Tierra Adentro
Fotograma de "Life in the military", Operation Wojak, 2024. Recuperado de YouTube.
Fotograma de “Life in the military”, Operation Wojak, 2024. Recuperado de YouTube.

Ya he dedicado varios ensayos a la preocupante conjunción entre los movimientos reaccionarios contemporáneos (al menos los acoplados en espacios virtuales) y la propaganda política mediante memes. En Boogaloo: una secuela (2021) y El gran despertar (2021) desmenucé cómo es que la alt-right ha ideologizado comunidades jóvenes para esparcir discursos de odio y teorías de la conspiración, mientras que en La hidra no se ha ido (2023) quise integrar los procesos de radicalización que han tenido lugar desde que 4Chan, en palabras de su propio creador, se convirtió en una fábrica de memes.

Reconozco que en ninguno de estos textos he reservado un solo espacio —por breve que sea— a reflexionar la memética. Esto se debe en parte a mi profundo disentimiento con tal concepto y con su creador, Richard Dawkins. Ocurre que este, además de ser un patán superlativo, es un mal biólogo. En su libro The selfish gene (1976) propuso una teoría que incurre en un reduccionismo extremo e irresponsable, con la que procuró explicar comportamientos complejos (inscritos en marcos sociales, culturales e incluso éticos) a partir de fundamentos meramente genéticos. Asumió que el organismo es apenas una máquina de supervivencia usada por los genes para asegurar su propia replicación y perpetuación.

Cualquier persona con un entendimiento materialista de los fenómenos biológicos sabe que la del gen egoísta es una metaforización errada. Lo que impulsa la selección natural —y lo que se selecciona para reproducirse— es el organismo como totalidad, no su genoma. Los organismos no son simples vehículos de sus genes: creer lo contrario es ser miope ante la complejidad de la vida. Mario Bunge supo desmontar la farsa de Dawkins, entre muchas otras obras, en Materia y mente (2010).

Justo en su libro de 1976, Dawkins introdujo por primera vez el concepto de meme, un análogo cultural del gen que también está sujeto a replicación, variación y selección. El problema de esta idea es, sobre todo, epistemológico: mientras que los genes son entidades físicas con arreglos definidos que se replican mediante mecanismos biológicos claros, los memes no poseen una estructura concreta ni procesos de reproducción exactos, lo que dificulta su estudio científico.

Aunque el concepto original ha sido criticado debido a su carácter poco formal y difuso, es importante reconocer que los memes, en tanto imágenes humorísticas o piezas gráficas breves que se reproducen viralmente a través de internet (como lo propuso Mike Godwin en 1994), sí son productos culturales tangibles. Así, aunque la memética pueda ser científicamente problemática, los memes como expresión cultural constituyen hechos sociales reales que merecen ser analizados desde perspectivas sociológicas y antropológicas rigurosas.

De forma independiente a lo que opinemos quienes nos inscribimos en el materialismo y el realismo, pululan personas que no solo teorizan la memética, sino que buscan instrumentalizarla para conseguir victorias políticas. Si los usos y costumbres del gobierno estadounidense no fueran tan conocidos, lo siguiente sonaría a broma: en 2006, un oficial de la Marina llamado Michael Prosser planteó la posibilidad de extenderlas dimensiones de la guerra tradicional, para que abarcase también mecanismos relativos a la transmisión de información. En la página del Centro de Información Técnica de la Defensa (Defense Technical Information Center, DTIC) puede consultarse MemeticsA Growth Industry in US Military Operations, donde Prosser instó a crear un Centro de Guerra Memético (Meme Warfare Center, MWC). Una vez instaurado, el MWC asesoraría al ejército en la generación de memes y proporcionaría un análisis detallado de las poblaciones enemigas, aliadas y no combatientes. La conclusión del documento tiene un tono mafufo, al igual que todo alrededor de la teoría memética:

Científicos cognitivos, antropólogos culturales, expertos en ciencias del comportamiento y en teoría de juegos deben incorporarse como profesionales especializados en el uso estratégico de memes en futuros campos de batalla. Estados Unidos debe reconocer la necesidad creciente de disciplinas emergentes en la guerra ideológica, transformando los memes en armas efectivas. El Centro de Guerra Memética ofrece una capacidad sofisticada y de riqueza intelectual ausente en las formaciones actuales de Operaciones de Información (IO), Operaciones Psicológicas (PsyOps) y Comunicación Estratégica (SC), y está específicamente diseñado para librar combates en la mente del enemigo. Los memes son herramientas clave para vencer en la lucha metafísica e ideológica.

Científicos cognitivos, antropólogos culturales, expertos en ciencias del comportamiento y en teoría de juegos deben incorporarse como profesionales especializados en el uso estratégico de memes en futuros campos de batalla. Estados Unidos debe reconocer la necesidad creciente de disciplinas emergentes en la guerra ideológica, transformando los memes en armas efectivas. El Centro de Guerra Memética ofrece una capacidad sofisticada y de riqueza intelectual ausente en las formaciones actuales de Operaciones de Información (IO), Operaciones Psicológicas (PsyOps) y Comunicación Estratégica (SC), y está específicamente diseñado para librar combates en la mente del enemigo. Los memes son herramientas clave para vencer en la lucha metafísica e ideológica.

Leíste bien: lucha metafísica. Comprendo que no podemos pedirle una ontología coherente a un militar, pero encuentro profundamente revelador el hecho de que una estrategia bélica emergente esté basada en terminología fantasmagórica que pretende ser ciencia. El trabajo posterior de otros soldados estadounidenses que ahondaron en el tema, al ser leído con el escepticismo necesario, delata a la memética militar como una descarada propaganda con pasos extra. En su artículo titulado Memetic Warfare: The Future of War (2010), el teniente Brian J. Hancock sugirió que las operaciones militares podrían valerse del empaquetado memético para influir en poblaciones objetivo: conseguir la transmisión estratégica de mensajes que, incorporando elementos que apelen a aspectos profundos de la psicología humana, se aceptasen con mayor facilidad.

Es decir: propaganda.

De la guerra memética me seduce más lo que podríamos llamar guerrilla memética. Basta estar al tanto de las estrategias de comunicación gubernamental que han empleado todas las potencias desde la posguerra para saber que ninguna de ellas ha innovado en la práctica de diseminar información para facilitar conquistas y diluir resistencias: ese ha sido, más bien, su modus operandi. El caso de los guerrilleros digitales resulta más interesante por motivos de escala y de logística.

La derecha alternativa estadounidense —monstruo que, en parte, catapultó a Trump a su primer triunfo electoral y lo afianzó en el segundo— se ha distinguido no por poseer una ideología uniforme o bien estructurada, sino por aprovechar la inercia discursiva de varios grupos reaccionarios y extremistas que tienen enemigos en común. Así, en complicidad, los mensajes de misoginia a lo Andrew Tate se esparcen en los mismos círculos que ciertos argumentos negacionistas del holocausto o burlas sobre la tasa de suicidio de las personas trans. Se permite la vecindad irrestricta de todo aquello que busque acabar con el orden de la democracia liberal de Occidente. Richard Spencer, líder germinal del movimiento, llegó a jactarse de su poder viral con una frase aterradora: “a fuerza de memes trajimos la alt-right a la existencia”.

Un chiste recurrente entre la izquierda tuitera es que no vale la pena discutir con un usuario que defiende la consumación del genocidio palestino por parte de Israel: del otro lado de la pantalla, muy probablemente, se encontrará un militar sionista. Por otra parte, en los círculos conspiranoicos de derecha, corre también el chiste gastado de que las e-girls lindas pueden ser agentes del gobierno en busca de cumplir con una cuota de detenidos por cargos de terrorismo.  

Las guerras (las masacres realizadas en su nombre) siguen haciéndose con armas y explosivos, no con memes. Pero habría que preguntarnos, de ahora en adelante, qué papel jugarán en las batallas que no se libran con fusil en mano.

Referencias

  1. Bunge, M. (2010). Matter and mind. Springer.
  2. Dawkins, R. (1976). The selfish gene. Oxford University Press.
  3. Defense Technical Information Center. (2006). Dtic.mil. https://apps.dtic.mil/sti/citations/ADA507172
  4. Gutiérrez Arellano, L. (2021). Boogaloo: una secuela. Fondodeculturaeconomica.com. https://tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/boogaloo-una-secuela/
  5. Gutiérrez Arellano, L. (2021). El gran despertar. Fondodeculturaeconomica.com. https://tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/el-gran-despertar/
  6. Gutiérrez Arellano, L. (2023). La hidra no se ha ido. Fondodeculturaeconomica.com. https://tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/la-hidra-no-se-ha-ido/
  7. Hancock, B. J. (2010). Memetic warfare: The future of war. Military Intelligence, 36(2), 41–46.
  8. McSwiney, J. (2021). Memes in Far-Right Digital Visual Culture – GNET. GNET. https://gnet-research.org/2021/08/20/memes-in-far-right-digital-visual-culture/


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.

En el cumpleaños 60 de Trent Reznor, Zauriel Martínez nos comparte este remix audiovisual inspirado en el álbum “The Downward Spiral”.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Concilio de Nicea, 325. Fresco en el Salón Sixtino, Vaticano. 1590. Por Giovanni Guerra (1544-1618), Cesare Nebbia (1534-1614) y ayudantes. Obra de dominio público
Concilio de Nicea, 325. Fresco en el Salón Sixtino, Vaticano. 1590. Por Giovanni Guerra (1544-1618), Cesare Nebbia (1534-1614) y ayudantes. Obra de dominio público

Apenas despuntaba la comunidad cristiana en las principales ciudades del imperio romano cuando las diferencias doctrinales se hicieron a tal punto enconadas que fue necesaria la intervención de los apóstoles. La disputa más importante, según narra el capítulo XV de los Hechos de los Apóstoles, fue la supuesta obligatoriedad de que los nuevos conversos cumplieran con ciertas prescripciones mosaicas, como el rito de la circuncisión. Dejando de lado la discusión sobre la verosimilitud de la reunión, se considera en los manuales de historia de la Iglesia como el primer concilio del cristianismo, esto es, la primera reunión oficial de creyentes —apóstoles, presbíteros y fieles— para deliberar una doctrina. 

Al Concilio de Jerusalén le sucedieron otros de igual proporción: los llamados concilios prenicenos (Roma, Cartago, Elvira y Galia), que se limitaron a deliberar problemas locales sin tocar por ello cuestiones doctrinales de relevancia universal. Fue hasta la conversión del emperador Constantino, en octubre del año 312, que se comenzó a discutir en las comunidades cristianas la necesidad de convocar a un concilio que estableciera un corpus doctrinal sobre el cual estructurar la Iglesia. 

Osio de Córdoba, santo que luego fue descanonizado y que actualmente se encuentra de nuevo en proceso de canonización, en su calidad de consejero de Constantino, convocó para el 20 de mayo del año 325 un concilio en la ciudad de Nicea, al noroeste de lo que hoy es Turquía. Este acontecimiento, promovido activamente por el mismo emperador, marca un punto de inflexión en la historia del cristianismo y de la civilización occidental. Es el primero de los siete concilios ecuménicos (del lat. œcumenicus, “universal”) que reconocen las principales confesiones cristianas: las Iglesias ortodoxa, luterana, anglicana y católica. Se trata del momento en que el cristianismo comenzó un largo proceso de consolidación bajo el amparo del Imperio Romano. Su impacto no se limitó al ámbito teológico, sino que alcanzó dimensiones políticas, culturales y sociales que delinearon los siguientes siglos en Europa. 

Además de una obvia necesidad política, el detonante teológico del Concilio de Nicea fue la controversia arriana, que cuestionaba la divinidad de Cristo. Arrio, un presbítero de Alejandría, sostenía que el Hijo era una criatura creada por el Padre y, por tanto, no coeterno ni consustancial con Él. Esta postura dividió profundamente a las comunidades cristianas, generando un conflicto que amenazaba la unidad eclesiástica, y por tanto, la estabilidad del imperio. La polarización era tal, que algunas narraciones cuentan que el obispo de Bari, san Nicolás, apenas se encontró con Arrio le soltó una bofetada. La anécdota es inverosímil, pues no hay evidencia de que la figura originaria de Santa Claus haya participado en el concilio, pero refleja bien el ambiente que se vivía entonces. 

El resultado más significativo del concilio fue la formulación del Credo niceno (también llamado Credo nicenoconstantinopolitano): una declaración de fe que afirmaba la consustancialidad del Hijo con el Padre. La palabra clave, “homoousios”, significaba que Cristo no era una criatura subordinada, sino de la misma naturaleza de Dios. Este término, aunque ausente en la Escritura, se convirtió en la piedra angular de la ortodoxia cristiana. 

Más allá de su contenido teológico, Nicea estableció un precedente en la relación entre la Iglesia y el Estado. La convocatoria del concilio por parte de Constantino sentó las bases para la futura interferencia imperial en los asuntos eclesiásticos, un modelo que se repetiría a lo largo de la historia medieval y moderna en la cristiandad occidental y oriental. Además de la cuestión cristológica, el concilio abordó otras problemáticas de organización eclesiástica: cánones sobre la disciplina clerical, la fecha de la Pascua y la estructura jerárquica de la Iglesia fueron fundamentales para la consolidación de un cristianismo institucionalizado, con una autoridad cada vez más centralizada en la figura del papa. 

La formulación del Credo niceno proporcionó un lenguaje común para la fe cristiana, lo que repercutió casi de inmediato en la liturgia, la catequesis y la teología posterior. En un mundo donde la escritura y la oralidad coexistían, la repetición de este credo en las comunidades cristianas reforzó la identidad doctrinal y las cohesionó, pero también contribuyó a la marginación de ciertas comunidades disidentes. Nicea no sólo definió la ortodoxia trinitaria, sino que también estableció la metodología de los futuros concilios ecuménicos. Así, la noción de una asamblea de obispos con autoridad para definir la doctrina se convirtió en un principio rector del cristianismo, especialmente en la tradición católica y ortodoxa. 

En términos políticos, Nicea anticipó el modelo de cristiandad que dominaría la Edad Media. Con la creciente influencia del cristianismo en el aparato estatal, se sentaron las bases para la fusión entre la Iglesia y el poder civil, lo que eventualmente llevaría a conflictos entre el papado y los monarcas europeos en la lucha por la supremacía. Consolidar al cristianismo como religión imperial llevó a la progresiva marginación del paganismo. Si bien Nicea no decretó oficialmente la persecución de las religiones tradicionales, su impacto en la política religiosa posterior fue innegable. A medida que el cristianismo se afirmaba como culto y cultura hegemónicos, las antiguas prácticas religiosas fueron condenadas y erradicadas. 

Finalmente, la formulación del dogma trinitario exigió un refinamiento conceptual que llevó a los teólogos a emplear categorías filosóficas griegas, como la esencia y la persona.

Este diálogo entre cristianismo y filosofía sería crucial en las discusiones sobre la epistemología de la fe, que se detallaron durante la escolástica. Más que un evento teológico, Nicea fue un momento fundacional en la historia del cristianismo y del mundo occidental. Sus decisiones moldearon la identidad cristiana, determinaron la relación entre religión y poder, entre fe y razón, y establecieron un modelo de organización eclesiástica que persiste hasta el día de hoy.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Rosario:

Esta vez la cocina no resplandece de blancura, hiede a grasa y cagada de bebé al igual que la cocina de Plath. Las paredes están manchadas por moho y rastros de aceite. Desde el principio de los tiempos he estado aquí, pero ya no puedo seguir, Rosario; me rehúso a limpiar el recinto donde se cocina mi maternidad. He sacado del refri un pedazo de cebolla para añadirle sazón a la comida. Con el cuchillo más afilado voy rebanando en julianas esta mitad de cabeza que me desata el llanto. Se parece a la mitad de cabeza que tengo para criar y ordenar mi vida. La parto como si partiera mi cabeza para olvidarme de mis responsabilidades. Voy cortando la cebolla y me arden los ojos, me arde la piel, me arde ver a mi hijo sufrir también por la madrecebolla, bulbo tóxico que apesta el hogar. Remuevo bien el caldo, después de dejar caer uno a uno todos los ingredientes: las verduras primero; los alimentos más duros: papa y zanahoria. Después recuerdo que me falta darle un toque de sabor y recurro a la pimienta, pero el frasco está vacío. Le pido prestada a la vecina un poco de pimienta con limón, me entrega el polvo y acudo a la olla para agregarle solo una pizca. Mi hijastro acaba de hacer su aparición y dice que el aroma de la comida le parece repugnante y que es mejor la comida de su mamá. Pruebo el caldo, descubro la pimienta negra, me desagrada el sabor. No se me da acomodar condimentos ajenos en mi cocina. No se me da usarlos en la comida del día, pero me aguanto y asimilo el sabor en mis papilas gustativas. Reviso el recetario heredado por mi madre y descubro que el ingrediente final es la proteína: las bolitas de carne molida. Descongelo la carne, descongelo la herencia de mi madre, de mi abuela y toda mi familia: las protuberancias que son como albóndigas formadas por la mano que tiene la sazón ancestral de crear bolas y coágulos en el vientre. Amaso la carne y amaso también en mi útero cinco quistes; los aprenso para evitar que revienten en el agua hirviendo. A mí no se me deshacen tan fácil las bolas de carne. Por último, agrego un diente de ajo para que despida su aroma y sus propiedades como toque final. Recuerdo que es necesaria su extracción porque es desagradable degustarlo, pero se pierde, se confunde con los pedazos de papa. Y pienso en mis hijos y en los hijos de otras madres, y en lo vulnerables que son, en que pueden desaparecer, perderse entre el caldo de desapariciones que hay en México. Y pienso en aquellas madres que toman una pala como si tomaran un tenedor para escarbar la tierra, así como yo escarbo adentro de la olla en búsqueda del pedacito de ajo y me desespero por no saber si ya se deshizo. Rosario, desde el principio de los tiempos he estado aquí. Desde el principio de los tiempos, pero es suficiente por ahora, la cocina hiede a grasa, al igual que la cocina de Plath. Rosario, ¿apagamos la estufa?


Autores
(Saltillo, 1991) es poeta y narradora. Es autora de los libros Los orgasmos de la tierra (2016) y Han apagado ya las luces (2021). En 2022 fue galardonada conel Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal.
Portada de "Un puñado de flechas", María Gainza. Editorial Anagrama, 2024.
Portada de “Un puñado de flechas”, María Gainza. Editorial Anagrama, 2024.

Podría decirse que alguna vez fui una coleccionista de subrayados.

Muchos de ellos han terminado en este texto. 

María Gainza

Un televisor de cincuenta pulgadas pegado a la pared y, alrededor, ocho cuadros al óleo custodian y confunden el lienzo de plasma enmarcado por la autoría de LG. Ordenado cuadrangularmente con los otros lienzos inmóviles se asemeja a un mosaico o una cara del cubo de Rubik. Antes, en esa pared solo había una tele donde cada domingo, desde las doce del día hasta las diez de la noche, se reproducían incesantemente partidos de la NFL. He cronometrado unas seis horas de juego y casi cuatro de monótonos comerciales, en su mayoría promocionales de casinos en línea. Estamos en Villa Coapa, al sur de la Ciudad de México, la casa es una residencia suburbial de dos pisos con un pequeño pero espléndido jardín, hay un naranjo, una higuera y el cadáver albino de un durazno torcido; hay también una cochera limitada por una reja color azul langosta con adornos de caballitos de mar y caracoles marinos. 

Desde que mi madre se jubiló y pudo liberar su oculta vocación de pintora, la pared a la que se dirigen todos los sillones ha sido tapizada por nuevos lienzos hechos en casa. A veces me distraigo viendo un partido de los Vikingos de Minnesota y mis ojos saltan de la televisión al rectángulo colindante en el que mi madre replicó un estanque desolado de Monet. Me pierdo entonces en un juego, en apariencia inocuo, sin arbitro ni contrincante, donde mis ojos persiguen un balón invisible que salta entre melancólicos nenúfares buscando una meta inmediata que escapa a la profundidad del verdor nostálgico. 

La voz del comentarista de ESPN agudiza el tono hasta convertirse en una voz quebradiza con acento porteño, una modesta crítica de arte argentina que un día tuvo la idea de dejar despintadas las paredes del cuarto de su hija e invertir el dinero de la pintura en la autoedición de su primer libro, El nervio óptico (2014). “Pronto descubriría que, para una personalidad que históricamente se bloquea ante la presión, convertir la escritura en trabajo era mala idea”. El libro de inmediato llamó la atención de la agente María Lynch, fue reeditado por Anagrama y se convirtió en un fenómeno literario, ha sido traducido a más de veinte lenguas y alteró bellamente las reglas del juego en la narrativa hispanoamericana que iba encaminada, en la segunda década del siglo XXI, a un trasnochado sentimentalismo de soporíferos narradores innecesariamente violentos.  

María Gainza reformuló la narrativa hispanoamericana con un libro inclasificable. El nervio óptico propuso “ese tipo de prosa compacta”, que anhelaba Vila-Matas en su discurso sobre el futuro de la literatura, “en donde los textos consistieran en fragmentos unidos por una estructura de unidad perfecta; una prosa a cuerpo descubierto, la prosa del nuevo siglo […]. Una novela en la que sin problemas se mezclarían lo autobiográfico con el ensayo, con el libro de viajes, con el diario, con la ficción pura […] una literatura mixta, donde los límites se confundirían y la realidad podría bailar en la frontera con la ficción, y el ritmo borraría esa frontera”. 

“El error es el estilo, lo demás es cita”, robo esa frase de Alberto Goldstein mientras contempló mi pared de bellos cuadros replicados por el pincel de mi madre en el que se esconde un ruidoso televisor. Un televisor donde también se confunde, pienso intentando salvar mi propia mediocridad dominguera, la frontera entre este deporte ligeramente estúpido que es el futbol americano con las violentas pinceladas que replicó mi madre en otro cuadro que está encima, donde aparece una mujer de muslos mórbidos imaginada por Jenny Saville. 

Pasar de la NFL a María Gainza puede parecer un cambio de tema absurdo, pero yo encuentro un flujo natural en este hilo de pensamiento que va de la abstracción visual a la atención lúdica en una imagen donde distingo grafías en los nombres de dos equipos y sus jugadores, los números del marcador que me tienen pendiendo de un hilo, figuritas de veintidós hombres con armadura que entrechocan sus cuerpos en busca de un ovoide, un cuerpo elíptico llamado balón, el cual debe trasladarse cien yardas en espiral sin tocar el césped. 

En medio de esta pugna preexiste un tabique de reglas más grueso que la constitución de un país, el cual estipula una gramática sobre el correcto orden y desplazamiento de estas figuras encasquetadas que se pulverizan en polos opuestos, pero siguen al pie de la letra un manual de estilo. Para hacer valer las leyes, dos hombrecitos vestidos de cebra anuncian castigos y gratificaciones con un pañuelo amarillo que vuela por los aires cada vez que una figura invade el terreno invisible del contrincante. Es un espectáculo de colores que se metamorfosea en un delirio de luces, las cuales se interrumpen con otro comercial de “Apuéstale papá”, en voz de Palazuelos. Es el momento en el que yo bajo la vista a ese otro rectángulo lleno de simbolitos que tengo entre mis manos, el nuevo libro de María Gainza, Un puñado de flechas (2024), y me paseo, nuevamente, por un sinfín de cuadros petrificados, donde la escritora me descubre un incesante ir y venir de pinceladas, posibles reglas, ilusiones rotas, necias ambiciones y parábolas que entreteje con las peripecias sedentarias de su vida en esa ciudad, que parece tan chiquita dentro del libro, donde ella vive y es feliz e infeliz, sin ningún plan de fuga. 

De Gainza admiro su poderosa erudición, que se revela siempre con el infantilismo de los grandes sabios, y su sentido del humor sutil, que rehúye a la cursilería ramplona y a la autocompasión en busca de redefinir nuevos horizontes. “Sé de memoria que convertir lo fugaz en eterno es la historia del espíritu humano a través de las formas”, apunta Gainza, “pero para ser sincera no tengo la más remota idea de cómo se logra”. Su simpática modestia siempre deja al lector con una sonrisa torcida antes de terminar un párrafo, porque mientras te demuestra cierta imposibilidad de alcance te transmite, sin que te des cuenta, la endemoniada complejidad que encubre la aparente sencillez: “Virginia Woolf comparaba este momento con el nadar de un pato que se desliza serenamente sobre la superficie mientras por debajo está pataleando como un condenado”. La misma analogía que Gainza toma prestada de Woolf para comprender la maestría de Cézanne, ella la emplea al narrar magistralmente un instante que súbitamente se eterniza.  

El universo de Gainza está poblado de encrucijadas miniatura, dilemas bonsái que en su microscópico núcleo encubren, paradójicamente, una apuesta a vida o muerte. El puñado de flechas, teoría que le explica el director Francis Ford Coppola sobre el genio como un recurso no renovable, el cual se puede agotar en una obra o se puede dosificar a lo largo de una vida, estructura las iluminaciones de este libro, que si bien no tiene la cohesión de El nervio óptico, sí lo supera en ciertos pasajes, donde Gainza parece descubrir constantemente que, pese haber dedicado su vida entera a las artes visuales, su existencia está condenada a la escritura, y no precisamente por su carácter visual, aunque ella se resista a aceptarlo. Al seguir las indicaciones de su excéntrica maestra de acuarela, que le sugiere observar todos los días durante un mes un mismo cuadro de Cézanne, confiesa que después de tanto tiempo de estudiarlo no ha conseguido pintar “ni siquiera una coma”; mientras que en su caligrafía reconoce “en esas curvitas rápidas, breves y sesgadas sobre el papel un claro efecto de las pinceladas de Cézanne”. 

“Si la novela es una forma de arte imaginativo” indica Willa Cather en El arte de la ficción, “no puede ser al mismo tiempo una forma espléndida y vigorosa de periodismo. Por el contrario, la novela debe ser capaz de seleccionar del vasto y abundante flujo del presente el material eterno del arte”. Así colecciona Gainza preciosos instantes de su biografía inventada que entrelaza por medio de brillantes reflexiones estéticas con algunos lienzos que yo, aunque los conociera, nunca los había entendido de esa forma. Lo mejor es que Gainza no alude a obras perdidas o secuestradas en la caja fuerte de un millonario, la mayoría de los cuadros que reinventa los puede admirar cualquier bonaerense en el maravilloso Museo Nacional de Bellas Artes. 

Por culpa de Gainza y su capacidad de distorsionar en capas el significado oculto de un lienzo, pasé tres de los diez días que estuve en Buenos Aires encerrado en ese bellísimo museo en el que, a diferencia de tantos que conozco, toda obra produce un delicado escalofrío. Así como por culpa de Gainza ahora veo mi deporte favorito como un hipnótico juego de formas que evocan una narrativa muy diferente a la del marcador. Es curioso, pese a haber dedicado tantos años al estudio de obras pictóricas, ella confiesa que por muchos años nunca tuvo ningún cuadro colgado en su casa. Es por eso que le llaman tanto la atención los coleccionistas: “Hubbard decía que la obsesión del coleccionista era un sucedáneo de alguna otra más soterrada: el instinto de cazar, tal vez, o de hacer acopio para el invierno, una pulsión que se remonta al Mesolítico”. El coleccionista enhebra teorías rebuscadas para justificar su fetichismo y Gainza, siempre con una tierna ironía, le replica una cita lapidaria: “De mí perdurará aquello que no pude poseer”. 

En el, ¿capítulo?, ¿cuento?, ¿pasaje?, titulado “El desconcierto”, a la manera del mejor Truman Capote en “Ataúdes tallados a mano”, Gainza describe una curiosa complicidad entre un detective privado que investiga el robo de trece obras de arte (un Vermeer, dos Rembrandts y un Degas, entre otras) en el museo Isabella Stewart Gardner y una lectora de Thoreau obsesionada con Walden, el terreno donde el asceta estadounidense se fue a vivir en completa soledad por dos años para apartarse del mundo. Si bien, la pluma perspicaz de Gainza nos revela: “Thoreau me había transmitido su aventura como la vida de un ermitaño. Pero la realidad es que, incluso en el siglo XIX, en media hora de caminata, una podía llegar de Walden a Concord. No se había ido a donde el diablo perdió el poncho, como yo siempre había creído. Esa fue mi primera decepción”. El desenlace del caso, la identidad de los ladrones de cuadros, es lo menos importante de la narración, lo llamativo es la relación que establecen la protagonista y el viejo detective, el Señor Harold, quien recuerda de repente al detective de la Biblioteca Pública de Nueva York en Seinfield que investiga el robo de libros como si fueran homicidios. El alter ego de Gainza en este relato no deja claro si le interesa resolver el enigma de los cuadros desaparecidos, o si quiere seguir jugando a la investigadora para elaborar metáforas sobre el significado de estos cuadros relacionando a los ladrones con Henry David Thoureau. 

El problema es que a Gainza yo le creo todo lo que escribe: que conoció a Coppola, que ama los caballos, que tiene una hija con el cuarto despintado, que fue detective, que su esposo padeció una terrible enfermedad, que tiene fobia a los aviones, pero que viajó a Tzintzuntzan, Michoacán, para averiguar el paradero de un cuadro perdido de Tiziano. “El pasado”, indica Gainza sin aliviar mis sospechas, “es nuestro peluche, y cuando más lejano está, más perversamente tentador es jugar con él”. Pero, a veces, si su libro está lo suficientemente lejos como para magnetizarme, de repente desconfío y me pregunto si, quizá no todo, pero ¿alguna de estas hermosas anécdotas que viven en mi cabeza sin pagar renta tendrá una pizca de verdad? A quién le importa. La misma Gainza me contestaría: “¿No es el fin común de toda biografía, hacer que los hechos que en nuestra vida parecen moverse sin coherencia hacia adelante adopten un movimiento circular?”. 

La de Gainza es una prosa pincelada en frases breves de claroscuros. Cuanto más lóbrego se torna un tema, más cerca estamos de que saboteé la escena con un chispazo cómico. Como cuando entra a la sombría casa del detective Harold: 

Subí a mi ritmo por unos peldaños de madera, escoltada por unas paredes leprosas. Llegué a la puerta que había quedado abierta. Me asomé. Una escritora de mayor talla, una Edith Wharton, podría describir el ambiente y dar el nombre de cada mueble, pero eso es algo que a mí no me sale bien. 

Sus obsesiones recurrentes siempre la desenmascaran peculiarmente honesta e inventiva; la vida de los pintores más trastornados se nutre en una atmósfera épica que Gainza sabe detallar elípticamente en tres o cuatro frases. Es una escritora madura que conserva la gracia de la juventud, aunque también se nota que desde niña ha hablado el idioma de las tiendas de antigüedades, pero siempre conserva el entusiasmo del que no puede contenerse por compartir una historia que nunca más habrá de repetirse. Si la escritura es una máquina del tiempo, la prosa de Gainza viaja por todas las edades guiada por una paleta de colores nostálgicos, pero el tono trágico contrasta con la ironía sutil que borra la frontera entre la realidad y la ficción; la ligereza o grosor de sus pinceladas nos invitan a habitar cada página como si fuera un lienzo hipnótico. 

Los delicados pasos de María Gainza por el Museo de Bellas Artes seducen al lector, que a su vez se pasea cautivo por su museo de letras —y este cautivador efecto tiene secuelas a la larga, no por nada, después de leer a Gainza, enciendo mi televisión como otro cuadro, y cada cuadro lo veo por horas como un interesantísimo televisor—; hay ciertas palabras en sus textos que parece que nunca antes estuvieron juntas, como si la autora hubiera inventado un nuevo idioma para acoplarlas. Solo una frase mala le he encontrado en sus cuatro libros publicados hasta la fecha (página 124 de la vigésima edición de El nervio óptico: “Cada vez que me acuerdo se me pone la piel de gallina”, puaj), el resto es pura genialidad, “siempre se llega tarde a la niñez”, “¿es lícito traducir a palabras una obra que nació muda?”, “sin algo de vulgaridad el ser humano no está completo”, una chica le provoca “infinitos sobornos de ternura”, “el llanto, que, como el agua que se junta en la rejilla del patio, arrastra consigo hojas viejas, cosas olvidadas”; cada coma en su escritura es, como la pincelada rota de Cézanne, una minúscula guadaña que rasga la atmósfera de nuestro dulce deambular por el museo de Gainza, cada punto pesa como un pesado disco que uno quisiera llevarse al hombro, como esos atletas gigantes de las Olimpiadas, y lanzarlo lo más lejos posible para que la frase no termine nunca. 

Creo que en la actualidad solo Benjamín Labatut (que ya no escribe o quizá nunca escribió en español) y Valeria Luiselli (que también relegó la lengua de Cervantes) están creando libros-artefactos, híbridos y lúdicos, tan poderosos como los de María Gainza; espero y casi rezo por que no abandone ella también nuestra lengua destartalada en busca de nuevas famas e ilustres prestigios que, sin duda, se merece.

Bibliografía 

Cather, Willa, El arte de la ficción, Buenos Aires, Monte Hermoso Ediciones, 2018. 

________, El nervio óptico, Barcelona, Anagrama, 2023. 

________, Un puñado de flechas, Barcelona, Anagrama, 2024. 

________, La luz negra. Barcelona, Anagrama, 2018. 

________, Una vida crítica, Madrid, Clave intelectual, 2020. 


Autores
(Ciudad de México, 1991) Narrador, poeta, editor, traductor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, la maestría en la Universidad Complutense de Madrid y el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros Los designios del imaginero (2012) y Agenbite of inwit (2018). Ganador del Premio Nacional de Novela “José Revueltas” por Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) y el Premio Nacional de Cuento “Julio Torri” 2019 por Sonámbulos. En 2023 publicó su tercera novela Mundo anclado (NitroPress, prólogo de Enrique Vila-Matas). Ha colaborado en diversas antologías como Covid: Narrativa mexicana joven, desde y contra la pandemia (FCE, 2021) y La lectura al centro: 55 autobiografías lectoras (UNAM, 2022), así como en la revista Quimera, Barcarola, El Universal, Excélsior,Tierra Adentro y Luvina. Como editor ha elaborado las antologías narrativas Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2020), De narcos a luchadores (Contrabando, 2019) y El misterio de los seres espaciales (Deliria, 2023). Es profesor de literatura en la UNAM y en Literaria: Centro Mexicano de escritores.

El terror público. Sentir que te pierdo.

Como si no tuviera una maestría en arruinarlo todo.

La respuesta más tierna a todos mis rezos

parece la proyección de tu fotografía.

La melodía camina entre los matorrales de la noche profunda,

en medio de nuestras sombras y las patas del demonio alado

que cambia en el aire la dualidad en el rostro de la moneda.

Admiro las circunstancias de esta historia,

tu arruga quieta, leal a la inmensidad de tu alegría al sonreír.

Contemplarte ante la multitud del tiempo.

Enamorarse, enamorarte. Descoser mi memoria, como si antes

no existiera nada.

La luminosidad de nuestros nombres despiertos

y el trayecto rutinario de las aves en el parque.

El sol que fuga su luz sobre mi espalda.


Autores
Poza Rica, Veracruz, 1992. Escritora y docente. Autora de 10 libros de poesía. Ha colaborado en diversas antologías y revistas digitales e impresas dentro y fuera del país. Fue becaria de PECDA Veracruz en 2023 y del Programa Jóvenes Creadores (FONCA) 2024, en la especialidad de poesía. Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2024 por su obra “Alondra”, actualmente publicada por el Fondo de Cultura Económica.
Fotograma de "In the mood for love", 2000. Dir. Wong Kar-wai.
Fotograma de “In the mood for love”, 2000. Dir. Wong Kar-wai.

Hong Kong, 1962. “Yumeji’s Theme” de Shigeru Umebayashi. Maggie Cheung, caracterizada como Su Li-zhen en un florido cheongsam de seda, subiendo o bajando las escaleras —al fondo un ángulo indiscreto, entre las manos una porción de wonton noodles—, casi roza la solapa del saco de Chow Mo-wan, su vecino, interpretado por Tony Leung. Cámara lenta. El lenguaje de los gestos, una trampa ineludible para irradiar pasión, arrebatos, deseo. Amor contenido en los cuerpos y culpa picando la carne. Todo en la cadencia de una canción elegida específicamente para dotar de ritmo a una película: In The Mood For Love (花樣年華), 2000.

Directed by WKW.

A finales de los noventa, Wong Kar Wai se encontraba en París promocionando Happy Together (1997), un convulso romance queer situado en Buenos Aires, mientras que Maggie Cheung hacía lo propio con Irma Vep (1996) en el Cannes Film Festival. Cenaron juntos en el centro de la ciudad, no habían coincidido desde que filmaron Ashes of Time (1994) y la actriz no visitaba Hong Kong debido a las grabaciones en Europa. “Deberíamos hacer una película…”, propuso Maggie Cheung durante la cena. Quería trabajar al lado de Tony Leung, con quien compartió escenario en su debut televisivo en China.

“¿Por qué no hacemos una colección de historias y ustedes dos actúan todos los personajes?, preguntó el director. “¿Y cuál sería el tema?”, se interesó la actriz. “¿Comida?”, sugirió él. Había leído The Physiology of Taste (1825), un tratado del gastrónomo francés Jean Anthelme Brillat-Savarin, a quien se le atribuye la célebre frase: “Dime lo que comes y te diré quién eres”. Pudo ser la olorosa cocina francesa o una cierta nostalgia desmedida por la comida callejera de Hong Kong, pero habían encontrado el tema perfecto para su proyecto, que además titularon Three Stories About Food.

Grabaron la primera historia en una tienda de conveniencia 24/7 en el centro de Bangkok. Tony Leung actuaba al dueño del local, un sujeto que tenía un peculiar hobby: coleccionar las llaves que dejaban sus clientes como un remanente de promesas rotas. Magguie Cheung hacía lo propio con una mujer que abandonaba su llave, pero luego volvía por ella al borde del colapso. Había bebido de más y quería comer algo, lo que fuera, pero en la cocina solo quedaban pasteles, así que los devoró uno tras otro con ferocidad.

Después de la última mordida, un pedacito de betún quedó embarrado en el labio superior de la mujer incomodando al dueño, quien mantenía inmaculado su local. Entonces él se dispuso a limpiarla, pero en lugar de una servilleta utilizó el tacto… Nighthawks, de Edward Hopper, fue la inspiración visual de Wong Kar Wai para diseñar la escena. Una parada natural para los corazones rotos o las almas torturadas generalmente por el (des)amor. Tardaron diez noches enteras en grabar la escena completa y prepararon el guion para la siguiente.

La segunda historia retrataba a un hombre y una mujer, vecinos, cuyos esposos tenían un sórdido affaire entre aposentos y camas conyugales. Cuando descubrieron la traición, ambos se sintieron devastados. Solo querían saber cómo, por qué. En qué momento… Así que decidieron actuar al respectivo cónyuge y recrear el affaire tal como ellos lo imaginaban, hasta el punto en que cruzaron la dudosa frontera entre realidad y ficción y, probablemente, no vivieron felices para siempre, ni unos ni otros, quién sabe…

Wong Kar Wai tomó la idea del novelista japonés Sakyo Komatsu y de Liu Yichang, un influyente escritor en Hong Kong. Duidao (1972), una novela de este último, proporcionó la estructura para la película que el director imaginaba. Una historia central alrededor de la intersección de un doble affaire. Ambos personajes actúan como víctimas de la infidelidad, al tiempo que también actúan a la pareja infiel del otro. La intriga, desde luego, no es el affaire, sino cómo surgió, en cuál de todas las miradas, si al principio fue la discreción y no el contacto, si después prendió en cualquiera de los cuerpos una chispa o un leve fuego o un incendio…

Lo más importante solo ellos —los amantes, los infieles— lo saben: es un secreto. 

“I’m in the mood for love / simply because you’re near me”, entona la voz de Frances Langford para titular la película en que se convirtió el tríptico de Wong Kar Wai sobre la comida proyectado en el Hong Kong de los sesenta. Fa yeung nin wa, en chino, establece una metáfora entre el tiempo y las flores, y aunque deriva de una canción con el mismo nombre (interpretada por Zhou Xuan para un filme de 1946), en español el nombre oficial es Con ánimo de amar o Deseando amar.

“El tiempo de las flores” para los amantes, los infieles, aquellos suficientemente osados que arriesgan sus corazones, a pesar de todo.   

La historia es simple y, por lo tanto, enigmática. Mismo día, mismo edificio, Chow Mo-wan (Tony Leung), escritor en ciernes, se muda al departamento contiguo que acaba de rentar Su Li-zhen o Mrs.Chan (Magguie Cheung), secretaria ejecutiva. Ambos están felizmente casados. Sus encuentros son casuales, incluso formales, en los pasillos, en la escalera, en el quicio de las puertas. No mucho después de la mudanza, ella sospecha que su marido tiene un affaire con la esposa del vecino, algo sobre lo que él ya tenía conjeturas. Establecen un vínculo. Traman juntos a discreción, inventan excusas para encontrarse. Noodles, sopa de sésamo, arroz.

Su invita a Chow a The Goldfinch Restaurant. Nat King Cole interpreta “Aquellos ojos verdes” como música de fondo. Blur, slow motion, close-up. Actúan como si fueran sus esposos, sus gustos digestivos, sus manías para comer, hasta sus accesorios personales (la bolsa de ella, la corbata de él). No hay apariencia de dolor, solo duele. Es una escena dolorosa no únicamente por lo obvio (el adulterio, la traición), sino porque, escondida entre la curiosidad y el deseo, se agazapa una esperanza de recuperar el amor perdido.

Si Mo-wan y Li-zhen están juntos, el tiempo se transforma y ralentiza la realidad circundante: sucede una tierna epifanía entre ambos. El tema de Yumeji, cuidadosamente elegido por Wong Kar Wai para la película, ejemplifica el ritmo. Los personajes casi danzan, sobrevuelan la noche de Hong Kong en cámara lenta mientras poco a poco, casi sin darse cuenta —como suele suceder—, se enamoran. Ensayan las pasiones. Actúan que actúan. Recrean una y otra vez su idea del compromiso, el matrimonio, la compañía de otrx, el abandono, la perfidia y todas, todas, todas las derrotas que encarna el amor no correspondido, la humillación y la vergüenza, el encono, la soledad, el perdón.

 Casi amantes, casi infieles, casi algo…

“No seremos como ellos”, asegura Su Li-zhen en el mitológico cuarto con el número 2046 que alquiló Chow Mo-wan para escribir a cuatro manos relatos de ciencia ficción. De paso, escudarse del chisme y el morbo. Cohabitan un espacio onírico, construido por ellos específicamente para goce y expresión de sus pasiones. El arrebato. Rojo, cálido, voluptuoso. Únicamente suyo. Los no-amantes, casi fieles, pudorosos con ropa y sin ella, viviendo el amor como se debe vivir: LIBRE.

Con principio, pero sin final, por lo pronto…

A hurtadillas, escondidos, el romance escinde la realidad de los amantes, perfora sus cuerpos y se inmiscuye en sus corazones.

El color del amor es el mismo que el de la sangre.

¿Prohibido? Nada es más erótico que la represión. Las fantasías, los anhelos contenidos. Esa insatisfacción que persiste hasta la lujuria. Wong Kar Wai eliminó para la versión final de In The Mood For Love varias escenas, una de ellas acontecida en la habitación 2046. Entre las sombras, susurros ardientes. Rojo inigualable rojo. Como si importara, por lo demás, si se vieron desnudos, si se tocaron, si olieron de cerca sus pieles. Un pacto entre dos. Imposible sostener la pasión en vilo, ahogarse de deseo, ignorar la culpa, casi morir de amor, cómplices del mismo secreto. Enamorarse con ánimo de amar, deseando amar… aun cuando se sufre.

Camboya, 1966. Angkor Wat. (“Él recuerda esa época pasada, como si mirara a través de un cristal cubierto de polvo. El pasado es algo que puede ver, pero no tocar. Y todo cuanto ve está borroso y confuso”). La película termina como un secreto tallado en la piedra, sobre las ruinas olvidadas por milenios, pero que siguen contando historias. Tienen memoria, se acuerdan. Muchos se amaron antes. Su Li-zhen y Chow Mo-wan no inventaron nada. Tampoco hay cura para el amor, no la hemos descubierto. El relato que encarnan Maggie Cheung y Tony Leung en In The Mood For Love es uno de tantos relieves labrados en la piel de la ruinosa experiencia humana, el desasosiego, la derrota, perder el juicio ante tanto dolor.

Porque nunca se ama demasiado.


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.
Fotografía en el Museo del Genocidio Tuol Sleng que muestra a altos líderes de los Jemeres Rojos. Nem Sopheakpanha. Voice of America. Imagen de dominio público.
Fotografía en el Museo del Genocidio Tuol Sleng que muestra a altos líderes de los Jemeres Rojos. Nem Sopheakpanha. Voice of America. Imagen de dominio público.

 Se llega a una edad en la que los bebés nacen, llegan a arrebatarnos un mundo que nunca fue nuestro. A tu alrededor, surgen los bebés: tu mejor amiga se vuelve madre y tu primer amor se casa y se vuelve también padre. 

Así pasó cuando Jim fue papá de Kan; lo único que quedaba de mi heterosexualidad se quemó en un incendio silencioso, en una tierra lejana, en un idioma que se me escaparía siempre.

Jim fue un amigo camboyano que tuve, un amor platónico, una pregunta.

Conocí a Jim en un campamento juvenil en Costa Rica; la promesa del edén heterosexual parecía materializarse en la piel cobriza de un geek camboyano con un particular talento para la diplomacia y el beat box. Lo del beat box fue atractivo.

Jim hablaba de cosas. Unas las entendía, otras no. Entre gaps del lenguaje y la atención, las historias de Jim se me escapaban todo el tiempo. Cuando se ponía de diplomático me hablaba de su país, y algo decía de unos rojos, unos jemeres. Yo creía que él igual y era un príncipe o el hijo de un noble camboyano. No sabía muy bien.

En palabras no nos entendíamos tanto como en movimientos. Y fuimos encontrando maneras de comunicarnos asertivamente. Había cosas que eran claras: él sabía que yo era lesbiana y yo sabía que él me amaba.

Nuestros días discurrían entre museos y sábanas. Su inglés nasal y abrupto era difícil de entender pero se hacía un esfuerzo. Le pedía que me enseñara khmer pero me rendía inmediatamente, no sin antes aprender cómo sonaba te quiero que quizá también significaba te amo pero tampoco era del todo claro.

Jim -que en realidad no se llamaba Jim, pero esa era la occidentalización que había elegido para presentarse- se ponía serio al hablar de su pasado, pero serio de verdad, serio diplomático. Parecía que sus abuelos habían tenido que trabajar como campesinos contra su voluntad, en una época de muchas muertes. Jim había nacido en una tierra donde acababa de ocurrir algo horrible; que Jim existiera quizá era un milagro. 

Yo no entendía la gravedad de los hechos, porque antes de conocerlo no sabía nada de Camboya, ni siquiera lo ubicaba en el mapa. 

La palabra genocidio solo la tenía ligada a los documentales del holocausto, que al estar en blanco y negro me resultaban tan lejanos. No se me pasaba por la cabeza que Jim había nacido en un país donde la sangre regada bajo órdenes de los jemeres rojos aún estaba fresca, cuando él daba sus primeros pasos.

Así que, cuando él terminaba sus intervenciones serias, yo le explicaba cosas que sí entendía, y le enseñaba español, aclarando la diferencia entre el te quiero y el te amo. A veces me imaginaba que nos casaríamos, que tendríamos bebés camboyanos-mexicanos, fantaseaba en secreto con una vida de princesa camboyana y budista.  

Nunca le conocí un lado violento a Jim, no quería matar ni a los mosquitos, decía que su religión se lo impedía; y yo lo escuchaba intrigada mientras mataba a los moscos que él dejaba libres, para protegernos a ambos del dengue.

Sin embargo, no se me hizo lo de ser princesa camboyana y continué sin ser budista. Años después, hojeando una revista de historia me encontré con una imagen de un hombre que tenía rasgos similares a los de mi Jim -que no siempre era exactamente guapo-; cuando lo vi, un calor familiar recorrió mis recuerdos, el pie de la imagen rezaba: “Pol Pot, el líder de los jemeres rojos”. Era un hombre ya mayor, con cabello cano y una camisa azul lisa, no era ajustada como las que usaba Jim. Podría ser su abuelo, pensé, o algún tío; se veía tranquilo en un jardín, que imaginé suyo. Imaginé que así se vería mi Jim de grande, cuando fuera abuelo de los hijos de Kan. Mi viejito Jim, pensé, y volví a fantasear con nuestra vida en matrimonio y una vejez juntos en la corte de Camboya. 

Cuando volví de mi fugaz visita al mundo de las cosas que no pasaron ni pasarían, leí el artículo. Y palabra por palabra se fue cayendo mi fantasía a pedazos: el sueño de una sociedad agraria -y su torpe, atropellada y violenta implementación- había asesinado a cerca de 2 millones de personas. Y ese hombre, ese tal Pol -que tan solo me había parecido un abuelito tierno en su jardín- había sido uno de los líderes fundamentales de la masacre.

O sea que a eso se refería Jim.  

Entendí el dolor del que hablaba cuando contaba de sus abuelos arrancados de sus casas para ir a trabajar el campo. Y entendí también que los malos se pueden parecer a los buenos, si es que solo mirando podemos distinguir quiénes son buenos y quiénes malos; tal vez no es posible encontrar la diferencia exacta y final entre bondad y maldad.

Observé más tiempo la cara de Pol, con sus ojos rasgados y entrecerrados, pareciera que se asomaba una sonrisa. Busqué una foto de Jim en su instagram, y con alivio corroboré que no eran la misma persona, incluso pensándolo bien, no eran tan parecidos. Me sumergí por un rato en sus fotos, imaginándome también en sus brazos, hasta que me encontré las fotos de su boda camboyana y las de su hijo. 

Un incendio lejano, ya en brasas, emitió un último flamazo y se extinguió.


Autores
(Ciudad de México, 1993) Dramaturga, directora de escena y docente. Tiene la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la UNAM. Fue ganadora del Premio Bellas Artes de Obra de Teatro para Niños, Niñas y Jóvenes “Perla Szuchmacher” 2021, por su obra Oppa, y del Premio Nacional de Dramaturgia Jóven “Gerardo Mancebo del Castillo Trejo” 2023, por su obra Sobre el sonido de un derrumbe. Desde el 2014, con su compañía La voz de las cosas, ha dirigido y adaptado obras de teatro para público jóven y adulto; así mismo se ha especializado en el trabajo y diálogo con jóvenes audiencias, desde la docencia en nivel secundaria, hasta su participación en diversos eventos de difusión cultural entre niñas, niños y jóvenes.