Bienvenidos a las fiestas de los muertos
Las fiestas de los muertos tocan desde que septiembre se convierte ya en la antesala del otoño. Caen algunas hojas, los tejocotes siembran la tierra como si fueran la promesa de que vendrá la muerte… y quizás después algo más. Y es eso, el punto exacto donde la especulación se transforma en alguna forma de esperanza el motivo por el que soñamos con el otoño, y cuando llega pensamos en nuestros muertos, en los horrores y en las maravillas de lo que se encuentra tras el velo. Soñamos, y en ocasiones tenemos pesadillas.
Hace no muchos años, en México existía una cierta preferencia por tildar el Halloween, los fantasmas, las arañas y las Jack o’Lanterns como figuras propias de una cultura capitalista que nos es completamente ajena. Como si realmente lo que ocurriera en Estados Unidos, como si sus productos culturales nunca hubieran tocado a la sociedad mexicana… hablando desde el mismo grito que antecedió a las independencias en el continente. ¿Sólo porque hablan inglés? ¿Sólo por su racismo? ¿Sólo por su segregación? Claro que por eso, y por una señal de identidad propia. Pero con esto no quiero decir que el Halloween siempre ha sido rechazado, o que no tengamos nuestras festividades de muertos para convertir este recuerdo y esta añoranza hacia lo que se ha ido y hacia lo que nunca vendrá en una manifestación de colores, poemas, historias y leyendas urbanas o rurales donde los miedos ante la muerte hacen presencia nada más comienza el otoño en el hemisferio norte.
Las flores amarillas llegan con la tradición inversa de una serie comercial argentina con producción norteamericana, y se quedan con la forma no sólo de la flor de calabaza, sino en el cempasúchil, en las tumbas, en las tiendas enmarcadas por los adornos y las ofrendas, porque ya no sólo hablamos del amor hacia quienes nos acarician y nos engañan, hacia quienes nos producen un gran sosiego y al mismo tiempo tuercen la calma. Aquí hablamos del misterio.
Y aquí hablamos de los muertos, del otoño, del pasado, y de aquello que se ha perdido entre los rincones del edificio muy formal, muy conocido en apariencia, al que hemos llamado “realidad”. Todo esto porque seguimos conmemorando, lo seguiremos haciendo, el trenzar de las flores de cempasúchil, la nube y la mano de león entre las coronas con las que señalaremos el ciclo cerrado de una vida, el círculo que ha terminado por alcanzarse, como si no hubiera otro, como si el principio fuera realmente una verdad rotunda.
No hablamos aquí de un hecho constatable por el método científico. Pareciera en cierto momento que es lo único importante. Explicarlo todo. Seguir la línea lógica entre dos puntos. Como si las curvas y la fugacidad de una serie de puntos inconexos no fueran suficientes. Y aquí me incluyo, cuánto no hay de mente racional en mi día a día, de lógica y fuentes y formas de descubrir la “verdad”. Hay quien podría contrastarlo con una fuente más allá de las verificables con Descartes y Kant: la astrología. Que yo sea Libra y que la balanza y la justicia sea uno de los arcanos del tarot que señalizan mi signo solar debe decir algo. Oh, las fuentes no fidedignas, la tradición, el ocultismo. ¿No de eso se tratan estas fechas?
Señales en el cielo, fuego que brota de la tierra, un pantano vaporoso, una niebla con la forma de una mano, y en la tumba un revenant que pronto, depende la tradición del lar, podría convertirse al vampirismo. Oh, Voyvoda Empalador, protégenos con tu manto, impregna el aire con tu aroma a tumba, y danos de beber, pues la sangre es vida. Lo he dicho varias veces, pero aquí lo que importará será el misterio. Y otra cosa, una gran abundancia de ella: de la imaginación, la loca del castillo, que nos lleva a los rumbos del género de horror y de terror nacido en las tierras europeas, sí, pero también hacia las catacumbas de la Colonia, Nueva España, Nueva Galicia y las otras tierras “descubiertas” por Colombus. Aquí en octubre, mirando ya hacia noviembre y hacia el cierre del año, nos ponemos a pensar en los muertos, pero también en nosotros ocurre una transformación hacia un mood donde los monstruos nacionales se retuercen y beben un poco de pulque y vino con los hijos de otros lares. Que el hogar se encienda, pues aquí todos los monstruos y todo el misterio es bienvenido.
Hay acaso una tradición propia de la literatura de la muerte y los secretos. Nació, por supuesto, en Europa, cuando el racionalismo dio paso a los románticos, cuando se creyó que la Diosa Ciencia podía responder todo lo que había en el universo bajo la santa lógica. Y poco después hubo quienes se opusieron a contarlo todo como si educaran, como si se convirtieran en maestros que señalaran al lector cómo vivir de una manera adecuada y justa, incluso verdadera.
Primero los castillos, luego las grandes mansiones inglesas, los reformatorios, las escuelas lejanas ocultas tras las montañas germanas, y entonces los trenes, los carruajes, las mansiones, los lugares cálidos, las postas, los edificios de departamentos, las ciudades nuevas en América, los bosques occidentales, las junglas repletas de jaguares, las ciudades frías del sur, las urbes coloniales y el desierto levantándose como la periferia de una megalópolis. Entonces el terror y el horror dejaron de ser europeos y “occidentales” para convertirse en otra cosa, para ser parte del folclore de otros pueblos, para ser leídas estas historias en español, en portugués y en lenguas originarias, esclavizadas por las grandes reformas educadoras.
El género literario del misterio, de lo sobrenatural y del miedo, comenzó a escribirse en nuestra lengua, bajo nuestro espacio, bajo nuestros propios muertos. Y que sea ahora el Estado el gran vampiro Nosferatu. Y que sean ahora los hombres quienes acechen a las mujeres como si fueran momias o zombis hambrientos de sus cuerpos. Y que sea ahora este desierto y esta ciudad y este bosque y esta jungla y esta playa las que relaten las historias donde la muerte tiene cabida, pero también lo que ocurre después de ella. Porque aquí tenemos también muerte y muertos. Porque aquí también tenemos especulación sobre lo que ocurre tras la muerte y si hay allí algo más terrible, o tal vez el infierno sea ya esto.
Y para muestra, recordar a nuestros muertos bajo la pluma de estos escritores. Lector/a/e, aquí una selección muy parca, pero justo por ella muy esperanzadora, de lo que ocurre cuando las historias y el pensamiento sobre una literatura que abunda el misterio, que juega con el alma y convierte a monstruos reales en seres sobrenaturales para que se juzgue, se lea y se disfrute lo que hay en las plumas de escritoras y escritores de estas tierras mexicanas y latinas. Porque éste, no mentiremos, es un especial de Halloween, y también un especial sobre las fiestas de los muertos que aquí celebramos con agridulce alegría. Porque en Tierra Adentro leemos a quienes escriben terror, a quienes juegan con lo gótico, a quienes leen a las plumas norteamericanas, africanas, asiáticas o latinas (o de otras latitudes), mientras piensan en la muerte y en el horror, sea natural o sobrenatural. Porque cada año es más importante hacerlo, mirar a la oscuridad y descubrir, una vez más, de lo que estamos hechos.
Sirva entonces este especial de terror y de Halloween y de Día de Muertos para celebrar y disfrutar nuestras letras, y para volver a mirar de frente cómo el año muere, cómo el mundo muere, prometiendo, quizás, que tras el velo se halle algo menos terrible, o quizás algo sorprendente aunque horroroso, pero no por ello menos sublime. Porque en el hálito de la muerte se encuentra ese misterio que alguna vez nos ha hablado a nosotros de frente. Y porque aquí hay noche y hay luz y hay un destello, el de quien se enfrenta a la tinta y a la nada para hacer brotar de la imaginación monstruos y una realidad muy, muy parecida a la nuestra, terrible y asombrosa por igual.
Sean, entonces, bienvenid/as/os/es.




