Tierra Adentro
Portada de "Cartografía de los dinosaurios" de Vicente Alessandri Basaure. Colección Tierra Adentro. FCE Chile, 2025.
Portada de “Cartografía de los dinosaurios” de Vicente Alessandri Basaure. Colección Tierra Adentro. FCE Chile, 2025.

Recuerdo y veo un parque otoñal. En sus anchas avenidas se amontonan y pudren las hojas y debajo palpitan tímidos sapos color musgo que llevan una coronita de oro en la cabeza. Porque nadie lo sabe, pero la verdad es que todos los sapos son príncipes.

María Luisa Bombal

El problema es que las historias de los niños siempre llegan como revueltas, llenas de interferencias, casi tartamudeadas. Son historias de vidas tan devastadas y rotas, que a veces resulta imposible imponerles un orden narrativo.

Valeria Luiselli

Un muñeco podrido bajo tierra en un jardín y las ciruelas perdiendo el gusto ácido en el agua. Tras las carcomidas lanzas de madera de una reja se le pegan los pétalos en los labios a un niño que muerde flores rojas. Y yo con mis grandes manos, desde lejos, comienzo a tocar el piano de juguete.

Gonzalo Millán

Preciosa Soledad. Preciosos son. Son preciosos los niños aplastados sobre el maicillo como fruta madura. Son unos preciosos, papá. Algunos son tan preciosos que me dan ganas de ganar este juego. Algunas tan preciosas que me dan ganas de enamorarme, de enamorarme y sufrir como sufren los adolescentes. Pero no me enamoro porque soy una pequeña y no se me antoja sufrir. Se me antoja, mejor, este juego y la risa descontrolada de la Meri, se me antoja el placer de los niños aplastados sobre el maicillo como fruta madura. Son preciosos, amoratados como un arcoíris. Se aplastan contra el horizonte como un atardecer. Se derraman. Arrebolados, arrebozados, ruborizados, rotulados.

El problema no es la caída ni mucho menos el cuadro precioso que de ella resulta. El problema es más bien que, una vez levantados del suelo, se los llevan a sus casas. A veces, dependiendo de qué tan dramáticos son sus padres, no los dejan volver por un par de días. Yo me desvelo intentando adivinar de qué color se han puesto sus pieles. A veces no vuelven a la plaza. Seguimos coreando su nombre en la ronda, pero nadie se entera del color precioso que pueden haber tomado sus pieles amoratadas. Jamás. Seguimos coloreando su nombre en la ronda, coreando las pieles. Me los imagino marmolados, chirimoya alegre. Son preciosos, papá, tan preciosos que me dan ganas de ganar este juego y que los dinosaurios agrieten el suelo de la plaza y broten con sus cuellos enormes como toboganes. Me dan ganas de ganar y que los dinosaurios crezcan y desentierren de entre el maicillo a todos los cuerpos amoratados de los niños aplastados que no pudieron volver a la plaza. Preciosos, que es una maravilla verlos, papá, derramados por el suelo como un fresco. Preciosas que me dan ganas de enamorarme. Frescos como chirimoyas. Alegres como un frasco de moras. Preciosas que me dan ganas de amoratarme. Pero soy una pequeña.

* * *

Un dos tres por mí. Dominica, te dije que no estamos jugando. Sí estamos jugando, lo que pasa es que tú estás perdiendo y no te gusta perder. Yo creo que a nadie le gusta perder. ¿A ti te gusta perder acaso? No me gusta perder, pero me gusta jugar y por eso juego igual. Y por eso yo gano y por eso tú pierdes. ¿Y cómo vas a ganar si no estamos jugando? Tú no estás jugando. Yo estoy jugando y estoy ganando. Y cuando juegan en la plaza, ¿quién gana? Cuando jugamos en la plaza todavía no ha ganado nadie, po’, por eso seguimos jugando. Cuando jugamos en la plaza a veces gana la Meri, cuando alguien se pierde. A veces gana el Andrés, pero muy pocas veces. Yo no gano nunca, porque si yo gano se termina el juego. Por eso seguimos jugando. Cuando jugamos en la plaza no podemos dejar de jugar porque recién empezamos a plantar los huevos y se demoran muchos días en crecer los huevos. ¿Cuántos días se demoran? Muchos. Muchos, muchos. Como se demoran muchos días, tenemos que seguir jugando para que crezcan. ¿Y qué hacen cuando se van para la casa? ¿Se termina el juego? ¿Están en boli? No, no se termina el juego, no estamos en boli. Un dos tres por mí. Todavía estamos jugando, lo que pasa es que tú estás perdiendo y no te gusta perder. ¿Y entonces qué tengo que hacer yo para dejar de perder? Tú puedes empollar los huevos. O, mejor, tú puedes ser de los papás. Cuando llegas hay que irse para la casa. ¿Y entonces gano? No, si igual vas a perder. Pásame el jabón mejor será, que te vas a enfriar si no terminamos rápido. No está, lo enterré porque era un huevo. Ya, po’, Dominica, ayúdame un poquito que es tarde. No está, lo enterré en el agua porque era un huevo y va a crecer grande y va a nacer un dinosaurio de jabón y nos va a escupir burbujas. Dominica, si no terminamos rápido te vas a tener que ir a la cama y no vamos a poder ver una película. Pásame el jabón. No te lo puedo pasar porque está enterrado y ya empezó a crecer. Ya, po’, Dominica, pásame el jabón que si no te quedas sin película y no es juego. Un dos tres por mí. Sí es juego, lo que pasa es que tú estás perdiendo.

Dominico baña a su hija todas las noches. Lo hace apurado: le jabona los brazos con desgano, con el gesto tibio y rápido del niño que va obligado a saludar a los amigos de sus papás en su camino a la cocina. Sin embargo, lo hace todas las noches. Principalmente, porque tiene la sospecha de que esos pequeños ritos son las únicas marcas posibles para subrayar los límites difusos entre ser un buen padre o ser un mal padre. Un padre errático y afectivamente torpe, que baña a su hija todas las noches, le parece a él, no puede llegar a ser tan mal padre.

El problema es que no es cierto. Quizá sí se puede bañar a una hija tres veces al día y ser igualmente un pésimo padre. Es posible decepcionar a una niña jabonosa y perfumada. Sin embargo, tiende a imaginarse conspirativamente la adolescencia como un periodo en donde los niños, simultáneamente, reniegan de sus padres y de la ducha. Prefiere creer que existe alguna relación, aunque sea estadística, entre los dos fenómenos. Por lo tanto, baña a su hija todas las noches. No lo hace bien, pero lo hace siempre. La Dominica, generalmente hacia la mitad del baño, toma con solemnidad un puñado de agua entre sus manos y unge la frente de su padre mientras este le lava el pelo. Con los ojos entrecerrados, recita algunas palabras inentendibles que ponen a Dominico un poco incómodo. Le pide a su hija que deje de jugar. Ella se niega. Él no termina de entender bien qué parte es juego y qué parte no. Ella le recuerda que es un perdedor. Ella sonríe distraída. Él sonríe incómodo.

El resto de la noche suele depender del éxito relativo del baño. Si él juzga que la hija se portó bien, ella ve una película mientras él revisa algunas cosas en su computador. Si ocurre lo contrario, a Dominica no le quedan más opciones que irse a dormir. Antes de cerrar los ojos, ella suele contarle alguna historia improvisada y un poco impertinente. Dominico está consciente de que la dinámica debería funcionar al revés, pero a él no se le dan demasiado bien los cuentos. Le complica sobre todo la mirada expectante de su hija. Le hace preguntas como si quisiera sacar a la luz una mentira. Le pregunta como si quisiera cambiar el relato, como si censurara o como si exigiera. ¿Y había dragones? ¿Qué pasa si a él no se le había ocurrido que hubiera dragones? ¿Complacer o no? Por eso prefiere dejar que ella lo arme todo. Si se va a quejar igual, mejor que lo haga solita. Le parece que ser padre y que te cuenten cuentos no tiene por qué ser contradictorio. Ella revuelve con las manos estiradas las arrugas de las sábanas, mientras mira el techo e inventa nombres larguísimos para sus personajes y para las mascotas de sus personajes. Él se queda pegado mirando las manos infantiles y trata de poner atención a la historia, sin pensar en qué día corresponde cambiar las sábanas. Las sábanas están ajadas y granulientas, ajadas y desteñidas, ajadas y arrugadas. A Dominica le gustan las sábanas con motivo de flores pequeñas. Que le gusten no significa necesariamente que se duerma más rápido, pero sí que se acuesta con mejor disposición. Revuelve con las manos estiradas las arrugas de las sábanas mientras mira el techo e inventa nombres larguísimos para los amores y amistades de las mascotas de sus personajes. Sábanas ajadas y granulientas, granujientas.

Dominica entremezcla varias escenas con detalles poco importantes, en una suerte de collage. Para armar esas historias, colecciona pequeños retazos de día, de memoria y de sueño, de palabras que le suenan raro y le parecen preciosas. Las encuentra en la plaza del Gallo, cuando los demás niños repiten frases que escucharon en sus casas. Las encuentra cuando conversa con Dominico o cuando él le lee cuentos. Las guarda con el mismo gesto con que guarda las conchitas de la playa. Las guarda con iguales partes de devoción y de morbo. Es una coleccionista de muchas cositas, entre ellas imágenes. Dominico, a pesar de no entender absolutamente nada, escucha siempre con esforzada atención. Algunas veces la hija se duerme con el dedo de su papá tomado entre las manos. Esas veces, él se desvela intentando idear maneras de liberar su dedo sin alterar el sueño de la niña. A veces piensa en qué día toca cambiar las sábanas. Piensa con bastante frecuencia que le provoca un miedo incontrolable la posibilidad de herirla, decepcionarla, alejarla de alguna manera. Generalmente, evita pensar que ella le provoca un poco de miedo.

* * *

Dominico va un día a la feria y no es mucho lo que encuentra. Una señora que le cae simpática le vende tres kilos de frutillas. Él se las compra no porque las quiera, sino porque ella le cae simpática y, después de tanta conversación, le da algo de vergüenza irse con las manos vacías. Dominico no es muy bueno diciendo que no. Se lleva un cajón de tres kilos de frutillas y tarda poco en notar que la fruta no está en buenas condiciones. Es un surtido de frutillones grandes y blanquecinos. Están ñonchos, machucados, moteados de cosas extrañas. Las esquinas negruzcas tienen una consistencia gelatinosa. La fruta está, por decirlo de manera gentil, madura. La última Navidad su madre regaló a Dominico un frutero de greda. Tiene forma ovalada y es de un color arcilla terroso. Alguien más debe de habérselo regalado a ella, que sin saber dónde ponerlo, reutilizó el regalo. Dominico, que nunca supo bien qué hacer con él, lo colma de tres kilos de frutillas y lo pone en la entrada. No va a ser el refrigerador el que le gane la carrera a la pudrición. La única esperanza está en ubicarlo en un lugar donde cada persona que pase tenga que sacar una frutilla. Dominico no suele recibir muchos invitados. Dominico no siempre toma muy buenas decisiones.

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Un dos tres por mí. Un dos tres por mí, lo dije antes de que el Andrés me tocara te lo juro, si no pregúntale a la Meri. Te lo juro por el Caballo. Meri, diles.

La Meri no les dijo, no dijo nada, se ahorró todas las palabras porque, cuando jugaban al Caballo del Ángel, a veces se olvidaba que hablaba el español. A la Meri solo le gustaba hacer las rondas. Quizá tampoco entendía demasiado bien de qué se trataba eso de hacer las rondas. Lo cierto es que rondaba. Rondaba con los rulos enrulados y los ojos enojados, con la cinta celeste pegada al sudor de la frente como una especie de bozal mal puesto, riendo a carcajadas todo el tiempo y gritando para denunciar actos irregulares. Ya que casi todos los actos en el Caballo del Ángel eran bastante irregulares, la Meri era una figura ruidosa. Sin embargo, era la única integrante del Puñado, cuya presencia resultaba indispensable para el juego. Apenas un par de semanas atrás, Mambrú se había distanciado más allá de los arbustos y no había encontrado el camino de regreso. Al reparar en su ausencia, los miembros del Puñado se sintieron tan dolidos como apenados. La Meri lo rastreó frenética y lo empujó entre bramidos, con una vara, hasta dejarlo extenuado y tendido sobre el pozo de arena. Lo pastoreó, lo correteó por los bordes de la plaza y hasta los juegos, lo persiguió entre gritos y risas. Lo llevó como una pastora o como una niña que tira de la mano a su padre para mostrarle algo que se rehúsa a ver. Lo dejó tirado de espaldas sobre el pozo de arena, agotado, confundido entre el miedo de haberse perdido y la alegría de haber sido encontrado, entre el miedo de la Meri y la alegría de la Meri. Desde entonces, el Puñado se niega a iniciar cualquier juego sin que ella haga las rondas.

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Las piedras echan raíces bajo el maicillo y reordenan retorcidamente los arbustos de los márgenes. Algunos juegos quedan suspendidos sobre otros como en una escultura moderna. Los niños los trepan con la misma naturalidad con que plantaron antes las piedras. Trepan con una naturalidad que hace pensar que son incapaces de notar que la nueva plaza del Gallo está retorcida, está enredada y desarmada hasta parecerse más a una araña que a una plaza. El resbalín está enroscado como si lo hubiesen calentado con un secador de pelo, y a los niños no les molesta ni preocupa. No es que no lo noten, trepan con un ansia que hace pensar que se fascinan silenciosamente en la torcedumbre. Trepan como si se torcieran más. De cualquier manera, trepan. Trepan de cualquier manera.

Madres, padres y otros familiares orbitan los nuevos márgenes de la plaza del Gallo, con los pasos cortos de quien sospecha y espera una caída inminente. Se reprochan mutuamente la desatención de haber dejado que todo esto llegara a un punto tan exagerado. Se reprochan, mucho antes que el encaramamiento, los racimos de piedras sembradas en distintos espacios ocultos de la plaza, en cada esquina, debajo de cada arbusto, entre las bancas, bajo las matas secas del poco pasto que quedaba. Se reprochan haberles celebrado a sus hijos la obsesión estúpida de las piedras, se cuestionan si alguna vez ellos mismos no hicieron algún gesto o comentario de mierda sobre las piedras o sobre la plaza o sobre plantar como para que los niños se volvieran así de locos. Se reprochan cada piedra. Se reprochan no haber creído sus propias sospechas, no haber considerado seriamente que la nueva actividad de sus hijos era extraña y preocupante. Temen haber confundido el actuar errático y comúnmente aleatorio de los niños con algo mucho más perverso, premeditado, alevoso, organizado y terrible. Las piedras, las piedras de mierda, plantadas debajo de las bancas en que ellos mismos se sientan a esperar o a conversar sobre el clima y sobre cómo está tu familia escuché que tu papá está mejor pucha me alegro qué buena noticia me imagino que debe ser un alivio pa’ todos en tu casa sí Domi preciosa la piedra plántala nomás. Se reprochan cada piedra.

Temen que su mayor pecado pudo haber sido pensar que a los niños les gusta jugar y que solo los juegos pueden provocar el placer excitado que hace oscilar las pupilas de la Dominica, mientras, encaramada sobre el poste ladeado de un resbalín, tira la mano sudorosa de otra niña menuda, cuyo nombre nadie recuerda, para armar algo así como una torre de vigilancia o la proa de un buque. Dame tu mano y danzaremos. Temen haberse equivocado al desconfiar del pequeño temor que siempre les provocaron sus niños. Nadie sabe quién puede ser el papá o la mamá de esa niña. Dame tu mano y me amarás. Los adultos se encaran mutuamente, sin atreverse a cruzar el límite zigzagueante que los desperdigados arbustos delinean alrededor de los juegos, sin atreverse a pisar el terreno sagrado. Como una sola flor seremos. Los adultos se encaran y los niños se encaraman, con similar ansiedad, pero distinta disposición. Como una flor y nada más.

Dominica observa a la niña menuda a los ojos, con el brazo estirado, y su mirada es como el timbre con que se termina el recreo, un silencio enorme antes de que algo empiece o se termine. Ambas saben que el juego está lejos de terminar, pero la niña menuda se deja convencer con inocencia y curiosidad. Estira el brazo y le entrega la mano. La entrega como el pajarito herido que chocó contra la ventana. Una vez un pajarito entró a la casa, chocó entre ventana y ventana como si fuese el logo que rebota contra los bordes de la pantalla en los reproductores de DVD antiguos. Era una golondrina chiquitita y Dominico dijo que estaba asustada así que no había que tocarla mucho ni apretarla ni jugar con ella, solo darle un poco de agua y llevarla hasta afuera para que se recuperara. Despacito, con cuidado, como si fuera un tesoro muy despacio para que no se asuste. Dominica, sin quitarle la mirada tremenda, le habla con voz tranquila a la niña menuda. Te llamas Rosa y yo Esperanza, pero tu nombre olvidarás. Para cuando termina de hablar, ninguna de las dos niñas mantiene la concentración y se distraen. Se ríen. Se confunden. Dominica sube a la niña Rosa, ex niña menuda, de un tirón de brazo a la plataforma donde está acostada. Por un segundo, se las puede ver de pie, apoyadas la una en la otra, asomadas a espiar el mundo con la actitud de quien busca bajo su silla un lápiz caído.

Hay algo cinematográfico en su gesto. Eso, más que cualquier otra cosa, inquieta a los padres. Francamente, nadie tiene tiempo ni ánimo para comenzar precisamente ahí, en esa plaza medio chica y medio rara, medio deforme, algo que se parezca a una película. Por la misma razón, se resisten a agitar los brazos o a forzar la voz, se resisten a mirar por demasiado rato en dirección a los juegos. Rehúsan, con un cortés movimiento de cabeza, su posición de espectadores. Llaman a sus hijos de forma intempestiva, bajando el volumen hacia la última sílaba del nombre. Levantan la mano con una tibieza premeditada que permite confundir el llamado de auxilio con un saludo casual. Domi vamos yendo pa’ la casa mejor que ya es tarde y tenemos que almorzar acuérdate que hoy día vamos a comer hamburguesas.

Dominica abre los brazos en un ángulo de noventa grados, una suerte de punto medio entre Rose en Titanic y Jordan Belfort en El lobo de Wall Street. De cualquier manera, Leo DiCaprio funciona como hilo conector en el mapa iconográfico, en el collage de gestos con que la preciosa Dominica dirige la orquesta de padres de la plaza. A los padres no parece causarles ningún tipo de gracia y tuercen la cabeza y las comisuras de los labios. A la niña Rosa le despierta una temerosa devoción que la hace juntar las manos en el regazo. El resto del Puñado abre los ojos como quien ve a un superhéroe ser un superhéroe o a un futbolista ser un futbolista, pero en vivo y en directo y no en la tele. Dominica alarga un poco su segundo de fama, pero sabe que ha sido suficiente. Esa tarde, al menos, siente ganas de retirarse a su casa, bañarse y, si todo sale bien, ver alguna película.

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Portada de "Cartografía de los dinosaurios" de Vicente Alessandri Basaure. Colección Tierra Adentro. FCE Chile, 2025.
Portada de “Cartografía de los dinosaurios” de Vicente Alessandri Basaure. Colección Tierra Adentro. FCE Chile, 2025.
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