Tierra Adentro
Fotografía de @juliproducciones en Flickr, 2015. CC BY-NC-ND 2.0
Fotografía de @juliproducciones en Flickr, 2015. CC BY-NC-ND 2.0

Veo el papelito que tengo arrugado en la mano, E29, y espero. Las pantallas que anuncian los turnos exhiben simultáneamente D13, F05 y E27. Asumo que falta solo un turno, el E28, para que yo pase, pero también podría ocurrir que faltaran quince números y una letra, si de pronto mi turno fuera después del D13, o veinticuatro números y veintiséis letras, hasta darle la vuelta al abecedario, si pasara después del turno F05. 

Teóricamente, la técnica de entregar un papel con una combinación aleatoria de números y letras es la manera más eficiente de repartir a quienes esperan según la complejidad del trámite a realizar en el banco o en la oficina gubernamental en la que se haya tenido la desdicha de caer. Esta técnica evita que uno espere de pie y también mantiene libres los espacios frente a los escritorios de los funcionarios con cara de infelicidad.

La farmacia de mi cuadra también implementó la técnica de los papelitos, pero hasta la fecha eso no ha impedido que con frecuencia se forme una hilera enfrente del mostrador. Algunas personas se forman sin percatarse de la máquina expendedora de papelitos, que queda oculta detrás de la fila humana. Otros toman un papel y deambulan entre los pasillos de jarabes, cremas faciales y pañales hasta que su turno se anuncia simultáneamente en la pantalla y en la voz de algún dependiente. Un tercer grupo ve la máquina, pero se forma según la lógica tradicional de las filas y se enfurece cuando alguien con papelito pasa antes que ellos. Esta dinámica se repite varias veces por semana y lleva a los vendedores de la farmacia a repetir cansinamente “por favor tomen un turno, no hace falta que se formen”. En esto último, la farmacia de mi cuadra se parece a varias salchichonerías que, aunque repartían papelitos, terminaban atendiendo a quien gritara más fuerte “un kilo de jamón y medio de molida”.

Es cierto que actualmente hay de filas a filas. Las filas más ortodoxas ocupan el espacio físico de una línea recta que tiende a curvarse y a dibujar graciosas florituras según su longitud. En ocasiones, quienes vigilan el orden al interior de la fila suelen gritar “por favor pegados a la pared”. Otras filas, como en la que me encuentro ahora, han evolucionado al sistema de turnos de una sala de espera, donde los integrantes permanecen repantigados en sillas y no obligatoriamente uno detrás del otro. En ocasiones esto último no ocurre y cada integrante se mueve al asiento desocupado y previamente calentado por el individuo de junto o de adelante. Pese a la reticencia de los tradicionalistas que gustan de esperar de pie, las modalidades de las filas han evolucionado hasta extremos insospechados. Ahora existen filas virtuales en la compra de boletos para conciertos o eventos deportivos, y listas de espera en bibliotecas digitales.

El coro de una canción que estaba de moda cuando iba en la secundaria decía que el vocalista se había enamorado en la cola de las tortillas. Yo nunca he encontrado el amor en esta ni en ninguna otra fila, aunque juzgo favorablemente las tortillerías que reparten un taco cuando la espera es muy larga. Otras filas promueven el comercio de gorras, plumas o botellas de agua y permiten la existencia de bastones que se convierten en bancos. Gracias a las filas sobrevive también la especie endémica del coyote, cuyo papel en la cadena burocrática es sacar a flote los trámites más tardados a cambio de una módica cantidad de dinero. Es posible que el coyote mexicano se replique en otras latitudes con burocracias tan ineptas como la nuestra, aunque desconozco este tipo de fauna y, por suerte, la mecánica de los trámites fuera del territorio nacional.

Apartar lugar es tolerable cuando la espera no ha sido particularmente infructuosa y se aparta solamente un lugar y no diez. Sin embargo, meterse en la fila es una acción reprobable que se encuentra entre los peores vicios sociales. Nada despierta la solidaridad colectiva como algún abusado que intenta colarse en la fila del camión, que en castigo recibe jalones, rechiflas y algunos codazos. En una de sus muchas instrucciones para vivir en México, Jorge Ibargüengoitia concluyó que, en materia de filas, el mexicano finge que no ve la cola para meterse directo a la taquilla, o da vuelta donde le conviene y provoca un trafical. Entre 1970, que fue cuando Ibargüengoitia escribió sus quejas, y el presente las cosas no han cambiado mucho. Quizá el único cambio ha sido dejar de decirle cola a la fila, principalmente para evitar el socorrido albur “en esa cola yo sí me formo”.

A diferencia del “después de usted” al pasar por una puerta, la caballerosidad mengua en las filas y pocas personas ceden su lugar. A veces ocurre que en la fila del súper alguien te deja pasar, pero no es por amabilidad ni por una exhibición de civismo, sino porque a esa persona se le olvidó echar al carrito una botella de champú y tiene que salir corriendo. Una de las explicaciones para los problemas de ansiedad que azotan a esta generación está en la cantidad de veces en la que un adulto irresponsable dejó a un menor de edad apartando el lugar en la fila del supermercado.

Dada la dificultad para conseguir turno en ciertos trámites, debería existir un correlato entre el dicho popular “ver la luz al final del túnel” y, por ejemplo, “fui el primero en la fila de las licencias”. En algún momento no había nada más democratizador que las filas. Desde la fila de los cuneros hasta el patíbulo de los acusados uno esperaba pacientemente su turno, pero los pases VIP, las preventas exclusivas y la división por grupos para subirse al avión terminaron por recordarnos que todos somos iguales, pero algunos más que otros.