Llevemos a cabo un poderosísimo ejercicio de imaginación. Supongamos que son las Olimpiadas de, por decir algo, Colima 2036. Luego, supongamos también que en diecisiete años todavía hay televisiones y que, sentados en un sillón, miramos uno de ellos.
En la pantalla aparecen cinco drones que siguen de espaldas al clavadista, un trigueño de espalda triangular y calzoncillo azul celeste. Una porra estridente, conformada por tías y primas del deportista, alborota el ambiente desde las últimas gradas.
Seguimos el lento ascenso por las escaleras del valiente en speedo. Supera el descanso del trampolín de tres metros y continúa trepando hasta la plataforma. Al llegar a la cima se detiene en seco. Toma su posición y da un respiro profundo, exhalando todo el nerviosismo que acumula desde los preliminares.
La imagen parece congelarse mientras pasan los segundos. Los comentaristas guardan silencio, el público se impacienta. Por fin nuestro clavadista eleva los hombros, toma impulso y emprende la carrera hacia el vacío, hacia la gloria. Los drones, que lo siguen como un enjambre a dos metros de su cabeza, están en búsqueda de la toma cenital que transmitirán a las televisoras del planeta. Sin embargo, en el momento que está por saltar, o, más bien, cuando debe de hacerlo, las cámaras caen en la finta y se siguen de largo. Lo que se transmite en las pantallas sólo es una vista superior de la límpida alberca y los cinco aros entrelazados en los azulejos del fondo, hasta que un dron gira sus rotores y apunta hacia el clavadista, que está de pie y con la mirada perdida, como embelesado por la duda, en el borde de la plataforma.
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En La noche sin nombre, obra ganadora del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2018, del escritor Hiram Ruvalcaba, (Zapotlán el Grande, 1988) ocurre algo similar. El autor jaliciense, luego de tomarnos de la mano, de guiarnos hacia la escalera y subir con nosotros los peldaños hasta alcanzar la plancha de concreto desde donde habrá de dar el gran salto, decide no hacerlo.
Su estrategia es distinta: Ruvalcaba se decanta por deliberar sobre lo que pudo haber sido pero no fue (aunque muchas veces nos preguntemos por qué diablos no fue, si bien que pudo haber sido). En otras palabras, sus textos, por demás originales, son planteados con destreza, primero, y resueltos con mesura, después. En más de una ocasión, sin embargo, su mesura está muy cerca de confundirse con el recelo por buscar un desenlace más arriesgado, más radical, a la altura del conflicto propuesto.
El tercer cuento del libro, “Amar de verdad”, narra las circunstancias de una mujer mientras acecha a la examante de su marido. Luego de perseguirla a lo largo de muchos párrafos, y justo cuando está por ejecutar la venganza que todos los lectores imaginamos, la protagonista recula y se niega a llevar a cabo el inminente asesinato que el cuento había prometido. El relato, que no progresa nunca en acción, apuesta por florecer en la perífrasis.
Este mismo recurso lo encontramos en “Una raza violenta”, texto que recuerda aquel famoso relato en el que un gato interrumpe una reunión de amigos para escupir un dedo humano. En el cuento de Ruvalcaba el animal es un rottweiler, y en lugar de dedo, lo que vomita es una mano entera: la pequeñísima extremidad de un bebé. No obstante, habiendo materia prima para destilar varios litros de ansiedades con los que nos emborracharía el cuento, los personajes adoptan una postura demasiado ecuánime, hasta indiferente, restándole tensión a la historia y frenándola con motor, de la misma manera que pasaría en un cuento sobre Medusa en el que todos sus vecinos tuvieran glaucoma.
“El incidente de San Juan”, el texto más breve del libro, es, probablemente, también uno de los mejores. Un grupo de criminales a bordo de una camioneta misteriosa desperdiga doce cabezas frente a la presidencia municipal, con la advertencia de no tocarlas bajo amenaza de muerte. El texto, rico en imágenes y en descripciones bien logradas, aprovecha su naturaleza circular para retratar la sempiterna violencia de un pueblo que podría ser cualquiera.
El cuento “Los nombres del mar” repite fórmula, pero la sitúa dos peldaños arriba. Una pareja viaja a la playa con todo y sobrino, un mocito al que nunca vemos y del que no sabemos nada salvo la descripción que su tío hace de él cuando se le pierde. Sí, el niño se extravía para siempre. Y no spoilereo nada que el narrador, es decir, el despistado tío, no diga en la segunda página. Lejos de alimentar esperanzas sobre el paradero del niño, desde el principio nos afirma que no lo encontrará nunca, que el mar se lo ha tragado al igual que (oh, de repente se acuerda) a un listado amigos, familiares y conocidos. Avanzamos párrafo a párrafo y del niño ni sus luces. Si alguien espera un milagro en tiempo de compensación, se llevará las manos a la frente cuando compruebe que el cuento termina así, sin sorpresas ni vueltas de tuerca, porque acaso el tornillo está barrido, dejando la impresión de que, por ceñirse a una anécdota probablemente autobiográfica, el autor sacrificó muchísima tela con la que se confecciona una obra de ficción.
Pasa lo contrario en “Chiqueros”, penúltimo relato del libro. En él leemos que un hombre (arquetipo del padre recio) obliga a su hijo a asesinar a unos sujetos que tiempo atrás lo humillaron (al hijo, no al recio), a los cuáles tiene maniatados en un rastro. La tensión incrementa conforme el hijo conduce hacia su destino y, aunque el desenlace puede parecer un pelín apresurado, finalmente el protagonista toma una decisión que habrá de transformarlo ante los ojos del lector. Es acá, retomando la metáfora de Colima 2036, cuando felizmente el clavadista salta, aunque se golpee la nuca en el trampolín y salpique litros de agua al caer de panzazo.
El libro cierra con “Algo huele mal”, historia en la que se combina una tragedia digestiva con un desafortunado encuentro con narcotraficantes, dando como resultado un cuento en el que se le invierte al humor aunque salga debiéndonos cambio.
Los nueve cuentos de “La noche sin Nombre” se inclinan por respetar la inmutabilidad de sus circunstancias. Los personajes suelen vérselas en un sendero que se divide en dos, y en el cual no siempre escogen izquierda o derecha, sino la velada tercera opción, la media vuelta, dejando al lector con las ganas de saber qué hubiera pasado de haber tomado un camino, el que fuese, menos el elegido. Después de todo, lo que uno espera al asistir a un concurso de clavados es, nada más, nada menos, ver a alguien lanzarse al agua.
La noche sin nombre (2018) de Hiram Ruvalcaba ganó el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2018.
20 de junio de 1979. Cuernavaca, Morelos. Mediodía.
En un escenario posible, el último shah de Irán succiona una almeja mientras observa a su némesis recorriendo las calles de Teherán con las manos en alto y arropado por las multitudes. El ayatola Ruholla Jomeini lanza algunas consignas que son coreadas por el pueblo. El último exponente de la dinastía Pahleví deposita sobre la pantalla un par de ojos abatidos por la nostalgia y suspira largo y tendido antes de dejar su laguna azul en el borde de la alberca. Chasquea los dedos mientras sale del agua con una parsimonia que hace gala de su nobleza, y un guardaespaldas llega a su encuentro con una toalla verde pistache en las manos. Un mayordomo se postra inmediatamente delante del monarca y le extiende una charola de oro puro con una pastilla para regular la presión sanguínea de Su Majestad, al mismo tiempo que otro mozo le unta bloqueador solar en la nariz.
Su esposa observa la escena detrás de unas espesas gafas de sol. Nota que la piel de su marido ha adquirido un tono amarillento, pero se lo adjudica al reflejo de los adoquines de oro. Acerca la boquilla a sus labios y le da una larga calada al cigarrillo. El humo sale de su boca para cubrir la pantalla y desdibujar el rostro solemne de Jomeini, el verdugo de la monarquía absolutista de los Pahleví, que gobernó Irán desde 1925.
El shah se amarra la bata y toma asiento al lado de su esposa. Vuelve a chasquear los dedos para ordenar otro laguna azul a uno de los mozos. Vacía el contenido del coctel de un solo trago. El matrimonio Real se limita a sintonizar su reino inasible sin cruzar palabra alguna. Pahleví encorva la espalda para pegar su nariz a la tele. El emblema de la Guardia Revolucionaria Islámica ondea en las pupilas melancólicas de Su Majestad.
40 años de promesas incumplidas
Foto de Kamyar Adl, afueras de la ex-embajada estadounidense en Tehran
Han transcurrido ya cuarenta años de la Revolución Islámica que obligó al shah a hacer las maletas; cuarenta años que han soterrado todo rastro de los grupos seculares de resistencia civil que dieron vida a la revolución: se trataba de un movimiento social mucho más vasto, heterogéneo y complejo que el delta conservador en que desembocó, y que buscaba imponer una agenda bastante progresista para el Irán de aquel entonces. No obstante, lo que parecía ser una revolución sin precedentes en el Medio Oriente, terminó siendo una herramienta para infatuar a uno de los regímenes más opresivos de nuestra era.
Y es que el ayatola Jomeini se deslindó de sus compromisos hacia sus contrapartes izquierdistas en cuanto asumió el poder del país, el 11 de febrero de 1979. Para desgracia de la Unión Soviética, que había puesto todas sus fichas a favor de la revolución, las facciones comunistas no tuvieron cabida en el nuevo régimen.
Previo a la revolución, los Estados Unidos de Jimmy Carter (1977-1981) brindaban su apoyo al shah y a su proyecto de modernización y laicización del país. Sin embargo el tablero geopolítico cambió de manera estrepitosa. Estados Unidos no tardó en retirar su patrocinio a Irán para depositarlo en un futuro enemigo: Sadam Husein. El presidente de Irak ahora contaba con la fuerza militar para iniciar un conflicto bélico (1980-1988) que cobró más de un millón de vidas.
Islamización de Irán
Celebración de la revolución iraní. Teherán, 2015. Wikimedia.
Uno de los precedentes históricos que abrió el paso a la islamización del otrora imperio persa sucedió casi dos mil años atrás, en el año 330. Me refiero a la sublevación de los griegos liderada por el macedonio Alejandro Magno, quien, a pesar de contar con una notable desventaja numérica, conquistó y puso fin al Imperio Persa, uno de los más temidos de la época.
Estos antecedentes, aunados a la decadencia de la religión zoroástrica y la muerte de Mahoma, dieron lugar a la conquista musulmana en el año 637 para instalar el islam chií en Irán, que prevalece hasta la fecha (más del 89 por ciento de la población iraní profesa el chiísmo).
¿Y la justicia social, apá?
“Libertad, independencia, justicia social”, clamaba el pueblo bajo el liderazgo de Jomeini, quien orquestaba la sublevación desde su exilio en Francia; mismo que aprovechó para mediatizar la revolución al ofrecer entrevistas a todo aquel medio de comunicación que se mostrara interesado en la causa. En aquellas entrevistas Jomeini se había pronunciado a favor del uso opcional del velo, las libertades políticas y sindicales, y la legalización el Partido Comunista (fuertemente castigado por el Shah). Hoy en día las voces que exigían un Irán progresista e igualitario pertenecen al olvido, a un trasfondo pocas veces asociado con la Revolución Islámica.
¿Cómo es el Irán posrevolucionario?
Irán está lleno de contradicciones. Por una parte, es el país de mayoría musulmana en el que existe el mayor registro de mujeres en las aulas universitarias (62%), mientras que, paralelamente, el país se rige por la sharía (ley islámica). Esto se ve reflejado en muchos aspectos. Por ejemplo, a la hora de pelear un testamento, las mujeres pueden recibir la mitad que la de sus hermanos; y hasta 2016, si una mujer moría en un accidente, la remuneración por su vida equivalía un cincuenta por ciento menos que la de un hombre.
Según arrojan las cifras de Amnistía Internacional, entre otras organizaciones, después de China, Irán es el país con el mayor número de ejecuciones a presos. La lapidación y los latigazos figuran en su código penal. Las relaciones homosexuales y el narcotráfico pueden acarrear la pena capital.
En 2011 se dieron las últimas protestas en Irán. Miles de partidarios de la oposición se solidarizaron con los levantamientos en Egipto y Túnez que dieron pie a la Primavera Árabe. Los manifestantes se reunieron en la Plaza Azadi de Teherán, aprovechando el zeitgeist del Medio Oriente. Sin embargo, la Guardia Republicana y otras extensiones de la ley sofocaron a la disidencia con gases lacrimógenos y cientos de detenciones.
Las dos caras de Irán
Las severas prohibiciones impuestas por la sharía lograron dividir al país en dos. Está el Irán de la vía pública y el Irán que vive a puerta cerrada. Mientras que en la calle todos obedecen la ley islámica al pie de la letra (con la excepción de las mujeres que protestan mostrando un poco de pelo debajo del velo), muchas casas se convierten en antros nocturnos. Quienes han sido testigos de estas fiestas dicen que poco tienen que pedirle a los afterhours de Nueva York o de Berlín. El underground iraní es una especie de revolución subcutánea que amenaza con brotar a la superficie en cualquier momento.
22 de octubre de 1979.
Mohammad Reza Pahlavi, el último shah de Irán. 1979.
El shah se despide de México pasando su anillo de rubí por la ventanilla de su jet privado que viaja rumbo a Texas, para internar a Su Alteza en la base aérea estadounidense de Lackland. El médico de cabecera del monarca mide sus signos vitales mediante un estetoscopio. La esposa del última shah de Irán bebe un martini seco y observa el Golfo de México desde el extremo opuesto a su marido. “Esto no le va a gustar nada a Jomeini”, le confiesa a su médico.
El pasado 30 de enero publicamos la traducción que hizo Isabel del Valle del primer capítulo de Pride and Prejudice (1813) de Jane Austen. El objetivo de la publicación era celebrar, con dos días de retraso, el cumpleaños 206 de una novela a la que le sobran hinchas en la Redacción de Tierra Adentro.
Agregamos a la traducción una nota que titulamos Yo la adoro a Jane Austen, en la que explicábamos ese singular título: la frase, suponíamos, era una cita de César Aira, que es utilizada en buscadores web como título de una entrevista, sin embargo la cita no aparece en el cuerpo de la entrevista. Con pretensiones más o menos humorísticas explicábamos esa irregularidad.
Para fortuna de todos, el misterio ha terminado (más o menos). Phillip Penix-Tadsen, uno de los dos autores de la entrevista, se puso en contacto con Tierra Adentro y nos explicó lo que sabe sobre ese título tan irregular. Además tuvo la enorme cortesía de compartirnos ese fragmento de entrevista que no apareció en la edición final. Con el permiso de Phillip reproducimos su mensaje y la respuesta de César Aira.
¡Qué buena la traducción de Austen! Tal vez yo pueda ayudar con la duda sobre la cita (yo fui uno de los que hicimos la entrevista a Aira mencionada).
Esa frase sí la dijo Aira, pero por alguna razón u otra la eliminamos de la edición final de la entrevista. Ni Craig ni yo supimos jamás por qué aparece así el título (Yo la adoro a Jane Austen) en las búsquedas de red. Craig me dijo hace unos años que él lo puso como chiste en una de las versiones que compartíamos entre nosotros dos mientras íbamos editando la transcripción de la entrevista. Pero él jura que nunca envío ningún archivo con ese título a la editorial.
En fin, quedamos en la misma: ¿quién sabe? De todos modos, aquí está el párrafo inédito, donde Aira habla de Austen. Y de Duchamp, Proust, Pessoa, Twain…
Phillip Penix-Tadsen
CRAIG EPPLIN: Y ¿qué lee ahora?
CÉSAR AIRA: Yo leo de todo. Leo mucho sobre artes plásticas porque soy muy estudioso, muy estudioso de la vida y obra de Marcel Duchamp. Tengo una enorme biblioteca de Duchamp, y en cada uno mis viajes siempre, como siempre se están publicando cosas sobre Duchamp, siempre la voy alimentando. Ahora me traje de Barcelona tres libritos, tres libros todos sobre Duchamp. Y leo literatura, lo de siempre, releo ahora mucho. Aunque no he releído mucho en realidad porque tengo muy buena memoria para los libros. Un libro que he leído hace cuarenta años, a poco yo, página por página me desaliento de releerlo porque ya me lo sé demasiado bien. Es lo que me pasa con Proust. Hace años que no lo releo porque lo recuerdo demasiado bien, estoy esperando olvidarme un poco para volver a tener ese placer. Me recuerda esa frase de Pessoa, de Fernando Pessoa, que decía “La mayor tragedia de mi vida fue haber leído The Pickwick Papers, porque ya no lo voy a poder volver a leer por primera vez”. ¿Entiendes? Buena parte de la razón por el efecto [¿?] de ese libro, obra maestra maravillosa, eso ya no lo voy a poder volver a leer por primera vez. Pero confío en el olvido como para volver a disfrutar, y de cualquier manera me queda mucho. En el avión fui leyendo una novela de Jane Austen, […], que yo había leído hace unos años, no es de las mejores. No es Pride and Prejudiceni […], pero está bien, yo la adoro a Jane Austen. Mark Twain decía que “Una biblioteca que contenga los libros de Jane Austen siempre será inferior a una biblioteca que no contenga los libros de Jane Austen”. Qué malo que era, y qué equivocado que estaba porque era muy buena Jane Austen.
Autómatas ajedrecistas, perros que viajan al otro mundo, asesinos incidentales, amores turbulentos y fantasmas sin esperanzas: los personajes de este libro son seres atormentados, monstruos que al mismo tiempo respiran la angustia de estar vivos y disfrutan del atractivo terror de la muerte.
Sin desprenderse por completo de su exploración anterior en la literatura fantástica, en El vals de los monstruos Lola Ancira explora la naturaleza humana desde una visión más cercana al realismo. Cada relato es una búsqueda obsesiva, un ejemplo de la incapacidad de la comunicación con el otro. Ancira no tiene ningún reparo en retratar la violencia, el erotismo fallido y la desolación interna del ser. En “Hacia el abismo”, “El don del engaño” y “La esencia de la melancolía” los protagonistas son discapacitados sociales, incapaces de formar vínculos personales, como el amor, en cualquiera de sus formas. La evasión, las barreras impuestas entre las personas y el oscuro deseo de desvanecer la existencia atormentan a los personajes.
Sus textos refieren a los clásicos modernos, tanto de Latinoamérica como del resto del mundo: es igual de probable encontrar un epígrafe de Borges, que un puñetazo de Kurt Vonnegut o una maldición profética de Salman Rushdie. No sólo los epígrafes reflejan el estudio narrativo de Ancira: en su prosa se respiran las atmósferas que Rubem Fonseca retrató en cuentos como “El cobrador” o “Paseo nocturno”, las reflexiones de la prosa psicológica del XIX y la claustrofobia que fascinó a Edgar Allan Poe.
En el cuento “Vindicta” escribe: “Con esto he llegado a una conclusión. Si no estás aquí para exterminar, serás exterminado, y cualquier ser inteligente optará por la primera opción sin titubear un segundo” , y uno se remite de manera inmediata a las reflexiones de Octave Mirbeau: “La necesidad de matar nace en el hombre junto a la de comer y se confunde con ella. Esta necesidad instintiva, que es la base, el motor de todos los organismos vivos […] Luego de que el hombre se vuelve consciente, se le insufla el espíritu de la muerte en el cerebro”. La visión autodestructiva del ser humano parece reflejar un deseo profundo de contundencia que mortifica a los personajes de estos cuentos, que se debaten en una prosa laberíntica buscando liberación, ya sea en forma de la muerte o la desaparición.
En “Satélites”, una familia de clase media emprende una cruzada para enfrentar el Otro Mundo con perros que abandonan en el océano. El sacrificio es un homenaje histórico: recuerdan a Laika, perdida en el afán de conquistar el espacio; pero el sacrificio también tiene algo de simbólico, pues parece que cada perro representa el intento inútil del padre por establecer un equilibrio familiar: “al mirar sus ojos hallaba la simpatía y el cariño que nunca encontró de forma tan sincera en ningún ser humano, incluida su esposa, con quien tenía ensayado un juego mordaz de miradas furtivas acompañadas de frases condescendientes”.
Con una prosa hipnótica y envolvente, El vals de los monstruos nos lleva a través del intrincado mundo en el que sufren sus personajes, de las reflexiones de aquellos que buscan su lugar en un mundo que parece, a todas luces, abrumador. Cada uno de estos textos comparte esta atmósfera desesperanzada que, sin embargo, contiene un intenso afán por revelar la naturaleza humana.
La NASA ha perdido demasiado tiempo y dinero salvando a Matt Damon Mi casa como el centro del universo Como el axis mundi Donde me he resguardado y aniquilado Tengo por mascota un ocelote Un sinfín de anomalías Traigo un pantalón que no he lavado en días Una planta que está muriendo de tristeza La dejo cruelmente en la ventana Que observe la trayectoria del sol y a mi ocelote buscando comida en la basura La intersección en el desierto donde te encontré Las tormentas en la costa son inhumanas Hay días que la vida es inhumana y con cada día que paso sin verte dejo de creer en dios y todas sus partes que es la suma de uno Aviéntate No temas No te arrepientas Vamos a matar zombis con estilo El tono de las escrituras sagradas El gemido de nuestra chica Sal a predicar la naturaleza Recorre a mano todos los cronogramas Sé que las arañas me están invadiendo Que han escondido un ejército bajo los muebles Me arrinconé Vi cómo dejaron las guaridas Avanzaron Hice un movimiento temerario Ataqué de frente Error Me replegué Las vi riéndose sobre el respaldo de los sillones Sobre el comedor ¿Quién no tiene un Wilson en casa? ¿Quién no ha querido ser náufrago? Hemos perdido demasiado tiempo en el ojo de dios Entre el Son de canela Entre los 121 años de caricaturas para niños Detrás de un librero y la fórmula para ser feliz Desconfío de la gente que siempre está sonriendo ¿Qué de malo tiene sólo querer ver el mundo arder Y comprar Sabritas para coleccionar los tazos Y bailar chido chido chido chido Mayúsculas para títulos Para la borrachera Para bailar en Chiapas Tras el tremendo jam que fue la lluvia ¿Por qué no me han dicho que estamos en el 2016 Que la vida ya se divide por duelos hombre a hombre dentro de un círculo en la arena? Oh pequeño Ocelote No me tienes miedo Tu bellos ojos Tus viajes Vagabundos del arma Una invasión extraterrestre como el perfecto epílogo del siglo XX y Jack Nicholson es presidente de los Estados Unidos La locura es igual que la gravedad Sólo necesitas un empujón Las arañas hicieron su siguiente movimiento Hui a la recámara En un camino angosto su ejército no es mayoría Usé un encendedor y el desodorante de aerosol Bienvenidos al cielo Pongan algo más movido La casa invita Estoy desencantado de la poesía No termino de lavar los platos No creo en la estética Ni en la anti estética El infrarrealismo Ni en el ninihismo Que las criaturas místicas se apoderen de nuestros jóvenes Ser súper como para ponerle a tu libro como se te antoje porque no importa lo avanzados que estemos Siempre queremos pelear
Dos días sin tomar coca cola y no sé cuánto más pueda aguantar forma parte de “1era parte de un equinoccio alternativo / Coatzacoalcos, Veracruz, México”, que apareció originalmente en el tercer número de Oajaca.
En Diosas (2013), Joseph Campbell transita un camino accidentado por la historia de las divinidades femeninas, relatando su preeminencia en los ritos de la fertilidad, la transformación y la trascendencia humana. Milenios después, tras el abandono del culto animista a la Diosa Madre y de un largo periodo de guerra y conquista que arrasó Occidente impelido por el monoteísmo judeocristiano, son los hombres quienes han plantado pie en los hechos históricos heredando las prerrogativas de los pueblos guerreros como caudillos y jueces, como libertadores y dictadores, como quemadores de brujas. O, en la actualidad, como psicoterapeutas y policías.
Este gran angular de la dualidad sexual de la historia es un mero repaso a la cara visible de una política divisoria no muy distinta de la que fracturó en dos territorios ideológicamente contrapuestos la gélida Alemania de posguerra; conflicto que el italiano Luca Guadanigno ha logrado capturar desde una perspectiva semidistante, componiendo planos glaciales, cuajados de vaho y nieve.
El estilo en clave baja hace de las incursiones de Susie Bannion (Dakota Johnson) y el Dr. Jozef Klemperer (Tilda Swinton), en este mundo imaginado de Guerra Fría y brujería, una síntesis de dos formas de organización que el director ya había abordado bajo los términos de la sexualidad en Call Me By Your Name: la política exterior socialmente aceptada y la política interior profana.
A tenor de lo profano, las mujeres de Suspiria son psicoanalizadas y su diagnóstico es la histeria y la locura, juzgadas como brujas y como encarnación del pecado. Y su política asignada desde el exterior es la política interior del hogar, de comedores y recónditas academias de baile entrañadas de pasillos, recámaras secretas y antigüedades, como las que guarda dentro de una vitrina la ubicua reina del aquelarre, Helena Markos (Tilda Swinton en su segundo, pero no último, personaje).
Las escenas donde las brujas conversan alrededor de la mesa, votan por su reina bruja, conspiran y se divierten a sus anchas con un policía paralizado (emblema de la autoridad del mundo exterior), a primera vista parecen prolongar la duración del metraje, pero tras un breve periodo de reflexión revelan su inusitado valor narrativo: el modo en que la bruja ejerce el poder se encuentra en los ritos arcaicos, en el aquelarre doméstico, no fuera de él en las revueltas calles de Alemania.
Esta confrontación ideológica rige a varios personajes, pero se encarna de forma explícita en el de Patricia (Chloë Grace Moretz). Ella es, quizás, la única capaz de observar esa dualidad integrada por la política oficial y por la política ritual. Y, además, es la más activa en ambos bandos: como potencial depositaria del espíritu de Helena Markos y como simpatizante de la organización revolucionaria terrorista Red Army Faction.
La película toca las dos horas y media y su estructura está dividida en seis capítulos y un epílogo, el primero de los cuales bien puede funcionar a manera de epígrafe de aquellas ideas. En él, Guadanigno nos lleva de la mano con una desaliñada y confundida Patricia al interior de la consulta psiquiátrica del veterano Dr. Jozef Klemperer. Poco a poco la bailarina irá desgranando algunos de los misterios en torno a la academia de danza de Miss Tanner (Angela Winkler), mientras el escéptico psiquiatra registra a vuelapluma un diagnóstico racional: son meros reflejos (“simulacros”, dictamina) aquellos relatos sobre diosas primitivas y brujas que habitan detrás de las paredes.
La idea del simulacro, es decir, la ilusión de la brujería y de los ritos antiguos en contraposición con los hechos irrefutables de la guerra, en particular los derivados del nazismo, proyecta una sombra de miedo y culpa sobre el trasfondo de algunos personajes. Atención a las pesquisas del Dr. Jozef fuera de la academia de baile, en un visible mundo exterior con una crisis de identidad política. Suspiria, pues, parece adoptar su visión del mundo desde el interior del aquelarre, ironizando sobre la posibilidad de que esos ritos femeninos fueran la realidad histórica y concreta debajo del simulacro de la historia oficial del hombre.
Por ello la revisión de Guadanigno no podría haber sido exuberante en ese contexto de dolor y vergüenza (que paralizó las calles de Alemania), excepción hecha de un clímax apresurado en las profundidades de la Academia donde se asiste con asombro a la epifanía: el aquelarre final resulta grotesco (en algunas partes el despliegue visual es directamente pomposo), pero su finalidad estética está lejos de emparentarse con el caleidoscópico barroquismo visual de Dario Argento o los compases frenéticos de la banda sonora compuesta por el grupo de prog-rock Goblin, que hicieran de su homónima original de 1977 una rara avis en el panorama del subgénero de horror italiano “giallo”.
En cambio, los excesos de la composición pictórica de la nueva versión generan un curioso contrapunto aunados a las lánguidas notas musicales con las que Thom Yorke se estrena como compositor de cine, orientando el desenlace hacia la melancolía, lejos del preciosismo de su modelo original. Claramente lo dice Helena Markos momentos antes de comenzar el Sabbat: “Esto no se trata de arte”.
En tal punto, ambas políticas, dentro y fuera, la de la bruja y la del hombre, resultan intercambiables y su esencia es similar: no hay arte en la guerra, solo horror y fealdad.
Siempre te sucede: entras a una fiesta y todo el mundo está hablando de las crónicas de Jänko Erwin y la poesía komandroviana. A veces te basta con la autosuficiencia de saber el origen compartido. Otras no: te entra la urgencia de explicar que se trata de los heterónimos de Horacio Warpola. Del Gran Horacio Warpola, agregas si crees que no fuiste escuchado.
Porque se vale pecar de todo, menos de falsa modestia, y si hay poesía que usas como insignia es porque se trata de la poesía a la que llegaste tú y llegarán todos tus avatares.
Si Warpola no hubiera existido, habrías tenido que inventarlo. ¿Cómo luciría un Warpola concebido por ti, sin referencia para hacer la calca? Mejor no averiguarlo. Además, hay Warpola para rato, y Warpola renovado (faltaba más: es su sino).
Por eso la Redacción de Tierra Adentro se congratula en presentar el primer adelanto de Carcass de Konstanz Elú, que pronto se publicará en Instagram Stories. La disquera Obelisco Records ha decidido junto a Warpola explorar con este formato que, al parecer, es la primera vez que se utiliza en la poesía digital y en la literatura electrónica. El libro está ambientado con paisajes urbanos y música clásica en 8bits.