Hoy martes 19 de marzo de 2019 se cumplen 20 años de la muerte de Jaime Sabines, el último gran poeta popular de México. En este ensayo Karen Villeda analiza la obra y la vida pública de Sabines, así como la influencia sabiniana que ella misma vivió en la adolescencia.
Mi ejemplar de la Antología poética de Jaime Sabines, publicada por el Fondo de Cultura Económica cuando yo tenía diez años, está forrado en un papel azul con estrellas plateadas. Con el paso de los años, la portada fue invadida casi por completo por la plata. Recuerdo tomar mi libro y terminar con las manos manchadas. Lo leía con fruición y con las manos sudando por los nervios, era una estudiante de secundaria. Mi reacción no era causada por toparme con el autor, al que consideraba “uno de los grandes poetas del siglo XX”, sino que era por memorizar el poema que inspira el titulo de este ensayo.
Mi calificación de la clase de Español dependía de aprenderme “Espero curarme de ti en unos días” y recitarlo ante mis compañeros. Llegó el día del examen y recuerdo haberme sentido orgullosa por ser la única con un poema del chiapaneco en su repertorio. Escuché, una y otra vez, “puedo escribir los versos más tristes esta noche”.
Cuando llegó mi turno de recitar adopté un gesto reflexivo (me imagino frunciendo el ceño para hacerme la interesante). Empecé con un tono de voz mortecino y, después de decir “Me receto tiempo, abstinencia, soledad”, hice una pausa.
Lancé la pregunta al pequeño auditorio: “¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?”. Respondí contundente: “No es mucho, ni es poco, es bastante”. Después posé la mirada en la muchacha que me gustaba y lancé un “porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada”.
Me esforcé sobre manera para compartir mis versos favoritos de este poema: “Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»)”.
Cabe recalcar que estos me parecen de los mejores versos de Sabines y eso que considero, ya a la distancia, que muchos fueron cursilísimos. Pero el tierno poeta no era el Jaime Sabines político, aunque se quejara en versos:
Estoy metido en política otra vez.
Sé que no sirvo para nada, pero me utilizan
Y me exhiben
«Poeta, de la familia mariposa-circense,
atravesado por un alfiler, vitrina 5».
(Voy, con ustedes, a verme)
Fue diputado dos veces e hizo más de una declaración conservadora y “con azoro”. Al surgir el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), lanzó: “¿Quién los decide a iniciar una aventura loca y sangrienta?”.
Su madre, Doña Luz (la misma que inspiró “No somos nada, nadie, madre. / Es inútil vivir / pero es más inútil morir.”), fue nieta de Joaquín Miguel Gutiérrez, gobernador de Chiapas y por quien nombraron la capital estatal, Tuxtla Gutiérrez. Su hermano, Juan, fue gobernador, senador y diputado. Su sobrino recorrió un camino similar.
Los Sabines no son lejanos al poder, pero Jaime fue un poeta popular (tal vez el último de México) y su figura cultural se construyó desde la austeridad (si la contraponemos con Octavio Paz, parece un hombre completamente aislado mientras reflexionaba acerca de la condición humana).
Vuelvo a mi salón de clases. Mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas cuando me acercaba al final del poema. Traté de contenerme en medio de “Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto”. Tenía el corazón roto (un grave problema del amor a los catorce años) y no pude evitar llorar cuando sentencié “Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón”.
Ninguno de los cuarenta alumnos memorizamos un poema escrito por una mujer. Yo también tengo la culpa. Cuando mi abuelo Memo enfermó de cáncer, perdí la cuenta de las veces que leí “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” (a mi parecer, lo más logrado del autor).
Y sí, alguna vez pensé en recitarle a la “mujer de mi vida” el poema “Otra carta”. Ahora lo leo y me parece misógino. No me atrevería a susurrarle un “Piel de mujer te has puesto, / Suavidad de mujer y húmedos órganos / en que penetro dulcemente, estatua derretida, / manos derrumbadas con que te toca la fiebre que soy / y el caos que soy te preserva”.
Esa entronización de lo femenino (condición malentendida por el hombre versificador) me afectó y todavía sufro las consecuencias. Se ha esfumado aquel efecto apantallador que ejerció la poesía de Jaime Sabines en mí.
Confieso que le tengo un poco de cariño (a veces hago uso de sus versos como broma íntima). Tomo el libro y lo abro al azar. El poema es “En la sombra estaban sus ojos”. Las estrellas todavía perduran en el firmamento de cartón que recubre el maltrecho volumen. Entre las páginas doblegadas yo “me receto tiempo, abstinencia, soledad” para darme cuenta, por fin, que no se debe seguir sin cuestionar a todo lo que brilla.
¿Qué es lo que, actualmente, me molesta de la poesía sabineana? Su entrada en Wikipedia afirma que fue “un querido y respetado poeta y político mexicano”. Mi apego adolescente a sus poemas fue debido a que su lírica se inserta en un tono popular (en contraposición a “El poeta culto”, por no nombrar a Octavio Paz a quien ahora leo más que al propio chiapaneco).
Versos como “Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las cosas sonrían” o “La luna se puede tomar a cucharadas / o como una cápsula cada dos horas” son realmente bonitos, pero lo bonito no siempre es sinónimo de bueno. Algunos poemas sí son buenos; otros ya no estoy tan segura.
Releer “Mi corazón emprende” y toparme con “Mujer, músculo suave” o “Mujer, ternura de odio, antigua madre, / quiero entrar, penetrarte, / veneno, llama, ausencia, / mar amargo y amargo, atravesarte. / Cada célula es hembra, tierra abierta, / agua abierta, cosa que se abre. / Yo nací para entrarte”; me causa una profunda decepción.
Jaime Sabines, el mismo que fue mi favorito en ese lapso escolar, es un tremendo macho alfa. Lo que parece ser un poema romántico, al igual que “Tú tienes lo que busco”, “Casida de la tentadora”, “Codiciada, prohibida”, es, en realidad, una oda al machismo. Su poética del cuerpo femenino se basa en una mirada androcéntrica. Esa entronización de la mujer prevalece en su obra y su tono confesional no deja de ser sexista.
Esa fue la poesía que recibió un alud de aplausos al ser recitada en el Palacio de Bellas Artes. Es el choque de una mujer que se sabe libre contra un misógino recalcitrante. Y no es el único. Diariamente las mujeres que escribimos luchamos contra versos como los que escribió Jaime Sabines y son “queridos y respetados”.
Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)
¿Si pudiéramos atrapar la luz, congelarla? Detener su velocidad
ponerle peso
una carga.
Tenerla quieta, tocarla
agua sin paso
hacerla dura, no quiebres
irrompible entre las manos.
Ponerle nombre, caras
un cuerpo
¿pétalos,
alas?
Si supiéramos cómo
si no fuera escape
si pudiéramos recoger el día
de todas sus piedras
fundirlas con amor
el amor que funde
ese fuego que viste al sol
y a las demás estrellas
ese mismo fuego
-acierta-
funde, separa, da un rostro
al tesoro de las grietas. Movimiento
cuerpos se separan
renacen otros. Nacimiento
segunda llama,
la que relumbra
en el vientre volado de la tierra
lo que arrancamos
en su impura pureza
rompemos,
tomamos por nuestro
manantial, (que en su oscuridad cifrada sólo brilla)
resplandece en la roca,
lumbrera,
emerge ante el ojo
de pueblos ahora polvo
y su arduo encargo para decir
atinadamente la que exuda luz ese atragantamiento en viejas lenguas
corrió, viene corriendo de boca en boca
de mazo a fuego
nos alcanza, en la palabra Plata.
¿Qué es lo que siempre se busca, incluso detrás de los párpados cerrados? La luz atraviesa
el corazón, la bóveda larga.
Obedientes, somos llamados
derrapamos, aprehendidos
en la oscuridad total y viva
nos dirigimos,
buscamos incesantemente
en peregrinaciones calladas o de alto bullicio
con malos o muy malos motivos,
solitarios o patrias enteras buscando
sin temores o con miedo de llegar al fondo
resbalar
buen descenso o tobillos rotos
razones certeras o silencio, con la palabra como arma
o la sangre en las armas, lo cruento de una guerra
por los metales
ajuar y adorno
ofrenda y ceremonia de pueblos nativos
sed de los hombres abriendo la selva.
Añoranzas,
la plata en los recuerdos.
Heridas y nombres
(por ejemplo), hay un estuario
y lleva por nombre Río de la Plata hace tiempo, personas, decenas de brazos
desataron las barcas, atravesaron el castaño
y marrón de la corriente
querían (tierra adentro
hacia el norte)
ver sierras de plata
el cuerpo tumultuoso
copado de piedras
(en apariencia)
donde corre la luz
mantos de plata
al norte,
sólo distancia
palabras como piedras
fundacionales,
huellas
que el agua alcanza
cada que decimos Río de la Plata en su ancho cuerpo
se arremolina el pasmo
de no haber.
Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)
¿Y si diéramos con la luz, qué caras, cuerpos y formas labraríamos con las manos? Los que miraron de frente y con ímpetu
los que revolvieron la tierra, fuerte
los que sí hallaron el destello en la roca
lo han dividido por blando
limpiado y hecho duro
revestido por bello
confiado a la imaginación
de manos que cantan
apabullantemente bajo
múltiples formas.
Plata agria,
córnea, de piña, encantada
gris, nativa
quebrada, roja, seca
dispuesta a distintos usos
y sin embargo, el más dócil
por encima de la daga y los honores
de la guerra
la plata en la figura de flor
geranio,
su nobleza
con los motivos del escudo
el vaso lleno que sostiene el vino
diadema de lujo y pequeñas estrellas
atravesando horadadas orejas, cuerpo del
cáliz oficiante
y luz
encima
de otra:
candelabro
cadena, broche
ala de ángel
joya encendida, rutilante
en manos umbrales
la imaginación del lápiz
que traza
los días, los años
la herramienta, los moldes en los cuartos, obran
el genio vertido en la cuenca precisa
de cada pieza
fuerza, cerrando los extremos de un anillo
alquimia, Platería, o acto de transformación
también y tantas veces en manos de mujeres.
Hace miles de años las mujeres también atraparon la luz de sus cuerpos. ¿Acaso no es bello saberlo? Ignoradas en destreza
(este despojo debe
tener más de 20,000 años)
porque los especialistas
de la Venus paleolítica
les dieron un propósito:
ser vaso fecundo
de masculinos labios
ellos, dijeron que aquellos (otros) hombres
del Paleolítico
tallaron amuletos
mujeres fértiles
para avanzar
como especie
hombres
creativamente activos
y mujeres de piedra
inmóviles
ensanchando sus cuerpos, gota
a gota
vasos de madera, barro
se colman
visto desde otro ángulo
el femenino, por ejemplo (especialistas mujeres descubrieron que las mujeres del Paleolítico fueron creativamente activas, recreando las figuras de sus cuerpos)
todas aquellas Venus de tallas prominentes
son el cuerpo visto por una mujer que se miró a sí misma
durante el crecimiento de la gestación
representaciones de la realidad
mujer mirando por encima de su vientre
sus senos cargados de alimento luz en reposo, inmortalizando a sí misma
su cuerpo ¿acaso no es bello saberlo? (lo que dicen sobre sus cuerpos es lo que ellas miran) la destreza en sus manos
la mente recoge
cada río, corva
guijo del cuerpo,
mujer definiéndose
no inmóvil, no pasiva
se reúne a sí misma
en las formas que toca
redonda,
en la perpetuidad que sostiene
en sus manos, también
dolor y llama
piedra y barro
más tarde,
en la docilidad de un metal
en la hechura de prendas
para otros
en tiempos
en siempre
: palabras como empeño y sudor
fuerza
la fidelidad con la que persigue
mirar a plena sombra
completar el rostro
apenas una bellota en
Willendorf
aparecer
por sí misma
contra las manos que dan una forma sopesando en la espalda
más indicaciones de lo habitual,
porque recibe más indicaciones
como si fuera para evitar fallas,
como si en ella, errar fuera destino.
Mujeres tomando el lápiz
a la luz
de sus también sueños
trabajando a su semejanza
creativamente activas (repito)
menguando a golpe e instrumentos
el detalle en las piezas
tocando nudos y cuerdas
de un trabajo hecho con sus manos, sujetándose
alegres o no, en la pesquisa
del color de los días
entregando forma al relámpago líquido
de los hornos.
En llamas
la luz se desgaja en piezas
variadas formas
se enfrían,
mujer
que finalmente contempla:
delante de sí, todas las horas pesan. Platería,
se resuelve el mundo por hoy (en interminables, variadas formas de luz).
En su quietud guarecida
la pieza de metal
lanza un último resplandor
que recomienza siempre.
Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)
Ilustración de “Nuevas distopías”. Ilustración por Coral Medrano Ortiz.
Las fotografías me tranquilizan porque son un bello desafío al tiempo. En cambio, las películas me angustian. Quiero seguir viendo ese beso, que esa caricia no termine, que el personaje no desaparezca al dar paso hacia un fondo negro con letras blancas de nombres que se deslizan. Ella disparó esa noche, empujó los objetos, dio un punto y aparte que terminaba en forma de espiral; un clic que nos dejó enmarcados, fijos para siempre en el infatigable retorno.
Mi hermano estaba obsesionado con las películas de balazos. Todos en su escuela fingían disfrutar el cine de arte. Él defendía Duro de matar y Teminator, y le aburrían las tomas largas; nunca lo entendí. Toleraba esas películas sesudas porque a veces parecían ser fotografías, pero luego arruinaban todo con sus diálogos y personajes moribundos con crisis teológicas y tuberculosis.
Mi padre siempre quiso más a mi hermano; en él situó la esperanza de ver su apellido laureado, algo que jamás tendría conmigo. Era imposible que yo contrajera matrimonio y tuviera hijos, que fuese exitoso. Cuando ella se paró por primera vez en la casa, papá pensó que buscaba a mi hermano, pero ella le dijo que yo era la razón de su visita. En ese momento mi padre adoptó una mueca rarísima. Desearía tenerla fija entre estas fotografías, preservarla y saborear con mis ojos aquella confusión.
Eso fue cuando aún estaba en preparatoria, era un ser inerte en el pupitre, una especie de pulpo muerto, en espera del filoso cuchillo que le dé sentido. Nada de comentarios desafiantes a la autoridad, peinados innovadores ni galanteos con el sexo opuesto. No tenía miedo de encontrarme a los maestros en la calle, sabía que no me reconocerían, tampoco mis compañeros. Los trabajos en equipo eran un lío, me aterraba visitar el hogar de alguien más. Por eso ofrecía mi casa; había menos alteraciones y ser el anfitrión me libraba de hacer gran parte del proyecto.
En aquella ocasión el trabajo era en parejas. Ella llegó media hora antes de lo acordado. “Es para un trabajo de la escuela”, dijo y mi padre soltó una “A” prolongada con cierto alivio: el cosmos mantenía su orden. Una “E” interrogativa lo alcanzó la siguiente semana cuando ella visitó de nuevo, ahora por gusto, para estar con su hijo raro. Ella tampoco era normal. La gente la conocía, hablaban de ella para luego callar cuando la veían andar pasillo, como si le temieran. Cargaba cuadernos en los que dibujaba al borde de las páginas: al pasar las hojas revelaba el desplazamiento de lo fijo. Se sumergía en su mundo enfrente de los demás, ignorándolos, desafiándolos. La cháchara de la gente pasaba a segundo plano. Sola delante del mundo que desencadenaba su pluma, diosa de tinta, a velocidades fluctuantes: el monito que alza la mano, saluda, extrae un arma, apunta y…
Conoció a mi hermano la tercera vez que vino a verme. Cada uno parecía indiferente a la existencia del otro. En la cuarta visita los sorprendí besándose en la cocina. Un beso pausado. Mi respiración los alertó de mi presencia e inmediatamente intentaron disimular.
No pasó mucho tiempo para que se presentaran como novios y sus besos dejaron de ser resistencias contra el tiempo, ya no languidecían: se atascaban, eran feroces como perros ante un plato de comida. Mi padre estaba contento y lo demostraba dándoles privacidad, que aprovechaban con los toscos y veloces flujos del deseo carnal. Yo quería que volvieran a ese primer beso, al reconocimiento estático de sus labios. No solo estaban desperdiciando algo bellísimo sino que lo asesinaban con cada mordida y rasguño.
Mi padre me regaló una cámara digital Nikon de cumpleaños, un intento por hacerme salir más. Comencé capturando lo fijo: una puerta cerrada; impidiendo con su cuerpo de madera el paso de otros cuerpos; la fuente seca del jardín, bello monumento a lo inútil; las piedritas del asfalto, ejércitos de inmovilidades; pero me resultaba insuficiente, eran esfuerzos inútiles que no aportaban nada a la lucha contra lo pasajero. Quería hacer un cambio para evitar el cambio. Entonces fotografié a la olla con agua a punto de hervir, al automóvil por arrancar, al gato listo para brincar sobre su presa. Con ellos hacía un milagro, los colocaba en un estado eterno, inviolable por la alteración posterior, mutación que los eximía de la fuerza motriz, situándolas en un universo nuevo regido por otras leyes.
Comencé a estudiar fotografía; en esos días mi hermano preparaba un cortometraje para entrar a estudiar cine y ella hacía experimentos con plastilina para animación stop motion. Papá se quejaba por la idiosincrasia en la que había caído la casa: una mitad estaba ocupada por cámaras análogas y digitales, químicos para revelar y fotografías secándose; la otra era un set de cine, repleto de disfraces y utilería. Naturalezas muertas capturadas por mi mirada; balazos y persecuciones capturadas por la de mi hermano. Ella era su musa, la dama que debía ser rescatada del villano con acento extranjero y chaleco cargado de explosivos.
Cuando mi hermano terminó su grabación hizo una fiesta; papá le dejó la casa y aprovechó para visitar a mi abuelo. Individuos gritones y embriagados llenaron mi espacio, sostenían sus vasos rojos de plástico como granadas, llevándolos a sus bocas, arrancando el seguro con los dientes y siempre amenazando con lanzarlos. Estuve presente, no para disfrutar sino para resguardar mis fotografías y algunos aparatos. Pasaban con brusquedad cerca de mí, tomaban algo y estrellaban lo otro. La risa poseía sus cuerpos haciéndoles dar espasmos que me revolvían el estómago. La música eran ondas de sonido epilépticas, la espuma blanca de la cerveza manchando el sofá, un jarrón convirténdose en miles de pedazos y las disculpas deshonestas del torpe.
En la madrugada mi hermano perdió energía y se recostó en el sofá junto a ella. Se dieron un beso. En ese momento tomé mi cámara digital y les ordené repetirlo. Me complacieron. Ahora quedaban estáticos para siempre. Sentí un ardor de felicidad en mi interior, aquella era la mayor victoria en mi lucha contra el movimiento.
Los últimos invitados se fueron. Mi hermano y ella se dirigieron al cuarto de mi padre. Una energía nefasta los envolvía. Mi mente comenzó a girar, para disgusto mío, contagiada por la vorágina del ambiente, pero no tardó en estancarse en una idea gloriosa. Entre el miasma encontraba una posibilidad gloriosa: el martirio de presenciar la revoltura de cuerpos y sonidos, parecía traer su recompensa.
Entré a la habitación intentando no hacer ruido. Sus cuerpos se meneaban con furia, pero a ratos acariciaban el reposo, como retomando el aire, la luz era tenue y sus cuerpos parecían brillar. El obturador era silenciado por la música de fondo. Lucían impecables en mi cámara, dos seres mitológicos infinitamente capturados por mi índice. Sus orgasmos se tornaron inmortales, un clímax eterno, uñas enterradas en el tiempo, dientes mordiendo el cuello del espacio, por siempre inalterables.
Al concluir, mi hermano se durmió. Ella continuó recostada en su pecho, era hermosísima. Sus ojos se abrieron posándose en mí. Quedé pétreo. Ella no gritó, se alzó y caminó hacia mí. Tomó la cámara y vio las fotos. Sonrió y con su mano libre comenzó a desnudarme. Lo hacía con tal énfasis en las pausas que no me importó el cambio. Cuando terminó, me empujó hacia la cama y quedé recostado junto a mi hermano.
Estuve quieto mientras nos fotografiaba. Algo nuevo me hacía arder, yo mismo era transformado en materia inerte, estampado en una imagen. Empezó a repasar las fotos de manera veloz, animando nuestras formas como hacía con sus dibujos al borde de las páginas de sus cuadernos. Éramos parte de su juego, de su perfecto escape de la realidad, a merced de su pulgar, dios de carne, que nos desencadenaba a velocidades fluctuantes con cada captura. Con nuestros estados fijos producía un transcurrir nuevo, una mezcla entre lo estático y lo pasajero. Se detuvo como una pluma que flota lentamente hacia el abismo. Acercó los dedos al rostro de mi hermano y con un pequeño toque en su mejilla marcó el final de la canción de fondo. Activó el flash y presionó. La luz tapizó la recámara. Mi hermano despertó, la miró a ella, y luego a mí. Se puso de pie, nos veía como un mero testigo, el cuerpo colgándole, como en espera de algo, como el gato que está por brincar sobre su presa, pero su desenvolver fue lento, caminó hacia la sala.
Lo deseé acostado sobre el sofá, tan inerte como las manchas de cerveza. Pero tras un minuto escuchamos sus gritos y el estrellarse de cuadros y botellas abandonadas por los ebrios: una serie de movimientos y ruidos bruscos, repulsivos.
Los recuerdos sufren alteraciones. Parecieran vitrinas que resguardan figuras, cuando en realidad son televisores que cambian constantemente de canal. Estas fotografías lo desafían, logran que no lo necesite. En ellas mi hermano no está viajando de producción en producción. Está fijo en esta galería, desnudo, a mi lado, gracias a ella que hizo de un punto final una espiral, enmarcados, fijos para siempre en el infatigable retorno.
Hace una semanaTierra Adentroreprodujo La declaración de independencia del ciberespacio escrita por John Perry Barlow ytraducida por nuestro redactor Luis Ham. Hoy en Tierra Adentro, seguimos la persecución de los hackers en el ciberespacio, personas como El mentor, autor del manifiesto La conciencia de un hacker, traducido por Diego Durán.
Lo que sigue fue escrito después mi arresto…
La conciencia de un hacker
Por
El Mentor
Escrito el 8 de junio de 1986
Otro fue apresado hoy, está todo en los diarios. “Adolescente arrestado por un escandaloso crimen computacional”, “Hacker arrestado después de un fraude a banco” …
Malditos chicos. Todos son iguales.
¿Pero alguna vez, en sus tres piezas de psicología y sus tecno-cerebros de los cincuenta, han mirado a través de los ojos del hacker? ¿Alguna vez se han preguntado qué lo constituye, qué fuerzas influyen en él, qué pudo haberlo moldeado?
Soy un hacker, entra a mi mundo…
Mío es un mundo que comienza con la escuela… Soy más inteligente que la mayoría de los otros niños, esta basura que nos enseñan me aburre…
Maldito bajo rendimiento. Todos son iguales.
Estoy en la secundaria o preparatoria. He escuchado a los profesores explicar por quinceava vez cómo reducir una fracción. Lo entiendo. “No, señorita Smith, yo no mostré mi trabajo, lo hice en mi cabeza…”
Malditos niños. Probablemente lo copiaron. Todos son iguales.
Hice un hallazgo hoy. Encontré una computadora. Espera un segundo, ¡esto es genial! Hace lo que yo quiero que haga. Si hace un error, es porque yo lo he hecho. No porque le agrade…
O se sienten amenazados por mí…
O piensan que soy un listillo…
O no les gusta enseñar y no debería estar aquí…
Malditos niños. Todo lo que hacen es jugar videojuegos. Todos son iguales.
Después eso pasó… una puerta se abrió a un mundo…corriendo a través de la línea telefónica como heroína a través de las venas de los adictos, un pulso eléctrico es expulsado, un refugio de las incompetencias cotidianas… un tablero se encontró.
“Esto es… aquí es donde pertenezco…”
Conozco a todos aquí… incluso si nunca me han presentado con ellos, o si nunca he hablado con ellos, o si nunca vuelvo a escuchar de ellos otra vez… los conozco a todos ustedes.
Malditos niños. Atados de nuevo a la línea telefónica. Todos son iguales…
Puedes apostar tu trasero a que todos somos iguales… hemos comido cucharadas de comida para bebé en la escuela cuando teníamos hambre de bistec. Los trozos de carne que dejaron escurrir fueron premasticados e insípidos. Hemos sido dominados por sádicos, o ignorados por las apáticos. Los pocos que tenían algo que enseñar nos encontraron como alumnos, pero esos pocos son como gotas de agua en el desierto.
Este es nuestro mundo ahora… el mundo del electrón y el interruptor, la belleza del baudio. Nosotros usamos un servicio ya existente sin pagar, por lo que podría ser muy barato si no fuera manejado por glotones lucrativos, y nos llaman criminales. Exploramos… y nos llaman criminales. Nosotros buscamos más allá del conocimiento… y nos llaman criminales. Existimos sin color de piel, nacionalidad o religión… y nos llaman criminales. Ustedes fabricaron bombas atómicas, pagan guerras, asesinan, engañan, y nos mienten y tratan de hacer creer que es por nuestro propio bien; sin embargo, nosotros somo los criminales.
Sí, soy un criminal. Mi crimen es el de la curiosidad. Mi crimen es el de juzgar a la gente por lo que dicen y piensan, no por cómo se ven. Mi crimen es el de burlarme de ustedes, algo que nunca me podrán perdonar.
Soy un hacker, este es mi manifiesto. Tal vez puedan detener a este individuo, pero no pueden detenernos a todos…después de todo, todos somos iguales.
Hoy 14 de marzo de 2019 cumple 50 años “My way”, una de las canciones legendarias de Frank Sinatra. Para conmemorar el acontecimiento reproducimos uno de los ensayos de Strauss quería pastel (FETA, 2018) de Adrián Chávez, ganador del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2018.
De Donald
Cuando a Nancy Sinatra le preguntaron en Twitter qué opinaba de que Donald Trump hubiera elegido “My Way” para inaugurar el baile en la celebración de su toma de protesta, la hija de La Voz contestó: “Nada más acuérdense del primer verso de la canción”. And now the end is near (Y ahora, el final está cerca).
Tocará a mi generación la responsabilidad de contar a las siguientes la noche del 8 de noviembre de 2016, cuando los noticieros mexicanos dieron parte, en tiempo real, de cómo el colegio electoral norteamericano, a través de su cuestionable método de conteo, inclinó de pronto la balanza hacia el candidato republicano, ante la absoluta incredulidad del planeta entero, que durante semanas de campañas y debates daba por ganadora a la secretaria de Estado y ex Primera Dama Hillary Clinton.
Pero quien obtuvo los votos suficientes para sentarse en el Despacho Oval fue su contrincante, el errático magnate inmobiliario, misógino y racista, escéptico del cambio climático, un hombre cuyo vocabulario es al idioma inglés lo que la morralla que traigo en el bolsillo al producto interno bruto del país; pero, sobre todo, modelo aspiracional de millones.
Aunque no hayamos perdido detalle de esa noche en la que se hicieron patentes los mecanismos del Apocalipsis, con toda probabilidad olvidaremos esa otra noche en que el neopresidente y su esposa Melania perpetraron el calco torpe de un baile, el primero de su mandato, al ritmo de “My Way” o, como la conocemos en español, “A mi manera”.
Mal haremos en olvidar ese episodio. No me refiero al balanceo arrítmico de la first couple —un setentón con insuficiencia estética y su esposa-presa, arqueada hacia atrás como para sortear el aliento acre de Trump—, sino al momento en que Trump, seguro de una victoria que quizá nunca se le ocurrió poseer, mira hacia el público del Centro de Convenciones de Washington y abre los labios para llenarse la boca de la contundencia con que decide seguir la letra de la canción. “I did it my way”, pronuncia sonriente.
De Gorbachov
En 1968 Leonid Brézhnev, Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, instauró lo que después pasó a llamarse la Doctrina Brézhnev, y que partía del mismo principio que la Doctrina Monroe: “Cuando hay fuerzas hostiles al socialismo y tratan de cambiar el desarrollo de algún país socialista hacia el capitalismo, se convierten no sólo en un problema del país concerniente, sino un problema común a todos los países comunistas”.
La Unión Soviética se adjudicaba el derecho de actuar militarmente contra cualquier fuerza exterior al socialismo que lo amenazara, y de paso contra cualquier miembro del Bloque del Este que quisiera salir de él. Entre ese momento y la caída del Muro de Berlín median más o menos veinte años, después de los cuales la URSS se desplomaría. Justo unos días antes de la caída del muro, el jefe de Estado soviético Mijáil Gorbachov, declaró que su gobierno no tenía intenciones de entrometerse en los asuntos internos de las repúblicas del Pacto de Varsovia, frente a las señales de apertura y reestructuración que estaban dando Polonia y Hungría, señales a las Brézhnev les habría fruncido el ceño.
Gorbachov, uno de los hombres más poderosos de su época, concedía simbólicamente aflojar las riendas, quizá decidido a hacer las paces con lo inevitable. A esta postura la llamó la Doctrina Sinatra. Sí, ese Sinatra. Polonia, Hungría y los demás eran libres de hacer las cosas a su manera, y la canción fungió como emblema de la traslación del poder.
De Sinatra
Frank Sinatra grabó “My Way” en 1969. Podemos imaginar el silencio acolchonado del estudio de grabación en el instante previo a la primera frase, pronunciada tersa y profunda por La Voz: And now the end is near (Y ahora, el final está cerca). Ese sería el comienzo de la canción que con las décadas transmutaría en himno, en símbolo, en combustible musical. La letra, escrita por Paul Anka, es la reivindicación de una vida al acercarse su final.
I’ve lived a life that’s full
I’ve traveled each and every highway
And more, much more than this
I did it my way.
He vivido una vida plena.
He recorrido todos los caminos,
y más, mucho, mucho más,
a mi manera.
Cantar “A mi manera” es ejercer el histrionismo terapéutico y, en ocasiones, si se es muy joven, un optimismo de pretensiones proféticas. Suenan los primeros acordes en el karaoke y el humano al micrófono usurpa la personalidad de ese hombre mayor que ha llorado, que ha reído, que ha viajado y que ha amado; ese hombre que cuenta algunos arrepentimientos, pero no demasiados. La recompensa para el cantante aficionado es el milagro que se opera en forma de una satisfacción ajena que por minuto y medio le ajusta a la medida.
Antes que nada, “A mi manera” es una terapia, un curso intensivo de bajarse las estrellas por medio de una ficción diseñada para autoseducirse. Paul Anka ya intuía esto cuando la concibió, consciente de la estructura progresiva de la música que le daría soporte, una máquina de compases que se alimentan de sí mismos, una batería que se carga sola y despliega su energía en el final, un esqueleto musical que traducido a la literatura sería un cuento de Poe. Anka quería escribirle a Sinatra un hit, dado que el cantante ya consideraba abandonar su carrera, y lo logró echando mano de argucias narrativas caladas a fuego.
El Cervantes narrador del Quijote no necesita más de dos líneas para proveer al lector de las coordenadas necesarias para adentrarse en el universo que propone: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”. No hemos siquiera llegado al tercer renglón cuando ya estamos atrapados entre el tiempo y el lugar de la historia, sumergidos en el mundo que apenas comienza a prometer. “A mi manera” funciona de forma parecida. And now the end is near, and so I face the final curtain (Y ahora, el final está cerca, y así me enfrento al telón final. No solo, como en la gran novela aurisecular, nos presenta al narrador —uno que no quiere acordarse, en el primer caso, y otro muy dispuesto a hacerlo, en el segundo—, sino que nos arroja a un futuro que es simultáneamente tiempo y lugar, convenientemente ambiguos. No hay forma de no tragarse ese cuento.
Aunque tarde, el éxito previsto por Anka llegó, y se desbordó, a pesar de que el propio Sinatra le profesaba franco aborrecimiento a la canción. La razón por la que la detestaba era que Frank Sinatra no era Donald Trump.
First public appearance for Frank Sinatra and Ava Gardner since Sinatra’s wife granted him a divorce
De Milošević
Durante la dolorosa desintegración de Yugoslavia, el presidente serbio Slobodan Milošević se ganó entre sus enemigos y buena parte de la opinión pública el apodo de El Carnicero de los Balcanes, por la responsabilidad que se le atribuía en ataques dirigidos a la población civil. En 2002, el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia lo llevó a juicio por crímenes de lesa humanidad. Fue un proceso largo cuya conclusión Milošević no alcanzó a ver, pues murió en su celda, de una falla cardíaca, en 2006.
A lo largo de los años que el expresidente pasó detenido, solía dejar correr la grabación de “A mi manera” en la celda, a un volumen lo suficientemente alto para que quienes estuvieran cerca pudieran escucharla.
Del homo economicus
Al igual que Trump, Gorbachov y Milošević, el protagonista de “A mi manera” —que no nos quepa duda— es hombre.
En su lúcido ensayo ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?, la periodista sueca Katrine Marçal diagnostica una enfermedad que Occidente ha confundido con órgano vital: la economía (al menos la economía neoliberal) se sustenta en el mito del hombre económico. Nos presenta a un viejo conocido, del cual no obstante desconocemos la cara: un sujeto racional, piedra angular del funcionamiento de El Mercado, cuyas decisiones se basan en la obtención de beneficio y que existe aislado de cualquier contexto.
El hombre económico, está claro, no es mujer, dado que históricamente a ella se le han encomendado las actividades improductivas —por igual aquellas que por su repetitividad no generan más ganancia que satisfacer la obligatoriedad de hacerlas (entiéndase, el trabajo doméstico), y aquellas que involucran el sentimiento y el vínculo, características incompatibles con el hombre económico enajenado.
Nadie parece (o nadie quiere) advertir que el hombre económico es una ficción equívoca, inalcanzable ya no digamos para su concepto de lo femenino —y Marçal es aún más lapidaria al identificar la liberación de la mujer del siglo xx no con una asimilación del modelo tradicional femenino, sino con la aspiración de convertirse también ella en el homo economicus—, sino incluso para los propios hombres de carne y hueso, inevitablemente inflados de contexto, experiencias, configuración moral, emociones y vísceras.
Este mito ha servido para justificar toda clase de injusticias y ha legitimado la asimetría de género durante años, pero también ha logrado colarse en otros aspectos de la vida no económicos sensu stricto, como el amor romántico y esa perversidad que algunos han dado en llamar “branding personal”.
Decía antes que Sinatra no era Donald Trump. Según palabras de la otra hija del cantante, Tina, Sinatra confesó que consideraba “A mi manera” egoísta y autocomplaciente. Mas los apremios del mundo han cambiado desde la época en que Sinatra expresara su opinión. El tufo de arrogancia y autocomplacencia que La Voz percibía en cada frase de su símbolo y cruz se transformaron con el tiempo en éxito selfmade. Por supuesto que el texto de Anka está bañado en petulancia, sin embargo eso, en la era del hombre económico, es poco menos que aceptable.
La razón por la que tanta gente votó por Donald Trump en las elecciones de 2016 es que no conciben la posibilidad de que un millonario sea una mala persona. La ética laboral del capitalismo vende la idea de que sólo aquellos que trabajan duro acceden a la riqueza; ergo, si no tienes dinero, es porque no trabajaste duro. La lógica del homo economicus es perfecta porque deja fuera el contexto social de origen, y a ella se suma el trabajo convertido en dogma moral: trabajar te hace rico al mismo tiempo que te hace bueno, y la pobreza se explica por lo tanto no en términos sociales sino de incapacidad y mezquindad individual. En este modelo, con su esqueleto de aspiraciones, quien ha llegado a la cima es la encarnación del hombre económico, y se ha ganado el derecho a cantar:
For what is a man, what has he got?
If not himself, then he has naught
To say the things he truly feels
And not the words of one who kneels.
The record shows I took the blows
And did it my way.
¿Qué es un hombre?, ¿qué es lo que tiene?
Sí no es él mismo, entonces no tiene nada.
Decir las cosas que realmente siente
y no las palabras de aquel que se arrodilla.
Mi historia muestra que he recibido los golpes
y lo hice a mi manera.
De Schröder
En septiembre de 2005, la candidata conservadora a la cancillería alemana, Angela Merkel —quien, a pesar de ser mujer, encarna bien el modelo del homo economicus—, le ganó una apretada elección a Gerard Schröder. Este había ejercido el puesto ya por dos periodos y, antes de ceder la estafeta del país germánico, uno de los pilares de la Europa contemporánea, protagonizó una ceremonia de despedida.
Ese día Schröder desfiló, con lágrimas en los ojos, frente a la mirada de los presentes y de casi ocho millones de telespectadores, mientras una banda de guerra lo acompañaba al ritmo de “A mi manera”.
De Cloclo
Paul Anka no escribió la música.
Entre los años sesenta y setenta, hubo en Francia un cantante y compositor de música pop llamado Claude François, famoso entre otras cosas por morir en su infructuoso intento de cambiar un foco en la tina. Pero no era ésta la primera desventura que le ocurría. En 1967 terminó su relación con la cantante y modelo France Gall, lo que lo llevó a componer —en colaboración, según otras versiones— una canción ejemplarmente triste: “Comme d’habitude”, cuya traducción podría ser “Como de costumbre” o “Como siempre”; incluso, con más desparpajo, “Para variar”.
La pieza narra la jornada de un hombre cuya existencia se parece más a un estanque enverdecido, a causa en buena medida a la relación comatosa que mantiene con una mujer. La composición de Cloclo, así se le conocía al intérprete, tuvo un éxito nada despreciable —existe, de hecho, una película dedicada a su vida, que cierra con la conocida melodía— aunque limitado a Francia, donde Paul Anka la escuchó por primera vez y decidió adaptarla, si el verbo no le queda muy ajustado a la taxidermia musical que le practicó en honor de Sinatra y, sin querer, del rumbo entero de Occidente.
Nuestra cotidianidad prohíbe de facto la tristeza; se la intuye hermana del fracaso, y por lo tanto de la iniquidad. Ser feliz se nos presenta, más que como una meta, como un imperativo moral (igual que no ser pobre). “Comme d’habitude” tiene su lugar seguro en el olvido. Igual que la intuición de Sinatra. “A mi manera” es hoy de otra voz, una voz masculina [“for what is a man (¿Qué es un hombre?)”], privilegiada [“I’ve lived a life that’s full (He vivido una vida plena)”], comprobadamente dañina, aunque poco le importe y pueda de hecho culpar del daño al prójimo [“regrets, I’ve had a few, but then again, too few to mention (remordimientos, he tenido, pero muy pocos como para mencionarlos)”]. Es el himno del hombre económico que una orquesta le toca para que baile en la celebración de su poder. Ya otros, deslumbrados por la ficción de karaoke, votaron en las urnas para ponerlos ahí, con la fantasía de también ellos mirar a los demás desde arriba y cantarles que sí; que, como es natural, I did it my way.