Tierra Adentro
El amor no es ciego. Leland Francisco. Flickr.

Autoengaño de origen y destino difuso, cabalismo, aprecio irrestricto al sistema decimal o mero olvido. La Redacción de Tierra Adentro no se decide en el autodiagnóstico, pero definitivamente intentará enmendar la plana.

Antier, 14 de febrero, la Redacción de Tierra Adentro publicó ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, una nota en la que 5 autoras y 5 autores hablaban de lo que ellos entendían por amor. Sin embargo, esas no eran las únicas respuestas que la Redacción de Tierra Adentro tenía en el buzón.

A modo de disculpa, decidimos publicar con dos días de retraso estas respuestas tan validas e interesantes como las anteriores.


 

Diana del Ángel

Una niña me preguntó una vez: qué es el amor? Se lo habían dejado de tarea. Lo primero que atiné a decirle fue: Todo lo que te hace bien. Todavía no puedo decir algo mejor.

 

Rubén Cantor

25 de junio de 2013, Josh Pettitt, London Evening Standard. Una “alegre” niña de siete años murió después de caer más de treinta metros desde un balcón del piso once. Se llamaba Nawaal Sayid y tenía dificultades de aprendizaje. Los paramédicos llegaron al lugar en Finsbury el martes a las seis cuarenta y cinco de la tarde, pero falleció un corto tiempo después en el Royal London Hospital. Penny Barratt, directora del Bridge School en King’s Cross, donde Nawaal estudiaba, le rindió homenaje. Ella dijo: “Nawaal Sayid, una de nuestras alumnas en la primaria, tuvo un trágico accidente y posteriormente murió. Nawaal era una niña extremadamente feliz, alegre y amante de la diversión que disfrutaba mucho todas las actividades en las que estaba involucrada en la escuela. Ella trajo sonrisas a los rostros de todos los que llegamos a tener contacto con ella. Realmente la extrañaremos.” Fueron dejadas flores a la entrada del edificio de departamentos donde ocurrió el accidente. Uno de los mensajes, cuya letra pertenecía a una niña, decía: “Descansa en paz, pequeño ángel. Siempre estarás en nuestros pensamientos”. Nawaal fue una de las tres hijas de Deeqa Mohamed, quien ha vivido en ese piso durante los últimos tres años. Se sospecha que Nawaal se cayó del balcón cuando su mamá acudía a atender la puerta. Un tendero de la zona dijo: “Yo traté de asistirla para ayudar pero la mujer, quien yo creo era la madre, sólo gritaba ‘aléjese, esto no le incumbe’. Fue muy impactante.” La muerte de Nawaal está siendo considerada como inexplicable y la policía está investigando. La autopsia se realizará esta semana.

 

Arturo Loera

Lorca decía, con cierto aire de falsa humildad, que no sabía decir qué cosa era un poema, pero que sabía reconocer un poema cuando lo veía. Algo así imagino que pasa con el amor. Se le reconoce, no se le define. Muta. Deja de ser romántico para pasar a ser dos individualidades que se juntan, como decía Tzeitel. ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? No lo sé. El amor, y la vida hasta cierto punto, radica en su indeterminación. Divago. No confundas el amor con las ganas de ir al baño, decía mi madre. Es lo más honesto que se puede decir al respecto.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Nellie Bly, c.1890

Nelllie Bly (1864-1922) fue una periodista estadounidense cuyos artículos, de marcado corte social, precedieron el estilo de tales nombres como Hunter S. Thompson o Joan Didion. Para redactarlos, Bly se sumergía en los ambientes de los que escribía: hizo que la arrestaran para escribir sobre el trato hacia las mujeres en la cárcel; se internó, encubierta, en un hospital psiquiátrico para investigar acusaciones de brutalidad y maltrato, y visitó México, donde escribió sobre el arresto injusto de un periodista bajo el régimen de Porfirio Díaz. En esta traducción inédita de Luis Ham, Bly explora la conidción de la mujer trabajadora en Estados Unidos, infiltrándose a una fábrica de cajas. El artículo se publicó originalmente el 27 de noviembre de 1887 en el diario New York World.


Comencé temprano en la mañana, no con quienes buscan placer, sino con quienes laboran arduamente todo el día para sobrevivir. La multitud caminaba con prisa—mujeres de todas las edades y apariencias y hombres apresurados— y yo caminé con ellos, como una más de la muchedumbre. Las historias de mujeres trabajadoras, historias de salarios pobres y tratos crueles han causado en mí una gran impresión. Consideré que había solo una forma de conseguir la verdad, y decidí intentarlo: me volvería una trabajadora en la fábrica de cajas. Comencé entonces mi búsqueda de trabajo, sin experiencia, referencias ni nada que me ayudara.

La búsqueda fue agotadora. Si mi sustento económico hubiera dependido de ello, habría sido desalentador, habría atentado contra mi cordura. Visité varias fábricas en las calles de Bleecker y Grand y en la avenida Seis, donde las obreras se congregan por centenares.

—¿Sabes hacer el trabajo? —me preguntaron.

Cualquier atisbo de atención a mi persona desaparecía cuando respondía que no.

—Estoy dispuesta a trabajar gratis hasta aprender— los urgía.

—¡Gratis! Aún si nos pagaras por venir no habría forma —me dijo uno.

—Este establecimiento no es para enseñarle cómo trabajar a las mujeres —dijo otro, en respuesta a mi súplica.

—Pues, si las trabajadoras nacen sin saber, ¿cómo llegan a aprender, entonces? —pregunté.

—Siempre hay alguna amiga que quiere aprender. No nos quejamos si nuestras trabajadoras quieren perder tiempo y dinero enseñándoles, y no tenemos que pagarle a la primeriza por su trabajo.

 

 

No había forma de convencer a nadie de darme entrada a una de las fábricas grandes , así que decidí finalmente intentarlo en una más pequeña, en el número 196 de la calle Elm. Al contrario de los hombres bruscos y bocones que me atendieron en otras fábricas, fui atendida por un sujeto muy amable. Me dijo:

—Si nunca ha hecho este tipo de trabajo, no creo que le guste. Es trabajo sucio y tendrá que trabajar por años antes de conseguir una buena paga. Nuestras primerizas son chicas de dieciséis años, más o menos, y no se les paga hasta su segunda semana de trabajo.

—¿Cuánto pueden ganar después?

—A veces comienzan con pagos semanales —$1.50 a la semana. Cuando se vuelven competentes, se les paga por cada centenar de piezas.

—¿Cuánto ganan en esa posición?

—Una buena trabajadora se lleva de $5 a $9 por semana.

—¿Cuántas chicas hay aquí?

—Tenemos aproximadamente sesenta en el edificio principal, y otras tantas que trabajan desde sus casas. Solo he estado aquí unos meses, pero si piensa que le gustaría intentarlo, hablaré con mi socio. Algunas de sus chicas llevan aquí once años. Tome asiento, voy a buscarlo.

Dejó la oficina, y enseguida lo escuché hablando sobre mí, suplicando que me dieran una oportunidad. Regresó con un pequeño hombre de acento alemán. Se paró a mi lado sin decir nada, así que repetí mi intención.

 

 

—Deje su nombre con el caballero en recepción y regrese el lunes por la mañana. Veremos qué podemos hacer por usted.

Así fue que comencé, temprano en la mañana. Me puse un vestido de percal para trabajar, que se ajustara a mi nuevo oficio. En un pequeño envoltorio estaba mi almuerzo, con una mancha de grasa en medio. Tenía la idea de que todas las obreras llegaban con su almuerzo, y quería dar la impresión de que estaba acostumbrada a esto. En efecto, consideré el almuerzo como un toque ingenioso de consideración al centro de mi nuevo papel,  y observé con cierto orgullo, mezclado con un poco de consternación, la mancha de grasa, que poco a poco crecía.

A pesar de la hora tan temprana, cuando llegué ya estaban ahí todas las chicas, trabajando. Atravesé un patiecito, la única entrada a la oficina y le expliqué las circunstancias al caballero en la recepción, quien llamó a una linda chica, cuyo delantal estaba lleno de cartón, y dijo:

—Lleva a esta señorita con Norah.

—¿Trabajará en cajas o cornucopias? preguntó la chica.

—Dile a Norah que la ponga en cajas.

Seguí a mi guía y llegamos a las escaleras más estrechas, oscuras y perpendiculares que he tenido el infortunio de ver. Seguimos y seguimos, atravesando pequeños cuartos llenos de trabajadoras, hasta llegar al último piso (el cuarto o el quinto, olvidé cuál). De cualquier forma, me había quedado sin aliento para entonces.

—Norah, aquí hay una señorita que trabajará con las cajas —dijo mi linda guía.

Todas las chicas que rodeaban las largas mesas se voltearon a observarme, curiosas. La chica de pelo castaño, Norah, levantó la mirada de la caja que sostenía y dijo:

—Checa si la escotilla está cerrada y enséñale dónde poner su ropa.

La encargada entonces ordenó a una de las chicas conseguirme un banquito, y se sentó ante una larga mesa sobre la cual había un montón de recortes de cartón, etiquetados al centro. Norah esparció unas tiras largas de papel en la mesa; después tomó un cepillo, que sumergió en una cubeta de engrudo, y lo pasó por el papel. A continuación, tomó uno de los recortes de cartón y, usando su pulgar para guiarse, levantó los bordes. Una vez hecho esto, tomó la tira de papel y la pegó de forma rápida y limpia en la esquina, manteniéndolos en su lugar. Rápidamente cortó el papel en el borde con la uña de su pulgar, dio la vuelta a los recortes, e hizo lo mismo con la siguiente esquina. Pronto aprendí que así se construye la tapa de una caja. Se veía bastante fácil, y después de unos momentos pude hacer una.

 

 

El trabajo no era difícil de aprender, sino más bien desagradable. El cuarto no estaba ventilado y los vapores del engrudo eran demasiado fuertes. Las torres de cajas hacían imposible conversar con el resto de las chicas, excepto con una primeriza, Therese, quien se sentó a mi lado. Era muy tímida al principio, pero después de algunas preguntas amables comenzó a hablar más.

—Vivo en la calle Eldridge con mis padres. Mi papá es músico, pero no sale a tocar a las calles. Muy rara vez consigue trabajo. Mi madre se la pasa enferma casi todo el tiempo. Tengo una hermana que hace pasamanería. Y tengo otra que ha estado enrollando seda en la Calle Veintitrés por cinco años ya. Gana $6 a la semana. Cuando llega a casa en la noche su cara y sus manos y su cabello están todos teñidos por la seda que trabaja. Eso la enferma, siempre está tomando medicina.

—¿Has trabajado antes?

—Sí, claro; solía ser pasamanera en la calle Spring. Trabajaba de las siete hasta las seis, a destajo, y ganaba más o menos $3.50 a la semana. Lo dejé porque los jefes no eran amables, y solo teníamos tres lamparitas de aceite para iluminar el trabajo. Las habitaciones eran muy oscuras, pero nunca nos dejaban usar el gas. Algunas mujeres llegaban y recogían el trabajo para llevárselo a casa. Lo hacían por poca paga, por el placer de hacerlo, así que no nos pagaban tanto como lo hubieran hecho de otra forma.

—¿Qué hiciste después de dejarlo? —le pregunté.

—Me fui a trabajar a una fábrica de flecos en la calle Canal. La dueña del lugar era muy grosera con todas las chicas. No hablaba inglés. Trabajé una semana entera, de ocho a seis, con solo media hora para cenar, y al final de la semana solo me pagó 35 centavos. Una chica no puede vivir con 35 centavos a la semana, así que me marché.

—¿Te gusta la fábrica de cajas?

—Pues los jefes parecen amables. Siempre me dicen “buenos días”, algo que jamás ha sucedido en otros lugares donde he trabajado, pero me parece un buen trato trabajar gratis dos semanas siendo una chica pobre. He estado aquí casi dos semanas y he trabajado bastante. Son ganancias claras para los jefes. Dicen que muchas veces despiden a las chicas después de las primeras dos semanas alegando que no es el trabajo indicado para ella. Después de esto ganaré $1.50 a la semana.

Cuando sonaron los silbatos de las fábricas aledañas a las 12 del día, la encargada nos dijo que podíamos descansar y almorzar. No estaba tan orgullosa de mi astucia por simular una mujer trabajadora cuando una de ellas dijo:

—¿Quieres pedir algo para el almuerzo?

—No; lo traje conmigo —repliqué.

—¡Oh! —exclamó, con una inflexión curiosa y una sonrisa divertida.

—¿Pasa algo? —pregunté, respondiendo su sonrisa.

—Oh, no —dijo rápidamente—, solo que las chicas siempre se burlan de quien trae una canasta ahora. Ninguna trabajadora carga con su almuerzo o una canasta. Ya no es el estilo porque identifica a la chica como trabajadora. Me gustaría traer mi propia canasta, pero no me atrevo, por temor a las burlas.

 

 

Las chicas mandaron a pedir su almuerzo y les pregunté los precios. Por cinco centavos conseguían una buena jarra de café, con azúcar y leche si deseaban. Dos centavos les compraban tres rebanadas de pan con mantequilla. Tres centavos, un sandwich. Muchas veces las chicas juntaban todo su dinero y compraban un poco de comida. Pero juntando el dinero podían comprar un almuerzo caliente.

A la una de la tarde estábamos de regreso en el trabajo. Había completado sesenta y cuatro tapas, y el suministro cambió a “moldeado”. Esto significa ensartar el fondo a las cajas y pegarlo ahí. Al principio es bastante difícil hacer que todos los bordes se peguen ordenadamente, pero con un poco de experiencia puede hacerse fácilmente.

En mi segundo día me pusieron en una mesa con algunas chicas nuevas e intenté sacarles conversación. Me sorprendió lo tímidas que eran, ninguna quería decir su nombre o hablar sobre dónde vivían y cómo. Intenté cada método conocido por las mujeres para conseguir una invitación a sus hogares, pero no hubo éxito.

—¿Cuánto puede ganar una chica aquí? —le pregunté a la encargada.

—No lo sé —respondió— nunca se lo dicen entre ellas, y los jefes son quienes conservan el registro.

—¿Has trabajado aquí mucho tiempo? —pregunté.

—Sí, he estado aquí ocho años, y en ese tiempo le enseñé a mis tres hemanas.

—¿Es un empleo lucrativo?

—Es estable, pero una chica necesita años de experiencia para trabajar lo suficientemente rápido como para ganar bien.

Las chicas se ven todas felices. Durante el día hacen resonar el pequeño edificio con sus canciones. Alguien comienza una canción en el segundo piso, probablemente, y cada otro piso se les une en sucesión hasta que están todas cantando. Casi siempre son amables las unas con las otras. Sus pequeñas riñas no duran mucho, ni son muy feroces. Todas fueron increíblemente amables conmigo, e hicieron todo lo posible por que mi trabajo fuera fácil y placentero. Me sentí muy orgullosa cuando completé mi primera caja entera.

Había dos chicas en una mesa con destajos que habían estado en varias fábricas de cajas y que tenían experiencias variadas.

—A las chicas no se les paga ni la mitad de lo suficiente en cualquier trabajo. Las fábricas de cajas no son distintas. No sé de ningún empleo donde una chica pueda ganar más de $6 a la semana. Una chica no puede vestirse y pagar la renta con eso.

—¿Y dónde viven esas chicas? —pregunté.

—Hay casas de renta entre Bleecker y Houston, y alrededores. Por ahí, una chica puede conseguir alojamiento y comida por $3.50 a la semana. El cuarto puede ser para dos, compartiendo cama, o para una docena, dependiendo el tamaño. No hay comodidades ni conveniencias, y hombres generalmente indeseables se alojan en los mismos lugares.

—¿Por qué no viven en los albergues para mujeres trabajadoras?

—Esos albergues son un fraude. No hay más comodidades que en las casas de renta, y las restricciones son más de lo que se puede soportar. Una chica que trabaja todo el día necesita momentos de recreación, y jamás los puede encontrar en esos albergues.

—¿Has trabajado en fábricas de caja mucho tiempo?

—Once años, y no podría decir que alguna vez me ha dado para vivir. En promedio gano $5 a la semana. Pago $3.50 de renta, y mi lavandería cuesta mínimo 75 centavos. ¿Alguien espera que una mujer pueda vestirse con lo que queda?

—¿Cuánto te pagan por las cajas?

—Gano 50 centavos por centenar de cajas para confitería de una libra, y 40 centavos por un centenar de media libra.

—¿Qué haces con las cajas por esa paga?

—Todo. Me dan los recortes de cartón, como a ti. Primero preparo las tapas, luego moldeo los fondos. Esto forma una caja. Luego hago los arreglos, que es poner la cinta dorada alrededor de la tapa. Luego cubro el borde de la tapa y luego la etiqueta superior, con que concluye la tapa. Luego forro de papel la caja, pongo la etiqueta inferior y forro el interior de la caja con dos o cuatro hojas de papel de encaje, como ordenan. Te darás cuenta de que una caja pasa por mis manos ocho veces antes de estar terminada. Tengo que trabajar mucho y muy duro para poder hacer doscientas cajas en un día, con lo que gano $1. No es suficiente para pagar. Me encargo de doscientas cajas mil seiscientas veces por $1. ¿Trabajo barato, no es cierto?

 

 

Una chica brillante, Maggie, sentada al otro lado de mí, contó una historia que me enterneció.

—Es mi segunda semana aquí —dijo— y, claro, no recibiré paga hasta la semana entrante, en la que espero recibir $1.50 por seis días de trabajo. Mi padre era conductor antes de enfermarse. No sé qué tiene, pero el doctor dice que morirá. Antes de irme esta mañana dijo que mi padre morirá pronto. Casi no podía trabajar. Soy la más grande, y tengo un hermano y dos hermanas menores. Tengo dieciseis, y mi hermano tiene doce. Gana $2 a la semana por ser recadero en una fábrica de cajas de puros.

—¿Tienes mucha renta que pagar?

—Tenemos dos cuartos en una casa en la calle Houston. Son pequeños y los techos bajos, y hay muchos chinos en la misma casa. Pagamos $14 al mes. No tenemos mucho que comer, pero a papá no le molesta porque no puede comer. No podríamos vivir si la pensión de mi padre no pagara la renta.

—¿Has trabajado antes?

—Sí, una vez trabajé para una fábrica de alfombras en Yonkers. Solo tuve que trabajar ahí una semana antes de aprender, y después de eso ganaba un dólar por destajo al día. Cuando mi padre enfermó mi madre me quiso tener en casa, pero ahora que se dan cuenta de lo poco que puedo ganar aquí, desean que me hubiera quedado allá.

—¿Por qué no intentas otra cosa?

—Eso quería, pero no pude encontrar nada. Mi padre me mandó a la escuela hasta los catorce, así que pensé en aprender a operar un telégrafo. Fui a un lugar en la calle Veintitrés donde dan clases, pero el dueño del lugar me dijo que no podría aprender a menos que pagara cincuenta dólares de adelanto. No podía hacer eso.

Luego hablé del Instituto Cooper, pensando que cualquier neoyorquina lo conocía y sabía que estaba para casos así. En verdad me sorprendió mucho descubrir que el Instituto Cooper le era absolutamente desconocido a las trabajadoras del lugar.

—Si mi padre supiera que hay una escuela gratuita me mandaría ahí —dijo una.

—Yo iría en las tardes —dijo otra— si supiera que existía tal lugar.

 

 

De nuevo, cuando algunas de ellas se quejaban de los salarios injustos y de los lugares que se negaron a pagarles tras su trabajo, hablé de la misión de los Knights of Labor, y la nueva sociedad organizada para mujeres. Se sorprendieron al escuchar que había formas de ayudar a las mujeres que buscaban justicia. Pensé en qué uso posible tendrían tales sociedades si no ingresaban al corazón de fábricas como esta.

Una chica que trabajaba un piso debajo de mí dijo que no tenían permitido hablar de su salario. Sin embargo, ella ha trabajado aquí más de cinco años, y su salario no promediaba más de $5 a la semana. La fábrica en sí era un espacio totalmente inadecuado para mujeres. Los cuartos eran pequeños y no había ventilación. En caso de incendio, prácticamente no había escape.

El trabajo era extenuante, y después de haber aprendido todo lo que pude de las recelosas chicas, me encontraba ansiosa por marcharme. Me di cuenta de cosas bastante peculiares en mis viajes de ida y vuelta a la fábrica. Noté que los hombres ofrecían con mayor rapidez sus lugares en los coches a las chicas trabajadoras que a las mujeres mejor vestidas. Otra circunstancia igual de interesante: más hombres intentaron coquetear conmigo mientras fui una chica de la fábrica de cajas que nunca antes en mi vida.

Las chicas tenían tan buenos modales y eran tan amables como aquellas educadas en casa. Nunca olvidaron agradecerse mutuamente por los favores más pequeños, y había un ambiente agradable y de “buenas maneras” en muchas de sus acciones. He visto a muchas chicas peores en posiciones mucho más acomodadas que las esclavas blancas de Nueva York.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

Hoy es 14 de febrero y la Redacción de Tierra Adentro amaneció con sentimientos encontrados acerca del amor. ¡Ah, el amor! Ha inspirado a poetas, narradores y dramaturgos desde el inicio de los tiempos, y si a la Redacción de Tierra Adentro le dieran un dulce por cada texto que le llega hablando de él, probablemente no podría escribir esta entrada (es difícil escribir algo sensato atiborrada de azúcar). Seguramente, piensa la Redacción de Tierra Adentro, en esta fecha Pablo Neruda pedía a la imprenta el nuevo tiraje de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924).

A contracorriente, heterodoxa y desfasada, como inevitablemente es, la Redacción de Tierra Adentro se desveló en la maquetación de esta playlist dedicada al verdadero héroe de hoy: el amor tóxico, antes conocido como amor a secas. Por que sí, de algún modo, las cosas sí cambiaron. Y si te metes a Netflix para hacer un maratón de Friends e indignarte porque es machista y homófoba, mejor ni te acerques al cancionero sentimental, recomienda la Redacción de Tierra Adentro.

Las canciones que todavía coreamos siguen repletas de locos peligrosos y tipificaciones del código penal, y con eso en mente la Redacción de Tierra Adentro seleccionó las canciones. No se asuste nadie: la Redacción de Tierra Adentro no es nostálgica de la musicalización de la desigualdad (la Redacción de Tierra Adentro no es de esas heterodoxas, y de nostalgias nada, salvo de los glaciares en los polos), pero le gusta sacar el dedo flamigero para apuntarse a sí misma y sus guilty pleasures.

Del amor sufridote de Marisela a la mamitis enfermiza de Manuel Acuña en la voz de Chalino Sánchez, hacemos un recorrido con paradas tan violentas como las llamadas neuróticas de “Obsesión”, el romanticismo Bacardí de José José, el acosador del departamento 512, el obsesivo de Sting vigilándote la respiración, la dependencia emocional de los Timbiriche, Gloria Trevi (Campeona Indiscutible de Enamorase del Equivocado) y muchos delitos y muchas faltas y muchos improperios más.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

 

La Redacción de Tierra Adentro, como tantas personas y Redacciones, vuelve siempre a Raymond Carver. En el mes del amor todo carveriano que se respete relee De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), y de su relectura 2019 la Redacción de Tierra Adentro apenas se quedó con el título, que entre signos interrogativos entregó a cinco autoras y cinco autores que han pasado y pasarán por aquí.


 

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR?

 

Ana Fuente Montes de Oca

No lo sé. La definición más acertada que conozco es la de Stendhal, que sostenía que el amor es una flor maravillosa pero hay que estar dispuesto a acercarse al filo del precipicio para ir a buscarla. Pienso en el amor y recuerdo cuando presencié cómo María cambiaba el cómodo de su hija desahuciada días antes de que falleciera a los 42 años; cuando supe que José viajaba en bicicleta de Tlaxcala a Veracruz para visitar a Ana antes de que existieran los autobuses; cuando Luis perdió la memoria y lo escuché repetirle una y otra vez la misma anécdota a su hijo Miguel, que se mostraba tan asombrado como la primera vez aunque fuera la enésima; cuando visualizo la mirada cansada de Jaime mientras pacientemente esperaba a que terminara otra de las crisis depresivas de su mujer. Pienso en el amor propio cuando recuerdo que Sara dejó una vida de privilegios para alejarse de la toxicidad de su padre y cuando Mariana no cedió a la presión de nadie y formó una familia con Natalia. He sido testigo de las decisiones más arriesgadas y de los mayores sacrificios en nombre del amor. El amor motiva, inspira y envalentona, pero también envilece: he visto al sensato perder la cordura, al amante transmutado en verdugo, al suspiro convertido en arcada.

Juan abandonó a su esposa y a sus nueve hijos a su suerte porque no resistió la mirada de su segunda esposa, con quien fundó una nueva familia. Mireya mató a sus hijos y se suicidó para evitar que su padre siguiera abusando de ellos. Lisa Marie condujo catorce horas continuas para asesinar a la novia de su amante. Yasmiry roció con gasolina e incendió la casa de su expareja cuando la abandonó. En la Ciudad de México los crímenes pasionales están entre las cinco causas más frecuentes de homicidios.

Dicen por ahí que cada quién habla según como le fue en la feria. Me atrevo a decir que en esta a todos –sin excepción– alguna vez nos han sacudido hasta la náusea.

 

Adrián Chávez

En tiempos de Octavio Paz, dos se besaban y un mundo nacía; hoy nos besamos para refugiarnos de un mundo aplastante. Hablar de amor es ahora, creo, hablar de resistencia, de la posibilidad de sinapsis en un siglo de individualidades. Hablar de amor, de amor de veras, es también hablar en contra del amor marca registrada, ese autómata armado con expectativas prefabricadas y roles de género que funciona a base de un conflicto, en el que, como decía Amado Nervo, “el beso no es sino una variación de la mordida”. En cambio amar en serio es querer el bien del otro no por adoración sino por empatía, abolir el vasallaje emocional en favor de vivir en equipo. Hablar de amor, pero sobre todo ejercerlo, es hoy en día la pequeña revolución de una sonrisa fuera de contexto.

 

Ari Volovich

Después del Antiguo Testamento, el amor ha de figurar como la ficción más peligrosa de todas.

 

Elma Correa

Así que, carverianamente, esta es la pregunta: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

En mi caso, con esta mala educación emocional de la que por más que intento no puedo escapar, estaríamos hablando básicamente de obsesión y codepencia. Es lo que te vengo manejando desde que aprendí que me gustaban los guapos y patanes. Shame on me.

 

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Hernán Bravo Varela

1. De una pregunta formulada por Raymond Carver en su libro homónimo de cuentos, y cuya mayor dicha es una tautología: la conjugación de “hablar”. Un verbo que, precisamente, se opone al amor como acción suprema. (Lo cual no significa que el amor esté exento de habladurías.)

2. A punto de cumplir los ochenta, Octavio Paz cumplió el capricho, largamente acariciado en su poesía, de definir el amor. Según La llama doble (1993), el amor es “la apuesta, insensata, por la libertad. No la mía, la ajena”. Aún consumido por el fuego del surrealismo, Paz no veía en el amor un ejercicio de los derechos y las responsabilidades íntimas que exige la esquizoide democracia actual, sino una servidumbre voluntaria del yo que garantiza la libertad a segundas y terceras personas. (Un novísimo amor cortés, a cuya breve consumación carnal sigue una perdurable inflamación del espíritu.)

La poesía hace una apuesta semejante por la “libertad bajo palabra” de las personalidades múltiples que nos habitan y del yo ajeno, ávido de especulaciones frente al espejo de cuerpo entero que los otros son para él. En forma simultánea y a la vez contradictoria, la poesía se vuelve soberana del sentido cuando se somete al mundo y sus lugares comunes; el mundo, a la par, se vuelve súbdito del sentido cuando somete a la poesía y conquista sus tierras incógnitas.

3. No quieras decir tu amor, / el amor nunca se dice; / pues suave se agita el viento, / silencioso e invisible. (William Blake)

4. La oscuridad estilística de Jacques Lacan atinó, sin embargo, a definir el amor como “dar lo que no se tiene a alguien que no es”. La frase suele citarse mal: “dar lo que no se tiene a quien no lo necesita”. Entre ambas variantes se abre un abismo. La primera aborda la imposibilidad real de quien ama y es amado: se entrega una carencia a un imposible. La segunda, más esperanzadora, matiza la primera: al amar, obsequiamos algo insospechado a quien no sospecha su imperiosa necesidad.

Se mire por donde se mire, el amor surge de una carencia mutua. Acto filantrópico entre ciegos, labores para resolver un crimen que no se ha cometido —un crimen, siguiendo a Lacan, sin móvil ni evidencias.

5. “En El mundo del silencio (1954), el genial Max Picard suena mucho a William Blake: Los amantes son los conspiradores del silencio. Cuando un hombre le habla a su amada, ella escucha más el silencio que las palabras dichas por su amado. ‘Guarda silencio’, parece susurrar. ‘¡Guarda silencio para pueda escucharte!

Esto no quiere decir “cállate”, sino tan solo “deja de hablar”. La diferencia lo es todo, en el amor y en el arte. (Leonard Michaels)

6. Los amantes son los conspiradores del silencio, dice Picard en la cita de Michaels. Una frase retórica como la pregunta de Carver, aunque no tan memorable. ¿Contra quiénes conspirarían los amantes mudos de Picard?

Tal vez contra los teóricos, legisladores y gramáticos del amor que dan sesudas respuestas a preguntas gratuitas. Pero eso es suponer de más: los amantes son y su práctica de campo, su propio estado de derecho, su lengua privada.

7. El brillante editor Gordon Lish reescribió párrafos y finales enteros de Carver. En De qué hablamos cuando hablamos de amor, por ejemplo, redujo a la mitad el número de palabras que había en las primeras versiones de los cuentos y reescribió el 80% de sus desenlaces. La leyenda Carver se debe, en buena medida, a un ilustre desconocido. Si yo no hubiera revisado a Carver, ¿le pondrían la atención que le han puesto?, se pregunta Lish, quien dio a Carver lo que no tenía.

 

Zel Cabrera

Perras

“Está bien no caerle bien a todos, perras”.
“Por nuestra cuenta hasta el infinito, perras”.
el lápiz labial vengativo, violento, enojado, harto y refinado manchó un sobre.
“Estaré condenada si soy sumisa, perras”.
“¿Cómo nos llamaste? ¿Qué nos dijiste?”
¿cómo se llama esa clase de amor, perras?
Melissa Lozada Oliva

Nos comimos el amor sin masticarlo.
Le ladramos al amor apenas lo olfateamos
a la distancia.
Le ladramos al albañil, al cartero,
al repartidor de pizza,
al señor que nos surte los garrafones
de agua. Lo mismo al ladrón que intentó
allanar nuestra morada y al amante
trasnochado que llegó al departamento
con un six de cervezas lager
y una caja de cigarros.
No hubo diferencia. El enemigo
siempre usa pantalones y perfume
barato.

El amor era la carnaza
pero nunca fue la recompensa.

Las perras no eran ariscas. Nos hicieron.
Salimos más perras que bonitas.
Marcamos la casa con orín,
el aroma que brota
de nuestras entrepiernas.
Esta casa es nuestra porque huele como nosotras.

Mordimos las almohadas, los cojines,
el colchón. Mordimos el amor
sin pronunciarlo antes.

El amor, esa palabra.

 

Diego Casas Fernández

Paradójicamente, como sucede en el cuento de Carver, quien pregunta qué es el amor es el primero en recelar de la duda. Con la singular cacofonía carveriana que nos obliga a desconfiar de lo que nos rodea, nos damos cuenta de que no podemos definirlo con certeza. El amor se mantiene intacto hasta que queremos saber lo que significan esas malditas cuatro letras que hace poco creíamos ejecutar a la perfección. No es casualidad que el título del relato sea una pregunta, al parecer, sin respuestas, o con muchas, como muchos somos los que creemos haber amado alguna vez.

Sospechar del amor —cuestionar nuestros te amos— no es más que otra manera de buscarlo.

Cuando conocí a Stephanie, con frecuencia dudaba del amor que le tenía. Como si no fuera suficiente o estuviera condenado a extinguirse, era enfático y reiterativo cada vez que se lo demostraba. Tenía miedo de que no fuera suficiente.

Con el tiempo supuse que mi amor por ella consistía en interpretarla, es decir, hacer una lectura personal y subjetiva de sus aficiones, propósitos y miedos hasta lograr poseerla. Como si el amor semejara la interpretación de un lenguaje encriptado y complejo, ella hizo lo mismo, y por un tiempo nos amamos con el silencio de los malentendidos. A los pocos meses, cuando comenzamos también a malinterpretar ese silencio (creyendo que hablar no era necesario cuando hacíamos el amor) vino entonces la ruptura. Nació una grieta a la par de nuestro cariño que se hizo evidente entre los dos. Pronto nos acostumbramos a la rutina de las palabras a medias.

Tuvimos entonces que tomar terapia para entender que la solución estaba, literalmente, en la punta de nuestra lengua. Y no hablo de los besos, sino de la palabra (aunque uno y otro sean siempre la respuesta).

Amar no es descifrar sino preguntar. Pero no preguntar qué es el amor sino de qué manera quiere ser amada la otra persona y, sobre todo, cómo esa otra persona puede amarnos. Allí encontraremos las respuestas.

Pues en el amor, la pregunta llega hasta donde la privacidad lo permite.

 

Fabiola Eunice Camacho

Probablemente sea la pregunta más complicada de responder desde la mirada feminista, y lo es porque un aspecto importante dentro de nuestra interminable agenda tiene que ver con desarticular la idea del amor romántico, un imaginario que ha cobrado miles de vidas. No sería el espacio para describir esa clase de amor, pues todas lo conocemos de manera tan íntima, tan cotidiana que estoy segura que hasta la más férrea feminista en algún momento ha sentido la necesidad de bajar la guardia, de perderse en alucinaciones que el coctel de sensualismo y fatalidad proponen como la idea de una imagen que poco o nada tiene que ver con nuestros cuerpos o en sí con el amor.

En todo caso sostengo mi disertación entre dos puntos desde los cuales se desplaza esa energía que puede incluso quebrar por completo la idea de seres dóciles o mujeres embriagadas de amor. Esas dos coordenadas dentro de la cartografía personal serían el deseo y el compromiso. Una sin la otra se desvían y crean lo que hemos conocido por diversas lecturas y miradas, una clase de energía sin sentido o sin cabeza. Imagino ese amor como un ser acéfalo, una corporalidad con una fuerza que no hace otra cosa que detener, oprimir. Sin oídos, sin lengua, tan solo con una contención sobrenatural que logra sostener aquel cuerpo quebrado al mismo tiempo que lo subyuga.

Seguramente un amor sin deseo debe ser el estadío más infértil e insípido que el cuerpo pueda conocer. Ya Rosario Castellanos advertía de manera oportuna que sus hijas y nietas —dentro de la tradición moderna y contemporánea de la literatura mexicana— acabaríamos de maneras poco decorosas o deseables para aquel contexto donde las mujeres ya estaban tejiendo para nosotras una red infinita de saberes y deseos.

Creo que la trama más fuerte tiene que ver con la hilaza que une el saberse dueña de sus ideas, —de su tiempo, de su cuerpo— con el hacer valer sus placeres por encima de cualquier otra cosa que, desde luego, resultará ser menos importante. ¿Pero qué pasa cuando el amor también tiene que ver con nosotras mismas, con el compromiso que adquirimos con nuestra voz, nuestros labios, nuestras vibraciones, nuestro onanismo o con las personas que emergen de nuestras cavidades luego de treinta y ocho semanas?

La pedagogía del deseo de Hélène Cixous abre un espacio distinto para pensar el amor desde la experiencia de ser mujer. Como Hélène pienso que la escritura y todo lo que tiene que ver con ella, —incluido mi cuerpo, sus cambios, su correspondencia bisexual y su constante estado de continencia y vaciamiento— se encarnan debidamente en una clase de amor que ante todo pide el tiempo necesario para hacerse resonar, amar. Luego entonces en quién pensamos cuando escribimos, porque sí escribir es un acto de amor, en este, como en el onanismo, se convoca al cuerpo deseado con el fin de guiar esa pulsación eréctil hacia nuestros centros.

Si acaso es para ti, para mí, está bien, porque más allá del deseo —de la llama interna— me pregunto quién será la lectora o lector que escuche mis gritos, que repose en mis pausas, en mis silencios.

Cixous más que tatuar su impronta, desata un maremoto dentro de los esquemas y estructuras culturales para comprender la manera en que aman y hablan las mujeres.

Spoiler alert: el amor definitivamente es una construcción cultural.

Al ser una construcción que se desarrolla en imaginarios, obras de arte, libros, productos culturales y demás chácharas y fetiches, podemos revertir los procesos, espacios de poder y posiciones que han intervenido durante la historia de la humanidad la edificación de ese amor, incluidos sus salones de prácticas violentas y sus salas de estar en depresión continúa.

El compromiso encarna amor a nosotras y al cuerpo deseado, pues al aceptar el desafío de hablar desde sí, toda la lubricidad se correrá al momento de hacernos resonar, “la mujer asentará a la mujer en un lugar distinto de aquel reservado para ella en y por lo simbólico, es decir, el silencio. Que salga de la trampa del silencio. Que no se deje endosar al margen o el harén como dominio”. Siguiendo la tesis de Cixous, sin importar sus preferencias, sin importar incluso si se encuentran en la cumbre de la soledad, si acaso sólo se trata de las nuevas formas de deseo y amor milenial, hágase cucharita con todo el amor y pruebe escribirse desde sí.

 

Instrucciones para escribir una carta de amor

Hacer jadear al texto
Lubricar la idea
Paladear la memoria
Corromperla
Adentrarse en las oquedades y llanuras del deseo
Echarse una mano
Escribir con la otra
Gritar, explotar, leerla en voz alta
Decir me amo, te amo.

 

Hiram Ruvalcaba

Algunas notas para hablar de amor

Noemí escribía su nombre con n de nunca. Yo tenía novia y ella tenía novio. Pero la primera vez que nos encontramos descubrí que medía exactamente lo mismo que mi deseo, tan alto a los 17 años. De eso estaba seguro —ponía tanta atención cuando la miraba—. Su novio era un sujeto agradable, a decir verdad. Jamás supe qué pensó ella de mi novia, quien debió ser agradable también. Supongo. A veces los veía de la mano o ella nos veía a nosotros, pero eso no me impidió medirla, memorizarla cada vez que nos encontrábamos para que no se hicieran largas aquellas noches que no pasaría con ella.

Las pocas veces que pudimos platicar, me habló de sus planes de vivir en el norte del país, y con sus palabras se iban volando mis esperanzas hacia tierras lejanas. Pasé más tiempo del que estoy dispuesto a admitir convenciéndome de que un muchacho como yo (nacido en una comunidad rural, recién llegado a Tlayolan, y con novia) no tenía oportunidad con una mujer como Noemí. Me convencía de esto a pesar de que ella rehuía mi mirada y, de vez en cuando, la sorprendía observándome de lejos. Midiéndome. Memorizándome.

Cuando nos graduamos de la preparatoria supe que se me escaparía la vida sin decirle todo lo que despertó en mí. Sin embargo, por una afortunada casualidad, nos encontramos cierto día en la calle y tuvimos una hora o dos para platicar a solas. Era lo justo para hacer una confesión vital apresuradamente. Y vaya que le confesé todo. Desde el primer día que la vi trabajando en un café y sentí que el azul del cielo llovía sobre mi alma; todo hasta el momento en que se fue de mi vida de la mano de su novio, que me caía bien, en realidad. Nunca sabré si fue por compasión, o si aquélla fue la manera de corresponderme, de decirme que había sentido lo mismo: Noemí me abrazó por el cuello y besó mi mejilla, justo en la curva donde empezaban mis labios.

Algunos meses después se separó del novio y se fue a vivir a Nuevo Laredo, para hacer carrera en derecho aduanal. O algo así. Llegó hasta tercer semestre. Luego unos hombres la asaltaron en la calle, la tumbaron a golpes y la arrastraron a una camioneta para que diera el último paseo de su vida. Me lo contó aquel que había sido su novio. “Fue terrible”, me dijo, “destrozó a su familia”, y yo pensé en la comisura de mis labios y en que hay historias que no deberían existir.

No encontraron el cuerpo. Hasta donde sé, aún podría seguir viva. Pero es poco probable. En su boca cabían los nombres de todas las cosas que amaría en mi vida.

Una historia de amor auténtica no tendrá un final feliz. Éste es el primer pacto y la primera verdad.

Punto.

Una historia de amor auténtica es una enfermedad que ataca cuando no se tiene tiempo que perder, y uno acaba perdido.

 

Esta es la primera que recuerdo.

En la Edad Media circuló un mito acerca de un trovador que se enamoró de la esposa de un noble. Le cantaba continuamente, molido por saber que su amante jamás sería solo suya. Los cantos desventurados siguieron hasta que el esposo de la dama se enteró del romance. Celoso, el marido mandó asesinar al poeta, e hizo que trajeran hasta su palacio el cadáver. Cuando lo tuvo a su alcance, le extirpó el corazón y se lo llevó al cocinero, pidiéndole que preparara el manjar más exquisito en la historia del reino —y de paso, de la literatura—. Cuando el platillo estuvo listo, el noble hizo que su mujer lo comiera la misma noche del asesinato. Una vez que terminaron de comer, la mujer confesó que nunca había probado un platillo de tal calidad, y el esposo, triunfante, pudo entonces revelarle el ingrediente principal.

Muchas versiones se han escrito acerca de esta leyenda del corazón devorado, y cada una hace variar el desenlace. Mi favorita es la siguiente: la mujer, loca de amor, se hizo asesinar esa misma noche por su dama de mayor confianza, y ordenó que le sirvieran su propio corazón al marido la mañana siguiente. El noble devoró sin mesura la carne de su mujer, muerta de venganza y, cuando se hubo enterado de lo que sus celos provocaron, juró no probar más bocado después del corazón de su esposa. Como cumpliera su promesa, murió nueve días después.

De la historia del corazón devorado inferimos el segundo pacto: en una historia de amor auténtica sólo existen villanos.

Una vez conocí a un hombre que se sacó los ojos el día que su mujer lo engañó para no verla nunca en los brazos de otro.

Así, ciego, siguió viviendo con ella.

Se llamaba Amador, pero su nombre no es importante para esta historia. Lo único que quería destacar es que esta podría ser una historia de amor auténtica.

Una historia de amor auténtica no necesariamente es una historia real.

He aquí una historia real.

Mi amigo Salvador y yo fuimos por unas cervezas a un bar de mala reputación en el centro de Tlayolan. Pasaba la medianoche, y el lugar tenía ese aroma que despiden ciertos espacios que transforman tu vida. Desde nuestra llegada habíamos estado tensos, porque a pocos metros de nosotros se hallaba una pareja de amorosos que no había dejado de discutir en toda la noche.

Aunque debo ser más exacto.

El hombre discutía severamente; sin gritar demasiado pero con insistencia. Ella intentaba acercársele para acariciarlo, intentando que se calmara. Él la apartaba de sí, primero empujándola, después dándole patadas o golpes discretos.

Lloraba mucho, ella. A veces miraba alrededor. A veces fijamente hacia donde estábamos nosotros; intentaba sonreír.

Marco estaba muy animado, hacía lo posible para que yo dejara de mirar hacia la peculiar pareja, cuya discusión se tornaba cada vez más acalorada. No quería notarlos.

Fue inútil.

 

Hacia las dos de la mañana, el hombre lanzó un certero puñetazo al rostro de la mujer. Siguió otro, y otro más. Ella cayó al suelo. La música paró. La gente hizo un círculo a su alrededor. Todavía alcanzó a recibir un par de patadas antes de que Marco llegara hasta el hombre y le reventara una botella de mezcal en la cabeza. Pateó con saña su rostro ensangrentado. Nadie se acercó a separarlos. Me quedé en la barra y me acabé la cerveza, mientras veía a mi amigo tomar pausas para recuperar su aliento justiciero.

La mujer, aún aturdida, se levantó a duras penas y se abalanzó sobre Marco. Le arañó el rostro, gritó majaderías, golpeó su pecho y sus brazos y su espalda con sus manos pequeñas mientras le hablaba, por su nombre. Mi amigo se detuvo, se apartó de los amorosos sin decir palabra. Todavía le dedicó a ella una mirada llena de incendios antes de salir del lugar. Pude verlo: había en él un fuego distinto a la violencia.

Pagué la cuenta. Lo seguí.

Cuando estuvimos solos, Marco dijo:

—Se llama Valeria.

No me lo dijo a mí. Más bien fue como si dejara que sus palabras se diluyeran en el aire. Y después:

—Ya lo decía la Biblia, no codiciarás a la mujer de tu prójimo en vano…

Desde lejos llegaba el rumor de la música y las luces titilantes de las patrullas que rodearon el lugar apenas cuando nos fuimos.

Una historia de amor auténtica es miserable. No hay bendiciones, ni buena estrella, ni buenos deseos. Se escribe con tintas malignas, porque el amor empieza donde Dios acaba.

Una historia de amor auténtica vive siempre en la amoranza.

Éste es el tercer pacto.

Cuando tenía diez años, una vecina cuarentona, amiga de mis tíos, me invitó a pasar a su casa. Una vez en el interior, me dio de comer (caldo de pollo, aún recuerdo que tenía arroz rojo en el fondo del plato) y luego me dijo que la acompañara a su habitación. Una vez dentro, se levantó la falda y pude notar que no usaba calzones. Se sentó en su cama y abrió las piernas para que yo mirara. En ese instante el mundo apareció explicado ante mí definitivamente.

En una historia de amor auténtica no hay puntos suspensivos, sólo una sucesión de tres puntos finales.

Esta la contó mi padre.

Todos los años, en abril, una mujer salía temprano de su casa, subía a un autobús, viajaba dos horas y media hasta El Limón, Jalisco, y visitaba una tumba en el cementerio municipal. Iba sola. Rara vez llevaba flores o cualquier objeto que denunciara la visita a un ser amado. (Pero sí tenía cuidado de llevarse, siempre, la misma ropa: un vestido blanco, gastado aunque elegante, rebozo gris que cargaba con orgullo y dignidad.) Volvía a casa poco antes de que la noche soltara sus lebreles en la Sierra del Tigre. Limpia, como al momento de su salida, sus ojos denotaban que se habían desbordado en llanto.

 

En esta historia sonaba —al menos en la versión de mi padre—, una canción ranchera. Según él, durante toda su vida la mujer puso aquella canción siempre que quiso llorar. “Cruz de olvido”.

La barca en que me iré lleva una cruz de amor… Lloraba a lágrima viva o, más exactamente, a lágrima muerta, a lágrima alimentada de una sustancia insoportable: sus ojos clavados en el espacio vacío, en el lugar que debió ocupar alguien que no tenía nombre, ni rostro, ni fecha.

Un día me enteré de que aquella mujer había tenido un hijo antes de su matrimonio, que lo había gestado en sus mares y lo había visto nacer: leche de sí. Del niño no había fotografías, ni siquiera llegué a saber nunca su nombre. La mujer lo vio morir: muerte de sí.

Un día no volvió. Salió de su casa temprano. Tomó el autobús. Viajó dos horas y media. Bajó en El Limón. Fue al panteón municipal. Iba sola y sin flores. Lloró cruces de olvido. No volvió. Ni al día siguiente volvió, ni al siguiente del siguiente. No volvería ya a su casa en Tlayolan: se la tragó el mes de abril sin dejar rastro.

Mi padre contaba esta historia, y creo que vale la pena decir lo siguiente.

La mujer era su madre.

Algunos dicen que la encontraron en junio, abrazada a una tumba con un nombre desconocido. Cuentan que lloró hasta morirse.

La canción ranchera la conocí hace un par de años, cuando supe que el padre de mi padre había prohibido que la tocaran en su casa.

Aunque esto, por supuesto, tampoco es una historia de amor auténtica.

Pero no se decepcionen, todo lo que he dicho es para declarar que las historias de amor existen, están ahí.

Y que una historia de amor auténtica comprende todo el bien todo el mal.

Pero aún está por verse.

 

Selene Carolina Ramírez

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

Cuando hablamos de amor hablamos del constructo romántico
que nos heredaron los abuelos.
Aquellos que durmieron en camas separadas hasta el final de sus días.
Los que vivieron muchos pequeños amores
a escondidas del gran amor que dormía a su lado,
pero en otra cama.
Porque hablar de amor se conjuga en pretérito
y todo aquello que es anterior al amor es más grande que el amor.

El amor es la tarde caliente con los pies descalzos.
Es ese salto hacia los espacios sombreados
para evitar la ampolla en las plantas de los pies.
Es que el amor siempre viene después
y nos toma de repente con tres pesos en las manos sudorosas
sin saber cuántos chicles de bola nos darán de cambio.

Dejaron de fiar en esa tienda de personas amables.
Dejaron de fiar porque falsificaron las carteras de Marlboro.

El amor nunca será la primera vez,
ni la tercera,
ni la quinta.
Amar no puede ser sufrir el rompimiento de todos lo hímenes adolescentes
que idealizados se vuelven objetos exclusivos del placer.
Amar tampoco es golpearse el estómago con un bate cada vez que se piensa estar encinta.
Ni quererse tirar de la torre más alta cuando el amor encontró otro amor.
Terri cree que hablar de amor se resume a un tiro en la boca.
Mel cree que el amor será sólo un recuerdo pasajero
al lado de un nuevo amor
que se convertirá a su vez en un recuerdo,
si acaso.

Cuando hablamos de amor los ojos se encienden
pero no sabemos de dónde viene el brillo
si del llanto o de la esperanza.

Hablar de amor es querer al gato,
es adorar al gato.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1984). Estudió la licenciatura en lengua y literaturas hispánicas en la Facultad de Filosofía y letras de la Universidad Autónoma de México (ffyl-unam). De 2015 a 2016 fue becaria del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca). Se ha desempeñado como traductora de inglés y francés y profesora de secundaria, preparatoria y universidad. Es colaboradora de las revistas La Peste y Coma Suspensivos e imparte talleres de cuento en Ensenada, Baja California, donde reside actualmente.
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).
Elma Correa es narradora. Aparece en el libro de entrevistas Veintitrés y Uno. Charlas con 23 escritoras de Óscar Alarcón y su trabajo está incluido en compilaciones como Sólo cuento IX, Breve colección de relato porno, Lados B, Cuadernos del Periodismo Gonzo, Narrativa del norte, Pan de muerto, dos números especiales de ficción de Vice, entre otras. Ha publicado textos en revistas como Vice, Punto en Línea, Pez Banana, Shandy, El Septentrión, Tierra Adentro y emeequis. Que parezca un accidente (Nitro/Press, 2018) es su primer libro de relatos.
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).
(Ciudad de México, 1979) es poeta, ensayista y traductor. Autor de Hasta aquí, entre otros títulos.
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Muro Baleado, por Teresa Margolles. Fotografía por Kim (Flickr)

En el retrato predomina el espacio negativo, el vacío que circunda al cuadro. Nunca existe solo, sino en contexto: decorando una pared, exhibido en la galería, recargado contra un mueble.

Una lámina de tiempo arrancada al paisaje, trasladada a otro entorno. Como la imagen se multiplica al enfrentar dos espejos, el retrato propone un juego de interiores y exteriores: capas y capas de existencia que se imbrican.

Todo retrato ejerce cierta violencia sobre lo retratado: muestra sólo una cara, petrifica sólo un momento. Está siempre condenado a lo provisional, lo fragmentario, lo engañoso.

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

*

Llega a mi celular la grabación de un hombre maniatado y amordazado. Se retuerce y suelta gemidos sobre una zanja de tierra oscura. Su pecho desnudo, moreno, sube y baja. A su lado, inclinado, otro hombre blande un cuchillo de navaja larga, enturbiada de sangre y mugre, y emite amenazas con un acento que no soy capaz de ubicar: se come algunas sílabas, pero no a la manera rápida y angustiada de los sinaloenses, sino más bien con lasitud, como si hablara en duermevela.

“Ya valiste verga…”

La antigüedad de la cámara del celular, la sensibilidad atrofiada del micrófono integrado, machacan las palabras y los actos registrados: todo se confunde en una amalgama gris de siluetas y ronquidos. Lo que estaba ocurriendo, sin embargo, es evidente a primera vista: se prepara un homicidio.

“Te voy a cortar la piel vivo, hijo de la verga.”

Su voz, afilada por el odio, aguda y fría.

Como azuzando su propio frenesí de violencia, el hombre sigue lanzando insultos cuando le abre a su víctima tres tajos en los pectorales; el primer vuelco de mi estómago es al ver cómo la piel cede sin resistencia al trazo del cuchillo.

“Ándale ala verga, ira nomás, ira nomás lo que te pasa.”

Cada cuchillada va acompañada de una expresión colérica. El hombre, instruido en los mecanismos de la barbarie, separa una de las llagas, la más profunda, y comienza a cortar el tejido debajo de la piel, desprendiéndola del cuerpo, hasta que llega a la altura de los intestinos. Todo el interior del vientre y el pecho queda expuesto.

“Te voy a sacar el corazón a la verga.”

Le destapa la caja torácica haciendo palanca con el acero, levanta las costillas, hunde su mano en el costado abierto y extrae el corazón, todavía unido al cuerpo por un nervio. Lo corta, se lo pasa por las manos, desligado, aún pulsante, y lo ofrece a la mirada desvanecida del moribundo, que ya daba estertores en el umbral de la muerte.

“Cabrón, hijo de la chingada, ¿ves lo que te pasa?”

Coloca el órgano palpitante al inicio de la garganta y lo clava de un golpe.

Así acaba el video: el verdugo dando alaridos, sus palabras ya convertidas en la mera pulpa informe de la emoción, el cuchillo enterrado verticalmente sobre el cadáver.

*

En Sinaloa el comercio de videos violentos goza de prosperidad.

Balaceras, torturas, decapitaciones, desmembramientos, tiros de gracia, riñas de bares; amenazas, venganzas, ajustes de cuentas, resarcimientos; se trafica con cuerpos acribillados, con rostros intervenidos por botellazos, con cadáveres humillados, vejados, con la anatomía hinchada de los flotadores de los canales o los ríos, que a veces quedan varados en la orilla, expuestos a la curiosidad de los que pasean en el malecón.

No existe instrumento más efectivo que el video para la pedagogía de la crueldad. La reproducción virtual de la violencia acondiciona contra la violencia efectiva. En Culiacán, someterse a un narcovideo es un examen de la virilidad. Su objetivo es atrofiar el nervio de la empatía, acostumbrar el ojo a la sangre, al espectáculo del dolor.

Se trata de poner en escena la vulnerabilidad, hacer sentir al espectador su condición perecedera: que la rechace agresivamente o se espante y tiemble. Esa pérdida simbólica, abstracta ­—la muerte de un desconocido, atestiguada a través de una pantalla— de pronto eriza la epidermis, asesta un golpe de caducidad al cuerpo.

El torturado en video no es ni un vivo ni un muerto: es un espectro, un algo ambiguo, existente más privado de realidad, que agoniza y nunca termina de sufrir, un vehículo de carne estremecida que comunica sólo una cosa: este podrías ser tú.

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

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Tomar video lastima la realidad. Despoja un hecho de contexto, elimina olores, diluye las presencias. Presenta un cuadro desarraigado, flotante o fijo. El video intensifica la sensación de estar separado del entorno: nunca es más inaccesible un rostro que cuando lo contemplamos en la pantalla.

El cine ha explotado hasta el cansancio esa particularidad de la imagen, la imagen que reafirma el misterio del otro. Los motivos de los personajes, en una película, son elementos narrativos que llevan la mayor parte de la carga de tensión. La gran fuerza de la ficción cinematográfica es que hace sensible el enigma de los actos, su naturaleza indómita, indeterminada e inexplicable.

Estos mecanismos, que bien pueden hechizar en una sala de proyección, se tornan instrumentos para la deshumanización cuando se ponen al servicio de la violencia.

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La violencia ejercida contra el cuerpo ajeno es, casi siempre, una rebelión contra la propia fragilidad. La herida del otro disimula, por un momento, la blandura de mi propia piel. El elemento más noble de la imaginación, el que se aventura a descubrir la interioridad del prójimo, su autonomía existencial, se inhibe a la hora de infligir dolor. Pronto uno pierde de vista la circunstancia común: que todos vivimos de forma separada la misma condición. Que todos somos frágiles, desvalidos y mortales.

El narcovideo comunica la negación de la vulnerabilidad del victimario por medio de fantasías de dominación, de control territorial y los cuerpos que lo habitan, de ostentarse administrador de la muerte. El nudo original, el vivir juntos la misma fatalidad, el coexistir bajo el mismo destino ineludible, se desintegra. Lo que nos une es lo que nos divide.

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Hablar de narcocultura es hablar de el narco y de lo narco. Lo narco no se manifiesta necesariamente en el narco. Es decir, lo narco puede habitar fuera del crimen organizado. La sociedad de Culiacán se encuentra bajo el imperio de ambas. Bajo la dominación económica de el narco, como la primacía cultural de lo narco.

Para ofrecer un retrato de Culiacán, se debe hacer un esfuerzo por apresar el estado actual de un código sujeto al cambio, evanescente: la red de símbolos, costumbres y creencias ligadas al fenómeno de la narcocultura. Un retrato no se preocupa por el pasado ni el futuro. Es una captura superficial. Es la exhibición de un presente suspendido, sin raíces aparentes. Por lo demás, la gesta y evolución del narcotráfico, su ethos particular, ya ha sido documentado.

Altar a Jesús Malverde, Culiacán, Sinaloa. Foto por David Boté Estrada (Flickr)

Altar a Jesús Malverde, Culiacán, Sinaloa. Foto por David Boté Estrada (Flickr)

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Dos grandes fuerzas económicas son los motores de la ciudad: los poderes legítimos, siempre manchados de sangre, y los poderes ilegítimos, siempre dotados de legitimidad por la sociedad.

En el plano discursivo están enfrentados; en la realidad se ayudan mutuamente. Unos lucran bajo un régimen de muertes, ingobernabilidad y desintegración social; los otros se encargan de echarle un velo encima, decir que no pasa nada, y se llevan un tajo. Ambos prosperan bajo este esquema.

Son prestanombres, son sociedades anónimas, son corporaciones enquistadas en el establishment que no se involucran de forma directa en la muerte y la violencia, pero se encargan de perpetuarla.

Al único que beneficia la narrativa del optimismo de las ONGs que pueblan la ciudad y construyen parques, es al narco: minimiza los crímenes, desdeña el dolor de las víctimas, diluye el vigor de las acciones a tomar y sofoca el sentido de urgencia.

La realidad de una sola vida borrada con violencia debería ser suficiente para dejarnos mudos, para que nos diera vergüenza tratar de desviar el ojo público del cadáver. Pero no: algunos prefieren silenciar las voces de las víctimas con tal de aparentar civilidad y progreso.

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

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Quienes nos preocupamos por todo esto carecemos de la suficiente energía mental para resolver el horror primigenio que despierta un cuerpo sin vida. Y es un acto de resistencia no ceder ante la normalización. Yo me voy a seguir estremeciendo: con cada desaparición, con cada feminicidio, con cada asalto armado.

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Culiacán es una ciudad llena de símbolos necrológicos. Se erigen cruces en los sitios de los homicidios, se cuelgan pancartas en las acacias para rememorar a un ser querido, los mausoleos de Jardines del Humaya son más habitables y lujosos que muchas casas.

Cualquiera que haya visitado Culiacán puede dar testimonio de la densidad del ambiente. El contexto poco a poco carcome tu historia, seas quien seas, vengas de donde vengas. La ciudad se impone y te exige reordenamiento. Tu lenguaje se abarrota de sinaloísmos; tu cuerpo se aclimata al calor; tu mente aprende a procesar sin remilgos las historias de asesinatos, secuestros, desapariciones, fugas, querellas entre capos.

La muerte pierde su carácter abstracto. Se manifiesta como un brillo violento en los ojos de los enfermos en el antro. En el estruendo de los carros deportivos. En las notas de amenaza del acento, que el sinaloense sabe administrar con naturalidad.

Como antídoto, la población se vuelca a la moral del trabajo, la ética del lucro, el remanso del consumismo, del derroche. En Culiacán el gasto es un acto de alcances ontológicos: es una afirmación vital. Rodearse de lujos, de comida, de mujeres, contrarresta la sensación de vivir entre zombies, de ser un muerto vivo.

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El principal triunfo de la narcocultura radica en que ha establecido la pauta de lo natural.

Es natural ver cadáveres en la acera, es natural esgrimir un arma en la vía pública, es natural someterse a videos de torturas, es natural que desaparezca tu hijo, es natural que acribillen a tu hermano. Todo esto es rutinario.

En el campo cultural la batalla se perdió hace mucho tiempo. La necroeconomía, la necrocultura y el necroestado organizan la vida social. No hemos sido capaces de generar otra versión de lo humano, otra alternativa de proyecto compartido de vida. Lo humano es matar. Lo humano es lastimar. Lo humano es responder agresión con agresión.

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El objetivo es: sustituir la fuente corrompida que expide sentido y pone en funcionamiento a esta sociedad enferma; replantear la manera en que llevamos a cabo nuestras tareas vitales; empezar a producir otro tipo de signos los del afecto, la ternura, el cariño, la empatía, el amor.

Al fin y al cabo el código social, esa maraña de significados que tejemos día a día, puede reformularse; no desde lo virtual, no desde el periódico o la dimensión del arte, no desde este artículo, sino en la plaza, la calle, el barrio. Hacer una ruptura fiel de esta particular afiebrada versión del espíritu regional.

Hoy en día no hay un sistema de jerarquización del orden colectivo que compita con la fuerza socializadora, simbólica, de la narcocultura. Es hora de echar a andar la imaginación, esa mediadora entre lo real y lo posible.

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

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No se puede empezar a concebir un cambio si no echamos luz sobre el principal agente de descomposición de la sociedad sinaloense: el homicidio. En Sinaloa se cultiva el homicidio con mayor ahínco que cualquier comestible. Los administradores de la muerte trazan un apretado radio a su alrededor, que define qué personas detentan dignidad, a qué vidas se le otorga valor. La esfera de vida, generalmente, incluye a la familia inmediata y a nadie más. Todo el que se encuentre fuera de ese círculo íntimo es sujeto de violencia, es enemigo en potencia.

Una crítica de la narcocultura implica también una crítica de la familia. Cuestionar la idea de soberanía familiar, el mandato del patriarca de fabricar un espacio seguro para el libre desarrollo de los individuos que se encuentran bajo su manto protector. La labor del patriarca que controla un territorio (su hogar o su plaza) y asegura el bienestar de quienes lo habitan, se ha convertido muchas veces en el pretexto para practicar la violencia, con la idea de defender los intereses del clan. Y, por el otro lado, da pie a la transgresión de este espacio por parte del enemigo: la violación y asesinato de sus mujeres, la intervención de sus redes de venta y distribución.

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Urge encaminar esfuerzos sociales y culturales para ampliar nuestra capacidad de amparo más allá de los lazos de sangre. Se ensalza por encima de todo la lealtad y franqueza del sinaloense. Esta característica, es en realidad una flaqueza sublimada: la imposibilidad de crear vínculos más allá de tu círculo afectivo inmediato. No es una capacidad exaltada de amor al prójimo y la familia, sino una especial capacidad de afantasmar a todo aquel que no tenga una relación íntima contigo. El sinaloense tiene una habilidad enorme de deshumanizar al otro, de borrar los atributos que le confieren existencia y dignidad. De ver sólo un enemigo donde hay una historia, un rostro, una vida. La idea es vencer el instinto de la tribu, generar un adhesivo social distinto a los lazos de sangre.

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

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Mi vida adulta ha oscilado entre Culiacán y la Ciudad de México; llevo siete años transitando entre dos realidades completamente distintas. Ambas urbes tienen sus peligros psicológicos y físicos. Conocí la soledad en la Ciudad de México. Crecí con tres hermanos, compartí cuarto con uno toda mi vida. No estaba acostumbrado a tener que lidiar conmigo mismo, a gestionar mi vida dentro de un espacio personal y absolutamente privado.

Tomé la costumbre de seguir las noticias de Sinaloa con mucho más ahínco que cuando vivía ahí, con el pretexto de estar informado, pero en realidad era una suerte de pulsión culpable la que me hacía examinar a detalle los hechos de un feminicidio, una balacera, una ejecución extrajudicial, un cambio en la distribución del poder en la región.

Esas imágenes que flotan en el imaginario colectivo mexicano y encarnan a todas horas: la nación salpicada de fosas clandestinas, el osario repleto de historias de miseria, la varilla escudriñando el monte en busca de aroma, el rostro anónimo y desollado, el rostro desfigurado por el luto, el rostro oculto por un velo de sangre, las voces desgarradas de las madres, el llanto quedo de los niños, la amenaza que antecede al homicidio (“ya valiste verga, puto”), el cuerpo sembrado de agujeros, el cuerpo desintegrado en ácido, el cuerpo constelado de moretones, las extremidades mutiladas, la mano inclemente que asfixia, el falo violador, las niñas abandonadas en el desierto, la postura antinatural de las muertas, los cuellos torcidos, sacados de quicio, el cadáver oculto en las entrañas de la tierra, el cadáver eviscerado, el cadáver desollado, todo, todas las imágenes que pueblan los periódicos y sus redes sociales, se amalgamaban en mi habitación.

Imaginar el dolor es peor que presenciarlo, porque el dolor imaginado es absoluto y abstracto: la realidad del dolor es horrible, pero uno tiene herramientas para lidiar con ella. A México lo azota una epidemia, y es la dimensión virtual del dolor, la angustia de que la violencia haga su brutal aparición en tu vida. Las víctimas, las que ya han sufrido, nos inquietan porque son seres que llevan la estampa de esa posibilidad. En la soledad de mi cuarto me intoxico de noticias, se me entumen las manos y tiemblo por mi familia, mis amigas, mis amigos. Yo también estoy infectado. Lo único que me queda es intentar sanear mi podredumbre: salir a la calle a conocer el dolor, en vez de dejarme consumir por las representaciones de ese dolor; luchar por la restauración de la vida afectiva, en vez de dejarme llevar por dinámicas deshumanizantes.


Autores
Ricardo E.M. Tatto (Culiacán, 1991) estudió la carrera de Literatura y Creación Literaria en Casa Lamm. Ha publicado textos en Luvina, Letras Libres y fue ganador del premio RMX de novela.
Cartel que pedía la liberación de Leonel Manzano Sosa.

Leonel Manzano Sosa fue preso político y de conciencia en la cárcel de Máxima Seguridad de Puente Grande, Jalisco (2013-2018). Escribió el poemario Coplas de encierro durante sus años de encarcelamiento, libro del que les compartimos dos poemas.


 

Puente grande, serás el punto cero de mi vida

 

Puente Grande, serás el punto cero de mi vida;

hay un antes y un después.

Siendo la línea del punto de quiebre.

Del amor hoy tengo un bosquejo diferente.

Se volvió al principio inquebrantable.

Me come el ansia de saber, me ahoga la necesidad de aprender.

Puente Grande,

serás el hueco óptico carente de gravedad mundana.

Tienes el lente telescópico bajo el cual mirar el nuevo lustro.

La era nueva debo comenzar.

Para ello tiene que parirme Puente Grande.

Gris institución, opaca, deslucida;

demacrada, hostil, insensible y fría.

Su concreto lanza sus tóxicos, su zumo celador.

Puente Grande se pitorrea de mi voz que grita mi dignidad

erguida.

Las almas que anidan en tí,

asoman por las claraboyas emitiendo su color amarillento y

ocultando con tus muros, sus figuras desgarbadas, bellacas.

Tras ellas van siempre las figuras rastreras en color azul,

plagadas de pertrechos,

con sus arreos para atizar las muchedumbres de figuras

Desgarbadas.

Por mis trillados pensamientos,

portan la batuta un sinfín de faenas de buena lid;

¡basta de empinar el codo con el brebaje replete de bazofia!

La vida es un antes y un después; hoy en el limbo,

estoy varado en Puente Grande presenciando importante,

la cátedra que instruye la ruta doctoral hacia el crimen.

Jaulas y pasillos de este gris cemento;

ahogan con su orgía las ramas de nobleza de esta fría noche.

Noche oscura, de escasos barullos.

Noche brutal, de escándalo,

de bayonetas caladas contra la conciencia.

Un grito mantengo ahogado en la garganta.

Quiero lanzarlo desde la oscura noche de Puente Grande.

Aún no es tiempo, reflexiono.

El grito deberá ser para el después.

Una vez que haya traspasado el limbo,

cuando el tren llegue puntual a la estación que yace solitaria,

triste, abandonada y de imagen lastimera.

Puente Grande, serás el punto cero de mi vida.

 

 

¿Qué rostro me muestras, Puente Grande?

Estoy viviendo

en el momento para insultar el cielo azul;

persuadido de la necesidad de creer,

en el engaño quimérico de un día partir.

 

Estoy viviendo

sobre la espalda del Cristo crucificado,

siguiendo un modelo de vida, arropado de concreto.

 

¿Qué rostro me muestras, Puente Grande?

¿lo dorado de tu infamia?

¿lo bífido de tus caprichos y voluntarioso escozor?

 

El sueño,

este engaño quimérico de un día partir,

es la mina del inagotable sufrir.

 

¿Cuándo llegará la hora de la restauración?

¿qué voy a hacer en el monasterio del olvido?

Tengo el rictus congelado;

veo la tumba viviente

Y sus serpentinas, cual espinas en el rostro del señor.

 

Puente Grande,

¿qué simbiosis el decreto te formó?

Hallo en ti el culto al odio, el ocio y la degradación.

Encuentro en ti

la parafernalia del negocio subterráneo y oscuro,

donde supuran sus órganos internos, ante la corrupción innata

y la supremacía del más fuerte.

 

Una verdadera montaña gris,

acude al espectáculo generalizado de la impotencia

Y yo de hinojos,

en las alas del sufrir, rígido

y cargando la cruz a cuestas,

voy de aquí para allá,

en la isla replete de pobres y pendejos.

 

Hay una herejía por alzar la voz

ante un silencio colossal, en el teatro de lo insensible.

 

Puente Grande,

me bañó tu monolítico empuje hacia el desastre,

el fermento de tu decadencia

y la misa perenne de tu figura fantasmal.

 

¿Qué hay de ti Puente Grande,

escorial moderno, dimanando frías y tenaces lluvias?

¿Estás ahí? ¿segues erguido cual capricho del poder?

 

Puente Grande,

ya no hallo cómo vivir en ti.

Suelta las amarras que aprisionan con tu estigma;

desata mis manos, libera el humus que soy.

 

Déjame vivir; please

 


Autores
Leonel Manzano Sosa (14 de Agosto de 1970, Santa María Zaquitlán, Oaxaca) estudió en la Universidad Autónoma de Benito Juárez de Oaxaca (1992), fue uno de los creadores de la gaceta cultural Expresión universitaria. Activista y miembro del Frente Amplio de Comunidades Marginadas del Estado de Oaxaca (FACMEO). Fue preso politico y de conciencia en la Cárcel de Máxima Seguridad de Puente Grande, Jalisco (2013-2018), lugar donde escribió Coplas de encierro.

Llevemos a cabo un poderosísimo ejercicio de imaginación. Supongamos que son las Olimpiadas de, por decir algo, Colima 2036. Luego, supongamos también que en diecisiete años todavía hay televisiones y que, sentados en un sillón, miramos uno de ellos.

En la pantalla aparecen cinco drones que siguen de espaldas al clavadista, un trigueño de espalda triangular y calzoncillo azul celeste. Una porra estridente, conformada por tías y primas del deportista, alborota el ambiente desde las últimas gradas.

Seguimos el lento ascenso por las escaleras del valiente en speedo. Supera el descanso del trampolín de tres metros y continúa trepando hasta la plataforma. Al llegar a la cima se detiene en seco. Toma su posición y da un respiro profundo, exhalando todo el nerviosismo que acumula desde los preliminares.

La imagen parece congelarse mientras pasan los segundos. Los comentaristas guardan silencio, el público se impacienta. Por fin nuestro clavadista eleva los hombros, toma impulso y emprende la carrera hacia el vacío, hacia la gloria. Los drones, que lo siguen como un enjambre a dos metros de su cabeza, están en búsqueda de la toma cenital que transmitirán a las televisoras del planeta. Sin embargo, en el momento que está por saltar, o, más bien, cuando debe de hacerlo, las cámaras caen en la finta y se siguen de largo. Lo que se transmite en las pantallas sólo es una vista superior de la límpida alberca y los cinco aros entrelazados en los azulejos del fondo, hasta que un dron gira sus rotores y apunta hacia el clavadista, que está de pie y con la mirada perdida, como embelesado por la duda, en el borde de la plataforma.

 

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En La noche sin nombre, obra ganadora del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2018, del escritor Hiram Ruvalcaba, (Zapotlán el Grande, 1988) ocurre algo similar. El autor jaliciense, luego de tomarnos de la mano, de guiarnos hacia la escalera y subir con nosotros los peldaños hasta alcanzar la plancha de concreto desde donde habrá de dar el gran salto, decide no hacerlo.

Su estrategia es distinta: Ruvalcaba se decanta por deliberar sobre lo que pudo haber sido pero no fue (aunque muchas veces nos preguntemos por qué diablos no fue, si bien que pudo haber sido). En otras palabras, sus textos, por demás originales, son planteados con destreza, primero, y resueltos con mesura, después. En más de una ocasión, sin embargo, su mesura está muy cerca de confundirse con el recelo por buscar un desenlace más arriesgado, más radical, a la altura del conflicto propuesto.

El tercer cuento del libro, “Amar de verdad”, narra las circunstancias de una mujer mientras acecha a la examante de su marido. Luego de perseguirla a lo largo de muchos párrafos, y justo cuando está por ejecutar la venganza que todos los lectores imaginamos, la protagonista recula y se niega a llevar a cabo el inminente asesinato que el cuento había prometido. El relato, que no progresa nunca en acción, apuesta por florecer en la perífrasis.

Este mismo recurso lo encontramos en “Una raza violenta”, texto que recuerda aquel famoso relato en el que un gato interrumpe una reunión de amigos para escupir un dedo humano. En el cuento de Ruvalcaba el animal es un rottweiler, y en lugar de dedo, lo que vomita es una mano entera: la pequeñísima extremidad de un bebé. No obstante, habiendo materia prima para destilar varios litros de ansiedades con los que nos emborracharía el cuento, los personajes adoptan una postura demasiado ecuánime, hasta indiferente, restándole tensión a la historia y frenándola con motor, de la misma manera que pasaría en un cuento sobre Medusa en el que todos sus vecinos tuvieran glaucoma.

“El incidente de San Juan”, el texto más breve del libro, es, probablemente, también uno de los mejores. Un grupo de criminales a bordo de una  camioneta misteriosa desperdiga doce cabezas frente a la presidencia municipal, con la advertencia de no tocarlas bajo amenaza de muerte. El texto, rico en imágenes y en descripciones bien logradas, aprovecha su naturaleza circular para retratar la sempiterna violencia de un pueblo que podría ser cualquiera.

El cuento “Los nombres del mar” repite fórmula, pero la sitúa dos peldaños arriba. Una pareja viaja a la playa con todo y sobrino, un mocito al que nunca vemos y del que no sabemos nada salvo la descripción que su tío hace de él cuando se le pierde. Sí, el niño se extravía para siempre. Y no spoilereo nada que el narrador, es decir, el despistado tío, no diga en la segunda página. Lejos de alimentar esperanzas sobre el paradero del niño, desde el principio nos afirma que no lo encontrará nunca, que el mar se lo ha tragado al igual que (oh, de repente se acuerda) a un listado amigos, familiares y conocidos. Avanzamos párrafo a párrafo y del niño ni sus luces. Si alguien espera un milagro en tiempo de compensación, se llevará las manos a la frente cuando compruebe que el cuento termina así, sin sorpresas ni vueltas de tuerca, porque acaso el tornillo está barrido, dejando la impresión de que, por ceñirse a una anécdota probablemente autobiográfica, el autor sacrificó muchísima tela con la que se confecciona una obra de ficción.

Pasa lo contrario en “Chiqueros”, penúltimo relato del libro. En él leemos que un hombre (arquetipo del padre recio) obliga a su hijo a asesinar a unos sujetos que tiempo atrás lo humillaron (al hijo, no al recio), a los cuáles tiene maniatados en un rastro. La tensión incrementa conforme el hijo conduce hacia su destino y, aunque el desenlace puede parecer un pelín apresurado, finalmente el protagonista toma una decisión que habrá de transformarlo ante los ojos del lector. Es acá, retomando la metáfora de Colima 2036, cuando felizmente el clavadista salta, aunque se golpee la nuca en el trampolín y salpique litros de agua al caer de panzazo.

El libro cierra con “Algo huele mal”, historia en la que se combina una tragedia digestiva con un desafortunado encuentro con narcotraficantes, dando como resultado un cuento en el que se le invierte al humor aunque salga debiéndonos cambio.

Los nueve cuentos de “La noche sin Nombre” se inclinan por respetar la inmutabilidad de sus circunstancias. Los personajes suelen vérselas en un sendero que se divide en dos, y en el cual no siempre escogen izquierda o derecha, sino la velada tercera opción, la media vuelta, dejando al lector con las ganas de saber qué hubiera pasado de haber tomado un camino, el que fuese, menos el elegido. Después de todo, lo que uno espera al asistir a un concurso de clavados es, nada más, nada menos, ver a alguien lanzarse al agua.

La noche sin nombre (2018) de Hiram Ruvalcaba ganó el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2018.


Autores
(Celaya, 1985) es diseñador industrial por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), y tiene una maestría en creación literaria por la Universidad Pompeu Fabra (UPF) de Barcelona. Fue finalista en las dos primeras ediciones del Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila (2015, 2016) y obtuvo el Premio Ignacio Padilla (2017).
Olivo. Pixabay.

 

1. El olivo

Va cayendo el sol

con la vista recorto las figuras en negro:

una palmera,

la casa del vecino,

la antena con un pájaro en la punta,

 

y en el jardín:

 

el olvido recién plantado que va creciendo…

 

¿Escribí olvido?

 

Te lo juro por mi madre que quise escribir olivo.

 

 

2. Yo, un árbol

¿Qué estoy haciendo?

 

Veo un árbol,

desde la ventana, veo un árbol.

 

Lo veo tan detenidamente, hasta sentirme árbol.

 

Traslapo nuestros lugares.

 

El árbol es esta hoja escribiéndose.

Yo, un árbol, resistiendo.


Autores
(Mexicali, 1983). Editora freelance, artista y aprendiz de sanadora. Fue editora en Dharma Books + Publishing durante dos años. Ha impartido clases de arte y literatura en diferentes instituciones, así como algunos talleres de creación. Ha publicado algunos textos en diversos medios como Tierra Adentro, Revista de la Universidad de México, Periódico de Poesía y Este país. Reside en la CDMX desde el 2010. Su primer libro es “Delta de sol”, se trata de un contrapoema a “Piedra de sol” de Octavio Paz, del cual realizó su primera presentación presencial a manera de performance en octubre del 2022.