Tierra Adentro
Fotografía de Wenuan Escalona

“Las plazas, las calles austeras, los edificios bajos, los talleres sin muros, estaban colmados de vitalidad y actividad. Mientras caminaba, Shevek sentía la presencia de otra gente, gente caminando, trabajando, conversando, rostros que pasaban, voces que llamaban, cuchicheaban, cantaban, gente viva, gente que hacía cosas, gente en movimiento”.

Abbenay, una de las comunidades odonianas del satélite Anarres, es una ciudad de trabajadores. En Los desposeídos, Úrsula K. Le Guin muestra dos mundos en espejo: Urras y su luna Anarres. En uno, la monarquía y el capitalismo conviven en un equilibrio desigual; en el otro, la subsistencia depende de una economía anarcocomunista, regida por una estricta división del trabajo orientada a satisfacer las necesidades colectivas.

El modo en que las sociedades trabajan —y cómo se organizan en torno a ese trabajo— es, para Le Guin, una exploración ética. En Urras, el miedo al monarca silencia y conspira; en Anarres, la hostilidad del entorno obliga al sacrificio, pero permite la justicia. La autora no presenta solo una crítica política, sino una meditación sobre la capacidad humana para organizar el mundo.

Más que un recurso temático o un leitmotiv, las formas de producción atraviesan la ciencia ficción como una corriente subterránea que alimenta sus posibilidades. El trabajo no solo construye ciudades: también crea mundos posibles. Algo semejante ocurre en Tiempo de Marte, de Philip K. Dick, donde el conflicto entre colonos y terrícolas revela tensiones económicas disfrazadas de nostalgia y decadencia. Pero si Dick aborda la colonización con tintes psicológicos, otros autores latinoamericanos proyectan estas mismas preguntas hacia una dimensión más cruda, cruel incluso.

Exploración

Antes de cultivar yerbajos en páramos de tierra infértil o de extraer minerales en el cráter de un satélite, es necesario explorar. Reconocer rutas, trazar mapas, comandar una nave o ser comandado dentro de una. En Persistencia, el peruano José B. Adolph narra ese momento inaugural de la expansión humana: la transición entre la búsqueda de nuevos recursos y el establecimiento de asentamientos en planetas hostiles.

“Gobernar la nave se hace cada vez más problemático. Los hombres están inquietos; sólo la más ardua disciplina, las más dulces promesas, las más absurdas amenazas mantienen a la tripulación activa y dispuesta”, dice el narrador del cuento.

El trabajo aquí no es la siembra o la construcción, sino el dominio de lo desconocido. La exploración como forma de producción: de datos, de experiencia, de sentido. Una producción previa, sin la cual no hay asentamiento ni civilización posible.

Conquista

De la exploración a la conquista. En Crónica del gran reformador, Héctor Chavarría imagina una historia alternativa: ¿y si los mexicas hubieran derrotado a los españoles? ¿Qué tipo de civilización habría nacido?

Cuatro trabajadores, un médico, un ingeniero, un escritor y un socorrista, son los artífices de un nuevo orden. En esta ucronía, la guerra no es el único motor de la expansión: también lo son la organización, la técnica, la ciencia.

“Muchas de las cosas que hicieron siguen siendo enigma, pero con su ciencia, sus costumbres y su personalidad influyeron definitivamente en la formación de nuestra cultura y civilización”, escribe el cronista, quien aclara que la victoria del Imperio mexica fue alcanzada por hombres, no por dioses.

El trabajo no solo construye el presente: reescribe la historia. La conquista de “los pueblos bárbaros de Europa” se realiza con la espada, sí, pero también con el esfuerzo organizado, la ingeniería, el conocimiento acumulado. La tecnología y la producción se convierten en herramientas de hegemonía cultural.

Explotación

No la del asentamiento primitivo ni la del imperio naciente, sino la de una estructura ya cristalizada, jerárquica, sofocante. En La garra perpetua, del uruguayo Tarik Carson da Silva, la sociedad está dividida en castas, regida por algoritmos y controlada por una élite que perpetúa su dominio a través del conocimiento y la crueldad.

El doctor Selmer debe “producir un hecho irrefutable e imprescindible para la clase dominante, que obligara a la miserable clase a asimilarlo forzosamente”. La producción científica se vuelve herramienta de exclusión: crea verdades que legitiman el orden establecido y eliminan la resistencia.

La explotación alcanza su forma más siniestra. Enanos macrocefálicos y morpólipos hipersexuales son usados como sujetos de experimentación, aniquilados sin remordimiento. “El cuerpo de un enano era igual al de un hombre común; y para injertos, superior”. El conocimiento médico, lejos de liberar, sirve para justificar la barbarie.

Se les llama muchachos porque Selmer los asocia a los esclavos negros del siglo XIX. Como ellos, pronto son forzados a satisfacer las perversiones del amo. El trabajo, reducido a obediencia ciega y golpes, se convierte en castigo corporal, en explotación biológica, en mercancía. Un Sistema de las Oportunidades.

Enfermedad

Cuando la producción y la explotación alcanzan su límite, los sistemas no colapsan de inmediato: se degradan. Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi, muestra ese desgaste.

Un contrato de por vida con la Lotería marciana. El desierto es lo único que queda después de tiempos más felices en la Tierra. “Éramos satélites girando eternamente alrededor de lo perdido”, dice la protagonista y narradora del cuento.

La colonización de un planeta no es un paseo agradable, sino una forma de exilio. La locura y la enfermedad rodean a quienes buscan escapar de su pasado. “¡La aventura más grande después del descubrimiento de América!”, aunque para los colonos se trata más bien de un Gran Sinsentido: trabajar para la muerte.

Resistencia

La resistencia no surge como un acto heroico, sino como un cortocircuito en los mecanismos de obediencia. Una robot reconoce lenguajes de programación arcaicos. Recuerdos difíciles. Borra “las reglas de autopreservación de sus circuitos”. Busca la espiritualidad que le ha sido negada en medio de las dunas de arena artificial y plásticos que rodean a una vieja plataforma petrolera.

Aunque “su cerebro positrónico no le permitía pedir ninguna explicación a la autoridad”, la robot encuentra la emoción de lo extraño. Se maravilla ante la aparición de lo bestial: una anomalía orgánica dentro de un mundo regido por el trabajo automatizado y la obediencia.

La ciencia ficción latinoamericana no trata el trabajo como metáfora, sino como hecho material que organiza territorios, cuerpos y futuros. El trabajo atraviesa todas las etapas de la vida social: funda civilizaciones, perpetúa desigualdades, produce enfermedades y, en ocasiones, abre posibilidades de fuga. En estos cinco relatos, trabajar no es solo construir o conquistar: es sostener sistemas complejos, la mayoría de las veces contra el propio interés de quienes trabajan. Repetir viejos ciclos de violencia, con nuevas tecnologías y bajo las mismas lógicas de explotación y emancipación, en el desierto marciano.


Autores
Egresado de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas. Periodista. Ha sido reportero de Tecnología en el periódico mexicano El Economista desde 2018.
"Esclavos Unidos. La otra cara del American Dream" Helena Villar. Ediciones Akal, 2021
“Esclavos Unidos. La otra cara del American Dream” Helena Villar. Ediciones Akal, 2021

Si un concepto está cada vez más ausente del discurso político y mediático contemporáneo es el de lucha de clases. Pareciera que con la rendición ideológica y el derrumbe del socialismo en Europa del Este, todo o buena parte del aparato categorial heredado del marxismo hubiera caído en total desuso. Relegado al trastero teórico de la historia. Sin embargo la realidad, terca, sigue ahí. Y cuando renunciamos a los conceptos que la expresan adecuadamente, no detenemos por ello el curso de los fenómenos sociales, sencillamente oscurecemos su comprensión y las posibilidades de explicarlos.

Un claro ejemplo de las dimensiones de la lucha de clases en la actualidad lo tenemos en el excelente libro de Helena Villar Esclavos Unidos. La otra cara del American Dream, editado por Ciencias Sociales y Akal.

La investigación de la periodista española, corresponsal de RT en ese país, comprende numerosas aristas de la sociedad norteamericana actual. Entrelazando los datos con numerosas historias de vida, va emergiendo un panorama: el de una sociedad inmensamente rica donde las élites han logrado privatizar masivamente las ganancias y convertir en un problema privado la solución de la crisis pública que han generado sus acciones. 

Así, mientras las grandes familias capitalistas como los Walton, los Bezos, los Gates, los Koch, los Mars han aumentado su riqueza casi un 6 000 %, la riqueza doméstica media del país ha descendido en torno a 3 %. Y continúa en declive, por la acción combinada de los efectos de la pandemia y la crisis económica mundial.

Estas élites tienen un pilar fundamental en el enrevesado sistema legal del país, donde se solapan legislaciones federales con estaduales y órganos de poder federal y local. En la práctica, las grandes fortunas pueden hacer lobby legal en defensa de sus intereses, financiar las campañas de legisladores, gobernadores y presidentes, y garantizar tanto leyes que las favorezcan como normativas laxas en la ejecución de aquellas leyes que van en contra de sus intereses.

El ciudadano trabajador se haya atrapado en una red donde la ley, la economía y la política son parte de un todo tributario a los intereses del afortunado 1 %. Las políticas neoliberales aplicadas a partir de la década de 1980 del siglo XX han agravado aún más esta situación, golpeando sobre todo servicios básicos que atentan directamente contra la calidad de vida de la población, como son salud, educación, agua potable, vivienda, etcétera.

El caso de la salud es sumamente alarmante. La COVID-19 solo desnudó los problemas que ya estaban ahí. Para 2018, 27,5 millones de norteamericanos, entre ellos cuatro millones de niños, vivían sin seguro médico. Eso en un país donde la salud es excluyentemente cara. Según datos del American Journal of Public Health, citados por la autora, se calcula que cada año 530 mil familias se declaran en quiebra económica en Estados Unidos por no poder hacer frente a los gastos médicos. 

El negocio de la salud en el país es escandaloso. En su investigación, el libro refiere un escándalo desatado en 2019 referente al costo de la insulina para los diabéticos. En un país donde más de 30 millones de personas son diabéticas y más de 1,2 millones están diagnosticadas con el Tipo 1, o sea, dependen del consumo diario de insulina, las grandes farmacéuticas comercializan los viales de este medicamento a un precio que ronda los 140 dólares por vial, cuando su costo de producción es apenas 5 dólares.

Este costo injustificado de los servicios de salud ha llevado a que muchas personas opten por automedicarse para tratar dolores y padecimientos crónicos, antes de enfrentarse a una consulta que no pueden pagar. Muchos han optado por los opiáceos, provocando una verdadera pandemia de dependencia en el país. Otros, han buscado sucedáneos y no es raro encontrar personas consumiendo medicamentos para peces, porque son más baratos. En el libro se recogen varios testimonios. 

La educación también ha visto cómo se reducen significativamente sus presupuestos. El resultado es un empeoramiento de la calidad de la docencia, sobre todo en las zonas más pobres del país, donde también, coincidentemente, se da una mayor concentración de población no blanca. Para intentar sortear esa crisis, muchos jóvenes deben apelar a créditos estudiantiles, que hoy son una de las principales causas de deuda en el país, junto con la salud y la vivienda.

Millones de norteamericanos acceden a un título a costas de deudas que arrastrarán durante buena parte de sus vidas adultas, a riesgo de que, ante cualquier impago, caigan sobre ellos y sus propiedades las garras del banco, respaldado por la violencia de un sistema que bendice, en los actos, ese estado de cosas.

La magnitud de esta crisis social no solo no es afrontada mediante políticas públicas coherentes, sino que está bastante ausente, en su total dimensión, del debate político. En un país que todos los años aprueba presupuestos récord de defensa, se alega la falta de dinero como principal explicación administrativa a la solución de los problemas sociales.

Los problemas públicos creados por el capital y su afán de ganancia deben ser paleados mediante donativos privados, ONG, colectivos de autoorganización ciudadana, iglesias, individuos, etcétera. Sin embargo, la solidaridad entre personas, que sin dudas salva numerosas vidas, es incapaz de dar una solución definitiva a problemas que son estructurales.

El resultado de este cerco sobre el trabajador es el malestar creciente que resulta palpable en la sociedad norteamericana. La derechización de importantes sectores de esa sociedad que buscan en un individuo como Donald Trump, que se presenta con un discurso mesiánico y aparentemente antisistema, una respuesta al deterioro constante de sus vidas y sus comunidades. Y cuando esta insatisfacción se expresa por el cauce de la ultraderecha, adquiere siempre claros tintes racistas y supremacistas. Es la respuesta natural del nativo que cree ver en el otro la causa de todos sus males.

Pero también la contradicción se ha expresado en el emerger de una conciencia de izquierda en importantes sectores de la sociedad norteamericana, aunque a esta conciencia le cueste mucho más trabajo, por la particular configuración de la escena política y mediática en el país, encontrar espacios para presentar y divulgar su discurso. Una parte de estos sectores acaban siendo canalizados dentro del seno del bipartidismo imperante por individuos como Bernie Sanders, los cuales cumplen una función que en la política norteamericana se conoce como pastores de ovejas.

A la hora de entender la cólera sorda que explotó en el asalto al Capitolio en 2020 o que explota periódicamente en numerosos espacios del país, es importante entender que esas personas son los derrotados en la lucha de clases. La mayor parte de ellos son la sociedad norteamericana trabajadora que ha visto de padres a hijos cómo les roban su tranquilidad material y espiritual, y los dejan cada vez más indefensos en manos de las grandes corporaciones que les ofrecen trabajos cada vez más precarios y con menos derechos, los cuales los dejan llenos de deudas y les cobran una fortuna por servicios públicos totalmente deficitarios.

Son las víctimas del capital, que, como en la siempre útil imagen de Marx, al igual que un vampiro, crece de chupar la sangre de todos y todas las que queden presas de sus redes.   


Autores
(Santa Clara, 1990) Escritor, periodista e investigador. Ha obtenido varios premios literarios en su país y fuera de él. Tiene publicados, entre otros, los libros Hijos del polvo (narrativa, Sed de Belleza, 2014), El libro negro (poesía, Editorial Áncoras, 2020), El Reino de la Bestia (narrativa, Hermanos Loynaz, 2022). Ensayos suyos aparecen en las publicaciones Guerra Culta (Ediciones ICAIC, 2020) y El laberinto de las redes sociales (Editorial de Ciencias Sociales, 2022). Es colaborador habitual de varios medios en Cuba y el extranjero. Entre ellos La Jiribilla (Cuba), Cuba en Resumen (Cuba), Mate Amargo (Uruguay) y Al Mayadeen (Líbano).
Fotografía de Wenuan Escalona
Fotografía de Wenuan Escalona

(Monólogo para dos actrices o para una emoción esquizofrénica)

1.  

Ella mira un nuevo video porno: un negro de una verga muy grande se la mete a una señora que hace de niña con unas tetas enormes, unas tetas tan falsas como hermosas. Ella —justo cuando el hombre dice: “Yo sé que te gusta” y la niña llora… perdón, la señora llora— le pone pausa al video para reírse por la falsedad de la escena. Le vuelve a poner play. Ella cree que están haciendo una escena de violación, pero solo lo cree porque la escena es una parodia, está hecha para que dé risa; nada pretende ser real o cruel, al menos en ese video. Mientras más lo mira se le va desvaneciendo la risa sutilmente, y de repente piensa que, si alguien la observara en este momento, descubriría que ha sido violada, pero solo está Terror, su perrita, que la mira con tanto amor, sin juzgar su pasado. Ella piensa que sí entiende la diferencia entre realidad y ficción, pero al parecer los hombres que alguna vez la violaron, no. Ella se pone contenta, dice: “Si no soy pendeja, Terror, ficción y porno son dos cosas muy diferentes”. A Ella le encanta el porno y ha visto mucho y se pregunta una vez más por los abusos por los que pasa una actriz porno. Sonríe. “Ay, por favor, si hasta las que no son actrices porno las violan, Terror, ¿tú crees que no la violaron?”.

Vuelve a poner pausa, al rato estará de humor para masturbarse una vez más, se mete a otra app de citas dentro de su celular. “A Terror, mi perrita, también le gusta el porno”, le escribe a un chico. “Aúlla, siempre aúlla cuando las mujeres gritan de placer, entre más fingido, más aúlla”. Platican y él quiere solo sextear, y ella también, quizá, solamente si él le dijera cosas bonitas de verdad. No es así. Ella deja de contestarle cuando le ha mandado por cuarta vez su pene, y aunque a ella le gusta, hoy no está de humor para alabarlo una vez más. Regresa a la pantalla del porno, mira los ojos de la señora-niña y como si Ella pudiera entrar en la pantalla, la ve frente a frente y le pregunta: “¿Tú qué quieres de tu vida?”, como si Ella tuviera el poder de rescatarla y bastara un momento para que la actriz le dijera con absoluta verdad lo que desea a una desconocida adicta al porno. “¿Quién quiere hacer porno?”, le dice a la actriz, y la actriz responde, “El porno es mi vida”, y ella le quiere creer con absoluta devoción, aunque sepa que miente, que finge tanto como cuando le responde al negro “Me encanta, papito, me encanta”. 

Ella siempre ha sido una mujer muy sexual, aunque no tanto como para acostarse con todo el mundo. Lo que intento decir es que no se acuesta con nadie, pero siempre quiere sentir placer en su cuerpo, todos los días. Al menos cinco veces por día se masturba, pero desde hace ocho años que no coge con nadie. Se siente juzgada, antes de que lo dejara de hacer, cuando contaba su intimidad a algún patán, la trataba como a una puta sin paga.  

Tiene hambre y Terror tiene más, no le alcanza para las asquerosas croquetas que le compra, le encantaría darle otro tipo de comida, croquetas que no sean una mierda, pero ni para esa mierda le alcanza. “Me corrieron del bar, Terror, ahora resulta que una no se puede masturbar en el baño a gusto: Mari pensó que había metido a un pendejo al baño y era yo solita, Terror, yo y mis dedos, y ese grito fue el culpable de que me corrieran, no se puede tener placer en lugares públicos”. Le explica a Terror, que la lame mucho para que deje de quejarse y constantemente le da la pata. “Ya no había clientes, Terror, yo he visto cómo ellos lo hacen y no les dicen nada, he visto cómo se jalan la verga en pleno trabajo, todos los hemos visto, Terror. Habrá que buscar empleo, lo único bueno es que ya no estoy en el puto bar de mala muerte oliéndoles el hocico a esos viejos asquerosos y notando cómo, aunque tengo un par de senos bien caídos, se la jalan debajo de las mesas”. Piensa que seguro la corrieron por fea, las guapas atraen a más clientes; “cuando salí de hablar con el gerente vi a otra mujer fea, no tan fea como yo, pero fea como todos los mortales, actriz de Hollywood no era, Terror, pero eso sí, tenía la cara perfecta, sin acné, y flaca, flaca. No me duele aceptarme fea, deberíamos hacerlo más a menudo y abrazarlo”. Ella ha escrito muy mal un poema que es una apología a la belleza. 

Mientras se distrae pensando en cómo va a pagar la renta, pone otro video. No voy a mentir, la he visto tocarse mientras lo mira, aunque a ella la pornografía no la excita, sabe tratar a su clítoris para venirse cuando ella lo desea, no necesita el porno, solo que aprendió a masturbarse muy grande, hasta los 27, cuando vio esos videos por primera vez y entonces se obsesionó con ellos. Ahora sabe que nunca necesitó de un hombre ni de ningún ser humano para sentir placer. De hecho, cuando está con alguien es raro que lo sienta verdaderamente. Ella se ha dado cuenta que ha fingido tanto como en el porno. Le hubiera gustado dedicarse a ser una actriz de esas, porno, de las serias, de las buenas; hubiera llegado lejos, porque así como las actrices aprenden a llorar, Ella domina su placer desde su clítoris, y lo maneja tan bien que el orgasmo clitoriano lo puede tener muy rápido, casi con solo pellizcarse. También domina otros orgasmos y eyacula como si fuera una mar. Tomó un curso para entender que las mujeres tienen una próstata y se enamoró de esa idea, de tener una próstata y eyacula a la menor provocación. “Soy buena, realmente soy muy buena, debería de ganar mucho dinero porque, puta madre, soy una chingona”, le dice a Terror cuando se termina de masturbar, “Soy una chingona”. Entonces va al baño y se lava las manos y se ve al espejo y se advierte fea. Se dice “Pero las feas no llegamos a donde queramos, por ser feas”. 

De todos los videos porno ama el profesional, el bien iluminado, el estético. Le da mucho asco que la gente se excite con los videos caseros tan horribles como los que ella hace. “Yo los hago por gusto, para mí, y para algunas personitas muy especiales, son amateurs y las amateurs no debemos cobrar, porque aunque soy fea tengo derecho a exigir cosas bonitas, a aspirar a ser bonita y exigir lo precioso, lo inalcanzable”. Ella critica el porno casero con una severidad aterradora, casi como un hater. Comenta en los videos cuán feas y feos le resultan las personas que aparecen en ellos, que el verdadero porno es como el cine de Hollywood, que no se mientan, que un labial rojo no las hará más lindas, “pinches feas”, que andan por ahí diciendo que son hermosas cuando son hasta más horribles que ella. Por eso odia a las feas, porque no solo son feas, son mentirosas o son estúpidas, se dice siempre. De las pocas cosas que le cae bien de los hombres es que si están feos hacen poco para verse mejor e incluso no hacen nada, son más honestos con su fealdad, porque nadie se las cobra tan caro como a nosotras, eso sí.

Ella revisa su feed y casualmente le salen todas aquellas que trabajan dentro de la página azul, el empleo ideal para Ella, donde podría ganar mucho dinero, conforme a una lógica diabólica que ofrecen en todas partes: “Tú eres tu propio jefe, sin horarios, cuando tú quieras y tengas ganas, dedícale el tiempo que te sobre”. Un par de amigas ya se lo habían dicho, que sería su lugar ideal y que seguro ganaría más que el resto, que lo de Ella era una auténtica vocación y no solo sería verse “linda” o “sexy”, que no le imaginan un mejor trabajo, que si ellas fueran tan sexuales como Ella seguro lo harían pero les da pena. Sin trabajo y siendo una profesional del clítoris y la eyaculación, se dice: “A la verga, Terror, directo a la verga ahora sí, a pagar impuestos, que me paguen por masturbarse conmigo, esto sí va a ser un trabajo de verdad y no las mamadas del bar”. Se siente inspirada y quiere demostrarse a sí misma la vocación que tiene sin necesidad de estar con alguien, todo por medio de la pantalla, la vocación de ser alguien en la vida, ese impulso por demostrar que no hay nadie mejor que haga lo que Ella hace. “Tengo muchos videos y fotos por las que no cobro, Terror, alguna vez me prostituí por un trago o unas rayitas de cristal, por lo que fuera, la cola siempre se vende hasta por un cigarro. Terror, si a un hombre se le ocurriera, encontraría la manera de prostituirte a ti también, Terror, y te crearían la necesidad de comprarle leche a tus cachorros, aunque no la necesitaras y la tuvieras en tus chichis, y solo lo harías para saber que ellos necesitan verte el culo, Terror. Pero ¿sabes qué es lo más culero?, que he dado mi culo por un empleo. Qué mierda venderte para conseguir un trabajo, no dinero, no placeres, no un gustito, no, no: trabajo. Que se la mames a alguien para que tengas que limpiar su casa y te pague, que se la mames a alguien para que te deje poner la cola y te la metan, como las actrices porno, ¿cuántos pendejos productores o directores no crees que les hayan pedido la cola para que tuvieran esos trabajos que consisten en mostrarla y en permitir que otros les den por ahí?”. 

“Tus orificios son el tesoro más grande, Terror, cuídalos”. Ella la está educando diciéndole las verdades del mundo, a fin de cuentas, también Terror es una perra. 

2.  

La mente empieza, gira y gira, la domina por completo, sodomiza el pensamiento. Estoy en la cama y doy vueltas, escucho en la pared el fingir de su deseo, está trabajando, son las cinco de la mañana, ¿por qué trabaja a esta hora? “Porque en Alemania es diferente el horario”. No es tan fea como ella cree, pero definitivamente no es linda. Me paso al suelo para que ya no me duela la cabeza, descanso, ¡ah! Mi cabeza siente el frío del mosaico, que me da paz cuando no puedo dormir. Terror se echa a mi lado y me lame un poco. La otra no ha hecho nada de su vida. Ya se compró su puto celular y lleva tres semanas en esa página azul. Es una puta más, como todas, como yo no podría ser. Qué fácil es ganar el dinero fácil; a ver, gánalo tú, me digo. Sí podría, pero no quiero, puedo hacer más que vender la cola, algo más decente. La muy tonta piensa que la van a reconocer en la calle porque lleva tres semanas y aunque diga que no, siempre que sale a comprarle croquetas a Terror, se pone sus sudaderas largas, ni que fuera quién, con 800 dólares en su cuenta piensa que es la reina de Inglaterra, ¡puta madre! 800 dólares son una mierda, una mierda que se ganó en dos semanas, que yo no tengo, pero debería de tener, que podría tener; si quisiera ganaría más que ella y sin hacer eso. Escucho sus putos videos toda la mañana, todo el día, hasta cagando los ve. “¿Cómo hacer para tener a más suscriptores?”, no clientes, no, no, no, suscriptores, fans. ¡Qué pendeja!

¡Ahhhh! ¿Cuánto duran sus “en vivos”?, puta madre, ya me quiero dormir. ¡Para, puta madre!, golpeo la pared. ¡Para!, le grito, todo el día está en la cama, todo, maquillándose, aunque se ve más fea de lo que es con los labios rojos de puta. 

Deja de pensar, respira, mente en blanco, mente en blanco.

Me encabronan las risas de estúpida, finge tanto que da asco. ¿Cómo puede fingir así? Yo he tomado clases de teatro profesionales y podría hacer de su aullido algo más real. Terror, aúlla. Ella ¿qué estudió?, ¿un curso para fingir? No, no, solo necesitó entregarse a su adicción al porno, a tocarse, a masturbarse por todos lados. Es asqueroso verla tocándose por la cocina, sí, su trabajo ideal, pinche prostituta. 

La envidia no es buena, la envidia no es buena. Sale del cuarto, va al baño, hasta aquí en mi cuarto oigo sus meados, sus meados me arrullan… si se va, ¿quién pagará la renta?

3.

Ella no deja de preguntarse cómo pueden gastar tanto en una puta foto. Solo le han pagado 20 dólares, pero para Ella es una cantidad enorme por una simple foto, tomada con su celular, incluso sin la iluminación adecuada. Hay veces que comprueba que pueden ser tan imbéciles… cuatro semanas lleva dentro de la página azul y ninguna mujer, ninguna, ha gastado su dinero en verle la cola. Cuando más ama a los hombres es cuando son más pendejos. Se casaría con Gympower, que le manda mensajes llenos de una ficción tan falsa como el porno que más le gusta a Ella, hasta poemas le escribe con tal de seducirla, ya la tiene por el dinero, pero a Gympower le encanta sentir que la conquista para que haga ese tipo de marranadas por él. Gympower le ofrece matrimonio cada vez que ella le manda una foto o un video. Todos los días le escribe a Ella. Aunque nunca se casaría con él, Ella se ha preguntado cuánto dinero le daría si fuera su esposa, y le dice a Terror que seguro nada. “Gympower es clasemediero, tiene un cuarto feo; bueno, tiene hijos y esposa, Terror. Qué pendeja quien se haya matrimoniado con ese animal y qué represión tan horrible es no poder salir del esquema de querer ser la esposa de un cerdo como esos”. 

“Está obsesionado conmigo y obsesionado contigo, piensa que eres una perra muy linda. Me da muchas propinas y entre más aúllas cuando yo gimo, más me da, nos da. Te voy a enseñar más sobre mis técnicas, mi Terrorcita. A ver, ten una croqueta, pero aúlla más fuerte, Terror (Ella gime mientras le ofrece una croqueta a Terror). Cuando yo gima, tu aúllas, eso, Terror, más fuerte. (Le grita a la perra). Perdóname, Terror, me pongo intensa… ¿sabes?, nunca había obsesionado tanto a un hombre, después de todo, no soy tan fea, pensé que iban a querer cosas más asquerosas como… No es un trabajo tan feo, tú, no te voy a decir las cosas asquerosas que he visto en el porno, Terrorcita, pero aquí nadie me ha pedido nada demasiado pervertido, lo de siempre, nada más. Es un lugar seguro, es el mejor trabajo que he tenido. Desde mi casa, me siento segura, Terror. Hay moderadores para cuidarnos, es tan bonito ser esta clase de puta sin tener que olerle nada a nadie, sin besar a nadie”. 

Ella sonríe, piensa que es realmente bello que alguien se la pueda “coger” sin que Ella tenga que padecer el cuerpo de otra persona encima suyo, pero nunca pagaría ni un peso por la suscripción para ver a alguien. 

Se prueba lencería barata, le pregunta a Terror cómo se ve, “¿como las putas de mis películas favoritas? (Se pone a practicar posiciones ante la cámara). De a perrito como tú. Terror, te prometo que algún día me dejaré de mediocridades y voy a ser una puta actriz chingona, voy a estudiar y les voy a dar los mejores aullidos como tú, no me importa que ya no paguen la suscripción, voy a ser real, no voy a fingir, quizá haga un imperio de lo real, actriz del método para llegar a los orgasmos más verdaderos del placer aunque sean fingidos”. Ella sabe que la forma auténtica de prepararse es en el quirófano, aumentar su busto y sus nalgas, así lo hacen las actrices, todas, las que hacen porno y las que no. Piensa en que va a tener unas chichis de esas gigantes como para amamantar a todos los cabrones que están en la página azul, y que le pagarán mucho, mucho, por su leche. Se ríe de sí misma. Le han dicho en los cursos que ha tomado que no es necesario, pero no es verdad. Le pregunta a Terror, “dime qué puta modelo, qué puta actriz —les dicen actrices o modelos, no putas, no somos putas, jajaja—… dime una modelo que gane de verdad chingón y que no tenga unas enormes chichis. Ninguna, ninguna, aunque se me pudran los plásticos adentro me voy a poner tetas enormes porque no solo voy a ser una cam girl. Voy a hacer colaboraciones de todo tipo, Terror, voy a ganar lo que nadie ha ganado de mi familia en años”.

  4.

Pobre pendeja, el único lugar en donde la dejan ganar dinero es ahí porque se va a poner tetas, pobre, ya está buscando cirujanos y no ha juntado ni sus primeros 5 000 dólares, ya hasta ha hablado con ellos. ¿Sabes, Terror? Me gustaría que hubiera una página para nosotras… si tuvieras una sexualidad activa,  ¿cuál sería tu fantasía? Me molesta mucho que digan que los hombres son como animales, no lo son, para nada. Yo pienso que ustedes no son tan asquerosos como nosotros, como ellos, que no tienen límites. Si tuviera tanto dinero para mi placer, Terror, yo no compraría pitos, ¿compraría vulvas?, ¿compraría…? ¡Ya sé, sí: compraría hombres para verlos en cuatro! Y para decirles, echados a mis pies, que yo tengo el dinero, Terror, y entonces ellos harían lo que yo quisiera. Quizá solo me excitaría verles su agujero, no por el agujero en sí, sino porque serían sumisos a mí, como perros babeantes —sin ofender, Terror—. Eso compraría mi poder sobre ellos, por eso pagaría y mucho, eso sí que me excitaría, y no ver sus pitos parados de mierda, la vida de mierda que llevan en su escenografía detrás. Qué bonito ver a unos pendejos que hicieran lo que yo quisiera por mi placer, para satisfacerme, por unos dólares o por muchos. Que trabajen para tu placer es el mayor lujo y es un lujo accesible, muy accesible. (Pausa).

“Creo que soy muy moralina”, mira a Terror y le dice que no le gustaría comprar el espectáculo de una vulva que se introdujera algo delante suyo, no con dinero. No, ni me excita, segura, no lo pagaría, Terror. No me significa nada una vulva introduciéndose algo, o el cuerpo de una mujer a mis pies, ahí no pasaría nada; para excitarme, tendría que ser un hombre y yo sobre de él, en la cima, más arriba de él, y demostrarle todo el tiempo que soy mejor que él. Yo no trabajaría para gastarme mi dinero en pitos, jamás, Terror, jamás, antes prefiero comer mierda que hacerlo. Qué chistosa soy yo o qué chistosos son los hombres, más bien, Terror. 

5. 

Ella está harta, ve al negro de pito gigante para distraerse y reír otra vez, una forma de relajarse e inspirarse. Últimamente ha sentido que no tiene muchas ideas, todos los días trabaja a cada rato, siente hinchada la vulva, se masturba y se masturba y no siente. Quiero decir, sí siente, pero ya no siente el placer al que antes accedía inmediatamente, está perdiendo sus talentos. Ve otro video porno, se toca; otro video, graba otro material, y otro y otro y finge y no es real, y otro, y se ríe, pero no como antes, no se viene como antes. Empieza a sangrar de la vagina. “Puto trabajo de mierda, todos los trabajos son lo mismo”. Se siente mal, quiere trabajar, no quiere quedarse en cama, no quiere descansar, quiere vender su descanso y aunque no está menstruando se toma videos, con la sangre así, sabe que alguien los va a comprar, hace muchas tomas, sabe que es dinero y que no quiere perder ni un centavo. Está exhausta y aunque hoy no ha planeado ningún “en vivo”, grabó mucho material para varios días. “Qué mejor que la sangre y el sexo”, piensa. Le gusta estar en la cama, pero no así, siente que no puede respirar, su nariz está muy tapada, “Terror, cuídame. No quiero descansar, Terror, no quiero”. 

“Creo que sí soy una mediocre, Terror, ¿para qué ser actriz porno, para qué si puedo quedarme así con una cámara tocándome y ya? Imagínate cancelar un día un set porque te enfermaste… te corren, yo también me correría, cuando tienes que trabajar no te puedes enfermar. No quiero perder ni un centavo, yo creo que haré el “en vivo” así, aunque me muera de frío”. Mientras se queda dormida piensa que ojalá nunca más tenga que salir a trabajar, ¿hasta cuándo le durará este trabajo?, ¿cuántos años más podrá seguir tocando su ano y vulva sin dañarlos? Se da cuenta que es su propia jefa y se asusta, ya no hay jefe a quién reclamarle por la explotación: “Soy una tirana, Terror, me voy a explotar, explotar tanto para que podamos salir de aquí”.  

6.  

Terror ya no sale de su cuarto, Terror aúlla como la otra. Ella se ríe, oigo risas digitales de un hombre que se ríe tan feo como si tosiera, escucho que tiene videollamadas con ese tipo y ríen falsamente. Cuando hace sus… cuando hace lo que hace, realmente no sé qué hace. Me pego a la puerta, escucho para distinguir si Terror está… bien. Abren la puerta, huyo a mi cuarto y la perra sale, está feliz. Me tranquiliza, puedo dormir, espero que hoy ya no trabajen más. 

   7. 

Gympower le manda un mensaje, le da muchos tips, propinas. Terror sabe fingir, y Ella también, no hay de qué preocuparse, esa perra es una gran actriz, casi tan buena como Ella. 

“Son unos cerdos, Terror, si cada quien sacara sus perversiones, creo que te enriquecerías más que las que se ponen chichis enormes por todos lados. Hasta me dan ganas de hacerte una página en donde yo sea tu perra, Terror”. 

No dejan de sonar sus notificaciones, una y otra vez. “Qué forma de rogar”, piensa y mira a Terror, piensa en ella, no hay manera de fingir con lo que el otro le pide. “No son tres pesos, Terror, es lo suficiente para irnos de aquí y ponerme mis plásticos”. Ella piensa que Gympower está tan desesperado que seguramente pidió un préstamo al banco para sus perversiones. Ella le responde sus mensajes con un: “No, eso no”, pero él insiste. Después de ignorarlo por unas cuantas horas, al final le pregunta: “¿Es ilegal?”. Él teclea: “No, no creo”.  

8. 

Se la llevan, Ella me dice que regresará pronto. Todo el dinero ahorrado lo gastará intentando salir de este lío. Qué mal que te encierren por las perversiones de ellos y no por las tuyas, Terror.  Yo la iba a denunciar, no podría tener a una criminal en mi casa. Ya sé, Terror, ya sé que nunca te pasó nada, me lo dijo y le creí, porque fingir, fingir, no era lo suyo.


Autores
(Ciudad de México) Licenciada en Literatura Dramática y Teatro por la UNAM. Exbecaria del FONCA Jóvenes Creadores 2021-2022, en el área de dramaturgia. Con la obra El fin del teatro. Teoría de Queens, este cuento se acabó, ganó el Premio Independiente de Joven Dramaturgia de Ediciones TSP 2021. Recibió el premio Dolores Castro por su obra dramática Tuvimos un cuerpo, en octubre del 2020.
Fotografía de Wenuan Escalona
Fotografía de Wenuan Escalona

Surco

Se trata de sostener el aliento hasta el final de la línea, y al regreso las bestias de cuernos ahogados en música resistan la violencia y el idioma.

Es el vientre que tragó la voz del pájaro del alba y amplifica las cuentas de tierra negra como el ábaco de un dios descalzo y pobre.

Es el cuerno que agota el aire en la materia viscosa de la mañana y trasparenta: el algodón tejido, los huesos padres de mis huesos, la tos y los labios, madera apretada. Los ojos que aún miran la muerte.

¿En el inicio quién se advierte en pie sobre un país mientras la neblina silabea caótica arruinando en él aquellos versos de Yevtushenko que gritan que el País no existe?

Narahupía, un hombre muerto llega antes que el sol y sus manos les muestran a mis manos el ballestrinque y la aroma que fajan y libran.

Mi abuelo me sienta sobre las rejas del arado y abre la tierra bajo mis pies hasta completar el surco. Se detiene y levanta en peso toda la estructura que coloca al inicio de la siguiente línea: es mi Arte Poética.

Juego con mis bueyes traslúcidos en la agricultura de los signos, artesano que procura contener en la botella el velero y la tormenta mientras se debate el mismo en la tormenta y el velero que lo contienen.

Son bestias de cuernos espléndidos-terribles-sonoros que embrido a precio de muerte para que no se espanten ante la multitud de tu rostro, y luzcan serenos el hierro de mi nombre. Y parezcan míos.

Todo se trata de que parezcan míos.

Ñamandú

Siento el pavor de la belleza.

J. L. BORGES

Estoy escuchándome crecer. Dejo mi gastado corazón y forjo otro. La ciudad está cansada Ernesto, los pájaros no aguantan el peso de la noche, hiede a ayer en todos lados. ¿Y nosotros los poetas? dejamos que cayera España y Vallejo cayera, su esqueleto hace un ruido de semillas secas sobre el lomo negro caído y tomamos café tranquilamente, halados por un buey anoréxico y mudo. Me recuerdo lo pequeñito que era yo sobre el polvo, cuando me tomé del barro y con mis propias manos me hice a mi imagen y semejanza, hombre y árbol me hice, poeta. Luego estas voces naciéndome como un signo oscuro para que mi corazón eche luz y pazca tranquilo el toro que hay en mi sangre y en el Níger, o en el Bélico la sed apague. Ahora sobre el polvo la luz arquea el horizonte hasta romperlo en mi pupila, y apagado desecho conforma la silueta de mi padre. Recuerdo mi mano en el signo oscuro del adiós, recuerdo la sonrisa de mi padre y el rostro del Che en lontananza. En Santa Clara está la cacharrita del Ñancahuazu y está él, pero no sus manos. Yo era como él y como mi padre y cuando tuve sed puse un vaso de agua a su retrato. Yo imaginé la Revolución con el rostro del Che exacto al rostro de mi padre y si mañana cae la Revolución no podría mirar más el rostro de mi padre. Si mañana cae la Revolución creo no ver más la foto de korda (¿o era andy warhol?) Han pasado flotando los muertos de la Coubre por la mirada del hombre, la gente olvida, dicen. Los turistas van a Santa Clara por el Che, yo voy a Santa Clara a trabajar por la Poesía y por mí, aunque no sabría reconocerme, me sé poco, de vista apenas. Cuando mañana caiga la Revolución, es un decir, si cae: escribiré versos largos como un disparo y haré el amor a una mujer sobre la yerba desnuda, y en la yerba del país dejaré a mis hijos que deberán ser idénticos a sí mismos, y cobraré ánimos y calma.

El Viento Traicionado

(Descubrimiento de las Embarcaciones a vela)

El mar ya no reconoce a sus amantes:

Velas cuadradas mastican la brisa

Látigos de lino doman el viento.

Los marineros, arponeros de estrellas

ven el orbe contenido en mapas y brújulas

El timón, animal domesticado,

muerde las olas con dientes de cobre.

Antes, el viento era un Dios caprichoso

Ahora, ecuación en cuadernos de bitácora

Las nubes, testigo y cómplices de naufragios

Se disuelven en cálculos de
trigonometría

En los puertos de madera los viejos narran

—con saliva salada—

De ballenas que arrastraban barcas

Y de noches en que el horizonte

era un susurro de sirena, no un número.


Autores
Escritor. Integrante del grupo Literario La Estrella en Germen. Ha ganado los premios: Ciudad del Che 2017, Yuru de Yerba Mate. Premio Mangle Rojo 2019, Narahupía. Premio David 2023, Las Estancias del Aire. Tiene publicado los libros: Máquina de Carnot (Cuba, Teatro, Ediciones Sed de Belleza 2025). Las Estancias del Aire (Cuba, Poesía, Ediciones Unión 2025) Antologías: Estos poetas del milenio de Eduardo Martínez Malo (EE. UU, 2015), Corazón Central de Luis Franco González (Ecuador, 2016), La estrella en Germen de Sergio García Zamora (Cuba, Ediciones Sed de Belleza 2017). Plan Para Matar al Emperador de Sergio (España, Menoscuarto 2024). Paredes diferentes de Beatriz Torrente Garcés (México, La Orilla Oscura Ediciones 2024).
Paul del Rio (Río Canales, Cuba – Venezuela). Sueño de un obrero sobre fondo rojo. 1994. Acrílico sobre tela, 181,5 cm x 122,5 cm. Col. CELARG
Paul del Rio (Río Canales, Cuba – Venezuela). Sueño de un obrero sobre fondo rojo. 1994. Acrílico sobre tela, 181,5 cm x 122,5 cm. Col. CELARG

“Sueño de un obrero sobre fondo rojo” (1994) es el nombre de la pintura que ilumina estas letras. Su creador fue Paul Del Rio, artista plástico cubano-venezolano que pareciera sacado de una película de acción latinoamericana o de una novela proletaria preñada de realismo mágico, pues el personaje en cuestión, además de pintar, robó aviones en operaciones guerrilleras internacionales, secuestró al astro del fútbol Alfredo Di Estefano con fines propagandistas para el movimiento revolucionario, y terminó, luego de haber diseñado el sarcófago del mismísimo Simón Bolívar, suicidándose en un cuartel ocupado por sus viejos camaradas, todos víctimas de la tortura infligida por el ejército y la policía de Venezuela, asesorada por la CIA.

Paul del Rio (Río Canales, Cuba – Venezuela). Sueño de un obrero sobre fondo rojo. 1994. Acrílico sobre tela, 181,5 cm x 122,5 cm. Col. CELARG
Paul del Rio (Río Canales, Cuba – Venezuela). Sueño de un obrero sobre fondo rojo. 1994. Acrílico sobre tela, 181,5 cm x 122,5 cm. Col. CELARG

A pesar de esta dramática introducción debo advertirles que este texto tratará sobre las utopías de los trabajadores y las trabajadoras en el siglo XXI, contrastadas con la actual crisis programática del progresismo, y la obra de Paul Del Río nos servirá en esta reflexión para reflejar la realidad de una manera didáctica y creativa, pues estoy convencido de que el marxismo y los análisis políticos deben dejar de ser acartonados y ser más poderosos desde el punto de vista estético y narrativo, como ha planteado muchas veces el profe Buen Abad. A fin de cuentas, no ser tan heavy y ser más rock-pop, salsa, corridos, rap y trap (cuando sea necesario), por supuesto, sin que esto nos reste profundidad. Este texto, escrito al estilo de los artículos de la columna El arte de la política, procurará hacer praxis de este enunciado. ¡Go on! o ¡Поехали!, como diría Gagarin al despegar. 

Entonces, rojo intenso, rojo abrasador, rojo deslumbrante… sobre ese rojo vemos en la obra plástica a un obrero que se dibuja en primer plano a partir del humo. El psicoanálisis explica que los colores no aparecen azarosamente en nuestros sueños; en ese mundo interno en el que accedemos misteriosamente cada elemento contiene un mensaje del subconsciente, relacionado simbólicamente con nuestras experiencias, deseos latentes, traumas de la infancia o estados emocionales. El rojo, en este sentido, evoca lo más intenso, las pasiones que nos movilizan, así como el poder. 

Ya en el terreno de la política, el color rojo ha sido históricamente asociado con la izquierda. Esta conexión se consolida con la Revolución bolchevique de 1917, donde los obreros dirigidos por Vladimir Lenin adoptaron la bandera roja con un martillo y una hoz como símbolo del movimiento revolucionario. Es la misma bandera que se ondeó como símbolo de victoria en Berlín, cuando el Ejército Rojo venció al nazifascismo en 1945. Fue entonces cuando el rojo irradió sobre el mundo, de una manera incandescente, para encarnar la gloria militar y social de una revolución socialista. Los obreros veían el cielo de la misma forma que Paul Del Río lo pintó. 

En el siglo XX la utopía tenía un color, no obstante, ¿tendrán los obreros siempre el mismo sueño con fondo rojo?, ¿al transcurrir la historia son los obreros siempre los mismos obreros?, ¿o son los obreros y sus sueños resultado de las formas y las relaciones de producción de su tiempo? Estas preguntas me interpelan cuando veo la base del cuadro, esa fábrica humeante que se pierde entre el caos de una ciudad hecha a imagen y semejanza de su agobio. Un agobio que trasciende los temas de carácter material, producidos por el capitalismo en su fase industrial, para convertirse en una crisis humana de carácter existencial, en un capitalismo más sofisticado que Marx pudo interpretar desde la ciencia y Gorki desde el corazón, un capitalismo donde las relaciones de producción están mediadas por estructuras financieras globalizadas y complejos sistemas privados de comunicación, control cognitivo y vigilancia, donde los Estados nación se desdibujan y la clase trabajadora es víctima de nuevos modelos de explotación proxi y alienación sistemática. El capitalismo evolucionó en su tecnología económica para lograr un metabolismo mucho más eficiente a la hora de acumular capital, pero evolucionó aún más en el terreno de la guerra cognitiva y en la consolidación de una industria cultural que garantice “plusvalía ideológica” (Ludovico Silva, 1970), lo que nos deja a la izquierda retos inmensos en el terreno de la cultura y la comunicación ¿O es que acaso la IA y las redes sociales no son temas a abordar desde el movimiento revolucionario? 

¿Si los obreros cambian según las condiciones históricas, determinadas por el modo de producción y la tecnología de su época, no deben también transformarse los programas de la izquierda? En la mayoría de los debates la respuesta predominante es sí. Sin embargo, pareciera que para la izquierda del siglo XXI las aspiraciones de la clase obrera aún resultan un misterio sin resolver, he ahí uno de los principales problemas del movimiento progresista en el mundo occidental contemporáneo: Los proyectos de la izquierda dejaron de tener como centro a las mayorías oprimidas para concentrarse en las minorías excluidas. 

Es cierto que el final del siglo XX fue escenario del agotamiento de los discursos de la ultraderecha y de los gobiernos que se impusieron manipulando los márgenes de la democracia, al punto de vender el modelo neoliberal como apéndice del programa político “más moderno”. El resultado fue una miseria agobiante e indignante para los sectores populares. La desigualdad económica y el hastío permitieron a la izquierda mostrarse como una esperanza, y esa esperanza se convirtió en capital político. Así, se acumularon victorias significativas en lo que corresponde al control del aparato del Estado y el desarrollo social, no obstante, en ese tiempo en el que nacía el siglo XXI, no existió la visión colectiva ni la audacia necesaria para dar respuesta en el campo de lo económico a una sociedad que se enfrentaba a un cambio de época. Fue la propia izquierda la que garantizó las condiciones de carácter material (a través del subsidio y la redistribución) para que la clase trabajadora desarrollara nuevas aspiraciones, que solo será posible alcanzar con una moderna y radical revolución económica, que ninguno de los gobiernos de izquierda ha logrado aún. ¡Eureka… he ahí la cereza sobre el pastel conceptual y la gasolina que hace posible avanzar hacia el socialismo en una revolución que se proyecta al futuro!

La verdad, es evidente que entre lo material y lo identitario se entrampó el debate, y las prioridades entraron en desorden. Estando de moda y luego de lograr el poder político (especialmente en América Latina), la izquierda construyó una agenda que prestó especial atención a asuntos de carácter cultural, dejando de atender temas fundamentales en el terreno de lo material. Es así que llegamos a una coyuntura donde se complejizaron las aspiraciones socioeconómicas del pueblo y el movimiento revolucionario dejó de entenderse con su base social fundamental: las mayorías explotadas por el sistema capitalista en su condición de trabajadores y trabajadoras. Las dirigencias de izquierda comenzaron a interpretar la realidad como una vanguardia sesuda y progre, pero no desarrollaron nuevas formas de generación de riqueza… lo que trajo como consecuencia que, tras el asedio económico del imperialismo, los trabajadores vieron sus salarios diluidos en el agua mientras se levantaban banderas que no tenían nada que ver con el pan. 

¡Ojo! Por supuesto que una mujer lesbiana, madre soltera, negra, vegetariana y de la clase media resulta un sujeto al cual atender, proteger y empoderar, para que tenga también los tornillos y llaves que tiene el obrero de Paul Del Río en las manos. No obstante, el centro del programa deben ser los trabajadores y las trabajadoras, ellos son el sujeto colectivo a los cuales debemos dirigir un discurso aglutinador, esperanzador y poderoso que interprete sus aspiraciones más concretas. Haciendo esto, podremos acumular el capital político para movilizar y organizarnos en función de administrar el poder del Estado, superar las relaciones de producción capitalista y en pro de cultivar una nueva conciencia social, que constituya un terreno fértil para que germine una nueva cultura, donde los temas de carácter sectorial sí puedan ser el centro del debate político, sin que eso nos distraiga del proyecto histórico que constituye el socialismo. 

En dos platos y con metáforas: teniendo semillas, herramientas y tierra detrás de la casa, el problema fundamental de una familia será producir en esa tierra y garantizar los recursos para que cada individuo tenga la libertad de desarrollar su personalidad con base en los valores construidos de manera mancomunada y amorosa, en el proceso del trabajo colectivo que emprendieron. Esta lógica protege el bienestar de la familia y garantiza una visión de futuro. En esa familia, como en la sociedad, hay mujeres, infantes, hombres, gays, ancianos, enfermos, discapacitados, emprendedores, artistas, etcétera (todos de la misma clase social)… y cada uno tiene el deber de contribuir según sus capacidades y el derecho de recibir según sus necesidades ¿les suena?

Como en esa familia que nos imaginamos, la base social del progresismo hoy es mucho más heterogénea que la que está representada arquetípicamente por Paul Del Río en su obra, pues la clase trabajadora en el presente constituye una gama mucho más amplia que la que se pone overol para manufacturar un producto. Desde los freelancers hasta las campesinas, desde los buhoneros hasta las que hacen trending, pueden levantar los brazos como el obrero que sueña sobre fondo rojo. Todos ellos pertenecen a la clase trabajadora, pues no son dueños de los medios de producción y mucho menos son accionistas de una corporación farmacéutica o petrolera. En fin, los seres humanos que son susceptibles a constituir la base social de la izquierda han diversificado sus oficios y sus estatus, pero siguen teniendo la misma condición frente a los magnates del mundo. Una condición de dominados. Condición que rompe con el principio de igualdad en dignidad y derechos en cuanto humanos, pues como en todas las películas de ciencia ficción, son los ricos los que tienen los cohetes y al ver hacia abajo levantan su brazo derecho haciendo el saludo nazi. ¿O acaso alguno cree que tendrá los mismos derechos que Musk frente a una pandemia, un juicio, una guerra o en una crisis económica?

En fin, la superación de esa relación de dominación pasa por la liberación del sujeto en cuanto ente económico y ser colectivo. En el libro El Hombre y el socialismo en Cuba (1965), de Ernesto Che Guevara, podemos encontrar las siguientes líneas, con las que es posible abonar este debate:

El hombre, en el socialismo, a pesar de su aparente estandarización, es más completo; a pesar de la falta del mecanismo perfecto para ello, su posibilidad de expresarse y hacerse sentir en el aparato social es infinitamente mayor. Todavía es preciso acentuar su participación consciente, individual y colectiva, en todos los mecanismos de dirección y producción y ligarla a la idea de la necesidad de la educación técnica e ideológica, de manera que sienta cómo estos procesos son estrechamente interdependientes y sus avances son paralelos. Así logrará la total conciencia de su ser social, lo que equivale a su realización plena como criatura humana, rotas las cadenas de la enajenación. Esto se traducirá concretamente en la reapropiación de su naturaleza a través del trabajo liberado y la expresión de su propia condición humana a través de la cultura y el arte.

Si bien la izquierda está en un dilema político y programático, no es menos cierto que la crisis terminal de la modernidad occidental nos enfrenta al reto de construir una nueva modernidad, donde una nueva época de transición al socialismo florezca y finalmente superemos las falencias estructurales de un sistema de pensamiento que se agotó por el peso de sus propias contradicciones, pues llevó a la humanidad al colmo, es decir, a un punto donde la racionalidad imperante no puede dar explicación a fenómenos sociales, económicos y culturales que, contrastados con los principios fundamentales del humanismo, nos condenan a una quimera de barbaries. Por ejemplo, en el sistema capitalista el desarrollo tecnológico es lo suficientemente avanzado para acabar con el hambre en el planeta, no obstante, erradicar el hambre sigue siendo uno de los desafíos más importantes que tienen diversos países, así como sectores sociales en todas las latitudes del planeta. Ejemplos tan indignantes como este pueden verse en los diferentes campos del desarrollo humano, como la educación y la salud, dejando en evidencia que ni el sistema económico ni los fundamentos filosóficos que lo sustentan son útiles para solucionar los problemas materiales y existenciales que hoy enfrentamos. El llamado sueño americano se marchitó y el modelo europeo se muestra derrotado, como ha planteado Emmanuel Todd. Ahora, ¿existen modelos que nos permitan pensarnos de una manera diferente en esta confrontación con el capitalismo?

China ha logrado mantenerse en su proyecto histórico al tiempo que ha tenido la versatilidad científica de abordar los nuevos desafíos en cada época, fundamentalmente los económicos, tecnológicos y sociales. Ha logrado promover reformas que aportan a la transformación de las relaciones de producción capitalistas; en concreto, esto significa que se ha centrado en mejorar el sistema y el mecanismo para desarrollar lo que ellos llaman las Nuevas Fuerzas Productivas de Calidad, de acuerdo con las condiciones locales; se ha promovido el desarrollo del sistema económico socialista, teniendo como objetivo el mejoramiento de las condiciones de vida de cada trabajador; se ha optimizado la asignación de recursos de varios factores de producción avanzados en el territorio, generando alianzas estratégicas entre diversas instancias productivas y en diferentes escalas; se han integrado los factores sociales y económicos, como la innovación científica y la reforma institucional, a la producción total, y, en gran medida, se ha aumentado la productividad total de los factores frente a los desafíos de la economía global. Este es un tema fundamental en lo que La Fundación de Investigación Económica y Social de Beijing Longway ha llamado el socialismo 3.0. Respecto a este tema, el presidente Xi Jinping, teniendo como escenario la XI sesión de estudio grupal del Buró Político del Comité Central del PCCh (2024), afirmó que:  

Las relaciones de producción tienen que adaptarse a la exigencia del desarrollo de las fuerzas productivas. Con miras a desarrollar nuevas fuerzas productivas, es imperativo profundizar más integralmente la reforma y la apertura, y formar nuevas relaciones de producción compatibles con aquellas. Es necesario ahondar en la reforma del sistema económico y el sistema de ciencia y tecnología, entre otros terrenos, esforzarnos por eliminar los obstáculos que dificultan el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas, construir un sistema de mercado de elevados estándares, así como renovar formas de distribución de los elementos de producción, a fin de que todo tipo de elementos de producción avanzados y de alta calidad fluyan sin dificultad hacia el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas. Al mismo tiempo, hace falta ampliar la apertura al exterior de alto nivel, creando un entorno internacional favorable al desarrollo de las nuevas fuerzas productivas.

En China también se ha alcanzado un nivel de justicia social que da seguridad a sus ciudadanos, sacando a 700 millones de personas del umbral de la pobreza; se ha organizado un sistema económico para que sea el Estado quien controle al mercado y no las clases dominantes, en una relación de sometimiento de las grandes mayorías. China nos permite reflexionar sobre la posibilidad de avanzar hacia programas que verdaderamente solucionen los problemas centrales y llenen de esperanza a las mayorías. Otros ejemplos menos espectaculares, pero igual de valiosos y necesarios de tomar en cuenta, podemos encontrarlos en el modelo cubano, donde la planificación de la economía y el resguardo de los derechos sociales fundamentales han sido vitales para mantener el país a flote, luego de sesenta y tres años de bloqueo económico contra la isla por parte del imperialismo norteamericano; en las experiencias organizativas y productivas de los movimientos sociales de Brasil, que sin tener el control del aparato del Estado avanzan con nuevas perspectivas organizativas con los sectores populares; y en las comunas de Venezuela, expresiones del socialismo territorial y de la democracia directa, donde se profundiza, cada vez con más fuerza, una revolución de carácter político y cultural que democratiza los poderes y los recursos del Estado, a fin de garantizar justicia social y promover la diversificación económica con un sentido topárquico. Quizá el “fondo rojo” de cada uno de estos ejemplos cambie de tonalidad, pero todos son esencialmente socialistas, entendiendo esto constatamos que no se trata de tener programas y métodos únicos, pero sí, horizontes comunes.

Los objetivos de los programas progresistas no deben desviarse del proyecto histórico y deben al mismo tiempo dar respuestas concretas a las aspiraciones de su base social fundamental. En tal sentido, el discurso de la izquierda en cada país debe ser más convocante, esto implica reformularse a fin de aligerar su carga woke y aumentar su sentido worker. Sobre todo, en un contexto donde la depredación neoliberal se expresa en la miseria material de la clase trabajadora y la revitalización de movimientos de ultraderecha (fascistas) en todas las latitudes. Al respecto de la organización de las fuerzas populares, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ha expresado: 

Llamemos a todos y a todas, eso es una metodología inclusiva necesaria, participativa, que la gente sienta la felicidad de opinar, de proponer, de ser útil integralmente, y todas las fuerzas bolivarianas verdaderamente chavistas, auténticamente patriotas, socialistas y progresistas de Venezuela, sientan que tienen un espacio para dibujar el futuro, y podamos nosotros consolidar esta fórmula mágica (…) la fórmula de integrar, de unir y de expandir las cinco generaciones que hemos visto y que actuamos de manera protagónica en el devenir de la Revolución Bolivariana del siglo XXI, y de construir el poderoso sistema de fuerzas de las siete grandes fuerzas sociales de Venezuela.

Se requiere de una izquierda que se renueve más allá de los discursos y las estéticas, estos cambios más bien deben ser consecuencias de las transformaciones conceptuales y programáticas del movimiento revolucionario. Una izquierda que haga equilibrio entre su amplitud y su radicalidad. La única manera es reconectar con las necesidades y esperanzas actuales de las mayorías deprimidas y oprimidas, en un sentido tanto económico como cultural, por el sistema imperante. En cada contexto nacional esta renovación amerita de un análisis particular sobre la realidad de la clase trabajadora, a fin de determinar cuáles son las contradicciones más sentidas por el pueblo. No se trata de ser ortodoxos y dogmáticos en relación a la teoría revolucionaria, por lo contrario, se trata de utilizar las herramientas de análisis y transformación de forma dinámica y versátil, en pro de cultivar una conciencia e identidad que nos unifique, incluso más allá de las fronteras, pero sobre todo de construir de manera participativa y sin sesgos de carácter ideológicos un programa de lucha que resuelva los problemas concretos de la gente. No permitir que la política se diluya en la retórica, sino, más bien, que se pueda ver hecha praxis revolucionaria en cada contexto y espacio. 

En conclusión, la izquierda del siglo XXI no puede ser ni la vanguardia iluminada que existe solo en el plano de lo teórico, ni el movimiento progresista combativo, pero fragmentado y enajenado con los ombligos de sus parcelas (situación muy bien explicada por Juan Carlos Monedero en su libro Política para indiferentes). José Pío Tamayo, el precursor del socialismo científico en Venezuela, preso a causa de su militancia política, ya lo decía de la siguiente manera en 1930:

¡Ojalá algunos bien intencionados no se equivoquen engrosando filas destinadas al fracaso! Filas tal vez gubernamentales en primer momento, pero reducto último de un pasado vestido de espejismos y de retórica plagiada, destinadas a una rápida derrota porque no llegarán jamás a representar los deseos del pueblo ni podrán satisfacer sus necesidades. Nosotros sí. ¡El futuro será nuestro; de los que haremos el porvenir con las manos para moldearlo con líneas llenas de ciencia y arte nuevos!

El desafío es ser un inmenso condensador y catalizador de luchas, que dé respuesta, en un proyecto innovador y luminoso, a la rabia que germina del presente y a la esperanza de un futuro donde, como dirían Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, “el libre desarrollo de cada uno sea la condición del libre desarrollo de todos”. Solo así no veremos a ese obrero que sueña sobre fondo rojo de una manera tan dramática y solitaria, sino que el paisaje será populoso, tropical y cinético… podremos ser un pueblo hecho gobierno, garante de “la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política”, como diría Bolívar en el Discurso de Angosturas.


Autores
(1990). Escritor, internacionalista y politólogo venezolano. Licenciado en Desarrollo Humano (UCLA), magíster en Gerencia Política de la Universidad Lobachevsky (Rusia) y doctor en Desarrollo Humano, de la Universidad Popular del Ambiente «Fruto Vivas» (UPAFV). Es parte de la Vicepresidencia de Formación e Ideología del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), analista político de Telesur y articulista de otros medios, como la revista Todas adentro y RedRadioVe (Venezuela), Ahora el pueblo (Bolivia) y La jiribilla (Cuba). Desde el año 2011 es portador de la Orden Presidencial “José Félix Ribas” por méritos culturales, asumiendo en esa labor la fundación y coordinación de varios colectivos y plataformas de promoción político-cultUral. Es autor del libro de poesía bilingüe Puentes de miel sobre la grieta, de los ensayos Organizar el vendaval: La juventud en la nueva etapa de transición al socialismo y El arte de la política, así como de la novela Del naufragio intuyo el alba.
Fotografía de Wenuan Escalona
Fotografía de Wenuan Escalona

a Thoreau y Lafargue

A muy temprana edad

padecí la fiebre de las pérdidas;

era muy necia para poder reconocer

en el tuétano de las alucinaciones

el tono de las grandes profecías,

develadas sólo en la angustiante parálisis del sueño:

“Serás muy joven todavía,

pero ya tendrás la vida embargada,

pondrás el lomo bajo las horas

y atizarás el fogón con la pura mano;

a ti también van a decirte,

qué ingenua serás entonces para creerlo,

que el esfuerzo se cobra alto

(y mira si no lo estoy pagando caro);

dejarás los riñones en el fuete

porque estarás aferrada a la gloria

y a las victorias materiales;

te dirán que eso es la felicidad,

y tú confiarás que es ahí donde reposa.

Todavía tendrás los dientes completos

pero ya estarás enferma y avejentada;

en el último intento

verás cómo basta con anhelar algo

para saberlo destruido.

Por eso te digo ahora que estás a tiempo,

abandona todo,

sé el edificio que se desploma a la vista del mundo,

que el asombro ajeno no te intimide;

nadie meterá el cuerpo en los escombros en nombre de la vida

pues saben que todas esas alcobas ya estaban deshabitadas.

Desiste,

renuncia:

renunciar es el modo más legítimo de aferrarse a la voluntad.

Persigue el ocio y venéralo,

hazlo tu principio más sagrado

y la finalidad de todas tus decisiones.

Avanza sólo si es para detenerte en un lecho

donde se consagre a la vida;

procura siempre que tu sudor se desprenda sólo del orgasmo;

sé verde como lo son las plantas,

imítalas hasta en el silencio;

busca la dicha en la tierra y el agua;

toda felicidad que descansa

en el andamiaje del capital

se paga sólo con quebrantos.

Pero si eres indiferente a este presagio

y entregas tu cuerpo a las jornadas,

sabrás por tu propia carne que el trabajo

empobrece más que la miseria.”


Autores
(Ciudad de México, 1992). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es poeta y editora en La Plaqueta Editorial. Ha publicado los poemarios titulados Vuelo de muerte, Nada queda en pie, Relámpago en la sangre y Sabré llegar. En 2021, participó con Ernesto Baca en el taller teórico-práctico “A cuadro: Práctica Experimental y Concurso Internacional de Cortometraje” con el corto Esta palabra no es blanca, montaje paralelo entre el poema homónimo, el archivo personal de Baca y la Filmoteca UNAM. Es parte de la organización del Encuentro Internacional de Poesía en Milpa Alta.
Fotografía de Wenuan Escalona
Fotografía de Wenuan Escalona

En el crepúsculo gris de un octubre que ya no recordaba el esplendor de los antiguos otoños soviéticos, Maksim Mest regresó a su morada, una construcción anónima de ladrillos ennegrecidos que el tiempo y la negligencia habían reducido a una sombra de sí misma. La fábrica Krupskaia & Putilov, donde sus horas se consumían en labores repetidas y sin gloria, le había dejado en las manos no solo el cansancio, sino también una especie de vacío sin metafísica.

Al cruzar el umbral de su apartamento, Maksim se encontró con una carta. El sobre, de un papel áspero y amarillento, llevaba el sello de una exrepública soviética, un lugar que ya solo existía en los mapas de sus recuerdos. La caligrafía era extraña, casi arcaica, como si hubiera sido escrita por una mano que desconocía el presente.

Al abrirla, Maksim intuyó algo terrible. El texto, breve y lacónico, constaba de ocho líneas. El remitente parecía vacilar entre la urgencia de la noticia y el peso de las palabras que informaban que el señor León, su progenitor, había ingerido por descuido una dosis letal de aconitina y fallecido en el hospital Kachkovski-Makovski, en la calle Gonchára, 33 b, el día 25 de aquel mes. El mensaje estaba firmado por un tal Bogdan Yeltsivitch, de Tallin, compañero del sindicato de su padre, quien ignoraba que se dirigía al hijo del difunto.

Maksim se sintió burlado. No por el contenido de la carta, sino por el sello, por el autor, por el destino que había tejido una narrativa tan absurda como inevitable. El aturdimiento que lo embargó no era solo el del duelo, sino el de una revelación: la vida de su padre, como la suya propia, era un desencuentro de injusticias, casualidades y equívocos. Recordó entonces una tarde lejana, cuando aún era niño, y su padre le contó la historia de un hombre que, al morir, descubrió que toda su existencia había sido el sueño de otro hombre. En ese momento, Maksim comprendió que la muerte de su padre era, de cierta manera, la muerte de una ilusión, la desintegración de un mundo que ya no estaba allí.

Maksim, distraído por imágenes que cruzaban su mente, como espectros de un tiempo ya extinto, no notó que la carta se deslizó al suelo, donde quedó reposando como un artefacto olvidado de una civilización pérdida. Su sensación inicial fue de un malestar que se manifestaba en su cuerpo, instalándose en el abdomen e irradiando intensos pinchazos en la parte trasera de las piernas, que, poco a poco, lo consumían.

La muerte de su padre fue, para Maksim, como un apocalipsis particular, el último evento que podría ocurrir en el mundo. Y una vez iniciado, seguía ocurriendo indistintamente, como un río que no cesa de correr incluso después de alcanzar su meta. La muerte, comprendió, no era un momento, sino un proceso continuo, una sombra que se extendía sobre el tiempo y la distancia.

Entonces, con un gesto casi automático, Maksim recogió la correspondencia que yacía en el piso y se dirigió a su habitación. Como alguien lleno de certeza, la guardó en el cajón, entre papeles y objetos sin importancia. Allí, la carta aguardaría, como un enigma por descifrar.

Vislumbraba el futuro próximo. Probablemente, ya estaba allí, guardado en aquel cajón, lo que habría de ocurrir. El tiempo, lo sabía, era una espiral donde pasado, presente y futuro se entrelazaba. La muerte de su padre era solo un eslabón más en esa cadena, un evento que ya había ocurrido y que seguiría ocurriendo, como un eco indisoluble.

Aquella noche, mientras el silencio envolvía el apartamento y el mundo exterior parecía desvanecerse en la oscuridad, Maksim se sentó al borde de la cama y contempló el cajón cerrado. Allí yacía no solo una carta, sino toda la complejidad de su propia existencia.

En una espiral en crecimiento, el joven Mest, a pesar de la cultura patriarcal que lo rodeaba como un muro invisible, derramó lágrimas durante todo el día. Lloró no solo por la muerte del señor León Listrov –que antes se llamaba León Mest–, sino por el fin de un mundo que ya no existía. El suicidio de su padre era, para él, no solo una tragedia personal, sino el colapso de un orden cósmico, el derrumbe de un universo que hasta entonces había parecido inmutable.

Vino a su cabeza, como un río que desborda sus márgenes, los recuerdos de los veranos en la casa de campo al sur de la ciudad, cerca del palacio de Peterhof. Allí, entre bosques y lagos, el tiempo parecía suspenderse, como si el mundo exterior no tuviera poder sobre aquel pequeño fragmento de eternidad. Recordó las pescas y los paseos en barca con su padre, cuando el silencio entre ellos se llenaba solo con el sonido de los remos y el canto de los pájaros.

Evocó los paseos al atardecer por los bosques, donde la luz del sol filtrada por las hojas creaba patrones efímeros en el suelo, un mosaico que se desvanecía con cada paso. Recordó también a los animales que la familia criaba, no por lujo, sino por necesidad, para garantizar su propia subsistencia. El trabajo en la huerta, a veces divertido, a veces agotador, era una lección de vida que su padre le había enseñado sin palabras. Allí, entre hileras de legumbres y verduras, Maksim había aprendido que la tierra era generosa, pero exigía dedicación y respeto. Y en el jardín de su madre, había descubierto la belleza de aquellos días, un contrapunto necesario a la dureza del trabajo en el campo.

En este instante, sentado en su humilde habitación con las lágrimas secándose en el rostro, Maksim comprendió que aquellos recuerdos eran como islas en un océano de olvido. Cada uno de ellos era el fragmento de un mundo, un mundo que su padre se había llevado consigo al partir. Maksim Mest, sentado en su cuarto, permitió que los recuerdos lo transportaran a aquellas conversaciones familiares después de la cena, cuando el aire aún conservaba el aroma de sopa de remolacha y pan negro. Eran momentos de rara intimidad, donde las palabras fluían como un río tranquilo, pero que a veces revelaban corrientes subterráneas de dolor y desilusión. Fue en una de esas noches cuando su padre, el señor León Listrov, le confió el secreto que explicaba la ruina de la familia.

El recuerdo emergió en la conciencia de Maksim, pesado y confuso, como un sueño que no se disipa al despertar. Recordó el robo de los vouchers, aquellos pequeños papeles que, en el caótico periodo posterior al colapso de la URSS, representaban no solo la esperanza de una vida mejor, sino también la traición de un sistema que había prometido igualdad y había entregado desolación. El señor León Mest, con voz grave y los ojos fijos en el vacío, declaró que el estafador no era otro que Vladimir Putilov, exdirector del sindicato de metalúrgicos de la antigua fábrica Kirovzal.

Putilov, hombre astuto y sin escrúpulos, se había aprovechado del colapso de la Unión Soviética como un buitre que se alimenta de carroña. Veloz como un relámpago, se convirtió en el único dueño de la otrora poderosa fábrica, grabando con oportunismo y sin ocultar su vanidad su propio nombre en la marca de la decrépita estatal soviética. La fábrica Krupskaia & Putilov, donde Maksim trabajaba ahora, era un monumento a la traición y la codicia.

Desde 1992, Maksim había guardado bajo siete llaves el secreto que su padre le confió. Nunca lo había revelado a nadie, ni siquiera a su mejor amigo, Dimitri Yatsar. Quizás por no querer alimentar su propio sentimiento de venganza. O tal vez porque, en el fondo, sabía que la verdad era un arma de doble filo, capaz de cortar tanto al verdugo como a la víctima.

El hecho era que el propio señor Piotr Putilov tampoco tenía conocimiento de aquella confidencia. Para él, el pasado era una historia que ya no importaba. Pero para Maksim, aquella revelación era una llama que nunca se extinguía, un peso que cargaba en silencio, como guardián de un secreto que probablemente no tenía valor para nadie más que para sí mismo.

El shock económico que barría el país como un viento gélido había condenado a millones de trabajadores al sádico juego de las sociedades regidas por la lógica liberal. Era un mundo nuevo, pero no mejor, donde la promesa de libertad se había revelado como un cruel espejismo, y la igualdad, otrora un sueño colectivo, se había transformado en una pesadilla de competencia y desesperación. Los trabajadores, antes dueños de sus vidas, ahora eran rehenes de una máquina implacable que succionaba sus energías y solo devolvía migajas.

Maksim Mest, como tantos otros, sentía el peso de esta nueva realidad. La fábrica Krupskaia & Putilov, otrora símbolo de orgullo y resistencia, era ahora un lugar de desesperanza donde el trabajo no dignificaba, sino que solo agotaba. La huelga, como un grito de rebelión, se había instalado entre los camaradas de su sector. Eran hombres y mujeres cansados pero no derrotados, que buscaban una respuesta a la injusticia que los consumía.

Esta vez, sin embargo, la respuesta no sería la misma que había destilado una revolución violenta capaz de cambiar radicalmente siglos de dominio despótico. Ahora se trataba de una lucha sin estrategia, por, para y en nombre apenas de la supervivencia diaria. Era una batalla sin gloria, donde la única certeza era la incertidumbre del mañana. Y sin embargo, incluso en esta lucha desesperada, se repetían los instrumentos de resistencia contra una economía vampírica que chupaba la sangre de los trabajadores sin piedad.

Intentando contener la agresividad que se aproximaba como una tormenta, Maksim se posicionó contra cualquier tipo de violencia. Sabía que la violencia, por más justificada que pareciera, era un callejón sin salida, un bosque oscuro. En cambio, proponía la resistencia pacífica, la unión de los trabajadores en torno a una causa común, la búsqueda de soluciones que no destruyeran lo poco que aún les quedaba.

Pero Maksim también sabía que su voz era solo una entre muchas, y que la rabia y frustración de los trabajadores eran como un volcán a punto de entrar en erupción. Veía en los ojos de sus camaradas la misma desesperanza que sentía en su propio corazón, y sabía que, tarde o temprano, todo explotaría.

A las dieciocho horas, justo al terminar su jornada, Mest se dirigió a un club de contornos ambiguos en las afueras de la ciudad. El recinto semiclandestino albergaba una sauna, un bar, varias mesas de billar y una piscina, elementos que componían una ritualística masculina, un refugio donde los hombres se reunían para compartir historias, chistes vulgares y consumir alcohol tras la rutina laboral. Para entrar, debió deletrear su nombre y patronímico, presentar un documento que acreditara su mayoría de edad y soportar con resignación las bromas groseras que resonaban incesantemente en aquel lugar.

Mest y Dimitri conversaban sobre los planes para el domingo, sobre novias y amores pasajeros. Mest, a pesar de su imponente estatura y complexión robusta, se consideraba falto de suerte cuando el tema eran las mujeres. Permaneció en silencio mientras Dimitri disertaba con entusiasmo. En el ambiente, varias mujeres trabajaban, y una de ellas, joven y de mirada penetrante, cruzó su vista con Mest antes de dirigirse a un hombre más viejo que se encontraba a cierta distancia. Mest, intrigado, sospechó que aquel podría ser Vladimir Putilov, alguien que le resultaba familiar aunque no sabía exactamente por qué. La curiosidad lo consumió, pero antes de que pudiera acercarse para disipar la duda, se alejó con una animosidad que no supo explicar.

Ya en casa, Mest preparó una sopa de origen georgiano, un plato común en su ciudad natal que le traía consuelo y nostalgia. Tras la comida, se acostó y cayó dormido rápidamente. Así, el viernes 25 de octubre llegó a su fin, dejando tras de sí preguntas sin responder y una sensación de inquietud que persistiría en los días siguientes, como un hilo invisible conectando los eventos de aquella noche.

Al día siguiente, Mest despertó muy temprano, invadido por una ansiedad cuyo origen no lograba discernir. Era una inquietud sutil, el embrión de algo ignoto, pero no una angustia. Había, sí, una atenuación, un alivio casi imperceptible al constatar que seguía vivo aquella mañana. No tenía la obligación de escribir un guion original para sus actos; la ideación y el argumento del destino ya no tenían cabida en sus divagaciones. El desenvolvimiento de los acontecimientos escribía, poco a poco, su historia, y pronto ocuparía la totalidad de lo real.

Al leer el periódico, se encontró con la noticia de que los oligarcas de su país habían apoyado vehementemente al excomunista, ahora elegido presidente. Un odio de clase corrió como sangre por sus venas, un sentimiento antiguo y familiar que siempre lo había acompañado como una sombra. Movido por un impulso que no supo explicar, llamó directamente a la extensión del despacho del señor Putilov. Usó una especie de refrán, sugiriendo que pretendía revelar información que podría ayudar al patrón a contener la furia de los obreros en huelga. Con voz vacilante, informó que iría personalmente al despacho justo después del anochecer. Lo tembloroso de su voz, lejos de delatarlo, contribuyó a la veracidad de sus palabras, dando mayor seguridad a su interlocutor.

Pasó el sábado entero en casa, sin salir del apartamento, ni siquiera para tomar aire. Pensamientos compulsivos de una imposible restauración de la realidad se mezclaban con la añoranza de su padre, una figura que ahora habitaba solo en el reino de los recuerdos. Las horas de aquel día, casi vacías de presente, fueron llenadas por un pasado que insistía en regresar, como un fantasma incansable.

Sin saber exactamente cómo sería su domingo, Mest se dejó envolver por el caos de los recuerdos, que chocaban contra él como olas que insisten en volver al continente. Abrió el cajón donde guardaba los accesorios familiares de pesca y caza, objetos que habían pertenecido a sus parientes y que ahora eran solo reliquias. Entre ellos estaban las pertenencias del tío Sasha, hermano de su padre, un hombre que solía afilar cuchillos y pequeñas navajas con una precisión casi ritual. El tío Sasha, que en realidad trabajaba como proletario en una fábrica de Moscú, era también un hábil cazador, y sus herramientas afiladas parecían contener la esencia de aquellos días en los bosques y a orillas de los lagos.

El joven Mest recordó los veranos e inviernos en que los hermanos se reunían, alternando entre el óblast de Moscú y la región de Leningrado, para pescar o cazar. Era otro ritual masculino, una tradición que unía generaciones. Recordó especialmente un domingo lejano, cuando el tío Sasha y su padre cazaron y despiezaron un jabalí, asegurando el asado que celebrarían más tarde. Maksim Mest tenía solo dieciséis años entonces, y el mundo parecía un lugar más simple, más claro.

Contempló las armas de caza, reliquias de la familia que habían conservado su respetado abuelo, los tíos y su querido padre. Entre los artefactos estaba una TP-82, pequeña arma portátil de emergencia, además de la TOZ-34 y las navajas transferidas PK MOOIR n° 6. Junto a estos objetos de sus parientes, el joven Mest había guardado la carta recibida cinco días atrás. La tomó extendiendo su mano izquierda sobre un objeto; con la otra mano manipulaba un cuchillo de caza y se observaba reflejado en un pequeño espejo frente a su rostro, revisitando el texto. Iba alternando en sus manos los objetos, entre ellos una taza, donde bebía un té mientras la voz de Viktor Tsoi entraba por la ventana de su habitación.

Despertó aquel lunes gris preso de un sentimiento de exasperación; ya no sentía furia solo hacia el asesino, odiaba a toda la humanidad. Poseído, embebido en su cólera, preparó meticulosamente su mochila, encontrando en aquellas circunstancias los espacios oportunos en su interior. Allí colocó las armas de caza familiares; empuñó la foto de su tío y su padre juntos, testimonio de aquel día donde el jabalí fue el botín. Cerró la puerta. Bajó las escaleras precipitadamente, como si fuera un personaje histórico, ágil, investido de su función en el devenir. Abandonó el vetusto edificio soviético. Partió hacia el trabajo.

Al llegar a la fábrica, hizo lo que habitualmente no hacía. Era un día donde la obligación profesional no tenía cabida. Había sido reemplazada por un mandato del destino. Otorgó poco o ningún sentido a las leyes de su país. Un día de excepción, ya no existía como un simple empleado; nacía, en aquellos instantes, el hombre que emergía de los desenlaces. Entonces se dirigió al fondo de la fábrica, donde se encontraba el despacho del señor Vladimir Putilov. 

Subió las escaleras, llamó a la puerta y colocó la mochila sobre su pecho, entreabierta, con su mano derecha junto al gatillo. Oyó una voz clara y fuerte: “Puede pasar”. El señor Putilov estaba sentado, revisando documentos que requerían su firma. Estampó su rúbrica en el último recibo, alzó la vista y dijo con una pequeña sonrisa en el rincón de la boca, mezclada con su habitual tono de desprecio y banalidad: “Buenos días, Maksim Mest. ¿Qué me trae?”. El joven Mest lo miró fijamente a los ojos durante varios segundos, guardando silencio. Sacó el arma y disparó sin piedad. El primer tiro lo falló, al igual que el segundo. Putilov, alarmado, empujó la silla hacia atrás y se llevó las manos al rostro. El tercer disparo fue certero: impactó las vértebras cervicales y los músculos posturales.

El señor Putilov abrió los ojos con desesperación, llevándose las manos al cuello; los documentos, títulos, registros, recibos y facturas quedaron manchados de sangre. Mest comprendió que no podría confiar más en la vieja arma soviética. Torpemente buscó un cuchillo dentro de la mochila, sacando en su lugar la foto del tío Sasha y del viejo señor Mest. La fotografía emergió de la oscuridad de la mochila hasta encontrarse con su mirada. Reconoció la imagen del jabalí abatido y colgado; la descartó. Entonces dio con el cuchillo, lo empuñó con firmeza y se lanzó hacia su patrón, que agonizaba sobre la mesa. Clavó repetidamente el metal afilado en el cuello y el pecho con movimientos vertiginosos, repitiendo la acción hasta que la muerte se apoderó irrevocablemente del cuerpo del oligarca.


Autores
Es profesor de la HSE University de San Petersburgo, Rusia, adscrito al Departamento de Lenguas Extranjeras. Además de escritor, es doctor en Filosofía por el Programa de Posgrado en Filosofía de la Universidad Federal de São Paulo/Brasil, con una estancia doctoral en el Instituto de Filosofía de Moscú – Academia Rusa de Ciencias. Más recientemente, publicó la obra poética Estrellas, como kamikazes (Phillos, Brasil, 2025).
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

La vida es eterna en cinco minutos.

Víctor Jara

Te recuerdo Amanda, 1969

*

Sbajtel k’inal: para siempre.

I

El tiempo es una de las manifestaciones más enigmáticas que la humanidad se ha interrogado, quizá, desde que existe el lenguaje. Cada cultura ha imaginado y construido epistemologías relacionadas con el tiempo. La física y la filosofía, por ejemplo, son disciplinas que desde su invención han ofrecido planteamientos para la comprensión de éste. Una de las premisas sustanciales es que el tiempo “es una magnitud intangible”1, pero perceptible a través de las formas en que se materializa y representa. Por ello, es posible distinguir “la durabilidad, simultaneidad y separación de los acontecimientos”2. Decimos pasado y sabemos que refiere a una época distinta al “ahora”. Decimos tarde, mañana y noche, y comprendemos que se trata de una temporalidad diferente del día. Decimos “años luz” y descubrimos que es la distancia que la luz recorre de un punto a otro durante un año. El tiempo es algo que pasa, que nos sucede, que sentimos.

Pero el tiempo también tiene una base epistémica cultural y lingüística distinta de las ciencias hegemónicas. La cosmovisión y sabiduría de los pueblos envuelven una manera de comprender la expresividad del tiempo en todos los ámbitos de la existencia. La semántica devela una singularidad perceptiva sobre los sentidos del tiempo. En la vida-mundo tseltal el tiempo sucede dentro y fuera de nosotros, acontece en cosas diminutas hasta en las más vastas; se sabe que camina, que se somatiza en el cuerpo, que se encarna en las emociones, que madura como un saber, que se extiende por todo el universo. El tiempo tiene un devenir personal. Pero, además, es colectivo al involucrar a las personas que son parte del mismo momento histórico. El tiempo es algo que nos acontece y que nosotros le acontecemos. La vida difícilmente se puede comprender sin él.

II

La palabra “tiempo” en tseltal tiene varias acepciones. Una de ellas alude a una temporalidad y prontitud en que suceden y se hacen las cosas, es decir, ora. “¿Jayeb ora te tajimale? ¿A qué hora es el juego?”, “spisil ora ya x-at’ejon. Todo el tiempo trabajo”, “oraxtalat ta we’el. Vienes rápido a comer”. Esta palabra también denota la llegada o sucesión de una temporada cuando se agrega el sufijo il3. “Julix yorail takin k’inale. Llegó la temporada de sequía”. “Ay yorail te a’tele, sok yorail kux o’tanil. Hay temporada de trabajo y también temporada de descanso [el corazón]”. Sin embargo, dicha nominación que emplea la letra “r” es un préstamo del castellano que se nativizó al tseltal4. Por lo tanto, puede inferirse que es una forma “occidental” de referirse al “tiempo”, pues la medición de una temporalidad no se basa en una hora precisa ni en su cuantificación ni velocidad.

Ulteriormente, en la vida-mundo tseltal no existían los relojes ni los cronómetros. Se disponía del sol, la luna, la sombra, incluso, el viento —como metáfora— para interpretar la sucesión del tiempo. Esta práctica se materializó en la lengua y es vigente hasta hoy. La comprensión del tiempo adquiere una singularidad cuando se emplea la palabra k’aal, que tiene varios significados, entre ellos: “día”, “sol”, “luz”, “fuego” y “calor”. Cuando se dice hace alusión a ciertos momentos del día, pero únicamente en los lapsos en que hay luz. De allí su relación intrínseca y de significado con el sol: olil k’aal (medio día [mitad del sol]), xmal k’aal (tarde [se derrama el sol]). Sin embargo, para indicar las fases del día en los que el sol se ausenta, se puede decir:  payinaj (antes del amanecer), sab (temprano), x-amet (crepúsculo/preámbulo de la noche), ak’abaltik (noche) y olil ajk’ubal (media noche). El ascenso y descenso del sol, al que también se le dice jch’ul tatik (sagrado padre), supone una particular forma de nominar el tiempo en todas las fases de un día.

Asimismo, de la palabra k’aal deriva otra nominación, de acuerdo con la variante del tseltal, que es sk’alelal, sk’aalil, y sk’ajk’alel5, estas refieren a un conjunto de días, es decir, fechas en que se acuerdan actividades como juntas, fiestas, temporada de siembra, entre otras. “K’opon jbajtik ja’ to ta sk’alelal kuxibal. Nos vemos hasta los días de Semana Santa). A su vez, la misma puede emplearse para referirse al fuego o al calor de algo. Siempre dependerá de la circunstancia en que se enuncia para establecer el significado6. Esta condición del tiempo puede, entonces, resumirse de esta manera: Tiempo: k’aal (día) y k’aalil (días, fecha/temporada), sin olvidar, no como remanente sino como sustancia, el sentido del sol, su movimiento y ritmo.

Pero el tiempo no puede comprenderse sin el espacio, sin ese lugar donde es perceptible y vívido, es decir, el k’inal. Esta es una de las características importantes en la cosmovisión de los pueblos tseltales. El k’inal es acaso una de las palabras más profundas y poéticas. Puede ser traducido como “terreno”, “espacio” y “tierra” en un sentido material. Además, significa “ambiente”, “atmósfera”, “cielo”, “universo” y “cosmos” en el orden de lo inmaterial y espiritual. Y también una condición de “saber estar, pensar y sentir”, que alude al crecimiento y madurez de la persona, a su estado emocional, pues el tiempo se encarna.

Si k’aal tiene una relación intrínseca entre el día y la presencia/ausencia del sol, sucede algo parecido con k’inal, pues al decir sakubel k’inal se hace referencia a la “alborada del amanecer”, a ese instante que en el cielo comienza a dibujarse la luz. Por el contrario, ijk’ub k’inal alude al “anochecer”, al momento en que el cielo/espacio obscurece. Lo mismo sucede con la aseveración k’epel k’inal, es decir, “cielo despejado” y makal k’inal “cielo nublado [cielo cerrado]”. K’inal es el lugar donde acontece la luminosidad y su disipación.

K’inal también tiene relación con la temperatura que se percibe en la atmósfera. Takin k’inal puede traducirse como “tierra seca”, que refiere a la temporada de sequía, derivada del k’ajk’alel k’inal, “temporada de calor”. Lo contrario a esta es la sk’alelal sikil k’inal, “temporada de días fríos”, que también puede aludir a las tierras frías, es decir, altas. K’inal es el espacio donde se plasman los cambios de la naturaleza ante las variaciones climatológicas. Cuando inician los días de lluvia, sk’alelal ja’al, el color amarillento que toman los árboles y las plantas durante la sequía desaparece para recobrar los colores, las texturas y honduras que les caracteriza. Este fenómeno de reverdecimiento se llama yaxal k’inal, que puede traducirse como temporada verde-azul, “referencia a lo verde de la tierra y lo azul del cielo”7. K’inal, por lo tanto, es aquello que une al cielo con la tierra, un horizonte que, en algún punto donde la vista alcanza, se funde como un todo.

En un texto pasado mencioné que la gente tseltal emplea ciertos pleonasmos no como redundancia, sino como reiteración y énfasis de un sentido. Uno de ellos es la conjunción entre lum (tierra, suelo) y k’inal (terreno, espacio, tierra, cielo, universo), que se encuentran unidas para referirse al “territorio, pueblo y población”. Si bien pueden decirse de manera separadas, cobra mayor fuerza al decirse juntas. Cuando las personas afirman: ja’ lek te ya jkanantaytik te jlum k’inaltik, la aseveración puede interpretarse como “es mejor si cuidamos nuestra tierra-territorio-pueblo”. Por lo tanto, el lum k’inal es donde están las milpas, donde se recrea la vida, donde se construyen los vínculos afectivos; donde coexisten la humanidad, la naturaleza, los espacios sagrados y los ajawetik como uno solo. El lum k’inal es lo que se cuida y defiende.

El k’inal no sólo refiere al mundo exterior, sino al que acontece dentro de nosotros, a partir de nuestros estados emocionales, sensoriales y físicos. El k’inal revela lo que sentimos y cómo nos percibimos. Al decir: lamal k’inal se revela la “tranquilidad/calma del día, del ambiente, de la tierra”, es decir, que la persona siente y está en paz, que no alberga en ella la preocupación ni la perturbación de nada. Lo mismo cuando se dice: kuxet k’inal ya ka’iy, “me siento feliz [el día, el mundo, la tierra están en calma]”. Por el contrario, si la persona dice: lubul k’inal ya ka’iy, refiere al “cansancio/agotamiento del día, del ambiente”, pero es una sensación de sí, pues la persona quiere decir que “se siente débil”, como un estado próximo al desvanecimiento debido a la intensidad del trabajo o la aflicción provocada por alguna enfermedad. El descanso es lo que la persona necesita para recobrar el aliento y las fuerzas. 

Asimismo, el k’inal se asocia con la percepción visual de las cosas. Al decir: ma jkilix lek k’inal se traduce como “ya no veo bien [la tierra, el día, cielo, universo]”. Por lo tanto, el k’inal es lo que acontece frente a nosotros. 

Pero el k’inal también comprende un sentido de madurez sobre uno mismo. Cuando la gente dice: ma to sna’ k’inal te kereme, puede traducirse como “todavía el niño no sabe sobre la tierra, el mundo, el cielo, el universo”, es decir, que “el niño aún es inmaduro”, que no tiene consciencia sobre la vida. K’inal se significa, entonces, como una manifestación sobre la existencia, al reconocimiento pleno de la persona propia, a un nivel de consciencia sobre sí. Aquel que puede decir: ya jna’ix k’inal, es afirmar que uno ya sabe sobre sí mismo, que tiene conocimiento sobre cómo conducirse y actuar con respeto, compromiso, solidaridad y sabiduría.

*

Sbajtel k’inal: vida eterna.

III

Decir: ch’ay ta k’inal te winike es aseverar que “el hombre se perdió en la tierra, el cielo, el espacio, el ambiente, el universo y cosmos”, pero lo que se intenta expresar es que “el hombre murió”. ¿Acaso el k’inal es el lugar donde la persona se pierde, disipa y desaparece? El k’inal es donde sucede la vida y donde continúa la muerte; es un mundo otro, paralelo al mundo terrenal, donde las ánimas viven. 

*

Sbajtel k’inal: tiempo infinito.

IV

Hace tiempo escuché por primera vez la palabra sbajtel k’inal. Estaba en el velorio de una tía. Poco antes de que la lleváramos al camposanto, una persona se acercó al féretro para despedirse de ella. Recuerdo que le dijo: “ya jna’at ta sbajtel k’inal”. Me costó comprender el sentido, pues intenté interpretar las palabras por separado. Entonces, le pregunté a mi madre qué era sbajtel k’inal: “es para siempre, para toda la vida, algo eterno”, respondió. Así comprendí que aquella persona le decía a mi difunta tía “te recordaré para siempre”, una expresión mágica que devela la inconmensurabilidad de un afecto y de un tiempo-espacio interminable. Supe que las palabras separadas pierden su sentido, de allí que están juntas para adquirir dicha connotación. 

Sbajtel k’inal se convirtió para mí en una frase que expresa la vastedad de algo como el universo, como un sentimiento que no tiene fin. Sbajtel k’inal es un acontecimiento del tiempo-espacio inaprensibles, es un acontecer de la existencia, de los planos de la vida-mundo que continúan al morir, de las vidas que están más allá del espacio observable y conocible. Es la evidencia de que en la sabiduría tseltal es posible mantener unidos y vivos los vínculos entre las personas que se quieren más allá del tiempo.

Aprender el significado del sbajtel k’inal me da la certeza de saber la relevancia de vivir. De agradecer a quienes han conformado el devenir de lo que soy, a quienes están y estuvieron, a quienes me acompañan en los otros planos. A quienes me tienen presente y pronuncian mi nombre, a quienes me han enseñado desde la dolencia y la felicidad, el recordatorio de lo frágil y fugaz que es la vida: no hay que darle cabida al odio. 

Por siempre el tiempo es hoy.


Autores
(Chiapas, 1990). Es ensayista, documentalista y académico tseltal. Doctor en Ciencias Antropológicas (UAM-I). Becario del FONCA y del PECDA-Chiapas, ambos en dos emisiones. Premio Cátedra Gonzalo Aguirre Beltrán a la Mejor Tesis Doctoral en Antropología Social y Disciplinas afines 2024, y Mención Honorífica de la Cátedra Jan de Vos a Mejor Tesis Doctoral 2025. Ganador del primer lugar en cuento del concurso Universidad es diversidad de la UAM 2021. Obtuvo menciones honoríficas de ensayo en el 53 Concurso Punto de Partida de la UNAM 2022, y en el Concurso de Estudiantes de Post-grado del Congreso ERIP-LACES-Universidad de Stanford 2022. Autor de los libros de ensayo bilingüe, tseltal y español, Te sututet ixtabil. El giro de la pelota (Coneculta, 2020) y Ch’ayet k’inal. Las formas de la ausencia (FCE, 2024).