Tierra Adentro

Junto a H.G. Wells, Julio Verne es el abuelo indiscutible del género de ciencia ficción y una referencia obligada, a veces injustamente, de la literatura juvenil. Para celebrar su natalicio, proponemos un corto homenaje y una exposición de sus tópicos más notables.


 

No hay en la tierra un hombre que secretamente no aspire a la plenitud: es decir, a la suma de experiencias de que un hombre es capaz. No hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito.

Jorge Luis Borges

No es con una pluma que se escribe en nuestra época, es con un bisturí.

Julio Verne

 

Los sueños indelebles de la infancia florecen como aventuras en la adolescencia y labran un espacio colorido que se conserva para siempre en la memoria. Sin duda alguna Julio Verne ocupa un lugar privilegiado en ese espacio de ensoñación y maravilla que pertenece a millones de lectores. Sus novelas y cuentos son universales y versátiles, tienen la capacidad de agradar por igual a un niño de diez, a un joven de quince o a un adulto de cuarenta años.

El aire libertario y el romanticismo por un lado; la precisión cartesiana y el razonamiento lúcido por el otro, son los dos polos que confluyen en la poética del autor francés –la ficción especulativa– y lo alzan como el segundo escritor más traducido en la historia de la literatura y un hombre cuyo impulso soñador modeló el imaginario del siglo XX a pesar de haber muerto en 1905.

Hay un sinfín de teorías y controversias sobre la obra completa de Verne, por ejemplo, se dice que gran parte de la obra que se le atribuye fue modificada por su hijo Michel[1], que fue uno de los “negros”[2] de Alexandre Dumas, y se asegura que no anticipó ninguna invención humana sino que extrapoló su realidad a otros mundos posibles; “el porvenir no me inquieta; lo que es duro a veces es el presente”, confesaría en una carta a su editor.

Lo cierto es que por lo menos 72 novelas y 18 cuentos componen el arduo trabajo de una vida que fabuló sobre dar vueltas completas al mundo, viajar al centro de la Tierra en busca del magma nuclear, incursionar al espacio y fundar nuevas colonias, explorar las profundidades submarinas y descubrir maravillas en las alturas celestes del cielo.

Los héroes de Verne siempre buscan un más allá, un espacio de lo desconocido, de lo inexplorado; en el fondo, los protagonistas de sus obras son solitarios (y encantadores) que rehúyen la compañía humana por convicción o por las circunstancias que los envuelven; en su narrativa yace latente una aguda crítica al progreso tecnológico y al afán industrial, tan característico de su época. Bien afirmaba el escritor español Santiago Posteguillo que

“Verne describía un mundo gobernado por las operaciones financieras, donde la gente ya no leía libros, y el latín y el griego eran objeto de desprecio, de burla; un mundo donde la gente se desprendía de los libros y se mofaba de la música clásica. Eso sí, en ese mundo había trenes de alta velocidad, trasatlánticos gigantescos y ciudades atestadas de automóviles que se desplazaban con motores de combustión interna”.[3]

No obstante, eso no libera a Julio Verne de ser un irreductible hombre decimonónico, la encarnación perfecta de esa hazaña quimérica que es la “aspiración a la plenitud” y “a la suma de las experiencias” que pregona Borges en Una declaración final. Los ideales de Verne como escritor –consciente o inconscientemente– derivaron de la valiente pretensión romántica de abarcarlo todo y retratar al universo en su totalidad, pero también de convertir a la literatura– como lo quisieron Hegel, Hölderlin y Schlegel– en la nueva mitología que remplace ese rincón del mundo que hoy buscamos en el cine, al leer las noticias e incluso cuando vamos a un ritual.
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No viajaré más que en sueños

 

Una famosa e inevitable anécdota relata que cuando era pequeño, Verne se internó en un buque con destino a América Latina para buscar un collar de coral para su prima Caroline, amor de su juventud y quizás del resto de sus días. El joven contó con mala suerte pues lo descubrieron como polizonte y lo devolvieron a la casa paterna, en donde recibió una golpiza de su padre, a quien le habría prometido: Je ne voyagerai plus qu’en rêve (No viajaré más que en sueños).

Esta historia, cuya veracidad se desconoce a ciencia cierta, estaría reafirmada por el hecho empírico: Verne pasó más de 11 años viajando con su imaginación, desde la comodidad de su domicilio en Amiens y sin moverse mucho, contrario a lo que podría pensar cualquiera de sus lectores.

Verne fue llevado por su invención a un trabajo ininterrumpido y frenético que estalló a sus 35 años cuando Hetzel publicó Cinco semanas en globo (1863). Desde entonces se estableció un convenio entre ambos bajo el cual el escritor debía entregar mínimo dos novelas anuales, límite que sobrepasó incluso en sus años menos prolíficos.

Por fortuna para Verne, el impacto de esta primera obra marcó una seguidilla de éxitos. Trabajaba sin cesar, exploraba universos ignotos e inventaba historias con la misma facilidad y genio febril que mostraron Thomas Alba Edison o Alexandre Graham Bell en la fabricación de artefactos. Obras maestras como Viaje al centro de la Tierra (1864), La vuelta al mundo en ochenta días (1873), La Isla misteriosa (1875), o De la Tierra a la Luna, y la creación de personajes emblemáticos como Phileas Fogg o el capitán Nemo dan testimonio de aquél esplendor.

Sin embargo, su abundancia fue mermando a partir de 1886, cuando sufrió un drama sentimental –desconocido a ciencia cierta, pero sobre el cual se rumoraba homosexualidad y un vínculo malsano con su editor, destinatario de cartas sentidas y que falleció ese año[4]– y, aunque esto no afecta su ritmo de escritura, sí disminuyó la calidad de sus textos y lo llevó a repetir sus tópicos más famosos (Las aventuras de la familia Ratón, La esfinge de los hielos, el Testamento de un excéntrico) y a adentrarse negativamente en su universo literario. Curiosamente, el hijo de su editor, Louis-Jules Hetzel, tomó el lugar de su padre y, tras la muerte de Verne años después, organizó la mayor parte de las publicaciones póstumas en colaboración con Michel Verne, hijo de Jules.

 

Julio Verne y la ciencia

 

A la reiterada pregunta sobre la rigurosidad científica de la obra de Verne, cabe aclarar que, como atestiguan sus biógrafos[5] y conocidos, el francés estudiaba con esmero un tema antes de abordarlo en sus novelas, leía todo tipo de textos enciclopédicos, filosóficos y se remitía mucho a la prensa de su tiempo.

Como todo hombre letrado de entonces, estaba impregnado de positivismo y entendía la ciencia como el camino hacia la verdad, era consciente e incluso optimista de que, un día, las invenciones tecnológicas sobrepasarían sus fantasías: “Todo lo que yo invento, todo lo que yo imagino, quedará siempre más acá de la verdad, porque llegará un momento en que las creaciones de la ciencia superarán a las de la imaginación”[6], declaró. Todo esto no le impidió expresarse con libertad a la hora de crear aerotrenes o tubos neumáticos intercontinentales, al contrario.

Verne era escritor de inventio, ese atributo retórico que consiste en ser capaz de hallar un tema fascinante para abordar un discurso, esa cualidad de imaginar mundos posibles y que Baudelaire denominaba imaginación, la reina de las facultades. Verne pone las ciencias exactas al servicio de la literatura y la ensoñación. Son un puente que permite figurar realidades imposibles ya que su optimismo romántico lo llevaba a pensar que “No hay obstáculos imposibles; hay voluntades más fuertes y más débiles, ¡eso es todo![7]

 

Anticolonialismo y misoginia

 

Crítico acérrimo de los ingleses, Julio Verne se manifestó contra el colonialismo europeo en sus novelas y cuentos, pese a profesar una visión maniquea del buen y el mal salvaje. Por tanto, no extraña su americanismo y su veneración a los Estados Unidos. En el relato Jornada de un periodista americano del siglo XXIX –póstumo, y que algunos atribuyen a su hijo Michel–, el narrador advierte un futuro imperial en el que Inglaterra será una colonia norteamericana.

En cuanto a su postura política, es difícil comprobar una inclinación definitiva, pero es evidente su simpatía por el joven liberalismo representado en la figura de Víctor Hugo y su entusiasmo hacia los universos utópicos, maquinistas y de comunión humana que profesó el conde Claude-Henri de Saint-Simón.

El filósofo Michel Foucault hizo un sucinto análisis de las tesis evocadas en su narrativa y encontró, entre otras cosas, que tanto el discurso como la relación narrativa de Verne con sus narradores, personajes y en últimas con el lector, es un vínculo discontinuo, lleno de sobresaltos, que siempre apela a la novedad y la actualización del contenido (una especie de “borrón y cuenta nueva” o comienzo ex nihilo) para concretizar su sentido.[8]

Es bien sabido que las mujeres no figuran en la literatura de Verne más que como personajes secundarios, y en general son sujetos del deseo y móviles de la trama. Hay que reconocer que muchas de sus afirmaciones con respecto a la mujer no serían bien vistas el día de hoy – por ejemplo, en Jornada de un periodista americano del siglo XXIX, el narrador se refiere a un modista del futuro y declara que fue aquel que tan acertadamente proclamó el principio: “La mujer no es más que una cuestión de formas”. Sin embargo, en la selección de Voyages extraordinaires –recogida hasta 2012 por la biblioteca de la pléyade tras largos años de polémica por la ausencia de Verne entre sus páginas– figuran varias heroínas y personajes femeninos interesantes, e incluso su novela Mistress Branican (1891) en la cual Dolly Branican, una aventurera mujer que supera la locura, un intento de secuestro y varios periplos marinos, termina sus días como generosa benefactora dedicada al oficio humanitario.

Inmerso en un momento de transformaciones definitivas para el destino de occidente, Julio Verne tuvo la serenidad y precisión necesaria para dar cuenta de esos cambios a través de sus artefactos narrativos, que definieron el género de la ciencia ficción como nunca antes había sucedido. Sin duda, sus novelas y cuentos pasarán a la historia como testimonios de una sorprendente unión entre el espíritu del romanticismo tardío y la naciente fe en el progreso tecnológico. Este choque, que no ha hecho más que manifestarse de manera vertiginosa en la era digital, evoca una serie de dilemas que en el universo de Verne se habrían resuelto favorablemente para la humanidad, pero que en nuestros días adquieren un tinte de incertidumbre y nos interrogan seriamente sobre nuestra continuidad como especie.

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[1] En la Correspondencia Inédita (Piero Gondolo della Riva, Hachette, 2005) entre Julio Verne y su editor Pierre-Jules Hetzel, y luego entre los respectivos hijos del escritor y el editor, Michel Verne y Louis-Jules Hetzel, se demuestra que dos de sus novelas póstumas fueron modificadas y a mitad escritas por el hijo de Verne.

[2] El negro literario es un escritor que escribe a nombre de alguien más, en aras de su fama y celebridad.

[3] Posteguillo, Santiago, La noche en que Frankestein leyó el Quijote, Planeta, 2016. Pasaje consultado en http://universo-verne.blogspot.com/2013/11/el-siglo-xxi-descrito-en-el-siglo-xix.html

[4] En especial Marguerite Allotte de La Fuyë en Jules Verne, sa vie, son œuvre, Kra, Paris, 1928.

[5] Bermez, Anne, Jules Verne : Méthode et imagination, consultado el 11 de marzo de 2019 en https://www.capital.fr/votre-carriere/la-lecon-de-management-de-jules-verne-methode-et-imagination-1265459

[6] « Tout ce que j’invente, tout ce que j’imagine restera toujours au-dessous de la vérité, parce qu’il viendra un moment o las créations de la science dépasseront celles de l’imagination » en Lecoq, Jean, Jules Verne : le précurseur en Le petit journal illustré, París, 1928.  La veracidad de esta cita ha sido debatida por varios estudiosos de la obra de Verne (Eric Weissenberg, Jules Verne. Un univers fabuleux, pp. 24–33), quienes afirman que Marguerite Allotte de La Fuyë la añadió ulteriormente a la correspondencia de Verne.

[7] « Il n’y a pas d’obstacles impossibles, il y a des volontés simplement plus forts et plus faibles, voilà tout ». Les aventures du capitaine Hatteras en Verne, Jules, Voyages extraordinaires, Biliothèque de la pleiade, Vol. 1, edición de Jean-Luc Steinmetz, Gallimard, París, 2012.

 

[8] « Les récits de Jules Verne sont merveilleusement pleins de ces discontinuités dans le mode de la fiction. Sans cesse, le rapport établi entre narrateur, discours et fable se dénoue et se reconstitue selon un nouveau dessin. Le texte qui raconte à chaque instant se rompt ; il change de signe, s’inverse, prend distance, vient d’ailleurs et comme d’une autre voix », en Foucault, Michel, « L’arrière-fable », Dits et écrits, p. 506. (Los relatos de Julio Verne están maravillosamente llenos de discontinuidades en el modo de la ficción. Sin cesar, la relación establecida entre narrador, discurso y fábula se desanuda y se reconstituye según un nuevo diseño. El texto que narra a cada instante se rompe; cambia de signo, se invierte, toma distancia, viene de afuera y como de otra voz).


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme

Ilustrador
ORBEH / Guillermo Flores
Diseñador e ilustrador mexicano, radicado en Guadalajara. Egresado de la licenciatura en Diseño gráfico, especializado en animación y diseño web por la UNIVA / Universidad del Valle de Atemajac, campus Guadalajara, en 2004. Ha colaborado con Cirque Du Solei , Nike , Grupo Expansión , Grupo Vidanta . Tiene publicaciones en revistas como Novum Mag , Mokamag , Fusion Magaizne , Revista Expansión , PICNIC , entre otras. Fue seleccionado y expuesto en NY como parte de Los Diez (Sponsored by Epson) uno de los 10 mejores ilustradores latinoamericanos en AI-AP 2018 - Latin American Ilustración 7. Cuenta con ilustraciones en diversos libros ( Bikefriendly Imagination, La vida entre slogans , entre otros). Compositor y multi-instrumentista, el cual participa activamente en El Lázaro proyecto de Trip-pop mexicano.

De niña me topé en algún rincón de la casa con un ejemplar de Las tribulaciones de un chino en China de Julio Verne, y desde entonces le he dedicado un lugar especial en mi corazón. No puedo evitar pensar en un Verne joven y frenético deambulando por China al leer las aventuras del desganado Kin-Fo y el filósofo Wang. Así pues, viajemos juntos a China para conmemorar al maestro de las novelas de aventura a 114 años de su muerte. Que no se diga más. Comencemos el viaje.


IV

En el que Kin-Fo recibe una carta importante que tiene ya una semana de retraso

 

Un yamen es un conjunto de construcciones variadas que se sitúan en dos líneas paralelas que a su vez son cortadas perpendicularmente por una fila de quioscos y pabellones. Normalmente el yamen es la morada de mandarines de altos rangos y pertenece al emperador, sin embargo no está prohibido que los ricos posean un yamen y era en una de estas suntuosas construcciones en la que habitaba el opulento Kin-Fo.

Wang y su pupilo se detuvieron en la puerta principal, abierta en el frente del vasto recinto que rodeaba las diversas construcciones del yamen, sus jardines y patios.

Si en lugar de la vivienda de un simple particular se tratara de la de un magistrado mandarín, un enorme tambor ocuparía el primer lugar bajo el toldo tallado y pintado del portal, al que día y noche acudirían a hacerlo sonar aquellos con necesidad de reclamar justicia. Pero en lugar de ese “tambor de reclamaciones”, grandes jarrones de porcelana adornaban la entrada del yamen. Contenían té frío, incesantemente renovado gracias a los cuidados del sirviente principal. Esos jarrones estaban a la disposición de todo aquel que pasaba por ahí, generosidad que hacía honor a Kin-Fo. Era por esto que gozaba del reconocimiento por como dicen “de sus vecinos en el Este y Oeste”.

A la llegada de su maestro, los habitantes de la casa se apresuraron a la puerta para recibirlo. Ayudas de cámara, lacayos, porteros, sirvientes, portadores de sillas, encargados de las caballerizas, cocheros, mayordomos, veladores, cocineros y todos aquellos que componen la servidumbre china se formaron a la espera de las órdenes del sirviente principal, el administrador. Detrás de ellos se encontraban una docena de coolies, contratados solo para unos cuantos meses para los trabajos más pesados y vergonzosos.

El administrador le dio la bienvenida a su amo, el cual hizo tan solo una leve señal con la mano y pasó de largo rápidamente.

—¿Soun? —dijo simplemente.

—¡Soun! —contestó Wang sonriendo— ¡Si Soun estuviera aquí, no sería Soun!

—¿Dónde está Soun? —repitió Kin-Fo.

El administrador tuvo que admitir que nadie sabía lo que había sido de él.

Soun era nada más y nada menos que el primer ayudante de cámara, era especialmente cercano a Kin-Fo y sin él, Kin-Fo no podía pasar ni un momento.

¿Soun era, entonces, un criado modelo? No. Era imposible que fuera peor en desempeñar sus tareas de lo que ya era. Distraído, incoherente, torpe de manos y de lengua, glotón  y ligeramente cobarde, era un verdadero chino de biombo; pero era genuinamente leal y la única persona capaz de conmover a su amo. Kin-Fo encontraba veinte ocasiones al día para enojarse con Soun y aunque solo lo corregía diez de esas ocasiones, sus enfados eran la forma perfecta de sacarlo de su usual languidez y poner su bilis en movimiento. Soun era, pues, un servidor higiénico.

Además Soun, como la mayoría de los sirvientes chinos, llegaba por su propia iniciativa a recibir castigo por sus actos cada vez que lo merecía. Su amo no escatimaba a la hora de disciplinar a su sirviente, podían llover golpes sobre sus hombros, pero Soun casi ni se inmutaba. Lo que hacía que mostrara mucha más sensibilidad eran los sucesivos cortes a su trenza, que Kin-Fo administraba cuando era culpable de una grave falta.

Seguramente nadie ignora lo mucho que los chinos valoran este extraño apéndice. La pérdida de su coleta es el primer castigo ofrecido a un criminal. Es una deshonra de por vida y por ello el infeliz sirviente no temía a nada más que a perder un pedazo de ella. Cuatro años atrás, cuando entró al servicio de Kin-Fo, su trenza era una de las más hermosas del Imperio Celestial, medía un metro con veinticinco centímetros. Ahora quedaban de ella tan solo cincuenta y siete centímetros.

¡A este paso Soun perdería en dos años el resto de su trenza y se quedaría completamente calvo!

Wang y Kin-Fo, seguidos respetuosamente por sus sirvientes, cruzaron el jardín cuyos árboles descansaban en su mayoría en sendos jarrones de barro y estaban cortados en un sorprendente pero lamentable estilo artístico, presentaban formas de animales fantásticos. Los amigos rodearon el estanque lleno de gouramis y peces rojos. Sus aguas límpidas desaparecían bajo las amplias flores rojas de los nelumbos, la flor más bella de las flores de loto nativas del Imperio de las Flores. Saludaron a un jeroglífico cuadrúpedo pintado con colores violentos sobre un muro had hoc, como un mural simbólico y llegaron por fin a la puerta de la habitación principal del yamen.

Era una casa compuesta por un piso bajo y otro principal y levantada sobre una terraza a la cual daban acceso seis escalones de mármol. Frente las puertas y ventanas estaban colgadas persianas de bambú para ayudar a airear el interior de la casa y hacer más soportable el calor. El techo plano contrastaba con los maravillosos tejados de los pabellones, esparcidos por aquí y por allá en todo el yamen, cuyas múltiples tejas coloridas y ladrillos con finos trabajos arabescos producían mucha satisfacción al ser contemplados.

Adentro, a excepción de las habitaciones especialmente reservadas para Wang y Kin-Fo, solo había salones rodeados por gabinetes formados por paredes transparentes en las que estaban dibujadas flores o inscripciones dando esos aforismos morales a los que los habitantes del Celeste Imperio son asiduos. Por todos lados había sillas extrañamente creadas en porcelana o cerámica, en madera o mármol con no menos de alguna docena de cojines; lámparas o linternas de distintas formas con mamparas coloreadas en tonos delicados, y mucho más cubiertas por borlas, flecos y moños que una mula española; y mesillas de té llamadas teha-ki, complemento indispensable de un mobiliario chino. Si alguien hubiera querido contar los grabados en marfil y concha, los bronces, las lacas con filigrana en relieve  de oro, los objetos de jade de un color blanco lechoso o verde esmeralda, los jarrones redondos o en forma de prisma de la dinastía Ming y Tsing, y las aún más raras porcelanas de la dinastía Yen hechas con trabajos esmaltados de rosa o amarillo translúcido cuyo secreto de fabricación permanece desconocido; hubiera tardado muchas horas. Todo aquello que los chinos atesoran sumado a la comodidad europea, podía ser encontrado en esta lujosa vivienda.

En efecto Kin-Fo —como ya se ha dicho antes y como lo probarán sus acciones—era un hombre de progreso y no se oponía a importar a su casa y país cada invento moderno y podría ser clasificado con aquellos Hijos del Cielo, aún demasiado raros, que han sido seducidos por las ciencias químicas y físicas. No era parte de aquellos bárbaros que cortaron los primeros cables de telégrafo que la compañía Reynolds deseaba instalar hasta Wousung con la intención de saber con más rapidez sobre la llegada de cartas inglesas o americanas; ni uno de aquellos mandarines atrasados quienes no permitieron la instalación del  cableado submarino que conectaría Shanghai con Hong Kong en ningún lugar de su territorio, obligando a los trabajadores de los telégrafos a instalarlo en un bote flotante a la mitad del río.

No. Kin- Fo se unía a aquellos de sus compatriotas que aprobaban que el gobierno construyera los arsenales Fou-Chao bajo la dirección de ingenieros franceses; y era también un accionista en la compañía de barcos de vapor chinos que prestan servicio de Tien-sing a Shanghai y estaba interesado también en aquellos barcos de gran velocidad que, después de dejar Singapur, exceden en velocidad hasta por cuatro días al correo inglés.

El progreso material se había inmiscuido hasta su propia casa. En efecto, los diferentes edificios de su Yamen estaban conectados por una línea telefónica y campanillas eléctricas unían las habitaciones de su casa. Durante la estación más fría mandaba a encender fuego para calentarse sin sentirse avergonzado, siendo en este aspecto más sensible que sus conciudadanos, quienes preferían congelarse con múltiples capas de ropa frente a una chimenea vacía. Alumbraba su casa con lámparas de gas tal y como lo hacía el inspector general de aduanas de Pekín, o como el riquísimo Yang, el principal propietario de las casas de empeño del  Celeste Imperio. Finalmente, desdeñando el anticuado uso de la escritura en su correspondencia familiar, el progresivo Kin-Fo había adoptado, como se verá pronto, el fonógrafo recientemente perfeccionado por Edison.

Así, el pupilo del filósofo Wang tenía todo lo necesario en su vida moral y material para hacerlo feliz y, sin embargo no lo era. Tenía a Sou para alejarlo de su apatía diaria, pero ni Sou era suficiente para darle felicidad.

Es verdad que por el momento el paradero de Sou, quien nunca estaba donde debía estar, era desconocido. Sin duda esto era por algún acto reprochable cometido en la ausencia de su maestro  que lo llevaba a temer por el bienestar de su trenza.

—¡Soun! —gritó Kin-Fo al entrar al vestíbulo al cual daban los salones de derecha e izquierda;  y su voz indicaba una gran impaciencia.

—¡Soun! —repitió Wang, cuyos buenos consejos y reproches no habían producido ningún efecto en el incorregible sirviente.

—Que alguien vaya a buscar a Soun y para traerlo ante mí —dijo Kin-Fo a su administrador, que envió a toda su gente en busca del criado.

Wang y Kin-Fo se quedaron solos.

—La sabiduría —dijo entonces el filósofo— dicta al viajero que regresa a casa a descansar frente a la chimenea.

—Seamos sabios —respondió sencillamente el pupilo de Wang y, después de estrechar la mano del filósofo, partió hacia sus aposentos. Kin-Fo, viéndose solo, se tendió en uno de esos suaves divanes europeos cuyos suaves cojines no hubiera podido hacer nunca un fabricante chino.

En esa posición comenzó a meditar. ¿Meditaba sobre su matrimonio con la agradable y hermosa mujer a la que convertiría en su compañera de por vida? Sí, pero eso no es sorprendente porque pronto iría a visitarla. Esta encantadora persona no moraba en Shanghai, sino que lo hacía en Pekín y Kin-Fo pensaba que sería apropiado escribirle sobre sus intenciones de regresar pronto a Shanghai junto con la noticia de su pronta llegada a la capital del Celestial Imperio. Si llegara incluso a mostrar cierto deseo o impaciencia por volver a verla no estaría fuera de lugar, pues sentía un verdadero afecto hacia ella. Wang se lo había demostrado usando todas las  indiscutibles reglas de la lógica y ese nuevo elemento que iba a introducir a su vida traería sin duda lo desconocido… es decir, la felicidad… que… cuya…

Kin-Fo soñaba ya con los ojos cerrados y se habría podido haber quedado dormido de no haber sentido una suerte de cosquilleo en la mano derecha.

Instintivamente, su mano se cerró y en ella encontró un cuerpo cilíndrico de grosor tolerable que sin duda estaba acostumbrado a blandir. No había duda: se trataba de un roten, una vara de corrección que había sido introducida en su mano. Al mismo tiempo escuchó las siguientes palabras dichas en un tono lastimoso y resignado:

—Cuando mi amo lo desee.

Kin-Fo se levantó y blandió instintivamente el roten.

Soun estaba delante de él, presentando sus hombros y encorvado como un malhechor apunto de ser decapitado. Soportando su peso con una mano, sostenía con la otra una carta que le extendía a su maestro.

—Hasta que apareces —dijo Kin-Fo.

—Sí, sí, amo —, respondió Soun— no esperaba su llegada hasta la tercera víspera de la noche. Cuando mi amo lo desee.

Kin-Fo arrojó el roten al suelo. Soun, que naturalmente era tan amarillo, se puso pálido.

—Si me ofreces tu espalda sin ninguna explicación —dijo su amo— es porque seguramente mereces un castigo mayor. ¿Qué ha pasado?

—Esta carta.

—¿Qué con ella? ¡Habla! —exclamó Kin-Fo, tomando la carta que Soun le ofrecía.

—Estúpidamente olvidé entregársela antes de su partida a Cantón.

—¡Una semana de retraso, bribón!

—Me equivoqué, mi señor.

—Ven para acá.

—Soy como un cangrejo desdichado que no puede caminar pues no tiene patas. ¡Ay, ay!

Este último grito había sido de desesperación. Kin-Fo, habiendo agarrado a Sou de la trenza, le había cortado el extremo de ella con unas tijera de punta afiladísima.

Debemos suponer que al cangrejo desdichado entonces le crecieron instantáneamente las patas, pues habiendo recogido de la alfombra el trozo cortado de su preciado apéndice, se alejó con rapidez.

De cincuenta y siete centímetros la trenza de Soun había sido reducida a cincuenta y cuatro.

Kin-Fo, de nuevo en perfecta calma, se recostó nuevamente sobre el diván y examinaba con el aire de un hombre sin prisa la carta que había llegado una semana atrás. Tan solo estaba enfadado con Soun por su despreocupación, no por el retraso que le había costado. ¿Cómo podía ser alguna carta de su interés? ¡Solo sería bienvenida si podía producirle alguna emoción!

La miró desinteresadamente.

El sobre, hecho de una tela almidonada, mostraba por ambos lados diversos sellos postales de colores vinosos y chocolatosos bajo los cuales descansaba el retrato de un hombre y cifras que iban de dos a seis centavos.

Esto indicaba que la carta procedía de los Estados Unidos de América.

—¡Bien! —dijo Kin-Fo encogiéndose de hombros— una carta de mi corresponsal en San Francisco.

Y la dejó sobre el diván.

¿Qué tendría que decirle su corresponsal? Que los títulos que componían la mayor parte de su fortuna permanecían a salvo dentro de las cajas fuertes del Banco Central en California, o que sus acciones habían crecido un quince o veinte por ciento o que los dividendos activos excederían a los del año anterior, y así, y así.

Unos cuantos millones de dólares de más o de menos no podían afectarlo.

Sin embargo unos cuantos minutos después, Kin-Fo tomó nuevamente la carta y rompió mecánicamente el sobre, pero en lugar de leerla, sus ojos se dirigieron primero a la firma.

—Es realmente de mi corresponsal —dijo— solamente puede tener algo que decirme que sea relacionado con mis negocios, y no planeo pensar en negocios hasta mañana.

Iba a dejar la carta por segunda vez cuando una palabra subrayada varias veces le llamó la atención. Era la palabra “endeudamiento”, sobre la que, sin duda, el corresponsal de San Francisco había querido llamar la atención de su cliente en Shanghai.

Kin-Fo comenzó entonces a leer la carta desde el inicio y leyó cada palabra de la primera hasta la última línea con una sensación de curiosidad extraña en él. Sus cejas se fruncieron por un momento, pero ese gesto fue reemplazado por una sonrisa desdeñosa que se dibujó en sus labios en cuanto terminó de leer la carta.

Después se levantó, dio veinte pasos alrededor de su habitación y se acercó a un tubo de goma que lo mantenía en comunicación con Wang. Estaba por silbar en el aparato cuando, cambiando de opinión, dejó caer la serpiente de goma y se acostó nuevamente en el diván.

—¡Bah! —exclamó.

Esta expresión retrata el carácter de Kin-Fo.

—¿Y ella? —murmuró— Ella está mucho más interesada en esto que yo.

Entonces se aproximó a una pequeña mesa de laca en la que estaba una caja oblonga con tallados extraños, pero su mano se detuvo antes de abrirla.

—¿Qué fue lo que me dijo en su última carta? —murmuró.

En lugar de levantar la tapa de la caja, presionó un resorte fijado en un extremo . Inmediatamente se escuchó una dulce voz:

“Mi hermanito mayor, ¿no soy para ti como una flor mei-houa en la primera luna, como una flor de albaricoque en la segunda y como una flor de durazno en la tercera? Mi querido, preciosa joya de mi corazón, ¡te deseo mil y diez mil felicidades!”

Era la voz de una mujer joven  cuyas tiernas palabras repetía el fonógrafo.

—¡Pobre de mi hermana menor! —dijo Kin-Fo.

Entonces, abriendo la caja, reemplazó el pedazo de papel en el que estaban grabadas las palabras que la joven y lo reemplazó por otro. El fonógrafo estaba tan perfeccionado que bastaba solo con hablar fuertemente para que la membrana recibiera las palabras y el cilindro, movido por la maquinaria de un reloj, estampara las palabras en el papel que descansaba en su interior.

Kin-Fo habló tan solo durante un momento.

Por su voz, que siempre era calmada y tranquila, uno no hubiera podido haber desentrañado ni felicidad ni tristeza de sus palabras. No dijo más de tres o cuatro oraciones. Habiendo terminado, paró la maquinaria del fonógrafo, sacó el papel especial cuyas inscripciones oblicuas habían sido trazadas por una aguja siguiendo las instrucciones de la membrana y correspondían a las palabras dichas por Kin-Fo. Después metiéndolo en un sobre, lo selló y escribió de derecha a izquierda la siguiente dirección:

“Madame Le-Ou,

Avenida Cha-Coua,

Pekín”

Tocó un timbre eléctrico cuyo sonido trajo rápidamente al sirviente encargado de las cartas al que se le ordenó llevar inmediatamente la misiva al correo.

Una hora después Kin-Fo dormía pacíficamente con un cojín chou-fou-jen entre los brazos, una almohada de bambú trenzado que mantiene las camas chinas a una temperatura muy apreciable.

A varios kilómetros de distancia Le-u aproximaba el oído a su fonógrafo para escuchar una voz muy conocida que le decía:

“Hermanita menor, la ruina ha alcanzado a mis riquezas tal y como el viento del este sopla las hojas amarillas del otoño. No deseo hacerte desdichada obligándote a compartir mis pobrezas. Olvida a aquel sobre el cual han caído diez mil desgracias.

Tuyo en la desesperación,

Kin-Fo”

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Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Ilustrador
ORBEH / Guillermo Flores
Diseñador e ilustrador mexicano, radicado en Guadalajara. Egresado de la licenciatura en Diseño gráfico, especializado en animación y diseño web por la UNIVA / Universidad del Valle de Atemajac, campus Guadalajara, en 2004. Ha colaborado con Cirque Du Solei , Nike , Grupo Expansión , Grupo Vidanta . Tiene publicaciones en revistas como Novum Mag , Mokamag , Fusion Magaizne , Revista Expansión , PICNIC , entre otras. Fue seleccionado y expuesto en NY como parte de Los Diez (Sponsored by Epson) uno de los 10 mejores ilustradores latinoamericanos en AI-AP 2018 - Latin American Ilustración 7. Cuenta con ilustraciones en diversos libros ( Bikefriendly Imagination, La vida entre slogans , entre otros). Compositor y multi-instrumentista, el cual participa activamente en El Lázaro proyecto de Trip-pop mexicano.

 

Aquí puedes leer la introducción a nuestro dossier sobre el Caso Colosio.

 

 


Autores
Es narrador, cronista y artista visual. Autor del libro de cuentos "La casa púrpura" y la novela "Por este cielo jamás dejan de circular aviones".
Es poeta y músico del norte del país. Ha publicado en editoriales como Tramontana, Centro Poético de Madrid y Tercer Ojo. Su libro más reciente es "MA.DURA.R." (Editorial Atemporia).

Hay años tan convulsos en la historia de un país que narrarlos desafía la inercia con la que la memoria distingue lo importante de lo pasajero. 1994 fue uno de ellos. Para quienes vivieron ese año es probable que algunos de sus recuerdos estén todavía mejor anclados que otros de años más recientes. Para quienes no, es posible que hayan escuchado que varias de nuestras coyunturas actuales están conectadas, de algún modo, con acontecimientos que sucedieron en esos días. El levantamiento del EZLN, la entrada en vigor del TLC, el final del sexenio de Salinas de Gortari o la crisis política que produjo el magnicidio de Luis Donaldo Colosio —candidato presidencial del partido oficial—, son solo algunos de los hechos que convirtieron a ese año en un punto de inflexión de nuestra historia contemporánea.

A veinticinco años de lo sucedido tenemos cierta ventaja para leer estos acontecimientos. Los acomodamos mejor dentro del rompecabezas personal. Lo hacemos porque creemos comprender de una manera acertada ese pasado. De otro modo no podríamos proyectar nuestra estela y la de los nuestros dentro del libro de crónicas que hacemos acerca de la sociedad en la que vivimos.

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La pregunta es pertinente: ¿qué tanto han cambiado las circunstancias desde entonces? Identificar las transformaciones de la vida pública de una sociedad no es una tarea simple. No depende de nuestra percepción únicamente, ni de la voluntad o el deseo de cambio, sino de las fuerzas con las que distintos actores, individuales y colectivos, dan ritmo a las transformaciones que ordenan un estado de cosas.

Una tarea ineludible —aunque no la única— para entender estas transformaciones, se encuentra visitando el pasado, construyendo esas narrativas con las que se hilvanan los recuerdos. Este es el ensayo de una crónica que recopila algunas memorias de un instante caótico de aquel año: el magnicidio de Colosio. Rememorarlo es al mismo tiempo traer una fotografía del estado de las cosas de ese momento, como plantear una referencia para preguntarnos sobre los cambios de la vida pública en este país. El ejercicio, más que ofrecer luz sobre una verdad, traza, como un topo ciego que perfora el suelo, distintos pasadizos que construyeron esas nociones de pasado que hoy forman parte de nuestro presente.

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Gif de Audrey Rodríguez.

 

***

Como ahora, en el noventa y cuatro los mítines de las campañas políticas se amenizaban con música popular. No era el reggaetón, sino música de banda lo que primordialmente se escuchaba en el inicio o final de cualquier acto. En ese año, además, no existían los videos de YouTube en  los que hoy se registran, aunque de manera fragmentada, casi todos los acontecimientos públicos; el internet era un lujo de universidades, pero a cambio teníamos un par de canales de cobertura nacional, que informaban de manera un tanto homogénea lo sucedido en el día.

En el noventa y cuatro, por supuesto no había mensajería instantánea; los números telefónicos se reservaban para cada hogar, para cada familia. Existían bipers una cosa excepcional de médicos y personas con necesidad de localización inmediata. En el noventa y cuatro, las elecciones de representación popular en el país eran, al igual que ahora, un ejercicio democrático. Miento. No estoy seguro al respecto. Ese año sin embargo se registraron diez candidaturas presidenciales, una mujer, nueve hombres, todos políticos de carrera.

Las elecciones fueron organizadas por un organismo autónomo de reciente creación, el IFE, predecesor del actual INE. Una elección en la que participarían millones de personas demandaba, como ahora, un artilugio tan básico y elemental como la boleta electoral, con los nombres impresos de por lo menos nueve candidatos, uno menos que la suma de todos los previamente registrados. La causa, uno de ellos, el del partido oficial, había sido asesinado.

El 23 de marzo de ese año, Luis Donaldo Colosio encabezaba un mitin de campaña en Lomas Taurinas, Tijuana. Se tenía previsto al finalizar los discursos, que se hiciera un recorrido de contacto con la gente. Como ahora, en ese entonces, el mensaje de los mítines importaba poco, todo está preestablecido para ser vitoreado. Lo relevante, ayer como ahora, es demostrar el poder de convocatoria. Aquel día los noticieros repitieron una y otra vez un video amateur como el registro viviente de lo acontecido. Se observa una multitud desplazándose de forma lenta. A primera vista no es sencillo distinguir quién es Colosio en medio de todas esas personas. Se escucha la canción de Benny Moré «La culebra», en una versión de Banda Machos. Un hit por entonces, con un estribillo que parece premonitorio: «Huye José, Huye José». La multitud prosigue su camino y de pronto ocurre un breve pero hondo alarido. La toma del video se tambalea porque intenta hacer un zoom. No está claro qué sucede. Algunos gritos se escuchan y la dispersión de la gente que segundos antes provocaba la aglomeración.

Gif de Audrey Rodríguez.

No recuerdo si aquel día se interrumpieron las transmisiones en la televisión abierta para informar de lo sucedido, pero es probable que sí. Aunque vago, guardo mejor el recuerdo de la noticia en la que  Jacobo  Zabludovsky  y Talina Fernández informaban horas más tarde sobre el deceso de Colosio. Quizá guardó mejor este último recuerdo porque a partir de cierto momento, la nota periodística se repitió una y otra vez acompañada de un copy paste de videos con distintos fragmentos de lo sucedido: el de la detención del asesino, que después se supo se llamaba Mario Aburto Martínez, el de varios autos saliendo en estampida y que presumiblemente llevaban al candidato herido, el de la multitud caminando previa al atentado, todo mezclado, todos en un loop.

En los días y meses posteriores al magnicidio, se habló de lo esperado. Para la investigación oficial se creó una fiscalía especializada que laboró siete años. Concluyó que se había tratado de un asesino solitario. Propio del escepticismo que en el país existe hacia las instituciones que imparten justicia, la opinión pública no esperó ni se contentó con las indagaciones oficiales. Se construyeron diversas hipótesis para explicar lo sucedido, como si lo que se necesitara fuera llenar un vacío.

En un extremo, se difundió un mito a partir del cual la envergadura del magnicidio se entendía exagerando la oportunidad perdida. Colosio, dijeron algunos muy convencidos, representaba una amenaza para el establishment, la opción real de un cambio profundo que necesitaba el país. En el extremo contrario, aparecieron múltiples teorías del complot que especulaban sobre las razones que permitieron que un lobo solitario como Mario Aburto Martínez saltara los cercos de seguridad y generara esa crisis política en el país. Como si se tratara de un thriller, se habló incluso de claves escondidas en un discurso supuestamente crítico contra su propio partido, pronunciado durante el inicio de ese marzo. Todos simples rumores.

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A veinticinco años de lo ocurrido ¿qué tan relevantes pueden parecernos estos hechos? En su ensayo «Herencias intangibles», la filósofa Nora Rabotinikof trata lo que denomina «la experiencia de la política» entre generaciones. Cada generación traza un vínculo con el pasado, pero el vínculo depende en gran medida de cómo haya sido tematizada o narrada esa experiencia, no solo por los propios actores que lo vivieron, sino también por observaciones externas que describen lo acontecido. De esa forma, señala —y creo que de forma acertada—, el pasado incide en la manera en la que nos colocamos políticamente en el presente.[1]

Un acontecimiento como el magnicidio de Colosio es relevante justo porque ejemplifica la manera en que distintas generaciones han tematizado ese pasado. Y siendo el caso, lo cierto es que contamos con recursos limitados para hacerlo. Más que por información oficial, hemos sido provistos por indagaciones expuestas en la opinión pública, oscilantes ellas entre el respaldo de la evidencia periodística y la ficción que reproduce un imaginario predeterminado acerca de un sistema político corrupto. No es de extrañar que en estas circunstancias distintos mitos se hayan construido para explicar lo sucedido. Documentales, reportajes, libros, una película, e incluso una banda de garage llamada Los Colosio’s Dead (que emulaba a esa otra banda de punk con otro nombre de magnicidio: Dead Kennedys) forman parte de los modos en los que se ha construido la memoria de ese caso.

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La película Colosio el asesinato incluso generó polémica por las fechas en las que se presentó, 2012, año de otra elección, debido a que, en su juego con la ficción, no dejaba claro su vínculo con la realidad, explotando la tendenciosa mirada de hartazgo hacia el partido único. Y no es para menos, considerando las circunstancias institucionales que fomentaron la especulación sobre la verdad del caso.

Para muestra un botón: hace tan solo unos días una organización de la sociedad civil notificaba en medios la apertura del expediente completo de la investigación. Resultado de una petición de acceso a la información, nueve mil documentos con infinidad de pruebas se han hecho públicos. Acceder a esta información décadas después de lo sucedido y antes de lo previsto a su fecha de apertura en 2035, habla no sólo del grado en que se han alterado los factores que configuran a la autoridad pública, en gran medida gracias a la aparición de nuevos actores en la sociedad civil. También, habla de la posibilidad de contar con mejores recursos para tematizar ese pasado reciente, en donde la ficción (y el mito) no sean las únicas fuentes que alimenten la opinión pública, el imaginario y la memoria. Solo de ese modo, robusteceremos nuestra capacidad de escrutinio público.

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***

 Cierro con una anécdota. Hace un par de años me encontraba esperando turno en una fonda concurrida de la Ciudad de México. Fortuna pírrica de aquel día fue saltar el usual tiempo de espera gracias a la amabilidad de una persona que decidió compartir conmigo su mesa. Entablamos una plática de cortesía. Queríamos, supongo, mediar cual dos desconocidos los silencios y los alimentos. Mi compañero comensal me preguntó por el libro que leía y mi profesión. Después, me describió algunos pormenores de la suya. Era actor y productor, me dijo. Casi al momento, mirando la innecesaria calma que su afirmación produjo en mi preguntó si había visto «Colosio: el asesinato». Le respondí que no. Y aunque no de forma inmediata, pensé en lo poco atractivo que me han parecido las películas que tienen como temática central los intersticios de la política de nuestro país. Me pasa lo mismo con las series de narcos. Hay un punto en el que me abruma que la ficción quede entrampada en los mismos personajes. Iba a comentar justo eso, cuando mi amigo comensal reviró: Yo soy Mario Aburto Martínez, en la película. Sonrió. El término sorpresa no es adecuado para describir lo que en ese momento pensé. Desde luego que acallé mis juicios, porque siempre me ha parecido de mal gusto presentarse con desconocidos alentando las discrepancias. Tampoco pensaba hacer ahí, en una comida de medio día una digresión sobre lo que considero oportuno para la ficción. Pero si por entonces hubiese sabido que nuestro accidental encuentro serviría para terminar un ensayo, quizá le habría preguntado más acerca de su personaje. Al menos no me habría guardado la duda: ¿Cuál de todos los Aburtos? Sin embargo, al igual que la ficción, el hubiera se suspende en ese plano en donde rige el deseo de lo posible. Y por eso, es pertinente recodar que lo que aquí he sostenido es justo lo contrario: la necesidad de acercarnos de forma más terrenal al pasado.

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[1] Rabotnikof, Nora, 2013, «Herencias intangibles», en Mudrovic, Maria Inés; Rabotnikof, Nora (Eds.) En busca del pasado perdido. Temporalidad, historia y memoria, México: SXXI Editores-UNAM


Autores
(Ciudad de México, 1982). Sociólogo y Doctor en Filosofía de la ciencia por la UNAM. Ha realizado estancias de investigación en la Universidad Humboldt de Berlín (2013) y el King’s College de Londres (2017). Escribe sobre ciencia, política y ficción.

Mañana sábado 23 de marzo de 2019 se cumplen 25 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio, quien fuera candidato del PRI en la elección presidencial de 1994.

Pocos años en la historia del México reciente han sido tan convulsos y definitorios. La perspectiva de iniciar 1994 con la celebración de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), cúspide del proyecto político del presidente Carlos Salinas de Gortari, se vio interrumpida por el alzamiento en armas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas. En el plano nacional el EZLN se dedicaría a exponer el fracaso del proyecto neoliberal y la permanencia del sistema autoritario, y en el internacional se convertiría en el modelo de referencia para la organización de una nueva izquierda que respondiera a la aplanadora neoliberal globalizada que siguió al desmantelamiento de la Unión Soviética.

Desde finales de 1993 los cárteles del narcotráfico habían dado muestras de un poder incontenible. En mayo fue asesinado el Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en el aeropuerto de Guadalajara, presuntamente confundido con El Chapo Guzmán, quien fue detenido al mes siguiente y recluido en el Penal de Máxima Seguridad de Puente Grande hasta su primera fuga, en 2001.

1994 estuvo repleto de elementos disruptivos al interior del PRI (entonces partido hegemónico): José Francisco Ruiz Massieu, presidente del PRI en la capital del país y cuñado del presidente Salinas, fue asesinado afuera del Monumento a la Revolución, y poco después desapareció Manuel Muñoz Rocha, diputado priista presuntamente implicado en el asesinato de Ruiz Massieu. Sin embargo el asesinato de Colosio se erigió como el emblema de la descomposición de ese sistema político.

Colosio, un candidato joven y carismático, se desdibujaba en las tramas del poder. Comparado con el Subcomandante Marcos, vocero del EZLN, y Manuel Camacho Solís, mediador entre el gobierno y la guerrilla (y al mismo tiempo el mayor crítico de la candidatura de Colosio), parecía difícil de aceptar que era el nuevo hombre fuerte del sistema. Quizá porque era un orador convincente y emotivo, y el último candidato presidencial del PRI con un perfil más político que tecnocrático, su muerte fue lamentada por un amplio sector de la oposición.

Dos acontecimientos recientes nos han obligado a reflexionar sobre Colosio: el 6 de diciembre del año pasado el Instituto Nacional de Acceso a la Información (INAI) consiguió la liberación del video completo del asesinato de Colosio, originalmente reservado hasta 2035; y el 29 de enero la organización Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad obtuvo la liberación del expediente completo del proceso penal contra Mario Aburto Martínez, asesino confeso de Colosio.

Con esos materiales en mente convocamos a escritores y artistas para reflexionar sobre este magnicidio. En Memoria y mito: sobre el caso Colosio, el ensayista y académico Iván Eliab Gómez hace una revisión crítica del acontecimiento y de las lecturas que ha tenido desde la cultura. Los escritores y músicos Luis Bernal (Niñobomba) y Miguel Rovel realizaron LDC, una pieza de audio conmemorativa, ilustrada por Isabel del Valle y Luis Ham con los materiales del caso recientemente hechos públicos.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

I

Por la noche
después de acostar a mi hija
pienso en los perros

en un documental que estuvimos viendo una tarde
la primera vez que ella probó sándwiches de cajeta

los lobos menos agresivos
fueron domesticados por los hombres
tuvieron comida segura
y sus crías dormían cerca del fuego

los lobos que mordían la mano del hombre
fueron sacrificados
y los lobos cada día se parecían
menos
a sí mismos

algunas noches pienso en esto

algunas noches mi hija piensa
que ciertos árboles deberían ser posibles

hemos sembrado botones y Tutsi Pop
no pierdas la paciencia
le digo
recuerda que los perros eran lobos

II

Quizá me acerque
al número 50 de mudanzas

si algo
he podido enseñarle
a mi hija de seis años
es que no hay nada permanente
así que amamos mudarnos
como otros aman los domingos en la playa

Amamos conocer gente nueva
y la incertidumbre
que es un dulce que poco a poco perderá
su sabor
hasta la nueva mudanza

Quizá nosotras
a diferencia de otras personas
tememos que un día ya no haya más cambios

Confiemos en que algo como eso
es imposible

 

III

Mi bebé duerme gran parte de la mañana
me preparo el café con cubitos de hielo
no estoy de buen humor
en todo caso
no estoy despierta
Si tuviera fuerzas
pondría a mi bebé en su carrito
y saldríamos a caminar

Pienso: Sol
blanco sol inclemente
Corro las cortinas

A esta hora de la mañana soy un ama de casa triste

Debo ser demasiado tonta
para no poder disfrutar
que estoy en casa
que escribo
junto al burrito rojo que los reyes magos
trajeron hace tiempo

Hace unos días
trabajadores de la constructora
encontraron un cráneo en una bolsa negra
el cráneo estaba barnizado y decorado
Este es un fraccionamiento
todas las casas son blancas
con pórticos de color ladrillo
ventanas corredizas y protectores

La mayoría de las casas
se encuentran vacías a esta hora
Son pocas las mujeres de hoy que pueden ver
a su hijo de tres meses dormir
en este fraccionamiento donde trabajadores
siguen levantando casas idénticas
para la multitud que desaparece el día entero

Gente que decora cráneos
que más tarde tirará en una bolsa negra
a mitad de la nada

A esta hora del día
escribo
sobre el aislamiento

 

IV

Resulta obvio que seamos
una generación que le teme a las oficinas
Nuestros padres trabajaron como locos
si alguien moría ellos seguían trabajando
si había un niño enfermo
había que trabajar más
Incluso en casa trabajaban
el día entero y con ello
es probable
que quisieran heredarnos la pasión
por el trabajo
sin darse cuenta de que corrían frente a nosotros
una película de miedo donde la ausencia
era un fantasma que podía tomarte del cuello
encontrarte bajo las sábanas
burlarse de ti

Resulta obvio que odiemos
las calles imposibles
la noche imprevista
donde la gente abandona en bandadas
oficinas
tiendas departamentales

En casa
la mesa tiene frutas amarillas que comemos
descalzos
¿También le tienes miedo a la
oscuridad? me pregunta mi hija

especialmente si es ruidosa
y las luces de la ciudad
están bajo la lluvia


Autores
(Mérida, Yucatán, 1985). Estudió la carrera de Artes Visuales en la Escuela Superior de Artes de Yucatán. Es egresada de la Escuela de Creación Literaria de la Sociedad General de Escritores Mexicanos (Sogem). Diplomada en Literatura, Protocolo y Periodismo por Editorial Santillana, ha publicado 29, Días de fiesta y otros cuentos y Ternura, entre otros. Fue becaria del FONCA y del PECDA y actualmente se desempeña como artista independiente.

Desde hace seis meses vivo en un cuarto que vi anunciado como departamento pero que no es otra cosa que diez metros cuadrados con paredes enmohecidas y una gotera en la regadera. Acepté quedarme porque puedo pagar la renta y me dejan tener al perro.

El colchón a ras de suelo es lo primero que se ve desde la entrada. Junto a la puerta puse el librero del abuelo. Apenas cumplí diez años, me obsequió veinte segundos para inspeccionar su estudio y escoger lo que más me hiciera ilusión; el librero vino conmigo, junto con todos los libros que habitaban en él.

No acostumbro ver televisión, pero tengo una. Fue regalo de mi madre apenas me mudé al cuarto. Según sus argumentos ya tengo bastantes libros, y no siendo eso suficiente, dice que las realidades que construyo con mis letras están ligeramente retorcidas. Pretende que el aparatejo me siga anclando a ella, que nos dé de qué hablar y que de paso me distraiga un rato de mis lecturas.

Para escribir uso una mesa que tengo desde preparatoria. La silla a juego se perdió en alguna mudanza y en su lugar aprovecho un banco de metal que me recuerda a una sala de cirugías, aunque nunca haya estado en una, al menos no desde mi nacimiento.

Pasa que varias veces al mes, cerca de los días en que tengo entregas en la revista, me entra un pánico que me hiela las manos cada que trato de acercarme a la mesa. Cuando eso sucede, sé que no falta mucho para que el enano aparezca. No necesito abrirle, él sabe cómo entrar. Lo escucho quitarse los zapatos para no hacer ruido, su intención es espantarme pero estoy tan acostumbrada a él, que puedo escuchar las plantas de sus pies sudados, pegándose y despegándose de la loseta.

Lo ignoro y aprovecha para arrastrar el banco y subirse con dificultad. Ya acomodado, me observa mientras trato de distraerme ordenando papeles. Podrían estar regados por el cuarto y me daría lo mismo, pero con el enano ahí me es imposible conservar la calma. No tarda en tirar del pantalón como un niño desesperado, quiere que le extienda los brazos para acogerlo en mi pecho. Se le complica las primeras veces pero finalmente lo logra y termina colgado de mi cuello haciendo un intento de enrollar las piernas a mi cintura.

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Ya instalado se vuelve insoportable. Lo llevo a la lavandería y mientras coloco la ropa en el tambor, se balancea como primate hacia mi espalda para no caer al suelo. En el supermercado me hacen formarme en la fila de personas con discapacidad, ancianos o personas con bebés. Sólo hasta que mis enceres pasan por la banda móvil, el cajero me saluda y alcanza a ver a la rémora adherida a mi cuerpo. El enano sonríe maliciosamente y el cajero espantado, clava una mirada cohibida en el escáner mientras pasa los productos con tal rapidez que el cerillo, un señor atestado de canas que también han alcanzado a ver al enano, termina retacando todo en la bolsa de plástico y dándome las gracias sin siquiera mirarme.

Este enano además de feo es hablador. Siempre que viene suelta una perorata acompañada de fruncimientos de ceño y hasta pellizcos. Le cuesta trabajo creer que mis letras son buenas. Ataca mis ideas vilmente, las más grandes y brillantes, las hace trizas, las desprecia y les cierra la puerta. Se toma el papel de crítico muy enserio y yo, permito que me destruya.

El día se alarga y el enano comienza a sudar mientras paseo al perro bajo el rayo de sol. Los tres regresamos jadeantes por el camino de siempre, pero antes paso a comprar un kilo de mangos a la tienda de la esquina. Cuando pago, las monedas caen en la mano del tendero y el tintineo me hace tener un atisbo de inspiración. Que bonito suenan, ese entrechoque podría ser el inicio de una historia situada en los años cincuenta, en la que una mujer obesa deposita diariamente treinta centavos en una báscula de farmacia después de haber comido seis rebanadas de pizza y por supuesto una ensalada, con la esperanza puesta en la perdida —aunque sea mínima— de peso. Agarro la bolsa de mangos mientras digo: “sí, es una buena idea”. El tendero se me queda viendo y se rasca la barbilla en señal de duda. Sonrío y le doy las gracias mientas giro hacia la salida. El enano bufa y altaneramente se suelta de mi cuello, tengo que agarrarlo para que no caiga de espaldas, me ve fríamente.

—No estarás pensando en escribir algo ¿o sí?— me escupe al hablar y volteó la cara para no terminar bañada en saliva. No contesto.

—De todos modos, lo que sea que estés pensando, no creo que sea tan bueno. Y como siempre, no lo vas a terminar. Estás llena de ideas vagas.— Me frunce el ceño desdeñosamente y aunque quiero contestarle algo para salvar mi pellejo de esta arrastrada que me está poniendo, no logro mover los labios. El perro comienza nuevamente a jadear y camino junto a él convenciéndome de que la mujer obesa tampoco tenía muchas esperanzas.

Llegando al departamento muelo los mangos para hacer agua, cuelo todo y coloco suficientes hielos como para congelarme el pecho. Me acomodo en el sillón mullido y prendo el televisor, caigo en la cuenta de las cosas van muy mal. Un hombre de bigote da las noticias a las dos de la tarde. Habla sobre unos ductos de agua que se rompieron al sur de la ciudad. Estoy segura de que nadie más sintoniza ese canal tan aburrido. Hay tanto que hacer a las dos de la tarde que nadie se tomaría el tiempo de ver el noticiero y pasivamente poner atención a los grandes acontecimientos ciudadanos.

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Unos recogen a sus hijos del colegio, otros salen en estampida de sus oficinas para comprar algo de comer. La ciudad se llena de claxons chirriantes emitidos por microbuseros desesperados. Se escucha el organillo en varias esquinas de la ciudad, las calles se llenan de gente que camina rápidamente para trasladarse a su siguiente destino. Todos sudan, odian haberse puesto esa corbata que los asfixia y esos tacones que más tarde sólo dejaran ampollas en el dedo más pequeño del pie. A las dos de la tarde todos hacen algo, menos yo.

El enano entra en un sopor contagioso, está caliente. Nos quedamos dormidos y abro los ojos modorramente hasta que el perro lanza unos ladridos guturales al gato de la vecina que está tras la puerta, otra vez se quedó fuera. La tarde se pasa en ir y venir del sillón a la mesa, el enano se ríe, esconde la cabeza en mi cuello y se queda dormido. Trato de despegarlo pero con tan solo un movimiento, se vuelve a enrollar en mi cuello y suelta un ronquido más fuerte que el anterior.

Me propongo escudriñar en mi mente tratando de encontrar algo que sea útil para comenzar una historia. Recuerdo la vez que vi, escondida en la alacena de la cocina, cómo el amigo de mi tía Romina le metía mano en el escote y lentamente le sacaba una teta. Ella cerraba los ojos y respiraba con dificultad. La parte más nítida que tengo de ese momento es el pezón como de hotcake que el tipo acariciaba rápida pero sutilmente, apenas rozándolo. No entendía cómo algo tan suave podía provocar en mi tía unos gemidos que rápidamente se convertían en gritos y que aceleraron mi corazón de tal forma que ni leer los libros prohibidos por mi madre me causaba tanta emoción. Salí corriendo de la cocina sin ser vista y días después, comencé a frotarme los pezones aunque tuvieron que pasar varias semanas para encontrar la suavidad exacta.

Llega la hora de la cena y no tengo otra opción más que sentarme con el enano prensado a mi cuerpo. El horno está descompuesto y las albondigas con espagueti las como frías y sin ganas. Me traslado al colchón y caigo de espaldas esperando que mi acompañante se sacuda al menos un poco, pero no lo hace, sigue dormido. Ha estado sudando y sus fluidos tienen mojada mi camiseta. Me liberaría de su presencia si me sentara y tecleara apenas unas palabras, pero me desbordo en el fatalismo de dejarlo habitar en mi. Está que hierve y me trasmite su calor, pero sólo en la parte que ocupa, el resto del cuerpo está tieso, los bellos erizados. ¿Debería levantarme y mandarlo a la fregada? Lo sigo pensando, trato de encontrar una idea y me propongo poner la mente en blanco pero, ¿qué chingados es poner la mente en blanco? Jamas lo he podido hacer, siempre que cierro los ojos veo todo negro. Mañana tengo que ir a pagar la luz y comprar latas de atún porque ya no hay en la alacena. Las croquetas del perro ya se acabaron y no tengo ni un quinto para comprar unos gramos de los de granel en el mercado.

El enano ya está roncando y yo ni me he calentado. Deslizo sutilmente los dedos bajo la playera y cierro los ojos, por un instante la cara de mi tía Romina pasa por mi mente, sonriéndome. Mis pezones no han tenido una erección en días, así que pongo especial atención para lograr un acto digno. El perro se espanta con los primeros gemidos entrecortados mientras el enano continua aplastándome, no se mueve ni un milímetro. Tengo que maniobrar por unos segundos consiguiendo recorrerlo hacia mi estómago y así puedo frotar mejor. Muevo la cadera en círculos mientras aprieto ligeramente las piernas, de esa forma me atrapa un ritmo aceptable hasta que consigo venirme. Pero la decepción es honda cuando percibo que esa energía duró apenas unos segundos y no penetró en todo mi cuerpo como había prometido, apenas me mojé.

Adopto una posición de feto colocando las manos en la entrepierna. Escucho cómo el perro da vueltas antes de tirarse en el suelo y comenzar a roncar. Me voy perdiendo en los pensamientos, sé que sigo con el enano pero ya no me importa mucho, me dejo envolver por las sábanas arrugadas. Siento los fluidos calientes escurriendo lentamente hasta llegar a mi calzón, pero ni loca me levantaría a limpiarlos. Los dejo ahí y me duermo húmeda.

Olvido al enano, me olvido de mí. Sueño con los mangos, la báscula, el perro y la tía Romina, también sueño con mi madre vendiendo televisiones. Abro los ojos a las tres de la mañana creyendo que la relación de todos esos elementos es coherente y por supuesto una buena historia. Debería sentarme a escribir por lo menos algunas palabras clave que me ayuden a recordar todo el día de mañana. Pero estoy somnolienta y las sábanas ya calientes. El enano está hecho bolita y por unos segundos logro verlo con ternura. Podría dejarlo pasar la noche, tal vez otro día, de todos modos mañana no me toca lavar y así aprovecho a que me termine de sudar la camiseta.

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Autores
(Ciudad de México, 1996). Obtuvo mención honorífica en la cuarta edición del concurso “La crónica como antídoto” (2017) con No hay final dictado. Ganadora del primer concurso de cuento del Colectivo Escritoras mexicanas. Su cuento Noches (México, Ediciones el nido del fénix, 2018) se encuentra en la primera antología de dicho colectivo presentada en la FIL Guadalajara 2018. Ha escrito para blogs como Feminopraxis y Crónicas de asfalto.

Ilustrador
Elsa Rangel
Ilustradora y artista visual emergente originaria de la CDMX. Egresada de la Licenciatura en Diseño Gráfico y de la Maestría en Animation Concept Art. Se especializa en storytelling y la creación de mundos y personajes mediante técnicas análogas y digitales. La estética de su obra puede ser descrita como una experiencia visual onírica inspirada por la cultura mexicana, el rock clásico y la oscuridad.

No utilice la máquina como fuente de calor.

(Del instructivo Máquina de pan)

 

Quizá siga en casa de mi tío

el maltratado instructivo de la máquina de pan.

Texto empolvado que utilizó como manual de vida.

Me leía fragmentos como si fueran mantras.

 

Mi tío recién divorciado compra una máquina de pan.

De todas las cosas importantes para llenar un departamento,

se fija simplemente en esa máquina.

No tenía refrigerador. No tenía una cafetera. No tenía un

horno.

No tenía nada que se le pudiera llamar cocina.

—Por algo se empieza —decía mi tío.

Una máquina y un hombre que empiezan desde cero.

 

Mi tío se comportaba de una forma extraña.

Dejó de comer carne

—el hombre que varias veces vi atragantándose en el asado—

empezaba una nueva dieta de pan y soledad.

 

Toda la familia conocía la historia del divorcio,

el alcoholismo, los golpes,

las gemelas que estaban tristes.

Yo solo sabía que mi tío

se obsesionaba con una máquina de pan.

 

No sé si pueda decir que mi tío era panadero.

Todos sus panes los preparaba la máquina.

Él solo ponía los ingredientes

uno por uno,

luego la máquina hacía el trabajo.

 

Una noche sonó mi teléfono,

eran las 3 y algo de la mañana.

Escuché a alguien decir:

“Se quemó el pan, se quemó el pan”.

Sonaba triste el tipo.

Recordé un cuento de Carver

“Parece una tontería”.

 

Los mantras que mi tío prefería

se encontraban en el apartado ‘Consejos prácticos’.

“Conecte con la máquina.

La máquina de pan debe estar conectada a tierra de forma segura.

No utilice la máquina como fuente de calor”.

 

Uno encuentra el alcohol,

pero extravía el manual donde aparece

la guía de solución a problemas técnicos,

el qué hacer cuando golpeas a tu esposa,

cuando abandonas a tus hijas,

“cuando las medidas incorrectas

se traducen en resultados inadecuados”.


Autores
(Ciudad de México, 1985). Panadero y poeta. Ha sido becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Obtuvo el premio de poesía Punto de Partida 42 (UNAM).