La otra salida
I am made and remade continually.
Different people draw different words from me.
Virginia Woolf
El cielo, como de costumbre, estaba a punto de llorar. Salí sin paraguas, como los isleños. Era cuatro de mayo de 2016 y faltaban cincuenta días para el referéndum: la isla se preparaba para decidir si se salía de Europa.
En la parada, mientras esperaba el bus, la vi. Espalda erguida, andar pausado, mirada fija, mentón afilado. La sostenía una dignidad que yo todavía no encontraba en mí. Falda negra arriba de las rodillas, medias rojas a cuadros, top blanco, blazer largo gris como el cielo. Una cola de caballo le relamía los cabellos blanquecinos. El rostro alargado, de ojos claros, llevaba lentes rojos de pasta gruesa.
Pasó tan cerca de mí que su estela me dejó una temblorina.
Al llegar el autobús, entró primero ella; luego yo. En el retrovisor alcancé a mirarme: botas Dr. Martens, jeans, abrigo azul, bufanda café a cuadros, cabello a rape y un bigote juguetón, apenas creciendo. Parecía un marinero extraviado. La seguí al segundo piso. Ella se sentó hasta mero adelante, frente a ese ventanal-pecera de los buses de doble piso de la isla. Yo me quedé tres hileras atrás: lo bastante cerca para mirarla, lo bastante lejos para que mi mirada pasara inadvertida.
Atrás, de perfil, podía ver sus pies. Acompasados a un ritmo propio, no cedían a los vaivenes del bus. Había en ese gesto una seguridad que llegó hasta mí convertida en algo parecido a la envidia: unas ganas de verme así, enfundada en lo que quisiera.
A 8 760 kilómetros, en la Ciudad de México, Rosario, mi prima, seguramente se preparaba para ir a Ciudad Universitaria. Le escribí: Hello, how u doing, darling? Nada. Hello? Tampoco. Seguí: ¡Qué crees! Creo que hoy es el día, prima. ¡Primita! Y luego, ya sin poder contenerme: Hooooy!!!
Colina arriba, el bus fue subiendo por una de las avenidas principales. Lo primero que apareció fue el Parkinson Building: mitad torre, mitad faro, alzado sobre el campus. Me puse de pie, pulsé el botón y la despedí con la mirada.
No viré a la derecha, hacia la universidad, sino a la izquierda.
Avancé con una humedad que primero me brotó de las palmas y luego fue tomándome entera: una humedad antigua, la de los días en que me ponía, a hurtadillas, la ropa de mamá; cuando me maquillaba frente al espejo de su recámara, bajo la mirada de un Cristo negro de madera que coronaba la cama.
Entré al Leeds Student Medical Practice, un edificio de ladrillo rojo, salas amplias y techos altos. Apenas llegabas anotabas en un formato a qué venías —yo escribí, creo, que por un dolor estomacal— y te asignaban un turno.
Tomé asiento hasta atrás, para poder ver sin ser vista. Abrí la mochila y saqué el libro. No, libertad no quería. Sólo una salida, decía Kafka.
—Come va, how is it going?
Tommaso, milanés, tan delgado que siempre parecía de perfil. Uno de mis compañeros del doctorado.
—Everything’s going great! —dije, levantándome de golpe—. Just a silly cold. I didn’t sleep very well. And you?
—Nothing, really. A bit of a cold, but it’s gone now. You’re next, I think! Ciao!
Y se alejó, anudándose la bufanda al cuello con esas manos de dedos largos. Revisé el celular. Rosario no contestaba.
Dijeron mi nombre y me levanté con aparente calma, con un dejo de esa dignidad que había percibido en ella. Por dentro, en cambio, se abría un remolino.
Él era un médico joven, güero, fornido, con esa prestancia de capitán de fragata de Oxbridge. Me preguntó qué síntomas tenía.
Silencio.
—Well… to be completely honest… my throat is perfectly fine, doctor. It’s just…
Tragué. Miré la pared detrás de él. Una lámina anatómica del aparato digestivo.
—It’s just that… you see… what happened is…
Empecé a hablar despacio, buscando las palabras en un inglés que de pronto me parecía prestado. Le dije que siempre me había sentido extraña, distinta. Que me había sentido más cerca de mi mamá, de todas ellas, de cierta manera de estar en el mundo que todavía no sabía cómo nombrar.
Mientras lo decía, algo se aflojaba por dentro.
Las manos, tensas, se fueron resbalando del asiento, mojadas por un sudor que venía de muy adentro. Era una de las primeras veces que esas palabras salían de mí en voz alta. Y mientras las decía, como en una suerte de interrogatorio, me di cuenta de que lo hacía porque por fin estaba convencida. Ahora, además, tenía que convencerlo a él.
Me iba acomodando en la silla, cruzando y descruzando las piernas, como si intentara encontrar el equilibrio para seguir hablando.
Tenía la sensación absurda y enorme de que en esas frases se me iba la vida. Si él no me creía, ¿quién me iba a dar la llave que tanto buscaba?
—Right. So, what you’re saying is that… for as long as you can remember, you’ve felt you were in the wrong body?
—Wrong body?
Al marinero que tenía enfrente, el doctor lo veía con una compasión atemperada por su atentísima postura, de una naturalidad aprendida. Me dijo que lo que contaba le hacía mucho sentido. Que qué bueno que hubiera ido con ellos porque, de hecho, tenían la intención de identificarnos.
Identificarnos: el verbo que la campaña proBrexit reservaba para los migrantes, pensé. Mi celular sonó. Era Rosario, supuse.
Y los ojos del médico, de una gravitación oceánica, me hicieron volver a él.
Me contó que hacía poco había tomado una charla sobre gender dysphoria patient education. Ahí les habían advertido sobre el aumento —an unexpected exponential increase— de las solicitudes para referir pacientes a clínicas de género. You know, so they can access the full range of care: an initial assessment, therapeutic support, hormone treatment and even gender confirmation surgery, explicó.
Le habían enseñado a llenar un formulario para alguien como yo.
Comenzamos. Empezaba con mi nombre. Aunque no lo tenía decidido aún, le dije que me llamaba Juliet.
—Juliet? That’s my mum’s name!
—When did you first start feeling this way?
Le dije que desde que tenía memoria. Me pidió que le contara un poco más para ponerlo en el registro. Le hablé de cómo entraba al clóset de mamá y sacaba sus faldas a cuadros para verme en ellas; luego, en un arrebato de sinceridad, le conté que, a los diez, papá me envió a la liga infantil de fútbol a la que iban mis primos y los amigos de la cuadra. Era un paso necesario para pertenecer: convertirme en uno de los once, como lo eran mi hermano, mi padre, mi abuelo y el padre de mi abuelo.
Pero cuando llegaba el día del partido, casi siempre me quedaba en la banca, partiendo naranjas, comiéndomelas, esperando a que me llamaran. Y cuando por fin sucedía, entraba cerca de mi portería, donde merodeaba para ser vista por mis compañeros, hasta que el balón venía volando y me pegaba en la nariz y la gente —casi siempre la del equipo contrario— gritaba: ¡Gooooooool! Atolondrada, ni cuenta me daba de qué había pasado. Entonces me volvían a sacar, con un rojo brotándome de la nariz, porque había anotado, sí, pero en nuestra propia portería.
Él, desde hacía un rato, había dejado de anotar. Sólo escuchaba, como si sus cuestionarios no tuvieran casillas lo bastante anchas para alojar esto. Luego, ante otra pregunta, yo contesté que sí, que desde luego todo eso me causaba estrés y confusión; que también, cuando podía, salía afeitada y con peluca a merodear las calles para sentirme más yo, aunque esto no era del todo cierto. Sólo quería que me creyera. Quería salir de ahí con una puerta abierta.
Quería ser una narradora confiable. Una aprendiz con guion.
Cuando terminé, me aseguró que me contactarían. Como quien deja un currículum y espera, con una fe un poco ridícula, que algún día le devuelvan la llamada.
Salí a la calle e, inmediatamente, aún con las sensaciones a punto, llamé a Rosario.
No podía creer lo que le estaba contando. Creo que ella tampoco. No podía creer que me hubiera atrevido a decirlo. Lo decía y al mismo tiempo me sentía bien de haberlo dicho, como si las palabras hubieran sido más grandes que mi miedo y aun así hubieran salido. Mientras hablaba con ella, fui caminando colina abajo, sin tomar el bus, porque quería sentir las gotas en la cara. Cada gota me hacía sentir una con ella, viva en el mundo, en ese tramo de avenida.
—¿Y ya estás seguro, o segura?
—Mmm… of course not! Pero quiero probar.
—¿Y qué sigue?
—Esperar.
¿Esperar?
Algunas semanas después, entre nerviosismo y sollozos, con una peluca de corte bob negra encajada en la cabeza, aún de cabellos tan cortos que parecían una lija, le dije a Rosario que ya no podía más. Que era ahora o nunca.
Hello, I’m Julieta. She, her. Lo dije por primera vez en un salón improvisado de una casona del city center, donde nos reuníamos cada miércoles a tomar té con galletas y a hablar de lo mismo: la historia de cada una, que era la misma narración. La voz me salió más aguda de lo que había ensayado frente al espejo. Alguien aplaudió. La mujer a mi lado me sonrió y siguió hablando de lo suyo, que era lo mío.
Pasaban los miércoles. Pasaban los meses. Al llegar a casa me asomaba al buzón. Había cartas del banco, de la universidad, propaganda del referéndum. La isla votó por salirse. Yo seguía sin saber nada de la clínica.
De nuevo colina arriba, el último viernes de cada mes iba al Cosmo.
La primera vez fui sola, con la peluca de bob mal acomodada y un vestido rojo que había comprado en una charity shop. Me senté en la barra, pedí una sidra y miré la pista vacía hasta que llegaron las primeras. Venían en auto o en tren desde Mánchester, Sheffield, York y otras ciudades que nunca había oído.
Traían la ropa guardada toda la semana en una maleta, debajo de una cama, en el clóset de una vida que nadie más conocía. Una de ellas —alta, de espaldas anchas, cincuenta y tantos, arquitecta— me preguntó si era nueva. Las manos, gastadas, como si las hubiera usado para construirse a sí misma; sostenía una pinta que se acababa de un jalón. Le dije que sí. Me dijo que ella llevaba viniendo varios años, un viernes al mes. That’s my time, dijo. The rest of the month I’m someone else’s. Volví el viernes siguiente. Y el siguiente.
De a poco, en el Cosmo, platiqué, bailé, lloré con otras T-girls que venían a danzarle a ese yo que, en algún momento, también ellas habían decidido no volver a mirar. Como me había pasado a mí. Algunas vivían el resto del mes en otra vida. Otras, como yo, empezábamos a no querer regresar.
Después, ya sin peluca, con el cabello crecido al hombro, alcé una copa de plástico con burbujas, le pedí a Tommaso que le bajara a la música y brindé con los colegas del doctorado. A partir de esa noche fui Julieta también para ellos.
La carta llegó quinientos setenta y un días después, a unas semanas de entregar mi tesis. Venía en un sobre del Royal Mail; traía un nuevo cuestionario, casi idéntico al primero, que debía llevar a mi próxima cita “para que me ofrecieran un servicio ajustado a mis necesidades”.
Para entonces, el marinero de las botas Dr. Martens se había desdibujado. En su lugar, una mujer, apenas naciendo, se quedó viendo el sobre vacío. Pensé en la del bus, en sus lentes rojos, en su andar pausado y en su entereza. Nunca supe quién era. Tampoco hizo falta: bastó con verla una vez para saber que esto era posible.
La llave nunca llegó, pero yo ya andaba por la otra salida.
Afuera, el cielo, como de costumbre, estaba a punto de llorar.




