Tierra Adentro
Ilustración por Mario Cano Dominguez.

I

Ta stojol jme’

k’alal ts’akajemix scha’winik yawilal­a,

kaj ta bitbonel yot’an ta slumilal

te swak sp’ijil st’unub yuts’ yalaltak.

Ta sbalunebal U

—maba ta Septiembre—

la stak sba ta slumil

sok spisil yisim,

lok’ sbabial yabenal

la sjam sba te sk’ab,

jich pul talel te kuxlejalil

ta schanlajunebal U

tab sk’aalel.

 

II

Binax yot’an yu’un te awunel,

binax yot’an yu’un te ji’junel,

jits’junax sbakel ye te lajelal

ta spatpatik pus;

k’alal yakalon ta bejk’ajel bit’il nichim

ta yolil ya’ jme’.

Maba k’ax ta stabal yajtalul Febrero

bit’il najk’anbil ta jun k’alal abejk’ajon,

ja’ k’ax ta schanebal U

sk’aalel ijk’al tokaletik,

sk’aalel ts’unub

sk’aalel tajimal k’in

k’alal lok’on ta sbabial jna,

jich la kak’bey jilel ta yot’an jme’

te te’eltik mut jk’ajinel.

 

Ants abejk’ajon

sok te yoxlajun yip k’aal ta jbak’etal

sok te sk’ayoj tseltaletik ta sti’ kej,

sok yawil ts’unub ta sme’ jch’ujt’,

sok te sonil kananchij ta kakan,

sok sch’ich’el bats’il winik antsetik ta yanil jnujk’lel.

 

Fui parto en mes Mak

I

Bajo la tierra de mi madre

de veintisiete años,

comenzó a latir

la sexta semilla de su linaje.

Desde el mes nueve

—que no es septiembre—

se abrazó a su tierra

con todas sus raíces,

brotó su tallo,

las primeras hojas

expandieron sus ramas,

y germinó la vida

durante catorce lunas

de veinte días.

 

II

Ansiosa por los gritos,

ansiosa por los llantos,

la muerte le rechinaba los dientes

en las afueras del temazcal;

mientras yo brotaba como una flor

entre los muslos de mi madre.

No fue un veinte de febrero

como marca la hoja que atestigua mi existencia,

fue un trece del mes cuatro,

tiempo de las nubes negras,

tiempo de siembra,

tiempo del carnaval,

cuando salí de mi primera casa,

y tatué en el corazón de mi madre

mi canto de pájaro.

Nací mujer

con las trece potencias del sol en mi cuerpo,

con el canto tseltal en la curvatura de mis labios,

con mi vientre refugio de semillas,

con el ritmo del kanan chij en mis pies,

con sangre maya bajo la piel.

Ilustración por Mario Cano Dominguez.

Ilustración por Mario Cano Dominguez.


Autores
Maya tseltal. Autora de los libros Jalbil K’opetik/Palabras Tejidas y Naetik/Hilos. Coautora de: Xpulpun Sbek’tal Jch’ul Me’tik/La Luna Ardiente, Ma’yuk Sti’ilal xch’inch’unel k’inal/Silencio sin frontera, Xochitlajtoli Poesía contemporánea en Lenguas Originarias de México, Piedra de Fuego, Flor de siete pétalos y Na’ Lum /Madre tierra. En 2015 y 2019 obtuvo el reconocimiento por su trayectoria como escritora y poeta ocosinguense en lenguas maternas otorgado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Ocosingo y por el Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas. Es miembro del Centro PEN Chiapas pluricultural. Actualmente colabora en la Universidad Intercultural de Chiapas.

Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México.
Foto de Raúl Tovar

 

Ayer murió Karl Lagerfeld (1933-2019), uno de los rostros emblemáticos de la moda por más de medio siglo. Además de su participación en Fendi y su propia marca de ropa, Lagerfeld será recordado por su trabajo en Chanel, casa de modas de la que fue director creativo desde 1983 hasta su muerte.

Su vida no estuvo exenta de escándalos y comentarios inapropiados, aunque sin llegar a los excesos de uno de sus más renombrados compañeros de profesión: John Galliano.

Para recordar la labor de Lagerfeld, Tierra Adentro se enorgullece de presentar el set de fotografías que el joven fotógrafo mexicano Raúl Tovar (Nuevo León, 1986) hizo de la colección Otoño-Invierno 2017 de Chanel.


 

 

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Titulo: CHANEL ALTA COSTURA OTOÑO / INVIERNO 2017

Locación: NUEVA YORK, ESTADOS UNIDOS

Modelo: MARIANA ZARAGOZA

Agencia: IMG / PARAGON

Maquillaje y Peinado: MAYELA VAZQUEZ

Estilismo / ERIN MCSHERRY


Autores
Raúl Tovar (1986) es egresado de la School of Visual Arts de Nueva York y fotógrafo de moda profesional desde 2012. Su trabajo con iconos de la moda como Ana Wintour, Maluma y Kendall Jenner ha aparecido en medios como Chic, Le Fourquet y distintas ediciones internacionales de Vogue.
La Pequeña Haití. Fotografía por Flor Cervantes.

Aquí puedes leer la primera parte.

La nueva vida de los jóvenes haitianos en la frontera

4.
profesional no tiene país

 

Muchos consideran que los haitianos que se encuentran en Tijuana llegaron como ilegales. Pero el estatus migratorio de Wisly Desir es distinto. Tiene treinta y siete años y entró a Baja California el 29 de septiembre de 2016. Vino a la ciudad a cursar una maestría en Estudios Globales en la UABC. En su búsqueda por ampliar su conocimiento en comercio exterior, movilidad poblacional y aduanas, Wisly confiesa que no buscaba vivir en Tijuana. Aplicó solicitud de ingreso a más de diez universidades alrededor del mundo y la de UABC le abrió las puertas. Aunque es un viajero académico (antes había estudiado en República Dominicana y en vacaciones del calendario escolar radica en Brasil), no sabía mucho de nuestra cultura, solo que el español es la lengua que se usa y que Tijuana es la frontera (con sus 3185 kilómetros, entre mar, montañas y desierto) más transitada del mundo.

Wisly llegó en avión con una visa de estudiante y una carta invitación de la universidad bajo el brazo. Este 2019 es becario del Conacyt, se dedica a la investigación casi de tiempo completo, al profesorado y ayuda a organizaciones civiles a procurar asesoría a migrantes de cualquier nacionalidad.

—Es un trabajo arduo, complicado —dice Wisly en la entrevista que le hago por WhatsApp—, como los intereses de muchos migrantes son distintos, incluso no todos hablan el mismo idioma ni vienen de los mismos países, nuestra ayuda es variada, desde la asesoría legal de cómo obtener un permiso para estar temporalmente en México o una visa humanitaria para vivir, u orientarlos en todos los sentidos si su deseo es cruzar a Estados Unidos.

Wisly también es parte del grupo de diálogo de Espacio Migrante y ayuda a los que desean retomar sus estudios con capacitaciones para entrar a la UABC, el CUT, o alguna otra escuela privada. Colabora en la búsqueda de empresas maquiladoras que no tengan problema con emplear a los migrantes y ayudarles a regularizar su documentación.

Tras su regreso a Tijuana, Wisly se reúne con sus compañeros de la mesa de trabajo en donde darán las clases y asesoría legal a migrantes. Fotografía por Flor Cervantes

Tras su regreso a Tijuana, Wisly se reúne con sus compañeros de la mesa de trabajo en donde darán las clases y asesoría legal a migrantes. Fotografía por Flor Cervantes

—Lo bueno es que ahora existen más organizaciones civiles interesadas y coordinadas entre sí, como Visión de los Migrantes y Organización de la Defensa para los Migrantes o la comunidad cristiana Embajadores de Cristo, donde se está construyendo Little Haiti.

Desde Brasil, mientras Wisly baña a su hijo, me explica cómo ve la migración de los haitianos a Tijuana.

—Cada viajero puede responder esto de manera personal y diferente. Cada quien tiene su objetivo al haberse salido de su país. Yo no he vivido la misma experiencia que ellos, ni viajé la misma trayectoria, de modo que no pasé lo que ellos pasaron. Yo también tengo la curiosidad de saber su experiencia. Sé que ha sido duro.

Cada periodo de vacaciones, Wisly regresa a Brasil para ver a su familia, así como viajaba a Haití cuando vivía en República Dominicana.

—Mi vida es más sencilla que la de ellos —explica.

—¿Y te gusta salir de fiesta?, ¿qué lugares frecuentas?

—En realidad no soy borracho, casi no tengo tiempo… por la escuela.

—¿Y cuál es tu comida favorita?, ¿has probado la cerveza de acá?

—Sí, me gustan los burritos de bistec con papas y la cerveza Tecate roja, pero no soy borracho.

Little Haití está rodeada de cerdos y aves de corral.

Little Haití está rodeada de cerdos y aves de corral. Fotografía por Flor Cervantes.

Luego me explica de manera pausada, como si midiera cada una de las palabras, que la migración no va a parar nunca y va a ser muy difícil que Tijuana vaya a ser bonita en comparación a otras ciudades coloniales como Guadalajara, que tienen más años de historia y desarrollo arquitectónico.

—Porque es una ciudad de migrantes y en cada momento habrá más. Por eso es una ciudad distinta y desordenada. La gente va con el deseo de cruzar a Estados Unidos y termina quedándose allí para volver a intentarlo o para quedarse a vivir. En ese sentido, es como una ciudad en continua construcción. Yo vivo muy bien en Tijuana.

—¿Has sufrido algún tipo de rechazo o racismo desde que llegaste? —le pregunto.

—Todas las ciudades son racistas en determinada forma. Incluso en nosotros los haitianos y alrededor de nosotros hay racismo. Particularmente el racismo en Tijuana es por falta de educación y aceptación: muchos de ellos son migrantes, pero no quieren saber nada de los migrantes. Por ejemplo, la vez pasada platicaba con una amiga cercana, ella es tijuanense, pero sus papás son migrantes de la Ciudad de México. Su papá ha vivido mucho tiempo en Estados Unidos de manera ilegal, y estando en Tijuana es migrante. Pero no sabe que lo es. Lo contradictorio es que no quiere saber nada de ellos, porque es uno de los críticos más fuertes contra los centroamericanos, no quiere verlos. Ella me comentaba eso y que le decía a su propio papá: “¿por qué no quieres saber de los migrantes si tú eres uno? Tú eres de la Ciudad de México y has vivido mucho tiempo en Estados Unidos buscando la vida”.

Aporofobia, pienso mientras escucho el mensaje de voz de Wisly, y recuerdo el viaje que hice a Ecuador en noviembre del año pasado. En estos momentos esa región sudamericana vive la llegada masiva de venezolanos, a causa de la crisis en Venezuela. Por varias conversaciones que tuve con quiteños, descubrí que los rechazan de manera similar. Su argumento es que Quito no cuenta con el dinero suficiente para ayudarlos. Su llegada les roba los empleos, sus espacios y dan un aspecto antihigiénico a la ciudad. A falta de refugios, los venezolanos acampan en parques públicos, donde se les ve hacer sus actividades diarias al aire libre, como comer y bañarse.

Luxon, Fleury y Clecion, tres jóvenes que venían con sus compras a la villa. Fotografía por Flor Cervantes.

Luxon, Fleury y Clecion, tres jóvenes que venían con sus compras a la villa. Fotografía por Flor Cervantes.

Los ecuatorianos olvidan su crisis financiera de 1999, mejor conocida como Feriado Bancario, cuando la economía colapsó por la administración desorganizada de los banqueros y el sucre quedó en desuso para abrirle paso al dólar. Esto provocó que muchos viajaran a España para conseguir empleo. España, al detectar un alto flujo migratorio de sudamericanos, exigió una visa para ingresar a su territorio. Esta movilidad de ciudadanos en gran número, junto a la que ya sucedía desde los países del sur de Europa, llevó a los españoles a rechazar a los migrantes bajo los mismos argumentos. Por esa época, la filósofa española Adela Cortina lo llamó aporofobia, término que se desprende de la xenofobia y distingue el rechazo hacia la pobreza que representa el migrante, como si él fuera el portador de la injusticia y el fracaso de sus países de origen.

—¿Recibiste algún rechazo o maltrato por parte de las autoridades fronterizas al llegar a Tijuana? —le mando otro mensaje de voz a Wisly.

—El cónsul mexicano no quería darme la visa, me dejó en espera un mes para dármela. Pasando por migración a Ciudad de México no tuve problema. En Tijuana, con sello de migración, visa de estudiante, carta invitación de la universidad, toda mi documentación, no me quería dejar pasar. Me dejaron más de dos horas en espera. Me preguntaban y preguntaban, aunque tuviera yo todo a la mano. Su trato es un problema de educación. Tuvieron que molestarme mucho. Ese es el racismo que viví a mi llegada.

La aporofobia en Tijuana funciona de manera vertical. A finales de 2018 el alcalde surgido de las filas del PAN, Juan Manuel Gastélum, mejor conocido como El Patas, lanzó una campaña de odio hacia la caravana migrante centroamericana que venía desde Tapachula. Sus comentarios dados a un medio de comunicación eran: “no me atrevo a calificarlos como migrantes, son una bola de vagos y marihuanos”. En otra entrevista, suavizó sus palabras pero no su rechazo: “los derechos humanos son para humanos derechos y la mayoría de los migrantes sudamericanos no son derechos…”. Su hostilidad tuvo eco el 19 de noviembre en una manifestación de alrededor de trescientas personas, las cuales exigían a la autoridad municipal impedir el arribo de más centroamericanos a la ciudad, “pues nosotros no podemos cuidarlos ni alimentarlos”, decía uno de los testimonios recogidos por la periodista Sonia de Anda. El alcalde, en aquella entrevista para el medio de circulación nacional, explicó que haría una consulta popular para decidir si son bienvenidos a Tijuana. A la fecha, los resultados de la consulta no han sido publicados.

Si migrar, como dice la escritora Cristina Rivera Garza, es el verbo de nuestros tiempos, la aporofobia vendría siendo su rechazo principal.

—Hay una cosa importante que la gente de Tijuana aun no entiende —Wisly me manda otro mensaje de voz—: la llegada de los migrantes para ellos (las autoridades de Tijuana) es un gasto para toda la población y comunidad. Aunque todos quieren ayudar, aportando ropa, comida, casa. Pero cuando se habla de la idea de integrarlos como nuevos ciudadanos, es un gasto. No ven, o no quieren ver, que una vez que comenzamos a integrarnos a su comunidad, en realidad comenzamos a generar ganancias, el doble de lo que ellos invirtieron al recibirnos. Al integrarnos a la comunidad mexicana, estamos pagando renta, impuestos, comida, consumos en todo sentido. La integración de nuevos ciudadanos en cualquier país ayuda al crecimiento económico. No es un gasto, es una forma de recuperar su inversión. Ya las personas están aquí. Mejor hay que ayudarlas a integrarse a la comunidad para encaminarlas a crecer económicamente.

—¿Deseas quedarte a vivir en Tijuana para siempre —le pregunto finalmente.

—Profesional no tiene país. Mi idea es ser empresario y docente. No tengo problema con quedarme en Tijuana, según como vaya cambiando la vida según mi objetivo de seguir mi sueño. Si hay posibilidad de regresar a Haití, no hay problema. Si hay posibilidad de regresar a Brasil, no hay problema, porque soy residente brasileño. Tampoco hay problema de volver a República Dominicana. Solamente estoy estudiando los mercados en todos los países para saber dónde puedo desarrollar mejor mi sueño y después terminar mi vida allí.

 

 

5.
aquí tengo otro nombre

 

Michell es la única mujer que pude entrevistar. Luego de haber hecho contacto con algunas que migraron a Tijuana, solo ella me respondió los mensajes. Acordamos vernos en el CUT, universidad ubicada en Altamira, donde cursa el primer semestre de Derecho. Tiene 24 años y llegó a Tijuana en marzo de 2018, en un viaje aéreo que inició en Haití, para seguir a Cuba, Ciudad de México y Tijuana, gracias a una visa de turista que su papá ayudó a tramitarle.

—¿Cuál es tu nombre completo? —le pregunto.

—Michaëlle Gauchina, pero aquí en Tijuana me dicen que Michaëlle es Michell. Aquí casi olvido mi nombre, porque cuando me preguntan “¿cuál es tu nombre?”, yo digo Michell.

Trabaja en una gasolinera muy cerca del Grand Hotel por las mañanas, y por las tardes asiste a clases. A veces, como hoy, también los sábados. Su sueldo es de mil pesos semanales, por trabajar de seis de la mañana a dos de la tarde, más propinas que los clientes suelen darle. Aunque tiene el 70 por ciento de beca en el CUT, ese dinero lo reparte en una renta mensual de tres mil quinientos pesos para vivir en una casa pequeña y lo demás para pagar sus estudios.

—Soy muy hospitalaria —me dice—, a veces yo mando dinero a amiga a Haití que necesita para comprar un libro de la escuela.

—¿Tienes amigos aquí?

—Sí, más tijuanenses que haitianos, con ellos convivo en escuela y trabajo.

Gauchina Michaëlle busca aprender la cultura del país estudiando leyes. Fotografía por Flor Cervantes.

Gauchina Michaëlle busca aprender la cultura del país estudiando leyes. Fotografía por Flor Cervantes.

Le menciono a los jóvenes que acabo de entrevistar. Me responde que Wisly es su amigo. Cuando habla, sonríe. Es cálida y agradable. Si no tiene palabras para responder mis preguntas, se ríe y me dice no sé.

Me cuenta que su novio migró un año antes que ella, lo hizo también en marzo. Vive en New Jersey esperando regularizar su estatus migratorio, región en la cual viven la mayoría de los haitianos que logran conseguir una visa por razones humanitarias en Estados Unidos.

—¿Te gustaría vivir con él en el otro lado?

—No, primero quiero ser abogada en México.

Su papá vive en Santo Domingo. Su mamá falleció hace dos años. Espero que me platique las razones, pero me cambia de tema. Me cuenta que durante el terremoto del 2010 ella estaba en el campo, por eso no le tocó ver las casas y edificios hechos escombro, como su escuela. Pero recuerda que hubo muchos muertos y mucha gente triste. En la preparatoria aprendió español.

—Pero lo aprendí mal. Me gustaba más inglés. Pero ahorita me encanta el español, es un idioma muy bonito. Es una obligación aprenderlo para entender a México y a mis compañeros.

Sus horarios de trabajo y escolares son muy rigurosos. No suele salir de fiesta ni desvelarse, a pesar de que vive muy cerca de la avenida Revolución. Sabe que para ser profesionista se deben hacer sacrificios, como estudiar y ahorrar dinero. Antes de viajar a México, conocía cómo fue la independencia de nuestro país y cómo se creó la primera constitución. Además, conocía la historia de Benito Juárez.

—Aquí muchos son respetuosos y les gusta trabajar.

—¿Por qué estudiar Derecho? —le pregunto.

—Porque quiero aprender la ley de México, conocer más la cultura del mexicano y ayudarla.

—De música mexicana, ¿conocías algo?

—Me gusta mucho.

—¿Mariachi?

—¿Qué es mariachi? —responde sorprendida— Solo sé de cantantes.

Me dan ganas de ponerle un video de algún mariachi jalisciense en mi celular, pero recuerdo que estamos platicando en la biblioteca del CUT.

Alrededor de veinte familias viven en la villa.

Alrededor de veinte familias viven en la villa. Fotografía por Flor Cervantes

Cuando llegó al aeropuerto el único inconveniente que tuvo Michell fue que demoró su maleta. Durante ese tiempo los agentes fronterizos revisaron sus papeles. Ella estaba asustada, me dice; no encontraba su pasaporte y no hablaba bien español. En la espera, alcanzó a mirar en las bandas de equipaje su maleta, corrió a ella y entre las bolsas encontró el documento oficial. A los pocos minutos sus pies pisaban el cemento, el aire de Tijuana acariciaba su rostro y podía mirar la remodelación del muro de metal que nos divide de Estados Unidos. Con la asesoría de su papá prefirió viajar a México, en lugar de Chile, Brasil o Venezuela, porque una prima se adelantó y les dio recomendaciones.

—Miranda me habló de las oportunidades que hay y de que la gente aquí no es tan racista.

—¿Cuál es el cambio más significativo en tu vida al haber llegado aquí?

—En Haití, no hay trabajo. Estudiar en Haití, es hacerlo sin esperanza. Lo que me faltaba antes, ya lo encontré aquí. Si yo estaba en Haití, no podía ahorrar. Aquí sí hay trabajo. Si una amiga de Haití me dice que tiene hambre, yo le puedo mandar dinero. Allá no podía.

 

 

6.
Little Haiti

 

En el suroeste, rumbo a Playas de Tijuana, está escondido en el Cañón del Alacrán el templo Embajadores de Jesús, un recinto religioso que, debido a la llegada constante de haitianos, convirtieron también en albergue. Lo dirigen el pastor Gustavo Banda Aceves y su esposa Zaida Guillén López. Para llegar allí uno debe usar bien el GPS, sortear los enormes baches de la calle Divina Providencia y cuidar de no caer en atascos. A pocos metros, entre animales de corral, el terreno agreste, movedizo por las recientes lluvias y la falta de drenaje, se levanta la Pequeña Haití. Los domingos, por la tarde, el pastor y su esposa ofrecen una comida a los refugiados y a los creyentes.

Desde el 2016, ésta es la dirección a donde llegan muchos migrantes en busca de ayuda. Fotografía por Flor Cervantes.

Desde el 2016, ésta es la dirección a donde llegan muchos migrantes en busca de ayuda. Fotografía por Flor Cervantes.

Al lado de las puertas, en una especie de estacionamiento improvisado con láminas y madera, cocinan en una parrilla montada en un lavadero dos mujeres jóvenes y juegan niños con un chico de color. El chico (que más tarde sabremos se llama Nixon) se inclina, abraza a uno de ellos y se toma una selfie con su celular. Al entrar al templo, vemos que están plegando las mesas donde se sirvió la comida. Al fondo, sobresalen los colores chillones de las casas de campaña y haitianas jóvenes atendiendo a niños.

Viajé allí porque las notas de prensa y la recomendación de mis amigos periodistas me decían que la conociera. De modo que llamé al pastor y me puse de acuerdo para entrevistarnos.

—Llegaste tarde, amigo —me advierte en cuanto lo saludo—. Ya acabamos la comida y muchos se fueron a trabajar.

Le explico que el camino lodoso y a desnivel me impidió llegar a tiempo.

—Es que no estás acostumbrados a las calles de Tijuana —me responde.

Y me lleva a conocer las enormes habitaciones. Más adentro, hay casas de campaña tamaño familiar. Afuera de ellas, los niños corren y las madres limpian. Hay ropa tirada y maletas abiertas. Al fondo, está la cocina oficial, donde una haitiana cocina y otra come. El templo, según el libro de Ustin, fue de los primeros que recibieron un gran número de migrantes en 2016. Desde un inicio, ha tenido la capacidad para seiscientas personas. Fue el que mayor ayuda brindó como refugio. Incluso los taxistas, si eras haitiano y no sabías a dónde llegar, te llevaban allí.

Mujeres cocinan en una cochera improvisada del templo. Fotografía por Flor Cervantes.

Mujeres cocinan en una cochera improvisada del templo. Fotografía por Flor Cervantes.

El templo se fortalece gracias a la ayuda de gente de Baja California y San Diego, ellos donan cobijas, ropa, colchones, objetos para el aseo personal y comida. Por el trato generoso del pastor y su esposa, los jóvenes haitianos los consideran como protectores y parientes suyos. Incluso algunos, como Constan Noé, dicen que son sus padres.

Le cuento al pastor que ayer entrevisté a Ustin y que acabo de leer su libro.

—Pascal —me dice—, Ustin Pascal Dubuisson. Mi esposa lo ayudó a escribirlo. Él lo estuvo escribiendo en francés y en portugués aquí y ella lo ayudó a traducirlo.

Recuerdo que en un pasaje de Sobrevivientes, el autor menciona a Zaida.

Luego, trato de indagar si la pequeña villa de Little Haití se está construyendo con el apoyo del municipio.

—No, para nada —me responde el pastor—, hace poco Protección Civil vino a detener la construcción. Asegura que por las lluvias está en una zona de peligro y que puede deslavarse. Llevo cuarenta años viviendo aquí y jamás ha pasado eso.

—¿Y cuentan con los permisos para la construcción?

—El terreno es mío, yo se los doné a los haitianos. Nosotros solo estábamos pidiendo permiso para que sea albergue. El alcalde dijo que el permiso era gratuito, pero después nos detuvo la obra. Solo nos dio un apoyo de veinte mil pesos. Cualquiera que viva en Tijuana comprende que esa cantidad es nada.

—¿Tienen planes de seguir la construcción de la villa y de rehabilitar la calle?

—Nuestro trabajo es recibir migrantes sin casa, que han viajado mucho y necesitan ayuda. Diario llegan de muchos países, alguien tiene que ayudarlos.

Después de la comida, los niños veían una caricatura en el celular de uno de sus mamás.

Después de la comida, los niños veían una caricatura en el celular de uno de sus mamás. Fotografía por Flor Cervantes.

Se interrumpe nuestra conversación, porque se acerca un hombre delgado, de color, que nos saluda. El pastor Gustavo le pide que platique conmigo. Se llama Noé Constan, tiene 33 años. Desde Brasil, llegó a Tijuana el 3 de diciembre de 2016. Su español es limitado, pues lo ha ido aprendiendo desde su arribo. Como sus demás compañeros, no sabía mucho de la cultura mexicana. Trabaja en la línea de producción de una maquiladora y dice que todo le gusta de la ciudad. Le pregunto por qué decidió, desde tan lejos, viajar a Baja California.

—Para conocer —me responde riéndose— para viajar y conocer más países como turista.

Reestructuro mi pregunta y me responde:

—Para cruzar al otro lado, pero aquí me sentí bien y prefiero quedarme.

Noé me explica que el cambio más significativo en su vida desde que llegó a Tijuana es la oferta laboral.

—Aquí la vida es mejor para mí, aquí hay mucho trabajo, poco dinero; allá (en Haití) hay poco de todo.

Noé dice que, sin haber pagado nada, el gobierno le dio una visa de visitante que debe renovar cada año. El pastor, “mi padre”, precisa, lo ha apoyado en conseguir trabajo y en sus decisiones. Noé llegó con dos amigos, con los cuales viajó por tierra, selva, mar y el Darién Gap.

—En barco viajamos de Nicaragua a Honduras, después todo lo hicimos caminando o en camión.

Le pregunto si fue duro el viaje, esperando que me hable sobre los poblados de Turbo o Yaviza, pero me responde inclinando la cabeza, como si el español, su nueva lengua adoptiva, no fuera suficiente para explicar la travesía.

—¿Ya tienes novia? —pregunto.

—No tengo novia, pero me quiere una.

—¿Y la quieres tú?

—Todavía no sé.

Noé sí está dispuesto a quedarse en Tijuana a vivir para siempre. Está dispuesto a construir junto con la comunidad de haitianos la Pequeña Haití, incluso a pedirle a su esposa e hijos que se vengan a vivir acá. Pero primero quiere obtener su visa por razones humanitarias. Le gustan los tacos y no suele salir de fiesta.

—El pastor me dice que la ciudad en la noche es muy peligrosa y yo le creo.

Noé responde en creole los mensajes de voz de su familia mientras habla con nosotros. Fotografía por Flor Cervantes.

Noé responde en creole los mensajes de voz de su familia mientras habla con nosotros. Fotografía por Flor Cervantes.

Estoy por finalizar la conversación con Constant Noé y Gustavo se me acerca. Me presenta al chico que se estaba tomando una selfie con el niño, a las afueras del templo. Me dice que él también quiere conversar conmigo. Guardo la conversación en el celular y comienzo a grabar una nueva.

Nixon tiene un año y medio en la ciudad. Cuenta que se siente ciudadano del mundo y que le gusta aprender culturas nuevas. Él no migró desde Brasil. En Venezuela estudiaba el tercer semestre en Medicina, pero la responsabilidad como padre de una familia y la situación crítica del país lo obligaron a movilizarse a esta frontera. Conocía poco de la cultura tijuanense antes de iniciar el viaje, pero reconoce que veía las telenovelas y en Haití era popular el mariachi y la música de banda. Trabaja en una maquiladora de sillas, las empaca en un horario de ocho de la mañana a cinco de la tarde.

Nixon llama mucho la atención, es alto, de cabello rizado, viste pantalón estilo chino, camisa azul cielo y saco oscuro. Su español es suelto y responde rápido a mis preguntas. Incluso, los niños del albergue se le acercan para abrazar sus piernas y preguntarle cómo se dicen ciertas palabras en inglés. Él les responde sonriendo, abrazándolos y acariciando sus cabellos.

—¿Te gusta Tijuana? —le pregunto.

—Sí, me gusta.

—¿Te gusta salir de noche, el baile, entrar a algún bar?

—Me gusta visitar a amigos que viven cerca del centro y me gusta la fiesta, pero no suelo hacerlo siempre. Primero está el trabajo.

Nixon desea continuar sus estudios de medicina eventualmente en Tijuana.

Nixon desea continuar sus estudios de medicina eventualmente en Tijuana. Fotografía por Flor Cervantes.

Nixon me platica que Tijuana le ha dado un cambio significativo a su vida. Llegó débil de salud, luego de haber atravesado el Darién Gap y Centroamérica. La desnutrición lo condujo al doctor y hasta el momento ha logrado reponerse. Le pregunto cómo fue esa travesía, pero, al igual que Noé, no me responde. Al parecer, así como los haitianos son herederos de una lengua combativa, como lo es el creole, su visión de vida es mirar siempre el presente.

—¿Ya tienes novia?

Se ríe y me contesta:

—Puedo decir que no.

—¿O ya tienes novias?

—No, no, todavía no.

Nixon llegó con cuatro amigos y un primo, el cual vive en Chihuahua. Uno de los amigos cruzó a Estados Unidos, pero lo deportaron a Haití, aunque en realidad vivía en Chile, otro decidió quedarse en Ciudad de México y dos más viven en Rosarito. Si tuviera el tiempo suficiente y los restantes vivieran aquí, le gustaría pasarlo con ellos en Playas de Tijuana.

—¿Has sufrido rechazo en Tijuana?

—No, para nada, el pueblo me ha recibido con mucho cariño.

—¿Y te gustaría quedarte a vivir aquí para siempre?.

Vivir lejos de la familia no está bueno.

Nixon dejó un hijo en Venezuela con una haitiana, nació mientras él recorría el camino para llegar a México. Me dice que no lo conoce y le gustaría mucho volver para conocerlo.

—A veces les mando dinero y a veces mi familia me manda dinero a mí.

—¿Te gustaría ser de Tijuana?

—Puedo decir que ya soy tijuanense.

La Pequeña Haití. Fotografía por Flor Cervantes.

La Pequeña Haití. Fotografía por Flor Cervantes.


Autores
Es tijuanense por adopción. Es considerado uno de los veinte escritores jóvenes más representativos de América Latina, por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Ilustrador
Flor Cervantes
Flor Cervantes nació en Zacatecas. Desde 1995 reside en Tijuana. Estudió Comunicación en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Es actriz, corredora de largas distancias, capturista de instantes con su iPhone, fan de Friends y Game of Thrones. Tuitea como @florcervantes.

Principia Mathe-Machina es una innovadora exploración de la composición poética; el autor nos sumerge en las posibilidades ilimitadas del código (unas veces numérico, otras lingüístico, siempre poético). Rafael Volta edifica una maquinaria para introducirnos en los engranajes de la realidad, vista desde la poesía.

A continuación, les presentamos unos cuantos poemas de este libro.


 

EL PLANO ES UNA MACHINA FEROZ

 

¿Cómo se describe un plano?

    Como se construye un cuerpo

          Como se calcula una machina

 

3     puntos describen un plano

1     adjetivo mata una persona

 

a1x + a2y + a3z + c = 0

 

(Encuentre la ecuación del plano que pasa por el punto

(3,-1,5)) y es normal al vector a = (-1,1,3) que traspasa el ojo de su atlas

 

Respuesta: -x + y + 3z – 11 = 0

 

¿CUÁNTO DURA UNA MACHINA?

 

Ecuaciones fulminantes

incógnitas dóciles

evalúe sus límites

resolviendo el siguiente problema:

    lim x1/x

    x -> ∞

 

Respuesta: e0 = 1

 

FANTASÍA PARA UN ENGRANE CORPORAL

>_

>_

>_

machina rocola rocambole musicale de parejas imperfectas acoplando cada track sin flirteo solo parpadeo >_ y sí y no y luego la pax pax pax del sexo de Alicia anormal >_ es normal dispositivo laico de naturaleza machina >_ para adulterar pájaros remedios de Varo nocturno de castillos lunas poema irracional aguaceros maíz negro >_ machina que fotografía pasado futuro presente pastilla la ansiedad en blanco reciclable performática versos más in >_ machina alcohólica bucólica botella invisible tragos largos sol azteca rocas gigantes de frappé >_ machina estrellas enanas blancas de fracaso desvelado sinfonice tv >_ el ritmo del mundo machina sería bonito radiarse las 24 horas al día por las redes >_ machina de bestias insertadas en libros sin leer

>_

>_

>_

 

DISEÑO POR COMITÉ

 

un proceso de diseño basado en el consenso

que toma decisiones en equipo con iteración excesiva

es más resistente al error

 

Diseñar el caos no es un trabajo fácil

evoca la perfección de las formas

la esfera se controla a sí misma

y no requiere de reglas húmedas

para crear sus nubes y tormentas argentinas

En cambio, una piedra triunfa sobre sí misma

establece sus propias leyes fragmentarias

para cada una de sus protuberancias

 

La superficie es el error de su volumen

y el volumen es una consecuencia nefasta

de su área quebradiza

A través de una longitud finita del tiempo

los dientes de las moléculas se afilan

y se nutren de la poca resistencia que ofrece el pasado

 

Cada corte imaginario, en la línea, ofrece

una contradicción entre lo que se ve :

lo oculto es una tragedia mayor

 

El horror de saber que toda superficie es un volumen

Neutro y Vacío nunca se llenan

 

Luego entonces, Dios es un coleccionista de rocas

un amante de las superficies vivas

 

LA FORMA SIGUE A LA FUNCIÓN O LA FUNCIÓN A LA FORMA

 

la belleza de un diseño

depende

resulta

de la pureza para ejecutar sus funciones

 

La panorámica horizontal es continua a pesar de lo oscuro

no existe un observador acomplejado con el tono del mediodía

 

Un cuchillo afilado, un sable de Dios, una rama seca, una piedra perfecta

son las armas para profundizar en las estructuras

como un virus devorando diamantes

ya no purificas rocas, ni elementos químicos extraños

 

La gravedad es invisible pero sus formas accidentan

los defectos de tu cuerpo y las grietas que tu espíritu adolece

 

Persigues la función como una gota sin destino

en tierra seca atrapada en el detalle de un polvo cobrizo

o por el viento que desvanece las nubes

y las arrastra donde ocurre el trueno

 

La forma parece descansar en cualquier microbio submarino

atrapado bajo capas sordas de agua salada,

de grises espesos, algas y toneladas de oscuridad

 

Eres como aquel diamante que experimenta una presión negativa

que hace brillar su espacio dentro de una piedra

 

La formación de tu roca tiene un crecimiento orgánico

como los tumores o los cánceres

que circulan en la sangre

o como la formación de imágenes

con pixeles dañados dentro de tus párpados

 

Cualquier detalle es apto para hacer vibrar la cosa

purificarla y encontrar la travesura, sus accidentes,

su mínima probabilidad de aparición como ángel caído

en el dominio del lenguaje por las bestias

 

Si la belleza es un cuerpo enyesado no sucede aquí

en este texto

en estos lugares comunes

en este parpadear de palabras juntas


Autores
Querétaro, 1977. Cursó el Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha publicado poesía, cuento y dramaturgia en diferentes revistas literarias. Es organizador de lecturas de Poesía Open Mic en Querétaro.
Alrededor de veinte familias viven en la villa. Fotografía por Flor Cervantes.

La nueva vida de los jóvenes haitianos en la frontera

1.
como si la tierra dijera:
ya no puedo contigo

 

En 2010 la tierra se opuso a la humanidad de Haití. La tarde del 12 de enero, en Puerto Príncipe, las capas tectónicas del norte ejercieron presión sobre las del sur y las del sur respondieron moviéndose al lado contrario. Sus salientes rocosos chocaron entre sí para provocar un temblor de 7,0 grados. En la carretera nacieron grietas hasta de diez metros de profundidad. Parecía que de sus entrañas se escapaba un grito de reproche.

Los automóviles estacionados se zarandearon, las casas se colapsaron de un momento a otro y el rostro de la ciudad empezó a desfigurarse, como se desfiguraron los de los pobladores al descubrir que sus patrimonios, construidos durante una vida, se habían convertido en escombro, y algunos de sus familiares habían sido tragados por una mano de polvo.

Mientras luchaban por caminar sin pisar a los muertos, por entender qué sucedía y hallar refugio, las réplicas no se hicieron esperar: seis replicas castigaron la isla durante las dos horas que siguieron al primer temblor, y hubo otro más de 5.9 al día siguiente mientras los heridos y los muertos eran llevados a los pocos hospitales que funcionaban.

Para los cristianos el sismo era la mano inclemente de Dios: los aleccionaba por haber pedido ayuda al vudú para abolir la esclavitud en 1801. Para los ancianos de la magia negra, era un castigo de los dioses oscuros por encomendarse a Dios después de haber sido liberados de Francia. Durante el sismo, Haití era el país más pobre del continente americano. El 55% de los haitianos vivía con menos de 1.25 Dólares al día. En ese momento, sin embargo, la tierra parecía gritar: “ya no puedo contigo”.

Imagen de Port-au-Princ, Haití tomada en Enero. 15, 2010 después de un terremoto de magnitud 7 que azotó la ciudad el 12 de enero. Fotografía por James L. Harper Jr.

Imagen de Port-au-Princ, Haití tomada en Enero. 15, 2010 después de un terremoto de magnitud 7 que azotó la ciudad el 12 de enero.
Fotografía por James L. Harper Jr.

 

Los jóvenes fueron en su mayoría los sobrevivientes del terremoto. Se habían quedado sin escuela, sin hogar y algunos sin familia. En medio de un país partido sus posibilidades de crecimiento estaban en Francia o en los países sudamericanos. La Federación Internacional de Futbol (FIFA) anunció en 2011 que el mundial sería en Brasil y la noticia se convirtió en un llamado de apoyo para los haitianos. Los más de trece mil millones de dólares invertidos en la construcción de estadios y en la rehabilitación de calles produjeron una alta tasa de trabajos temporales para los brasileños y extranjeros. Se estipulaba que además de estos, había alrededor de trescientos ochenta mil plazas laborales en bares, hoteles y el sector turístico. Muchos jóvenes haitianos viajaron a conseguirlos. Una vez instalados y tras haber pasado el mundial, algunos retomaron sus estudios y empezaron una familia allá. Otros optaron por irse a Chile o Venezuela.

Al poco tiempo la falta de empleo, los salarios bajos, la xenofobia y las políticas de un Estado fallido los obligaron a mirar al norte. La administración de Barack Obama llegaba a su fin. Entre la comunidad se rumoraba que en Estados Unidos habría la oportunidad de conseguir una visa humanitaria. Un gran número de ellos optó por viajar antes de las elecciones y la entrada de un nuevo mandatario. Con sus ahorros de dos o tres años, préstamos de familiares o el banco, los jóvenes iniciaron su éxodo por Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y México. Ninguno imaginó que las políticas migratorias cambiarían y que su verdadero destino sería Tijuana.

Haitianos caminan junto a escombros. 17 de enero del 2010, en Port-au-Prince, Haití después de un terremoto de magnitud 7 que azotó la ciudad el 12 de enero de 2010.  Fotografía por James L. Harper Jr.

Haitianos caminan junto a escombros. 17 de enero del 2010, en Port-au-Prince, Haití después de un terremoto de magnitud 7 que azotó la ciudad el 12 de enero de 2010.
Fotografía por James L. Harper Jr.

 

En los últimos meses de 2016 llegaron a Baja California alrededor de veinte mil haitianos. Se les veía caminando en las calles cerca del canal o vendiendo dulces en las garitas de San Ysidro y Otay. Los primeros en auxiliarlos fueron los miembros del desayunador salesiano Padre Chava, lugar que se halla junto a la carretera Internacional, El Bordo y la línea divisoria de lámina que separa el canal de Tijuana con San Diego. Como el refugio no contaba con espacio suficiente, los haitianos levantaron casas de campaña (los que contaban con dinero) o tendieron cartones y cobijas en la calle, para poder descansar luego de un viaje de semanas, si habían tenido suerte, o meses.

Hoy, en la rutina diaria de la ciudad, es común ver a jóvenes de color trabajando como despachadores en el mercado Hidalgo, en autolavados, en la construcción, en gasolineras, en restaurantes o en las líneas de producción de las maquiladoras. Algunos han hecho examen de admisión en universidades públicas y privadas de Tijuana y han logrado retomar sus estudios. De los veinte mil, las estadísticas del Colegio de la Frontera (Colef) indican que tres mil siguen aquí y cinco mil están repartidos en todo el estado. Parte de la suma faltante cruzó a Estados Unidos, algunos lograron quedarse, pero no se sabe la cifra exacta, otros fueron deportados a Haití y algunos se encuentran en otras ciudades de México.

Port-au-Prince, Haiti, campamento de damnificados.  Fotografía por Fred W. Baker III.

Port-au-Prince, Haiti, campamento de damnificados. Fotografía por Fred W. Baker III.

 

 

2.
la voz de los viajeros

 

Pascal Ustin Dubuisson tiene veinticinco años y es escritor. Llegó el 8 de diciembre de 2016 a Tijuana. En su viaje cruzó la frontera más peligrosa del mundo, llamada Darién Gap, y escribió un pequeño libro sobre ello. Lo escribió en francés recién llegó y lo publicó dos años después en español. Se llama Sobrevivientes, Ciudadanos del mundo. Lo ha presentado en Ensenada y Rosarito, y lo han invitado a la Ciudad de México para hablar con universitarios. Es la primera novela de non-fiction sobre la travesía migrante haitiana por Centroamérica. Incluso puede leerse como un manual para sobrevivir las seis fronteras que deben atravesar los viajeros para llegar a México. También es una historia sobre los amigos que se van perdiendo en el camino.

—Aquí en Tijuana —me dice Ustin—, si tú callas es porque quieres. Las oportunidades no faltan.

De los cinco jóvenes que entrevisté, él es de los pocos que hablan español fluido. Lo relaciona con el portugués que aprendió en Brasil, país al que migró a sus veinte años, después del terremoto. Su primera lengua es y será siempre el creole, la hablada en Puerto Príncipe y en toda la zona del Caribe por los migrantes haitianos. Aunque Ustin escucha hip hop francés, no le gusta decir que es su lengua madre.

—El criollo es mi orgullo, mi sangre, con él derrocamos la esclavitud. Soy escritor se dice mwen se yon ekriven, soy viajero, se dice mwen se yon vwayajè.

Mientras Ustin fuma recuerdo el lema de los tijuanenses: en este territorio de tierra cortado por el mar, ‘aquí empieza la patria’. Le pido que me lo diga en creole.

Se la patri a kòmanse; el creole es una lengua combativa, de convicción, de guerrero —añade.

—¿Has sentido rechazo o discriminación en Tijuana? —le pregunto.

—No, rechazo no, porque a mí nadie me rechaza. Soy fuerte. Discriminación, sí. A mí nadie me puede rechazar porque soy rudo. Me dices algo en contra, te diré lo que tú tienes que escuchar. Discriminación he sufrido, desde miradas y actitudes. Pero nosotros somos más fuertes que eso. Jamás nos vamos a dejar llevar por miedo o desconocimiento de la gente. La gente no entiende que todos somos iguales, tenemos alma, sangre.

Pascal Ustin Dubuisson escribió Sobrevivientes, ciudadanos del mundo. Fotografía de Flor Cervantes.

Pascal Ustin Dubuisson escribió Sobrevivientes, ciudadanos del mundo.
Fotografía de Flor Cervantes.

A Ustin lo conocí en la entrada de Espacio Migrante, una organización civil sin fines de lucro que formaron en 2012 jóvenes estudiantes. Su misión es la protección de los derechos de los migrantes, su empoderamiento a través de la información y la cultura, así como sensibilizar a la comunidad con el tema de la migración. Paulina Olvera, su directora, me explica que poco a poco los mismos haitianos con y sin profesión se han integrado como parte del equipo y ellos mismo han ayudado a que los centroamericanos se integren.

Espacio Migrante se encuentra en la avenida Negrete, la cual es paralela a la mítica avenida Revolución. Aunque una estación de policía municipal se encuentra cerca, desde hace años esa zona había sido de conflicto y solía estar tapizada de basura. Ahora está siendo apropiada por haitianos: levantan una barbería y un restaurante de comida popular de su país.Ustin supervisa la rehabilitación de Espacio Migrante diariamente. Fotografía por Flor Cervantes.

Aunque ya había buscado información sobre Ustin en internet, la cual lo menciona como el primer escritor joven haitiano en la ciudad, aprovecho para sacarle plática mientras fuma. Me cuenta que es escritor y activista. Para romper el hielo, le pregunto que si en verdad tiene 24 años. Una vez que me responde, añado que se ve más grande que yo.

—¿Pues tú cuántos tienes?

—34.

—Me ganas con diez, pero he visto muchas cosas —se ríe enseñando sus dientes blancos y suelta el humo de su cigarro—. ¿Quieres mi libro?

—¡Claro!, me gusta comprar los libros de mis colegas escritores, más si son de Tijuana o viven aquí.

—Te lo vendo a trescientos pesos.

—Ah caray —le respondo en tono de broma—,está muy caro, ¿no?

—La gente no sabe lo que vale el arte, lo que vale el alma de uno, por eso les parece caro. Pero si tú eres escritor, sabes que uno no vive de esto. Yo no vivo de la venta de mis libros. Aunque me gusta escribir.

—Ya somos dos. Por eso vengo a entrevistarte. Pero aparta un libro para mí, te lo voy a comprar.

Ustin supervisa la rehabilitación de Espacio Migrante diariamente. Fotografía por Flor Cervantes.

Ustin supervisa la rehabilitación de Espacio Migrante diariamente. Fotografía por Flor Cervantes.

Las actividades de Ustin en Espacio Migrante son integrar a los haitianos recién llegados a la comunidad tijuanense. Imparte clases de creole a mexicanos, estudia en el Centro Universitario de Tijuana (CUT) y junto a gente de Baja California y paisanos suyos ayuda a restablecer el recinto. Este 2019 se mudaron a la avenida Negrete para ofrecer, además de las clases, un amplio albergue en el corazón de la ciudad. Algunas veces colabora con los albañiles a poner el piso de la segunda planta, levanta los muros que dividirán las aulas o simplemente espera en la entrada, como un faro encendido frente al océano, la llegada de nuevos migrantes desorientados, para ofrecerles cobijo. Mientras camina en las calles de Tijuana, escucha con los audífonos de su celular a The Migos o Drake, y escribe las ideas que se le vienen a la mente.

—De México solo conocía el mariachi —me dice—, pero a mí me gusta el hip hop.

Durante la noche tijuanense, si te detienes en alguna de las calles que se conectan con la avenida Revolución, te encuentras a chicos de tez negra, de gorra, pantalón ajustado y playera de manga corta. Disfrutan la vida social de la ciudad y se funden con la noche, con los otros jóvenes de Tijuana o San Diego.

—¿Y ya tienes novia?

—Sí, se llama Jessica y tenemos un hijo pequeño —me dice.

—Tú no pierdes el tiempo, ¿verdad? Llegaste con ganas de dar amor.

—Mi hijo es el primer haitijuano  —se ríe.

En la dedicatoria de su libro, se lee: “para André Pascal Dubuisson Rodelo”.

Su esposa se llama Jessica, estudió comunicación. Los tres viven en Rosarito, un municipio frente al mar, cuyo desarrollo es turístico e inmobiliario, quienes más compran terrenos o casas son norteamericanos.

En una de las amplias habitaciones habrá dormitorios para migrantes, el cual ya cuenta con las bases de algunas camas dobles. Fotografía por Flor Cervantes.

En una de las amplias habitaciones habrá dormitorios para migrantes, el cual ya cuenta con las bases de algunas camas dobles. Fotografía por Flor Cervantes.

Por mera curiosidad, porque así somos los escritores con los colegas, le pregunto qué editorial publicó su libro. Me dice el nombre y me explica que lo vende a trescientos pesos porque el tiraje de mil le costó ciento veinte mil.

—Pero ya vendí quinientos —precisa.

—¡Wow! —respondo asombrado, ocultando mi desconcierto por el costo exagerado, y prefiero agregar:— has vendido más libros que los que venden amigos míos.

—Es que trabajo mucho y lo enseño.

En Tijuana existen imprentas que se hacen pasar por editoriales. Venden sus servicios de diseño editorial a costos altos, orientados a académicos que buscan publicar sus investigaciones de posgrado para engrosar su currículum, o a señoras que intentan dejarle alguna herencia escrita a sus nietos en forma de libro, o a escritores en ciernes que ahorraron durante años para publicar por fin. Aunque algunos libros, como el de Ustin, son un registro o investigación importante sobre un acontecimiento, las ediciones no son fáciles de leer.

Abro el ejemplar. Descubro que el papel de la portada es una opalina endeble y que las tintas de la ilustración están decoloradas. Leo que el ISBN está en trámite y noto que no cuenta con el detallado del tiraje, las tipografías y el tipo de papel. La suma de un robo desleal hacia un sector vulnerable, que busca dejar un testimonio fiel de una cruel travesía por el Darién Gap y cómo lograron llegar a Tijuana.

—¿Por qué escribiste este libro? —le pregunto.

—Soy escritor desde hace tiempo, está en mi sangre, quiero que mi voz sea la de los que no pueden hablar. Los migrantes tenemos el mismo apellido: viajero. No importa del país que seas. Viajamos por las mismas razones. Merecemos la misma oportunidad. Buscamos una vida digna. Por eso escribí mi libro.

 

 

3.
la otra frontera salvaje

 

En el imaginario colectivo del mexicano existen dos muros de la discordia. El que desune la frontera norte con Estados Unidos y se alimenta de la xenofobia de Trump, y el que divide la frontera sur de Guatemala. Este último muro está ubicado en Tapachula, Chiapas, y es popular por la película La vida precoz y breve de Sabina Rivas (2012), basada en la novela de Ramírez Heredia, La Mara (2004). Pero existe otra frontera más cruel, se llama Darién Gap y separa a Colombia de Panamá. Es la cuarteadura silvestre del proyecto total de la carretera Panamericana, planeada en 1950 entre los países geográficamente cercanos para unir sus fronteras desde Alaska a Argentina. Pero desde hace sesenta años la naturaleza ha sido más poderosa que el progreso. Panameños y colombianos no se han puesto de acuerdo para abrir una brecha de asfalto en los ciento sesenta kilómetros de selva y ríos, y así vincular a los poblados de Yaviza y Turbo, ruta donde cubanos, yemenís y haitianos viajan con rumbo a Norteamérica para pedir ayuda humanitaria.

En el Darién Gap aparte de coyotes que ofrecen sus servicios a precios muy altos, traficantes de personas, grupos de la guerrilla, policías y militares corruptibles, está la fauna silvestre: jaguares, cobras, caimanes, macacos, insectos y reptiles venenosos, así como pantanos y ríos traicioneros. Ese camino lo cruzaron Ustin y veinte millares de haitianos más para llegar a Baja California. Aunque en nuestra plática el chico no detalla su travesía, en su libro documenta su paso por alrededor de ocho refugios: “Íbamos a cruzar una montaña que tardaríamos ocho horas en recorrer y que no se nos ocurriera tocar ni un árbol, ni una hierba porque podían ser muy peligrosas para nosotros, hasta mortales. Las plantas estaban llenas de espinas, no nos podíamos apoyar o recargar en ninguna”.

Portada de Sobrevivientes Ciudadanos del mundo.

Portada de Sobrevivientes Ciudadanos del mundo.

En las noches, mientras descansaban, no sabían si lo que se escuchaba cerca de ellos era un compañero, una cobra o un jaguar. En los refugios los soldados solo ofrecían arroz, fideos y sal. Para poder cocinar, ellos debían agarrar agua del río, donde se habían ahogado algunos de sus compañeros. En los mismos refugios existen vendedores controlados por el Servicio Nacional de Fronteras, que venden comida y agua en dólares que superan el presupuesto del viajero; guías que cobran de veinte a cuarenta dólares por persona para llevarlos de un refugio a otro, para después, a mitad del camino, asaltarlos. “El que no podía pagarles —narra Ustin—, daba sus tenis o lo que pudiera… hubo mujeres que tuvieron sexo con ellos y con los militares. Ellas solo querían llegar a Estados Unidos”.

En sus viaje aprendieron a esconder el dinero en desodorantes y la planta de los tenis. En los refugios, para no demorar su travesía, encontraban las maneras de falsificar el turno de salida que el Senafront les daba para regular el flujo migratorio, pues solían retrasarlos hasta semanas si no pagaban por su salida. También aprendieron a viajar en grupo, se echaban a los hombros a los niños y ayudaban a las mujeres embarazadas a caminar al mismo ritmo, y dejaban objetos visibles a su paso, como prendas, para esparcir rastros que los previnieran de no caminar en círculos en la selva o para advertir a los demorados cuál era el sendero correcto.

—En tu viaje, ¿a qué le tuviste más miedo, Ustin?.

—A la muerte —me dice—, pero mejor pienso en la vida y las nuevas oportunidades. Lo que he vivido me ha enseñado atajos para llegar más rápido a lo que deseo.

—¿Cómo te sientes viviendo en Tijuana?.

—Bien, me gusta la ciudad.

—¿Y deseas quedarte a vivir aquí.

—Estoy aquí, estoy feliz por el momento. Quiero servir a este país como él me ayudó a mí. México es como mi segunda madre.

 

Aquí puedes leer la segunda parte.


Autores
Es tijuanense por adopción. Es considerado uno de los veinte escritores jóvenes más representativos de América Latina, por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Ilustrador
Flor Cervantes
Flor Cervantes nació en Zacatecas. Desde 1995 reside en Tijuana. Estudió Comunicación en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Es actriz, corredora de largas distancias, capturista de instantes con su iPhone, fan de Friends y Game of Thrones. Tuitea como @florcervantes.
Detalle. Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).

Partamos a la oruga por la mitad,
reventemos su vientre
y salgamos expulsados y chorreantes,
nosotros los minicerdos,
cubiertos por la baba de vísceras insectas.

Cojamos entre todos
en las más espesas aguas negras.

Ensalivémonos,
escupámonos
y penetrémonos al mismo tiempo:
The Human Sex Centipede.  

Pero que nadie
diga
en voz alta
lo que todos ya sabemos.


Autores
(Nezahualcóyotl, 1993) estudió Ciencias de la comunicación. Ha colaborado en revistas como A buen puerto, Palabrerías y Prólogo MX, entre otras, y es columnista para la revista Clarimonda.
Salman Rushdie, por Bhupen Khakhar

 

El pasado 14 de febrero se cumplieron 30 años de la fatwa con la que el ayatola Jomeini condenó a muerte al escritor Salman Rushdie. En este brillante ensayo de largo aliento, Juan Carlos Franco hace una revisión puntual del impacto que supuso el acontecimiento y señala las lecciones que trae al presente.


 

 

1

Salman Rushdie despertó temprano. Ian McEwan lo escuchó bajar a la cocina entre el silencio de la madrugada. Nunca había sentido miedo en esa casa de campo en los Cotswolds, muy cerca de Stratford-upon-Avon, el lugar de nacimiento de Shakespeare, pero esa noche le había costado conciliar el sueño. No se podía imaginar lo que estaba pasando por la mente de su amigo. Quizá Salman repasaba la trama de su propia novela, Los versos satánicos, publicada en 1988, o rumiaba el peso de los 1.5 millones de dólares en que se valuaba su cabeza. Quizás sólo pensaba en la muerte.

«Los primeros meses fueron los peores», escribió McEwan. «Nadie sabía nada. ¿Había ya  agentes iraníes, asesinos profesionales, en el Reino Unido cuando la fatwa fue proclamada? ¿Podría un “freelancer”, agitado por la denuncia en una mezquita, ser un asesino efectivo? La agitación de los medios era tan intensa que era difícil pensar con claridad. Las turbas eran aterradoras. Quemaban libros en las calles, aullaban pidiendo sangre fuera del parlamento».1

Ambos eran colegas y grandes amigos desde hacía años, antes incluso de formar parte de la lista de los mejores novelistas británicos jóvenes de la revista Granta en 1983, que codificaría el panorama literario del Reino Unido: además de Rushdie y McEwan, aparecen en la lista Martin Amis, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro y Graham Swift, entre otros. Esa madrugada de 1988 en medio de la prototípica campiña inglesa, todos se perfilaban para ser los escritores más importantes de su país.

Rushdie, en ese momento de cuarenta y un años, en adelante habría de pasar la noche en las casas de muchos de sus amigos, incluidos Hanif Kureishi, Harold Pinter y el propio Amis, así como en la granja de su exagente Deborah Rogers. Pero esa mañana, una de las primeras, empezaba apenas a entender la dimensión de lo que ocurría. «Estábamos parados en la barra de la cocina», recordaría McEwan tiempo después para el New Yorker 2, «escuchando las noticias de las 8 en la BBC. Estaba parado junto a mí y él era la nota principal en las noticias. Hezbollah se había puesto sagaz y respaldaba el llamado a matarlo». Eran los primeros días de una operación política que habría de poner al mundo islámico, y a buena parte de Occidente, en su contra. Todo mientras, sin parar, se oían tantas y tantas voces gritando fatwa, blasfemia, Satan Rushdie, viva Irán, una fatwa nunca muere, Allāhu akbar, Rushdie is dead.

 

2

La historia de la fatwa es la historia de un hombre a punto de morir. Hoy sabemos que Rushdie, el narrador indobritánico que escribió Los versos satánicos —conmocionando con ello el mundo islámico y a una parte del occidental— nunca estuvo realmente cerca de morir. A pesar de la sentencia de muerte y la recompensa que se ofreció por su cabeza, las amenazas fueron más mediáticas y políticas que tangibles, aunque para Rushdie el miedo se volvió palpable por casi nueve años. Los planes para asesinarlo —algunos de ellos incluían sicarios británicos pagados por el gobierno iraní— nunca progresaron. El hombre a punto de morir era precisamente quien estaba detrás de los recursos políticos para hacer cumplir la fatwa que él mismo había emitido.

 

 

No es una coincidencia que Ruhollah Jomeini, considerado Marja’-e-Taqlid o Gran Ayatolá, fuera también el Líder Supremo de Irán, el hombre más poderoso de su país y una autoridad religiosa famosa por su conservadurismo. En otras palabras, un dictador revestido con el poder de la tradición más ortodoxa de la ley islámica. Para 1988 su gobierno se estaba viniendo abajo y su salud empeoraba visiblemente. Su muerte llegaría en junio de 1989, casi diez años después de haber consolidado el poder a través de la Revolución Iraní. Tan solo unos meses antes, con la fatwa, había declarado el deber de todo creyente de Allah, ciudadano de Irán o no, de matar a Salman Rushdie, autor blasfemo.

Hasta 1978, Irán era un país en vías de desarrollo muy cercano a Occidente, la más importante puerta de encuentro comercial entre Medio Oriente y el resto del mundo. El gobierno de Mohammad Reza Pahlaví, el último Shah, había emprendido desde su coronación en 1941 una campaña de modernización del país sorprendentemente similar a la llevada a cabo en México y otros países latinoamericanos, y que se instituyó en 1963 como la Revolución Blanca, llamada así por la notable ausencia de sangre. En las fotografías de la época se puede observar una cultura rica, mezcla entre la tradición de Oriente Medio y la cultura occidental: la gente viste de colores vivos, la moda está a medio camino entre disco y a-go-go, y en el fondo se pueden ver grandes edificios como el Sheraton y anuncios de Pepsi y Kentucky Fried Chicken.

 

 

A pesar de los grandes avances, como la expansión de las redes de transporte, las reformas de la tierra y el mejoramiento considerable en los índices de salud y educación, para finales de los setenta la falta de reformas democráticas, la corrupción de las nuevas élites terratenientes y el poder antagónico del clero trajo consigo la Revolución. La razón principal del antagonismo de la oposición era la secularización del gobierno.

Es ahí donde entra al cuento el ayatola Jomeini, líder de la revolución que buscaba deshacerse de los lazos seculares y occidentalizantes del gobierno del Shah e instaurar una teocracia que siguiera los preceptos del Islam. Los principales combatientes eran las organizaciones islámicas, los simpatizantes de izquierda y los estudiantes, que fueron los principales orquestadores de la crisis de rehenes de la embajada de Estados Unidos en Teherán, que duró 444 días y se convirtió en la más larga de la historia. El ayatola se convirtió en 1979 en el líder supremo, él mismo un faquih o experto en la Sharia, el modo de vida, socialización y política que se deriva de la religión musulmana.

Diez años después, sin embargo, la deslegitimación de su gobierno era palpable. La guerra Irak-Irán, los problemas con Arabia Saudita, la islamización de todos los aspectos de la vida —el código de vestimenta, los programas universitarios, la censura de los productos culturales occidentales, particularmente estadounidenses—, pero sobre todo la supresión de la oposición política (que incluyó el asesinato de miles de detractores) y de las religiones y etnias minoritarias habían causado una enorme insatisfacción.

Es en este contexto que Jomeini lanzó la fatwa en contra de Los versos satánicos y su autor, pidiendo la muerte de un ciudadano de otro país a manos de cualquier fiel del Islam. Los nueve años que Rushdie pasó protegido por el MI6, el servicio secreto británico, comenzaron con un dictador al borde de la muerte mirando cómo su autoridad sobre Irán se desvanecía como su propia vida mientras se preguntaba qué podía hacer para restituir su poder.

 

3

El 14 de febrero de 1989 se escuchó en la radio iraní una sentencia de muerte. El discurso, en voz del Ayatola, empezaba con el verso del Corán «Venimos de Alá y a Alá regresaremos», que se recita cuando alguien ha experimentado una tragedia, en particular la muerte, o cuando alguien está frente a un riesgo grave. «Le informo a todos los valientes musulmanes que el autor de Los versos satánicos, un texto escrito, editado y publicado contra el Islam, el Profeta del Islam y el Corán, así como todos los editores y editoriales que participaron de él, están condenados a muerte». La voz de Jomeini exhortaba a todos los musulmanes «a matarlos sin demora» y que «cualquiera que tenga acceso al autor del libro pero sea incapaz de llevar a cabo la acción, debe informar a la gente para que sea castigado por sus actos».

Sin argumentos legales, sin mencionar qué en específico tornaba el libro en contra del Islam y sin mayor preámbulo, una recompensa de 1.5 millones de dólares pesaba sobre la vida de Salman Rushdie, suma que fue creciendo en esos años hasta llegar a los 2.8 millones de dólares. (En 2016, dieciocho años después de que la amenaza del Estado iraní se consideró olvidada, tres medios de comunicación oficiales aumentaron la recompensa, que nunca fue retirada, hasta alcanzar los 4 millones de dólares.)3

Una fatwa (según la RAE, fatua o, mejor, fetua) es un edicto legal-religioso no vinculante, la opinión que dicta no un Estado musulmán, sino una autoridad religiosa. No hay una forma de determinar quién es una autoridad verdadera en el Islam, por lo que a menudo las fatwas son pronunciadas con arbitrariedad. El hecho de que este edicto haya sido lanzado por la más grande autoridad iraní, que era también una importante autoridad religiosa (como lo requiere la naturaleza de la fatwa) volvía más creíble, y diplomáticamente enrevesado, el escenario. Su fatwa superó los límites de la mera predicación para volverse una cuestión de Estado y, más tarde, de política internacional.

Jomeini, escribió Rushdie en su autobiografía, Joseph Anton (Random House, 2012), narrada en tercera persona, «necesitaba una forma de congregar a sus fieles y la encontró en un libro y su autor. El libro era obra del demonio y el autor era el demonio y eso le dio el enemigo que necesitaba».

4

 

 

Incluso para un ateo como Rushdie, en el inicio fue la palabra del Mahoma. De 609 a 632 d.C., Mahoma les ofrecía a sus discípulos fragmentos revelados por el Arcángel Jibrīl (o Gabriel, el mismo de la tradición cristiana) de lo que habría de convertirse en al-Qurān. Según las crónicas, en alguna ocasión recitó una revelación que no provenía del arcángel, sino de Satán. Poco después reconoció su error y reculó, pero en algunos textos la anécdota y los versos quedaron registrados, aunque naturalmente fueron desconocidos en la versión final del Libro Sagrado. Ésta es la imagen genética de la novela de Rushdie, que sin embargo es muchas cosas más: la construcción de un universo mágico, el comentario sobre los dos mundos del autor (la India e Inglaterra), retrato del sensible e imaginativo del Profeta, eco del terrorismo mundial, mundo onírico, crítica sociocultural, fantasía burlesca, desenfadada y caricaturesca, texto siempre dueño de una prosa (y no hay palabra mejor) asombrosa.

«Los versos satánicos está destinado a convertirse en el libro más notable de Salman Rushdie», escribió Harold Bloom. «Después de releer Hijos de la medianoche y El último suspiro del Moro, me parece también que es su más grande logro estético».4

Para algunos musulmanes, polarizados por las autoridades iraníes y los parlamentarios islámicos en el Reino Unido, se trataba sólo una cosa: blasfemia. Aunque la blasfemia no está considerada dentro de la ley islámica (ni desde 2008 dentro de las leyes británicas, dicho sea de paso), ese fue el argumento principal que arguyeron los enemigos de Los versos satánicos, incluso frente al hecho de que la mayoría de los que protestaban no lo habían leído. «Pero a sus oponentes no les pareció extraño que un escritor serio pasara una décima parte de su vida creando algo tan vulgar como un insulto», escribió Rushdie .5

«Eso se debía a que se negaban a verlo como un escritor serio. Para atacarlo a él y su trabajo, era necesario pintarlo como una mala persona, como un apóstata traidor, un inescrupuloso amante de la fama y la fortuna, un oportunista cuya obra no tenía mérito alguno».

La novela incluye referencias a las figuras sagradas del Islam junto a prostitutas que llevan el nombre de las esposas del Profeta; Alá es descrito como «Destructor del Hombre», Mahoma es llamado Mahound (un nombre usado por los cristianos para denigrarlo), así como «conjurador», «mago» y «falso profeta»; los acompañantes y discípulos del Mahoma son llamados «vagabundos persas» y «payasos». Casi todo esto sucede en el sueño de uno de los personajes. El libro también critica al Islam por contener demasiadas enseñanzas y tratar de controlar todos los aspectos de la vida.

Christopher Hitchens, uno de los ensayistas más lúcidos de su generación, férreo opositor de la religión en general y, en sus últimos años, del Islam en particular (hasta el punto de defender con vehemencia la guerra de Irak para eliminar la amenaza fundamentalista a la libertad occidental), fue quizás el mayor defensor de Rushdie en los Estados Unidos. Su argumento llevado a sus últimas consecuencias siempre fue el mismo: Los versos satánicos no es un libro blasfemo porque no está atentando contra el Islam ni ninguna de sus figuras, pero incluso si lo hiciera, Rushdie estaría en todo su derecho.

Uno puede insultar a quien sea por el motivo que sea: de eso se trata la libertad de expresión, en particular frente a lo que Hitchens describía como la avasallante importancia concedida a la verdad revelada a los seguidores de una religión, que nunca se comparará con la verdad a la que se accede por la razón. Sin excepción, en sus alegatos en televisión o en papel se hacía presente la frase «tradición ilustrada».6

Edición de Los versos satánicos traducida al persa, de circulación ilegal en Irán.

Edición de Los versos satánicos traducida al persa, de circulación ilegal en Irán. Wikimedia Commons.

 

 

5

Antes de la declaración de la fatwa, Los versos satánicos fue prohibido en India, el país de nacimiento de su autor. La literatura de Rushdie siempre ha estado ligada a este origen. Su éxito más grande, Hijos de la medianoche, ganadora del premio Booker en 1981 y el Booker de Bookers en los 25 y 40 aniversarios del premio, en 1993 y 2008, ya había elaborado desde la ficción la relación tensional entre indios musulmanes e indios hindús, el conflicto que llevó a la partición India-Pakistán después de la independencia en 1947 y que significó el desplazamiento de más de 14 millones de personas, una crisis de refugiados que generó una violencia constante y una hostilidad que domina las relaciones entre los dos países hasta el día de hoy. Ya este libro había causado algunas molestias, pero no fue sino hasta la publicación de Los versos satánicos que Rushdie fue visto como persona non grata y vetado para visitar al país.

La novela conmocionó a los musulmanes de la India (sea porque lo habían leído, porque se habían encontrado con fragmentos descontextualizados o porque el Imam los había convencido de ello en la predicación), pero el veto indio también tuvo orígenes políticos. Ese año las elecciones generales para elegir la novena Lok Sabha (la casa del pueblo), la cámara baja de la India estaban cerca. La estrategia de V.P. Singh, que resultó ganador, fue la de unir las ramas más variadas del espectro político indio y los votantes musulmanes representaban una parcela importante del botín. Muchos candidatos vieron una oportunidad significativa y decidieron aprovecharla. El veto a las importaciones del libro quedaría sellado en octubre de 1988, marcando también la prohibición para editarlo dentro del país. Antes de que acabara el año el libro también fue prohibido en Bangladesh, Sudán, Sudáfrica y Sri Lanka. El veto en India sigue vigente hasta hoy.

 

6

En los nueve años que duró la fatwa, Salman Rushdie estuvo escondido, protegido por la policía y los servicios secretos de los países que visitó, a merced de la voluntad de las aerolíneas y las instituciones para aceptarlo en sus instalaciones. «¿Era posible estar —volverse bueno estando— no desarraigado, sino múltiplemente arraigado?», se pregunta Rushdie en su diario de la época.7

«¿No sufrir una falta de raíces sino beneficiarse del exceso de ellas?». Y eso es precisamente lo que pasó: en varias casas, departamentos, cabañas, granjas y palacetes, casi todos propiedad de sus amigos, Rushdie logró encontrar, en medio del miedo, momentos de tranquilidad suficientes para volver a escribir. En los nueve años de la fatwa, escribió dos novelas, un libro para niños, un volumen de cuentos y otro de ensayos y crítica. ¿Cómo puede alguien escribir tanto (y tan bien) con la muerte pisándole los talones? «Tus amigos se van a cerrar en torno a ti como un círculo de hierro», le dijo Bill Buford a Rushdie, «y dentro de ese ámbito vas a poder seguir con tu vida». Ese círculo de hierro significó la posibilidad de seguir escribiendo.

Desde 1989, en que una lectura pública de Los versos satánicos se llevó a cabo con la participación de Susan Sontag, Norman Mailer, Joan Didion, Don DeLillo, entre muchos otros, el apoyo de un número impresionante de figuras públicas, amigos o no del autor, mantuvieron el caso en el ojo público, haciendo que la discusión regresara a los argumentos principales: la indiferencia de los gobiernos, la calidad literaria de la obra, el humor como elemento relevante en la novela (y, en general, en cualquier discusión sobre blasfemia), y ante todo, siempre, la importancia de la libertad de expresión como base de toda comunicación literaria.

No todos estaban de su lado. Yusuf Islam, el cantante antes llamado Cat Stevens, fue un franco defensor de la fatwa. «¿Sabía que se quemaría una efigie del autor?», le preguntó un presentador de televisión, refiriéndose a los disturbios del Parliament Square en Londres. «Hubiera esperado que fuera al verdadero». Como él, numerosos políticos, intelectuales y clérigos de todas las religiones —John LeCarré, John Berger, Roald Dahl, el Arzobispo de Canterbury, entre muchos otros— se sumaban a la idea de que Rushdie era un escritor arrogante y sacrílego que sólo buscaba engrandecerse a causa de una religión de millones de fieles.

https://www.youtube.com/watch?v=mYnWtPytvhI

En el Reino Unido, la mayoría de los ciudadanos musulmanes jóvenes eran activistas de izquierda. A pesar de ello, se unieron a las protestas contra la novela tanto por su desencanto con la política como por la necesidad de formar un sentido de pertenencia. Los políticos, por su parte, vieron en las protestas en varias ciudades británicas la necesidad de acercarse a una parcela de la ciudadanía que había sido tradicionalmente relegado.

En ello, no sólo los Tories, el partido conservador, sino los Laboristas, el partido de “izquierda”, se alinearon con las demandas y opiniones de los líderes musulmanes del país, la gran mayoría dirigentes religiosos que prácticamente nunca pondrían en duda la legitimidad de la fatwa y la certeza de la blasfemia cometida por Rushdie.

Los políticos le dieron voz (y legitimidad) a las visiones conservadoras de los líderes islámicos, planteando lo que en apariencia era un Islam verdadero, que en su fundamentalismo (la visión literalista y estricta de una religión, un concepto que surgió de hecho designando a ciertas ramas del Cristianismo) radicalizaba la concepción del Islam, tanto frente la opinión pública como en sus propios creyentes: los musulmanes seculares eran vistos como traidores, mientras que el Islam radical aparecía como el verdadero. En cierta manera, la fatwa (y la reacción de los políticos británicos a ella) sentó las bases de lo que habría de convertirse en una visión cultural opuesta, y más tarde una configuración geopolítica.

Algunos simplemente se mantuvieron al margen. Arthur Miller, uno de los ídolos de la generación de Rushdie por su confrontación activa al macartismo, nunca se opuso a la fatwa. Como él, decenas. Frente a la valentía de algunos, el miedo de otros.

 

7

¿Qué quiere decir que algo es ofensivo? Tiene que ver, probablemente, más con la forma en que algo hace sentir que, en general, con una serie de argumentos racionales. Es, en ese sentido, una respuesta íntima, aunque adquiera resonancias sociales, incluso globales. Lo ofensivo es aquello que causa dolor.

En medio, claramente, está el derecho a la libertad de expresión, el mayor debate en la época de la fatwa. Nosotros, humanistas hijos de la Ilustración, rápidamente podremos, como Hitchens y varios otros, argumentar sobre nuestro derecho a decir lo que se nos dé la gana, sean argumentos o insultos, en contra de quien sea, individuo, religión o nación. Pero hoy, en el mundo post-Rushdie, parece ser que no es nuestro derecho ofender al otro. Un cambio ha operado: la forma en que simbolizamos culturalmente la diversidad, la tolerancia y el multiculturalismo.

Este cambio tiene que ver directamente con la vía que ha tomado la izquierda (primero desde la academia y más tarde en el gobierno), que de manera simplista se ha llamado identity politics, pero también tiene que ver con lo que Ole Jacob Madsen ha nombrado el «giro terapéutico»: la eminencia del pensamiento psicológico en la cultura popular del siglo XXI y sus repercusiones en la vida política y social; en otras palabras, el lugar del bienestar psicológico o la ausencia de dolor (o neurosis) del individuo en la toma de decisiones en todos los niveles.

Si Los versos satánicos fue condenada de una manera tan radical, responde a las circunstancias tensionales de la propia cultura de Oriente Medio con Occidente, que incluía racismo, prejuicios religiosos y en general una desvalorización de lo relacionado con el Islam como bárbaro, violento y pre-moderno. La controversia fue, de alguna manera, la confrontación de un «dolor cultural» contra el valor de la libertad de expresión, y este dolor fue categorizado casi en todo momento como «blasfemia».

Prácticamente todos los juicios por la libertad de expresión han empezado, desde Sócrates, con la pregunta sobre qué es y qué no es una blasfemia, y la respuesta nunca ha sido meramente racional, incluso al contrario: la falta de argumentos en la fatwa y sus defensores, llevó a la objeción racional (y documentado en la tradición) de un número enorme de especialistas, muchos de ellos mufassir (comentarista del Corán) o mufti (erudito de la ley islámica), además del rechazo de la mayoría de la comunidad musulmana a nivel internacional. Mirando hacia atrás, la controversia por Los versos satánicos, entonces, tiene que ver más con un problema cultural radicalizado por los sentimientos de unos cuántos.

¿Dónde se dibuja el límite de lo que se puede decir? Los últimos años parecen dictar que en los tribunales. Las leyes anti-blasfemia han tenido avances significativos en la Europa de los últimos años: aunque muchos países las han revocado, alrededor de 20 por ciento de los países europeos criminalizan formalmente la blasfemia o el insulto religioso. (En Latinoamérica, sólo Brasil penaliza estas expresiones.)

Si estamos dispuestos a aceptar, como hacen muchos comentaristas, lo ilimitado de la libertad de expresión, las cosas se vuelven más delicadas cuando consideramos los ataques contra las mujeres, los homosexuales, las personas transgénero, las declaraciones en favor del fascismo o contra el Holocausto, y en general, contra cualquier raza o cultura históricamente segregada. ¿Qué se puede escribir? ¿Qué vale la pena defender? ¿Todo puede ser escrito o dicho? ¿Todo debe ser respetado en nombre de la libertad?

En un caso reciente (donde el acusado había llamado al Mahoma pedófilo por haberse casado con una niña de seis años), el Tribunal Europeo de Derechos Humanos reafirmó que la ley europea reconoce un derecho a que los sentimientos religiosos de cada uno no sean lastimados. El Estado investiga, persigue y censura los discursos que las personas y los grupos tienen con respecto a otras personas y grupos. El énfasis del análisis en Occidente, sin embargo, está puesto en el respeto a las diferencias culturales, cuando en realidad el problema es la amenaza de violencia: no se trata tanto de la preocupación por ofender al otro como del peligro inminente de morir a causa de ello.

 

Domingo, 05 de Octubre 2014.  En el marco del XV Aniversario de la Casa Refugio Citlaltepetl se realizo la conversacion con el escritor Salman Rushdie en la que participaron el Secretario de Cultura, Eduardo Vazquez Martin, la escritora Carmen Boullosa, y el Representante de Asuntos Internacionales del Gobierno del Distrito Federal, Ing. Cuauhtemoc Cardenas Solorzano, actividad realizada en el Museo de la Ciudad de Mexico. Foto: Abril Cabrera / Secretaria de Cultura

Salman Rushdie en el Museo de la Ciudad de Mexico. 5 de Octubre de 2014. Foto: Abril Cabrera / Secretaria de Cultura de la CDMX.

 

 

8

De todas las cosas que sucedieron en el histórico 1989 —la caída del Muro de Berlín, la Masacre de Tiananmen, Václav Havel, Hirohito, Angola, Chile—, la declaración de la fatwa ha ido teniendo cada vez mayor significado, sobre todo frente a la radicalización de ciertas alas fundamentalistas del Islam cuyo centro de gravedad es la yihad. La yihad ha sido reconocida a menudo como el sexto pilar del Islam. (Los Cinco Pilares son las obligaciones de los musulmanes, que incluyen la Shahāda o profesión de fe, Ṣalāt u oración, Zakat o la caridad basada en la riqueza acumulada, Sawmo el ayuno, y Hach, la visita a la Meca). Yihād, que significa esfuerzo o lucha, en el Corán tiene más que ver con la batalla interna contra el mal y la tarea continua de acercar a los no creyentes a la verdad del Islam. Los yihadistas toman esta noción y la vuelven un imperativo violento, siempre relacionado con el terrorismo.

A partir del cambio global que supone el atentado a las Torres Gemelas, la relación con Medio Oriente se ha vuelto una de casi completa oposición. Ese virtual antagonismo, patrocinado por algunas cabezas religiosas y algunos Estados de la región, fue prefigurado en la forma en que se condujeron las altas esferas islámicas, sobre todo en Irán y el Reino Unido, frente a la amenaza de muerte a Rushdie.

El discurso de lo musulmán frente a lo occidental que levanta la bandera de la violencia para pedir respeto y para reivindicar la identidad y dignidad del Islam, comenzó con esta fatwa y sus consecuencias políticas. Como dice Hitchens, no sólo era una señal de lo que estaba por venir, era la señal.

La existencia de Al Qaeda, que puede rastrearse desde la primera Guerra del Golfo, la radicalización de organizaciones como Hamás en Palestina, Hezbolá en Líbano y Boko Haram en Nigeria, pero sobre todo el surgimiento del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS, en inglés) por una serie de errores de política exterior estadounidense, están sustentados en la idea de que la dignidad del Islam es mayor que la del resto de las religiones (y la ausencia de ellas) y que el deber islámico es luchar contra esa falta de dignidad.

El caso Rushdie ya dejaba ver que el problema de la libertad de expresión es, en última instancia, el problema de la violencia terrorista. Si en la tradición occidental, y particularmente desde la Ilustración, la historia de esa libertad es la argumentación fundamentada en la razón (como en los juicios de todas las épocas), los extremistas islámicos la tienen hoy secuestrada. Su religión es la ventaja estratégica para el chantaje: o la muerte o el Islam.

Las represalias yihadistas tienen que ser tomadas en cuenta por adelantado antes de publicar o exhibir cualquier cosa. Hace cuatro años, el ataque a la revista satírica Charlie Hebdo, en el que murieron doce personas, fue el punto más alto de este asalto yihadista a la libertad occidental. Y la extrema derecha se está acercando peligrosamente a este terreno, como es indiscutible con las protestas de Charlottesville en Estados Unidos y las diversas amenazas de violencia alrededor del país, aunque se trate de una lucha en sentido contrario: la defensa de la libertad de expresión racista y supremacista, que es una defensa indistinguible de la violencia que ejerce. Ése es el clima en que vivimos hoy.

Pero entregarse a este chantaje es un despropósito si consideramos que la mayoría de los musulmanes (como, en todo caso, la mayoría de los estadounidenses), incluyendo casi la totalidad de los intelectuales y artistas, está en contra de las expresiones fundamentalistas y violentas. En eso radica lo verdaderamente ofensivo (o mejor, políticamente incorrecto): en considerar el respeto a una cultura, una religión o un país tomando como referencia su facción más antirracional, más violenta y menos representativa. Es ésa la gran lección de la fatwa a Salman Rushdie: hay valores con los que uno no puede negociar, aun cuando la amenaza sea tan desmesurada como la de la propia vida.

 

9

La autobiografía de Rushdie termina precisamente en el Nueva York del 11 de septiembre. Es el fin de un momento que sería definido por un importante reacomodo geopolítico, pero también, lo podemos ver ahora, por la reconfiguración de varias formas de entender la relación entre culturas enormemente distintas entre sí. Terminó la Guerra Fría, pero se gestó una nueva tensión aparentemente irreconciliable.

Todo el terror y la incertidumbre por los que pasó Rushdie en cada uno de los lugares en que puso pie, fueran públicos o privados, se apaciguó un día de 1998, cuando Irán declaró, en medio de un intento del gobierno del Reino Unido por normalizar las relaciones bilaterales, que «ni apoyará ni entorpecerá operaciones homicidas contra Rushdie». A pesar de la ambigüedad de la declaración, esta fue tomada como el final de la fatwa patrocinada por el estado iraní, y Rushdie, con el visto bueno del MI6, declaró que dejaría de vivir en reclusión.

Una nota colgó sobre la pared frente a su escritorio los últimos años de su encierro: escribir un libro es hacer un pacto faustiano en sentido contrario. Para ganar la inmortalidad, o al menos la posteridad, pierdes, o al menos arruinas, tu vida presente. Y así fue. Pero aunque Rushdie sigue vivo y en buena forma treinta años después, algunas víctimas de la fatwa no corrieron con la misma suerte: Hitoshi Igarashi, el traductor japonés de Los versos satánicos, fue asesinado a puñaladas en la universidad donde enseñaba literatura. Seis manifestantes fueron masacrados frente al Centro Cultural Americano en Islamabad por la policía pakistaní. Ettore Capriolo, traductor al italiano, y William Nygaard, editor noruego, fueron heridos por radicales islámicos a causa de la novela.

Durante casi diez años, en la significativa época entre la caída de la Unión Soviética y el 11 de septiembre (que Eric Hobsbawm considera el verdadero final del siglo XX), Rushdie se irguió como la efigie de la necesidad de proteger la libertad de expresión, de defender a toda costa las expresiones artísticas por su cualidad y calidad estéticas tanto como por la simple prerrogativa de expresarlas. Hoy, aunque el mundo de la controversia de Los versos satánicos ya no existe, en su lugar nos queda lo que ya se había prefigurado en esos años: un mundo polarizado entre conservadores y progresistas, entre occidentales y orientales, entre políticamente correctos y defensores de la libertad de expresión como valor universal. En este mundo, la libertad de expresión es una lucha más viva que nunca. Las respuestas nunca han sido fáciles. Hoy tampoco lo son.

El escritor sudafricano Paul Trewhela8se preguntaba, en contra de la fatwa, cómo puede reaccionar uno cuando las masas están siendo irracionales. «¿Puede “la gente” estar alguna vez, simplemente, equivocada?». Ahora sabemos que sí. Rushdie lo supo. El problema es que del otro lado, siempre del otro lado, hay gente que piensa que somos nosotros los que estamos equivocados.

Esa pluralidad, ese desacuerdo, es la esencia misma de la política. La defensa a la libertad de expresión, pero sobre todo el repudio a las manifestaciones violentas de cualquier cultura o religión, deben formar parte de nuestro acuerdo común.

Si algo nos enseñaron Rushdie y su época fue que si defendemos la libertad es la libertad de todos, y si defendemos la represión, toda represión cabe. Tanto tiempo después, necesitamos defenderla a toda costa. Tan obvio y tan complejo a la vez.


Autores
(Ciudad de México, 1989). Escritor, director de escena, periodista y traductor. Licenciado en Filosofía por la UNAM. Su último libro es Laberinto deseo naufragio (Fondo Editorial de Querétaro, 2018) y sus textos han aparecido en numerosas revistas y antologías. Próximamente estará en cartelera Soñé una ciudad amurallada, de la que es dramaturgo.

El museo de las máscaras es una apuesta lírica y melancólica que surge al desgajarse el recuerdo: momentos, miradas, caricias que, aun cuando pertenecen a otro tiempo, se sienten tan punzantes como una herida abierta. Constituida por siete galerías, esta obra es una exploración íntima del amor y la ausencia; expuestas están las plegarias, gritos y sentencias de una voz desgarrada por el olvido y la pasión que a veces se muestra fuerte y orgullosa; otras frágil y tímida.

Les compartimos los primeros tres poemas de la galería Máscaras rotas (Fuera de exhibición).


 

I

Incliné tu espejo de sed sobre mi rostro,

de tal modo levanté tu nombre hasta la luz

que entre las banderas se detuvo el viento,

las casas nuevas quedaron poseídas por la ausencia

como quedé velando mi orfandad de telaraña.

Algunos dicen que fue un acto de magia,

pero aquí creo en la hoguera y la tormenta.

Tras ahogarme en el latido del sereno,

perdí mi cara para la fosa común;

si vino a mí la humedad de los hombres,

fue para alistarme por si un día regresabas.

Se abrió una avenida en el mar,

los relojes, hartos de esperar a que el coral solidificara

y que en las almejas madurara alguna perla,

dejaron de contarme mi reflejo en otros ojos;

bastó un posar de libélula sobre mí

para arruinar la superficie.

Ahora ocurren cosas más atroces:

cuando el sol oculta su intención de cáncer terminal,

me devoran sueños y anclas oxidadas en el puerto del olvido,

no me sale la canción para el retorno de las aves en verano,

ni por lo fugaz de alguna sombra gano fuerza para latir en Do;

aquí nos obligan a una vida de sonrisas

como auroras en amor por los muertos y sus cosas muertas,

es casi un basurero para abandonarse

a lo más oculto de la voz:

flechas rotas, calaveras, ojos hechos ceniza,

rosas para la matanza,

el perfume a cuerpos que se atoran en todo lo demás.

No hay respuesta, nadie contesta el teléfono en el cielo,

mi oración es sólo para repetirme un juramento ya enterrado.

Los miedos aún vuelan alrededor de nosotros como buitres,

en el templo de estos cuerpos

huesos y mármol son su recompensa;

canto con silencio porque sólo yo sé tu verdadero nombre.

 

 

II

Fue una muerte lenta la de vernos al fondo de las pupilas,

con el corazón hecho polvo de silencio.

Nos quedamos en el aire como un barco naufragado,

ni mis ganas ni tus buenas intenciones nos bastaban;

me pesó el pasado como un diamante negro en las pestañas

mientras encogías los hombros

vaciando el aire de tus bolsillos.

Éramos tan viejos con años cargados en un mapamundi,

los pájaros adivinaban desde dónde huíamos,

los cazamos todos, jugamos a buscarnos uno al otro,

colgamos un cartel de recompensa por nuestras cabezas;

el espejo se hizo tarde, se hizo de verdad,

nos convertimos en nuestros propios verdugos.

Corrimos al mar en horas distintas, pero nos echó fuera,

la sal en nuestras venas era como mala suerte

y tu corazón de luna mareaba al movimiento de las olas;

me quedé a esperarte sobre un muelle abandonado,

los pescadores y fantasmas me cobijaron con sus redes,

colocaron anzuelos dorados en mis dedos entumidos;

cuando la tormenta se hizo grande, fui con ellos a la orilla.

 

 

 

III

Si me vieras arder cuando lanzo anzuelos por los ojos

a un mar de hombres casi hechos incendio en verano;

viven del remordimiento a los relojes

y brújulas entre el salitre.

Los días de mi vida no tienen alas ni hojas abiertas,

se enlazan a los hechos más constantes bajo el sol,

son actos grises, casi las caricaturas de ellos mismos.

Aún brillo en los lugares reservados para otros nombres,

a veces me cubro de voces como estrellas de mar fugaces;

otras más, de un oro pagado en una sangre ajena.

Con las rodillas enmarcando un espacio en el piso,

cargo con tus penas y las piedras con que erigen las iglesias.

¿Aún quisieras levantar la casa de mis sueños en ruinas?

¿Tú sabrás que todavía me aterras durante los insomnios?


Autores
Monterrey, 1986. Es autor de Los nombres del insomnio (Cuadernos de la Serpiente, 2016; Juegos Florales del Carnaval de la Paz 2016), Barcos anclados al viento (La Cosa Escrita, 2016; IV Certamen Literario Ana María Navales), Cáncer (NadaEdiciones, 2016; Certamen de Literatura Joven Universitaria 2009), Cortejo fúnebre (Proyecto Literal / Instituto Sonorense de Cultura, 2017; XXIV Premio Nacional de Poesía Sonora Bartolomé Delgado de León 2016), Party Animals (Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, 2017; Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2017), La heráldica del hambre (El Carruaje Ediciones / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2018; XXVI Premio Nacional de Poesía Ydalio Huerta Escalante 2016), entre otros.

Ilustrador
Israel G. Vargas
Ciudad de México, 1987. Diseñador editorial e ilustrador egresado de la Facultad de Artes y Diseño (FAD) de la Universidad Autónoma de México (UNAM). Colabora en diversas revistas y marcas internacionales como Wired , Texas Monthly , The Atlantic, entre otros. Es socio de la revista La Peste , de la cual realiza la edición gráfica.