Con un estilo nítido y potente, los nueve cuentos conforman La noche sin nombre, obra ganadora del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2018, son un desafío a la conciencia. Enmarcadas en entornos comunes, las vidas de los personajes se trastocan por un acontecimiento casual que los hace dudar entre afrontar o darle la espalda a la muerte. Sin condescendencia ni conmiseración, los textos de Hiram Ruvalcaba general una gran empatía y exigen al lector ponerse en el lugar de los protagonistas y preguntarse: “¿Qué habría hecho yo?” Y, a falta de una respuesta adecuada, el desasosiego comienza cuando se reconoce que, al igual que en estos relatos, en esta vida a veces la mejor opción es “hundirse dando alaridos en la noche sin nombre”.
El amanecer exhaló una camioneta de vidrios polarizados. Era una camioneta roja, grande y poderosa. Una música de balas, muerte y héroes sin ley manaba de ella a borbotones. El sol ardía en sus costados y la carretera chillaba a su paso con gritos de acribillado.
Avanzó por caminos rurales del sur de Jalisco, como lo hacía todas las mañanas de los últimos años; descendió por una brecha que subía y bajaba (“sube o baja según se va o se viene”). Atravesó el recién inaugurado Cementerio de Calderón; cruzó cuarenta y cinco minutos de pueblos, campos de maíz, ganado, polvo, guijarros, arrieros, guardagujas y piedras volcánicas que aún despedían un aroma agrio, similar al del azufre; bajó todavía más y llegó hasta el poblado de San Juan, que pacía al borde de la carretera. Quebró cual proyectil la mañana caliente, y su paso tronó por el empedrado, rugió sobre el pavimento.
La gente, desde las ventanas, miraba de soslayo la fatalmente célebre camioneta. Algunos, los más, se encerraban tras sus frágiles puertas cuando la veían acercarse. Otros, los menos, salían de sus casas o se paraban en seco para saludar con naturalidad a los ocupantes. Los niños del pueblo corrían detrás de ella, coreando la canción que sangraba de sus bocinas.
Se detuvo en el jardín municipal y descendieron varios heraldos negros cargando bolsas de plástico; armas que refulgían bajo un sol pávido, y un cartel grande, con claras letras oscuras. Los hombres avanzaron hasta la entrada de la presidencia municipal: jocosos, les gritaban piropos y silbaban a las señoritas que empezaban a salir a la calle; devotos, se persignaron uno a uno cuando cruzaron frente a la capilla del pueblo. Llegaron a la puerta (cerrada) de la presidencia.
Con ritual cuidado, abrieron las bolsas y colocaron su contenido a lo largo del portón de madera en el umbral del edificio: doce cabezas humanas sucias, manchadas por varias costras de sangre seca, lágrimas y baba. Eran las cabezas de David, Pablo, Santiago, Abraham, Pedro (el más joven de todos), Jesús, Juan… Algunas todavía llevaban fresco el espanto.
Su distribución era de una simetría notable. Los rostros apuntaban en línea recta hacia el lado en el que estaban ubicados: sin importar desde qué ángulo miraras a la presidencia, siempre encontrarías un par de ojos apagados regresándote la mirada como un espejo interminable. Para quienes los veían de frente, daba la impresión de que nada escaparía a los ojos de esos doce bautistas implacables.
Por encima de las cabezas, pegado en la puerta, los heraldos dejaron un letrero con una pésima e imperiosa ortografía:
Aqui no entra nadien, asta que diganos lo contrario.
Uno de ellos repitió, categórico, la orden escrita. Nadie habría de abrir esa puerta. Nadie habría de tocar las cabezas hasta que volvieran por ellas, aunque no avisaron cuándo. Las personas guardaba un silencio solemne. Hacía calor. Un viento de pistolas barría la carretera, las calles empedradas, la iglesia y el umbral del edificio que ostentaba aquellos trofeos como pústulas aún frescas.
Pasaron los minutos en una calma espesa. Los hombres volvieron a la camioneta roja de vidrios polarizados y se lanzaron a las afueras del pueblo. La música se pegaba en las casas a su paso, igual que un escupitajo de sangre seca.
Transcurrió poco tiempo antes de que se congregaran los primeros curiosos. La gente espantaba a los pájaros y las palomas que se aproximaban a los apóstoles caídos, para evitar que perturbaran su letargo o los movieran de su sitio.
Los más jóvenes organizaban retos de valor para ver quién se acercaba más a las cabezas; un muchacho no mayor de trece años se atrevió a tocar con una rama las mejillas de Pablo. Ése fue el límite del valor de la gente.
Advertidos en sus escuelas de los peligros para sus padres, los chamacos evadían el lugar, e incluso tiraban piedras a los zopilotes que empezaban a reunirse, llamados a un festín sin precedente. De vez en cuando, a pesar de la pestilencia, un niño curioso se quedaba varado frente a los doce pares de ojos, intentando reconocer alguna mueca.
El segundo viernes llegó una mujer. Nadie supo de dónde venía. Nadie supo su nombre. Se acercó a la puerta de la presidencia. Buscó durante incontables minutos entre aquellas caras maltratadas, más allá de cualquier identificación, hasta medio reconocer una de ellas. Pronto su llanto se escurrió por las calles de San Juan. Se dejó caer sobre sus rodillas y berreó frente a la cabeza —que ahora parecía mirarla fijamente—, casi con resignación. Durante un instante (mínimo, imperceptible para quienes no la miraran con atención), hizo ademán de tomarla, pero en esa frontera cesó su intento.
Lloró sin tiempo, sin principio ni fin, gritándole palabras de amor a la estoica testa. Lloró y gritó hasta que su voz ronca se hizo ininteligible. Así, con lágrimas, se alejó del lugar. La cabeza siguió, impávida, el ritmo de los pasos.
Nadie supo cuándo comenzaron las parejas a reunirse en ese sitio. Los jóvenes de la comunidad lo visitaban durante la noche, se tomaban fotografías y les ponían apodos a los doce rostros: El Orejón, El Guiños, El Chino, El Ojizarco. La noticia de aquella escena recorrió cientos de kilómetros y pronto en cada pueblo de Jalisco se supo que en San Juan se descomponían doce miembros cercenados intocables.
Hacia el final, acabada ya la pestilencia, la gente pareció perder todo interés en los decapitados. El cartel se había caído de la puerta por causas naturales. Ya no temían acercarse, mas la fuerza de la costumbre mantenía a los curiosos alejados del lugar. Un niño lanzó, por error, su pelota hacia la entrada y tumbó a Jesús, que estaba al frente de los demás. Se acercó, lo recogió, lo acomodó lo mejor que pudo y regresó corriendo a jugar.
Las cabezas siguieron en su sitio.
***
El atardecer exhaló una camioneta de vidrios polarizados. Era una camioneta roja, grande y poderosa.
Avanzó por caminos rurales del sur de Jalisco, como lo hacía todas las tardes de los últimos años; descendió por una brecha que subía y bajaba (“sube o baja según se va o se viene”). Atravesó el Cementerio de Calderón; cruzó cuarenta y cinco minutos de pueblos, campos de maíz, ganado, polvo, guijarros, arrieros, guardagujas y piedras volcánicas que aún despedían un aroma agrio, similar al del azufre; siguió por una vereda, y llegó hasta el poblado de San Juan, que pacía al borde de la carretera.
Se detuvo en la puerta de la presidencia. Los heraldos recogieron una por una las cabezas, sin notar que habían sido movidas por el viento y los animales callejeros. Las metieron en una bolsa negra y se fueron de ahí, entre risas e insultos.
El vehículo rojo tomó la calle que descendía desde la presidencia y salió del lugar. A su paso levantó polvo y guijarros desesperados y se hundió dando alaridos en la noche sin nombre.
“El incidente de San Juan” aparece en La noche sin nombre (Tierra Adentro, 2018) de Hiram Ruvalcaba.
Los cuentos de Que parezca un accidente forman un catálogo que ilustra bien el siglo que vivimos. En trece cuentos aborda la violencia, la amistad, el amor, la desesperanza, la euforia, la soledad y el humor. El hilo conductor de estos cuentos es el accidente: aquello que fue y tuvo repercusiones, pero del cual nadie tiene la culpa, como si la inconsciencia se apoderara de los personajes.
Como muchas mujeres pasadas de peso, Doris Camarena lo había intentado todo para adelgazar sin obtener resultados. Incluso se había sometido a dos intervenciones menores, la primera para colocarse una malla supralingual que sólo le permitiría ingerir líquidos y la segunda para hacer que la retiraran porque, efectivamente, no la dejaba comer.
Probó con la dieta del licuado de pepino, con la de la alcachofa horneada, la del jugo de sandía, la de la infusión de jengibre, la del atún, la de la piña, la del huevo cocido, la de la manzana verde, la de la savia, la de la sábila, la de la manzanilla, la del apio, la de la chía, la de la alfalfa, la del té verde, la del abedul, la de los brócolis, la de la hierbabuena, la de la menta, la de la lechuga, la del agua de avena, la de la linaza, la del caldo de repollo, la del repollo crudo, la diurética, la que estimulaba el tránsito gastrointestinal y la de los dos traguitos de vinagre antes de cada comida. Esta última, particularmente, le había sentado fatal, porque con todas las comidas que hacía en el día antes de la cena ya se había tomado litro y medio de vinagre. Le había sentado peor que la del ajo, que ya es mucho decir, porque aunque supuestamente es excelente para desintoxicar el organismo, a ella le había hinchado la barriga con las más olorosas flatulencias.
Aquella mañana en que Doris Camarena iniciaba su affaire con la Dieta Monocromática, abrió la ventana y dijo qué mañana más radiante mientras respiraba hondo una brisa fresca que le onduló la bata, ruborizándole la papada y haciéndola lanzar una risilla pícara, porque Doris Camarena era cursi y sólo sabía expresarse así, con las frases hechas y los recursos del estereotipo que leía en revistas del corazón y noveletas rosas, que como es bien sabido, erigen su escritura en frases vacuas. Pero como ya apuntó un clásico francés con la sagacidad propia de los franceses: no se leen necedades impunemente, así que cuando Doris Camarena lograba construir una expresión suya, la repetía hasta convertirla en un cliché. Lo mismo que con cualquier acto espontáneo, por nimio que fuera, Doris Camarena sabría integrarlo a su pedante repertorio de gestos ostentosos.
Cuando a Doris Camarena le recomendaron la Dieta Monocromática, supo que sería la dieta perfecta, porque pocas veces una dieta se molesta en incluir el elemento estético, así que la indicación de organizar los platos como si fueran arreglos decorativos, más que incentivarla, le pareció una verdadera señal. Decidió comenzar con el rojo, porque como ya se dijo, era cursi y, como todas las gordas, también un poco dada al drama. Entonces, todos los alimentos que consumiera debían formar parte de una paleta de color que iría del rosa viejo al borgoña suave. Con sólo pensarlo su apetito se estimuló y un grueso hilo de saliva con regusto a pollo empanizado le humedeció el mentón antes de caer en su descomunal busto, junto a dos migas de algo que se confundía entre waffle y galleta.
Galleta, en definitiva, pensó Doris Camarena luego de pasarse grácilmente los dedos del escote a la boca y secarse la barbilla con tres golpecitos de una borla cubierta con talco perfumado. El polvo proporcionó una capa sedosa, delicada y aromática a los pliegues de piel que separaban su rostro de los hombros, ahí donde otras personas tendrían lo que se conoce como cuello. Doris Camarena se sintió sensual y hambrienta, bostezando, calzó sus piececitos rechonchos en dos babuchas de tul que la elevaron brevemente algunos centímetros del suelo, antes de que el exiguo tacón, vencido por el peso, se desplomara haciendo pasar las babuchas de diseñador por vulgares pantuflas. Pero Doris Camarena no lo notó, y si lo notó, no pareció importarle mientras se desplazaba hacia la cocina con la cadencia concerniente al tamaño de sus muslos y caderas.
Doris Camarena terminó de verter la jamaica con betabel en sus mejores copas, agregó un toquecillo de agua gasificada y un acento de sirope, ingredientes que por su transparencia se permitía incluir con un contento singular, y contempló un momento el primor de coquetería con que había puesto la mesa. Porque una cosa era hacer dieta y matarse de hambre y otra muy distinta hacerlo sin tener siquiera una satisfacción: cisnes de bolonia con salchichas, flores de queso de puerco y pimentón, pirámides de jamón bañadas de cerezas en almíbar, manzanas caramelizadas, lonchas de lechón en gelatina, pepperonis rebozados con tomate frito. Todo en porciones industriales porque donde decía un vaso, Doris Camarena bebía un galón. Donde decía una pieza, el querubín se zampaba un kilo. Donde un tazón, desaparecía la cara metiéndola en una bandeja.
Doris Camarena se anudó un mantel mediano a modo de servilleta con un moño en el nacimiento de la nuca. Imaginar el nudo de tela como un perifollo entre sus bucles dorados la llenó de complacencia y procedió a hundir los cubiertos directamente en las charolas. Apenas había probado bocado de un embutido tan blando y pulposo que recordaba a sus propias pantorrillas cuando sonó el timbre. A Doris Camarena le invadía un regocijo inenarrable cuando escuchaba el trino, el gorgorito y los aleteos de ruiseñor con que había hecho personalizar el llamado de su puerta, pero muchas veces podían ser inoportunos, sobre todo cuando se aposentaba en el comedor y cuando, como en esa ocasión, insistían con tanta vehemencia.
Doris Camarena puso un ojo en la mirilla y un pepperoni rebozado en su boca. Era el mensajero del taxidermista. Visiblemente emocionada, deslizó el mantel de su pecho y abrió la puerta dando aplausos con la punta de los dedos. El movimiento, que presionaba sus senos y los desbordaba hasta la desmesura para presionarlos otra vez, era sugerente por la enorme voluptuosidad de Doris Camarena en bata, y mantuvo en coma al repartidor hasta que cesaron los aplausos y las masas insufladas bajaron a un palmo de su ombligo, donde de acuerdo con lo ocurrido tras su bragueta, el repartidor intuyó el tamaño de la areola de aquellos dos pezones gruesos que amenazaban con reventar los encajes que contenían las carnes de Doris Camarena.
Doris arrebató el paquete al repartidor. Éste pareció despertar de alguna clase de hechizo y, sudoroso, entregó la nota. Doris Camarena tomó el bolígrafo y estampó su firma en el papel, un arabesco extravagante que remataba las íes con corazoncitos. El repartidor tembló. Doris Camarena cerró sin darle propina y se arrojó en el diván para admirar a Mirriñús, un persa aperlado de tres años, el séptimo gato que disecaba con la empresa que empleaba al repartidor. Colocó a Mirriñús en un cojín de damasco conmocionada hasta el sollozo por la excelente calidad del trabajo de liofilización hecho con los ojos del gato. Le habían dejado la plaquita y habían tenido la delicadeza de ponerle otro cascabel. Y el pelaje, tan lustroso, idéntico a como era cuando Mirriñús le alegraba los días compartiendo con ella el tocino y la soledad.
Doris Camarena pasó su mano por la pancita del gato y se conmovió. Mirriñús pesaba ocho kilos pero era un gato frágil en comparación con Señor Bigotes, que al momento de su visita al taxidermista estaba impedido para maullar y moverse a causa de sus diecisiete kilos. Señor Bigotes había muerto de una complicación diabética, lo que frustró mucho a Doris Camarena porque siempre pensó que Señor Bigotes se iría como los grandes: comiendo. El suspiro con que Doris Camarena puso a Mirriñús en la vitrina fue semejante a un bufido que la desinflaba. Posó ambas manos candorosamente sobre el cristal y pretendió que se abandonaba un instante a la desolación. Pero Doris Camarena no era ese tipo de mujer, ella se recomponía de inmediato y nunca se dejaba abatir por los sinsabores de la realidad.
Uno por uno, sacó a los gatos del aparador y fue sentándolos alrededor de la mesa con Señor Bigotes a la cabecera. Después, en el sentido de las agujas del reloj, les puso baberitos con curiosos ratones bordados en punto de cruz. Sololoy, Chimichurri, Macarrón, Budulbudur, Fígaro, Sushi, Zig-Zag, Quesito, Burbuja, Whisky, Finlandia, Cornflake, Malvavisco, Brandy, Duvalín, Nutella, Tropical y por supuesto, Mirriñús. A Whisky y a Brandy les sirvió piernas de pollo a la papikra; a Chimichurri, pavo al chipotle; a Quesito, Duvalín y Nutella, chorizo español; a Tropical, pastel de frutillas; Burbuja y Finlandia preferían las empanaditas de churrasco; a Sololoy le puso doble ración de tallarines marinara; Cornflake, Budulbudur y Macarrón se veían di-vi-nos con sendos filetes de salmón; a Fígaro le acercó un cisne de bolonia; a Zig-zag y a Sushi, lomo de lechón; y a Mirriñus y Señor Bigotes les repartió cinco flores de queso de puerco equitativamente.
Al terminar de servir, en estricto orden regresivo, Doris Camarena fue dando cuenta de cada platillo. Una, dos, tres, cuatro, cinco flores de queso de puerco y un sostenido gemido de placer. Lomo de lechón, cisne de bolonia, filete de salmón. Eructo. Risilla. Jarra de jamaica. Se empujó los tallarines marinara con las empanadas de churrasco y el pastel de frutillas fue un paraíso de dulzura en medio del festín salado. Devoró los chorizos, el pavo y los pollos enteros hasta arrasar con la mesa en medio de chumps y ñams. Agotada y somnolienta, se derrumbó en el diván con tal impacto que hizo cimbrar la casa, ensuciando a Sololoy con restos de salsa y mantequilla. Lucía tan apetitoso que Doris Camarena de buena gana se lo habría comido, pero al intentarlo, no se pudo incorporar.
Roncó sin dar tregua a sus cornetes nasales aproximadamente tres cuartos de hora, durante los cuales tuvo un vívido sueño en el que aparecía Señor Bigotes, donde ambos ronroneaban y compartían recetas desparramados sobre un algodón de azúcar a la que daban mordiscos de vez en vez, pero de pronto, Señor Bigotes abría unas fauces gigantescas llenas de dientes y se la tragaba. Doris Camarena despertó con hambre y un poco agitada. Regresó los gatitos a la estantería y tomó el pedazo de jamón enlatado más jugoso de la alacena, desmenuzó la mitad y la llevó a la ventana en el platito de Mirriñús. Ahora sólo debía esperar. Comer su medio jamón de lata y esperar. Pronto tendría otro compañero de atracones a quien prodigar mimos y a quien amar. Porque Doris Camarena tenía pocas certezas en la vida, pero ahí, con su redonda faz pegajosa y colorada, con rastros de esas viandas rojas cuyo recuerdo iluminaba sus pupilas y le provocaba borborigmos, se resumían en dos: la Dieta Monocromática había llegado a su existencia para quedarse y siempre, siempre tendría lugar para otro gatito en su vitrina.
“Señor bigotes” aparece en Que parezca un accidente (Nitro/Press, 2018) de Elma Correa.
Hay además de belleza [en Una jacaranda en medio del patio]—o tal vez allí habita la belleza de estos poemas— una comprensión honesta y amorosa por la otra, aun por aquella con la que se no comparte nada.
Selva Amada.
Mi madre teje una bufanda
para mí
todos los inviernos,
y mi colección de estas prendas
rebasa más de una docena.
Dice que aprendió a tejer
para protegerme del frío,
de las corrientes de aire helado
que arremeten todos los años,
en esta ciudad,
tan lejos de ella.
En esta misma ciudad,
los días pasan
entre la oficina
y el tráfico.
Arrastrando a veces tristeza,
a veces miedo,
vértigo,
por eso me sostengo de mi bufanda,
meto la nariz en ella,
para cobijarme en medio del remolino,
de la prisa, de vivir lejos.
Todos los inviernos,
mamá busca entre las bolas de estambre
un color nuevo y crispante;
una puntada diferente a la del año pasado,
busca una forma distinta de quererme,
de hacer que su amor
me caliente el pecho.
Y yo llevo sus bufandas
a todos lados.
Aprendo a combinarlas
sin importar la ocasión,
el amor es algo que no pasa de moda.
“Mi madre teje una bufanda” aparece en Una jacaranda en medio del patio (ISIC, 2018) de Zel Cabrera.
Mapa de denuncias de intentos de secuestro en el Metro de la CDMX. Zoé Láscari.
“Un triángulo de las Bermudas”, así llamó el diario español El País a las 195 estaciones del metro de la CDMX, pues desde hace cuatro años han sido los escenarios de las desapariciones de 153 personas. Además, en la segunda mitad de enero, más de 20 mujeres denunciaron en redes sociales intentos de secuestro en distintas estaciones y sus alrededores.
Zoé Láscari, egresada de la UNAM en la carrera de Diseño y Comunicación Visual, decidió crear una plataforma para recopilar las denuncias de intentos de secuestro en el metro. El mapa de denuncias (en verde las de 2018 y en rojo las de 2019) se ha convertido en un testimonio viral del horror. La iniciativa es loable y abre una discusión virtual sobre una problemática ineludible (la inseguridad que enfrentan las mujeres en el país), pero debe señalarse que, hasta ahora, el mapa no cuenta con mecanismos de investigación y verificación de plataformas visualmente similares, como el Mapa de feminicidios en México.
Mapa de denuncias de intentos de secuestro en el Metro de la CDMX. Zoé Láscari.
“Hoy me pasó, sí, a mí me pasó” escribió Itzel Fragoso en Facebook antes de denunciar el intento de secuestro que habría sufrido el 29 de enero, afuera del metro Martín Carrera. Hoy su historia es una de las muchas que conforman el mapa de denuncias de Zoé. Tierra Adentro contactó a ambas para que nos hablaran del mapa.
***
TIERRA ADENTRO: ¿Cómo te involucras con el caso de las denuncias de intentos de secuestro en el metro?
ZOÉ LÁSCARI: Desde el año pasado leí un par de testimonios, pero desde el inicio de este los casos fueron aumentando en algunas zonas y estos compartían características alarmantes.
TA: ¿Cuál es tu experiencia respecto a la seguridad para las mujeres en el metro?
ZL: En general no me ha pasado nada tan grave como un intento de secuestro, pero sí he vivido acoso sexual e intimidación en más de una ocasión. Lamentablemente, pocas veces he presenciado que la policía actúe de forma adecuada en estos casos.
TA: ¿Cómo empiezas a trabajar con el mapa?
ZL: Mi idea inicial era trabajar una serie de infografías con estaciones de riesgo y consejos de seguridad, pero como no sabía si los casos que conocía eran todos, decidí crear el mapa de forma improvisada para compararlo con los testimonios que conocían las mujeres en un grupo en el que estoy. Al final ellas me pidieron hacerlo público para compartirlo con sus conocidas, y supongo que la preocupación es tanta, que este fue llegando a muchos lugares.
TA: ¿Qué opinas de los grupos de Whatsapp de mujeres en los que avisan cuando llegan a sus casas como medida de seguridad y apoyo?
ZL: Estoy completamente a favor de las redes de apoyo entre mujeres. Creo que estas, la información y la autodefensa son, por la situación mundial en general, nuestras mejores armas.
TA: Respecto al mapa, ¿cuántas denuncias hay hasta el día de hoy?
ZL: Alrededor de diez de años anteriores y unas sesenta de este año. Siguen llegándome testimonios.
TA: ¿Cuál ha sido la reacción al mapa de personas cercanas a ti y la que haces percibido en las redes sociales?
ZL: Creo que en general ha sido de alarma, al identificar ciertos patrones en los intentos de secuestro: están sucediendo en zonas concurridas, a la luz del día. Creo que estamos muy preocupadas, hartas y con miedo. Pero también he leído cosas buenas, como que esto nos alienta a actuar, a defendernos y a ayudar.
TA: ¿Qué les dirías a las personas que son escépticas respecto a una plataforma de denuncia anónima?
ZL: Cada quien es libre de creer lo que desee, los datos de feminicidios, abusos sexuales y desapariciones están al alcance de todos. Yo hice el mapa porque es un tema que me importa y porque les creo a esas mujeres.
TA: ¿Algo que quieras decirle a las lectoras de Tierra Adentro?
ZL: Cuídense mucho, estén siempre alertas, inviertan en herramientas de autodefensa, creen sistemas de seguridad con sus conocidos. Si son víctimas de esto, defiéndanse, luchen, griten, golpeen; todas las mujeres que me escribieron tienen eso en común. Si ustedes son testigos: ayuden y pidan ayuda.
TA: Cuál ha sido la respuesta de tus familiares y amigos en Facebook después de ver tu publicación?
ITZEL FRAGOSO: Mis familiares y amigos están impactados, están tristes y felices al mismo tiempo, de saber que yo este aquí con ellos.
TA: ¿Cómo te has sentido al volver al metro?
IF: Lamentablemente no he me sentido con la seguridad de salir de casa, mucho menos de regresar al metro.
TA: ¿Qué opinas del mapa que hizo Zoé Láscari de denuncias intentos de secuestro en el metro?
IF: Sobre el mapa me parece genial su iniciativa para prevenir eso y me parece triste también que tenga que existir un mapa donde suceden cosas como estas y sean tantas.
TA: ¿Por qué decidiste que tu caso formara parte del mapa?
IF: Decidí formar parte de esto por que es algo que realmente está pasando en nuestra ciudad y debemos cuidarnos entre todos.
cuando mona best vio el lugar en venta
supo que debía abrir the cavern
empeñó sus joyas y apostó en el derby
a un caballo llamado never say die y ganó al 33-1
pagó el depósito
y contrató al cuarteto de les stewart para la inauguración
pero la rechazaron
entonces george que tocaba en esa banda
invitó a john y paul para que tocara the quarry men
y mona best aceptó la idea de programar al grupo
a cambio de que decoraran el lugar
con arañas dragones símbolos aztecas estrellas arcoíris
: mona best sabía que the quarry men tocaban en el jacaranda
un club de negros del barrio gregoriano
y habían pintado las paredes con un decorado ultra llamativo
y alternaban con lord woodbine
el mayor exponente del calypso en la isla
que era su mentor maestro chofer representante dealer
que les gestionó una gira en bares de hamburgo
y les presentó al hijo de unos muebleros que le habían vendido un piano a paul y un tocadiscos a john llamado brian epstein
que les advirtió: si ustedes realmente desean llenar lugares grandes
van a tener que dejar de comer en el escenario
y no drogarse frente al público
: john le platicó a mona best que estaba componiendo one after 909
un blues tipo delta que hablaba de estaciones de tren
donde la miel se disuelve en una vía
y que a paul le pasaba por la mente la frase ob la di ob la da
que usaban sus amigos nigerianos para decir que la vida continúa
: mona best sabía que bajo la neblina de la mariguana
la banda había tomado la decisión de tocar canciones propias
y le aconsejó a john que one after 909 debía estar en un disco
luego le mostró las medallas que ganó su marido en la guerra
pero john se horrorizó: había nacido bajo un bombardeo
y se negaba a tratar el tema
: a paul le desagradaba one after 909 pero le divertía tocarla
sentía que cuando george aceleraba el riff
surgían los resortes necesarios para entender la vida
desde la teoría de la relatividad hasta mecánica cuántica
y el principio de incertidumbre
: para mona best cada compás situaba el orden del caos y la presión sanguínea cifradas en el acomodo de la letras letra y el sonido
similar sentían lemmy mick jimi eric ozzy y muchos más:
paul era de la idea que era mejor tener un mal bajista que no tenerlo
y grabaron la canción
pero 3 días después la madre de john fue atropellada frente a su casa muriendo instantáneamente:
entonces john destruyó la grabación
cambió la cadencia del rasgueo
y el nombre del grupo
y cuando volvieron a tocar one after 909
se llamaban the silver beetles y estaban en hamburgo
y klaus vagaba por la calle reeperbahn junto a astrid y jürgen
y escucharon que salía de la discoteca kaiserkeller un ritmo que desconocían
entraron de inmediato
y se sintieron culpables de estar tan alejados de todo
por lo que se sentaron frente al escenario
vestían de negro y fingían estar deprimidos
pero su alegría se desbordaba sacudiendo el trapeador de su cabello
mientras en su cerebro un carrusel giraba cambiándoles la vida instantáneamente
y se hicieron amigos
y sus borracheras iniciaban después del toque de queda
jürgen les tomó algunas fotos que después fueron un best seller
astrid les hizo sus famosos cortes de cabello moptop
y les invitó preludin para compartirles de su euforia
(y cada noche le robaba a su madre esas tabletas
que usaba para mantenerse insomne y atenta
para huir ante cualquier estallido de guerra)
después klaus diseñó la portada de revolver
y tocó con george en el concierto de bangladesh
y formó parte de la plastic ono band
: el puerto estaba convulsionado por el rock and roll del mersey
al grado que los dueños de otros clubes
agobiados por la soledad
denunciaron a george por menor de edad
y fue deportado
y a la semana siguiente el resto de la banda también
por ocasionar un incendio
cuando bombardearon una habitación con condones con keroseno
: en sí
one after 909 era explosiva pero para paul
seguía siendo una canción incompleta
que retrataba el intrincado entramado de las etapas colectivas
de la individualidad múltiple
y por alguna razón debían tocarla (quizá de otra forma)
entonces john la bajó medio tono
cuando royston ellis: poeta de liverpool fan de kerouac
los invitó a jamear para un recital
y les preguntó que cómo deseaban que los llamara
john respondió: moondogs o beetles
pero el poeta les comentó que sería cool y fashion ponerse beat
beatles
entonces john escribió una historia
donde explica que el nombre de la banda
surge cuando él está dormido soñando con un tipo
con un flaming pie
que lo amenaza diciéndole que le pusiera beatles en lugar de beetles
si no le estrellaba el pastel en la cara
-en ese momento john no imaginaba que su asesino
cruzaría todo el océano pacífico
y luego el país de costa a costa
para esperarlo 12 horas sentado frente a su casa
y dispararle un pastel en llamas múltiples veces
: desde ese instante paul sabe que todos los que odian a the beatles
son menos famosos que ellos
y también los que los aman
y que un producto deja de ser un producto
cuando dura más que un producto:
john sabía que el cristianismo es una mierda
aunque ignoraba lo que sería el midi
y un día telefoneó a mona best
para pedirle las medallas de su esposo
y posar con ellas en la portada de sargento pimienta
mona best se las prestó
y le preguntó por one after 909
y john comprendió que el tiempo es una dimensión variable
que aunque pasa nunca está pasando
y que esa canción solo se puede tocar en vivo
porque no hay estudio que la pueda domesticar
: entonces cuando estaban en la azotea del edificio del número 3 de la calle savile road
y ringo marcaba el tiempo golpeando 4 veces sus baquetas
george aceleró el momento
y paul volteó a ver a john
comprendiendo que aunque ya no eran los mismos
debían regresar
solo para irse
Cartel para conferencia sobre “Persuation”. Gresham College. Flickr.
Bienvenida a la casa de las citas. Esta semana la Redacción de Tierra Adentro amaneció (y amanece, al menos hasta hoy) y se fue a la cama con un pendiente perpetuo: hallar el origen de esa frase que no se le iba de la cabeza, y tan no se le fue que terminó convertida en el título de esta publicación. La Redacción de Tierra Adentro sabía de antemano que: a) Era una cita de César Aira y b) Pertenecía a una entrevista.
Primer error: la Redacción de Tierra Adentro recordaba mal la frase. En lugar del cariñoso título que encabeza esta publicación, la Redacción de Tierra Adentro buscó en DuckDuckGo “yo adoro a la Jane Austen”, y así, entrecomillado, lo único que arroja el buscador es un eco de cero entradas y desmemoria.
Segundo error, este de los recolectores de la frase: mientras que habían titulado la página “Yo la adoro a Jane Austen”, en realidad el título de la entrevista es Cualquier cosa: un encuentro con César Aira, de Craig Epplin (University of Pennsylvania) y Phillip Penix-Tadsen (Columbia University).
Tercer error: la frase en cuestión no aparece en el cuerpo de la entrevista. Y no es algo que se descubra al final de una lectura gozosa o más o menos gozosa (no en las circunstancias de la Redacción de Tierra Adentro) sino ⌘ + F y resulta que la única mención de Jane Austen en el cuerpo del texto es esta: “traduje a Jane Austen, y algún autor francés, o inglés” y ya.
Entonces una (la Redacción de Tierra Adentro, pero lo mismo cualquier otro) empieza a preguntarse si la cita es verdaderamente de César Aira. Porque lo mismo podría ser una exclamación de Epplin o Penix-Tadsen. O de una tercera persona, el primer copista a digital. O una editora. U otra Redacción. Insondable.
Y todo eso viene al caso porque la Redacción de Tierra Adentro también adora a la Jane Austen y es medio maniática de los cumpleaños y las citas citables. Y el asunto de la cita que sigue sin atribución la obligó celebrar hasta hoy, con dos días de retraso, el cumpleaños 206 de Pride and prejudice de la Jane Austen.
Antes de pasar a a la traducción del primer capítulo de la novela cumpleañera (a cargo de Isabel del Valle), a la Redacción de Tierra Adentro le gustaría dar dos instrucciones para el disfrute pleno de esta y las demás novelas de la Jane Austen:
1) Jamás veas las películas basadas en las novelas de la Jane Austen. Basta con el tráiler para descubrir el engaño de esos prados. Las novelas de la Jane Austen son otra cosa, son (si es que tienen que ser algo) la elevación de la casamentera a mente maestra, analista, hermeneuta de las fiestas y tejedora de todos los hilos.
2) La prueba de la importancia de las novelas de la Jane Austen está en la legión de lectoras jóvenes que convoca. La única esperanza que vale es la que se pone en las lectoras jóvenes.
Orgullo y prejuicio
Capítulo 1
Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero en posesión de una buena fortuna debe estar en necesidad de una esposa.
Sin importar que las ideas de un hombre así sean poco conocidas al establecerse este en un vecindario nuevo, esa verdad se encuentra tan bien fijada en las mentes de las familias que lo rodean que es considerado, desde su llegada, la propiedad legítima de una u otra de sus hijas.
—Mi querido señor Bennet —le dijo su mujer un día—, ¿has escuchado que Netherfield Park ha sido finalmente ocupada?
El señor Bennet respondió que no lo había escuchado.
—Pues lo está —replicó ella—; la señora Long acaba de estar aquí y me lo ha contado todo.
El señor Bennet no respondió.
—¿No quieres saber quién la ha ocupado? —chilló su esposa con impaciencia.
—Tú quieres contármelo, y no tengo objeción alguna en escucharte.
Esto fue invitación suficiente.
—Muy bien, mi querido, debes saber que la señora Long dice que Netherfield ha sido rentada por un hombre joven de enorme fortuna proveniente del norte de Inglaterra; vino el lunes en un carro de cuatro caballos a ver el lugar, y quedó tan complacido con él que inmediatamente llegó a un acuerdo con el señor Morris y se mudará antes de la fiesta de San Miguel, pero algunos de sus sirvientes se instalarán en la casa antes de que termine la próxima semana.
—¿Cuál es su nombre?
—Bingley.
—¿Es casado o soltero?
—¡Oh! ¡Soltero, querido, eso es seguro! Un hombre soltero de fortuna considerable; cuatro o cinco mil libras al año. ¡Qué buena noticia para nuestras hijas!
—¿En serio? ¿Cómo puede esto afectarlas?
—Mi querido señor Bennet —replicó su esposa—, ¿cómo puedes ser tan fastidioso? Debes saber que estoy pensando en que se case con una de ellas.
—¿Ese es el motivo por el que ha decidido establecerse aquí?
—¡Su motivo! Tonterías, ¿cómo puedes decir eso? Pero es muy probable que se enamore de una de ellas, por lo que debes ir a visitarlo en cuanto llegue.
—No veo razón para ello. Tú y las muchachas pueden ir, o las puedes mandar solas, lo cual probablemente sea lo mejor, ya que eres tan hermosa como cualquiera de ellas y podrías gustarle más al señor Bingley.
—Querido, me halagas. Es verdad que fui bastante hermosa en mi juventud, pero no pretendo ser ahora nada extraordinario. Cuando una mujer tiene cinco hijas ya crecidas, en lo último que debe pensar es en su propia belleza.
—En tales casos, a la mujer ya no le debe de quedar mucha belleza en la que pensar.
—Bueno, querido, debes ir a ver al señor Bingley en cuanto venga al vecindario.
—Es más de lo que puedo prometer, te lo aseguro.
—Pero, piensa en tus hijas. Lo que significaría para cualquiera de ellas un partido así. Sir William y Lady Lucas están decididos a ir solamente por ese motivo, ya sabes que en general no visitan a los nuevos vecinos. Desde luego que debes ir, pues será imposible para nosotras visitarlo si tú no lo haces.
—Eres demasiado escrupulosa, eso es seguro. Me atrevo a decir que al señor Bingley le gustará mucho verte; le mandaré por medio de ti algunas líneas para asegurarle mi consentimiento a su matrimonio con cualquiera de las chicas; aunque pondré alguna palabra a favor de mi pequeña Lizzy.
—Por favor no hagas eso. Lizzy no es ni un poco mejor que las demás; y estoy segura de que no es ni la mitad de hermosa que Jane, ni la mitad de alegre que Lydia. Pero siempre la prefieres a ella.
—Ninguna de ellas tiene grandes motivos para ser recomendada —respondió él— son todas ignorantes y tontas como la mayoría de las jóvenes, pero Lizzy es más astuta que sus hermanas.
—Señor Bennet, ¿cómo puedes hablar de tus hijas de esa manera? Te complace molestarme. No tienes ninguna compasión por mis pobres nervios.
—Te equivocas, cariño. Tengo el más alto respeto por tus nervios. Son mis más viejos amigos. Al menos te he escuchado hablar de ellos considerablemente en los últimos veinte años.
—¡Ah, no entiendes cuánto sufro!
—Pero espero que lo superes y vivas para ver a muchos jóvenes con rentas de cuatro mil libras al año llegar a este vecindario.
—No importará, pues aunque vengan veinte seguirás rehusándote a visitarlos.
—Confía, querida, en que cuando vengan veinte, visitaré a cada uno de ellos.
El señor Bennet era una mezcla tan extraña de humor sarcástico, reserva y capricho, que la experiencia de veintitrés años de matrimonio seguía siendo insuficiente para que su esposa terminara de comprender su carácter. La mente de ella era mucho menos compleja. Era una mujer de poca inteligencia, escasa instrucción y temperamento desigual. Cuando algo la disgustaba, se imaginaba alterada de los nervios. Su propósito en la vida era ver a sus hijas casadas; su consuelo eran las visitas y las novedades.
Grabado de la edición de 1833 de “Pride and prejudice”. Wikimedia.
En el planeta que fundaremos, los hombres serán imperfectos como los siete barbudos de resina. Con los ojos sellados por la negligencia de su creador. Llorarán carne líquida que se secará sobre sus caras como una rebaba orgánica. Mas nada de esto les afectará: amarán los accidentes, lo no controlado, lo imperfecto. Ellos jamás serán como nosotros, que nos hemos olvidado por completo de quien nos diseñó].
I
Raderia el universo crece mientras nos perdemos. Lo hemos visto crepitar, rendirse, estirar sus membranas en lo alto. Por todo ello, podemos decir que se expande el universo. ¿O es este gran crujido porque se está encogiendo con nosotros dentro? En lo que hablamos, unas estrellas nacen y otras se extinguen en un final maravilloso que es triste perderse. Tú y yo Raderia. Agarrados a las raíces de tu exquisita piel. Prendidos de la medula que atraviesa tu cuerpo. Aún giramos sobre este trozo de piedra que se está enfriando. No es posible sentirlo, pero escucha: este planeta vuela de un lugar a otro sin parar. Vamos aquí en su inmenso lomo de ballena, navegando el silencio en el que estrellas soberanas y otros monstruos se devoran. A donde sea que vaya, iremos. Es cierto que el envión nos pone como locos con su vértigo, pero ¿por cuánto tiempo seguiremos siendo eternos? Se apaga el cielo y a rugir mientras se acaba el día. Estamos esperando. Durmiendo. Haciéndonos pequeños, ¿en todas direcciones? Empezamos hoy.
Babbitt, Edwin D., The Principles of Light and Color, 1878
II
6 de agosto de 1945. Nada. La lluvia gris que oímos galopar sobre el océano que nos rodea. ¿En qué planeta estamos Raderia? ¿A dónde me trajiste con tu voz? Dentro de 12 años nacerá mi padre, dos días después de que su padre cumpla 33. Y aquí no ocurre nada. No sabemos siquiera por qué los árboles que transportamos están tristes dentro de los cristales que los ven crecer?
Nos pasamos las tardes mirando este paisaje de aguas inmensas y de tierras y astros extraños. Y quiero visitarlos: si viven fieras en aquellos montes, quiero ir a ahogarme en sus entrañas negras. Quiero sentir un último terror de despedida y recordar lo que dejamos para siempre en nuestro hogar.
(En las pequeñas noches del planeta, sueño el clamor de lo que tiene vida. Pero cada día Raderia está más adaptada al latido artificial de aquí. —Extraño que pusieras pan en tu ventana para escuchar los pájaros bajar hasta el balcón. —No existen los pájaros —me dice ella. —Sólo son griegos desnudos que no han parado de cantar con su lengua incandescente).
Pero ¿en algún momento hubo griegos aquí Raderia, en este planeta que no sabemos si está en la palma de la mano de dios o en el canútulo intestinal de arcángel?
Allá en mi horrible hogar, con mi familia, mi padre apagaría sus velas una y otra vez durante siglos. Y yo, resoplando amargura como un aliento alcohólico de días, le rezaría cada mañana a tu constelación Raderia, para que estés al fin en paz.
Babbitt, Edwin D., The Principles of Light and Color, 1878.
III
Silencio, un ángel se acerca. ¿Cuánto de lo que hay iba a ser nuestro algún día? ¿O algún tiro nos comió en cadena de humos y vapores, de basura eléctrica rodando por el firmamento de allá abajo? ¿Cuánto? Quizá sólo una décima espinosa o carnívora. Quizá inclusive menos de un pedazo de esta tierra.
Un ángel se acerca, y se alimenta de la historia.
¿Cuándo reconquistaremos el espacio? Oímos decir que el mundo se acaba. Que el hombre y la mujer se acaban. Que los niños por más niños más se acaban. Pero una sola sombra muévese en sentido, y es por ello que estamos ya quebrando hundiendo en síndrome de olas, ya una mitad de cielo conquistada. Una, una y otra vez. Por el amor de dios que es el espacio demasiado negro para respirar. Pero nos colma de aventuras, espectrículos helados para que anuncie cambio y rueda y larga barba: nos acercamos a su condición mientras se logre una felicidad en el espacio.
[Nota posterior al viaje:
A 2 meses de haber llegado al nuevo planeta, Raderia crece, pero se queda quieta en mitad de la cama, sentada con las piernas cruzadas y la mirada metida en la pared.Recuerdo la voz de madre como ninguna otra voz. ¿Será ella la persona que más me ha hablado en la vida? ¿Serán de ella la mayor parte de las palabras que he escuchado y, por lo tanto, que hablo? En este planeta vivimos sin oír nada más que nuestros corazones moverse, los líquidos bajar por el esófago y volver a subir por donde mismo, los huesos de las manos tronar, las rodillas tronar, los pensamientos ir y venir y, al final, tronar también. Como un tambor cósmico roto].
Pelham, Cavendish, The World or the present state of the Universe, Vol. II, 1808.
Las imágenes más bellas son absurdas en un espejo cóncavo
Ramón del Valle Inclán
Clímax. Francia. 1h 35 mins. 2018.
Una deformación sistemática de la realidad que resalta sus rasgos grotescos y absurdos; la metáfora de un espejo cóncavo y otro convexo que distorsionan las figuras de todo aquello que les pasa enfrente. Esta es la definición del Esperpento, la poética del dramaturgo español Ramón del Valle Inclán, pero también podría aplicarse a la producción cinematográfica de Gaspar Noé, y en especial a su más reciente largometraje, Clímax (Francia, 95 min, 2018).
Basado en la historia real de una tropa de bailarines que accidentalmente tomó LSD durante su fiesta de clausura, la cinta del director franco argentino, este reconocido enfant terrible, vuelve sobre varios de sus leitmotiv más recurrentes: una narrativa fragmentaria e inorgánica —flashback, flashforward, planos cenitales a contrapicado que nos impiden escapar de lo grotesco—muchos lances gratuitos de violencia, sensualidad y sexualidad —la contigüidad de Eros y Thanatos, tan bien resumida por Joyce al afirmar que la reproducción es el comienzo de la muerte—y el planteamiento de encrucijadas sociales y temas tabú altamente provocadores —el incesto, el infanticidio, el desprecio de la maternidad, etc.
En un rodaje que duró apenas dos semanas, con la facilidad que supone una sola locación y la dificultad que conllevan sus prolongados planos secuencias, el director francoargentino nos muestra el cenit de una festividad y su estruendosa explosión. Primero somos testigo del nivel de presión, estrés y traumas individuales que habitan esta paleta de bailarines y representan la diversidad racial, sexual e identitaria de una Francia, árabe, negra y europea. Por supuesto, el estallido no se hace esperar y salen a flote los brotes más retorcidos de una imaginación delirante. Además, la presentación de este gran delirio colectivo fluctúa en el dulce letargo que induce la música de Daft Punk y Erik Satie, y se intercala con frases misteriosas y evocadoras como: Vivir es una imposibilidad colectiva o nacer es una oportunidad única.
De hecho, abusando un poco de la homología inicial de este texto, podría decirse que Clímax es la versión esperpéntica —mejorada sin duda— de una dance movie clásica y virtuosa como La La Land. De alguna manera, es como si Gaspar Noé hubiera puesto en su caleidoscopio la noción melodramática de su compatriota Damien Chazelle, y poco a poco fuera transformando su atmósfera en la de una película de horror, en un universo fracturado y nauseabundo que avisa tragedia. Así pues, no es casual que en la secuencia inicial de la historia aparezcan las referencias literarias y cinematográficas que dominan la estética de la cinta: Dario Argento, Franz Kafka, Pier Paolo Passolini y Émile Cioran, entre otros.
A diferencia de sus demás películas (Irreversible, Love o Carne), hay un elemento hipnótico, central en la fuerza del lenguaje audovisual de Clímax, que es la danza, una danza macabra y orgiástica que hipnotiza a cualquier público. Sin embargo, la espontaneidad de las secuencias violentas y sensuales —esos puntos de fuga que teoriza Gilles Deleuze al filosofar sobre cine e historia— ejercen el efecto inverso. Espectadores que salen a mitad del filme o gritan con frenesí en las escenas más mórbidas, comentarios radicales que reflejan la vivencia audiovisual del dolor. El cine de Noé se arroga el atributo primigenio del arte dramático: un pathos que provoca la katarsis colectiva.