La paleontología en la historia de México
En 2020, durante las obras de construcción del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) en Santa Lucía, Estado de México, un hallazgo capturó la atención de científicos y medios de comunicación: casi medio millar de restos de mamuts (Mammuthus columbi) y otra megafauna de la época pleistocénica. Este descubrimiento fue un importante aporte al conocimiento paleontológico y geológico de la Cuenca de México. En todo caso, la paleontología, ciencia que estudia la vida pasada en la Tierra a través de restos fósiles, ha estado presente en el conjunto de ciencias en México desde el siglo XIX y sus antecedentes son tan vastos como peculiares.
Muchas obras historiográficas de tradición indígena y de tradición novohispana, han documentado que, en épocas prehispánicas, los pueblos mesoamericanos tuvieron contacto con fósiles. Los mexicas asociaban los restos de animales prehistóricos con los quinametzin, gigantes que habitaron la Tierra en eras pasadas, según relatos mitológicos. Estos grandes seres no solo tenían características divinas, sino que algunos pueblos los asociaban a la construcción de grandes obras monumentales y antiguas, como la pirámide de Cholula. En la Historia de los Mexicanos por sus Pinturas, anónima pero probablemente compuesta por un padre franciscano, se describe cómo estos restos inspiraron relatos sobre criaturas colosales.
En siglos posteriores, cronistas y viajeros europeos registraron “huesos muy grandes” y conchas marinas tierra adentro a gran altitud. Tal fue el caso de Miguel del Barco (1757), quien fue pionero en formular explicaciones geológicas como las regresiones marinas y levantamiento de la superficie del continente.
Durante el siglo XVIII pensadores y escritores realizaban descripciones de los fósiles en función de un universo conceptual aún determinado por el pensamiento cristiano y la mitología bíblica. Por ejemplo, el gran escritor e historiador Francisco Javier Clavijero, en su Historia Antigua de México (1780), describió huesos petrificados interpretándolos como evidencia del Diluvio Universal, a la usanza de la época.
En estas épocas, aún no existía propiamente la disciplina científica de la paleontología. Si bien, los filósofos naturales —al igual que los mexicanos mencionados previamente— buscaban darles una explicación a los restos fósiles esparcidos por el mundo, aún no se establecía un consenso científico sobre las causas e importancia de estos restos materiales. Los estudios sobre la Tierra, las rocas y el suelo, habían sido estimuladas por la minería en diversas partes del mundo y fueron consecuencia de las revoluciones industriales y del desarrollo de la explotación de los recursos minerales en el siglo XVIII y XIX. Derivado de estos estudios geológicos, la pregunta sobre la edad de la Tierra aún era un tema de conversación científica; aún era respondida según los sistemas de pensamiento de distintas culturas. Por ejemplo, en el contexto judeocristiano occidental, esa pregunta se respondía con base en los relatos bíblicos. En ese sentido, se creía que la Tierra tenía la misma edad que la especie humana, es decir, entre dos mil y cinco mil años de antigüedad.
No fue hasta propuestas como las de la época del Conde de Buffon, quien promovió las ideas del transformismo (idea de que los organismos pueden cambiar con el tiempo bajo la influencia del clima, la alimentación y el ambiente), que se comenzó a pensar en que gran parte de la historia de la Tierra era prehumana, pues para él había épocas previas a las del ser humano, algo completamente novedoso para la época. Partiendo de la idea de que la Tierra se iba enfriando como el acero, llegó a calcular que esta podría tener hasta diez millones de años. Fue entonces que, a pesar de ser devotos cristianos, científicos y filósofos comenzaron a considerar que la narrativa del Génesis bíblico era más bien una metáfora y no una evidencia científica del origen de las cosas. Posteriormente, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, el polímata francés Georges Cuvier promovió una visión contraria al transformismo. Para él, las especies eran inmutables y lo que explicaba la presencia de fósiles distintos en los estratos geológicos no era la transformación de unas especies en otras, sino la sucesión de catástrofes naturales que habrían borrado a ciertos organismos para dar lugar a la aparición de otros, que también eran creados por Dios. Sin embargo, aunque negaba el cambio progresivo de las especies, Cuvier también introdujo un punto decisivo: reconoció la existencia de un “tiempo profundo”, registrado en la geología, y le dio un nuevo sentido al estudio de los fósiles como evidencia científica de ambientes desaparecidos. Además, es importante reconocer que muchos de los fósiles que Cuvier estudió provenían de América del Norte y habían sido comprados a pueblos originarios, de quienes aprendió sobre sus mitos y leyendas en torno a los fósiles.
Sin embargo, geólogos como Charles Lyell se opusieron a la mirada de Cuvier y a las ideas del uniformitarismo de James Hutton, sosteniendo que los procesos geológicos que habían modelado la Tierra eran los mismos que podían observarse racionalmente en el presente —la erosión, la sedimentación, las erupciones volcánicas—, solo que actuando de manera constante y lenta a lo largo del tiempo. El joven Charles Darwin fue influenciado por esta teoría.
Ya bien entrado el siglo XIX, la recolección y descripción de fósiles se popularizó bastante. Las prácticas de colección y descripción de huesos fósiles encabezadas por Mary Anning y William Buckland en Inglaterra demostraron la diversidad de animales extintos.
En el México del siglo XIX, ese tipo de estudios se consolidaron de la mano del desarrollo de sociedades científicas, que también tenían una íntima relación con la industria y el conocimiento del territorio y sus recursos naturales por parte del Estado. Por ejemplo, en 1888 se fundó la Comisión Geológica y se nombra director al Ing. Antonio del Castillo, quien organiza las primeras colecciones paleontológicas permanentes del país, incorporando, entre otros, registros del afamado paleontólogo Richard Owen, descripciones de invertebrados realizadas por Mariano Bárcena y listados de mamíferos fósiles del propio del Castillo. Posteriormente, ingenieros interesados en el estudio de los fósiles como José Guadalupe Aguilera, quien dirigió el Instituto de Geología, comenzó a dar cursos formalmente de paleontología en distintas instituciones educativas.
Ya hacia el siglo XX, la industria del petróleo y de la minería también significó un estimulante para la paleontología y la geología aplicada, por ejemplo, con el surgimiento de campos dedicados a la micropaleontología. El desarrollo de instituciones del Estado posrevolucionario, como la formación de Pemex y el desarrollo de centros educativos como la UNAM, el IPN y el INAH, contribuyeron a la formación de nuevas generaciones especialistas en paleontología y expandieron las líneas de investigación hacia los invertebrados, plantas fósiles, palinología (enfocada en polen y esporas) y un largo etcétera. Por ejemplo, el científico mexicano-alemán Federico K. G. Mülleried investigó fósiles de invertebrados marinos, particularmente trilobites, braquiópodos, ammonites y corales, contribuyendo a establecer cronologías estratigráficas en distintas zonas de México. En las décadas de 1940 y 1950, uno de los hallazgos más importantes fue el de Mammuthus columbi en el Valle de México, estudiado por Helmut de Terra y Arturo González en la década de 1950, que ayudó a reconstruir los ecosistemas del pleistoceno y permitió observar evidencias de la convivencia entre el homo sapiens y el mamut. En esas décadas y en posteriores, expediciones en el desierto de Sonora y la región de Puebla revelaron restos de dinosaurios, como el Hadrosaurus, evidenciando que lo que hoy es la República Mexicana también tuvo una diversa fauna mesozoica.
En 1986 se creó la Sociedad Mexicana de Paleontología y al mismo tiempo surgió el Consejo Nacional de Paleontología para legislar y gestionar el llamado “patrimonio fósil”, reconociéndolo como parte del patrimonio cultural y natural de México. En años más recientes, la paleontología mexicana ha participado de manera muy activa en el debate global sobre temas paleontológicos. Por ejemplo, la teoría de que el impacto de un asteroide cerca de la Península de Yucatán (que formó el cráter de Chicxulub) fue una causa de la extinción masiva a finales del Cretácico.
En todo caso, México ha sido un espacio importante para el desarrollo de las ciencias de la Tierra, incluyendo la paleontología. Sin embargo, por razones obviamente geológicas, nuestro territorio no les ha ofrecido a los museos de ciencias una asombrosa cantidad de huesos fosilizados, como ha sido el caso de Estados Unidos, China y Canadá, causando una especie de invisibilidad en este campo científico. Los huesos fosilizados de dinosaurios y otra megafauna cumplen una función casi espectacular en la cultura científica que se despliega en museos de historia natural. Este fenómeno, estimulado por representaciones monstruosas de estas especies extintas, eclipsa la importancia de otro tipo de fósiles y estudios que buscan reconstruir cómo fue la vida en tiempos verdaderamente ancestrales. Este es un tema de “cultura científica”, en tanto que responde a las representaciones, prácticas e ideas compartidas por una sociedad en torno a la ciencia, y la manera en la que esta la percibe, la valoriza y se la apropia.




