Tierra Adentro

Sin máscaras que oculten su identidad ni protectores que amortigüen los golpes de la realidad, los personajes entrevistados por Aldo Rosales en Linde faz (2018) son retratados desde el calor tras bastidores. Así, una vez fuera del encordado y de los reflectores, hombres y mujeres, que se convierten en héroes e ídolos de multitudes por unas horas, dejan ver que en su día a día hay contrincantes más difíciles de vencer: la enfermedad, la discriminación, la desigualdad, la falta de oportunidades o la pobreza. Rosales nos muestra la marginación de un sector social, al que la fortuna no siempre le enseña su mejor cara.


 

Poner la otra mejilla

—¿Con beso o sin beso?

—Sin beso —contesta el niño, luego voltea a la cámara que sostiene su padre y sonríe al lado de La Chona, a quien le ha pedido que se tomen una foto juntos.

El luchador se lleva la mano diestra a la cadera, que arquea con ademán de vedette. Ladea el cuello a la derecha y dibuja una sonrisa de labios rosas, abierta y franca, mientras sus ojos, pintados de azul y rosa metálico, se entornan en un gesto coqueto.

A través de las aberturas en la zona de las piernas de la malla celeste que le cubre todo el cuerpo (a excepción de la espalda y el rostro) se pueden ver las medias negras que lleva puestas; sus botas blancas lo hacen ver más alto.

Son las siete en punto y la noche ya es una presencia más en la arena. La Chona estrecha la mano del niño y sigue recorriendo los pasillos de la Arena San Juan como quien busca o espera. Luego, al llegar a la entrada del lugar, saluda a tres niñas que lo miran hacia arriba, un tanto extrañadas. “¿Cómo van en la escuela?”, pregunta el luchador exótico, y después impronta sus labios en el rostro de cada una; tal parece que se siente más cómodo besando mejillas que estrechando manos.

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Esto también es la lucha

La Arena San Juan es un edificio echado hacia adentro. Vista desde el exterior parece un bloque de concreto forrado por un mural que representa a diversos luchadores peleando más contra el desgaste cotidiano que entre ellos mismos. Ahí arriba, en alguna parte de la fachada, reposa una alarma que solo ha anunciado un desastre (quizá el más inclemente): el paso del tiempo. La única ruptura en la construcción es una puerta pequeña que sirve de entrada y salida, a cuyo lado está la diminuta e inverosímil taquilla. En las paredes, un cartel entierra el anterior. En esta parte de la ciudad la Arena San Juan es el palimpsesto donde se escribe la historia de la lucha libre.

La avenida sobre la que se halla el edificio apenas puede llamarse así: es una calle angosta que se estrecha aún más por los autos estacionados de manera arbitraria a ambos lados.

Un altoparlante reproduce el mismo mensaje una y otra vez: qué luchadores estarán presentes en la función.

Sobre la calle, ocupando una parte considerable del ya de por sí reducido espacio, una mujer y su hija esperan dentro del puesto de máscaras y playeras que han montado con tubos y trozos de tela negra. A unos pasos se halla instalado, ahora sobre la banqueta, otro tenderete vigilado por una familia (padre, madre y dos hijos pequeños). Además de máscaras y playeras, venden figuras de luchadores y pequeños cuadriláteros de madera.

—Los luchadores son impuntuales: si te dijo a las cinco, te va a ir bien si llega a las siete y media.

El vigilante de la entrada me ve pasar por décima vez frente a él. Hace cuarenta minutos, cuando me acerqué a preguntarle por La Chona, con quien concerté una cita por teléfono, me indicó que la función comenzaba a las ocho, ocho treinta quizá, pero había una convivencia programada a las siete. En ese momento eran las seis de la tarde con quince minutos.

—¿O no? —agrega, con la vista en la mujer de la taquilla, quien asiente de forma lenta y lapidaria con la cabeza.

—¿Y no es posible que llegue por la puerta trasera? —pregunto.

La sonrisa del dependiente se ensancha.

—No hay puerta trasera. Por aquí se entra y se sale.

—¿También los luchadores?

—Todos entran y salen por aquí.

“No puede ser, no hay arenas sin entrada trasera”, pienso. Rodeo la cuadra para cerciorarme. La parte posterior de la construcción es un silencio gris, un muro altísimo de ladrillos a cuyo lado reposa una capilla recién remodelada.

Vuelvo a la parte frontal del edificio, reviso mi teléfono y veo que no hay mensajes de La Chona. El anuncio del altoparlante sigue su peregrinaje hacia ninguna parte, aunque ahora también hay, junto a los puestos de mercancía, un muchacho que quiere vender cacahuates en las bolsas diminutas de su cesta, pero la deja en el suelo para acercarse a hacerle unas preguntas a la taquillera. Alcanzo a escuchar a la mujer mientras le contesta al chico, que es casi un adolescente:

—Son trescientos pesos por instalarte aquí afuera. Eso es lo que pagaron las señoras de las máscaras.

—Pero solo es una canasta chiquita —revira el joven, mientras abre tímidamente los brazos, como si sostuviera una vasija inexistente—, como de este tamaño, más chiquita.

—Es lo que se cobra.

A un costado de la entrada se posa una pareja, separada por un niño que lleva entre las manos un muñeco desgastado ataviado con capa y máscara. Spesan y calculan el costo de las entradas y su presupuesto. La madre del pequeño se acerca otra vez a la taquilla y le pregunta a la mujer el precio del boleto.

—Ciento veinte en gradas.

—¿Niños también?

—Es costo general. Regresa al lado de su marido y le susurra el monto. Vuelven a hablar en voz baja, como si la pobreza fuera un delito, y sus ojos rehúyen la mirada del otro. Debajo de ellos, entre sus cuerpos, el niño observa las figuras del puesto grande. Las manos del padre escarban en las bolsas de su pantalón viejísimo, mientras las de la mujer permanecen cruzadas sobre el pecho. Sostenido por los labios del hombre, que parecen haber sido fabricados en la marmolería que se halla al lado de la arena, un cigarrillo se vuelve torre de ceniza.

—Ey, te hablan.

La mano del vigilante se agita frente a mi rostro y me señala con el pulgar a la persona detrás de él: un señor de cabello largo, vestido con camiseta entallada sobre la que lleva una camisa gris sin abotonar. Nos estrechamos la mano y me invita a seguirlo por el pasillo que da entrada a la Arena. Me pregunta si tengo mucho esperándolo; luego murmura algo sobre el tiempo. Sus palabras se pierden en el aire, se disuelven como el humo del cigarrillo de aquel hombre.

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El pasillo, tras una cortina amarilla, florece en un espacio de bóveda altísima; en el centro hay un ring que contrasta con el resto del edificio, cuyas paredes son opacas; las sillas a su alrededor varían en tonos y modelos: la mayoría son de tijera, aunque algunos asientos son parecidos a los de los cines y pienso que quizás ese es su origen, porque llevan un número bordado en el respaldo. La Arena San Juan es un barco de concreto flotando a la deriva en la ciudad. Un barco cuyos restos permanecen a pesar de los año.

La Chona me invita a sentarme,

—Hagamos esto: dame chance de cambiarme y comenzamos con las preguntas, ¿está bien?

Desaparece tras la cortina púrpura que separa el área de vestidores del resto de la arena.

—No me tardo, mientras date una vuelta por el lugar —me dice desde la invisibilidad.

 

Putos a la izquierda

La Arena San Juan se llenará en un par de horas, en un proceso casi imperceptible; las calles y este recinto conforman un reloj de arena donde el tiempo se mide a través de los granos multicolor que se vierten de un lugar a otro. Familias enteras, parejas que aprovechan cada descanso para besarse, niños que gritan improperios aprendidos ahí mismo. Un grupo de adolescentes desplegará una manta en apoyo a una de las luchadoras locales. “Putos a la izquierda, putos a la izquierda”, van a entonar al unísono, e inclinarán sus cuerpos hacia ese lado, impulsados por la fuerza centrífuga de su fervor.

—Y, entonces, ¿por qué decidir ser exótico en un medio en el que la fuerza masculina parece ser el bien más preciado?

La Chona agita un poco la cabeza, sonríe y prepara la respuesta. A su lado, sobre la banquita de cemento donde acabamos de sentarnos, una pequeña radio portátil deja escapar la voz de José José, cuyas notas polinizan el aire caliente de los vestidores. La Chona siempre pone música mientras se viste; en esos minutos en que pasa de ser un hombre común y corriente a una figura exótica dentro del ring, me asegura que necesita escuchar canciones para entrar en personaje y comenzar la transformación.

—Todo empezó como una broma —vuelve a sonreír—, en la época en que entrenaba en el gimnasio de Óscar Sevilla, El Novillero. En ese tiempo yo luchaba bajo el nombre de Metatrón, mi segundo personaje, después de Niño Mortal. Era un personaje mucho más fuerte, de aspecto rudo y colores firmes, muy en concordancia con lo que se estilaba en aquellos años. A ese gimnasio acudía, con bastante frecuencia, Mayflower, y en una ocasión comencé a imitarlo, como juego, y los compañeros me dijeron “oye, qué bien te sale, ¿por qué no te vuelves exótico?”

—¿Y qué te pareció la idea?

—Mi primera reacción fue de rechazo. “¿Qué pasó?, yo soy machín”, les dije, pero insistieron dado lo bien que me salían los gestos de Mayflower. Decidimos formar una tercia de exóticos: La Chona, La Petus y La Nacha, que rivalizara con una tercia de teporochines. Queríamos crear un espacio idóneo para la picardía y el humor, algo que provocara al público y hacer que se involucrara un poco más en lo que sucedía arriba del ring, que se calentara. Buscábamos un extra, llamar a los espectadores a interactuar más.

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—¿Y cuál fue su reacción?

—La gente, cuando ve este tipo de personajes, tiende a discriminar: “Ay, mira, el jotito” o “mira, el maricón”. Sin embargo de parte de los niños había aceptación: en lugar de rechazarnos o mofarse, se acercaban a pedirme un autógrafo o una fotografía. Mis compañeros (La Petus y La Nacha) decidieron que no era lo suyo, no se sentían cómodos con los personajes; pero yo encontré mi nicho ahí. Puedo decir, con orgullo, que fui pionero en la cuestión de hermanar el carácter de exótico con el de técnico, porque antes los exóticos eran rudos.

—¿Y las personas cómo veían esta nueva mezcla? Ser técnico y exótico.

—Bien, les gustó el concepto. Anteriormente, y te hablo de los primeros exóticos, los personajes eran más bien, ¿cómo decirlo?… metrosexuales; ahora estábamos frente a una personalidad más extravagante, más colorida y abierta y que no estaba peleada con la calidad desplegada en el cuadrilátero. Claro, los insultos de algunos aficionados seguían ahí, eso es común.

Si bien La Chona  se encuentra dentro de un grupo de luchadores que parecen haber nacido para recibir más escarnio que el resto, se halla en una minoría dentro de la minoría: es heterosexual. La Chona no es de aquí ni de allá. Su carácter ambivalente le da muchas ventajas (además del cariño de un grupo específico del público), pero también le acarrea problemas a los cuales ya se ha acostumbrado.

El hombre detrás del maquillaje (otra especie de máscara) puede ser distinto y puede que no lo lleguemos a conocer, mas su personaje es colorido, ruidoso y, al mismo tiempo, tiene episodios de reflexión y análisis: de silencio, como la arena, que enmudece de repente.

—Pero, con todo y eso —continúa después de callar unos segundos, durante los que parece acomodar los pensamientos—, estoy muy agradecido con el público y con lo que me ha dado. A dos voluntades me debo: la de Dios y la de la afición. Sin ellos no hubiera logrado nada de esto.

 

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Porque las cosas cambian

Hace ya algunos años (La Chona dice no recordar con precisión la fecha), una cajera joven de un conocido supermercado no supo qué contestar cuando el luchador, de cabello largo, nariz aguileña y mediana estatura, le preguntó si ella recordaba los días en que aquel lugar no era un establecimiento más de una cadena internacional. La chica no tuvo una respuesta satisfactoria: al llegar ella, las cosas ya eran así.

—Todo esto —le dijo mientras señalaba el techo— era una arena; fíjate en lo alto que está.

Miro hacia arriba, como si fuera a mí a quien La Chona le hablara en ese recuerdo, y caigo en la cuenta de que rara vez volteo a ver el techo de algún lugar; sin embargo ahora, bajo la guía de La Chona, noto que el de aquí es muy bajo, da la sensación de encierro.

—Quise saber si era posible que me dejara ver la parte de atrás, donde se instalaba el ring. No supo qué contestar y entonces se lo pregunté al gerente.

Por sorpresivo que parezca, el gerente accedió. El luchador ingresó al área donde ahora se almacenan las mercancías y se acordó, mientras avanzaba por la bodega, quizá ante la extrañeza de algunos empleados, de la última vez que estuvo ahí, bajo ese techo altísimo.

—Fíjate cómo cambian las cosas —asegura—: donde antes luché varias veces, y hasta me rompí un brazo, ahora es un supermercado.

Le pregunto por qué quiso visitar el sitio exacto donde se colocaba el cuadrilátero, qué lo llevó a acercarse al gerente para tal petición.

—Son recuerdos que se tienen, lugares por donde se pasó y que forman parte de uno. Es el origen, vaya, y te das cuenta de cómo transcurre el tiempo y de cómo cambia la vida.

Imagino a La Chona mirando hacia arriba, atrapando con los ojos los recuerdos que aún flotaban en la bóveda de ese espacio. El techo de los vestidores donde ahora conversamos es tan bajo que pareciera causar el regreso a la realidad del hombre que pronto luchará allá afuera.

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Siempre habrá otras latitudes

Aunque falta poco más de una hora para que comience la función, el alboroto de la multitud se comienza a filtrar por la cortina y las paredes.

—También hay gente muy machista —dice La Chona— que te agrede sin motivo o te insulta más de la cuenta, sobre todo cuando ya tiene unas copas encima. Sin embargo, fíjate qué cosa tan curiosa, esas mismas personas, ya afuera, ya que conocen quién está detrás del personaje, me piden un autógrafo o una foto. Platicamos y los invito a recordar todo lo que decían allá adentro. Pero yo no soy rencoroso, no es algo que forme parte de mi naturaleza: en cuanto lo hablamos, ahí se queda el asunto, adiós.

La Chona mueve mucho las manos cuando conversa. Insiste en la idea de que está en medio, con los pies sobre la frontera; no solo él, sino también los cinco o seis compañeros que tampoco son completamente tolerados ni por los enmascarados heterosexuales ni por los exóticos homosexuales.

—Lo que sí sé es que algo en nosotros parece molestarles más de la cuenta.

Se toma un momento de silencio.

—Si la lucha de por sí es un sacrificio —continúa—, algo complicadísimo, imagínate ahora con este tipo de obstáculos que a veces los mismos colegas nos acomodan. Se duplican las dificultades.

Un luchador enorme (entrado en kilos y en altura) se nos acerca y nos tiende la mano. Al darse cuenta de que La Chona está siendo entrevistado, baja un poco la voz y retrocede; después vuelve, con gesto jocoso, y lo señala al tiempo que me interroga:

—¿Ya te platicó de cuando nos fuimos juntos a Chapultepec? —luego, dirigiéndose a él, con una sonrisa franca y pícara—: ¿Ya le contaste, mi amor, lo que pasó al lado de la jaula de los changuitos?

La Chona, alegre, le contesta que todo eso ya está contenido en la entrevista. “Claro que ya le dije”, confirma. Y es curioso que lo mencionen porque, minutos después, el exótico rememoró que su encuentro con ella fue precisamente ahí.

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—Yo no tengo familia en la lucha, nadie. Y la primera vez que estuve en contacto con este deporte, o con algo que se le relacionara, fue en Chapultepec. En aquella ocasión vi a El Santo, ese gran personaje, repartir autógrafos y fotos. Iba seguido por allá a darse vueltas en su carro: era todo un espectáculo. En ese momento supe que quería eso, supe que ahí estaba una parte de mi vida. Supongo que muchos de mis compañeros, es más, no lo supongo, lo sé de cierto, terminaron aquí por ese gran ídolo, y no sería raro que también se lo hayan topado en Chapultepec.

La Chona se interrumpe por un segundo al ver que uno de los luchadores ingresa al lugar: “Mi amor, te amo”, le susurra en un grito; luego se besa la punta de los dedos de la mano derecha y le arroja un beso como un proyectil; ignoro si dio en el blanco o si se perdió en el aire caliente del lugar.

—Y después —prosigue— uno de mis tíos me llevó a una función de lucha en la Arena Revolución; entonces la idea, que estaba presente desde aquel día en Chapultepec, terminó de florecer. De modo que yo solo, sin ayuda de nadie, me di a la tarea de buscar dónde comenzar mis entrenamientos. Todavía cursaba la secundaria, hace más de quince años.

—¿Y cuál fue la reacción de tu familia?

—No les gustaba; creo que, como todos los padres, estaban preocupados por mí y querían protegerme. Pero yo fui a entrenar a escondidas, hasta que, claro, un día se dieron cuenta y ¿ya qué les quedaba? Apoyarme, solamente eso, y lo hicieron.

La Chona menciona a sus padres con especial vehemencia; algo en su voz, amable de por sí, se suaviza todavía más. Después se define como un hombre hogareño.

—A veces me dicen los promotores, un poco apenados, que no podrán ofrecerme un hotel, ya no digamos lujoso, sino adecuado, y entonces les respondo que es suficiente una habitación en su casa, un huequito, lo que sea donde pueda acomodarme. Sinceramente lo prefiero, porque es mejor tener un amigo que un conocido o un simple colaborador.

Esto, como todo lo que hemos conversado, me lo comparte sentado en un rincón de los vestidores, mientras mece los pies (que le cuelgan de la banca) y se deja envolver por las notas que siguen fluyendo de su radio portátil. A su lado reposa el cinturón que lo avala como campeón latinoamericano y que lo ha llevado a viajar a Sudamérica y, sobre todo, a Guatemala. Le pregunto acerca de lo que significa ser campeón y visitar otras latitudes para refrendar su calidad de monarca.

—Te llena de experiencias, de amigos, de conocimiento. Es justo en esos viajes donde pongo en práctica lo que te comentaba: yo soy un hombre de hogar, prefiero quedarme en una casa que en un hotel. Y eso mismo es lo que le hago saber a quienes trabajan conmigo: que una amistad es más valiosa que cualquier otro bien, y que todos los días se aprende, de lo bueno y de lo malo. Se necesita inteligencia para saber aprovechar cada situación y extraer algo positivo de ella. Siempre habrá algo benéfico en el convivir con los demás, con la gente que labora contigo.

Continúa meciendo los pies en un gesto infantil, despreocupado. Si el tiempo puede medirse con el ritmo del movimiento de un péndulo, quizá otro tipo de tiempo, ese que retrocede y que en su transcurrir más bien horada, puede medirse por el oscilar de las botas de La Chona. Otra melodía de José José, que no alcanzo a reconocer, trepa por las paredes del silencio que se toma La Chona para recordar, tal vez, alguno de esos viajes que tanto le han significado.

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Contaré la historia de una famosa persona

Son casi las nueve de la noche cuando se anuncia el encuentro estelar a través de los altoparlantes colocados en el segundo piso de una casa en obra negra, la cual, además, alberga los vestidores. Se trata del Coliseo El Socorro, una pequeña arena enquistada en los límites de Cuautitlán Izcalli y Cuautitlán México; el pitido del tren ahoga, por un instante, cualquier otro sonido.

La Chona sale al compás de una melodía de Los Tucanes de Tijuana, esa de la que extrajo su pseudónimo. El público, más bien escaso, corea su nombre y acompaña con palmadas su caminar hacia el ring.

—Al que no aplauda lo beso.

Un hombre robusto sonríe y empieza a palmear con frenesí.

—Ya te vi, mi vida, no estás aplaudiendo, de seguro quieres beso.

La mirada de La Chona recorre el lugar y sopesa el número de asistentes, mientras él desfila alrededor del cuadrilátero como si el pasto seco y la tierra fueran una pasarela. Después sube al encordado con agilidad felina. Los otros cinco luchadores, tres de ellos sus contrincantes, lo esperan para iniciar el espectáculo. Luego de que los anuncian por última vez, La Chona sale por entre las cuerdas y se coloca en el esquinero, desde donde incita al público a involucrarse en el show.

—¡Aplaudan como hombres, chingao!, se supone que aquí el puto soy yo.

Por las aberturas de la malla verde que rodea el terreno algunos vecinos curiosos observan todo, quizá piensen que pagar setenta pesos es demasiado.

La lucha es dura, seca, a la usanza antigua. La Chona, con una voz que adelgaza de forma casi teatral, increpa a su compañero a castigar con más severidad a su rival. Después, cuando es su turno, el tono del combate se aligera hasta volverse prácticamente inofensivo: aprovecha cada oportunidad para restregarse en el cuerpo del contrincante de forma sugestiva, lo que provoca las risas de los asistentes. Sin embargo, en cuanto decide aplicar sus castigos, lo hace de forma feroz y rápida; cambia el personaje jocoso y fiestero por el que lucha con firmeza, con velocidad sorprendente.

—¡Pégame, pero como hombre, cabrón! —grita antes de recibir el tercer golpe en el pecho, el cual ahora luce amoratado y tumefacto.

Desde las sillas a un lado del ring, un grupo de niños grita furioso al ver cómo La Chona es atacado simultáneamente por los tres rivales, todos ellos superiores en estatura y peso. “No sean pinches putos”, increpan los menores; la palabra, usada así, pierde todo el sentido que pudiera tener en las afueras del lugar.

—De uno en uno, no sean pinches maricones —exclama La Chona desde el suelo, en posición fetal, con su verdadera voz, muy lejana del timbre afeminado que usa para dibujar a su personaje.

La frente de La Chona luce ensangrentada, por su cara descienden hilillos rojos. “Sólo así son buenos, pinches putos”, grita una mujer, y su hijo, un pequeño de no más de dos años, replica, a balbuceos, la última palabra.

La Chona logra reincorporarse y saca a sus rivales del cuadrilátero. Cuando amenaza con lanzarse entre las cuerdas para caer sobre ellos, la gente se paraliza por un segundo, luego todo culmina con una marometa del exótico que evoluciona en una pose de modelo de ropa interior, a la que suma una sonrisa y varios besos lanzados al público.

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Termina la función y, mientras los luchadores se dirigen a los vestidores, La Chona toma el micrófono, se encarama en el esquinero y pide un momento de atención para realizar una solicitud.

—Tengo un hijo de diez años, la edad de muchos de los niños que están aquí, y necesita un trasplante de médula ósea —hace una pausa para respirar y alisarse el cabello—. El Seguro me ha dado la espalda y por eso recurro a ustedes.

Algunas personas se acercan al ring para colocar billetes, con los que La Chona forma una pequeña montaña en el centro del encordado; se persigna ante la gente, ante el dinero, y luego de recogerlo baja con rumbo a los vestidores. En el camino algunos aficionados le piden tomarse una fotografía o le extienden un billete, al cual se aferra con fe y agradecimiento.

—No era lo que esperaba, si he de ser sincero —me comenta después de unos minutos, ya cambiado y sin maquillaje en su rostro—, pero es una ayuda que necesito. Gastamos más de diez mil pesos al mes en medicamentos, y eso porque un laboratorio nos apoya.

Un fanático se acerca y le ofrece un refresco, el cual La Chona acepta con visible gratitud.

—Todo esto no es para mí, es para mi hijo. Se acaba el show, se acaba la magia de allá arriba —señala con la cabeza el cuadrilátero, donde ahora juegan los niños— y lo que queda es un hombre como los demás, con preocupaciones, con necesidades.

Los luchadores, ahora sin equipo y sin máscara, se retiran poco a poco; las sombras van tomando los lugares que dejó la gente al despedirse.

—Esto es una parte —continúa, después de beber el refresco—, ahorita viene lo demás: debo regresar a sacar el micro. Me quedan, si me apuro, dos vueltas. Trescientos, quinientos pesos que pueda sacar, cualquier cosa es buena para reunir lo que necesito este mes.

Los chiquillos que jugaban en el ring son obligados a desalojar el área. Rumbo a la salida, se despiden de La Chona con un apretón de manos o un movimiento de cabeza; él calcula con los ojos sus edades y quizá piensa en su propio hijo.

—Lo dije en el cuadrilátero y lo repito ahora: el Seguro me dio la espalda, me dijo que ya no más. Anemia de Fanconi, así se llama. Hago todo lo que está en mis manos, todo lo que se encuentra en mis posibilidades; lo demás se lo dejo a Dios.

Una camioneta tipo van aguarda a las afueras del Coliseo El Socorro a que suban los luchadores restantes. Su destino: el metro Cuatro Caminos, adonde La Chona llegará en una hora, aproximadamente, para abordar el vagón, sentarse a repasar los eventos del día y descansar un poco con la intención de soportar la jornada laboral que todavía le espera; al día siguiente, reiniciará todo a las siete de la mañana. Quizá también su seguridad se la deje a Dios, porque no parece haber otra opción cuando se trabaja de madrugada en la ciudad.

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Sucede que hay otro rostro

A unos metros de la entrada a la estación General Anaya, un microbús arranca y se incorpora lentamente a la circulación: va con destino a Las Torres, según anuncia uno de los letreros adheridos al parabrisas. Quien lo conduce, un hombre de mediana edad, cabello largo peinado en una cola de caballo y mirada tranquila, tiene un par de cicatrices en la frente, que se arrugan un poco más cuando aprieta los ojos por el destello del sol en los demás autos.

Casi al terminar el recorrido, de más de una hora, el único pasajero a bordo, un hombre que permaneció todo el camino en el último asiento, se pone de pie y avanza hacia el chofer, quien lo observa de una forma un tanto recelosa a través del espejo retrovisor, aunque luego regresa la vista al frente, al camino que parece derretirse en una inacabable pleamar inorgánica.

—Yo a usted lo conozco. —El conductor mira de forma intermitente el espejo y la calle ante él, después niega sutilmente con la cabeza.

—Sí, yo a usted lo conozco —insiste el individuo con tono calmado y seguro—; yo lo he visto antes.

La frente del conductor se arruga de nuevo y éste vuelve a responderle, en esta ocasión con palabras, que se equivoca.

—Usted es La Chona —asegura el pasajero—, con razón se me hizo conocido ahorita que me subí.

La mirada en el retrovisor se ablanda; una sonrisa le rompe el gesto de hace un momento.

—Sí —contesta—, la verdad sí soy yo.

Hablan del desempeño del luchador en una función pasada y luego el hombre, sin haberse presentado, desciende de la unidad.

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Una semilla de laberinto

La Arena San Juan es un edificio intrincado, lleno de pasillos y de escaleras que no van a ninguna parte. Plagado de desniveles y esquinas, es una semilla de laberinto. En uno de los tantos nichos que alberga la construcción, una virgen descansa sobre una cama de luces. Quizá ahí se encomiendan algunos antes del espectáculo porque, como bien señalan varios, “sabes cómo subes, pero no cómo bajarás”. Allá afuera, los gritos y pisadas de la afición, ese ser al que La Chona lleva bien presente, estremecen el aire; un terremoto policromo cuya zona de repercusión es el ring.

—No, el campeonato no estará en juego.

El resto de los luchadores, que ha terminado ya de cambiarse, hace ejercicios de estiramiento y calentamiento; sus músculos brillan y se tensan. El exótico, sin embargo, luce tranquilo y se limita a seguir moviendo los pies, mientras la música, como las luces a aquella virgen, lo envuelve.

—En general, lo defiendo en Guatemala.

Como ya había explicado, son numerosas sus visitas a Centroamérica, donde es ampliamente conocido y admirado: con frecuencia viaja de un lado a otro, cruzando distintas fronteras, varias de las cuales lleva por dentro. Cuando le pregunto por el retiro, esa palabra que a muchos de sus colegas parece asustarlos o incomodarlos, se le nota metódico, calmado.

—Claro que tendrá que llegar el retiro; es algo que se sabe. Está el tema de las lesiones, que son parte de nosotros como luchadores. Eso, por más que desees ignorarlo, te acompañará siempre. Pero también me gusta hacer otras cosas, algunas de ellas relacionadas con la lucha.

Afuera el equipo de sonido informa el orden de los encuentros; el nombre de La Chona suena de pronto.

—Tengo distintas fuentes de ingreso. Como te dije, manejo el microbús y además vengo de una familia de comerciantes; lo traemos en la sangre. Sin embargo ahorita, además, estoy a punto de certificarme como instructor de lucha libre. La gente piensa que cualquiera puede ponerse a dar clases, pero esto, igual que todo, tiene un proceso.

Es casi la hora de comenzar la convivencia, por lo que no nos queda mucho tiempo para conversar. Quizás dentro de algunos años, cuando La Chona haya cruzado la frontera entre aprender y enseñar, cuando sea un profesor certificado y su papel no se halle arriba del ring, recuerde estos momentos, la brizna de voces y gritos que preceden al encuentro, y sienta la nostalgia que experimentó al descubrir que una de las primeras arenas que lo vio luchar se había transformado en un supermercado.

—Estoy feliz con lo que he logrado, con la gente a la que he conocido y los lugares a los que este deporte me ha llevado.

Nos despedimos; su apretón es cálido y su voz revela serenidad. La Arena San Juan está casi llena. La Chona sale después de unos minutos y posa junto a un niño, el cual le pide una fotografía. “¿Con beso o sin beso?”, pregunta en tono jocoso, y después sigue recorriendo los pasillos.

Aquí adentro, una hora son tres mil seiscientos segundos de sal y furia, de color y vida; pequeños azulejos en el muro de la existencia, del tiempo. El chiquillo cuyos padres sopesaban en el paladar el precio del boleto allá afuera pasa a mi lado con un luchador nuevo de plástico en las manos y mira hacia arriba a uno de los hombres enmascarados que vi en los vestidores.

Comienza el primer enfrentamiento, donde La Chona, contrario a lo anunciado en el cartel, funge como second de otro luchador. Un hombre, sentado en la primera fila, trata de ver el combate, pero el exótico se interpone entre sus ojos y el encordado. “Quítate, pinche puto”, grita con una rabia apenas rabia, y el luchador voltea furioso para después acercársele. “¿Quieres que te dé un beso?”, amenaza, y el hombre y sus amigos ríen porque, al final, esto es una fiesta.

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Una primera versión de este texto apareció en Linde faz (2018), Premio Nacional de Crónica Ricardo Garibay 2018.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.

Ilustrador
Irving Cabello
Irving Cabello nació en Cuajimalpa en 1988. Fotógrafo de medios como Vice, Yaconic, Marvin, Maxim, Hoja Santa, GQ. Es fotógrafo porque le gusta conocer a la gente, cuando dispara el obturador se siente agradecido con el mundo.

A mi abuela Mary, en paz descanse.

Mientras mis hijos crecen
yo saboreo la tristeza de perderlos
con cada año desprendido.
Mientras Berriozábal se llena de árboles
y copas
y de hojarasca el patio.
Mientras la casa del centro
se convierte en una preparatoria abierta.
Mientras tus oraciones se acumulan en el oído de Dios.
Mientras mi madre y mi padre
cumplen
con el deseo de convertirse nuevamente
en padres a los sesenta y cinco años.
Mientras el abuelo repite
“quién inventó la vejez”.
Mientras Carlos se aparece en tu recámara
para consolarte de los dolores de tu brazo.
Mientras mi tío Daniel escucha a Antonio Vega
y a Loquillo y los Trogloditas.
Mientras mi tía Marisa
adivina las especias de tu alacena
para cocinar la paella del domingo.
Mientras mi tío Carlos
pinta al óleo la avenida central del Gran Hotel Humberto.
Mientras mi madre viaja en helicóptero
y yo la despido lleno de berrinche
con un chaleco de prensa.
Mientras yo me alcoholizo
en los miradores de mi ciudad
y recibo tus bendiciones
que caen como moléculas de oxígeno.
Tú,
abuela,
envejeces,
y le pides a Dios partir
hacia donde él ahonda ya tu casa.


Autores
(Tuxtla Gutiérrez, 1985) es comunicólogo, actor de teatro y poeta. Es autor de bérsame, Solana y Ciervos, entre otros. Actualmente es becario del FONCA en el periodo 2018-2019.

Con un estilo nítido y potente, los nueve cuentos conforman La noche sin nombre, obra ganadora del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2018, son un desafío a la conciencia. Enmarcadas en entornos comunes, las vidas de los personajes se trastocan por un acontecimiento casual que los hace dudar entre afrontar o darle la espalda a la muerte. Sin condescendencia ni conmiseración, los textos de Hiram Ruvalcaba general una gran empatía y exigen al lector ponerse en el lugar de los protagonistas y preguntarse: “¿Qué habría hecho yo?” Y, a falta de una respuesta adecuada, el desasosiego comienza cuando se reconoce que, al igual que en estos relatos, en esta vida a veces la mejor opción es “hundirse dando alaridos en la noche sin nombre”.


 

El amanecer exhaló una camioneta de vidrios polarizados. Era una camioneta roja, grande y poderosa. Una música de balas, muerte y héroes sin ley manaba de ella a borbotones. El sol ardía en sus costados y la carretera chillaba a su paso con gritos de acribillado.

Avanzó por caminos rurales del sur de Jalisco, como lo hacía todas las mañanas de los últimos años; descendió por una brecha que subía y bajaba (“sube o baja según se va o se viene”). Atravesó el recién inaugurado Cementerio de Calderón; cruzó cuarenta y cinco minutos de pueblos, campos de maíz, ganado, polvo, guijarros, arrieros, guardagujas y piedras volcánicas que aún despedían un aroma agrio, similar al del azufre; bajó todavía más y llegó hasta el poblado de San Juan, que pacía al borde de la carretera. Quebró cual proyectil la mañana caliente, y su paso tronó por el empedrado, rugió sobre el pavimento.

La gente, desde las ventanas, miraba de soslayo la fatalmente célebre camioneta. Algunos, los más, se encerraban tras sus frágiles puertas cuando la veían acercarse. Otros, los menos, salían de sus casas o se paraban en seco para saludar con naturalidad a los ocupantes. Los niños del pueblo corrían detrás de ella, coreando la canción que sangraba de sus bocinas.

Se detuvo en el jardín municipal y descendieron varios heraldos negros cargando bolsas de plástico; armas que refulgían bajo un sol pávido, y un cartel grande, con claras letras oscuras. Los hombres avanzaron hasta la entrada de la presidencia municipal: jocosos, les gritaban piropos y silbaban a las señoritas que empezaban a salir a la calle; devotos, se persignaron uno a uno cuando cruzaron frente a la capilla del pueblo. Llegaron a la puerta (cerrada) de la presidencia.

Con ritual cuidado, abrieron las bolsas y colocaron su contenido a lo largo del portón de madera en el umbral del edificio: doce cabezas humanas sucias, manchadas por varias costras de sangre seca, lágrimas y baba. Eran las cabezas de David, Pablo, Santiago, Abraham, Pedro (el más joven de todos), Jesús, Juan… Algunas todavía llevaban fresco el espanto.

Su distribución era de una simetría notable. Los rostros apuntaban en línea recta hacia el lado en el que estaban ubicados: sin importar desde qué ángulo miraras a la presidencia, siempre encontrarías un par de ojos apagados regresándote la mirada como un espejo interminable. Para quienes los veían de frente, daba la impresión de que nada escaparía a los ojos de esos doce bautistas implacables.

Por encima de las cabezas, pegado en la puerta, los heraldos dejaron un letrero con una pésima e imperiosa ortografía:

Aqui no entra nadien, asta que diganos lo contrario.

Uno de ellos repitió, categórico, la orden escrita. Nadie habría de abrir esa puerta. Nadie habría de tocar las cabezas hasta que volvieran por ellas, aunque no avisaron cuándo. Las personas guardaba un silencio solemne. Hacía calor. Un viento de pistolas barría la carretera, las calles empedradas, la iglesia y el umbral del edificio que ostentaba aquellos trofeos como pústulas aún frescas.

Pasaron los minutos en una calma espesa. Los hombres volvieron a la camioneta roja de vidrios polarizados y se lanzaron a las afueras del pueblo. La música se pegaba en las casas a su paso, igual que un escupitajo de sangre seca.

Transcurrió poco tiempo antes de que se congregaran los primeros curiosos. La gente espantaba a los pájaros y las palomas que se aproximaban a los apóstoles caídos, para evitar que perturbaran su letargo o los movieran de su sitio.

Los más jóvenes organizaban retos de valor para ver quién se acercaba más a las cabezas; un muchacho no mayor de trece años se atrevió a tocar con una rama las mejillas de Pablo. Ése fue el límite del valor de la gente.

Advertidos en sus escuelas de los peligros para sus padres, los chamacos evadían el lugar, e incluso tiraban piedras a los zopilotes que empezaban a reunirse, llamados a un festín sin precedente. De vez en cuando, a pesar de la pestilencia, un niño curioso se quedaba varado frente a los doce pares de ojos, intentando reconocer alguna mueca.

El segundo viernes llegó una mujer. Nadie supo de dónde venía. Nadie supo su nombre. Se acercó a la puerta de la presidencia. Buscó durante incontables minutos entre aquellas caras maltratadas, más allá de cualquier identificación, hasta medio reconocer una de ellas. Pronto su llanto se escurrió por las calles de San Juan. Se dejó caer sobre sus rodillas y berreó frente a la cabeza —que ahora parecía mirarla fijamente—, casi con resignación. Durante un instante (mínimo, imperceptible para quienes no la miraran con atención), hizo ademán de tomarla, pero en esa frontera cesó su intento.

Lloró sin tiempo, sin principio ni fin, gritándole palabras de amor a la estoica testa. Lloró y gritó hasta que su voz ronca se hizo ininteligible. Así, con lágrimas, se alejó del lugar. La cabeza siguió, impávida, el ritmo de los pasos.

Nadie supo cuándo comenzaron las parejas a reunirse en ese sitio. Los jóvenes de la comunidad lo visitaban durante la noche, se tomaban fotografías y les ponían apodos a los doce rostros: El Orejón, El Guiños, El Chino, El Ojizarco. La noticia de aquella escena recorrió cientos de kilómetros y pronto en cada pueblo de Jalisco se supo que en San Juan se descomponían doce miembros cercenados intocables.

Hacia el final, acabada ya la pestilencia, la gente pareció perder todo interés en los decapitados. El cartel se había caído de la puerta por causas naturales. Ya no temían acercarse, mas la fuerza de la costumbre mantenía a los curiosos alejados del lugar. Un niño lanzó, por error, su pelota hacia la entrada y tumbó a Jesús, que estaba al frente de los demás. Se acercó, lo recogió, lo acomodó lo mejor que pudo y regresó corriendo a jugar.

Las cabezas siguieron en su sitio.

 

***

 

El atardecer exhaló una camioneta de vidrios polarizados. Era una camioneta roja, grande y poderosa.

Avanzó por caminos rurales del sur de Jalisco, como lo hacía todas las tardes de los últimos años; descendió por una brecha que subía y bajaba (“sube o baja según se va o se viene”). Atravesó el Cementerio de Calderón; cruzó cuarenta y cinco minutos de pueblos, campos de maíz, ganado, polvo, guijarros, arrieros, guardagujas y piedras volcánicas que aún despedían un aroma agrio, similar al del azufre; siguió por una vereda, y llegó hasta el poblado de San Juan, que pacía al borde de la carretera.

Se detuvo en la puerta de la presidencia. Los heraldos recogieron una por una las cabezas, sin notar que habían sido movidas por el viento y los animales callejeros. Las metieron en una bolsa negra y se fueron de ahí, entre risas e insultos.

El vehículo rojo tomó la calle que descendía desde la presidencia y salió del lugar. A su paso levantó polvo y guijarros desesperados y se hundió dando alaridos en la noche sin nombre.

 


 

“El incidente de San Juan” aparece en La noche sin nombre (Tierra Adentro, 2018) de Hiram Ruvalcaba.


Autores
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).

Los cuentos de Que parezca un accidente forman un catálogo que ilustra bien el siglo que vivimos. En trece cuentos aborda la violencia, la amistad, el amor, la desesperanza, la euforia, la soledad y el humor. El hilo conductor de estos cuentos es el accidente: aquello que fue y tuvo repercusiones, pero del cual nadie tiene la culpa, como si la inconsciencia se apoderara de los personajes.

Raul Picazo, Nosotros somos el accidente.


 

Como muchas mujeres pasadas de peso, Doris Camarena lo había intentado todo para adelgazar sin obtener resultados. Incluso se había sometido a dos intervenciones menores, la primera para colocarse una malla supralingual que sólo le permitiría ingerir líquidos y la segunda para hacer que la retiraran porque, efectivamente, no la dejaba comer.

Probó con la dieta del licuado de pepino, con la de la alcachofa horneada, la del jugo de sandía, la de la infusión de jengibre, la del atún, la de la piña, la del huevo cocido, la de la manzana verde, la de la savia, la de la sábila, la de la manzanilla, la del apio, la de la chía, la de la alfalfa, la del té verde, la del abedul, la de los brócolis, la de la hierbabuena, la de la menta, la de la lechuga, la del agua de avena, la de la linaza, la del caldo de repollo, la del repollo crudo, la diurética, la que estimulaba el tránsito gastrointestinal y la de los dos traguitos de vinagre antes de cada comida. Esta última, particularmente, le había sentado fatal, porque con todas las comidas que hacía en el día antes de la cena ya se había tomado litro y medio de vinagre. Le había sentado peor que la del ajo, que ya es mucho decir, porque aunque supuestamente es excelente para desintoxicar el organismo, a ella le había hinchado la barriga con las más olorosas flatulencias.

Aquella mañana en que Doris Camarena iniciaba su affaire con la Dieta Monocromática, abrió la ventana y dijo qué mañana más radiante mientras respiraba hondo una brisa fresca que le onduló la bata, ruborizándole la papada y haciéndola lanzar una risilla pícara, porque Doris Camarena era cursi y sólo sabía expresarse así, con las frases hechas y los recursos del estereotipo que leía en revistas del corazón y noveletas rosas, que como es bien sabido, erigen su escritura en frases vacuas. Pero como ya apuntó un clásico francés con la sagacidad propia de los franceses: no se leen necedades impunemente, así que cuando Doris Camarena lograba construir una expresión suya, la repetía hasta convertirla en un cliché. Lo mismo que con cualquier acto espontáneo, por nimio que fuera, Doris Camarena sabría integrarlo a su pedante repertorio de gestos ostentosos.

Cuando a Doris Camarena le recomendaron la Dieta Monocromática, supo que sería la dieta perfecta, porque pocas veces una dieta se molesta en incluir el elemento estético, así que la indicación de organizar los platos como si fueran arreglos decorativos, más que incentivarla, le pareció una verdadera señal. Decidió comenzar con el rojo, porque como ya se dijo, era cursi y, como todas las gordas, también un poco dada al drama. Entonces, todos los alimentos que consumiera debían formar parte de una paleta de color que iría del rosa viejo al borgoña suave. Con sólo pensarlo su apetito se estimuló y un grueso hilo de saliva con regusto a pollo empanizado le humedeció el mentón antes de caer en su descomunal busto, junto a dos migas de algo que se confundía entre waffle y galleta.

Galleta, en definitiva, pensó Doris Camarena luego de pasarse grácilmente los dedos del escote a la boca y secarse la barbilla con tres golpecitos de una borla cubierta con talco perfumado. El polvo proporcionó una capa sedosa, delicada y aromática a los pliegues de piel que separaban su rostro de los hombros, ahí donde otras personas tendrían lo que se conoce como cuello. Doris Camarena se sintió sensual y hambrienta, bostezando, calzó sus piececitos rechonchos en dos babuchas de tul que la elevaron brevemente algunos centímetros del suelo, antes de que el exiguo tacón, vencido por el peso, se desplomara haciendo pasar las babuchas de diseñador por vulgares pantuflas. Pero Doris Camarena no lo notó, y si lo notó, no pareció importarle mientras se desplazaba hacia la cocina con la cadencia concerniente al tamaño de sus muslos y caderas.

Doris Camarena terminó de verter la jamaica con betabel en sus mejores copas, agregó un toquecillo de agua gasificada y un acento de sirope, ingredientes que por su transparencia se permitía incluir con un contento singular, y contempló un momento el primor de coquetería con que había puesto la mesa. Porque una cosa era hacer dieta y matarse de hambre y otra muy distinta hacerlo sin tener siquiera una satisfacción: cisnes de bolonia con salchichas, flores de queso de puerco y pimentón, pirámides de jamón bañadas de cerezas en almíbar, manzanas caramelizadas, lonchas de lechón en gelatina, pepperonis rebozados con tomate frito. Todo en porciones industriales porque donde decía un vaso, Doris Camarena bebía un galón. Donde decía una pieza, el querubín se zampaba un kilo. Donde un tazón, desaparecía la cara metiéndola en una bandeja.

Doris Camarena se anudó un mantel mediano a modo de servilleta con un moño en el nacimiento de la nuca. Imaginar el nudo de tela como un perifollo entre sus bucles dorados la llenó de complacencia y procedió a hundir los cubiertos directamente en las charolas. Apenas había probado bocado de un embutido tan blando y pulposo que recordaba a sus propias pantorrillas cuando sonó el timbre. A Doris Camarena le invadía un regocijo inenarrable cuando escuchaba el trino, el gorgorito y los aleteos de ruiseñor con que había hecho personalizar el llamado de su puerta, pero muchas veces podían ser inoportunos, sobre todo cuando se aposentaba en el comedor y cuando, como en esa ocasión, insistían con tanta vehemencia.

Doris Camarena puso un ojo en la mirilla y un pepperoni rebozado en su boca. Era el mensajero del taxidermista. Visiblemente emocionada, deslizó el mantel de su pecho y abrió la puerta dando aplausos con la punta de los dedos. El movimiento, que presionaba sus senos y los desbordaba hasta la desmesura para presionarlos otra vez, era sugerente por la enorme voluptuosidad de Doris Camarena en bata, y mantuvo en coma al repartidor hasta que cesaron los aplausos y las masas insufladas bajaron a un palmo de su ombligo, donde de acuerdo con lo ocurrido tras su bragueta, el repartidor intuyó el tamaño de la areola de aquellos dos pezones gruesos que amenazaban con reventar los encajes que contenían las carnes de Doris Camarena.

Doris arrebató el paquete al repartidor. Éste pareció despertar de alguna clase de hechizo y, sudoroso, entregó la nota. Doris Camarena tomó el bolígrafo y estampó su firma en el papel, un arabesco extravagante que remataba las íes con corazoncitos. El repartidor tembló. Doris Camarena cerró sin darle propina y se arrojó en el diván para admirar a Mirriñús, un persa aperlado de tres años, el séptimo gato que disecaba con la empresa que empleaba al repartidor. Colocó a Mirriñús en un cojín de damasco conmocionada hasta el sollozo por la excelente calidad del trabajo de liofilización hecho con los ojos del gato. Le habían dejado la plaquita y habían tenido la delicadeza de ponerle otro cascabel. Y el pelaje, tan lustroso, idéntico a como era cuando Mirriñús le alegraba los días compartiendo con ella el tocino y la soledad.

Doris Camarena pasó su mano por la pancita del gato y se conmovió. Mirriñús pesaba ocho kilos pero era un gato frágil en comparación con Señor Bigotes, que al momento de su visita al taxidermista estaba impedido para maullar y moverse a causa de sus diecisiete kilos. Señor Bigotes había muerto de una complicación diabética, lo que frustró mucho a Doris Camarena porque siempre pensó que Señor Bigotes se iría como los grandes: comiendo. El suspiro con que Doris Camarena puso a Mirriñús en la vitrina fue semejante a un bufido que la desinflaba. Posó ambas manos candorosamente sobre el cristal y pretendió que se abandonaba un instante a la desolación. Pero Doris Camarena no era ese tipo de mujer, ella se recomponía de inmediato y nunca se dejaba abatir por los sinsabores de la realidad.

Uno por uno, sacó a los gatos del aparador y fue sentándolos alrededor de la mesa con Señor Bigotes a la cabecera. Después, en el sentido de las agujas del reloj, les puso baberitos con curiosos ratones bordados en punto de cruz. Sololoy, Chimichurri, Macarrón, Budulbudur, Fígaro, Sushi, Zig-Zag, Quesito, Burbuja, Whisky, Finlandia, Cornflake, Malvavisco, Brandy, Duvalín, Nutella, Tropical y por supuesto, Mirriñús. A Whisky y a Brandy les sirvió piernas de pollo a la papikra; a Chimichurri, pavo al chipotle; a Quesito, Duvalín y Nutella, chorizo español; a Tropical, pastel de frutillas; Burbuja y Finlandia preferían las empanaditas de churrasco; a Sololoy le puso doble ración de tallarines marinara; Cornflake, Budulbudur y Macarrón se veían di-vi-nos con sendos filetes de salmón; a Fígaro le acercó un cisne de bolonia; a Zig-zag y a Sushi, lomo de lechón; y a Mirriñus y Señor Bigotes les repartió cinco flores de queso de puerco equitativamente.

Al terminar de servir, en estricto orden regresivo, Doris Camarena fue dando cuenta de cada platillo. Una, dos, tres, cuatro, cinco flores de queso de puerco y un sostenido gemido de placer. Lomo de lechón, cisne de bolonia, filete de salmón. Eructo. Risilla. Jarra de jamaica. Se empujó los tallarines marinara con las empanadas de churrasco y el pastel de frutillas fue un paraíso de dulzura en medio del festín salado. Devoró los chorizos, el pavo y los pollos enteros hasta arrasar con la mesa en medio de chumps y ñams. Agotada y somnolienta, se derrumbó en el diván con tal impacto que hizo cimbrar la casa, ensuciando a Sololoy con restos de salsa y mantequilla. Lucía tan apetitoso que Doris Camarena de buena gana se lo habría comido, pero al intentarlo, no se pudo incorporar.

Roncó sin dar tregua a sus cornetes nasales aproximadamente tres cuartos de hora, durante los cuales tuvo un vívido sueño en el que aparecía Señor Bigotes, donde ambos ronroneaban y compartían recetas desparramados sobre un algodón de azúcar a la que daban mordiscos de vez en vez, pero de pronto, Señor Bigotes abría unas fauces gigantescas llenas de dientes y se la tragaba. Doris Camarena despertó con hambre y un poco agitada. Regresó los gatitos a la estantería y tomó el pedazo de jamón enlatado más jugoso de la alacena, desmenuzó la mitad y la llevó a la ventana en el platito de Mirriñús. Ahora sólo debía esperar. Comer su medio jamón de lata y esperar. Pronto tendría otro compañero de atracones a quien prodigar mimos y a quien amar. Porque Doris Camarena tenía pocas certezas en la vida, pero ahí, con su redonda faz pegajosa y colorada, con rastros de esas viandas rojas cuyo recuerdo iluminaba sus pupilas y le provocaba borborigmos, se resumían en dos: la Dieta Monocromática había llegado a su existencia para quedarse y siempre, siempre tendría lugar para otro gatito en su vitrina.

“Señor bigotes” aparece en Que parezca un accidente (Nitro/Press, 2018) de Elma Correa.


Autores
Elma Correa es narradora. Aparece en el libro de entrevistas Veintitrés y Uno. Charlas con 23 escritoras de Óscar Alarcón y su trabajo está incluido en compilaciones como Sólo cuento IX, Breve colección de relato porno, Lados B, Cuadernos del Periodismo Gonzo, Narrativa del norte, Pan de muerto, dos números especiales de ficción de Vice, entre otras. Ha publicado textos en revistas como Vice, Punto en Línea, Pez Banana, Shandy, El Septentrión, Tierra Adentro y emeequis. Que parezca un accidente (Nitro/Press, 2018) es su primer libro de relatos.

Hay además de belleza [en Una jacaranda en medio del patio]o tal vez allí habita la belleza de estos poemas una comprensión honesta y amorosa por la otra, aun por aquella con la que se no comparte nada.

Selva Amada.


 

 

Mi madre teje una bufanda
para mí
todos los inviernos,
y mi colección de estas prendas
rebasa más de una docena.

 

Dice que aprendió a tejer
para protegerme del frío,
de las corrientes de aire helado
que arremeten todos los años,
en esta ciudad,
tan lejos de ella.

 

En esta misma ciudad,
los días pasan
entre la oficina
y el tráfico.
Arrastrando a veces tristeza,
a veces miedo,
vértigo,
por eso me sostengo de mi bufanda,
meto la nariz en ella,
para cobijarme en medio del remolino,
de la prisa, de vivir lejos.

 

Todos los inviernos,
mamá busca entre las bolas de estambre
un color nuevo y crispante;
una puntada diferente a la del año pasado,
busca una forma distinta de quererme,
de hacer que su amor
me caliente el pecho.

 

Y yo llevo sus bufandas
a todos lados.

 

Aprendo a combinarlas
sin importar la ocasión,
el amor es algo que no pasa de moda.

 

“Mi madre teje una bufanda” aparece en Una jacaranda en medio del patio (ISIC, 2018) de Zel Cabrera.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Mapa de denuncias de intentos de secuestro en el Metro de la CDMX. Zoé Láscari.

 

“Un triángulo de las Bermudas”, así llamó el diario español El País a las 195 estaciones del metro de la CDMX, pues desde hace cuatro años han sido los escenarios de las desapariciones de 153 personas. Además, en la segunda mitad de enero, más de 20 mujeres denunciaron en redes sociales intentos de secuestro en distintas estaciones y sus alrededores.

Zoé Láscari, egresada de la UNAM en la carrera de Diseño y Comunicación Visual, decidió crear una plataforma para recopilar las denuncias de intentos de secuestro en el metro. El mapa de denuncias (en verde las de 2018 y en rojo las de 2019) se ha convertido en un testimonio viral del horror. La iniciativa es loable y abre una discusión virtual sobre una problemática ineludible (la inseguridad que enfrentan las mujeres en el país), pero debe señalarse que, hasta ahora, el mapa no cuenta con mecanismos de investigación y verificación de plataformas visualmente similares, como el Mapa de feminicidios en México.

 

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Mapa de denuncias de intentos de secuestro en el Metro de la CDMX. Zoé Láscari.

 

 

“Hoy me pasó, sí, a mí me pasó” escribió Itzel Fragoso en Facebook antes de denunciar el intento de secuestro que habría sufrido el 29 de enero, afuera del metro Martín Carrera. Hoy su historia es una de las muchas que conforman el mapa de denuncias de Zoé. Tierra Adentro contactó a ambas para que nos hablaran del mapa.

 

***

 

TIERRA ADENTRO: ¿Cómo te involucras con el caso de las denuncias de intentos de secuestro en el metro?

ZOÉ LÁSCARI: Desde el año pasado leí un par de testimonios, pero desde el inicio de este los casos fueron aumentando en algunas zonas y estos compartían características alarmantes.

TA: ¿Cuál es tu experiencia respecto a la seguridad para las mujeres en el metro?

ZL: En general no me ha pasado nada tan grave como un intento de secuestro, pero sí he vivido acoso sexual e intimidación en más de una ocasión. Lamentablemente, pocas veces he presenciado que la policía actúe de forma adecuada en estos casos.

TA: ¿Cómo empiezas a trabajar con el mapa?

ZL: Mi idea inicial era trabajar una serie de infografías con estaciones de riesgo y consejos de seguridad, pero como no sabía si los casos que conocía eran todos, decidí crear el mapa de forma improvisada para compararlo con los testimonios que conocían las mujeres en un grupo en el que estoy. Al final ellas me pidieron hacerlo público para compartirlo con sus conocidas, y supongo que la preocupación es tanta, que este fue llegando a muchos lugares.

TA: ¿Qué opinas de los grupos de Whatsapp de mujeres en los que avisan cuando llegan a sus casas como medida de seguridad y apoyo?

ZL: Estoy completamente a favor de las redes de apoyo entre mujeres. Creo que estas, la información y la autodefensa son, por la situación mundial en general, nuestras mejores armas.

TA: Respecto al mapa, ¿cuántas denuncias hay hasta el día de hoy?

ZL: Alrededor de diez de años anteriores y unas sesenta de este año. Siguen llegándome testimonios.

TA: ¿Cuál ha sido la reacción al mapa de personas cercanas a ti y la que haces percibido en las redes sociales?

ZL: Creo que en general ha sido de alarma, al identificar ciertos patrones en los intentos de secuestro: están sucediendo en zonas concurridas, a la luz del día. Creo que estamos muy preocupadas, hartas y con miedo. Pero también he leído cosas buenas, como que esto nos alienta a actuar, a defendernos y a ayudar.

TA: ¿Qué les dirías a las personas que son escépticas respecto a una plataforma de denuncia anónima?

ZL: Cada quien es libre de creer lo que desee, los datos de feminicidios, abusos sexuales y desapariciones están al alcance de todos. Yo hice el mapa porque es un tema que me importa y porque les creo a esas mujeres.

TA: ¿Algo que quieras decirle a las lectoras de Tierra Adentro?

ZL: Cuídense mucho, estén siempre alertas, inviertan en herramientas de autodefensa, creen sistemas de seguridad con sus conocidos. Si son víctimas de esto, defiéndanse, luchen, griten, golpeen; todas las mujeres que me escribieron tienen eso en común. Si ustedes son testigos: ayuden y pidan ayuda.

 

***

https://www.facebook.com/onlysunshinee/posts/2129129760466920

 

TA: Cuál ha sido la respuesta de tus familiares y amigos en Facebook después de ver tu publicación?

ITZEL FRAGOSO: Mis familiares y amigos están impactados, están tristes y felices al mismo tiempo, de saber que yo este aquí con ellos.

TA: ¿Cómo te has sentido al volver al metro?

IF: Lamentablemente no he me sentido con la seguridad de salir de casa, mucho menos de regresar al metro.

TA: ¿Qué opinas del mapa que hizo Zoé Láscari de denuncias intentos de secuestro en el metro?

IF: Sobre el mapa me parece genial su iniciativa para prevenir eso y me parece triste también que tenga que existir un mapa donde suceden cosas como estas y sean tantas.

TA: ¿Por qué decidiste que tu caso formara parte del mapa?

IF: Decidí formar parte de esto por que es algo que realmente está pasando en nuestra ciudad y debemos cuidarnos entre todos.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

 

beatles concierto en la azotea_Irasema Fernández

cuando mona best vio el lugar en venta
supo que debía abrir the cavern
empeñó sus joyas y apostó en el derby
a un caballo llamado never say die y ganó al 33-1
pagó el depósito
y contrató al cuarteto de les stewart para la inauguración
pero la rechazaron
entonces george que tocaba en esa banda
invitó a john y paul para que tocara the quarry men
y mona best aceptó la idea de programar al grupo
a cambio de que decoraran el lugar
con arañas dragones símbolos aztecas estrellas arcoíris
: mona best sabía que the quarry men tocaban en el jacaranda
un club de negros del barrio gregoriano
y habían pintado las paredes con un decorado ultra llamativo
y alternaban con lord woodbine
el mayor exponente del calypso en la isla
que era su mentor maestro chofer representante dealer
que les gestionó una gira en bares de hamburgo
y les presentó al hijo de unos muebleros que le habían vendido un piano a paul y un tocadiscos a john llamado brian epstein
que les advirtió: si ustedes realmente desean llenar lugares grandes
van a tener que dejar de comer en el escenario
y no drogarse frente al público
: john le platicó a mona best que estaba componiendo one after 909
un blues tipo delta que hablaba de estaciones de tren
donde la miel se disuelve en una vía
y que a paul le pasaba por la mente la frase ob la di  ob la da
que usaban sus amigos nigerianos para decir que la vida continúa
: mona best sabía que bajo la neblina de la mariguana
la banda había tomado la decisión de tocar canciones propias
y le aconsejó a john que one after 909 debía estar en un disco
luego le mostró las medallas que ganó su marido en la guerra
pero john se horrorizó: había nacido bajo un bombardeo
y se negaba a tratar el tema
: a paul le desagradaba one after 909 pero le divertía tocarla
sentía que cuando george aceleraba el riff
surgían los resortes necesarios para entender la vida
desde la teoría de la relatividad hasta mecánica cuántica
y el principio de incertidumbre
: para mona best cada compás situaba el orden del caos y la presión sanguínea cifradas en el acomodo de la letras letra y el sonido
similar sentían lemmy mick jimi eric ozzy y muchos más:
paul era de la idea que era mejor tener un mal bajista que no tenerlo
y grabaron la canción
pero 3 días después la madre de john fue atropellada frente a su casa muriendo instantáneamente:
entonces john destruyó la grabación
cambió la cadencia del rasgueo
y el nombre del grupo
y cuando volvieron a tocar one after 909
se llamaban the silver beetles y estaban en hamburgo
y klaus vagaba por la calle reeperbahn junto a astrid y jürgen
y escucharon que salía de la discoteca kaiserkeller un ritmo que desconocían
entraron de inmediato
y se sintieron culpables de estar tan alejados de todo
por lo que se sentaron frente al escenario
vestían de negro y fingían estar deprimidos
pero su alegría se desbordaba sacudiendo el trapeador de su cabello
mientras en su cerebro un carrusel giraba cambiándoles la vida instantáneamente
y se hicieron amigos
y sus borracheras iniciaban después del toque de queda
jürgen les tomó algunas fotos que después fueron un best seller
astrid les hizo sus famosos cortes de cabello moptop
y les invitó preludin para compartirles de su euforia
(y cada noche le robaba a su madre esas tabletas
que usaba para mantenerse insomne y atenta
para huir ante cualquier estallido de guerra)
después klaus diseñó la portada de revolver
y tocó con george en el concierto de bangladesh
y formó parte de la plastic ono band
: el puerto estaba convulsionado por el rock and roll del mersey
al grado que los dueños de otros clubes
agobiados por la soledad
denunciaron a george por menor de edad
y fue deportado
y a la semana siguiente el resto de la banda también
por ocasionar un incendio
cuando bombardearon una habitación con condones con keroseno
: en sí
one after 909 era explosiva pero para paul
seguía siendo una canción incompleta
que retrataba el intrincado entramado de las etapas colectivas
de la individualidad múltiple
y por alguna razón debían tocarla (quizá de otra forma)
entonces john la bajó medio tono
cuando royston ellis: poeta de liverpool fan de kerouac
los invitó a jamear para un recital
y les preguntó que cómo deseaban que los llamara
john respondió: moondogs o beetles
pero el poeta les comentó que sería cool y fashion ponerse beat
beatles
entonces john escribió una historia
donde explica que el nombre de la banda
surge cuando él está dormido soñando con un tipo
con un flaming pie
que lo amenaza diciéndole que le pusiera beatles en lugar de beetles
si no le estrellaba el pastel en la cara
-en ese momento john no imaginaba que su asesino
cruzaría todo el océano pacífico
y luego el país de costa a costa
para esperarlo 12 horas sentado frente a su casa
y dispararle un pastel en llamas múltiples veces
: desde ese instante paul sabe que todos los que odian a the beatles
son menos famosos que ellos
y también los que los aman
y que un producto deja de ser un producto
cuando dura más que un producto:
john sabía que el cristianismo es una mierda
aunque ignoraba lo que sería el midi
y un día telefoneó a mona best
para pedirle las medallas de su esposo
y posar con ellas en la portada de sargento pimienta
mona best se las prestó
y le preguntó por one after 909
y john comprendió que el tiempo es una dimensión variable
que aunque pasa nunca está pasando
y que esa canción solo se puede tocar en vivo
porque no hay estudio que la pueda domesticar
: entonces cuando estaban en la azotea del edificio del número 3 de la calle savile road
y ringo marcaba el tiempo golpeando 4 veces sus baquetas
george aceleró el momento
y paul volteó a ver a john
comprendiendo que aunque ya no eran los mismos
debían regresar
solo para irse

 


Autores
(Ciudad de México, 1990). Es escritora, ilustradora y feminista. Ha publicado su obra escrita en diversas antologías, revistas y semanarios. En 2017-2018 fue becaria del Fonca en la categoría de cuento. De manera autogestiva, y en compañía de otras artistas, pinta murales y hace intervenciones en la calle con mensaje de género en diferentes partes de la Ciudad de México y el Estado de México.
Cartel para conferencia sobre “Persuation”. Gresham College. Flickr.

Bienvenida a la casa de las citas. Esta semana la Redacción de Tierra Adentro amaneció (y amanece, al menos hasta hoy) y se fue a la cama con un pendiente perpetuo: hallar el origen de esa frase que no se le iba de la cabeza, y tan no se le fue que terminó convertida en el título de esta publicación. La Redacción de Tierra Adentro sabía de antemano que: a) Era una cita de César Aira y b) Pertenecía a una entrevista.

Primer error: la Redacción de Tierra Adentro recordaba mal la frase. En lugar del cariñoso título que encabeza esta publicación, la Redacción de Tierra Adentro buscó en DuckDuckGo “yo adoro a la Jane Austen”, y así, entrecomillado, lo único que arroja el buscador es un eco de cero entradas y desmemoria.

Segundo error, este de los recolectores de la frase: mientras que habían titulado la página “Yo la adoro a Jane Austen”, en realidad el título de la entrevista es Cualquier cosa: un encuentro con César Aira, de Craig Epplin (University of Pennsylvania) y Phillip Penix-Tadsen (Columbia University).

Tercer error: la frase en cuestión no aparece en el cuerpo de la entrevista. Y no es algo que se descubra al final de una lectura gozosa o más o menos gozosa (no en las circunstancias de la Redacción de Tierra Adentro) sino ⌘ + F y resulta que la única mención de Jane Austen en el cuerpo del texto es esta: “traduje a Jane Austen, y algún autor francés, o inglés” y ya.

Entonces una (la Redacción de Tierra Adentro, pero lo mismo cualquier otro) empieza a preguntarse si la cita es verdaderamente de César Aira. Porque lo mismo podría ser una exclamación de Epplin o Penix-Tadsen. O de una tercera persona, el primer copista a digital. O una editora. U otra Redacción. Insondable.

Y todo eso viene al caso porque la Redacción de Tierra Adentro también adora a la Jane Austen y es medio maniática de los cumpleaños y las citas citables. Y el asunto de la cita que sigue sin atribución la obligó celebrar hasta hoy, con dos días de retraso, el cumpleaños 206 de Pride and prejudice de la Jane Austen.

Antes de pasar a a la traducción del primer capítulo de la novela cumpleañera (a cargo de Isabel del Valle), a la Redacción de Tierra Adentro le gustaría dar dos instrucciones para el disfrute pleno de esta y las demás novelas de la Jane Austen:

1) Jamás veas las películas basadas en las novelas de la Jane Austen. Basta con el tráiler para descubrir el engaño de esos prados. Las novelas de la Jane Austen son otra cosa, son (si es que tienen que ser algo) la elevación de la casamentera a mente maestra, analista, hermeneuta de las fiestas y tejedora de todos los hilos.

2) La prueba de la importancia de las novelas de la Jane Austen está en la legión de lectoras jóvenes que convoca. La única esperanza que vale es la que se pone en las lectoras jóvenes.

 

Orgullo y prejuicio

Capítulo 1

Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero en posesión de una buena fortuna debe estar en necesidad de una esposa.

Sin importar que las ideas de un hombre así sean poco conocidas al establecerse este en un vecindario nuevo, esa verdad se encuentra tan bien fijada en las mentes de las familias que lo rodean que es considerado, desde su llegada, la propiedad legítima de una u otra de sus hijas.

—Mi querido señor Bennet —le dijo su mujer un día—, ¿has escuchado que Netherfield Park ha sido finalmente ocupada?

El señor Bennet respondió que no lo había escuchado.

—Pues lo está —replicó ella—; la señora Long acaba de estar aquí y me lo ha contado todo.

El señor Bennet no respondió.

—¿No quieres saber quién la ha ocupado? —chilló su esposa con impaciencia.

—Tú quieres contármelo, y no tengo objeción alguna en escucharte.

Esto fue invitación suficiente.

—Muy bien, mi querido, debes saber que la señora Long dice que Netherfield ha sido rentada por un hombre joven de enorme fortuna proveniente del norte de Inglaterra; vino el lunes en un carro de cuatro caballos a ver el lugar, y quedó tan complacido con él que inmediatamente llegó a un acuerdo con el señor Morris y se mudará antes de la fiesta de San Miguel, pero algunos de sus sirvientes se instalarán en la casa antes de que termine la próxima semana.

—¿Cuál es su nombre?

—Bingley.

—¿Es casado o soltero?

—¡Oh! ¡Soltero, querido, eso es seguro! Un hombre soltero de fortuna considerable; cuatro o cinco mil libras al año. ¡Qué buena noticia para nuestras hijas!

—¿En serio? ¿Cómo puede esto afectarlas?

—Mi querido señor Bennet —replicó su esposa—, ¿cómo puedes ser tan fastidioso? Debes saber que estoy pensando en que se case con una de ellas.

—¿Ese es el motivo por el que ha decidido establecerse aquí?

—¡Su motivo! Tonterías, ¿cómo puedes decir eso? Pero es muy probable que se enamore de una de ellas, por lo que debes ir a visitarlo en cuanto llegue.

—No veo razón para ello. Tú y las muchachas pueden ir, o las puedes mandar solas, lo cual probablemente sea lo mejor, ya que eres tan hermosa como cualquiera de ellas y podrías gustarle más al señor Bingley.

—Querido, me halagas. Es verdad que fui bastante hermosa en mi juventud, pero no pretendo ser ahora nada extraordinario. Cuando una mujer tiene cinco hijas ya crecidas, en lo último que debe pensar es en su propia belleza.

—En tales casos, a la mujer ya no le debe de quedar mucha belleza en la que pensar.

—Bueno, querido, debes ir a ver al señor Bingley en cuanto venga al vecindario.

—Es más de lo que puedo prometer, te lo aseguro.

—Pero, piensa en tus hijas. Lo que significaría para cualquiera de ellas un partido así. Sir William y Lady Lucas están decididos a ir solamente por ese motivo, ya sabes que en general no visitan a los nuevos vecinos. Desde luego que debes ir, pues será imposible para nosotras visitarlo si tú no lo haces.

—Eres demasiado escrupulosa, eso es seguro. Me atrevo a decir que al señor Bingley le gustará mucho verte; le mandaré por medio de ti algunas líneas para asegurarle mi consentimiento a su matrimonio con cualquiera de las chicas; aunque pondré alguna palabra a favor de mi pequeña Lizzy.

—Por favor no hagas eso. Lizzy no es ni un poco mejor que las demás; y estoy segura de que no es ni la mitad de hermosa que Jane, ni la mitad de alegre que Lydia. Pero siempre la prefieres a ella.

—Ninguna de ellas tiene grandes motivos para ser recomendada —respondió él— son todas ignorantes y tontas como la mayoría de las jóvenes, pero Lizzy es más astuta que sus hermanas.

—Señor Bennet, ¿cómo puedes hablar de tus hijas de esa manera? Te complace molestarme. No tienes ninguna compasión por mis pobres nervios.

—Te equivocas, cariño. Tengo el más alto respeto por tus nervios. Son mis más viejos amigos. Al menos te he escuchado hablar de ellos considerablemente en los últimos veinte años.

—¡Ah, no entiendes cuánto sufro!

—Pero espero que lo superes y vivas para ver a muchos jóvenes con rentas de cuatro mil libras al año llegar a este vecindario.

—No importará, pues aunque vengan veinte seguirás rehusándote a visitarlos.

—Confía, querida, en que cuando vengan veinte, visitaré a cada uno de ellos.

El señor Bennet era una mezcla tan extraña de humor sarcástico, reserva y capricho, que la experiencia de veintitrés años de matrimonio seguía siendo insuficiente para que su esposa terminara de comprender su carácter. La mente de ella era mucho menos compleja. Era una mujer de poca inteligencia, escasa instrucción y temperamento desigual. Cuando algo la disgustaba, se imaginaba alterada de los nervios. Su propósito en la vida era ver a sus hijas casadas; su consuelo eran las visitas y las novedades.

Pickering & Greatbach - <em>Pride and Prejudice</em>, a novel by Jane Austen

Grabado de la edición de 1833 de “Pride and prejudice”. Wikimedia.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
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