Rafael Buelna fue estudiante revolucionario, el general más joven de la Revolución Mexicana, un maestro de la guerra de caballerías y hombre de principios y fidelidad a su pueblo. Con motivo del lanzamiento de la Estrategia Nacional de Lectura, ayer en Mocorito, Sinaloa, la Dirección General de Publicaciones ha reeditado Rafael Buelna. Las caballerías de la Revolución (1937) de José C. Valadés, un título fundamental en la bibliografía mexicana de no ficción. En exclusiva, Tierra Adentro publica un extracto del libro: el séptimo capítulo, en el que Valadés narra la encerrona que Buelna le tendió a Álvaro Obregón.
CAPÍTULO VII
Decidido a detener al general Álvaro Obregón, el general Rafael Buelna salió de la ciudad de Tepic llevando cerca de doscientos hombres, escogidos entre lo más selecto de su gente. El mando de esta escolta se le dio al general Rafael Garay.
Sin un plan definido para asaltar Ixtlán, donde el general Obregón había establecido su cuartel general, Buelnita se detuvo en las goteras de la población, sin que su presencia causara la menor sospecha, y envió espías al centro del poblado, con el objeto de darse exactamente cuenta de qué elementos contaba el jefe del Cuerpo de Ejército, en caso de que hiciera resistencia. Obregón, muy ajeno a la determinación de Rafael, se encontraba en Ixtlán solamente acompañado de su Estado Mayor y de una pequeña escolta, preparándose para continuar su viaje hacia el sur, ya que el grueso de la columna revolucionaria tocaba los límites del estado de Jalisco.
Informado de que Obregón carecía de fuerzas para el caso de que pretendiera resistir, Buelnita entró tranquilamente a Ixtlán, sitiando inmediatamente el hotel donde se encontraba hospedado el general en jefe, procediendo con rapidez al desarme del cuerpo de guardia, y sin que su actitud pudiera ser descubierta por los ayudantes de Obregón, pudo llegar hasta donde éste se encontraba, conversando animadamente con algunos amigos.
Obregón se mostró sorprendido al ver llegar a Buelnita seguido de un grupo de oficiales, y cuando iba a preguntarle el objeto de aquella inesperada visita, Rafael lo interrumpió y lo conminó a que se diera por preso, mientras que sus oficiales procedían a desarmar a los ayudantes del general en jefe. El general Obregón, tomando la cosa a broma, insistió para que Buelna le explicara la causa de aquella actitud. Rafael, nervioso, le hizo saber que había resuelto dar aquel paso para acabar de una vez por todas con las intrigas políticas que estaban minando a los revolucionarios desde que Obregón había sido nombrado general en jefe de las operaciones en la costa occidental.
Tras una corta y violenta discusión, Buelnita informó a Obregón que había dispuesto pasarlo por las armas. El general en jefe, recuperada su serenidad, exigió prudencia y habló en tono amistoso a Rafael. Pero Buelna, exasperado, no escuchaba razones y hubiera llevado a cabo su propósito si no llega el general Lucio Blanco, quien encontrándose cerca de Ixtlán, había sido avisado oportunamente por el capitán Jesús Garza, quien había visto llegar a las fuerzas de Buelna, de que la vida de Obregón corría peligro.
Desde el combate de Acaponeta el general Blanco y Buelna habían hecho una gran amistad, máxime que Blanco, a raíz de las dificultades surgidas en Tepic con el general Obregón, había apoyado al joven general. La intervención de Blanco en aquellos momentos no podía haber sido más oportuna para salvar al general Obregón.
Tras Blanco habían llegado otros jefes revolucionarios, quienes también intervinieron en la discusión que se siguió y durante la cual Buelna insistía en que Obregón no era digno de la confianza y del alto mando que en él había depositado el Primer Jefe.
La disputa subía de punto y no era posible llegar a entendimiento alguno. Blanco tomó el brazo del general Obregón, y llevándolo al extremo del corredor del edificio, habló con él a solas, mientras que Rafael reprochaba a sus oficiales el haber permitido la entrada de Blanco y de otros jefes al hotel.
Después de haber conferenciado con Obregón, el general Blanco hizo que Buelnita tomara parte en la plática con el jefe del Cuerpo de Ejército, la que, violenta en un principio, poco a poco fue serenándose hasta que Blanco logró que Obregón y Buelna se dieran un abrazo.
Momentos después, y cuando de nuevo reinaba la paz en el cuartel general, Obregón dictó órdenes para que la brigada de Buelna, en lugar de quedar a la retaguardia, pasara a ocupar la extrema vanguardia del cuerpo de operaciones, quedando Buelnita bajo las órdenes inmediatas del general Blanco.
En cuanto fue dada a conocer la nueva disposición de Obregón, el general Buelna hizo avanzar el grueso de su brigada, que había permanecido en Tepic, hasta el pueblo de Ahualulco, Jalisco, donde había sido establecido el cuartel general.
Niño Rafael Buelna. Sin fecha. Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa.
Buelna se detuvo poco tiempo en Ahualulco, y por órdenes de Blanco continuó hasta las cercanías de la hacienda de El Refugio, donde se encontraban parapetadas las fuerzas huertistas, teniendo allí un ligero tiroteo, para volver a incorporarse a la caballería de Blanco.
Encontrándose el cuartel general de Obregón en Ahualulco, se recibieron las primeras noticias de las disensiones entre el general Francisco Villa, jefe de la División del Norte, y el Primer Jefe, Venustiano Carranza. En un mensaje dirigido a Obregón, Villa se quejaba de que el Primer Jefe ponía obstáculos para que la División del Norte, que se encontraba en Zacatecas, continuara hacia el interior del país y terminaba pidiendo el apoyo del Cuerpo de Ejército del Noroeste, a fin de que la escisión que surgía entre las huestes revolucionarias fuera evitada a tiempo.
Obregón contestó a Villa, en términos que no daban lugar a duda, que estaba dispuesto a apoyar a Carranza, suponiendo que el jefe de la División del Norte pretendía ser el árbitro en las dificultades surgidas, y de las cuales el jefe del Cuerpo de Ejército del Noroeste no hacía mención alguna en su repuesta.
De las dificultades entre Villa y Carranza, Obregón no daba cuenta a sus generales, manejándose como todo caudillo de grupo militar, sin composición política alguna. Sin embargo, las amenazas de una división entre las filas de los revolucionarios se hacían sentir entre todos los jefes, pero sin que hasta el momento de presentarse la columna de avance en territorio de Jalisco se manifestaran ostensiblemente las diferencias.
El 1 de julio el general Obregón dio a conocer el plan de ataque sobre los federales que, al mando del general J. M. Mier, trataban de defender a la ciudad de Guadalajara.
Buelnita, que hasta ese día había continuado bajo las órdenes del general Lucio Blanco, quedó incorporado a la columna que debía operar bajo el mando directo del general Obregón y junto con las que encabezaban los generales Benjamín G. Hill y Juan G. Cabral, recibió instrucciones el día 4 de asaltar y tomar la hacienda El Refugio para engañar al enemigo. Mientras que Cabral y Hill avanzaban por el frente, Buelna, llevando mil hombres de caballería, se lanzó sobre la hacienda logrando, tras un combate de dos horas, desalojar y dispersar al enemigo, persiguiéndolo hasta donde se encontraban las caballerías de Lucio Blanco, que dieron la batida final ese mismo día.
Buelna regresó a El Refugio, reincorporándose a la gente de Hill y Cabral para movilizarse el día 6 sobre la retaguardia del enemigo que se defendía en La Venta y donde fue derrotado por las fuerzas del general Manuel M. Diéguez, quedando así expedito el camino hasta Guadalajara.
El general Obregón se trasladó a la villa de Zapopan, escoltado por las fuerzas de Buelna, quien el día 8, y después del combate sostenido con el 5º Batallón huertista, avanzó resuelto hacia Guadalajara, siendo uno de los primeros en llegar hasta el centro de la ciudad.
Mientras que el general Obregón ocupaba la ciudad de Guadalajara, el general Pablo González, jefe del Cuerpo de Ejército del Noroeste, se adelantó desde San Luis Potosí hacia el interior del país, llevando como objetivo la ciudad de México.
Al tener conocimiento del avance de González, Obregón se desprendió de Guadalajara acompañado de los generales Blanco y Buelna, llegando a Querétaro, donde González había instalado su cuartel general, continuando en seguida el avance de los revolucionarios sobre la capital de la república.
El 9 de agosto, el general Obregón llegó a Teoloyucan, iniciando desde luego negociaciones con el presidente provisional, Francisco S. Carbajal, para la entrega de la capital y la disolución del ejército federal que había defendido al gobierno del general Victoriano Huerta. Negociaciones que terminaron con la firma del Tratado de Teoloyucan (13 de agosto de 1914), conforme al cual los revolucionarios quedaron dueños de la ciudad de México, sin más enemigo al frente que la división que surgía cada vez más amenazadora en sus propias filas.
El Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Venustiano Carranza en el Colegio Militar en agosto de 1914. De izq. a der. Plutarco E. Calles, Alfredo Robles, Carranza, Rafael Buelna. Detrás de ellos. Francisco L. Urquizo y Alfredo Breceda. Fototeca del INEHRM.
Este capítulo pertenece a Rafael Buelna. Las caballerías de la Revolución (1937) de José C. Valadés. Recientemente fue reeditado por la Dirección General de Publicaciones.
Leo Testut, Traité d’anatomie humaine, 1895. (Flickr)
Ésta es la operación al cuerpo enfermo: la transfusión de mi voz a tu carne roja. Sergio Loo
En una conversación con Ricardo Piglia, Roberto Bolaño señala un final de camino para los lectores latinoamericanos y la apertura de un abismo para los escritores. La salud del chileno le prometía solo un par de años más sobre la tierra, y un abismo se abría entre él y sus lectores. Un abismo creador y destructor que auguraba el término de su vida y la oportunidad de elaborar su opera magna en caída libre.
La muerte de un escritor —especialmente la muerte temprana de un escritor a causa de la enfermedad— invierte los papeles que Bolaño describe: con la muerte ya no se enfrenta el escritor al abismo, sino que es heredado a los lectores, que en nuestra condición de estatuas detrás de la página solo podemos imaginar la obra que pudo existir.
La muerte de Sergio Loo en 2014 nos heredó un enorme abismo poético. Desde 2006 sus textos prometían configurar una poesía nueva, y con la publicación en 2007 de Sus labios en mi boca rodando quedó claro que estábamos ante una voz estridente que no ignoraba la tradición ni temía subvertirla.
Entonces era notable la influencia de Abigael Bohórquez en la comparación del amor homoerótico con la divinidad cristiana, la angustia en la voz social, el ataque a la sintaxis y la profundidad de la experiencia poética. Después las publicaciones de Sergio desafiaron géneros: sus poemas, que pueden leerse como novelas (y viceversa), nos llevan de un lado al otro de la ciudad buscando, siempre buscando.
Sergio supo enfrentarse al abismo de la literatura. Para él vuelo, caída, velocidad y gravedad son términos relativos. Nos han dicho que no saltemos, que nos aferremos a la orilla, y la obra de Loo es un grito que pide lo contrario.
En Operación al cuerpo enfermo, obra póstuma de Sergio, las circunstancias, la estructura, la carencia de género y la resonancia poética lo vuelven una suerte de fantasma. En una escena imagina en su propio funeral: su abuelo se cerciora de que tenga los ojos cerrados, su abuela reza un rosario, su madre no puede hablar.
Es un libro en el que la imagen del cuerpo enfermo se construye por capas: el cuerpo está enfermo de cáncer, el cuerpo está enfermo de amor (y sus amantes crecen dentro de él como cáncer), el cuerpo está enfermo de sociedad.
Un libro en caída libre, desde el que Sergio se preparaba para un viaje más largo, más definitivo. Uno que lleva ya cinco años, durante los cuales Sergio nos ha acompañado en relecturas, en homenajes. En su ausencia así llevamos a Sergio, hablándonos desde nuestra propia carne roja.
En 2007, Sergio Loo publicó Sus brazos labios en mi boca rodando con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Por ese entonces, Sergio tenía 25 años, y el libro era apenas su segunda obra publicada. Con la intención de conmemorarlo en su quinto aniversario luctuoso, hemos decidido publicar un fragmento de aquella obra a modo de homenaje y recuerdo.
Mi cuerpo secreto sabe
engarzarse con las piernas a una espalda ancha
aferrarse aferrarseea mordidas aferrarse a mordidas a una barba aferrarse a mordidas a una barbasin dejar rastro
y dormir y dormir bajo otro pecho
Mi cuerpo sabe mi cuerpo sabegajos de mandarina abrirse mi cuerpo sabe gajos de manaripor si a él mi cuerpo sabe gajos de mandarina abrirsea su hambre mi cuerpo sabe gajos de manarile apetece
*
Rastreas
sabueso de 27 años
vestigios de Pablo en mi cuerpo
Elevas mi brazo Elevasseparas mis rodillas
olfateas olfateas separlames mi sobaco
Satisfecho me observas
Satisfecho me sonríes
Yo te abrazo y te respondo
con una mueca
que me es ajena
*
Catálogo pornográfico cada movimiento tu cuerpo confiesa a otro adiestrándote en la posición que ahora me tienes en el asombro del despliegue de orgías que contiene tu recipiente de pelo castaño y oscuros ojos
*
Su cerveza era luminosa barriga tibia su boca húmeda repetidora de Barco ebrio mientras yo amarillo me hundía sí roedores dorados me dispersaba sobre su colchón escuchando de su lengua a mi oído el agua verde más dulce que las manzanas ácidas en la boca de un niño dormido e inconexo me rendía a ojos cerrados para no reconocerme puñado ciego de trigo al viento ofreciéndome a su boca declamadora de rodales azules de vino trastocando el ancla y el timón
*
Tu cuerpo
se guarda bien doblado en tu colchón se esconde dentro de
tu cuarto se
ladea se
empina se
desprende
y cae moneda al estanque de la tráquea eterna
tu cuerpo sin fondo
*
Me muerdes me debajo de las sábanas me tus mis manos desabotonan me el sueño me enredas mis piernas se deshebran y no sé no si son tuyos los labios labios que vuelven que bajan que a mi pecho a mi ombligo a mi engullen me quiebran me vierten me
*
Ebrios barcos dando vueltas a tu colchón viejo vamos a caer de bruces dices labios bucólicos alcohólicos como la estrella que lloró rosa rodó por tu espalda el mar tornasoló pelirrojo en tus tetillas
*
Entro a la regadera me quito la ropa me tallo los hombros
De mis brazos y mis axilas se desprenden
por mis rodillas resbalan
carteles de “¿lo has visto?” con tu foto
esa que no te tomé que no te pedí que no te robé
esa que Jesús seguro en venganza
pegó en postes cantinas pasillos y vagones
Yo con un zacate que raspa como mentón de medio día
limpio
limpio mi cuello de la mugre de tus caricias
*
Su cuerpo no era lo importante A decir verdad
sólo me gustaba cuando yo estaba ebrio
Tenía las piernas delgadas las rodillas gruesas
un tatuaje mal hecho en el tobillo y un vientre
cómplice de años
y años de cerveza
Tenía el cuerpo de un adolescente envejecido y en la oreja
un arete pasado de moda
Sus manos eran torpes como su lengua tartamuda y los ojos
al primer trago se empañaban
Su barba —y con esto termino—
únicamente le crecía los martes y sábados
pero no siempre No
Su cuerpo no era lo importante
*
Te estamos brotando nido de heno en la traquea
la entrepierna las axilas y ahí
donde guardamos con llave nuestros mejores labios
nuestras caricias más certeras Te crecemos
jardín yaciente a fuerza de mordiscos te germinamos jardín yaciente a fuerza de mordiscos te germiPablo
jardín yaciente a fuerza de mordiscos te germiOmar jardín yaciente a fuerza de mordiscos te gerJesús jardín yaciente a fuerza de mordiscos te germiAlberto
jardín yaciente a fuerza de mor y los otros
los demasiados rostros te brotamos
biografía póstuma tu cuerpo
*
Para ser tu doliente he tenido que sacarte de la carnicería donde te tenían empaquetado Y con la vehemencia de quien vende ungüentos prodigiosos he hablado de ti lo que antes ni atreverme — sí cobarde sí arrepentido — y he prendido listones rojos a tu playera y fotografías de niños extraviados con alfileres a tu pantalón He rellenado tu boca con fotocopias de salmos para que todos sepan Luis lo bondadoso que fuiste Te he colocado en un altar para que me encuentres vestido de negro arrojándote piedras En un pedestal te puse mártir vuelto de cabeza para que me arranques de este espanto y me regales San Valentín de Porres un milagrito Amén Amén Hazlo ya
*
Dime Jesús qué se siente
restriégame en la cara haber sido tú y no yo quien
llamó a la ambulancia
quién firmó el registro dime
dime cómo
con qué gesto y tono a sus familiares la noticia
les diste Dímelo
es bueno desahogarse
Cuéntame
qué tan largos son los blancos pasillos y descríbeme
qué tan idénticos son
Y si es que las pisadas de goma de los camilleros
te sirvieron de arrullo mi niño duérmete ya
Cuéntame
a que te supo el café
mientras a Luis —a tu Luis— se le desangraba
toda la maraña intestinal Ven Jesús
y nárrame
que como en las películas sus ojos
caracoles de plata
brillaron para ti
sólo para tì
y que antes de invadirte el tufo a cloro y desinfectante
nació un silencio
rotundo y vertical
de su cuerpo
Dilo Conmigo te puedes atrever
Al leer por segunda vez Barranca, de Diana del Ángel, pienso que es una obra con una cantidad monumental de elementos de los cuales hablar, y que la configuran, más que como un objeto de estudio, como un sujeto: complejo, de múltiples voces, traumas, obsesiones, deseos y, sobre todo, con alma. A continuación, haré el recuento de este libro de recuentos y explicaré dos elementos que, a mí parecer, son de los más destacables, cuando no los más deslumbrantes.
Construcción
Durante el Encuentro Internacional de Poesía CDMX, el poeta británico James Byrne respondió a la pregunta «¿por qué escribir poesía?» diciendo que, en principio, si uno no se divierte escribiendo poemas, no debería ni siquiera intentar escribirlos. Esto —aclaró— no significa que la poesía no te rompa a cada verso: es casi como un ejercicio de masoquismo.
Barranca es un claro ejemplo de esta afirmación. En cada poema aparece una voluntad creadora que se deleita con su labor: una cuidadosa arquitecta que goza con las estructuras, que juega y rehace formas clásicas como la quintilla en el poema «Ausencia», que reformula el haikú en poemas como «Flor de lis» o «Niña de alta
montaña», que no teme a la prosa narrativa, a la explicación de largo aliento, que construye realidades en pulcros dísticos heptasilábicos, como en el poema «Calcas», pero que detrás de tan esmerada estructura, abre campos de significado más allá, a través de distintas estrategias que resultan en dolorosas revelaciones, en el descubrimiento de una multiplicidad de voces femeninas que, en un recorrido de recuerdos, duelen también en el lector.
En «Calcas» podemos encontrar un paralelismo sinonímico que, basándose en los sonidos de una canción infantil y retomando el «mi mamá me mima», construye una nueva idea de la propia infancia, pero también de la imagen de la madre que ayuda a constituir la niñez del sujeto lírico: «mi mamá no me mima/ porque come quebrantos/ mi mamá es una isla/ yo naufrago en un vaso». Un procedimiento similar ocurre en «Canción quebrada» donde la infancia se rompe de manera progresiva junto con el ritmo, pero siempre con la tensión del sonido de una canción que configura sorpresa —el extrañamiento del que Shklovski habla y que es fundamental para la conformación del fenómeno poético.
En este elemento de Barranca también aparece la paradoja: aquello que sostiene el quiebre de la voz es, precisamente, una estructura con cimientos que no permiten grietas.
Obsesión
Carolyn Forché afirma que la verdadera poesía sólo puede surgir de la obsesión: aquí lo que predomina es la obsesión por la voz, por los nombres, por encontrar el nombre verdadero; así también Diana del Ángel configura con sus versos una voz que busca un onomástico que logre llenar la forma del sujeto que habla y que se manifiesta a través de los poemas en forma de flores, de hojas, de brevísimas historias, de estampas de la Ciudad de
México, de denuncias al maltrato, a la infancia robada, al otro que penetra el cuerpo, que hiere, que desgarra y hace que se niegue hasta el propio nombre. Y junto con la búsqueda de los nombres aparece la búsqueda del sujeto que se nombra, a aquella mujer que se enuncia niña, que se busca a sí misma en la visión de las demás, que se encuentra envuelta entre el recuerdo y el espejo que ofrece la imagen del otro.
Finalmente, todos los poemas nos orientan a la resolución de esta obsesión: definirse a través del cuerpo y de la flora, encontrarse en el otro que se fue pero también en el otro que hizo daño, buscar un espejo que logre reflejar la imagen entera, que logre cantar canciones que suenen al ritmo propio, capturar el instante en que se han sido y que deja de ser en cuanto se nombra, escribir la rabia, la venganza, la melancolía, dar cuenta de todas aquellas que se ha sido antes de que sólo queden vestigios, porque entonces, en palabras de la autora: «no habrá nada que nos hable de las heridas,/ incluso la sombra de los cuerpos mutilados estará putrefacta/ tampoco habrá nada que nos hable del silencio compartido:/ sólo el polvo será la lengua que nos llame desde abajo».
Esta reseña fue publicada originalmente en el número 232 de la Revista Tierra Adentro en enero de 2019.
Con Principia, Elisa Díaz del Castelo propone una forma única de habitar el mundo encontrando en la ciencia una veta prometedora para la imagen y el pensamiento poético. En su reseña, Aurelia Cortés Peyron examina los elementos que constituyen al poemario.
Principia, primer libro de Elisa Díaz Castelo, toma su nombre de Principia Mathematica, de Isaac Newton, del que también proviene el epígrafe «Y para nosotros es suficiente que la gravedad realmente exista y que actúe de acuerdo a las leyes que hemos explicado y sirva de sobra para dar razón de todos los movimientos de los cuerpos celestes y de nuestro mar».
Sin embargo, la poeta, más que tratar sobre la gravedad o los astros, aborda las formas en que somos capaces, como seres humanos, de conocer el mundo. En su obra hay agujeros negros reales y metafóricos, supernovas imaginarias y lugares de excepción donde ninguna ley física aplica. Una preocupación recorre todo el poemario: la voz lírica se debate entre la búsqueda constante de una realidad sólida, explicable por medio de un procedimiento controlado, repetible, científico, y la incertidumbre de que ni siquiera existan los principios más básicos para explicar la realidad.
En «Credo» se presenta esa relación contradictoria desde el título. El poema enumera cosas de la vida cotidiana que la autora «cree», como en un acto de fe. «Creo en los aviones», comienza. En un avión es difícil no sentir que uno está confiando en un poder invisible, improbable. «Credo» indaga en y se nutre del asombro de encontrar lo milagroso en un fenómeno aparentemente ordinario.
Este impulso hacia la fe y el empirismo se manifiesta de muchas maneras. La percepción es el cruce de ambas fuerzas. La luz y la oscuridad, por ende, juegan un papel importante: sin luz no es posible la apreciación; es como si nada existiera, al menos para el observador.
Los sentidos son una manera de asegurarse de que las cosas están en su lugar, una forma de rectificar su realidad. «Para nosotros es suficiente que la gravedad realmente exista», dice Newton, y Díaz Castelo busca que las cosas no se alejen de su centro gravitacional por medio de fechas, cifras, medidas y otras formas de registrar los hechos.
La terminología científica no sólo fascina a la escritora por su sonoridad y sus etimologías, por su especificidad y complejidad, sino también por su método y la promesa de exactitud (¿o verdad?). Son planteamientos seductores el lenguaje como instrumento aséptico, la imagen del poeta en bata blanca, dividiendo la vida en filamentos y partes; pero también hay una dosis de lirismo muy necesaria en descripciones como: «Virus, también, perfectos/ como semillas de castaños».
El equilibrio es una de las cualidades de este texto, que busca fertilidad en la sequía del léxico científico y consigue destilar los hechos poéticos de la ciencia en una concatenación prolífica, que una una voz vulnerable y lúcida, con un estilo guiado por la sonoridad.
Gabriel S. Delgado C., Venezuela ecléctica, Flickr.
Bienvenido a Caradura, cuna de la Dependencia de México, más famosa hoy en día por haber sufrido el robo masivo de televisores que tiene a los caradurenses en shock. ¿Qué hacer sin tele? El Detective, aficionado de Blade Runner y Clint Eastwood, comienza una investigación que lo lleva hacia el Tipo, la única persona que conserva su pantalla y quien vive con su hámster. El pueblo se organiza para vigilar ese aparato haciendo guardia afuera de la casa del Tipo. La búsqueda de las televisiones sacude Caradura y motiva a los habitantes a contar sus historias, las cuales resultan más interesantes que sus programas favoritos. Un drama de tintes bíblicos que cimbra las costumbres de un pueblo cuyo principal monumento es un mingitorio gigante.
CAPÍTULO 1: LAS TELES
El que no pudo ver Superagente 86 padeció parálisis facial; su vecino estrelló la cabeza contra la pared de tablarroca; su primo sacó a toda la descendencia de la cama para que dieran con el aparato faltante; su jefe despidió en el acto al guardia de seguridad mientras lloraba en el rellano de la escalera; su mejor amigo casi se asfixia con su propio vómito; su compañero de la oficina entró en un estado de negación que lo llevó a encender el microondas y fingir que cambiaba de canal cada que agregaba un minuto al calentamiento; su padre le marcó por teléfono para intentar explicarse por qué eran las nueve de la mañana y no había cumplido con su cuota matinal de doce infomerciales, lo cual el hijo no logró responder por su reciente parálisis facial.
El que se perdió su telenovela salió dando gritos por la calle en busca de su válium con 250 canales. Por desgracia no encontró rastro de la transmisión en la colonia. Si hubiera tenido condición física se habría cerciorado de que ningún habitante de Caradura amaneció con televisión.
CAPÍTULO 1.5: LU
El Detective oye Vangelis al manejar por Caradura. Aprendió a ser Detective gracias a películas como Blade runner y El halcón maltés; para ingresar al cuerpo de policía bastó un examen de conocimientos básicos.
Le duele el robo este día en particular porque es final de temporada de CSI: Miami, por ello descargó su arma hacia el cielo. Como eran sus únicas balas, optó por dejar la pistola en casa.
Ha dividido al escuadrón de policía por zonas para peinar el pueblo. Dejó su colonia para sí mismo, esto es personal. No tiene sospechosos ni pista alguna. Fue un robo limpio.
–¿Cómo robas todos y cada uno de los televisores de Caradura en una madrugada sin dejar rastro? –lo piensa y descarta la magia enseguida. Las primeras llamadas de emergencia llegaron a las seis de la mañana y la última vez que se vio al aparato fue a las cuatro de la madrugada, lo que deja un rango de dos horas para la rapiña. El Detective tiene que pasar por un té verde para acomodar sus ideas, la cocacola nunca le ha gustado y el café le destruye el estómago.
–¿Qué tal van las investigaciones, poli? –le pregunta el tendero.
–No quiere saberlo –responde más por ignorancia que por la gravedad del asunto mientras destapa la lata
–Sin la tele se me hace eterno el día aquí en la tienda… –se le quiebra la voz en la frase final– Por favor, ayúdenos, no estamos hechos para esto.
Da un trago antes de hablar:
–Créame que lo entiendo. Haremos lo que esté en nuestras manos.
Se dirige a la puerta y nota que el vendedor tiene una barra de chocolate ya deshecha en la mano, un placebo que suple al control remoto.
Si el Detective fuera religioso, pensaría que la desaparición de las televisiones fue cosa del Diablo, o del mismo Dios castigándolos por tanto pecado. Mas cree en lo terrenal y su postura lo obliga a ponerse a trabajar.
–¿Por dónde empezar?
Recuerda en ese momento una llamada que subestimó al inicio pero que ahora resulta la única cuerda a la cual asirse en este despeñadero.
–Oficina de policía de Caradura.
–Hay una luz en una ventana, alguien está viendo la televisión, ¡alguien tiene televisión! –se escuchó una voz eufórica que se paró en seco.
–A ver, cálmese, dígame la dirección –preparó la libreta y la pluma.
–¡La luz está aquí! ¡La luz está aquí!
CAPÍTULO 2: LA ORGANIZACIÓN
El pasado veintiséis de septiembre amanecieron sin televisión. Absolutamente todos los habitantes sufrieron un curioso robo… Todos menos una persona. Ahora la mejor forma de recuperarlas es buscar una pista en la excepción.
Por eso el pueblo entero se juntó a ver la vida del Tipo, a través de su ventana.
A los pocos días, la practicidad organizó a los caradurenses y decidieron establecer guardias para vigilar al Tipo y a su aparato, pues es imposible que todos aguanten parados afuera de la casa las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.
Hay cuatro turnos. Finalizado cada uno, se llena una minuta para que nadie pierda detalle.
Esta organización comenzó justo el día después del robo colectivo: el veintisiete de septiembre. Alguien escuchó el rumor de que en cierta ventana podía vislumbrarse aún el brillo celestial del televisor. El chismoso que quedó cegado no cabía de la sorpresa y tuvo que esparcir la palabra por el pueblo. El cronista ya bautizó a ese día como “El alumbramiento de Caradura”.
CAPÍTULO 2.5: GAR
Un golpe en la puerta silencia el televisor
–¿En qué puedo ayudarle, Detective?
–En más de lo que se imagina –sus ojos se iluminan al ver el resplandor–. ¿Puedo pasar?
–Está en su casa.
Las manos le tiemblan al acercarse al aura. No puede ver otra cosa que el único aparato que sigue en pie en Caradura. No puede ver que la decoración es inexistente, que la sala se limita a un sillón y a un televisor.
–Tal vez vendió su alma al Diablo para conservar el aparato. Yo también lo hubiera hecho –piensa el Detective. El Tipo no hace ruido. Se limita a observar.
–¿Sabe por qué estoy aquí? –pregunta el Detective sin perder de vista la luz.
–No.
–Imagínese, Caradura estallando y usted no tiene idea.
–Mmm, no –gira el cuello para negar, lo cual es inútil ya que el Detective no le presta atención a sus movimientos.
–Resulta, amigo, que esta tele enfrente de nosotros es la última que queda en el pueblo. Han robado las demás de manera misteriosa –espera la reacción del Tipo para descubrir algún indicio de culpabilidad.
–Úchala.
–¿Eso es todo lo que tiene que decir? –ahora sí voltea a verlo.
–¿Qué más quiere que le diga? Vivimos en México.
Este fragmento de El mal burgués (2018) es publicado con el permiso del autor y el editor.
Cuando la geopolítica, los derechos civiles o el honor de los verdugos están en juego, toda discusión se ensombrece. ¿En qué ventanilla se exige lo imposible y en cuál esquina conspira lo indeseable? Como no se vive a la caza de las exageraciones ideológicas propias, todos sabemos apuntar el dedo en dirección al extremista. ¿Es signo de los tiempos o percepción personalísima que la esperanza de un nuevo día repose junto a la turbación de un futuro inhóspito? Aunque haya malditas serpientes en el maldito avión, una tarea noble es no fakenewsear que se trata de serpientes fantasma.
¿Predicción de Hans Magnus Enzenberger en El perdedor radical, otra resonancia magnética de los cerebros hackeados de Yuval Noah Harari o herencia de la clínica a là Foucault (lo que pasa, wey, es que ya estás en la banqueta asoleada de la Historia; todo bien con tus desviaciones, con tus roturas, todo bien siempre y cuando no te entre el afán الدولة الإسلامية في العراق والشام y te vacunes contra las necedades del sinarquismo redneck)? Diría Homero Simpson: en un mundo enloquecido solo un lunático está verdaderamente loco. Y así nos salvamos muchos, al menos en la sumatoria de intersecciones.
En cualquier caso la Redacción de Tierra Adentro se propuso compartir la preocupación, la certeza que muta en autoexamen, el hallazgo de las tres de la mañana que esconde una larga concatenación de enlaces. Es decir, el artículo:
LA FALLA METACOGNITIVA COMO CARACTERÍSTICA DE QUIENES TIENEN IDEAS RADICALES
del cual reproducimos nuestra traducción del resumen, en virtud de la licencia Atribución 4.0 Internacional (CC BY 4.0).
Max Rollwage, Raymond J. Dolan y Stephen M. Fleming.
* La metacognición es la habilidad para reflexionar sobre nuestros propios procesos cognitivos.
* Investigamos los rasgos metacognitivos del radicalismo en tareas de percepción de bajo nivel.
* Los participantes radicales mostraron menos agudeza respecto a sus propias decisiones.
* Los radicales mostraron cambios de ideas menores en respuesta a evidencia que mostraba sus errores.
EN BREVE
Rollwage et al. examinaron si las creencias radicales están relacionadas a alteraciones en la metacognición en tareas de percepción baja. Los participantes radicales —en los dos extremos del espectro político— mostraron una agudeza reducida respecto a la corrección de sus elecciones y menor sensibilidad a la evidencia mostrada después de que se tomara una decisión, lo que indica una resistencia genérica a corregir los errores.
RESUMEN
El crecimiento de la polarización de los asuntos políticos, religiosos y científicos amenaza a las sociedades abiertas, conduce al atrincheramiento en las creencias, a la reducción de la comprensión mutua y a la negatividad totalizadora respecto a la propia idea del consenso.
Esta radicalización ha sido vinculada a diferencias sistemáticas en la certeza con la que la gente se adhiere a ideas particulares. Sin embargo los conductores de la certeza injustificada en los radicales raramente son considerados desde la perspectiva de los modelos de metacognición, y sigue sin saberse si los radicales muestran alteraciones en la confianza en el prejuicio (la tendencia a sostener en público una confianza alta), en la sensitividad metacognitiva (agudeza respecto a la corrección de las creencias propias) o en ambas.
Con dos muestras poblacionales independientes (n = 381 y n = 417), mostramos en este trabajo que los individuos con ideas radicales (según se midieron en cuestionarios respecto a actitudes políticas) exhiben una discapacidad en la sensibilidad metacognitiva al hacer juicios de discriminación de percepción de baja.
Específicamente, más participantes radicales exhibieron menos agudeza en la razón por la que sus elecciones eran correctas y un ejercicio de evaluación de confianza reducido cuando se les presentaba evidencia después de la toma de decisión.
Nuestro uso en este estudio de tareas de decisiones de percepción simple nos permitieron descartar efectos de conocimiento previo, así como habilidades y factores motivacionales que sustentan las diferencias en la metacognición.
En lugar de eso, nuestros resultados destacan una resistencia genérica a reconocer y corregir creencias incorrectas como un propulsor de la radicalización.
Mitin del Tea Party en Saint Paul, Minesotta, 13 de marzo de 2010. En la pancarta amarilla se lee: “Dios es un extremista de derecha, por lo tanto yo también”. Flickr.