Fue el primer tuit que leí en el día. Alguien había publicado una recopilación —caótica y pobre en pixeles— de varios clips representativos de la cultura pop gringa de inicios de siglo, acompañada por la leyenda: “Quizá nunca más atestiguaremos un periodo generacional como el de 2000-2008”. Otro usuario, llamado @Boringstein, citó el video con una frase que me sacó una risilla ladina: “Es asombroso que la mejor época de la historia humana siempre se alinea con el tiempo en el que alguien tenía 12 años”.
El nostálgico es, a menudo, ridículo, y no por el natural hecho de entrañar las dimensiones de la vida pasada, sino por privarlas de complejidad. Es cierto: estamos condenados a juzgar el pasado desde un puñado de remanentes corrompidos, de ficciones que, con la óptica de un prisma caprichoso, distorsionan las imágenes de lo que fue. Pero este atributo de la memoria (acaso su mayor defecto) no justifica la imprudencia de quien construye en la nostalgia un lugar para habitar la vida cotidiana. No son escasos los problemas que se engendran en la añoranza acrítica del pasado.
De entre todas las que se encuentran en boga, quisiera centrarme en dos tipos de nostalgia. La primera de ellas es apenas una excusa de explotación mercantil del pasado; la segunda, preocupante, consiste en una instrumentalización ideológica. Tengo la impresión de que ambas guardan una correlación tan discreta como terrible.
Nos hemos acostumbrado a vivir en un tiempo de refritos. Con entusiasmo paralelo o con resignación paterna, llevamos a nuestros hijos al cine para mirar historias que ya conocemos y, de paso, perpetuar la existencia de franquicias cuya calidad no corresponde con nuestra estima hacia ellas. Las corporaciones de entretenimiento nos han convencido de que los niños deben ser expuestos a las producciones clásicas no mediante su divulgación, sino su traslación a nuevos medios. Si bien a muchos nos ha parecido ridícula la idea de rehacer clásicos de cine infantil usando CGIrealista en lugar de, simplemente, relanzarlos, resulta obvio que en esta dinámica está entrometido un factor más potente que la nostalgia: el dinero. Me atrevo, sin embargo, a preguntar: ¿es solo el dinero lo que orilla a las casas productoras a parir secuelas y remakes de forma indiscriminada? ¿Es solo la rememoración lo que orilla a los consumidores a mirar infinitas variaciones de la misma obra?
Duke Beardsley, pintor norteamericano que ha dedicado la mayor parte de su trabajo a la temática western, apunta con gran sentido del humor hacia la escasez creativa del arte nostálgico:
La nostalgia, como motor en el arte… en el arte occidental… en MI arte occidental… es delicada. Porque seduce. Y porque funciona. Y, aceptémoslo, también es fácil. No técnicamente, pues muchas de las obras más nostálgicas de la historia también se cuentan entre las más sofisticadas a nivel técnico. Me refiero a que es intelectualmente fácil. Porque si algo está impulsado artísticamente por la nostalgia, significa que se basa en algo que ya existe. Algo establecido. Ya explorado. Un camino demasiado transitado. Y por muy cómodo que eso sea, no es precisamente algo innovador.1
Hace tiempo me encontré con la tesis que Hannah Ziesmann presentó para adquirir el grado de maestra en Artes, por la Universidad del Estado de Arizona.2 Titulada Memory and Nostalgia In Contemporary Art (2020), su obra analiza casos puntuales de artistas plásticos que se han valido de la nostalgia (en su acepción más cercana a la remembranza) para producir piezas que, a través del análisis de la dimensión social de la memoria, logran cuestionar, abrazar e incluso renegociar el pasado. Desde la producción de Spencer Finch a la de Gala Porras-Kim, los casos abordados muestran justo lo contrario al secuestro sentimentalista de la nostalgia que tiene lugar en los medios masivos contemporáneos: aquí, más bien, ocurre un diálogo activo y una crítica; es decir, no se trata de una postura servil ante el pasado. Se entiende a la memoria como un medio para la creación de sentido.
Hace algunos párrafos planteé mi interés en dos nostalgias. La segunda de ellas, dije, cuenta con raíces ideológicas. Acaso uno de los más efectivos componentes discursivos del trumpismo —que ha bastado ya para ganar dos elecciones presidenciales— es la sencillez de su articulación política: transparente en su conservadurismo, aboga por la recuperación de una grandeza perdida. ¿Cuál grandeza y, específicamente, cuándo se perdió? No importa. Esa es la facción malévola de la nostalgia: uno puede entenderla desde la deformación.
El reaccionario rara vez sabe apuntar, en términos políticos, qué es lo que quiere. Abanderado de la nostalgia, se unirá a las filas de quien sea que le prometa recuperar el pasado especulativo del que se jacta su memoria. Mejor economía, mejor calidad de vida, mejor cultura, mejor contenido de consumo. Mejores tiempos.
Mark Lilla, en su libro The Reckless Mind (2016), condensó perfectamente uno de los motivos que explican el reiterado fracaso del liberalismo contemporáneo cada vez que llega el momento de medir fuerzas con sus rivales dentro de la casilla electoral: “Las esperanzas pueden ser decepcionadas, la nostalgia es irrefutable”.3
La búsqueda por revivir ideales del pasado ha encontrado su terreno más fértil en internet, donde comunidades enteras se aglutinan alrededor de imágenes idealizadas de lo que fue. En plataformas como TikTok, YouTube o Reddit, proliferan compilaciones, memes y clips que romantizan décadas anteriores como respuesta simbólica a problemas actuales, desde la inseguridad económica hasta la ansiedad social. Esta tendencia configura una narrativa que posiciona lo antiguo como inherentemente mejor, no porque ofrezca soluciones prácticas, sino porque genera una reconfortante ilusión de orden y simplicidad.
Han abundado siempre quienes viven alienados en la defensa del tiempo pasado. Ahora nos enfrentamos con el extraño caso de tribus virtuales que maquillan sus apologías reaccionarias con la estetización de un ayer que no vivieron y que, ciertamente, no existió. La creciente plaga de la nostalgia fingida.
“Primer plano de mujer rubia arrollada e impactada contra poste, Av. Chapultepec y calle Monterrey, 29 de abril de 1979”. Fotografía de Enrique Metinides. Recuperada del archivo del MUAC.
Es increíble cuánta gente muere en la calle, por las razones más diversas y de las formas más variadas. Increíble, también, la cantidad de gente que duerme en la calle y que hace el amor en la calle. Resulta sorprendente (por no repetir increíble), además, que esos tres actos, que en el mejor de los casos le pertenecen al hogar, al interior, o que al menos en él tienen un matiz mucho más pudoroso, se cuenten por miles en las avenidas de este país y a nadie parezca asombrarle: nos hemos acostumbrado a ver gente tendida en los exteriores, sola o acompañada, sin preguntarnos más, a menos, claro, que haya un elemento presente: la sangre, que tiende a colocar signos de admiración en un enunciado por lo demás trivial. Si esta sustancia no existiese, ¿quién sería capaz de diferenciar al que duerme del que está muerto?
La sangre cambia los puntos suspensivos del sueño por el punto final de la muerte, y trastoca, así, la oración de la quietud de los cuerpos. Y si es cierto que la sangre llama, ¿por qué casi siempre somos incapaces de resistir la tentación y acabamos por contestar, aunque la llamada no fuera para nosotros? No es casualidad, por ejemplo, la cantidad de publicaciones impresas y sitios de internet que publican, única y exclusivamente, imágenes y videos de accidentes y asesinatos.
Todos los días, según tengo entendido, un grupo de fotógrafos se reúne en el Monumento a la Revolución al caer la noche, para esperar el llamado de sus contactos en la policía y la Cruz Roja: si hay un descabezado, un choque o una balacera, ellos se dirigen inmediatamente al lugar para obtener la primicia. Algunos, incluso, recorren las calles dentro de las patrullas o ambulancias, no esperan a que los llamen. Su testimonio fotográfico aparece al día siguiente en la primera plana de los diarios amarillistas y la gente entonces puede ver lo que ocurrió al cobijo de la noche; lo que pasaba allá afuera.
No es de sorprender que La Prensa, por ejemplo, tenga un tiraje muy superior al resto de los diarios en México: en su primera plana casi siempre aparecen fotografías de cuerpos humanos en todo el espectro de la carne: mujeres desnudas, mutilados, asesinatos y accidentes escandalosos en general, casi siempre enmarcados por banquetas y avenidas. La ley de la oferta y la demanda de la sangre, de la carne; una manera de asomarnos al interior de la vida de alguien (pero sin entrar), a su intimidad, a la desnudez que brinda la falta de ropa y a la desnudez última: un cuerpo que no está cubierto de vida.
La nota roja es un ejercicio hematófago y voraz: siempre necesita sangre fresca y corre a contrarreloj: son los primeros en llegar al lugar del accidente los que ganan, los que logran no siempre las mejores tomas, pero sí las más frescas (sic) o gráficas. La muerte tiene un periodo corto de vida fuera del cuerpo humano y pierde su carácter de interesante (por ser demasiado abstracta) si no se encuentra pronto con un nuevo huésped al que podamos observar y, en todo caso, documentar. En la película Nightcrawler, de Dan Gilroy, un hombre vive (en toda la extensión de la palabra: halla sentido a su existencia y los medios de sustentarla) de ser el primero en lograr las tomas de los accidentes y venderlas a los noticieros. Lo curioso de la película, o uno de los elementos que más me atraparon, es que lo suyo empezó por azar y luego decidió convertirse, por así decirlo, en un fisgón profesional. El morbo propio que hace eco en el morbo de los demás.
Pero hablemos de una de la figuras emblemáticas de la fotografía en nuestro país: Enrique Metinides, quien se define como un hombre que se acerca más al fisgón suertudo que al reportero: muchas de sus tomas se lograron porque, por lo general, era el primero (o de los primeros) en acudir al lugar (cámara en mano, porque quien narra la escena con palabras no tiene el mismo crédito que el primero en retratarla) y captar la escena. Sus fotografías son memorables, entre otras cosas porque, precisamente, son las primeras que narraron el suceso y, en ocasiones, las únicas: la periodista Adela Legarreta prensada por un carro a media calle, el electricista calcinado sobre el poste de luz, el ciclista hecho pedazos, tanto o más retorcido que su bicicleta. Quizá Metinides no era el más avispado de los fotógrafos, pero parecía ser el más veloz y oportuno porque, según sus propias palabras, “siempre andaba en la calle, con la cámara lista”.
Cabe preguntarse si el éxito de este fotógrafo hubiera sido el mismo hoy en día, cuando la cámara fotográfica es un elemento más cotidiano que en aquel entonces: todos los poseedores de un teléfono inteligente se vuelven posibles documentadores; el morbo testimonial se ha democratizado, con lo que, ahora sí, no siempre es la primera fotografía la que capta más la atención, sino la más gráfica o extraña. A este respecto, Metinides llegó a comentar, en alguna entrevista, que presenciar tantos accidentes lo llevó, en algún momento, a soñar con ambulancias: una sobreexposición a los hechos más duros. ¿Por qué, entonces, lo hacía?
Según algunos estudios, las fotografías o videos de accidentes son las más numerosas en la galería de un celular promedio, sólo precedidas por imágenes eróticas o fotografías propias. Carne en toda la extensión de la palabra. Si para Susan Sontag el tomar fotografías es una forma de sentirnos útiles en actividades por demás “inútiles” (como las vacaciones), tomar fotografías de los muertos, apreciarlas y consumirlas, nos reafirma en nuestro carácter de existentes. En un mero ejercicio de contraste, tener la capacidad de ver a los muertos nos reafirma como vivos. Según algunos psicólogos, existe una tendencia a acercarnos a presenciar un accidente en la calle porque nos produce un íntimo placer y alivio ver a alguien más tendido ahí: logramos ver a la muerte como a un animal salvaje, enjaulada tras los barrotes de un cuerpo desecho, ajeno. La vemos desde afuera.
Cada fotografía narra una historia y a nadie le gusta ser el protagonista de una tragedia. Nos place observar la muerte, la hecatombe y el infortunio como algo lejano: ver que alguien sucumbe antes que nosotros nos permite apreciar nuestra estancia en este mundo, quizá revalorarla; corroboramos que nuestra historia sigue esperando un punto final. Jeff Bierk es un hombre que, luego de superar su adicción a las drogas, se dedicó a fotografiar indigentes y adictos, quizá como un recordatorio de que él ya no estaba ahí, adentro de ese mundo y, además, según sus propias palabras, como una forma de visibilizar a esas personas ante el resto del mundo: gente que vive, come, duerme y hace el amor en la calle. La pobreza, el vicio y la suciedad son aceptables sólo cuando nos son ajenas o cuando las hemos superado, entonces se habla de ellas con soltura, desde afuera. Eventos a los que normalmente les sacamos la vuelta, o que apreciamos un instante para después olvidarlos, se vuelven postal al ser sometidos al ojo escrutiñador del “mirón” armado con una cámara. Sus fotografías fascinan no porque muestren algo que no conociéramos, sino porque nos reafirma que no somos nosotros los que estamos ahí, que por más abajo que nos encontremos, siempre habrá alguien peor.
La fotografía pone una barrera entre el testigo y el protagonista, separa al curioso del documentador: nos permite ser útiles, da la sensación, otra vez, de que estamos “haciendo algo”. Una de las quejas más comunes hoy en día, en que las fotografías y los videos de tragedias, abusos policiales y asaltos abundan, es el papel del fotógrafo, al que se le acusa de sólo limitarse a observar y no involucrarse. Ya Kevin Carter sufrió los embates de quienes decían que, en lugar de sólo disparar luz sobre el buitre que acecha a un niño famélico, debió hacer algo, intervenir, pero tomar un rol activo en los sucesos no es cosa fácil la mayoría de las veces. Documentar es algo, participar es otra cosa: nos gusta dejar testimonio de que estuvimos ahí, pero no ser la noticia.
Tomar una fotografía nos permite aportar nuestro granito de luz a la sensible montaña de la justicia, sentir que estamos haciendo algo más que sólo ver, pero sin exponernos demasiado. Quizá pensemos que al documentar, evidenciamos, y que un problema visibilizado se encuentra más proclive a ser resuelto, aunque no siempre resulte de esa forma. Susan Sontag señalaba que tantas fotografías que muestran el horror, con la intención de provocar desasosiego en el espectador, y que de esa incomodidad nazca la acción, acaban por crear el efecto contrario: nos desensibilizan, ya no sentimos indignación al verlas.
El internet, en buena parte, ha ayudado a acceder a este tipo de material y a lograr que los jóvenes se escandalicen más ante una mala actuación en su serie favorita que ante un descabezado. Por ejemplo, en las épocas de la preparatoria, mis amigos y yo frecuentábamos, además de sitios con contenido erótico (quizá con la misma frecuencia con que nos lo habían prohibido nuestros padres) una página dedicada exclusivamente a mostrar fotografías de accidentes. El sitio (www.rotten.com) se dividía en secciones: accidentes, suicidios con arma y linchamientos; las galerías subían de tono conforme se adentraba más uno. Era una especie de juego entre nosotros tildar de cobarde a quien comenzara a voltear la mirada después de un tiempo, porque necesitábamos refrendar nuestra juventud, valentía y arrojo (nuestro estar vivos) por medio del presenciar la muerte de otros sin chistar; que el cuerpo, tan encerrado en sus límites morfológicos conocidos, no nos horrorizara al desbordarse, cuando se salía de esa forma humana y se transformaba en meros trozos de carne sobre el lienzo del asfalto, nos dotaba de un carácter de arrojo, de frialdad que entonces asociábamos con valentía y madurez. Las fotografías, la mayoría de las ocasiones, eran tomadas por los paramédicos, oficiales de policía y testigos, casi nunca por reporteros, e incluso se recibían colaboraciones, por lo que algunos de nosotros, yo incluido, comenzamos a asistir a clases armados con cámaras fotográficas (en mi caso una Kodak de rollo, con flash integrado) y recorrer las calles de la escuela al paradero de camiones con más lentitud, dispuestos a captar nuestra visión de la muerte, a ser los primeros en capturar el momento preciso del caos; jugábamos a ser Robert Capa y queríamos ser testigos y cazadores de ese momento inefable en que el cuerpo deja de ser la persona y existe una ruptura.
Si Paul Auster señala que en vida un hombre y su cuerpo son sinónimos, y que es la muerte la que los separa (este es el cuerpo de fulano de tal, pero ya no es él; ahora está afuera de este cuerpo; estamos viendo al alma desnudarse de su vestidura de carne y músculos), nosotros queríamos ver el momento de la desnudez última, ese segundo donde se puede presenciar algo que le está reservado al interior. Una de las cosas que me parecían más curiosas de las fotografías de dicho sitio, ahora que lo recuerdo, es que, a pesar de lo violento de algunas muertes, siempre se cubría con un cintillo negro los ojos de las víctimas, si es que todavía los conservaban. Quizá, como con el abismo, si uno se asoma mucho tiempo a unos ojos vacíos de vida, estos terminan por mirarnos también.
Hay algo de misterioso en la muerte, algo que atrae a gran parte de los jóvenes. En Stand by me, la película de Rob Reiner basada en la novela The body, de Stephen King, por ejemplo, es un cadáver el que une a un grupo de niños y motiva su viaje: la presencia de la muerte como rito iniciático a la madurez, a la valentía. Recordaba alguna vez, en una plática con un amigo, que cuando era niño había dos cosas que no se me permitía ver en revistas o películas: desnudos y asesinatos. Sin embargo, la tolerancia de mis padres era mayor para con los asesinatos, ficticios o reales, que para con un acto sexual o un desnudo parcial: mis padres colocaban sobre mis ojos la cinta negra del “voltéate, no veas eso”, para protegerme de escenas indeseadas, aunque años después, en compañía de amigos, emparejaría el marcador al ver la famosa película Traces of Death, una recopilación de asesinatos, suicidios, mutilaciones y linchamientos grabados por curiosos y compilados por un personaje anónimo. Quitarse la sensibilidad a pedacitos, volver a casa un poco menos niño, según nosotros: demostrarnos que la muerte no nos asustaba porque era algo ajeno, algo a lo que le sacábamos la vuelta con facilidad. Que la sangre no es tan espesa como dicen y se traga con facilidad.
Pero sangre somos y a la sangre volveremos, ad nauseaum. No es, quizá, el líquido por sí mismo lo que horroriza a las personas, sino el envase que la contiene, el símbolo que dibuja en su caída, en el escape del cuerpo. La sangre, si se le mira contenida en un tubo de ensayo, no transmite la sensación de ruptura, de corte, de violencia; ver una mancha de sangre sobre la lona de un ring es aceptable, no horroriza a nadie afecto a los deportes de contacto, pero ese mismo líquido se resignifica si se coloca sobre una superficie ajena, como el concreto o las vías del metro. Una mancha de sangre en la calle, sobre el pavimento, casi siempre es símbolo de violencia, ruptura, de algo negativo.
Mamá, por citar un caso, recuerda con especial afectación la muerte de uno de mis tíos abuelos, “la sangre corría por toda la cuneta, como un río chiquito”, narra, y luego hace hincapié en los peligros de beber en la calle y caminar a altas horas de la noche sobre el arroyo vial, elementos presentes en aquel deceso. “Ya si alguien quiere tomar”, remata cada que saca a colación aquella anécdota, “que lo haga en su casa, donde no le pasará nada”. Un acto que siempre le ha parecido negativo, como lo es el beber, le parece menos ominoso, y sobre todo de mucho menor riesgo, si se lleva a cabo en espacios cerrados. Adentro. “El que no quiera ver visiones, que no ande de noche”, recita con tono casi profético al hablar de aquel accidente, y así da por terminada cualquier explicación al respecto. Es decir, que no ande afuera.
Pero sucede que hay gente que sí quiere ver visiones y las busca, aunque la mayoría de las veces sin éxito alguno. Ya que mis amigos y yo nunca pudimos encontrar un accidente lo suficientemente “fotografiable”, fotogénico a la inversa (que luciera en imagen peor de lo que lucía en vivo) pero aun así deseábamos colaborar en aquel sitio de internet, decidimos volcarnos a otra de las secciones: los casos paranormales. Fue entonces que adquirí la costumbre de robar por las noches el carro de mis hermanos mayores y salir con uno de mis amigos de la preparatoria, que además era mi vecino, a recorrer las calles en busca de los sitios supuestamente embrujados del pueblo, para tener evidencia de algún fenómeno paranormal y así catapultarnos a la fama, al menos entre la comunidad que visitaba aquella página. Tomábamos el auto, un Topaz 94 color negro, transmisión automática, y recorríamos uno a uno los sitios que la gente señalaba como malditos: una vieja casa abandonada, un teatro en ruinas, una unidad habitacional totalmente vacía. Buscábamos allá afuera el vacío, el silencio que no teníamos allá adentro en el hogar. El resultado fue el mismo en cada una de las salidas: fotografías de viejas construcciones abandonadas, con fondo oscurísimo, y más bien borrosas y desenfocadas, pero nada que pudiera calificarse de paranormal. La única fotografía donde aparecía algo medianamente inexplicable fue la última que tomé: una neblina delgada flotaba al ras de los cimientos en una de las casas que visitamos, pero en una noche donde ni siquiera hacía frío. Al revelarlas, y descubrir aquella toma, me di cuenta de que no era lo suficientemente buena para la página, pero sí para persuadirme de continuar aquella búsqueda.
“¿Y qué tanto haces en la calle?”, preguntaba mi mamá cuando me veía salir, a lo que yo contestaba que sólo andaba por ahí sin rumbo, platicando con mi amigo. “¿Y no es algo que puedas hacer aquí en la casa?”, reviraba, quizá sospechosa de mis actividades, pero mi respuesta era siempre negativa. “Algo has de andar haciendo, si lo vas a hacer a la calle es porque aquí no puedes, porque de seguro es algo malo”. Porque para ella, ama de casa, mujer hogareña, la casa es un sitio seguro, de costumbres sacras y benignas, donde se está a salvo, se come y se duerme bien, y la calle es su antítesis.
Portada de “Feliz Ano Novo”, Rubem Fonseca. Editorial Nova Fronteira, 2019.
Es difícil saber por dónde empezar a hablar de Rubem Fonseca y de su obra. Así que, para hacerla más fácil, hablemos desde el corazón. Porque Rubem no tenía lectores, tenía hinchas. Torcedores de Zé Rubem.
Se cumplen cien años de su nacimiento, pero también se cumplen cincuenta años de la publicación de Feliz Año Nuevo, su cuarto libro de cuentos. Atrás quedaban Los Prisioneros, El Collar del Perro y Lúcia McCartney. También su novela El Caso Morel. Entre los fanáticos de su obra es imposible que, cada vez que llegue el fin de año, uno no recuerde el relato que da título al libro, que no sienta el impulso de sentarse y releer esas diez páginas que golpean de lleno. Un relato que, incluso leído hoy en día en un mundo anestesiado de ferocidad, todavía incomoda, sacude, que cincuenta años atrás pateó el tablero del relato en Latinoamérica.
El capitalismo salvaje tiene sus reglas. Para que el sistema funcione —para ellos, claro— debe haber un montón de oprimidos, de gente que quede afuera. Entonces, la pregunta es: ¿qué pasa cuando todos aquellos que tienen que ser explotados por el sistema son los que explotan? ¿Qué pasa cuando la carne de cañón se transforma en carne de meter caño?
Una posible respuesta: “Feliz Año Nuevo”, el cuento del maestro Rubem.
Así Fonseca nos presenta a un trío de marginales matando el tiempo el último día del año, viendo por la tele la fiesta de los otros, todo eso que el sistema quiere que tengas para ser un ganador, pero ellos saben que no hay manera de que puedan conseguir por las buenas. No tienen ni idea qué carajo son las buenas. Son tres desesperados cuyas opciones son comer una ofrenda que un vecino le deje a alguna divinidad, aunque eso sea una macumba, porque ellos no pueden darse el lujo de creer en maldiciones, mucho menos de tener fe, porque tienen la panza más vacía que los bolsillos.
Los tres, juntos, matando el tiempo mientras el tiempo los mata a ellos. Más rápido, claro. Hasta que en un momento se mencionan unas armas, no la de Chejov, sino una Thompson lata de goiabada. Acá la Thompson ni siquiera es la de Al Capone, la de la mafia. Sus personajes, no tienen ni idea quién carajo es Al Capone, si no una Thompson lata de membrillo para referirse a su cargador redondo, porque es un objeto cotidiano, un objeto del hambre. Y sumado a su arsenal anda dando vueltas una escopeta recortada que devendrá ya una manera de comprobar algo, una teoría que se escucha en los barrios que patean los personajes, porque en Fonseca los personajes patean las calles, dominan el arte de caminar por las calles de Río de Janeiro.
Entonces solo les queda darles uso a sus fierros. Colarse en una fiesta de los ricos, sin plan ni esperanza, puro estado de desesperación & desesperanza. Una fiesta en la que las mujeres están vestidas con ropa de cara para el réveillón, la que vieron por la tele, y que sus esposos descorchen sidras caras que pagaron, probablemente, con el sudor de una frente ajena. Porque ellos tres quieren ser parte de la fiesta, aunque tengan que meterse por la fuerza.
Fonseca narra entonces qué sucede cuando dicen basta, y no dicen basta como alguien dice basta cuando le intentan servir otro plato de comida, con la mano abierta, pura palma, no, gracias, estoy lleno. No. esta mano viene apretada, hecha puño. Ellos también están llenos, aunque les falte todo o casi todo. Llenos de rabia, de bronca, de furia. Lo único con lo que los dejaron llenarse.
Rubem trae la marginalidad de la periferia al centro de la acción, sin épica ni heroísmo de fábulas. Escribe llevándote puesto, una escritura take no prisoners. El lenguaje entra directo, cargado de oralidad, cómico, grotesco. Apela a la comicidad como anestesia, al refugio de una carcajada casi nerviosa, incómoda, mientras seguimos la peripecia de sus personajes, sabiendo que todo se va a pudrir, hasta que finalmente, todo se pudre, estalla y ahí ya no quedan más risas.
Explotan.
Más que lectores, Fonseca nos pone en el lugar de testigos. Es imposible quedar al margen, por el grado de ese absurdo cotidiano que es la vida en las grandes ciudades, inverosímil, pero real. Como si reescribiera el lema de la bandera de Brasil, su Brasil, “ordem e progresso” y lo transformara en el “desordem do progresso”.
Con este relato Fonseca reconfigura el género negro, aquel con el que supo bailar siempre con un pie dentro y un pie fuera de sus límites. Una literatura ya no de evasión, sino una literatura de invasión. Todo aquello que se supone marginado, excluido, termina tornándose brutalidad y violencia para tener un espacio, que nunca tuvo ni le fue pensado concebir.
Feliz año nuevo fue un éxito comercial y de crítica, pero a dos años de su salida, en diciembre de 1977 —cuando ya iba por su tercera reimpresión— fue prohibido por la Dictadura ya que “presentaba material opuesto a la moral y las buenas costumbres”. Todos los libros fueron confiscados por la policía. En el posfacio de la edición brasileña de Feliz Ano Novo de 2010 publicado por Editora Nova Fronteira, Sergio Augusto dice: “Al reseñarlo (…) el poeta Affonso Romano de Sant´Anna añadió a sus elogios una advertencia premonitoria: “una lectura superficial de esta obra puede tacharla de erótica y pornográfica”. Lectores superficiales no faltan en los grados más altos de la dictadura militar…”.
No eran las puteadas, la violencia o el sexo, la brutalidad en sus páginas lo que molestaba a las botas. Lo que querían tapar eran lo que estos relatos venían a contar sobre la sociedad brasilera de los años setenta.
Fonseca fue a juicio y en 1989, después de batallar en los juzgados, el tribunal federal le daría la razón.
Pero quizás lo más interesante, o su revancha más gloriosa e inmediata, fue sentarse a la máquina de escribir y redoblar la apuesta escribiendo el relato “El Cobrador”, que daría título a su quinto libros de cuentos que sería publicado en 1979, donde tendríamos a un Rubem Fonseca en su prime. Otro relato formidable con una rabia más afilada y profunda en la que el narrador nos dice “Me deben comida, coños, cobertores, zapatos, casa, coche, reloj, muelas; todo me lo deben”.
Hoy somos nosotros los que, a cien años de su nacimiento, le debemos a Fonseca.
Y no hay mejor manera de saldar esa deuda que leyéndolo e invitando a otros a hacer lo mismo.
Portada de “Agosto”, Rubem Fonseca. Editorial Nova Fronteira, 2010.
He contado alguna vez cómo me sumergí en el género negro. No es cuestión de volver siempre a lo mismo, pero un día de soledad, un kiosko y una nueva colección de novela policíaca en un dos por uno, crearon afición.
Y comencé, no quedaba otra, por el primer número: Cosecha roja.
Desde aquel momento, la investigación y el descubrimiento de nuevos autores fue un continuo ejercicio gimnástico a realizar en librerías (no existía, aún, internet).
Las visitas a la Semana Negra de Gijón aumentaban lo guardado en la caja de caudales y el conocimiento, en persona, de los mismísimos y admirados creadores permitía ensanchar la influencia que estos ejercían sobre mi persona. Y así, en una nueva colección, surgida por entonces, de nuestro género favorito y dirigida por el jefe Taibo, encontré, apoyada en una estantería, la novela Agosto, de un tal Rubem Fonseca. Como las recomendaciones de PIT II nunca caían en saco roto, la novela abandonó la librería en mis brazos.
Efectivamente, la novela de Fonseca era una novela de género negro, y aparecían policías y otras gentes, pero no estaba definida claramente la línea que separaba a los antagonistas.
Era una novela original. Bella. Y perturbadora. Me chocó la utilización de un vocabulario que no había encontrado, hasta entonces, en el género. Y eso era lo que me perturbaba. Un lenguaje de la calle, mucho más duro que lo que había leído hasta ahora y mucho más grosero.
Además, la novela no terminaba bien. Se encontraba muy lejos de la tendencia whodunit. El arranque de las novelas de Fonsec (esta y otras posteriores que leí y guardé) produce una alteración en el estado de las cosas. La trama tratará de reponerlo, de llevarlo a su estado inicial y, aunque lo consiga, o lo intente, ni los protagonistas ni el lector serán los mismos en el punto final de la novela.
Me encontraba en el punto indicado por un par de escritores que admiro: la novela policial es reaccionaria porque quiere reconstruir el estado alterado por el crimen, volver al punto inicial, como si no pasara nada en absoluto.
El pasado policial de Fonseca está presente en todos sus escritos (o casi todos). Las fuerzas del orden se enfrentarán a los delincuentes, que son perdedores de por sí, antes y después. Y el final de las historias refleja claramente el mal que está presente en las personas, en los individuos, en la sociedad. No hay marcha atrás.
Por aquella época, tenía mucha relación con un antiguo compañero de colegio, compañero, también, de lecturas negras y de otras aventuras. Al referirle mi descubrimiento, me presentó el suyo: El gran arte, otra obra de Rubem Fonseca.
Y comentamos los dos las características que creo, creíamos entonces, tiene Fonseca.
A saber, lo primero, el conocimiento que hace gala el autor sobre distintos temas, sean literarios o científicos (ya sabéis, el eterno dilema de ser de letras o ser de ciencias), una base que da impulso a sus novelas, a todos sus escritos, dejando de ser una mera aventura policíaca (cuántas veces hemos oído que las novelas policíacas carecen de complejidad intelectual, siendo un mero divertimiento). Pues esto es una novela negra.
Y segundo, el sexo. Era extraño encontrar una novela con gran furor sexual. Si, como dicen algunos, el mundo se mueve por el sexo y la economía, en Fonseca encontrábamos ambos y en grandes cantidades, lo que, unido al vocabulario utilizado, duro y libre de florituras, lo hacía irresistible.
Después, nos dimos cuenta de que podía semejar, o estar influido por, o estar homenajeando a distintos artistas: Bukowski, Carver, Bataille, incluso Luis Buñuel. Y Sade, también. Enriquecedor que se parezca a tantos y a tan pocos, a la vez.
Traigo a este último autor, el marqués, a colación porque la lectura de una de las novelas cortas de Rubem Fonseca me llamó poderosamente la atención: E do meio do mundo prostituto só amores guardei ao meu charuto / Del fondo del mundo prostituto solo amores guardé para mi puro.
Una novela corta que no conseguí encontrar en la península. Tras muchos intentos infructuosos, pude lograrlo en una versión chunga, barata, pero altamente interesante. Al leerla, con toda la carga sexual que lleva el título, la sensación de volver a contemplar un embrollo pasoliniano con gotas de Sade me envolvió durante días.
Y, además, nos sentimos atrapados como cuando éramos niños, como cuando leíamos historias clásicas de aventuras, dejando volar sueños e imaginaciones: la inteligencia en la trama, el desenfreno, el lenguaje…
Más tarde, descubrimos que Rubem Fonseca era un cuentista. ¡Y excelente! Quizá algunos piensen que es mejor en las distancias cortas que en las largas. Yo no puedo decidirme.
Nunca sobra ni falta palabra alguna. Es el sello de un gran autor. Un descubrimiento.
Portada de “Mandrake. La Biblia y el bastón”, Rubem Fonseca. La otra orilla, 2007.
Para un abogado a veces es mejor que el cliente comience por el final.
Rubem Fonseca
Dentro del género negro latinoamericano existen varios personajes que han podido sustituir con gran acierto la imagen típica del detective gringo, desde el periodista que se obsesiona con saber los más íntimos detalles del caso hasta las madres buscadoras quienes, a su modo, son un tipo de “detective aficionado”, ya que deben de ingeniárselas y hacer uso de cualquier recurso con el fin de encontrar a sus familiares. Por otro lado, también está Mandrake, un abogado criminalista, amante tanto del ajedrez como de las mujeres, quien fuma diversos puros (Partagás, Panetela, Pimentel) ya sea el caso o cliente en turno, conoce las leyes y las calles de Río de Janeiro, fue dueño de una gatita siamesa y bizca de nombre Elizabeth Feijão, y es el principal protagonista de varios cuentos y novelas del escritor brasileño Rubem Fonseca.
En Calibre 22, reaparece con una nueva aventura para cerrar el libro publicado en el 2017 en Brasil, pero traducido y publicado en español hasta el 2022 por la editorial TusQuets.
En este cuento, el protagonista es de nuevo ese abogado cínico y amoral que ahora se autodenomina José Mandrake: “Yo podía llamarme José Mandrágora, pero me llamo José Mandrake”.1 Este dato parecería contradecir totalmente la historia del personaje, ya que en su primer relato “El caso F. A.”, da su nombre verdadero: “Soy Paulo Mendes”2, así como en el cuento “El día de los enamorados” declara: “Cuando nací me nombraron Paulo, que es nombre de papa, pero me convertí en Mandrake, una persona que no reza, y habla poco, pero hace gestos indispensables”.3 De igual forma al inicio del relato “Mandrake” hace alusión al nombre: “Esta es la oficina de don Paulo Mendez, dijo mi voz en la contestadora”.4 Sin embargo, en “Calibre 22” es ese mismo narrador-personaje quien menciona: “No sé si todo lo que estoy contando sobre mí es verdad. Hay personas que mienten y saben que mienten y otras que mienten sin saber que están mintiendo. Creo que estoy en la segunda categoría. ¿Qué puedo hacer?”.5 Y es que quizá Fonseca juega con nuestra memoria como un buen narrador, al hacernos dudar de lo que nos dice cuestionando nuestra propia forma de leer o de recordar. O tal vez como explica en su autobiografía: “José tiene que recurrir a su memoria y sabe que ésta lo traiciona, pues recuerda muchas cosas de manera inexacta y otras ya las olvidó”.6
A Fonseca le pasó lo que a muchos otros grandes autores que, a la hora de retomar un personaje o continuar con la trama, se olvidaban de ciertos detalles irrelevantes. Como en el caso de Cervantes, cuando su Quijote y Sancho Panza llegan a un hostal montados en sus respectivos animales para que capítulos después Sancho emprenda la encomienda de ir a dejar un recado a pie, o en la novela negra Que se mueran los feos de Boris Vian, en donde los personajes que viajan en un deportivo rojo hacen una escala en un bar y después de una pelea improvisada terminan por escapar en un taxi. Aunque ese detalle mínimo no resta para nada la acción de la historia en la que Mandrake tiene que averiguar quién quiere asesinar al dueño de una famosa revista de moda.
Cabe aclarar que las aventuras de nuestro abogado criminalista se pueden leer de forma independiente y sin llevar un orden cronológico, sin embargo, hay pequeñas alusiones a casos anteriores y a los diferentes amores que terminan por configurar el carácter y la personalidad del abogado. Mandrake es el resultado de todas esas mujeres que conoció en su vida; de una aprendió a dominar el ajedrez, de otra, a tomar buenos vinos, y de otra, a apreciar los libros raros o ediciones especiales. Por ende, “Calibre 22” puede leerse como un cuento anterior a los hechos ocurridos en Mandrake. La Biblia y el bastón, en donde el abogado es condenado a usar un bastón Swaine Adene Brigg después de recibir un disparo y espera por fin sentar cabeza con la bibliómana Karin Altolaguirre, rompiendo así con la máxima de Raymond Chandler en la que un buen detective no se casa nunca.
Dividido en nueve capítulos —un recurso que el escritor brasileño toma de William Faulkner—, en “Calibre 22” aparece una serie de personajes ya clásicos del universo Fonsequiano, como es el viejo abogado judío Weksler (antes tuvo otro colega llamado L. Waissman, el tipo más triste del mundo, según Mandrake, pues vivía recordando los tiempos en que había tranvías), quien pertenece a la misma generación que el padre de Mandrake, Raúl, el único policía con el que podía discutir, que trabaja en el área de Homicidios y hasta cierto punto dupla de Mandrake, así como también un enano calvo: “En mis casos siempre hay un enano, puede ser al principio, en medio o al final. Y solo al final del caso sé que es el final”.7
La simbología del enano según el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot menciona que: “En el folklore y la mitología, aparecen como seres de inocente carácter maléfico, con ciertos rasgos infantiles de conformidad con su pequeño tamaño, pero también como entes protectores o cabiros”.8
Si bien el enano de “Calibre 22” es un personaje incidental, dista mucho del que aparece en Mandrake. La Biblia y el bastón, un enano cuya cabeza apenas llegaba a la cintura de Mandrake, de ojos azules y cuyo nombre era Carlos Waise. Aquí el enano tiene una función primordial en la trama y comparte ciertas características con otro personaje clave dentro de la literatura negra, el antagonista del cuento largo The Big Knockover de Dashiell Hammet, Papadopoulos, quien logra engañar de manera magistral al Agente de la Continental.
La figura de Mandrake le sirve a Fonseca para explorar si existe aún la justicia en una sociedad corrompida, así como utiliza a Gustavo Flavio (homenaje a Gustave Flaubert) para reflexionar sobre la lectura y la escritura. Ambos protagonizan la novela Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro (el cual es un verso de un poema del poeta brasileño Manuel Alvarez de Azevedo), el único crossover de dos de sus personajes principales, mismos que complementan las obsesiones del propio Fonseca.
Rubem Fonseca murió un 15 de abril del 2020, dejando tras de sí más de una veintena de libros memorables que lo posicionan como uno de los referentes del cuento y la novela negra en este lado del charco. Demostró que el género iniciado por Poe y su sabueso Dupin hace más de doscientos años sigue más vigente que nunca. No por nada en el cuento “Novela negra” menciona: “Somos los continuadores de la tragedia griega”,9 de esta forma consigue crear personajes sólidos que hoy por hoy son parte del imaginario del género negro. Uno de ellos, sin lugar a dudas, es su abogado con alma de detective, Mandrake, al cual, hasta la fecha, muchos aún no sabemos cómo decirle adiós.
En la vida real lo que hay son detectives imperfectos.
Rubem Fonseca
Detective Privado en Black Mask
Desde sus orígenes, el género negro ha tenido que lidiar no solo contra académicos sino también contra el gremio cultural para que se le reconozca como tal, al ser considerado una literatura de masas con nula calidad literaria e impresa en papel barato, compuesto por madera triturada en lugar de virutas de madera, así como de una fibra muy corta, ocasionando que el papel sea muy frágil y difícil de conservar. Sin embargo, como menciona el escritor argentino Mempo Giardinelli en su libro El género negro (1984): “la novela negra moderna, en sus mejores expresiones, es una radiografía de la llamada civilización tan eficaz y seria, tan aguda y sofisticada, como en cualquiera de las mejores páginas de la literatura universal contemporánea”. (Giardinelli, Mempo, 1984, p 26)
No sería hasta noviembre de 1926 cuando la mítica revista TheBlack Mask cambió de editor, nombre y de rumbo. Es así que tomaría las riendas Joseph “Cap” Shaw, un escritor de Nueva Inglaterra, quien pronto se fijaría en la originalidad y autenticidad de los relatos de un autor al que André Gide consideraba como el mejor escritor estadounidense del siglo XX, a la par del mismo William Faulkner: Dashiell Hammett. En las páginas de esta revista, ahora nombrada Black Mask, (1920-1951), deambularon los mejores autores del género duro, el llamado hard-boiled, el cual gestó y configuró un modelo de relatos policiacos que pronto habría de conmover y entusiasmar al público de todo el mundo.
Uno de los escritores que mejor supo leer y desarrollar este género fue el brasileño Rubem Fonseca (1925-2020), quien desde sus primeros relatos haría suya la estructura del género negro estadounidense para narrar una realidad cruda, violenta y corrompida. En la mayoría de sus obras, sobre todo en las más conocidas, existe una investigación de por medio, ya sea de un crimen o un hecho delictivo que transgrede el status quo de la sociedad moderna, lo cual sirve como pretexto para desarrollar sus propias inquietudes y (de)mostrar a un escritor consciente y comprometido con su época.
El primer cuento con el que incursiona en el género y lo hace de manera admirable es “El collar del perro” (El collar del perro, 1965), protagonizado por el comisario Vilela, en el que reproduce el ambiente policíaco que se vive dentro de una comisaría, similar al de la serie de novelas policíacas del escritor Salvatore Lombino, mejor conocido como Ed McBain, y adelantándose a lo que años más tarde desarrollaría el siciliano Leonardo Sciascia en varias de sus obras, en especial en El día de la lechuza (1965), novela en la que se plantea la idea de poder hacer justicia en una sociedad corrupta abordando aspectos tanto políticos como sociales, así como sus consecuencias éticas y jurídicas, y el escritor suizo Friedrich Dürrenmatt con su novela Justicia (1985). Años más tarde aparecerían textos memorables que utilizan este mismo registro, pero desde el punto de vista del criminal: “Feliz año nuevo” (1975), “Paseo nocturno” (1975) o “El cobrador” (1979), en los que es fácil reconocer elementos primordiales del género negro, donde el crimen y la violencia extrema de las favelas irrumpen el frágil orden de las clases acomodadas, además de estar protagonizadas por personajes que caminan al borde de la desesperación.
Algo interesante en la mayoría de las novelas fonsequianas es que parten de esa apropiación y reinterpretación del género negro, como El caso morel (1973), obra en la que se advierten los temas e inquietudes que serán recurrentes en las obras posteriores: mujeres, crimen y la reflexión en torno a la escritura, o la famosa Agosto (1990), la cual puede leerse como una novela histórica o como un thriller policíaco, al contar con ciertos elementos fundamentales del género, como son; el detective, la víctima, el crimen y los diversos culpables. De esta manera, Fonseca recrea en tan solo 24 capítulos el intento de asesinato del periodista opositor Carlos Lacerda, el homicidio del empresario Paulo Gomez Aguiar y las últimas horas antes del suicidio del presidente Getulio Vargas. El protagonista es el comisario Alberto Mattos, un personaje bastante complejo y con un rasgo peculiar: sufre de una terrible acidez estomacal, misma que se va acentuando a lo largo de la historia, a tal grado que la única manera posible para hacer que el sufrimiento termine será atrapando a los posibles culpables y resolviendo al menos uno de los tres casos; sin embargo, la obsesión por buscar y administrar una justicia casi perversa termina por llevarlo a un destino fatal e inevitable. No por nada Agosto es considerada su mejor novela, al amalgamar de manera magistral lo histórico a través de una estructura completamente policiaca.
El misterio Molière
Dentro de las influencias más destacables, o al menos de las más reconocibles explícita e implícitamente, en la obra de Fonseca se halla la del dramaturgo francés Jean-Baptiste Poquelin, alias Molière, lo cual puede verse en obras Bufo & Spallanzani (2009) en donde recrea y adapta una escena de la obra El Burgués gentilhombre, pero será en El enfermo Molière (2000) en la que el escritor brasileño hace notoria su rotunda admiración por el dramaturgo francés al escribir una novela policíaca y de corte clásico, que forma parte de la colección “Literatura ou Morte”, creada por la editorial Companhia das Letras, la cual invita a participar a escritores afines al género negro y de cierto renombre internacional para entregar una obra de corte policíaca de mediana extensión, con la particularidad de ser protagonizada por escritores famosos ficcionalizados (Borges, Bilac, Camus, Molière, Hemingway).
En El enfermo Molière, Fonseca imita el esquema de la novela policiaca clásica —también conocida como novela de enigma, novela problema o novela de “cuarto cerrado”—, por lo que la trama gira en torno a descubrir quién fue el presunto asesino de Molière, misterio que debe resolver el protagonista, un Marqués Anónimo, el cual desarrollará la función del detective incidental, que busca, al puro estilo de Dupin, entre los parientes, conocidos, médicos, sacerdotes, príncipes y aristócratas al posible culpable del envenenamiento de su querido amigo.
De la Agencia Pinkerton al caso Mandrake
Uno de los primeros casos de autoficción dentro del género negro se da con el escritor estadounidense Samuel Dashiell Hammett, considerado uno de los pilares fundamentales del hard-boiled y quien, antes de volverse el escritor más popular de los que publicaba la revista Black Mask, trabajó como investigador privado en la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton, sin embargo, una tuberculosis mal atendida, herencia de la Primera Guerra Mundial, y varias deudas por pagar lo llevarían a escribir con una intención clara y concreta: ganar dinero. Hammett utilizó su propia experiencia para escribir sus primeros cuentos y también la mayoría de sus novelas, ya que conocía a la perfección el mundo de los detectives, del crimen y la corrupción en una sociedad decadente, de tal manera que sacó el crimen del jarrón veneciano y se lo devolvió a los verdaderos criminales.
Cabe mencionar también el caso del escritor prolífico Erle Stanley Gardner, contemporáneo de Hammett y el favorito de Chandler, quien en un periodo de diez años (1926 a 1936) publicó un aproximado de un millón de palabras al año. Gardner antes de dedicarse por completo a sacarle lumbre al teclado, ejerció como abogado. Desempeñándose primero como mecanógrafo en un bufete de abogados en Oxnard, California, adquiriendo así los conocimientos suficientes para aprobar el examen estatal de leyes, sin haber asistido a la universidad o a alguna facultad de leyes, para empezar a ejercer la abogacía por su cuenta después labrándose una reputación entre las comunidades chinas y mexicanas. De esta forma crea al abogado-detective Pete Wennick, precursor de su mundialmente famoso Perry Mason, quien posee una moral más flexible, es impulsivo y ocurrente, ejerce su profesión de abogado entre balas y puños, y tiene una gran afición por las mujeres.
Algo similar sucede con Fonseca, la autoficción existe entre el pasado del escritor mineiro, quien estudió leyes, especializándose en Derecho Penal, antes de dedicarse por completo a las letras y uno de sus más emblemáticos personajes, el abogado criminalista Mandrake, —aquí su relación entre autor y personaje es bastante notoria—. No por nada Mandrake es el personaje que más parentesco comparte con el propio Fonseca, protagonista de cuatro cuentos, dos novelas y dos nouvelles publicadas de 1967 a 2017: “El caso F. A.” (1967), “El día de los enamorados” (1975), “Mandrake” (1979), El gran arte (1983), Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro (1997) “Mandrake, la Biblia de Maguncia” y “Mandrake y el bastón Swaine” (2005) y “Calibre 22” (2017).
El mejor ejemplo de autoficción se encuentra en sus memorias José (2011), en las que Fonseca narra uno de sus primeros casos como abogado penalista: al tener que defender a un empleado de una imprenta, acusado de falsificación de moneda, en el que participaban otros dos implicados en el delito: el dueño de la imprenta y un capitán del ejército, sin embargo, el único absuelto fue el empleado de la imprenta, gracias al ingenio por parte de su abogado defensor. Este hecho se verá más tarde ficcionalizado en la novela Mandrake, la biblia y el bastón, (2005) en la que el abogado criminalista, cuyo nombre tiene que ver también con la pasión de Rubem por la dendrolatría, cuenta un dato anecdótico sobre cómo fueron sus inicios en el mundo de la abogacía haciendo alusión a ese mismo caso del tipo acusado de falsificación de moneda.
Mandrake, cuyo verdadero nombre es Paulo Mendes, sin embargo, termina por cambiárselo porque era nombre de Papa y, según él, se considera “una persona que no reza, y habla poco”. Por ende, siempre se presenta como Mandrake, abogado criminalista, quien conoce las calles de Río de Janeiro, ama los puros —en especial los Pimentel negro—, fiel asiduo a beber vino tinto portugués y un apasionado de las mujeres, ya que como él mismo dice es “un hombre que ha perdido la inocencia”.
Algo interesante es que Mandrake, al igual que sus precursores Philip Marlowe o Perry Mason, después de una vida de excesos, al final de sus días busca sentar cabeza rompiendo una de las máximas que propone Raymond Chandler (1976): “El amor casi siempre debilita una novela policíaca, pues introduce una especie de suspenso contrario a la lucha del detective por resolver el problema (…) Un buen detective no se casa jamás”. Dando como resultado que el matrimonio sea el único caso en el que todos los sabuesos fracasan.
Réquiem por la novela policíaca
Heredero del famoso hard-boiled norteamericano, Fonseca no solo escribió la mayoría de sus obras utilizando la estructura de la novela negra/policíaca/criminal, con historias sangrientas, múltiples crímenes, mujeres fatales y reflexiones en torno a la escritura misma. Supo apropiarse de un esquema narrativo como es la ficción policial y trasladarlo hacia su propio contexto, parodiándolo de tal forma que no era de sorprender encontrar a sicarios satirizados que declaman a Pessoa o declaman cláusulas en latín de Séneca como en El Seminarista (2010). Entre sus páginas deambulan todo tipo de personajes que supieron ser parte del no solo del imaginario colectivo, sino también de una realidad latinoamericana que perdura hasta nuestros días.
Aunque Rubem no se reconocía explícitamente como un escritor de policiaco, implícitamente formó parte de una generación de escritores (Taibo II, Padura, Sasturain, Piglia, Castellanos Moya, Díaz Eterovic, etcétera) que se reconocieron como parte de una tradición más cercana a la de Hammett que a la de Poe, de la cual no solo adoptaron estructuras, sino también se apropiaron de diversos recursos literarios con tal de poder denunciar la violencia, la corrupción e injusticias de la sociedad en la que les tocó vivir. Con su muerte se cierra uno de los más grandes capítulos de un referente que supo utilizar los mecanismos del género policiaco en general y del género negro en particular. Su obra es un legado que no ha parado de transgredir a las buenas conciencias, así como de luchar contra la censura de lo políticamente correcto. Nadie puede negar que Fonseca fue, es y seguirá siendo un referente de la narrativa iberoamericana, sus historias lo avalan y sus personajes lo comprueban.
Fotografía de Linda in Fortuna, 2018. Recuperada de Flickr. CC BY-NC 2.0
A la una de la tarde ya se me hace tarde para llegar al Canal Once, pero todavía no tanto como para realmente alarmarme: puedo comprar un agua mineral en el oxxo de la esquina de mi calle. Ya entonces domina el paisaje el mandil rojo del taquero del puesto emplazado frente a la entrada, que no sé para entonces cuántas horas lleva despachando. El otro día lo vi recostarse en la tipificada pared gris de la tienda regiomontana, reventado de un sueño que trataba de aplacar a discreción. Entonces solo había un cliente; fortuna. La circunstancia relajada le permitió encargarle la responsabilidad unos minutos a ese comensal, en lo que se desvanecía dentro del complejo comercial que instalaron hace unos años en lo que fue durante mucho tiempo un lote subutilizado de los modestos empresarios multimillonarios Hermanos Vázquez.
Reventado de sueño, eligió abandonarlo todo por unos minutos, confiar a ciegas en su único cliente y desaparecer, probablemente en busca de algún estimulante.
1.
Nueve años antes, ya entrada la tarde, Hillary Clinton tuiteó de repente una fotografía suya abrazando a una niña, acompañada de un texto ambiguo que apestaba a resignación. Ellos saben, soltó en la redacción Édgar Cera, docente de la UNAM y coeditor en la sección Nacional del periódico Reforma.
Comenzaban las especulaciones de derrumbe de la ruta demócrata rumbo a la Casa Blanca incluso en el gabinete federal mexicano, entonces un poco más monigote, más indigno de confianza: las criaturas del Partido Revolucionario Institucional (PRI) habían vuelto a Los Pinos mediante el apuntalamiento de una figura de cera y de televisión que en todas sus esferas públicas se mostraba guionado y a quien la prensa debía tratar con excesiva diligencia —de otro modo, resultaría excesivamente sencillo deshilachar la marioneta.
Claudia Ruiz Massieu, entonces titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, conforme se desarrollaba aquel martes 8 de noviembre de 2016 en Estados Unidos, convocó a un monitoreo de la situación, en diálogo con la embajada mexicana y los consulados en el vecino más incómodo desde el siglo XIX y lo que se acumule.
Antes de la fotografía de Clinton flotaba una especie de pacto colectivo de interpretación de la realidad que decretaba inconcebible una victoria popular de Donald Trump. Fue, por ejemplo, precisamente contra lo que se inconformó el documentalista Michael Moore desde su cuenta de Facebook aquella noche, cuando llamó a subrayar que el millonario había ganado las elecciones según los puntajes del Colegio Electoral, pero que la mayoría concreta, numérica, sufragó en favor de la candidata del Partido Demócrata. Fue ese mismo, también, el sentido del ejercicio editorial del New York Times, que vendió la piel antes de matar al oso y formó una portada con Clinton como ganadora. La primera mujer presidenta de los Estados Unidos. Madam president, rezaba la cabeza a ocho columnas que devino ficción, literatura ucrónica.
Desde la redacción del Reforma, la que se presupuestaba como una jornada difícil terminó por reventar expectativas y volverse incomodísima. Todos los periodistas saben que cerrar edición es una alquimia que se perfila sobre la medianoche. Saben también que es moneda corriente en el diarismo encarar los bomberazos: esos impactos de la realidad que obligan a reformular el camino andado y comenzar a trabajar en la elaboración desde abajo, desde varias páginas inesperadas, a las horas en que los hechos se aventuran a ocurrir. Arrugas del oficio y una pasión malsana.
Pero hasta en los más flexibles presupuestos gruñen los accidentes. Sería lindo escribir una historia de los hechos que, por la hora liminar en que ocurrieron, no alcanzaron a asomar en las portadas de los impresos. Es, por ejemplo, el caso de la fuga del Chapo en 2015, ocurrida sobre el fin de semana y ya entrada la noche, quién sabe si a la manera de un pacto entre la Secretaría de Gobernación y la cultura mediática para amasar lo que se conoce como madruguete noticioso.Quién sabe, insisto. Algo de todo eso, como quiera, fue agrietando la simulación en la conciencia colectiva: la marioneta se venía deshilachando.
Fue el caso, también, del fallecimiento de Jorge Mario Bergoglio, reportado hacia las dos de la mañana mexicanas del 21 de abril. Felizmente, las rotativas ya rotaban para entonces, las ediciones se habían mandado a imprenta y el vicario de Cristo aprendió a esperar.
2.
Pero aquel martes de noviembre de 2016 la aparición de la fotografía de Hillary entraba en el margen razonable de activar la obligación de modificarlo todo. A mí me tocaba la edición digital; tuve que montar el mapa informativo con que los lectores amanecerían al día siguiente para comenzar, con el sol, a aterrizar sus pulsiones, temores, incertezas. Traía el cierre, decíamos.
Además de la consolidación de un autoritarismo explícito en esa nación que opera como una empresa y un entramado militar, entonces lo más claro era que volveríamos tarde a casa. Tan tarde que comienza a ser temprano.
3.
Hay un cartón de Rius muy bello que muestra a dos sujetos con calzón de manta y sendos cuencos, y que de repente se interrogan.
“—¿Nos dedicamos al trago o al periodismo?
—¿Pos qué no es lo mismo?”
Reporteros, editores, correctores, diseñadores, ilustradores, tuiteros, vigilantes, transportistas, habitan una ausencia común que los convida al mismo entretenimiento desesperado de madrugada, que los orilla a las mismas técnicas arcaicas del éxtasis.
Eso explica oficios como el de la mítica cantina El Oso, ubicada en torno a la histórica esquina de la información y cuya virtud son sus servicios trasnochados que se decantan por las amargas, las muertas, las heladas y las espumosas, entre paralelos por taco. Al encierro emocional de la rutina a deshoras y a su frustración implícita, a la molestia innegable de deshacer lo andado para formar la página cuando ya es tarde, lo bendicen los bautizos del alcohol, que ensaya la distensión, las necesidades del baile desesperado sobre las cuatro de la mañana, los ruegos por desanudar la fatiga entre los cómplices que por su destino compartido dejaron de ver los golpes del sol sobre la explanada del Palacio de Bellas Artes en los atardeceres distraídos de los domingos, encerrados entre las teclas de las redacciones. Ritos de los animales linotipistas, a los que Borges les ofrendó un verso: “El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada”.
4.
La noticia no descansa, hay quien dice. Los riñones tampoco.
Ese editor, rumoran, es cocainómano y suma su tercer divorcio.
A aquella editora de la agencia de noticias le arrebató la vida un accidente en los taxis colectivos que reparten a los empleados de madrugada. En 2017 terminó todo en Periférico Poniente.
A ese fotógrafo, espectacular, lo hicieron desistirse de recoger un reconocimiento porque la empresa arguyó su derecho a la impersonalidad estratégica, sin tomar en cuenta las resonancias profesionales que podrían convenirle a su empleado. No será hasta que se vaya del diario —órgano de comunicación del empresariado de Monterrey— cuando sienta licencia para denunciar los hechos y se atreva a moverse de otra forma, mientras su cámara sigue registrando el pulso del mundo. Una de sus más bellas fotografías será la de Sebastiao Salgado inaugurando su exposición sobre el Amazonas en el Museo de Antropología: conocedor del gremio, el artista convoca a que sus colegas, por una vez, sean la imagen y lo arropen y se arropen en una conciencia de mirar la víbora por detrás.
A aquella reportera de cultura la incluirán en el paquete masivo de despidos de aquel ayer —una empresa en una constante angostura para que el dueño siga aterrizando en los helipuertos de las sedes de su diario emplazadas en Monterrey, Guadalajara y la Ciudad de México: pensador estratégico— porque su contrato ya reluce ventajas históricas de las que han logrado desproveer a las generaciones más recientemente incorporadas, y entonces los derechos laborales de los veteranos han comenzado a estimarse en reuniones de mandos como cargas presupuestales susceptibles de recorte, no obstante que Office Depot paga millones por sus planas de publicidad. O Samsung. O Telcel. O el gobierno del Estado de México. O el gobierno federal.
Las noticias no descansan. Los riñones tampoco. Y los dueños del juego todavía menos.
5.
Aunque para entonces ya conozco algunos de los rudimentos del gremio, ese martes de noviembre de 2016 no nada más me tensan las obligaciones editoriales, sino que comparto con el mundo la incomodidad de una garganta atravesada por una pera de metal: sobreviene la era de Trump. Los muchachos de la portada todavía se quedan frente a las computadoras, me les despido y coincido con César en que todo podía pasar, y pasó. Nos falló el entusiasmo de Michael Moore: Estados Unidos se mueve a una velocidad que, pese a las históricas evidencias patentes, no queríamos notar. Me voy a casa encorbatado, requisito de la oficina.
Nueve años después tengo que nivelarme con los taxis pirata del metro Lomas Estrella —la desplomada línea dorada— para alcanzar mi rincón en Coapa de regreso de San Cosme y de la televisión politécnica. A estas horas aquí ya no hay regularidades para la movilidad, así que me restan las opciones informales. Para despistar —ciudad es suspicacia— y no bajarme de los automóviles en la mera puerta de mi casa, uso como referencia el oxxo de la esquina. Pasa de la medianoche, la tienda ya cerró su puerta para despachar únicamente por la ventanilla y el mandil rojo del taquero sigue operante a la vista; todo parece proyectar que le funcionó el estimulante. Está lavando sus chunches, al menos.
–trabajo, en fin pero trabajo amado si hay amable trabajo– 1
Exhausto es vivir siempre cansado
necesito escapar porque me asfixia la respiración de mi congénere
Mis pequeños –de por sí– ojos están enrojecidos llorosos por la baja calidad del sueño
En el baño las mujeres presumen sus gastritis como si fueran ascensos en la escala laboral ahí se nota tu entrega, tu perseverancia, el compromiso que adquiriste con la empresa, directamente proporcional a las tabletas de omeprazol que llevas en el bolso
Nos obligaron a hacer ejercicios en la reunión de la oficina: levántense, estiren los brazos hacia arriba, inhalen y exhalen tres veces para que no se duerman, para que pongan atención en la junta.
El antídoto contra el sueño no es estirarse sino dormir dile eso a los capitalistas
En el baño hombres y mujeres se esconden para descansar un rato, mojarse el rostro, simplemente quejarse de algo
Sentada en el váter miro mis zapatos La mariposa que adorna la hebilla será lo más cercano al cielo que veré esta semana.
Oficio: poetA
El oficio de fregar los trastes que cuando lo hace el poeta necesita el ritual de la sonata, del aria alemana
En cambio si lava su mujer transcurre en silencio
Ella no divaga con la reflexión filosófica mientras enjabona el vaso o el cubierto piensa, cavila, eso sí qué cocinará para la cena cómo quitará el cochambre de la estufa
Ella no cae cual principiante en la metáfora del agua del grifo como el manantial
Ella retira del fondo del plato y tira en el balde las migajas de pan, los trozos de cebolla, el pimiento que el poeta dejó
Y en silencio recopila las palabras que signará más tarde en un poema.
Break
Un ave cuya especie no conozco se posa en la rama más alta del árbol con un graznido molesto anuncia un cambio inadvertido
desde abajo la observamos las mujeres asomamos la cabeza por la puerta o sobre el borde de la ventana en la oficina
con experiencia para especular sobre lo ajeno imaginamos un pasado para el pájaro que desde arriba chilla
la primera de nosotras se aventura: es joven y extraña el calor de su madre interpela la segunda convencida de la madurez de la creatura: busca su nido o ha perdido uno de sus hijos
desde mi rincón también supongo mientras imprimo el sello –indispensable en los oficios– añado por lo bajo: está buscando a su marido
mi compañera de escritorio ríe con la efímera alegría del distraimiento un segundo más miramos el ave, conformes cada una de su interpretación del canto
enseguida regresamos a lo nuestro: la oficina imprimir las actas, ordenar los documentos, esperar a los burócratas y vigilar que cuando firmen no se salgan del cuadrito.