Los hombres nunca reciben flores
Flores para José Alfredo
El acto de regalar flores ha estado históricamente vinculado al universo simbólico de lo femenino. Las flores representan belleza, efimeridad, afecto y cuidado: todos atributos que, en las sociedades patriarcales, han sido tradicionalmente adjudicados a las mujeres. Así, el gesto de obsequiar flores a un hombre aparece como algo excepcional, incluso transgresor, no porque el hombre no merezca belleza o ternura, sino porque la masculinidad hegemónica ha sido construida como ajena a ese tipo de lenguaje afectivo.
No regalar flores a los hombres no es una omisión anecdótica. Es una expresión simbólica del sistema de género. Es el síntoma de una educación emocional que ha disociado al varón del universo de lo sensible, del adorno, del regalo no funcional. Mientras a las mujeres se les enseña desde temprana edad a recibir halagos, obsequios y atenciones como forma de validación —y también de subordinación afectiva—, los hombres son instruidos para dar, no para recibir; para ofrecer protección o recursos, pero rara vez para ser el objeto del cuidado o del detalle gratuito.
Esta dinámica está íntimamente ligada a la estructura de poder que sostiene la masculinidad dominante. Recibir flores implicaría asumir un rol pasivo, estar en el lugar del “otro deseado”, admitir cierta vulnerabilidad. En otras palabras, pondría en crisis el mandato de la autosuficiencia masculina. La ternura, cuando se dirige hacia los varones, suele estar condicionada: es aceptable en la infancia, tolerada en la enfermedad, pero sospechosa en la vida adulta. Por eso mismo, el gesto de regalar flores a un hombre no sólo es inusual: a menudo provoca incomodidad, burlas o rechazo, como si el hombre que acepta flores estuviera cediendo un fragmento de su virilidad.
El desbalance no es sólo simbólico, sino afectivo. La imposibilidad cultural de regalar flores a los hombres reproduce la lógica de que ellos no necesitan ser reconocidos desde la belleza, la fragilidad o la celebración gratuita. Se presupone que no anhelan ser sorprendidos, cuidados o agasajados sin una razón utilitaria. Esta lógica no sólo empobrece los vínculos, sino que priva a los varones de lenguajes afectivos alternativos que podrían habilitar otras formas de sensibilidad.
Cuestionar por qué no se les regalan flores a los hombres es, en el fondo, preguntarse por qué seguimos asignando el afecto como un atributo femenino y el merecimiento simbólico como un privilegio exclusivamente femenino en tanto objeto, no en tanto sujeto sensible. La transformación de las relaciones de género también pasa por estas prácticas mínimas, donde se reconfigura quién merece ternura, belleza o detalle, y en qué condiciones.
Regalar flores a un hombre no es un simple gesto: es una forma de disputar el guion afectivo impuesto por el patriarcado. Es permitirle, aunque sea por un instante, habitar un lugar distinto: el de quien no tiene que merecer nada, el de quien puede simplemente recibir.
II
Me acuerdo de cómo
ir a la tumba de José Alfredo a dejarle flores era pensar
en que así te amaba más.
A lo mejor las flores, te las debí haber dado a ti
pero los hombres nunca reciben flores.
Me dijiste la razón de por qué a José Alfredo, le dolía pasar por Salamanca
y te escuché con más atención que con la que se escuchan los sermones de la iglesia.
No te dije, pero me cambiaste la vida
a los 17, me diste el mejor consejo del mundo: “no estudies Letras, es aburrido y tú nunca sabes lo que es aburrirse”, sentenciaste con tu sabiduría de monje al que corrieron del seminario por manosear señoritas.
Siempre fuiste José Alfredo,
una caguama directo de la botella,
un viejo porro que nunca ardió pero tú querías que fumara contigo,
“conmigo mejor que con otro”.
Siempre fuiste Flecha Amarilla con descuento de estudiante y que mis papás no supieran que te amaba como una loca, como una niña.
Te contaba todo, de todos y no te aburrias.
Juraste “con novio y sin novio” y te creí como se creen en los juramentos.
Te creo entonces y te creo ahora a mis casi 40.
Te escribo entonces y te escribo ahora a mis casi 40.
Siempre tú, siempre nosotros.
En aquella terraza de tus amigos pintores que sabían que el amor era otra cosa.
Nosotros también sabíamos que el amor era otra cosa,
amor siempre y este es el primer poema
que descaradamente habla de amor y se deja descaradamente
y cínicamente ser cursi
como cursi era contigo a los 17, a los 21 a los 27, a los 37.
SOY LO PROHIBIDO
Mientras tomaba un café en la Roma,
un mariachi tocaba “Soy lo prohibido”.
No pidió permiso, ni lo necesitaba.
De repente, la serenata que me cantabas en secreto hace veinte años
volvió a mí como un perfume viejo
guardado en el fondo de un cajón
que no se ha querido abrir.
Volvió tu voz —más joven, más rota—,
volvió tu risa nerviosa,
volvieron tus manos escribiéndome cartas
que nunca llegaron.
Volvió la certeza de que lo que tuvimos
nunca fue correcto,
pero fue nuestro.
Y no sé si decirle milagro,
fortuna
o destino.
No sé si fue casualidad
o castigo,
pero ahí estaba:
tu canción en mi mesa de café,
tus labios en mi memoria,
tu sombra sentándose conmigo
como si nunca se hubiera ido.
Le sonreí al mariachi.
No le di una moneda. No le pedí otra.
Con esa bastaba.
QUE NO SOMOS IGUALES DIJO LA GENTE
Fue la sentencia cayendo una gran roca entre nosotros y casi nos aplasta,
pero José Alfredo seguía cantando “si nos dejan”
aunque casi nunca nos dejaron
y cayeron sobre nosotros los años y las cosas.
Crecimos lejos aunque a veces seguías diciéndome “amor”
y yo procuré que a mi nostalgia no se le viera la costura,
esconder tus palabras abajo del tapete, voltear para otro lado cuando pasaba por Salamanca y no contarle a nadie sobre esas noches en las que te quise y fuimos
lo prohibido. Cada vez que escuché esa canción, pensé en ti
cada vez que escuché esa canción, pensé en ti,
Cada vez que escuché esa canción, pensé en ti.
Aunque ya no doliera como antes y pudiera cantarla sin llorar,
aunque fingiera que ya no recordaba la textura de tu voz diciendo mi nombre.
Aprendí a pasar por Salamanca sin pestañear, a dejar que el recuerdo se me escurriera
entre los dedos como si fuera agua, como si nunca te hubiera amado tanto.
Pero no se olvida tan fácil lo que una quiso a escondidas,
lo que una defendió en silencio,
lo que una abrazó con miedo.
Que no somos iguales, dijeron, y qué razón tenían.
Yo me hice adulta con tus ausencias,
tú seguiste siendo el muchacho que prometía y huía.
Fuimos lo prohibido, sí, pero también lo inolvidable.
Una grieta en la historia que no se cierra,
un “por poquito” que pesa más que cualquier certeza.
Y aunque ya no sepa si aún me llamas “amor”
cuando nadie te escucha,
yo sigo pensando que, si nos hubieran dejado,
quizá —sólo quizá—
habríamos sabido qué hacer con tanto amor maldito.





