Del 19 al 21 de febrero se llevará a cabo el primer Festival de Poesía Interdisciplinar en San Luís Potosí, que incluirá las propuestas de 23 poetas nacionales e internacionales. Además de ofrecer lecturas poéticas, talleres y conciertos en diversas plazas públicas de la ciudad, el festival busca integrar a los habitantes del estado y visitantes al proceso creativo de la escritura a través de la participación y la interacción.
Es este encuentro también se presentarán las propuestas de tres grupos musicales, se realizarán las Clínicas de imaginación poética (talleres formativos y de fomento a la lectura) y se repartirán 120 mil poemas impresos durante los días del Festival.
En muy pocos géneros musicales del mundo occidental, hay una tensión tan marcada entre el sector tradicionalista y los nuevos intérpretes como en el flamenco. A los aferrados de los modos históricos les cuesta aceptar que se trata de un patrimonio cultural vivo que sigue su propia dinámica y evolución. Por supuesto que se deben conocer y apreciar los orígenes, pero hay que entender que la única manera de conservarlos es saber cómo proyectarlos hacia el futuro con inteligencia y algo de desparpajo.
Es así como se han impuesto y siguen brillando con luz propia dos discos que marcan un antes y un después del arte del cante jondo. Inicialmente La leyenda del tiempo (1979), que le debemos al inmenso Camarón de la Isla, y después vendría Omega (1996) que firmó el gran maestro Enrique Morente junto al grupo Lagartija Nick. En el primero de ellos también soplan los vientos del jazz, pero en los dos hay marcados acentos de la fuerza y las maneras del rock. Ambos son Lp´s excepcionales que forman parte de un universo que es reacio —a su manera— para entender y justificar los momentos en los que se presenta la reinvención.
En tales querencias flamencas, tradición y modernidad son una especie de estira y afloja que ha permitido la aparición de figuras que contribuyen a renovaciones radicales. Y no son pocas, la lista es nutrida pero Paco de Lucía, Tomatito, Kiko Veneno y últimamente Javier Limón, son nombres para considerar en el cuadro de honor de esta música mestiza.
Y cuando apenas el año pasado apreciamos los desplantes de la brillante cantante Silvia Pérez Cruz junto a Raül Fernandez Miró “Refree” en su muy atrevido álbum Granada, hubiéramos podido pensar que no sobrevendría tan seguido otro alud de fino y elegante flamenquismo.
En su segundo disco (tras debutar en 2012 con Claridad), Rocío Márquez decidió no guardarse nada y hacer un homenaje a otra figura polémica por heterodoxa: Pepe Marchena, muy avezado en la parte histórica pero capaz también de inventar nuevos “palos” y acercarse a la música más popular de la península ibérica de su época. Coplas, tonadillas y rumba eran —y son vistas— por debajo del hombro por los puristas.
Resulta que esta cantaora excepcional lo ganó todo en el Festival del Cante de las Minas de la Unión del 2008 (algo que sólo había logrado Miguel Poveda) y sorprendió con El niño (Universal, 2014) que surge del sobrenombre del cantante. Lo que hace es seguir sus enseñanzas de investigadora y dar con piezas que reflejen su personalidad —reinterpretar es volver a crear—. Se trata de una joven mujer que conoce muy bien el interior de la academia y que planea con cuidado cada paso a seguir. Rocío sabía que no se harían esperar las críticas y sin titubear les sale al paso: «Mis queridos talibanes… Solo me interesan las opiniones constructivas. Yo creo que hay que partir de lo clásico, pero sin limitaciones. No he vivido una guerra, no he pasado hambre, he ido a la universidad y a mis amigos les gusta Extremoduro. No puedo ser igual que los de antes. La tradición debe vivir en el presente. En el siglo XVIII ya existía el debate sobre la pureza y aquellos que entonces no eran académicos y traicionaban la tradición hoy son nuestros referentes. Quizá reproducir sin más el pasado solo es ofrecer algo sin vida. Y lo que no está vivo, está muerto»; así se lo reitero a la periodista Elsa Fernández-Santos en una conversación a finales de año para el diario El país.
Márquez (Huelva, 1985) ha dedicado a “El Niño de Marchena” una tesis que todavía no concluye pero que le permitió profundizar en el pasado para seguir descubriendo material sorprendente e innovador. En el álbum se encuentran esas dos caras de una misma moneda.
Para su parte más clásica recibió consejo del flamencólogo y artista Pedro G. Romero y se encargó la producción a Faustino Nuñez, quien coordinó a una serie ilustre de colaboradores entre los que se cuentan Pepe Habichuela, Manolo Franco, Manolo Herrera y Raúl Rodríguez. Para luego saltar hacia esa vertiente visionaria en la que luce –una vez más- la producción y guitarra de Raül Fernandez Miró (Refree) e invitados como Niño de Elche (cante), Oriol Roca (batería) y Miguel Ángel Cortés (guitarra).
Marchena no encontraba diferencias abismales entre las modalidades nuevas y viejas, así que hizo que se alternaran y convivieran de la mejor manera en un álbum lleno de filigrana e inspiración. Cada participante fue respetuoso y atrevido por partes iguales, cada uno supo lo que debía aportar; sólo así se pudo lograr una disco mayúsculo de 17 partes del que —afirman los expertos— que Rocío logró cantar por Morente, como si el cantaor ya fuera un palo flamenco en sí mismo. Un elogio mayúsculo.
El niño es una obra para adentrarse y conocerla como una totalidad, pero a fuerza de tener que hallar sus pasadizos de entrada más fascinantes, habré de decantarme por “Los extraños” y “Una rosa”; ambas con esa carga experimental que no opaca su exuberante belleza.
Rocío Márquez ya trae de cuna el talento vocal que ha logrado desarrollar en clasicismo y vanguardia. Es una artista madura con todo y su juventud. Ella nos confirma que en este Cabaret de galaxias, todos los días sube a un escenario gente que sorprende con su arte mayúsculo.
La Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, es un lugar donde la cordura fracasó miserablemente.
La intención de Raum (Juan César Dorante, 2013) es demostrarlo. El cineasta judío, reconocido por su trabajo Paciente 7 (2009), asalta a la crítica con su primer mediometraje documental. Todo empieza con una pregunta: ¿Por qué no hay aula 111 en la Facultad? ¿Por qué, entre la 110 y la 112 hay un espacio mucho más amplio que la suma de los dos salones juntos?
Dorante recuerda, y ése es el leit motiv de Raum (“espacio”, en alemán), haber entrado el primer día de clases de la Facultad en el salón 111, capicúa de la memoria. Sólo había una chica con la que el director asegura haber hablado durante un buen rato. Después, la chica se despidió.
Dorante, confiesa, se enamoró y regresó durante cuatro jueves (a las ocho de la mañana era la clase) al salón 111. A mitad del semestre sufrió un accidente automovilístico horrible (donde perdió la mano izquierda) y dejó de asistir.
Ahora, el director realiza frente a la cámara una pesquisa para encontrar a esa chica. La primera sorpresa es que no encontró el salón 111. Un informante —pixeleado de pies a cabeza— revela información difusa: el salón 111 nunca ha existido. Por decisiones logísticas, se hicieron dos aulas un 50% más grande que otras (la cuestión de la numeración fue un error humano). Así, el salón 111 nunca ha sido más que una falla de asignación de espacios.
En la última recta del documental, Dorante decide permanecer durante toda la noche en la Facultad con ayuda de los miembros del cineclub Manuel González Casanova. Sale de su escondite a las 00:45, según el marcaje del video.
La siguiente escena es Dorante y los integrantes de cineclub, hablando en una cafetería de Copilco. Dorante les confiesa que encontró el salón 111. “Estaba ahí, entre el 110 y el 112 —cuenta el realizador—, entré. La luna brillaba poco, como si hubieran puesto un foco de 15watts en el salón. Me senté y me puse a hacer unos paneos del pizarrón. De repente, vi un objeto en el escritorio. Era mi mano. Sí, mi mano. Salí. Regresé al cubículo y desperté esta mañana”.
El documental termina con dos leyendas. La primera: “Nunca se pudo recuperar el contenido del miniDV con que grabó Dorante”, se disuelve para dar paso a la segunda: “El miniDV tenía grabados 64 horas de ruido blanco. El tiempo máximo de grabación de un miniDV, en calidad mínima, son 8 horas”.
Sabritas dice que nos quiere ver sonreír pero sigue fabricando y vendiendo sus repulsivos Sabritones: esos desperdicios industriales con textura de unicel que durante años nos han vendido como chicharrones con chile, y que por alguna razón nunca faltan en la Sabri-semana y en las fiestas y reuniones a pesar de que en el fondo a nadie le gustan.
Según un riguroso estudio publicado recientemente por científicos de la UNAM, resulta física y mentalmente imposible que un ser humano sonría después de comerse un Sabritón. El documento de 563 cuartillas (disponible en línea para cualquier interesado en consultarlo), contiene suficientes testimonios, datos, estadísticas y gráficas de pastel para sustentarlo y perseguir a Sabritas por delitos contra la salud pública, pero la verdad es que cualquier persona con sentido común y papilas gustativas podría haber llegado a las mismas conclusiones.
Más allá del riesgo físico por el escozor y sangrado de lengua y de paladar que provocan, los Sabritones son devastadores para la psique humana. La gente que se acaba de comer uno suele entrar en negación y acostumbra disimular su decepción comiéndose otro y fingiendo que lo disfruta, pero la realidad es que no hay experiencia más traumática y desmoralizante en la vida que estar hambriento y pasado de copas en una fiesta, acercarse a la mesita de las botanas y descubrir que solamente queda un platón —eternamente lleno— de esas bazofias enchiladas que a pesar de todo seguimos comprando y ofreciéndoles a nuestros invitados, y que para colmo parecen nunca terminarse. Mientras los Rancheritos, Ruffles, Doritos, Churrumais con limoncito y el resto de los comestibles se esfuman en cuestión de minutos, el plato de Sabritones permanece, ajeno al tiempo, reabasteciéndose como por arte de magia y esperando a ese pobre borracho incauto que eventualmente se acercará a él y se aventurará a comer uno o dos en un fútil y desesperado intento de saciar su hambre.
Yo mismo caigo de vez en cuando. Cada vez que me dispongo a engullir un Sabritón (por lo general ya de madrugada y después de haber estado un rato picando migajas del resto de los platones), me prometo que esta vez será distinto, que esta vez Sabritas de verdad cambió y que todo lo que me hizo antes fue solamente porque me quiere. En el momento en el que empiezo a masticar ese pedazo de lija con limón, sin embargo, invariablemente me deprimo y comienzo a sentir ganas de encerrarme a llorar en la regadera.
Un viejo contacto mío dentro del siniestro mundo de la industria botanera (despedido hace varios años de Sabritas por atreverse a comer sólo una) se enteró de mi investigación y una noche me habló por teléfono.
—Lo que te voy a contar es confidencial —me dijo, distorsionando su voz con una bolsa vacía de Pizzerolas en el auricular—. Si algo me llega a pasar quiero que denuncies a Sabritas en mi nombre y que te lleves mis cenizas de putas.
Le prometí que lo haría, y que también intentaría denunciar a Sabritas. Mi contacto procedió entonces a narrarme una historia escalofriante y en principio un tanto inverosímil que, sin embargo, confirmé cuando a la mañana siguiente amaneció muerto en su casa, misteriosamente asfixiado con una bolsa de Quesabritas y con heridas en la piel provocadas por aparentes raspones de Sabritón.
—Debido su alta inflamabilidad, los Sabritones se utilizaban originalmente como material combustible para calentar las máquinas freidoras de Sabritas —me dijo después de asegurarse de que nadie estuviera interviniendo la línea—. En estas freidoras gigantes se cocinan el resto de sus productos y de vez en cuando se arroja a algún espía industrial enviado por Barcel. Uno de estos espías, sorprendido mientras fotografiaba un prototipo secreto del primer Frito de jalapeño, fue capturado y encerrado en las bodegas subterráneas, en donde por varias semanas y por mera curiosidad científica se le alimentó a base de Sabritones. Para sorpresa de sus captores el prisionero no sólo no se murió sino que comenzó a exigir platones cada vez más grandes, a pesar de que cuando se los terminaba le sangraba la boca y se pasaba el resto del día acurrucado en un rincón de su celda llorando. Sus torturadores, crueles y sanguinarios pero con gran espíritu capitalista, descubrieron en ese momento una nueva posibilidad de negocio.
El nombre Sabritones, que originalmente surgió de un juego de palabras entre Sabritas y Cartones, se mantuvo, y se les agregó chile y limón para disfrazar el ligero olor a petróleo que desprendían. A pesar de que parecen estar fabricados de fósforo y se puede encender una pira con ellos, al público se le vendieron como «frituras de harina de trigo», y el resto es historia conocida.
Ahora, ¿por qué seguimos comprando y comiendo Sabritones?, ¿nos hemos resignado como sociedad o contienen alguna sustancia especial que genere adicción? Entre los ingredientes enlistados en el empaque están dos colorantes llamados «Rojo Allura» y «Amarillo Ocaso», que si bien no suenan peligrosos o adictivos sí suenan sumamente pretenciosos, ¿es acaso esta combinación de colores la que los vuelve tan atractivos para los eventos sociales? Los científicos de la UNAM que llevaron a cabo la investigación tampoco tuvieron respuesta para esta pregunta, ni para ninguna otra porque seguían con la lengua y el paladar demasiado lastimados.
El cuerpo es un espacio de transformación constante. Fragilidad, vacío donde giramos. Lo cierto es que algunos discursos se ponen en juego con cada cuerpo: palabras y textos ajenos, tratados políticos y dolores propios que si no entendemos nos consumen. En el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), en la ciudad de México, se exhiben algunas dinámicas de expropiación corpórea. Si ponemos atención podremos ver que las injusticias no conciernen solamente a una época. La herida siempre ha estado ahí, aunque intentemos ocultarla nos persigue. Lugar de reflexión y asombro, el museo es un cuerpo que visibiliza la medida de nuestros actos. Los museos son recordatorios, epístolas que enviamos hacia nuestro otro yo para entendernos. Como parte de este diálogo, el MUAC exhibió Teoría del color, un ejercicio curatorial que indaga en las repercusiones sociales y económicas que el racismo tiene para el individuo. Se trata de una investigación sobre el racismo en Latinoamérica desde distintas perspectivas.
Nadie nos dijo que compartimos nuestro cuerpo con un huésped, voz subyugada a la materia que en ocasiones nos quita el sueño. Nacemos con la capacidad de aniquilarnos pero también de dialogar con ese otro que se nos presenta como un misterio. Las visiones holísticas del cuerpo, la mente y las emociones hablan de este tratado. Nuestros abuelos conocían algunos remedios para combatir la extrema soledad, la tiricia, como todavía le llaman. Sobre este mismo huésped escribió Guadalupe Nettel en su novela homónima, ceguera que convierte a su protagonista en el otro tan temido: un marginado, habitante periférico de esta metrópoli, mendigo que recorre los intestinos de la ciudad de México. Es precisamente en el Metro donde la protagonista encuentra, ya sin ver, su verdadero reflejo. El otro cuerpo es uno mismo, su deterioro y placer.
De ese otro trata igualmente Teoría del color, de esa voz construida como categoría desde la Conquista y su dominación, y que mina ahora las visiones que tenemos en torno a nuestro propio cuerpo. El otro sigue siendo todo aquel que no es blanco. La supremacía blanca es motor y leña de desigualdades sociales, laborales y económicas hasta nuestros días. Negros y morenos compartimos el mismo sendero marginal aunque no lo veamos, parecido a los mendigos de Nettel, habitamos un submundo bajo la ciudad mientras buscamos alcanzar ese imaginario. Pero sin importar el dinero que ganemos o lo inteligentes que seamos, sin importar las cirugías estéticas que paguemos o la ropa que usemos, la teoría del color, el tratado sobre los niveles de melanina y su significado jerárquico, sigue operando en nuestra mente y definiendo la forma en que vemos al otro.
Suite de ornamentación facial, de Zach Blas desarrolla una pregunta que explora esa desigualdad: ¿qué pasaría si no tuviéramos rostro?, ¿si ante las estrategias de control estatales fuéramos irreconocibles? A partir de datos biométricos, Blas construyó máscaras multiformes para usar diariamente y cuestionar así el aparato de control y vigilancia que surge junto a la fabricación de identidades. Ironiza también el supuesto estudio de una universidad norteamericana donde los encuestados afirmaron haber discernido entre homosexuales y heterosexuales al observar partes de su rostro. El rostro es aquí un territorio político, espacio para decir cuando se oculta.
Espectro Indígena, de Pedro Lasch, muestra piezas precolombinas de frente al rostro de algún ícono popular mexicano grabado sobre vidrio. El espectador se observa en tres niveles o capas que conforman a su vez un estereotipo del mestizo construido paulatinamente desde la Conquista: rostro de indio superpuesto al de una celebridad mexicana y sobre el suyo. El espectro que vemos en el espejo es el nuestro, identidad atravesada por discursos oficiales y prejuicios, esperpento quizás entre imaginación y deseo que mucho dice de las prácticas de poder hegemónicas. En todo caso, esas imágenes vienen de afuera, la valoración del indígena como categoría es una construcción que poco o nada tiene que ver con una forma de aprender a dialogar con quien vive diferente.
En 97 empleadas domésticas, Daniela Ortíz reúne fotografías de Facebook pertenecientes a la clase alta peruana donde accidentalmente aparecen empleadas domésticas, cuya tez morena contrasta con la piel aterciopelada de los niños que cuidan o los jóvenes que atienden durante sus fiestas. Las empleadas domésticas, usando en su mayoría uniforme (como si tuvieran que distinguirse aún más de sus empleadores) sólo surgen de manera accidental u oblicua. A pesar de que viven en sus casas, hacen su comida y atienden a sus hijos, a pesar de que reciben míseros salarios y no tienen los mismos beneficios que trabajadores institucionales, son invisibles, desaparecer en la cocina o entre los muebles de la casa es parte de ese contrato casi novohispano.
Las fotografías del venezolano Alexander Apóstol juegan con el imaginario oficial del indio y mulato en ese país. El indio venerable y aceptado es el que se encuentra en libros, el indio muerto que ostenta su grandeza entre las fichas técnicas de una biblioteca y no tiene otra voz más que la de un pasado traducido desde el aniquilamiento y la diferencia; mientras que la mulata luce su desnudez acompañada de frutos tropicales, rastros de aquellas imágenes prototípicas asociadas con fertilidad, sexualidad exuberante y barbarie, visiones que siguen definiendo la medida de nuestro ojo sobre el color.
Si algo he encontrado en visitas a museos, talleres y galerías, es arte que intenta hacerse presente, tener una voz propia, aunque pasajera, en torno a lo que sucede en este tiempo y que sabemos la historia oficial no cuenta. Esa es quizás su utilidad actual, hacer visibles las contradicciones donde nos sumergimos y de las cuales brotan violencias solitarias o masivas. Tiricias u horrores kilométricos. Lo político no es sino lo social, aquella labor hacia la tierra que compartimos y cuya fuerza aprendimos a olvidar. La mayor afrenta es hacia ella, una deuda que atraviesa el tejido social y destruye cualquier forma de solidaridad, de empatía o de simple aceptación del otro que es uno mismo.
Aquí la liga donde pueden descargar Teoría del color en su formato libro y que el MUAC amablemente libera al público: http://www.muac.unam.mx/
A principios de septiembre pasado, el Fondo de Cultura Económica celebró sus 80 años de existencia y me invitaron a participar en una mesa sobre “Jóvenes, comunicación y lectura digital”. Entre las varias cosas que dije fue que los booktubers se dedicaban a recomendar casi exclusivamente best-sellers. Desde luego, no critiqué su función, que me parece interesante (usar videos en YouTube, Instagram o Vine para recomendar libros) sino el contenido, que no pudieran recomendar otro tipo de autores y se dedicaran a hablar de libros irrelevantes. Al día siguiente empezaron a lloverme insultos, críticas y todo tipo de comentarios a mi cuenta de twitter; desde luego, no contesté a la gran mayoría. Uno de los pocos comentarios sensatos que me llegaron aseguraba que los booktubers se dedicaban a recomendar “libros para jóvenes”. En los videos que vi de esos muchachos un porcentaje muy alto de los títulos que comentaban seguían siendo best-sellers, ninguno de considerada calidad literaria.
Si, como me aseguraban en ese comentario que fue de los pocos que contesté, los booktubers recomendaban libros para jóvenes, entonces ¿por qué nunca mencionaban algunos clásicos como Oliver Twist o Grandes esperanzas, de Charles Dickens; Moby Dick, de Herman Melville; Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez? Incluso podrían hablar de la Odisea, que ya no recuerdo quién la catalogó como una novela de aventuras (seguramente por eso Borges la prefería sobre la Ilíada). ¿Y cuántos no iniciamos nuestra pasión por la lectura con El principito, de Antoine de Saint-Exupéry? Varios de esos libros se han publicado en ediciones ilustradas, aunque, claro, los booktubers preferirían que los hicieran películas. ¿Quién recuerda hoy El código Da Vinci, La chica del dragón tatuado o cualquier best-seller de temporadas pasadas? En uno de sus videos, un booktuber apenas en 2013 reconoció que ese año había leído El guardián entre el centeno y por eso lo elegía entre sus libros favoritos leídos ese año.
Para contrarrestar esa serie de lecturas insustanciales entre los jóvenes, conviene recomendar dos novelas de dos escritores considerados clásicos, aunque estas obras son las menos conocidas dentro de su vasta narrativa. La historia de la primera de ellas, El castillo de los Cárpatos, sucede en Transilvania, en el lugar donde se creo la residencia del mismísimo Conde Drácula. A diferencia de sus otras historias, Julio Verne se aleja de los temas científicos para incursionar en la fantasía y la magia al contar la historia de un pueblo que vive a la sombra de un viejo castillo abandonado al que los habitantes de esa población le adjudican infinidad de encantos. La superstición de los pobladores de Werst los llevará a una expedición hasta el castillo para confirmar, o no, los hechizos que le atribuyen; detrás de esa historia hay una más que esconde el verdadero sentido de ese castillo supuestamente encantado.
La otra novela, Secuestrado, del escocés Robert Louis Stevenson (autor de otro clásico para jóvenes, La isla del tesoro) cuenta la historia de David Balfour, quien luego de que mueren sus padres inicia una aventura que continúa con su huraño tío que lo retiene secuestrado en la vieja mansión familiar. En este caso, el trasfondo social en el que Balfour emprende su odisea es la guerra entre escoceses e ingleses y en el ambiente fantasmagórico de las Tierras Altas de Escocia —en el que supuestamente existen gnomos y otros seres fantásticos—. Ambas novelas se leen de un tirón, no sólo por sus apasionantes historias sino porque están impecablemente escritas (en este caso también traducidas), de manera que sus pocas páginas se leen rápido como si se tratara de esos voluminosos best-sellers que tanto leen y recomiendan los booktubers.
Porque tu opinión es lo que importa, elaboremos juntos el Programa de Fomento a la Lectura y el Libro para los próximos cuatro años, te invitamos a participar en la consulta ciudadana, del 1 al 28 de febrero. Visita: http://www.conaculta.gob.mx/consulta/
Si alguien me preguntara —y realmente nadie tendría por qué hacerlo— qué poesía prefiero, tal vez le respondería que aquella en la que la vida del poeta parece tan importante como sus versos. Para la historia literaria, de la cual siempre nos es dado conocer una parte ridículamente escasa y fragmentaria, no siempre fue colectiva la experiencia personal del poeta. Al menos en cuanto a la tradición francesa, por hablar de la que mejor conozco, la individualidad de la experiencia del poeta no se hizo notar abiertamente hasta la poesía de Villon.
Después de la Guerra de los Cien Años, que comenzó a raíz de que Felipe VI invadiera el ducado de Aquitania, la sociedad francesa del tiempo de Villon no era la misma, especialmente en la clase social a la que perteneció, la misma que cultivaba las bellas artes en las cortes durante los siglos anteriores.
François Villon nació en 1431, el año de la muerte de Juana de Arco, cuando París contaba con unos trescientos mil habitantes (la población actual aproximada de Los Mochis, Sinaloa); la Guerra había cumplido cerca de noventa años, marcados por la escasez y las consecuencias de una peste.
Carlos VII trajo, hacia 1436, la vuelta de los franceses al poder y la reapertura o revitalización de algunos de los centros culturales que, si bien nunca se extinguieron, perdieron notoriedad durante ese episodio dramático de la historia de Francia. Por azar, Villon tuvo una educación académica. También acudió al nacimiento del París urbano, lleno de tabernas, talleres y prostíbulos.
En su tiempo, justo a un costado de la Iglesia de Saint-Martin se encontraba montado el cadalso de Mountfaucon, donde se practicaba la desagradable costumbre de no desatar a los colgados y dejarlos suspendidos hasta podrirse. Ésta era, digamos, una imagen común. No sería de extrañar que el propio Villon hubiera asistido, quizá llevado de la mano, a algunas ejecuciones públicas.
Los géneros poéticos habían cambiado desde el tiempo de Rutebeuf. François Villon no escribió para que sus poemas se cantaran, pero se sirvió de algunas formas poéticas musicales, como la “cansó” o la balada. La retórica del pensamiento y de la música debería sustituir a la compañía de los instrumentos.
Es curioso. Carlos de Orleans escribió cientos de poemas sobre su melancolía, pero poco puede encontrarse en ellos de experiencias personales que los caractericen. En Villon su vida es fundamental. Su nombre verdadero era François de Montcorbier y perdió a su padre por la peste; su madre se vio obligada a entregarlo en adopción a un hombre de hábito, Guillaume Villon que, por ser la educación ministerio de religiosos, lo educó. El niño adoptado, años más tarde, le dedicaría un poema y hablaría abiertamente de su relación con él. Villon haría poesía de la experiencia.
Guillaume Villon le enseñó historia, latín, derecho, teología; convirtió a su pupilo en un savant, que por propia inclinación se volvería rebelde: se inscribió en la Universidad de París en la escuela de artes; leyó, se sabe, a Jean de Meung, Rutebeuf, Colin de Muset, Alain Chartier y probablemente a Eustache Deschamps (probablemente el más “vanguardista” de todos los anteriores). Su formación como poeta es particularmente prototípica: parece el perfil natural de un joven literato. A la par de su educación intelectual, Villon, huérfano y dado a la adopción, de una familia de un estrato del pueblo llano, recibe una educación sentimental contrastante. La universidad, para él, se extiende a los lugares de mala muerte. Adopta la costumbre de conversar con las prostitutas; luego, en más de un verso, evocará estas conversaciones y las atmósferas de tugurio.
Llegó a ser Bachiller, con título en artes, y entonces se cambió de nombre, para ser François Villon. Se sabe que en 1453 conoció a la musa de su vida, de nombre Catherine de Vaucelles. A pesar de su éxito social repentino —tenía una licentiam docenti, por ser maestro en artes— el 5 de junio de 1455 el destino aciago le preparaba su ruina: se peleó con el sacerdote Philippe Sermoise y lo hirió de muerte; Villon también fue herido, en los labios. Se vio obligado a darse a la fuga y escribió aquel verso que conmemora la primera huida: “bienvenida, vida de fugas”. Sin embargo, una vez prófugo, hace frente a su nueva condición de forajido uniéndose a “La Coquille”, una fraternidad de ladrones.
Hay cierta estirpe de poetas de la que conviene escapar. Si somos sensatos, con ciertos poetas no habría que robar un banco: algo hay en ellos que, pese a que todo se haya hecho bien, provoca que todo salga mal en el atraco. En 1456 François Villon, ese flaco parisino narizón, volvió a París no para esconderse sino para preparar junto a unos amigos el robo del Collège de Navarre. El 24 de diciembre se vio beneficiado por hurto: robó 500 escudos junto a su camarilla, 120 para él. Sólo por prevenir, pues no es de Dios arriesgar demasiado, decidió huir a Angers. Durante algún tiempo se dedicó a despilfarrar el dinero —no hay ladrón que ahorre—, hasta que se enteró de que uno de sus cómplices lo había delatado y un día, por accidente, la justicia francesa dio con él y fue encarcelado en Meun. Fue torturado; poco tiempo después, porque buena suerte hasta los poetas tienen, Luis XI, de paso por la ciudad, con un gesto altruista, le revocó la sentencia.
Volvió a París, una vez más a casa de su tutor, Guillaume Villon, cual hijo pródigo; una vez más fue acusado de robo, pero, a diferencia de la sentencia de Meun, esta vez sí lo hicieron responsable del robo del Collège de Navarre y lo sentenciaron a pagar 120 escudos. Una vez libre, un buen día con sus amigos de farra, provocó una pelea; golpeó a un sujeto de apellido Ferubac, notario de prestigio; débil, como todos los notarios, murió de los golpes. La ley es dura, pero más para los reincidentes. Jacques de Villiers, con ayuda de la providencia, lo condenó a la horca. En 1463, una vez más, su sentencia fue revocada. La conmutación de la pena lo llevó al destierro; nunca más se volvería a saber de él. Era mejor desaparecer que volver a ser sentenciado. Mejor la desaparición que el indulto.
La experiencia cotidiana del poeta se convierte en una mitología común, elaborada en la retórica y la lírica. Villon habló del hurto, el juego, de las condenas a muerte, de las “mujeres de antaño”; pero también de su tristeza, su desesperanza y su miedo. Reflexiona y condena desde un yo tan enfático que todo lo que acabo de narrar es esencial para comprender su poesía. Se cree que escribió El legado, el 24 de diciembre de 1456, unos días antes o después del robo del Collège. Y se cree que escribió El Testamento cuando recién salió de la cárcel de Meun.
Los registros de Villon son los de la academia y la ciudad; escribe con la tradición y con el argot; escribe con la crápula y con la nostalgia cultural que aprendió en la Universidad; utiliza la expresión “mon cul” al mismo tiempo que pide el indulto de la “Madre de Dios”. Mezcla los escenarios, la canción, la jerga y el lirismo cortés de los trovadores. Escribe con el motivo heredado pero con la constelación de aventuras que sólo le ocurrieron a él.
La primera edición de sus textos no fue muy tardía, es de 1489, en manos de Pierre Levet; Clément Marot publica la primera edición completa de sus poemas en 1533; Clément Marot, poeta él mismo, se apropia de la influencia que Villon tendría ya en el siglo XVI. Así se inaugura una tradición, digamos, “primesautière”, como dice Paul Zumthor; es decir, la tradición viva, espontánea, de la poesía, en la que el motivo poético es más inmediato y depende en mayor medida de las experiencias, no fijadas previamente, de la vida del autor. ¿Por qué conocemos la vida infortunada de un ladrón francés que casualmente escribía versos? Curiosamente, dejó un testamento: “Aquí termina el Testamento del pobre Villon”: la posibilidad poética de enunciar la individualidad de la experiencia. “Hermanos humanos, no sean severos con nosotros, los ahorcados”.[1]
[1]Todos los datos salieron de estos libros: François Villon, Poésies, prefacio de Tristan Tzara, París, Gallimard, 1973; Jean Favier, François Villon, París, Fayard, 1982; Marcel Schwob, “François Villon” en Œuvres, París, Les Belles Lettres, 2002 ; Paul Valèry, « Villon et Verlaine », en Œuvres, París, La Pléiade, 1987.