“Poema con números” y “Cultura cinematográfica”
Poema con números
Me preguntas si haré otro poema sobre violación.
Y, tú, me lo preguntas
fijando tu pupila azul
y patriarcal en mí.
Claro que escribiré:
en México
cada día son violadas 243 mujeres mayores de 18 años.
Y añadiré:
Si tuviéramos un poema por cada denuncia de violación
tendríamos 88, 695 poemas al año
con los cuales podríamos formar 1478.25 poemarios
de 60 cuartillas, doble interlineado,
sobre violencia sexual,
los cuales podrían ser enviados a los varios concursos anuales de poesía
o ser dictaminados por editoriales independientes.
Escribiré otro poema sobre la violación
mientras digan
que hay un alto índice de embarazos adolescentes
en lugar de reconocer que hay un alto grado de abuso infantil
que sería lo mismo que aceptar
que buena parte de la población está formada por abusadores,
pocos de pupila azul,
porque es gen recesivo,
pero sí de mirada patriarcal cazando cuerpos de niñas.
Cultura cinematográfica
Lo que quiero decir es que nunca vi Bambi.
No es alarde de una precoz intelectualidad:
mi familia no tenía dinero para televisión
y los cines, si es que la pasaron por cines,
quedaban muy lejos de casa.
Conozco la historia. Sí.
Las niñas hablaban de la escena tan triste:
el cazador mata a la mamá de Bambi;
algunos niños coincidían,
otros, ya un poco cínicos, se burlaban desde entonces.
Yo tenía mis tristezas de niña pobre
que no podía ver Bambi y fingía que sí.
A mi madre no le había disparado ningún cazador
y yo no me resbalaba en el hielo como el venadito.
Yo me resbalaba en el polvo
a veces por el impacto de la mano materna
que podría haber sido cazadora de no haber sido madre.
Se podría decir que mi madre y el cazador eran uno mismo.
Mi madre moría un poco cada día
por lo que el cazador le(nos) hacía.
De niña no entendía eso,
de adulta tampoco.
De niña ese era mi dolor,
de adulta también.
De niña pensaba:
hay cosas más tristes que ver una mamá de caricatura matada por un cazador de caricatura y un venadito huérfano de caricatura.
Quizá yo también desde entonces tenía un pequeño cazador dentro.
Mi verdadero dolor era que no había caricaturas de niñas morenas
golpeadas por sus madres morenas
que a su vez habían sido golpeadas por abuelas morenas
y por el racismo y el colonialismo y el capitalismo blancos.
Mi otro dolor era que no podía contarle de eso a nadie,
qué tal que llegaba el DIF y se la llevaba
o me llevaban a mí.
Es cierto que ya no tendría al cazador acechándome
pero tampoco la tendría a ella
que era todo lo que yo quería en la vida,
la única que yo quería que me quisiera.
El poema no es lo que está escrito,
sino la historia de ella,
de cómo venció al cazador
sin terapia ni adaptógenos ni círculos de apoyo.




