Parar la oreja
“El plano de la materialidad de las palabras es la forma en que trabaja el psicoanálisis, porque el psicoanálisis lo que hace todo el tiempo es evitar el sentido del sentido común”, dijo Andrea, que escucha afinando su oído, escucha mucho.
El psicoanálisis me enseñó a escuchar. Escucho, escucho otras cosas: las grietas de las palabras y los huequitos que se van permitiendo con el tiempo; las palabras que tienen muchos sentidos y se abren al poema; las que no logran sino de forma indirecta aludir a algo que no pueden decir; los equívocos que salen brincando de una caja llena de sorpresas; las negaciones rotundas que, a condición de ser negadas, logran contrabandear algo del inconsciente en la conciencia; las interrupciones y los silencios, que colocan los puntos y comas.
Escucho, escucho sin oír lo dicho, ni el supuesto detrás de lo que se dice, sino en lo que se dice. Escucho, escucho la contradicción, no el sentido común.
Rara vez, a veces, me escucho. Es una labor en permanente obra negra. Me escucho cuando dejo de pelearme conmigo, cuando escucho mis ocurrencias y me río de mí misma, cuando no me tomo tan en serio. Me escucho cuando no soy el monólogo opresivo sino las muchas voces. Me escucho cuando escribo, siempre.
Es mi manera de parar la oreja, de poner atención a las voces, giros y silencios que de otra manera se desvanecen en el aire. Para ir en contra de la tiranía de lo visual que me agobia. Ya no quiero ver, quiero escuchar, quiero que me escuchen, que escuchen.
“Una persona usa un término, y entonces parece que nos estamos entendiendo, pero el psicoanálisis repetiría esa palabra para extraerle el sentido común y que sea solamente una resonancia material”. “Cuando esa palabra empieza a sonar y resonar, el sentido común del significado se cae y ahí aparece otra cosa: otra cosa que no es el sentido común, que no es un pensamiento previo, que no es una teoría aplicada, sino que es la pura materialidad de la palabra, como la pura materialidad del lápiz”, concluyó Andrea, en el espacio colectivo que compartimos, donde primordialmente nos escuchamos y escuchamos lo que escribimos.
Me robo las palabras de Andrea para expresar lo que persigue este espacio que hoy quiero abrir, para parar la oreja. Quiero escuchar para explicarme por qué no nos estamos entendiendo. Quiero escuchar para averiguar por qué ya no podemos tener conversaciones sin estar a la defensiva. Quiero escuchar a contrapelo, a contracorriente, en un momento en el que lo que solemos hacer es oír y producir monólogos. Quiero escuchar en medio del ruido ensordecedor de las demasiadas opiniones, de los algoritmos que nos alimentan de más de lo mismo. No quiero aplicar ninguna teoría, no quiero confirmar ninguna de mis ideas preconcebidas. Quiero captar palabras que escucho para sonar y resonar, para abrir un huequito y que aparezca otra cosa: la materialidad de la palabra. Quiero escuchar para vivir con lo desconocido en mí, sin juzgar, sin meter ahí injertos de mi propia cosecha. Quiero escuchar de forma necesariamente parcial, en contra de la tiranía de lo visual y su ilusión de que hay una historia completa y coherente. Quiero escuchar lentamente, en la espera, para poder construir un modo diferente de preguntar, que acepte la disyunción y se aleje de la síntesis, yuxtaponiendo y no componiendo.
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“Nomás eche su coche un poquito pa’ adelante, para que la máquina sienta el terror”, dijo un hombre vestido con su uniforme de guardia, medio raído, en el estacionamiento del aeropuerto de la Ciudad de México, en la salida. Una hermosa personificación de la máquina que se traga los boletos y abre la pluma, junto a la que pasa sus días el vigilante. Ya la conoce tan íntimamente que puede hasta predecir cuándo va a abrirse y dónde va a responder el sensor, como quien conoce las zonas erógenas de su pareja o el comentario provocador que va a hacer que explote el enojo como volcán en erupción. El terror que siente la máquina es lo que el vigilante le atribuye, ese terror que quizás él siente, al pasar las noches al descampado, bajo un techito metálico demasiado iluminado, metiendo y sacando los boletos. La frase es también una marca registrada del ingenio popular mexicano. Como la de mi tío, que se presentaba como Ing. Gabriel, pero Ing. no de ingeniero, porque ni acabó la preparatoria, sino Ing. de Ingenioso, título muy difícil de obtener. Es ese ingenio que está listo para defenderse de todo ataque posible, para dar una estocada de regreso ante un doble sentido ofensivo, para ofender jugando al otro, con palabras que dicen lo que no dicen.
Así supe en un instante que estaba en México, donde ya hace más de una década que no vivo. Se habla mucho del dolor del exilio, de la distancia, pero poco de la amargura del retorno a lo tuyo que ya no es tuyo. Nunca es un regreso, pero sí una suerte de espiral, como lo definió Melisa: “volvés al mismo lugar muchas veces, pero cada vez vas saliendo más y más para afuera en la espiral”. La espiral es precisamente la imagen que usaba Jean Laplanche para hablar de la Nachträglichkeit de Freud, que habla precisamente de la retroactividad, en donde uno le da a la contingencia del pasado el sentido de necesidades por venir. La pequeña libertad que tenemos consiste en elegir las causas que nos determinan, siempre en retrospectiva, no hacia el futuro. Por eso, cada vez que regreso, más vale que me eche un poquito pa’ adelante, porque así puedo ir avanzando en esa espiral. El regreso no es solamente geográfico, es también verme vista en el reflejo de la forma en que los demás imaginan que soy, que es como era: el tiempo y el espacio se colapsan en un prisma, en la flecha de simultaneidad. La frase del vigilante cifra el regreso de todos los que nos fuimos para no poder volver, atascados en ese purgatorio de un espacio que ya no existe y un tiempo que se fue, pero que se puede curar con el ingenio y la risa que desatascan toda solemnidad: nomás hay que echarse un poquito pa’ delante, para que la máquina sienta el terror.




