Tierra Adentro

Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.

Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México. Pero me han ocultado mis vestidos. Esta mañana, al abrir el estuche de nácar, no hallé la tiara de diamantes que me regaló mi abuela, María Amelia, duquesa de Orleans, al separarnos en Claremont para ir a casarme contigo en la Catedral de Santa Gudula. ¿Vestida de qué me presentaré a mi reino? Ya no están las muñecas bávaras ni el palacio turco en miniatura ni el barómetro de plata y rubíes ni las rosas de Damasco. Los sirvientes me han robado todo. Las criadas, demonios con cofias almidonadas, usan tus cartas, Maximiliano, para secar los bollos fritos. Aquí en Bouchout todos conspiran para hacerme olvidar que soy emperatriz, como los dos niños que vienen a mí llorando, con los brazos extendidos, llamándome mamá. No van a engañarme porque tú y yo nunca engendramos hijos, Maximiliano; nuestro hijo díscolo fue el pueblo mexicano y estos niños llorosos que se cuelgan de mis piernas no son otra cosa que embusteros, traidores disfrazados. Yo soy María Carlota y bajo el manto estrellado de la Virgen de Guadalupe regresaré a conducir al pueblo mexicano. Pero me quieren matar, Maximiliano. Así como a ti te encendieron el chaleco con un tiro de gracia en el Cerro de las Campanas, a mí me persiguen multitudes de ojos expectantes, sedientos de mi caída definitiva. Los ojos maliciosos de las criadas que escupen en el té y esconden muñecos hechizados debajo de mi cama. Los ojos relucientes de los murciélagos que anidan en el techo del castillo, atentos al pulso de mi sangre. Los ojos codiciosos del médico suizo pagado por el barón de Goffinet para dictaminar mi locura y mantenerme en el encierro. Los ojos depravados de la madre superiora que traicionó mi amistad a cambio de una porción de mi fortuna y que viene a rezar conmigo por las tardes, rogando en silencio por mi muerte. Los ojos suplicantes de los niños que me miran desde sus camas, empecinados en hacerme creer que son mis hijos y que no nací en Bélgica ni crecí en un palacio, ni conquisté jamás tu amor. Uno dice llamarse Panchito y el otro Emiliano, pero yo no recuerdo haberlos parido ni haberlos amamantado. El día en que me trajeron a Bouchout corté con las tijeras el edredón de plumas de pato en busca de bolitas de arsénico y lavé las páginas de los libros de la biblioteca de botánica y cada una de las diecisiete estatuillas de ébano del Congo. Quieren hacerme daño, pero ignoran que a mí me protege el relicario con la hebra del Santo Sudario que me diera mi madre, la princesa Luisa María de Orleans, cuando jugaba con las flores de los cerezos en Laeken. Quieren convencerme de que soy otra, de que no existió el imperio y de que nunca me hice tu esposa ni me coronaron con una diadema de brillantes entreverados con flores de naranjo. Intentan persuadirme de que no hay lacayos con libreas de terciopelo ni castillos ni un pueblo que aguarda impaciente mi regreso. Pretenden destruirme, Maximiliano, por eso estos niños morenos y extraños dicen que tienen hambre, insisten en preguntar por la llegada de su padre mientras cambian los canales de la televisión. No saben que el amor es frágil como un lirio y que su padre nos ha abandonado por la rubia dependienta de la tienda de electrodomésticos, pero que no importa porque a mí me protegen las aguas benditas de las fuentes del Vaticano que me regaló Pío Nono cuando acudí a pedirle auxilio y lo encontré desayunando. No saben que a mí no me pueden matar, Maximiliano, así como tú no moriste incluso después de que te mataran con seis tiros en el patíbulo. No van a matarnos porque tú fuiste y serás el amor de mi vida y estamos destinados a conducir a México a la gloria, aunque la casa se llene de polvo y se acumulen las deudas y tenga que encerrarme para escapar de la mirada de los vecinos; aunque estos niños tristes, enemigos disfrazados, me llamen mamá mientras los ahogo con las almohadas y las cartas que se apilan en la puerta me digan que no soy María Carlota la Grandiosa sino Tamara Robles Espinoza, profesora de la escuela primaria Agua Viva de Toluca.


Autores
(Santa Cruz, Bolivia, 1981) es periodista, narradora y editora. Coordinó, con Maximiliano Barrientos, las antologías Conductas erráticas (Aguilar, 2009) y la bilingüe de cuentos Mesías/Messiah (Traviesa, 2013). Es autora de Vacaciones permanentes (El Cuervo, 2010; Reina Negra 2011; Tropo 2012). Escribe ahora mismo Mordor, su segundo libro.

Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.

Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México, pero como veía que no venía sospeché que en algún lugar alguien se peinaba los cabellos en la cama y como la mala suerte se ha instalado en mi destino, quise tratar de distraerla y me levanté con el pie izquierdo, abrí todos los paraguas dentro de mi habitación, puse todos mis sombreros en la cama y rompí todos los espejos, pero como veía que no venía pasé por debajo de las escaleras, salí al encuentro de todos los gatos negros entre los arbustos del castillo el viernes trece, y como veía que no venía esperé a la luna llena para cortarme los cabellos para que crecieran y lanzarlos por la ventana de la torre como la princesa Rapunzel y hacer con ellos una escalera, pero como veía que no crecían le pedí prestados los suyos a Santa Inés que Dios hizo que le crecieran hasta los pies en un segundo para cubrir su cuerpo cuando iba caminando desnuda entre la multitud rumbo a la hoguera, pero como veía que no me los prestaba fui a cortarle los tres pelos al Diablo mientras dormía para cambiárselos por tres deseos y pedir tres veces que llegara, y como veía que no se dormía quise hacer un conjuro para salir volando yo misma como las brujas de Córdoba, de Granada y de la Nueva España. Me puse el ungüento hecho con grasa de niños en las axilas y dije “De villa en villa con Dios y con Santa María”, salí rodando y dando tumbos por las escaleras, me estrellé la cabeza contra los muros y como veía que no volaba me sobé la cabeza diciendo “Sana sana colita de rana, si no sanas hoy sanarás mañana”. Volví a ponerme el ungüento y dije “De viga en viga sin Dios y sin Santa María” y me estrellé contra los techos una y otra vez, y como veía que no volaba lo volví a intentar y dije “De villa en villa sin Dios y sin Santa María”. Salí volando por la ventana, surcando los aires y, como veía que sí volaba y tragué tanto aire que me dio hipo, conté hasta diez sin respirar, tomé un vaso de agua al revés y como veía que no se me iba me puse un moño rojo pegado en la frente con saliva. Caí al suelo y me encontré un conejo que me dio su pata como amuleto. Fui al jardín siempre verde del Doctor Fausto a buscar un trébol de cuatro hojas y como veía que no tenía, me metí en los sueños de Leopoldina y ahí dentro me froté con jarilla y ramas de pirul, le canté una canción a la pasiflora y como veía que despertaba me salí por la puerta que daba a México y le pregunté la hora a Don Juan Manuel en el centro histórico, y como veía que no sabía le pregunté por el Emperador Maximiliano y como veía que no sabía fui a la Catedral a besar los pies del Señor del veneno. Como veía que no lo encontraba puse una pluma en la nariz de San Martín para robarle su escoba y volar en ella, y como veía que no estornudaba me fui a bailar toda la noche de San Juan recolectando sombras de niños muertos. Como veía que no venía fui a darle tres vueltas a San Antonio de cabeza en Michoacán, me fui a pie a San Juan de los Lagos y como veía que no venías, Maximiliano, quise inventar nuevas supersticiones para conjurar a la mala suerte de nuestra vida: rompí una piñata por el lado izquierdo, me encontré un albino en viernes santo, soplé un espantasuegras frente a un cura, estornudé frente a una mujer embarazada, encontré cinco efes en la sopa de letras, y como veía que no venía fui a romper otra piñata…


Autores
(Aguascalientes, 1981) estudió Letras hispánicas en la universidad de Guanajuato, donde ahora es profesora de literatura.

Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.

La noticia de tu muerte me ha quitado la razón para siempre. Ni siquiera pude abrazar tu cuerpo por última vez, pero sólo muerto habrías aceptado mi calor. En los últimos meses de nuestra vida compartida sólo hubo rechazo y traición para mí, que jamás estuve con otro hombre, que te guardé lealtad absoluta y que fui tuya siendo casi una niña. Fui tu compañera cuando vivíamos en Italia, donde no pasaba nada y los dos nos aburríamos y soñábamos en silencio con el poder. Teníamos ideales de progreso, sobre todo tú, Max, que eras estúpido e inocente, bien intencionado y culpable por tu falta de malicia. Debiste dedicarte a la filosofía o al arte, no a la política. Los dos fuimos incapaces de ver la tragedia inminente: tú, muerto. Yo, muerta en vida. Apenas regresé a casa a pedir ayuda, mi hermano me llevó al psiquiatra. Temía por mi salud mental (creo que eso dijo). La verdad es que estaba aterrado de que regresara por ti y también me mataran. Jamás entendió que yo volví de México muerta del alma y del corazón. Que los años por venir serían de soledad y miseria. De inventarme recuerdos para seguir existiendo. De aferrarme a la memoria para no olvidarte ni olvidar nuestro sueño efímero. Es evidente que nunca le importamos a nadie. Éramos un par de huérfanos y no lo sabíamos: te mandaron a una misión suicida y te dejaron solo. Yo era lo único que tenías y te seguí por amor, pero sobre todo porque estaba aburrida, hastiada de ser una niña rica. Por eso la propuesta de irnos a México me volvió loca de curiosidad y de ambición. Tú y yo conquistaríamos a los mexicanos. Llegamos al Valle del Aná­ huac, protagonizamos la ceremonia de coronación en la Catedral, ocupamos la recámara principal del Castillo de Chapultepec. Entonces todo cambió y por primera vez en mi vida pensé que haría algo importante y digno de ser contado. Creía en ti, porque aunque te habían traído los conservadores, tenías ideales de igualdad, progreso y cultura. Pensaste que era posible vencer a Juárez y a los liberales. Lo cierto es que habíamos firmado una sentencia de muerte. Me sorprendió la felicidad y el cobijo que sentí en ese país lejano. Asombrada por la sencillez de la gente y del idioma, pasaban cosas emocionantes, todo era novedad y jamás extrañé Europa, ni a mi familia ni nada.

Nos equivocamos Max. Éramos invasores, oportunistas, carne de cañón para un experimento fallido.

A veces me escuchabas. Me decías que te gustaba mi cabeza, que mi mente te excitaba. Creo que también te gustaba mi incipiente locura, que comenzó a gestarse cuando me di cuenta de que estábamos en peligro y soñaba con sangre y muertos. Ni siquiera pude besar y abrazar tu cuerpo inerte. Ver tus ojos sin brillo por última vez, meter mis manos hasta los codos en tus llagas, lamer un poco de tu sangre seca, velarte, amortajarte, enterrarte. Me dijeron que estabas muerto y después se me nubló la memoria. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que nos despedimos en Ayotla, sin saber que sería la última vez. Te amé durante mucho tiempo. Y te odié por acostarte con otras porque cada vez me mirabas menos; porque éramos unos imbéciles que jamás debieron salir de su burbuja de comodidad. Apenas diez años duró nuestro matrimonio. Ni siquiera un hijo me queda de ti. Tan sólo jirones de memoria. Una noche de amor en el Castillo de Chapultepec. Yo, una loca, pero en la cama. Ebria de tequila, desnudándote. Pidiéndote una embestida amorosa. Recibiéndote. Ese es mi último recuerdo. El último jirón de realidad que habita mi mente.


Autores
(Distrito Federal, 1970) es autora de Secretos de una terapeuta de parejas. Escribe semanalmente en el blog de la revista Soho y en el periódico El Financiero.

«Empecé de la forma más simple. De pequeño tuve al alcance una cámara fotográfica en casa. Era una cámara de mi madre de lo más sencilla, ni siquiera era reflex. Yo siempre he sido de las personas que no le gustan las historias largas. Descubrí que con la cámara fotográfica podía contar una historia con una sola imagen o incluso con varias imágenes, pero que con una bastaba».

Ricardo Modi no es serio, pero sí directo. No despliega grandes narraciones para hablar de su obra. Tampoco hace falta, porque su trabajo visual es poderoso, evocativo y cuenta historias por sí solo; se defiende con su silencio. Comenzó de forma autodidacta tomando fotografías durante cinco años de forma secreta e íntima: «Yo no creía en mi obra. Estuve desde los 13 hasta los 20 años en un proceso personal, tomaba fotografías para mí y no las compartía. Y como yo no creía en mi obra, no podía esperar que la gente creyera en ella». A los 16 años ingresó al Centro Morelense de las Artes (CMA) a un diplomado de un año de duración. Ahí aprendió las técnicas analógicas y descubrió su vocación, «mientras estaba en el CMA dije: esto es lo mío y me quiero dedicar a ello toda mi vida».

Al terminar el diplomado se matriculó en la Licenciatura de Artes en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Aunque muy pronto buscaría otros aires y nuevas experiencias, «llegó un punto en el que me cansé de mi escuela, de Cuernavaca y de todo y decidí irme un año a Guadalajara a estudiar y a trabajar. Ahí encontré la confianza que me faltaba y encontré mi estilo. De regreso a Cuernavaca decidí que era momento de mostrar mi obra».

unnamed (23)

Ricardo Modi por Maleny Vázquez

Las tres miradas

Una de las exposiciones más recientes de Ricardo Modi, tuvo lugar en la galería de la Torre de Rectoría de la UAEM y llevaba por título Las tres miradas, que conjuntaba tres de sus series fotográficas más importantes: La ciencia del vuelo, Si mi país tuviera mirada y Naturaleza muerta. Me llamó la atención el interés de Modi por la mirada del espectador, que según él «completa su obra», junto a la mirada del artista y la del retratado. «Yo creo que ningún proyecto artístico está completo hasta que llega la gente. Al tener una persona frente de mí tengo dos miradas, la del fotógrafo, que es la mía y la del modelo. Me interesa construir empatía con la modelo para desarrollar una actuación. Yo hago fotografías construidas, no hago imagen documental. Intento quitarle lo obvio y hacerla subjetiva, con más posibilidades. Lo que me gusta de la tercera mirada (la del espectador) es que yo no quiero que me entiendan a mí tal cual como soy. Yo quiero que pongan sus vivencias y experiencias en la fotografía. Que se apropien de la imagen. Para mí no sólo se trata de clavarse en lo que quiero que la gente entienda».

Creo que uno de los grandes aciertos de la obra de Modi es precisamente la noción del espectador. Sus piezas cada vez son más fáciles de identificar porque una serie de elementos muy propios y originales comienzan a construir una firma sólida. Una de ellas es la particularidad de que sólo se interesa por el cuerpo humano y en especial por la imagen femenina: «Yo no puedo fotografiar algo sin vida, algo que no tenga mirada. Ni objetos, ni paisajes. Lo mío es el retrato». Otro de sus sellos es el color. «En mis fotografías veo mucha influencia de la pintura. De hecho hay gente que piensa que mis fotografías son en realidad pinturas. Todas las escenas que construyo llevan colores que también son una suerte de ficción, son colores que no se ven normalmente en la vida diaria. Son colores demasiado explotados. Algunos, de hecho, cuando los imprimes no salen. Digitalmente existen, pero en el papel es imposible recrearlos».

Retratos que son autoRretratos

«Todos mis proyectos hablan de mi vida. Yo no salgo a cuadro, pero siempre estoy hablando de alguna parte de mi vida. La fotografía es mi forma de rebeldía». Una de las formas de ir a contracorriente de Modi, es usar la imagen como la manifestación de inconformidad. El contexto del México actual es uno de los intereses más claros en muchas de sus series. «A mí no me gusta marchar, pero me interesa hablar sobre lo que pasa en nuestro país. Siento que una obra artística es una cosa de gran impacto». Sus obras no son planfetarías sino que se valen de las metáforas para expresar un punto —casi siempre ambiguo o más o menos abstracto— en aras de que el espectador se apropie de su trabajo y halle un mensaje propio. No obstante, su serie Si mi país tuviera mirada, busca dar un mensaje mucho más explicito a través de retratos de mujeres. «Es una serie en la que puse a mujeres a llorar. Se trata de dar una imagen bella con un mensaje opuesto. Un mensaje camuflajeado. Se ve un llanto espeso, fuerte. Y aunque trato de no caer en lo obvio, esta serie sí tiene un mensaje más claro y directo. Son imágenes de nuestro México actual».

La ciencia del vuelo y la belleza femenina

Hay que decirlo, en las fotografías de Ricardo Modi aparecen muchas de las mujeres más guapas de Cuernavaca. «Retratar mujeres es algo que me llena mucho. Siento mucha admiración por el sexo femenino. No sólo busco mujeres bellas físicamente, me centro mucho en la mirada. Siempre busco modelos que tengan una mirada fuerte».

Casi todas sus series están construidas cuidadosamente. Modi confiesa que es un artista meticuloso que intenta no dejar nada al azar, por ello realiza las sesiones en su estudio que está lleno de luz. También experimenta y no se cierra a nuevas posibilidades. La prueba la encuentro en su serie La ciencia del vuelo que retrata bailarinas que flotan en una suerte de mar citadino, gris y tenue. «Me encanta el mar y la fotografía submarina. Así que en esta serie mezclé estas dos cosas que representan la libertad que yo tengo como artista. En esta serie no quería tener tanto control, quería que ciertas cosas quedaran al azar, como el movimiento de las bailarinas». Ellas improvisaban y él las capturaba con su lente. «Para mí las cosas más libres de este planeta son las aves y las bailarinas».

Nuevos proyectos

Actualmente pueden seguir el trabajo y los nuevos proyectos de Ricardo Modi en su página oficial de Facebook. Uno de ellos —aún sin título — busca revalorar la historia y revisar ciertos personajes femeninos de la Historia de México. «Una de las preguntas centrales de la serie es ¿Cómo sería si estos personajes vivieran en nuestros tiempos». Algunas de las personas que aparecen (o aparecerán) son María Félix, la Malinche, Sor Juana Inés de la Cruz e incluso la Virgen de Guadalupe. «Es una serie con mucha sátira. Es una crítica a las generaciones nuevas. Estos personajes los pongo en situaciones un poco chuscas, con colores saturados, pero con el afán de generar una crítica». La serie comenzará un tour por varias ciudades del país en merzo, entre las que se encuentran Tijuana, Hermosillo, Guadalajara, Guanajuato, Distrito Federal, Puebla y cerraría su recorrido en casa, en Cuernavaca.

En Morelos tenemos grandes fotógrafos, muchos egresados del Centro Morelense de las Artes, de la Facultad de Artes y de la Escuela Activa de Fotografía, sin embargo, pocos están creando una obra personal como artistas (hay expertos en encuadres, en hallar buenas imágenes, pero no generan discursos artísticos con sus piezas) y Modi, en ese sentido, se ha convertido poco a poco en un fotógrafo con más reconocimiento porque tiene una propuesta sólida. Por supuesto que no es el único, pero sí uno de los más propositivos y su obra —estoy seguro— nos seguirá ofreciendo nuevas perspectivas de lo que un rostro puede alcanzar a comunicar.

 


Autores
Escritor, crítico de cine y co-director del Festival Grotesco. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. Se interesa por las películas de terror, el vegetarianismo, las bicicletas, los perros, la música con guitarras distorsionadas, las mujeres que cantan, la literatura, la filosofía y el punto de encuentro entre todas esas cosas (véase: Hora de aventura).

Tuve la desgracia de haber asistido a una secundaria técnica (pública también, aunque eso no es una desgracia, es sólo fatalismo). La palabra desgracia ha de entenderla el lector como un favor que no fue concedido por el destino, como un acontecimiento en nuestras vidas que significa más por el hubiera que por el fue. Cuando se tiene la edad en que la curiosidad aflora y se espera que algo florezca de ella, justo entonces, la sociedad dispone el fertilizante para que verdeen nuestros jardines: desde ese punto de vista, mi educación básica estuvo llena de estiércol.

Mis compañeros de aquel tiempo y yo, veníamos de los barrios de clase media baja de Durango, que en general estaban poblados con primeros profesionistas que se habían mudado recientemente del vasto campo y sierra durangueños a la ciudad (llamémosla así). Es decir, éramos la clase media baja de un estado pobre de un país del Tercer Mundo. Casi todos los hombres usábamos gel para peinarnos y las mujeres se ponían aceite para bebé en el cabello. El ceño de mi generación estaba marcado por un futuro incierto y por una disposición prematura al endeudamiento, que heredamos de nuestros padres.

En las secundarias técnicas, una buena parte del tiempo se destina a los talleres. En mi época, por allá del año 2000, el programa nos obligaba a cumplir 10 horas del taller a la semana. ¡10 horas! Por un afán de masculinidad —ante la amenaza de caer en el taller de ofimática, es decir, el taller de «secretariado»—opté por entrar al taller de «máquinas y herramientas». Las máquinas y herramientas que daban nombre al taller, no eran precisamente las que uno acostumbra ver en las representaciones socialistas del progreso: eran unos tornos pintados de verde pistache; una fresadora que no servía y que era más digna de un museo que de nosotros; un cuarto con martillos, gibones y muchos clavos; un par de taladros; un esmeril. Toda la maquinaria era setentera.

Por aquellos años fue que se corrió el rumor de que sabía portugués. Yo formaba parte del heroico grupo «D» y nos sentábamos atrás para gritar obscenidades. Como no había tornos ni maquinaria suficientes para todos, debíamos turnarnos. De las 10 horas de taller a la semana, sólo cinco personas podían hacer uso de los tornos al mismo tiempo; entonces nos tocaban a cada uno sólo dos horas a la semana: el resto del tiempo lo teníamos libre. Las horas muertas, que eran la mayoría, las dedicábamos a aventarnos mochilas, hablar hasta el hartazgo, practicar caligrafías ridículas; otras veces leíamos relatos pornográficos de revistas en voz alta, o practicábamos una versión casera de lucha grecorromana.

En fin, no sé por qué, pero los tornos estaban en portugués. Naturalmente, era muy fácil leer el portugués elemental que se necesita para emplear un torno. Sólo era cuestión de saber cómo prenderlo y apagarlo; sólo había que saber cómo girar las manillas, cómo sujetar el buril y dirigir los cortes. Alguna vez leí una de las instrucciones en voz alta, hablando como hablaría cualquier idiota imitando a alguien que habla otra lengua. Días después escucharía a alguien decir: «El Merlín sabe portugués». No lo desmentí. Nunca desmentí a nadie y de pronto me convertí en la persona que mejor sabía usar el torno en el taller, y sólo porque supuestamente podía leer portugués.

No hace falta decir que mis competencias con el portugués eran y son ridículamente escasas. Sin embargo, era el que mejor sabía usar el torno sólo porque alguna vez fui capaz de descifrar por sentido común lo que hipotéticamente indicaban las instrucciones de la máquina. Ahora bien, siempre me he preguntado, ¿qué hubiera pasado si esas 10 horas a la semana, de tres años de secundaria, las hubiéramos empleado en aprender otra cosa y no «máquinas y herramientas»? Es el tiempo estándar que se requiere para hablar funcionalmente una lengua; tiempo de sobra para aprender a leer correctamente unas instrucciones.

La mayoría de los padres de mis amigos, incluido el mío, o eran ingenieros o eran ganaderos o comerciantes o eran obreros. ¿Por qué debíamos dedicar 10 horas a la semana para aprender a usar un martillo y una máquina? Si íbamos a ser obreros, ¿qué no tendría que enseñarnos a ser obreros la propia industria que nos fuera a contratar? Tal parecía que la educación pública quería llevarnos de la mano a escoger nuestros overoles. Para nuestra clase social resultaba desafortunado pasar la educación básica aprendiendo un oficio que ya traíamos de origen; era semejante a lo que pasaba con mis amigos del rancho: sabían ordeñar vacas desde los 6 años y seguramente ellos mismos pensaban dedicarse a cultivar las tierras de su familia, y ¡encima iban a una secundaria agropecuaria donde pasaban 10 horas haciendo lo que harían el resto de sus vidas!

La educación pública, no sabemos en qué momento, se inclinó por la técnica. Entendemos que la distribución de la riqueza en México es tan injusta y dispar como la tecnificación del trabajo y como la marginalidad de la mayor parte de los campesinos y obreros. Ya es una prerrogativa conquistada que se logre educar a buena parte de la población de manera gratuita; ¿por qué hacerlos estudiar entonces máquinas y herramientas 10 horas, el doble o casi el triple del tiempo que se destina a estudiar matemáticas, español o inglés?

Recuerdo en especial uno de los exámenes de aquella infame materia. Alguna vez nos hicieron el examen de Técnicas de recubrimiento. Lo que volvía más insolente la evaluación era su carácter teórico, no práctico. Los «reactivos» del examen iban desde un «¿Qué técnica de recubrimiento emplearía en estos casos?» hasta un «¿Cuáles son los diferentes tipos de compases industriales que existen?» o un «¿Cuáles son los diferentes tipos de machuelos?» Me fue bien en la prueba: conocía los machuelos pero nunca aprendí a usar uno. ¿Por qué? Porque nuestra secundaria no tenía. Es decir, incluso proponiéndose ser utilitaria, técnica y positivista la educación pública mexicana volvía a ser obsoleta, hipotética y nada práctica. Me enseñaron a usar tornos que ya no existen para un trabajo que nunca haría; todo lo contrario de lo que se proponían.

El último verso de las escuelas secundarias técnicas sentencia: «Escuelas secundarias técnicas por la superación de México, México, México». Sí, parece una máxima de superación personal. ¿Acaso México tiene miedo de que sus obreros no lleguen a serlo?


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

En algún momento nuestra mente deja de pertenecernos. Sin percibirlo, dejamos de pensar por nuestra cuenta. Esa ficción nos aleja del otro y al mismo tiempo nos hace creer que podemos encajar de nuevo, sólo que aquella nostalgia tiene ahora un precio, un sentido único y cuantificable en el imaginario de las cosas. Alguien o algo nos deja en blanco, y así, poco a poco desaparecemos, nos traga la herida o el tiempo. Los peces muertos a los que se refiere Jesús Navarrete Lezama en las breves historias que integran este libro, son metáforas cotidianas de aquellos hombres sin vida, sacos vacíos o cascarones plásticos, hombres sin pensamientos, que se desplazan por la vida sin sentido ni apego.

El Fondo Editorial Tierra Adentro publicó Peces muertos recientemente. Jesús Navarrete Lezama lo escribió gracias a una beca de creación del FONCA. Es un libro pequeño y sin pretensiones que en doce cuentos plantea diferentes escenarios de una situación posmoderna, un asunto que además coincide con problemas cotidianos del sujeto que pobla las ciudades: en un país minado por desigualdades y violencias, las decisiones de los personajes, habitantes periféricos y de zonas marginadas, sólo pueden conducir hacia un desastre o a la nada. Los pensamientos, cuerpos en descomposición social, son equivalentes a peces muertos, seres inanimados y vacuos. Bajo un contexto hostil, donde las posibilidades de aspirar a una vida digna son escasas, la imaginación muere asfixiada casi desde su nacimiento.

¿Qué muere cuando dejamos de pensar por nuestra cuenta, cuando dejamos, más bien, de leer entre las líneas de los días? Herederos de los libros de autoayuda, Pare de Sufrir y Laura en América, suponemos que al alcanzar cierta edad sabremos en verdad qué hacemos aquí, a dónde nos lleva el aliento, los pasos andando sobre las huellas de asfalto, y tomaremos entonces buenas decisiones, estaremos en control total de este barco encallado. Fernando Pessoa, el poeta de los heterónimos y la fragmentación del sujeto ante la nada, dijo en alguno de sus versos que si cansa ser y duele sentir, pensar destruye.

En Peces muertos, pensar tampoco lleva a ningún sitio, es un punto de partida estéril, como menciona uno de sus personajes en Para qué usar el tiempo restante: «A mí me gusta cavilar, aunque la mayoría de las veces las ideas que fluyen en mi cabeza se alejan sin hacer ningún contacto útil entre sí; pienso cosas irrelevantes que después olvido; pasan minutos, incluso horas de incesante reflexión, y al final, todo lo que he deliberado se esfuma y mi cabeza termina vacía. Entonces todo lo miro como si estuviera bajo el influjo de una ligera embriaguez; las cosas se convierten en mera forma: colores al azar sobre un lienzo. Piezas que embonan porque sí unas con otras. Humo de bebidas calientes».

Los pensamientos son bestias dulces y maravillosas, caballos alados por el tiempo. Macedonio Fernández creía que eran cosas que hacíamos aparecer para divertirnos o torturarnos. Llamaba a esa labor cotidiana pensarescribiendo, se tumbaba días enteros sobre la cama y escribía listas interminables de objetos-pensamientos. Para este escritor argentino, el mundo no existe de antemano; no se trata de representación sino de imaginario. ¿Qué nos dice no poder imaginar el mundo, es decir, crearlo? Quizás del letargo en que vive el sujeto. La máquina que imaginó Macedonio para crear otro territorio: el lenguaje, se convierte aquí en un intento fallido, un saco inerte.

Los domingos caen como hojas amarillas del árbol más cercano. Este libro es una aproximación desalentadora y en claroscuro de la realidad. Los personajes lo intentan, intentan incluso tomar decisiones aventuradas y poco fructíferas —como ser escritor— pero ni bien comienzan, fallan. El daño está hecho, se nace con él y nada puede salvarnos. La imaginación ha muerto, y por ello nada puede contrarrestar la muerte del hombre en vida. El tiempo pasa, y los personajes de Jesús Navarrete Lezama observan sin remedio el desfile de cuerpos vacíos, de miradas urgentes. Si se mira bien, nos dice, todo lleva su propia carga de grotesco, de pesadez y derrumbe. El otro es nuestro reflejo.

En Peces muertos, lo grotesco no es algo ante lo cual se aparta la vista o se intenta ocultar. Es, en cambio, el único lazo entre personajes. Cuando uno está deprimido, eso siente. En el rostro bello de un desconocido también se observan las espinillas de la nariz, los bellos infectados por el rastrillo; el cabello de una mujer joven y hermosa parece desgastando por el avance del verdadero color sobre el tinte claro; las madres gordas y malhumoradas son monstruos arremetiendo contra sus hijos, dando de mamar golpes. Se está tan sensible, tan alerta, tan fuera del mundo y a la vez tan presente, que todo se percibe desde la lupa del ojo. Los vagabundos, los enfermos y los ciegos se destacan del resto y estremecen. La vida se observa con horror y extrañeza. Esa cosa rara, antinatural, que se retuerce en el estómago de quienes deambulan solitarios entre el mar de gente.

Peces muertos trata igualmente de ese desamparo, suerte inequívoca que nos acompaña hasta en los días soleados. La noción de que al final no basta apostar por los placeres o dolores. Vivir es otra cosa, una aventura ininteligible y abrumadora.


Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.

Esta es una historia que se parece a una partida de billar; es una carambola a varias bandas que involucra la evocación memoriosa, los encargos profesionales, la melomanía y la pasión por coleccionar camisetas. De alguna manera todas estas cosas van juntas en torno a una vida que transcurre teniendo a la música como un hilo constructor principalísimo.

Ni siquiera recuerdo el orden en que ocurrió todo pero en el fondo subyace el debut de Bon Iver; detrás de una colección tan brillante de temas se encontraba una seguidilla de acontecimientos desafortunados en la vida de Justin Vernon: lo abandona su novia y el grupo en el que tocaba desde hacía años le hace ver que él era la parte que no encajaba del todo. De un momento a otro se encontró sin novia y sin banda.

No encontró una mejor manera para exorcizarse que comenzar un viaje hasta una remota cabaña en un bosque y permanecer allí mientras el invierno transcurría. Sólo salía para traer más leña para el fuego y emprender alguna breve cacería. El resto del tiempo lo dedicaba a componer un puñado de temas lo más sinceros posibles.

Cuando regresó a la civilización, detalló las composiciones y editó lo que sería conocido como For Emma, forever ago (2008) —claro que le cambió el nombre a la susodicha—. Aquel ejercicio de valor, autoexploración y escritura vital se convirtió en un disco tremendo que lo puso, no sólo en boca del mundo indie, sino en la de un público más amplio al sonar en algunas series televisivas.

Casi tomó por sorpresa a Justin el hecho de convertirse en un músico del que muchos hablaban, pero continuó creando y su siguiente disco llevó el mismo nombre de su proyecto solista: Bon Iver, Bon Iver (2011). En algún momento se reconcilió con sus amigos, tocó en proyectos paralelos, produjo a otros músicos emergentes y nunca perdió la sencillez. Me tocó verlo en un concierto memorable, casi en el horario estelar del Coachella 2012. Las jóvenes generaciones se maravillaban con ese folk eléctrico que reinventa las baladas llegadoras para dotarlas de mayor poder. Vernon siempre se ha distinguido por utilizar un falsete completamente lánguido. Un susurro ideal para capítulos de amores frustrados y filtración del amor.

Seguro que uno no debería de olvidarse de artistas tan valiosos y certeros, pero que se le va a hacer con el ir y venir de discos entre computadoras y iPods. La tecnología no tiene palabra de honor y en ocasiones hay que resetear los aparatos y comenzar desde cero. La llegada de muchas novedades impide que se dedique tiempo a reinstalar álbumes maravillosos en los que no se piensa durante un tiempo.

Pero una mañana con un lapso suficiente para recorrer cajones y repasar las camisetas que poco a poco se han ido acumulando tras años de asistir a conciertos, allí estaba. La prenda negra conmemorativa de aquel Coachella y el intenso set de Justin y sus muchachos. Nada hubiera ido más allá de un reencuentro con el guardarropa de no ser porque durante esa misma mañana, y tras regresar los discos correspondientes al iTunes, descubrí que había una novela que guardaba una estrecha relación con lo sucedido al hombre detrás de Bon Iver.

El norteamericano Nickolas Butler publicaba Canciones de amor a quemarropa en español a través de Libros del Asteroide; editorial que presenta a la historia de la siguiente manera: «Henry, Lee, Kip y Ronny crecieron juntos en el mismo pueblo de Wisconsin, Little Wing. Amigos desde niños, sus vidas comenzaron de manera similar, pero han tomado caminos distintos. Henry se quedó en el pueblo y se casó con su primera novia, mientras que el resto lo abandonó en busca de algo más: Ronny se convirtió en un famoso cowboy de rodeo, Kip en exitoso agente de bolsa y Lee en una estrella de rock de fama mundial».

Ese tal Lee no es sino un alter ego de Justin Vernon, quien es amigo personal de Butler desde la infancia. Los personajes se reencuentran en una boda y «todos tratan de recuperar su vieja amistad pese a lo mucho que han cambiado… las antiguas rivalidades renacen y los viejos secretos amenazan con destrozar amistad y amor».

unnamed (21)

Butler ha comentado que el personaje también tiene mucho de su personalidad aunque partió de Justin y no deja de resaltar la importancia que ha tenido el músico para la comunidad de Wisconsin, ya que es admirado por mantenerse fiel a sus raíces y en cercanía constante.

Se trata de un acontecimiento en la literatura de rock; la música juega un papel importante a lo largo de la historia, el autor pretendía que las canciones inundaran el ambiente y cuando le preguntan acerca de la banda sonora ideal señala a otro clásico reciente del folk, como lo es I see a darkness de Bonnie Prince Billy  o la canción Elephant gun de Beirut.

Nickolas, palabras más, palabras menos, destaca que su obra debut (que ya ha sido comprada por FOX en vías de llevarse a la pantalla) aborda las cosas que de verdad importan: «el amor y la lealtad, el poder de la música y la belleza de la naturaleza».

Mal que bien, intencionadamente o no, Canciones de amor a quemarropa hace las veces de un retrato generacional y tiene una fuerte esencia indie a lo largo y ancho de sus páginas. No sólo se escuchan los acordes de Bon Iver, también se siente la influencia de Dylan junto a The band; el legado de Crosby, Stills & Nash o más cercano a nuestros días, la belleza de Beth Orton y lo primero de The black keys —lo que ya es mucho decir—. Un libro para conseguir de inmediato.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

En la imagen de la escritura a mano puedo enumerar los siguientes elementos: una pluma, tinta azul, vieja; una libreta con listón separador, blanca; hoja, en realidad varias, también blancas; mi propia caligrafía, simplemente fea. Luego echo un vistazo a la interfaz del procesador de textos, que no es Word, como podría esperarse, sino una versión más pulcra y sintética —no necesariamente mejor— creada por Apple, de nombre Pages. En el procesador de texto aparecen diversos apartados: fuente: tipo de fuente, estilo de fuente, tamaño de fuente, fuente en negritas, fuente en itálicas, fuente subrayada, color de fuente, estilo de caracteres; disposición: alinear izquierda, alinear derecha, alinear centro, justificar, sangría izquierda, sangría derecha, alinear arriba, alinear abajo, centrar; espacio entre líneas: tamaño del espaciado, antes del párrafo, después del párrafo; balazos. En la parte superior se encuentran los botones para para agregar imágenes, columnas, cuadros de estadística, cuadros de texto, formas, fotografías, música, vídeos y comentarios. Tiene además un botón compartir y un pequeño signo de interrogación dentro de un círculo amarillo con tips desarrollados para entender la interfaz. Luego vienen los apartados de formato y documento, donde es posible escoger tamaño del papel e impresora determinada, modificar la orientación de la página: vertical y horizontal; y delimitar márgenes: superior, inferior, izquierda y derecha.

Un amigo solía decirme que no gustaba de escribir a computadora porque de esa forma despojaba a las letras de su esencia manual, y por lo tanto, humana. Además, le molestaba escribir “verdadera literatura” en una computadora. Afirmaba que la transcripción de sus emociones –con esto queda claro su entendimiento de la literatura como un vertedero emocional y no diremos nada más al respecto– terminaba inconclusa en el camino que lleva del pensamiento al teclado y luego del teclado a la hoja en blanco. Solía divertirme recordándole que la hoja en blanco no era hoja sino pantalla en blanco y que la tinta no era tinta sino píxeles negros.

En algún punto durante Bonsái, Alejandro Zambra anota: «ustedes no saben lo que es escribir a mano, no conocen la pulsión de la escritura». Más allá de la voz de sus personajes, el mismo Zambra batalla para entablar una relación más o menos sana con las computadoras. Los problemas que el protagonista de Recuerdos de un computador personal enfrenta y la resignada aceptación de una notebook IBM de 1999 en su relato Mis documentos recuerdan mucho a otro inepto computacional: Mario Levrero, cuyo mayor triunfo sobre una computadora consiste en haber reparado el procesador de textos, Word 2000. Zambra escribió después que aquella exclamación de Levrero («Arreglé el Word 2000!!!!!!») constituye el momento más alegre dentro de La novela luminosa. Y tristemente tiene razón.

Aunque no definitivo, los materiales donde escribimos afectan la forma en la que lo hacemos; las nuevas tecnologías, las nuevas interfaces influyen en los procesos de escritura y lectura. La disposición de una letra, una palabra, un discurso en las propiedades de un pixel, siempre me ha parecido una parte fundamental de la escritura a computadora. En esas pequeñas entidades que han tomado el control de buena parte de lo que leemos y escribimos, los píxeles, puede uno determinar el tipo de letra, peso e interlineado que desee. Pero más importante aún: las palabras, las frases, los párrafos escritos no son más que píxeles con una ligera variación de color: basta con que un pixel negro se torne blanco para dar por hecho que la escritura ha desaparecido. Es como si el texto hubiese surgido de una perpetua manipulación: no hay tachaduras, porque las tachaduras que suceden en todo momento son inherentes al texto y nacen casi a la misma velocidad que él. La tecla borrar es primordial en la escritura porque parece contradecir todo sentido de permanencia. Una vez puesta en un texto procesado en pantalla, cada letra puede desaparecer; textos enteros pueden quedar borrados y el autor podría no volver a saber nada de ellos. Al escribir a computadora uno trabaja tanto con lo que borra como con lo que escribe. Por eso es que los textos escritos en pantalla dan la impresión de nunca estar terminados.

Tanto la alegría de Levrero como la resignación de Zambra anulan las discusiones sobre el conflicto que surge al escribir a máquina o computadora, o mejor dicho,  no escribir a mano. Algunos han escogido la libreta y la pluma, otros la pantalla y su fuente, su interlineado, su cuerpo. Tratar de averiguar cuál de los dos tiene la postura correcta ante la escritura, resulta tan infructífero como distinguir las ventajas entre utilizar zapatos o estar descalzo cuando se escribe. Zambra y Levrero nos hablan de ese modelo de escritor que, sin desdeñar el papel de la computadora, tiene dificultades bastante precisas para acostumbrarse a ésta. Nuestra generación ha ido un poco más lejos. La computadora ya no puede desdeñarse, forma parte del proceso: pixel negro sobre pixel blanco. La letra, tal como la veo ahora, mientras escribo, tiene poco o nada que ver con ese grafema improbable que al comienzo de nuestro puño y letra parece tan extraño pero que, tras una buena dosis de planas, aparentemente interminables, se vuelve no sólo familiar sino inherente a nuestra relación con el mundo. Esto último es un acto que ha sido bien emulado por la pantalla, el teclado y estos píxeles, desde los cuales, trato ahora de entender no sólo mi relación con el mundo, sino también con la literatura y dos o tres aspectos de la vida.


Autores
(Ciudad de México, 1989) es escritor y publicista.