Tierra Adentro
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Los acontecimientos del último par de años me han llevado a aceptar que soy malo a la hora de suponer cosas. Con bochorno gradual, cada día contemplo en términos más graves la posibilidad de que mi pensamiento deductivo esté averiado. Poco después de que el genocidio palestino acelerara su marcha, desfachatado Netanyahu y desfachatados sus apologetas, supuse que la barbarie de las fuerzas israelíes (desde el uso del fósforo blanco al bombardeo de campamentos civiles, pasando por la reiterada ruptura del alto al fuego y la perpetración de todo el crimen que tercie) llevaría al repudio unánime de la comunidad internacional y, con ello, a una necesaria intervención humanitaria. Supuse, tan ingenuo como ya he admitido serlo, que tras varios meses sería cada vez más obvio ante el ciudadano de a pie que el ejército de los Estados Unidos está dispuesto a justificar cualquier acto de brutalidad (propio y ajeno) con tal de preservar sus intereses geopolíticos y, por extensión, económicos. Y supuse, desenmascarada ya mi ineptitud como analista, que a los latinoamericanos nos bastaría un vistazo a la situación del Levante Mediterráneo para advertir los paralelismos entre su desgracia y la nuestra. Nuestras vulnerabilidades en común.  

Como el loco que pregona con megáfono en mano a lo largo de una plaza pública, cometería un exceso al aventurarme a declarar que todas estas suposiciones fallidas pueden explicarse a partir de una omnipresente disonancia cognitiva que, acumuladas décadas de propaganda, hemos aceptado tolerar. ¿No?  

Se supone que la administración de Trump traería consigo una inédita pax americana. Así lo sugirió él mismo el 13 de febrero de 2016, cuando aprovechó el debate republicano en Carolina del Sur para decir que no replicaría los abusos que George Bush cometió en Irak, animándose incluso a denunciar que mintió sobre la existencia de armas de destrucción masiva en el país árabe; cinco días más tarde, también en Carolina del Sur, calificó la operación militar como la peor decisión que cualquier presidente haya tomado. Más de un lector recordará el cinismo con el que ciertos usuarios de X/Twitter, cuando no comentadores o intelectuales, elogiaron la primera administración trumpista por no iniciar nuevos conflictos bélicos. Tras ganar las elecciones por segunda vez y casi removiéndose una rama de olivo entre los dientes, el magnate dijo que se encargaría de terminar guerras. Luego, el 28 de julio de 2025 escribió en su cuenta de Truth Social: “¡Estoy orgulloso de ser el presidente de la PAZ!”Extraña un poco, pues, que el presidente de la paz haya dedicado las últimas semanas a atacar ilegalmente embarcaciones en el Caribe —sin mediar proceso judicial alguno— bajo la excusa de que eran tripuladas por narcotraficantes venezolanos. Y extraña un poco más que el presidente de la paz haya hecho que el mundo despertase, el pasado 3 de enero de 2026, con la noticia de que agredió unilateralmente al territorio venezolano para secuestrar a Nicolás Maduro y a su esposa, la diputada Cilia Flores, prescindiendo de la autorización previa del Congreso.  

Se supone que los liberales contemporáneos, un pasito a la izquierda o un pasito a la derecha del centro, han promovido la colaboración global a través del respeto a las instituciones y el establecimiento de lazos diplomáticos. Es suyo un vocabulario tierno y esperanzador, como la risa de los neonatos: hablan siempre de Derecho Internacional, de Democracia Representativa, de Resolución de Conflictos y de Legitimidad Política. Tomó por franca sorpresa a medio planeta Tierra el hecho de que un gobernante como Emmanuel Macron haya declarado, con la tibieza justa para inflar una masa de levadura, que, si bien solo los propios venezolanos pueden decidir su futuro, le alegraban las implicaciones inmediatas del secuestro de su presidente. Pero la sorpresa no vino únicamente por la postura de Macron, sino por la de su contraparte radical, la derechista Marine Le Pen, quien, a propósito, escribió en su cuenta de X/Twitter: “Había mil razones para condenar al régimen de Nicolás Maduro (…). Pero hay una razón fundamental para oponerse al cambio de régimen que Estados Unidos acaba de instaurar en Venezuela”. Es más: escribió que la soberanía de todos los Estados es inviolable y sagrada. Es más: escribió que renunciar hoy a este principio, por Venezuela o por cualquier otro país, equivaldría a aceptar nuestra propia servidumbre mañana.  

Se supone que las relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos deberían estar en su punto más lustroso dentro de la historia reciente. En unos cuantos meses organizaremos de manera conjunta el próximo Mundial de Futbol, el cual es, sin lugar a duda, el evento deportivo más importante que existe. No sólo los tres mandatarios de América del Norte asistieron al sorteo final de la Copa Mundial de la FIFA, amistosos y cordiales como exigían las cámaras, sino que a Trump se le entregó el novísimo Premio de la Paz, galardón que reconoce a todos aquellos cuyasacciones excepcionales y extraordinarias han ayudado a unir a personas alrededor del mundo. Del merecedor de una distinción por el estilo se esperarían todo tipo de acciones, menos el bravuconeo público hacia otros jefes de estado. Con la soberbia que le es habitual cuando una jugada le sale bien, el presidente de los Estados Unidos aprovechó la intervención en Venezuela para decir que algo habrá que hacer con México. Al presidente de Colombia mandó a decir directamente que debería cuidarse el culo.   

Se supone, como se ha esforzado en repetir el gobierno mexicano desde la agresión estadounidense a Venezuela, que entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz. Cada vez que me topo con la máxima del Benemérito (en declaraciones oficiales lo mismo que en escuetos posts en redes) resuenan con eco incómodo las palabras que Jorge Ibargüengoitia le dedicó en una columna de 1972:  

Hasta su frase célebre es defectuosa. Es mitad obvia y mitad coja. Por supuesto que la paz es el respeto al derecho ajeno, en eso todos estamos de acuerdo. En lo que nadie está de acuerdo es en cuál es el derecho ajeno.