Tierra Adentro

En su poemario ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2018, Pablo Piceno aborda el vagar de los cuerpos humanos a través del contexto del Perú colonial y el contexto más moderno de las migraciones en Europa, refiriéndose tanto a epístolas entre el virrey de Perú y el rey de España como a la biografía de Zinedine Zidane. La Castellane errante se apropia de sucesos, en apariencia desvinculados, para tejerlos dentro de un original relato poético sobre la migración y sus efectos.


demasiado castellano me hizo daño
tanto que después de veinticuatro horas en bote
encañonado y aventado al suelo por tres concha de su madre
llegué por fin a la isla de la promisión
y nada de cuanto se dijo entendí

hasta ahora tengo mis dudas

¿es lícito acaso objetar que padecían un retraso de quinientos años?
¿que no lograban enunciar una sentencia lógica?
¿que hablaban ruidos como animales
en un establo más grande que la urbanidad limeña
que la entera Amazonía pasa hambre de una a otra
generación de más hambre
inanición de más tierra
herencia cultural que es no poder enunciarse en ninguna lengua
deste rreyno del Pirú de las Yndias?

no es que nadie diga nada
o que estos yndios mandoncillos
y demás yndios comunes o personas
les carezca más coherencia

[es que tantas letras te atrofió el cerebro Paulo
llévate tu cojudez a las arcas de la casa de Ámerica a la  rae
a la biblioteca de Vargas Llosa]

lamento así se diga lo contrario
no haberme podido estar unas semanas más
entre las bestias que buscando en la rudeza de su engenio
entre tanto indio calato y tanto puerto vacío y tanta lluvia que hace todo
triste como un puerco colapsado o incluso peor
entre tanto no ser letrado ni dotor ni lesenciado ni latino

pero un día empecé a quemar mi propio cuarto
que en dormir dormía poco
me espantaba que las ratas se pasearan por el techo
como piedras de una culpa ancestral que se agolpaba
y ya no quería parar

les hablé de cuanto daño conocía
me inventé la solución endémica
hasta que mal de mi cabeza me senté a llorar
olvidándome de la esencia intemporal de Occidente
de la metafísica de la unificación de las conciencias
de la mínima unidad de sentido del psicologismo
de las diferentes lenguas que antes tuvieron una
por mandato de Dios mismo

y no supe ya decirlo nunca igual
ni remedar mi lengua castellana salva del abismo
por delante de la quichiua ynga aymara
poquina colla canche cana charca
chinchaysuyo andesuyo colla y condesuyo

y ese bote que atravesara la selva
inundándose bajo la lluvia inhóspita
esa palabra vi cómo se hizo líquida
como si se orinara contra mí
por más ridículo que suene

desde ese día hasta hoy
si es que hablo castellano todavía
es porque no me acostumbro
a haberlo abandonado allá


Autores
(Wolfsburg, Alemania, 1990). Ha publicado Parusía de los muertos (edición digital) y Metáfora del sol ilustre (Proyecto literal, 2017), así como diversos textos en las revistas Opción, Crítica y Casa del tiempo, y en el suplemento Laberinto, entre otras. También forma parte de la antología Poetas parricidas (generación entre siglos) (Cuardivio Ediciones, 2014). De 2016 a 2017 fue becario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca).

María Hernández ama la vida porque la ha arriesgado dos veces.

A los dieciséis años cruzó la frontera México-Estados Unidos por un túnel. No había aire. No había luz. En esa sofocante humedad se arrastró entre los huesos de quienes habían perdido la vida en el camino. Apenas podía respirar.

A los cuarenta, siendo madre de cinco, cruzó un cerro empinado en el desierto para poder reunirse con sus hijos del otro lado. Cansada y sedienta se tropezó con una piedra. De no haber sido por sus compañeros de viaje se habría caído por un barranco.

Hoy María quiere contar su experiencia. Tiene cincuenta y seis años y trabaja en una granja comunal en el pueblo de Richmond, California, a dos kilómetros de su casa. Siembra, protege y consiente a sus plantas.

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“Yo creo que soy muy maternal”, me dijo sonriendo y con una voz tan tierna que hace pensar que siempre está de buen humor, “No puedo estar sin mis plantas. Y no puedo estar sin mis hijos”.

Su historia —como la de muchos paisanos— es de lucha, fuerza y determinación, de salir siempre adelante ante circunstancias adversas. Pero sobre todo es una historia en la que el amor a la familia es central: lo único que le queda cuando parece que ya no hay nada.

María y yo estamos sentadas en un sillón de la sala de su casa, un espacio modesto de dos pisos en el que vive con cinco familiares. Un altar colorido protege la entrada. Tiene manteles tejidos en rosa y morado, nochebuenas frescas, orquídeas blancas, rosarios de colores, veladoras y una Virgen de Guadalupe. Arriba del sillón, contra una pared amarilla, cuelga un marco con una foto despintada. Se trata de los papás de María: el papá aparece con lentes y sombrero, y la mamá con un vestido morado y dos trenzas.

María nació en un rancho cerca de Jaltepec, al norte de Oaxaca. Sus papás son campesinos que trabajan el maíz. Ellos le enseñaron a sembrar desde pequeña. Siendo la más grande de siete hermanos, cuando tenía apenas trece se fue a vivir con su papá a la Ciudad de México —un enorme monstruo urbano que poco se comparaba con el pequeño pueblo en el que había crecido—. Durante tres años trabajó limpiando casas de señoras ricas en Coyoacán. Hasta que a los dieciséis, y sin saber muy bien por qué, fue hora de irse pa’l norte, como decía su familia.

“El sueño de toda la gente es el norte”, me dijo mientras nos acomodábamos entre los cojines de la sala. “Que porque acá van a venir a ganar en dólares. Ahora me doy cuenta de que allá [en México] vives en un paraíso. Tienes tus propios terrenos, tus propias cosechas. Pero yo no sé por qué la gente siempre quiere venir pa’l norte.”

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Su papá le dio un poco de dinero, y con apenas esas monedas y un suéter para cubrirse del frío se subió a un camión que la llevó a Tijuana, sin tener idea de lo que le esperaba.

Viajó acompañada por dos tíos. Pagaron ciento cincuenta dólares para que un coyote los guiara. Eran un grupo de cuarenta hombres y cuarenta mujeres. María recuerda una vegetación “tan verde y tan hermosa que los árboles chocaban unos con otros, por eso los helicópteros no nos miraban, porque las camionetas van por abajo.” Pasaron semanas sin comer y sin tomar agua. Los labios se les partían del hambre y la deshidratación.

Hasta que un día María ya no pudo más. “Necesito voluntarios para ir por comida”, dijo el coyote. Sin pensarlo se ofreció a ir. Ella, dos hombres y otra mujer del grupo se pusieron gorras, pants y tenis para ir a una tiendita cercana sin que nadie sospechara que eran migrantes. El plan era hacerse pasar por parejas que hacían ejercicio. Compraron ocho paquetes de pan Bimbo y dos galones de leche para las ochenta personas. “Pobre gente, se arrebataba el pan”, recuerda María.

Luego vino el túnel. Uno de los ciento sesenta y ocho que existen entre México, Arizona y California, según las autoridades aduanales de Estados Unidos. Una pesadilla de oscuridad, humedad y muerte. No había oxígeno, iban a gatas y sin ver nada. “Me arrastraba y hacía a un lado los huesos de la gente que murió ahí”. Con mucha calma y tomándose las manos, María respira y sigue: “Sentí horrible al tocar los huesitos, nomás para hacerlos a un lado. Estaba tan oscuro que no miraba nada. Creo que fue por eso que no me dio miedo. No tuve ni tiempo de decir algo. De rezarles. Tenías que pasar rápido, si no tu también te ibas a a quedar ahí.”

Desde entonces para María la muerte tiene olor a humedad.

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Del otro lado del túnel era de día, pero el sol no se veía entre los árboles. El grupo caminó y llegó a una carretera. Los coyotes les dieron instrucciones para esconderse y esperar. “Te dicen que te metas a los matorrales porque va a llegar una camioneta que empieza a pitar. Cuando pasa eso corres y te subes”, recuerda María, “pero no había que confundirlo con la perrera de La Migra, pues esa te lleva a otro lado”, dice refiriéndose a las camionetas de policías que patrullan la zona.

En la frontera los coyotes esperaban el cambio de turno de los guardias para pasar cuando las casetas estuvieran vacías. “Ahora ya es bien diferente”, dice. Cuando por fin cruzó, los viajeros se dispersaron. María se fue con sus tíos a una casa de migrantes en Los Ángeles, hasta que las hermanas de ellos los fueron a sacar. Aquellos primeros días María trabajó cuidando a una señora enferma, ya mayor. Después se fue con “la tía Cata”, una amiga suya, tía de cariño, a vivir a Clovis, también en California, para trabajar en una tortillería, y allí conoció a su esposo.

“Cuando yo la conocí ella traía otro novio”, me dijo José por teléfono, “pero el muchacho no trabajaba ahí. Empezamos en el trabajo a platicar y a hablar, ya después la invité a salir al baile. Y le dije que si quería ser mi novia. Me dijo que sí”.

Se enamoraron, y cuando María tenía veinte años tuvieron a su primera hija, Yuri. Pero un día la mamá de José se enfermó del corazón. Los doctores le pronosticaban pocos días de vida. Y así, sin papeles ni identidades legales o pasaporte, emprendieron el viaje de regreso a Guanajuato con la familia de José.

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Tuvieron cuatro hijos más. José iba y venía porque en México no había trabajo. Vivía en Richmond por periodos de dos o tres años trabajando en el campo, en construcción o haciendo tortillas. Ganaba siete dólares por hora y cada semana le mandaba de cincuenta a cien a su familia. Cuando no alcanzaba, María compraba quesos y cajeta para vender en la Ciudad de México. Siempre que José volvía a México llevaba regalos para toda la familia.

Yuri, ya de 36 años, entra a la sala donde María y yo estamos sentadas. Son vecinas y se ven diario. Le gusta vivir en Estados Unidos porque tiene mejores ingresos y está con su familia. “Acá hay más oportunidades y tienes una vida mejor para la familia”, me dijo. “Allá en México cada que comíamos jamón hacíamos fiesta. Y los días que mi mamá llevaba cereales, también”. María asiente con la cabeza y dice: “Allá está más difícil, nosotros les mandamos cajas de ropa a nuestra familia, y dinero para que la pasen un poquito mejor”.

Yuri va a la cocina y se lleva ollas y cucharas. Va a hacer sopa de camarón para todos. María, mientras tanto, me cuenta cómo José arriesgaba la vida cada que cruzaba la frontera. Un día, cargados de ilusiones, decidieron que todos se irían otra vez pa’l norte.

Esta vez cruzaron por Mexicali. Sus tres hijos más chicos pasaron con una coyota que tenía papeles. Eran casi las doce de la noche cuando la señora recogió a a los niños en una camioneta nueva. Víctor tenía diez años, Leonardo siete y Érik cuatro. Les cobraron diez mil dólares que José tuvo que pedir prestados.

“Estaba bien oscuro cuando cruzamos”, recuerda Víctor, el más grande. “La coyota nos dio ropa nueva y nos cortó el pelo para que pareciéramos gabachos. Me dijo que me sentara y que me hiciera el dormido. Como éramos niños, la policía no nos preguntó nada”.

María tuvo que tomar una ruta más difícil: cruzar el desierto del Cerro Centinela, conocido por ser un escenario recurrente del tráfico de personas. Caminó durante una semana con un calor infernal y ampollas en los pies. Esta vez no traía nada más que naranjas y limones para la deshidratación. “Me resbalé con una piedra y me caí”, dice María, “y si no hubiera sido porque otras personas me agararron, me habría ido por un barranco”.

María vio varios cuerpos en el desierto. Muertes invisibles que nadie regresa a llorar, ni a enterrar. “Lo más dificil fue el sacrificio”, dice entre pausas, con los ojos llorosos. “Cómo miras a los muertos en el desierto. Mucha gente que se quedaba, que ya no podía, y cómo ayudarlos. Sobre todo la gente grande que viene caminando y se deshidrata, o los pies se le desfiguran de caminar.” Las líneas de expresión que rodean su boca delatan el paso de esos años difíciles.

El primero de enero del 2001 llegó cansada, sucia y adolorida a Los Ángeles por segunda vez. De ahí se fue a Fresno, donde vivía su hermana. Al día siguiente, después de comer y bañarse, su esposo la fue a recoger para llevarla a Richmond con la familia. “Llegué con mi montoncito, y fue como si el corazón me hubiera regresado al cuerpo”, dice María con su característica sonrisa.

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En la sala de su casa se hace tarde. El sol cae y el frío californiano empieza a apretar. María se frota las manos, se pone un suéter y calienta un par de tortillas recién hechas para las dos. Nos las comemos con salsa de chile de árbol y limón.

En la casa de al lado, la familia se reúne para cenar la sopa que Yuri preparó. Dos nietos de María, hijos de Yuri, entran corriendo después de la escuela. “Guelaaaa guelaaaaa”, gritan los niños mientras la abrazan, sin poder decir “abuela” todavía en español. Juegan trick or treat detrás de la puerta de la despensa. Su inglés es casi perfecto. La chiquita viste unos pants rosas, tenis Nike negros, un moño grande en la cabeza y una playera que dice con letras doradas I love my family.

“Será que porque uno no tiene mucho dinero, pero siempre tenemos que estar unidos para sobrevivir. Y los gabachos no. Ellos ya a los dieciocho años los sacan a sus hijos, que se vayan”, dice María poniéndole limón a la sopa. “Pero como no tenemos, estamos todos juntitos para pagar esta casa. Es lo que nos hace estar todos unidos”.

Después de cenar María toma una ducha y se prepara para irse a la preparatoria de Richmond, donde toma clases de inglés tres veces a la semana. Después de muchos trámites, desde julio del año pasado María ya es residente legal en Estados Unidos. Pero las estrictas políticas de migración actuales tienen a su familia en alerta. Su próxima reto es aprender a hablar inglés correctamente.

“Nunca se sabe con ese Trump”, me dijo. “Tenemos que estar bien preparados”.

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Una primera versión de este artículo apareció en inglés en Richmond Confidential.


Autores
Gisela Pérez de Acha es abogada y periodista especializada en derechos humanos. Actualmente estudia periodismo multimedia en UC Berkeley.

Melancolía de los pupitres, compuesta por seis cuentos, es una propuesta de lo qué puede ocurrir cuando la frustración se convierte en protagonista de la vida. Más cercana a la realidad que a la ficción, este libro evoca la nostalgia y la posterior ruptura que se originan al contrastar nuestro presente con aquel pasado adolescente y estudiantil en el que los sueños y anhelos se vislumbraban inalcanzables.


15. González, Pacífico

No voy a negar que extraño a Pacífico. Mis días eran más entretenidos cuando estaba dentro de su enorme barriga. Con él, al menos, me trasladaba de un sitio a otro. Podía escuchar ruidos, voces, gritos; la algarabía de un mundo fascinante al que ya no tengo acceso. Ahora, en cambio, metido en este frasco y sumergido en formol, descansando sobre esta estantería de acero inoxidable y teniendo por vecinos a un feto tumefacto y a lo que supongo que es una espina dorsal, mi existencia quedó suspendida indefinidamente, reduciéndose a un instante de eterno aburrimiento. Lo único que me queda por hacer es recordar. Así que recuerdo.

*

Todo se fue al carajo la noche del grito de Independencia. Puedo revivir hasta el más mínimo detalle de lo que pasó ese día y los que le siguieron, los últimos en los que Pacífico y yo fuimos uno mismo ante los ojos de madre y los del resto del mundo. Fue un 15 de septiembre. Estoy seguro porque las paredes del hospital estaban decoradas con banderitas de México, y porque a lo largo de la noche y la madrugada las ambulancias no cesaron de acarrear decenas de heridos hasta las puertas del Malverde, donde los paramédicos bajaban camillas y camillas de adelitas inconscientes, de charros descalabrados y de niños berreando con la cara pintarrajeada de crayón tricolor.

Esa noche no nos tocaba hacer guardia. Lo recuerdo en plural por mera costumbre, pero ya es hora de que empiece a hablar con autonomía, así que corrijo: a Pacífico no le tocaba hacer guardia. Sin embargo, debido a que la sala de urgencias se atiborraba a cada minuto de patriotas sin suerte, Benito, el jefe de enfermeros, un oaxaqueño con cabeza de monolito olmeca, tuvo que reajustar el programa de guardias. Reunió a Pacífico y a sus demás subordinados y comenzó a negociar turnos extra a cambio de días libres. Muchos se negaron, pretextando algún compromiso. Se entendía que era 15 y había que celebrar. Pero Pacífico y otros dos pusilánimes dijeron que sí, levantando los hombros, resignados a otra noche sin dormir.

Ahora que lo pienso, ése fue el primer error, su primer error: Pacífico y yo no teníamos nada mejor qué hacer.

Como después no habría tiempo, antes de comenzar el turno fue a cenar a la máquina expendedora que había junto a la recepción; cuatro sándwiches y dos cocas de seiscientos bastaron. De regreso, Pacífico llamó por teléfono a madre para avisarle que esa noche no volveríamos a casa. Ella le dijo que estaba bien, que se cuidara, y enseguida colgó con displicencia; así solía ser. Pacífico estaba por cumplir un año trabajando en el Malverde y madre aún no podía aceptarlo.

Tal vez nunca lo haría. Para ella, el concepto de enfermero representaba una decepción en sí mismo. ¿O acaso estaba equivocada por desear ver a su hijo convertido en un médico especialista, un hombre de bata blanca que portara con orgullo los apellidos de la familia, finamente bordados en hilo azul? Por supuesto que no. Y tampoco era la única.

Pacífico también lo añoró durante mucho tiempo. Confiaba en que el mero hecho de convertirse en doctor le investiría un aura de respeto, algo con que tomar revancha por aquella infancia y adolescencia de mierda donde no hubo otra cosa que cerbatanazos y tachuelas en su pupitre. Era un buen auspicio. ¿Quién pendejea a un doctor? ¿Quién chingados obliga a un médico a hincarse y lamer el piso del baño de niños? Pacífico se esforzó, me consta, pero la cabeza no le alcanzó para tanto. Cuando terminó la preparatoria, fue a inscribirse al curso propedéutico de medicina. Presentó el examen de admisión y reprobó. Una vez, dos veces. Pero, si Pacífico es torpe, es doblemente necio, así que hizo la prueba una tercera ocasión sin que el resultado cambiara. Entonces, el plan b se llamó enfermería. Y aprobó. Me acuerdo de la tarde en que llegamos a casa con los resultados de la facultad en un sobre sellado. Madre volteó, se quitó las gafas y al oír la noticia se le quedó mirando en silencio. Estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo en el enorme esfuerzo de fingir una sonrisa.

*

Pasada la medianoche, la sala de urgencias se había convertido en un hormiguero de infelices. La expresión en los rostros era la misma: “la cagué y me duele mucho”. Bastó con hacer un conteo rápido de cabezas para darnos cuenta de que no habría ninguna oportunidad de escaparse a dormir una siesta en las literas de empleados.

Debo confesar algo: si trabajar en la madrugada del 16 fue para Pacífico un mal trago, a mí el cambio me pareció la mejor de las noticias. De entre todas las áreas que integran el hospital Malverde, la de urgencias siempre fue mi preferida, y lo era por una sencilla razón: su banda sonora. Esa sala me ofrecía un delicioso bullicio de lamentos, parecido al de las vacas mugiendo de hambre. Jamás me defraudó.

El primer sonido de esa noche fue el lloriqueo de una nenita babosa que se había volado dos dedos por no soltar un petardo a tiempo. ¡Qué par de pulmones! Chillaba como me imagino que lo haría un águila. Su madre le había cubierto la mano con un trapo que llegó tieso por la sangre seca. Sin piedad, Pacífico se lo despegó poco a poco, con pequeños tirones a los cuales la niña respondía berreando más y más duro —y yo, en consecuencia, más y más contento— hasta que la anestesia hizo efecto y le menguó los gritos, dejándola sollozando y sorbiéndose los mocos. Enseguida me entusiasmé con los lamentos de una anciana que se chamuscó la pierna derecha al derramársele un cazo con manteca hirviendo. Todavía preguntó si podría regresar a tiempo para atender su changarro.

Después llegó un borracho con el culo astillado por haber reventado su propia botella de un sentón. Pacífico lo tumbó boca abajo y le arrancó los calzones perforados. Tomó unas pinzas y comenzó a desencarnarle con sumo cuidado los triangulitos de vidrio ambarino. Cuando el ebrio le mentaba la madre, Pacífico seleccionaba la esquirla más filosa y se la retorcía dentro de la carne viva.

Así se fueron las primeras horas. Los enfermeros entraban y salían golpeando las puertas abatibles, llevando de un lado a otro charolas atiborradas de jeringas, pinzas y torundas empapadas en yodo.

Poco antes de las cuatro de la madrugada, cesaron los ingresos y sólo quedaron unas cuantas personas con esguinces o un tabique desviado, pacientes sumisos que perfectamente podían soportar una o dos horas sin quejarse. Los hicimos esperar, por supuesto.

Luis Ernesto fue quien sugirió fumar en el estacionamiento. Recuerdo su voz pastosa proponiendo salir “por un taco de cáncer”. En lo personal, desde la primera vez que lo escuché me cayó mal. No era sino otro médico pasante que mira por encima a todo aquel que no sea doctor como él y su papá, y que por algún complejo elitista piensa que no hay otra manera de comunicarse con sus inferiores si no es empleando el slang del barrio. “No me llames doctor, sólo dime Luis, carnal”, dijo el mamón cuando nos lo presentaron. Un mamón, eso sí, con unos puritos deliciosos que su padre le traía de Cuba en una cigarrera plateada. Sólo por eso Pacífico lo siguió al estacionamiento de empleados, donde solían fumar junto a los contenedores de desechos clínicos.

Era una noche fría. Los escapes a lo lejos, zumbando por todas las arterias de la ciudad. Los conductores que recorrían la calle traían las ventanas muy abajo y los trombones de las rancheras bien arriba, sin temor a la pareja de policías que cenaba de pie frente a un remolque acondicionado como taquería móvil. Unos y otros sabían que esa noche había licencia de fondear las garrafas en honor a los héroes de la patria que les otorgó un gentilicio, un pasaporte y un equipo de futbol. Pacífico consumió los últimos milímetros del puro antes de alcanzar a Luis Ernesto y a los demás que ya regresaban al hospital.

Al cruzar de regreso por la sala de espera, con el aliento todavía apestándole a humo, se encontró con Vallejo. En un principio no supo que era él; sólo vio a lo lejos a dos paramédicos empujando una camilla. Fue hasta que pasaron a su lado y se fijó en el rostro del herido —un hombre joven, de nuestra edad, con pelo largo y barba—, que de un chispazo lo reconoció. Era Vallejo, sin lugar a dudas. Vallejo, su némesis de la preparatoria. No había vuelto a ver a ese hijo de puta desde entonces, ¡y así era como se reencontraban! Entonces Pacífico dio media vuelta y se unió a los paramédicos que se dirigían directo a la sala de choque. “tce grave —dijo el que iba al frente— , una pelea de bar.” Al parecer le habían quebrado la cabeza con el filo de un extintor. Pacífico no le quitó los ojos de encima ni un segundo mientras corríamos junto a la camilla, agitadísimos. Había cambiado muy poco. Vallejo traía puesta una polo color rosa y su tono de piel era más blanco que el que recordaba. Tenía una barba rala y algo crecida que le afilaba la mandíbula y le adelgazaba el rostro. Además llevaba el pelo muy largo, tan brilloso y pardo como la crin de un caballo saludable, aunque del lado derecho varios mechones estaban mojados por la sangre que le manaba del boquete, producto del putazo arriba de la oreja izquierda.

En cuanto llegamos a la sala de choque, justo al momento de alzarlo para el cambio a la cama, entró en paro, y de inmediato Pacífico buscó aretes, piercings u otro objeto metálico, y de un tirón le arrancó un crucifijo y una cadena de plata que tenía alrededor del cuello. Enseguida le tasajeó la polo color rosa con las tijeras, y fue entonces cuando le vio los pezones morenos y se quedó embelesado. Eran oscuros, quizá demasiado oscuros, tanto que contrastaban groseramente con el tono leche de la piel.

Durante un larguísimo segundo fantaseó con ese par de botones, los cuales le resultaron del tamaño idóneo para sujetar entre los dientes, para pellizcar con ternura. Lo más perturbador fue la distancia entre uno y otro: estaban tan separados que parecían dos sombreritos mexicanos alejándose cada cual para su fiesta, como buscando resguardo en la oscura maleza de las axilas. Juro que, de no haber sido porque el doctor lo empujó para adherirle a Vallejo sendos parches de nitroglicerina en el pecho, Pacífico se hubiese quedado el resto de la guardia contemplando esas tetillas prietas; calculando el diámetro de la areola, la rugosidad de la superficie, y contando uno por uno los pelitos lacios que las circundaban. Se espabiló en el momento en que otro doctor ajustó el voltaje de las palas desfibriladoras y gritó “quítense”, antes de atizarle el torso con una descarga eléctrica. La caja torácica se sacudía repetidamente, como si al cuerpo le infundieran vida a chingadazos. Cuando por fin recobró el pulso, lo entubaron; lo estabilizaron, y se lo llevaron rumbo a quirófano, adonde Pacífico ya no lo pudo acompañar.

Volvimos a urgencias para despachar a los últimos “clientes”, quienes esperaban turno con impaciencia, hasta que afuera el cielo empezó a clarear y llegó al relevo el personal de la mañana.

Pensé que tomaríamos el colectivo e iríamos a casa a descansar, siguiendo la rutina que cumplíamos cada posguardia, sin embargo Pacífico, exhausto, prefirió andar hasta los dormitorios de servicio. Se tumbó en uno de los camastros —de costado, mirando hacia la pared— y, sin siquiera haberse quitado los zapatos, a los pocos segundos comenzó a roncar con la mano metida en el pantalón, acunándose los huevos.

*

Yo no duermo; Pacífico, sí. Tuvo un sueño corto, pero vívido, porque al despertar era capaz de recordar con claridad la siguiente secuencia: cabalgaba un potro arrogante y macizo, cruzando la ciudad a todo galope por el bulevar principal.

Dos automóviles lo perseguían, cada uno a un costado, pitando groserías con los cláxones mientras los conductores agitaban en las manos unos fustes con púas de metal. El caballo no tenía montura, de tal forma que Pacífico sentía las nalgas al rojo vivo tras cada golpeteo contra el lomo del animal. Mordiendo la crin con los dientes, hizo cuanto pudo por aferrarse al cuello de la bestia, al tiempo que con los talones le espoleaba las costillas, buscando la manera de activar el óxido nitroso almacenado seguramente en los testículos del animal, mismo que liberó con unas cuantas patadas y que los hizo salir disparados hacia lo que se suponía era la meta, un monumental arco de cantera rosada en cuya clave tenía labrada la vara de Esculapio y en cuyos postes se estrellaron ambos carros provocando unos enormes hongos de fuego, fracciones de segundo después de que Pacífico lo atravesara por el medio.

Luego de festejar, Pacífico, aún cabalgando, se desvió a mano izquierda y trotó por unas cuantas calles empedradas donde un grupo de indios en taparrabos lo vitoreaba con vuvuzelas y tambores africanos. Llegó a las puertas del Malverde e irrumpió en el edificio, el cual era el mismo de siempre, pero a la vez otro, porque no se parecía en nada. El techo medía mucho más, cuatro o cinco metros por lo menos, lo suficiente para que Pacífico entrara sin apearse del caballo y avanzara con trote elegante por el corredor principal. Las herraduras se estrellaban en los azulejos, produciendo chasquidos agradables que se multiplicaban hasta el fondo de los pasillos. La chusma, que se había replegado con la espalda pegada a la pared, se le quedó viendo como se mira a un rey. Ahí estaban madre, el doctor Suárez, Benito y Luis Ernesto junto a los demás médicos pasantes, enfermeros y secretarias. Formaban dos filas de hombres diminutos y vulnerables, quienes al momento se inclinaron en una reverencia. El escenario era perfecto para fanfarronear con unos pasos de suerte, pero Pacífico no quiso perder más tiempo. Alzó la vista y vio que el corredor se convertía en una pista de despegue que desembocaba en una cañada luminosa; a lo lejos se veía una cordillera de cientos de montañas con forma de culos. Culos y culos de diferentes tamaños y de todas las naciones del mundo; tantos y tan variados como sólo se podrían encontrar en los sanitarios de las Naciones Unidas. El caballo taconeó las patas delanteras y de los costados le creció un par de alas blancas y poderosas. Pacífico se inclinó y abrazó al pegaso del cuello; luego miró hacia el horizonte y le pateó el costillar con todas sus fuerzas. El animal comenzó a galopar batiendo las alas mientras todos aplaudían, y justo antes de llegar al borde del despeñadero, en el momento exacto en que se impulsarían al vuelo para planear por toda la Sierra Nalga Occidental, Pacífico se despertó tan tieso como para izar una bandera.

En cuanto abrió los ojos, lo primero que hizo fue ir a la recepción para buscar el apellido Vallejo entre los de ingreso de la noche anterior. Enseguida fue al cubículo de Benito, mas no estaba ahí. Lo halló media hora después, sentado en una mesa de la cafetería, conversando con un empleado de la cocina. Pacífico se acercó con reservas. Las axilas le olían a dos días de trabajos forzados. Benito lo vio y levantó la mano en señal de alto. Se despidió del cocinero y luego le preguntó a Pacífico qué quería. “Por el turno de ayer: en vez de darme el día libre, ponme las guardias de la semana en intensiva”, le dijo. Benito lo inquirió con una mirada cómplice, pero no comentó nada. Así que anduvimos de vuelta hasta el cubículo de Benito, donde revisó los roles e hizo un par de ajustes en una de sus listas. Antes de irnos, oí que agregó: “Conste, González, quedamos a mano”.

*

Odio terapia intensiva. Nunca pasa nada ahí. Si me lo preguntaran, diría que ti es igual de interesante que un funeral transmitido por radio. Es la aburridísima antesala de una muerte sin chiste. Ningún insulto de último aliento, ninguna confesión estremecedora, nada. Todos están callados, a la espera de que la muerte corte el hilo.

Hacia allá fuimos. En la sala de ti había seis camas y sólo tres de ellas estaban ocupadas. En la del fondo a la derecha, la que mantenía las cortinas cerradas, estaba Vallejo. Pacífico se fajó la camisola y fue hasta ahí, ansioso por mirarlo de nuevo. Al descorrer la tela lo primero que vio no fue a su némesis, sino a una señora gruesa, sentada sobre una silla que había junto a la cama, sujetando la mano de Vallejo mientras murmuraba algo que leía de un pequeño libro. Su pierna se sacudía de forma repetitiva, con las maneras de un conejo nervioso. Cuando nos vio, cerró el libro, detuvo la pierna y saludó a Pacífico. Enseguida preguntó, casi exigiendo, a qué hora iban a trasladar a su hijo a un cuarto privado. Pacífico le contestó que no sabía. “El hospital está casi lleno y podría tardar mucho en desocuparse uno individual”, añadió. Ella hizo un puchero, regresó la mirada al libro y siguió con sus rezos como si estuviera a solas.

La hoja médica colgaba al pie de la cama. Vallejo había sido inducido en coma por una hernia cerebral. Se esperaba que se desinflamara en los próximos días. De un lado tenía rasurado el cráneo, y donde estuvo el boquete le habían puesto una placa de metal. Dos gasas blancas la cubrían, sostenidas por una venda enrollada en la cabeza. Por debajo de ésta aún se veían los mechones brillantes cayéndole hasta los hombros. Así, de perfil, se asemejaba a un hermoso Cristo de Iztapalapa.

Pacífico revisó los signos vitales bajo la inquietante mirada de la señora. Al terminar, dirigiéndose a ella, le afirmó que todo estaba en orden. Dudó un poco, pero decidió presentarse: le dijo que él sería su enfermero en turno; que Vallejo y él eran viejos conocidos, pues habían cursado juntos la escuela; que no, amigos cercanos no fueron, más bien compañeros; que sí, se encontraba muy delicado, aunque estable, y confiaba en una pronta recuperación; que, por supuesto, él estaría al pendiente de sus cuidados, y que no había nada que agradecer. La mujer se levantó de la silla, nos abrazó y se puso a chillar como sólo pueden los que no tienen a nadie más con quién hacerlo.

No nos extrañó que ningún otro familiar merodeara la cama de Vallejo, que ni un sólo amigo fuese a visitarlo. Por algo le habían partido la cabeza. Por algo había llegado solo en la ambulancia.

A lo largo de ese día, Pacífico hizo varias rondas por ti y, para su pesar, en todas ellas encontró a la señora gruesa, inamovible, al pie de la cama: un cancerbero leyendo la Biblia. Cada que lo veía entrar le agradecía sus atenciones y le hacía preguntas incómodas sobre el pasado compartido con su hijo. Pacífico no soportó por mucho tiempo más. En la última visita se acercó a ella y le sugirió, casi obligándola, irse a descansar algunas horas. Él la relevaría, él se haría cargo, le dijo, a lo que la mujer respondió asintiendo y besándole el dorso de las manos como si fuera el mismo papa. La acompañó hasta la salida e insistió en pagarle el taxi, que a lo lejos desapareció en el primer semáforo. Pacífico se dio la vuelta y permaneció unos segundos mirando la fachada del hospital: los cristales sucios, la luz de las farolas legañosas, el nombre y logotipo fabricado en acrílico verde. Llevábamos más de cuarenta y ocho horas sin dormir, pero Pacífico levantó los brazos para estirarse, se palmeó la barriga y echó a andar hacia la puerta con la misma energía que tenía al comenzar las guardias.

*

En lo más profundo de las madrugadas, ti parecía una colmena abandonada. Pacífico se cercioró de que el pasillo estuviese despejado y de puntitas entró en la sala. No vio a ningún residente, a ningún enfermero, pero de todas maneras se sintió con la obligación de revisar cada rincón del cuarto. Una vez que lo hizo, se encaminó con tranquilidad a la cama número 5 y corrió la cortina azul como si fuera una capa de invisibilidad. Vallejo estaba ido, con el aspecto de un boxeador noqueado. Tenía la mandíbula vencida y un tubo plástico le salía por la boca. Incluso así le pareció muy atractivo. El pecho se le inflaba con cadencia, casi al compás de los bipidos intermitentes que emitía el monitor al que estaba conectado. Pacífico se detuvo al pie de la cama. Levantó la sábana y descubrió el pie derecho. ¡Qué emocionado estaba! Con la yema del índice trazó una recta desde el empeine hasta la rodilla, saludando a todos los vellos que había en el recorrido. Fantaseó con la idea de que, así como a él, a Vallejo también le bullera la próstata con sólo esos treinta centímetros de roce. Se imaginó que compartían una química que los mantendría unidos de manera covalente por los siglos de los siglos y, amén de esto, no habría ninguna fuerza en el universo capaz de separarlos en los próximos minutos. Retomó el viaje y con el dedo subió el monte de la rótula. Dibujó dos o tres círculos en ella, derrapándose por la piel antes de dar vuelta en u y regresar por la tibia hasta la altura del talón. Quería disfrutarlo sin prisas, cocinarlo a fuego lento. Sintió unas ganas de arrancarse la pijama azul; treparse desnudo encima de Vallejo, su némesis de antaño, y quedarse dormido hasta que saliera el sol, el cual jamás entraba ahí, pero se contuvo en el papel de amante imposible. En lugar de eso, tomó uno de sus dedos (me refiero a los dedos de Vallejo), el gordo del pie derecho, para ser exacto. Lo acarició suavemente. La uña se sentía dura, lisa y fría como un trozo de cerámica. Se agachó un poco, bajó su cabeza y se lo metió en la boca. Sabía a mineral, a agua de mar sin sal. Yo sé que es una estupidez, sin embargo eso fue lo que pensó. Siguió succionando, absorto, con el miembro dentro de su boca. Bebé y chupón en absoluta armonía. Un minuto. Dos minutos. Y de un instante a otro se agitó a tal grado que desde los huevos le subió un apetito incontrolable de avanzar por los muslos hasta hundir la cabeza en la entrepierna del muchacho, de chupar con el mismo ahínco con el que se sorbe un grumo atascado en un popote; pero de nuevo se detuvo. Era demasiado pronto: tenía toda la noche para comérselo. Siguió enfocado en el dedo gordo, dándole vuelta y vuelta con la lengua. Cerró los ojos y lo mamó tan fuerte que cientos de vasitos capilares estallaron al unísono. Yo comencé a aburrirme, por lo que, al igual que tantas otras veces, sólo lo dejé haciendo lo suyo. Así estuvimos durante varios minutos. Luego le dio un calambre, se incorporó, cambió de posición y continuó.

*

Deduzco que el gorgoteo de la bomba de infusión junto con el bufido de los ventiladores pulmonares y esa cumbia que una enfermera había sintonizado a lo lejos se apelmazaron en un sonsonete que me mantuvo aletargado. Por eso no escuché absolutamente nada hasta el momento en que las argollas metálicas de la cortina tintinearon al desplazarse por el tubo riel y se oyó la voz de Luis Ernesto o la interrogante de Luis Ernesto o el grito formulado como pregunta de Luis Ernesto. No estoy seguro de si fue un “Pacífico… ¿qué chingados?” o un “¿qué verga haces, cabrón?” Con lo que haya dicho, Pacífico se irguió de un chicotazo, intentando fingir que no pasaba nada, pero un cable de baba se colgó entre la verga y la boca, para reventarse después y pringar la sábana. Todo pasó tan rápido que en esta parte se me pierden algunos detalles. Creo que Luis Ernesto volvió a gruñir la misma pregunta o una parecida. Supongo, también, que Pacífico improvisó una respuesta que no tuvo ningún sentido. De lo que no tengo duda es de que la letra de la cumbia que se oía al fondo hablaba de un corazón que no daba “ton ton” y unos pasos sin “son son”.

No estoy intentando justificar a Pacífico, sólo me queda claro que un perro acorralado no tiene otra opción más que atacar; por eso se abalanzó contra su jefe y nos fuimos al suelo. Pacífico cayó sobre él y sus ciento veinte kilos fueron suficientes para inmovilizarlo. Con una mano le apretó el cuello y con la otra le tapó la boca. ¿Pensar? No hubo tiempo de hacerlo. Lo único que él deseaba era que su testigo dejara de gritar. Quería detenerlo, intentar alguna otra mentira para explicarle la situación. A pesar de que le dijo “cállate, cabrón”, de que le dijo “shhhhh”, Luis Ernesto siguió gritando cuanto pudo. Si no fuera porque los pacientes estaban semimuertos, se habrían despertado furiosos y nos habrían amenazado con arrojarnos sus bolsas de meados.

Forcejearon unos segundos más. Pacífico comenzó a darle puñetazos torpes en la boca del estómago. Hasta ese momento yo nunca había escuchado a Pacífico golpear a nadie, jamás había disfrutado ese pof, pof de su puño contra la carne blanda, y me sentí tan feliz de estar vivo. Creí que estaba a punto de ganar la pelea, cuando de la nada Luis Ernesto lanzó un fuerte palmazo que aterrizó en la oreja de Pacífico. Aturdido, perdió el equilibrio y nos tambaleamos hasta chocar con un pequeño anaquel de rueditas que desperdigó un sinfín de utensilios metálicos. Luis Ernesto rodó y se puso de pie. Nos lanzó una patada al costillar que nos sacudió todos los tejidos. Preparó una segunda y la enterró de lleno, quebrando en el acto dos de las costillas flotantes de Pacífico. Sentí un trozo de hueso afilado que se me encajó en un costado. Después, una patada y otra más; las astillas óseas perforando la carne; los tosidos de dolor, la falta de aire; sangre por la boca, demasiada sangre, y más patadas. Y así hasta que por fin llegaron tres enfermeros y contuvieron a Luis Ernesto.

Enseguida entró un doctor al que nunca había escuchado, pidió orden y espacio para que Pacífico pudiera recuperarse e hinchar los pulmones, y, al ver que no lo lograba, comenzaron a atendernos.

*

A la mañana siguiente un pájaro piaba de alegría más allá de la ventana, como si la vida fuera un milagro y sintiera la necesidad de hacérnoslo saber.

Benito entró al cuarto donde reposábamos y se sentó en un banco. “González, sin rodeos: lo que hiciste es muy grave, muy, muy grave, y te tienes que ir de aquí —dijo al cabo de un rato, apoyándose en el borde de la camilla donde Pacífico y yo descansábamos—. De suerte que nadie más te vio, pendejo; que los pacientes estaban jetones. Imagínate que un familiar te hubiera cachado… la bronca en que metes al hospital.” Pacífico ya no estaba sedado, sin embargo prefirió no responder. Yo seguí escuchando. “Se habló con Luis Ernesto. No va a decir nada. Tampoco presentará cargos con la condición de que, palabras suyas, ‘te vayas a la chingada’.” Luego nos extendió una tabla con un formulario y una pluma; ya sabíamos lo que era. Pacífico firmó las tres copias de la renuncia y sólo entonces, en un tono parecido a la compasión, Benito agregó: “Hay algo más, Pacífico. Cuando te atendieron, hallaron algo que no está bien. Tienes una bola en la panza. Un tumor. Al parecer es benigno, pero debes ir con un doctor a que te la revisen. Con uno que no trabaje en este hospital”.

Fue todo lo que dijo. Después se levantó y se marchó sin despedirse, y ésa fue la última vez que lo oí.

*

Quince días más tarde, el malparido doctor Alcocer me bautizó con nombre y medidas. Citó a madre y a Pacífico en su consultorio particular y los invitó a tomar asiento. Por alguna razón se escuchaba emocionado. Comenzó diciendo que, de acuerdo con los resultados de la tomografía que se le había practicado a Pacífico, soy un teratoma de veintiún centímetros de largo y tengo forma de haba. Mucho gusto. Si hablo, es porque tengo cuatro dientes marrones, y, si oigo así de bien, es gracias a que el tejido cartilaginoso se me aglutinó para formar una oreja por completo. Tengo, además, una maraña de pelo y varias cápsulas de grasa. Eso dijo el doctor Alcocer: que estoy compuesto de tejidos heterogéneos y de células germinales; pedazos del humano que nunca fui. Cuando madre escuchó eso, emitió un quejidito que denotaba asco y sorpresa, aunque de inmediato pareció aliviada, como si le hubieran revelado ese algo de lo que ella sospechó durante mucho tiempo; como si por fin alguien le confirmara que en su hijo había algo malo que estuvo presente desde siempre, pero que ahora, con los avances médicos, era fácil extirparlo.

El doctor abrió su agenda y propuso una fecha para la cirugía, Pacífico volteó a ver a madre y madre volteó a ver a Pacífico. Ambos asintieron. A nadie le importó mi opinión.

El día de mi independencia, a Pacífico le deslizaron un bisturí por la barriga. Yo hinqué los cuatro dientes lo más que pude, enganchándome a sus entrañas con la última fibra de mis tejidos; cuando menos se las iba a poner difícil. Tras veinte minutos de forcejeo, supe que había perdido la batalla en cuanto percibí aquel foco de luz halógena que me encandiló por completo. El infeliz del doctor Alcocer me apresó entre sus guantes sanguinolentos y, por más que traté de resbalármele al cabrón, me alzó como un trofeo para botarme luego en la bandeja de metal que una enfermera le ofreció. “¡Qué cosa más repugnante!”, dijo ella, al tiempo que me metía en este frasco y comenzaba a llenarlo con cuatro litros de formol. ¡Bah! Que se mire la maldita cara.


Autores
(Celaya, 1985) es diseñador industrial por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), y tiene una maestría en creación literaria por la Universidad Pompeu Fabra (UPF) de Barcelona. Fue finalista en las dos primeras ediciones del Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila (2015, 2016) y obtuvo el Premio Ignacio Padilla (2017).

Hay una clase de ensayo que, como cierta ropa noventera, tiene doble vista. En estas prendas no importa qué lado vea la luz, el reverso se oculta a los ojos expectantes de los críticos del buen gusto. La moda es así: opera por capricho. A mi generación le tocó asistir a fiestas de cumpleaños ataviada con prendas de colores sobrios y diseños austeros, libres de estampados. Aunque se nos miraba mal podíamos tirarnos el refresco encima, pues gracias a nuestra armadura teníamos otra oportunidad de lucir impecables. Fuimos víctimas de la creatividad de unos diseñadores que con un supuesto mal gusto incomodaron a quienes preferían vestir ropa menos experimental, más elegante y de marca reconocida.

Estas prendas se parecen al ensayo de Adrián Chávez (Estado de México, 1989), merecedor del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez del año pasado. Strauss quería pastel es un recuento a dos vistas de algunas prácticas culturales de los últimos años. Para Chávez el cover (to cover, tapar en inglés) es una acción que no se limita a la música. A manera de prólogo, en un breve ensayo sobre Shakespeare y unas aves enanas llamadas estorninos, adelanta su tesis: coverear es un verbo que muestra más de lo que esconde. Esta idea lo conduce, a lo largo de trece ensayos, a reflexiones asociadas en su mayoría con la quintaesencia del género: la revelación de lo que permanece al abrigo de la superficie. Chávez lo dice mejor cuando habla de la Napoli Sotterranea: «El pasado, que suele pensarse como un atrás, es en realidad un debajo».

Mediante la agógica musical que marca la pauta de expresividad durante la interpretación de una pieza, Chávez reescribe «El Danubio azul», el vals compuesto en 1866 por el austriaco Johann Strauss. El esfuerzo por trasladar la vivacidad de la música a las palabras se traduce como el relato de una reapropiación. El ensayo retrocede hasta el imperio de los Habsburgo, cuando en el país desembarcó, junto con Maximiliano y Carlota, una pieza que terminaría por animar los cumpleaños en las casas de familias clasemedieras mexicanas. Los recuerdos de infancia de Chávez se acomodan al compás ternario de la pieza de Strauss: la contradicción aberrante del ensayista y su tía (cómplices que se rehúsan a entonar ese coro maldito) no está muy lejos de ciertas escenas de películas noventeras en las que el célebre tempo di valse de Strauss acompaña al humor en cámara lenta.

Pero el cover fracasa cuando intenta apropiarse de lo que prescinde de réplicas. Degenera en sociedades eclipsadas bajo el influjo de la globalización, proceso emparentado con la política neoliberal que en los últimos años, por medio de los Estados Unidos como su fiel paladín, devalúa lo autóctono. Adrián Chávez da cuenta de esto en «La justicia soy yo», un ensayo sobre el manga japonés Death Note y su forzada adaptación por Netflix en 2017. Como si los valores de ambos países fueran intercambiables, la plataforma de entretenimiento aclimató el contenido al público norteamericano, y la serie quedó desnuda de la riqueza cultural de Oriente para transmitir, en cambio, un contenido good vibes y sin ánimo de abonar a la discusión sobre la justicia y la violencia emprendida por los creadores del original. Chávez reconoce el previsible fracaso de la adaptación yanqui cuando apunta que «antes que malas copias, los remakes gringos son copias congruentes con los valores de quienes la perpetraron y de quienes la consumirían».

Sin embargo, debe quedar clara una cosa: el autor no critica los medios sino el fin. Para él, «la segunda mano es otra primera, una con igual capacidad de modificar el contexto de la obra al recodificarla». Hay un eco aquí de Dafen: dientes falsos (2017), el libro de otro ensayista joven, el michoacano Pierre Herrera. Dafen y Strauss quería pastel son libros escritos como trasuntos de preocupaciones similares: la renuncia a temas hasta entonces intocables como la originalidad, la autoría, la apropiación y la reescritura.

En este sentido, el ensayo que practica Adrián Chávez es una excavación no solo del pasado, sino de todo aquello que no sale a la superficie. Realiza una biopsia de diversos temas y devela, con precisión quirúrgica, las subcapas de la realidad. Arrojado, el ensayista mexiquense pasea no entre dos puntos equidistantes, como en el recorrido tradicional, sino que se zambulle y vuelve a salir, como quien baja a una ciudad escondida para conocer la verdad. Para Chávez ensayar es como «salir pero no irse».

En «Sándwiches en el subsuelo» relata su visita a Nápoles, una ciudad italiana que, como otras ciudades en el mundo, oculta una réplica subterránea y húmeda de las plazas del exterior. En la Antigüedad la ciudad subterránea servía como acueducto. Más adelante los napolitanos del siglo XX se resguardaron allí del fascismo de Benito Mussolini, cuya censura quedó registrada en el uso restrictivo de la lengua. Su chovinismo va bien con el paisaje italiano de ese tiempo: pálido, como el rostro de quien se esconde por haber cometido el delito de pedir un sándwich en vez de un tremezzino (nombre italiano para el famoso emparedado). En la actualidad el mundo grecorromano en Italia permanece escindido por la arquitectura contemporánea, cubierto por la capa de la historia moderna.

En Strauss quería pastel, la crítica funciona también como excavadora, sobre todo en aquellos temas en los que no se ha profundizado lo suficiente. En «Terror en la calle Arbat» Chávez utiliza su fobia a las botargas para denunciar el ofensivo desinterés del sector empresarial respecto a la seguridad social de sus empleados, un tema que sólo es perceptible a través de la observación atenta de aquello que da vida a las botargas del Chavo del 8 y Mickey Mouse. Lamentablemente el ensayo termina por perderse en divagaciones infértiles sobre los orígenes de la palabra botarga. Mucho más seria es, por el contrario, la crítica a la economía neoliberal que ha engendrado los peores adefesios jamás imaginados, como el homo economicus. De acuerdo con Chávez, se trata de «un sujeto racional, piedra angular del funcionamiento de El Mercado, cuyas decisiones se basan en la obtención de beneficio y que existe aislado de cualquier contexto». Este personaje encuentra su modelo en la piel rosa y apergaminada de otra botarga mediática: Donald Trump. En «A la manera de quién», el último ensayo del libro, el presidente de Estados Unidos, tomado del hombro de su esposa, Melania, baila «My Way», el himno que reivindica los errores pasados «del hombre económico [hasta al] que una orquesta le toca para que baile en la celebración de su poder».

Finalmente, la escritura que profesa Adrián Chávez excava con fuerza hasta llegar al centro de un pastel que alguien trajo para festejar en familia. Su ensayo es insolente y de un refinamiento burlón, como entonar a Strauss, a voz en cuello, en el cumpleaños de nuestro primo más feo. Su voz recuerda gratamente las prosas de ensayistas cuyo estilo no caduca (aunque la moda opine lo contrario). No es casualidad que Chávez haya ganado un premio con el nombre de quien, además de escritor esforzado, dedicó parte de su vida a compilar a otros ensayistas de nombres indelebles en la tradición del género en México. Pienso en Julio Torri y Hugo Hiriart, y un poco más para acá, en Luis Ignacio Helguera, a quienes Chávez recupera (o coverea, en el buen sentido de la palabra), en un intento saludable por continuar ensayando de un modo frontal e incómodo, sublimando el humor como arma política.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).
Detalle del retrato de Alfonso Reyes realizado por David Alfaro Siqueiros (1960). Wikimedia Commons.

Notas sobre el pensamiento de Alfonso Reyes

¿Es absurdo que, a estas alturas, encuentre uno en ciertos libros un oráculo para la vida, una brújula para guiarse en medio de la incertidumbre y la confusión?

(¿A estas alturas de qué? ¿Del siglo? ¿De cuál: el 20, el 21? ¿A estas alturas de la vida: los desencantados treinta y tantos? ¿A estas alturas del posthumanismo, del sujeto descentrado, del núcleo pulverizado de la subjetividad? ¿A estas alturas de la modernidad, rabiosamente individualista, hipercrítica, ajena a cualquier entusiasmo y refractaria a toda fe? Da lo mismo, “a estas alturas” es un decir, una rebaba del estilo, y no obstante alcanza a significar algo, aunque sea negativa y sinuosamente.)

¿Es absurdo que un escritor como Alfonso Reyes pueda ejercer sobre nosotros una suerte de sacerdocio laico? Durante la adolescencia, como yo pertenecía a un círculo de buenos muchachos en una escuela de muchachos buenos, leí muchos tratados y discursos sobre la virtud y el sacrificio. Al poco tiempo, tan altos encomios de la virtud me dejaron un pozo de inquietud y tristeza, un miedo de la vida, sustancia tan emanada de Dios que el vivir mismo podía mancillarla.

En ese mal momento de la primera juventud, cuando estamos cansados de la vida antes de empezar a vivirla, llegó para mí el tomo tercero de las obras completas de Alfonso Reyes, con todo su poder desestabilizador: ¿se puede escribir en verdad de esta manera, de todo y de nada, con esa libertad para bosquejar teorías y forjar para sí mismo una idea de la existencia, con esa afirmación vital insobornable, escribir con la gravedad de los ochenta años y la liviandad de los veinte?

Ya suena a vuestros oídos la palabra mágica: “el altanero no importa que surge del fondo de la vida”. Un nuevo entusiasmo semejante al chorro de la fuente que se recobra al tiempo que cae. Un optimismo sin complacencias pueriles. Porque todos esos rodeos del razonamiento con que se nos quiere hacer aceptar el mal de la vida no son más que un gran pecado. No importa: un optimismo vital; parte mínima, pero preciosa del optimismo; la única en que la dignidad de la mente podía consentir, mientras la razón se restablecía de sus heridas.[1]

Salida de la pluma de Reyes, la palabra “pecado” ya no me soliviantaba, ya no me producía náuseas, y, enmarcada en el pensamiento moral que está repartido en sus obras, cobraba sentido. Cobraban sentido otras nociones que me habían sido impuestas de chamaco, y otras se marchitaban definitivamente.

Virtud y vicio, libre albedrío, principios morales, serenidad ante el infortunio, capacidad de alegría… el pensamiento ético de Reyes recurre constantemente a nociones clásicas, saquea los cofres de filósofos como Aristóteles, de moralistas como Gracián, de poetas como Dante y Kipling.

No hay que tener miedo a las palabras: cuando algunas se han impregnado de un tufo a sacristía, hay que disipar el tufo, no la palabra; de otra manera, se corre el riesgo de perder un enorme caudal de experiencia en el ámbito del pensamiento moral; de otra manera no se puede entender el intelecto de Reyes, conectado de tal modo a la tradición humanista que cada evocación de los Grandes Nombres —en otros mero adorno y charolazo— en él es actualidad, pensamiento pensado, vivo.

A continuación ofrezco algunas notas para acotar el pensamiento moral de Alfonso Reyes.

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Tumba de Alfonso Reyes en la Rotonda de las Personas Ilustres, CDMX. Wikimedia Commons.

 

 

1. El anillo de Giges

Tras haber despachado a Trasímaco de Calcedonia en el libro primero de La República, Sócrates se disponía a zanjar la discusión sobre la justicia que se desató en casa de Polemarco. Aquella tarde, en compañía de Glaucón, Sócrates había descendido al Pireo, el puerto ateniense, para asistir a la celebración de una diosa tracia; tomaban ambos el camino de regreso, cuando un esclavo les dio alcance y les rogó esperar a su amo, que venía a hacerles una invitación. Sin hacerse mucho del rogar, Sócrates y Glaucón aceptaron asistir a la tertulia de Polemarco.

Ya daba pues Sócrates por terminada la discusión, cuando Glaucón, “que siempre y en cualquier circunstancia es de lo más belicoso”, irrumpió alegando que, si la intención de Sócrates era convencerlos de que la justicia es mejor que la injusticia, no lo había logrado aún. “En mi opinión, a Trasímaco lo has fascinado demasiado pronto, como lo harías con una serpiente”.[2]

“Que le sirvan otra copa a mis amigos Sócrates y Glaucón”, dijo presumiblemente Polemarco, previendo que la disputa iba a continuar todavía durante muchas horas. Procedió entonces Glaucón a exponer por qué parece que el hombre justo lo es por coerción o por contrato social, mas no porque considere la justicia amable o provechosa en sí misma. La justicia, agregó, suele considerarse como perteneciente al mismo género de bienes que las medicinas, que nos resultan desagradables en sí, pero cuyas consecuencias son benéficas.

Para demostrar que el hombre justo lo es a su pesar, y sólo por la imposibilidad de ser injusto impunemente, Glaucón recordó la historia de Giges, fundador del linaje de Creso, rey de Lidia. Los campos de Lidia fueron sacudidos por una tempestad y un terremoto. Allí donde Giges, un simple pastor, apacentaba su rebaño, la tierra se desgajó dejando una zanja muy grande. Giges se deslizó dentro de la zanja y halló un caballo de bronce.

Era una estatua hueca, dentro de la cual yacía muerto un gigante con un anillo de oro. Giges se apoderó del anillo y abandonó la abertura. Accidentalmente se dio cuenta que, al ponerse el anillo y darle un giro, la gente no podía verlo. Hizo varios ensayos y aprendió que podía hacerse invisible a voluntad, por la arcana virtud de la sortija.

He aquí el bien cuya posesión pondría a prueba la firmeza del hombre más justo, del más enamorado de la virtud. ¿Se contendría de robar en el mercado? ¿Se abstendría de una conducta licenciosa? ¿Se vedaría el engaño y la indebida curiosidad?

Giges no fue tan probo. En conspiración con la reina, asesinó al rey de Lidia y usurpó su trono. “Si algún hombre”, añadió Glaucón para remachar su argumento, “en posesión de un poder como el de Giges, no consintiera jamás en cometer injusticias o en atentar a la propiedad ajena, los que estuvieran en el secreto le tendrían por el más infeliz e insensato de los hombres.

Cierto que en público le ensalzarían, pero a conciencia de que se están engañando mutuamente…”[3] Piénselo por un instante el lector y sopese las casi innumerables posibilidades de ganancia (de todo tipo) que ofrecería el legendario anillo. ¿Quién se atrevería a censurar severamente la conducta de Giges, un ser humano que poseyendo un don sobrehumano se comportó sólo como un ser humano?

Cabe cuestionar entonces qué clase de contraintuitivo saber es la ética, que parece exigir un comportamiento que está casi por encima del hombre común. Incluso cabe poner en tela de juicio la necesidad de este saber y, situándonos en el lugar de Giges, como dueños del anillo, preguntarnos: si no es el temor al castigo, ¿hay alguna razón para no entregarme a las tendencias de acumulación y dominio que de modo tan natural habitan en mí?

—En una nuez, la condición humana— respondería Alfonso Reyes en el opúsculo sobre la ética que publicó en 1944 (Cartilla moral). De lo que somos se desprende lo que debemos ser. Y no somos poco. “El hombre debe sentirse depositario de un tesoro, en naturaleza y en espíritu, que tiene el deber de conservar y aumentar en lo posible. Cada uno de nosotros, aunque sea a solas y sin testigos, debe sentirse vigilado por el respeto moral y debe sentir vergüenza de violar este respeto”.[4]

Incurrir en lo que algunos filósofos llaman la falacia naturalista tendría a Reyes sin cuidado, porque en la Cartilla moral estaba escribiendo no para el especialista, sino para el público general, para el estudiante incluso, pero sobre todo, como en la mayoría de sus escritos, para el lector despierto e inteligente, capaz de reflexionar sobre el mundo moral en que habita.

¿Ante quién se avergonzará Giges cuando el fabuloso anillo lo ponga en ocasión de actuar injustamente? Ante sí mismo. Reyes entiende la vergüenza como un mecanismo de autodefensa moral. Y es que la vergüenza es una pasión: un sentimiento que padecemos, una modificación que nos ocurre. Definición de la vergüenza desde el punto de vista ético: una suerte de tristeza o desazón que sobreviene a quien se da cuenta de no haberse comportado a la altura de su naturaleza.[5]

Una faceta de Reyes el escritor es Reyes el moralista: un observador de las costumbres y las ideas acerca de la justicia y el bien. El regiomontano no emprende una crítica de las condiciones de posibilidad de las normas éticas. Su filosofía moral se parece más a la de los antiguos griegos que procuraban definir las cualidades de una vida buena, que a las investigaciones éticas posteriores a Kant.

Christopher Domínguez ha escrito en alguna parte que si a Platón y Séneca les fuera concedido darse una vuelta por una librería de nuestro tiempo, se sorprenderían de encontrar sus escritos morales en los anaqueles filosóficos; quizás tomarían discretamente sus libros y los colocarían sobre la mesa de autoayuda: aun entre tanta bazofia, quedarían mejor clasificados. Lo mismo pasa con los escritos morales de Reyes.

El regiomontano recibe una tradición y la enriquece a través de la escritura. La dignidad especial del ser humano es su punto de partida; de ahí en más, ir bordando las exigencias éticas que se derivan de ella, con el doble reto que supone la materia: persuadir y matizar.

La Cartilla moral, en apariencia un libro elemental y modesto, es un modelo de sabiduría ética; más que un examen de los principios, es la exposición concisa de un expediente milenario y la tentativa por condensarlo para el lector común. La retórica frente a su más arduo desafío.

Jamás habremos puesto un empeño excesivo, dice Reyes, en cuidar nuestro tesoro, metáfora del valor de la existencia, y sin embargo este cuidado no debe confundirse con temor de actuar, con miedo a ensuciar ese caudal, ni con una excesiva solemnidad derivada de su dignidad y excelencia.

Al postular el carácter modélico de la sabiduría moral de Alfonso Reyes, podemos estar seguros de no exaltar un angelismo inalcanzable. El sujeto moral de Reyes es un hombre de carne y hueso, bien plantado en el mundo, deseante, con un cuerpo que no es accesorio prescindible ni maldición de la existencia humana.

Monumento a Alfonso Reyes. Jardines de El Rosedal, Buenos Aires, Argentina. Wikimedia Commons.

Monumento a Alfonso Reyes. Jardines de El Rosedal, Buenos Aires, Argentina. Wikimedia Commons.

 

 

2. De higiene y alegría como cualidades morales

Entre las “dilucidaciones casuísticas” que propone Reyes en El suicida, me gusta una que trata sobre el hombre que se hartó de vestirse por la mañana y desvestirse por la noche, y llegó a desesperarse tanto con “las rutinas sagradas de la existencia”[6] que acabó matándose.

Claro que hay algo humorístico en este caso particular de neurastenia, pero también algo de serio en ese adjetivo “sagradas” y en la consideración de las formas elementales de higiene como deberes éticos.

Recuérdese el cuidado que don Rigoberto, el polimorfo erotómano de Vargas Llosa, otorgaba al ritual higiénico, y la continuidad que existía entre amar cada parte del propio cuerpo y venerar cada centímetro del cuerpo de su esposa.

En la meticulosa atención a las grandes orejas de don Rigoberto, a las uñas de los pies, a la velluda nariz, Vargas Llosa elabora un equivalente narrativo de las odas elementales nerudianas, orientado no hacia las criaturas humildes y los utensilios cotidianos, pero hacia la corporalidad desmenuzada, demorada, contemplada con esmero y solicitud.

Sería hiperbólico hablar de la higiene como virtud clave en el pensamiento moral de Reyes si no fuera por la relevancia de subrayar que el arte de la ética no consiste en “negar lo que hay de material y natural en nosotros, para sacrificarlo de modo completo en aras de lo que tenemos de espíritu y de inteligencia”.[7] Hay que advertir qué poco puede pecar de angelismo una ética que no pasa por alto ni menosprecia el respeto por el propio cuerpo y la salud.

Una ética, además, que aclara que este respeto “no significa que nos avergoncemos de las necesidades corporales impuestas por la naturaleza, sino que las cumplamos con decoro, aseo y prudencia”.[8] La vergüenza como reacción ética ocurre cuando actuamos por debajo de nuestra dignidad, pero bien sabemos que, respecto del cuerpo y sus necesidades, los puritanos de toda hora están siempre dispuestos a canonizar una vergüenza torpe y espuria cuyo nombre certero es ñoñería. Ese falso pudor, esa apocada ocultación lamentaba Pablo Neruda en Residencia en la tierra:

Las gentes cruzan por el mundo en la actualidad
sin apenas recordar que poseen un cuerpo y en él la vida,
y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que designan el cuerpo,
y se habla favorablemente de la ropa,
de pantalones es posible hablar, de trajes,
y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de “señora”),
como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos por completo
y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el mundo.

Tienen existencia los trajes, color, forma, designio,
y profundo lugar en nuestros mitos, demasiado lugar,
demasiados muebles y demasiadas habitaciones hay en el mundo,
y mi cuerpo vive entre y bajo tantas cosas abatido,
con un pensamiento fijo de esclavitud y de cadenas.[9]

Residencia en la tierra, además de un nombre certero para un libro excepcional, haría un título perfecto para una meditación ética: la especulación moral consiste en preguntarnos cómo residir en la tierra de la mejor manera. En la Cartilla moral Reyes ataca el tema en un orden que va de lo más individual, el cuidado del propio cuerpo, hasta lo más amplio, el cuidado del mundo natural, pasando por los deberes que se derivan de nuestra condición social: el cuidado del mundo político.

Si el vocabulario de Reyes en este opúsculo puede sonar anacrónico —sobre todo los “respetos morales”—, en cambio sus ideas ecologistas parecen adelantadas a su tiempo, y no lo son, puesto que se trata de nociones añejas, derivadas de la tradición humanista.

Reyes habla de la inmoralidad de no reciclar los desperdicios de la vida diaria, y de la maldad que implica ensuciar el agua o destruir un bosque. Y más: “Cuando un hombre que vive en un jardín ignora los nombres de sus plantas y sus árboles, sentimos que hay en él algo de salvaje; que no se ha preocupado de labrar la estatua moral que tiene el deber de sacar de sí mismo. Igual diremos del que ignora las estrellas de su cielo y los nombres de sus constelaciones.

El amor a la morada humana es una garantía moral…”[10] Conocer el mundo que nos rodea, cuidar la salud de nuestro cuerpo, respetar el trabajo de los demás y procurar una convivencia política más justa… si todo esto es parte de la moral, vivir es en sí mismo una pasión ética.

Y sin embargo, contrapuntea Reyes, “esto no significa que nos consideremos a nosotros mismos con demasiada solemnidad, porque ello esteriliza el espíritu, comienza por hacernos vanidosos y acaba por volvernos locos”[11]. Llamo elegancia y sabiduría moral a una concepción que pendular e incesantemente va de la insistencia en que la ética se halla en el quicio de la existencia humana, a la práctica y seria afirmación de que la vida no es tan seria.

En la ética, en la vida moral me juego mi apuesta existencial: la posibilidad de aprender a vivir. Es cierto, y una vez que lo has entendido, quítale tanta formalidad a tu afirmación, quítale adustez a tus conclusiones y quítale, sobre todo, cualquier viso de oscura severidad a tus acciones: “El descanso, el esparcimiento y el juego, el buen humor, el sentimiento de lo cómico y aun la ironía, que nos enseña a burlarnos un poco de nosotros mismos, son recursos que aseguran la buena economía del alma, el buen funcionamiento del espíritu”[12].

En el juego de poleas de la vida moral, Reyes asigna un peso decisivo a la ligereza. Hay que defender la alegría, según los versos de aquel buen mal poeta uruguayo (si podemos coincidir en la categoría de “buena mala película”, no veo por qué no hablar del “buen mal poeta” que cada generación parece empeñada en consagrar): defenderla de la rutina y de las mayúsculas, de las ausencias breves y las definitivas, incluso del sinsabor de estar absurdamente alegres.

Reyes se suma a la defensa: “La… capacidad de alegría es una fuente del bien moral” [13]. Muy bien, pero, a oídos posmodernos, ¿no suena todo esto a discurso enmohecido, anticuado, superado? Hablar, en un libro de ética, de higiene y alegría, de buena economía del alma, ¡y sin pizca de sarcasmo! Casi tan ingenuo como entender la vida moral a partir de una falla originaria en la condición humana.

Escultura de Alfonso Reyes en la Casa del Lago, CDMX. Wikimedia Commons.

Escultura de Alfonso Reyes en la Casa del Lago, CDMX. Wikimedia Commons.

 

 

3. El deshielo universal

Aquel joven neoyorkino, inclinado hacia el jazz y sensible a los matices de la poesía, se pintó las uñas de negro y se hizo una carrera fabulosa en la música rock, tocando guitarra, combinando letras sórdidas y decadentes con interludios de ingenuidad y coloquialismo.

Ya con las mejores salas de conciertos a su disposición, juntó a sus amigos actores con sus amigos músicos para montar un recital dedicado a la obra de Edgar Allan Poe. Sin demasiado respeto hacia la teoría de la composición poética de Poe, metió mano en algunos de los versos, agregó otros, alternó canciones con poemas y distribuyó los estados de ánimo durante el concierto con un sentido teatral.

Un disco derivó de todo esto. En el folleto que acompaña al disco, Lou Reed explica el motivo central del proyecto: “Estamos rodeados de obsesiones, paranoia, actos voluntarios de autodestrucción. Pese a los años, todavía escuchamos los gritos de aquellos para quienes la atracción hacia un lúgubre caos es monumental. He releído y reescrito a Poe para volver a las preguntas de siempre. ¿Quién soy? ¿Por qué me siento inclinado a hacer lo que no debería? He batallado con esto incontables veces: los impulsos autodestructivos, el deseo de autoaniquilación”[14].

Aunque una espectacular y grandilocuente atracción hacia el abismo domina el espectáculo que Reed tituló como el poema de Poe, “The Raven” (“El cuervo”), las preguntas que plantea son válidas también para los procesos lentos y dolorosos de oxidación moral, para el decaimiento sin brillo ni aspavientos románticos, ejemplificado en los personajes que deambulan por los astilleros decrépitos de Juan Carlos Onetti. Excepto por los caminos alegóricos del mito y el arte, muy poco hemos logrado hacer para desentrañar el sentido de estas energías de desplome que nos habitan, esta voluntad de precipitarnos.

Reyes evoca el concepto nuclear de la Caída a partir de la contemplación, en el Museo Arqueológico de Madrid, de un objeto de marfil que representa el desplome al infierno de Luzbel con su legión de ángeles: un enjambre de cuerpos enredados despeñándose, una confusión de figuras cayendo interminablemente. En el primer ensayo de Ancorajes, Reyes lleva el significado de esta pieza tallada hasta un extremo ontológico: “El mundo todo se viene abajo; hay un deshielo general, un deshacerse, un desintegrarse”[15].

El regiomontano parece atender en este texto a la norma dictada por Simone Weil, para quien “la creación está hecha del movimiento descendiente de la gravedad” y “todos los movimientos naturales del alma están regidos por leyes análogas a las de la gravedad material”[16]. Siguiendo su dinámica natural, el mundo se desploma, se deslava, gime, y hay cierta tesitura del alma bajo la cual somos capaces de oír su llanto. Ya se encargó Gabriel Zaid de subrayar, en Tres poetas católicos, este poema de Reyes, quizá el último que escribió en su vida:

Al declinar la tarde se acercan los amigos;
pero la vocecita no deja de llorar.
Cerramos las ventanas, las puertas, los postigos,
pero sigue cayendo la gota de pesar.

No sabemos de dónde viene la vocecita;
registramos la granja, el establo, el pajar.
El campo en la tibieza del blando sol dormita,
pero la vocecita no deja de llorar.

—¡La noria que chirría! —dicen los más agudos—.
Pero ¡si aquí no hay norias! ¡Qué cosa singular!
Se contemplan atónitos, se van quedando mudos,
porque la vocecita no deja de llorar.

Ya es franca desazón lo que antes era risa
y se adueña de todos un vago malestar,
y todos se despiden y se escapan de prisa,
porque la vocecita no deja de llorar.

Cuando llega la noche, ya el cielo es un sollozo
y hasta finge un sollozo la leña del hogar.
A solas, sin hablarnos, lloramos sin embozo,
porque la vocecita no deja de llorar. [17]

Más que una mera incursión en la falacia patética (proyectar en el mundo natural los pasajeros estados interiores, ya sea para que el amanecer coincida con el ánimo de recomenzar o para que la tormenta funcione como escenografía de nuestras tribulaciones), hay algo como un horizonte ontológico en este poema, donde el ser humano, exiliado de la creación, se reintegra al padecimiento del mundo. Zaid sugiere que este poema “parece hablar de un sentimiento del mundo moderno que no encaja en el mundo moderno: de un llanto secreto por la muerte de Dios, que nadie puede hacer callar”[18].

Quizás Reyes, más que referirse a un sentimiento propio del mundo moderno, alude a uno más antiguo y universal, un llanto no por la muerte de Dios, sino por su ausencia, que data de la Caída y marca el inicio de la historia. “Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto”, escribe San Pablo a la comunidad cristiana de Roma. “Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo”. [19]

Las junturas del mundo rechinan dolorosamente cuando se mueve. Bien mirado, “el cielo es un sollozo / y hasta finge un sollozo la leña del hogar”. Uno de los motivos predilectos de los poetas malditos, l’Ennui (el Tedio), pone al alma en ocasión de percibir los sollozos. El Tedio da a nuestra alma una tonalidad, un ritmo interior que alcanza, por simpatía, a percibir el llanto del mundo.

Abandonados a la gravedad como ley fundamental del mundo físico y humano, desencantados del espíritu como fuerza ascendente, resistente, constructora, tienen razón los pesimistas en llorar la existencia, porque el mundo pesa y, en su descendimiento, llora.

Pero Alfonso Reyes no es un pesimista. No se abandona a la caída. Por el contrario, lamenta la falta de ánimo para rebelarse contra las leyes naturales. La cualidad más ponderada, por ello, en ese hatillo alucinante de teorías que Reyes engarzó en El suicida, es la rebeldía, simbolizada por las misteriosas desapariciones de gente en Nueva York. Gente que huye de la rutina, del carrusel de la vida inmóvil. Y el hábito más deplorable es la aceptación, la pasividad sintetizada en la canción francesa de la borrachita que nació bebiendo (“la han destetado con ajenjo”, dice Reyes) y que quiere que la entierren en la cava, con la boca bajo el grifo:

J’en ai bu toute ma vie,
J’en boirai jusqu’à la fin.

Si je meurs, qu’on m’enterre
Dans la cave où est le vin. [20]

Añade Reyes en Ancorajes: “Hoy todo se explica por la pereza cósmica, por las ganas de dejarse, ¡oh vicio! Inútil disimularlo: es la Pereza, no es más que la Caída” [21]. La ética es lo contrario de abandonarse. Dejarse vivir es engordar moralmente, ganar peso, sumarse a la Caída. El esfuerzo moral consiste en modificarse, mientras que el acto contrario a la vida, insiste Reyes en su vena bergsoniana de El suicida, es la reiteración.

Y, aunque desde el punto de vista literario no haya comparación posible entre los ensayos de El suicida, una de las obras maestras de Reyes, y la Cartilla moral, escrita para un público vasto, destinada a la divulgación, el pequeño opúsculo viene a decir esto mismo en un lenguaje sencillo: “No todos tenemos fuerza para corregirnos a nosotros mismos y procurar mejorarnos incesantemente a lo largo de nuestra existencia; pero esto sería lo deseable” [22].

¿Por qué? ¿Por qué corregirse? ¿Por qué no dejarse, abandonarse a la naturaleza, a la gravedad, a lo que somos? ¿Por qué no dejar que nuestra naturaleza —con el anillo de Giges o sin él— simplemente se desenvuelva? Este rechazo al movimiento natural, esta necesidad de corregir el rumbo, de renovarnos cotidianamente, ha sido explicada a través de un mito: el relato primordial de la Caída. Aquello que somos pesa, y, abandonado a su movimiento natural, cae, persiste en la inercia y la reiteración. La inclinación hacia el deshielo, propone Reyes, se contrarresta con un impulso fundamental de rebeldía, un no que la libertad pronuncia ante la fatalidad (ese venirse abajo y desmoronarse) de todo lo que nos rodea.

Dentro de un coloquio internacional en la Sorbona, una reunión interdisciplinaria e interreligiosa sobre las claves para entender dos mil años de cristianismo, George Steiner comenzó haciendo un recuento de los crímenes contra la humanidad cometidos en el siglo XX. Los ideales de la Ilustración, bajo una apariencia de libertad, contenían también esclavitud y opresión. Tardamos mucho en advertirlo. A juicio de Steiner, sólo Joseph de Maistre, antimoderno y pesimista, eludió el engaño.

“Comprendió que las Luces son la principal tentativa de anular el concepto de pecado original, que la hermenéutica de fondo de la Ilustración es un rechazo de la caída del hombre en una desgracia (escrito así para darle a la palabra toda su potencia teológica) que durará hasta el Juicio Final. Toda crítica a profundidad de la Ilustración es una tentativa de restituir el estatuto explicativo, analítico, del concepto de esta caída primera” [23].

Reyes no defendió, como De Maistre, una vuelta al sistema feudal, monárquico y autoritario anterior a la Revolución francesa, pero en su comprensión del ser humano nunca consideró sensato descartar el mito fundacional de la Caída, y por eso elaboró un pensamiento ético que privilegia la necesidad práctica de corregirse a sí mismo durante cada día de la vida, junto con el rechazo del agrio mohín de la severidad, el apocamiento y la tiesura moral.

Reyes descreyó del mito contrario, el escurridizo concepto del buen salvaje. Al centro de su prolongado examen de las cosas humanas, disperso en veintitantos volúmenes, está la certeza de que “la existencia humana es una fatiga, una lucha; y el gusto de la vida es el gusto de la complicación. No: la vida sencilla no es la vida genuinamente humana; la vida sencilla es el patrimonio de los dioses, no de nosotros” [24]. La vida sencilla no necesita corregirse, modificarse, alterar el rumbo; la vida sencilla se vive con despreocupada alegría en la Arcadia de las leyendas, apacentando rebaños, pero confundir al ser humano de carne y hueso con aquellos míticos pastores es, para Reyes, una forma de autoengaño.

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Escultura de Alfonso Reyes, Monterrey. Wikimedia Commons.

 

 

4. Una empresa de reforma de uno mismo

El gusto moral de la complicación no ha de entenderse como masoquismo. Tiene mucho que ver, en cambio, con el gusto estético de la complejidad. El hombre se corrige y se labra moralmente como el pintor que vuelve sobre el lienzo y lo retoca con nuevas pinceladas. La vida sencilla no tolera el retoque, la reflexión y la corrección, porque son inauténticos. Auténticos son los bloques de mármol; inauténticos, “Los esclavos” de Miguel Ángel. Reflexionar siquiera, antes de aplicar el cincel, es ya traicionar el flujo natural de la vida.

Pero resulta que los hombres (¡ah, qué seres testarudos!) somos muy poco naturales y le corregimos la plana al mármol, que tan bien estaba en su yacimiento. Descargamos el cincel sobre la piedra y la educación sobre los niños. Perfumamos, tatuamos y perforamos nuestro cuerpo, y nos tallamos el alma hasta dejarla otra. Somos unos salvajes. Unos salvajes de la desnaturalización.

Y algunos se empeñan sin descanso en su labor modificadora: “No sé si aún continúa la moda —dice Paul Valéry en la traducción de Jorge Guillén— de elaborar largamente los poemas, de mantenerlos entre el ser y el no ser, suspendidos ante el deseo durante años, de cultivar la duda, el escrúpulo y los arrepentimientos, de tal modo que una obra, siempre reexaminada y refundida, adquiera poco a poco la importancia secreta de una empresa de reforma de uno mismo” [25]. Empeño silencioso, continuo, de corregirse, alterarse, perfeccionarse y no enloquecer en el intento. Una empresa de reforma de uno mismo. Valéry quiere hablar sobre “El cementerio marino” y nos viene a definir la ética.

Subyugado por la pasión ética, pero afectado por la fatuidad de la juventud, el protagonista del ensayo “Del diario de un joven desconocido” (último texto recogido en El cazador) se imponía como modelo moral el de un varón intachable “que los bufones se echen a temblar de sólo mirarlo, y cuya presencia les sea remordimiento; un varón que dé, como Zeus, la mayor prenda de su voluntad con el movimiento solo, y levísimo, de su cabeza” [26].

Deseaba aquel joven llevar a la perfección todas sus capacidades, moldearse a fuerza de voluntad como un “varón absoluto”. Aspiraba a la virtud perfecta. Bajo la óptica de la Cartilla moral, el joven desconocido se consideraba con tanta solemnidad que iba camino a la enajenación.

Años más tarde, con la sabiduría que presta la edad, el protagonista mira hacia atrás y comenta: “¡Qué loco y qué vanidoso era yo entonces! […] En cuanto a la ingenua concepción del ‘varón perfecto y absoluto’ (¡qué hueco suena!) me siento a cien leguas de tan clásica aberración. Mi conciencia de la personalidad humana ha evolucionado, desde la imagen del rompeolas, hasta la imagen de la isla flotante, que es siempre una, y por eso no le importa ceder un poco” [27].

Es nuevamente Reyes completando el cuadro de la pasión ética —la necesidad de empeñarse de continuo en la reforma de uno mismo— con los toques de la flexibilidad, el buen humor y la huida de la vanidad: una especie de amistad con uno mismo, exigente e indulgente a la vez.

Te es lícito decir que harás de tu propia vida una obra de arte, siempre y cuando recuerdes que el arte es juego y nunca ha sido cosa seria. Siempre y cuando tu trabajo artístico-moral no venga a ensombrecer tu semblante. A fin de cuentas, los más grandes artistas reconocen que la obra maestra es un don, que en ella colabora una dosis de azar, y que ni la pintura ni el poema ni la sinfonía están nunca totalmente terminados.

“Cultivar la duda, el escrúpulo y los arrepentimientos”, dice Valéry. Porque el artista es falible y debe desandar a veces sus pasos y corregir el rumbo. No obstante pareciera que, tal como una parte del arte moderno ha superado la idea de la composición y la ha sustituido por el genio que convierte en arte todo lo que toca, así también hay una ética que proclama que el ser humano, cuando actúa conforme a lo que siente, no se equivoca nunca. Donde no hay falibilidad no hace falta reforma.

 

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Alfonso Reyes. Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa.

 

 

5. El derecho a la locura

La figura de Reyes convoca una reverencia tan unánime (y a veces tan inane), que no deja de ser divertido toparse con las ocasionales “faltas de respeto”. Leer al Ibargüengoitia crítico de teatro que califica la opereta de Reyes (Landrú) de “pedante, confusa y floja” y que, ante la valerosa defensa de Monsiváis, lamenta que en México no se pueda criticar una obra de Reyes sin aparecer como traidor a la patria [28].

Asomarse a la vanidad herida de Reyes (en el ensayo de Zaid: “López Velarde ateneísta”) [29], cuando Pedro Henríquez Ureña y Julio Torri otorgan a López Velarde el sitio de poeta preeminente de su generación. Toparse con un Gerardo Deniz que escribe: “Hay un texto del Alfonso Reyes más ególatra (que ya es decir) titulado ‘Noche de mayo’ donde cuenta de cuando él nació, de la multitud regiomontana frente a la casa del general Bernardo Reyes, cuya esposa va a dar a luz” [30]. Pues bien, yo no sé si la palabra exacta sea egolatría, pero sugiero que la introspección casi obsesiva de Reyes fue una herramienta utilísima para desarrollar su pensamiento moral.

En algún lugar dice que su carrera como escritor muestra un grado heroico de indiscreción: una incesante contemplación de sus estados interiores y un minucioso registro literario de las aristas, tránsitos y modificaciones. Necesitaba escribir para conocerse. Sondeaba la temperatura y coloración de sus emociones, las ponderaba en el laboratorio de su escritura, las contrastaba con sus lecturas, las veía reflejadas en sus poetas de elección, y al final sobre la página quedaba una mezcla en la que ya no era posible discernir qué le pertenecía a él y qué a sus libros.

No hay nada escandalosamente original en la ética de Reyes, ni demoliciones estruendosas ni excavaciones insólitas, pero la alianza entre su humanismo y su introspección produjo una obra moral tan rica en matices como en convicciones.

Atento a las evoluciones y giros de su propia persona interior tanto como a los valores que consideraba comunes a toda la humanidad, el pensamiento moral de Reyes no desemboca en un ideal de uniformidad ni en la pretensión de homologar la conducta de los seres humanos.

La ética es una teoría de mínimos. Que la higiene es mejor que el desaseo, el coraje superior a la cobardía, que la veracidad se impone sobre la mentira, la lealtad sobre la traición, la generosidad sobre la avaricia, la discreción sobre la maledicencia, en fin, no son más que mínimos que comparte la condición humana. De ahí en fuera, los caminos son tan diversos como válidos. Y, de preferencia, hay que intentarlos todos. Es lo que Reyes llama “el derecho a la locura” (un derecho moral frecuentemente escamoteado) y que consiste en resumidas cuentas en lo siguiente:

…mi corazón ha estado siempre con el que inventa un hábito nuevo, un nuevo ensayo biológico que imprima, para siempre, una transformación en la especie. Bernard Shaw habla con deleite de las agitaciones domésticas producidas en una familia burguesa y amiga del encierro, por una hija que sale aficionada al teatro y a los espectáculos. Para estas gentes tenemos una frase rancia y sabrosa: la hija “les salió novelera”. De hoy más, no habrá quietud en la casa; señor padre descuidará su reuma y señora madre tendrá que abandonar la cocina. ¡Oh, ráfaga salutífera! ¡Oh, aire fresco! La hija les salió novelera. […] —Un nuevo escalofrío has inventado —decía Víctor Hugo a Baudelaire. No se puede hacer mayor elogio. Inventad un nuevo escalofrío. ¡Ea! ¡Valor de locura, que nos morimos! Esta noche, al volver a casa, romped dos o tres jarros de flores, ordenad que abran las ventanas y enciendan a incendio las luces. Y cuando el ama, toda azorada, os pregunte qué fiesta es ésa, le diréis: —Hoy celebra un nacimiento mi alma: ¡le ha nacido, le ha nacido una hija novelera! [31]

Años más tarde, con esa manera tan suya de referirse a sí mismo, Reyes nos dice: “…yo trato de cerca de un hombre que, en su juventud, lanzó este grito: ¡Ea, valor de locura, que nos morimos!” Explica entonces que su elogio de la locura no es el intento de convocar la genialidad a través de la mera extravagancia, sino un acicate en pro de las audacias de la razón y en contra de las maneras estereotipadas de pensar y actuar.

Alfonso Reyes no es el tío abuelo de la literatura mexicana: aburrido, conservador y obsesionado, si acaso, por la cordura y la cordialidad, esas cualidades tan convenientes para la suavidad en el trato. Los hallazgos inagotables de su prosa lo colocan a la vanguardia de las letras, mientras que su comprensión de lo humano lo pone junto a los más sutiles moralistas de la tradición hispánica, y, para algunos trasnochados como yo, en la alta y cursi jerarquía del sacerdocio laico. Lleven otros bajo el brazo, para entender un poco mejor las inquietudes de su espíritu, al self-help gurú de su preferencia; yo cargo mi Reyes, que me ayuda a vivir.

 

Este ensayo apareció por primera vez en Arqueologías del centauro: Ensayos sobre Alfonso Reyes, publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2009 y se reproduce con permiso del autor.


 

NOTAS

[1]. Alfonso Reyes, Obras completas III, p. 135.

[2]. Platón, La república, p. 42.

[3]. Ibid; p. 45.

[4]. Alfonso Reyes, Obras completas XX, p. 491.

[5]. Claro que hay más de una clase de vergüenza, según el motivo que la produce, porque uno puede sonrojarse simplemente por no cumplir con ciertas convenciones de su grupo social. Se puede argumentar que todas las normas morales son convenciones; ya se sabe que la pregunta ética por excelencia es si existe algún imperativo moral independiente de la circunstancia histórico-social del individuo, es decir, si la ética admite alguna universalidad, en cuyo caso podríamos hablar de la vergüenza como genuino sentimiento moral y no sólo como el dolor de incumplir con los convencionalismos que nos impone la sociedad. Si adjudicamos a la ética cierto tipo de universalidad, como lo hacía Reyes, el invisible Giges podría sentir vergüenza de su iniquidad, no sólo a causa de esa moralina oprimente cuyos resabios lo siguen molestando, sino por una intuición fundamental de lo bueno y lo malo, una suerte de instinto moral.

[6]. Alfonso Reyes, Obras completas III, p. 227.

[7]. Alfonso Reyes, Obras completas XX, p. 486.

[8]. Ibid; p. 491.

[9]. Pablo Neruda, Residencia en la tierra, p. 60.

[10]. Alfonso Reyes, Obras completas XX, p. 504.

[11]. Ibid; p. 491.

[12]. Idem.

[13]. Idem.

[14]. Lou Reed, The Raven, s.p. [Traducción del autor].

[15]. Alfonso Reyes, Obras completas XXI, p. 27.

[16]. Simone Weil, La pesanteur et la grace, p. 1-5 (Trad. en español: La gravedad y la gracia). 

[17]. Alfonso Reyes, Obras completas X, p. 238.

[18]. Gabriel Zaid, Obras 2, p. 539.

[19] Romanos, 8:23.

[20] Alfonso Reyes, Obras completas III, p. 232.

[21] Alfonso Reyes, Obras completas XXI, p. 47.

[22] Alfonso Reyes, Obras completas XX, p. 488.

[23] George Steiner, “À l’ombre des Lumières”, s.p. Mi traducción.

[24] Alfonso Reyes, Obras completas III, p. 168.

[25] Paul Valéry, Oeuvres de Paul Valéry I, p. 1496.

[26] Alfonso Reyes, Obras completas III, p. 209.

[27] Ibid., p. 210.

[28] Cf. Jorge Ibargüengoitia, El libro de oro del teatro mexicano, pp. 165-178.

[29] Cf. Gabriel Zaid, Obras 2, pp. 367-378.

[30] Gerardo Deniz, Visitas guiadas, p.48.

[31] Alfonso Reyes, Obras completas II, p. 68.


Autores
(Ciudad de México, 1974) es ensayista y narrador. Ha publicado ensayos en suplementos culturales y revistas. Es autor de la novela Quincalla (2005) y de tres libros infantiles, y traductor del Breve tratado del desencanto de Nicolás Grimaldi (2008). Fue reportero en Canal 22 y el diario Reforma. Vive en St. Louis, Missouri, donde prepara un libro de crítica sobre el humor en la literatura mexicana.
Ilustración de Hernán Gallo.

El eco de los dardos cuando estás solo en la cantina.
La pelota de tenis que rebota en un cuarto sin muebles.
El poema que arrojaste de tres puntos al cesto de basura.
Un par de guantes de box y una vela para noquear a la sombra.
La carrera de cien metros para alcanzar la meta del transporte público.
El salto de longitud para evitar el charco de la lluvia prehistórica.
El solitario con las cartas que te heredó una mano muerta.
Las canicas lodosas que abandonaste hace tiempo en el patio.
El tiro con arco que da la vuelta al mundo, la diana tu sien, el fin de la historia.

Todos debemos perder en algún punto
y tú fuiste seleccionado entre tantos.


Autores
(Chihuahua, 1987). Premio Binacional de Poesía Pellicer – Frost 2017 por el conjunto de poemas titulado Un montón de piedras (Mantis, 2017). Nada notable (Cuadrivio, 2018) es su último libro.
Mujer joven en un barco (1870), por James Tissot

Los celos, turbación de nuestra alma que cobra agudísima conciencia de su soledad irremediable. Pasión que no mueve a piedad por ser acaso la más individual y exclusiva y que a los más lamentables extravíos conduce. Así define Julio Torri a los celos en su hermoso cuento “El celoso”. La trama a grandes rasgos: un hombre mata a su esposa, celándola. La tiene recluida, no quiere que nadie la toque, que nadie la vea ni sepa de su existencia. Vaya, ni el doctor −cuando cae enferma− accede a ella. Una vez que la mujer está en la tumba, el sujeto se oculta diario en el cementerio esperando que llegue otro hombre a colocar un ramo de flores en la tumba. Esto último es de mi cosecha, pero ayuda a entender el relato.

“Exponiendo infieles” es un contenido del canal de Youtube Badabun que ya suma más de cincuenta episodios, y cada video tiene un número violento de visitas. Yo no sabía nada al respecto. Había visto un par de memes y me daba una idea de qué se trataba. Incluso, sentado en un food court de centro comercial escuché que una persona, bromeando, se acercó con sus compañeros de trabajo preguntándoles: ¿amigos, son pareja? Para escribir este texto me di un clavado en un buen número de capítulos. Es adictiva esa cochinada.

Bajo la premisa de que hay que premiar a la gente fiel, una mujer se pasea acompañada por un par de camarógrafos en las calles de Tijuana. Les cae por sorpresa a las parejitas y les propone revisar sus celulares a cambio de un par de tristes billetes. Whatsapp, el chat de Facebook, Instagram, las fotos archivadas. Los novios, evidentemente nerviosos, acceden. Y entonces acontece el show de la infidelidad. Todos tienen cola que les pisen. La vida electrónica de los habitantes de este joven siglo solapa plenamente la infidelidad. Las apps por sí mismas cuentan con opciones que facilitan el engaño. Y sin embargo todas las parejitas de “Exponiendo infieles”, caen, se vuelven el villano en su rincón y debajo de la candileja.

 

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Hay una cantidad alarmante de violencia física en las reacciones de las parejas. Las cachetadas son inmediata moneda de cambio. Como si fuera un acto de lo más normal agredir a tu pareja. Jalones, golpes directos, zapatos que vuelan, un hombre amenaza a la producción con un palo de billar, una chavita que minutos antes abrazaba a su novio guitarrista estrella el instrumento en el piso. Cuando se entera de que su novia se acuesta con su prima, una chica le quita los lentes y los pisotea en el suelo. Y ahora cómo voy a ver, dice la otra. La Chica Badabun encuentra nudes en el celular de un jovenazo y sardónicamente le pregunta a la novia: ¿amiga, esta es tu vagina?

Packs, fotos de penes, el emoji de corazón en todas sus modalidades de color. ¿Por qué le andas mandando un emoji de fuego a mi prima? Imposible no soltar una incómoda carcajada. Dejó ir este monumento de mujer por una bola de suripantas.

 Los videos tienen un subtítulo que recuerda a las primeras planas albureras de la nota roja o a los nombres de los pasquines colorados tipo Sensacional de Barrios. “El tamaño sí importó”, “Los 4 eran felices y no lo sabían”, etcétera. Esto lo menciono porque de alguna manera construye una educación sentimental que no tiene nada de nueva en la cultura mexicana. Nos da sorna que la vecina tenga sexo con el de la carnicería. Cálmate, estás haciendo el ridículo, cálmate, dice el cornudo. Después de la bronca, uno de los integrantes se aleja gritando peladeces hasta salir de cuadro, el otro se queda ahí. Su presente emocional ha sido pisoteado a cambio de un billete que regularmente termina en el suelo o en las manos de la presentadora Lizbeth Rodríguez.

Ella es tema aparte. No me es simpática ni me parece carismática, como tanto acota la prensa. Sí, hay notas periodísticas acerca de cada capítulo de “Exponiendo infieles”. Ella adopta una postura chocante y se pone a sí misma como una suerte de justiciera emocional, sus conclusiones de cada caso –a là He-man- dejan claro que no posee la estatura ética requerida para un trabajo de esta índole.

No hay estratos sociales ni rango de edad en la selección de infieles. Populosa raza de Madames Bovarys. Queda clara una cosa: la oferta emocional en nuestro país en este momento de la historia humana es paupérrima. Queda clara otra cosa: los límites de la fidelidad en la era digital no están definidos y no pareciera que las parejas estén muy preocupadas por delimitarlos. El nivel de infidelidad permitida está de la fregada. Cuántas veces no mira uno de reojo el teléfono del pasajero de al lado en el transporte público y lee la cursi correspondencia amorosa que nuestro vecino bigotón tiene con “Juan Plomero” o “Esteban chamba” Otra cosa queda también clara: la estética del morbo nos encanta. Y mientras más chicharronera luzca, mejor.

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Debido a una desquiciante maldición, la bestia humana del siglo que corre tiene una obsesión enfermiza por encontrar el amor. Esperamos que se abra el elevador y ahí, mágicamente, esté la persona que nos llenará el alma. Y la buscamos y la buscamos, mal influenciados por seriales gringoides, comerciales de yogurt y películas basadas en la Ilíada que estúpidamente terminan con un beso que involucra a Brad Pitt. ¡Caramba!, habiendo tantos componentes humanos adormecidos adentro de uno. La decencia, la sensatez, la bravura, etcétera. La búsqueda del amor está sobrevaluada. ¿Quién sale de su casa por las mañanas anhelando mantener su honor sin mácula? Dicen que Kavafis le rezaba diario a Dios, suplicándole claridad literaria. Bueno. “Exponiendo Infieles”, además de destrozar las relaciones de sus víctimas, los deja sin decencia, sin sensatez, sin bravura, etcétera. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que todo el show sea una farsa escrita por una especie de Balzac moderno y medio degenerado.

El azar que me dio a la amada es capaz de arrebatármela, escribió Torri, la mujer que esclarece y dora mi gris existir ¿me estaba predestinada? O pudo ser de otro. Me encanta que la palabra infidelidad en inglés sea “unfaithful”. Es decir: perderle fe a alguien. Cuando alguien nos traiciona dejamos de creer en ellos. No perdamos la fe, amigos. Esa tumba que el personaje de “El Celoso” visita diario a escondidas, hoy en día la lleva nuestra pareja en el bolsillo. Y vibra y se ilumina.


Autores
(Ciudad de México, 1980) ha publicado el libro de cuentos El demonio perfecto (BUAP, 2008), las novelas Balas en los ojos (Ediciones B-Zeta bolsillo, 2011) y El siglo de las mujeres (Ediciones B, 2012). Fue ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí con el libro Perros sin nombre. Es autor de Niños tristes (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013).

 

Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso es una antología de veintiún relatos breves que, en el marco de lo cotidiano, revelan el sentir y pensar de la modernidad, muchas veces ocultos bajo las normas sociales. En el cuento que da título al libro, un rancho y un festejo de quince años se vuelven el escenario en que el recuerdo revela, a través de un oso y de un hombre, la humanidad que se encuentra más allá de las convenciones.


 

La gente lleva el destino grabado en el nombre. Es el caso de mi mamá, a quien Soledad le queda como anillo al dedo, y es también el del tío Valente, mi tío Valente. Si yo lo extraño, estoy segura de que a ella le hace mucha más falta, pero no me he atrevido a preguntar, y eso que el rancho ya tiene un buen rato soportando el vacío que dejó.

Él no es mi tío; no era. No sé si es o era; no sé si habrá llegado bien. Así ocurre en la frontera, incertidumbre pura, porque pareciera que cruzarla es entrar a otra dimensión. Nunca hemos tenido noticia de las personas que se regresan ni de los que se ha llevado la migra. No quiero pensar en eso. Quiero imaginar que finalmente cumplió su sueño de volver a Aguililla, estar ahí para la boda de su hija y poner su negocio de carnitas en la carretera, porque para eso vivió tantos años aquí, lejos de su gente, trabajando más horas de las que tiene el día y ahorrando cada centavo que ganaba. Yo creo que también anhelaba regresar con su esposa; nunca me tragué eso de que fuera viudo, sin embargo entiendo que mi mamá haya preferido pensar que sí. Si no hubiera tenido mujer, digo yo, le habría mandado el dinero a sus hijas para quedarse de este lado con mi mamá, pero las cosas no fueron así. El caso es que Valente no era mi tío, ni siquiera compartíamos sangre, sino que recibí la instrucción de llamarlo de esa manera el día que le dije “papá” y él mismo me aclaró que tenía dos hijas y yo no era una de ellas.

Él llegó al rancho tiempo antes que nosotras. No sé cuánto porque a Valente no se le preguntaban cosas, se le observaba y se le escuchaba; no se le pedían explicaciones pues era como topar con pared: él hablaba cuando así lo dictaba su voluntad y al único al que le respondía era al patrón. Entre semana yo nunca lo veía: se levantaba antes del amanecer y trabajaba hasta bien entrada la noche. Alguna vez, entre sueños, alcancé a percibir que su sombra se colaba para compartir el lecho con mi mamá, pero tampoco me consta. Nunca lo vi acostado; por lo que sé, bien pudo haber dormido parado o colgado del techo. Quién sabe. Yo convivía con él los domingos, cuando se sentaba en el porchecito de la casa de servicio y se dedicaba a la contemplación. Observaba todo como si lo estuviera descubriendo por primera vez, escondido tras su sombrero y su pipa, entre la espesa mata de sus cejas pobladas y su barba negra y tupida. Me sentaba cerca de él y esperaba a que soltara entre dientes alguna historia, como si contarla le ayudara a mantener vivo el recuerdo. Así me enteré de la existencia de Socorro y Dolores, sus hijas, que tenían un par de años más que yo y vivían, decía él, con una tía. A mí más bien se me hace que Valente trataba de “tíos” y “tías” a todas las relaciones que no podía —o no quería— explicar.

Esos domingos llegaban anunciados por el aroma a tabaco de la pipa de cedro que él mismo había hecho. Hacía de todo: abría ostras con más destreza que una nutria, se encargaba de la instalación eléctrica y de las tuberías, usaba la escopeta y el tractor, araba, cosechaba las hortalizas y cocinaba riquísimo. Aunque todos en el rancho envidiaban su habilidad, a Valente le pesaba no poder enviarle cartas a sus hijas porque no sabía leer ni escribir. La única vez que me pidió ayuda, le pregunté por qué no las había traído a vivir en Oregon, pero, inexpresivo y silencioso como era, rompió la hoja y me regaló la pluma. Me quedé fría, avergonzada por no haber sabido ser su confidente y triste porque entendí que no volvería a pedírmelo.

Extraño pasar mis días tratando de descifrarlo. Valente era como un baúl lleno: aunque yo no tenía la llave, a veces alcanzaba a distinguir algunos detalles si me asomaba muy de cerca. Siempre supe, por ejemplo, que era capaz de matar sin que le temblara el pulso, sin embargo nunca imaginé que lo vería llorar. Mucho menos pensé que todo fuera a suceder el mismo día.

Fue en mi fiesta de quince años. Vinieron muchos paisanos de las rancherías cercanas, más animados por la pachanga que por celebrarme, pero eso no era importante. Hubo todo lo que extrañamos aquí en el otro lado: tamalitos, taquitos dorados, carnitas, agua de jamaica e incluso una piñata. Todo iba muy bien, hasta que de la montaña bajó un oso negro a sembrar el terror. Ninguno de nosotros había visto uno en vivo; no conocíamos ese tamaño de animal ni de garras ni de colmillos. No faltó quien tratara de asustarlo, pero lo único que se logró fue que, si antes había un oso curioso en el rancho, ahora tuviéramos uno en pleno ataque de furia. Algunos regresaron corriendo a sus casas, otros se escondieron bajo las mesas y unos más se metieron a nuestros cuartos dejándonos afuera.

Valente salió del cobertizo caminando, se dirigió directamente a él como si se tratara de un viejo conocido y ambos se miraron cara a cara. Parecían vaqueros a punto de retarse a duelo. El animal no tenía intención de calmarse, así que, cuando se apoyó en las patas traseras y lanzó un rugido que nos dejó fríos, mi tío le acomodó un tiro de escopeta justo entre las costillas. Aquél cayó de golpe rendido a sus pies.

Mientras los demás celebraban el regreso de la calma, Valente sostenía entre sus manos la cabeza de su rival. Le pidió a otros trabajadores que le ayudaran a cargarlo y lo llevaron a la parte de atrás del cobertizo, donde empezó a destazarlo. Atraída por el morbo y horrorizada por la cantidad de sangre que casi había formado un estanque bajo sus pies, me acerqué. Lo escuché llorar por primera y única vez. Al saberse acompañado, ni siquiera volteó a verme cuando justificó sus lágrimas:
—Es un animal hermoso y no voy a dejar que se pudra sólo para que se lo coman los zopilotes.

No dije nada, ni a él ni a nadie. Durante varias semanas comimos las mejores carnitas y el mejor chicharrón que preparó en todos sus años en el rancho. Cuando el patrón le preguntó de dónde había salido todo eso, Valente dijo que le habían regalado unos puercos y los había cocinado todos juntos para mi festejo: por fin compartíamos un secreto. Me gusta recordar que me guiñó un ojo, aunque no haya sido así. Logré abrir una rendijita del baúl del más valiente de mis tíos y por eso el chicharrón de oso me supo a puritita gloria.


Autores
(Ciudad de México, 1984). Estudió la licenciatura en lengua y literaturas hispánicas en la Facultad de Filosofía y letras de la Universidad Autónoma de México (ffyl-unam). De 2015 a 2016 fue becaria del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca). Se ha desempeñado como traductora de inglés y francés y profesora de secundaria, preparatoria y universidad. Es colaboradora de las revistas La Peste y Coma Suspensivos e imparte talleres de cuento en Ensenada, Baja California, donde reside actualmente.