SESENTA AÑOS CON ONDA (LA TUMBA, GAZAPO, PASTO VERDE)
¿Te acuerdas cuando tú y yo éramos la onda?
Parménides García Saldaña
Me cuenta mi madre que, en el Multifamiliar Miguel Alemán, a finales de los años sesenta, una vecina muy viejita paseaba a su perrita Suzy por los pasillos del cuarto piso. Cuando se alejaba hacia la zona de las escaleras, donde se sentaban las nuevas generaciones “a tronárselas” mirando el horizonte capitalino, la anciana le gritaba a la perrita:
—¡Vámonos Suzy, no te vayan a meter en la Onda!
Ni la vecina ni mis padres, que estaban entrando en la adolescencia por esos años, conocían los nombres de José Agustín, Gustavo Sáinz o Parménides García Saldaña, pero los intuían o los repetían en un eco de leyendas que buscaban advertir poéticas insurrectas entre la Colonia del Valle y la Narvarte. La Onda, aunque para Christopher Domínguez Michael, fuera un movimiento “más comercial que literario” (50), y aunque René Avilés Fabila afirmara que Margo Glantz había “hecho algo muy tonto” al definirlos bajo esta denominación en su canónico ensayo de 1971, fue el perfecto estereotipo de una narrativa que inventó en México a un personaje picaresco que ciertos modernistas ya habían delineado vagamente a finales del siglo XIX, pero que no se terminó de definir sino hasta mediados de los años sesenta del siglo XX: El joven.
Antes de que existiera el joven, indica Valentina Tolentino en el prólogo de Pasto verde, se pasaba “de la niñez a la adultez, casi en automático […] el camino a seguir era estudiar una carrera, casarse, tener hijos y ser la digna cabeza de familia. De vez en cuando salir a una cantina para escuchar a Agustín Lara o a Julio Jaramillo, es decir, pasar de ser niños a ser casi todos unos dones” (9-11).
Cuando terminé la carrera ese era mi mayor miedo, convertirme en un señor con la barriga apresada por una camisa a cuadros sudada en los sobacos, alguien que utiliza frases robóticas como “Fíjate que mi alma mater es la UNAM” o “ahí en tu casa celebramos parrandas cada sábado”; iba que volaba para convertirme en ese prototipo de hombre cansino y reprimido, por lo que decidí mandar mi vida al garate e irme lo más lejos posible. En el 2016 me fui a vivir a Madrid a un edificio en el barrio de La Latina donde, según me contó la escritora Carmen Peire, también se había hospedado por una breve temporada el escritor René Avilés Fabila. En el patio cuadrangular que compartíamos había una escultura blanca decapitada que me recordaba a las portadas de Tantadel y De perfil en las ediciones de la SEP que yo leí. Me gustaba imaginar que esa escultura era el mismo René Avilés Fabila, por lo que no tardé en apodarla, como un náufrago Tom Hanks a su pelota de voleibol, René decapitado. Cuántas tardes de invierno pasé hablando con René decapitado mientras sentía, pese a encontrarme a más de 11 mil kilómetros de casa, sin amigos y sin mis coloquialismos habituales, que ese edificio antiquísimo se podría convertir en mi hogar porque por ahí había pasado La Onda.
Ahora intuyo que, dejando de lado la monumental obra de José Agustín, pocos recordarían la existencia de La Onda si no hubiera sido por el canónico ensayo de Margo Glantz que tanto irritó a René Avilés Fabila. Cuando vuelva a México, le dije a mi padre, lo buscaré para preguntarle por su escultura parlante. ¿No te enteraste?, me respondió, Avilés Fabila se murió la semana pasada. Después, hasta hicieron un boleto conmemorativo de la Lotería Nacional para homenajearlo, pero de cualquier modo sentí que su muerte pasó ligeramente desapercibida en la esfera literaria. ¿Acaso si hubiera aceptado su adhesión al grupo de La Onda en el ensayo de Margo Glantz hubiera sido mejor identificada la pérdida de un autor tan importante para las letras mexicanas?
A mi parecer, el ensayo de Glantz fue valiosísimo en su momento y quizá el único error que comete es cimentar el significado de un movimiento juvenil en los trabalenguas pretenciosos y prematuramente añejos de Octavio Paz. “El adolescente no puede olvidarse de sí mismo, pues apenas lo consigue deja de serlo”, indica Paz con una de sus características trampas lingüísticas que parecen decir mucho sin decir absolutamente nada. Que el México intelectual fuera aleccionado en temas de erotismo y juventud con los pomposos retruécanos de Paz explica en muchos grados la represión sexual de la intelectualidad mexicana y por qué aún no se ha escrito en México una novela erótica verdaderamente interesante o perdurable (con el perdón de García Ponce y sus epígonos).
Hace mejor Glantz en cimentar los rastros de dicha poética juvenil en los argumentos del escritor polaco Witold Gombrowicz, tal vez quien mejor entendió las bases epistemológicas del berrinche infantil que a todos nos habita. Los escritores de La Onda leyeron a Gombrowicz, aunque no se dieron cuenta, porque lo leyeron a través de la Rayuela cortazariana (1962) que tanto los inspiró. En el capítulo 145 de Rayuela, leemos una morelliana que cita directamente el Ferdydurke (1937), obra maestra del Gombrowicz:
Si alguien me dijera que esta parcial concepción mía no es, en verdad, ninguna concepción, sino una mofa, chanza, fisga y engaño, y que yo, en vez de sujetarme a las severas reglas y cánones del Arte, estoy intentando burlarlas por medio de irresponsabilidades, chungas, zumbas y muecas, contestaría que sí, que es cierto, que justamente tales son mis propósitos. Y por Dios —no vacilo en confesarlo— yo deseo esquivarme tanto de su Arte, señores, como de ustedes mismos, ¡pues no puedo soportarlos junto con aquel Arte, con sus concepciones, su actitud artística y todo su medio artístico!” (726).
Es cierto que, antes de La Onda, el espectro de la juventud ya había sido retratado con maestría en México en Cantar de ciegos (1964) de Carlos Fuentes y en América Latina en la obra de Cortázar, Guillermo Cabrera Infante y, especialmente, en La ciudad y los perros (1963) de Vargas Llosa. Y mucho antes, en la narrativa estadounidense, había aparecido En el camino (1957) de Kerouac, El guardián entre el centeno (1951) de Salinger, A este lado del paraíso (1920) de Fitzgerald. En Francia hubo un parteaguas con Viaje al fin de la noche (1932) de Céline, así como, a principios de siglo, con la novela que ya contiene la clave de todas las anteriores, El gran Maulnes (1913) de Alain Fournier. Esta conjugó el espíritu del romanticismo de finales del siglo XVIII con el canto insurrecto de las vanguardias de principios del siglo XX, donde todo anhelo futurístico se ahogaría en la asfixia de las trincheras de la Gran Guerra, en las que Fournier expiró su último aliento.
Es verdad que, temáticamente, La Onda no inventó nada, salvo al personaje protagónico de todas sus novelas: el lenguaje mexicano de una juventud rocanrolera hastiada de la solemnidad eufemística de los autores posrevolucionarios. También, pese a tratarse de un grupo de autores masculinos, por primera vez encontramos en la narrativa de La Onda el habla clasemediera de los personajes urbanos femeninos: la Bikina de Gazapo (“Llévame a Sanborns… ¿No, viejito? Me siento desquiciante, glamorosa y muy nice.”), Requelle de “Cuál es la onda?”, (“Atrás satanás o llueve mole”), la prima Laura (“Quién te viera, Gabrielongo. Pero me voy, como andas incestuosón, a la mejor aquí quedo. Chao”) y Elsa Galván de La tumba (“A lo hecho, pecho, bajemos por un hectolitro de aqua o por unos cuantos bloodymaries, no aguanto esta cochina cruda”) o Queta Johnson en De perfil (“entonces nos bemoles, digamos a las cuatro, pero exijo puntualidad neozelandesa”). En la narrativa de la Onda ninguna mujer se expresa como era usual en los personajes femeninos idealizados por los novelistas mexicanos respetables. Los personajes femeninos de la Onda insultan en todos los idiomas, son universitarias que hablan abiertamente de moteles, sexo, abortos, métodos anticonceptivos, la fragilidad masculina y la necedad moral que tienen sus cuadrados progenitores de orquestarle la vida a una generación que no comprenden.
No por nada la viejita del Multi no quería que su perrita Suzy se juntara con esos chavos. Esos chavos, pienso ahora, bien podían ser mis padres y sus amigos. Sin nombres griegos como Menelao o Epicuro, el espíritu de La Onda es el espíritu de mis padres, quizá por eso al releer sus aventuras me invade un nostálgico orgullo mezclado con cierta melancólica vergüenza.
“Toda generación”, apunta Walter Benjamin en su Libro de los Pasajes, “ve las modas de la generación que acaba de pasar como el más potente antiafrodisiaco que se pueda concebir” (106). En este caso, interpreto “la generación que acaba de pasar”no como la inmediatamente anterior a la mía, sino como las modas y gustos de la generación a la que pertenecían mis padres. Creo que es por eso que La Onda, cuando la leí en mi adolescencia, me resultaba supinamente dominguera con sus jueguitos de palabras, tipográficamente verborreica (a todas sus novelas, pensaba, les sobran la mitad de las páginas); melodiosamente viejuna y demasiado comercial; era también celosísima y misógina, dialogaba con una intertextualidad cursi, y siempre hacía apología de una moral que a mi generación le quedaba como ropa de abuelito.
Si alguien me conminara hoy día, pistola en mano, a releer los poemas de Pasto verde de Parménides García Saldaña, probablemente preferiría caer abatido por las balas que sumergirme en aquel mar de estulticia (Pitol dixit).
Cabe contrastar que mi generación reverenció su propia Onda cuando el fantasma del infrarrealismo recorrió los anaqueles de novedades de todas las librerías del mundo con el éxito de Los detectives salvajes (1998). La obra de Roberto Bolaño, quien se cuidó de nunca pronunciar en voz alta el nombre de la Onda o de sus representantes, tiene una inmensa deuda y es naturalmente una continuación del lúdico duelo irreverente que en los sesenta plantearon José Agustín y compañía. “La Onda”, apunta ese escritor permanentemente enfurruñado que es Carlos Velázquez, “tuvo su última encarnación en Roberto Bolaño. Casi nadie señala que Bolaño le robó a los libros de José Agustín el espíritu para crear su propia obra”.
Si robó el espíritu, dialogó con él o lo perfeccionó —pensemos que toda obra maestra siempre es la canibalización quijotesca de una larga tradición de obras menores— eso lo dirá el tiempo. Pero Velázquez va aún más lejos al vislumbrar un plagio descarado:
Qué otra cosa es Los detectives salvajes sino una versión fresa de Se está haciendo tarde [de José Agustín]. Ambas tramas están originadas en el viaje: el motor de On the Road de Jack Kerouac. La diferencia es que la novela de José Agustín posee una originalidad salida de la mente de su autor mientras que Los detectives salvajes es una copia mal hecha, por qué, porque Bolaño le extirpa a Agustín hasta a sus antagonistas. Es en los libros de Agustín donde se cuenta el odio de Parménides García Saldaña hacia Paz. Bolaño se basó en José Agustín y en Kerouac, pero nunca lo mencionó. En México Bolaño no tenía nada contra qué rebelarse.
Si es tan flagrante el plagio, ¿por qué la narrativa de La Onda está sepultada en el más penoso olvido mientras que la de Bolaño no deja de reeditarse y engrosar lecturas eruditas en la esfera internacional? Quizá la narrativa de la Onda ha sufrido el mismo destino de esos gigantescos grupos musicales que, por algún motivo místico que escapa a mi entendimiento, no consiguen popularizarse fuera de su tierra. Así, la música de Maná suena ahora mismo en una peluquería desolada de Albacete, pero las canciones de Caifanes, coreadas entre lágrimas en el último Vive Latino, pocos las reconocen fuera de sus fronteras. Extremoduro es uno de los grupos de rock más venerados e idolatrados en tierras españolas, pero más allá de la Península Ibérica nadie tiene idea de quiénes son, mientras que en México se abarrotan los conciertos de Hombres G. El Indio Solari es una mítica leyenda argentina cuyo nombre jamás ha oído el adolescente mexicano que pasa sus ratos libres rasgueando los cuatro acordes de “De música ligera”.
Célebres escritores como Villoro, Serna, Enrigue, Herbert, Velázquez, Melchor y Navarro defienden a capa y espada y promocionan cada que tienen oportunidad la literatura de José Agustín y la importancia de La Onda, pero ni La tumba ni De perfil ni Se está haciendo tarde (final de la laguna) ha impactado a los lectores internacionales de manera constante. ¿Será culpa de sus títulos poco bestsellerosos? En su impresionante Diccionario de autores Latinoamericanos, en el que aparecen autores mexicanos extraños, como Eraclio Zepeda o José Carlos Becerra, César Aira ignora a conciencia toda la literatura de La Onda.
Si bien cabe señalar que Roberto Bolaño sí leyó, como cualquiera de su generación en México, a los novelistas de La Onda, en las escasas menciones en las que aludió a sus miembros parecía considerarlos de un bando muy diferente al suyo. Así, el simulacro de Carlos Monsiváis que habla en Los detectives salvajes equipara a los real visceralistas con los escritores de La Onda desfavoreciendo a los primeros: “En algún momento de debilidad (mental, supongo), me recordaron a José Agustín, a Gustavo Sainz, pero sin el talento de nuestros dos excepcionales novelistas, en realidad sin nada de nada, ni dinero para pagar los cafés que nos tomamos (los tuve que pagar yo), ni argumentos de peso, ni originalidad en sus planteamientos” (164). Aquello de la originalidad también lo suscribiría Carlos Velázquez.
Parece que hay quienes no vislumbran que una de las claves de la cohesión polifónica de Los detectives salvajes y su relevancia como artefacto paródico —lección aprendida de El Quijote—, es el recurso de la autoironía con el que Bolaño satiriza su caleidoscopio de voces, así como el rechazo al neologismo, al extranjerismo gratuito, a la mercadotecnia evanescente (no menciona marcas e inventa hasta su propio mezcal), a la intertextualidad cursi (nunca habrá en Bolaño una cita musical de moda), y siempre basará sus modelos en estructuras implícitas deudoras del enciclopedismo hibridando retratos reales e imaginarios. Sin embargo, es posible que Bolaño aprendiera muchísimo de los probables deslices impulsivos de los autores de La Onda, así como aprendió tiernamente de los errores de su propia generación y de la verborreica inmediatez de su cómplice, Mario Santiago.
En cierto sentido, Mario Santiago es un eco biográfico de Parménides García Saldaña, ambos encarnaron a la perfección aquel verso de Gil de Biedma: “Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”. Christopher Domínguez Michael es sumamente duro, así como lo fue Gabriel Zaid con Mario Santiago (2013), frente a una existencia literaria como la de Parménides García Saldaña:
La onda llegó más lejos en la figura de su freak inmolado por excelencia, Parménides García Saldaña (1944-1982), escritor mediocre que, a la manera de sus abuelos decimonónicos, hizo de la inmersión tóxica una coartada estética, esta vez en el marco de una cultura jipiteca que él trató de estimular y que, si nos atenemos a sus últimos textos, supera en gemebundez y cursilería a los más rosados exponentes del otro modernismo (50).
Creo que es injusto Domínguez Michael —si tenemos en cuenta cuánto alabó a otro joven autor malogrado como Jordi García Bergua— con la necesidad de que estas figuras literarias que viven “sin timón y en el delirio” existan en los cenáculos literarios; a veces a la sombra, a veces codo a codo, con los grandes escritores de su tiempo —los que volvieron de la tormenta para relatarla—, o como ángeles caídos de una generación donde sólo dejaron huella literaria los supervivientes. Si bien en México ninguno de estos escritores mal(d)itos ha ostentado el prodigioso genio de Rimbaud o Lautréamont —poetas adolescentes que ardieron en las llamas de la alquimia verbal—, sí los emulan en integridad, honestidad e inconformismo al encarar una pesquisa salvaje en las profundidades insondables de su furia poética.
Recordemos también que García Saldaña en su libro En la ruta de la Onda (1972), volvió de la tormenta y reflexionó lúcidamente, alcanzando verdaderas iluminaciones, sobre la doble moral de su generación. El santo Kerouac que tanto idolatraron, indica García Saldaña: “acabó declarando que, por negros, los blacks tienden al comunismo […] Como la mayoría de los onderos, Jack Kerouac siempre pensó que los negros eran inferiores a los blancos y, como la mayoría de los onderos de los cincuenta, acabó formando parte de la mayoría silenciosa” (33). También a su ídolo Mick Jagger, del que hizo grandes traducciones que catalizan las tramas de El rey criollo y Pasto verde, acabó renegando:
¿No sabrá Mickey que los Hells Angels [guardaespaldas de The Rolling Stones] son financiados por organizaciones bellamente fascistas, como la John Birch Society? Tampoco estará enterado Micky The Jigger que antes del ‘gran cambio’ los Hells Angels eran contratados […] para romper huelgas y golpear a los primeros en manifestar su repudio a la Guerra de Vietnam? (23)
Lamentablemente, el exceso, además de llevarnos a la sabiduría, también nos orilla a la sempiterna gloria del silencio. La noticia del fallecimiento de Parménides García Saldaña, como buen terremoto, sacudió los medios mexicanos un 19 de septiembre, pero de 1982. Acierta Velázquez al identificar que su enemigo literario fue, como el de los infrarrealistas, el escritor Octavio Paz. Se dice que Parménides intentó golpearlo por no incluir sus poemas en una antología de la revista Plural y Paz, como el presidente Peña Nieto, se tuvo que encerrar en un baño hasta que controlaron la amenaza.
Los escritores de La Onda fueron revueltistas por ideales y arreoleanos quizá por conveniencia. “Arreola”, apunta José Agustín en Los monstruos sagrados del cuento mexicano, “es de vital importancia […] representa en nuestra literatura la prosa manejada como poesía pero sin utilizar elementos poéticos (y conste que Arreola es mucho mejor poeta que Torres Bodet, Octavio Paz y muchos otros burócratas de la poesía)” (34). Sobre Rulfo, pese a que reconocían sus méritos como cuentista —“prefiero mil veces sus cuentos a Pedro Páramo” (35), apuntaba José Agustín—, buscaron en sus inicios criticarlo en busca de exaltar su propia poética. Según Poniatowska, Juan Rulfo los odiaba: “¡Qué buena onda ni qué nada! –apretaba Rulfo los labios sobre su cigarro. […] Hasta que dejen de pasar los búfalos voy a volver a escribir, declaró en el Centro Mexicano de Escritores”.
José Agustín arremetía simpáticamente contra el autor de Pedro Páramo en uno que otro relato: “Aj, de lugarcomala a coloquial hay un abismo y yo permanezco en la orilla”. El tequila barato que Rafael compra en Se está haciendo tarde para emborrachar a las gringas en Acapulco se llama “Tequila Ruco Rulfo, Sayula, Jalisco” (46). De manera más reverencial, pero con igual distorsión, Parménides García Saldaña evoca al personaje de Juan Sadito en Pasto verde como “Miguel Páramo. Revisitado aquí en Nacolandia” (40-41). Estas reverenciales burlas a Rulfo, aunque fueran ingenuas y simplistas, tal vez eran necesarias para una generación que, antes de inventar algo nuevo, buscaba matar a un padre metafórico.
El tema de la todopoderosa figura paterna, motivo fundamental en la obra de Rulfo, también tiene un significado crucial en las novelas sesenteras de La Onda, pero el padre en novelas como La tumba o Gazapo aparece como un ente fantasmagórico al cual los jóvenes le cuestionan su hipocresía y le roban dinero para pagarse, parasitariamente, sus aventuras noctámbulas. Las novelas de La Onda también fueron las primeras que retrataron las consecuencias del divorcio, tanto en Gazapo como en La tumba aparecen familias partidas de la clase media, casas divididas, y el teléfono, la música, las tornamesas y el Sanborns de Lafragua 24 horas como refugios de una juventud abandonada. Cuentan que a la casa de la calle Tajín y Eje 5 donde vivía Parménides García Saldaña sus padres le soldaron una reja enorme para que no se pudiera saltar a robarles.
Lo que nos orilla a una cuestión de suma importancia para las letras mexicanas: ¿La Onda sigue vigente? ¿Fue un grupo de jóvenes superdotados o un mecanismo editorial para publicar poéticas precoces? Pensemos que Bolaño es sólo nueve años más joven que los autores de La Onda, pero él tuvo mayores dificultades para publicar, por lo que su primer libro de narrativa apareció hasta la década de los noventa cuando ya era cuarentón, y no a los veinte, cuando publicaron por primera vez los escritores de La Onda.
Julián Herbert se pregunta al respecto: “¿Es la precocidad una aspiración a la que hemos renunciado como civilización, ahora que la vida dura mucho y el dinero poco? Me temo que está será una de las preguntas que atormenten mi vejez rodeada de adolescentes clasemedieros de entre treinta y cuarenta años” (221). Brenda Navarro, por su parte, considera en la edición conmemorativa de La Tumba que el espíritu del “códice agustiniano”, como diría Enrique Serna, ganó en su apuesta estética porque su lenguaje hoy en día nos habita. “¿Qué puede molestar más a las estructuras políticas que la búsqueda del gozo inmediato y a la vez la fagocitación al vivirlo todo de forma simultánea?”, interroga Navarro, a lo que el mismo García Saldaña podría contestarle de manera pesimista, pues en sus textos ensayísticos, los autores de La Onda ya intuían con aguda y penetrante auto-crítica, basados en Marx, que el hipismo y sus secuelas ondísticas tropicales no eran más que revoluciones burguesas de corto alcance; ardides publicitarios de máxima efusión que posteriormente derivarían en una oscura etapa de depresión.
Los onderos eran críticos con los “fétidos humores” de las clases medias a las que pertenecían, y por eso conocían bien su doble cara, su fariseísmo revolucionario, su incapacidad de comprometerse hasta el final con ninguna causa. García Saldaña, mientras dialogaba y traducía las letras de The Rolling Stones, abominaba a Mick Jagger y su gatopardismo rocanrolero, cuya revolución estaba comprometida económicamente con el mercado. De todos los ídolos musicales de su juventud, sólo salvaba el compromiso estético e inclasificable de Dylan: “…el único gurú que rechazó ser gurú, fue el único que no quiso aceptar el papel de héroe en la farsa (66).
Lo cierto es que, en la actualidad, la palabra onda ya no tiene onda ni ahonda (perdonen el calambur) en ningún significado subversivo. El estado de Flow y el YOLO (mero actualización del Carpe Diem de Horacio), que ya me suenan a antiguallas, sustituyeron a esas actitudes entusiastas de la juventud del siglo XXI.
¿Pero qué es el Flow sino un mero conformismo? El Flow también hace referencia simbólica al fenómeno acuático que la onda ya poseía, es un movimiento incesante, ya sea siguiendo la corriente o buscando la ondulación de sus círculos concéntricos, cuyo ritmo hay que acompasar al paso del tiempo para tener la sensación de pertenencia al presente y que se establezca un canal de diálogo con nuestra propia era. Queremos demostrar que escuchamos las claves externas del mundo cambiante sin perder la sensación de que el mundo escucha a su vez los cambios constantes de nuestro mundo interior.
Es una cuestión de impacto social, pero si bien La Onda pretendía rebelarse y expandir las puertas de la percepción, el Flow busca seguir al pie de la letra las normas que se mueven rastreando secretos intrínsecos para acomodarse con el mejor postor, dejarse llevar, encontrar el supuesto tren de pensamiento, el clic de Foster Wallace, muy diferente al clic de José Agustín, que nos exponga creativos y falsamente liberados.
A nivel estilístico, La Onda jugaba a fracturar el lenguaje; su bilingüismo nunca los apresó en una pobreza del idioma. “José Agustín”, indica Villoro, “no es un taquígrafo del habla, es el inventor de nuestro idioma”. El Flow, en cambio, busca el tono más adecuado para que la vida se desarrolle melódicamente en un canal de significados rítmicos. La Onda heroizaba el tiempo presente como una verdad épica, sus obras demuestran, como indicaría Villoro que “en las circunstancias más comunes el hombre puede encontrar un contacto con lo sagrado”; el Flow desprecia el presente, pero lo consume con voracidad en modas por temor a que se le escape.
La perrita Suzy de la entonces octogenaria vecina de mi madre se pasearía ahora por los pasillos del Multifamiiar Miguel Alemán y no encontraría más que jóvenes idiotizados por sus teléfonos repitiendo un pobre idioma algorítmico que les ayude a ser tendencia y destacar entre la aprobación cuantificada de pulgares arriba y corazoncitos. A diferencia de Brenda Navarro, no creo que José Agustín haya ganado nada. ¿En qué se parecen los jóvenes escritores rellenadores de formatos de becas de la actualidad el aullido metalingüístico de José Agustín? José Agustín, quien pasó siete meses en la cárcel de Lecumberri, comprendió a tiempo la tremenda carga negativa que implica una literatura en complicidad con el Estado: “Ninguno de los libros de Agustín”, dice Carlos Velázquez, “contiene la leyenda de que ha sido escrito con el apoyo del Estado. Lo que seguro lo hace sentir orgulloso”.
Hoy camino por las calles tan cambiadas de las colonias Del Valle y Narvarte y siento que en ellas ya no existe el espíritu de la Onda. Sólo evoco su recuerdo en mis lecturas y en las legendarias anécdotas sesenteras de mis padres. En Vértiz recuerdo el departamento de Gerardo de la Torre, el más proletario de los onderos, donde siempre que se emborrachaba me regalaba alguno de sus invaluables libros porque, según decía, “con el tiempo que le quedaba ya nunca los iba a releer”.
En el Multifamiliar Miguel Alemán (que los que somos de ahí le decimos Multi y no CUPA, como le informa a los gentrificadores Gustavo Sáinz desde 1965), evoco el genial episodio de Gazapo en el que el militar casado con la amante de Vulbo desenvaina un sable para vengar la infidelidad de su amada Nácar y sale toda la gente del Multi a madreárselo. Después de esa perturbadora escena, a Vulbo, como a mí ahora: “Las calles se le hicieron misteriosas y el edificio del Multifamiliar le pareció de pronto oscuro” (114).
La última vez que vi a Gustavo Sainz fue en la Feria del Libro de Coahuila, recién había ganado un premio de novela en Italia y una detestable funcionaria pública no le hizo el menor caso hasta que menciono el premio y ella le insistió vulgarmente una y otra vez que revelara cuánto dinero le iban a dar. ¡Diez mil euros!, dijo por fin ante la insistencia y la sala se llenó de aplausos. Supe que después que en sus últimos años quiso donar al estado de Coahuila el acervo de más de 75 000 libros que tenía en su biblioteca y, como siempre, lo anunciaron como un gran hito en todos los periódicos y luego esos libros desaparecieron.
De esa época conservo algunas fotografías, recuerdos inventados por mis lecturas. Algunas todavía intemporales, como las mejores descripciones de José Agustín sobre el transporte mexicano:
Chofer con gorrita a cuadros, la cabeza de un niño de plástico incrustada en la palanca de velocidades, diecisiete estampitas de vírgenes con niñosjesuses y sin ellos, visite la Basílica de Guadalupe cuando venga a las olimpiadas, Protégeme santo patrono de los choferes, Cómo le tupe la Lupe; calcomanías del América América ra ra ra, chévrolet 1949”.
Otras han desparecido, pero, pese a la metamorfosis de la ciudad, hay estampas narrativas que se niegan a fugarse de mi memoria. “Es cierto que para los tiempos en los que José Agustín empezó a publicar”, apunta Álvaro Enrigue en su prólogo a esa magnífica novela de madurez que es Ciudades desiertas (1982), “Rulfo ya había descubierto la dicción vernácula del occidente del país y que Revueltas había contado la vida de los oprimidos en lengua carcelaria. Fuentes había reproducido hablas populares, pero más bien desde un punto de vista arqueológico y Josefina Vicens había permitido el ingreso de las idiosincrasias de la clase media urbana al discurso literario. […] A José Agustín le tocó capitalizar, y lo hizo mejor que nadie, las libertades ganadas por estos autores. Invirtió la fibra de su estilo en el pulso del habla y al hacerlo nos entregó un don raro y luminoso: la libertad de escribir como se nos dé la gana (14).
Esa libertad fue una herencia para las siguientes generaciones de escritores, pero también para algunos autores ya consagrados que encontraron en los hallazgos verbales de José Agustín una fórmula para emancipar sus propias poéticas. Lo refrenda Enrique Serna: “Su huella se nota en lo bueno, lo regular y lo malo de la narrativa contemporánea y hasta en escritores anteriores a él, como Carlos Fuentes, que en algunos pasajes de Cristóbal Nonato “agustinea” a tontas y locas (209). ¿Cómo sería el México contemporáneo sin los narradores de La Onda? ¿Cómo sería nuestra literatura?
En el parque hundido me encuentro a Tantadel, en cualquier Sanborns veo a Menelao seduciendo a Gisela con una grabadora en la mano, en los bares de mala muerte me atormenta un insoportable Epicuro preguntándome si ya leí a Pancho Kafka; siempre que paso por los caldos de gallina de Avenida Universidad y Parroquia me es imposible no proyectar la versión mexicanizada de Oliveira y la lectora de dedos Requelle riéndose mientras “comen unos caldos de pollo con inevitables sopes de pechuga”. La gente sigue comiéndoselos igual, pero ya nadie me los antoja con tanta gracia.
BIBLIOGRAFÍA
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Herbert, Julián, “El rock de la cárcel”, Overol. Apuntes sobre narrativa mexicana reciente,
México, Penguin Random House, 2024.
Poniatowska, Elena, “Un recuerdo de José Agustín”, en La Jornada, 21 ene. 2024. https://www.jornada.com.mx/2024/01/21/opinion/a05a1cul
Sainz, Gustavo, Gazapo, México, Joaquín Mortiz, 1965.
Serna, Enrique, “Códice agustiniano”, Las caricaturas me hacen reír, México: Terracota, 2020.
Villoro, Juan, 50 años de Perfil José Agustín, YouTube, subido por Mauricio C. Guzmán, 25
abril 2020, https://www.youtube.com/watch?v=x3xu9Yb2MDw.
Zaid, Gabriel, “No me rescates, compadre”, Letras Libres, octubre de 2013, pp. 58-61. https://letraslibres.com/wp-content/uploads/2016/05/zaid.pdf




