Tierra Adentro

La serie de Amazon prime The Romanoffs retrata en ocho episodios las vidas de aquellos que dicen ser descendientes de la familia real rusa. En su reseña, Imanol Martínez explora la estructura mediante la cual Matthew Weiner narró, semana tras semana, la historia de sus protagonistas.


 

Una suerte de fantasma que ocurría cada domingo a lo largo de tres meses. En esos términos explicaba Matthew Weiner a Mad Men, la serie que creó para AMC en un tiempo en que las teleseries se emitían, por lo general, en la televisión. A pesar de que su nueva serie –The Romanoffs– esté disponible en Amazon Prime Video, Weiner se resistió a un abordaje que privilegiara el maratón de temporada, como es común en las plataformas de streaming; apostó por persistir en la emisión semanal para que entre cada episodio existiese una pausa narrativa durante la cual desentrañar la densidad de cada historia, para que la audiencia se familiarizara con los fantasmas.

La comparación es tan conocida como necesaria: gracias a su tradicional emisión por entregas, las teleseries pueden ser leídas como novelas. Los dispositivos de fragmentación en ellas operan con miras a renovar el interés de las audiencias semana a semana, episodio a episodio, y tiene en el cliffhanger su recurso más recurrente. Las series antológicas, de Alfred Hitchcock Presents a Black Mirror, no funcionan como novelas, sino como libros de cuentos compuestos por unidades independientes vinculadas por un tema. Con esa estructura se edifica The Romanoffs: historias relacionadas entre sí por los protagonistas que son –o, sobre todo, dicen ser– descendientes de la dinastía asesinada a tiros por los bolcheviques una noche de julio de 1918.

Como si de un libro de cuentos se tratara, esta serie antológica está poblada por guiños que entrelazan las historias. El más significativo lo constituye un libro sobre la familia imperial. El autor, Daniel Reese (John Slaterry), aparece brevemente en el crucero que aborda la protagonista de “The Royal We”, y un par de episodios después Reese protagoniza otra historia, en la que menciona que el libro será adaptado a una miniserie. Y aunque la mención podría quedar apenas como apunte autorreferencial –una serie sobre la dinastía rusa dentro de una serie sobre sus descendientes–, en el episodio “House of Special Purpose” la filmación de dicha miniserie es el escenario de un thriller psicológico en clave. Para dar cierre al universo narrativo, en el último episodio el guionista responsable de la adaptación del libro a miniserie aborda un tren de vuelta a casa y ahí escucha la historia que le cuenta su compañera de asiento; el episodio opera una narración tipo matrioshka que finalmente revela la venganza de la que el guionista es víctima  mientras escucha la historia de otro descendiente.

 

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Enrique Vila-Matas sostiene que si Mad men hubiese sido una novela monumental “se habría podido decir de ella que estaba compuesta por unidades de cuentos, por fragmentos que a su vez estaban formados por instantes intensos”, y que en ella, atendiendo al dictado de las Tesis sobre el cuento de Ricardo Piglia, la trama secreta estaba protagonizada por Peggy cantando siempre al fondo. Entre los intersticios de la caída de Don, se hallaba el ascenso fragmentario de Peggy. Y aun en esos fragmentos que componían el libro de cuentos novelado, operaban también dos historias (como en la tesis de Piglia): la visible ocultando a la secreta, cifradas herméticamente una dentro de la otra.

Weiner, quien suele tener en el cuento a su género favorito, y sus piedras de toque en autores como John Cheever o libros como la novela-en-cuentos Winesburg, Ohio (1919) de Sherwood Anderson, sabe que la historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión. Por eso, a pesar de apostar por un formato de unidades separadas que rebasaban la hora, en The Romanoffs, sin trama que tejer acumulativamente, la apuesta narrativa se diluye y sus unidades independientes pueden llegar a interesar o aburrir en las mismas proporciones. El libro de cuentos novelado que fue Mad Men muestra las costuras en un formato más tradicional en la literatura y extraño a la televisión: el de libro de cuentos o antología, llegando a hacer que muchos abandonaran el interés en la aparición fantasmal en la tercera o cuarta semana. No bastó con hacer uso de la elipsis y el fragmento para conservar la atención de los usuarios. Como escribió Natalia Marcos, el gran problema de The Romanoffs fue que recién terminada, había caído en el más terrible de los olvidos.

Las series, como dice Carlos A. Scolari, tienen en los títulos de crédito su paratexto: son, a lo Genet, el vestíbulo o puerta de entrada del texto, y en ellos se describe el mundo en que se desarrollarán las historias. Como todo libro de cuentos, The Romanoffs tiene en sus títulos un paratexto en clave simbólica: el asesinato de la familia, fotografías como falso archivo de los personajes, un hilo de sangre y una mujer huyendo; imágenes que van acompañadas por la voz de Tom Petty cantando que en realidad no hay que vivir como un refugiado, que el destinatario puede creer lo que quiera. La clave en la puerta de entrada esconde esa impostura sobre la que se sostienen sus episodios o cuentos, donde Petty parece hablar sobre la ambigüedad de que alguien sea realmente quien dice ser; y es que al final poco importa si los protagonistas son descendientes o no de la dinastía rusa, y tan solo se trata, como dice uno de los personajes ironizando, de lo que la televisión necesita: otro programa de época con maniquíes bien vestidos.


Autores
(Querétaro, 1991) es licenciado en filosofía y maestro en comunicación y cultura digital. Autor de Tríptico sobre las despedidas (2017) y Neighborhood (2017) y Blau Cel (2016). Ha colaborado en medios como la Revista de la Universidad de México y Otra Parte.
Presentación de la Revista Tierra Adentro

En el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara se realizaron diversas actividades con los autores jóvenes del Fondo Editorial de Tierra Adentro, desde talleres y presentaciones hasta lecturas y las entregas del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino y el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez. A continuación, una pequeña galería con algunos de los eventos:

Lectura con Néstor Pinacho, ganador del Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas 2018, Adrián Chávez Medina, que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2018, Gerardo Lima, Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2018 y Valeria Loera, mención honorífica en el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2018.

Talleres impartidos por autores del Fondo Editorial de Tierra Adentro.

Pablo Piceno, ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2018

Presentación de la revista Tierra Adentro, dedicada a Portugal, país invitado de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018

 

 

*Fotos de Rolando Ramiro Vázquez Mendoza

 

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

En el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara platicamos con Aldo Rosales Velázquez, autor de Linde Faz, libro con el que ganó el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2018.

Video por: Rolando Ramiro Vázquez Mendoza


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Detalle de “La gran ola de Kanagawa”

El momento en que tomó el maletín para marcharse al trabajo coincidió con la llamada. Se acercó al teléfono, volvió a mirar el reloj en la pared: eran las ocho con cincuenta. Jamás recibía llamadas por la mañana; supuso que sería una equivocación o una emergencia. Dudó, pero levantó el auricular:

—Qué bueno que te encuentro —la voz de la mujer le era conocida, estaba seguro, aunque no pudo ubicarla.
—¿Quién habla?
—Soy Marisa, quería avisarte que vendí el departamento.
—Por favor dame un segundo.

Sabía que iba a tomarle algo de tiempo. Acercó una silla y dejó el maletín en el suelo. Antes de volver a la línea se aflojó un poco la corbata.

—¿Que hiciste qué?
—Quiero irme de viaje un tiempo, vendí el departamento.

La noticia lo tomó por sorpresa. Habían pasado dos o tres años desde la última vez que hablaron. “Quiero irme de aquí”, dijo Marisa aquella noche, justo cuando volvían a casa de una fiesta. No era la primera vez. Ocurrió con el veganismo, cierto día dijo: “Qué asco me da la carne” y acto seguido se deshizo de todo lo que había en el refrigerador; tiempo después le pareció que el budismo la llamaba y empezó a estudiar sus vidas pasadas con ayuda de un monje. “Quiero irme de aquí. Viajar, recorrer Europa como mochilera”, le dijo aquella noche. Así, sin más, como ahora. Él fingió entenderla, imaginando que, como en las ocasiones anteriores, aquello terminaría por aburrirla y volvería a casa en algunos días. No intentó detenerla, no preguntó qué pasaría después. Pero Marisa no volvió. Los abogados se encargaron del resto.

—¿A dónde te vas? —preguntó.
—No sé.
—¿Y por qué me llamas?
—Por el dinero. Dame tu número de cuenta para depositarte tu parte.

“Es un lugar hermoso, seguramente tendrán una buena vida aquí”, había dicho la vendedora. Él asintió y firmó los papeles. Marisa sonreía. La mujer les entregó las llaves y se fue. El camión de mudanza llegó esa misma tarde. Marisa supervisó obsesivamente dónde tenían que ir los sillones, dónde colgar el espejo comprado en el viaje de luna de miel a Los Cabos; eligió el color de las cortinas, los diseños, qué flores irían en el jarrón sobre la mesa. Siempre tomando en cuenta el feng-shui, su última afición. Aquella primera noche en el departamento hicieron el amor con las luces encendidas. Al terminar la vio cubrirse el pecho con la sábana, presionándola bajo los brazos, arrastrándola en tanto caminaba a la cocina. Le gustaba hacerlo así, como si estuvieran en una película. “¿Quieres algo?”. “Nada”, dijo él, todavía con la respiración agitada, inmóvil pero con la sensación de estar en una balsa mecida por la corriente. “Nada”, dijo, y era cierto.

—¿Sigues ahí?
—Aquí estoy. Espera, tengo que hacer algo.
Colocó el auricular sobre la mesa, caminó hasta el televisor —recorriendo con la vista los pocos muebles del lugar— y lo encendió.
—Ahora sí, ¿qué pasó?
—Dame tu número de cuenta, por favor, ¿te dejo mi número y me lo mandas en estos días?
—¿Por qué vendiste el departamento? —presionó el auricular con el hombro y comenzó a tronarse los dedos.
—Porque ya no quiero vivir aquí, ya te lo dije.
—¿A dónde irás?
—No sé, no importa mucho.
En la televisión un tipo vestido de traje hablaba sobre los exorbitantes gastos de un político. Alzó la vista hacia el reloj: otra vez llegaría tarde al trabajo.
—No te entiendo. No sé nada de ti en años y ahora me llamas porque te vas y me ofreces dinero.
—No te lo ofrezco, es tuyo, es la parte que te corresponde.
Se quedó callado un momento, luego preguntó:
—¿Se van los dos?
Después de algunos segundos, Marisa dijo:
—Nos divorciamos.
—Lo lamento.
—No importa.
—Aunque no importe lo lamento.
Hubo un silencio del otro lado de la línea. Él trató de escuchar el noticiero.
—¿Cuándo fue?
Marisa suspiró. En el noticiero hacían bromas sobre el clima de la semana y las posibilidades de lluvia.
—Si tiene algo que ver con el departamento merezco saberlo.
—¿Por qué tendría que ver? ¿Siempre tienes que hacerlo todo tan difícil?
—No está de más saber, ¿por qué no quieres contarme?
Silencio.
—¿Marisa?
—A veces, aunque uno se esfuerce, las cosas no marchan. Y yo no marcho, no aquí. Por eso me voy. Es todo.

Recordaba el primer desacuerdo, o lo que él veía ahora como el primer desacuerdo. El día que llegaron a Los Cabos Marisa insistió en que dejaran el hotel y se hospedaran en una cabaña. “Será más romántico”, dijo. Jamás pudo recuperar el dinero de las reservaciones.

—Tú me conoces, a veces me canso —continuó ella—. ¿Recuerdas nuestro último año juntos?
—Sí.
—¿Recuerdas cómo peleábamos?
—Sí.
—¿Recuerdas los ataques de ansiedad? ¿Recuerdas cómo te dejé los brazos aquella vez que…
—Sí —la interrumpió, repitiendo la afirmación varias veces.

Dejó el teléfono sobre la mesa, caminó hasta el baño y se arregló la corbata y el cabello frente al espejo. Luego apagó el televisor y tomó el maletín. Marisa todavía estaba del otro lado de la línea.

—Que te vaya bien, Marisa —dijo, y colgó el teléfono.

Días después recibió un paquete en el correo, muy temprano. “Marisa Sánchez”, leyó. Firmó de recibido y lo dejó sobre la mesa. Era largo y delgado, pesaba. Caminó hasta la cocina por un poco de agua, luego regresó a la sala y se quedó mirándolo. No tenía intención de abrirlo, no iba a abrirlo, no le daría esa satisfacción.

Encendió el televisor: un maremoto había azotado las costas de Indonesia aquella madrugada y había cientos de muertos. Vio un montón de gaviotas sobrevolando cuerpos desconocidos, lejanos, anónimos rostros azules. Imaginó las advertencias, la población negándose a abandonar sus hogares; lo entendió perfectamente: la pequeña e insignificante naturaleza humana luchando contra esa otra mucho más real, implacable. “Lo han perdido todo”, pensó, y quiso llorar, pero las lágrimas no llegaron.

Alejandra Castro en la librería Educal del Centro Cultural Elena Garro. Foto: José A. Rogerio Giron

Brava y navaja, de Alejandra Castro (Ciudad de México, 1984), se compone por dos obras de teatro: BravaLey y Navaja Kawabata, cuyos temas son diametralmente opuestos. La primera se inscribe en la realidad del México rural contemporáneo, mientras que la segunda es un homenaje al escritor japonés Yasunari Kawabata sobre el teatro de marionetas.

A través de la truculenta historia de El Pollo, un tahúr de 70 años (que al final no se sabe si está vivo o muerto), BravaLey narra numerosos hechos que reflejan cómo se vive hoy en el campo mexicano. Ante los ojos del lector-espectador aparecen tanto las mujeres (como su madre y Jacinta, su mujer) como los hombres (don Villalba, su patrón), así como los gallos que tuvieron que ver en la desdichada vida de este campesino jornalero, gallero y experto en el manejo de la baraja española. Las espadas, los oros, los bastos y las copas se convierten en personajes, y al final se incluye un glosario de las cartas de la baraja, para usarse en escena durante la representación de la obra.

En contraste, Navaja Kawabata se adentra en la ancestral cultura japonesa, rica en significados sobre la vida, la naturaleza y la belleza. Esta obra fue escrita para representarse con marionetas de teatro japonés (banraku). A partir del encuentro de dos mujeres para un ritual de belleza, y mediante el diálogo entre ellas conocemos la insólita historia de un hombre y un brazo, lo que da pie a una profunda reflexión sobre la existencia humana, a partir de las sensaciones de los personajes.

Mientras que Navaja Kawabata ya fue llevada a escena con éxito (se estrenó en el Foro Shakespeare de la Ciudad de México, en marzo de 2016, con el patrocinio de la Fundación Japón en México), BravaLey aún espera tener la oportunidad de mostrarse ante el público. A continuación, una entrevista con la dramaturga egresada de la UNAM:

Alejandra Castro, ¿qué representa para ti la publicación de Brava y navaja en la colección del Fondo Editorial Tierra Adentro?
Muchísimas cosas. En primer lugar, es un sueño hecho realidad. Pasé mi vida adolescente en el estado de Morelos y en ese entonces había una librería que estaba saliendo de la Casa de la Cultura de Morelos, donde se vendía la revista Tierra Adentro, entonces yo tomaba mis clases del taller de creación literaria que abarcaba poesía, narrativa y todo, y ahorraba para comprar mi revista.

¿Qué edad tenías?
Yo empecé el taller de creación literaria del Centro Morelense de las Artes a los 14 años, ya desde antes supe que amaba escribir, entonces a los 14 conseguí que mi mamá me diera permiso de ignorar un poco la secundaria y la prepa, para ir hacia lo que realmente me apasionaba. Yo era de las que decía: “bueno, si un día publico en Tierra Adentro, voy a ser una persona seria y real”.

Sorprende que haya en tu libro dos temas tan aparentemente distantes. Me refiero a BravaLey, de tema mexicano, mientras que Navaja Kawabata, la escribes a partir del cuento “Un brazo” y otros textos del japonés Yasunari Kawabata. ¿Cuál es la idea de juntarlos ahora en Brava y navaja?
Fue muy grueso porque yo estaba trabajando Navaja Kawabata en el taller de adaptación dramática de Silvia Peláez, cuando llegamos ella nos echó el torito, nos dijo: “los que nunca han hecho teatro, les pido que piensen en un poema o un cuento que se adapte muy fácilmente, y los que sí —que era mi caso—, algo que no se pueda adaptar”.

En ese momento me vino a la mente de golpe “Un brazo”, de Yasunari Kawabata, porque el personaje principal es un brazo, entonces pensaba: “cómo demonios pones eso escénicamente, y cómo le das ese nivel metafórico poético que tiene en narrativa, cómo lo llevas a escena”. Y yo estaba trabajando ese texto cuando alguien, un director me dice: “me están pidiendo trabajar algo con atmósferas rulfianas, con un lenguaje especial”, y ya sabían que yo hago mucho esto.

Lo curioso es que terminé escribiendo estos dos textos a la par; mientras presentaba avances de Navaja Kawabata los martes con Silvia Peláez, presentaba avances de BravaLey los viernes con el director que la iba a dirigir en ese momento, y terminé casi al mismo tiempo. Pensé: “tengo dos obras que no tienen absolutamente nada que ver, pero que son hermanitas en cierto sentido porque nacen al mismo tiempo”. Conseguí el montaje de Navaja Kawabata y cuando terminé dije: “bueno, qué se hace con el texto que ya se montó”. Es una vida hermosa, la escena es increíble, pero el texto es texto, el texto es literatura, ¿qué se hace con un texto que ya se montó para que siga teniendo su vida de texto? Lo que se podía hacer es publicarlo y recuerdo la existencia del Fondo Editorial Tierra Adentro, decidí mandarlas juntas pues nacieron al mismo tiempo, tienen una vida más o menos semejante y me gustan como un muestrario de amplitud de gama.

En ambas se pueden ver mucho los dos grandes intereses que tengo, y aparte dos líneas: una mexicana y la otra japonesa, son muy diferentes en su discurso dramático, en su manera de aproximación tanto a la parte literaria del teatro como a la parte escénica, entonces me gustó mucho contarlas, esto es la amplitud de lo que creo puedo mostrar y este libro lo considero como una carta de presentación.

Por cierto, a BravaLey le falta ser llevada a escena…
La tengo pensado a una sola voz. Para mí siempre ha sido un solo personaje, pero no descarto que alguien la monte de manera diferente. El montaje que he planeado sería algo muy íntimo: la idea es que fuera una mesa para jugar cartas y que el público fuera los que nos cupieran en la mesa; que el actor estuviera interactuando lo más cercano posible.

¿No crees que sea mucho para un solo actor?
Pueden manejarse muchísimos recursos. De todas formas, podría ser presentada como un monólogo. Sí se puede, si tú mantienes la tensión. En drama decimos que se tiene que mantener siempre acción a tres niveles: físico, emocional e intelectual. Si puedes variar esos tres entonces logras mantener la tensión por el tiempo suficiente. Puedo decirte que de la experiencia del montaje de Navaja Kawabata aprendí mucho de lo que no funcionaba. La obra tuvo recepciones padrísimas, había gente que la amaba con intensidad y que regresaba, aunque también hubo quienes decían que se habían aburrido. Soy de la idea de que el creador tiene que tener en primer lugar humildad para recibir críticas, para ver lo que no funciona.

Es buena señal que para la puesta de Navaja Kawabata te haya patrocinado la Fundación Japón en México.
Sí, por eso pensé: “no estoy tan perdida en esto”. Me acerqué a la comunidad japonesa primero, como parte del trabajo de producción por medio de una artista plástica, Miho Hagino, quien nos hizo la escenografía. A ella le gustó mucho y nos acercó a su vez a la Fundación Japón, quien nos contactó con la embajada, y terminamos teniendo representantes de la embajada en el teatro.

¿Qué hace una mexicana escribiendo teatro japonés?
Es curioso porque me acerco de la literatura al teatro, primero soy fanática de Kawabata y de otros autores japoneses, por lo cual me intereso en el teatro japonés y las formas de teatro, el bunraku y el . Escribí esta obra, la monté, tuve una serie de experiencias con ella y después me sumé al esfuerzo que están haciendo por traer teatro  en español. Conozco más de teatro japonés ahorita que cuando escribí Navaja Kawabata y eso me da una perspectiva muy interesante de un tema que para mí fue central en Navaja, que eran las áreas vistas de lo intraducible, o sea, por qué me puede fascinar un autor tan lejano como Kawabata siendo que no hablaba en ese momento japonés. Ahorita hablo un tres por ciento. Cómo puede ser que tengas tanta fascinación por algo que relativamente no entiendo, el idioma japonés: creo que hay una sombra o una área gris entre lo que es el objeto real o la creación real de Kawabata y lo que me da el traductor, y en la sombrita entre esos dos está lo fascinante y lo que es universal, lo que hace que por ejemplo podamos leer un Rulfo sin problema en francés, aunque él nunca haya escrito en francés. En todos esos casos está la esencia de la obra de arte, que me parece un tema súper fascinante. Me da mucho gusto estar aprendiendo japonés, espero ir creciendo, pero me sigue pareciendo muy fascinante cómo tres de mis autores favoritos son japoneses y hay algo ahí, no creo que sea una coincidencia.

Y respecto a la creación de los personajes de BravaLey, ¿qué podrías decirnos?
Lo que me pasó con BravaLey es muy especial. Primero se me acercó un director, Omar Quintanar y me dijo: “quiero adaptar El gallo de oro, de Juan Rulfo para teatro”. Leí El gallo de oro, revisé la película, hice toda mi tarea como adaptadora y pasaron dos cosas: empecé a trabajar mi propuesta casi inmediatamente y lo primero que me salió fue lo de las cartas. En El gallo de oro las cartas están presentes en el universo de Rulfo, pero no tienen un peso de diégesis (el mundo en el que ocurren las situaciones y acontecimientos narrados) como se lo di yo en BravaLey. Salió lo de las cartas y lo quise meter porque es uno de mis grandes temas y de mis grandes obsesiones, además de la identidad cultural, es el destino.

Soy de la idea de que no existe el destino, uno lo forja. A veces es tan abrumante lo que crees que no puedes, o lo que crees que sí puedes, que determina toda tu existencia. El mundo en que vivimos, en la sociedad en que vivimos hay que revisar los enormes privilegios que algunos llegamos a tener, y por lo tanto las enormes desventajas que otros tienen. Yo proyecté el personaje de El Pollo, igual que Dionisio Pinzón de Rulfo, en la más absoluta pobreza, y qué tan mermadas están las posibilidades de alguien que nace en este contexto, pero empecé a trabajarlo y de lo primero que me pasó es darme cuenta de que Dionisio Pinzón es noble, que es alguien a quien la vida le jugó chueco, pero él siempre es honesto y bueno, mientras que mi personaje El Pollo no quería, mi personaje estaba resentido, buscaba venganza, quería pelearse.

En mis talleres de escritura les digo a mis alumnos: “primero diseña a tu personaje hasta el último cabello, cómo se viste y cómo toma la taza; después actívalo, ponlo a vivir y el día en que el personaje se rebele contra tu diseño es porque ya está vivo”. Ése es el día en que él dice: “tú querrás, pero yo no quiero, tú dirás, pero yo no digo” y eso me pasó inmediatamente desde el principio. Desde que empecé a escribir Cuchillos dijo: “yo no soy esa persona, yo no soy dulce, yo no soy dejado, a mí no me pasan por encima, yo estoy harto, estoy molesto” y creo que es una continuación del mismo individuo. El individuo que para Rulfo es noble en su esencia, el mundo a su alrededor es corrupto, pero él es noble en su esencia, él no consume alcohol, él es una buena persona, él solamente quiere lo mejor y la suerte lo apadrina y lo echa para arriba, en el caso de Dionisio Pinzón, mientras que a mi personaje, la suerte lo echa para abajo, el sistema lo echa para abajo y se resiente, se pelea, aprende cómo es la corrupción y juega a la corrupción. Al final, se separaron casi inmediatamente y yo platiqué con el director y le dije: “¿qué prefieres: que te haga la adaptación o que escribamos lo nuestro?” Y que la inspiración es enorme y está ahí, jamás la negaría pero es totalmente distinto. Me responde: “no, vamos con nuestro instinto, vamos con lo que este mundo tiene que decir en el siglo XXI”. Se metió al narco invariablemente, porque no podía estar fuera, se metió la violencia en el país invariablemente porque no podía estar fuera. Eso es lo que ahorita el siglo XXI tiene que decir con este personaje rural a su audiencia. Lo que Dionisio Pinzón tuvo que decir en su momento era valioso y ese es el gran trabajo de Rulfo, pero éste es otro.

¿Qué tanto tiene que ver tu trabajo con el realismo mágico?
Me considero una realista mágica sin remedio, y digo sin remedio porque he hecho enormes esfuerzos para no serlo, pero de verdad enormes. Es algo que siempre me ha llevado adelante. Cuando me atoro sale el realismo mágico y me saca del atorón. Por lo tanto, cuando tuve el enorme privilegio de ser becaria y estar bajo la tutela de David Olguín, él me obligaba a leer cosas realistas, ninguna cosa mágica podía entrar, y me quiso obligar a escribir algo así, como un ejercicio, y se lo agradezco, es un extraordinario maestro, me acuerdo que me dijo: “tú tienes que leer thriller y hacer un entramado donde nada de un universo mágico venga a solucionar nada”, pero no pude.



Autores
(Ciudad Madero, 1991) es diseñadora editorial e ilustradora, socia y coordinadora de Gato Negro Ediciones. En 2012 creó Design by Andrea, espacio digital dedicado a comercializar sus productos ilustrados.






Autores
(Ciudad de México, 1993) coordina los proyectos sociales del Área Destinada Voluntariamente a la Conservación “Kolijke” en la Sierra Norte de Puebla.
(Ciudad de México, 1984) es ilustrador de libros infantiles y prensa. Ganador del Premio de Ilustración Feria de Bolonia en 2016.
Detalle de “Impresiones de Tokio”, de Apolo Cacho

 

Las imágenes aquí presentadas son parte de un libro gráfico dedicado a la angustia de la vida en México, una visión interpretativa y simbólica de los acontecimientos de violencia en los últimos años. Este proyecto inició en la Maison des Auteurs de Angoulême, Francia, en 2014, y continuó en la ciudad de Tokio en enero de 2018, bajo la guía del mangaka Shiriagari Kotobuki. Este compendio es una suerte de supervivencia espiritual, un trabajo documental y un ejercicio de la imaginación ante la catástrofe.

 


Autores
(Irapuato, 1987) es pintor y dibujante. Publica su trabajo en fanzines y libros editados rudimentariamente, y desarrolla una labor de experimentación gráfica en medios pictóricos y audiovisuales.