de que en todos los géneros mencionados hablamos de un proceso siempre creado, el de la escritura, y que tienen que ver con la aplicación de conocimientos y creatividad.
En cierta entrevista, Pablo Ferri (autor, junto con Daniela Rea, de La Tropa: Por qué mata un soldado) mencionó una ¿receta?, ¿técnica?, que él emplea para escribir sobre un tema: pararse en el lugar de los hechos el tiempo necesario, una hora, dos (después de haber leído sobre el tema, claro) hasta que dicho sitio comience a comunicar algo, a decir algo, a revelar lo que se está buscando. ¿Es esto descubrir o inventar? Podría pensarse que es descubrimiento, ya que el descubrimiento se trata de “algo que ya existía en el mundo, pero que estaba oculto, desconocido o no había sido revelado previamente”, pero también puede tratarse de un invento, ya que “es algo que no existía previamente y que se obtiene a través de proyectos, experimentos y el uso de técnicas específicas”. En ese sentido, sería prudente replantear (me) lo dicho anteriormente: ¿la crónica se inventa o se descubre?
Pongo yo mismo una tercera opción sobre la mesa: ¿y si fuera ambas? Algo mitad descubrimiento y mitad invención, dado que no descarta el uso de lenguaje imaginativo para eventos reales, dado que emplea ciertas técnicas, sí, para revelar algo que ya estaba ahí, pero oculto. A ratos me parece más satisfactoria esta explicación, ya que la crónica se halla más cómoda entre límites, en el terreno de lo incierto; no en balde Juan Villoro la señaló como el ornitorrinco de la prosa porque:
De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la “voz de proscenio”, como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona.
Me gusta la definición de Villoro para este género tan proteico, tan limítrofe con todos los demás, tan peculiar (y para Lichtenberg “las criaturas más peculiares siempre están en la frontera”). Sí, la crónica es ese animal peculiar, ese ornitorrinco, ese ser que es y no es o, en todo caso, todavía no es, que se antoja tan inasible que a veces nos parece venir de otro tiempo más avanzado por su libertad y su búsqueda, una búsqueda que, quién si no el poeta (o como lo ha llamado Miguel de Unamuno, el herético, “aquel que se atiene a ‘postceptos’ y no a preceptos, a resultados y no a premisas, a creaciones y no a decretos”) podría emprender. Después de todo, no olvidemos que para Susana Rotker la crónica es el lugar de encuentro del discurso literario y el discurso periodístico.
No obstante, si de definiciones de lo que es la crónica (sea esta una invención o un descubrimiento) hablamos, no hay una, para mí, que sea más contundente que la de Rubén Darío: la crónica es el laboratorio del estilo. Me parece justa, me parece suficiente: un laboratorio, ese sitio para experimentar y así descubrir, inventar, reinventar y unir a placer, sin limitante de índole alguna, ese sitio donde no se atiende a preceptos sino a “postceptos” nada está escrito todavía, nada está prohibido y todo es posibilidad latente, promesa de estilo.
Dice el mismo Rubén Darío en sus Prosas profanas:
Yo persigo una forma que no
encuentra mi estilo
Botón de pensamiento que busca ser
la rosa;
Se anuncia con un beso que en mis
labios se posa
Al abrazo imposible de la Venus de
Milo
¿Podríamos entender que la búsqueda de Darío está encaminándose ya, por ejemplo, a ese relato deliberado, a ese sentido dramático en espacio corto que tiene la intención de sugerirnos que la realidad ocurre para contarla? Así podría entenderse, por ejemplo, en Álbum porteño, donde nos narra un fragmento del día de Ricardo, “el poeta lírico, incorregible”, o Noel parisiense, donde narra los días de celebraciones decembrinas y de enero en París. Es decir, Darío descubre no lo nuevo en lo viejo, sino lo novedoso en lo nuevo, el boom de la ciudad y la necesidad de salir a registrarlo, sí, como periodista. Y lo que hallamos en estas crónicas de Darío, en palabras de Pedro Salinas, son “unos ambientes concretados en unos paisajes que no son naturales, sino ‘culturales’, porque hasta sus mismos componentes de Naturaleza están pasados, casi siempre, a través de una experiencia artística ajena”. Es decir, el cronista que investiga como periodista y escribe como poeta, ese que no trabaja con lo ya establecido, sino que crea algo que aún no es posible asir o entender del todo. Es una posibilidad, también, que en el perseguir esa forma con la que todavía no daba su estilo halló la crónica, el futuro de la crónica.
Hablar entonces de las crónicas de viajes de Rubén Darío es adentrarnos a una faceta acaso un poco menos conocida del poeta, pero igual de potente, a una prosa no sé si profana, pero sí renovadora por atender no a los “grandes eventos” (o no solo a estos), sino a lo que en apariencia resulta baladí (por ello, creo, Perec, en su Especie de espacios, en el apartado “La Calle”, postula que si no vemos nada interesante en la calle es que en realidad no sabemos ver); a lo pequeño, y juega, así, en el terreno que proponía Chesterton: ser un pigmeo porque el pigmeo puede ver lo extraordinario en lo ordinario y es capaz de crear Enormes minucias.
Para Susana Rotker, la crónica latinoamericana tiene entre sus antecedentes la chronique periodística francesa de mediados del siglo XIX, de manera precisa el fait divers de Le Figaro de París, una sección, la primera, destinada a las variedades, hechos curiosos y “sin la relevancia suficiente como para aparecer en las secciones ‘serias’ del periódico”. En palabras de la misma Rotker, la crónica viene del periodismo, la literatura y también la filología, “para introducirse en el mercado como una suerte de arqueología del presente que se dedica a los hechos menudos y cuyo interés central no es informar sino divertir”. ¿Qué hay más menudo que la compra de un sobretodo, que el recorrer de un vendedor de flores? Para Darío, nada, no en balde dice así en una de sus crónicas contenidas en La nación:
Señor director de La Nación: Escribir sobre Venecia, literaturizar sobre Venecia… ¿todavía? Bien se pudiera, para nosotros, sobre todo, con un poco del montón estético ruskiniano, con Molmenti, con los mil de la bibliografía veneciana, hacer, al uso del fácil periodismo, una labor de pintorescos retazos, como del viejo traje de Arlequín, desecho de los últimos carnavales… No en mis días. Uno podría aparecer de repente que me dijese: “Eso es de Ruskin”, o “es de Molmenti”. Os doy mejor lo mío, mis impresiones, mis instantáneas intelectuales, a toda luz, para que todos las comprendan y las vean. Esto me atrae desde hace ya tiempo las simpatías de las excelentes personas que gustan de la claridad y de la sencillez.
Claridad y sencillez, dos elementos imprescindibles de la crónica, de la buena crónica, agregaría atrevidamente yo, de esas crónicas de viajes de Rubén Darío, por ejemplo, porque la crónica es ese animal que no puede entenderse en cautiverio, que necesita forzosamente del exterior para desarrollarse de manera plena; de otra manera, corre el riesgo de volverse otra cosa, no mejor ni peor, sino distinta; son una consecuencia lógica y natural del movimiento. No en balde el mismo Darío asegura en el prólogo que hace a Hombres y piedras: al margen del Baedeker, de Tulio Manuel Cestero, que “Los viajes son bienhechores y precisos para los poetas […] Casi no hay poeta o escritor nuestro que no haya escrito, en prosa o en verso, sus impresiones de peregrino o de turista”. Desde allí se halla ya la pulsión por la búsqueda de la poesía fuera del poema estricto, de escribir como poeta e investigar como periodista.
Si algo hay que aprender de Rubén Darío (más allá de leerlo como poeta o como cronista, acaso sinónimos cuando se ejecutan correctamente) es esa inquietud, esa búsqueda, esa persecución de una forma que aún no es capaz de hallar el propio estilo. Cada que recuerdo ese verso de sus Prosas profanas, me es imposible no recordar a Svetlana Alexievich cuando, en las palabras preliminares a La guerra no tiene rostro de mujer, dice: “Yo buscaba un género que correspondiera a mi modo de ver el mundo, a mi mirada, a mi oído». He ahí el quid de la crónica, hermanar el discurso literario con el discurso periodístico, investigar como periodista y escribir como poeta, dudar del descubrimiento, experimentar, observar, vivir. Por eso creo que, se quiera o no se quiera escribir crónica, harto recomendable sería revisitar las crónicas de Rubén Darío, no solo sus poemas, ya que en ambas expresiones suyas hay invención, hay descubrimiento, hay poesía.
Quizá con un silogismo pueda plantear lo que quiero decir desde hace varios párrafos: el verdadero cronista es, irremediablemente, poeta, Rubén Darío era un poeta. Lo demás se entiende.




