Vampiros a la mexicana
El imaginario folclórico del vampiro, originado en mitos y supersticiones ancestrales, puede rastrearse desde la mitología griega, específicamente en la figura femenina y monstruosa de Lamia, mitad mujer y mitad serpiente que bebía sangre humana. Vinculada a ella debido al proceso histórico y cultural de la demonización de la figura femenina, está Lilith, cuyos oscuros orígenes, según Janet Howe Gaines en su artículo Lilith. Seductress, heroine or murderer?,1 se remontan a la demonología babilónica, pues su nombre se menciona por primera vez en la Epopeya de Gilgamesh, y representaba el caos y la seducción. En la Edad Media cobró gran auge al ser reinterpretada como la primera mujer, convirtiéndose en una de las figuras centrales de la mitología judía al tomar el papel de la primera esposa de Adán, misma que, tras rebelarse, es condenada a beber sangre para sobrevivir, siendo representada con garras y alas de lechuza. En cuanto a la mitología clásica grecorromana, destacan las estriges, criaturas demoniacas con forma de aves rapaces con garras o alas de murciélago que se alimentaban de sangre de infantes. Protovampiras todas ellas, son el origen de los súcubos en la mitología medieval, demonios con forma de mujeres atractivas que seducen a los hombres para robarles la energía vital.
En México contamos con la tlahuelpuchi, considerada una versión prehispánica del vampiro: un ente sobrenatural de la mitología nahua, del estado de Tlaxcala, que tiene, al igual que un nahual, el poder de transformarse en un animal. El término proviene de tlawihpochin, “sahumador iluminado” o “neblina luminosa”, y se traduce como “bruja chupasangre”, mujeres que pueden transformarse de noche y que suelen alimentarse de sangre de bebés o niños pequeños.
A partir del siglo XVII, específicamente en Europa del este, comienza a gestarse el arquetipo del vampiro como criatura legendaria que se alimenta de la sangre de otros seres vivos para poder subsistir. Representados por cadáveres de seres humanos, se creía que regresaban para atormentar a otros tras morir de forma violenta. Si bien las razones por las que esto ocurrió se relacionan con distintos elementos del contexto sociohistórico, las epidemias y los entierros prematuros ayudaron a popularizar el mito.
En el siglo XVIII, la “epidemia de histeria vampírica”, cuya base fueron varios casos documentados en periódicos, impulsó la figura del vampiro en la literatura. Ya como criatura moderna y con otros atributos, representó, entre otras cuestiones, la otredad y los temores colectivos de periodos históricos específicos, así como la explicación a pestes y plagas. Los tres grandes antecedentes literarios son El vampiro (1819), de John Polidori, que establece al vampiro como un noble seductor; Carmilla (1872), de Sheridan Le Fanu, que presenta a la primera protagonista vampira y añade el elemento del deseo homoerótico; y Drácula (1897), de Bram Stoker, que crea el gran arquetipo del vampiro basado en Vlad el Empalador, mismo que se ha popularizado desde entonces, atravesando las páginas para llegar a la pantalla grande en distintas adaptaciones que continúan reinterpretando (y adaptando) al personaje.
Si bien existen registros de cuentos vampíricos de autores mexicanos desde inicios del siglo XX,2 hay una autora fundamental en los géneros no miméticos que trabajó la figura del vampiro de forma profunda y original: Gabriela Rábago Palafox (1950-1995) con La voz de la sangre (1990), libro de cuentos con el que obtuvo el segundo lugar en el certamen de Premios Literarios Estatales de 1989, convocado por el Instituto Mexiquense de Cultura, en la modalidad de Cuento de Espantos. La gran aportación de Rábago fue adaptar el vampiro europeo a nuestra realidad y folclore a través de doce relatos, retomando elementos esenciales como las leyendas, en específico la del niño panteonero de Momoxpan (Puebla), habitante de un pueblo prehispánico que buscaba los cuerpos de sus padres y hermanos, indígenas víctimas de los conquistadores, para darles una sepultura digna y que sus almas pudieran descansar. Esta fue la semilla para su cuento “Criaturas de la noche”, protagonizado por Gaudelia y su hijo Pablito, un pequeño vampiro de dos años que ayuda a subvertir la autoridad impuesta del catolicismo.
En otro de los cuentos, “A cadena perpetua”, Rábago realiza una gran analogía entre el vampirismo y la homosexualidad: hace referencia a impulsos e inclinaciones y a un rasgo singular: “Pienso que en cada familia hay, por lo menos, un ejemplar”; ese otro que ofrece un contraste o un espejo. En uno de los más breves, “Lorquiano, místico vampiro”, describe así al protagonista: “Era el hombre muy fino y discreto, poco hermoso, con cicatrices de viruela en el rostro moreno, serio hasta la pared de enfrente”. En “Un muchacho de cabellos rojos”, relata el encuentro decisivo con una criatura: “algo como una la presión de una mano invisible lo sujetaba por la nuca, lo atraía, lo dominaba. Allí estaba Sofía, con los ojos relucientes como vidrios, la piel traslucida, la boca abierta y húmeda como las fauces de un perro cuando olfatea el alimento. La miró avanzar hacia él: sintió que el frío de su cuerpo lo iba envolviendo, se le metía en los poros, lo traspasaba. Se dejó caer en el abismo de esos ojos. Sintió los colmillos, la lengua, los labios que se apoderaban de su cuello, de su sangre”.
A lo largo de este libro habitado por personajes leales a su oscura naturaleza, resalta el uso preciso del lenguaje poético y la crítica a un país, en ese entonces, profundamente católico, homófobo y machista. Rábago deshegemoniza la figura del vampiro a través de narrativas subversivas y propositivas que configuran, adaptan, actualizan y vuelven mucho más cercana y auténtica a esta figura mítica.
La importancia y relevancia de mexicanizar a este arquetipo en esencia europeo es reflejar el sincretismo y la cultura popular, en especial al rescatar las leyendas, base de la cultura oral que mantiene viva la memoria y la identidad de las comunidades.
Actualmente, el esfuerzo por retomar la obra de Palafox trasciende nuestro país: La voz de la sangre fue traducido al inglés por M. Elizabeth Ginway y Enrique Muñoz-Mantas en la Universidad de Tampa, Florida, y se publicó en el sello editorial de la propia universidad en octubre de 2025 bajo el título de The Voice of Blood. Enrique Muñoz-Mantas, además, lleva varios años estudiando la obra de Palafox: su ensayo Vampiros en “La voz de la sangre” de Gabriela Rábago Palafox: Mexicanidad e intertextualidad”3 sentó las bases para esta primera traducción.
En México, tenemos la gran fortuna de poder leer de nuevo estos cuentos gracias a Corda Ediciones, que reeditó por primera vez La voz de la sangre a principios de este año, edición que cuenta, además, con una detallada introducción cuyos autores son los ya citados M. Elizabeth Ginway y Enrique Muñoz-Mantas.
Sirva esta muestra de la magnífica y oscura obra de Rábago para seguir imaginando vampiros latinos, seres de la noche fieles a su naturaleza, misma que puede resultar terrible pero que no está tan alejada de la del propio ser humano.

Portada de “La voz de la sangre”, Gabriela Rábago Palafox. Corda Ediciones, 2026. Disponible aquí.
- https://library.biblicalarchaeology.org/article/lilith/
- “El vampiro”, de Alejandro Cuevas, fue publicado en 1909 en el suplemento El Diario, y posteriormente en su libro Cuentos macabros (1911).
- https://digitalcommons.usf.edu/alambique/vol9/iss1/5




