Como parte de las celebraciones por el 110 aniversario del nacimiento de Aurelio Baldor, matemático y escritor cubano de fama internacional, autor de la aclamada saga integrada por Aritmética, Álgebra y Geometría Plana del espacio y Trigonometría, y de la rarísima colección de poemas Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, la editorial Códice América, en conjunto con reconocidos académicos y miembros de la comunidad cultural, ha recopilado y editado una serie de textos inéditos —descubiertos recientemente por los familiares del fenecido matemático— que revelan una faceta de narrador hasta ahora desconocida. Se trata de un volumen de cuentos cortos y del manuscrito de una novela detectivesca, escritos durante el rodaje de la adaptación cinematográfica de Álgebra, y durante el posterior periodo de depresión que sufrió el autor después de que la película fuera destrozada por la crítica, que la tachó de «confusa al grado de que las soluciones a los miles de conflictos dramáticos en la historia se tienen que explicar en los créditos».
Recientemente tuve la oportunidad de examinar algunos de estos textos, y descubrí con sorpresa que, más allá de su erudición matemática, Aurelio Baldor era un autor de primer orden: un prosista con enorme vocación narrativa, que miraba y retrataba al mundo que lo rodeaba con una visión particular y ligeramente atormentada. Es precisamente del manuscrito de su inédita novela negra, La raíz cúbica del miedo (que verá la luz a mediados del próximo año), que se desprende el fragmento que comparto a continuación:
Capítulo I
La mirada de Laura fue una incógnita que nunca pude despejar. Esa mirada distante, ni negativa ni positiva, con la que me contemplaba recargada contra la cabecera de la cama, mientras yo terminaba de vestirme sentado en la orilla y pensaba que, a pesar de los años de conocernos y de su aparente normalidad, en ocasiones ella seguía siendo para mí como una ecuación simultánea de primer grado con tres o más incógnitas en la que tenía prohibido utilizar calculadora.
Desde el principio supo que yo era casado y lo aceptó. Sabía también que mi trabajo como investigador privado dejaba poco. Yo nunca le hice promesas y ella nunca me lo reprochó, y aunque nuestro trinomio al cuadrado distaba de ser perfecto, la mayoría de nuestros problemas se podían resolver haciendo sumas y restas con los dedos. Había química en la cama, disfrutábamos nuestra compañía y teníamos intereses en común. Debido a mis obligaciones laborales y maritales, los días y horas de nuestros encuentros variaban constantemente, pero el orden de los factores nunca alteraba el producto.
Era todo lo contrario a mi mujer, con quien cada vez me sentía menos conectado y cuyas expresiones radicales me resultaban cada día más difíciles de simplificar. Si sospechaba de mi devaneo nunca me lo dijo, pero con el paso del tiempo y especialmente a partir de la pérdida de nuestro único hijo, la relación había comenzado a fraccionarse hasta un punto en el que ninguno de los dos nos sentíamos enteros. Era como si una misteriosa fuerza hubiera reducido nuestro común denominador al mínimo.
Laura, en cambio, siempre estaba contenta de verme, sin importar la hora ni las circunstancias. Era sólo en ese momento, en ese brevísimo instante en el que yo terminaba de abotonarme la camisa, guardaba mi Beretta, tomaba mi sombrero y me preparaba para partir, cuando sus ojos delataban un miedo que a pesar de mi insistencia nunca reconoció. Se ponía misteriosa y en actitud defensiva, evadía mis preguntas y cuando se sentía acorralada amenazaba con hacerme uno de sus números irracionales. Se ufanaba de su independencia y de su felicidad, y aprovechaba para recordarme que su vida era una ecuación lineal de la que yo podía ser eliminado como cualquier otra variable. Escondía algo de su pasado. Eso siempre lo tuve claro.
La última vez que la vi terminamos peleando por alguna tontería. Ni siquiera recuerdo por qué. Esa misma noche yo había quedado de ver a un cliente, así que la dejé llorando y gritándome algo sobre el valor absoluto de nuestra relación y el espacio euclídeo que se estaba formando entre nosotros. De haber sabido lo que se avecinaba nunca hubiera salido de su casa.
Serían las doce de la noche cuando finalmente salí de mi despacho, luego de rechazar al potencial cliente y de explicarle que no podía ayudarle con su contabilidad. Por un momento consideré volver a casa de Laura pero, en cambio, decidí encaminarme a la cantina de mi amigo Feliciano, alegre y dicharachero, quien solía consolarme en mis problemas de mujeres con frases como «lo que hoy siente tu corazón, mañana lo entenderá tu cabeza», o su típica expresión «B(x) = x4 − 5x2 + 7x – 20».
Terminé a las cinco de la madrugada, borracho y taciturno. Cuando salí, la noche había comenzado a desvanecerse y a cederle el paso a una mañana clara como la solución al Teorema de Rolle. Las calles desiertas y silenciosas sólo acrecentaron mi melancolía, y mientras caminaba ensimismado y aferrado al mango de mi pistola, tuve la extraña sensación de que mi vida estaba por dar un giro de 180 grados compuesto por varios ángulos adyacentes. Sin estar realmente conciente de la hora, decidí llamar a Laura desde un teléfono público.
—Su amiguita está muerta —dijo una misteriosa voz masculina que respondió en lugar de Laura al otro lado de la línea—. Y si no quiere que le cuente todo a su esposa y lo incrimine a usted en el asesinato, voy a necesitar que siga mis instrucciones al pie de la letra.
—¿Quién habla? —vociferé—. ¿Qué hizo con Laura?
—No le puedo dar mi nombre. Sólo le diré que soy alguien que compró cierto número de botes de cloroformo por $150. Utilicé 5 durante un secuestro y vendí los restantes a $1 más de lo que me costó cada uno, con lo que recuperé lo que había gastado. ¿Tiene usted idea de cuántos frascos compré y a qué precio?
—¡No le voy a responder nada hasta que me diga qué hizo con Laura!
—Su amiga fue alcanzada por una piedra que dejé caer desde la azotea de su edificio. La piedra recorrió 16.1 pies en el primer segundo, y en cada segundo posterior recorrió 32.2 pies más que en el segundo anterior. Si la piedra tardó 5 segundos en estrellarse contra su cabeza, ¿cuál es la altura del edificio?
—¡Maldito cobarde! —grité intentando contener las lágrimas de rabia que habían comenzado a brotarme—, ¡le juro que lo voy a encontrar y le voy a hacer pagar por esto!
—No hace falta que me busque —dijo la voz con cierto regocijo—. En unas horas sale un autobús de la terminal de transportes que viajará hacia Camagüey a una velocidad de 60 kilómetros por hora. Más le vale estar en él. Media hora más tarde yo abordaré otro en la misma dirección que irá a 80 kilómetros por hora. Lo veré a medio camino.
—¿Pero en dónde? —pregunté—. ¿Cuánto tardará su autobús en alcanzar al mío y qué distancia habrá recorrido?
—Eso es parte del juego —replicó la voz con una risita—. Le advierto que si no acude a la cita me iré contra su familia y terminaré de arruinar el resto de su miserable existencia.
Antes de que pudiera responder, el misterioso sujeto colgó. Enardecido y con sed de venganza, me encaminé a la estación de autobuses y tomé el primero que salía para la ciudad de Camagüey. Mientras me acomodaba en mi asiento y me cercioraba de que mi pistola estuviera cargada, hice los cálculos correspondientes: 2 horas y 120 kilómetros me separaban de mi venganza.
Me niego a pensar en la literatura infantil como una que se diferencia de la literatura adulta; ni siquiera existe esa categoría, ¿cierto? Por lo general, no distinguimos los libros que leemos por el público al que van dirigidos. En las librerías no hay secciones dedicadas a poesía para personas entre 31 y 37 años, esto se define en función de los gustos y la experiencia del lector, en principio ningún libro le está negado. Algo distinto sucede con el libro infantil en cuya cadena intervienen principalmente adultos. Un autor experimentado es contactado por un editor de su misma edad para hablar de la creación de un libro futuro para un lector que suele ser por lo menos treinta años menor que ambos. Ambos deciden qué temas será mejor tratar y qué palabras deberán usar para ello. Más tarde una de las partes definirá ilustrador y le pedirá que trabaje sobre el texto articulado por alguien quizá sólo unos años mayor que él. Al finalizar el proceso editorial, cuando el libro empiece a distribuirse, éste será acomodado según la estrategia de cada librería. Un librero se lo ofrecerá a los papás que busquen un libro sobre un tema específico o, en el mejor de los casos, un niño lo verá y querrá llevárselo a casa. Lo que puede, o no, suceder. La decisión de comprarlo está, otra vez, en manos de un adulto.
La cantidad de filtros involucrados en este proceso es abrumadora y todos están relacionados con lo que cada adulto considera es un niño. La carga histórica que tiene la infancia, específicamente después del siglo XIX, puede llegar a ser un fastidio. De un “día para otro” los niños pasaron de ser un pequeño adulto, capaz de escuchar las historias más sangrientas y trabajar en las minas, por ejemplo, a ser entes casi inmaculados e intocables. El mundo los mira como una semilla que dará los mejores frutos (o los más podridos), según las experiencias de los primeros años. La pedagogía determina algunos valores propios de la infancia y el imaginario saca sus propias conclusiones.
La literatura infantil —a la que llamaré así para fines prácticos— se gesta en el contexto decimonónico y hereda sus valores. Define a su lector como alguien inocente e incapaz de escuchar hablar sobre ciertos temas. Legitima, además, algunos lugares comunes asociados con la bondad, la inocencia, los colores pasteles, los animales, las flores y el olor a chicle; mismos que en siglo XX, el psicoanálisis y las nuevas teorías de educación, tratarán de derrumbar para empezar a mirarlos como seres con fijaciones y complejos, cuya forma de actuar es digna de análisis y es determinante para el futuro.
Una gran parte de la industria editorial sigue anclada en supuestos del pasado. Por suerte, existe una contraparte que evoluciona con el siglo e intenta subvertir este orden porque piensa a sus lectores como personas capaces de hablar de cualquier tema. Los define como entes complejos que transgreden el orden y ya no están asociados con prejuicios. Pone el reflector sobre los procesos de transición y recurre a temas universales asociados con problemas propios de la edad. Mi foco está siempre, sobre esta última forma de LIJ[1], la primera es obsoleta.
La pregunta pertinente en este momento es en qué niños se piensa en el siglo XXI. Tenemos regímenes escolares casi carcelarios conviviendo con opciones alternativas de lo más laxas, ambas deben tener un objetivo en común y con las mismas intenciones: educar para el futuro. Una constante que se mantiene aunque el modus operandi cambie, otra herencia del pasado.
Por otro lado, existe una industria completa que se centra en la diversión y confort del niño, produce ¡todo! para este público: ropa, juguetes, dulces, olores, colores, sabores, videojuegos, aplicaciones, cine, televisión, libros y un largo etcétera. Reconoce lo inagotable del mercado, cada vez ofrece elementos más sofisticados y logra posicionarlos al enviar un doble mensaje, por un lado capta la atención de los niños (crea una necesidad) y por otro siembra en los adultos el compromiso de invertir en el futuro de un tercero (crea una responsabilidad). En casi todos estos procesos, los trámites se dan entre los mayores. Merece la pena detenerse a reflexionar para hacernos la pregunta: ¿a qué nos referimos cuando definimos lo infantil y en qué niños estamos pensando? Es posible pensar que, en este momento, nos equivoquemos en casi todo.
[1]LIJ es la abreviatura para Literatura Infantil y Juvenil.
Es horrible ser joven. A veces lo creo con una fe inquebrantable. Luego reflexiono que quizá pienso así porque mi juventud se desvanece en mi memoria y desde hace siete años soy maestro de preparatoria. Hay días que no tolero la encantadora manera juvenil de descubrir lo que innumerables generaciones previas han descubierto con el mismo entusiasmo. Leer a Rimbaud (como niña enamorada de One Direction, pensar que su texto se escribió como una dedicatoria personal de amor) para después citarlo en cada escrito como la máxima novedad. Lo mismo con Bukowski, Breton, Rilke y la lista de escritores popstar es larga. Es bello, es refrescante, pero tedioso si la repetición del fenómeno se percibe de manera consciente.
Lo que no deja de ser emocionante, sin embargo, es verlos dar el siguiente paso. Quizá porque no todos llegan ahí: al momento de encontrar la voz personal, de apropiarse de las voces de los maestros y sentirse (in)cómodo con uno mismo. Adiós espinillas, hola cicatrices.
En Monterrey, la generación de poetas nacidos en los noventa está haciendo mucho ruido. Pero entre el ruido, algunos comienzan a ser armónicos. Les presento a tres: Priscila Palomares, Julio Mejía III y Jesús de la Garza.
Poeta y promotora cultural
La primera vez que charlé con Priscila Palomares (Monterrey, 1994) me dijo: no me gusta la universidad, me quita tiempo para la escritura y la promoción cultural. Esa fue su tarjeta de presentación y entre líneas leí la determinación y el compromiso. Ha pasado un año desde entonces y la primera impresión no fue incorrecta: Priscila trabaja con pasos firmes para ganarse un lugar en las letras mexicanas.
El trabajo lo realiza desde dos frentes. Por un lado, imparte talleres de escritura creativa para niños y además publicó dos antologías con el trabajo de sus pupilos en coedición con la editorial regiomontana Onomatopeya Producchons. También dirige el fanzine Ahí muere, especializado en arte y literatura no comercial de Monterrey.
Estos esfuerzos no serían valiosos sin un talento propio para respaldar las iniciativas. En 2013 publicó el poemario Nueces y sirenas (Casa Editorial Abismos), y ahora trabaja en Sinfonía, que será editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León como parte de la colección Proyecto Y: avanzada del desencanto, coordinada por el poeta Margarito Cuéllar. Sinfonía se perfila como una obra más madura, no necesariamente por los temas tratados, sino por el notable salto en cuanto a la precisión de la forma. En las pausas, los silencios y la construcción de imágenes se percibe un mayor oficio, esbozos de un colmillo astuto; el juego iniciado en Nueces y sirenas continúa, pero esta vez con más técnica y fuerza.
Priscila realiza una labor muy noble: después de tocar puertas y anotarse su primera publicación, decidió dar un giro para convertirse en una puerta para otros. En Monterrey no son muchos los poetas con los huevos o los ovarios para devolver con humildad las oportunidades recibidas en la etapa de formación.
El showman de la poesía
Otro poeta con pantalones es Julio Mejía III. Nacido en Torreón (1990), ya lleva sus buenos años en Monterrey. Si lo googlean, verán que sus research interests son la Literatura española del Siglo de Oro, Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo. Pero su poesía no refleja esos interests, más bien, los resultados de la búsqueda deberían de apuntar a sitios electrónicos de cultura pop. En la poesía de Julio, el eslogan de McDonald’s (ya se lo saben, para qué reproducirlo aquí) es a la vez una burla y la base para una historia de amor. El efecto paradójico está bien logrado y el lector no sabe si correr por una Big Mac o llamar al ser amado para cerciorarse de que el amor aún existe, a pesar de la miseria neoliberalista. Es parecido a odiar lo que representa Carlos Slim, pero conmoverse en el cine con los comerciales de Telcel previo al inicio de la película.
Julio también escribe sobre Leah Spencer, mejor conocida como «la güera del TEC», aficionada que descubrió su pecho para celebrar un gol de Rayados; sobre reality shows; la chica del clima en el Telediario; John Keating y la Dead Poets Society; una mujer que admira a Gloria Trevi; y Coca Cola, entre otras marcas registradas.
Creo que es difícil hablar de la poesía de Julio y que no parezca efectista, en el sentido de buscar el camino fácil para provocar empatía y carcajadas. Pero eso debe de quedar claro, no es escribir de McDonald’s u Oribe Peralta nada más por el efecto, hay trasfondo, crítica, composición, intención estética, intertextualidad, sentimientos auténticos y una suerte de epifanía en ese punto donde converge la idiotez de lo moderno y la belleza de lo universal.
El poeta de la brevedad
Bien conocidas son las virtudes de la concisión y la precisión; pocos elementos se valoran tanto en la poesía: decir lo que se tiene que decir con las mejores palabras. Jesús de la Garza (Montemorelos, N.L., 1994) ha destacado por la brevedad y la exactitud de sus textos. Es mucho decir, pues es común asociar a los poetas jóvenes con la verborrea insensata. Chuy no, en sus poemas hay control y no por eso rigidez.
Lo consigue a través de la forma, sin abusar de artificios. Hay repeticiones, pero con sensibilidad. Hay paréntesis, pero acompañados de paradojas. Hay imágenes, pero solo con los adjetivos necesarios. Tuve el gusto de trabajar con Jesús en dos antologías que edité, una para Editorial Alabastro y otra para Resortera, y eso de “tuve el gusto” es sincero, porque con otros autores no lo fue tanto: arrogantes, renuentes a discutir sugerencias, veloces al reprobar el trabajo de los compañeros, cuestiones por el estilo. Siempre hay de todo. Jesús es consciente del trabajo en equipo que implica la engorrosa cadena autor-editor-editorial-distribuidor-librerías. Jesús sabe que es más valioso sobresalir por el trabajo dedicado al poema, que reemplazando la obra con desmadre, burlas y gritos para silenciar a otros.
Jesús estudia la carrera de negocios internacionales. Alguna vez lo escuché decir que no la estudiaba por gusto. Es muy gris, dijo. Lo positivo es que lo gris, evidente en una carrera que lleva negocios en el nombre, no ha matado el espíritu literario de Jesús. Recientemente ha publicado en las revistas Katharsis XXI, Órfico y Monolito, además, su poesía ha sido antologada en Palabras de emergencia (Regia Cartonera, 2013), Telescopio (Editorial Alabastro 2013) y Se oyen voces en el pasillo (Resortera-UANL, 2015). Por si fuera poco, también le entra al Slam Poetry, cómo no.
Reproduzco a continuación, con permiso de Jesús, su poema “Retrato de un clavel”, para cerrar la columna con las posibilidades de un poema y no con punto final.
Retrato de un clavel
Los claveles amarillos que humedeciste El trino de los neumáticos escapando
El bello chispazo del águila en tu palabra
La cera deletrea tu nombre y se derrama sobre tu foto
Tu madre te cose la boca con sedal Tu padre te besa como Judas
Tu amante te abandona en el bosque de los espejos
El humo baila un recuerdo
El humo canta un cuerpo
El humo te envejece
El humo no sabe llorar
Hay una guitarra en el columpio
Dice tu nombre (no dice tu nombre)
La tierra está hecha de terciopelo (la tierra está hecha de caucho)
Karl Amadeus Hartmann es considerado por algunos críticos como el mayor compositor sinfónico alemán del siglo XX. Sin embargo, muy poca gente es capaz de reconocer alguna de sus obras (no sólo sinfónicas). Hartmann trabajó junto a Joseph Haas, alumno directo de Max Reger y después con Hermann Scherchen, a quien conoció en 1927. Scherchen fue director de orquesta, compositor, editor, escritor y teórico de la música. Él fue quien le enseñó a Hartmann la música de Schoenberg y de Alban Berg (Scherchen dirigió el estreno de Pierrot Lunaire de Schoenberg). Lo que Hartmann más valoró de estos músicos no fue tanto el dodecafonismo sino su intensidad expresiva; fue una alternativa a la corriente de la Neue Sachlichkeit (nueva objetividad) comandada por Hindemith.
Buena parte de las emociones reflejadas en la música de Hartmann proviene de lo que presenció en Alemania. Desde el primer momento mostró su rechazo y horror hacia el nazismo. Sin embargo, para él era demasiado el tener que dejar su natal Múnich, por lo que por un tiempo continuó dando algunos conciertos en el extranjero, pero se negó a participar de lleno en la vida musical alemana. Lo que componía lo guardaba en un cajón.
Durante la guerra visitó Viena para tomar clases con Anton Webern, quien entonces era completamente desconocido aunque formara parte de la llamada Trilogía Vienesa junto con Schoenberg (quien había emigrado a Estados Unidos) y Berg (quien ya había muerto). De estas clases, Hartmann aprendió mucho del análisis de compositores como Beethoven, Reger, Mahler y Schoenberg, pero las clases no se prolongaron más allá de unas cuantas semanas porque Hartmann no compartía el espíritu nacionalista y la abierta tolerancia al nazismo de Webern.
Cuando la guerra terminó, Hartmann salió de esa reclusión a una vida pública en la que había que «ponerse al corriente» en términos culturales y artísticos. Durante doce años, los músicos alemanes dejaron de conocer la música de otras latitudes (e.g., muchas obras de Schoenberg, Bartók o Stravinsky). Con el apoyo de Radio Bavaria, Hartmann organizó una serie de conciertos de música nueva por el resto de su vida. Este proyecto se llamó Música Viva, un título tomado de una revista que Scherchen había publicado en la década de 1930 y que se dedicaba a presentar nueva música. También trabajó como dramaturgo de la Ópera del Estado de Bavaria y asesor de Radio Bavaria.
Hartmann había permanecido en silencio de los veintiocho a los cuarenta años de edad (probablemente los más productivos en la carrera de la mayoría de los artistas). Una vez terminada la guerra comenzó a componer con mayor regularidad. Destruyó casi toda la música que había compuesto antes o la modificó sustancialmente. Podríamos decir que la música de este compositor está incluida en un breve periodo nada más: de 1946 a 1963.
Quizás su obra más conocida sea el Concierto fúnebre para violín y orquesta de cuerdas (1939), una suerte de declaración ante la tristeza de la guerra inminente y el dominio de los nazis en Alemania. Hartmann compuso varios conciertos, música de cámara y una ópera, Simplicius Simplicissimus. En 1962 se encontraba trabajando en una composición coral basada en la obra Sodoma y Gomorra de Jean Giraudoux, pero sólo alcanzó a componer un soliloquio (para barítono) cuando murió de cáncer.
En total compuso ocho sinfonías. En la primera incluye algunos versos de Whitman traducidos al alemán; data de 1936, aunque fue revisada en 1948. De hecho Hartmann era muy dado a revisar sus obras, por lo que a veces es difícil establecer una fecha exacta de composición (compuso sus primeras seis sinfonías en un lapso de ocho años.) Ninguna de sus obras se ajusta a la estructura tradicional del género. La única que tiene una forma “común” (tres movimientos: uno rápido, otro lento y otro rápido) es una sinfonía concertante para orquesta sin violines ni violas. En su obra abundan las fugas y variaciones de un mismo tema. En lo que respecta a su música sinfónica, un sello de este compositor es la exploración constante del color en atmósferas fantásticas y un gran deleite por el virtuosismo; las partes que corresponden a las percusiones llegan a grados de complejidad apenas superados por Bartók; y su exploración por las posibilidades del arpa y los teclados es notable.
Hartmann compuso su octava sinfonía durante 1960 y 1961. La partitura quedó lista a principios de 1962 y se estrenó el 25 de enero de 1963 con la Orquesta de Radio Alemana Occidental dirigida por Rafael Kubelik. Está dividida en dos movimientos (varias obras de los últimos años de vida de Hartmann estaban divididas en dos partes). El primero es Cantilène; el segundo, Ditirambo, el cual a su vez está dividido en otras secciones. Entre ambos movimientos no hay una pausa que pueda indicarnos el final del primero y el inicio del segundo.
El inicio genera expectativas de inmediato; es una obra que inicia ya con la tensión que en otros demora hasta el fin de la exposición. La indicación para interpretar esta parte es lento assai, con passione. Un clarinete y un vibráfono tocan juntos una línea melódica que atraviesa —brincando al menos— unas tres octavas. Esta ejecución está marcada con un fff y con forza, indicación que queda reforzada por una serie de sonoridades muy vívidas como las que producen juntos un glockenspiel, un xilófono, una marimba, una celesta, arpas, piano el grupo de cuerdas tocando fortissimo y unas trompetas y trombones mudos tocando (se tapa la salida del aire de estos instrumentos y el sonido deja de ser brillante y se asemeja más a un gruñido). Luego viene un silencio que indica el fin de la introducción.
El tempo con el que continúa la obra es adagio; escuchamos algunas cuerdas acompañadas de la marimba, el vibráfono, las arpas y el piano acentuando apenas dichas cuerdas. Inicia una fuga a cargo del segundo violín. Su melodía es semejante a una canción de gran intensidad (una cantilène) en la que el tempo de adagio es apenas un punto de partida, pues éste irá en aumento resaltando cada vez más la fuerza expresiva de la fuga mientras más y más instrumentos de cuerdas se suman al tema hasta generar un sonido de mayor dimensión.
El movimiento está compuesto por tres exposiciones de la fuga. La llegada del primer clímax semeja la de un caos: escuchamos un crescendo enorme proveniente de las percusiones que termina por poner un alto a todo. Después aparecen algunos gestos orquestales —como si fueran fragmentos resultantes de este caos— y un fagot inicia una melodía que pasa al clarinete y después al oboe. Esta línea melódica está adornada por varios sonidos intermitentes, como satélites, que cede el paso a un momento de gran brillo iniciado por un grupo de violines. Luego siguen una trompeta, dos flautines y todos los violines se suman en un momento que queda perfectamente enmarcado por las percusiones y los teclados. Entonces la música parece descender hasta cerrarse en un pianissimo aunque seguimos escuchando algunos sonidos que mantienen vivo el temperamento expresivo de esta parte.
Ya para terminar este primer movimiento escuchamos una figura de cuatro notas; la tocan el fagot y las violas (lo último que se aprecia en esta parte) y esta figura regresa aumentando su velocidad para indicar que el Ditirambo ha comenzado. Este movimiento tiene la indicación del compositor que reza: «es una canción de júbilo que termina en un momento de absoluto entusiasmo». Mientras que en la Cantilène los compases eran bastante grandes con patrones rítmicos muy complejos, el pulso del Ditirambo es mucho más estable. Todo el movimiento mantiene un pulso de 12/16.
El Ditirambo se divide a su vez en dos secciones: Scherzo y Fuga. El Scherzo avanza pianissimo en su mayor parte y está conformado por tres variaciones cuyo nivel dinámico aumenta respectivamente. La primera variación, molto leggiero, oscila entre el piano y el mezzo-forte. Un fortissimo irrumpe de pronto dejando el tema aparentemente intacto, pero con la sensación de que algo extremo ocurrió de pronto. La segunda variación, impetuoso-sveglio, se mueve entre mezzo-forte y forte con una armonía disonante. La tercera variación, con fuoco e furioso, alcanza una dinámica forte-fortissimo. Escuchamos un final en el que tocan todos los instrumentos (per tutti) en el que hay un juego de dinámicas extremo con aceleraciones y disminuciones continuos hasta escuchar los timbales cerrando esta parte.
La fuga continúa sin un corte claro. Su tema contiene la figura de cuatro notas antes mencionada (la que dio inicio al Scherzo) y otras notas que nos recuerdan al inicio de la sinfonía misma. En la fuga también tenemos interrupciones y cambios bruscos de ritmo y dinámicas, pero prevalece el sonido de las percusiones y los teclados marcando un aumento de intensidad. Después de un momento en que casi toda la orquesta suena con gran fuerza aparece un silencio súbito. Al cabo de éste escuchamos a los violines tocando un lento recitativo, luego a los timbales rompiendo la calma en un crescendo que los lleva de ppp a fff en unos cuantos segundos. Entonces escuchamos dos compases, que oscilan entre entusiasmo y furia, con los que termina la sinfonía.
Versiones disponibles para escuchar:
Ingo Metzmacher dirige a la Orquesta Filarmónica de Radio Holandesa y nos presenta una versión anecdótica de esta sinfonía. Desde los primeros compases escuchamos un clarinete que está ahí por compromiso, sin fuerza, sin intención. El resto es una visión conservadora de la propuesta de Hartmann:
https://www.youtube.com/watch?v=NFr8bU_HXWc
La Orquesta Sinfónica de Radio Leipzig, dirigida por Herbert Kegel, nos ofrece una interpretación con brillo y acentos claros; la complejidad de la obra no hace que el director se arredre para arriesgarse en una indagación más emotiva y personal. En medio de la fuerza que demanda esta sinfonía para su correcta ejecución, Kegel encuentra los detalles y la intimidad que conforman varias de sus partes:
Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.
A mi nombre lo preceden los reflejos de un disco ball. Preludio de mí son los fragmentos de luz que salpican con su generosidad La Historia, bar de ambiente inaugurado durante la prohibición en la primera calle donde comienza la patria. A mis achichincles, mexicanos todos, dije: que excusa sea la sed de los gringos pero jamás olvidéis que ha sido mi muerte el real motivo. Mi muerte simbólica, of course, de fantasía la llamamos en el ambiente. “Volveré y seré millones”, me sonreí a mí misma por la espontaneidad con que acuñé esta frase en mi camerino, un tenderete de cartón que desorbitadamente subió de estatus en cuanto yo lo pisé. Su plusvalía trajo mares de fanáticos que querían su pedacito, pero yo, generosa que soy y siempre he sido, me decanté por regalárselos a unos escritores para que hicieran sus libros. Se fueron muy contentos, aunque luego me preocupé cuando una de mis damas comentó que de ahí tendrían para comer; pobrecillos, no sé cuánto tarda el cartón en digerirse. Recordé aquello que alguna vez me aconsejó mi prima Vicky: “Beware of artists. They mix with all classes of society and are therefore most dangerous”. Pero en el país de los dieciocho climas y los cuatrocientos volcanes y de las mariposas grandes como pájaros y los pájaros pequeños como abejas, en el país de los corazones humeantes, la sociedad es de excéntrica gastronomía. Yo, Reina del Mundo, Patrona de las Antípodas, Redentora de los Ferales, yo, que por evitar el envenenamiento he saciado mi sed sólo con agua del cielo y me he alimentado únicamente de los huevos de mi gallina portátil, no he conocido imaginario más inexorable que el de estos oriundos cuando del hambre se trata (53.3 millones de estómagos en extrema creatividad, según el coneval). Más turbio se ha vuelto el ámbar de mi mirada cada que la inventiva de esta gente atestiguo; mis ojos verdes que otrora se fascinaron al observar al talabartero de la corte cuando curtía el cuero de los cerdos para hacer zapatos, con una mezcla de emociones también han escrutado cómo aquí ese mismo cuero es hundido en un cazo de cobre con la manteca ardiente extraída del animal para, una vez freído, ser degustado de múltiples e inimaginables formas; lo llaman chicharrón. Lo hay de cerdo pero también de vaca. El cuero de esta última, en ocasiones no es freído sino cocido en una salsa enchilada, como un caldo, al que nombran mientras se les aguan las papilas: menudo. Alguna vez escuché que se acabaron los colchones porque hubo que rasgarlos para darles la paja del relleno a los caballos, y se acabaron los caballos porque hubo que matarlos para darles de comer a los oficiales, y se acabaron los cadáveres porque se los comían los perros, y se acabaron los perros porque se los comían los soldados. Abunda la creatividad gastronómica entre las gentes de aquí, por eso no me sorprendió que los escritores fueran cartonívoros. Con indiscriminación engullen insectos ortópteros, iguanas y hasta esos hermosos animalitos que viven en perpetuo estado larvario y que un argentino hizo famosos. Bien conocido es mi amor por estas criaturas que, sin éxito, intenté agregar a mis títulos nobiliarios, aunque luego me sirviera como epíteto de ambiente: La Madre de Todos los Ajolotes. Yo, Emperatriz del Viento, fui así nombrada por los ginecólogos y comadronas de la corte, pues cuando en múltiples ocasiones me sentí en estado, todos diagnosticaron que estaba preñada del aire, supuesto fornicio con mi amante el viento: embarazo psicológico o empacho por flatulencias. Pero no sabían, ignorantes que son, que era un ajolotito, porque si alguna vez he tenido dentro de mí algo vivo, no ha sido ni es un ser humano, sino un ajolote, y yo lo sé porque cuando estoy sentada en mi mecedora con la cabeza baja lo veo crecer en mi vientre que es redondo y transparente como una pecera. Mi nombre de fantasía es un cordón umbilical piteado, nutrientes sus néctares de maguey: La Madre de Todos los Ajolotes. Un brasier de carne me traviste el pecho; son los senos de Santa Águeda humectados con formol para a granel el corazón pudrirme. Los reflejos aluzan La Historia, mis títulos son nombrados uno a uno en las bocinas, mi piel se vuelve mestiza, la gente aplaude, stand-up comedian o de ex machina: hoy soy la Reina de los Voceadores. Les traigo noticias: comienzo mi número leyendo en voz alta los encabezados del periódico; me aman.
Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.
Pero no estaré sola ni vacía, Maximiliano. No estaré sola ahí, en el Chapultepetl, nuestro cerro del saltamontes, único Castillo Real en América, porque no deambularé abandonada por sus patios, escalinatas y jardines. No, Maximiliano, porque estarás tú, con tus ojos azules, con tu lengua hipócrita y presumida a la que he perdonado y a la cual he pedido a Dios que también perdone para que te salves, porque regresarás de la muerte para ser un verdadero emperador y el único monarca mexicano. Único, escúchame bien, porque el otro no fue más que un impostor, porque por sus venas jamás correría esa sangre que corre por las nuestras, esa sangre que es la misma de San Luis y de tu tatarabuela, María Teresa de Austria, la de Luis XIII de Francia y de Felipe Igualdad. No estaré sola porque regresarás para caminar conmigo por las playas de Yucatán, en donde me harás un collar de conchas y caracoles que lavarás con la espuma del Atlántico para colgarlo en mi cuello blanquísimo, y que yo abrazaré contra mi pecho para acordarme de ti cuando me dejes para trabajar en la reconstrucción de Mé xico, en la reconstrucción del mundo. Regresaremos juntos para dar la orden de la continuación del camino que atraviesa el bosque hasta nuestro Castillo Imperial, para que ya no tengas que ensuciar tus botas recién lustradas con el barro pegajoso de los lodazales, para beber del agua de las fuentes —agua virgen—, no de esa agua envenenada que me dio a probar esa mujer, Concepción Sedano, que ya estaba loca de amor por ti antes de que yo lo estuviera, aunque ella no sabía que tú, mi amado Max, eras y eres mío, y que después de muerto sólo yo podría revivirte. Estoy ansiosa por regresar a México contigo, Maximiliano, mi emperador de las terrazas del Castillo de Chapultepec, de todo el Valle de México, de la Calzada de la Verónica, que, sin saberlo, construyeron para ti los mexicas y por donde las tropas de Cortés se retiraron durante la Noche Triste, tan triste como yo he tenido que vivir sin ti, mi emperador de los volcanes nevados y del monte del Ajusco. Pero volverás, volveremos, para caminar de nuevo entre la selva, ese lugar de truenos en donde se encuentran escondidas las pirámides del Tajín. Ahí jugaremos a escondernos en la pirámide de los trescientos sesenta nichos, con sus siete plataformas escalonadas que ascienden hasta la cúspide; y así, y todavía más alto, ascenderemos nosotros, porque en esa pirámide me gustaría, querido Max, poner trescientas sesenta veces tu rostro y entrar en cada nicho, contorsionada a fuerza de presión, para besarte los párpados trescientas sesenta veces hasta revivirte de nuevo con mis besos. Y jugaremos al juego de la pelota y mandaremos a hacer pinturas y bajorrelieves con tu rostro bañado de cochinilla imperial para que, como yo, Maximiliano, México nunca te olvide. Regresarás porque eres más fuerte de lo que Juá rez pudo imaginarse y porque quién mejor que tú, hijo de la casa de Habsburgo-Lorena, de Francisco Carlos de Austria y de Sofía de Baviera, virrey de Lombardía-Venecia y dueño y señor de las minas de Taxco, para gobernar a nuestros indios analfabetas que no te comprendieron. Pero no quiero reclamarte nada, no es para eso que te he revivido: es para decirte de la llegada de ese pájaro de acero. Y es que nadie lo sabe, Maximiliano, pero es para eso, para que tú y yo ahora conquistemos los cielos de América, para que sobrevolemos las costas de Sinaloa, en donde comiste pecho de iguana a pesar de mis advertencias de que tuvieras cuidado con todo lo que tocabas o te llevabas a la boca, que Lindbergh unirá el continente americano con el europeo: para desafiar al viento y ver hacia abajo las nubes que semejarán los infinitos campos de algodón que alguna vez imaginaste contemplar en las tierras fértiles de México. Cuando te hablo de esto se me llenan los ojos de lágrimas, y tú sabes muy bien que no me gusta llorar, Maximiliano. No me gusta, pero he llorado y lo seguiré haciendo, porque la muy maldita de Eugenia me dijo en la Exposición Universal de París, mientras el traidor y asesino de Napoleón III celebraba la grandeza del Segundo Imperio Francés, que tú no estabas muerto. Pero yo no le creí, Maximiliano, porque eso significaba que nunca me quisiste, que no te importó que yo sufriera por tu muerte y que tú jamás sufriste por no tenerme a tu lado. Y aunque no le creí cuando me juró que estabas vivo, de igual manera lloré porque no podía ni siquiera pensar en que eso fuera cierto. Pero eso no importa ya, Maximiliano, no importa porque así como puedo matarte y revivirte, creer en la verdad o vivir en las mentiras que me invento, así puedo también crearte de nuevo. Y volveremos a México, y no volveré vacía, porque si volvemos es para que yo, sobre todo para que yo, mi querido Max, dé a luz a tu sucesor, a tu primogénito, y para que la duda de si mi hijo es o no tuyo te carcoma poco a poco los sesos. Ese será tu castigo, porque te prefiero muerto y cubierto del polvo del Cerro de las Campanas, Maximiliano, a que no me necesites.
Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.
—Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México. Yo soy María Carlota Amelia…
—¡Ah, cómo chinga! ¡Ya cállese!
—Yo soy María Carlota Amelia Clementina…
—Le faltó el Victoria.
—Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina…
—Que sí, señora. A ver, aquí está su Haloperidol, su Clonazepam y su Sertralina… Tómeselos, ya viene el doctor a pasarle visita. A ver, péinese un poquito, aunque sea con las manos, para que la encuentre bonita.
—Buenos días, doña Carlota. ¿Cómo se siente hoy? ¿Ya se tomó su medicina? Cuénteme, ¿cómo pasó la noche?
—Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira…
—Con eso me recuerda usted a los gobernantes mexicanos. —¿México? Un pájaro de acero va a llevarme de regreso a México para encontrarme con Fernando…
—¿Sabe usted dónde estamos?
—En el castillo, y hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio.
—¿Podría describirme el castillo?
—Me duele la cabeza.
REPORTE DE LA VISITA MATUTINA DEL 14/DIC/2014
Doña Carlota, paciente con diagnóstico de demencia severa en etapa avanzada, esta mañana presenta deterioro de la actividad consciente. Se muestra delirante y fuera de la realidad. No responde a las preguntas de rutina, repite el mismo discurso, presenta desorientación espacial, dice que se encuentra en “el castillo” y fuera de México. Se observa tranquila, sin motilidad ocular. Se requiere vigilancia estricta por el delirio prolongado que presenta. Enfermera del turno nocturno refiere que la paciente pasó la noche intranquila, deambulando por la habitación y preguntando por “Fernando”. Suministrar la misma dosis de medicamentos c/ocho horas. En caso de la aparición de un cuadro de agresividad, hipercinesia, histeria o psicosis sintomática, aumentar la dosis al doble o triple.
—Doña Carlota, ¿sabe qué día es hoy?
—Me duele la cabeza.
Desorientación temporal. Suministrar 500 g de Paracetamol para cefalea.
Dr. José Ma. Cázares
—Nos vemos mañana, doña Carlota. Trate de descansar.
Ayer vino el pájaro de acero y me llevó de regreso a México. ¿Te dije, Maximiliano, que fui al Cerro de las Campanas? Arrastrándome subí los sesenta y seis escalones que llevan a la capilla que los austriacos construyeron sobre el lugar donde te fusilaron. De frente a las tres cruces me arrodillé, lloré y recé una oración para que regresaras y nos largáramos juntos de aquí. Nunca debimos de haber venido. Tu cruz, Maximiliano, es la más grande, porque grande fue tu humillación. ¿Pero sabes qué es más grande? El monumento que le hicieron a Benito Juárez en el mismo cerro. Y también fui, Maximiliano, pero esta vez no me arrastré. Me acerqué desafiante y me paré debajo de su sombra para poder mirarlo a los ojos, pero él, al igual que todos los indios, no mira a los ojos. No sabes qué feo es, Maximiliano. Siempre de pie, soberbio, inexpresivo, rígido. Y le vi las manos negras que tanto me llamaban la atención, y se las toqué y me di cuenta de lo ásperas que seguían siendo. Mil ochocientas sesenta y siete veces froté mis manos contra las suyas hasta que sangraron las mías, y entonces subí por su brazo, pise sus hombros y llegué hasta su cabeza, y con las manos ardiendo le toqué la cara y me puse a llorar porque no encontré tu barba, Fernando. Me hinché de rabia y estrellé mi cabeza contra la suya. No sabes, Maximiliano, cómo me duele la cabeza. Y bajé corriendo el Cerro de las Campanas esquivando las rocas y los huizaches retorcidos y endemoniados que se entrelazaban para no dejarme pasar. Y furiosa le arranqué a esos nopales una tuna y me la comí y sus espinas pincharon mi lengua y mis encías y me reí porque Benito Juárez era de piedra y no tenía culo. Me duele la cabeza cuando me río, Fernando. Seguí corriendo con las manos sin piel, con la cabeza ensangrentada y con la boca perforada de la que me escurría mercurio del color de las buganvillas carmesí como las del cerro. Y entonces me detuve y miré hacia atrás. Y alcancé a ver a Juárez vigilándome. Siempre me vigila, no importa a dónde corra, siempre me vigila. Tengo encima de mí sus ojos inmóviles de piedra. Me duele la cabeza, Fernando. ¿Cuándo vas a venir? Veintisiete veces, trescientos sesenta y cinco días desde que pusiste el punto final y me dejaste abandonada a mi suplicio. Los mismos días desde que convertiste en fortuna mi locura. Yo sólo quería ser la Charlotte de mi padre, la emperatriz de México y tu diosa, tu doncella y tu sílfide, Maximiliano, pero sólo conseguí ser esclava de tu memoria, Fernando, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido. Si acaso soy Coyolxauhqui, Diosa rota, Diosa condenada eternamente a habitar la luna, ¿dónde está mi corona de cascabeles? Los escucho pero no los veo. Nunca tengo silencio ni reposo, Fernando. ¿Cuándo vas a venir, Fernando Maximiliano?
—Pobre Carlota.
Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.
Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México. Antes de partir, Max, envolveré tu miembro, el que hice con hojas de plátano, y lo pondré entre mis redondos y blancos pechos. Lo guardaré entre el calor de mi corazón y esta demencia que me bombea. Así mi deseo —aún encendido— y yo nos sentiremos escoltados mientras volamos y atravesamos el monstruo de olas azules. Reconquistaremos lo que se nos arrebató, pero lo más importante, mi querido Emperador, es que, al aterrizar el pájaro de acero en campo de indios, podré destrozar con las uñas mi crinolina, despojarme de este camisón blanco, correr a pelo, desnuda, hasta tu encuentro en Querétaro. Te citaré a las once de la noche en el Cerro de las Campanas, pero no para que me hagas el amor. Oh no, Max, s’envoyer en l’air, seré yo quien te monte, mi vagina simulará la boca de un pelícano al abrirse y tragaré tu sexo, entero, una y otra vez, columpiando mi tronco hacia arriba y abajo, hasta que las telarañas que se habían formado en mi vulva se arrodillen y veneren al que alguna vez fue el archiduque de mi clítoris. Seguramente no te acuerdas de la hambruna que tengo entre las piernas, a la que habrás de saciar con la punta de tu rosada lengua, y con movimientos circulares abrirla como las alas de las frondosas mariposas que coleccionaste de tus viajes a Cuernavaca. ¿Recuerdas las camas donde dormíamos en el Castillo de Chapultepec? Por fortuna, ya no podremos utilizarlas. El mensajero me dijo que nuestro Castillo se ha convertido en un monumento donde el pueblo, curioso, acude; paga unos cuantos pesos para entrar y observar dónde comíamos, dónde me masturbaba. Los bastardos indios hasta se toman selfies en donde te sentabas a beber tus vinos del Rhin. Esa gente del mismo asqueroso color del asesino Juárez. He de contarte también, que te has perdido del kamasutra, lo llamo “el imperio de los sentidos”. Cuando te ausentabas por “tus viajes”, utilizaba los pepinos que los indígenas nos traían para practicar la posición del Loto y la de Las cucharas, Max. Me metía el fruto y apretaba con los muslos —gritando— hasta que sentía que mi vagina se lavaba con el jugo de ese miembro verde. Se te ha pasado la primera publicación del Kamasutra en inglés, uno de los siete idiomas que hablabas. He practicado con el hijo de unas de mis damas de compañía la posición de La Abeja. Es la que elegí para ti: me sentaré sobre tu pene erecto y rubio, dándote la espalda, tú desnudo y con las piernas extendidas apoyarás la espalda sobre uno de los árboles de Chapultepec, me levantarás y bajarás las nalgas, con enjundia, hasta que logremos que tu espada sexual atraviese mis entrañas. El mensajero me contó que ahora venden juguetes eróticos a mansalva: anillos que vibran dentro de una como chapulines, pollas de sabores y hasta bolas de metal para que me las encajes en mis agujeros. ¿Te preocupa eso de las bolas de metal? No repares en ello, también me encomendé la tarea de agrandar tanto mi coño como mi chocho. Mi camarera Doblinger me trae gallinas a la suite imperial para estar segura de que nadie envenene la comida que me trago. Me he alimentado de huevos que yo misma veo poner. Pero algo que no sabe nadie, Max, es que de todos los que salen de las gallinas, oculto uno o dos. Y cuando oscurece te imagino, recostado a mi lado, jadeo, tomo los huevos y se los jambo a mis labios vaginales. ¿Creerás cuánto he llegado a lubricar con los huevos? Chorros, mi Arquiduque de Austria, chorros que me recuerdan a la única vez que probé tu leche en nuestra noche de bodas. ¿Puedes recordar que en aquella ocasión no me dejaste más que mamarte cuatro veces? ¡Me quedé con ganas de tantas más, caballero de Habsburgo! Si has puesto solícita lectura a esta carta, verás que he mejorado mi narrativa, y debo confesar, Max, que ahora ejecuto una chupada con el mismo esmero y pericia que pongo cada vez que me siento a escribir(te) en esta máquina luminosa que tiene dibujada una manzana mordida en su carcasa. Es que la escritura se ha vuelto una forma de folletear con tu recuerdo. No tengo más para engañarte; yo, María Carlota, he sido desde siempre tu único amor. Por mí viviste, por mi mente gobernaste, por mis pezones en forma de uva te alimentaste de las aguas del mar Adriático, por mí moriste, Emperador del Pene Podrido, por mí y por nadie más. Fuiste mío, desde que mi mano derecha tomó tu verga, la acaricié con mis ojos bien abiertos, la jalé hacia adelante y grité: no estoy loca, ¡yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Reina y Soberana del salado y muerto semen de Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena!