Tierra Adentro
Fotografía del Gobierno CMDX, 2017. Dominio público.
Fotografía del Gobierno CMDX, 2017. Dominio público.

Como se sabe, la colonia Santa María la Ribera es —luego de la frustrada y vecina colonia Los Arquitectos— la más antigua de la Ciudad de México. Fue fundada y planeada por los hermanos Estanislao y Joaquín Flores a principios de la década de 1860, durante el primer periodo presidencial de Benito Juárez, a las afueras de “la ciudad”, sobre las antiguas huertas de la Hacienda de la Teja y de los ranchos Santa María y Chopo. El desarrollo inmobiliario y urbano de Santa María —como popularmente se le conoció— modificó para siempre el carácter espacial de la ciudad, cuya traza, durante más de tres siglos, se limitó básicamente a lo que hoy conocemos como Centro Histórico, que tenía como fronteras (grosso modo): al norte, la línea de Nonoalco-Tlatelolco; al oriente, la Candelaria de los Patos, teniendo como lindero la calzada de Balbuena (hoy avenida Congreso de la Unión); hacia el sur, la calle Chimalpopoca, San Antonio Abad (hoy Tlalpan) y el final del Canal de la Viga; y al poniente, la vieja ciudad encontraba sus confines en las actuales avenidas Guerrero y Paseo de Bucareli.

Fuera de este céntrico polígono, todo era ranchos, vergeles, casas de veraneo, pastizales, dehesas donde pacía el ganado, baldíos, ríos a cielo abierto, eriales terregosos; y, más allá, en las lejanas lejanías de la metrópoli: cárceles, basureros, famélicas lagunas, hospitales de dementes y sifilíticos… Pero a mediados del siglo XIX, en medio de las severas y reincidentes crisis políticas por las que atravesaba nuestro todavía naciente país, la ciudad —la centralista capital— comenzó a crecer en población a una velocidad nunca antes vista. La urbe se desbordó. De tal modo que la burguesía y la incipiente clase media prefirió trasmudar sus viviendas a las afueras y, para tal fin, eligieron el verde y limpio poniente.

Fue así como el moderno proyecto de urbanización de los hermanos Flores fructiferó. Santa María la Ribera ofrecía precios accesibles, algunos servicios básicos y una traza también vanguardista, de plan hipodámico, es decir, un diseño de calles en ángulo recto que creaba manzanas o retículas casi idénticas entre sí, formando avenidas paralelas y perpendiculares. Para acentuar esta moderna organización rectilínea o en damero, los hermanos Flores nominaron las calles que corrían de norte a sur (o viceversa) con nombres de flores (Magnolia, Rosa, Loto, Hortensia…), y las que corrían de oriente a poniente (o viceversa) con nombres de árboles (Trébol, Peral, Ébano, Eucalipto…).

El proyecto inmobiliario de Santa María la Ribera tuvo un éxito casi inmediato, aunque su mayor auge y esplendor se dio durante la época de la dictadura del general Porfirio Díaz. Empresarios, intelectuales, burócratas, pequeños comerciantes, artistas… eligieron a esa colonia para vivir y cimentar una pequeña y moderna ciudad alterna, lejos de la anticuada y sucia capital colonial, con sus propios mercados, escuelas, iglesias, plazas, bibliotecas, cantinas, teatros, cines y hasta casinos. Las fronteras del nuevo y moderno fraccionamiento fueron: al norte, la calle Heliotropo (actual Ricardo Flores Magón, prolongación del viejo camino a Nonoalco); al oriente, la calle Olivo (actual avenida Insurgentes Norte); al sur, la Ribera de San Cosme (antigua calzada de Tlacopan); y al poniente, la calle Nogal (que seguía la vera de la vieja Calzada de la Verónica, hoy Circuito Interior).

Cinco esquinas

La memoria puede ser vista o problematizada desde varias rutas o planos del pensamiento. Como revelación: el conocimiento del pasado puede desvelarnos algo que permanecía oculto; como patrimonio y acervo: es lo que poseemos (nos pueden quitar todo menos la memoria), y nuestro pasado es un cúmulo, un caudal, un rimero; como búsqueda: ir En busca del tiempo perdido, a la manera de Marcel Proust; como encuentro: pues constantemente nos permite formularnos preguntas como: ¿Quiénes somos?, ¿Quiénes son ellas, ellos?; como ficción: puesto que, como jamás recordamos todo en su conjunto, subsanamos los vacíos evocativos con imaginación; como espacio lírico: ahora a la manera de Quevedo que “vive en conversación con los difuntos y escucha con sus ojos a los muertos”.

Bajo estas pequeñas premisas, intentaré dibujar aquí una inacabada cartografía memoriosa y poética que insista en el rastreo, cual punto de partida, de la vida literaria y cultural de Santa María la Ribera, o cuando menos la del último cuarto del siglo XIX y hasta la mitad del XX. Para ello dividiré la traza de la colonia en cinco bloques, con una doble finalidad: primero, señalar y apuntar, con mayor eficacia, algunos lugares y sitios emblemáticos de su vida cultural; y, segundo, que eventualmente estas cinco parcialidades sean susceptibles de convertirse en circuitos para ser caminados, estudiados y gozados. Veamos, pues.

El primer cuadro

La colonia encuentra su epicentro, su axis mundi, en el Jardín Hidalgo, que originalmente se llamó Plaza del Mercado y que ahora es conocida como la Alameda de Santa María. El diseño de este centro denota su halo de modernidad, pues rompe con la tradición virreinal de fundar los pueblos y ciudades bajo el modelo prehispánico del Altépetl, en cuyo centro o plaza debían cohabitar tres elementos fundamentales: el Técpan (la casa del gobernante), el Teocali (la casa de Dios) y el Tianguis (el Mercado). En cambio, el centro de Santa María emergió entorno a los paramentos de un Cine (El Majestic), una biblioteca, una cantina, un instituto de ciencia de la tierra, un bosque, un museo…

La Alameda de Santa María esta circundada por las calles: Carpio, antes Jazmín (al norte); Dr. Atl, antes Pino (al oriente); Salvador Díaz Mirón, antes Camelia y Las Flores (al Sur); y Jaime Torres Bodet, antes Ciprés (al poniente). En su ombligo se levanta el singular y ferroso Kiosko Morisco, diseñado por el ingeniero José Ramón Ibarrola como remedo de una mezquita, que sirvió de stand en la presencia de México en la Exposición Internacional de Nueva Orleans, en 1885. 

En el número 215 de la calle Pino estuvo la casa del sabio positivista Agustín Aragón y León, miembro de Los Científicos (grupo mimado por el presidente Díaz), editor de la Revista Positivista y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. En esa casa coleccionó una de las bibliotecas más portentosas de la ciudad —frecuentada por su amigo Federico Gamboa, autor de Santa— que su hijo, Agustín Aragón Leyva, atomizó y vendió al mejor postor. Fue don Agustín quien intervino para que el Kiosko Morisco fuera trasladado a la plaza central de Santa María, pues para entonces se hallaba en una oscura bodega luego ser desarmado para dejarle el espacio que ocupaba, en la Alameda Central, al Hemiciclo a Juárez. Así, el Kiosco —emblema moderno de la colonia— se inauguró el 26 de septiembre de 1910.

En el 187 de Pino estuvo una casa abandona ocupada por “golfas y menesterosos; traficantes y disolutos”, que sirvió de inspiración al escritor Arturo Azuela para escribir su célebre novela La casa de las Mil Vírgenes que, junto con El tamaño del infierno, Los ríos de la memoria y Alameda de Santa María, configura su tetralogía de obras que tienen como personaje y escenario a esta colonia.

En el número 106 de Salvador Díaz Mirón (que a esa altura se llamó Camelia) se halla, como suspendida por el tiempo, la Tlapalería El Girasol en donde se filmó una de las escenas cumbre de la película El Castillo de la Pureza (1972), dirigida por Arturo Ripstein y escrita por José Emilio Pacheco. Hoy, basta entrar a dicho negocio para rememorar a una jovencísima María Rojo despachando detrás del mostrador y a un salido Claudio Brook en su papel de Gabriel Lima.

En Salvador Díaz Mirón y Torres Bodet estuvo la icónica cantina Salón París (actualmente en la contraesquina), en donde inició su carrera artística el cantante y poeta guanajuatense José Alfredo Jiménez, conocido en el barrio como Fello, quien llegó a vivir a esta colonia (en Ciprés) siendo muy niño, vendió zapatos y jugó como portero en el legendario esquipo de futbol Marte. En ese mismo cruce, en Ciprés 192, se encuentra un afrancesado edificio, diseñado por el ingeniero Juan D’Fleury, del que el general Bernardo Reyes adquirió un piso para su residencia, pero que en realidad fue habitado por su joven hijo Alfonso Reyes quien, a propósito de su paso por esta colonia, escribió: “Nuestras reuniones nocturnas del barrio de Santa María comenzaban a inquietar al gendarme. Lo que nos llenaba de orgullo. Pasábamos las noches de claro en claro entregándonos a estudios y discusiones”.

En el 160 de Torres Bodet estuvo la casa de la atenta poeta y pianista coatepecana María Enriqueta Camarillo y de su marido, el historiador coahuilense Carlos Pereyra. María Enriqueta, autora de obras como Rosas de la Infancia o Poemas del campo, fue la primera mujer mexicana en ser candidata al Premio Nobel de Literatura en 1951 y durante el sexenio del presidente Adolfo López Mateos se rebautizó la calle Dalia con su nombre.

Cuadrante norponiente

En esta zona del barrio de Santa María sobresale la calle Fresno, por su envidiable vida cultural. En el número 193 estuvo la casa-estudio-oficina de los hermanos Méndez Plancarte: Alfonso y Gabriel, prominentes sacerdotes y humanistas. Don Alfonso, doctor en filosofía, fue pionero en el estudio de la vida y obra de Sor Juana Inés de la Cruz, además de estudiar a personajes como Salvador Díaz Mirón, Rubén Darío o Amado Nervo. En 1950, Alfonso asumió como miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.

Por su parte, Gabriel Méndez Plancarte, doctor en teología y en derecho canónico, fundó la connotada revista Ábside (que nació, bajo el ábside de la parroquia de Ozumba, en una charla con don Ángel María Garibay). En Ábside, “Revista de cultura mexicana”, escribieron muchas de las mejores plumas hispánicas del siglo XX: Rosario Castellanos, Guadalupe Dueñas, Emilio Abreu Gómez, Sergio Méndez Arceo, Agustín Yáñez, Gabriela Mistral, Emma Godoy y un muy largo etcétera. A Fresno 193 solían arribar toda suerte de personalidades de la intelectualidad mexicana de la primera mitad del siglo XX, como el poeta Octavio Paz.

En el número 168 de Fresno habitó, entre las décadas de 1990 y 2000, el periodista cultural y fundador de la insigne revista Generación: Carlos Martínez Rentería, quien por más de veinte años mantuvo su columna “Salón Palacio” (como aquella cantina), en el periódico La Jornada, termómetro de la contracultura de la ciudad.

Ahora bien, en la esquina que hacen las calles Naranjo y María Enriqueta Camarillo estuvo la casa que habitó Porfirio Barba Jacob, poeta colombiano del más alto coturno, inveterado viajero, a quien el escritor Rafael Arévalo Martínez apodó “El hombre que parecía un caballo”, homónimo título de uno de sus libros. Por su parte, el escritor Fedro Guillén, en su libro El Hechizado, recuerda el paso de Barba Jacob por la colonia: “había pasado el poeta [Barba Jacob] por la calma urbana de Santa María al vivir en la calle de Naranjo”.

Finalmente, en la calle Eligio Ancona (antes De la Rosa) existe hasta la actualidad un corredor cantinero sin igual. Está conformado por las bien ponderadas Triple P: La Perla, El Salón Puebla y El Paraíso (que acaba de cerrar sus puertas indefinidamente). Además, a unos cuantos pasos, en Manuel Carpio —precursor de la larga y mexicana tradición del binomio medicina-literatura—, en el número 176, aún sobrevive el afamado y cochambroso abrevadero Salón Guerrero.

Cuadrante nororiental

Dos son las figuras destacadas y apreciables de este paraje: el pintor, poeta y vulcanólogo Gerardo Murillo, conocido como Dr. Atl, y el médico y novelista Mariano Azuela. El primero habitó una casa en el número 272 de Pino, calle que hoy lleva su nombre, en donde escribió fragmentos de su autobiográfico y genial libro Gentes profanas en el convento. Por su parte, el médico Azuela, autor de la notable y singular novela Los de abajo, vivió durante alguna temporada en el número 242 de la calle Álamo, que actualmente honra su nombre.

En Salvador Díaz Mirón 69 existe un misterioso edificio, de muros que se caen a pedazos: el antiguo Casino de Santa María, que luego se transformó en Teatro Las Flores (a esta altura la calle llevó ese nombre) y que terminó sus días como Teatro Bernardo García, nombre que la pátina del tiempo dejó y aún puede leerse en su frontispicio. Este edificio, en el que ahora se reparan e “igualan” autos siniestrados, ocupó —en palabras del cronista Héctor de Mauleón— un lugar de honor en la historia de México, pues ahí Antonio Caso, el genio dominicano Pedro Henríquez Ureña, Ricardo Gómez Robelo, Alfonso Cravioto, José Vasconcelos, Diego Rivera, entre otros, fundaron el Ateneo de la Juventud, el gran proyecto cultural del siglo XX mexicano. En dicho casino impartieron, en 1909, la serie de conferencias que iniciaron, “envueltas en motivos espirituales”, la demolición del porfiriato.

Cuadrante sudoriental

Por su cercanía con la Ribera de San Cosme, esta zona de la colonia fue la primera en poblarse y fungió como una especie de puerta de entrada y conexión orgánica con la ciudad. En el 139 de Mariano Azuela, en el departamento 12 del Edificio Álamo, vivió Renato Leduc, respetable bardo de cantinas, periodista, telegrafista de la División del Norte y autor de celebérrimo soneto “Tiempo”. Por otro lado, en el número 8 de Ribera de San Cosme (aunque propiamente en esa acera inicia la colonia San Rafael) pasó el final de sus días Elvia Carrillo Puerto, pilar del feminismo, el sufragismo y la lucha social en México.

En el 25 de la calle Enrique González Martínez (antes Chopo) vivió hasta su muerte (en 1908) el gran cronista de la vida popular y callejera de finales del siglo XIX: Ángel de Campo, mejor conocido por sus seudónimos Micrós o Tic Tac, quien, por cierto, escribió en su columna de El imparcial una nota crítica sobre la moda de las calles privadas que estaban llegando a la Santa María (la primera de ellas fue la ahora cerrada Loto).

Hacia 1917, en la actual calle Dr. Atl (antes Pino), vivió su tiempo de estudiante preparatoriano el prolífico cronista de la capital Salvador Novo. Así lo cuenta él mismo en La estatua de sal, su libro autobiográfico: “La casa [de su tío Paulino] daba a la primera, entonces cerrada, calle del Pino, y atrás se erguían las feas torres de hierro del Museo de Historia Natural [hoy Museo del Chopo] de la calle del Chopo”. En esa casa, Novo inició el descubrimiento de la Ciudad de México y su despertar sexual. Él mismo confiesa, por ejemplo, cómo en la azotea de ese domicilio se enamoró del chofer de su tío y también, su pasión y gozo por los perfumes y cremas de tocador del baño de su tía Josefina.

En el número 48 de Amado Nervo (antes Violeta) tuvo su departamento dicho poeta nayarita, figura del movimiento modernista, autor de libros como Los jardines interiores y del sabido poema En paz. Muy cerca de aquí, en el 56 de Santa María la Ribera, estuvo el hospital donde murió, a la edad de 31 años, el genio acalitense de la pintura Saturnino Herrán, autor de la renombrada obra La ofrenda. Y más adelante, en la antigua calle Hortensia, el enrome poeta zacatecano Ramón López Velarde, que acababa de arribar a la ciudad (1914), rentó un ínfimo departamento en esa calle, que ahora lleva su nombre. De esto último da cuenta Enrique González Martínez, que fue su maestro y que tuvo su despacho en esta colonia.

Cuadrante surponiente

La Casa de los Mascarones sobresale en esta parcela de la colonia. Ubicada en el 71 de la Ribera de San Cosme, fue sede de la Escuela Nacional de Altos Estudios. Esta casa, de churrigueresca fachada, fue construida hacia la mitad del siglo XVII por el Conde de Orizaba José Diego Hurtado de Mendoza, como casa de descanso. Luego, la casona fue muchas cosas hasta que, de 1935 a 1954, se convirtió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Durante ese último periodo, una pléyade de escritorxs, historiadores y poetas, de varias generaciones, desfilaron por sus pasillos y pórticos, ya sea como maestros o estudiantes: Rosario Castellanos, Edmundo O‘gorman, Ortega Medina, Eduardo Nicol, Ramón Xirau, José Gaos, Ernesto Cardenal, Silvio Zavala, la poeta Dolores Castro… Por su parte, Juan Rulfo confesaba no haber sido admitido como estudiante regular en Mascarones, pero que asistía a algunas clases en calidad de oyente. Y a propósito de historiadores, en el cruce de las calles Cedro y Sor Juana Inés de la Cruz nació el justipreciado historiador, tlamatini y erudito Miguel León-Portilla, alumno predilecto del padre Ángel María Garibay y autor de renombrado libro Visión de los vencidos.

Luego, en el número 40 de la calle Mirto vivió, hacia la década de 1940, el querido y releído poeta chiapaneco Jaime Sabines. A diario, el autor de Los amorosos caminaba desde su casa hasta la Casa de los Mascarones, sede, como ya se dijo, de la Facultad de Filosofía y Letras, en donde era maestro. En su jocoso cuento La vela perpetua, el escritor Jorge Ibargüengoitia no dejó pasar la oportunidad de mofarse de Sabines —a quien renombró Salines— y narrar cómo “el gran poeta, que ya desde entonces se creía Cristo Crucificado”, solía platicar en un salón con Julia (Luisa Josefina Hernández), la protagonista de dicho cuento.

Finalmente, en Sor Juana Inés de la Cruz 114 se levanta el Teatro Sergio Magaña —enorme dramaturgo y crítico literario—, sobre los terrenos donde antiguamente estuvo el Convento de la Asunción. También, en este cuadrante sobrevive el último reducto de “las verdes matas” de la colonia: la Pulquería La Malquerida que desde hace varios años es una de las tantas mecas que poseen los asiduos visitantes del cercano Tianguis del Chopo que, dicho sea de paso, nació como tianguis de música, en las calles de esta colonia, en octubre de 1980, por iniciativa de la escritora Ángeles Mastretta, a la sazón directora del Museo Universitario del Chopo.

Nada hay que explicar

Hasta aquí el incompleto inventario. Como dije, lo anterior responde a la tentativa por trazar una cartografía poética de Santa María; por rehacernos las preguntas de Paul Ricœur: ¿de qué hay recuerdo?, ¿de quién es la memoria?; por caminar la colonia con nuevos ojos, con nuevos bríos. Falta mucho por andar y mucho por recordar. Y, por cierto: María Luis La China Mendoza, autora de aquella excitante novela intitulada De ausencia, y Martín Luis Guzmán, autor de El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, también vivieron en Santa María, aunque, lastimosamente, aún no he dado con las coordenadas de sus domicilios. Ya las encontraré. Ya las encontraremos. Las de ellos y las de otrxs más.