Hay dos declaraciones que tuvieron salida los días sábado 21 de febrero y domingo 22. La primera de ellas retrata una realidad abrumadora para los mexicanos, lo escrito en una carta del Papa Francisco y dirigida a Gustavo Vera, en la que manifiesta su deseo para que Argentina evite la “mexicanización” (puede leerse aquí http://goo.gl/F4Uzvy). La otra, más superficial si se quiere ver, fue dicha en la entrega de los premios Oscar por el actor Sean Penn (puede leerse aquí http://goo.gl/8LKihH), quien arrrojó a manera de broma un frase que para muchos mexicanos no lo es, y que por su naturaleza causó revuelo en las redes sociales. No ajenos a este par de declaraciones, en Tierra Adentro propusimos una “Conversación abierta” veloz, brevísima, entre cuatro de los columnistas semanales, Pedro J. Acuña, Vera Castillo, Nidia Manzano y Davo Valdés, para contar con su punto de vista. En un diálogo plural y horizontal, esto es lo que nos entregaron.
Pedro J. Acuña
Empezaré por Sean Penn. A mí me cae muy bien Sean Penn. Tal vez porque no me ofendo, pero se me hace baladí sentir algo como “el orgullo nacional herido” a partir del comentario de un actor en los premios Oscar. De allí paso al orgullo nacional, una discusión vieja. En México y en el mundo. Siempre que la oigo surgir me empieza a oler a justificación xenófoba de algo.
Lo de Bergoglio. ¿No se oye por ahí que estamos “colombianozándonos” política y socialmente? Si nos ofendemos, habrá que darle chance a los colombianos primero: derecho de antigüedad del bullying geopolítico. Me parece importante recordar que las identidades nacionales son artficiales.
El asunto es, pienso, que la filiación nacional es un vínculo débil porque no es un verdadero vínculo humano sino una imposición política; una discusión que tenga como premisa que todos los nacidos entre el Río Bravo y el Río Suchiate comparten per se algo más que el mismo pasaporte, empieza mal. Habría que cuestionar la idea y no tomarla como un axioma.
Vera Castillo
La idea que se tiene del mexicano tiene que ver con la construcción que se ha hecho de “lo mexicano” por los medios visuales y de comunicación. Me refiero a que el cine, la fotografía y las noticias han mostrado un México pintoresco y al mismo tiempo violento, y eso es lo que la gente fuera de nuestro país consume de nuestra cultura. De las cosas que más han llamado mi atención cuando he estado fuera de México, es la manera cómo nos conciben a los mexicanos. En una ocasión, al estar de viaje, unas señoras estadounidenses me preguntaron de dónde era. Al saberme mexicana comentaron algo así como: “esos mexicanos nos están invadiendo, se están metiendo por la frontera”. También es cierto que las noticias sobre el narcotráfico llegan a todas partes del mundo y los extranjeros se forman una idea de México desde lo que escuchan en la radio o desde lo que leen en internet. Muchas veces me preguntaron sobre la guerra contra el narcotráfico y si era cierto que vivíamos en medio de balaceras.
El tema de los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos y el tema del narcotráfico en nuestro país son una realidad que vivimos día con día y que no podemos negar. Por supuesto que hacer una generalización y hablar de “evitar la mexicanización”, tal como lo hizo el Papa Francisco en la carta que envió al legislador porteño Gustavo Vera, o que Sean Penn haga un comentario sobre la green card de Iñárritu es, como mencionó la redacción de Tierra Adentro, caer en reducciones basadas en estereotipos. Insisto, no es que México se pueda reducir al narcotráfico, a los indocumentados, así como a otros tantos estereotipos que se ha hecho del mexicano (mariachis, indígenas, paisajes con nopales, pachucos, charros y Marías), sin embargo, son los modelos que los medios visuales y escritos se han encargado de difundir de nosotros y de nuestro país.
Coincido con Pedro, no se trata de ofendernos y de hacer del comentario de Penn una “herida al orgullo nacional”, que en realidad es una especie de “herida histórica”. Fue una broma basada en una concepción estadounidense del estereotipo del mexicano.
Nidia Rosales
Lo mexicano, la identidad entendida como algo homogéneo, limitado por el lenguaje, el territorio, los nacionalismos y estereotipos culturales, viene siempre de afuera, específicamente del poder. Es un imaginario, no somos los mexicanos quienes inventamos lo mexicano, no es tampoco la cultura a menos que se apele a su diversidad. Los pensamientos no se reproducen a sí mismos, necesitan un contexto, una intención, un fin para nombrar esto o aquello. Los pueblos indígenas (diferenciados del resto como una forma de exclusión social) buscan continuamente su autonomía, lo cual me parece justo. ¿Dónde aprendimos lo mexicano, o en su caso, a ser mexicanos? En la escuela, luego en la literatura, el cine, la televisión, los medios de comunicación, en fin. Esto habla de relaciones de poder, de quién tiene la palabra y cómo la hace pública. Como Pedro Acuña, pienso que no podemos hablar de lo mexicano sin adentrarnos en el terreno político. La visibilidad es una trampa, como el lenguaje. Por ejemplo, hay que ver primero de dónde vienen estos comentarios. Los premios Oscar, Hollywood, la Academia representan la white supremacy. Desde ahí se despliegan una cantidad abrumadora de valores (blancos) hacia el mundo, valores que continúan el mismo sentido de dominación económica. Nos venden una cultura, un ideal, que, además de que no existe, nos somete. La cultura gringa (blanca) es la cultura del cine. Por eso no suele haber nominados negros, mexicanos, o de alguna otra “minoría”. El comentario de Sean Penn va en ese sentido, tener green card es tener permiso para vivir, para ser básicamente una persona, para existir. Aunque, bueno, tanto Sean Penn como Iñárritu tampoco dicen mucho. Ellos hablan desde la Academia, presentan o aceptan un premio que más que ser un logro es la aceptación de esa estructura racista y discriminatoria. Luego está el Papa, quien representa a la Iglesia, la censura, la norma, lo prohibido. ¿Qué se puede esperar del Papa sino la reproducción de estereotipos de dominación?
Cosas terribles pasan en este país, como en el resto del mundo. Los clichés y prejuicios minimizan los problemas, le dan nombre a algo que merece más palabras. Sin embargo, no van a desaparecer, ni son un crimen, son parte del imaginario colectivo y del lenguaje. Por eso mismo, porque sólo nombran una parte del problema, quizá sería mejor ponerlos en el lugar que se merecen.
Davo Valdés
El problema radica en pensar que existe “lo mexicano”, así como un máscara que debemos defender. Para mí es una concepto muy ambiguo e incluso retorcido, que incluso se modifica una y otra vez según el contexto. Ahora con las declaraciones del Papa y la broma intrascendente de Sean Penn parece significar una cosa: nosotros no queremos ser vistos como violentos o corruptos que buscan la dignidad en Estados Unidos. En otros contextos esas mismas cosas ni se consideran para definir “lo mexicano” y en otras ocasiones nosotros mismos las asumimos con orgullo. No existe lo mexicano, sólo la contradicción humana. Es decir, ¿podemos seguir arrastrando clichés que el mismo Estado/Institución desde el poder construyó en torno a la identidad nacional a través de propaganda cultural? Yo creo que no es necesario seguir defendiendo la idea construida de “lo mexicano”. Creo que defender esa idea perpetúa la violencia que se ejerce contra los inmigrantes o contra nosotros en el extranjero y es una violencia que opera de forma subterránea en los medios de comunicación. Creo que habla más de la industria mediática, específicamente estadounidense, que de nosotros, que construyan chistes en torno a los inmigrantes y los mexicanos. Habla de una profunda ignorancia, de una banalidad del insulto, que en el fondo más que atacarnos a nosotros, los sepulta en una cultura de odio, prejuicio y violencia.
Nidia Rosales
Estoy de acuerdo con Davo, hay capas de lo mexicano, son ficciones, todas. ¿De qué sirve ofendernos por comentarios racistas, cuando el racismo está aquí y allá de igual forma aunque desde diferente voz?
Pedro Acuña
Me gusta la idea de que todas las capas de lo mexicano son, al final, ficciones. Recordar también, que ficción no es sinónomo de mentira o falsedad. Al revisar nuestros correos es obvio que compartimos esta postura, pero también me pregunto si no estamos desechando muy rápido el núcleo del problema sobre la identidad compartida, que es, según entiendo, una problemática de empatía y de compartir el dolor y el rechazo a la injusticia (y su correspondiente petición de justicia).
No por nada, por ejemplo, la religión es tan poderosa: hace que el dolor de los otros (que son como yo, con los cuales comparto la identidad) me sea directo (si uno es cristiano, la base es el dolor compartido: de todos en Cristo y de todos como en Cristo).
Curioso: políticos seculares, cuando están del mismo lado, se llaman correligionarios; los adherentes de una misma fe se llaman hermanos.
Me retracto sobre lo último que dije: no sólo compartimos un pasaporte; por desgracia el partido actual en el gobierno “gobierna para todos”, y una y tras otra política pública, con proyección para hacer más ricos a los ricos (así lo veo desde mi maluca comprensión de la economía), nos está siendo impuesta.
¿Me fui por otro lado?
Nidia Rosales
Creo que Pedro ha resaltado un punto importante que se nos olvida cuando hablamos de identidad más allá de ficciones nacionalistas o culturales. Los clichés en torno a lo mexicano, así como en torno a gringos, árabes, judíos, etc., no generan empatía sino rechazo. Ese es uno de los problemas. Yo no diría que algunos principios de la religión cristiana sean los mejores ejemplos de empatía o compasión: amor al prójimo, pues llevan la carga del dogma y la diferencia. Diría que la ética, entendida en su sentido filosófico, donde para ser en el mundo, para devenir en el tiempo y existir, debemos pasar, atravesar, la existencia del otro, es una herramienta contra las desigualdades y el ego. Para la ética, el otro es uno mismo, una parte imprescindible del ser, nos refleja y al mismo tiempo nos construye.
Quince años después de la publicación de Nadie me verá llorar, creo que sería poco menos que innecesario explicar quién es Cristina Rivera Garza, no al menos en su papel como una de las novelistas más relevantes de los últimos años en la literatura mexicana; novelas como la ya mencionada Nadie me verá llorar, Verde Shangai o El mal de la taiga han tenido una respuesta favorable entre lectores, críticos y una porción importante de la academia mexicana y estadounidense. A lo largo de quince años, CRG ha logrado una llamativa combinación entre elementos estilísticos, emotivos y políticos dentro de un movimiento más amplio de negociación y tensión entre la literatura escrita y leída en México y la literatura de circulación en los mercados y flujos críticos globales. Como ensayista también posee una visibilidad notoria, desde la columna que mantuvo durante algunos años en el periódico Milenio hasta la publicación de Dolerse. Textos desde un país herido (Sur+, 2011) y Los muertos indóciles, cuya resonancia entre lectores y otros escritores se ha mantenido constante.
Lo anterior no significa necesariamente que su trabajo como poeta sea igualmente reconocido, primero porque la poesía es un género menos frecuentado entre los lectores generales, segundo por las diferencias entre las condiciones de distribución entre géneros literarios: mientras que sus novelas y el ensayo Los muertos indóciles se han publicado en la editorial Tusquets (con sede en España pero con distribución en América Latina), los libros de poesía se publicaron en editoriales independientes, cuyos tirajes y canales de distribución difícilmente pueden equipararse a los de una trasnacional (aunque pequeña).
En esta entrega, me interesa hacer un recorrido general por los libros de poesía de CRG a fin de resaltar lo que considero son algunas constantes y los elementos particulares de ellos. Sin pretender una taxonomía crítica de su obra poética, pretendo sugerir algunas de las líneas de fuga que generan los libros y que los lectores, aventajados en sus novelas o ensayos, podrán reconocer claramente.
Las narraciones de CRG han explorado una diversidad de elementos temáticos (la historia, la memoria, los usos sociales del cuerpo, la identidad, la construcción de lo femenino, la sensibilidad afectiva); esta diversidad existe también en su poesía pero como una articulación múltiple que conjuga forma, sustancia, expresión y contenido en un conjunto heterogéneo de recursos estilísticos que, sin embargo, no se resuelven en una formalización de la fragmentariedad que se supone domina nuestra época, sino en una tensión constante entre singularidad y conjunto en lo que podríamos denominar un sistema de lo múltiple, una entropía contenida.
Su único libro de poesía publicado en una editorial mayor, Los textos del yo (FCE, 2005) es la reunión de tres libros, cada uno independiente, en tanto que fueron escritos en tiempos distintos, con estilos diferenciados, pero cada uno también con un modo de asedio a la ambigüedad del pronombre yo. Los poemas de este libro son modos de la desposesión y la reorganización de las palabras en torno de puntos elementales: la historia personal, el cuerpo, la memoria. Estos tres puntos atraviesan los poemas, los definen desde su búsqueda:
En el tendón que es campanaen el cartílago que iba a ser huesoen la vertebral columna del adentroel lugar se existe sin ser
la carne como verbo(“la anatomísa del lugar”)
cuando los saqueadores se lo hayan llevado todoy nosotros hayamos perdido todo lo que íbamos a perder(despojados hasta de huesos)
alguien le cantará al desastre(“v. la tercera parte”)
El primero de los libros, “La más mía” es también el primero de los libros escritos por Rivera Garza; quizá por ello sea el más estetizado, el menos reconocible de entre el resto que ya contenían los rasgos principales de la poesía de CRG; a pesar de ello, hay momentos en los que se reconoce la continuidad de elementos heterogéneos que sostienen a los libros siguientes. Lo personal, entendido como la suma de la historia y las percepciones del presente, comienza a ser reconocible desde entonces:
De pronto ya no fuiste mi madre ni la madre de otra hija muertalejana, perdida dentro de la noche de ti misma eras el mecanismo descompuestoel objeto quebradizo que se envuelve en lienzos de papel de chinay se guarda en la caja de las palabras, la esquina de la respiración.Dijeron que ya estabas ahí cuando tuzaron el cabelloy colocaron las sábanas sobre el torso, las piernas, los dedos(“[testigo ocular]”)
La muerte me da (Bonobos, 2007) recurre también a la multiplicidad pero dentro de un marco mayor. El libro de poemas, con autoría de Anne-Marie Bianco, es un objeto singular que existe como publicación autónoma pero que también existe en el espacio de ficción de la novela La muerte me da (Tusquets, 2007), firmada por Cristina Rivera Garza. El desdoblamiento entre autoría y escritura se ejerce desde la materialidad de los objetos culturales, esto es: Anne-Marie Bianco existe como autora de un libro y como personaje de la novela, al mismo tiempo, el libro de poemas existe físicamente y está integrado dentro de la trama y cuerpo de la novela (el texto completo se incluye dentro de ésta); como un comentario de la trama de la novela (en la que, recordemos, se intenta develar el misterio detrás de la aparición de los cuerpos castrados de hombres jóvenes), el libro de poesía existe como un elemento enucleado, extirpado de la corporalidad de la novela. Al mismo tiempo, los poemas serán una confirmación de la extirpación como procedimiento criminal y estilístico:
En tu sexo(armadura tajadura tachadura) (ranura)en el aquí de todas las cosas del mundo, me dala muerte (que es este paréntesis) (y este)huelo como miro duelo: una colección de verbos(“Es verdad, la muerte me da”)
La muerte me da es una novela al calce de la obra de Alejandra Pizarnik, como un organismo que habita otro mayor, o mejor, como un virus, el lenguaje, que absorbe y replica los contenidos genéticos de los huéspedes. La concreción material de este procedimiento es la presencia de Anne-Marie Bianco como una entidad textual encarnada en la función-autor. Al inicio de La muerte me da, el poemario, el editor Santiago Matías cuenta la historia detrás del libro: un manuscrito llegado a su antigua casa, una autora desconocida pero cuyo apellido trajo a la memoria a otro poeta inexistente, Bruno Bianco (del que se sospechó que “era el seudónimo adoptado por un conocido grupo de poetas que solían reunirse con cierta frecuencia en una popular cantina”[1] cuyos poemas eran de una factura “rota e inquietante”. Al final del prólogo, Matías asegura que Bianco, ella, es “una autora sin rostro en un mundo donde el rostro se ha convertido en una especie de dictadura”. El universo entrópico que ha creado la ficción desbordada en la práctica de lo real está, sin embargo, contenido por la máquina de la articulación textual. Bianco es pura autoría y pura textualidad que encarna en la corporalidad múltiple de la novela y el libro de poemas.
El sistema de lo múltiple que conforma la poética de CRG alcanza su momento de formalización más claro en El disco de Newton (Bonobos, 2011). Libro hecho de fragmentos imantados alrededor de verbos que conducen cada uno de los denominados “ensayos sobre el color”. Este libro, cuya genealogía poética puede rastrearse en Anne Carson, David Markson o Maggie Nelson, es una obra que parece materializar la pregunta por el principio unidad/fragmento que, según la Gestalt, opera en la percepción. Es, sí, un libro sobre la multiplicidad de la percepción pero también sobre la sistematicidad del mundo que la provoca. Cada uno de los ensayos está hecho de lo diverso (enunciados, frases líricas, datos, anécdotas) alrededor de la singularidad del yo que los detona; son ensayos sobre el color compilados desde un yo inescapable (el yo percibe, recuerda, reúne):
Polvo serán mas polvo enamorado, dicen que dijo Quevedo.Los vasos de oporto tal vez fueron dos.La lluvia también puede ser púrpura, a veces.Detrás de esta cortina de agua los dos labios magníficos y la voz, estupefacta.Mi té favorito tiene el sabor de los frutos morados que crecen en el bosque donde yace, a punto ya de despertar, la ex-durmiente.(De “Avizorar”, quinto ensayo)
Decía que este libro es donde se formaliza más claramente la sistematicidad de lo múltiple. La sustancia del contenido, aunque en apariencia caótica, opera mediante afinidades electivas, como la memoria personal que pasa de un momento a otro a través del hilo de lo perceptual. El disco de Newton es una máquina de diez colores que al girar muestran a un sujeto hecho de los fragmentos de un mundo contenido.
Viriditas (Mantis/UANL, 2011) es un conjunto heterogéneo que a falta de un nombre más claro llamamos poesía (en esta clasificación influye claramente el que haya sido publicado por una editorial independiente), puesto que se trata de un libro que se sirve de la bitácora, la prosa lírica, la apropiación, la fotografía y del cálculo de la escritura (“Se elige una cláusula secreta: escribiré una frase y borraré dos, y entonces escribiré otra frase”) para elaborar una narrativa aparentemente fragmentada de los sucesos de un mes, entre junio y julio del 2010. El sentido del libro se construye a partir de registros diversos cuya convergencia sucede en el objeto material que se vuelve, durante la lectura, en un modo de existencia del yo que detonó la escritura de los fragmentos que originalmente habían sido publicados en el blog personal de CRG.
La poesía de CRG es heterodoxa en cuanto a procedimientos, al menos en contraste con la mayoría de la escrita por los poetas nacidos en los sesenta (una veta generalmente conservadora de la poesía mexicana), y es heterogénea en cuanto a motivos y formas, como he revisado de modo apresurado. Sin embargo, al igual que muchas de sus novelas, esta diversidad es una posibilidad rizomática de preguntar por las formas textuales del yo; un yo que no es estable sino que existe mediante la producción de subjetividades corporales y textuales, a contrapelo de un mundo que aparece en la simultaneidad de las imágenes. La poesía de CRG es la activación de un sistema de multiplicidades que toma la forma entrópica de lo real dentro de la impermanencia de un yo en constante construcción.
[1] Bruno Bianco fue, en efecto, el seudónimo con el que aparecieron firmados un par de poemas en la década de los noventa, mismos que se incluyen, a modo de genealogía ficcional, después de los poemas firmados por Anne-Marie Bianco. Este seudónimo imposible, se ha dicho, reunió la autoría de, al menos, Guillermo Fernández, Francisco Hernández, Vicente Quirarte, entre otros.
En este ensayo, Joserra Ortiz asedia Palinuro de México, la novela emblemática de Fernando del Paso sobre el movimiento estudiantil de 1968, y ofrece, con una lectura que se enfoca de lleno en el análisis del uso del lenguaje y del tiempo narrativo, la visión de una obra que repensó los límites de la novela y de la crítica, tan especializada en encumbrar literaturas menos arriesgadas.
Palinuro de México (1977), la segunda novela de Fernando del Paso, ganadora, entre otros, del Premio Rómulo Gallegos en 1982, suele entenderse como una de las rarezas más extraordinarias de la literatura mexicana del siglo xx, y quizá, también, como una ejemplaridad muy peligrosa para nuestra tradición que tiende a establecer su canon en una narrativa insistente de claridad, de inmediatez referencial y de una fabulación apoyada, sobre todo, en la anécdota. Todo lo contrario. Esta obra monumental, que aborda fragmentariamente el recuerdo de la vida y las obsesiones del joven Palinuro, se sustenta en una inestabilidad narratológica que desarticula el concepto mismo de novela y da pie a una forma textual nueva en la que prevalece el lenguaje, no sólo como materia prima del acto narrativo, sino como un artefacto que permite la constante invención de sí mismo. De ahí que la crítica y los lectores hayan establecido siempre la filiación genesiaca de Palinuro de México en aquellos proyectos novelescos históricos que dislocaron las formas habituales a favor de una hibridación discursiva siempre irrepetible después de ella misma: de Cervantes a Joyce, de Rabelais a Sterne y, finalmente, entre el posmodernismo norteamericano y la llamada “novela del lenguaje” característica del boom latinoamericano y algunos de sus eruditos contemporáneos neobarrocos, como Sarduy o Cabrera Infante. No se equivocan, vale tener esto siempre en cuenta antes de volver a leer una de las novelas favoritas de muchos lectores mexicanos, incluido su propio autor.
Aunque en sentido estricto podríamos considerar a Palinuro de México como una Bildungsroman construido en tres ejes semánticos (la infancia, la juventud y la muerte del personaje), Del Paso propone su novela como una concatenación avasallante de historias dentro de historias, todas catalíticas y muchas veces no anecdóticas, sino referenciales a las obsesiones e intereses de Palinuro, pero también de los pocos personajes con quienes convive. Como fue primero en El Quijote, nos encontramos aquí ante la celebración del acto de contar que permite multiplicar todo el tiempo y hasta donde se quiere la cantidad y cualidad de relatos que caben en uno solo. Esto es en todo sentido la posibilidad imaginaria de detener el tiempo, pues al transformar una cronología histórica en la posibilidad de todas las historias que caben en ella, lo que nos queda es su concepción como lenguaje. Cuando el lector acude a la novela, la vida de Palinuro es convocada como un relato del recuerdo; como un instante que permitirá asistir siempre a un presente donde todo sucede y puede transformarse, “un presente eterno y siempre nuevo donde no [existen] ni los siguientes diez minutos ni los siguientes diez mil años, y donde fuera posible ver las cosas a través de un caleidoscopio que cada vez que el mundo diera una vuelta, dibujara una fábula distinta”. Esta característica de la novela me parece muy importante para su completa comprensión porque es la que permitirá el funcionamiento de su propia maquinación y la llevará a explotar exitosamente sus intenciones narratológicas: si el tiempo se entiende como una fabricación discursiva, su posibilidad de transformarse, alterarse, extenderse, interrumpirse o dislocarse permitirán romper la linealidad del relato biográfico en una multitud de otros relatos que suceden dentro o paralelamente a la que podríamos llamar “anécdota determinante” de la narración —la vida, pasión y muerte de Palinuro—. Del Paso consigue este efecto exitosamente y, pensando en Palinuro de México como un caso ejemplar e irrepetible de la novelística mexicana del siglo xx, vale la pena atenderlo.
Aunque Del Paso ha cultivado con éxito casi todas las formas posibles de la literatura moderna, es en el territorio de la novela donde su afinidad intelectual y sensibilidad inventiva lo ubican dentro de ese reducido grupo de los grandes maestros de la ambición literaria, cualidad autoral que sólo poseen aquellos que sustentan su escritura en el mapa imaginativo y referencial de lo que Roland Barthes calificaría como “mitológico”; es decir, en la construcción de un habla, un sistema u organismo de comunicación sujeto a sus propias condiciones lingüísticas que resignifica sus múltiples referentes sin perderlos del todo, conservándolos como ecos lejanos en su nueva significación. En este sentido, la novela de Del Paso sucede como la convocatoria discursiva de un archivo inmenso que abarca una multitud muy variada de experiencias biográficas e intelectuales formativas o, como se dice expresamente en el libro, “una obsesión constante con la muerte y con las palabras, con el sexo, con la cultura, con la fama”.
Por eso se suele proponer que Palinuro es la más autobiográfica de las cuatro novelas de Fernando del Paso. Algo, tal vez mucho, hay en sus páginas proveniente de su propia experiencia de juventud, marcada por sus intenciones de volverse médico y un romance intrafamiliar. Pero sobre todo significada por una ambición de conocer y comprender el mundo a través de la historia, la ciencia médica, la música, la literatura, la mitología, las artes plásticas y las fabricaciones de la sociedad de consumo. Esta es la novela con más inventiva de Del Paso, pues transforma todo su material original en algo completamente nuevo, contenido y cargado de una renovada significación en los límites del propio texto. Es probable que el lector de Palinuro de México se enfrente a la más posmoderna de nuestras novelas. El libro funciona a partir de sus desplazamientos entre las variaciones intratextuales y las contextuales; se erige como un mapa cognitivo en el que cada uno de los campos abordados (la historia de la medicina, el descubrimiento y la práctica del amor romántico, la publicidad, el origen mitológico de su propio nombre) soluciona la paradoja planteada al hacerla coincidir significativamente con los otros que se le suponen ajenos o extraños.
Es por esta razón que si de entre sus tres grandes obras, publicadas en un periodo de más o menos treinta años —de José Trigo a Noticias del Imperio— destacan siempre las fabulosas al tiempo que triviales aventuras de Palinuro, es porque precisamente aquí el autor atiende a su genealogía literaria y su habla mítica no escatima en referencias y construcciones a partir de una multiplicidad de referentes posiblemente inabarcable para la mayoría de sus lectores. Pero eso no importa. Como en su momento sucedió con El Quijote, Gargantúa, Ulises, Tres Tristes Tigres, e incluso, en el caso mexicano, con Cambio de piel o el propio José Trigo, Palinuro se disfruta porque se construye mientras se lee. Aunque todo provenga desde otro sitio, aquí sucede todo por primera vez en la libre proliferación de situaciones creadas desde el lenguaje. La novela presume, desde este punto de vista, una libertad única y muy rara para la narrativa de largo aliento y seguramente irrepetible.
De ahí el entusiasmo que muchos compartimos por Palinuro, proveniente de esa experiencia vivida en su lectura que nos recuerda o transmuta la sensación creativa o, más claramente, la ilusión de atestiguar el maravilloso acto de la creación que sucede en el instante. Para llegar a esta consideración hermenéutica, quien no haya leído la novela debe saber que, a pesar de lo dicho, no se trata de un texto complicado sino, al contrario, muy amable con el lector que habrá de descubrir su prodigio. De hecho, porque se supone el relato biográfico de su protagonista, la fabulación es presumiblemente sencilla y es tan sólo distorsionada poéticamente por la presencia esquizofrénica de otra voz narrativa que se mueve entre la omnisciencia y la focalización discursiva limitada desde el personaje principal, voces que en conjunto proponen cierta circularidad estructural, propia de este tipo de relatos ambiciosos. Sin embargo, aunque la vida de Palinuro ya ha sucedido y la poética del texto propone la sucesión anecdótica como una recreación instantánea, la novela se lee linealmente y de forma cronológica, desde la primera infancia del personaje hasta su muerte, durante el movimiento estudiantil de 1968. En la acumulación de anécdotas marcadas siempre por el signo de sus aficiones y amplios conocimientos, convive con un limitado grupo de personajes, de entre los que se destacan, además de su familia inmediata, sus amigos Fabricio y Molkas, y su prima Estefanía, a quien ama desde la niñez. Las situaciones que vive a lo largo de su existencia se transforman en complejos universos de subversiva innovación narratológica: la línea anecdótica determinante es cruzada todo el tiempo por el archivo referencial resignificado del que ya he hablado, produciendo un sorprendente efecto ético y estético en el que coinciden todas las mitologías que han formado a Palinuro: la de la memoria, la de lo aprendido, la de lo conocido, la de lo gustado, la de las obsesiones, la de lo leído, la de lo escuchado o la de lo aprendido.
Esta cualidad de la novela permite además a Del Paso explotar el discurso desde su propia riqueza semántica y, como toda la crítica de Palinuro ha notado, construir un relato barroco por su abundancia sensorial y gozo poético por el lenguaje que es, en todo momento, celebrado. Valdría bien pensarla como una novela conceptista en la que la riqueza estética del habla creada por Del Paso, funde o unifica los más disímbolos archivos referenciales de la vida personal del autor, con elementos provenientes de la alta y la baja cultura aquí convertidos en ecos de lo que fueron y vueltos un nuevo aparato de significaciones. Lo que no debe pasar desapercibido, por cierto, es que todo esto es posible solamente por la hibridez discursiva que construye el relato; esa doble configuración del narrador de alcurnia quijotesca y tan interesante que, en otras versiones de experimentación metanarrativa, ya había sido planteada en la literatura latinoamericana contemporánea a Fernando del Paso —La muerte de Artemio Cruz es, probablemente, el antecedente más significativo en México— pero que en nadie antes había conseguido tal perfeccionamiento. En el fondo, lo que avisa al lector esta cualidad narrativa de inexactitud esquizoide es, sobre todo y todo el tiempo, que en la lectura de Palinuro de México se está nuevamente ante el relato, que se acude a la literatura como por vez primera, que lo que se tiene entre las manos es un maravilloso y complicado aparato que sirve nuevamente para el perenne acto de contar. Pero también, como toda obra maestra de la literatura universal, que en esta novela se atiende nueva y directamente a la maravilla del lenguaje: un sistema que falazmente creemos predeterminado, pero que en la enunciación del relato demuestra tener la capacidad de ser siempre nuevo y estar posibilitado de inventar su propia significación en un instante. Y como toda genial invención literaria, valga abundar para terminar estas consideraciones en la amplia tradición de la vaguedad crítica, no reformó ni revolucionó a la literatura de ninguna manera. Es única en su clase y a su sombra yacen los millones de páginas que en este país nunca podrán irle a la saga. Los grandes libros son siempre torreones solitarios.
En 1939 el poeta francés André Breton realizó una exposición en la galería Renou et Colle (París), que llamó Mexique y estuvo conformada, según afirma Horacio Fernández, por objetos “turísticos” que Bretón había adquirido en su viaje a México durante la primavera de 1938. Entre ellos se encontraban objetos con los que normalmente se identifica a México y lo mexicano: elementos precolombinos, calaveras de azúcar, grabados de Guadalupe Posada, marionetas, juguetes y candelabros. A la exposición también se incorporaron dieciocho cuadros de Frida Kahlo y algunas fotografías de Manuel Álvarez Bravo.[1] Esas fotografías llegaron a París cien años después de que Daguerre diera a conocer el daguerrotipo en la Academia de Ciencias en Francia. André Breton veía a México desde la perspectiva de extranjero, es decir, desde una mirada más bien exótica que mostraba a México como un país de raíces indígenas y de paisajes áridos.
En la presentación de la exposición, Breton expresó su admiración por la fotografía de Álvarez Bravo, pero también dejó claro el modo en el que se había fotografiado México: «[…] la fotografía se ha contentado con mostrarnos un México bajo óptica fácil de la sorpresa, tal como puede ser percibido por el ojo extranjero a cada vuelta del camino. […] en el que las vistas panorámicas, las danzas indígenas y la arquitectura barroca de la Colonia se convierten obligadamente en los temas principales. Todo lo patético mexicano ha sido puesto por él [Álvarez Bravo] a nuestro alcance».[2] La exposición, a pesar de contar con las fotografías de Bravo y la pintura de Kahlo que se adscriben dentro del arte moderno, seguía exhibiendo una imagen de un México pintoresco y una visión indigenista del país. En la cubierta del catálogo de Mexique, aparecía la fotografía Muchacha viendo pájaros que Álvarez Bravo realizó ocho años atrás y que mostraba a una niña con un vestido desgastado, sentada al borde de una barda mirando al cielo mientras cubría sus ojos con el brazo izquierdo para protegerse del sol. Los pájaros no se ven, pero se sabe que están ahí porque el título de la fotografía lo indica.
Resulta difícil describir la fotografía de Manuel Álvarez Bravo, sobre todo porque su trabajo se inscribe en un periodo histórico importante: la transición de la fotografía pictorialista a la fotografía moderna. En la fotografía de Bravo se puede encontrar la influencia del fotógrafo alemán Hugo Brehme —la imagen Arena y pinitos (1920) es un claro ejemplo de ello— quien había realizado fotografías pintorescas de México durante la primera década del siglo XX . Al mismo tiempo, se nota la influencia de los grandes fotógrafos que marcaron el paso a la fotografía moderna en México a través de la abstracción y de los ángulos dramáticos: Edward Weston y Tina Modotti.
La primera mitad del siglo pasado se caracteriza por la constante búsqueda de la identidad mexicana, por esa necesidad de definir lo mexicano y la mexicanidad, sobre todo a partir de la década de los veinte en la que se inicia con el proyecto de reconstrucción nacional. Los muralistas mexicanos Rivera, Orozco y Siqueiros formaron parte fundamental en esa construcción de la identidad nacional, pero al mismo tiempo los fotógrafos nacionales y extranjeros se encargaron de erigir arquetipos de lo mexicano.
Hugo Brehme, por ejemplo, aportó la fotografía más icónica del general Emiliano Zapata que ahora resguardada en el Archivo Casasola. También fotografió los magueyes de los campos mexicanos, a los campesinos, a un charro y a una mujer vestida con un traje regional sentada en el tronco de un nopal. Brehme exaltó aquello que percibía como mexicano a través de una fotografía de corte pictorialista, todavía plana y ajena.
La fotografía moderna de Modotti y Weston habían permitido ver a México desde una visión distinta y Álvarez Bravo se incorporó a ella. Es así como se unió a la generación de fotógrafos que, en palabras de Mauricio Molina «[…] rompieron con los resabios del pictorialismo del siglo XIX para hacer de la fotografía un arte autónomo».”[3] En definitiva, la fotografía de Bravo continúa presentando al indígena como personaje mexicano, pero al mismo tiempo voltea la mirada a las cosas sencillas y cotidianas, mira de igual manera el campo y la ciudad, al indígena y al obrero, a la mujer con ropa y sin ella. Sin embargo, «sus indígenas son seres concretos, enormemente vivos, no aptos para la generalización».[4] Su obra se ha descrito como poética, surrealista, maravillosa, modesta, irónica, sutil e incluso, John Mraz usaría la palabra understated para explicar la fotografía no pintoresquista de Álvarez Bravo.
En la década de 1930, su trabajo tiene un tinte más moderno y el tono artístico se hace todavía más evidente. Entre 1933 y 1934, el fotógrafo realiza Sed pública, El señor de Papantla, Obrero en huelga asesinado y Los agachados. En 1934 el fotógrafo francés Henri Cartier- Bresson llegó a México en una expedición para trazar la ruta de la autopista panamericana, proyecto que sería financiado por el gobierno mexicano pero terminó por no realizarse.[5] Ese mismo año, Cartier Bresson realizó una fotografía, (constantemente comparada con Los agachados de Manuel Álvarez Bravo), en la que retrata a unos trabajadores vestidos con overol y sombrero mientras están sentados. De igual modo, la fotografía en la que Bresson muestra —desde una perspectiva en picada— a un hombre que parece que duerme en la calle recuerda al trabajador dormido que Bravo retrató en su fotografía “El soñador”.
Cartier Bresson y Álvarez Bravo son un claro ejemplo de que tanto los fotógrafos mexicanos como los extranjeros seguían dirigiendo la mirada al campo y que en su fotografía seguía apareciendo el elemento indigenista. Sin embargo, lograron integrar el escenario urbano al imaginario mexicano y a quienes lo constituían: las mujeres de la calle Cuauhtemoczin o a los obreros como esos nuevos personajes del México posrevolucionario que «[…] todavía no cambiaban del todo la manta por el overol, los pies descalzos o con huaraches por zapatos […]».[6] Ambos retratan la vida cotidiana de una manera muy realista, pero sin dejar de lado los elementos que habían configurado lo mexicano: los paisajes, los campesinos, las indígenas con los pechos desnudos y los volcanes. Sin duda, la incorporación de nuevos elementos permite reconfigurar lo que se entiende como mexicano y la manera en la que los mexicanos se ven a sí mismos, es decir, se reconfiguran los símbolos nacionales y con ello se da una transformación de nuestra concepción en torno a nuestra identidad.
[1] Horacio Fernández, “Manuel Álvarez Bravo” en Mexicana: Fotografía moderna en México,1923- 1940, pág. 84.
[2] André Bretón. Fragmento extraído de la presentación de la exposición Mexique, en Luna córnea, no. 1, pág. 29.
[3] Mauricio Molina, “La estación del vidente” en Luna cornea, no. 1, pág. 105.
[4] Carlos Monsivais, Maravillas que son, sombras que fueron. La fotografía en México, pág. 71.
[5] Elena Poniatowska, “El sueño es blanco y negro” en Luna cornea, no. 1, pág. 41.
[6] Rebeca Monroy Nasr, “Del medio tono al alto contraste. La fotografía mexicana de 1920 a 1940” en Imaginarios y fotografía en México, 1939- 1970, pág. 130.
El departamento es un desorden. Me recuerda a la canción de Timbiriche, la del desastre. Lou quita un montón de triques de una silla para hacerme un espacio. Él permanece de pie, no hay otro lugar para sentarse. Hay esculturas en el suelo, en las mesas, entre los libros, en el antecomedor, junto a la estufa, sobre la cama y en las repisas.
Estas son sólo algunas, tengo más, dice Lou, y echa la cabeza hacia atrás con la risa.
Su risa es contagiosa.
Lou Garza (Allende, Nuevo León, 1980) es un escultor regiomontano. Arquitecto de profesión y escultor por vocación, Lou trabaja con barro y crea personajes que cuentan historias. Las piezas que me muestra son de su última exposición El inframundo del fauno, presentada con éxito durante algunos meses en la biblioteca central del Tec de Monterrey. Cada pieza es única en forma y tamaño, aunque la unidad es evidente; juntas constituyen la fauna de una montaña boscosa que sólo existe en su cabeza. Un lugar quizá no muy diferente a su departamento.
Crecer en Monterrey implica asociar la escultura con piezas enormes: La paloma, de Juan Soriano, afuera del MARCO; Homenaje al sol de Rufino Tamayo, frente al Palacio Municipal; y El caballo de Fernando Botero, cerca del Museo del Noreste. Y ya, las demás no tienen título ni firma. Pienso en las monstruosidades oxidadas a lo largo de las avenidas Constitución y Morones Prieto, en las faldas del río Santa Catarina: esas son esculturas, ¿cierto? O lo fueron hace unos años, cuando alguien les prestaba atención. En los primeros meses de 2010 quizá, antes del huracán Alex.
Lou firma sus obras The Gargokken y ha vendido quince en los últimos meses. Los compradores son de Dinamarca, Lituania, Austria, Rusia y otros países. No, ninguno de México.
En la actualidad Lou es escultor de tiempo completo. Para llegar a ese punto, tuvo que superar los obstáculos habituales que enfrentamos los artistas mexicanos. El primer reto fue conseguir el apoyo de sus padres y lo obtuvo apenas hace un par de años en su primera exposición individual. Sucede con frecuencia que en Monterrey, los padres —intoxicados de ideas neoliberalistas— sueñan con el hijo director de una empresa y forrado en plata; en sus mentes, el trabajo artístico apunta en la dirección contraria al sueño. The dream, lo dicen en inglés entre amigos. El segundo reto de Lou es el estigma del escultor: un oficio en peligro de extinción.
«El arte ahora está afuera» comenta Lou, «la tendencia es el video, el mapping, la tecnología. Y la escultura sobrevive en lo abstracto. Lo mío casi nadie lo hace».
Lou crea personajes con barro. Les inventa una historia. La influencia de la mitología escandinava y grecorromana es evidente. Pero también hay por ahí un tlacuache con tentáculos en homenaje a La princesa Mononoke de Hayao Miyazaki. «Es como en la película, pero en Monterrey el espíritu tiene forma de tlacuache».
Y sin ponernos de acuerdo, los dos compartimos unos momentos de silencio, tal vez para recordar los tlacuaches atropellados que sacrifican su vida para enseñarnos una lección divina que aún no dilucidamos por completo.
Sus maestros lo han cuestionado por las características extranjeras de su obra, aunque con el tiempo aprehenden lo universal (la añorada universalidad) en el proceso de localización que Lou realiza al adaptar los conceptos mitológicos a un contexto del México contemporáneo. Algunas de las piezas poseen una textura que me recuerda al trabajo de los escultores mexicas. Pero eso no se lo digo porque justo cuando voy a comentarlo, Lou dice que no por ser mexicano tiene que esculpir a deidades aztecas o mayas, a pesar de la insistencia de algunas voces.
La historia de Lou es de éxito y de incomprensión, un contraste pintoresco que resulta distintivo de un sinfín de artistas mexicanos; una suerte de adolescencia perpetua, hecha insoportable por la falta de visión de los padres y una cultura de éxito basada en el dinero, el egoísmo y el chaqueteo. Me despido de Lou, del departamento y las esculturas, y me voy satisfecho, pero con la sensación de que la capacidad humana para disfrutar el arte se está perdiendo en el moderno pantano del desasosiego.
Fue gracias a los contactos de mi padre, un prominente hombre de negocios en mi natal Ginebra, que finalmente logré conseguir una entrevista de trabajo en el laboratorio del afamado Víctor Frankenstein, conocido entre sus amistades como “El moderno Prometeo” o “Vicky”, y que en aquellos años se había vuelto un personaje célebre y controversial por haber descubierto la técnica para dar vida a todo tipo de objetos inanimados y muertos; desde pequeños organismos hasta personalidades y carreras artísticas.
Cegado por mi sed de conocimiento científico, hice caso omiso a todos aquellos que me aconsejaron mantenerme alejado de él —que vivía aislado y que había sido repudiado por los miembros de su comunidad debido a su excentricidad y a sus métodos poco ortodoxos, como experimentar con partes humanas robadas del cementerio y comer pizza con palillos chinos— y armado con mi carta de recomendación y mi currículum, me presenté esa tarde en sus laboratorios, en donde fui recibido por una amable pero repulsiva y cadavérica asistente, que luego de saludarme con un gruñido me condujo hasta una pequeña oficina vacía en el sótano de la casa.
A los pocos minutos de espera entró en la oficina una criatura de gigantescas proporciones y fealdad sobrenatural, que después de dejarse caer pesadamente sobre su silla y de exprimirse una costura supurante, se presentó como el encargado del área de recursos humanos.
—Mi creador me ha encomendado la tarea de entrevistar sólo a los mejores candidatos —dijo el engendro mientras se acomodaba los lentes y ojeaba mi currículum.
—¿Es usted una de las creaciones de Frankenstein? —pregunté, más escandalizado por el nepotismo del doctor que por el hecho de estar siendo entrevistado por un feto parlante.
—Así es —dijo, incómodo y aclarándose la garganta—. Ahora. Primero que nada quiero que sepa que su currículum nos pareció muy interesante. Sin duda encaja usted a la perfección con el perfil que estamos buscando.
—Excelente —respondí entusiasmado.
—¿Qué es lo que le interesó de este laboratorio? —preguntó la aberración dándole un trago a su taza de café.
—Desde niño me han fascinado las ciencias y los misterios del mundo. Nada me gustaría más que colaborar con un hombre como Frankenstein y ayudarlo en sus experimentos.
—¿Cuáles considera usted que son sus principales fortalezas?
—Soy muy perfeccionista y trabajo bien bajo presión.
La criatura me examinó de arriba abajo a través de sus anteojos y comenzó a tomar notas en una libreta.
—Perfeccionista —murmuró mientras escribía—, trabaja bien bajo presión y sus piernas son largas, firmes y musculosas.
—¿Perdón?
—Nada. ¿Por qué dejó su último trabajo?
—Porque sentía que me estaba estancando —respondí—. No me malinterprete, hacer carrera en el ejército me parece algo sumamente digno y honorable, pero como médico sólo podía aspirar a alcanzar ciertos rangos y una vez que me convertí en Capitán de Amputaciones decidí que mis talentos para la medicina estarían mejor aprovechados en otro lado.
—Ya veo. Dígame, ¿está dispuesto a poner los intereses de la empresa por encima de los suyos?
—Por supuesto que sí.
—¿Padece alguna enfermedad?
—No.
—¿Si fuera usted una estación del año, cuál sería?
—No entiendo el sentido de esa pregunta.
—Este tipo de información nos ayuda a determinar algunos rasgos importantes de los candidatos —explicó sin dejar de mirar sus notas—. Sé que suena extraño pero le pido que responda sin pensarlo mucho.
—Pues… yo creo que… ¿primavera?
—¿Con qué utensilio de cocina se siente más identificado?
—No sé… ¿con la espátula?
—¿Si fuera usted un crustáceo, cuál sería y cómo le gustaría que lo cocinaran?
—Una langosta al mojo de ajo. Con poca sal.
—Interesante —respondió el esperpento sin dejar de escribir—. La mayoría de los entrevistados responden cóctel de camarones.
—¡Qué estupidez! —exclamé buscando hacerlo sonreír, sin éxito.
—¿Con qué parte de su cuerpo es con la que más se identifica?
—Sin duda con mis manos. Son mi herramienta principal de trabajo.
—O sea que podría usted prescindir, por poner un ejemplo, ¿de sus piernas?
—Bueno, no sería lo ideal, pero si me dieran a escoger…
—¿Cuáles son sus pretensiones económicas?
—Pues… eso dependería de los horarios, de mis obligaciones en el laboratorio, de las oportunidades de crecimiento y por supuesto de lo que estén ustedes dispuestos a pagar…
—¿Qué le parecerían trescientos francos?, ¿cien por cada una de sus piernas y otros cien por las molestias de amputárselas?
—¿Cómo dice?
—Lo que oyó. Estamos dispuestos a ofrecerle trescientos francos por sus piernas. Mi creador está trabajando en un nuevo proyecto y ya se cansó de utilizar cadáveres robados del cementerio porque las piezas siempre están en muy malas condiciones y pues… míreme a mí.
—¡Perdón! —respondí horrorizado y levantándome de mi silla—, ¡pero yo creí que ustedes estaban interesados en mi trabajo!
—¿Qué lo hizo pensar eso?
—¡Que me contactaran del laboratorio de Frankenstein para una entrevista con su gente de recursos humanos!
—¡Así es! ¡y su entrevista ha sido un éxito! Como le dije al principio, su perfil nos gusta mucho y la oferta que le estamos haciendo no se la hacemos a cualquiera. El tipo que vino ayer nos dejó sus brazos por sólo cincuenta francos.
—Pero no me puedo deshacer de mis piernas.
—¿Por qué no?, ¿no me acaba de decir que no las necesita?
Sí las necesitaba, y en ese momento me resultaron especialmente útiles para salir corriendo de ahí. Mis sueños de convertirme en hombre de ciencia nunca se cumplieron, y hoy trabajo en una fábrica de utensilios de cocina en donde irónicamente paso la mayor parte del tiempo sentado.
Manuel Solano (Estado de México, 1987) nació con melancolía y en su vivir la ha moldeado con delirio. Es un personaje de un cuadro de Caspar Friedrich traído por alguna nodriza a un campo de batalla posmoderno, cuya arma es un humor sofisticado en ironía. Su primera etapa de producción (2007-2013) está marcada por su interés en la moda como código cultural del cual se apropia y registra -a manera de crónica visual-. Personalmente la retoma como una configuración ideológica que le permite transmutar constantemente. No sucede lo mismo en esta nueva etapa de trabajo (2014), en la cual hay, incluso, un cambio de usos de materiales. El óleo, en el caso de la pintura, ha sido sustituido por el acrílico por su ductilidad y rapidez. El bastidor por hojas de papel, el pincel por plumones que generan una cercanía a lo primigenio de la infancia. Si bien existen dos periodos de producción artística de Solano muy delimitados, su postura artística no ha cambiado, al contrario, se ha reafirmado: moldear el caos del mundo a partir de lo íntimo y utilizar la melancolía como postura política. Finalmente, Manuel es un artista neoromántico en la era de la banalidad: aprehende el mundo, lo cuestiona y se fastidia de él.
A lo largo de la historia encontramos varios autorretratos que descubren en los animales alegorías de gran fuerza poética, como el famoso autorretrato de Rembrandt, El buey desollado (1655) o Ciervo herido (1946), de Frida Kahlo. En ese sentido puede inscribirse Hallway.
Cuando tenía 20 años tenía una obsesión por el venado por ser un animal que posee cierto porte, pero a la vez es vulnerable y huidizo, aun cuando para Disney es el príncipe del bosque. A la distancia y con lo que me preguntas, efectivamente puede ser un autorretrato, un venado herido a punto de morir.
Tu trabajo también cuestiona las políticas de la imagen a partir del fetiche. En una era moldeada desde lo mediático y el espectáculo Pearl Bim opera de manera crítica ante la aparente ingenuidad de creer que todavía existe la privacidad y que podemos escaparnos del Big Brother Orwelliano.
Sí. El que exista en el video un escenario, un personaje que soy yo con el culo lleno de diamantina modifica el significado del cono: de un sentido sexual, incluso pornográfico, a uno mágico que transforma ese objeto, incluso escultórico. De ahí que el video –más que un registro– funcione como un hecho furtivo que luego es visible para todos.
En la dimensión de tu producción subyace un sentimiento de pérdida, me viene a la mente Self portrait crying, fotografía que, además, es característica del ejercicio fotográfico contemporáneo desde las plataformas digitales.
La noche antes de que me enterara que tenía VIH me tomé esa foto, pero yo no lo sabía. Lloraba por mi vida ida al carajo. Fue un momento que me di cuenta que los últimos seis años habían sido un error y que la había cagado enormemente. Estaba llorando porque sentí que había perdido la música.
Finalmente, me gustaría resaltar, por una parte, la importancia de elementos autobiográficos en tu obra, como Aquaerobics, que, además, funciona como index de una época: la década de 1990. Y, por último, la posición retadora que representa tu producción actual.
Aquaerobics es una obra muy lúdica –que de no haber perdido la vista– me hubiera dado mucho miedo hacer una obra así. Es una pieza que no aspira a nada más que lo que ves y escuchas: una escena de una alberca en hotel con un wey que está dando instrucciones con música espantosa. Y, como dices, me recuerda a mi infancia, cuando íbamos a Ixtapa en verano, al Hotel Cristal. La instalación es una atmósfera festiva con música kitsch, es algo que al final de cuentas representa sentimientos míos, relacionados a mi infancia, con cierta nostalgia por esos momentos, pero que al final perturba, cuestiona e identifica al espectador…, es algo que me sorprende.
*Manuel Solano estudió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado, La esmeralda (2008-2012) y en ENSBA Lyon, en Francia (2011-2012). Ha expuesto de manera individual y colectiva en Canadá, Estados Unidos, Francia, Guatemala, Italia y, por supuesto, México.
Puede ser que a la vez se exagere y se subestime el valor de la lectura. Últimamente a todo el mundo le ha dado por hablar de que nadie lee, o de que todos lo hacen pero lo hacen mal, o de que los libros sólo sirven como decoración o se han puesto a hablar del fracaso de los programas que promocionan la lectura, o de lo fantástico que es el maravilloso mundo de las letras; a todo el mundo le ha dado por hablar de libros y no quiero quedarme atrás. Sin embargo, me parece que debemos tocar un punto un poco desdeñado en estas discusiones.
En los anuncios que promueven el valor positivo de la lectura, en mi opinión, se busca establecer, quizás inconscientemente, la misma relación utilitaria que un católico establece para con Dios. La idea de Dios para el católico resulta tan insuficiente que se le debe adornar de un dramatismo vital tal que podemos llegar a él de rodillas sangrantes, sí, pero con la condición de que valdrá la pena. Así, se le dice a la gente que leer los hará más interesantes, inteligentes e importantes; en fin, leer hace a la gente superior pues, a final de cuentas, es lo que todos queremos, ser más de lo que somos.
Si realmente nos importara promocionar la lectura promoveríamos las bibliotecas antes que las librerías; a las bibliotecas públicas se va con la consigna de que los libros que leamos tendremos que devolverlos. Son lecturas que no podremos ostentar estéticamente: no lucen en nuestra sala ni en nuestras casas, y quizá tampoco se nos noten cuando caminemos entre los miembros del jet set. Se puede dar todavía el caso, afortunadamente, del buen lector que no tiene en su casa ni siquiera una docena de libros.
Cuando se habla de los beneficios de la lectura, de los privilegios del objeto llamado libro, lo que suele difundirse no son las consecuencias morales que hipotéticamente pudieran tener los libros en quien los lee sino el ofrecimiento de una reputación de fácil alcance. Lo que suele promocionarse no son los libros sino lo que se obtiene con ellos. En esta tendencia a sublimar el valor genérico de los libros se esconde la fórmula mágica que ofrece superioridad: es una herramienta de poder (no sé de qué tipo) sobre los otros. Para comprar libros sólo hace falta dinero, pero ¿qué se necesita para leerlos y entenderlos? Y más aún, ¿qué se necesita para que los libros tengan una consecuencia directa en quien los lee? De suyo, leer no hace mejor a nadie.
Las campañas pro lectura, de tener éxito, llenarían al país de pedantes (ya está lleno de prepotentes, ahora, ¡habría que sumar a los pedantes!). Antes de que eso suceda, habría que adelantarnos con una campaña que mitigara la altanería de todos los eruditos a la violeta. Claro que es necesario promover la lectura, pero no porque el país tenga tantas deficiencias educativas habría que dejar de señalar que lo importante no es leer, sino qué leer y cómo.
Hay que decir que los libros también sirven para llenar el espacio, el horror vacui no sólo de la casa sino también de la existencia. Los libros también sirven para entretenerse, como un cubo Rubik o como tejer estambre. También sirven para no aburrirse cuando ya nos aburrimos de otras cosas; y la vida, si es que sirve de algo, también sirve para entretenernos cuando ya nos aburrimos de leer. Y también son consejeros para que tomemos decisiones y paradójicamente son buenos distractores para cuando no queremos tomar una decisión.
Algo que no se dice es que muchos buenos lectores tienen pésimos modales y muchos no parecen representar ningún ejemplo para nadie. Pocas veces un adolescente soñaría, en vez de con ser un escritor-celebridad, con ser un respetable erudito. Un niño sueña con ser el próximo futbolista, no con refutar el liberalismo de Friedrich Hayek ni mucho menos con ser un experto en lenguas semíticas. A muchos lectores me los imagino leyendo con la única intención de aguardar la ocasión de exhibir lo que leyeron, de preferencia borrachos. Lectores sedientos de pendejear al mundo, de llamar ignorante a la persona que no sabe lo que ellos sí saben y que no ha leído el libro que ellos sí leyeron.
Creo que los lectores deberían alentar a otros lectores a seguir leyendo con formas menos vanidosas y petulantes de ser. No sé cuántos lectores busquen humildad en los libros; deben ser pocos, pero ejemplares.