Tierra Adentro

Fue gracias a los contactos de mi padre, un prominente hombre de negocios en mi natal Ginebra, que finalmente logré conseguir una entrevista de trabajo en el laboratorio del afamado Víctor Frankenstein, conocido entre sus amistades como “El moderno Prometeo” o “Vicky”, y que en aquellos años se había vuelto un personaje célebre y controversial por haber descubierto la técnica para dar vida a todo tipo de objetos inanimados y muertos; desde pequeños organismos hasta personalidades y carreras artísticas.

Cegado por mi sed de conocimiento científico, hice caso omiso a todos aquellos que me aconsejaron mantenerme alejado de él —que vivía aislado y que había sido repudiado por los miembros de su comunidad debido a su excentricidad y a sus métodos poco ortodoxos, como experimentar con partes humanas robadas del cementerio y comer pizza con palillos chinos— y armado con mi carta de recomendación y mi currículum, me presenté esa tarde en sus laboratorios, en donde fui recibido por una amable pero repulsiva y cadavérica asistente, que luego de saludarme con un gruñido me condujo hasta una pequeña oficina vacía en el sótano de la casa.

A los pocos minutos de espera entró en la oficina una criatura de gigantescas proporciones y fealdad sobrenatural, que después de dejarse caer pesadamente sobre su silla y de exprimirse una costura supurante, se presentó como el encargado del área de recursos humanos.

—Mi creador me ha encomendado la tarea de entrevistar sólo a los mejores candidatos —dijo el engendro mientras se acomodaba los lentes y ojeaba mi currículum.

—¿Es usted una de las creaciones de Frankenstein? —pregunté, más escandalizado por el nepotismo del doctor que por el hecho de estar siendo entrevistado por un feto parlante.

—Así es —dijo, incómodo y aclarándose la garganta—. Ahora. Primero que nada quiero que sepa que su currículum nos pareció muy interesante. Sin duda encaja usted a la perfección con el perfil que estamos buscando.

—Excelente —respondí entusiasmado.

—¿Qué es lo que le interesó de este laboratorio? —preguntó la aberración dándole un trago a su taza de café.

—Desde niño me han fascinado las ciencias y los misterios del mundo. Nada me gustaría más que colaborar con un hombre como Frankenstein y ayudarlo en sus experimentos.

—¿Cuáles considera usted que son sus principales fortalezas?

—Soy muy perfeccionista y trabajo bien bajo presión.

La criatura me examinó de arriba abajo a través de sus anteojos y comenzó a tomar notas en una libreta.

—Perfeccionista —murmuró mientras escribía—, trabaja bien bajo presión y sus piernas son largas, firmes y musculosas.

—¿Perdón?

—Nada. ¿Por qué dejó su último trabajo?

—Porque sentía que me estaba estancando —respondí—. No me malinterprete, hacer carrera en el ejército me parece algo sumamente digno y honorable, pero como médico sólo podía aspirar a alcanzar ciertos rangos y una vez que me convertí en Capitán de Amputaciones decidí que mis talentos para la medicina estarían mejor aprovechados en otro lado.

—Ya veo. Dígame, ¿está dispuesto a poner los intereses de la empresa por encima de los suyos?

—Por supuesto que sí.

—¿Padece alguna enfermedad?

—No.

—¿Si fuera usted una estación del año, cuál sería?

—No entiendo el sentido de esa pregunta.

—Este tipo de información nos ayuda a determinar algunos rasgos importantes de los candidatos —explicó sin dejar de mirar sus notas—. Sé que suena extraño pero le pido que responda sin pensarlo mucho.

—Pues… yo creo que… ¿primavera?

—¿Con qué utensilio de cocina se siente más identificado?

—No sé… ¿con la espátula?

—¿Si fuera usted un crustáceo, cuál sería y cómo le gustaría que lo cocinaran?

—Una langosta al mojo de ajo. Con poca sal.

—Interesante —respondió el esperpento sin dejar de escribir—. La mayoría de los entrevistados responden cóctel de camarones.

—¡Qué estupidez! —exclamé buscando hacerlo sonreír, sin éxito.

—¿Con qué parte de su cuerpo es con la que más se identifica?

—Sin duda con mis manos. Son mi herramienta principal de trabajo.

—O sea que podría usted prescindir, por poner un ejemplo, ¿de sus piernas?

—Bueno, no sería lo ideal, pero si me dieran a escoger…

—¿Cuáles son sus pretensiones económicas?

—Pues… eso dependería de los horarios, de mis obligaciones en el laboratorio, de las oportunidades de crecimiento y por supuesto de lo que estén ustedes dispuestos a pagar…

—¿Qué le parecerían trescientos francos?, ¿cien por cada una de sus piernas y otros cien por las molestias de amputárselas?

—¿Cómo dice?

—Lo que oyó. Estamos dispuestos a ofrecerle trescientos francos por sus piernas. Mi creador está trabajando en un nuevo proyecto y ya se cansó de utilizar cadáveres robados del cementerio porque las piezas siempre están en muy malas condiciones y pues… míreme a mí.

—¡Perdón! —respondí horrorizado y levantándome de mi silla—, ¡pero yo creí que ustedes estaban interesados en mi trabajo!

—¿Qué lo hizo pensar eso?

—¡Que me contactaran del laboratorio de Frankenstein para una entrevista con su gente de recursos humanos!

—¡Así es! ¡y su entrevista ha sido un éxito! Como le dije al principio, su perfil nos gusta mucho y la oferta que le estamos haciendo no se la hacemos a cualquiera. El tipo que vino ayer nos dejó sus brazos por sólo cincuenta francos.

—Pero no me puedo deshacer de mis piernas.

—¿Por qué no?, ¿no me acaba de decir que no las necesita?

Sí las necesitaba, y en ese momento me resultaron especialmente útiles para salir corriendo de ahí. Mis sueños de convertirme en hombre de ciencia nunca se cumplieron, y hoy trabajo en una fábrica de utensilios de cocina en donde irónicamente paso la mayor parte del tiempo sentado.


Autores
(Ciudad de México, 1985) es autor de Y, sin embargo, es un pañuelo (Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014). Estudió la Licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana, donde no ha regresado y quedó a deber varias cuotas de estacionamiento. Es apasionado del cine, de Monty Python y de escribir semblanzas biográficas en terecera persona. Tuitea como @emedebaena

Manuel Solano (Estado de México, 1987) nació con melancolía y en su vivir la ha moldeado con delirio. Es un personaje de un cuadro de Caspar Friedrich traído por alguna nodriza a un campo de batalla posmoderno, cuya arma es un humor sofisticado en ironía. Su primera etapa de producción (2007-2013) está marcada por su interés en la moda como código cultural del cual se apropia y registra -a manera de crónica visual-. Personalmente la retoma como una configuración ideológica que le permite transmutar constantemente. No sucede lo mismo en esta nueva etapa de trabajo (2014), en la cual hay, incluso, un cambio de usos de materiales. El óleo, en el caso de la pintura, ha sido sustituido por el acrílico por su ductilidad y rapidez. El bastidor por hojas de papel, el pincel por plumones que generan una cercanía a lo primigenio de la infancia. Si bien existen dos periodos de producción artística de Solano muy delimitados, su postura artística no ha cambiado, al contrario, se ha reafirmado: moldear el caos del mundo a partir de lo íntimo y utilizar la melancolía como postura política. Finalmente, Manuel es un artista neoromántico en la era de la banalidad: aprehende el mundo, lo cuestiona y se fastidia de él.

A lo largo de la historia encontramos varios autorretratos que descubren en los animales alegorías de gran fuerza poética, como el famoso autorretrato de Rembrandt, El buey desollado (1655) o Ciervo herido (1946), de Frida Kahlo. En ese sentido puede inscribirse Hallway.

Cuando tenía 20 años tenía una obsesión por el venado por ser un animal que posee cierto porte, pero a la vez es vulnerable y huidizo, aun cuando para Disney es el príncipe del bosque. A la distancia y con lo que me preguntas, efectivamente puede ser un autorretrato, un venado herido a punto de morir.

Tu trabajo también cuestiona las políticas de la imagen a partir del fetiche. En una era moldeada desde lo mediático y el espectáculo Pearl Bim opera de manera crítica ante la aparente ingenuidad de creer que todavía existe la privacidad y que podemos escaparnos del Big Brother Orwelliano.

Sí. El que exista en el video un escenario, un personaje que soy yo con el culo lleno de diamantina modifica el significado del cono: de un sentido sexual, incluso pornográfico, a uno mágico que transforma ese objeto, incluso escultórico. De ahí que el video –más que un registro– funcione como un hecho furtivo que luego es visible para todos.

En la dimensión de tu producción subyace un sentimiento de pérdida, me viene a la mente Self portrait crying, fotografía que, además, es característica del ejercicio fotográfico contemporáneo desde las plataformas digitales.

La noche antes de que me enterara que tenía VIH me tomé esa foto, pero yo no lo sabía. Lloraba por mi vida ida al carajo. Fue un momento que me di cuenta que los últimos seis años habían sido un error y que la había cagado enormemente. Estaba llorando porque sentí que había perdido la música.

Finalmente, me gustaría resaltar, por una parte, la importancia de elementos autobiográficos en tu obra, como Aquaerobics, que, además, funciona como index de una época: la década de 1990. Y, por último, la posición retadora que representa tu producción actual.

Aquaerobics es una obra muy lúdica –que de no haber perdido la vista– me hubiera dado mucho miedo hacer una obra así. Es una pieza que no aspira a nada más que lo que ves y escuchas: una escena de una alberca en hotel con un wey que está dando instrucciones con música espantosa. Y, como dices, me recuerda a mi infancia, cuando íbamos a Ixtapa en verano, al Hotel Cristal. La instalación es una atmósfera festiva con música kitsch, es algo que al final de cuentas representa sentimientos míos, relacionados a mi infancia, con cierta nostalgia por esos momentos, pero que al final perturba, cuestiona e identifica al espectador…, es algo que me sorprende.

 

*Manuel Solano estudió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado, La esmeralda (2008-2012) y en ENSBA Lyon, en Francia (2011-2012). Ha expuesto de manera individual y colectiva en Canadá, Estados Unidos, Francia, Guatemala, Italia y, por supuesto, México.

 


Autores
(México, 1985). Curador independiente y escritor de arte. Es codirector fundador del Coloquio iberoamericano de crítica de arte. En 2014 publicó Mitos oficiales (Periferia). En ese mismo año formó parte de la primera generación de la Escuela de crítica de arte / Proyecto Siqueiros. Actualmente es cocurador de El futuro no está escrito, proyecto que participará en la 56ª Bienal de Venecia.

Puede ser que a la vez se exagere y se subestime el valor de la lectura. Últimamente a todo el mundo le ha dado por hablar de que nadie lee, o de que todos lo hacen pero lo hacen mal, o de que los libros sólo sirven como decoración o se han puesto a hablar del fracaso de los programas que promocionan la lectura, o de lo fantástico que es el maravilloso mundo de las letras; a todo el mundo le ha dado por hablar de libros y no quiero quedarme atrás. Sin embargo, me parece que debemos tocar un punto un poco desdeñado en estas discusiones.

En los anuncios que promueven el valor positivo de la lectura, en mi opinión, se busca establecer, quizás inconscientemente, la misma relación utilitaria que un católico establece para con Dios. La idea de Dios para el católico resulta tan insuficiente que se le debe adornar de un dramatismo vital tal que podemos llegar a él de rodillas sangrantes, sí, pero con la condición de que valdrá la pena. Así, se le dice a la gente que leer los hará más interesantes, inteligentes e importantes; en fin, leer hace a la gente superior pues, a final de cuentas, es lo que todos queremos, ser más de lo que somos.

Si realmente nos importara promocionar la lectura promoveríamos las bibliotecas antes que las librerías; a las bibliotecas públicas se va con la consigna de que los libros que leamos tendremos que devolverlos. Son lecturas que no podremos ostentar estéticamente: no lucen en nuestra sala ni en nuestras casas, y quizá tampoco se nos noten cuando caminemos entre los miembros del jet set. Se puede dar todavía el caso, afortunadamente, del buen lector que no tiene en su casa ni siquiera una docena de libros.

Cuando se habla de los beneficios de la lectura, de los privilegios del objeto llamado libro, lo que suele difundirse no son las consecuencias morales que hipotéticamente pudieran tener los libros en quien los lee sino el ofrecimiento de una reputación de fácil alcance. Lo que suele promocionarse no son los libros sino lo que se obtiene con ellos. En esta tendencia a sublimar el valor genérico de los libros se esconde la fórmula mágica que ofrece superioridad: es una herramienta de poder (no sé de qué tipo) sobre los otros. Para comprar libros sólo hace falta dinero, pero ¿qué se necesita para leerlos y entenderlos? Y más aún, ¿qué se necesita para que los libros tengan una consecuencia directa en quien los lee? De suyo, leer no hace mejor a nadie.

Las campañas pro lectura, de tener éxito, llenarían al país de pedantes (ya está lleno de prepotentes, ahora, ¡habría que sumar a los pedantes!). Antes de que eso suceda, habría que adelantarnos con una campaña que mitigara la altanería de todos los eruditos a la violeta. Claro que es necesario promover la lectura, pero no porque el país tenga tantas deficiencias educativas habría que dejar de señalar que lo importante no es leer, sino qué leer y cómo.

Hay que decir que los libros también sirven para llenar el espacio, el horror vacui no sólo de la casa sino también de la existencia. Los libros también sirven para entretenerse, como un cubo Rubik o como tejer estambre. También sirven para no aburrirse cuando ya nos aburrimos de otras cosas; y la vida, si es que sirve de algo, también sirve para entretenernos cuando ya nos aburrimos de leer. Y también son consejeros para que tomemos decisiones y paradójicamente son buenos distractores para cuando no queremos tomar una decisión.

Algo que no se dice es que muchos buenos lectores tienen pésimos modales y muchos no parecen representar ningún ejemplo para nadie. Pocas veces un adolescente soñaría, en vez de con ser un escritor-celebridad, con ser un respetable erudito. Un niño sueña con ser el próximo futbolista, no con refutar el liberalismo de Friedrich Hayek ni mucho menos con ser un experto en lenguas semíticas. A muchos lectores me los imagino leyendo con la única intención de aguardar la ocasión de exhibir lo que leyeron, de preferencia borrachos. Lectores sedientos de pendejear al mundo, de llamar ignorante a la persona que no sabe lo que ellos sí saben y que no ha leído el libro que ellos sí leyeron.

Creo que los lectores deberían alentar a otros lectores a seguir leyendo con formas menos vanidosas y petulantes de ser. No sé cuántos lectores busquen humildad en los libros; deben ser pocos, pero ejemplares.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

Llegué hace 15 años a Cuernavaca, justo cuando empezaba el nuevo milenio. Todavía en esos años la gente visitaba Tepoztlán y compraba postales con ovnis sobrevolando el Tepozteco porque creían que era una zona de avistamientos extraterrestres. Una de las cosas que me aterraba de la ciudad eran los secuestros. Los plagios eran noticia nacional y el estado encabezaba el ranking de crímenes violentos (y no, no estoy hablando de Cuernavaca actual aunque lo parezca), así que sospechaba que todos eran potenciales secuestradores. Mi madre no lograba hacer que yo saliera ni a la tienda. Además debo confesar algo. No vivía en Cuernavaca sino en un municipio aledaño llamado Jiutepec cuya toponimia es «en el cerro de las piedras preciosas», aunque ya no queda nada de eso y ahora es un sitio famoso por ser guarida de sicarios. Para mí siempre ha sido la provincia de los estacionamientos vacíos.

Tardé algunos años en conocer realmente Cuernavaca. Viajaba una hora y media todos los días para ir a beber café en la pequeña librería-café al interior de la Casona Spencer. Luego salía a caminar bajo el sol. Con el tiempo comencé a relacionarme con los artistas que visitaban el mismo café, especialmente con Jorge Garibaldi, pintor que trabaja a partir de fractales (y del cual escribiré pronto). Recuerdo que en esos años el máximo sueño de los artistas jóvenes era irse lo más pronto posible de Cuernavaca para conquistar alguna de las grandes ciudades: DF, Tijuana, Guadalajara. Nunca comprendí la urgencia. Conforme tuve dinero, más edad y menos miedo comencé a viajar al interior del estado, a municipios más lejanos y descubrí que no podría abandonar estas tierras.

Por eso Cuernavaca es mi base de operaciones. Fue una decisión que tomé hace algunos años. Decidí vivir en Cuernavaca y viajar al resto del país (o a otras partes del mundo, pronto, espero), pero siempre regresar. Mi obra se construye desde esta ciudad que parece playa sin arena y sin mar, pero que tiene algo de tropical. Escribo sobre Cuernavaca y —como Lowry— llamo a toda la región Cuauhnáhuac. El vocablo proviene del nahuatl y significa “lugar cerca de los árboles”. Francisco Rebolledo, autor de Rasero (también de Cuernavaca), dice en su magnifico libro, Quauhnáhuac: un bosque de símbolos, que en La Divina Comedia, Virgilio encuentra la entrada al infierno a un costado de los árboles y por lo tanto Cuauhnáhuac podría ser ese lugar, la apertura al inframundo. Lowry mismo, lo vio en carne propia.

No suena tan disparatada la idea de que la ciudad tenga algo de diabólico. Recuerdo que durante la carrera leí El tratado de hechicerías y sortilegios de Fray Andrés de Olmos. En algún pasaje relata las ocasiones en las que se enfrentó al demonio. Una fue, precisamente, a las puertas de Cuauhnáhuac en donde disfrazado de “hombre tecolote”, engañó a la gente de la ciudad para que salieran a recibirlo con loas. Por eso se burló de ellos el Diablo. «Ojalá que despierten ustedes bien, ojalá sean prudentes», advierte el sacerdote a los habitantes de Nueva España,porque para él, el Demonio ya había abandonado Europa para buscar adeptos en el nuevo continente».

Por otro lado, Cuernavaca se conoce con el calificativo de “ciudad de la eterna primavera”, la imagen visual y nostálgica del Casino de la Selva nos revela un paraíso terrenal, un jardín lleno de símbolos. Rebolledo a estudiado a profundidad estos símbolos a partir de la obra y vida de Malcolm Lowry: «La ciudad de tierra caliente, con su exuberante flora, su diáfano cielo y su incomparable luminosidad», le recordó a Granada, la cuna de su amor, (lo que para Lowry no dejaba de ser un espléndido augurio), no obstante, en Cuauhnáhuac se encontró también con el imponente volcán que simbolizaba la salvación. Allí estaba, frente a su vista, el viejo volcán que alguna vez evocó en su primera novela, símbolo acabado de la montaña del Purgatorio de Dante; montaña que hay que ascender, purgando en el camino los pecados capitales, para alcanzar el verdadero Paraíso Terrenal y la puerta de entrada a los cielos. Pero también estaba —y mucho más cerca— en las faldas del volcán, la selva que daba acceso al infierno, «cuya boca terrible no podía ser otra cosa que la siniestra barranca de Amanalco».

Cuernavaca es como una grieta que divide dos extremos. Es una tierra generosa como su vegetación, pero compleja como el terreno salpicado de barrancas y caminos sinuosos que suben y bajan a capricho de la geografía terrestre. Hace muchos años fue una ciudad muy importante a nivel mundial. Ha albergado a personalidades como Maximiliano y Carlota, la princesa Beatrice de Savoia, el embajador Morrow y su familia (incluyendo a su yerno Charles Lindbergh, que aterrizaba en su pequeño aeroplano en las tierras detrás del panteón La Leona para visitar a su novia Anne Morrow), David Alfaro Siqueiros (que construyó un estudio, La Tallera, que hoy es un Museo de Arte Contemporáneo), Rivera y Frida Kahlo, Rufino y Olga Tamayo, Abel Quezada, Tamara de Lempicka, Merle Oberon y Bruno Pagliai; Juan Gelman, políticos que se exiliaron en sus grandes mansiones como Miguel Alemán, Manuel Ávila Camacho, Emilio Portes Gil, Luis Echeverría, el Sha de Irán (que vino como huésped de Robert Brady); Iván Ilich (que nos heredó una escuela de grandes pensadores), Gabriel García Márquez, Barbara Hutton, María Félix, Helen Hayes, Sam Giancana, Malcolm Lowry, José Lemercier, el obispo Méndez Arceo, el padre Watsson, Tennessee Williams, Stefan Zweig, Cantinflas, Erich Frömm, Bettino Craxi, Mathias Goeritz, Ricardo Garibay, Vicente Gandía, Vlady, Alfonso Reyes, Ray Smith, Elena Garro, la condesa Vacca Augusta, Evelyn Lambert, Rafael Coronel, Gonzalo N. Santos, Gutierre Tibón, Mario Oguri, Katy Jurado, Chavela Vargas, Pete Hamill, Ernesto Cardenal, John Spencer y Charles Mingus (el jazzista que vino a morir a Cuernavaca), entre muchos otros.

En la actualidad también viven importantes artistas, poetas, pintores, cineastas, pensadores y activistas, algunos de forma casi clandestina porque huyeron de la Gran Ciudad para encontrar la calma, pero otros tantos participan de forma activa en la vida cultural de Morelos. Muchos han fundado escuelas, talleres y han forjado a generaciones de artistas. Muchos jóvenes que hemos llegado de otras partes y que hemos adoptado Morelos como nuestro hogar, construimos a partir de las ruinas (que nunca suponen el vacío, sino la idea de volver a trazar los planos). ¿Qué son esas ruinas? Son los escombros de una ciudad que se dejó morir poco a poco, que se quedó abandonada, sin brillo y glamour, que ahora está lastimada por la violencia y que parece que tiene poco que ofrecer además de albercas y palmeras inmensas que resguardan las avenidas. Este espacio, Ruina Tropical, que es un café ficticio de una obra aún inédita, buscar reunir a todas esas voces que reconstruyen la ciudad desde el arte.

Lowry’s working sketch of Quahnahuac, courtesy UBC Special Collections.

Lowry’s working sketch of Quahnahuac, courtesy UBC Special Collections.


Autores
Escritor, crítico de cine y co-director del Festival Grotesco. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. Se interesa por las películas de terror, el vegetarianismo, las bicicletas, los perros, la música con guitarras distorsionadas, las mujeres que cantan, la literatura, la filosofía y el punto de encuentro entre todas esas cosas (véase: Hora de aventura).

La gente siempre se siente hechizada por la niña de la cara de espe­jo. ¿Y por qué no?, piensan, conscientes de la ironía que encierra. Por supuesto que hay que cuidarse mucho de la luz del sol. Pero con sólo imaginarse abandonado en una isla desierta, ¿quién resistiría el canto de sirena de la niña de la cara de espejo? ¡El rescate llegaría sin demora!

Una mañana, un incauto la ve sentada en lo alto de la ciudad a la luz del alba. Su rostro, un mapa más bello que el más ensalzado de cualquier cartógrafo. En su rostro resulta clarísimo que la ciudad pro­porciona, provee, ofrece. Las agujas de sus iglesias se clavan en el cielo. Las calvicies parecen folículos; las panzas, esbeltez. La ciudad encarga un retrato de la niña de la cara de espejo, y luego manda destruir todas las imágenes anteriores. Después de ver el retrato, hasta los concejales más tacaños votan por comenzar la construcción de una línea del me­tro inspirada en el sistema circulatorio del cuerpo humano. Políticas como ésta incursionarían a velocidades sorprendentes.

La niña se alegra de que la gente la quiera, feliz de tener algo que reflejar, pues había sentido una íntima angustia, atenuada, sin embar­go, en cuanto a los matices de la nada. ¿Alguna vez te has mirado al espejo con otro espejo? La nada reflejo de la nada. Un infinito de nada.

Aunque, si por ella fuera, la niña de la cara de espejo renunciaría a toda notoriedad a cambio, antes que nada, de una boca. Se refleja en todas las bocas hechas para devorar: aguijón de abeja, boca de palomi­lla, todo tipo de bocas de distintas palomillas, picos de pajaritos recién nacidos, la boca asesina de la estrella de mar, el tenso hoyo redondo y eléctrico de la lamprea. Pero la mayor belleza la encuentra en los hombres. Observar a los hombres comer algo difícil, algo con huesos, es observar a un animal ponerse a prueba con astillas, grietas y que­braduras. Hay quien come por poder, quien come por belleza. A veces la comida no es en absoluto comida, sino piedras o palabras o furiosas abejas disfrazadas de miel. La niña de la cara de espejo desearía tener su propia boca, para estar menos vacía. La niña de la cara de espejo querría sentirse llena: de cacahuates caseros, aceitunas con hueso, tinta de pulpo y filetes de pescado con espinas blancas y muy finas.

Cuando le da mucha hambre, cuando no hay a quién reflejar, se consuela con este hecho: el número cero se inventó como punto de partida en cálculos para indicar el grado de pérdida o ganancia. Así que no sólo estoy vacía, piensa la niña: también contengo multitudes.


Autores
(Estados Unidos, 1983) escribe poesía y narrativa; traduce del francés y del ruso. Su publicación más reciente es boysgirls (Marick Press, 2013). Estudió en la Universidad de Brown y es profesora en San Diego State University.

El número 200 de la revista Tierra Adentro dedicado a Fernando del Paso, en su versión impresa, tiene una omisión respecto del primer párrafo del presente texto, escrito por el ensayista y poeta Sergio Ernesto Ríos. Como atención al autor y el respeto que merece, así como el respeto de los lectores, ofrezco una disculpa, y dejo en esta plataforma la versión íntegra del ensayo que me fue enviado. Asimismo, anoto que en el entrecruce de correos electrónicos entre Sergio Ernesto Ríos y yo —como Ríos señala en su carta—, nunca se habló de modificar el párrafo y no existieron sugerencias, el texto se recibió como el autor lo envió respetando el original. En esta publicación horizontal y plural, de y para escritores jóvenes, creemos en la libertad de expresión y de prensa, y consideramos un error grave lo acontecido. 

Rodrigo Castillo
Director editorial 
Programa Cultural Tierra Adentro

 

Pertenece a la ficción la imagen de un hombre maltrecho de unos treinta y tantos años que por los rumbos de Nonoalco carga un ataúd blanco y se abre paso entre mil rieles dormidos, lo acompaña una mujer que corta girasoles. Pertenece a la realidad la imagen de un hombre de casi ochenta años, en silla de ruedas, que por un instante cambia su exquisita camisa a rayas violeta, corbata púrpura y saco negro por una playera, en la que debajo de la caricatura de un copete, se lee: «¡No mames Peña Nieto!» El mismo hombre minutos antes dijo: «En marzo del año pasado sufrí una serie de infartos que dificultan mi movilidad y habla; sin embargo, quise venir a este foro para solidarizarme con los padres de los 43 normalistas y pedirle a Peña Nieto que no se engañe, porque todos somos Ayotzinapa». La primera imagen bien podría cifrar la novela José Trigo. La segunda, al escritor Fernando del Paso. ¿Qué puede saber él de una colectividad negada que hoy se llama Ayotzinapa?

Hace casi cincuenta años Fernando del Paso encontró una clave para leer la realidad desde la literatura y sus símbolos, para desentrañar la compleja y mestiza alma nacional, para adelantarse a la historia, para definir una ciudad entre lo cósmico y lo moderno, para ensayar todos los géneros y habitar monstruosamente las palabras. Sin embargo, desde 1966, fecha en que publica su primera novela, los críticos y reseñistas no se han cansado de repetir la misma monserga: José Trigo es un experimento fallido e indigesto que abusa de los diccionarios y de la paciencia del lector, es un juguete verbal, un libro primerizo, inacabado, barroquísimo,  ejercicio de asimilación de estilos, una mala copia joyceana, además acerca del título de la novela y su personaje homónimo se han esbozado argumentos poco afortunados. El personaje José Trigo es un fantasma y un apoyo temático, dice José Luis Martínez. Según Alberto Díazlastra se trata de un capricho, clave y sombra. Para Esther Seligson José Trigo es el escritor que se busca a sí mismo. Óscar Mata afirma que José Trigo es un mero pretexto para escribir sobre Nonoalco-Tlatelolco. Vicente Quirarte apunta que es un personaje enigmático y que Del Paso pertenece a una generación que hace a un lado a los personajes para dejar que el lenguaje actúe.

Los impedimentos para adentrarse en una perspectiva que hiciera a José Trigo parte significativa de la novela provienen de varias razones: una desafortunada recepción de un primer libro y las expectativas que había generado, entre los escritores, el talento de Fernando del Paso, José Trigo inauguraba una prestigiosa colección de narrativa, llamada «La creación literaria», en la editorial Siglo XXI. El novelista acaparaba de inmediato un gran privilegio y fama, aunque también todos los reflectores y cuestionamientos, había demasiado empeño en encontrarle méritos y especialmente fallas. Esto se sumó, posteriormente, al hermetismo de Fernando del Paso, reacción natural frente a un grupo pasivo de lectores y críticos, no había el momento ni la distancia para valorar José Trigo, novela de una densidad pocas veces vista en el contexto mexicano, generacionalmente paralela a la narrativa de la Onda (literatura de transición, desenfadada, urbana, vital) y autores como Carlos Fuentes, narradores más asimilables.

Ante un desgaste natural entre la crítica y Del Paso éste continuó con su proyecto narrativo, con la misma laboriosidad entregó a la imprenta en décadas posteriores Palinuro de México y Noticias del imperio, sin perder el ánimo erudito y meditado, y su sello estilístico de complejidad. Si José Trigo había puesto en duda su talento como narrador dada su precocidad y empeño, en sus novelas posteriores la crítica especializada quiso ver la consecuencia de una mayor experiencia, relegando a mera curiosidad su primera novela: bien elaborada pero tambaleante, interesante aunque sin plenitud, arriesgada, sin embargo, informe. Por respuesta Del Paso optó por el hermetismo, falsa modestia y omisión.

Los personajes de José Trigo son híbridos, unen andamiajes procedentes de dos visiones, la náhuatl y la judeocristiana, funcionan como piezas textuales de un ajedrez novelístico, tienen movimientos bien determinados. José Trigo cuenta la llegada de un narrador-personaje a los campamentos ferrocarrileros, de Nonoalco-Tlatelolco, durante una huelga. Esta huelga ferrocarrilera de la novela es una ficcionalización de la huelga ferrocarrilera que hubo en México de 1958 a 1959. En José Trigo la narración se desvía hacía otros movimientos como la Revolución mexicana o la lucha cristera. La arquitectura de la novela está construida de manera escalonada, de forma piramidal, de Este a Oeste, con capítulos pareados que se unen en un puente, es decir, la punta de la pirámide. En los capítulos también se diversifica la forma de narrar, haciendo uso de la crónica, el teatro, la lírica, las cronologías.

El narrador busca a José Trigo y a lo largo de la novela sólo encontrará su huella en la historia de la huelga ferrocarrilera y en los personajes, en la voz y la memoria de los otros, se trata de un relato en que juega un papel fundamental la memoria y la oralidad. Si antes mencioné una estructura piramidal en apariencia fija, los mecanismos de la oralidad otorgan movilidad al narrador y a los personajes ya que a través de la palabra, la pregunta ¿José Trigo?, conocerá una historia que en plano simbólico será la historia de todos los hombres, a manera de sinécdoque, la del pueblo mexicano.

Distingo tres ejes narrativos en la novela: Luciano, el narrador y José Trigo. Luciano en su carácter de líder de la huelga es el protagonista de la anécdota más evidente de la novela, da cuenta del surgimiento y la derrota del movimiento ferrocarrilero al que su asesinato pone fin. A su vez, el narrador, figura enigmática (tanto o más que José Trigo), carece de nombre y origen, es una voz omnisciente planteada, en principio, como una recolección de testimonios acerca de José Trigo. Participa de distintos modos: en casi toda la novela lo hace en primera persona como en los capítulos 1, 2, 3 y 7 Oeste 7, 4, 3, 2, y 1 Este, en estos capítulos se desenvuelve como omnisciente y conforme avanza en su recorrido por los campamentos Oeste y Este, siguiendo la pista de José Trigo, o narrando el cruce de José Trigo de un campamento a otro, gana en conocimiento y pasa de ser un personaje ajeno a la historia de José Trigo a dialogar con este personaje en segunda persona, como en los capítulos 9 Oeste y 9 Este. A partir del capítulo 2 Este, sucederá una fusión del narrador y la colectividad con José Trigo, mientras se desarrolla la manifestación de los ferrocarrileros en el atrio del templo de Santiago: «Y nosotros que éramos José Trigo, nosotros estábamos allí […] así nos vieron, así nos viste tú, tú que tenías mil caras también bañadas por la luz de las antorchas, y así nos vimos nosotros». En tanto que José Trigo es un personaje del que poco se sabe, aunque una y otra vez se repite su historia, contada de distintas maneras y por diferentes personajes, marcando claramente el mecanismo oral: su llegada a los campamentos, su trabajo de cargar ataúdes, su relación con Eduviges, el ser testigo del asesinato de Luciano y su desaparición luego de ser perseguido por el traidor Manuel Ángel. José Trigo existió, vivió, vio. La oralidad le otorga un lugar especial, el hecho de que a primera vista José Trigo pueda parecer un enigma o fantasma, significa que el autor logró su objetivo, el personaje, la pieza de ajedrez, cumplió una de sus funciones: desaparecer.

Sin embargo, al igual que los otros, José Trigo es un personaje híbrido que participa de un andamiaje náhuatl y judeocristiano con funciones específicas. Estos hemisferios enmarcan un rico tejido significativo. Por ejemplo, durante uno de los momentos culminantes de la novela, la huelga ferrocarrilera, Fernando del Paso reescribe la «Pausa en la naturaleza» del «Protoevangelio de Santiago», contrasta el nacimiento de Jesús, en el que el Universo se cimbra y se detiene un instante en augurio de un acto trascendente, con José Trigo cargando un ataúd negro y dorado que camina entre locomotoras vacías y guardacruceros y mecánicos en huelga, que parecen detenerse un instante. Aunque en este caso el anuncio será adverso, el nacimiento de un niño muerto ―el hijo del traidor―un salvador frustrado, muere ineluctablemente, como muere la lucha de los ferrocarrileros de Nonoalco-Tlatelolco, desde su nacimiento perdida.

Sólo en la interpretación complementaria del andamiaje judeocristiano con el náhuatl se pueden entrever la importancia del personaje José Trigo. Los críticos y el propio Del Paso han mencionado la relación entre Luciano-Quetzalcóatl y Manuel Ángel-Tezcatlipoca, reconociendo características que jugaban un papel fundamental a nivel simbólico. Hasta la saciedad José Trigo es visto como un personaje fantasma, voz de voces, enigmáticamente vago, vacío y fortuito. Pero todo converge en José Trigo: el título de la novela, la búsqueda del narrador, el comienzo y el fin de la narración, la anécdota repetida una y otra vez sobre su llegada a los campamentos, el que José Trigo fuera testigo del asesinato de Manuel Ángel. ¿Será que en algún numen, alguna divinidad del panteón náhuatl, reside la clave para entender la caracterización que Fernando del Paso hizo? Existe en el panteón náhuatl un numen de entramado complejo, Ometéotl, que representa un núcleo donde se agrupan las divinidades femeninas y masculinas como fases de un dios único, generador, pero inabarcable, irrepresentable.

En Filosofía Náhuatl, en especial, en el apartado «Atributos existenciales de Ometéotl en relación con el ser de las cosas», Miguel León Portilla ratifica el lugar de Ometéotl en la cosmovisión náhuatl, ofrece la relación que guarda con «el ser de las cosas», plantea un análisis directo de las referencias conocidas que los tlamatinime hacen sobre el dios, localiza en Ometéotl una función dual, de madre y padre, de «origen de las fuerzas cósmicas» e investiga los cinco nombres y atributos con los que designaban a Ometéotl: Yohualli-ehécatl, in Tloque in Nahuaque, Ipalnemohuani, Totecuio in ilhuicahua in tlaltipacque in mictlane y Moyocoyani. Describo, en el orden mencionado: 1) «Invisible e impalpable». 2) «Dueño del cerca y del junto», habiente de todo lo que existe, presencia múltiple que está en todos e interviene en todas las épocas. 3) «Aquel por quien se vive», enfatiza el carácter vivificador del numen y a la vez complementa la noción, dado que es dueño de las cosas también las impulsa. 4) «Nuestro Señor, dueño del cielo, de la tierra y de la región de los muertos», se relaciona con la visión náhuatl que recalca la importancia de Ometéotl como principio absoluto entre cielo, tierra y región de los muertos. 5) «El que a sí mismo se inventa» guarda una visión compleja, dual, en que el dios a la vez creador de sí mismo en su parte objetual (femenina), es sujeto y no dependiente de una generación externa. En la suma de estas singularidades se puede encontrar respuesta a los huecos narrativos y confusiones en torno a  José Trigo-Ometéotl, divinidad no palpable o no representable que corona la pirámide vacía y la fusión evidente entre José Trigo y la colectividad.

En la integración de mitos (náhuatl y judeocristiano) Del Paso pone en marcha su concepto de novela histórica, de lo «simbólicamente verdadero», reflexión que tanto le intriga y desarrolla en las páginas de Noticias del imperio: «¿cómo conciliar de un modo orgánico los hechos históricos con la ficción? ¿Cómo se puede totalizar en una obra artística todo lo verdadero que puede tener la historia con lo exacto que puede tener la invención?» Parafraseando a Del Paso, se logra sólo con una «autenticidad simbólica», afirmando no su verosimilitud, sino su verdad simbólica, su alegoría. A la luz de estos conceptos se debe leer la mixtura de los personajes de José Trigo, actúan de manera simbólica en el contexto de un movimiento ferrocarrilero, sin eludir su actualidad histórica, ni la pasada: la lucha cristera, la Revolución mexicana, el andamiaje atemporal de mitología náhuatl y judeocristiana. Contrario a la insolvencia estructural que le achacaran algunos de sus críticos, desde un primer momento Del Paso abordó una reflexión profunda acerca de lo histórico.

En José Trigo, Del Paso va por la definición (indefinible) del espíritu nacional. Conoce la historia, pero la sabe una estatua ecuestre, efeméride, mausoleo resguardado en el duro acento de la voz oficial y la legitimación del poder, de los héroes nacionales mal digeridos en el imaginario de nuestro país. La escritura le permite el trazo profundo de personajes arquetípicos puestos en un ajedrez oracular, la clave en su jugada es la verdad simbólica, la de la recapitulación, la que puede ser vuelta a imaginar y ofrecer al espejo de la identidad nacional una mirada inédita, consciencia y entendimiento. Y la mirada en José Trigo es cruel y no escamotea ni goce ni dolor, porque, sobre todo, aspira a la totalidad, «flor y canto», (e)videncia.

Sería un error desconocer a José Trigo como la novela inaugural de una trilogía que con distintos matices, tonos narrativos y periodos temporales asienta Fernando Del Paso como sostén de su concepto de novela histórica, de las fuentes históricas y populares al servicio de la imaginación, el imperio de la imaginación capaz de revelar lo latente en el ser mexicano. Si José Trigo temáticamente desarrolla la historia de México durante la primera parte del siglo XX, Palinuro de México se instala en el vértice del 68 mexicano, en tanto que Noticias del imperio es la vuelta al periodo faltante el siglo XIX.

El pitido anacrónico de vapor y fuego de las locomotoras aún embruja las ciudades, y es en el penúltimo escándalo de este sexenio aún el tren es el que pone a temblar al gobierno, revela su farsa, la justicia postergada hace cincuenta años con el movimiento ferrocarrilero, el espejismo de tantas revoluciones institucionalizadas. En la realidad, José Trigo seguirá saltando del mismo tren, esperemos que nunca viaje en la Bestia, y si llega a Nonoalco-Tlatelolco o a cualquier otra región esta vez se volverá un nuevo rico del ramo funerario. En la ficción, Fernando del Paso se enrolará en una legión de viejos conocidos guardagujas, de vez en cuando, murmurarán para sí: «Bendice, blanca Señora, Virgen de los rieles, a tu hijo más humilde: tierra suelta que dispersas con tu manto».

 

 


Autores
(Toluca, 1981) Publicó Mi nombre de guerra es albión (2010), Muerte del dandysmo a quemarropa (2012), La czarigüeya escribe (2014), en coautoría con Diana Garza Islas, Obras Cumbres (2014), Brazuca (2015), Quienquiera que seas (2015), Máquina portadora de cabezas (edición digital, 2018). Tradujo del portugués Bruno Brum a ritmo de aventura de Bruno Brum (2017); Droguería de éter y de sombra (2014) de Luís Aranha; Voy a moler tu cerebro (2010), Paranoia (2013) y Oda a Fernando Pessoa (2017) de Roberto Piva; la antología de poetas brasileños nacidos en los ochenta Escuela Brasileña de Antropofagia (2011). Tradujo del inglés con Diana Garza Islas, Una noche, senté a Donald J. Trump en mis rodillas/Y otras teorías estéticas del siglo XXI (2017), a partir de un ejercicio de Chris Rodley. Imparte los talleres de poesía latinoamericana Periferia de Escribidores Forasteros en la Ciudad de México y Toluca. Trabaja en la librería Mi Primer Día en el Salón de la Fama.

Escribo desde una moral que me perturba, esa moral se ajusta a la medida del ojo con que observo. En ocasiones ser sincero es aceptarse moralista, abogado de las causas nobles y justas, perseguidor de quienes violan los supuestos de la ética. Ética y moral, aunque muy distintas, suelen tratarse parecido. Cuando me veo al espejo también percibo a quien sin buscarlo se ha acomodado a una forma de vivir y de aceptar el peso del tiempo, de explicarse esto y aquello. ¿Para qué escribir? Decir que uno escribe para sí mismo es aceptarse narcisista, regulador de una voz interna. Pero así es, se escribe porque no se sabe hacer otra cosa, porque las palabras vienen desde una parte antigua e inestable del cuerpo.

En la presentación del número 9 de Avispero, revista independiente publicada en Oaxaca desde 2012, Guillermo Fadanelli habló de aquella carga innecesaria y vomitiva de moral en la escritura. Hay dos clases de escritores, dijo, quienes buscan con su escritura alcanzar un bien común y quienes escriben desde el cuerpo y sus fluidos. Para él, estas dos cosas no se mezclan, son agua y aceite, elementos que solemos encontrar por separado. Pero escribir es, de hecho, una metalurgia descriptiva. Escribir lo que se piensa, lo que se cree y lo que se es desenrolla la misma madeja de Teseo. Cada nombre es una ruta.

Avispero fue presentada en la pulquería Los insurgentes por algunos de sus colaboradores. Allí, Fadanelli resaltó el compromiso de quienes colaboran en esta revista, un grupo de chicos talentosísimos que apenas pasan los 25 años, y de su director, el escritor Leonardo Da Jandra. Ambos forman parte del Consejo Editorial y suelen publicar en Avispero. Cada número indaga en la literatura de un país, en este ensayaron sobre México. Escriben sobre la literatura que les gusta y por eso la revista no pretende teorizar en torno a nacionalismos o cánones, aunque sí poseen una forma particular de aproximarse a los textos resaltando la figura del autor y sus neuralgias en su interpretación. En este número, el pintor Francisco Toledo contribuyó con una serie de autorretratos.

No hay escapatoria. La moral, lo político y lo ético se cuelan con cada palabra, son parte indisoluble del cuerpo y sus imprecisiones. Al menos en cierto tipo de textos, tener una opinión sobre las cosas del mundo es tejer una postura política, moralista a veces, con intenciones éticas, con miras a tratar de entender eso que hacemos aquí y ahora junto al otro.

Avispero surgió de un taller literario impartido los sábados en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), una de las mejores bibliotecas de Latinoamérica creada por Francisco Toledo. Ahí los chicos se reúnen para leer y comentar sus textos, someterlos al escrutinio de los otros. Las críticas suelen ser mordaces, repletas de comentarios ofensivos y francamente dogmáticos, y así desperdician una genuina oportunidad para desmenuzar los textos y hacerlos mejor, para preguntarse de qué sirve escribir sino es para compartir. Esta dinámica es alentada por Leonardo Da Jandra, conocido en Oaxaca por emitir opiniones políticamente incorrectas a micrófono abierto. En esta ciudad es común tener en el terreno artístico un maestro o mentor que enseñe sus técnicas y ayude a publicar o exhibir obra. Sucede en la pintura, el grabado y la literatura. Alguien debería decirles que pueden crear solos, por su cuenta, y que no necesitan serle fiel a nadie más que a sí mismos.

Para Fadanelli, escribir sobre la literatura de un país, contrario a lo que suele hacerse, refuta la necesidad, impuesta por el contexto sociocultural altamente rico en tradiciones y costumbres en Oaxaca, de escribir desde una tradición ligada a la tierra. La idea me parece genial, no obstante, sus colaboradores harían bien en preguntarse si estas preferencias literarias no conforman también un canon: el suyo, el del taller o el de Da Jandra, y si ensayar no es ante todo hablar de uno, incluso del otro que es uno. Ensayar para indagar en lo que se siente y lo que se piensa cuando se escribe desde Oaxaca o nuestra habitación, desde un libro o desde la calle. Falta empatía, sencillez y entrega.

Durante la universidad abogaba por las versiones cínicas y estropeadas de los días, me gustaban esos escritores alcohólicos, pesimistas y sin otras causas más que las de su propio ego. El cinismo ha pasado sobre las ciudades como una ola de desigualdad y rechazo que aturde, desubica y no va a ningún sitio. Ciertamente, la literatura no apela a la verdad, no se trata de fe sino de entrega, de transparencia quizás, de apelar a la mierda del mundo pero también a su gracia y hacer visibles sus contradicciones, sus pies en falso. Los colaboradores de Avispero, estos chicos talentosos que parecen haber leído todos los libros existentes, no necesitan probar que en Oaxaca pueden hacerse textos de nivel —¿cuáles son los supuestos textos de nivel sino los académicos, una entidad que abiertamente rechazan?— probablemente les haría bien escribir desde dónde les dé la gana, sin tomar en cuenta a ninguna figura de autoridad, sin agradar a nadie ni tratar de convertirse en escritores de cierto tipo. Uno no puede evitar ser moralista cuando no comete primero un parricidio metafórico.

Este número es un collage de voces sobre la literatura y el campo editorial mexicanos. Fernando Lobo cuestiona lo mexicano al volver a narrar la conocida historia de Breton y la mesa surrealista. En un libro de Fabienne Bradu sobre Breton y los surrealistas que vivieron en México, se menciona que no fue Breton sino Péret —ni se trató de una mesa sino de una habitación completa— lo que desató la famosa frase, ahora sin dueño «México es el país surrealista por excelencia». Esta anécdota, reapropiada por Lobo, señala la ambigüedad del lenguaje y la facilidad con que pasa de boca en boca. La cosa viva y amorfa que es el lenguaje —y el arte en general— para los cuales sobran nacionalismos o etiquetas. Sólo el lenguaje puede apropiarse del lenguaje, es simple pero justo.

Por su parte, Guillermo Fadanelli dibuja el contorno de un lector invisible. En un país donde prácticamente no existen lectores, Fadanelli apela a la necesidad de un lenguaje sencillo y directo, específicamente no académico, para ensayar sobre el otro. Tener una voz como lector es escribir, ensayar, decir algo sobre el otro que es también uno. Andrés Cota Hiriart compara este país desmembrado y en ocasiones apocalíptico con el ajolote «pequeño monstruo del pantano mexicano». Hiriart hace un repaso de la historia de México a partir de las distintas voces que han narrado la peculiaridad de este animal: su capacidad para transformarse y renacer aún en las peores circunstancias. La historia de los animales y su extinción, como sucede con el ajolote, narra también la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno y los procesos sociales que vivimos. Por el contrario, vivir fascinado por ajolotes, colibrís o sapos, pone a girar el lenguaje y la imaginación para pensar otro mundo.

Los ensayistas Vivian Abenshushan y Luigi Amara también escriben en este número. Juntos relacionan el contexto sociopolítico de los noventas con el surgimiento de editoriales independientes en nuestro país. Ante la crisis económica y el sesgo editorial (igualmente entendida como censura) que las grandes editoriales se imponían a sí mismas debido a las políticas estatales, escritores, editores y ávidos lectores, comenzaron a publicar sus propios libros con títulos inexistentes, generalmente de autores subversivos. Ellos mismos fundaron su propia editorial, Tumbona Ediciones, y vieron cómo nacían Sexto Piso, Almadía, Bonobos, Mangos de Hacha, El Billar de Lucrecia, Alias, Sur+, La Cifra, Ediciones Hungría, entre otras. «Un maremoto editorial capaz de contrarrestar, así fuera simbólicamente, el poder monopólico de los grandes consorcios de la edición. Éramos editores románticos (pero de ojos abiertos) y creíamos en el presente», mencionan con cierta nostalgia. Eso pasó durante aquellos años, ahora las circunstancias son distintas y resulta necesario preguntarnos por el carácter independiente de algunas editoriales independientes. El capitalismo nos avienta a dinámicas de apropiación y censura, a acaparar autores como botellas de Coca-Cola y vender libros como revistas. Creer en el presente es intentar hacer las cosas de otra forma, por lo menos una vez, aunque después irremediablemente no importe, no exista, más que en la imaginación y el lenguaje.


Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.

Se cuenta que San Petersburgo fue fundada como ciudad por el zar Pedro el Grande un 16 de mayo de 1703, buscando que se convirtiera rápidamente en la «ventana del imperio ruso hacia el mundo occidental». Y así ha sido, aun con los ires y venires de la política y los totalitarismos. Basta recordar el inclemente asedio nazi durante la segunda guerra mundial y cómo se levantó victoriosa: de allí partió el ocaso de Hitler y sus delirios megalómanos.

Está ciudad considerada heroica, localizada a un costado del Golfo de Finlandia, es sede de más de 200 museos –el más famoso de ellos es el del Hermitage- y en las aulas y laboratorios locales trabajaron científicos tan ilustres como  Iván Pávlov y el químico ruso Dmitrij Mendeleev, autor de la tabla periódica de los elementos. Allí vivió y compuso Piotr Ilich Chaikovski, y por sus calles transcurre buena parte de Crimen y castigo de Dostoyevski, mismas por las que pasó vociferando el joven Aleksandr Pushkin, que terminaría siendo considerado poeta nacional.

San Petersburgo posee un pasado lleno de intensidad que acompaña a una arquitectura fascinante y que ahora cobra un sentido distinto al llenarse de una sensual voz ululante conjugada con el crepitar intenso y escandaloso de guitarras eléctricas. Así el shoegaze inunda a una urbe llena de palacios majestuosos; la otrora Leningrado es la sede desde la que construimos un nuevo vínculo con una escena que nos resulta distante y casi incomprensible.

La búsqueda de libertad y ansias de vanguardia que acompañan al rock se filtran a través del debut de un grupo cuyo nombre parece trabalenguas para nosotros. Pinkshinyultrablast –todo un reto de pronunciación- es un quinteto que se conforma con Sergey (batería), Rustam (sintes), Igor (bajo), Roman (guitarra) y la hermosa voz de Lyubov Soloveva.

De entrada sorprende la solidez y calidad de sus estructuras sónicas; muy robustas, bien afiladas y con espacio para pasajes etéreos que te ponen a volar. Uno podría imaginar que una caminata por la famoso Avenida Nevsky Prospekt no sería la misma si la acompañáramos con los temas que dan cuerpo a Everything Else Matters (Club AC30/ Shelflife) –su brillante disco debut-.

¿Quién hubiera dicho que por estos días habrían revivido los padres del shoegaze y su esencia guitarrera? Vaya, casi podrían ser nietos de Slowdive. ¿Quién hubiera anticipado el magnetismo que siguen desperdigando los Cocteau Twins? Lyubov es, sin duda, una excelente discípula de Elizabeth Frazer, a la que debe haber estudiado puntualmente.

Al escuchar por vez primera a estos rusos es difícil identificar su nacionalidad. Pese a proceder de un país gobernado por gente tan alucinada como Putin, tienen ya un aliento muy europeo que los empareja con otras naciones de la región escandinava –una potencia musical mayúscula en su conjunto-.

Pinkshinyultrablast acumulan esas capas de melodía y distorsión; se dejan ir sobre sus 8 canciones, que por su duración no resultan pocas, y buscan congeniar la elevación metafísica (de voz y melodía) con los rasgueos penetrantes y largos. Se suman a una andanada generacional que ya está siendo acogida por la prensa musical —con los ingleses por delante— a la que ya no quieren llamerle simplemente shoegaze sino que están intentando posicionar como Fuzz-haze (donde también incluyen al grupo israelí Vaadat Charigim). Recordemos que si el New Musical Express repite el término de antaño, el negocio de venta de ejemplares y visitas a su web no resultaría igual de redondo. Las estrategias del marketing rockero calan hasta la estepa siberiana.

Pero más allá de lo que hagan los tripulantes de las máquinas del espectáculo, resulta refrescante escuchar a estos peterburgueses a través de piezas de casi siete minutos como la inaugural Wish We Were, a la que no le corre prisa por arrancar; funciona como una introducción perfecta hacia el mood deseado por la banda para sus escuchas.

Holy Forest despliega con contundencia, sus alcances y la voz nos pretende llevar a parajes de ensueño; no en vano los primeros textos escritos sobre ellos los comparan con Lush, una banda que formó parte del mítico sello 4AD. Para ellos la melodía es fundamental –no sólo el cúmulo de guitarras-, es también el motivo para cantar en inglés debido a lo áspero y poco musical del ruso.

Son todavía jóvenes pero ello no obsta para que no citen a compositores minimalistas como Terry Riley y Philip Glass como sus influencias, al mismo nivel que leyendas del Krautrock como Popol Vuh y unos Sabres of Paradise (tecno). Han estudiado bien la historia del género para ubicar la senda por la que habrían de perfilarse (no en vano en la ciudad está uno de los mejores Conservatorios del mundo).

Everything Else Matters es un disco que pretende que la música nos conduzca a una revelación; por ejemplo, Metamorphosis busca provocar una epifanía. Desde el comienzo la banda ha querido darle la vuelta a la escena local —que consideran totalmente aburrida— y pretendieron hacer algo radicalmente diferente. ¿De qué va Pinkshinyultrablast? Ellos lo tienen claro: «exploramos un espacio entre el ambient, las guitarras heavys y la música pop». Por ambiciones no paran, y lo que es mejor, la música habla por ellos.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.