Tierra Adentro
Ilustración por Mario Cano Domínguez

Mis primeros recuerdos son en español. Esto no debería ser extraño en un país donde la lengua franca es el español, donde las escuelas —urbanas y rurales— dan clases en español, donde los trámites oficiales se hacen en español, donde, históricamente, las lenguas indígenas han sido puestas en un estatus menor al español, donde se ha castigado y discriminado a los hablantes y a las lenguas originarias, donde muchas lenguas indígenas han sido exterminadas.

Después de la época colonial, se calculó que entre el sesenta y cinco y el setenta por ciento de la población total de México hablaba una lengua indígena y ahora, doscientos años más tarde, sólo el 6.5 por ciento lo hace.

Crecí entre campos de tomate, pepino y fresa, como crecen cientos de niños jornaleros migrantes que acompañan a sus padres, la mayoría indígenas del sur del país, en el trabajo agrícola que desde hace muchos años se realiza en la frontera norte. De ahí que, desde pequeña, escuchara varias lenguas que años más tarde reconocí como diidxazá, ayuuk, náhuatl. Hasta ese momento desconocía que mi madre era hablante de una segunda lengua —más bien, de una primera lengua—, el tu’un savi, la lengua de la lluvia, mejor conocida como lengua mixteca.

Los primeros recuerdos que tengo de mi mamá y el mixteco son de ella escondiéndose para hablar con sus compañeras de surco, en los campos de fresa. ¿Por qué mi madre se escondía para hablar la lengua con la que conoció el mundo, la lengua con la que descifró el canto de los pájaros y el de mis abuelas? ¿ Por qué sentía temor de decir:

Anayu ká’an tu’un savi,                     Mi corazón habla la lengua de la lluvia,

tu’un kunchee nikanchii,                 la lengua con la que miro el sol,

tu’un kúnú ñu’ú?                                  la lengua con la que tejo el mundo?

La respuesta estaba dada en la discriminación que por años ha lastimado a los pueblos indígenas y a los hablantes de una lengua originaria. Por ello, mi madre, mujer que fue monolingüe hasta los quince años, decidió que ninguno de nosotros se nombrara en la lengua ñuu savi. Decidió, de alguna forma, protegernos contra toda la violencia que ella vivió cuando era niña por no hablar español.

Las primeras veces que escuché que mi madre hablaba en un lenguaje distinto, en mixteco, al sentirse descubierta, cambiaba —en automático— al español. «Estás mal hija, escuchaste mal, yo estaba hablando bien», me decía, cuando yo le preguntaba por esa otra forma de hablar. De ahí vino mi primer referente: «yo estaba hablando bien». ¿Entonces hablar tu’un savi, me’phaa o hñähñu es hablar mal? ¿En qué momento nuestros pueblos creyeron que hablar su lengua era hablar mal? ¿En qué momento se definió quién hablaba bien y quién hablaba mal? En otras palabras, qué lengua era válida para expresarse y cuál no.

Cuando yo tenía ocho años, mi familia regresó a Oaxaca y ello significó, para mí, la posibilidad de entrar al mundo nasal, glotal y tonal del mixteco, un mundo donde el simbolismo del Ñuu Savi1 se podía respirar en la leche que mi bisabuela hervía todas las mañanas, en la palma que todas las mujeres de la casa tejen como forma de sustento y en la manera de pedir por la lluvia en tiempos de siembra.

Recuerdo una vez que mamá Natalia tejía bajo el yutu tikua, el «árbol naranja», le tomé una foto y, meses después, la mostré a varios compañeros de la secundaria. «Mi mamá Natalia está tejiendo palma bajo el árbol naranja», dije mientras mostraba la foto. «Bajo el árbol de naranjas, querrás decir», comentó una de las compañeras. «No, “bajo el árbol naranja”», respondí.

En menos de un minuto comprendí que al hablar en español era necesario poner la relación de dependencia que el mismo español presupone. Si tú dices «árbol naranja», la gente creerá que hablas mal, que algo falta. Así que el propio español te dice que digas «árbol de naranja», sin darse cuenta que desde la cosmovisión nuestra, la naranja será árbol y el árbol fue naranja alguna vez y pronto volverá a ser naranja para ser árbol nuevamente.

Se complementan, mas no hay una relación de dependencia. Lo anterior lo comento porque lenguaje es pensamiento, es estructuración del mundo. El lenguaje castellano condiciona, crea una dependencia del uno con el otro, sin concebir que en muchos de nuestros pueblos se nombra a los lugares-entidades, dándoles la importancia y valía a cada una, reconociendo que cada uno es un ser que integra al otro en una relación de igual a igual. Preguntando por el caso de otras lenguas como el me’phaa de la montaña alta de Guerrero o el muira del Amazonas de Colombia, me percato que muchas de nuestras lenguas originarias tienen el mismo caso. El español es una lengua que condiciona, que pone a uno por encima del otro para poder nombrar.

Cuando crecí, un poco más, comprendí que no sólo estaba aprehendiendo un sistema fonético y lingüístico distinto, sino que estaba aprendiendo todo un sistema de mundo y de vida, un sistema en el que mis abuelas agradecían todas las mañanas y decían: «Tatsavini patsanu nikanchii» —«Agradezco desde mi interior al abuelo sol»—, pues sabían que el mundo ñuu savi es un mundo en el que se comprende que nada está aislado, y así como agradeces cuando alguna persona te brinda algo, también es necesario agradecer al cielo, al sol, a la tierra, por lo que nos otorgan. Sin embargo, cuando vine a vivir a la gran ciudad, me di cuenta de que ese sistema de mundo y vida no era tan «válido» como el español, que había una línea que dividía al español y sus saberes, de las sesenta y ocho lenguas y más de trescientos sesenta y cuatro variantes y sus saberes, y que esa línea definía, a su vez, cuáles saberes eran válidos y cuáles no. Comprendí que lo que yo escribía en tu’un savi no tenía la misma posibilidad de publicación, por ejemplo, que lo que yo escribía en español.

Mi madre no concluyó su educación básica. «Si quieres ir al baño, pide permiso en español», decían sus maestros. Algunos de sus compañeros le traducían y explicaban la indicación del maestro: mi madre guardaba silencio y volvía a su banca. En otras ocasiones era golpeada por sus profesores por no hablar español. Dejó de ir a la escuela y comenzó a creer que hablar mixteco no era bueno. «La gente te maltrata por hablar mixteco», me dijo la primera vez que le pregunté por qué no me habló en mixteco desde que yo era un bebé.

Hablar dos lenguas es como tener dos cabezas. Es como tener dos mundos desde los cuales te nombras. Ahora, pienso un poco en la historia de mi padre, un hombre nacido en Veracruz, en una comunidad que piensa que ahí siempre han hablado español. Pienso que eso quizás es mucho más violento: que en algún lugar siempre se ha hablado español.

Lo que en realidad pasó en la comunidad de mi padre fue que una carretera, hace muchos años, hizo que la gente comenzara a hablar y a comerciar en español. Se dieron cuenta de que para vender y comprar, para trabajar en la construcción de la carretera, debían hablar español.

Cuentan que a algunas personas se les ponía ceniza o tierra en la boca cuando hablaban su lengua. A los niños no se les enseñó y los abuelos fueron muriendo. El pueblo entero olvidó que en algún momento hablaron una lengua indígena, y comenzaron a construir su historia a partir del paso de la carretera, comenzaron a pensar, a soñar y a hablar en español. Pienso que eso es más violento: olvidar tu historia y tu lengua.

De ahí la importancia de acercarse a las lenguas indígenas de nuestro país, de aprenderlas, de hablarlas, de escribirlas. Hablar una lengua indígena y escribirla es un acto de resistencia, una lucha por no morir, una batalla para que nuestra lengua y memoria siga caminando en este mundo.

Ilustración por Mario Cano Domínguez

Ilustración por Mario Cano Domínguez


Autores
Poeta bilingüe (tu´un savi-español) promotora cultural y tallerista. Ha participado en distintos recitales, talleres y festivales tanto en México, India, Colombia, Estados Unidos, Guatemala, Puerto Rico, Venezuela y Cuba. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía del 2015 al 2017. En 2017 Recibió el Premio a la Creación Literaria en Lenguas Originarias Cenzontle, en 2018 obtuvo el Premio Nacional de la Juventud, en 2019 el Premio Juventud Ciudad de México, en 2020 el Premio CaSa de Literatura para Niños, así como mención honorífica en el Premio Antonio García Cubas en la categoría de Libro Infantil, en 2021 el Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón. Desde 2018 es miembro de Latin American Studies Association (LASA). Autora de los poemarios Ñu´ú Vixo /Tierra mojada, Pluralia Ediciones, México, 2018, Tikuxi Kaa/El Tren, Almadia, México, 2019, Isu ichi/ El camino del venado, UNAM, México, 2020 y Las formas de la lluvia/ বৃষ্টিধারার নানা রূপ, JOLDHI, Bangladesh, 2021. Su obra ha sido traducida al árabe, inglés, francés, bengalí, hindi y catalán.

Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México.
Ilustración por Mario Cano Domínguez

Jxi’ ya xchamon ta ajk’abal ini. Najt te ajk’abale, sik, xiben sba. Tey kuxinemik chopol ch’ulelaletik, ja’ ajawetik ay stakin ti’lalik ta yuch’el ch’ich’, ch’ayemikix ta o’tanil ku’untik, ya sle yawilik ta jch’uleltik yu’un yakukto xkuxajik. Ja’ yu’un talon ta stibiltayel ini, muk’ultat, ta amukenal, ta stijlesinel ta bela sk’ubulil atukel ayinel, sbajtel k’inal banti jk’axel ma jk’an ya x­ochon. «Ya xba chaman», la yalbon te paxlamts’i’ ku’une, la jta ta pampamte’ ma’yukix sk’a­tabul ta muk’ul ja’ Pajwuchil, ta yol jtejklum. Te sbak’ site k’ajon ta cha’sajl tijlem ak’al ta yijk’al k‘inal. Jun sikil xi’el been ta jbak’etal. La jna’ yilel te jlabe, stalel u’majem sok wi’najem ay ta yo’tan te witse.

Muk’ultat, jo’on maba jna’oj teme k’an jtae. Ta ajk’abal ine ayon ta sna jtajon ta Jlekol, ta ya’ibeyel sk’oplal te bin ora j­abatinel yu’un jtejklum sok been ta yantik lumetik; soknix te bayel banti jajchemiktal kristiano ta sleel yutsilal ak’op. Tibilix a sujton, k’ajon ta ijk’al pak’ te ajk’abale, ma xpas ta ochinel. Chikan la ka’i jbeel ta jpat, xjasunaj, k’ajon yakal st’umbelon k’alal a sakch’ay ta sts’ejl sk’ajk’al poste ta sti’il muk’ul ja’; banti jtebnax xojobtesbil xorale tulan beenon, k’oon ta pampamte’, la kil te’aya te ts’i’e, ta olil, maba jna’oj ta bintito ora yakal smajlibelon. T’ojol sit yakal sk’ejlubelon, onol sk’op la yal te yala xchamon yu’un la jk’axumtabe sk’op te ajawetike. «Yame xbaat ta sna sots’ pajel ta stibiltayel», wojwun lijkel.

Muk’ultat, te wa’iye chamenon la ka’iy jba, k’ajon och ta kutil spisil sikil ajk’abal. Tek’el ajilon, maba la ka’i te lume, maba la kich’ ik’, sikubon yu’un xi’el. K’an kjam ke ta yawtayel te ma jmulan te a’tel ine, te lek ay ta yawil te chopolile, ta sk’ubulil bajlumilal. Beenon ta walak’ pat, «Na’a jwokolil, ma jk’an yak’el chamel», k’opojon ta wokol. Te paxlamts’i’e teynix aya, maba la muts’ sit, ay sbujl ye; cha’ chiknaj onol sk’op ta yalel: «Te muk’ul sots’e, te muk’ul ajaw ku’untike, la sk’an te bayeluk ku’eltik kchebaltike, yu’un jich yakuk jpasbetik bitik ya smulan, jch’abtesbetik swi’nal sok stakin ti’lal. La ak’axumta mantal, ja’ yu’un swenta k’intabil ya xlajat».

Ma jk’an ya xchamon, muk’ultat. Ma jk’an teme j­ak’chamel jtalele. Ja’nax ya xtuun ta jtejklum te binti leke, te bitik ya xjalajlike; ma ja’uk te lajele. Sokxan yo’tik ma xju’ix ta tuunel ta miltamba te ch’ulelaletike. Te ach’ labile ma xpasix ta tsalel: ya xwijlik bin ut’il ak’al sok ta jyajlelnax ya x­och ta jbak’etaltik, bin ut’il machit. Ja’ yu’un maba la jpas te binti la awalbon k’alal kuxulato ae: te ak’a boukon sok spek’elil ko’tan ta ch’en, ta yich’el te a’tel jwayichineje, tey banti k’an jmil jkojt ijk’al mut sok pom, kantela sok pox. Maba la jk’an. Ta skaj te la jnake tal te jlabe, jich la sk’an ajawetik, tal stijon ta k’op yu’un te slajele, te ja’ jlajel euke. Chiknaj ta jsit; yakal ta nijkel yu’un slab yo’tan, tojlijkel wijltal ta jtojol sok awun ta xiben sba k’op: «!Ch’ayix awu’un te lekil ch’ujlele!». Ta tajimal yajlonyotik koel ta ja’. Ta yutilix ja’ la jkolta jbajyotik, sakch’ay k’axel ta ajk’abal te ts’i’e.

Muk’ultat, ma jk’an bael ta ch’ene. Ya kich’ ta muk’ te ajawetike axan ma jk’an bael.

K’alal ya sjambonik ta machit te jtajne yame sbulik lok’el ko’tan te ya sjam sba ta jaychajp k’ope. Yame sajluyik jbak’etal, ya swe’ik te muk’ul sots’etike.

Ya xmu jch’ulel ta sit ch’ulchan yakalix ta koele. Ta patil, te jme’ jtate yame xba yich’boniktal jbakel yu’un ya skux yo’tan li’i, ta sts’ejl awu’un. Ya sututin sba bajlumilal ta yutil kjol. K’ajon ya skejchan sbeel jch’ich’el, lujben, me’eluben ta ora yu’un xi’el sok lajel. Te yijk’al k’inale ja’ jun slok’ombail jch’ulel: u’majem, jts’o chikin, jkoltawanej yu’un winik ta spasel chopolil. Yakalon ta lajel yu’un jajk’ o’tanil, muk’ultat. Axan swenta jich ya jnop: ta patil te ya kich’ mukele ak’a jajchuk ta milaw slamalil k’inal; te slamalil k’inal swenta ya x­obolaj ta jtojoltik, ya xcham ta jtojoltik, melel te jo’otike, winikotik, ma jnabetik swenta te slamalil k’inale.

¿Yajlbalix, muk’ultat, te ya’malel ch’ul Yaxal Te’e? Lajemonix ya’yel. Ko’tan yakuk xk’atpujon ta schanul jojchol k’inal ta ch’ulchan. Ma’uk, ja’ lek te mabae; ko’tan jo’ukon spisil bajlumilal. Chikanix ya ka’iy ta kutil smuk’ul jojchol k’inal, chikanix ya ka’iy te binti ma’yuk sok te yijk’al sbajtel k’inale.

 

EL PAXLAMTS’I’

Tengo miedo de morir esta noche. La noche es larga, fría, espantosa. En ella habitan los espíritus malignos, los dioses sedientos de sangre, los dioses olvidados por nosotros, los que buscan refugio en nuestras almas para seguir viviendo. Por eso vengo esta tarde, abuelo, sobre tu sepultura, a alumbrar con esta vela tu soledad profunda, esa eternidad a la que nunca quisiera llegar. «Vas a morir», me dijo mi paxlamts’i’ cuando lo encontré en el puente sin barandales del río Pajwuchil, allá en medio del pueblo. Sus ojos parecían pedazos de carbón encendido en la oscuridad. Una intensa convulsión de pánico recorrió mi cuerpo. Supe que era él, mi nagual, que había estado silencioso y hambriento en el corazón de la montaña.

Abuelo, yo no sabía si lo iba a encontrar. Esa noche estuve en casa del tío Lekol, escuchando la historia de cuando él era mensajero del pueblo y viajaba hacia otros pueblos y de cuando venía gente de muchas partes a buscar la curación de tus rezos. Regresé ya muy tarde, la noche era una tela negra impenetrable. Detrás de mí escuché pasos, respiración, como si alguien me persiguiera hasta que desapareció al acercarme a la luz de un poste junto al río; ya en la calle, poco iluminada, avancé rápido y, al llegar al puente, vi que el perro estaba ahí, en medio, no sé desde cuándo, esperándome. Con su mirada fija hacia mí, dijo con voz ronca que he de morir por desobedecer la voluntad de los dioses. «Debes ir a la cueva del murciélago mañana por la tarde», gruñó.

Abuelo, en ese momento me supe muerto, como si toda la noche helada se hubiera metido en mí. Estuve de pie, sin sentir el suelo, sin respirar. Quise abrir la boca, gritar que ese oficio no me gustaba, que el mal se encontraba bien allá, en la profundidad del mundo. Di un paso atrás…, «Compréndeme, no quiero ser brujo», tartamudeé. El paxlamts’i’ permanecía sin parpadear, con espuma en el hocico; con su voz ronca volvió a decir: «El murciélago mayor, sí, nuestro dios mayor, quiso que fuéramos poderosos tú y yo, los dos juntos, para complacer sus gustos, su hambre y su sed. Desafiaste el mandato, por eso debes morir en una ceremonia».

No quiero morir ahora, abuelo. Tampoco quiero ser brujo. El pueblo necesita cosas que sean buenas, duraderas; no la muerte. Además, en estos tiempos ya es imposible guerrear con hechizos. Los naguales modernos son invencibles: saltan como brasas y nos penetran de tajo, como machete. Por eso no hice lo que decías en vida: que yo fuera con humildad a esa cueva a recibir el encargo que soñé, sacrificando un pollo negro, con incienso, velas y trago. No quise. Por esa negación vino mi nagual, por voluntad de los dioses, a reclamarme su muerte, y la mía también. Se puso frente a mí; temblaba de rabia, de un salto se me lanzó con un grito aterrador: «¡Has perdido el espíritu verdadero!» Nos caímos del puente al río, forcejeando. En el agua nos separamos y el perro desapareció en la noche.

Abuelo, no quiero ir a esa cueva. Respeto a los dioses pero no quiero ir.

Cuando abran mi pecho con un machete arrancarán este corazón que suspira, llora y se despliega en abanico de palabras. Ellos harán pedazos mi cuerpo para comérselo; ellos, los murciélagos grandes.

Mi alma subirá a ese ojo del cielo que ya declina. Después, mis padres traerán mis huesos a descansar aquí, junto a los tuyos. El mundo da vueltas dentro de mi cabeza. Parece que la sangre suspende su recorrido, cansada, envejecida de súbito por el terror, la muerte. La oscuridad es un retrato de mi propia alma: silenciosa, sorda, cómplice de las calamidades del hombre. Muero de angustia, abuelo, mas debo pensar que después de mi entierro comenzará la guerra de la paz; la paz debe luchar por nosotros, morir por nosotros, porque nosotros, los hombres, no sabemos de la paz.

¿Habrá caído ya, abuelo, la hoja del Árbol Sagrado? Estoy muerto entonces. Quisiera convertirme en astro. No, mejor no; quiero ser el universo. Ya siento la inmensidad del espacio dentro de mí, siento la nada, la eternidad oscura.

 

Ilustración por Mario Cano Domínguez

Ilustración por Mario Cano Domínguez


Autores
Marceal Méndez (Petalcingo, 1979) es narrador y traductor en lengua tseltal y española. Fue becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico del Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas, y del Programa de Becas para Escritores en Lenguas Indígenas del Fondo Nacional para Cultura y las Artes del Programa Jóvenes Creadores de esa misma institución.

Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México.
Ilustración por Mario Cano Dominguez.

I

Ta stojol jme’

k’alal ts’akajemix scha’winik yawilal­a,

kaj ta bitbonel yot’an ta slumilal

te swak sp’ijil st’unub yuts’ yalaltak.

Ta sbalunebal U

—maba ta Septiembre—

la stak sba ta slumil

sok spisil yisim,

lok’ sbabial yabenal

la sjam sba te sk’ab,

jich pul talel te kuxlejalil

ta schanlajunebal U

tab sk’aalel.

 

II

Binax yot’an yu’un te awunel,

binax yot’an yu’un te ji’junel,

jits’junax sbakel ye te lajelal

ta spatpatik pus;

k’alal yakalon ta bejk’ajel bit’il nichim

ta yolil ya’ jme’.

Maba k’ax ta stabal yajtalul Febrero

bit’il najk’anbil ta jun k’alal abejk’ajon,

ja’ k’ax ta schanebal U

sk’aalel ijk’al tokaletik,

sk’aalel ts’unub

sk’aalel tajimal k’in

k’alal lok’on ta sbabial jna,

jich la kak’bey jilel ta yot’an jme’

te te’eltik mut jk’ajinel.

 

Ants abejk’ajon

sok te yoxlajun yip k’aal ta jbak’etal

sok te sk’ayoj tseltaletik ta sti’ kej,

sok yawil ts’unub ta sme’ jch’ujt’,

sok te sonil kananchij ta kakan,

sok sch’ich’el bats’il winik antsetik ta yanil jnujk’lel.

 

Fui parto en mes Mak

I

Bajo la tierra de mi madre

de veintisiete años,

comenzó a latir

la sexta semilla de su linaje.

Desde el mes nueve

—que no es septiembre—

se abrazó a su tierra

con todas sus raíces,

brotó su tallo,

las primeras hojas

expandieron sus ramas,

y germinó la vida

durante catorce lunas

de veinte días.

 

II

Ansiosa por los gritos,

ansiosa por los llantos,

la muerte le rechinaba los dientes

en las afueras del temazcal;

mientras yo brotaba como una flor

entre los muslos de mi madre.

No fue un veinte de febrero

como marca la hoja que atestigua mi existencia,

fue un trece del mes cuatro,

tiempo de las nubes negras,

tiempo de siembra,

tiempo del carnaval,

cuando salí de mi primera casa,

y tatué en el corazón de mi madre

mi canto de pájaro.

Nací mujer

con las trece potencias del sol en mi cuerpo,

con el canto tseltal en la curvatura de mis labios,

con mi vientre refugio de semillas,

con el ritmo del kanan chij en mis pies,

con sangre maya bajo la piel.

Ilustración por Mario Cano Dominguez.

Ilustración por Mario Cano Dominguez.


Autores
Maya tseltal. Autora de los libros Jalbil K’opetik/Palabras Tejidas y Naetik/Hilos. Coautora de: Xpulpun Sbek’tal Jch’ul Me’tik/La Luna Ardiente, Ma’yuk Sti’ilal xch’inch’unel k’inal/Silencio sin frontera, Xochitlajtoli Poesía contemporánea en Lenguas Originarias de México, Piedra de Fuego, Flor de siete pétalos y Na’ Lum /Madre tierra. En 2015 y 2019 obtuvo el reconocimiento por su trayectoria como escritora y poeta ocosinguense en lenguas maternas otorgado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Ocosingo y por el Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas. Es miembro del Centro PEN Chiapas pluricultural. Actualmente colabora en la Universidad Intercultural de Chiapas.

Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México.
Foto de Raúl Tovar

 

Ayer murió Karl Lagerfeld (1933-2019), uno de los rostros emblemáticos de la moda por más de medio siglo. Además de su participación en Fendi y su propia marca de ropa, Lagerfeld será recordado por su trabajo en Chanel, casa de modas de la que fue director creativo desde 1983 hasta su muerte.

Su vida no estuvo exenta de escándalos y comentarios inapropiados, aunque sin llegar a los excesos de uno de sus más renombrados compañeros de profesión: John Galliano.

Para recordar la labor de Lagerfeld, Tierra Adentro se enorgullece de presentar el set de fotografías que el joven fotógrafo mexicano Raúl Tovar (Nuevo León, 1986) hizo de la colección Otoño-Invierno 2017 de Chanel.


 

 

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Foto de Raúl Tovar

Titulo: CHANEL ALTA COSTURA OTOÑO / INVIERNO 2017

Locación: NUEVA YORK, ESTADOS UNIDOS

Modelo: MARIANA ZARAGOZA

Agencia: IMG / PARAGON

Maquillaje y Peinado: MAYELA VAZQUEZ

Estilismo / ERIN MCSHERRY


Autores
Raúl Tovar (1986) es egresado de la School of Visual Arts de Nueva York y fotógrafo de moda profesional desde 2012. Su trabajo con iconos de la moda como Ana Wintour, Maluma y Kendall Jenner ha aparecido en medios como Chic, Le Fourquet y distintas ediciones internacionales de Vogue.
La Pequeña Haití. Fotografía por Flor Cervantes.

Aquí puedes leer la primera parte.

La nueva vida de los jóvenes haitianos en la frontera

4.
profesional no tiene país

 

Muchos consideran que los haitianos que se encuentran en Tijuana llegaron como ilegales. Pero el estatus migratorio de Wisly Desir es distinto. Tiene treinta y siete años y entró a Baja California el 29 de septiembre de 2016. Vino a la ciudad a cursar una maestría en Estudios Globales en la UABC. En su búsqueda por ampliar su conocimiento en comercio exterior, movilidad poblacional y aduanas, Wisly confiesa que no buscaba vivir en Tijuana. Aplicó solicitud de ingreso a más de diez universidades alrededor del mundo y la de UABC le abrió las puertas. Aunque es un viajero académico (antes había estudiado en República Dominicana y en vacaciones del calendario escolar radica en Brasil), no sabía mucho de nuestra cultura, solo que el español es la lengua que se usa y que Tijuana es la frontera (con sus 3185 kilómetros, entre mar, montañas y desierto) más transitada del mundo.

Wisly llegó en avión con una visa de estudiante y una carta invitación de la universidad bajo el brazo. Este 2019 es becario del Conacyt, se dedica a la investigación casi de tiempo completo, al profesorado y ayuda a organizaciones civiles a procurar asesoría a migrantes de cualquier nacionalidad.

—Es un trabajo arduo, complicado —dice Wisly en la entrevista que le hago por WhatsApp—, como los intereses de muchos migrantes son distintos, incluso no todos hablan el mismo idioma ni vienen de los mismos países, nuestra ayuda es variada, desde la asesoría legal de cómo obtener un permiso para estar temporalmente en México o una visa humanitaria para vivir, u orientarlos en todos los sentidos si su deseo es cruzar a Estados Unidos.

Wisly también es parte del grupo de diálogo de Espacio Migrante y ayuda a los que desean retomar sus estudios con capacitaciones para entrar a la UABC, el CUT, o alguna otra escuela privada. Colabora en la búsqueda de empresas maquiladoras que no tengan problema con emplear a los migrantes y ayudarles a regularizar su documentación.

Tras su regreso a Tijuana, Wisly se reúne con sus compañeros de la mesa de trabajo en donde darán las clases y asesoría legal a migrantes. Fotografía por Flor Cervantes

Tras su regreso a Tijuana, Wisly se reúne con sus compañeros de la mesa de trabajo en donde darán las clases y asesoría legal a migrantes. Fotografía por Flor Cervantes

—Lo bueno es que ahora existen más organizaciones civiles interesadas y coordinadas entre sí, como Visión de los Migrantes y Organización de la Defensa para los Migrantes o la comunidad cristiana Embajadores de Cristo, donde se está construyendo Little Haiti.

Desde Brasil, mientras Wisly baña a su hijo, me explica cómo ve la migración de los haitianos a Tijuana.

—Cada viajero puede responder esto de manera personal y diferente. Cada quien tiene su objetivo al haberse salido de su país. Yo no he vivido la misma experiencia que ellos, ni viajé la misma trayectoria, de modo que no pasé lo que ellos pasaron. Yo también tengo la curiosidad de saber su experiencia. Sé que ha sido duro.

Cada periodo de vacaciones, Wisly regresa a Brasil para ver a su familia, así como viajaba a Haití cuando vivía en República Dominicana.

—Mi vida es más sencilla que la de ellos —explica.

—¿Y te gusta salir de fiesta?, ¿qué lugares frecuentas?

—En realidad no soy borracho, casi no tengo tiempo… por la escuela.

—¿Y cuál es tu comida favorita?, ¿has probado la cerveza de acá?

—Sí, me gustan los burritos de bistec con papas y la cerveza Tecate roja, pero no soy borracho.

Little Haití está rodeada de cerdos y aves de corral.

Little Haití está rodeada de cerdos y aves de corral. Fotografía por Flor Cervantes.

Luego me explica de manera pausada, como si midiera cada una de las palabras, que la migración no va a parar nunca y va a ser muy difícil que Tijuana vaya a ser bonita en comparación a otras ciudades coloniales como Guadalajara, que tienen más años de historia y desarrollo arquitectónico.

—Porque es una ciudad de migrantes y en cada momento habrá más. Por eso es una ciudad distinta y desordenada. La gente va con el deseo de cruzar a Estados Unidos y termina quedándose allí para volver a intentarlo o para quedarse a vivir. En ese sentido, es como una ciudad en continua construcción. Yo vivo muy bien en Tijuana.

—¿Has sufrido algún tipo de rechazo o racismo desde que llegaste? —le pregunto.

—Todas las ciudades son racistas en determinada forma. Incluso en nosotros los haitianos y alrededor de nosotros hay racismo. Particularmente el racismo en Tijuana es por falta de educación y aceptación: muchos de ellos son migrantes, pero no quieren saber nada de los migrantes. Por ejemplo, la vez pasada platicaba con una amiga cercana, ella es tijuanense, pero sus papás son migrantes de la Ciudad de México. Su papá ha vivido mucho tiempo en Estados Unidos de manera ilegal, y estando en Tijuana es migrante. Pero no sabe que lo es. Lo contradictorio es que no quiere saber nada de ellos, porque es uno de los críticos más fuertes contra los centroamericanos, no quiere verlos. Ella me comentaba eso y que le decía a su propio papá: “¿por qué no quieres saber de los migrantes si tú eres uno? Tú eres de la Ciudad de México y has vivido mucho tiempo en Estados Unidos buscando la vida”.

Aporofobia, pienso mientras escucho el mensaje de voz de Wisly, y recuerdo el viaje que hice a Ecuador en noviembre del año pasado. En estos momentos esa región sudamericana vive la llegada masiva de venezolanos, a causa de la crisis en Venezuela. Por varias conversaciones que tuve con quiteños, descubrí que los rechazan de manera similar. Su argumento es que Quito no cuenta con el dinero suficiente para ayudarlos. Su llegada les roba los empleos, sus espacios y dan un aspecto antihigiénico a la ciudad. A falta de refugios, los venezolanos acampan en parques públicos, donde se les ve hacer sus actividades diarias al aire libre, como comer y bañarse.

Luxon, Fleury y Clecion, tres jóvenes que venían con sus compras a la villa. Fotografía por Flor Cervantes.

Luxon, Fleury y Clecion, tres jóvenes que venían con sus compras a la villa. Fotografía por Flor Cervantes.

Los ecuatorianos olvidan su crisis financiera de 1999, mejor conocida como Feriado Bancario, cuando la economía colapsó por la administración desorganizada de los banqueros y el sucre quedó en desuso para abrirle paso al dólar. Esto provocó que muchos viajaran a España para conseguir empleo. España, al detectar un alto flujo migratorio de sudamericanos, exigió una visa para ingresar a su territorio. Esta movilidad de ciudadanos en gran número, junto a la que ya sucedía desde los países del sur de Europa, llevó a los españoles a rechazar a los migrantes bajo los mismos argumentos. Por esa época, la filósofa española Adela Cortina lo llamó aporofobia, término que se desprende de la xenofobia y distingue el rechazo hacia la pobreza que representa el migrante, como si él fuera el portador de la injusticia y el fracaso de sus países de origen.

—¿Recibiste algún rechazo o maltrato por parte de las autoridades fronterizas al llegar a Tijuana? —le mando otro mensaje de voz a Wisly.

—El cónsul mexicano no quería darme la visa, me dejó en espera un mes para dármela. Pasando por migración a Ciudad de México no tuve problema. En Tijuana, con sello de migración, visa de estudiante, carta invitación de la universidad, toda mi documentación, no me quería dejar pasar. Me dejaron más de dos horas en espera. Me preguntaban y preguntaban, aunque tuviera yo todo a la mano. Su trato es un problema de educación. Tuvieron que molestarme mucho. Ese es el racismo que viví a mi llegada.

La aporofobia en Tijuana funciona de manera vertical. A finales de 2018 el alcalde surgido de las filas del PAN, Juan Manuel Gastélum, mejor conocido como El Patas, lanzó una campaña de odio hacia la caravana migrante centroamericana que venía desde Tapachula. Sus comentarios dados a un medio de comunicación eran: “no me atrevo a calificarlos como migrantes, son una bola de vagos y marihuanos”. En otra entrevista, suavizó sus palabras pero no su rechazo: “los derechos humanos son para humanos derechos y la mayoría de los migrantes sudamericanos no son derechos…”. Su hostilidad tuvo eco el 19 de noviembre en una manifestación de alrededor de trescientas personas, las cuales exigían a la autoridad municipal impedir el arribo de más centroamericanos a la ciudad, “pues nosotros no podemos cuidarlos ni alimentarlos”, decía uno de los testimonios recogidos por la periodista Sonia de Anda. El alcalde, en aquella entrevista para el medio de circulación nacional, explicó que haría una consulta popular para decidir si son bienvenidos a Tijuana. A la fecha, los resultados de la consulta no han sido publicados.

Si migrar, como dice la escritora Cristina Rivera Garza, es el verbo de nuestros tiempos, la aporofobia vendría siendo su rechazo principal.

—Hay una cosa importante que la gente de Tijuana aun no entiende —Wisly me manda otro mensaje de voz—: la llegada de los migrantes para ellos (las autoridades de Tijuana) es un gasto para toda la población y comunidad. Aunque todos quieren ayudar, aportando ropa, comida, casa. Pero cuando se habla de la idea de integrarlos como nuevos ciudadanos, es un gasto. No ven, o no quieren ver, que una vez que comenzamos a integrarnos a su comunidad, en realidad comenzamos a generar ganancias, el doble de lo que ellos invirtieron al recibirnos. Al integrarnos a la comunidad mexicana, estamos pagando renta, impuestos, comida, consumos en todo sentido. La integración de nuevos ciudadanos en cualquier país ayuda al crecimiento económico. No es un gasto, es una forma de recuperar su inversión. Ya las personas están aquí. Mejor hay que ayudarlas a integrarse a la comunidad para encaminarlas a crecer económicamente.

—¿Deseas quedarte a vivir en Tijuana para siempre —le pregunto finalmente.

—Profesional no tiene país. Mi idea es ser empresario y docente. No tengo problema con quedarme en Tijuana, según como vaya cambiando la vida según mi objetivo de seguir mi sueño. Si hay posibilidad de regresar a Haití, no hay problema. Si hay posibilidad de regresar a Brasil, no hay problema, porque soy residente brasileño. Tampoco hay problema de volver a República Dominicana. Solamente estoy estudiando los mercados en todos los países para saber dónde puedo desarrollar mejor mi sueño y después terminar mi vida allí.

 

 

5.
aquí tengo otro nombre

 

Michell es la única mujer que pude entrevistar. Luego de haber hecho contacto con algunas que migraron a Tijuana, solo ella me respondió los mensajes. Acordamos vernos en el CUT, universidad ubicada en Altamira, donde cursa el primer semestre de Derecho. Tiene 24 años y llegó a Tijuana en marzo de 2018, en un viaje aéreo que inició en Haití, para seguir a Cuba, Ciudad de México y Tijuana, gracias a una visa de turista que su papá ayudó a tramitarle.

—¿Cuál es tu nombre completo? —le pregunto.

—Michaëlle Gauchina, pero aquí en Tijuana me dicen que Michaëlle es Michell. Aquí casi olvido mi nombre, porque cuando me preguntan “¿cuál es tu nombre?”, yo digo Michell.

Trabaja en una gasolinera muy cerca del Grand Hotel por las mañanas, y por las tardes asiste a clases. A veces, como hoy, también los sábados. Su sueldo es de mil pesos semanales, por trabajar de seis de la mañana a dos de la tarde, más propinas que los clientes suelen darle. Aunque tiene el 70 por ciento de beca en el CUT, ese dinero lo reparte en una renta mensual de tres mil quinientos pesos para vivir en una casa pequeña y lo demás para pagar sus estudios.

—Soy muy hospitalaria —me dice—, a veces yo mando dinero a amiga a Haití que necesita para comprar un libro de la escuela.

—¿Tienes amigos aquí?

—Sí, más tijuanenses que haitianos, con ellos convivo en escuela y trabajo.

Gauchina Michaëlle busca aprender la cultura del país estudiando leyes. Fotografía por Flor Cervantes.

Gauchina Michaëlle busca aprender la cultura del país estudiando leyes. Fotografía por Flor Cervantes.

Le menciono a los jóvenes que acabo de entrevistar. Me responde que Wisly es su amigo. Cuando habla, sonríe. Es cálida y agradable. Si no tiene palabras para responder mis preguntas, se ríe y me dice no sé.

Me cuenta que su novio migró un año antes que ella, lo hizo también en marzo. Vive en New Jersey esperando regularizar su estatus migratorio, región en la cual viven la mayoría de los haitianos que logran conseguir una visa por razones humanitarias en Estados Unidos.

—¿Te gustaría vivir con él en el otro lado?

—No, primero quiero ser abogada en México.

Su papá vive en Santo Domingo. Su mamá falleció hace dos años. Espero que me platique las razones, pero me cambia de tema. Me cuenta que durante el terremoto del 2010 ella estaba en el campo, por eso no le tocó ver las casas y edificios hechos escombro, como su escuela. Pero recuerda que hubo muchos muertos y mucha gente triste. En la preparatoria aprendió español.

—Pero lo aprendí mal. Me gustaba más inglés. Pero ahorita me encanta el español, es un idioma muy bonito. Es una obligación aprenderlo para entender a México y a mis compañeros.

Sus horarios de trabajo y escolares son muy rigurosos. No suele salir de fiesta ni desvelarse, a pesar de que vive muy cerca de la avenida Revolución. Sabe que para ser profesionista se deben hacer sacrificios, como estudiar y ahorrar dinero. Antes de viajar a México, conocía cómo fue la independencia de nuestro país y cómo se creó la primera constitución. Además, conocía la historia de Benito Juárez.

—Aquí muchos son respetuosos y les gusta trabajar.

—¿Por qué estudiar Derecho? —le pregunto.

—Porque quiero aprender la ley de México, conocer más la cultura del mexicano y ayudarla.

—De música mexicana, ¿conocías algo?

—Me gusta mucho.

—¿Mariachi?

—¿Qué es mariachi? —responde sorprendida— Solo sé de cantantes.

Me dan ganas de ponerle un video de algún mariachi jalisciense en mi celular, pero recuerdo que estamos platicando en la biblioteca del CUT.

Alrededor de veinte familias viven en la villa.

Alrededor de veinte familias viven en la villa. Fotografía por Flor Cervantes

Cuando llegó al aeropuerto el único inconveniente que tuvo Michell fue que demoró su maleta. Durante ese tiempo los agentes fronterizos revisaron sus papeles. Ella estaba asustada, me dice; no encontraba su pasaporte y no hablaba bien español. En la espera, alcanzó a mirar en las bandas de equipaje su maleta, corrió a ella y entre las bolsas encontró el documento oficial. A los pocos minutos sus pies pisaban el cemento, el aire de Tijuana acariciaba su rostro y podía mirar la remodelación del muro de metal que nos divide de Estados Unidos. Con la asesoría de su papá prefirió viajar a México, en lugar de Chile, Brasil o Venezuela, porque una prima se adelantó y les dio recomendaciones.

—Miranda me habló de las oportunidades que hay y de que la gente aquí no es tan racista.

—¿Cuál es el cambio más significativo en tu vida al haber llegado aquí?

—En Haití, no hay trabajo. Estudiar en Haití, es hacerlo sin esperanza. Lo que me faltaba antes, ya lo encontré aquí. Si yo estaba en Haití, no podía ahorrar. Aquí sí hay trabajo. Si una amiga de Haití me dice que tiene hambre, yo le puedo mandar dinero. Allá no podía.

 

 

6.
Little Haiti

 

En el suroeste, rumbo a Playas de Tijuana, está escondido en el Cañón del Alacrán el templo Embajadores de Jesús, un recinto religioso que, debido a la llegada constante de haitianos, convirtieron también en albergue. Lo dirigen el pastor Gustavo Banda Aceves y su esposa Zaida Guillén López. Para llegar allí uno debe usar bien el GPS, sortear los enormes baches de la calle Divina Providencia y cuidar de no caer en atascos. A pocos metros, entre animales de corral, el terreno agreste, movedizo por las recientes lluvias y la falta de drenaje, se levanta la Pequeña Haití. Los domingos, por la tarde, el pastor y su esposa ofrecen una comida a los refugiados y a los creyentes.

Desde el 2016, ésta es la dirección a donde llegan muchos migrantes en busca de ayuda. Fotografía por Flor Cervantes.

Desde el 2016, ésta es la dirección a donde llegan muchos migrantes en busca de ayuda. Fotografía por Flor Cervantes.

Al lado de las puertas, en una especie de estacionamiento improvisado con láminas y madera, cocinan en una parrilla montada en un lavadero dos mujeres jóvenes y juegan niños con un chico de color. El chico (que más tarde sabremos se llama Nixon) se inclina, abraza a uno de ellos y se toma una selfie con su celular. Al entrar al templo, vemos que están plegando las mesas donde se sirvió la comida. Al fondo, sobresalen los colores chillones de las casas de campaña y haitianas jóvenes atendiendo a niños.

Viajé allí porque las notas de prensa y la recomendación de mis amigos periodistas me decían que la conociera. De modo que llamé al pastor y me puse de acuerdo para entrevistarnos.

—Llegaste tarde, amigo —me advierte en cuanto lo saludo—. Ya acabamos la comida y muchos se fueron a trabajar.

Le explico que el camino lodoso y a desnivel me impidió llegar a tiempo.

—Es que no estás acostumbrados a las calles de Tijuana —me responde.

Y me lleva a conocer las enormes habitaciones. Más adentro, hay casas de campaña tamaño familiar. Afuera de ellas, los niños corren y las madres limpian. Hay ropa tirada y maletas abiertas. Al fondo, está la cocina oficial, donde una haitiana cocina y otra come. El templo, según el libro de Ustin, fue de los primeros que recibieron un gran número de migrantes en 2016. Desde un inicio, ha tenido la capacidad para seiscientas personas. Fue el que mayor ayuda brindó como refugio. Incluso los taxistas, si eras haitiano y no sabías a dónde llegar, te llevaban allí.

Mujeres cocinan en una cochera improvisada del templo. Fotografía por Flor Cervantes.

Mujeres cocinan en una cochera improvisada del templo. Fotografía por Flor Cervantes.

El templo se fortalece gracias a la ayuda de gente de Baja California y San Diego, ellos donan cobijas, ropa, colchones, objetos para el aseo personal y comida. Por el trato generoso del pastor y su esposa, los jóvenes haitianos los consideran como protectores y parientes suyos. Incluso algunos, como Constan Noé, dicen que son sus padres.

Le cuento al pastor que ayer entrevisté a Ustin y que acabo de leer su libro.

—Pascal —me dice—, Ustin Pascal Dubuisson. Mi esposa lo ayudó a escribirlo. Él lo estuvo escribiendo en francés y en portugués aquí y ella lo ayudó a traducirlo.

Recuerdo que en un pasaje de Sobrevivientes, el autor menciona a Zaida.

Luego, trato de indagar si la pequeña villa de Little Haití se está construyendo con el apoyo del municipio.

—No, para nada —me responde el pastor—, hace poco Protección Civil vino a detener la construcción. Asegura que por las lluvias está en una zona de peligro y que puede deslavarse. Llevo cuarenta años viviendo aquí y jamás ha pasado eso.

—¿Y cuentan con los permisos para la construcción?

—El terreno es mío, yo se los doné a los haitianos. Nosotros solo estábamos pidiendo permiso para que sea albergue. El alcalde dijo que el permiso era gratuito, pero después nos detuvo la obra. Solo nos dio un apoyo de veinte mil pesos. Cualquiera que viva en Tijuana comprende que esa cantidad es nada.

—¿Tienen planes de seguir la construcción de la villa y de rehabilitar la calle?

—Nuestro trabajo es recibir migrantes sin casa, que han viajado mucho y necesitan ayuda. Diario llegan de muchos países, alguien tiene que ayudarlos.

Después de la comida, los niños veían una caricatura en el celular de uno de sus mamás.

Después de la comida, los niños veían una caricatura en el celular de uno de sus mamás. Fotografía por Flor Cervantes.

Se interrumpe nuestra conversación, porque se acerca un hombre delgado, de color, que nos saluda. El pastor Gustavo le pide que platique conmigo. Se llama Noé Constan, tiene 33 años. Desde Brasil, llegó a Tijuana el 3 de diciembre de 2016. Su español es limitado, pues lo ha ido aprendiendo desde su arribo. Como sus demás compañeros, no sabía mucho de la cultura mexicana. Trabaja en la línea de producción de una maquiladora y dice que todo le gusta de la ciudad. Le pregunto por qué decidió, desde tan lejos, viajar a Baja California.

—Para conocer —me responde riéndose— para viajar y conocer más países como turista.

Reestructuro mi pregunta y me responde:

—Para cruzar al otro lado, pero aquí me sentí bien y prefiero quedarme.

Noé me explica que el cambio más significativo en su vida desde que llegó a Tijuana es la oferta laboral.

—Aquí la vida es mejor para mí, aquí hay mucho trabajo, poco dinero; allá (en Haití) hay poco de todo.

Noé dice que, sin haber pagado nada, el gobierno le dio una visa de visitante que debe renovar cada año. El pastor, “mi padre”, precisa, lo ha apoyado en conseguir trabajo y en sus decisiones. Noé llegó con dos amigos, con los cuales viajó por tierra, selva, mar y el Darién Gap.

—En barco viajamos de Nicaragua a Honduras, después todo lo hicimos caminando o en camión.

Le pregunto si fue duro el viaje, esperando que me hable sobre los poblados de Turbo o Yaviza, pero me responde inclinando la cabeza, como si el español, su nueva lengua adoptiva, no fuera suficiente para explicar la travesía.

—¿Ya tienes novia? —pregunto.

—No tengo novia, pero me quiere una.

—¿Y la quieres tú?

—Todavía no sé.

Noé sí está dispuesto a quedarse en Tijuana a vivir para siempre. Está dispuesto a construir junto con la comunidad de haitianos la Pequeña Haití, incluso a pedirle a su esposa e hijos que se vengan a vivir acá. Pero primero quiere obtener su visa por razones humanitarias. Le gustan los tacos y no suele salir de fiesta.

—El pastor me dice que la ciudad en la noche es muy peligrosa y yo le creo.

Noé responde en creole los mensajes de voz de su familia mientras habla con nosotros. Fotografía por Flor Cervantes.

Noé responde en creole los mensajes de voz de su familia mientras habla con nosotros. Fotografía por Flor Cervantes.

Estoy por finalizar la conversación con Constant Noé y Gustavo se me acerca. Me presenta al chico que se estaba tomando una selfie con el niño, a las afueras del templo. Me dice que él también quiere conversar conmigo. Guardo la conversación en el celular y comienzo a grabar una nueva.

Nixon tiene un año y medio en la ciudad. Cuenta que se siente ciudadano del mundo y que le gusta aprender culturas nuevas. Él no migró desde Brasil. En Venezuela estudiaba el tercer semestre en Medicina, pero la responsabilidad como padre de una familia y la situación crítica del país lo obligaron a movilizarse a esta frontera. Conocía poco de la cultura tijuanense antes de iniciar el viaje, pero reconoce que veía las telenovelas y en Haití era popular el mariachi y la música de banda. Trabaja en una maquiladora de sillas, las empaca en un horario de ocho de la mañana a cinco de la tarde.

Nixon llama mucho la atención, es alto, de cabello rizado, viste pantalón estilo chino, camisa azul cielo y saco oscuro. Su español es suelto y responde rápido a mis preguntas. Incluso, los niños del albergue se le acercan para abrazar sus piernas y preguntarle cómo se dicen ciertas palabras en inglés. Él les responde sonriendo, abrazándolos y acariciando sus cabellos.

—¿Te gusta Tijuana? —le pregunto.

—Sí, me gusta.

—¿Te gusta salir de noche, el baile, entrar a algún bar?

—Me gusta visitar a amigos que viven cerca del centro y me gusta la fiesta, pero no suelo hacerlo siempre. Primero está el trabajo.

Nixon desea continuar sus estudios de medicina eventualmente en Tijuana.

Nixon desea continuar sus estudios de medicina eventualmente en Tijuana. Fotografía por Flor Cervantes.

Nixon me platica que Tijuana le ha dado un cambio significativo a su vida. Llegó débil de salud, luego de haber atravesado el Darién Gap y Centroamérica. La desnutrición lo condujo al doctor y hasta el momento ha logrado reponerse. Le pregunto cómo fue esa travesía, pero, al igual que Noé, no me responde. Al parecer, así como los haitianos son herederos de una lengua combativa, como lo es el creole, su visión de vida es mirar siempre el presente.

—¿Ya tienes novia?

Se ríe y me contesta:

—Puedo decir que no.

—¿O ya tienes novias?

—No, no, todavía no.

Nixon llegó con cuatro amigos y un primo, el cual vive en Chihuahua. Uno de los amigos cruzó a Estados Unidos, pero lo deportaron a Haití, aunque en realidad vivía en Chile, otro decidió quedarse en Ciudad de México y dos más viven en Rosarito. Si tuviera el tiempo suficiente y los restantes vivieran aquí, le gustaría pasarlo con ellos en Playas de Tijuana.

—¿Has sufrido rechazo en Tijuana?

—No, para nada, el pueblo me ha recibido con mucho cariño.

—¿Y te gustaría quedarte a vivir aquí para siempre?.

Vivir lejos de la familia no está bueno.

Nixon dejó un hijo en Venezuela con una haitiana, nació mientras él recorría el camino para llegar a México. Me dice que no lo conoce y le gustaría mucho volver para conocerlo.

—A veces les mando dinero y a veces mi familia me manda dinero a mí.

—¿Te gustaría ser de Tijuana?

—Puedo decir que ya soy tijuanense.

La Pequeña Haití. Fotografía por Flor Cervantes.

La Pequeña Haití. Fotografía por Flor Cervantes.


Autores
Es tijuanense por adopción. Es considerado uno de los veinte escritores jóvenes más representativos de América Latina, por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Ilustrador
Flor Cervantes
Flor Cervantes nació en Zacatecas. Desde 1995 reside en Tijuana. Estudió Comunicación en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Es actriz, corredora de largas distancias, capturista de instantes con su iPhone, fan de Friends y Game of Thrones. Tuitea como @florcervantes.

Principia Mathe-Machina es una innovadora exploración de la composición poética; el autor nos sumerge en las posibilidades ilimitadas del código (unas veces numérico, otras lingüístico, siempre poético). Rafael Volta edifica una maquinaria para introducirnos en los engranajes de la realidad, vista desde la poesía.

A continuación, les presentamos unos cuantos poemas de este libro.


 

EL PLANO ES UNA MACHINA FEROZ

 

¿Cómo se describe un plano?

    Como se construye un cuerpo

          Como se calcula una machina

 

3     puntos describen un plano

1     adjetivo mata una persona

 

a1x + a2y + a3z + c = 0

 

(Encuentre la ecuación del plano que pasa por el punto

(3,-1,5)) y es normal al vector a = (-1,1,3) que traspasa el ojo de su atlas

 

Respuesta: -x + y + 3z – 11 = 0

 

¿CUÁNTO DURA UNA MACHINA?

 

Ecuaciones fulminantes

incógnitas dóciles

evalúe sus límites

resolviendo el siguiente problema:

    lim x1/x

    x -> ∞

 

Respuesta: e0 = 1

 

FANTASÍA PARA UN ENGRANE CORPORAL

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machina rocola rocambole musicale de parejas imperfectas acoplando cada track sin flirteo solo parpadeo >_ y sí y no y luego la pax pax pax del sexo de Alicia anormal >_ es normal dispositivo laico de naturaleza machina >_ para adulterar pájaros remedios de Varo nocturno de castillos lunas poema irracional aguaceros maíz negro >_ machina que fotografía pasado futuro presente pastilla la ansiedad en blanco reciclable performática versos más in >_ machina alcohólica bucólica botella invisible tragos largos sol azteca rocas gigantes de frappé >_ machina estrellas enanas blancas de fracaso desvelado sinfonice tv >_ el ritmo del mundo machina sería bonito radiarse las 24 horas al día por las redes >_ machina de bestias insertadas en libros sin leer

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DISEÑO POR COMITÉ

 

un proceso de diseño basado en el consenso

que toma decisiones en equipo con iteración excesiva

es más resistente al error

 

Diseñar el caos no es un trabajo fácil

evoca la perfección de las formas

la esfera se controla a sí misma

y no requiere de reglas húmedas

para crear sus nubes y tormentas argentinas

En cambio, una piedra triunfa sobre sí misma

establece sus propias leyes fragmentarias

para cada una de sus protuberancias

 

La superficie es el error de su volumen

y el volumen es una consecuencia nefasta

de su área quebradiza

A través de una longitud finita del tiempo

los dientes de las moléculas se afilan

y se nutren de la poca resistencia que ofrece el pasado

 

Cada corte imaginario, en la línea, ofrece

una contradicción entre lo que se ve :

lo oculto es una tragedia mayor

 

El horror de saber que toda superficie es un volumen

Neutro y Vacío nunca se llenan

 

Luego entonces, Dios es un coleccionista de rocas

un amante de las superficies vivas

 

LA FORMA SIGUE A LA FUNCIÓN O LA FUNCIÓN A LA FORMA

 

la belleza de un diseño

depende

resulta

de la pureza para ejecutar sus funciones

 

La panorámica horizontal es continua a pesar de lo oscuro

no existe un observador acomplejado con el tono del mediodía

 

Un cuchillo afilado, un sable de Dios, una rama seca, una piedra perfecta

son las armas para profundizar en las estructuras

como un virus devorando diamantes

ya no purificas rocas, ni elementos químicos extraños

 

La gravedad es invisible pero sus formas accidentan

los defectos de tu cuerpo y las grietas que tu espíritu adolece

 

Persigues la función como una gota sin destino

en tierra seca atrapada en el detalle de un polvo cobrizo

o por el viento que desvanece las nubes

y las arrastra donde ocurre el trueno

 

La forma parece descansar en cualquier microbio submarino

atrapado bajo capas sordas de agua salada,

de grises espesos, algas y toneladas de oscuridad

 

Eres como aquel diamante que experimenta una presión negativa

que hace brillar su espacio dentro de una piedra

 

La formación de tu roca tiene un crecimiento orgánico

como los tumores o los cánceres

que circulan en la sangre

o como la formación de imágenes

con pixeles dañados dentro de tus párpados

 

Cualquier detalle es apto para hacer vibrar la cosa

purificarla y encontrar la travesura, sus accidentes,

su mínima probabilidad de aparición como ángel caído

en el dominio del lenguaje por las bestias

 

Si la belleza es un cuerpo enyesado no sucede aquí

en este texto

en estos lugares comunes

en este parpadear de palabras juntas


Autores
Querétaro, 1977. Cursó el Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha publicado poesía, cuento y dramaturgia en diferentes revistas literarias. Es organizador de lecturas de Poesía Open Mic en Querétaro.
Alrededor de veinte familias viven en la villa. Fotografía por Flor Cervantes.

La nueva vida de los jóvenes haitianos en la frontera

1.
como si la tierra dijera:
ya no puedo contigo

 

En 2010 la tierra se opuso a la humanidad de Haití. La tarde del 12 de enero, en Puerto Príncipe, las capas tectónicas del norte ejercieron presión sobre las del sur y las del sur respondieron moviéndose al lado contrario. Sus salientes rocosos chocaron entre sí para provocar un temblor de 7,0 grados. En la carretera nacieron grietas hasta de diez metros de profundidad. Parecía que de sus entrañas se escapaba un grito de reproche.

Los automóviles estacionados se zarandearon, las casas se colapsaron de un momento a otro y el rostro de la ciudad empezó a desfigurarse, como se desfiguraron los de los pobladores al descubrir que sus patrimonios, construidos durante una vida, se habían convertido en escombro, y algunos de sus familiares habían sido tragados por una mano de polvo.

Mientras luchaban por caminar sin pisar a los muertos, por entender qué sucedía y hallar refugio, las réplicas no se hicieron esperar: seis replicas castigaron la isla durante las dos horas que siguieron al primer temblor, y hubo otro más de 5.9 al día siguiente mientras los heridos y los muertos eran llevados a los pocos hospitales que funcionaban.

Para los cristianos el sismo era la mano inclemente de Dios: los aleccionaba por haber pedido ayuda al vudú para abolir la esclavitud en 1801. Para los ancianos de la magia negra, era un castigo de los dioses oscuros por encomendarse a Dios después de haber sido liberados de Francia. Durante el sismo, Haití era el país más pobre del continente americano. El 55% de los haitianos vivía con menos de 1.25 Dólares al día. En ese momento, sin embargo, la tierra parecía gritar: “ya no puedo contigo”.

Imagen de Port-au-Princ, Haití tomada en Enero. 15, 2010 después de un terremoto de magnitud 7 que azotó la ciudad el 12 de enero. Fotografía por James L. Harper Jr.

Imagen de Port-au-Princ, Haití tomada en Enero. 15, 2010 después de un terremoto de magnitud 7 que azotó la ciudad el 12 de enero.
Fotografía por James L. Harper Jr.

 

Los jóvenes fueron en su mayoría los sobrevivientes del terremoto. Se habían quedado sin escuela, sin hogar y algunos sin familia. En medio de un país partido sus posibilidades de crecimiento estaban en Francia o en los países sudamericanos. La Federación Internacional de Futbol (FIFA) anunció en 2011 que el mundial sería en Brasil y la noticia se convirtió en un llamado de apoyo para los haitianos. Los más de trece mil millones de dólares invertidos en la construcción de estadios y en la rehabilitación de calles produjeron una alta tasa de trabajos temporales para los brasileños y extranjeros. Se estipulaba que además de estos, había alrededor de trescientos ochenta mil plazas laborales en bares, hoteles y el sector turístico. Muchos jóvenes haitianos viajaron a conseguirlos. Una vez instalados y tras haber pasado el mundial, algunos retomaron sus estudios y empezaron una familia allá. Otros optaron por irse a Chile o Venezuela.

Al poco tiempo la falta de empleo, los salarios bajos, la xenofobia y las políticas de un Estado fallido los obligaron a mirar al norte. La administración de Barack Obama llegaba a su fin. Entre la comunidad se rumoraba que en Estados Unidos habría la oportunidad de conseguir una visa humanitaria. Un gran número de ellos optó por viajar antes de las elecciones y la entrada de un nuevo mandatario. Con sus ahorros de dos o tres años, préstamos de familiares o el banco, los jóvenes iniciaron su éxodo por Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y México. Ninguno imaginó que las políticas migratorias cambiarían y que su verdadero destino sería Tijuana.

Haitianos caminan junto a escombros. 17 de enero del 2010, en Port-au-Prince, Haití después de un terremoto de magnitud 7 que azotó la ciudad el 12 de enero de 2010.  Fotografía por James L. Harper Jr.

Haitianos caminan junto a escombros. 17 de enero del 2010, en Port-au-Prince, Haití después de un terremoto de magnitud 7 que azotó la ciudad el 12 de enero de 2010.
Fotografía por James L. Harper Jr.

 

En los últimos meses de 2016 llegaron a Baja California alrededor de veinte mil haitianos. Se les veía caminando en las calles cerca del canal o vendiendo dulces en las garitas de San Ysidro y Otay. Los primeros en auxiliarlos fueron los miembros del desayunador salesiano Padre Chava, lugar que se halla junto a la carretera Internacional, El Bordo y la línea divisoria de lámina que separa el canal de Tijuana con San Diego. Como el refugio no contaba con espacio suficiente, los haitianos levantaron casas de campaña (los que contaban con dinero) o tendieron cartones y cobijas en la calle, para poder descansar luego de un viaje de semanas, si habían tenido suerte, o meses.

Hoy, en la rutina diaria de la ciudad, es común ver a jóvenes de color trabajando como despachadores en el mercado Hidalgo, en autolavados, en la construcción, en gasolineras, en restaurantes o en las líneas de producción de las maquiladoras. Algunos han hecho examen de admisión en universidades públicas y privadas de Tijuana y han logrado retomar sus estudios. De los veinte mil, las estadísticas del Colegio de la Frontera (Colef) indican que tres mil siguen aquí y cinco mil están repartidos en todo el estado. Parte de la suma faltante cruzó a Estados Unidos, algunos lograron quedarse, pero no se sabe la cifra exacta, otros fueron deportados a Haití y algunos se encuentran en otras ciudades de México.

Port-au-Prince, Haiti, campamento de damnificados.  Fotografía por Fred W. Baker III.

Port-au-Prince, Haiti, campamento de damnificados. Fotografía por Fred W. Baker III.

 

 

2.
la voz de los viajeros

 

Pascal Ustin Dubuisson tiene veinticinco años y es escritor. Llegó el 8 de diciembre de 2016 a Tijuana. En su viaje cruzó la frontera más peligrosa del mundo, llamada Darién Gap, y escribió un pequeño libro sobre ello. Lo escribió en francés recién llegó y lo publicó dos años después en español. Se llama Sobrevivientes, Ciudadanos del mundo. Lo ha presentado en Ensenada y Rosarito, y lo han invitado a la Ciudad de México para hablar con universitarios. Es la primera novela de non-fiction sobre la travesía migrante haitiana por Centroamérica. Incluso puede leerse como un manual para sobrevivir las seis fronteras que deben atravesar los viajeros para llegar a México. También es una historia sobre los amigos que se van perdiendo en el camino.

—Aquí en Tijuana —me dice Ustin—, si tú callas es porque quieres. Las oportunidades no faltan.

De los cinco jóvenes que entrevisté, él es de los pocos que hablan español fluido. Lo relaciona con el portugués que aprendió en Brasil, país al que migró a sus veinte años, después del terremoto. Su primera lengua es y será siempre el creole, la hablada en Puerto Príncipe y en toda la zona del Caribe por los migrantes haitianos. Aunque Ustin escucha hip hop francés, no le gusta decir que es su lengua madre.

—El criollo es mi orgullo, mi sangre, con él derrocamos la esclavitud. Soy escritor se dice mwen se yon ekriven, soy viajero, se dice mwen se yon vwayajè.

Mientras Ustin fuma recuerdo el lema de los tijuanenses: en este territorio de tierra cortado por el mar, ‘aquí empieza la patria’. Le pido que me lo diga en creole.

Se la patri a kòmanse; el creole es una lengua combativa, de convicción, de guerrero —añade.

—¿Has sentido rechazo o discriminación en Tijuana? —le pregunto.

—No, rechazo no, porque a mí nadie me rechaza. Soy fuerte. Discriminación, sí. A mí nadie me puede rechazar porque soy rudo. Me dices algo en contra, te diré lo que tú tienes que escuchar. Discriminación he sufrido, desde miradas y actitudes. Pero nosotros somos más fuertes que eso. Jamás nos vamos a dejar llevar por miedo o desconocimiento de la gente. La gente no entiende que todos somos iguales, tenemos alma, sangre.

Pascal Ustin Dubuisson escribió Sobrevivientes, ciudadanos del mundo. Fotografía de Flor Cervantes.

Pascal Ustin Dubuisson escribió Sobrevivientes, ciudadanos del mundo.
Fotografía de Flor Cervantes.

A Ustin lo conocí en la entrada de Espacio Migrante, una organización civil sin fines de lucro que formaron en 2012 jóvenes estudiantes. Su misión es la protección de los derechos de los migrantes, su empoderamiento a través de la información y la cultura, así como sensibilizar a la comunidad con el tema de la migración. Paulina Olvera, su directora, me explica que poco a poco los mismos haitianos con y sin profesión se han integrado como parte del equipo y ellos mismo han ayudado a que los centroamericanos se integren.

Espacio Migrante se encuentra en la avenida Negrete, la cual es paralela a la mítica avenida Revolución. Aunque una estación de policía municipal se encuentra cerca, desde hace años esa zona había sido de conflicto y solía estar tapizada de basura. Ahora está siendo apropiada por haitianos: levantan una barbería y un restaurante de comida popular de su país.Ustin supervisa la rehabilitación de Espacio Migrante diariamente. Fotografía por Flor Cervantes.

Aunque ya había buscado información sobre Ustin en internet, la cual lo menciona como el primer escritor joven haitiano en la ciudad, aprovecho para sacarle plática mientras fuma. Me cuenta que es escritor y activista. Para romper el hielo, le pregunto que si en verdad tiene 24 años. Una vez que me responde, añado que se ve más grande que yo.

—¿Pues tú cuántos tienes?

—34.

—Me ganas con diez, pero he visto muchas cosas —se ríe enseñando sus dientes blancos y suelta el humo de su cigarro—. ¿Quieres mi libro?

—¡Claro!, me gusta comprar los libros de mis colegas escritores, más si son de Tijuana o viven aquí.

—Te lo vendo a trescientos pesos.

—Ah caray —le respondo en tono de broma—,está muy caro, ¿no?

—La gente no sabe lo que vale el arte, lo que vale el alma de uno, por eso les parece caro. Pero si tú eres escritor, sabes que uno no vive de esto. Yo no vivo de la venta de mis libros. Aunque me gusta escribir.

—Ya somos dos. Por eso vengo a entrevistarte. Pero aparta un libro para mí, te lo voy a comprar.

Ustin supervisa la rehabilitación de Espacio Migrante diariamente. Fotografía por Flor Cervantes.

Ustin supervisa la rehabilitación de Espacio Migrante diariamente. Fotografía por Flor Cervantes.

Las actividades de Ustin en Espacio Migrante son integrar a los haitianos recién llegados a la comunidad tijuanense. Imparte clases de creole a mexicanos, estudia en el Centro Universitario de Tijuana (CUT) y junto a gente de Baja California y paisanos suyos ayuda a restablecer el recinto. Este 2019 se mudaron a la avenida Negrete para ofrecer, además de las clases, un amplio albergue en el corazón de la ciudad. Algunas veces colabora con los albañiles a poner el piso de la segunda planta, levanta los muros que dividirán las aulas o simplemente espera en la entrada, como un faro encendido frente al océano, la llegada de nuevos migrantes desorientados, para ofrecerles cobijo. Mientras camina en las calles de Tijuana, escucha con los audífonos de su celular a The Migos o Drake, y escribe las ideas que se le vienen a la mente.

—De México solo conocía el mariachi —me dice—, pero a mí me gusta el hip hop.

Durante la noche tijuanense, si te detienes en alguna de las calles que se conectan con la avenida Revolución, te encuentras a chicos de tez negra, de gorra, pantalón ajustado y playera de manga corta. Disfrutan la vida social de la ciudad y se funden con la noche, con los otros jóvenes de Tijuana o San Diego.

—¿Y ya tienes novia?

—Sí, se llama Jessica y tenemos un hijo pequeño —me dice.

—Tú no pierdes el tiempo, ¿verdad? Llegaste con ganas de dar amor.

—Mi hijo es el primer haitijuano  —se ríe.

En la dedicatoria de su libro, se lee: “para André Pascal Dubuisson Rodelo”.

Su esposa se llama Jessica, estudió comunicación. Los tres viven en Rosarito, un municipio frente al mar, cuyo desarrollo es turístico e inmobiliario, quienes más compran terrenos o casas son norteamericanos.

En una de las amplias habitaciones habrá dormitorios para migrantes, el cual ya cuenta con las bases de algunas camas dobles. Fotografía por Flor Cervantes.

En una de las amplias habitaciones habrá dormitorios para migrantes, el cual ya cuenta con las bases de algunas camas dobles. Fotografía por Flor Cervantes.

Por mera curiosidad, porque así somos los escritores con los colegas, le pregunto qué editorial publicó su libro. Me dice el nombre y me explica que lo vende a trescientos pesos porque el tiraje de mil le costó ciento veinte mil.

—Pero ya vendí quinientos —precisa.

—¡Wow! —respondo asombrado, ocultando mi desconcierto por el costo exagerado, y prefiero agregar:— has vendido más libros que los que venden amigos míos.

—Es que trabajo mucho y lo enseño.

En Tijuana existen imprentas que se hacen pasar por editoriales. Venden sus servicios de diseño editorial a costos altos, orientados a académicos que buscan publicar sus investigaciones de posgrado para engrosar su currículum, o a señoras que intentan dejarle alguna herencia escrita a sus nietos en forma de libro, o a escritores en ciernes que ahorraron durante años para publicar por fin. Aunque algunos libros, como el de Ustin, son un registro o investigación importante sobre un acontecimiento, las ediciones no son fáciles de leer.

Abro el ejemplar. Descubro que el papel de la portada es una opalina endeble y que las tintas de la ilustración están decoloradas. Leo que el ISBN está en trámite y noto que no cuenta con el detallado del tiraje, las tipografías y el tipo de papel. La suma de un robo desleal hacia un sector vulnerable, que busca dejar un testimonio fiel de una cruel travesía por el Darién Gap y cómo lograron llegar a Tijuana.

—¿Por qué escribiste este libro? —le pregunto.

—Soy escritor desde hace tiempo, está en mi sangre, quiero que mi voz sea la de los que no pueden hablar. Los migrantes tenemos el mismo apellido: viajero. No importa del país que seas. Viajamos por las mismas razones. Merecemos la misma oportunidad. Buscamos una vida digna. Por eso escribí mi libro.

 

 

3.
la otra frontera salvaje

 

En el imaginario colectivo del mexicano existen dos muros de la discordia. El que desune la frontera norte con Estados Unidos y se alimenta de la xenofobia de Trump, y el que divide la frontera sur de Guatemala. Este último muro está ubicado en Tapachula, Chiapas, y es popular por la película La vida precoz y breve de Sabina Rivas (2012), basada en la novela de Ramírez Heredia, La Mara (2004). Pero existe otra frontera más cruel, se llama Darién Gap y separa a Colombia de Panamá. Es la cuarteadura silvestre del proyecto total de la carretera Panamericana, planeada en 1950 entre los países geográficamente cercanos para unir sus fronteras desde Alaska a Argentina. Pero desde hace sesenta años la naturaleza ha sido más poderosa que el progreso. Panameños y colombianos no se han puesto de acuerdo para abrir una brecha de asfalto en los ciento sesenta kilómetros de selva y ríos, y así vincular a los poblados de Yaviza y Turbo, ruta donde cubanos, yemenís y haitianos viajan con rumbo a Norteamérica para pedir ayuda humanitaria.

En el Darién Gap aparte de coyotes que ofrecen sus servicios a precios muy altos, traficantes de personas, grupos de la guerrilla, policías y militares corruptibles, está la fauna silvestre: jaguares, cobras, caimanes, macacos, insectos y reptiles venenosos, así como pantanos y ríos traicioneros. Ese camino lo cruzaron Ustin y veinte millares de haitianos más para llegar a Baja California. Aunque en nuestra plática el chico no detalla su travesía, en su libro documenta su paso por alrededor de ocho refugios: “Íbamos a cruzar una montaña que tardaríamos ocho horas en recorrer y que no se nos ocurriera tocar ni un árbol, ni una hierba porque podían ser muy peligrosas para nosotros, hasta mortales. Las plantas estaban llenas de espinas, no nos podíamos apoyar o recargar en ninguna”.

Portada de Sobrevivientes Ciudadanos del mundo.

Portada de Sobrevivientes Ciudadanos del mundo.

En las noches, mientras descansaban, no sabían si lo que se escuchaba cerca de ellos era un compañero, una cobra o un jaguar. En los refugios los soldados solo ofrecían arroz, fideos y sal. Para poder cocinar, ellos debían agarrar agua del río, donde se habían ahogado algunos de sus compañeros. En los mismos refugios existen vendedores controlados por el Servicio Nacional de Fronteras, que venden comida y agua en dólares que superan el presupuesto del viajero; guías que cobran de veinte a cuarenta dólares por persona para llevarlos de un refugio a otro, para después, a mitad del camino, asaltarlos. “El que no podía pagarles —narra Ustin—, daba sus tenis o lo que pudiera… hubo mujeres que tuvieron sexo con ellos y con los militares. Ellas solo querían llegar a Estados Unidos”.

En sus viaje aprendieron a esconder el dinero en desodorantes y la planta de los tenis. En los refugios, para no demorar su travesía, encontraban las maneras de falsificar el turno de salida que el Senafront les daba para regular el flujo migratorio, pues solían retrasarlos hasta semanas si no pagaban por su salida. También aprendieron a viajar en grupo, se echaban a los hombros a los niños y ayudaban a las mujeres embarazadas a caminar al mismo ritmo, y dejaban objetos visibles a su paso, como prendas, para esparcir rastros que los previnieran de no caminar en círculos en la selva o para advertir a los demorados cuál era el sendero correcto.

—En tu viaje, ¿a qué le tuviste más miedo, Ustin?.

—A la muerte —me dice—, pero mejor pienso en la vida y las nuevas oportunidades. Lo que he vivido me ha enseñado atajos para llegar más rápido a lo que deseo.

—¿Cómo te sientes viviendo en Tijuana?.

—Bien, me gusta la ciudad.

—¿Y deseas quedarte a vivir aquí.

—Estoy aquí, estoy feliz por el momento. Quiero servir a este país como él me ayudó a mí. México es como mi segunda madre.

 

Aquí puedes leer la segunda parte.


Autores
Es tijuanense por adopción. Es considerado uno de los veinte escritores jóvenes más representativos de América Latina, por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Ilustrador
Flor Cervantes
Flor Cervantes nació en Zacatecas. Desde 1995 reside en Tijuana. Estudió Comunicación en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Es actriz, corredora de largas distancias, capturista de instantes con su iPhone, fan de Friends y Game of Thrones. Tuitea como @florcervantes.
Detalle. Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).

Partamos a la oruga por la mitad,
reventemos su vientre
y salgamos expulsados y chorreantes,
nosotros los minicerdos,
cubiertos por la baba de vísceras insectas.

Cojamos entre todos
en las más espesas aguas negras.

Ensalivémonos,
escupámonos
y penetrémonos al mismo tiempo:
The Human Sex Centipede.  

Pero que nadie
diga
en voz alta
lo que todos ya sabemos.


Autores
(Nezahualcóyotl, 1993) estudió Ciencias de la comunicación. Ha colaborado en revistas como A buen puerto, Palabrerías y Prólogo MX, entre otras, y es columnista para la revista Clarimonda.