Quince años después de la publicación de Nadie me verá llorar, creo que sería poco menos que innecesario explicar quién es Cristina Rivera Garza, no al menos en su papel como una de las novelistas más relevantes de los últimos años en la literatura mexicana; novelas como la ya mencionada Nadie me verá llorar, Verde Shangai o El mal de la taiga han tenido una respuesta favorable entre lectores, críticos y una porción importante de la academia mexicana y estadounidense.
En 1939 el poeta francés André Breton realizó una exposición en la galería Renou et Colle (París), que llamó Mexique y estuvo conformada, según afirma Horacio Fernández, por objetos “turísticos” que Bretón había adquirido en su viaje a México durante la primavera de 1938.
Fue gracias a los contactos de mi padre, un prominente hombre de negocios en mi natal Ginebra, que finalmente logré conseguir una entrevista de trabajo en el laboratorio del afamado Víctor Frankenstein, conocido entre sus amistades como “El moderno Prometeo” o “Vicky”, y que en aquellos años se había vuelto un personaje célebre y controversial por haber descubierto la técnica para dar vida a todo tipo de objetos inanimados y muertos; desde pequeños organismos hasta personalidades y carreras artísticas.