Cristina Rivera Garza escribió una crónica en la que el dolor y la impotencia se abren paso desde las páginas hasta las entrañas del lector. La contraportada de El invencible verano de Liliana (2021) apunta a que se contará la historia del feminicidio de su hermana, Liliana Rivera Garza. La tragedia llega, pero antes hubo una vida que la autora narra con un trabajo biográfico exhaustivo, lo que la llevó a ganar el premio Pulitzer en 2024.
Las vivencias en la infancia y la juventud de Liliana son retratadas a través de cartas recopiladas en el libro. A una edad temprana, ella las escribía a sus seres amados y las dedicaba a sí misma en la mayoría de las ocasiones. La escritura fue una habitación propia donde su voz honesta la ayudaban a encontrarse en medio del caos.
Pese a su talento innato para el ensayo autobiográfico, decidió quedarse con su capacidad para crear espacios habitables y estudió arquitectura en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Azcapotzalco. En aquel momento de su historia, la ambición por especializarse en su área y el amor hacia ella misma eran su consigna.
Valoraba los vínculos con sus seres amados mientras procuraba su libertad, algo que traería algunos reproches entre sus amigos; pero despertaría la furia de un hombre que acabaría con su vida. Su feminicida viajó incontables ocasiones desde Toluca a la capital para intimidar a Liliana al aparecerse fuera de su apartamento cerca de la UAM Azcapotzalco.
Liliana había terminado una relación amorosa con él años antes de cursar la licenciatura. Ella intentaría seguir con su vida y viajar a Londres para doctorarse. Así se alejaría del depredador con el que había aprendido a mantener cierta cercanía para minimizar algún daño a ella y a su círculo íntimo. Durante aquel tiempo aprendió a calmar a la bestia hasta que acceder a sus demandas fue insuficiente para estar a salvo.
El feminicida de Liliana comprendió que el amor era la fuerza que podría coaccionarla. Lo supo tras observar cómo ella se esforzaba para proteger a su familia de él, incluso cuando su padre y su primo tuvieron altercados con el hombre debido a la forma violenta en que la trataba. Al poco tiempo, usaría contra ella una estrategia conocida de los agresores: amenazar con dañar a la familia de sus víctimas para forzarlas a hacer lo que ellos desean.
La maldad de este feminicida usó el cariño que Liliana sentía por sus seres amados para controlarla. Con su crueldad, él trató de corromper el cariño de una mujer que siempre intentó amar pese al horror que la perseguía. Ese fuego sería lo único que nunca pudo arrebatar de su pecho, porque eligió pelear hasta el último de sus días contra el miedo y la voluntad de su agresor.
Liliana resistió la maldad, ese invierno que enfrentó con la esperanza de vivir libre, con un verano que quiso mantener verde hasta el último instante. Su final dejaría un dolor aún vivo, exacerbado debido a un sistema ineficaz para prevenir los feminicidios, cuya pusilanimidad indica que México es feminicida y jamás habrá consecuencias.
Un horror al que las autoridades nunca quisieron entender
Liliana Rivera Garza fue víctima de feminicidio a manos de un hombre desesperado por poseerla cuando intentó escapar de su acoso y abuso emocional. En el momento de los hechos, 16 de julio de 1990, lo que hicieron con la joven fue denominado crimen de pasión. Las autoridades explicaban con ese término las motivaciones detrás del asesinato de una mujer. Atribuían el problema a un arranque de celos, o el despecho de un varón que terminó en homicidio.
Si la explicación fallaba y los familiares exigían justicia tras el crimen, las instituciones se refugiaban en los impenetrables muros de la burocracia. Las interminables solicitudes de consulta a las carpetas de investigación, el ir y venir de una dependencia de gobierno a otra es una artimaña descrita en la crónica de Cristina Rivera Garza, cuyo objetivo parece ser doblegar la voluntad de las personas mientras reviven el dolor de su pérdida.
La autora también evidenció el daño que causaba el discurso reduccionista de los crímenes de pasión a lo largo de su obra. Con el concepto, se justifica de forma jurídica la poca disposición de los investigadores para hallar otros móviles del crimen, así se entorpecían las pesquisas para detener al culpable. Por desgracia, la incompetencia de las autoridades ha sido una constante.
El resultado de estos impedimentos en la justicia alejaba la definición de feminicidio, una pieza importante para comprender el peligro que arrebató la vida de Liliana y un número desconocido de mujeres durante aquella década hasta la fecha. Los registros oficiales al respecto solo contemplan víctimas de homicidios dolosos, una clasificación diferente a la realidad por la que perecieron.
El horror era inexistente para las autoridades porque carecía de nombre. Para las víctimas y sobrevivientes, resultaba inexorable debido a las estrategias de manipulación que las mantenía en un contexto donde se normaliza la violencia. De igual forma, coartaban la posibilidad de que pidieran ayuda. Eso fue lo que pasó con Liliana. Su padre se percataría, muy tarde, que el feminicida de su hija la tenía amenazada con lastimar a otros si pedía auxilio.
Así en la década de 1990, la violencia machista era imparable. Lo peor fue que permanecería impune durante 21 años más. El delito de feminicidio se incluyó en el Código Penal del entonces Distrito Federal hasta julio de 2011. Un año más tarde, en junio de 2012, se incorporó en el artículo 325 del Código Penal Federal. A partir de aquel año se registraron los incidentes, pero la justicia aún estaría lejos.
Desde enero de 2012 a agosto de 2013 se cometieron 191 asesinatos de mujeres en Ciudad de México (CDMX). La procuraduría del entonces Distrito Federal investigó 70 de ellos como feminicidios, pero se carece de datos referentes al móvil del crimen. Respecto a los 121 restantes, calificados como homicidio, en 61% de ellos (74 casos), las víctimas perdieron la vida a causa del uso excesivo de fuerza.
Lo alarmante de esta cifra es que haya quedado fuera de las investigaciones de feminicidios. Debieron categorizarse como tal por tratarse de muertes con extrema violencia, o asfixia, de acuerdo con la información del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio de México (OCNF).
La Procuraduría tampoco especificó en 87 casos de homicidios dolosos de mujeres cuál era la relación entre la víctima y el victimario. Averiguar el vínculo que tenían es de vital importancia, como enfatiza el OCNF, para comprender que los feminicidios a manos de conocidos o parejas superan la categoría de crímenes pasionales, la explicación que dieron a la tragedia de Liliana y a otras más. En síntesis, existía el delito de feminicidio, pero las instituciones carecían de la perspectiva de género para investigar los hechos.
Se desconoce si la justicia llegó para los pocos casos que se registraron como feminicidios en aquel periodo. De lo que restaba de 2013 a finales de 2014, CDMX tuvo un descenso de 1.2% en comparación con lo sucedido en 2012. La presión de los colectivos feministas fue el componente clave para el descenso notable.
La impunidad marcó los casos de violación en 2013, que fueron una constante. Sin embargo, surgió otro problema desde la burocracia: las autoridades nunca separaron por sexo los registros, ni siquiera se esclarece en su totalidad cuáles tuvieron acceso a la justicia, conforme al Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES).
Entre enero de 2015 y junio de 2016, la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México (PGJ-CDMX) contó 116 homicidios dolosos de mujeres, la mayoría de 18 a 60 años, y 85 se investigaron como feminicidios, pero no precisa quiénes fueron los agresores.
Entre diciembre de 2017 y octubre de 2018 hubo 39 carpetas de investigación para los casos de feminicidio, de acuerdo con información de la Secretaría de las Mujeres. El número pudo ser mayor, y tiene una explicación aquella cifra menor en apariencia: menos de 40% de los homicidios de mujeres fueron reconocidos como feminicidios, según una investigación de Animal Político.
Aunque las autoridades intentaron entender que el feminicidio era un problema real en México, surgieron varias inconsistencias en las investigaciones. En muchas carpetas se omite la forma en que las mujeres fueron asesinadas y el móvil del crimen. La burocracia impidió reconocerlos y los amontonó con otros casos de homicidios donde los rostros, el género y los nombres de las víctimas poco importaban.
En los años posteriores, la incompetencia continuaría. El resultado final fue un rotundo fracaso para garantizar el acceso a la justicia de las mujeres asesinadas, cuyas cifras exactas se desconocen en varios registros anuales desde el 2012 al 2018.
Con tantos grilletes para respetar los derechos de las mujeres, la entonces jefa de gobierno de la CDMX, y actual presidenta, Claudia Sheinbaum, lanzó la alerta de género en 2019. Se trata de un mecanismo cuyo objetivo es investigar todas las muertes con perspectiva de género, así sería posible definir si un homicidio, o defunción, fue un feminicidio.
También se estableció una base de datos abierta al público para visualizar el registro de casos anuales. Las cifras contienen información que en años anteriores aparecía sesgada: número de carpetas por alcaldía, lugar de hallazgo de las víctimas, aumentos y descensos de los casos del 2019 a finales de 2024, y una comparación de grupos etarios.
El panorama que esbozan los datos es abrumador: en 2019 se contaron 72 víctimas; en 2020 fue el más alto, con 82; en 2021, los registros volvieron a contabilizar 72; en 2022, hubo 76; en 2023 disminuyó a 61; y para diciembre de 2024, 71, de acuerdo con el Atlas de Feminicidios de la Ciudad de México, cuya información comienza desde 2019.
El rango de edades en el cual se concentra el mayor número de víctimas es de los 30 a 59 años, con doscientas trece. El segundo grupo abarca de los 18 a 29 años, con 127, conforme a los feminicidios reportados desde enero de 2019 a diciembre de 2024. Si la fiscalía hubiera establecido el Atlas en 1990, Liliana hubiera formado parte del segundo conjunto con mayor riesgo de ser víctima de feminicidio.
El grupo de víctimas entre 18 a 29 años ha estado presente en los últimos 6 años, pero pudo haber sido así desde la fecha del feminicidio de Liliana. Resulta aterrador el vacío que las autoridades propiciaron durante dos décadas para dar algún testimonio de lo que pasaba en la capital. De nuevo, la violencia feminicida parece desdibujarse debido a la invisibilización de las víctimas.
Solo se tienen aproximaciones medidas en porcentajes. En 1990 las defunciones femeninas con presunción de homicidio en las que se recurrió a ahorcamiento y similares fue de 10.6%. Llegó a su punto más alto en 2003, con 25.4%. Para 2012, cuando se tipifica el feminicidio como delito, estaba en 11.8%, conforme a los registros de INMUJERES. Pero las cifras aisladas dicen poco del invierno que acabó con el verano de las mujeres a quienes las instituciones revictimizaron con su burocracia.
Un invierno institucional
Las mujeres en la capital han tenido que enfrentarse a un sinfín de ataques por razones de género, desde el acoso y la violencia doméstica hasta las agresiones que arrebatan sus vidas. La situación se ha perpetuado durante décadas mientras los agresores nunca responden por sus crímenes, como sucedió con Liliana. La amenaza proviene desde el exterior y tienden a quedar impunes.
Se ha visto que los registros desde 1990 hasta finales de 2024 son inexactos en responder cuántos feminicidios terminaron con justicia. En la actualidad, la tendencia ha disminuido con 58 vinculados a proceso a mitad de 2024, pero terminó con 71 casos de este delito, de acuerdo con el informe anual de SEMUJERES y el Atlas de feminicidio de la Fiscalía.
La disparidad aumenta entre los procesados y el número de denuncias en cuanto a la violencia contra las mujeres. De 2023 a finales de 2024, la policía capitalina atendió más de 197 mil sucesos y puso a disposición a 6 mil 639 agresores, conforme a los registros de SEMUJERES. La impunidad para el resto de los 191 mil sería la única respuesta en momentos de extremo riesgo.
Si las instituciones de justicia procesan a un número ínfimo de agresores, las víctimas plantan cara a un sistema poco efectivo para ayudarlas. Incluso se enfrentan a esto en la misma policía. En ese mismo año, sancionaron a 563 policías capitalinos y otros 196, destituidos debido a actos de violencia contra las mujeres, como explica el mismo documento de la SEMUJERES.
El mismo invierno que se llevó a Liliana está dentro y fuera del sistema de justicia. Desde 1990 hasta finales de 2024, las agresiones que acechan a las mujeres han estado arraigadas en la cultura. Se normaliza hablar de víctimas por encima del respeto a los derechos de las mujeres. Se mencionan las muertes, pero nunca el cuidado de la vida.
Existe una táctica para incentivar la impunidad que Cristina Rivera Garza también describió: el olvido. Cuando la autora tuvo que volver a la procuraduría 40 de Azcapotzalco, la respuesta repetitiva de algunos funcionarios fue lo imposible que sería recuperar un archivo tan viejo de 1990. Desde el primer momento, deshumanizan la memoria de Liliana y reemplazan su nombre con el acta 40/913/990-07 del Ministerio Público.
Aquel expediente de investigación pasó de contener datos del crimen y del culpable a guardar polvo. El olvido había consumido las expectativas de justicia al menos para las autoridades. Sería diferente para la familia de Liliana, ellos quedarían ya para siempre enrabiados al igual que miles de personas que perdieron a una mujer a manos de un feminicida.
La crueldad del olvido por parte de las autoridades deja heridas profundas, difíciles de borrar y se acrecientan con cada fugitivo que logra evadir la justicia durante años. Eso sucedió con el feminicida de Liliana Rivera Garza. El hombre posesivo tuvo dos nombres. El primero lo usó hasta que tomó la vida de su exnovia: Ángel González Ramos. El segundo, Mitchell Angelo Giovanni, lo usó cuando habría huido a Estados Unidos tras cometer el delito, de acuerdo con Milenioy un postque Cristina Rivera Garza compartió en 2023.
El culpable nunca respondió por lo que hizo. Habría muerto ahogado el 2 de mayo de 2020, en Malina del Rey, California, Estados Unidos. Se sabría que la fecha de nacimiento de Mitchell Angelo Giovanni coincide con la fecha de nacimiento de Ángel González Ramos, el 18 de abril de 1967. Falleció meses antes de que Cristina Rivera Garza recibiera la carpeta de investigación correspondiente al crimen que le arrebató a su hermana.
Entre las cifras de homicidios que las instituciones evitaron clasificar como feminicidios están ocultas historias como la de Liliana. Eran mujeres con el alma rebosante de sueños y resistieron la violencia feminicida que suele quedar en la impunidad. Este invierno congela a cualquiera que cruce en su camino, y en México parece eterno.
Referencia:
Rivera Garza, Cristina. (2021). El invencible verano de Liliana. Literatura Random House
Despedida a S.S. Papa Francisco, 2016. Presidencia de la República Mexicana. Imagen recuperada de Flickr. CC BY 2.0
Todo en la Iglesia católica significa algo. Todo, sin excepción: desde las menudencias iconográficas del arte sacro hasta los ritos litúrgicos más sofisticados de la Semana Santa, las palabras, los nombramientos, las miradas, las posturas, los gestos. El arsenal semiótico del catolicismo es tan vasto como sus casi dos mil años de existencia y, para quien aguzó el oído, que en marzo de 2013 el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio haya escogido como nombre Francisco intuyó que el suyo sería un pontificado inusual. Nunca un papa se había llamado como el Pobre de Asís.
Luego vinieron los gestos. Primero, los protocolarios: Francisco dejó de usar el trono papal bañado en oro y prefirió hospedarse en Casa Santa Marta, la residencia de colaboradores de la curia romana. Luego, algunas de sus primeras declaraciones: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”, o la ya célebre: “Si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. No fue un papa al que le gustara la soledad, excepto para la oración contemplativa, como buen hijo de san Ignacio. Y fue precisamente en el contacto directo con las personas, sin protocolos ni parafernalias, que Francisco divisó el largo proceso de reforma del ministerio petrino.
Este estilo directo encontró también una expresión litúrgica: el papa renunció a la antiquísima tradición de usar pantalones cortos con medias blancas bajo la sotana y zapatos rojos de cuero —esos que tan preciosamente hicieron de Benedicto XVI uno de los hombres más admirados en el mundo de la moda, según la revista Esquire—; renunció también al anillo del Pescador hecho de oro, a la faja de seda muaré con el escudo pontificio grabado en ella, a los ornamentos que tan pródigamente desfilaron con su antecesor: el fanón, las cruces pectorales de oro, las mucetas de terciopelo y armiño, los palios de lana de cruces rojas, el camauro y el saturno. Si cada una de estas prendas significaba algo, su ausencia significaba aún mucho más.
Francisco no fue un intelectual. Fue un pastor “con olor a oveja”, como gustaba decir. No escribía tratados sistemáticos ni disertaba con afán académico, pero poseía esa sabiduría que nace del discernimiento ignaciano y de la experiencia con los más sencillos. Su sobriedad, su cercanía, su rechazo a la ostentación no eran meros detalles estéticos, sino la antesala de una reforma de hondo calado: una que quiere volver a las fuentes del Evangelio y encarnarlas en el presente, que reconoce el dinamismo del Espíritu a través del tiempo, al cual informa y transforma desde dentro. En su modo de celebrar, de hablar, de presentarse, se transparentaba una intuición teológica fundamental: que la forma ya es contenido, que el gesto ya es buena nueva.
Lex orandi, lex credendi reza una antigua máxima de la Iglesia formulada por san Próspero de Aquitania: “La ley de lo que se ora es la ley de lo que se cree”. La manera en que el Pueblo de Dios reza revela, y al mismo tiempo moldea, su fe. Por eso, en Francisco, la sencillez de los ornamentos, la cercanía de sus homilías, la inclusión de los pobres, los presos, las mujeres y los migrantes en sus discursos y en los ritos solemnes de cada Jueves Santo fueron también catequesis silenciosas, una manera de recordar que la Iglesia es el Cuerpo místico de Jesús en comunión, en salida y en conversión continua. Esta misma lógica se hizo visible en su acercamiento a personas históricamente excluidas por la Iglesia: creyentes LGBT+, migrantes, parejas divorciadas y en una segunda unión. No se trataba de una mera estrategia pastoral, sino de una lectura evangélica del tiempo presente: es en la acogida orante como comprendemos mejor el núcleo de nuestra fe, es en la oración comunitaria, sin la exclusión de nadie, donde se vive la misericordia del Padre. Francisco supo que no basta predicar la inclusión; hay que hacerla espacio habitable. En cada abrazo público, en cada gesto de hospitalidad, en cada misa celebrada en las fronteras o en las cárceles, el papa enseñaba que la dignidad no se concede: se reconoce. “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos”, le dijo el Señor a Pedro, y Francisco las usó para abrir las puertas que tantos otros nos habían cerrado.
La historia lo recordará como un papa de transición. Francisco no tuvo espíritu de reformador sino de profeta. No trazó grandes planes sistemáticos ni promulgó una nueva arquitectura eclesial; lo que hizo fue abrir muchas preguntas. Solo eso fue una labor titánica. Su tarea consistió en preparar el terreno para una reforma más profunda, de largo aliento, que ya no puede reducirse a ajustes curiales, sino que apunta a una transformación en las formas ministeriales, en las estructuras de participación y en el reconocimiento del protagonismo del laicado. Eso que él mismo llamó el carácter “sinodal” de la Iglesia: no un simple método, sino una conversión eclesiológica, un nuevo modo de ser y caminar en conjunto.
Su muerte deja a la Iglesia en los albores de ese proceso. Las estructuras de poder —que también responden a una liturgia, por cierto, muy elitista— resistieron en no pocos casos los impulsos de renovación. Algunos sectores vivieron el pontificado de Francisco como una incomodidad, otros, como una tregua, otros más, como la ansiada aplicación de los principios del Concilio Vaticano II. En lo que podemos estar de acuerdo es que Francisco redefinió en buena medida la percepción pública del catolicismo en el siglo XXI. Bajo su guía, los procesos de discernimiento pastoral sobre cuestiones como los abusos del clero, la acogida a personas LGBT+, la integración de parejas fuera del matrimonio, las políticas migratorias, la corresponsabilidad de las mujeres o la crisis climática se movieron de los márgenes al centro del debate eclesial. La primacía de la inclusión sobre la exclusión, de la misericordia sobre el rigorismo, del acompañamiento sobre el juicio, descolocó a muchos, pero ofreció a otros una vía alterna para vivir el Evangelio hoy.
Habrá que ver —y orar, pues, porque reducir el próximo cónclave a un campo de batalla entre dos bandos es inevitable si se pierde de vista la naturaleza divina de la comunidad cristiana— si la Iglesia profundizará en el camino de la sinodalidad o si volverá a los viejos mecanismos de control y defensa, al celo del apologeta que a tantas personas ha excluido de la vida sacramental. Esa es, quizá, la verdadera transición que Francisco encarnó: la que no termina con él, sino la que apenas comienza.
Portada de “Prosas apátridas”, Julio Ramón Ribeyro. Seix Barral Ediciones, 2019.
“En algunos casos, como el mío, el acto creativo está basado en la autodestrucción”
Julio Ramón Ribeyro
He de confesar algo vergonzoso: soy un lector de libros de autoayuda. En verdad, la gran mayoría de los lectores rigurosos que conozco también leen sus obras predilectas como libros autoayuda, aunque no lo sepan, como yo no lo sabía antes de comenzar a escribir estas palabras, recostado en un sillón empolvado con un cigarrillo de liar en una mano y las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro en la otra. ¿Por qué disfruto tanto estos textos breves que aforísticamente tocan una fibra delicada que me habita, aferrada a la palabra de Ribeyro como último apoyo emocional?
Al contrario, la espléndida narrativa de Ribeyro me cuesta muchísimo trabajo, algunos de sus mejores cuentos me resultan corrosivamente indigestos, pero cuando reflexiona, sentado a deshoras frente a su escritorio, o en un café parisino, cada una de sus sentencias se acopla tiernamente en mis vacíos emocionales y suspiro aliviado por la amable y siempre generosa compañía de sus palabras:
De pronto ya somos otro: una de nuestras cien personalidades muertas o rechazadas nos ocupa (65).
Los ateos tenemos pocas biblias. Con biblias, más que a un texto sagrado, me refiero a la obra que contiene un modelo ideal de vida, en mi caso, una de mis pocas biblias es La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro, que es por mucho el mejor acompañante en toda expedición existencial fracasada. Pero como es muy pesado llevarse ese voluminoso mamotreto de setecientas páginas en un viaje ligero, he convertido las Prosas apátridas (de 145 páginas) en mi escuálida biblia bolsillo, la cual releo para olvidar la ansiedad y darme ánimos antes de cualquier enfrentamiento con esa suma de prejuicios que llamamos Mundo; sus páginas siempre me devuelven sublimes ánimos pesimistas que me elevan entre las nubes del cinismo.
Hay que tener en cuenta, como bien apuntaba Ribeyro, que “cada religión segrega automáticamente sus propias herejías” (88), por lo que es posible que mi entendimiento de esta palabra sagrada diste mucho de la concepción que tengan otros Testigos de Ribeyro diseminados como una logia secreta por el mapa. En verdad, más que autoayuda, puede que las reflexiones epigramáticas de este peruano, que comparte patria con el Niño predicador pero que vivió la mayor parte de su vida en París, pertenezcan al género de la antiayuda, y tal vez por eso me reconfortan, ayudándome a comprender mi propio desorden natural, “dejándolo librado a su propia descomposición” (81), como hacía él con el caos de ceniceros, lápices, libros, camisas, pastillas, boletos de metro, colillas, chicles y calcetines que siempre había en su estudio.
Hoy tenía pensado salir a correr 5km, comer algo saludable, pagar mi recibo de luz y visitar un museo, cuando Ribeyro me recordó las ventajas de la inmovilidad con una necesaria cita de Flaubert: “Moverse es deletéreo”. Lo primero que hice fue consultar en el diccionario que “deletéreo” es sinónimo de “venenoso”, “mortífero”, después encendí otro cigarrillo, me arrellané en el sillón y di por muerto el día.
Enemigo del ritmo productivista, Ribeyro es un compañero ideal para la soledad. Su existencia, circularmente enfermiza alrededor de los cafés de Montmartre, me ha acompañado como una madre en los periodos de encierro y la enfermedad; sus lacerantes úlceras gástricas son gemelas de mis infinitos males estomacales, resultado de una dieta basada en ansiedad, paranoia, café y cigarrillos.
Tal era su renuencia a los desplazamientos innecesarios, que incluso planteó la genial idea de un Banco de Servicios, el cual consistía en un intercambio despersonalizado de favores entre gente que tiene que hacer algo muy lejos pero que puede buscar a alguien en esa lejanía que lo haga por él: “Por ejemplo que yo reemplace a tal señor en mi barrio en una cena y él a mí en una boda en su barrio” (99). Pero unas cuantas páginas antes, tan gráciles son sus tiernas contradicciones, se quejaba de que vivimos —y esto lo escribió en 1974— en una era vacía y despersonalizada: “¡Es tan difícil ahora encontrar una persona! No nos cruzamos en la calle sino con siluetas, con figuras, con símbolos. […] Es penoso que tengamos que vivir entre fantasmas, buscar inútilmente una sonrisa, un convite, una apertura, un gesto de generosidad o de desinterés y que nos veamos forzados, en definitiva, a caminar, cercados por la multitud, en el desierto” (67).
La de Ribeyro es una sabiduría humilde, a diferencia de la de su paisano Vargas Llosa. Su erudición siempre es didáctica y duda constantemente de su propio entendimiento: “Algunos dejarán una obra, es verdad. Será lindamente editada. Luego curiosidad de algún coleccionista. Más tarde la cita de un erudito. Al final algo menos que un nombre: una ignorancia (87).
Su debilidad por el bando de los fracasados, sin perder en ningún momento la elegancia y el decoro, lo orillan a constantemente sentir asco por los poderosos y las mentes explotadoras. Como cuando su joven casera parisina le exige la renta del estudio recordándole que ella apenas está comenzando. Ribeyro de inmediato se enfurruña:
No hacía falta añadir más para conocer las entrañas del personaje. Comenzar significaba en este caso comenzar a poseer casas, a tener inquilinos, a cobrar, a sacar partido en cualquier forma de privilegio del propietario […], a poner la piedra angular de un proyecto de vida que implicaba la acumulación de nuevos bienes, la multiplicación de la renta, la defensa de la propiedad, de la seguridad, del orden, para así, al cabo de veinte o treinta años, llegar a ser una vieja rica, odiosa y pertrechada, instalada confiadamente en el engaste de un patrimonio inmobiliario y bursátil, lo que no la librará sin embargo ni de la pequeñez, ni del olvido, ni de la muerte (98).
Sus ideales revolucionarios siempre incomodan, tanto a la severa mente conservadora, como al progresista sensiblero. Como en la ocasión en la que va a comer con unos obreros para hablar de marxismo y no puede congeniar debido a los malos modales de sus interlocutores: “Yo estaba de acuerdo con la manifestación de la que hablaban e incluso con la huelga, pero no con la vulgaridad de sus ademanes ni con el carácter caótico y estridente de su discurso. Mi bistec me hubiera sabido mejor si lo hubiera comido frente a un oligarca podrido, pero que hubiera sabido desdoblar correctamente su servilleta” (73). Aun así, para Ribeyro, la historia de los sujetos es siempre menos importante que la de los movimientos sociales: “El individuo no cuenta sino la especie, único agente activo de la historia. […] Lo importante no es que Leonardo haya producido La Gioconda sino que la especie haya producido a Leonardo” (100).
Así como aborrecía los innecesarios entusiasmos productivos, también repudiaba la tiranía de los objetos. Al ver a su esposa lavando una montaña de trastes, piensa con la cínica comodidad de un ocioso comodino: “No hay nada peor que caer bajo la dominación de los objetos. La única manera de evitarlo es poseyendo lo menos posible. Toda adquisición es una responsabilidad y por ello una servidumbre” (90). Como padre, Ribeyro ve en el desarrollo de una criatura nueva los síntomas de su deterioro: “El diente que le sale es el que perdemos, el centímetro que aumenta, el que nos empequeñecemos […] él se alimenta de nuestro tiempo y se construye con las amputaciones de nuestro ser (75-76). También, busca permanentemente analogías entre los inocentes juegos imaginarios de su hijo y su concepción de la escritura: “Ahora que mi hijo juega en su habitación y que yo escribo en la mía me pregunto si el hecho de escribir no será la prolongación de los juegos de la infancia. […] El niño emplea objetos mientras nosotros utilizamos signos. Y para el caso, el signo es más perdurable que el objeto que representa. Dejar la infancia es precisamente remplazar los objetos por sus signos” (60). Esta teoría congenia con la idea de Baudelaire sobre el genio, que no es “sino infancia recobrada a voluntad”, y con aquella idea de Stevenson, retomada por Javier Marías, de que la actividad literaria consiste en “quedarse en casa, jugando, como un niño, con papel”. El signo de la escritura de Ribeyro, no obstante, insiste más en el hecho de la caligrafía, como punto de convergencia entre lo invisible y lo visible: “Al escribir, en realidad, no hacemos otra cosa que dibujar nuestros pensamientos” (80).
Ribeyro es también un afectuoso compañero en la derrota, en periodos de luto y en periodos frágiles que producen demoliciones en nuestra gramática emocional. Cuando un amigo le revela negligentemente una verdad de su pasado que él desconocía, siente cómo se derrumban las galerías de su interior: “Zonas íntegras de mi pasado se hunden, se anegan o se transfiguran. Esto me sirve para comprobar que no somos dueños de nada, ni siquiera de nuestro pasado. Todo lo que hemos vivido y que tendemos a considerar como una adquisición definitiva, inmutable, está constantemente amenazado por nuestro presente, por nuestro futuro (58).
Las Prosas apátridas también pueden ser una brújula, quizá caprichosa y extraviada pero indispensable, que uno puede llevar a manera de amuleto cuando se sufre la pérdida de un ser querido. Especialmente, ante la pérdida de un amigo, ya sea por la fractura de la amistad, o por la inevitable despedida que es la muerte; al extraviar en el ruido del tiempo a una persona a la que quisimos, nos damos cuenta de que su deceso no sólo dejó un nuevo vacío en el mundo, sino también en nuestro interior, pues esa partida clausura también un pedacito de nuestra esencia: “Cada amigo es dueño de una gaveta escondida de nuestro ser, de la cual sólo él tiene la llave e, ido el amigo, la gaveta queda cerrada para siempre. Alejarse de los amigos es así clausurar una parte de nuestro ser” (46).
Maestro de excepcionales títulos, Prosas apátridas, Sólo para fumadores, Cambio de guardia, La palabra del mudo, La tentación del fracaso, no me explico por qué su forma de nombrar al mundo no ayuda a que su obra sea más apreciada, tanto por el público masivo, como por autores consagrados, pareciera que Ribeyro sólo obsesionara a los escritores que más batallan contra el medio literario y contra los fantasmas de su propia escritura, los que aprecian su genuina y tierna deconstrucción biográfica como un espejo de una deformación intelectual, con baches y altibajos, vacíos y distracciones, excesos, contradicciones y torpezas, y una hermosa sensibilidad para desenmascarar las verdades épicas de aquellos instantes insólitos que el mundo, pragmático y codicioso, considera meras insignificancias.
Bibliografía
Baudelaire, Charles. Obra poética completa, traducción española de Enrique López Castellón, Madrid: Akal: 2003
El horizonte siempre sería nuestra certeza, nuestra constante, vieras hacia donde vieras ahí estaría firme y sereno, el horizonte.
Nos entretenemos estudiando las diferencias, los límites: ¿dónde termina el mar?, ¿dónde inicia el cielo?, ¿terminan ambos en algún lugar o son infinitos?
¿Qué son los finales?, ¿qué son los inicios?
Si nosotros habláramos, si entendiéramos de palabras, tal vez diríamos que esas palabras no nos dicen nada, que esas son palabras humanas. Pero los humanos nos han enseñado a mirar con atención los finales, a advertirlos. A veces cuando la luz brilla más y cuando el cielo desprende los colores más hermosos, se tratan solo de avisos.
El día siempre es lleno de luz y la noche se inunda de oscuridad:
Unos volamos entre el sol y el mar, rozando el horizonte.
Otros rozamos el horizonte bajo los destellos de un sol que nos acarician a través del frío mar hacia la profundidad oscura.
A otros sólo nos gusta flotar.
A los humanos les gusta inventar artefactos: ponen cosas, quitan cosas; destruyen unas para crear otras. Los humanos se dedican a crear un mundo nuevo, un mundo con colores grises, cafés o negros; esos son sus colores favoritos. A nosotros nos gusta el viento, la calma y a veces el caos.
Pero esos humanos nos intrigan: quieren atravesar el mar hacia abajo y les gusta lo que encuentran más abajo del fondo del mar. Parece que hay un tesoro negro allí escondido.
Ahora que se acerca la noche, se siente un olor.
El olor viene del norte.
El olor viene del sur.
El olor viene del este.
El olor viene del lugar donde los humanos colocaron al animal gigante de acero, un animal de cuatro patas inmenso, gris como les gusta a ellos.
Al olor le sigue un ruido, un ruido que retumba hasta el centro de nuestros cuerpos, hasta el centro de nuestro mar. Y con el ruido viene un resplandor caliente.
El resplandor caliente funde el cielo y el mar, atraviesa uno y otro, los funde en un instante. Una vertical de luz hace una cruz con la superficie del mar. La luz asciende hasta el cielo y brinda un color rojizo al oscuro nocturno.
Debe de ser ahí donde terminan el mar y el cielo, en ese punto exacto.
No sabemos si queremos estar cerca o estar lejos, lo cierto es que esa luz nos llena la mirada y nos hace un llamado, ¿una advertencia? Un llamado que no sabemos si suena a inicio o a final.
La luz emite un calor fogoso que ahora desprende un sabor. Hay en el agua un sabor agrio,
más bien tierroso,
más bien amargo,
más bien podrido,
más bien picante,
más bien viscoso,
más bien metálico…
Más bien así puede que sepa la muerte.
Más bien así puede que sepan los muertos.
Un sabor negro, café, rojo se esparce dentro del agua, se acerca hacia nuestras pieles plumas aletas caparazones orificios escamas, a nuestras aletas nuestros caparazones nuestras alas. Se acerca a nuestros cuerpos como un imán.
Silencio.
Día.
Silencio.
Chapopote.
Cantidad de chapopote.
El sol, como siempre, trayendo consigo la verdad.
El sol y su calor.
Y este traje nuevo que hace todo tan pesado, tan difícil.
Es posible que nos hayamos inundado de muerte.
Esto nos sabe a final; también a inicio.
Como cuando se va recortando la luna en el cielo oscuro: hay oscuros en los que brilla mucho y oscuros en los que desaparece; algo ya no es como solía ser. Así, nuestra agua ya es otra agua; pero igual es nuestra porque no tenemos otra.
El inicio de una Era viscosa color negro café rojo. Sabor amargo.
Nuestro mar ahora sabe a eso. Y a eso nos acostumbramos.
Descubrimos cómo volaremos ahora, un nuevo fluir entre el sol y la profundidad, un fluir más pesado, más difícil de habitar.
Morimos también. Vamos muriendo y seguimos muriendo. El cuerpo arde. Los humanos ahora nos quieren limpiar, pero no pueden; es demasiado tarde, el negro ahora es parte de nuestra alma.
Mientras tanto, en la orilla unos cangrejos reconocen los nuevos senderos, gruesas gotas negras cercan sus caminos; se dedican a esquivarlas. Apenas audible, del mar se eleva un canto: un coro de animales que ojalá hablara, ojalá supiera de palabras.
En el año de 1925 se estrenaron dos filmes que son fuentes primarias para la historia del nacimiento de la tensión ideológica que definió al siglo XX: la existencia del mundo capitalista y el surgimiento de su antípoda socialista. Ambas películas son emblemas históricos, obra de iconicos creadores de inicios del siglo XX: El Acorazado Potemkin de Sergei Eisenstein y The Gold Rush de Charlie Chaplin. Estas piezas son representantes de sus respectivos contextos económicos, sociales, políticos y culturales.
*
En aquellos tiempos, la joven Unión Soviética, creada después de la Revolución Rusa de 1917, estaba desplegando el primer gran experimento de un Estado socialista. El gran proyecto de la revolución era transformar el orden imperial del zarismo, en un Estado socialista manejado por la clase obrera. Además de herramientas políticas y económicas, las formas ideológicas de construcción de una narrativa común a las repúblicas de la URSS fueron fundamentales. El arte en sus diferentes manifestaciones era visto como un medio de reproducción de valores e ideas socialistas que crearan una identidad revolucionaria en la población soviética. En específico, el cine tuvo un lugar importante pues el mismo Lenin lo consideraba como “la más importante de las artes” y creía que debía ser la más importante arma cultural del proletariado. El cine soviético de los inicios del siglo XX, con autores como Kuleshov, Eisenstein y Vertov, no solamente contribuyó al cine de carga política (o burdamente llamado “propagandista”), sino que también aportó a la construcción del lenguaje cinematográfico y a su consolidación teoría.
En ese sentido, El acorazado Potemkin es uno de los ejemplos más luminosos, poderosos y trascendentales del cine soviético. La película se desarrolla aún en la época del Zar Nicolás II, específicamente durante la Revolución de 1905, un primer ejercicio revolucionario contra el régimen imperial y su acérrima forma de subyugar al pueblo ruso. La tripulación de un buque de guerra llamado “Potemkin”, parte de la Armada Imperial Rusa, están hartos de las precarisa condiciones a las que están sometidos: por ejemplo, -y esa es una de las imágenes emblemáticas de este filme- se les obliga a comer carne podrida infestada de gusanos. Cuando los trabajadores deciden alzar la voz y buscar mejorar su condición, los oficiales no ceden y violentamente amenazan con fusilar a los rebeldes. Un marinero de nombre Vakulinchuk convence a la tripulación a rebelarse, y explota un motín. Los marineros toman el control del barco, sin embarbgo, Vakulinchuk es asesinado.
Cartel de la película “El acorazado Potemkin”, 1925. Dir. Sergei Eisenstein
Sus restos son llevados al puerto de Odesa, donde la población local -comerciantes, gente trabajadora- le rinden homenaje, convirtiéndolo en un mártir. Centenares de ciudadanos se reúnen para despedirlo y mostrar su solidaridad revolucionaria con los rebeldes del acorazado Potemkin. Marineros y trabajadores, rebeldes y ciudadanos se abrazan simbólicamente en un pacto de unidad y hermandad.
En ese momento, aparece una de las escenas emblemáticas no solo del cine soviético, sino del cine del siglo XX. Las tropas zaristas avanzan en formación por la escalinata de Odesa y en un ánimo de represión brutal, disparan contra civiles desarmados. Son atacados por igual a mujeres, niños y ancianos. En el momento de mayor tensión, una madre es alcanzada mientras lleva a su bebé en un cochecito, que rueda escaleras abajo a toda velocidad.
El navío ahora en manos de los rebeldes, se enfrenta a una flota zarista enviada para sofocar el motín. Cuando todo parece perdido para los marineros del Potemkin, la tripulación de los barcos enemigos, en un episodio revelador de conciencia de clase, se niegan a disparar contra sus compañeros y los dejan pasar. La solidaridad y el compañerismo revolucionario vence y todos vitorean en los barcos.
*
En el caso estadounidense, los “Gloriosos años 20” eran la fiesta en la que se festejaba la grandeza de un país que ya era potencia y había salido avante en la Gran Guerra. Dentro del gran desarrollo capitalista basado en el modelo fordista, que estimuló el consumo en distintos niveles, la industria cinematográfica tuvo un primer momento de auge. La explosión de Hollywood supuso la popularización del cine como uno de los productos de consumo y entretenimiento más grandes en Estados Unidos. Aquellas épocas fueron el apogeo del cine mudo y de las clásicas comedias “slapstick” o “comedias físicas”, siendo Buster Keaton y Charlie Chaplin los grandes apósteles de estos géneros. Si bien, se trataba de un cine eminentemente narrativo, las películas fueron un vehículo discursivo para críticas del sistema social en Estados Unidos.
En La fiebre del oro, Charles Chaplin pone en escena una reducción casi burda del sueño americano. En la película el mimo encarna una historia de la última decada de 1800: alrededor de 1896, en el Yukón, Columbia Británica se esparció la noticia de unos exploradores que habían encontrado cantidades ingentes de oro como por accidente. Decenas de miles de exploradores quisieron probar su suerte. En cuestión de meses Klondike se saturó de sedientos de oro. En ese contexto, el famoso Tramp (personaje arquetípico de Chaplin) viaja a Alaska en busca de riquezas. Desde el camino se notan las complicaciones que su intención arrastra: de pronto se encuentra con unna cabaña aparentemente vacía. Al rededor otros aventureros que cumplen destinos similares. El frío los reúne poco a poco en una cabaña, donde terminan peleando por un cacho de carne. Para saciar su hambre los aventureros cocinan zapatos y rozan el canibalismo alucinando a sus compañeros como gallinas. Pelean contra osos, escapan de riscos vertiginosos y siguen buscando el oro.
Después conocemos un pueblo que turístico. La fiebre del oro ha causado sus estragos. Chaplin entra a un salón y se tambalea alrededor de una mujer que baila, quien se quita de encima a un hombre insistente y le toma la mano al personaje de Chaplin para bailar los dos. Dan vueltas hasta que Chaplin da consigo mismo: enreda el lazo de un perro entre sus piernas. El enredo detiene el baile y Chaplin regresa a su choza.
Por cuestión de azar, la muchacha termina en casa del aventurero mientras pasea con sus amigas. Le deja, en un gesto quizás de ternura o de burla clasista (probablemente ambas), una foto de su cara y su nombre. El vagabundo invita a la muchacha y sus amigas a pasar el año nuevo en una cena en su casa. Ellas aceptan.
Cuando llega la noche, Chaplin prepara la cena para la muchacha y sus amigas. Después de esperar con la mesa servida, Chaplin sueña con lo que pudo ser, en una secuencia francamente memorable: una coreografía con unas patatas sostenidas en unos tenedores que asemejan piernas bailarinas. El ruido despierta al Tramp de su ensoñación. Cuando sale a escuchar, la muchacha y sus amigas regresan a la casa. La ambición, justificada, del vagabundo de enriquecerse lo lleva literalmente al borde del barranco. Se salvan por un pelo. Justo al caer en piso firme, la película suelta su comentario más agudo. El vagabundo y su amigo descubren el esperado oro, a punto de caer mortalmente.
Al final, Chaplin y su amigo son millonarios. En un barco, años después, disfrutan de los frutos de su suerte. Un reportero le está haciendo un reportaje. Cuando están a punto de tomarle la foto, el vagabundo cae torpemente de terraza. Abajo, como cuando se encontró con el oro, está la muchacha: un tesoro, codificado en una añeja manera de objetivizar a la mujer.
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Ambas piezas son fruto de un mundo en el que el capitalismo entraba en una nueva fase. Una de ellas nació en la meca de este sistema económico. Nacida en el seno de Hollywood, la crítica de Chaplin, como siempre se mueve en el plano simbólico, alegórico y se conduce con insinuaciones elegantes. Chaplin salió de las calles de Inglaterra actuando en un teatro itinerante. Desde el principio de su vida conoce la misieria y también la potencia de la representación en medio de eso. Su performática está siempre vinculada a la calle, a encontrar la ternura y el absurdo en medio de lo sórdido, sin caer en la romantización ni en la justificación de lo injustificable. La representación sarcástica de la codicia nos recuerda que el ethos del capitalismo consiste precisamente en esa reducción del deseo a la ensoñación y la aspiración, que termina afectando a todos los personajes implicados en la cinta de Chaplin.
La otra pieza, proviene del mundo antónimo. Más allá de ser una película crítica del capitalismo o del orden mundial que se gestó bajo esa forma de vida, El acorazado Potemkin más un arma ideológica de muerte versus el capitalismo. Retrata las causas y consecuencias de la lucha socialista. En este filme, los valores revolucionarios soviéticos viajan en un poderoso vehículo: el montaje soviético. El efecto en el espectador, de alto choque afectivo y de una genuina conmoción no buscaban más que generar compromisos ideológicos con la lucha socialista, por ejemplo con la destrucción de la tierna vida por parte de las necrofílicas (en tanto que prefieren la muerte) fuerzas imperiales. La escalinata de Odesa y el risco en el que se tambalea el sueño americano, el banquete de zapato y la carne con gusanos; estas imagenes fueron semillas en un universo de símbolos nacidos en el capitalismo, pero críticos de él; pues todo sistema engendra la semilla de su propia destrucción.
Humo. Fotografía de LuRoGo, 2008. Recuperada de Flickr CC BY-NC-ND 2.0
Apenas el sol se asoma y una línea delgada de humo sale de la casa: es la señal de que la lumbre se ha encendido. Se estaciona en los bordes del cielo como una manta que cubre al pueblo. La leña quemada es lo primero que se distingue, después los aromas de los alimentos que se preparan para comenzar la jornada. La mañana inicia siempre así, con sabor.
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Descubrimiento: primero el fuego. Después el humo. Luego la receta.
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El humo es uno de los ingredientes gastronómicos que devienen de tiempos antiguos. La gente encontró en él una forma de conservar el estado de ciertos alimentos, además de notar que servía como un condimento especial para darle un sabor distintivo a la comida. En una mayoría de los pueblos del presente donde se cocina con la fogata, se come con el sabor a humo.
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¿A qué sabe el humo? No es ácido ni amargo, tampoco dulce, menos umami. Es acaso un sabor inefable al lenguaje del gusto. Es cierto que el humo transmuta de la materia que lo provee. Según el tipo de madera o rama que se utilice, se obtiene una esencia particular: sabor a roble, sabor a pino, sabor a cerezo, sabor a caoba, sabor a una montaña entera. Se impregna para darle aroma y paladar a las cosas. Se percibe, entonces, con el olfato.
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En medio de la cocina de mis tías hay un fogón, en tseltal le llaman sch’amubil k’ajk’, es decir, “el lugar del fuego”. Alrededor de él se colocan las sillas pequeñas para que la familia pueda calentarse por las mañanas y en los días gélidos. También se colocan las mesas para compartir los alimentos en las horas concertadas. Arriba del fogón penden unas varillas donde se colocan los comales y las cubetas que se caracterizan por el tizne de sus lados. Allí mismo se cuelgan los pedazos de carne que se ahúman mientras se cocinan las cosas.
En el corredor de la cocina se encuentran apilados los pedazos de leña que se disponen para encender la lumbre. Prender el fuego es todo un arte. Hay quienes lo logran rápido con pocos soplidos. Y otros que tardan de más hasta quedarse sin aliento. La creencia de la prontitud depende de la fuerza interior, del fulgor que emana del corazón de quien sopla. Se dice que la gente que es apasionada y querendona tiene dicha virtud. “K’ax lek ya me’intes te k’ajk’e. Qué bien enciendes el fuego”, me dice una tía para convencerme de que tengo el don, aunque en el fondo yo sepa que fue cuestión de suerte.
El humo es lo primero que aparece al prender la fogata. Los ojos lo recienten cuando crece la humareda, se enrojecen y eclipsa la vista. Al instante surgen las lágrimas y no hay nada que pueda contenerlas. El humo es más efectivo que la cebolla, que la dolencia, cuando de llorar se trata.
El sch’amubil k’ajk’ es el corazón de una casa. Sin él la casa se percibe incompleta. Allí se rememoran y se escuchan los recuerdos, se aprende a reconocer a quienes viven con nosotros. Esa es la causa de que al sentir el humo se reaviven ciertas memorias, memorias que encienden el alma.
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Cocinar con leña es distinto a cocinar con carbón o con estufa. Y no me refiero únicamente al procedimiento, sino a la sazón, pues la madera resalta el sabor de los platillos. Puedo reconocer la textura de ciertas comidas que he probado como el pats’ (tamal) y sus formas, es decir, el chenk’ul waj (tamal de frijol), el petul (tamal de frijol entero), el bak’sit (tamal de frijoles enteros), el nup’il waj/ nolbil waj (tamal con frijoles), el noroch’ (tamal de frijol molido) y el tonkos/ xojbil waj (tamal de elote). También el sabor ahumado del ya’lelal chichil (caldo de tomatillo), el jsamet tomut (huevo en comal), la takin sit waj (tostada hecha a la brasa), la juybil mats’ (masa con chile), la ch’uybil waj (memela) y la ch’ilbil bak’ sakil (pepita dorada de calabaza). Cuando los pruebo me trasladan siempre a un recuerdo donde el humo aparece, acaso como presencia de lo que alguna vez existió. El humo, para mí, ha adquirido un tono nostálgico, pues me hace vulnerable ante el deseo de querer volver al tiempo en que estuve con aquellas personas que se aparecen en las bocanadas perpetuas en mi lengua.
*
Desde pequeño he comido entre el humo. Estoy habituado a él. Reconozco las formas que toma cuando la luz del sol se filtra en las rendijas de la cocina; se mece, ondula y serpentea. Cuando se suspende, se convierte en una estela traslucida que opaca la visión. Quizá, así, aprendí a comer llorando.
*
Mi abuela lloraba cada que encendía la lumbre.
Un soplo, un leve quejido.
Ella decía que el fuego ahumaba sus ojos
y despertaba sus nostalgias pretéritas.
El humo era un espíritu,
una visión de las cosas perdidas,
que humedecía sus párpados.
Con los dedos recogía sus lágrimas,
las tiraba en la ceniza.
Así evaporaba su llanto.
Ahora que enciendo la lumbre,
mi abuela renace en mis ojos,
mis lágrimas saben a ella.
*
Un remedio para fortalecer al ch’ulel y bendecir las cosas que se estiman es soplando el humo del incienso en todo el cuerpo de la persona, los espacios y objetos. La gente cuenta que el humo es el aliento de los ajawetik, y es a través de la exhalación e inhalación de este que se deposita en aquello que se protege. Sahumar es la acción de proteger a nuestras entidades anímicas.
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El humo es la metáfora de todo lo que desvanece: el tiempo, las cosas, las personas, los recuerdos. Es sinónimo de lo fantasmal. La metonimia de lo efímero.
La evolución entera puede resumirse en un nugget de pollo con forma de dinosaurio. Esto no debe sorprendernos, cualquiera que en su niñez sospechó la grandiosidad que se encontraba escondida en uno de esos dinosaurios dorados —empanizados de forma misteriosa, servidos con catsup, mayonesa o la salsa de nuestra elección, y una textura firme y suave con olor a pollo condimentado, maravilloso en su forma y su belleza— se alegrará al comprobar su corazonada al saber que los nuggets de pollo son capaces de contar la historia misma de las especies.
Es un tema de evolución I
Cuando inició la vida en nuestro planeta, hace miles de millones de años, en el caldo primigenio donde comenzó nuestra historia, todos éramos iguales. No había distinción entonces entre seres. Éramos lo mismo: pequeños organismos unicelulares, llamados eubiontes, que existían entre las ebulliciones constantes del océano primigenio. Los organismos fueron cambiando. Se hicieron más y más complejos hasta que la vida se bifurcó para siempre. Ese ancestro antes de la gran bifurcación, ese pequeño ente, lleva el nombre de LUCA (Last Unknown Common Ancester), el último ancestro desconocido en común, el tatara, tatara, tatara (y hasta el infinito) abuelo de todos nosotros. La vida no hizo sino crecer y cambiar desde LUCA. Llegaron más y más microorganismos que se fueron haciendo más complejos hasta dar pie a algas, plantas, bacterias, hongos y animales. La vida se multiplicó y se diversificó. No ha parado desde entonces.
En todos lados hay nuggets de pollo I
Cuando partí lejos de mi país para estudiar un semestre de intercambio en una universidad extranjera, siempre esperé extrañar a mi familia, a mis amigos y a la comida casera con la que hasta entonces me había alimentado. Lo que no esperé fue la devastadora soledad que llegó cuando comprendí que, aunque contara con todos los ingredientes para hacer la comida de mi país —la misma que había aprendido año con año a cocinar: arroz esponjoso, millares de sopas y millares de guisados caldosos—, nunca iba a saber igual. Se trataba de un asunto que tenía que ver con el agua, con la altitud, con las cuestiones difíciles de estandarizar (las variables independientes aleatorias, como habrían dicho en la carrera de biología) que ya habían determinado que, mientras estuviera ahí, mi picadillo con arroz rojo nunca sabría del todo correcto.
Hablé con Audrey, con quien compartía la aventura del intercambio académico, y juntos recorrimos restaurante tras restaurante de comida mexicana. Todos eran casi perfectos, pero ninguno sabía a algo más que una imitación de nuestra casa. Empezamos a pensar que no habría forma de que esa soledad nos dejara. No habíamos aguantado ni dos meses.
Todo cambió con la primera mordida a un nugget de pollo de una cadena de comida rápida. ¿Cómo era que tenía más sabor a casa que todos los restaurantes mexicanos que habíamos probado antes? No tenía sentido y, sin embargo, era cierto.
La primera visita supo a infancia. A comidas familiares, juntar catsup con mayonesa, jugar con esas piezas doradas, los nuggets de pollo en forma de dinosaurio, y ver las aventuras de Pie Pequeño en La tierra antes del tiempo. La segunda supo a adolescencia, a juntar el dinero de la semana para escaparnos los viernes a McDonald’s o Wendy’s, y pedir una caja humeante de seis o diez piezas. La tercera me recordó a mi hermano y las veces que, en la madrugada, después de ordenar treinta piezas de nuggets para cada uno yo había pensado que esa era la felicidad, comer catsup, estar juntos, atragantarnos hasta que nos doliera el estómago y pensar en Pie Pequeño de nuevo, en que los nuggets seguían pareciendo pequeños dinosaurios hechos bolita como si se acurrucaran antes de dormir.
Terminamos volviendo al menos tres veces al mes. Lloramos ahí, reímos ahí, nos dijimos lo cansados, lo solos que nos sentíamos, lo terriblemente estúpida que se sentía la soledad de estar lejos de casa cuando éramos tan privilegiados, tan afortunados de vivir una experiencia como esa y de poderla compartir el uno con el otro.
Muy breve historia de los nuggets I
La invención de los nuggets de pollo marcó un antes y un después en la historia de la comida estadounidense y de su descenso hacia lo ultraprocesado. Antes de 1983, el consumo de pollo era más sencillo: pollo asado o cocido, completo, simple. Había ya salchichas de pollo, pollo congelado y pastrami de pollo, pero no se consumía tanto. Todo cambió el otoño de 1983, cuando McDonald’s introdujo el McNugget. Las ventas se dispararon, y el consumo de pollo cambió.
Es un tema de evolución II
Hablar de la evolución de las especies, la manera en la que pasamos de LUCA a la enorme biodiversidad que tenemos ahora, o simplemente hablar de “evolución”, nos tomó mucho, mucho tiempo. La idea de un cambio paulatino en los seres vivos que lleva a una especie a convertirse en otra o la idea de un ancestro común de donde surgieron todas las especies, habría sido una tontería total antes de 1700. Hasta entonces, la visión sobre las especies estaba permeada por la mirada aristotélica: una idea de inmutabilidad y de una esencia permanente e invariable que diferenciaba a los distintos seres vivos entre sí.
Muchos naturalistas se preguntaron por las similitudes entre los seres vivos, pero la idea de un cambio que hacía a una especie dar pie a otras más, no comenzó a dibujarse en el horizonte científico hasta la llegada de Georges Luis Leclerc (1707-1788), el conde de Buffon, el primero en admitir la posibilidad de que las especies no fueran inmutables.
Otros naturalistas contemplaron cosas similares, Carolus Linnaeus (1707-1778), el padre de la nomenclatura binominal [la forma en la que actualmente clasificamos a las especies en género y especie como Canis familiaris (perro) o Gallus gallus domesticus (gallina)] consideró la posibilidad de que las especies cambiaran por hibridación.
Erasmus Darwin (1731- 1802), abuelo de Charles Darwin, fue el primero en contemplar un origen común a todas las especies, un “filamento de vida” y la posibilidad de que la competencia y selección sexual entre las especies pudiera provocar cambios a largo plazo; y Jean Baptiste Lamarck (1744-1829) pensó que las especies, creadas espontáneamente, se perfeccionaban a lo largo del tiempo al adaptarse a su entorno por medio del uso o desuso de sus órganos, manteniendo esos cambios por medio de una capacidad de heredabilidad. De Lamarck nos viene la aterradora idea de que tal vez un día perderemos nuestro meñique por falta de uso.
Las teorías llegaron y se fueron hasta que en 1857 se publicó El origen de las especies de Charles Darwin (1809-1882). Un libro donde Darwin acuñó el término selección natural para hablar del “principio por el cual toda variación favorable, por ligera que sea, es conservada”, referente a la capacidad de las especies de cambiar gracias a variaciones paulatinas, genéticas y hereditarias que, al ser exitosas y ayudar a la supervivencia de la especie, se mantienen y acumulan hasta que la especie se divide.
Antes de Darwin, el término evolución había sido utilizado en la embriología para hablar de los cambios por los que transitaba un embrión, pero no fue sino hasta después de él que el término comenzó a portar el significado del proceso paulatino y constante de la selección natural que lleva a las especies a bifurcarse, cambiar y transicionar. Las teorías de la evolución han ido y venido, la misma teoría de Darwin ha sido modificada y reevaluada, pero su aportación permanece.
Muy breve historia de los nuggets II
Los nuggets de pollo tomaron por sorpresa a los Estados Unidos. Una extensa campaña publicitaria había concientizado a la población sobre los males de la carne roja y las personas ahora miraban al pollo como la respuesta al problema: una carne saludable, barata y deliciosa. Así que, en 1983, cuando los McNuggets se presentaron en el panorama gastronómico, rápidamente se convirtieron en la comida para niños por excelencia, eran la opción divertida y saludable, la opción menos problemática. Y, mientras que al inicio se promocionaron como hechos con pechuga, pronto se descubrió que tenían más grasa que una hamburguesa y que estaban hechos de los restos molidos del pollo: tendones, piel, la carne sobrante. Seguían siendo deliciosos y llegaron a representar 10% de las ventas globales de McDonald’s.
Los T. rex son más pollo que lagarto
Algunos biólogos contemporáneos se han dedicado a rastrear los cambios de las especies a lo largo del tiempo mediante estudios filogenéticos. Por medio de ellos, podemos hacer taxonomías cada vez más acertadas, es decir, ligar especies unas con otras y decir: “es verdad, ustedes son primos. Aunque ya no quede un indicio obvio de su parentesco, alguna vez fueron lo mismo”. Con suerte, algún día encontraremos a LUCA, nuestro gran ancestro en común, el que nos conecta a todos.
Fue así como en 2008, los doctores John M. Asara y Lewis C. Cantley del Centro Médico Beth Israel Deaconess y la Facultad de Medicina de Harvard, procesaron las proteínas obtenidas de un tejido blando encontrado en un fémur de T. rex excavado en 2003 por John R. Horner y Mary H. Schweitzer.
El descubrimiento del tejido blando fue un milagro en sí mismo, durante años se había pensado que era inútil buscarlo, seguramente habría desaparecido, pero cuando Schweitzer desmineralizó el fémur, lo encontró: una sustancia viscosa que mostraba vasos sanguíneos. Colágeno, proteínas, algunas células intactas, una mina de oro. Durante los más de trescientos años de existencia de la paleontología, nadie había pensado que una prueba así valdría la pena, hasta Schweitzer.
Años después, cuando Asara y Lewis examinaron el tejido, descubrieron que los resultados arrojaban 90% de posibilidades de que los parientes vivos más cercanos del Tyrannosaurus rex fueran las aves modernas: los pollos, las gallinas y los avestruces.
Esta relación entre aves y dinosaurios ya había sido pensada, después de todo, se sabe que las aves modernas descienden de los terópodos, el suborden de dinosaurios al que pertenece el T. rex. Pero el análisis de Asara y Cantley permitió confirmar nuevamente lo que años de evidencia venía apuntando, además, “demostramos que [el T. rex] se agrupa mejor con las aves que con los reptiles modernos, como los caimanes y los lagartos anolis verdes”.
Quizás los paleontólogos ya sospechaban el vínculo que unía a esos depredadores cretácicos con los pollos, pero para quienes crecimos viendo películas infantiles de dinosaurios y comiendo nuggets, la relación entre ellos parece imposible. El tiranosaurio rex, el “tirano de los lagartos”, un depredador mortífero de casi cuatro metros de altura, implacable, letal, y un pollo. Imposible.
Pensé mucho en este vínculo. Pensé en las gallinas del pueblo de mi padre y en cómo sus paseos tal vez reflejaban ese vínculo cretácico. Pensé en los nuggets, en que tal vez todo este tiempo habíamos devorado lo más cercano al depredador más implacable que alguna vez caminó sobre la tierra. Eso es la evolución, después de todo. Cambios. Cambios sostenidos a lo largo de millones de años que llevan a unos seres a ser temibles y otros a ser tiernos y esponjosos sin perder parentesco.
Pero ni Darwin pudo haberse imaginado que en algún lugar del pollo encontraríamos un rastro de su esencia milenaria, que lo convertiríamos en una broma de su pasado. Nuggets de pollo con forma de dinosaurio. Ahí se resume toda la especiación, en dos especies relacionadas entre sí que ahora se convierten en un solo producto alimenticio frito. Dorado. Perfecto.
En todos lados hay nuggets de pollo II
Los nuggets de pollo, suaves y estandarizados, fueron nuestra salvación mientras estuvimos lejos de casa. Lejos de casa, comía solo cuando mi cabeza se sentía pesada e incluso entonces no comía mucho. Nada sabía correcto, nada sabía a hogar.
Comencé a comprar nuggets de pollo congelados en el supermercado. Era una dieta terrible, pero funcionaba. Entre semana, nuggets de pollo al menos un día. El fin de semana, Audrey y yo regresábamos al restaurante de comida rápida si podíamos permitírnoslo. Mis días se llenaron de orbes dorados, de dinosaurios de pollo, de la melancolía de estar lejos de casa. Seguí cocinando cosas que no sabían del todo correctas y poco a poco me acostumbré. Logré adaptarme y comer mejor. Los nuggets me sostuvieron hasta entonces.
Nuggets caseros I
Si uno intenta economizar en visitas a los restaurantes de comida rápida, deberá estar preparado para cocinarse sus propios nuggets de pollo. Para ello, habrá que iniciar con una visita al supermercado por pollo molido y separarlo en pequeñas porciones del tamaño de una mordida —y con forma de dinosaurio por respeto a los antepasados de nuestro pollo— que deberán ser congeladas por una hora (aunque esto tampoco es muy necesario). En este tiempo será importante pensar en el pasado, en los cambios inevitables, en las pequeñas modificaciones que nos han hecho evolucionar en quienes somos.
La virtud de preparar nuggets caseros está en que uno decidirá entonces si los quiere de pechuga o no. No será necesario confiar en ninguna cadena de comida rápida. Sabremos exactamente qué nos metemos a la boca.
Cuando el tiempo haya pasado, hay que juntar harina, fécula de maíz y pimienta, ese es el gran secreto del empanizado de los nuggets y permitirá que el resultado sea uniforme, crocante y hermosamente dorado. Aunque también se pueden usar migas de pan como en las milanesas.
La evolución es…
Es importante entender que el concepto de evolución no necesariamente significa progreso. Quienes creen que ambos conceptos están intrínsecamente relacionados, han caído presas de las trampas del utilitarismo. La evolución es cambio, es bifurcación, no es un mejoramiento en el sentido moral o utilitarista porque aplicar eso a la naturaleza sería extraño. La evolución es benéfica, permite que una especie sobreviva y con esa supervivencia vendrán cambios inevitables y, eventualmente, una bifurcación, pero no una que ponga a una especie sobre otra. Son cambios que solo son. La supervivencia de los más aptos, a la manera de Darwin, no significa la supervivencia de los mejores, solo de quienes cuyos rasgos biológicos les permitieron mantenerse con vida ante cambios insospechados. Permanecieron quienes cambiaron, aunque también hubo especies que cambiaron y cuyos cambios no les ayudaron a sobrevivir, entonces perecieron. Las especies cambian, las personas cambian. Nuestra naturaleza no es inmutable y eso no es bueno ni malo. Solo es.
Ese mismo cambio, lento, constante, inevitable, llevó al ancestro en común que comparten los T. rex y los pollos, aquella especie de la cual se desprendió por un lado un depredador mortífero y, por el otro, miles de años después, un ser apacible, domesticado y delicioso.
Nuggets caseros II
Hay unas recetas que recomiendan usar huevo para enharinar (o empanizar según sea el gusto), y otras que mencionan agua mineral. Se puede usar cualquiera de las dos, aunque el agua mineral, cuando el pollo está congelado, es extrañamente efectiva.
Después, a freír y todo listo. Aunque hay que tener cuidado, si bien las teorías aristotélicas sobre la esencia de cada especie han sido refutadas, es posible que al comer un nugget de pollo con forma de dinosaurio, al cerrar los ojos, casi podremos ver a un ser extinto, de casi cuatro metros de alto, devolviendo la mirada. Lo bueno es que, después de todo, sabe a pollo.
Fotografía de Gage Skidmore, 20 de febrero del 2025. CC BY-SA 2.0
Me apena comenzar un párrafo con una excusa. Desde que le propuse la idea de este texto a mi editora, en diciembre de 2024, han pasado apenas tres meses y los disparates radicales de Elon Musk no han hecho otra cosa que aumentar de forma exponencial. Me vi obligado a modificar el ángulo de las críticas cuando, cerca de terminar el año, en el bodrio que antes solía llamarse Twitter, el billonario declaró que el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (Alternative für Deutschland, AfD) era la única opción para salvar a su país. Elmar Brok, ex miembro del Parlamento Europeo, calificó con temprana puntería la intromisión de Musk como una“fantasía de dominación mundial de los reyes tecnológicos de Estados Unidos”.1
¿El hombre más rico del mundo reculó en sus pronunciamientos al darse cuenta de los alcances de su (nada discreta) intervención mediática? No: un mes más tarde, a través de la plataforma de la que es dueño, sostuvo una charla con la líder de AfD en la que ella aseguró, entre otros absurdos, que Hitler no era de derechas, sino más cercano ideológicamente al comunismo.2 ¿Desde entonces limitó Musk sus dislates para no comprometer la obvia influencia que posee en la administración trumpista? No: atacó a los jueces federales que bloquearon (mediante mecanismos institucionales propios de un país que se pretende demócrata) acciones de la agenda política en turno, provocando que se dispararan las amenazas contra la seguridad de los magistrados.3¿Procuró el supuesto genio moderarse en público a fin de tranquilizar el convulso panorama de su país? No: el 20 de enero de 2025, en un acto que alarmó a cualquier ser humano con medio gramo de materia gris entre frente y nuca, concluyó su discurso en la inauguración presidencial haciendo un saludo nazi perfectamente articulado.4,5,6 Aterra pensar en la lista de desatinos potenciales en los que Musk podría incurrir de ahora en adelante.
Bastará el ejemplo de Henry Ford para recordar que no es nueva la figura del magnate que, fuertemente opuesto a los movimientos obreros y partícipe de actividades panfletarias, se vale de su poder para influir en grupos de extrema derecha.7 Donald Trump, por otro lado, ilustra cómo es que la clase billonaria estadounidense puede formar su imagen pública a través de una suerte de mitologización pop: no sólo fue presentador de televisión y un invitado recurrente en franquicias de lucha libre, sino que se interpretó a sí mismo en los cameos que hizo en películas como Home alone (1992) y series como The Fresh Prince of Bel-Air (1996).
Acaso Musk adquirió impronta de estos trucos mediáticos. Desde que apareció en Iron Man 2 (2010), ya contaba con fanáticos lo suficientemente incautos como para decir que él era el Tony Stark de la vida real (¿hace falta mencionar todos los clips en YouTube atiborrados de comentarios repitiendo lo mismo?). Posteriormente, actuó de sí mismo en un capítulo de The Big Bang Theory titulado “The Platonic Permutation” (2015), en el que los productores decidieron mostrarlo como un billonario humanista, capaz de participar en labores de voluntariado; para la misma franquicia, en la serie Young Sheldon (2017) dieron un paso extra, relatando que fue gracias a los cuadernos de la infancia de Sheldon Cooper que Musk pudo desarrollar los cohetes de Space X (chistecillo que, con la conveniente excusa de la ficción, deforma el hecho central de que Musk no ha diseñado, ni técnica ni ingenierilmente, ninguna de las naves aeroespaciales de su empresa). Las apariciones se han repetido en, por poner unos ejemplos, The Simpsons (2015), South Park (2016), Rick and Morty (2019) y Men in Black: International (2019).
Con su reiterada presencia en el cine y la televisión, Musk ha procurado proyectar la fachada de un multimillonario poco convencional, divertido y abierto a satirizarse. A mí me parece que, después del avivamiento criptofascista que vino con Trump, la mayor desgracia política que le ha ocurrido a Estados Unidos en la última década fue el éxito de Musk en convencer al público —moderado y conservador— de su supuesta genialidad. Porque, vaya, hay que enunciarlo con toda la seguridad posible: el tipo vive en las antípodas de la lucidez. Es errático, caprichoso, voluble y, por encima de todo, ridículo. Su conducta pública —a menudo marcada por saltitos infantiles, chistes carentes de gracia y afirmaciones demenciales— carga el espíritu patético de quien no entiende los motivos que lo vuelven indeseable. Robotizado, incómodo, en vano intenta excusarse con un diagnóstico de neurodivergencia que no debería, bajo ninguna perspectiva, justificar su imbecilidad política y sus modos de dictadorcito tecnócrata.
Musk no sólo es un farsante: es un hipócrita. Alrededor suyo se han aglomerado todas las cantaletas ideológicas de la derecha libertaria estadounidense (pro libre mercado, pro reducción del Estado, pro beneficios fiscales para el empresariado, y un zizekiano and so on) que lo encumbran como la cristalización última del Gran Capitalista. Mezquino, ha querido hacerse pasar por un sujeto innovador, self-made, que alcanzó el éxito tras imponerse a los tortuosos obstáculos del Estado. Pero la realidad no corresponde con esta historia.
En 1995, con su hermano Kimbal y Greg Kouri, Musk se valió de fondos de inversores privados (incluido, oh sorpresa, su padre) para cofundar Zip2, una empresa de software que proporcionaba guías locales para periódicos; cuatro años más tarde, la venta de la empresa le otorgó ganancias de 22 millones de dólares, los cuales usaría para fundar una banca virtual que terminó fusionándose con PayPal.8 Creó SpaceX en 2002 y comenzó a invertir en Tesla Motors a partir de 2004.
Hay que hacer hincapié en lo anterior: Musk no inventó Tesla. La empresa de vehículos eléctricos fue fundada en 2003 por Martin Eberhard y Marc Tarpenning. El magnate de origen sudafricano entró como inversor principal en 2004, se convirtió en presidente y luego en CEO tras orquestar la salida de Eberhard tres años más tarde. Éste incluso demandó a Musk en 2009 por difamación y por atribuirse el título de fundador, caso que se resolvió con un acuerdo que reconoció a cinco cofundadores de Tesla; es decir, Musk se ganó el epíteto a posteriori, reescribiendo la historia oficial de la empresa a su favor.9
Al párrafo anterior se le podría debatir el hecho de que la compraventa de empresas es una dinámica normal dentro de un mercado dinámico y saludable, cosa que no abollaría ni un poco la reputación de Musk como un tipo voraz y astuto que supo cómo poner en práctica los principios del laissez faire. Y el asunto es ese: él falla incluso en respetar las directrices de su supuesta postura anti-Estado, anti-ayudas y anti-intervenciones. Tesla recibió un préstamo de 465 millones de dólares del Departamento de Energía de los Estados Unidos en sus primeros años; además, sus ventas se han visto históricamente impulsadas por créditos fiscales federales en la compra de vehículos eléctricos.10Peor aún: durante la última década, Tesla y SpaceX ganaron al menos 18 mil millones de dólares en contratos federales del gobierno norteamericano.11
Aunque en sus cameos televisivos pretenda ser un tipo humanista y empático, Musk se ha distinguido por liderar empresas con dinámicas laborales problemáticas. Trabajadores de Tesla han acusado a la compañía de fomentar una cultura hostil y de reprimir la coordinación de sindicatos. Además, la fábrica de Tesla en Fremont, California, ha sido objeto de al menos 10 demandas por discriminación racial generalizada y acoso sexual (incluida una interpuesta por una agencia estatal de derechos civiles).12
De forma irónica —viniendo de un tipo cuya fortuna ha dependido de las ayudas del Estado— Musk se encuentra en una cruzada por promover recortes masivos en gastos gubernamentales. A partir de 2024, sin ser un funcionario público en forma, apenas se convirtió en asesor del Departamento de Eficiencia Gubernamental (Department of Government Efficiency, DOGE) comenzó a proponer la disminución de subsidios a las energías renovables, así como la eliminación de regulaciones ambientales. ¿Hay, además del negacionismo al cambio climático, un motivo puntual por el que Musk buscaría mermar estas regulaciones? Sí: su beneficio personal como dueño de SpaceX. En lo que representa un claro conflicto de interés, ha intervenido en la Administración Federal de Aviación (Federal Aviation Administration, FAA) para que el sistema de internet satelital de Starlink sea utilizado en la gestión del espacio aéreo estadounidense y, de paso, que las restricciones a los lanzamientos de SpaceX disminuyan.13
La evidencia sobra: Musk le ha demostrado al mundo que no existe matiz ético alguno que le preocupe. Protegido por la agenda del neoconservadurismo gringo —con todo y su tufo conspiranoico y negacionista—, se sabe exento de represalias ante sus malas prácticas como asesor gubernamental. Otros14 han advertido ya que su culto a la personalidad ha generado una burbuja de valoración dañina para cada uno de los mercados que toca; basta asomarse a Twitter cada quincena para enterarse de que un post suyo generó una nueva polémica en el mundo de las inversiones.
Musk pretende que su renuencia a seguir las reglas no es más que una muestra de su genialidad disruptiva. Con terrible éxito, ha convencido a hordas de technobros de que su conducta está enraizada en la irreverencia y la originalidad. Lo cierto es que su aversión a las normas es una excusa para su corrupción moral y política. Ya sea eludiendo leyes laborales, obligaciones fiscales o normatividades de toda clase, ha instrumentalizado el discurso ideológico alrededor de su movimiento para blindarse ante las críticas y los llamados a rendir cuentas: quienes buscan señalarlo son, claro, enemigos del progreso que él enarbola. La tendencia estadounidense debería alarmarnos. ¿Qué porción de nuestro futuro será determinada por las afinidades de billonarios que no temen socavar instituciones democráticas en nombre del mercado? ¿Qué nos protege de que, con insistencia, más figuras así salten del empresariado a la política con el único fin de allanar el camino hacia la monopolización del poder?