La literatura norteamericana contemporánea es un universo complejo y diverso —va más allá de las grandes plumas como Pynchon, Franzen y DeLillo, y de nombres salidos de la Alt Lit como Ben Brooks, Megan Boyle o Tao Lin—. Para dar cuenta de lo que se está escribiendo ahora mismo al otro lado del Río Bravo, aun sabiendo que es imposible abarcar un espectro tan amplio, en nuestro dossier presentamos una muestra de autores jóvenes de los Estados Unidos, elegida de la mano de la editora y escritora Janice Lee. Los cuentos, poemas y textos de no ficción que publicamos dan cuenta de una variedad de registros, temas e intereses que nos acercan un paso más a entender el American Way of Writing.
Decidimos hacer este dossier porque nos interesa conocer cuál es el termómetro literario de nuestros vecinos del norte, lo que a su vez nos da brújula para poner de relieve la labor y la calidad de los jóvenes traductores en nuestro país. Si bien nuestro énfasis siempre ha sido el arte y la literatura mexicanos, abrimos este espacio en reconocimiento al propio arte de la traducción. Acerca de esta cuerda floja sobre la que se balancean los traductores discuten Tedi López Mills y Robin Myers en nuestra sección “Conversación abierta”.
Incluimos, además, una entrevista con Irvine Welsh y una extensa reseña sobre el todavía más extenso proyecto autobiográfico de Karl Ove Knausgård, Mi lucha, para redondear este número lleno de puentes y ríos entre dos idiomas.
¿Alguien pone en tela de juicio al calentamiento global? Al menos en el centro de México el invierno fue breve y el calor ha tomado por asalto las calles. Todavía faltan días para que arribe el equinoccio y tal parece que estamos con la primavera en plenitud.
En fin, no faltan los que se quejan por la ida de los fríos; otros celebran la temporada de atuendos ligeros. Lo cierto es que la sangre comienza a subir de temperatura y sentimos que algo parecido al deseo que recorre nuestras venas con mayor intensidad. No nos queda sino preparar una playlist de gran capacidad para los asuntos pasionales; canciones contundentes y calientes, no como esas recomendaciones superficiales que provienen de películas sobrevaloradísimas.
Tremenda Trementina
Volver a caer (del Lp Sangre Pop)
El amor como un abismo inmenso al que uno suele arrojarse de cabeza una y otra vez. La repetición de nuestras tendencias al retorno imperecedero y las relaciones enviciadas. El dueto de Pamplona, formado por Pablo Villafranca y Adriana de la Fuente, nos regalan uno de esos temas de «rompe y rasga» con los que nos encanta azotarnos y regodearnos en lo predecibles que resultamos ser. Aquí, una batería programada comienza un periplo que es conducido por la dulce voz de una sílfide que nos recuerda a la inmortal Jeanette o más cercanamente a La bien querida. Pop sofisticado y delicioso que se acompaña por una sección de cuerdas. Adictivo (en México, en disco es editado por Terrícolas Imbéciles).
Ibeyi
Oya (del Lp Ibeyi)
Un par de hermanas franco-cubanas deciden sumar lo que saben de la religión santera y sus deidades a un pop minimalista que las hace lucir como continuadoras de los ejercicios experimentales de Bjork. Hijas de un percusionista del Buena Vista Social Club que murió muy joven, alternan voz y piano con maestría y lo mejor de todo es que todavía andan en la veintena. Talento precoz que combina la tradición cubana con un extraordinario sentido de lo contemporáneo que le deben mucho a Richard Rusell —el hombre fuerte de XL Recordings—. Si esta música no es exquisita, no entiendo qué lo sea.
Tulsa
Oda al amor efímero (del Lp La calma chica)
¿Quién dice que las chicas sólo se enamoran de los tipos brillantes, los triunfadores y los listos? Tu amorío puede considerarte algo idiota o bien un pecador irreversible. Esta canción lenta cala hasta lo más profundo de la médula o se filtra al ADN del amor. Miren Iza canta con tremendo estilo y puede elevarnos al cielo para hacernos estallar en fragmentos. Las capas de sintetizadores hacen que el universo se redimensione y nos pone en el centro con ganas de arder a la menor provocación. Una balada completamente asesina.
Soko
Monster love (Del Lp MyDreams Dictacte My Reality)
Todos tenemos algo de emo en nuestros corazones y está chica de 29 años lo utiliza como si todavía no llegara siquiera a los 20. Stéphanie Sokolinski es una de las propuestas emergentes más candentes no sólo en Francia —su país natal— sino en el panorama internacional. Ella tiene un encanto punkie y el productor de The cure a su lado para potenciar piezas azotadonas que nos recuerdan cuanto nos encantaba deprimirnos en el pasado. Aquí está acompañada por esa figura del low-fi que es Ariel Pink. Puro talento freak para los momentos mutantes.
Purity Ring
Bodyache (Del Lp Another Eternity)
Este dúo canadiense ha encontrado la forma de mezclar al pop electrónico con filones de R&B futurista y sublimar su encanto. Una voz aniñada y angelical (Megan James) nos conduce a través de quiebres y subidones de rebosante actualidad y sofisticación. Hay ensueño y modernidad en lo que hacen. Ni duda cabe que hay historias que transcurren a su ritmo y su tempo. Puede que suene todo muy bien pensado, pero en ese amasijo dejan ir sus sentimientos y de verdad contagian.
Natalie Prass
My Baby Don’t Understand Me (Del Lp Natalie Prass)
Enfrentar un disco de ruptura de pareja es un reto mayúsculo del que existen muchísimas probabilidades de que salgas derrotado. Podemos decir que esta ex colaboradora de Jenny Lewis salió bien librada a la hora de explicar el motivo de que las cosas no salieran bien y lograr canciones desgarradoras. Buena parte del éxito se lo debemos atribuir a los productores Trey Pollard y Matthew E. White, que la firmaron para su sello Spacebomb Records. No es que tenga una voz extraordinaria, pero pone las entrañas por delante y suelta frases letales como esta: «nuestro amor es como un largo adiós, esperando al tren para llorar». Soul en estado de gracia.
The singles
Candy (De un Lp por llegar)
La hermosísima Scarlett Johanson posee una voz roca seductora y al menos ha editado dos discos dispares. Ahora decide crear una súper banda de puras chicas junto a Holly Miranda, Kendra Morris, Julia Haltigan y Este Haim. Fueron producidas, nada menos, que por Dave Sitek (TV on The Radio) y tratan de jugar con el humor más kitsch y sueltan píldoras tales como “Boy, I’m your lollipop”. Un divertimento con The Bangles en la mente. Al día de hoy tienen problemas legales por el nombre. Veremos qué pasa en el futuro, pero mientras nos dejan un divertimento sexy y calientito para la pista de baile.
En 2013, la Hacienda de la Luna en Cuatlita fue sede alterna del Festival Ollin Kan. Entre las bandas que se presentarona se encontraban Los Parientes de Playa Vicente, una agrupación veracruzana de son jarocho tradicional. Recuerdo estar sentado en el césped viendo cómo atardecía. Cuando terminó la tercera o cuarta canción, uno de los miembros de la banda habló. Dijo que la canción que interpretarían a continuación estaba dedicada a un grupo de chicas que estaban presentes: un colectivo de danza de Cuernavaca. Escuché gritos y vi cerca del escenario cinco mujeres reverenciando a la banda como si fueran sus ídolos. Ellas se llaman Dos Raíces y tomaron su nombre de uno de nuestros sones». (Qué viva la raza india/ qué viva la raza negra/ qué vivan las dos raíces/ que vivan las dos alegran). Durante la canción las vi bailar con atención. Recordé algún fragmento aislado de un libro sobre danza que decía que el baile era la única disciplina artística que podía provocar estados alterados verdaderos. En una de las fotografías se veía una mujer afrocaribeña con los ojos en blanco y el rostro brilloso por el sudor. Ellas también estaban en éxtasis.
Dos Raíces es un grupo de bailarinas que conjugan elementos de la danza contemporánea con el folclor afrocaribeño. El año pasado participaron en un importante festival de danza en Cuba, representando junto con otros tres colectivos, a México y fue el único grupo de todo el festival que mezcló danza tradicional con contemporánea, sello que caracteriza todas sus presentaciones. Más tarde fueron reconocidas por el Programa al Estímulo al Desarrollo y la Creación Artística de Morelos por un proyecto dancístico que busca explorar el concepto de la esclavitud desde distintas aristas. Desde que las descubrí me han interesado porque rompen con muchos esquemas de lo que un grupo de danza debe ser. Su trabajo las ha llevado a participar en un sinnúmero de eventos multidisciplinarios, entre ellos vale la pena mencionar el 80 aniversario del Palacio de Bellas Artes. Una de la riquezas de Dos Raíces es para mí su propuesta de no-estereotipo. Las mujeres que conforman el colectivo son de distintas complexiones y edades y su trabajo demuestra con impetú que la sensualidad es una actitud y no una manera de construir físicamente el cuerpo. Para ellas la danza unifica, acerca y reconstruye.
¿Qué es Dos Raíces?
«Alas y raíces», confiesa poéticamente, Gabriela Ocampo, una de las fundadoras del grupo: «(Dos Raíces) es una fusión de danzas afro, mexicana y contemporánea, que busca exaltar el pulso orgánico que nuestras raíces afianzaron y nos legaron, dejando así de manifiesto que el movimiento es uno solo. Nace de la inquietud por mostrar al público nuestra manera de reconocer y vivir la esencia cultural híbrida que nos conforma, a través de un lenguaje contemporáneo para invitar al espectador a identificar esa porción fundamental de sí, en nuestro danzar».
Para Yessica Laines las palabras «movimiento y reconstrucción» engloban lo que son. «Me parece que nunca nos hemos planteado un discurso definido hacia algún género o hacia algún sector social o población. El mensaje de Dos Raíces, en general, es transmitir todo aquello que tenemos por herencia y los que podemos sembrar en este momento, además de que la danza es universal y debe ser para todos, ya que todos podemos hacer danzar. Me parece que si nos referimos al discurso que enunciamos para el género femenino es que la danza no depende de una complexión corporal específica; todos somos parte del movimiento dancístico, y todos podemos ofrecer algo a éste».
Silvia Mohedano resume Dos Raíces en «vida y muerte». Para ella la danza lo es todo, pero también confiesa que otras disciplinas la nutren como artista. «Las artes plásticas nos han influido unas veces como inspiración y otras veces para aprender de ellas en un sentido estético y en los proceso de creación, es decir, en la composición y uso del espacio, en el diseño de movimiento (formas, plasticidad, creación de imágenes dinámicas), etcétera. Precisamente entre los artistas plásticos que más nos gustan se encuentran muchos mexicanos. Considero que nos gustan, en parte, porque nos identificamos con ellos como individuos pertenecientes a un contexto histórico, social y cultural, y también como grupo, en el aspecto de que buscamos reflexionar sobre la identidad mexicana. Por ejemplo, el trabajo de Demián Flores nos parece muy interesante, porque ha realizado algunas obras ocupando iconografía prehispánica o símbolos del México antiguo y los ha mezclado con elementos contemporáneos tanto de México como de otras partes del mundo. Mata Rosas, por otro lado, nos gusta no sólo por la calidad de su trabajo sino por su interés en la cultura popular o urbana, y por cómo logra mostrarnos que en medio de todo el caos visual de las ciudades, conviven el arte prehispánico, el colonial y el contemporáneo.”
Blanca Eloísa Balderas propone que «sensualidad y diálogo» unifican lo que busca Dos Raíces e invita a otros jóvenes a conformar distintos grupos de danza, en específico de danza folklorica, materia a la que ha dedicado su vida.
«Tengo poco conocimiento sobre colectivos o proyectos de danza que hay en todo el estado, pero siempre he estado involucrada y empapada respecto a la danza pero sólo folklórica, por lo que respecto a eso si podría emitir una opinión: Me parece existe mucha iniciativa en formar grupos o clubs de danza, sobre todo lo he visto en los municipios de la zona sur del estado, sin embargo, en la capital o incluso fuera de ella, no existe ninguna institución que tenga un proyecto de danza folklórica lo suficientemente fuerte como para trascender a nivel de compañía representativa, al menos hasta el momento. Los proyectos que siempre han sido más sonados o difundidos de manera formal y oficial siempre giran en torno a la danza contemporánea o al ballet, pero no existe nada con suficiente estructura y fortaleza en cuestión de folklore, lo cual me parece grave ya que es lo que podría fomentar la identidad como morelenses y mexicanos en este contexto en el que predomina el malinchismo».
Toñita Najera recurre a «trascendencia y creación» para ejemplificar su trabajo. Pienso en mi papel como espectador de danza. Recuerdo que una ocasión en el Jardín Borda, al final de su número se acercaron al público y lo invitaron a bailar. Se acercaron a mí y fue tanta mi pena que no lograron sacarme de mi asiento. Tiempo después en otro festejo ocurrió lo mismo, pero ya no pude huir y terminé bailando con ellas. Lo hice fatal pero pensé que era hermoso eso que hacían. Algo simple que brotaba de sus cuerpos y que era la forma idónea de entender la música. Toñita lo dice mejor que yo «Bailar es importante por el simple hecho de expresar con tu cuerpo, con tus movimientos, con tus sensaciones, con sentimientos, eso que muchas veces es difícil decir con palabras, es como una liberación a eso que te mantiene prisionero y es que el simple hecho de pararte frente a personas que no conoces es ya un gran logro, el poderles entregar eso es indescriptible. Pararte en el escenario, sentir con tus pies el piso, la tarima, el linóleum, es como si no fueras tú en ese preciso momento, como si te transportaras a otra realidad en donde te sientes bien, te llenas de eso que te apasiona, te olvidas de los dolores musculares, de los problemas y de todo lo que te rodea, te entregas por completo; en ese momento trasciendes».
Me gustan las historias redondas. Las chicas de Dos Raíces escucharon un son que las inspiró y bautizaron su proyecto. Ahora Francisco Ramirez «Chicolin», del grupo, Los Parientes de Playa Vicente, escribe unas rimas inspirado en el baile de estas mujeres: «De mis manos se escapa/ tu piel tersa y suave./ Que tu sonrisa labre/ los latidos de mi corazón./ Son bellas, son pasión./ En su danza son matices./ Ellas son Dos Raíces/ que crecen …/ al compás del Son».*
La polémica de unos años para acá es la misma: ¿el Estado mexicano debe o no dar becas y subsidios a sus artistas e intelectuales?, ¿cuáles son sus límites en rubros como la educación y la promoción de las artes? Gabriel Zaid, en Los demasiados libros, criticó el caso de José Vasconcelos, quien mandó a editar cientos de miles de ejemplares con los clásicos de la literatura universal para un país donde casi 50% de los adultos con capacidad lectora no sabía leer, hasta la creación del Fondo de Cultura Económica y del programa del Libro de Texto Gratuito. Zaid se pregunta: ¿para qué imprimir millones de libros que casi siempre estarán en la bodega?, ¿libros que casi nadie leerá? Después asegura que la ambición por imprimir textos sin preocuparse primero por mejorar los sistemas de educación es sólo un recurso político que permite hablar bien de sí al funcionario sin importar el destino de cada libro. Pero, en la política cultural, los intelectuales mexicanos siempre propusieron planes para apoyar no sólo la educación, sino a artistas y pensadores. Por este motivo, en la década de 1990, cuando se estructuraba lo que hoy es el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, las autoridades utilizaron la plataforma de la revista descentralizada Tierra Adentro para establecer un sello editorial que publicara textos de jóvenes escritores mexicanos. Desde entonces, el Fondo Editorial Tierra Adentro edita a escritores de hasta treinta y cinco años, y cuenta con una distribución nacional. Los libros de esta iniciativa cultural del Estado están presentes en la mente del público lector, aunque no demasiado en las mesas de novedades de las librerías o en las reseñas de los medios de comunicación. A pesar de ello, ha publicado a escritores valiosos. En sus casi veinticinco años de trabajo, al menos tres libros son emblema del Fondo Editorial por sus repercusiones y aportaciones literarias: Gente del mundo de Alberto Chimal (Estado de México, 1970), Trabajos del reino de Yuri Herrera (Hidalgo, 1970) y La Biblia Vaquera de Carlos Velázquez (Coahuila, 1978). El primero fue reeditado por Era, una de las editoriales con mayor tradición e influencia en el mercado y en la cultura literaria mexicana; el segundo volvió a aparecer en la editorial Periférica, y el libro de Velázquez regresó a librerías de mano de Sexto Piso.
Tierra Adentro, entonces sin saberlo, publicó a algunos de los escritores que ahora forman parte de una generación que los críticos literarios han denominado como “Generación en transición”, es decir, autores nacidos en la década de los setenta que crecieron sin la pesada influencia de un patriarca o guía intelectual totalizador como en su momento fueron Octavio Paz o Carlos Fuentes. Hablamos de escritores que transitaron entre la correspondencia y los libros de papel a los emails y las redes sociales; autores que pudieron tener mayor contacto con el mundo y de manera más rápida, mayores libertades de creación y, sobre todo, que descentralizaron de manera explícita a la literatura mexicana. Ni Chimal ni Herrera ni Velázquez nacieron en el Distrito Federal; ninguno de estos libros está fincado espacialmente en la capital del país, al contrario: los tres conforman universos y una geografía que acerca lo que antes era lejano para los capitalinos, y que aleja los clichés de lo que antes se entendía como “letras mexicanas”.
Los tres autores trabajan temas y formas diferentes; sin embargo, tienen en común que ninguno describe la realidad. Exploran y dejan en los extremos de la lectura una reflexión sobre la realidad aparente.
En el caso de Gente del mundo, Alberto Chimal propone la creación de un universo paralelo con paisajes, pueblos y civilizaciones que desarrollan costumbres, tradiciones, religiones y sistemas de pensamiento que serían absurdos para los habitantes del planeta Tierra. Pueblos que no comen sino que nacen para morir de hambre; hombres cuyo único objetivo en la vida es recolectar todo lo que hay a su paso para nunca más utilizarlo; naciones que no conocen la mentira y, sin embargo, saben que dicen la verdad al demostrar un sentimiento contrario a lo que realmente sienten.
Aun con esta tranquilidad, siempre hay un agente externo que quiere corromper esta estabilidad civilizatoria, lo que convierte a sus personajes en individuos perfectamente humanos, que bien podrían describir la historia de un pueblo del pasado, o los valores, virtudes y desviaciones que alguna sociedad podría tener en el futuro.
Los libros sagrados de los an-anesdre (Los que respetamos el tiempo) afirman que un dios vengativo o inescrutable, en la antigüedad ordenó a este pueblo ‘morir en la hora nona del día’ […] este extraño relato ha tenido, a lo largo de los siglos, diversas interpretaciones… cuando la nación an-anesdre estaba entre las más adelantadas del mundo, la emperatriz Kenil-Dir […] decidió que la hora nona de todo su pueblo había llegado. Ordenó que todas las ciudades, pueblos yaldeas fuesen arrasadas y, cuando no fue obedecida, se suicidó. Como no tenía descendencia, su muerte provocó una guerra larga…
Chimal bromea al describir un supuesto territorio desconocido, cuando realmente está desdoblando a esta humanidad. Algo parecido hacen Carlos Velázquez y Yuri Herrera. La Biblia Vaquera usa la ironía, el sarcasmo y el absurdo para descontextualizar todo; así crea PopStock!, en el que Velázquez se burla de la cotidianidad de la vida mexicana y donde mezcla sin empacho la cultura popular mexicana con las de otras latitudes. El personaje de La Biblia Vaquera, por ejemplo, es un crítico literario, artista visual contemporáneo y vendedor de burritos, además de pollero y militante comunista con una marcada afición por la lucha libre.
Subimos al ring acompañados por edecarnes internacionales. Las Primas, grupo femenil de argentinas que cantaban: Saca la mano Antonio, que mamá está en la cocina. De música de fondo sonaba “Never Let Me Down Again” de Depeche Mode. Así se definió mi estilo de lucha. Lo que después la banda llamaría Kitsch Retro Neo Vulgar.
Velázquez crea una fantasía donde se habla con un lenguaje spanglish + chilango + teórico. A pesar de este juego desquiciado y elocuente, el libro no deja de lado la violencia y la injusticia que ha azotado al país. En La Biblia Vaquera también aparece la mafia capaz de asesinar, el crimen organizado de PopStock!, aunque no es lo principal en las narraciones, como sí sucede en Trabajos del reino, de Yuri Herrera.
Antes de Herrera y Velázquez, el norte era descrito como una zona árida, violenta y llena de arquetipos: el narcotraficante malo, un ciudadano o policía bueno que podía combatirlo, la música norteña, el desierto. También había narraciones periodísticas que retrataban el lenguaje de esta región del país, pero Yuri Herrera (acompañado por Eduardo Antonio Parra y Daniel Sada) cambió la forma de escribir sobre el norte y la violencia que sigue asolando a México. En Trabajos del reino, Herrera creó una mitología fundacional a través de un compositor de corridos que camina por los paraísos e infiernos que componen el reino.
Herrera desnuda las complejidades de la mente de un narcotraficante, sus gustos, disgustos y ambiciones, y presenta a un humano que va más allá del narco, una persona que siente y piensa. No es la violencia por sí misma; hay una explicación que se manifiesta en la pobreza económica y de valores. Esta novela no sólo narra la historia, sino que la cuenta como una fábula medieval, donde hay un rey, su corte y el pueblo. Al igual que Chimal y Velázquez, Herrera evade la realidad para presentarla con otros símbolos.
A pesar del lenguaje y la creación de espacios alternativos e interculturales, Trabajos del reino y La Biblia Vaquera tienen guiños de crítica social, como dice Sánchez Prado en Tierras de nadie, que los escritores no pueden evitar: la violencia que se vive en México, que por mucho tiempo ha arrojado muertos y desaparecidos. Los mismos que siguen apareciendo en las noticias hasta estos días.
Gente del mundo, La Biblia Vaquera y Trabajos del reino tienen otra cualidad que los hermana: los tres contienen un elemento de arte posmoderno, un performance o una instalación. Entre relato y relato de las culturas imaginadas por Chimal hay una ficha que representa un cuadro; el cuadro no existe, sólo las letras que lo describen, imágenes fantásticas de situaciones que no existieron o existirán. En Trabajos del reino, entre capítulo y capítulo hay un poema que es un remanso literario:
Son. Tantas letras juntas. Suyas. Puestas ahí sin otra cosa que hacer más que fecundar la testa. Son. Muelen la hoja entre rodillos de insomnio, avisan, hurgan la blancura baldía en el papel y en el mirar.
El libro de Velázquez, como dice la ensayista Ana Sabau en Tierras de nadie, es una literatura performática que se burla y pervierte los géneros porque en el texto no existen: se fusionan. Carlos Velázquez crea imágenes donde lo local es lo global y lo masculino es lo femenino. Lo que parecía anómalo, se revela común. Ese ser extraño soy yo, eres tú y todos. Como en Gente del mundo, o el artista y el rey, que son la misma escoria humana en Trabajos del reino. Aunque estas tres narraciones no tuvieron una larga y espectacular promoción cuando se publicaron en Tierra Adentro, fue un acierto que este sello del Estado los haya incentivado y dado a conocer, ya que son un claro panorama de la literatura que se hizo a finales del siglo XX y la primera década del XXI. Literatura posmoderna que perturba una tradición evidente.
No parece fácil concluir qué es lo que define la masculinidad, un misterio que escapa a cualquier categorización y que se arraiga en la tradición de los usos y las costumbres, rol que ha trascendido hasta volverse pilar incuestionable y base del sistema social dominante. La pareja, semilla del núcleo social básico, la familia, construye, a partir de los roles de género y de un intrincado y complejo sistema cultural, una serie de reglas y patrones de conducta que habrán de seguirse de manera rigurosa y dentro de distintos contextos, en los que la vinculación afectiva idealiza el deber ser, que, al verse dañado, pone en evidencia la vulnerabilidad de ese complejo constructo conocido como “familia”.
La necesidad de supervivencia se ostenta como el más poderoso disolvente de los lazos afectivos y familiares en tres filmes que, además de estar comunicados por un eje temático definido, parecen hallar similitudes en estilo, forma y representación. Tomando como punto de partida el filme sueco Fuerza mayor (Turist, 2014), de Ruben Östlund, y tratando de elucidar puntos de convergencia con los filmes El planeta más solitario (The Loneliest Planet, 2011), de Julia Loktev, y El resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, se hace evidente que se trata de cintas en las que se trastocan los fundamentos de la existencia de la familia y la pareja, en donde un impulso experimentado por el hombre en una situación de emergencia, sea política, ambiental o psicológica, desestabiliza la armonía y confort propios de una moralidad basada en el arquetipo.
Aquí es pertinente distinguir entre lo que llamamos “instinto” e “impulso”. El instinto, como fue concebido por Sigmund Freud, se afinca en un ámbito estrictamente biológico, proveniente de la etiología (el estudio del comportamiento de los animales) y que posteriormente Lacan definió como el conocimiento que la naturaleza exige de lo vivo para que se satisfagan sus necesidades, mientras que el “impulso” hace referencia a la lucha entre los deseos y la naturaleza, que, según Lacan, nace de la necesidad. Partiendo de este punto, ¿qué es lo que lleva a los protagonistas masculinos de estos filmes a romper el mito protector de la masculinidad? ¿Instinto o necesidad?
El impulso desconoce y niega la convención, el miedo traiciona el afecto y la desesperación destroza todo vínculo y pone al humano al descubierto, exponiendo una crudeza que nuestra codificación moral etiqueta como “vil” o “despreciable”, pero siempre abocada a la supervivencia, no de un grupo vinculado por el afecto, sino del individuo. En Fuerza mayor, Ruben Östlund, con un estilo fílmico de sofisticado rigor formalista, presenta una situación temible por su palpable cercanía: una familia que vacaciona en los Alpes suizos se encuentra plácidamente tomando el almuerzo a la vista de una imponente montaña blanca cuando una avalancha comienza ofreciéndoles lo que parece ser un espectáculo y que conforme se va acercando siembra la incertidumbre, que se va convirtiendo en terror. La cabeza de familia, al ver el peligro inminente, toma su celular y sus guantes de la mesa y huye despavorido, mientras su familia es devorada por una gélida niebla blanca. Cuando la nieve se disipa, la madre y sus dos hijos permanecen quietos, al tiempo que el padre regresa, ya pasados un par de minutos, sin asomo de vergüenza. Una falsa alarma de lo que terminaría por convertirse en una catástrofe íntima.
Esta catástrofe se detona a raíz de un catalizador que en Fuerza mayor es meteorológico, y que en otros filmes tiene un detonante distinto pero resultado muy similar. En El planeta más solitario (2011), de la cineasta Julia Loktev, el catalizador es de cariz social y político, mientras que en el clásico del género de horror El resplandor (1980), de Stanley Kubrick, viene de los abismos de la patología mental, aparentemente empujados por lo paranormal, pero escalofriantemente reales. En los tres filmes hallamos una marcada distancia de lo doméstico. El turismo y el espacio permiten la exposición a factores que difícilmente se encontrarían en un entorno dominado por la rutina, ya sea de una pareja o de una familia. La naturaleza, representada por el espacio físico, toma una predominancia clara sobre los vínculos afectivos en las tres obras, sean los majestuosos Alpes, el gélido hotel Overlook o el altiplano de las montañas del Cáucaso, donde parece experimentarse una angustia agorafóbica por debajo de lo que inicialmente se percibe como asombro. Los tres filmes son conscientes de la importancia de sus espacios: majestuosos pero fríos, hermosos pero enigmáticos; atracciones turísticas que parecen reivindicar su neutralidad al rechazar a sus visitantes, mediante la erosión de sus relaciones, devolviéndolos a un estado primitivo en el que la supervivencia se convierte en ley suprema.
La cineasta francesa Julia Loktev presenta en El planeta más solitario a Nica y Alex, interpretados por Hani Fustenberg y Gael García Bernal, una pareja comprometida que se embarca en una expedición a las montañas del Cáucaso, atravesando una especie de ritual previo al matrimonio. Después de días de caminar sobre vastos espacios de una naturaleza bucólica, la pareja, junto con su guía, se desvía y, en un descanso, encuentran un par de sujetos armados que los amenaza. En un momento, Alex pone a Nica frente a él, protegiéndose; después de unos cuantos segundos adopta su postura de macho protector, colocándose entre el arma y su pareja. Después del incidente se da una ruptura del núcleo afectivo tan silente como la que se aprecia en Fuerza mayor; la crisis de la pareja hace implosión, no de manera explícita como en los filmes de Östlund y Kubrick, pero en la que la disolución de la pareja se define por la distancia y todo aquello que no se expresa.
Un momento basta para perder la confianza y experimentar una aguda soledad, como la de Ebba en Fuerza Mayor o la funesta ansiedad de Wendy en El resplandor, que se hacen patentes en el lenguaje corporal de Nica. Aquí las mujeres quedan expuestas y vulnerables ante un impulso masculino pero no adoptan un rol pasivo; buscan reivindicar su papel en una dinámica nueva, ya sea preservando a la familia o buscando confort y seguridad en una relación nueva. Las políticas de género de estos filmes las ubican en roles tradicionales: desorientadas y confundidas ante esta innegable crisis: el derrumbe del mito de la masculinidad.
Este mito de la masculinidad se asocia a valores y atributos generalmente vinculados a la figura paterna, anclada en la protección. Cuando ese ideal se pervierte, la incertidumbre y el miedo invaden y amenazan la estabilidad de la institución familiar, produciendo una angustia terrible que culmina en el horror doméstico. En El resplandor, del cineasta estadounidense Stanley Kubrick, la familia integrada por Jack Torrance se ve amenazada por una abstracta psicosis que ataca al padre de familia, cuando los espectros del gélido hotel Overlook lo convencen de asesinar a su esposa, Wendy, y a su hijo Danny (Danny Lloyd). Lo que empuja a Torrance desobedece las convenciones de conducta asociadas a la figura del macho protector, como la patética cobardía de Tomas, el patriarca de Fuerza Mayor, y el fugaz, pero contundente miedo de Alex, de El planeta más solitario, pero, a diferencia de ellos, Jack Torrance permanece atrapado en ese impulso destructivo, en el que su sentido de preservación parece estar inducido por las inclemencias de un espacio físico con características específicas que demanda la muerte de la familia en pos de una prerrogativa paranormal. Así como en Fuerza mayor los hijos de Ebba y Tomas perciben la reacción del padre como una traición, Danny parece nunca confiar en su padre, sabiendo que en cualquier momento esa traición se materializará hasta llegar al deseo homicida. En apariencia, su poder premonitorio le permite adelantarse a la dicotomía “instinto/necesidad” que Jack habrá de experimentar como una crisis.
Mientras que en otras películas como Escenas de un matrimonio (1973), del sueco Ingmar Bergman, ¿Quién le teme a Vriginia Woolf ? (1966), del recientemente finado Mike Nichols, o Perdida (2014), del estadounidense David Fincher, se diseccionan los mecanismos de oscuras y complejas dinámicas de pareja en el ámbito doméstico con una tónica similar, los filmes de Östlund, Loktev y Kubrick llevan esta disección a situaciones límite y en géneros evidentemente diáfanos. Östlund presenta esta crisis como una comedia negra de refinado patetismo; Loktev, como un impenetrable filme adherido a nociones estructuralistas, y Kubrick como un hiperestilizado y rimbombante filme de horror; pero la visión de los tres directores tiene similitudes a nivel formal, particularmente en la elegante y austera composición del cuadro cinematográfico, rebosantes en extraña simetría.
Hacia el final, cada una de las cintas elige una resolución distinta que se encamina a resarcir y reconstruir la figura protectora desde un lugar diferente. No existe, entonces, disolución total, pero el insondable efecto de la duda habrá de impedir su perpetuidad. De la misma manera que la duda y la crisis son álgidos puntos narrativos en cada una de las películas, el perdón y el castigo, tácitos o implícitos, apuntan al restablecimiento de los vínculos que habían sido previamente dañados. Se convierten entonces en acciones conciliadoras, restaurando el orden social y afectivo. Pero esa reconciliación no parece ser menos instintiva o necesaria que el impulso destructivo. Creer que un hombre, sea un padre o una pareja, no debe abandonar su rol protector, se hace una convención necesaria para la supervivencia, pero la naturaleza niega, silente y poderosa, nuestra necesidad de sobrevivir.
La semana pasada se difundió una nota publicada en redes sociales donde trabajadores del comedor del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, bajo la mirada aprobatoria de Francisco Toledo, colgaron el menú del día en una estatua (del también artista plástico) Luis Fernando Andriacci. En los últimos meses, la ciudad ha vivido lo que algunos denominan unainvasión institucional de esculturas francamente horribles del pintor originario de Cuicatlán, Oaxaca. Después de Toledo, Andriacci se ha convertido en el exponente plástico más exitoso del estado, en su obra predominan animales infantilizados, temas familiares y religiosos, de hecho, podría decirse que hace exactamente lo mismo sobre distintos soportes: óleo, bronce, lámina, cerámica, mármol, litografía, grabado y serigrafía.
Esta situación hizo evidente la polémica que desde hace tiempo existe sobre la obra de Andriacci y su repentino éxito comercial. A mucha gente le gusta su estilo fresco y repetitivo (lo cual debe reconocerse) sin embargo, el problema está en utilizar dinero destinado a la cultura y al arte en estatuas que parecen pertenecer más a un parque de diversiones que a la calle. Las esculturas de lámina de Andriacci no embellecen el andador turístico ni las principales avenidas de la ciudad. A una libélula gigante que el Municipio colocó rumbo al igualmente polémico puente de Cinco Señores, la gente rebautizó como Monumento al dengue, por ejemplo. Yo diría que muchas parecen transformers.
Cuando se trata de obras públicas (como el Centro de Convenciones que el gobierno estatal quiere construir en la reserva ecológica del Cerro del Fortín), no se toma en cuenta a los ciudadanos, quienes transitan diariamente esta ciudad y tienen que lidiar con obras mal planeadas y poco duraderas. Parecido al terrible caos y hartazgo que provocan marchas y plantones de maestros, el gobierno se lava las manos y guarda silencio ante los cuestionamientos de la ciudadanía. Nos ha salvado un poco que Oaxaca sea Patrimonio Cultural de la Humanidad por parte de la UNESCO, eso ha impedido que se hagan grandes cambios en el centro histórico y que el «supuesto» desarrollo nos asfixie (como cuando quisieron construir un estacionamiento bajo la iglesia y el Ex Convento de Santo Domingo de Guzmán). Otro tanto lo ha hecho Toledo, quien ha protestado ante este tipo de decisiones estructurales (aunque muchos también digan que sólo lleva arena para su costal).
Pongámonos puristas. No diré —como Avelina Lésper— que la pintura ha muerto, o que todo arte contemporáneo es basura, eso resulta estúpido. Pero aquello que en esta época consideramos arte posee ciertas características, aunque no intrínsecas, pues toda interpretación es producto del espectador, de su lugar de enunciación y del contexto mismo de la obra. Cuando Jacques Derrida dijo que interpretar es construir la no obra, apelar al vacío que deja cuando ya no está y a su deconstrucción, no estaba equivocado. Lo que consideramos arte va cambiando, tiene validez en la medida en que dice algo sobre el mundo que habita y, por ahora, es crítico. La crítica se ha vuelto necesaria en muchos ámbitos y prácticas sociales dadas las condiciones infrahumanas del capitalismo actual.
Parece que en estos momentos de evidente crisis humanitaria y ecológica, necesitamos que la obra —y a veces el autor— nos hagan reflexionar, pensar qué hacemos (u olvidamos hacer) aquí y ahora para imaginar y construir un futuro mejor. Esta carga es demasiado pesada. Exigimos calidad moral a dichas voces públicas porque sabemos que eso ya no es posible en nuestros gobernantes. ¿Es el arte un terreno político, una crítica de esta realidad poco alentadora? Creo que sí, pero bajo términos no propagandísticos ni morales. Como menciona Robert Valerio en Atardecer en la maquiladora de utopías: «El hombre es gregario; su arte también. La obra dialoga con otras, del mismo artista, de sus contemporáneos, del pasado o del futuro. El único requisito de este diálogo es que dos o más obras se reúnan. Esta reunión puede ser virtual (en la mente del espectador, crítico, historiador) o física (en un recinto preciso: museo, galería, calle, estación de metro)».
Una reunión variada y poliédrica. ¿Es la obra de Andriacci arte? No diría que una parte no lo es. Sin embargo, en ella hace falta quizás lo más elemental: diálogo, apertura, ensimismamiento, búsqueda. En ese terreno repetitivo e infantilizado, nada queda abierto, nada que decirse sobre animales y niños salvo que, seguramente, se ven bien en la sala de algún político. En Oaxaca existen artistas que trabajan para embellecer o maquillar edificios públicos, otros que se cuelgan una bandera moral, otros una bandera de justicia social bastante anquilosada. Están los que producen para vender y quienes producen pero no venden, quienes producen por vocación, por escuela o como una necesidad creativa, búsqueda de voz propia, de identidad acaso y de placer.
En mi paso por galerías y exhibiciones en esta ciudad —sin importar si las obras se venden o no— he encontrado variedades de una misma fuente recurrida hasta el cansancio. Los únicos sitios que ofrecen verdaderas propuestas y posibilidad de diálogo son talleres de gráfica y espacios alternativos de exhibición. Los artistas que ahí exponen son en su mayoría jóvenes en búsqueda de su propia voz cuyos trabajos no se acoplan al gusto de galeristas e instituciones. También hay canon en ellos, pero eso no puede evitarse.
La polémica en torno a Andriacci deja entrever una necesidad de dialogar con el arte y la ciudad donde se produce. Hablar de arte en Oaxaca de Juárez es adentrarnos en su espacio, la calle, la manera en que se vive esta ciudad, una pequeña olla siempre a punto de explotar. Andriacci publicó —y en esto quien se equivoca no es él sino quien invierte en su obra— en su perfil de Facebook: «Nunca trataré de dañar o de afectar lo bello que es mi estado, mi tierra, y digo mía, porque me siento parte de ella. Orgulloso de mis raíces y de lo que estas representan». Si le preguntas a cualquier transeúnte si lleva este territorio clavado en su epidermis te dirá que sí, que aquí hay algo imperecedero, habitable y violento a la vez, pero que no se deja, no se olvida, por ningún motivo.
Fotografías de Tatiana Carolina Candelario Galicia
Un maratón es una prueba de resistencia que conjuga la fuerza física con la mental. Llegar a la meta es imposible si falla una o la otra. Tatiana Carolina da cuenta de su experiencia en el Maratón de Chicago, uno de los más importantes del mundo, y de lo que implica compartir la ruta con atletas de clase mundial.
EL MARATÓN DE CHICAGO
Amanece. Es domingo 12 de octubre de 2014. En Chicago, a las seis de la mañana, la temperatura está cerca de los 5ºC. Me visto, desayuno un plátano con pan y Nutella y salgo rumbo al Millenium Park, a la calle donde se encuentra mi corral de salida, asignado de acuerdo a los resultados clasificatorios de los participantes. Corredores de todas partes del mundo invaden el parque, la emoción da forma a sus rostros. Unos caminan, otros trotan, varios se frotan las manos en espera del disparo. La adrenalina se concentra detrás de la línea de salida. El Maratón de Chicago forma parte de los World Marathon Majors, la competencia que agrupa a los maratones más grandes y mejor organizados del mundo: Nueva York, Boston, Berlín, Chicago, Londres y, desde el 2013, Tokio. Chicago, “la ciudad del viento”, resulta atractiva para los corredores por el terreno plano que cubre casi la totalidad de la ciudad, lo que permite muy buenas posibilidades de romper marcas personales.
A las 7:30:01 inicia la edición número 37 del Maratón de Chicago. Miles de corredores, zancada a zancada, comienzan a golpear el pavimento. A la cabeza del pelotón van los atletas de elite. No los veo, me toca ir atrás. Mi corazón se acelera una vez que dan el disparo de salida, presagiando el esfuerzo que le espera. Y como dice el proverbio, doy el primer paso para empezar mi viaje de mil millas, luego el siguiente. Uno, dos, tres, uno, dos, tres, uno, dos, tres. Comienza la danza en el aire: las piernas, los brazos, cada músculo del cuerpo en movimiento. Recuerdo Nacidos para correr, el libro de Christopher McDougall, y a los rarámuris que han sabido cómo el hombre ha ido “perfeccionando el arte de combinar nuestro aliento, nuestra mente y nuestros músculos en un fluido movimiento de autopropulsión”.
EL FLUIDO MOVIMIENTO DE AUTOPROPULSIÓN
El otoño invade la ciudad. Las hojas de los árboles son ocres, naranjas o rojas. Por momentos olvido que estoy corriendo. Cuando veo la señal que marca la primera milla, miro mi reloj para ver el paso y ajustarlo si fuera necesario. Voy al ritmo planeado: 5’05” por kilómetro (8’10” por milla). Sólo puedo sentir el cuerpo moverse: “Mientras corro, simplemente corro. Como norma, corro en medio del vacío. Dicho a la inversa, tal vez cabría afirmar que corro para lograr el vacío. Y también es en el vacío donde se sumergen esos pensamientos esporádicos”, dice Murakami. Sigo corriendo, concentrada en el movimiento hasta que algo en el camino atrae mi atención y entonces vuelvo a pensar. Correr para mí es un ir y venir. Salir y entrar de mí misma. Construyo un puente con mi respiración entre el exterior y mi interior. Entro en meditación, invariablemente, después de andar o correr tanto: “Intenta meditar mientras caminas. Limítate a andar mirando al suelo y sin mirar a los lados, y abandónate mientras el suelo desfila a tus pies”, escribió Jack Kerouac en Los vagabundos del Dharma.
Estoy agitada. Mi respiración es profunda y mi corazón late rápidamente. Trato de inhalar la mayor cantidad de oxígeno posible. Los músculos me duelen. Nunca antes había sentido un dolor similar en las piernas, en cada uno de los huesos, ligamentos, nervios y tendones que componen el cuerpo. Es como un ardor; por un momento creo que estoy hecha de fuego y aire. Soy combustible. Zancada a zancada, el dolor se va haciendo más intenso. Pero no puedo detenerme, tengo que seguir corriendo. Al contrario: debo aumentar la velocidad, no dejar que mi sombra me alcance. Huyo de mí misma, de mis temores y anhelos. Escapando de allá es que logro llegar aquí. Correr es también una forma de automedicarse.
Voy en el kilómetro 35, distancia que produce estragos en el cuerpo. Es momento de que la mente entre en acción, de que ordene a mis piernas que no paren, que aprieten el paso durante los últimos siete kilómetros (4’45” por kilómetro). El cuerpo ya hizo la mayor parte, ahora falta lo más difícil: el final.
El sol ha salido. Y con un clima ideal, cuarenta mil corredores, más de dieciocho mil mujeres, cruzaron la línea de meta ubicada en Grant Park. Un lugar amplio y arbolado, en donde los organizadores del maratón prepararon una fiesta al esfuerzo. Celebré con un shot de proteína y hielo en las piernas. Siento la alegría de quitarme los tenis.
TRAS BAMBALINAS
La organización fue precisa: cerca de doce mil voluntarios estuvieron a cargo del abastecimiento, de la limpieza y de la logística. Es sorprendente ver cómo las autoridades, los habitantes de la ciudad y los corredores lograron un evento de esa magnitud, la realización de un evento deportivo de gran escala en el que participaron el gobierno local y la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF, por sus siglas en inglés). Algo deberíamos aprender en México.
Aunque el favorito en esta edición 2014 era el atleta etíope de treinta y dos años Kenenisa Bekele, ganador en abril de ese mismo año en el maratón de París con un tiempo de 2:05:04, el primero en llegar a la meta fue Eliud Kipchoge, de Kenia. En la rama femenil la ganadora fue Rita Jeptoo, también de Kenia, quien refrendó su título al romper la cinta en 2:24:35. Por mi parte, durante el recorrido me concentré en llevar el paso que planeé semanas atrás. Al momento de correr un maratón no hay magia, sólo entrenamiento. La estrategia es la parte más importante para correr y terminar bien un maratón. Logré una meta que no me había propuesto al inicio. Chicago es mi primer maratón y no sabía a qué me enfrentaría. Pero a medida que fueron avanzando los entrenamientos, clasificar para el maratón de Boston se convirtió en mi segundo objetivo: cruzar la meta en 3:27:00.
El maratón de Boston es un reto para cualquier corredor. El recorrido es difícil, y para participar es necesario cumplir con un tiempo de acuerdo con la edad. Este maratón es el evento deportivo de mayor tradición: se realiza desde 1897. Boston se vuelve el objeto del deseo de cualquier maratonista. Es una forma de decir que uno es un corredor experimentado. Pensé que no lo lograría. Faltaba una semana para el Maratón de Chicago y, entre tanta emoción y nervios, hice una pausa para evaluar en dónde estaba con respecto a mi punto de partida. Reflexioné, recorrí cada uno de los dolores en mi cuerpo, cada muestra de cansancio para llegar a la simple conclusión de que estaba agotada. “El agotamiento es un nudo”, dice Élmer Mendoza. Todos pasamos por un momento de crisis durante el entrenamiento; el mío llegó un sábado en la cima del Nevado de Toluca, después de subir corriendo hasta “las cadenas”, justo donde comienza un camino que lleva hacia las lagunas del Sol y de la Luna. Entonces le dije a mis piernas que debían correr. Dos, tres, máximo cinco pasos continuos y paraba. Pensé que quizá tenía bajo el nivel de azúcar en la sangre, así que comí una bolsita de miel, pero no logré recuperarme. Seguía caminando.
No había nadie delante de mí y tampoco detrás. Estábamos mi cansancio, el viento y yo. Comenzó una lucha entre mi cuerpo y mi voluntad. Mi mente quería correr, mi cuerpo no. Avanzo. Corro. Camino. Vuelvo a correr y vuelvo a caminar. Veo el reloj. Me desespero. Pienso en las lagunas; regresar del Nevado de Toluca sin verlas es como no haber ido. Después de analizar lo que viví, me dediqué a mejorar mi alimentación y a dormir lo más posible. Aunque el trabajo y el entrenamiento deja poco, muy poco tiempo para el descanso.
ENTRE EL RETO, LA MODA Y LA SUPERVIVENCIA
Esperé muchos años para correr mi primer maratón, llevo más de diez años corriendo de forma constante, pero quería ser más fuerte física y mentalmente. Nunca estuvo en mi horizonte cruzar la línea en más de cuatro horas, aunque para mucha gente el tiempo para llegar a la meta no es importante. Lo trascendente es terminarlo, razón que explica el vertiginoso aumento de personas que se inscriben a algún maratón.
Juan Luis Barrios, atleta mexicano que participó en los 5000 metros en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, medallista de oro en los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, señala que la mayoría de la gente en México primero se inscribe a una carrera de cinco o diez kilómetros (incluso hasta veintiuno) y después, dado su pésimo resultado, decide entrenar. La enorme diferencia con los atletas de elite —además de sus cualidades físicas, su biotipo y su genética— básicamente radica en que los corredores de alto rendimiento entrenan horas durante meses, antes de presentarse a una competencia. La mayoría de ellos tiene alta tolerancia al dolor y a la intensidad de los entrenamientos.
El deseo de los corredores de alto rendimiento es ascender a lo más alto de la elite mundial. Benjamín Paredes, corredor originario de Ecatepec, Estado de México, corría para ganar. Después de diferentes pruebas, Paredes se dio cuenta de que aquella en la que destacaba era el maratón. A partir de ese momento comenzó a repetirse que podía competir con los mejores a nivel nacional e internacional. Durante sus entrenamientos sólo pensaba en su objetivo (lograr una marca, un lugar o calificar para participar en los Centroamericanos, Panamericanos, Mundiales u Olímpicos). Se fijaba una meta y corría tras ella.
Pese a haber iniciado tarde su vida atlética —comenzó a correr cuando tenía veintiséis años; antes se había dedicado al ciclismo y al duatlón—, Paredes se convirtió en uno de los mejores maratonistas. Ganó el segundo lugar en el maratón de Nueva York de 1994, con un tiempo de 2:11:23 (el primer lugar, en un histórico y emotivo cierre, se lo llevó el también mexicano Germán Silva, con 2:11:21). Ese mismo año logró su mejor marca en Rotterdam cruzando la meta en 2:10:40, un año después fue el primer lugar en los Juegos Panamericanos en Mar de la Plata, Argentina. Logró la octava posición en el maratón de los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996 y cuatro años después volvió a participar en las Olimpiadas de Sidney. Durante su vida deportiva, Paredes corrió más de treinta maratones.
Benjamín Paredes tenía claro por qué estaba en la línea de salida. Una vez iniciada la competencia, iba pensando en el tiempo que esperaba lograr. Para él primero estaba la parte técnica: analizaba a sus rivales. Después venía la parte emocional, en la que involucraba a la gente que quiere, su motivación para correr. Por último pensaba en el premio, la medalla, etcétera. Uno de sus consejos es acudir a pensamientos positivos para salir de los momentos difíciles; pensar en cómo se vencieron ciertos obstáculos en el pasado, en los entrenamientos, en el esfuerzo constante que te ha llevado hasta ahí se vuelve fundamental.
La vida de Benjamín Paredes giraba en torno a los entrenamientos. Se levantaba a las cinco de la mañana y una hora después estaba ejercitándose, luego realizaba actividades como natación y ciclismo. Desayunaba y dormía (la siesta es importante para la recuperación y el buen desempeño de un atleta). Alrededor de las tres de la tarde hacía su segundo entrenamiento del día. Volvía a realizar ejercicios de fuerza y elasticidad. Se bañaba, comía y salía a distraerse un poco. Regresaba a casa para cenar muy ligero y dormir. En su bitácora de entrenamiento registraba entre 180 y 190 kilómetros a la semana. Él afirma que el requisito para ser corredor de larga distancia es la tolerancia al dolor. El dolor no debe hacerte parar porque no habrá otra oportunidad. No hay otro momento igual. Cuando Benjamín corría sólo pensaba en ganar. Se propuso ser uno de los mejores atletas y figurar dentro de la historia del atletismo en México. Y así lo hizo.
“El ritmo se lleva en las piernas”, dice Sergio Pedraza, atleta de alto rendimiento de treinta y tres años, quien creció en el seno de una familia otomí dedicada a la producción de pulque en San Andrés Ixmiquilpan, Hidalgo. Pedraza tuvo una infancia y adolescencia caracterizadas por el trabajo arduo del campo. Diario sacaban aguamiel de cincuenta magueyes. En la frente, sujetado por el mecapal, llevaba un pesado cántaro de barro para depositar ahí el aguamiel que extraía con el acocote. Después de dejar el líquido en un barril, tenía que caminar cinco kilómetros para llegar a otra milpa y sacar el aguamiel de treinta magueyes más. Hasta el día de hoy sus padres siguen realizando y viviendo de esta actividad. Por las tardes se dedicaba al pastoreo. Entre risas recuerda cómo las cabras se echaban a correr y tenía que ir tras ellas entre caminos pedregosos. El paisaje era árido. La flora de su pueblo se compone de matorrales inermes y espinosos, magueyes, cimarrones, nopales, garambullos y cactáceas como órganos y viejitos. La adolescencia de Sergio lo preparó física y mentalmente para ser un maratonista destacado. Logró el cuarto lugar en el Maratón de la Ciudad de México en 2013.
El 25 de agosto de 2014 se llevó a cabo la edición número XXXI del Maratón de la Ciudad de México. La salida fue frente al Hemiciclo a Juárez, junto a la Alameda Central, y la meta en el Estadio Olímpico Universitario; el objetivo era revivir la mayor parte de la Ruta Olímpica que se llevó a cabo en 1968. Sergio Pedraza fue el mejor corredor mexicano, detuvo el cronómetro en 2:20:23. Liliana Cruz fue la mejor corredora mexicana, con un tiempo de 2:43:40. El primer lugar fue para el peruano Raúl Pacheco con un tiempo de 2:16:56 y su compatriota Gladys Tejeda se llevó el primer lugar de la rama femenil con 2:37:34.
Sergio Pedraza se graduó de ingeniero electricista en el IPN. Se especializó en el diseño y manufacturas de máquinas eléctricas y aparatos electrodomésticos. Y aunque su profesión le entusiasma, eligió el atletismo. Correr es su vida y su pasión. Es lo que lo hace feliz. Por eso, renunciar a reuniones familiares, fiestas, salidas con amigos, un empleo fijo, no es un sacrificio.
Sergio sabe que ningún entrenamiento es igual a otro porque cada día uno se siente diferente. Como Benjamín Paredes y la mayoría de los atletas de alto rendimiento, lleva una bitácora de entrenamiento en la que anota la distancia, los tiempos, la velocidad, y cómo se sintió física, mental y emocionalmente con el fin de aprender o corregir. Sergio prepara cada noche su mente y su ropa de acuerdo al entrenamiento que va a realizar al día siguiente —la elección de los tenis depende especialmente de la distancia y terreno—. Se levanta temprano, hace un trote ligero de veinte minutos, realiza ejercicios de elasticidad y arrancones de cien metros. Lo más difícil es la rutina de intensidad, aprender a dominar la velocidad de acuerdo con la capacidad física. El entrenamiento consiste justamente en soportar ese esfuerzo.
Trabajar en el campo del amanecer al ocaso le dio la fuerza física y le enseñó a valorar la comida, la salud y, especialmente, el tiempo. Sabe que la vida no es fácil para todos y que cada uno lleva a cuestas su propia historia. Actualmente vive en la CONADE, en donde tiene acceso a los alimentos y al servicio médico. También recibe apoyo de las fuerzas armadas; después de su buen desempeño en el Maratón de la Ciudad de México en el 2013, ingresó a la Secretaría de Marina.
Sergio Pedraza experimenta un enorme gozo durante el entrenamiento de distancia. Mientras recorre los caminos canta, observa y escucha. Siempre está atento a los sonidos de las aves y del viento. Puede correr desde mil quinientos metros hasta un maratón porque, dice, lo que le gusta es el movimiento. Siempre está, como todo en este mundo, en constante movimiento. “Tengo hambre de triunfar”, dice Sergio; lleva en su memoria el paisaje de San Andrés Ixmiquilpan y el recuerdo del sol en un día de extenuante trabajo.
EMULANDO LA HAZAÑA DE FILÍPIDES, O ¿QUÉ SE NECESITA PARA CORRER UN MARATÓN?
El atleta debe tener cuidado de no excederse en los entrenamientos para evitar una lesión o un agotamiento crónico. Hay distintas pruebas para saber si el rendimiento del atleta es el óptimo (por ejemplo, las pruebas sanguíneas a través de un lactómetro, que mide el ácido láctico que se produce con el esfuerzo físico. En México estos análisis no se hacen muy a menudo).
El entrenamiento de resistencia o de distancia se hace sobre todo en la montaña. Se trabajan frecuencias cardiacas de medias a bajas con el fin de adaptarse a la altura y generar resistencia, siempre bajo la supervisión del entrenador. El esfuerzo es mayor en altura: se lleva más oxígeno a las células. Muchos entrenadores envían a sus atletas a pasar al menos dos semanas a la montaña. En México, las concentraciones de atletas suelen hacerse en el Nevado de Toluca. La adaptación del cuerpo a la altura se realiza de inmediato: los niveles de eritropoyetina, hormona encargada de estimular la producción de glóbulos rojos, alcanza su pico máximo después de las veinticuatro horas de haber llegado a la altitud. Estudios en atletas de elite demuestran que los niveles de hemoglobina, proteína en los glóbulos rojos que transporta el oxígeno, puede incrementar 1% a la semana cuando están en la montaña.
En los entrenamientos de pista se trabaja especialmente la velocidad; debido al esfuerzo realizado, hace falta el aire, llevas el cuerpo a tope y por lo tanto hay menos oxígeno en el cerebro. Entonces dejas de pensar. El cuerpo actúa por intuición. Por eso es importante programarse desde un día antes, mandar información a tu cuerpo sobre cómo debe correr. La mente juega un papel muy importante para el entrenamiento; el cuerpo ejecuta la orden que le da la mente. Se deben emplear técnicas de visualización y tener apoyo de la psicología del deporte. Algunos atletas, sobre todo en países como Alemania, Estados Unidos y España, suelen tener un entrenamiento más integral y utilizan, por ejemplo, la cámara hiperbárica para la oxigenación, pruebas médicas y científicas más completas, así como un seguimiento por parte de un especialista en medicina del deporte.
Para un corredor también es importante contar con un masajista y, de ser posible, con un psicólogo que lo ayude a vencer sus limitaciones o miedos y llevarlo a lograr sus objetivos. También debe cuidar muchísimo sus descansos. El deporte, generalmente, te ayuda a tener buenos hábitos. Además es un gran antidepresivo: “Si uno no encuentra las respuestas a sus problemas después de correr durante cuatro horas, es que no va a encontrarlas”, dice McDougall.
En la décima semana de entrenamiento aprendí a escuchar mi cuerpo después de que me desesperé en mi último entrenamiento en el Nevado de Toluca. Tuve que detenerme para llorar al sentirme tan agotada, lloré de cansancio. Es normal. Por eso no hay que creer que la mente puede sola. Se dice que el maratón es más mental que físico y no: es, sobre todo, físico.
Si pudiera resumir en una palabra la experiencia del maratón, sería “fuerza”. El maratón requiere una gran fortaleza física y mental, es necesario hacerlas comulgar. Las dos son indispensables para lograr el objetivo que cada persona se haya propuesto. Eso es lo complicado.
LOS ÚLTIMOS CIENTO NOVENTA Y CINCO METROS
¿Qué hay después de horas y horas dedicadas a correr, robadas al trabajo, al sueño, a la familia y a la pareja? ¿Me convertí en atleta? ¿Gané un premio? No. Ni siquiera puedo decir que me convertí en mejor persona, pero durante esas horas fui feliz. Pude disfrutar del agua al bañarme y la hora de comida; supe que un plátano a las seis de la mañana puede ser la diferencia entre correr bien y no; supe a qué huele la tierra mojada en una mañana fría, supe lo que se siente cuando las piernas ya no dan más, cuando el corazón late con fuerza; supe lo que es llorar porque no puedes seguir; lo que es querer ser ligero como el viento; lo que es correr más rápido 400 metros o agarrar un paso constante y pausado para los 32 kilómetros; supe que a nadie le importan los tiempos; supe de dolores nunca antes experimentados pero también de alegrías por un amanecer a las seis y media de la mañana en un lugar muy lejos de tu hogar. Cuando crucé la meta sentí un dolor como nunca antes había sentido, inexplicable, igual que la satisfacción de ver el objetivo cumplido.
Después del maratón empieza el día cero, el reloj comienza a andar. Un nuevo proyecto, una nueva meta. Correr, espero, siempre formará parte de mi vida. Correr es lo que enriquece mis días. Gumbrecht reflexiona sobre lo distinta que es la vida académica, sedentaria en exceso y contraria a la actividad física: “Al mismo tiempo, es verdad que hace mucho que me siento un poco melancólico respecto del tono exclusivamente cerebral de la vida académica e intelectual que llevo. ¿Será que miro a los atletas —y amo admirarlos— en el sentido del más famoso concepto de amor que viene de ‘El simposio’ de Platón?”.
Y después de cruzar la meta del maratón cierro una página. Comienzo otra. Y lo que suena trillado no lo es. Y lo que creía que era deja de ser. Y lo que ahora brilla mañana ya no. Porque así es la vida: cambio, movimiento, transición. Somos nómadas de nacimiento. Descubro que no se trataba sólo de cómo correr, sino de cómo vivir.
Fotografías de Tatiana Carolina Candelario Galicia
Fotografías de Tatiana Carolina Candelario Galicia
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Es probable que no exista una manera más eficiente para comprender la totalidad de un crimen que cometerlo uno mismo. Su denuncia debería partir de este discernimiento. Sabemos que matar es incorrecto —en gran parte gracias a los hombres que han matado a otros hombres— pero la mayoría de nosotros jamás llegará a entender lo que significa quitarle la vida a un ser humano. Afortunadamente nos quedan aquellos crímenes menores que todos podemos cometer. Crímenes que podemos evidenciar, denunciar y hasta declarar. Pequeños actos que muestran sus matices cuando hablamos de ellos y en consecuencia, resultan susceptibles de revisión y discusión.
Hasta hoy sólo he incurrido en faltas insignificantes sin ninguna repercusión moral —desde robar un chocolate hasta formar parte de un parlamento estudiantil— pero lo cierto es que nunca me he atrevido a hablar sobre un crimen que no haya cometido.
Mientras escribo esto hay un total de 13,232,419 fotografías en Instagram bajo el hashtag #book; además de 411,947 publicaciones para #booklover y 120,156 para su plural. Si añadimos las fotografías de libros y páginas de libros que se suben sin recurrir a la utilización de un hashtag tendríamos un resultado hipotético bastante provocador: la cantidad de lectores se ha multiplicado casi tanto (y esto no dice nada nuevo) como la cantidad de críticos, fotógrafos, catadores y opinólogos.
Pareciera que la lectura de un libro puede legitimarse con la acción de fotografiarlo y compartir su imagen –el filtro es opcional—. Aun si la lectura se olvida, la instantánea es testimonio de que el libro no sólo fue obtenido, sino contemplado y capturado para la posteridad.
En las fotografías de Instagram los libros muestran, en general, su portada. Pero también pueden encontrarse encuadres, perspectivas y ángulos distintos, con iluminaciones cálidas y oscuras, tomas de libreros pequeños que preferiría llamar repisas, detalles del lomo de algunos libros (regularmente de ciencia ficción), libros colocados sobre una mesa de madera, a veces acompañados de café o flores de ornamento; libros con un lápiz entre sus páginas; selfies donde el libro hace de intruso entre la cámara y la persona. Sobre todo abundan las citas a manera de encuadre fotográfico: el texto es visto a través del lente del usuario, quien decide resaltar un fragmento de lo que se encuentra leyendo. Los subrayados y las anotaciones no faltan.
La velocidad a la que compartimos nuestras lecturas no parece coincidir con la velocidad a la que leemos. La lectura es una actividad que requiere más paciencia e inocencia que inquietud y exaltación, aunque no descarta ninguno de esos aspectos. Imagino que algunos lectores entran a un libro esperando encontrar en él la frase o fragmento que necesitan para darle continuidad a su Tumblr u otorgarle coherencia al personaje construido en sus perfiles de Facebook o Twitter. La lectura se ha convertido en una muestra más del ruido inherente a Internet. La rápida administración de la información, que confundimos con conocimiento, y la algarabía de las redes sociales, que confundimos con opinión y crítica, nos han hecho pensar que debemos convertirnos en partícipes de este ruido mediático y no de la intimidad que ofrece leer.
Así como son pocos los usuarios de redes sociales que preferirían no dar una opinión —no tanto porque la opinión no exista sino por el hecho de que la opinión puede quedar hundida en la profundidad de miles de opiniones más, o simplemente porque se admite que esa opinión es irrelevante—, son pocos los lectores que adquieren un libro sin la voluntad de compartirlo, que prefieren no tomar una foto o destacar un fragmento, sino guardarlo en el espacio privado de sus intereses.
Michel Houellebecq apuntó en El mundo como supermercado hacia la creación de un individuo capaz de subvertir la lógica de la inmediatez y el bombardeo mediático. Para él, adoptar esa postura «nunca ha sido tan fácil como ahora […] basta con dar un paso a un lado. Y, en última instancia, incluso este paso es inútil. Basta con hacer una pausa; apagar la radio, desenchufar el televisor; no comprar nada, no desear comprar. Basta con dejar de participar, dejar de saber; suspender temporalmente cualquier actividad mental. Basta, literalmente, con quedarse inmóvil unos segundos». Y esto vale lo mismo para el asedio publicitario que recibimos de la ciudad como para el flujo informático al que estamos conectados.
Es un hecho que la apreciación de un libro no puede estar completa sin emprender su lectura. La fotografía de un libro, aunque cercana, nunca podrá ser tan popular como la de un paisaje, porque en ella reconocemos un hecho simple: la emoción o desencanto que un libro provoca en cierto lector puede no inmutar, en lo absoluto, a otro. La lectura nos parece, todavía, un acto que exige cierta intimidad e inocencia, condiciones de una emoción personal y hasta privada. Un libro al que sólo conocemos por su portada, su colocación en una imagen o por el filtro que resguarda nuestra pobre habilidad como fotógrafos, nos mostrará —a lo mucho— el espantapájaros que hay en el paisaje pero nunca el paisaje completo.