Tierra Adentro
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Hace una semana Tierra Adentro reprodujo La declaración de independencia del ciberespacio escrita por John Perry Barlow y traducida por nuestro redactor Luis Ham. Hoy en Tierra Adentro, seguimos la persecución de los hackers en el ciberespacio, personas como El mentor, autor del manifiesto La conciencia de un hacker, traducido por Diego Durán.


 

Lo que sigue fue escrito después mi arresto…

La conciencia de un hacker

Por

El Mentor

Escrito el 8 de junio de 1986

Otro fue apresado hoy, está todo en los diarios. “Adolescente arrestado por un escandaloso crimen computacional”, “Hacker arrestado después de un fraude a banco” …

Malditos chicos. Todos son iguales.

¿Pero alguna vez, en sus tres piezas de psicología y sus tecno-cerebros de los cincuenta, han mirado a través de los ojos del hacker? ¿Alguna vez se han preguntado qué lo constituye, qué fuerzas influyen en él, qué pudo haberlo moldeado?

Soy un hacker, entra a mi mundo…

Mío es un mundo que comienza con la escuela… Soy más inteligente que la mayoría de los otros niños, esta basura que nos enseñan me aburre…

Maldito bajo rendimiento. Todos son iguales.

Estoy en la secundaria o preparatoria. He escuchado a los profesores explicar por quinceava vez cómo reducir una fracción. Lo entiendo. “No, señorita Smith, yo no mostré mi trabajo, lo hice en mi cabeza…”

Malditos niños. Probablemente lo copiaron. Todos son iguales.

Hice un hallazgo hoy. Encontré una computadora. Espera un segundo, ¡esto es genial! Hace lo que yo quiero que haga. Si hace un error, es porque yo lo he hecho. No porque le agrade…

O se sienten amenazados por mí…

O piensan que soy un listillo

O no les gusta enseñar y no debería estar aquí…

Malditos niños. Todo lo que hacen es jugar videojuegos. Todos son iguales.

Después eso pasó… una puerta se abrió a un mundo…corriendo a través de la línea telefónica como heroína a través de las venas de los adictos, un pulso eléctrico es expulsado, un refugio de las incompetencias cotidianas… un tablero se encontró.

“Esto es… aquí es donde pertenezco…”

Conozco a todos aquí… incluso si nunca me han presentado con ellos, o si nunca he hablado con ellos, o si nunca vuelvo a escuchar de ellos otra vez… los conozco a todos ustedes.

Malditos niños. Atados de nuevo a la línea telefónica. Todos son iguales…

Puedes apostar tu trasero a que todos somos iguales… hemos comido cucharadas de comida para bebé en la escuela cuando teníamos hambre de bistec. Los trozos de carne que dejaron escurrir fueron premasticados e insípidos. Hemos sido dominados por sádicos, o ignorados por las apáticos. Los pocos que tenían algo que enseñar nos encontraron como alumnos, pero esos pocos son como gotas de agua en el desierto.

Este es nuestro mundo ahora… el mundo del electrón y el interruptor, la belleza del baudio. Nosotros usamos un servicio ya existente sin pagar, por lo que podría ser muy barato si no fuera manejado por glotones lucrativos, y nos llaman criminales. Exploramos… y nos llaman criminales. Nosotros buscamos más allá del conocimiento… y nos llaman criminales. Existimos sin color de piel, nacionalidad o religión… y nos llaman criminales. Ustedes fabricaron bombas atómicas, pagan guerras, asesinan, engañan, y nos mienten y tratan de hacer creer que es por nuestro propio bien; sin embargo, nosotros somo los criminales.

Sí, soy un criminal. Mi crimen es el de la curiosidad. Mi crimen es el de juzgar a la gente por lo que dicen y piensan, no por cómo se ven. Mi crimen es el de burlarme de ustedes, algo que nunca me podrán perdonar.

Soy un hacker, este es mi manifiesto. Tal vez puedan detener a este individuo, pero no pueden detenernos a todos…después de todo, todos somos iguales.

El mentor


Autores
Loyd Blankenship (nació en 1965), mejor conocido por su seudónimo The Mentor , es un informático hacker y escritor. Activo desde la década de 1970, cuando era miembro de Extasyy Elite y Legion of Doom de Hacker Group.
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Frank S. Por Irasema Fernández.
Frank S. Por Irasema Fernández.

 

Hoy 14 de marzo de 2019 cumple 50 años “My way”, una de las canciones legendarias de Frank Sinatra. Para conmemorar el acontecimiento reproducimos uno de los ensayos de Strauss quería pastel (FETA, 2018) de Adrián Chávez, ganador del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2018.


 

 

De Donald

Cuando a Nancy Sinatra le preguntaron en Twitter qué opinaba de que Donald Trump hubiera elegido “My Way” para inaugurar el baile en la celebración de su toma de protesta, la hija de La Voz contestó: “Nada más acuérdense del primer verso de la canción”. And now the end is near (Y ahora, el final está cerca).

Tocará a mi generación la responsabilidad de contar a las siguientes la noche del 8 de noviembre de 2016, cuando los noticieros mexicanos dieron parte, en tiempo real, de cómo el colegio electoral norteamericano, a través de su cuestionable método de conteo, inclinó de pronto la balanza hacia el candidato republicano, ante la absoluta incredulidad del planeta entero, que durante semanas de campañas y debates daba por ganadora a la secretaria de Estado y ex Primera Dama Hillary Clinton.

Pero quien obtuvo los votos suficientes para sentarse en el Despacho Oval fue su contrincante, el errático magnate inmobiliario, misógino y racista, escéptico del cambio climático, un hombre cuyo vocabulario es al idioma inglés lo que la morralla que traigo en el bolsillo al producto interno bruto del país; pero, sobre todo, modelo aspiracional de millones.

Aunque no hayamos perdido detalle de esa noche en la que se hicieron patentes los mecanismos del Apocalipsis, con toda probabilidad olvidaremos esa otra noche en que el neopresidente y su esposa Melania perpetraron el calco torpe de un baile, el primero de su mandato, al ritmo de “My Way” o, como la conocemos en español, “A mi manera”.

Mal haremos en olvidar ese episodio. No me refiero al balanceo arrítmico de la first couple —un setentón con insuficiencia estética y su esposa-presa, arqueada hacia atrás como para sortear el aliento acre de Trump—, sino al momento en que Trump, seguro de una victoria que quizá nunca se le ocurrió poseer, mira hacia el público del Centro de Convenciones de Washington y abre los labios para llenarse la boca de la contundencia con que decide seguir la letra de la canción. “I did it my way”, pronuncia sonriente.

 

De Gorbachov

En 1968 Leonid Brézhnev, Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, instauró lo que después pasó a llamarse la Doctrina Brézhnev, y que partía del mismo principio que la Doctrina Monroe: “Cuando hay fuerzas hostiles al socialismo y tratan de cambiar el desarrollo de algún país socialista hacia el capitalismo, se convierten no sólo en un problema del país concerniente, sino un problema común a todos los países comunistas”.

La Unión Soviética se adjudicaba el derecho de actuar militarmente contra cualquier fuerza exterior al socialismo que lo amenazara, y de paso contra cualquier miembro del Bloque del Este que quisiera salir de él. Entre ese momento y la caída del Muro de Berlín median más o menos veinte años, después de los cuales la URSS se desplomaría. Justo unos días antes de la caída del muro, el jefe de Estado soviético Mijáil Gorbachov, declaró que su gobierno no tenía intenciones de entrometerse en los asuntos internos de las repúblicas del Pacto de Varsovia, frente a las señales de apertura y reestructuración que estaban dando Polonia y Hungría, señales a las Brézhnev les habría fruncido el ceño.

Gorbachov, uno de los hombres más poderosos de su época, concedía simbólicamente aflojar las riendas, quizá decidido a hacer las paces con lo inevitable. A esta postura la llamó la Doctrina Sinatra. Sí, ese Sinatra. Polonia, Hungría y los demás eran libres de hacer las cosas a su manera, y la canción fungió como emblema de la traslación del poder.

 

De Sinatra

Frank Sinatra grabó “My Way” en 1969. Podemos imaginar el silencio acolchonado del estudio de grabación en el instante previo a la primera frase, pronunciada tersa y profunda por La Voz: And now the end is near (Y ahora, el final está cerca). Ese sería el comienzo de la canción que con las décadas transmutaría en himno, en símbolo, en combustible musical. La letra, escrita por Paul Anka, es la reivindicación de una vida al acercarse su final.

 

I’ve lived a life that’s full
I’ve traveled each and every highway
And more, much more than this
I did it my way.

He vivido una vida plena.
He recorrido todos los caminos,
y más, mucho, mucho más,
a mi manera.

 

Cantar “A mi manera” es ejercer el histrionismo terapéutico y, en ocasiones, si se es muy joven, un optimismo de pretensiones proféticas. Suenan los primeros acordes en el karaoke y el humano al micrófono usurpa la personalidad de ese hombre mayor que ha llorado, que ha reído, que ha viajado y que ha amado; ese hombre que cuenta algunos arrepentimientos, pero no demasiados. La recompensa para el cantante aficionado es el milagro que se opera en forma de una satisfacción ajena que por minuto y medio le ajusta a la medida.

Antes que nada, “A mi manera” es una terapia, un curso intensivo de bajarse las estrellas por medio de una ficción diseñada para autoseducirse. Paul Anka ya intuía esto cuando la concibió, consciente de la estructura progresiva de la música que le daría soporte, una máquina de compases que se alimentan de sí mismos, una batería que se carga sola y despliega su energía en el final, un esqueleto musical que traducido a la literatura sería un cuento de Poe. Anka quería escribirle a Sinatra un hit, dado que el cantante ya consideraba abandonar su carrera, y lo logró echando mano de argucias narrativas caladas a fuego.

El Cervantes narrador del Quijote no necesita más de dos líneas para proveer al lector de las coordenadas necesarias para adentrarse en el universo que propone: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”. No hemos siquiera llegado al tercer renglón cuando ya estamos atrapados entre el tiempo y el lugar de la historia, sumergidos en el mundo que apenas comienza a prometer. “A mi manera” funciona de forma parecida. And now the end is near, and so I face the final curtain (Y ahora, el final está cerca, y así me enfrento al telón final. No solo, como en la gran novela aurisecular, nos presenta al narrador —uno que no quiere acordarse, en el primer caso, y otro muy dispuesto a hacerlo, en el segundo—, sino que nos arroja a un futuro que es  simultáneamente tiempo y lugar, convenientemente ambiguos. No hay forma de no tragarse ese cuento.

Aunque tarde, el éxito previsto por Anka llegó, y se desbordó, a pesar de que el propio Sinatra le profesaba franco aborrecimiento a la canción. La razón por la que la detestaba era que Frank Sinatra no era Donald Trump.

First public appearance for Frank Sinatra and Ava Gardner since Sinatra's wife granted him a divorce

First public appearance for Frank Sinatra and Ava Gardner since Sinatra’s wife granted him a divorce

De Milošević

Durante la dolorosa desintegración de Yugoslavia, el presidente serbio Slobodan Milošević se ganó entre sus enemigos y buena parte de la opinión pública el apodo de El Carnicero de los Balcanes, por la responsabilidad que se le atribuía en ataques dirigidos a la población civil. En 2002, el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia lo llevó a juicio por crímenes de lesa humanidad. Fue un proceso largo cuya conclusión Milošević no alcanzó a ver, pues murió en su celda, de una falla cardíaca, en 2006.

A lo largo de los años que el expresidente pasó detenido, solía dejar correr la grabación de “A mi manera”  en la celda, a un volumen lo suficientemente alto para que quienes estuvieran cerca pudieran escucharla.

 

Del homo economicus

Al igual que Trump, Gorbachov y Milošević, el protagonista de “A mi manera” —que no nos quepa duda— es hombre.

En su lúcido ensayo ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?, la periodista sueca Katrine Marçal diagnostica una enfermedad que Occidente ha confundido con órgano vital: la economía (al menos la economía neoliberal) se sustenta en el mito del hombre económico. Nos presenta a un viejo conocido, del cual no obstante desconocemos la cara: un sujeto racional, piedra angular del funcionamiento de El Mercado, cuyas decisiones se basan en la obtención de beneficio y que existe aislado de cualquier contexto.

El hombre económico, está claro, no es mujer, dado que históricamente a ella se le han encomendado las actividades improductivas —por igual aquellas que por su repetitividad no generan más ganancia que satisfacer la obligatoriedad de hacerlas (entiéndase, el trabajo doméstico), y aquellas que involucran el sentimiento y el vínculo, características incompatibles con el hombre económico enajenado.

Nadie parece (o nadie quiere) advertir que el hombre económico es una ficción equívoca, inalcanzable ya no digamos para su concepto de lo femenino —y Marçal es aún más lapidaria al identificar la liberación de la mujer del siglo xx no con una asimilación del modelo tradicional femenino, sino con la aspiración de convertirse también ella en el homo economicus—, sino incluso para los propios hombres de carne y hueso, inevitablemente inflados de contexto, experiencias, configuración moral, emociones y vísceras.

Este mito ha servido para justificar toda clase de injusticias y ha legitimado la asimetría de género durante años, pero también ha logrado colarse en otros aspectos de la vida no económicos sensu stricto, como el amor romántico y esa perversidad que algunos han dado en llamar “branding personal”.

Decía antes que Sinatra no era Donald Trump. Según palabras de la otra hija del cantante, Tina, Sinatra confesó que consideraba “A mi manera” egoísta y autocomplaciente. Mas los apremios del mundo han cambiado desde la época en que Sinatra expresara su opinión. El tufo de arrogancia y autocomplacencia que La Voz percibía en cada frase de su símbolo y cruz se transformaron con el tiempo en éxito selfmade. Por supuesto que el texto de Anka está bañado en petulancia, sin embargo eso, en la era del hombre económico, es poco menos que aceptable.

La razón por la que tanta gente votó por Donald Trump en las elecciones de 2016 es que no conciben la posibilidad de que un millonario sea una mala persona. La ética laboral del capitalismo vende la idea de que sólo aquellos que trabajan duro acceden a la riqueza; ergo, si no tienes dinero, es porque no trabajaste duro. La lógica del homo economicus es perfecta porque deja fuera el contexto social de origen, y a ella se suma el trabajo convertido en dogma moral: trabajar te hace rico al mismo tiempo que te hace bueno, y la pobreza se explica por lo tanto no en términos sociales sino de incapacidad y mezquindad individual. En este modelo, con su esqueleto de aspiraciones, quien ha llegado a la cima es la encarnación del hombre económico, y se ha ganado el derecho a cantar:

For what is a man, what has he got?
If not himself, then he has naught
To say the things he truly feels
And not the words of one who kneels.
The record shows I took the blows
And did it my way.

¿Qué es un hombre?, ¿qué es lo que tiene?
Sí no es él mismo, entonces no tiene nada.
Decir las cosas que realmente siente
y no las palabras de aquel que se arrodilla.
Mi historia muestra que he recibido los golpes
y lo hice a mi manera.

 

De Schröder

En septiembre de 2005, la candidata conservadora a la cancillería alemana, Angela Merkel —quien, a pesar de ser mujer, encarna bien el modelo del homo economicus—, le ganó una apretada elección a Gerard Schröder. Este había ejercido el puesto ya por dos periodos y, antes de ceder la estafeta del país germánico, uno de los pilares de la Europa contemporánea, protagonizó una ceremonia de despedida.

Ese día Schröder desfiló, con lágrimas en los ojos, frente a la mirada de los presentes y de casi ocho millones de telespectadores, mientras una banda de guerra lo acompañaba al ritmo de “A mi manera”.

 

De Cloclo

Paul Anka no escribió la música.

Entre los años sesenta y setenta, hubo en Francia un cantante y compositor de música pop llamado Claude François, famoso entre otras cosas por morir en su infructuoso intento de cambiar un foco en la tina. Pero no era ésta la primera desventura que le ocurría. En 1967 terminó su relación con la cantante y modelo France Gall, lo que lo llevó a componer —en colaboración, según otras versiones— una canción ejemplarmente triste: “Comme d’habitude”, cuya traducción podría ser “Como de costumbre” o “Como siempre”; incluso, con más desparpajo, “Para variar”.

La pieza narra la jornada de un hombre cuya existencia se parece más a un estanque enverdecido, a causa en buena medida a la relación comatosa que mantiene con una mujer. La composición de Cloclo, así se le conocía al intérprete, tuvo un éxito nada despreciable —existe, de hecho, una película dedicada a su vida, que cierra con la conocida melodía— aunque limitado a Francia, donde Paul Anka la escuchó por primera vez y decidió adaptarla, si el verbo no le queda muy ajustado a la taxidermia musical que le practicó en honor de Sinatra y, sin querer, del rumbo entero de Occidente.

Nuestra cotidianidad prohíbe de facto la tristeza; se la intuye hermana del fracaso, y por lo tanto de la iniquidad. Ser feliz se nos presenta, más que como una meta, como un imperativo moral (igual que no ser pobre). “Comme d’habitude” tiene su lugar seguro en el olvido. Igual que la intuición de Sinatra. “A mi manera” es hoy de otra voz, una voz masculina [“for what is a man (¿Qué es un hombre?)”], privilegiada [“I’ve lived a life that’s full (He vivido una vida plena)”], comprobadamente dañina, aunque poco le importe y pueda de hecho culpar del daño al prójimo [“regrets, I’ve had a few, but then again, too few to mention (remordimientos, he tenido, pero muy pocos como para mencionarlos)”]. Es el himno del hombre económico que una orquesta le toca para que baile en la celebración de su poder. Ya otros, deslumbrados por la ficción de karaoke, votaron en las urnas para ponerlos ahí, con la fantasía de también ellos mirar a los demás desde arriba y cantarles que sí; que, como es natural, I did it my way.

Frank Sinatra 1945 - Fotografía por Ted Allan.

Frank Sinatra 1945 – Fotografía por Ted Allan.


Autores
(Estado de México,1989), escritor y traductor, es autor de Señales de vida (Fá Editorial, 2015). Fue editor de la revista digital La Hoja de Arena y, en el periodo de 2013 a 2014, becario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela. Alterna la escritura y la traducción con la docencia.

Ilustrador
Irasema Fernández
(Ciudad de México, 1990). Es escritora, ilustradora y feminista. Ha publicado su obra escrita en diversas antologías, revistas y semanarios. En 2017-2018 fue becaria del Fonca en la categoría de cuento. De manera autogestiva, y en compañía de otras artistas, pinta murales y hace intervenciones en la calle con mensaje de género en diferentes partes de la Ciudad de México y el Estado de México.
El Ayuwoki
El Ayuwoki

 

1. Introducción

El Ayuwoki es un meme. Si crees que nunca lo has visto, aquí hay un gif innecesariamente deformado de él para que no lo olvides (Fig. 1).

Fig. 1

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Lo hice especialmente para ti. Fuera de contexto no da tanto miedo, pero varios videos de YouTube prometerán ayudarte a que su espíritu te visite por la noche. Otros memes con su rostro solo lograrán hacerte reír, si no te incomoda faltarle al respeto.

Las fuentes más confiables de internet, los youtubers, datan su origen a un extraño animatrónico al que le fue forzada una máscara y una peluca de Michael Jackson antes de ser grabado, publicado en YouTube, vendido en eBay, y recientemente explotado como figura célebre de los memes hispanos.

Desafortunadamente, hasta la fecha las fuentes más confiables han sido incapaces de sentarse en una habitación con el escultor transmediatico responsable de esta pieza, por lo que no nos será posible hurgar los contenidos de su conciencia privada. Sin embargo podemos hurgar los contenidos de la conciencia pública, colectiva y social que elevó a esta curiosa criatura al estatus de meme y mito.

Lo que los críticos quisieran ver diagnosticado en su creador yace realmente en nosotros, las masas que demasiado pronto nos lanzamos a la oportunidad de invocar al espíritu de un demonio en la figura y memoria de un inocente ídolo pop.

2. Marco teórico

En la antigüedad las infecciones más epidémicas de la memoria humana recibieron el honorable nombre de “tradición”. Los infectados, humildes servidores de las ideas y creencias de otros espíritus más fuertes que los suyos, infectaban diligentemente a su linaje y a su comunidad, y en casos admirables se consolidaban bajo la identidad de un templo, una academia, o un pueblo. En la antigüedad la memoria de la humanidad fue noble, e infectada hasta de respeto por las infecciones.

Las pesadas tradiciones antiguas que sobrevivieron solo lograron adherirse a su piel colgados de los clavos oxidados y caducos de la autoridad y el dogma, mientras una infección más ligera y pegajosa, en libre y ágil competencia, llevaba gestándose, desde finales del siglo XIX, en la conciencia de las masas.

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La novela, el periódico, el cine, y la televisión esparcieron esta infección pacientemente. Sin embargo fue el internet, nuestro internet, el que puso un virulento celular en la mano de una niña de 10 años, y le dijo: “Ve, corre, copia, pega, comparte, comunica y recuerda la cultura que tú encuentres y tú quieras. Sé la memoria viva de la humanidad, sin filtro, sin templo, deshecha y descompuesta en el mar de posts, likes y momos con los que quieras infectar tu conciencia y la de los demás.”

Nuestra tradición, la milenial, la masiva, la digital, la bergasxDxD, pasará a la memoria histórica como el diluvio que hizo que universidades, iglesias e instituciones corrieran a cerrar la ventana para que no se mojaran sus libros.

3. La degeneración de la vida y memoria de Michael Jackson

Michael Jackson era algo hermoso. Recuerden por un momento a aquel niñito que cantaba “ABC, 123” con sus hermanos en la tele, y díganme, ¿en en qué momento el espíritu del pinche Ayuwoki infectó su inocente vocecita con el iminente y mortal HEE HEE? El espíritu del Ayuwoki no nació en ese niño. Y tampoco estaba presente en el joven zombie que bailó Thriller. Ese zombie era sexy. Admítanlo.

Desafortunadamente, o siniestramente, este espíritu oscuro, el Ayuwoki, no decidió aparecerse en el venerado pasado de la alta cultura y la tradición, donde Michael hubiera recibido el respeto que su grandeza exigía.

Michael era un ícono de los medios, y entregado como estaba a ellos, tuvo que hundirse para siempre en una máscara de maquillaje y producción visual. Los medios pronto explotaron su decadente apariencia y cordura, degenerando gustosamente una simple y privada condición médica en la cruz de rumores en la que Michael sería crucificado para entretener a las masas.

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Michael Jackson no pudo madurar en nuestra memoria después de su muerte como un buen vino, al modo de los ídolos tradicionales. A Michael Jackson lo obligamos a pudrirse en la misma vid de uvas, para extraer de él más bien el dulce vinagre que bebemos de la teta de los medios.

Y sí hay algo de dulce en ese vinagre. Aunque Michael Jackson, el pobre Michael Jackson aterrado de ser percibido como feo por el mundo, fuera por alguna enferma razón castigado por ello, en rumores convertido en un grotesco pedófilo, y en memes poseído completamente por el Ayuwoki, aun así Michael nunca dejó de ser nuestro Rey del Pop. Michael Jackson sigue siendo un ídolo en la cultura viral. El problema es que lo que idolatra la cultura viral, o hace con sus ídolos, no es para nada bello en el sentido tradicional. Lo que la cultura viral hace después de haber devorado demónicamente a nuestros ídolos, es tomar los deshechos y volver a sacralizarlos.

Estos restos execrados por nuestra cultura bergasXDXD inundan al océano de memes por donde nadamos todo el día pegados al celular. Por ello nos odian las generaciones e instituciones del pasado, acostumbradas como están al aire fresco y sano de la alta cultura. Pero nosotros no tenemos problema con la basura. Nos deleitamos jugando con su plasticidad creativa, y respiramos más libremente en su completa ausencia de censura.

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Las ideas con las que se infecta nuestra memoria no son entonces el respetuoso y fiel retrato de la vida de Michael Jackson, sino las más innecesarias, ociosas y absurdas hipérboles de su rostro. Los que cultivamos, compartimos y recordamos los memes no somos historiadores, ni pensadores, somos malcriados y enfermos soñadores del inconsciente digital, zombis de la noche posmoderna alumbrando la oscuridad de nuestros cuartos solitarios con la luz pálida y fantasmal de nuestros celulares, infectados e hipnotizados por mitos urbanos y leyendas de Ayuwokis y HEE HEE’s.

4. El horror místico del Ayuwoki

Antes los memes eran mucho más inocentes, como también lo eran las celebridades. Fue solo tras una multitud de noches cambiando el canal del televisor con los ojos cansados ya del maquillaje y las luces, o scrolleando viciosamente en el feed eterno de nuestro celular con la imaginación ya des-sensibilizada por generaciones de degeneraciones hiperbolizadas de los mismos íconos, solo después de este largo y ocioso tedio que llegamos a invocar las fuertes emociones místicas que rondan en el sótano de nuestra memoria.

Lo místico, reprimido como está en el espíritu de nuestros tiempos, ya no puede entrar en nuestra experiencia despierta nada más con un poquito de incienso en una habitación muy silenciosa. Para empezar somos naturalmente predispuestos al incesante y animado barullo que nada calla, sumergidos como estamos en medios de comunicación.

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El silencio se nos tiene que sacar casi a golpes. Tenemos que ser poseídos a las tres de la mañana por un meme, y arrastrados por su espíritu hasta el espejo del baño a repetir “Ayuwoki” tres veces en la oscuridad, nomás para ver si sentimos algo. Somos estimulados por la forma más agresiva de lo divino hasta la fecha: el horror, la noche que nos trasciende, sobrepasa y devora, porque es solo colgados en el límite de la desesperación que podemos volver a sentir la presencia de un poder mayor.

Por eso decimos “El Ayuwoki”, y nunca “Ayuwoki”. Uno usa los nombres propios, sin artículo, para referirse directamente a una persona. Su distancia de nuestra realidad supera ya a la de los dioses de antaño a los que se les podía rezar, o los brujos y adivinos que se podían visitar. El Ayuwoki nos visita a nosotros. El Ayuwoki escogió nuestro tiempo. Tal es la marca de su divinidad horrorizante.

Por eso es el “ayuwoki” un error de pronunciación, un adorable defecto de los fonemas hispanos enfrentándose al “Annie are you okay” en Smooth criminal, retorcido guiño de respeto a las inocentes raíces históricas de un demonio.

Su oscura presencia floreció en nuestra cultura digital con una siniestra fuerza psíquica que la mayoría de los memes jamás demuestran. El Ayuwoki no sobrevive en nuestra memoria como un simple formato de Drake que repetimos cada vez que queremos decir que sí y que no.

Su poder ha trascendido formatos o medios específicos. Su identidad es completamente ideal y polisémica, un arquetipo casi jungeano, un personaje complejo y vivo cuya trama evoluciona a través de una multitud de chistes, videos, juegos, videoblogs, artículos noticiosos, invocaciones, interpretaciones, gente que cree la leyenda, gente que la esparce irónicamente y gente que hubiera deseado que su atención y memoria jamás hubiera sido distraída por algo tan estúpido como el Ayuwoki.

Y en última instancia es probable que tampoco Michael Jackson hubiera deseado, o imaginado, existir dentro de una memoria tan enferma como la nuestra, asfixiado como lo hemos conservado bajo la piel del Ayuwoki. Pero la memoria de la humanidad ya no es el diligente esclavo de la tradición, el archivo, y la historia, que en algún tiempo fue. Los medios masivos y el nihilismo posmoderno han abierto un abismo por el que fuerzas oscuras han encontrado su pasaje a nuestro mundo, y ahora son la historia y la tradición las que sirven como excusa y juguete para la liberación de nuestros demonios, nuestras criaturas y nuestros memes más inconscientes.

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Autores
Alan Arias (Guadalajara, 1995) es el estudiante de filosofía que se inscribió en demasiadas clases optativas de comunicación, organizó el Primer Coloquio de Memes en la Universidad Iberoamericana, y trabaja actualmente de becario en una agencia de publicidad.

 

Después de seis años desde su segunda separación, The Jonas Brothers anunciaron su regreso, sorprendiendo a sus seguidores con el lanzamiento de “Sucker”, el primer sencillo de su nuevo álbum, al igual que el estreno de un documental en Amazon Prime que seguirá su trayectoria al estrellato y un posible tour mundial. Hoy la narradora Marie Fuentes, adepta al fan fiction, imagina la reunión previa a este reencuentro.


 

El momento había llegado. Terminaba el último día de grabación. Nick miró cómo sacaban las cámaras del estudio. Todos se despedían y prometían verse más tarde para la fiesta. Sin embargo él permaneció en la cabina de grabación, de pie, con una mano sujetando la plumilla de la guitarra que le regalaron las niñas en su cumpleaños antepasado.

—Alena y Val la escogieron —le dijo Danielle mientras acomodaba el moño en el cabello de Valentina, Nick la sostenía en sus brazos —. Tiene una estrella, ¿ves?

—Me encanta— fueron sus únicas palabras, pues Valentina había decidido jalarle los labios con sus manos pegajosas de bebé.

La plumilla escapó de entre sus dedos, cayendo al suelo, Nick se agachó para levantarla y, cuando alzó la vista, se sobresaltó al mirar a Joe a través del cristal.

—¿Qué haces?

—Pensé que ya te habías ido — contestó Nick.

Joe se encogió de hombros, y entró a la cabina con él. Miró alrededor mientras se colocaba detrás de Nick y rodeaba su hombro con el brazo, perfectamente consciente de que Nick odiaba que hiciera eso.

—Este lugar trae recuerdos, ¿no? — dijo, Nick tensó los labios— Como cuando te emocionaste y estampaste tu cráneo contra el micrófono en nuestra mejor versión. Diablos, ¿cuántas veces habíamos grabado? ¿Veinte? Todo para que arruinaras la única toma buena.

—¿Y tú cuántas veces te caíste al entrar?, ¿unas treinta?

—Hay un desnivel.

—Es como de un milímetro, Joe.

—Sigue siendo un desnivel.

El estudio avivaba escenas que Nick creía olvidadas, mañanas de trabajo que terminaban convirtiéndose en noches, improvisaciones que generaban nuevas canciones.

—¿Dónde está Kevin?

—Seguro está en camino — Joe volteó a verlo —, le robé su teléfono.

—¿Otra vez?

La puerta volvió a abrirse, Kevin entró y miró directamente hacia donde estaba Joe, negó con la cabeza y estiró su mano.

—Dejó de ser divertido —Kevin frunció las cejas—. Lo peor es que no me doy cuenta hasta que estoy en la siguiente calle.

 

Nick dejó de escucharlos y posó sus ojos en la plumilla de guitarra. Debería de sentirse emocionado, por terminar el documental. Era un recorrido que partía desde sus primeros ensayos, hasta la etapa The Jonas Brothers, del éxito y locura; después la primera separación y sus relaciones: Kevin y Danielle con su familia, Joe y su inminente boda con Sophie, y la relación de Nick con Priyanka, que culminó en matrimonio meses después de conocerla.

El documental terminaría con un segmento de cómo eran sus vidas ahora: escenas de Joe con DNCE en el escenario y escenas de Kevin con Danielle, Alena y Valentina, disfrutando de la vida y encargándose de manejar sus empresas; y, por supuesto, la carrera que Nick tenía como solista.

—¿Y si volvemos a ser una banda?

Sus hermanos, incrédulos, voltearon a verlo.

—¿Qué? —logró preguntar Kevin.

—Estás loco — Joe negó con la cabeza. Pensaba que no volverían a hablar del tema después de todos los problemas en los que los metió en su momento —. Tú fuiste el que dijo que ya no quería ser parte de la banda, ¿y ahora la quieres de regreso? ¿Se te acabó el dinero con tus dieciocho bodas?

—No fueron dieciocho y ese no es el punto — Se guardó su plumilla en el bolsillo de su chamarra —. Ya sé que fue mi culpa, pero…

—¿Pero finalmente entendiste que tus álbumes no son tan buenos? —preguntó Kevin.

—Oye, tengo una buena carrera de solista.

—Y a mí me va bien con DNCE y Kevin tiene a Danielle y a las niñas. Cada quien por su propio camino, fue tu idea.

—Lo sé…

En sus ojos pudo ver la herida que dejó. Les estaba yendo bien en ese reencuentro, los boletos se agotaban para cada concierto y eran sólo ellos en tour una vez más, como en los viejos tiempos, pero las pláticas se convirtieron de pronto en peleas, las peleas en partidas repentinas, y las partidas fueron intercambiadas por destrozos que ninguno fue capaz de arreglar.

—¿De verdad están de acuerdo con ese final para el documental? ¿No les parece… deprimente? Empezamos juntos y ahora no lo estamos. Y ya sé que fue mi culpa, Joe, pero ahora tenemos la oportunidad de cambiarlo.

—¿Sabes cuántas veces Kevin quiso golpearte en la cara por separarnos?

—Nunca quise golpearlo — intervino Kevin, ya no volvería a contarle nada a Joe, miró a Nick — ¿Estás seguro de esto? Porque ambos saben lo mucho que adoro a la banda, pero adoro aún más a mi familia. No quiero volver a la convivencia tóxica.

—Entiendo lo que dices, Kev — Nick miró a sus hermanos, de repente incómodo —, pero creo que podemos superar eso.

—¿Yendo a terapia? ¿No hay otra opción menos humillante?

Joe disfrutaba estar con DNCE, pero no podían compararse a sus hermanos. Él también sentía nostalgia, sabía que los tres deseaban lo mismo, que todos extrañaban volver a ser un equipo. Pero nadie se animó a decirlo en voz alta, sólo fue visible en sus intercambios de miradas, en la manera en la que esperaban que alguien más hablara y los frenara de tomar una decisión impulsiva, de la verdadera decisión unánime que los había estado acompañando durante años sin que se dieran cuenta, sólo apareciendo en breves momentos donde el pasado se juntaba con el presente.

—Si de verdad lo vamos a hacer — dijo Joe, tanteando el terreno—, tengo tres condiciones.

—Dilas —habló Nick.

—Número uno: no tocaremos canciones de tu álbum de solista, no me importa qué tan fabuloso tú creas que es —Sabía que tarde o temprano Nick sugeriría tocar una de sus treinta versiones de la misma canción, en serio, ¿cuántos remixes eran necesarios? —Número dos: sólo iré a terapia si hay alcohol de por medio.

—Yo también —asintió Kevin—, para aligerar la carga.

—¿Y la tercera?

—Si nos preguntan por qué nos separamos las otras dos veces, tú tienes que asumir la culpa, porque todos sabemos que la tuviste.

—Yo tengo otra condición —Kevin volvió a cruzarse de brazos — No nos separaremos sin sacar un nuevo álbum antes, eso fue muy cruel la última vez, si lo volvemos a hacer no estoy muy seguro de que pueda vivir con eso.

Nick tensó los labios en un intento por ocultar su sonrisa, se cubrió la boca con la mano y negó con la cabeza.

—Entonces tenemos mucho trabajo por hacer.

—No, ¿cuántas canciones tenemos guardadas?, ¿treinta?, ¿cuarenta?

—Y las que faltan por escribir. Dios, Danny no me va a creer.

—No deberíamos decirlo antes de que sea oficial.

—Ahora ya es oficial, aunque voy a necesitar que alguien me golpee si ven que voy a decir algo.

—Los Jonas Brothers han vuelto.


Autores
(Ciudad de México, 1997). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.

Ilustrador
María Fernanda Raigosa García
Originaria de Zacatecas, Zacatecas y residente en Guadalajara, Jalisco. Egresada de la carrera de Animación Digital. Es ilustradora y creadora de contenido animado en la industria.

 

Hace 30 años se estrenó New York Stories (Historias de Nueva York, 1989), un extraño experimento cinematográfico a cargo de tres probados neoyorquinos: Martin Scorsese, Francis Ford Coppola y Woody Allen. Tierra Adentro le pidió a Bruno Villar una valoración de la película con motivo del aniversario.


 

 

Existen artistas cuyo inmenso genio, talento y capacidad para contar historias y transmitir emociones está más que probado. Son creadores que suelen emocionarte, y cuyas nuevas creaciones esperas con entusiasmo y la ilusión de no ser decepcionado. A veces, estos genios se juntan para crear algo en conjunto y el producto suele palidecer a comparación de los trabajos que hacen individualmente. Esto me sucede con los discos de los Traveling Wilburys o con aquel disco titulado Riding with the King, que hicieron Eric Clapton y BB King. Y no es que no me hayan gustado o me parezcan malos, pero es evidente que no están a la altura de lo que se espera sea el resultado de la colaboración de esos artistas, poseedores de trayectorias tan sublimes.

 

Algo parecido me ocurre con Historias de Nueva York (New York Stories, 1989) película que reúne a tres directores cuya genialidad no está puesta en duda: Martin Scorsese, Francis Ford Coppola y Woody Allen. Tres neoyorquinos icónicos que han retratado la ciudad a través de sus obras, a veces, casi siempre, con amor y una belleza exultante, otras veces desde el desamparo y la crueldad, mostrando el lado más oscuro de la existencia. Tres directores que han hecho de Nueva York algo más que un simple escenario donde ambientar los dramas y los dilemas que ocurren a los personajes de sus historias, que han trascendido y logrado hacer de la ciudad un verdadero emblema de sus filmografías.

Pero no solo de sus filmografías, también de nuestra memoria cinematográfica. No existe cinéfilo que no conozca Nueva York aún si haber estado ahí jamás. La cinefilia, a través de las imágenes de todas aquellas películas vistas, crea un mapa mental de las calles, los edificios, de Central Park. Y estos tres señores han sido responsables, en gran medida, de esto.

El Nueva York de Scorsese, un Nueva York que da miedo, un Nueva York nocturno. El Nueva York de Taxi Driver y de Mean Streets.

El Nueva York de Woody Allen, el del Upper East Side y Brooklyn, el de Hannah y sus hermanas y Annie Hall. Ese Nueva York retratado en el blanco y negro más potente que jamás se recuerde en una película, con las primeras notas de la Rapsodia en Azul de fondo y una voz en off que te dice: “Capítulo uno. Él adoraba la ciudad de Nueva York, la idolatraba fuera de toda proporción, la romantizaba fuera de toda proporción. Para él, sin importar qué estación era, ésta aún era una ciudad que existía en blanco y negro y que latía al son de las melodías de George Gershwin. Nueva York era su ciudad. Y siempre lo sería.”

O el Nueva York de Coppola, el de El Padrino o La Conversación.

Historias de Nueva York reúne tres mediometrajes a modo de homenaje a la ciudad estadounidense: Apuntes al natural (Life Lessons, de Martin Scorsese), Vida sin Zoe (Life without Zoe, de Francis Ford Coppola) y Edipo reprimido (Oedipus Wrecks, de Woody Allen).

Se trata de tres historias diversas, completamente distintas entre sí, que no muestran punto alguno de conexión, sin nada que las una ni que permita construir un discurso cinematográfico en común, lo que la convierte en una obra un poco informal, pero también es precisamente allí donde reside su riqueza: en la variedad de estilos e historias que en ella se pueden encontrar. Se podría hablar de pinceladas menores de grandes autores, a excepción de Apuntes al natural, el capítulo filmado por Scorsese, el cual sobresale en la película y funciona como una película independiente, que tiene vida por sí misma.

Apuntes al natural cuenta la historia de un reconocido artista plástico (Nick Nolte) y la atormentada relación con su asistente (Rosanna Arquette) de la que está enamorado. Se trata de el episodio más destacable de la película y supone una rareza dentro de la filmografía del propio Scorsese, poco habituado a sumergirse en este tipo historias, alejado de las mafias y los gangsters. En Apuntes al natural la ciudad toma importancia en la medida en que los propios personajes se la dan. El dilema de la protagonista, que consiste en abandonarlo todo, incluida la ciudad, expresa, de mejor manera que los otros dos mediometrajes, lo que significa Nueva York para mucha gente.

 

Vida sin Zoe, una especie de cuento de hadas escrita por Sofia Coppola, hija del director, cuando era apenas una niña y cuenta la historia de Zoe, una niña millonaria cuya misión en la vida es conseguir que sus padres, casi siempre ausentes, se reconcilien, es el episodio más flojo de los tres, casi olvidable.

 

Woody Allen, quien suele atinar en más ocasiones de las que suele no hacerlo, firma la entrega más divertida, hilarante y surrealista de la película, al contar la historia de un hombre agobiado por la relación que lleva con su madre. Es Woody en estado puro.

 

El resultado es bastante desigual, siendo Scorsese quien sale mejor parado de los tres y Coppola quien corre con menos suerte. Woody Allen divertido, a secas. Historias de Nueva York no logra hacer justicia a la ciudad a la que tantas veces han hecho honor estos tres grandes cineastas.

¿Marchar o no marchar? De acuerdo con cifras oficiales, en los últimos tres años los feminicidios pasaron de 407 en 2015 a 845 en el 2018. Los resultados se traducen a nueve mujeres asesinadas a diario, es decir, en promedio cada 160 minutos se comete un feminicidio, lo cual elevó la cifra de asesinatos a 3 mil 580 durante el 2018. Tan solo en lo que va del año más de 300 mujeres fueron asesinadas.

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A esto se le suman los intentos de secuestro en el metro de la Ciudad de México que fueron noticia el mes pasado, el machismo que sigue predominando en nuestros medios de comunicación, la objetivización a la que somos sometidas las mujeres todos los días y la lucha por la legalización del aborto. Muchas de mis amigas y compañeras más cercanas decidieron no marchar. Yo misma casi no lo hago, pero decidí participar porque las cifras de desaparecidas, asesinadas y violentadas me quemaban los talones.

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Habiendo perdido al colectivo que salía de mi universidad subí al metro sintiéndome sola y un poco inadecuada y abandonada. En ese vagón formé parte de un viaje que estuvo, estación a estación, plagado de una sororidad silenciosa.

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En el vagón viajaban algunas chicas con pañuelos verdes y morados. Nos reconocimos enseguida, y reconocíamos a quienes iban a marchar mientras se subían con cada parada. Ninguna dijo nada, pero cuando bajamos en Insurgentes –qué nombre tan apropiado– se sentía una felicidad electrizante en el ambiente.

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Todas están sonriendo escuché decir a una de mis compañeras de viaje.

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Entonces dejé de sentirme inadecuada y sola, pues estaba segura de que podría marchar al lado de cualquiera de las mujeres que llenaban la estación sin saber sus nombres o historias. Nos unía la necesidad de ser escuchadas.

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Cuando comenzó la marcha yo ya había encontrado a mi contingente. Avanzamos por las calles de la ciudad bailando, gritando y pisando con fuerza, celebrando los logros que se han alcanzado en tantos años de lucha feminista, pero también recordando las barreras que aún hace falta derribar. Una de mis compañeras llevaba una cruz hecha de madera, grande y rosa, en ella estaba escrito el nombre “Agnes”.

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Agnes Torres fue quien me enseñó a luchar. Era una activista. La asesinaron.

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Marchamos para no olvidar a las mujeres que han sido brutalmente asesinadas, para exigir que sus casos no se repitan. Marchamos porque queremos sentirnos seguras en nuestro propio país.

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Entre las asistentes que más atención mediática captaron estuvo la secretaria de gobernación Olga Sánchez Cordero, quien marchó desde la sede de su secretaría hasta el Monumento a la Revolución junto con los miembros del Frente Auténtico del Campo.

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Su participación, así como los mensajes hechos por la ONU, el Observatorio Nacional del Feminicidio y la promesa realizada por el presidente de una consulta sobre los “temas polémicos relacionados a los derechos de las mujeres” nos demuestran que la lucha feminista no pasa inadvertida. Sin embargo, ¿cuántas consultas, cuántas llamadas de atención, seguimientos y alertas serán necesarios para generar un cambio?

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Ojalá que nuestra voz no pueda ser sometida jamás, ¡que el 8 de marzo sea tan solo el inicio de un mes dedicado a la lucha por la igualdad!

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Sé que poco se puede lograr marchando, que hacemos ruido, que nuestros gritos y nuestra presencia paralizan a la ciudad unas horas, pero que cuando todo se termina y regresamos a nuestras casas lo que realmente importa son las luchas que se llevan a cabo diariamente para disminuir la brecha que nos separa de los derechos que deberían ser nuestros por nacimiento: poder caminar tranquilas de noche, que nuestros asesinos sean perseguidos y castigados, que nuestra voz tenga el mismo valor que la de nuestros amigos y compañeros, que podamos decidir sobre nuestras vidas con libertad.

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Sé que mi voz y mis piernas pueden hacer poco en este día para eliminar nuestras desigualdades, pero hoy mi voz no fue mía. Hoy grité con la voz de las más de 300 mujeres asesinadas o desaparecidas que ya no pueden hacerlo.

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Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Ilustrador
Mónica Vázquez Álvarez
Fotografía por Miranda Guerrero

 

El 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer, y cada año no falta el familiar que, encendido por la más condescendiente de las intenciones, reenvía una plantilla de mensaje -con imagen incluida- felicitando a las flores hermosas que adornan este mundo. En entornos laborales los más hacendosos dan abrazos sospechosamente cariñosos y reparten rosas rojas a las mujeres que los rodean, mientras que algún expresidente publicará algún texto emotivo en sus redes sociales.

Cuando nuestros estimados compañeros de actividades cotidianas nos felicitan, se olvidan de las cifras: de acuerdo al último informe presentado por la Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres, y la Comisión Especial para el Seguimiento de los Feminicidios, en México ocurren siete feminicidios al día, lo que significa que, en promedio, cada tres horas y media una mujer es asesinada en el territorio nacional.

Las entidades en las que se concentra el mayor número de feminicidios son el Estado de México, Veracruz, Nuevo León, Chihuahua y la Ciudad de México.

La violencia feminicida sólo representa la punta del iceberg; las raíces se alimentan de un sustrato cultural y estructural que reproducimos todo el tiempo. Si existe la expresión máxima de inhumanidad (asesinar a una persona) es porque hay todo un entramado que la sostiene y la provoca.

Fotografía por Miranda Guerrero

Fotografía por Miranda Guerrero

Resulta fundamental desentrañar los procesos por los que se han normalizado dinámicas que violentan a las mujeres en los espacios cotidianos que muchas veces no son considerados como «graves». La tarea no es sencilla, pues se requiere parar para reflexionar de qué manera cada persona ha co-operado para reproducir este orden social. Es necesario cuestionar cómo nuestras acciones han abonado en la construcción de la violencia, a pesar de que sea un camino doloroso y con muchos laberintos. A pesar de que involucra nuestros afectos y cuestiona convicciones que creíamos inmutables.

Miles de mujeres alrededor del mundo siguen sumándose a esta labor desde diferentes trincheras: desde las instituciones educativas, cientos de académicas generan nuevos conceptos y teorías para dar cuenta de las formas de opresión que atraviesan los cuerpos de las mujeres; desde las fábricas, miles de obreras resisten en la lucha por derechos laborales; desde sus territorios, un gran número de mujeres indígenas y campesinas comparten sus conocimientos para la construcción de un mundo más digno; desde las universidades, cientos de colectivas exigen protocolos de denuncia más humanos y útiles; desde las montañas del sureste mexicano, las compañeras zapatistas nos regalan luces de organización.

Esta lucha perenne tiene de manifiesto que nos queremos libres y sin miedo, y se ha convertido en un camino de encuentro en el que transitamos viéndonos una a otra, llorando cuando es necesario y cantando bien alto para que nadie, nunca, se olvide de nuestra voz.

Es por eso que el 8 de marzo (8M) se ha convocado a una jornada internacional para parar. Frente a la violencia que sufrimos, queremos hacer una pausa para (re)pensar las formas en las que, hasta ahora, nos hemos organizado, para romper con la normalización de las cifras, para hacer visible que respondemos.

Fotografía por Miranda Guerrero

Fotografía por Miranda Guerrero

Las demandas y necesidades son diversas: hay mujeres que paran porque quieren mostrar que tienen doble jornada laboral, puesto que, además de su trabajo, las tareas domésticas recaen sobre ellas; también hay mujeres que paran porque son hostigadas por sus jefes o profesores y, en Argentina, paran para demandarle al Estado aborto legal, seguro y gratuito.

Es una buena noticia que las movilizaciones sean diversas, sería extraño que las exigencias fueran las mismas considerando que la violencia contra las mujeres se expresa de múltiples formas.

Si no ha quedado claro por qué no es la mejor idea mandar felicitaciones virtuales, desarrollo: en los últimos años el 8M se ha resignificado como una fecha de conmemoración y reivindicación de la lucha de las mujeres por lograr un mundo más justo, de tal manera que puedan converger cientos de actividades políticas en todo el mundo.

No estamos celebrando ser lindas y amorosas, lo que hacemos es demandarle al Estado y a sus instituciones que lleven a cabo políticas que garanticen nuestros derechos y, al mismo tiempo, exigimos a todas las personas que cuestionen las acciones que realizan y que contribuyen con lógicas de violencia.

Es frívolo desear un feliz día cuando las desigualdades que vivimos a diario son desgarradoras. Evitemos las flores y chocolates; si algún hombre desea ser solidario, puede empezar por desahogar todos los pendientes hogareños, por ofrecerse como voluntario para cubrir por un día a su compañera de oficina, por cuidar a las y los sobrinos y por cuestionarse.

Termino diciéndole a todas mis compañeras de lucha que me llenan de cariño y esperanza cada vez que nos reunimos para trabajar o tomar un café, que verlas a los ojos cuando hablan de lo que les apasiona le hace grietas de luz a toda la oscuridad del mundo, que les agradezco mucho compartir esta vereda sinuosa conmigo, pues la llenan de girasoles.

Fotografía por Miranda Guerrero

Fotografía por Miranda Guerrero


Autores
Egresada de la licenciatura en Desarrollo y Gestión Interculturales, UNAM. Colaboradora en la Colectiva de Cultura de Paz y Noviolencia de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Ilustrador
Miranda Guerrero
Estudió la Carrera de Letras Hispánicas en la UAM-Iztapalapa. Es escritora, collagista y fotógrafa. Ha publicado su trabajo poético en diversas revistas digitales, como Círculo de Poesía y Otro Páramo. En relación a su fotografía, ha cubierto obras de teatro como El Amor de las Luciérnagas y Adiós Marineros, adiós monstruos del mar. Sus collages pueden encontrarse en: @mirandacollageartist

En 1889 una noticia terrible sacudió a Nueva York: Eva Hamilton, esposa de un legislador, había sido acusada de haber comprado a cuatro bebés (de los cuales solo uno sobrevivió), para hacerlos pasar como suyos después de un embarazo fingido. Este acontecimiento sacó a la luz un negocio que había permanecido escondido en el bajo mundo de la aristocracia. Para investigar más al respecto Nellie Bly se hizo pasar por una madre en búsqueda de un bebé y se infiltró en la red de traficantes. Posteriormente, Bly iría a la penitenciaría a entrevistar a Eva Hamilton y darle la oportunidad de contar su lado de la historia.

Los artículos de Nellie Bly son el testimonio de una vida dedicada a denunciar la injusticia y la desigualdad.


 

The New York World/ 6 de octubre, 1889

Un niño inocente vendido a la esclavitud por diez dólares.

El terrible tráfico de carne humana en Nueva York.

Madres crueles y parteras avaras que intercambian a niños indefensos por dinero- Sorprendente indiferencia de los traficantes de esclavos por el futuro de los pequeños- No se hicieron preguntas- Una visita a la partera que vendió el bebé falso de los Hamilton- Hechos impactantes que interesarán a toda madre amorosa del país

Compré un bebé la semana pasada para aprender cómo se compran y venden los bebés esclavos de la ciudad de Nueva York. ¡Piénsenlo! Un alma inmortal intercambiada por diez dólares. Padres, madres, ministros, misioneros: ¡la semana pasada compré un alma inmortal por diez dólares!

Hace no pocos años estuvimos en guerra. Fue un conflicto largo y amargo que costó varios millones de vidas y varios millones de dólares, se suponía que la esclavitud había terminado cuando se desbandaron los ejércitos.

Pero la esclavitud no cesó. Existe aún en Nueva York de una forma mucho más repulsiva de la que alguna vez existió en el sur. Bebés blancos,  jóvenes, inocentes e indefensos bebés esclavos, comprados y vendidos cada día de la semana incluso antes de haber nacido. ¡Vendidos por sus propios padres! Los esclavos negros tenían a John Brown para iniciar su marcha hacia la libertad, ¿quién la iniciará por los bebés esclavos de Nueva York?

Varios días antes de comprar al infante anuncie en varios periódicos que estaba buscando un bebé al cual adoptar. No recibí respuestas. ¿Por qué? Porque las personas que adoptan bebés de manera legítima y con buenos propósitos no esperan comprarlos y aquellos que ofrecen bebés en el mercado esperan venderlos y no los regalarán.

 

El bebé

Primero fui a ver a la señora Dimire. Vive cómodamente en una casa en la calle West cuarenta y ocho. Una criada impecablemente vestida me hizo pasar a un recibidor de apariencia artística y acogedora. El piso estaba suavemente alfombrado, las ventanas tenían cortinas de encaje y estaba lleno de fotografìas, macetas hermosas y valiosas figuras de colección. Unas puertas grandes, corredizas y de cristal cerraban una pequeña habitación en la parte trasera. Cuando la puerta se abrió para que entrara Madame Dimire, dos perros skye terrier tropezaron entre ellos en su locura por entrar primero. Madame Dimire es una mujer alta y gorda, con papada y ojos oscuros. Llevaba una bata holgada hecha de algún material delgado tan blanco como el gato que yacía acostado cerca de la ventana.

—¿Es usted la doctora Dimire? —pregunté.

—Sí —respondió haciéndome una seña para que me sentara.

—¿Usted puso el anuncio sobre un bebé en venta?

—Sí —respondió de nuevo con una sonrisa creciente—. ¿Quiere un bebé?

—Sí. ¿Aún lo tiene?

—Bueno, usted es la octava persona que ha preguntado hoy por él —respondió complaciente, cruzando los brazos sobre su inmenso cuerpo—. Ahora está en el doctor con una señora que está pensando comprarlo. Necesita un niño rubio. Dijo que su doctor podía predecir cómo saldrán los bebés, así que se lo llevó acompañada de mi enfermera para saber si será rubio. Regresará en cualquier momento con su respuesta, pero hay otra mujer arriba muy ansiosa por quedarse con él. Quería un niño, pero esta pequeña es una niña tan hermosa que se la llevará si no lo hace la otra mujer. ¿Qué tan grande quiere que sea el bebé?

—Bastante joven —respondí despacio, pues no había pensado mucho en la edad. Esperaba, sin embargo, un bebé de al menos unas cuantas semanas

—Bueno, esta nació a las 7 de la mañana de este sábado. Es lo suficientemente pequeña para hacerla pasar por tu hija. ¿Estás casada? —preguntó repentinamente.

—¿Es necesario que responda preguntas personales para poder comprar un bebé? Creía que no —respondí evasivamente.

 

Nada inquisitiva

—No quiero saber nada de ti. Nunca recuerdo a las mujeres con las que hago negocios —dijo con una carcajada—. Cuando me pagan y se llevan a los bebés de aquí es donde termina mi interés. Te ves tan joven que no pude creer que quisieras a la bebé para ti misma, eso es todo.

—¿Y supongo que nunca pregunta a dónde va el bebé o qué será de su vida? —pregunté rígidamente.

—No pregunto —respondió con rapidez—. Nunca revelo los nombres de los padres; nunca sé quién se los lleva. En cuanto nacen los mando con mi enfermera que no vive aquí. Ahí se quedan hasta que alguien se los lleva. Todos los niños que nacen aquí son de sangre aristocrática. Nunca acepto a la gente común. Justo ahora mandé a una mujer embarazada con mi enfermera para que ella se hiciera cargo de su embarazo, yo no lo haré porque no pertenece a la misma clase que mi clientela. ¿Cuánto piensas pagar por la bebé?

—No lo sé, pues nunca he comprado uno —respondí titubeante—. ¿Cuánto pides?

—No vendo bebés —dijo–, las personas me pagan por mis servicios. ¿Cuánto estás dispuesta a dar?

—¡Diez dólares! —dije, recordando el precio pagado por el bebé de Robert Ray Hamilton.

—¡Oh, por Dios, no! —dijo ella desdeñosamente— Nunca recibo menos de $25. La mujer que la tiene esta tarde dice que si se la lleva me dará $50. ¿Si no la quiere me darás $25? Apúrate a decidir, porque hay una mujer esperando que está ansiosa por llevarse ese bebé.

—Si me parece, te daré $25 por ella —respondí.

Madame Dimire dijo entonces que iría a ver a la mujer que estaba esperando por ese bebé y que si era posible, intentaría persuadirla para que comprara uno de los niños que llegarían a la casa dentro de las próximas 48 horas. Si la mujer estaba de acuerdo, me daría entonces la dirección de su enfermera para que pudiera ir a conocer a la bebé. La mujer aceptó bajo la condición de que si no me gustaba la bebé volvería a casa de Madame Dimire para avisarles que no me llevaría a la bebé.

 

Sospechas de peligro

—Ahora, antes de que te de esto —dijo la madame sujetando el papel donde se encontraba la clave para llegar a la bebé esclava—, quiero que me des tu palabra de honor de que no eres un detective.

—¿Por qué? —exclamé haciéndome la ofendida— ¡Qué horrible idea! ¿Cómo puede imaginarse algo así?

—Debo protegerme a mí misma —dijo disculpándose—. Si hubieses venido sola y luego publicado lo que dije, podría jurar que mentiste, pero como traes a un testigo… —dijo señalando a mi acompañante— entonces no puedo decir que todo es una mentira; quiero que me des tu palabra antes de que te de la dirección de mi enfermera.

—No sé cómo puedes imaginarte algo así —dije con tristeza—. Estoy tan ansiosa como tú de que mis asuntos se mantengan en privado.

—Evades mi pregunta —dijo ella con suspicacia.

—No soy una detective —dije entonces. Satisfecha, me dio un pedazo de papel delgadísimo en el que estaba escrito el nombre y dirección de la enfermera junto con la siguiente instrucción:

“Por favor muéstrale a la niña e infórmame lo que decida”

Encontré la casa de la enfermera en una vecindad en la calle East cincuenta y dos. Vive en dos habitaciones de un segundo piso.

—No preguntes por ella en los pasillos ni le digas a nadie por qué vas a visitarla —me había advertido Madame Dimire.

A pesar de eso, le pregunté a una persona que me encontré en el pasillo. Cuando entré a la vecindad ella estaba saliendo del departamento que supuse era el de la enfermera, así que creí que podía tratarse de un miembro de su familia. El departamento era pequeño, oscuro y sucio. Pregunté por la enfermera por nombre. La mujer gorda, con un vestido grasiento y los ojos muy separados que había visto en el pasillo dijo que el nombre era suyo. Era muy brusca y sospechosa, cuando le dije que había ido a ver al bebé mantuvo una expresión imperturbable y me preguntó de qué bebé estaba hablando. Entonces le di la nota que la madame me había dado.

 

Afuera en la lluvia

—La bebé acaba de regresar —dijo irritada—. Una mujer horrible la tuvo afuera casi todo el día porque quería que su doctor la viera para saber si saldría rubia o morena. Supongo que por eso se resfrió, acabo de terminar de darle un poco de aceite.

Nos llevó a una habitación diminuta, pero se arrepintió antes de que pudiéramos sentarnos y nos pidió que regresáramos a la cocina. Dos niñas pequeñas y sucias que no se parecían nada entre ellas la seguían a todos lados.

–Creo que la pueden ver mejor aquí que en la otra habitación —dijo.

En una esquina oscura había una pequeña estufa. Junto a ella había una ventana. Casi tocando la estufa había una mecedora. En el cojín de la mecedora y cubierta por un chal estaba la bebé esclava. La enfermera quitó el chal y me incliné para ver a la pequeña esclava que tenía tan solo dos días de haber nacido y había sido manejada y examinada por muchas personas que pensaban comprarla. Me dolió el corazón por esa pobre esclava. ¡Una bebé de dos días que había estado fuera por muchas horas en un día lluvioso!

Aún así se estiraba. Su cara estaba terriblemente roja, tenía el cabello y las cejas tupidas y negras y una nariz muy recta, lo cual según la enfermera es algo maravilloso para un bebé de dos días, sus pequeñas manos eran mucho más blancas que la almohada en la que estaba acostada. Movía sus deditos débilmente, como si quisiera meterlos a su boca. Se movió nuevamente y un llanto extraño salió de su garganta.

—Se resfrió hoy —explicó la enfermera—, lloró toda la tarde. Hizo un viaje largo y supongo que pasó frío. Por eso suena tan ronca. Le di una dosis generosa de aceite y debería estar bien mañana. ¿Quiere que la desvista?

 

Lista para ser inspeccionada

—Oh, no, por favor no. ¿Por qué harías eso? —dije preocupada.

—Casi todos los que compran un bebé hacen que lo desvista una docena de veces para asegurarse de que esté bien. Esta es una niña hermosa, grande para su edad —dijo mientras la levantaba de la mecedora. La pequeña esclava me miró con sus ojitos oscuros como pidiéndome que la comprara. No pude soportarlo. Le di la espalda y le pedí a la enfermera que la bajara.

Me apuré a salir de esa casa y regresar con Madame Dimire. Esta vez mi acompañante no fue conmigo, pues no planeaba tardarme mucho.

—Madame, la mujer se llevó a la bebé al doctor y mandó a la enfermera a casa diciendo que ella vendría a verte. La bebé está terriblemente resfriada y si la mujer no se la queda me daría miedo hacerlo yo. Pues le temo a la muerte y no me gustaría comprar una bebé que va a morir.

—Esa mujer siempre hace cosas así de tontas —respondió con severidad—. Esta es la segunda vez que me molesto con ella. Si no se lleva a este bebé la próxima vez tendrá que ir con alguien más.

—Preferiría esperar y probar mi suerte con el siguiente que tengas en venta —dije agradablemente.

—No puedo apartarte un bebé a menos que me des un depósito —dijo ella con astucia—. La razón por la que te hice tantas preguntas en nuestra entrevista fue porque te ves demasiado joven como para querer un bebé. Además estabas acompañada por una dama que se veía muy lista. No dijo ni una palabra, así que pudo haber alegado que no era culpable si algo llegara a pasar. No soy responsable de que una mujer consiga un bebé de aquí y luego finja ante su esposo que es suyo. Casi me meto en problemas, y quizás aún lo haga, por haberle dado un bebé a una mujer que iba a compañada justo como lo estabas tú hoy. Yo fui quien proveyó al bebé Hamilton.

—¡El bebé de Robert Ray Hamilton! —exclamé con sorpresa.

 

Ella vendió al bebé Hamilton

—Sí, el mismo. La señora Hamilton vino con la señora Swinton por un bebé. La señora Hamilton parecía venir de buenas circunstancias, vestía ropa fina y la señora Swinton se veía lo suficientemente respetable, aunque también increíblemente astuta. No quería darle un bebé teniendo ahí un testigo, justo como hoy en tu caso, así que le dije a la señora Hamilton: “¿Sabe su esposo que va a adoptar a un bebé?” se rió y dijo: “Oh, claro que sí, él sabe que venimos hoy por el bebé” y la señora Swinton dijo: “No tengas miedo de dárselo, ¡mi hijo es su esposo!”.

Madame Dimire me hizo entonces un montón de preguntas sobre mis asuntos domésticos. Quería darme consejos sobre cómo engañar a mi esposo, pues decía que ella entendía mucho mejor de esas cosas ya que tenía más experiencia. Mis respuestas muchas veces demostraron mi ignorancia  y aunque se rió de ello, quedó completamente desarmada por mi fingida franqueza.

Después visité otros lugares y obtuve siempre el mismo resultado. Bebés siendo intercambiados por dinero. Aun así debo mencionar dos casos especiales. El doctor O’Reilly de la calle Este cuarenta y nueve era muy astuto. Es un hombre alto, con una cara agradable, cabello ralo y gris, tartamudea. Ocupa una casa entera, tal y como lo hace Madame Dimire y, como ella, está lleno de pacientes con precios altos.

—E-e-e-este es el lugar más ca-ca-caro de Nueva York —dijo con orgullo mientras me miraba de una forma sospechosa e impúdica—. Co-co-cobro una cuota de $100 por entrada. Este es el único lugar en el que encontrará niños de padres aristocráticos. Cua-cua-cuando recibo a una paciente, su vástago se queda conmigo para que haga con él lo que yo desee.

—¿Le hace alguna pregunta a aquellos que se llevan a los bebés?

—Nu-nu-nunca —respondió con una mirada malvada—, no quiero saber quién o qué son ni qué sucederá con el bebé. Eso n-n-no tiene nada que ver conmigo.

El otro caso fue una mujer en el lado este de la ciudad que decía que no tenía y nunca había tenido bebés. Dice que siempre se asegura de que las madres se lleven a sus hijos con ellas y hace todo lo posible para que no los abandonen. Su casa, dice, siempre está abierta a oficiales de la ley que deseen inspeccionarla. Ya que su negocio es legal no tiene nada que ocultar, o eso dice ella.

La señora Scroeder vive en la calle Este cincuenta y ocho. Dirige un establecimiento grande y siempre tiene bebés en venta. Es muy sagaz. Nunca nadie ha sabido quién es su enfermera. En cuanto el bebé nace, es envuelto con una sábana y llevado con su enfermera. Ella entonces anuncia “bebés en adopción”, lo cual significa que ella vende y compra al mismo tiempo. Compra el bebé a la madre en cuanto esta entra a su casa ¡Por una suma no mayor a un dólar! Los vende por lo que pueda obtener.

 

La lista de precios de los bebés

—No tengo ningún bebé aquí en este momento —me dijo. Esta es su excusa normal—. Si me dices la hora a la que regresarás, tendré un bebé listo para ti.

–¿Cuánto pide?

–Oh, vamos, no me atrevería a vender a un bebé, pero seguramente querrás pagarme por mi atención. Digamos… ¿$15? ¿No? Bueno, entonces $10. ¡No puedes esperar un buen bebé y mucho menos uno de padres respetables por $10!

No regresé. Como no quería mandarme con su enfermera no tuve interés en volver. Un bebé nació en su casa el mismo día en el que estuve ahí.

La señora White de la calle Este cuarenta y nueve compra y vende bebés. Tiene una casa bonita y privada y dice ser conocida de un alto número de hombres y mujeres de la alta sociedad.

—Tengo bebés aquí todos los días —me dijo—. Una dama de Brooklyn se llevó uno esta misma mañana. Si esperas una hora tendré uno para ti.

—¿Niño o niña? —pregunté con sarcasmo.

—No esperarás que te diga eso —dijo riéndose—. Si no quieres esperar dame un depósito y te apartaré al bebé.

—Todo esto es bastante nuevo para mí. Quiero ver al bebé antes de comprarlo –le dije y fui a otro lugar.

—No encontrarás un bebé de gente más deseable que esta —me dijo en la puerta—, la madre pertenece a una familia rica. Su madre la trajo aquí, cuando se recupere regresará a casa y se casará. Su padre no sabe nada de esto, cree que está de visita con unos amigos. Es un asunto fácil y se hace todos los días en Nueva York.

La señora Eppinger vive en la calle Este dieciocho. Es una mujer de baja estatura con una cara inquisitiva, usa un gorro de enfermera y un delantal. La señora Eppinger proveyó a dos de los bebés Hamilton. Ambos murieron.

 

Un montón de bebés finos

—Puedes obtener bebés de buenos padres de la señora Dimire o de mí, pero no los encontrarás en ningún otro lado —dijo ella, presumiendo.

—¿Cuánto cobra por un bebé? —pregunté valientemente.

—No los vendo, pero siempre me dan algo por mis servicios. La mujer que compró al bebé de hace rato me dio $20 por él. Me puso el dinero en las manos, creí que sería un dólar de plata, pero resultó ser una pieza de oro de veinte dólares.

—¿Tiene a los bebés aquí?

—No. Desde el momento en el que nacen son enviados con mi enfermera. Ella los toma y se los queda hasta que alguien más los recibe.

—¿Alguna vez le hace preguntas a las personas que compran a los bebés? —pregunté.

—No lo hago. No quiero saber nada de ellos.

¡Vendidos al mejor postor para el propósito que le plazca al comprador, sin importar lo que pase con ellos! ¡Vendidos por sus padres y por las tratantes de esclavos!

Se le pide a cada médico, según lo que sé, que haga un reporte cada vez que nace un bebé que incluya los nombres y edades de sus padres y lo mande a la Junta de Salud. Estos traficantes de esclavos bebés reconocen tener un nacimiento al día y aún así, no hacen ningún reporte. La taza anual de nacimiento de Nueva York se incrementaría considerablemente si se censara a los niños que nacen en estas casas.

Compré a mi bebé de la casa de la señora Koehler en la calle Este ochenta y cuatro. Tiene aproximadamente cuatro pies de alto y tres pies de ancho. Ha estado en problemas en diversas ocasiones pero siempre ha logrado escapar del castigo de la ley. Si robara una hogaza de pan sería llevada a la cárcel, pero como solo trafica bebés permanece en libertad.

—Señora Koehler, ¿tiene un bebé en venta? —le pregunté en el recibidor elegantemente amueblado de su casa.

—Sí, tengo uno. Nació hoy a las dos de la mañana —respondió con rapidez, en ese momento eran las tres de la tarde—, es una niña. Te la traeré —y la esclavista salió por la puerta para mostrarme a la bebé esclava.

Creo que esa casa veía al menos una muerte al día, o esa fue la idea que me dio el jarrón lleno de nardos que descansaba en el centro de la mesa. Su perfume era tan fuerte y opresivo que me moví cerca de las ventanas oscurecidas en un intento vano por obtener un soplo de aire fresco.

 

Tan solo medio día de nacida

—Aquí está la niña —dijo ella al entrar nuevamente en la habitación, esta vez con un bulto en sus brazos. Me llevó a una esquina oscura de la habitación para que la inspeccionara con la excusa de que la luz dañaría los ojos de la pequeña. En realidad quería evitar que viera cualquier marca o defecto que tuviera la esclavita.

Tenía tan solo trece horas de haber nacido y la compré. Aún no había sido llevada con la enfermera, así que le dije a la señora Koehler que la recogería al día siguiente. La señora Koehler ya había tenido problemas antes, así que ahora toma las precauciones necesarias para evitar volver a estarlo de nuevo: organiza que una madre falsa vaya a su casa para presentársela a los vendedores para que ella pueda dar su consentimiento de la transacción de forma escrita en lo que pretende que pase por un contrato. Esto lo hace para evitar que la ley la atrape, pero es totalmente ilegal.

—¿Cuánto quiere por la bebé? —le pregunté cuando regresé el día siguiente.

—Bueno, no podría ponerle un precio, yo no vendo bebés —dijo ella.

Trajo a la bebé a la habitación. La había estado alimentando y la leche tenía un tinte peculiar que parecía sugerir la presencia de drogas y sustancias similares. Es bien sabido que los bebés son drogados a menudo y viven tan solo unos días después de salir de las casas de sus esclavistas. La señora Eppinger le vendió a la señora Hamilton dos bebés: ambos murieron. La señora Koehler le vendió a la señora Hamilton un bebé. Murió. Ninguna de las esclavistas sabe quién vendió a la bebé Beatriz, la única que sobrevivió.

—¿Me darás tu palabra de que esta bebé está saludable en todos los aspectos? —le pregunté a la esclavista.

—Sí. Es una bebé hermosa. Ahora, si me pagas, podemos ir a ver a su madre. Aún no ha conocido a la bebé.

Le di los $10. Miró el dinero y entonces, sosteniendo a la bebé con una mano, me extendió la otra diciendo:

—Por favor dame más. Esto es muy poco por una bebé como ella. ¿No me darás un poco más?

—Ni un centavo por ahora —contesté—. Si la bebé sobrevive, te mandaré un regalo.

Le mandé una copia del Sunday World que contiene este mismo artículo junto con mis agradecimientos.

 

La madre falsa

En el tercer piso, en una de las habitaciones, yacía una mujer joven y rubia. Estaba platicando con una amiga que había ido a visitarla.

—Aquí está la bebé —dijo la esclavista— y ella es la joven que se la quiere llevar.

Ya sabía el truco de la madre falsa, así que le pregunté a la madre de la bebé la hora en la que la niña había nacido. Volteó a ver a la esclavista en busca de respuestas. Entonces le pasaron el bebé. La sacó del chal. La pequeña esclava que acababa de ser vendida abrió sus pequeños ojos azules como intentando ver por primera y última vez a su madre. Movía su pequeña cabeza y sus manitas con debilidad. Sentí en mi garganta el grito de Hood resonando desde mi corazón: “¡Oh, Dios! ¡Que la carne humana sea vendida por tan poco!”

—Es pequeña, ¿verdad? —dijo la mujer con indiferencia mientras regresaba a la esclava de vuelta con su esclavista sin un beso, una mirada o una oración. Si era en verdad su madre, estaba viendo a su propia hija separarse de ella para siempre sin saber su destino o lo que sería de ella en el futuro.

No hizo ninguna pregunta. No le importaba.

Tomé el papel mal escrito que la señora Koehler me pasó. Esto es lo que decía:

“En consideración de la cantidad de un dólar, la titular cede a su hija a la interesada para que la interesada haga con la infante lo que mejor le convenga”

La madre la vendió por $1. Yo la compré por $10 en este día 2 de Octubre de 1889, año de nuestro señor Jesucristo.

Esa transacción profundamente inhumana y barbárica hizo que se me rompiera el corazón. Quise alejarme de la esclavista y sus pacientes. Con ternura, mi acompañante envolvió a la bebé de dos días y ojos azules en una cobija suave y caliente y dejamos la casa mientras la esclavista me recordaba:

—No olvides mandarme más dinero por esa bebé. Lo vale.

 

 


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.