Tierra Adentro
Portada de "Cartografía de paraísos insomnes", Zauriel A. Mtz. H. Awita de Chale, 2025.
Portada de “Cartografía de paraísos insomnes”, Zauriel A. Mtz. H. Awita de Chale, 2025.

Nubes

Alma dijo que no mirara hacia abajo y miré hacia arriba antes de que añadiera “pero mucho menos vayas a mirar hacia arriba”.

Una vez fui con mi hermana a Six Flags y nos subimos a una atracción que ahorita no recuerdo cómo se llama, te hace dar vueltas a lo volador de Papantla pero en sillas. Mi estómago se volvió caída al saberme volando en ambas ocasiones.

Aterrizamos en  Guanajuato. Alma guardó su escoba en el bolso. Tenía un montón de chácharas de ese tipo. Había aprendido hechicería en Tik-Tok y soñaba con ser influencer. Cada tres días un video suyo realizando hechizos aparecía en mi feed.

Me preguntó si el amor era cosa de todos los días. “Supongo”, respondí.

“Yo creo que no” dijo, “algunas mañanas una se levanta y descubre que no tiene un ápice de cariño ni para darse a sí misma, esos días vas por la vida con el ceño fruncido y odiando a todo aquel que se acerque, incluso sus seres queridos que se vuelven detestables por un rato. Pero si no los odiáramos tampoco podríamos amarles. Tenemos que darle chance al amor de descansar porque forzarlo es matarlo”.

Entramos al bar Lobos. Ella bailó por unos segundos al ritmo de “Who can it be now?” y luego se detuvo como si un hechizo de los suyos la hubiese congelado. La mesera sacudió su cabeza al vernos entrar. Hace unos meses Alma también decidió volverse huracán y se puso a dar vueltas (confundida con los tornados) hasta que su tempestad chocó con la mía y no supimos qué hacer.

—¿Sabes hacer amarres? –pregunté al sentarnos.

—¿Por qué no bailaste conmigo? –dijo ella.

—¿Querías que lo hiciera?

—Obvio, menso.

Escribimos para dejar constancia de nuestra existencia. Escribo para dejar constancia de que alguna vez rodamos juntos sobre el pasto.

Alma bebió su cerveza a sorbitos de ojos cerrados, como si besara la botella. Me quedé mirándola como quien observa un paisaje nocturno. Una parvada de cisnes chapoteaba en la comisura de sus ojeras cuando me preguntó:

—¿Qué ves?

—Pájaros.

“Quédate hasta la siguiente catástrofe” pensé y guardé el instante en mi bolsillo izquierdo.

—¿Entonces no vamos a bailar?

—Vamos.

Me tomó de la mano mientras sonaban las primeras notas de Breakup song.

La mesa de billar se volvió nuestra pista de baile hasta que llegó la mesera a sacarnos.

—Este callejón se siente seguro –comentó Alma.

Busqué el nombre. “Corazones”. El mío se estaba preparando para recibir un golpe.

—Me aceptaron en Hogwarts –soltó.

—¿Neta?

—Si, ayer llegó la lechuza. Quiero estudiar una Ingeniería en Alquimia.

—Qué chingón. ¿Cuándo te vas?

—Hoy. Por tres años.

El callejón se partió en dos. Luego en tres y en cuatro. Cuando llegamos al centro ya no era.

—¿Seguirás subiendo TikToks?

—Claro. Me voy a hacer famosa. Vas a ver.

—Yo sé que sí.

Me dio un beso en la mejilla y se fue volando en su escoba.

He estado pensando que algunas tormentas ocurren en rincones del mar sin espectadores.

Ayer me llegó una lechuza con una carta suya: resulta que no hay internet en Hogwarts.

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