Tres imágenes de los acantilados de la costa Norte de Chile abren el volumen de 750 páginas que inicia con un diálogo fuera del tiempo entre una ausencia paterna que nunca responde y que pareciera emanar desde un cielo anterior, aunque presente y una orfandad, la de aquel Little boy que es una de las tantas identidades desde las que hablará el autor del libro quien, como un testimonio de su paso por la Tierra, podría escribir, con letras de luz, en esos farellones contra los que golpea el mar y los cuerpos de los desaparecidos por la dictadura en Chile convertidos en limo y memoria, sus últimos 22 versos de amor, de locura, y de muerte:
Cielo abajo
Mañana me marcho papá (…). No me despedirá de nadie. Me habría gustado dejarle Algunas flores a Veli, pero ya hace mucho que aquí las únicas flores que se dan son las piedras. Hondo es el pozo del tiempo. ¿Ves allá al fondo esas montañas? Sus cumbres están tapadas y quizás llueva. ¿Te imaginas el mar cubriendo otra vez ese pedrerío papá? No me hablas papá.
Así comienza Zurita, del poeta chileno Raúl Zurita (Santiago, 1950), editado en su país por la Universidad Diego Portales en 2011; en México por Aldus en 2012 y, ése mismo año, en España por el sello Delirio. Este libro se divide, a nivel general, en tres momentos o especie de capítulos, situados alrededor del 11 de septiembre de 1973, día del Golpe de Estado en Chile que derrocara el gobierno de Salvador Allende: I. Tu rota tarde, que abarca el atardecer del día 10; II. Tu rota noche, situado en la noche entre el 10 y el 11 de septiembre, y III. Tu roto amanecer, que se ubica en la mañana del 11.
Asimismo, a lo largo estas tres instancias el libro se estructura en secciones organizadas a partir de aquellas 22 frases con que el autor cerraría su trayectoria.
El ciclo de Dante
Zurita es, en ese orden, una revisión de la memoria chilena y su historia reciente más descarnada: la dictadura. Es el testimonio de ese desgarramiento colectivo de una nación torturada, pero a la vez, un testimonio íntimo y expuesto, en torno a la experiencia del autor que fue detenido, encerrado y torturado en una de las bodegas del carguero Maipo, junto con varios de sus compañeros, en el puerto de Valparaíso, en esos instantes decisivos entre la muerte de un sueño de un país, y la imposición del horror.
Asimismo, el volumen es una desembocadura respecto del anterior ciclo escritural del autor, que ha implicado un canto cósmico que ha ido del purgatorio al ante-paraíso o anhelo de un mundo y vida nuevos y que en ese sentido, significa una paráfrasis de la cosmogonía de Dante, muy querida en la visión anímica del poeta porque su abuela Josefina Pessolo,Veli, de origen italiano, le contara de niño pasajes de La divina comedia: Purgatorio (1979), el cual, como se sabe, es la referencia a esa quemadura auto infringida por Zurita en su mejilla izquierda y que significó un acto desesperado de protesta ante el fascismo y uno de los momentos más desolados del autor, aunque en dicho instante, la visión de la estrella, conllevara la esperanza –de allí la imagen “mi mejilla es el cielo estrellado-; Anteparaíso (1982), que es la referencia a otros dos actos simbólicos: el intento de auto enceguecerse arrojándose amoníaco a los ojos (que significó para el poeta, buscar las visiones de su memoria en el cielo –los rostros de los desaparecidos-, desde la no-visión), y la escritura en el cielo de Nueva York del poema “La vida nueva”, mediante cinco aviones que trazaban las letras con humo blanco quince frases de 7-9 kilómetros de largo, y La vida nueva (1994), que integró diversos libros que fueron proyectados unitariamente, pero que conformarían en el tiempo el proyecto mayor ya referido: El paraíso está vacío (1984), Canto a su amor desaparecido (1985), El amor de Chile (1987) y Canto de los ríos que se aman (1993).
Cabe señalar que este 2018 se ha publicado La vida nueva. Versión final (Lumen), que implicó una restructuración e incluso la escritura de nuevos poemas, respecto de la versión original la cual, por motivos editoriales, tuvo que reducir drásticamente en su momento. Asimismo, esta versión, la definitiva y definitoria para el autor, asimiló 100 de las 200 páginas (mas unos dibujos de los mapas de los ríos de Chile) de un manuscrito original que el poeta, en su juventud, en una época de necesidad, vendió a un coleccionista, y que actualmente encontró y pudo consultar.
También, esta versión, como al anterior, cierra con la fotografía de la escritura en el desierto de la frase Ni pena ni miedo, que fue escrita en 1993, con ayuda de buldozers en el desierto de Atacama, y que puede verse, según el poeta, durante algún vuelo de avión de Antofagasta a Atacama.
Este libro, en tanto incluye los volúmenes más importantes del poeta que hablan sobre la dictadura y su terrible legado de cuerpos torturados y desaparecidos, y que incluye la voz de los ríos como entidad ancestral, mas testimonios poéticos (muy parecidos estructuralmente a los que se encuentran también en Zurita en torno a los sobrevivientes de la bomba nuclear lanzada en Hiroshima) de los habitantes de los pueblos originarios de Chile y de los familiares de los detenidos-desaparecidos, es el gran testamento amoroso del autor en torno a la herida de su país: “Un libro donde los pobladores anónimos, los ríos que hablan y padecen y aman, las fotografías de un país desolado, los detenidos desaparecidos, las ciudades, los sueños, el amor (…) se entrelazan en un canto alucinado que le devuelve a la poesía el aliento épico, la grandeza, confirmando A Zurita como una de las más grandes voces de la poesía contemporánea”.
Al mismo tiempo, cabe señalar que esta etapa podría concluir con Inri (FCE, 1ª ed, 2003; 2ª ed. 2017), un canto estremecedor y de crudeza que no implica redención ni piedad alguna a los huesos, las médulas, las historias truncadas, de los torturados y asesinados por los regímenes dictatoriales, que conforman los pilares y el humus de las cordilleras y el mar.
UNA ESCULTURA DE PALABRAS, UNA PIETÁ
Zurita debe leerse como una asimilación-reestructuración respecto del anterior ciclo, del planteamiento cosmogónico de la historia-herida de un país y sobre todo, de la revisión más pura y descarnada de la la historia personal del autor.
Incorpora entonces, y específicamente, ciertas partes de Purgatorio (los encefalogramas, los esquemas médicos y algunos poemas) “pero vistos como ruinas. Como vestigios que el autor va dejando a lo largo de su escritura conforme amanece. Lo mismo pasa con Poemas militantes, de los cuales incluyo algunos poemas, vistos también, como ruinas”; de Anteparaíso se inserta la última parte. De La vida nueva, partes mínimas, por ejemplo, los muy conocidos diagramas de los galpones y nichos de Canto a su amor desaparecido.
Se inserta Inri en su totalidad y, completos, Los países muertos (2006), Las ciudades de agua (2007), In memoriam (2008), Cuadernos de guerra (2009) y Sueños para Kurosawa (2009), que en su momento, fueron publicados individualmente como adelantos de Zurita.
Se incluye pues esta escritura, pero desde una estructuración radicalmente distinta, no desde el orden biográfico y bibliográfico, sino conforme a una trayectoria de conciencia. En ese orden, Zurita es el testimonio de esa voz-conciencia que, desde la memoria, el futuro, el no lugar, conforma una trayectoria simbólica de existencia y un canto de cisne, aunque también epifánico, que transcurre por la obra entera del escritor.
En ese sentido, Zurita es la voz poética que habla desde un yo perteneciente a ese cuerpo en incertidumbre, lacerado, humillado en el barco que a su vez, es una suerte de conciencia más allá de sí misma que mira el cielo y las cordilleras desde la pequeña ventana de ese el buque carguero. Al mismo tiempo es la voz de los cuerpos destrozados de los otros, asumidos, asimilados y redimidos por el paisaje chileno, sus costas, sus mares, sus cordilleras, que a su vez, son los cuerpos de todos los detenidos desaparecidos en la historia humana por las guerras del poder y la imposición de cualquier sistema: Hiroshima, Troya, Auschwitz, las dictaduras, la voz de todos los vencidos.
Así, en tanto que Raúl Zurita concibe la escritura, la poesía, como la construcción de una escultura personal frente a la muerte, es decir, una Pietá, el libro es la cabal “escultura de palabras”, como dijera Jorge Eduardo Eielson, la Pietá del autor.
Desde el Acantilado
Como se ha visto, estamos ante un autor y una voz poética inconfundible, propia además, de un discurso latinoamericano de renovación de la escritura, y con una herencia muy chilena de monumentalidad de lenguaje.
Un punto en común en su ejercicio poético, son diversas imágenes recurrentes, como la ausencia del padre que aparece con mayor fuerza en Las ciudades…, e incluso implica una diversificación de la voz poética y del yo en Zurita; los cuerpos destrozados, sin dignidad, de los desaparecidos; la imagen de la alta estrella (que podría ser la estrella de la bandera de Chile, la estrella de Dante o la estrella que anunció la llegada de el salvador), como una esperanza, vista desde una pequeña escotilla de la bodega del Maipo y las ciudades y el paisaje en acenso.
Pero por sobre todo, predomina esa voz universal que se mencionó. Es, como se ha observado, una conciencia omnividente y omnipresente que dice desde un tiempo pasado, presente y eterno; que objeta, observa, se lamenta, llora. Al respecto, Zurita ha dicho: ¿Quién realmente escribe esas cosas? ¿Quién se mete dentro de uno? ¿O es tu muerte futura la que habla?”.
Es una voz que, desde los acantilados y las eras, desde su encarnación en esta Tierra, observa y a la vez padece el mal de violencia y de tiempo del hombre y, como una última visión que cerraría su proyecto magno de escritura en el paisaje, esos 22 versos escritos en los acantilados del norte de Chile. “No sé si podré o alcanzaré a hacerlo. Si bien la escritura en el cielo y el desierto conformaron las imágenes de la vida, esta escritura de los acantilados es la imagen de mi muerte”.
Por el momento, esta Visión última se ha cumplido en el espacio metafórico de la escritura ya que Zurita cierra con las mismas imágenes de los acantilados con los que abrió su libro, en los que ya podemos leer estas hermosas frases vistas por el delirio de una conciencia y su materia antes del fin.
El año próximo, el realizador Pepe Kino Torres, presentará el documental Zura, en el cual, los paisajes de la poesía de Zurita dialogan, en su inmensidad, con la palabra del autor.
Pero mientras, en la antesala de las imágenes intervenidas en Zurita, Little boy escribe:
¿Eras tú papá?
Después de cinco semanas esperando que se despejara La neblina sobre la costa norte pude ver Los acantilados. Kilómetros y kilómetros de paredes De granito cortándose a pique y mil metros más Abajo el océano Pacífico. Había imaginado unas frases escritas sobre esos paredones, veintidós exactamente, de amor, de locura y de muerte (…) Años después moría. Eran millones Y millones de hombres y mujeres arrojándose, Muchedumbres inacabables que se detenían por Un instante en el borde de los paredones y luego Se lanzaban. Algunos lo hacían tomados de la Mano, se miraban a los ojos y daban el último Paso, otros sostenían niños en sus brazos y Lloraban quedamente mientras el viento del desierto hacía flamear sus ropas. Sentí un brazo posarse en mi hombro ¿eras tú papá? Y el vacío se abrió bajo mis pies sin estruendo, igual que una boca muda y dulce. Al frente, el azul del inmenso amanecer se iba fundiendo con el Pacifico y las frases de amor, de locura y de Muerte, se me pegaron en los labios también sin estruendo, suavemente, como un último silencio. Así: Hay una trayectoria del yo que comienza en Purgatorio, que es este yo autolacerado que habla desde registros externos y desde el no género. Después, ese yo se transmuta hasta llegar a Zurita, donde se convierte en una voz-conciencia asimilada a la historia. ¿Qué implica este trayecto? Siempre he tenido una relación contradictoria con la poesía. Por un lado es un arte. Por otro, es el cotejo con lo real. A veces, desde la distancia que hay entre el poema y la experiencia, dicha relación me ha sido dolorosa. Siempre he tratado de que esa distancia sea la menor posible a sabiendas que nunca la poesía va ser la vida. Sé que utilizo el nombre de “Zurita” y que ese “Zurita” no va a decir nunca mi experiencia de las cosas, pero también apela a algo que ya no está pero que debe ser dicho si escribes con riñones, con el corazón. Mi obra es un libro recogido en distintos momentos de esa relación conmigo mismo que siempre vuelve a sí mismo, aunque transformada. Purgatorio está escrito desde el comienzo de la dictadura y en todo lo que ha seguido, ha estado presente la historia de Chile, que me ha modificado. Esto empieza a aparecer donde he enganchado con los sentimientos y los movimientos colectivos, es una obra sensible al afuera.
Es fundamental la inclusión del paisaje como un escenario en el que se introyecta el dolor de lo colectivo. ¿Cómo se da esta asimilación? Es un misterio para mí por qué ha aparecido el paisaje. Creo que tiene que ver con lo siguiente: cuando viene el golpe, los militares empiezan a utilizar los símbolos patrios, la bandera, la canción nacional, como parte de su discurso legitimador. Y eso incluye el paisaje, así que hablar de éste fue una manera de recuperarlo y protestar, porque ellos nos lo habían quitado. Es ahí donde comienza la lucha por disputarles los contenidos que nos habían robado. Es una lucha feroz.
Se trata de una asimilación del discurso en esta vastedad y la historia. ¿Cómo se habría llegado a esta visión? Tú ves la cordillera, y sientes que te antecede y que seguirá existiendo, pero al mismo tiempo sientes que es tu mirada la que la levanta. Los paisajes son como un gran telón que los seres humanos van llenando con sus pasiones. Yo sentía que eran un referente más fuerte, más vasto, más hondo que cualquier queja privada. Que la queja o la esperanza eran pequeñas frente a ellos, porque no hay frontera donde termina tu experiencia y donde comienza el paisaje. Tú vas entrando a la cordillera y ella está entrando en ti.
En obras con mayor referencia a la dictadura como La vida… e Inri, hay un discurso que fusiona este paisaje con las visiones de los cuerpos de los desaparecidos. ¿Cómo es esta relación? Todos sabíamos que habían tirado cuerpos al mar, lo cual se reconoció mucho tiempo después. Por eso ya nunca iba a poder mirar ese mar de la misma manera y porque la única piedad que habían tenido esos cuerpos fue la de los paisajes y no la de mi país, ya que los cadáveres no fueron de vuelta. Con ello te das cuenta que la única compasión con dichos cuerpos fue la de estas cosas: el mar, las olas, las cordilleras, porque fueron las que infinitamente los abrazaron. En ese orden Inri fue una catarsis, lo escribí de un solo tirón, creo que no levanté cabeza. También, en ese tenor, un poema central es Canto a su amor...
Para estos cuerpos, ¿existirá redención en la palabra? En Inri habría un momento de ascensión… Inri no finaliza en el cielo, sino en la decepción absoluta. No hay redención, los cuerpos terminan en la desnudez y el despojamiento total. Inri y Canto a su amor… no son sino tremendas derrotas porque el haberlos escrito significó el que hayan pasado esas cosas. El más grande poema es que no hubieran sido escritos. La palabra no salva, no le quita un gramo de dolor al dolor.
Epílogo: Cientos de cuerpos fueron arrojados sobre las montañas, lagos y mar de Chile. Un sueño, quizás soñó que habían unas flores, que habían unas rompientes, un océano subiéndolos salvos desde sus tumbas en los paisajes. No.
Están muertos. Fueron ya dichas las inexistentes flores. Fue ya dicha la inexistente mañana.
La escritura fusionada en estas vastedades se materializa en su escritura monumental. ¿Cuál es el fundamento? No es que me haya propuesto hacer una obra que incorpore los grandes temas o el todo, o haya trabajado en función de un manifiesto. Tampoco he pretendido ampliar o desampliar los límites de la poesía, sino que han sido visiones o necesidades casi del estómago. Durante la dictadura sentía que el discurso debía ser lo suficientemente intenso, de tal forma que fuese equivalente a la destrucción. Cierta poesía me parecía insuficiente frente a la magnitud de lo que estaba sucediendo y nada de lo que podía conocer podría servirme: ni la antipoesía de Parra, que no daba cuenta de ese quiebre, ni la portentosidad de Neruda, que era un canto; debía ser algo que incorporara la fisura y que fuera vasto y potente.
¿Cuál es su perspectiva de este discurso? ¿Qué implicaría la escritura en los acantilados? En lo que he estado escribiendo después de Inri, esos escenarios se me alejan, como despidiéndose, y va quedando la soledad de la experiencia a secas, que has intentado construir con tus recuerdos, tus derrotas, tus posibles logros, con la desnudez contigo mismo y probablemente se trate de la antesala de una serie de adioses. Por otra parte, mi último proyecto tiene que ver con la escritura en los acantilados. Creo que los más grandes poemas, las más grandes visiones que no están plasmados en ningún papel, van a morir conmigo. Por ejemplo, imaginé millones de rostros en el cielo dibujados con el viento. Eso no va a ser posible pero mi fortuna es por lo hecho y por las cosas de las que he sido el único espectador.
El tema de la orfandad adquiere un matiz más amplio en su reciente obra porque es tratado como un diálogo fuera del tiempo con la ausencia. ¿Qué ha implicado esta figura? La ausencia del padre no es algo que experimentes de niño o joven; es mucho después cuando la vida te hace pedazos. Me pasó así, de golpe me vi destrozado de la paternidad, pero esa conciencia me interpeló ya adulto, por eso aparece tardíamente como tema. Contra todo lo que se cree, no te hace falta el padre ni cuando niño ni cuando joven, sino después, y tiene que ver con una serie de cosas que nos has sabido resolver. Por otra parte, estos poemas sobre el tema incluidos en Zurita pertenecen a Las ciudades…, donde ya se da el diálogo con la orfandad.
Otro elemento a señalar es el uso del lenguaje coloquial e incluso local en su trabajo, aspecto que podemos observar en mayor medida en sus recientes obras. ¿Cómo se inserta dentro de su discurso? Aquí apelo a la antipoesía, al lenguaje callejero, a la jerga, como uno de los tantos registros que se pueden emplear. He utilizado diversos registros, desde lo más coloquial, hasta los lenguajes más “poéticos”, por así decirlo. En Los países…e In memoriam uso lenguajes más cercanos a la jerga, y es casi la invención de un idioma, que sería un idioma chileno. Pero eso va contrastado con la máxima exposición y crítica a ciertos personajes y a mí mismo. Son una serie de contrapuntos. Lo veo como un recorrido inédito y como retomar zonas de lo que he hecho en Canto a su amor... Algo que me ha importado es no tener una sola forma, sino crear todas las formas posibles, pasar de un lenguaje a otro, de modo que choquen entre sí. En Anteparaíso está esa frase “Oye Zurita, sácate de la cabeza esos malos pensamientos…”. Los países… e In memoriam son todos esos malos pensamientos, esa especie de regreso a lo más duro, a lo mas desnudo, a lo más despojado.
Podrían identificarse tres elementos de los que surge su discurso: esa a visión de las estrellas, como una esperanza, vista desde el fondo del Maipo; la orfandad y la visión de los cadáveres arrojados al mar. ¿Cómo se entrelaza este imaginario? La experiencia del barco fue central. Lo otro fue en 1985, al haberme dado cuenta de forma radical de la ausencia de protección, de lo desvalido que puede llegar a ser uno. Y todo lo que creo estar haciendo ahora tiene que ver con esos dos momentos que se entrecruzan y se funden: el barco y la ausencia del padre. Por último, está la visión de los cuerpos de los desaparecidos. Creo que esos tres momentos son cruciales y de ellos surge el discurso.
Siempre está constante el ascenso de las cordilleras, del pacífico, de los cuerpos, las estrellas, como imágenes proyectadas en el cielo. Qué significa para el poeta la mirada hacia estas ascensiones? A lo mejor se explica con lo siguiente. En el poema Altazor, de Huidobro, todo está visto desde arriba hacia abajo. Es alguien que viene descendiendo de un paracaídas y ve el mundo desde la altura. Yo pensé que la mirada nuestra, más bien, es la mirada de abajo para arriba. Ése es el punto de vista que estos poemas han adoptado, ese mirar desde abajo, como si alguien se arrastra por el suelo y solamente desde ahí pueda abrir los ojos y ver el increíble espectáculo de las estrellas. Tú tienes que arrastrar tu cara sobre el polvo y desde allí levantar los ojos. Es una mirada que siempre es la mirada del golpeado, del humillado, que mira hacia arriba y curiosamente en Huidobro la mirada es la mirada del dueño del fundo (de la hacienda).
Zurita es una visión del futuro, que mira retrospectivamente, y es un recorrido por el purgatorio, el paraíso y los diversos momentos de su obra. ¿Es el testimonio más absoluto y definitorio de una conciencia poética, de una existencia? Lo crucial es la estructura. Una estructura paralela a la estructura de la vida, que tenga sus movimientos, pero que a su vez sea algo de lo que puedas reconocer las partes. Eso ha sido una obsesión, cuál es la dirección de los poemas, qué sentido tienen, cómo se pueden referir unos a otros. Es una estructura paralela a la vida, probablemente tan contradictoria como la vida misma, por lo que este conjunto tiene su coherencia e incoherencia, sus contradicciones, sus retornos. Entiendo una obra como un tránsito por lo precario, lo entumido, lo doloroso, por nuestras pasiones contrahechas. Y desde esa fragilidad, poder levantar la cara y mirar el cielo estrellado aunque sea desde lo más profundo de la fosa. He querido expresar esos momentos en lo cual lo más duro se junta con lo más esplendente. Siento que es como haber dado una larga vuelta, para volver no al punto de partida, pero sí a la desnudez de la experiencia. Finalmente, creo que nunca se me hizo más certera la realidad que aquella que se mira con los ojos empañados de lágrimas. Las lágrimas producen una distorsión de la luz, una cosa parece tener un aura y ésa es la visión nuestra. La poesía es escribir desde el borde de las lágrimas…
Costa norte de Chile, acantilados
Verás un mar de piedras
Verás margaritas en el mar
Verás un Dios de hambre
Verás el hambre
Verás un país de sed
Verás cumbres
Verás el mar en las cumbres
Verás esfumados ríos
Verás amores en fuga
Verás montañas en fuga
Verás imborrables erratas
Verás el alba
Verás soldados en el alba
Verás auroras como sangre
Verás borradas flores
Verás flotas alejándose
Verás las nieves del fin
Verás ciudades de agua
Verás cielos en fuga
Verás que se va
Verás no ver
Blanca Varela (Lima, 1926-2009), de quien se cumplirán diez años de su partida en 2019, es una de nuestras voces hispanoamericanas del siglo XX más singulares y privilegiadas. Singulares porque supo hacerse de una voz extremadamente particular, orientada a entretejer una brevedad concisa pero cargada de significado y tensión, al lado de las grandes e importantes manifestaciones de la poesía latinoamericana de la primera mitad del siglo XX, en plena transfiguración y asimilación vanguardista. Como dice Adolfo Castañón, la estela de una poesía mayormente sobria, producto de la conciencia estética de una posguerra europea, no se reflejaba todavía en el ideario poético latinoamericano que, más bien, era una fiesta: “La austeridad, la aridez, la pobreza y la desnudez que marcan la tarea poética de Montale, Ungaretti, Auden o Char tardarán en llegar al continente hispanoamericano.[1] (…) “No pocos poetas hispanoamericanos se fueron con la finta de la abundancia y le buscaron un tamaño continental, mesiánico a su esperanza (…)”.[2]
Es en ese contexto que ciertas sobriedades poéticas destacan ya que “no abundan los poetas hispanoamericanos que han sabido alcanzar en la desnudez una plenitud, en la severidad seminal, riqueza…”,[3] como es el caso de Varela.
Privilegiada porque, proveniente de una familia de escritores y humanistas ya que sus abuelos maternos fueron Nicolás Augusto Gonzales Tola, historiador y diplomático y Delia Castro Márquez, poeta, y su madre, Esmeralda Gonzáles Castro, fue una reconocida compositora de valses criollos, tuvo una formación amplia que la llevó a ser una de las primeras mujeres en ingresar a la Universidad de San Marcos en 1943 para estudiar letras y educación.
Privilegiada porque, en ese ámbito universitario, conoció a Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson y a quien sería uno de sus principales maestros y amigos, Sebastián Salazar Bondy, quien le proporcionó diversas lecturas y quien la acercara a Emilio Adolfo Westphalen, a José María Arguedas y a la peña Pancho Fierro, una tertulia de artistas e intelectuales dirigida por Alicia y Celia Bustamante (la primera esposa de Arguedas), donde conoció a diversas personalidades como César Moro y Martín Adán. Fue Bondy quien también le presentara al pintor Fernando de Szyszlo, quien sería su esposo y con quien tuviera dos hijos.
Blanca Varela con hijos. FOTO ALICIA BENAVIDES
Es decir, conoció a las más importantes conciencias creadoras de su tiempo y espacio, con quienes conformaría la llamada Generación del 50.
Pero además de Bondy, también recibió las enseñanzas de Westphalen y Arguedas, vitales para su poesía. Afirma la autora: “Mi poesía no sería lo que fue sin Westphalen y Arguedas”.[4]
Y mayormente privilegiada porque Fernando de Szyszlo y ella emprendieron el viaje a un París de posguerra, donde conocieron a Julio Cortázar, Carlos Fuentes, y a Octavio Paz, quien los acercó a los círculos artísticos de latinoamericanos y españoles radicados en Francia y a figuras como André Bretón, cuyo pensamiento fue primordial para la poeta. También, en una estancia posterior (1953), Varela conoció a Sartre y a Simone de Beauvoir.
Justo en esta estadía es que Varela, acaso en memoria de lo vivido en la peña Pancho Fierro, que era un espacio de revaloración de lo peruano, y en medio de una cultura extraña, afirmó su identidad peruana y comenzó a escribir poesía, pero no una poesía ajena a su origen, sino de “poemas que recuperaban los paisajes de Perú, donde quedó mi infancia para siempre”.[5]
Es precisamente este espíritu que guía la escritura de “Puerto Supe”, poema fundamental en su obra que abre su primer libro, Ese puerto existe (1959), volumen célebre en México porque fue publicado, bajo el auspicio de Paz, en la Universidad Veracruzana. El texto es una contemplación marina, paisaje que le fuera muy cercano a la autora y que forma parte del imaginario de muchos de sus poemas. Sin embargo, el mar de este poema es la luz de Puerto Supe, una localidad en Perú donde la autora, en su juventud, pasó veranos en una casa de Alicia Bustamante, junto con Arguedas, su esposa Celia y de Szyszlo y que, como cuenta la autora, estuvo a punto de darle título al libro donde está incluido, si no hubiese sido por la intervención de Paz.
El poema es imprescindible porque en él aflora esta evocación del paisaje a manera de una afirmación identitaria, pero, ante todo, porque en él se delinean los rasgos de su estética, de su manera muy particular de transgredir la imagen poética y, lo más importante, la presencia de una sombra, acaso una/otra manifestación de lo real, como una manera de cuestionar el mundo fenoménico, elementos que, probablemente, fuesen tallados imperceptiblemente en su conciencia creadora a la vera de sus lecturas en Europa:
Aquí en la costa escalo un negro pozo, Voy de la noche hacia la noche honda, (…) o habito el interior de un fruto muerto…[6]
A lo largo de su trayectoria, Blanca Varela obtuvo varios de los reconocimientos más importantes del ámbito hispanoamericano en materia de poesía: el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2001); Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (2006) y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2017). Su obra reunida puede consultarse en diversas antologías, entre ellas Canto villano. Poesía reunida, 1949-1994, (1996); el ya inconseguible volumen Donde todo termina abre las alas (Poesía reunida, 1949-2000), Barcelona, Galaxia Gutemberg /Círculo de Lectores, 2001 y, recientemente, Poesía reunida 1949-2000 (2016).
Poesía reunida 2000 Blanca Varela
CUÁL LA LUZ, CUÁL LA SOMBRA…
Blanca Varela posee una voz escéptica e irónica y lúcida; no da por sentado ningún orden y cuestiona, de manera sutil, nunca expresamente, y en muchas ocasiones, con palabras ásperas, los órdenes en que nos movemos: religiosos, místicos, éticos, sociales. Pero, ante todo, como se mencionó, hay un cuestionamiento y extrañeza del verdadero orden de lo real y la existencia a partir de una percepción casi invisible de una realidad otra, de un misterio o una oscuridad que observa, que brilla, que late, que acecha, en la plenitud abierta del día:
El cielo cabalgaba espléndido, arrebolado. Una mano prolija instalaba pájaros bajo la lluvia fina, pasajera. Todo sucedía así. A pesar de la música, de la aparente normalidad, una piedra rodaba; un signo, una invisible señal ardía sobre la ignorancia del mundo...[7]
Llama la atención que esta “índole otra” que nombra, es un tema que comparte con otra poeta casi contemporánea suya, la argentina Olga Orozco (1920-1999), aunque en Varela “lo invisible” no es una certeza, una realidad aceptada, como en Orozco y, además, es desarrollado desde diferentes estéticas. Si bien podría decirse, como lo han señalado los estudiosos, que debido a estos temas las autoras transitan por la vena surrealista, en Varela ésta se desarrolla como un atisbo, una presencia inquietante, mientras que Orozco desboca el discurso del inconsciente. En ambas se trata, de un eco, quizá de un espíritu de época. De esta forma, Varela no es surrealista como tal, sino a partir del atisbo de esta sombra: “Paz dice que no soy surrealista en la práctica sino en el estilo. Hay una cosa de rebelión, de crítica de la realidad”.[8]
Varela nunca transgrede lo real, como Orozco sí lo hace; es decir, como Olga, Blanca nunca entabla un diálogo con “quienes rondan la niebla” (aludiendo a uno de los poemas de Orozco). Ella sólo enuncia esta posibilidad, insertada en el mundo de la materia: una visión, una mutación instantánea de la atmósfera, un viento o una hoja, un sueño, un recuerdo:
Cae una hoja y es como la señal esperada para que vuelvas de la muerte y cruces con resplandor mi memoria… [9]
Acaso percibe, desde lejos, estas “realidades”; acaso percibe, desde este “otro lado”, al ángel, al fantasma, presencias constantes en su obra, pero siempre como destellos: “Soy realista. Me atrevo a mirar y parece que no necesito dioses, (…) A veces los evoco, (…) creo que he golpeado esas puertas y nadie me ha respondido. Me conformo con la realidad (…) aunque creo siempre en ese fulgor instantáneo”.[10]
Blanca Varela es una poeta que se mueve entre fronteras, entre ámbitos de la percepción, aunque nunca se despegue de lo real. Es una poeta liminar, que ubica sus reflexiones dentro del claroscuro: “Siempre he tenido la sensación de que pasamos de una zona tenebrosa a una especie de iluminación y que, cuando creemos haber hallado un camino, encontramos que en esa luz que aparentemente nos guía hay una profunda oscuridad. Camino y vivo entre esos contrastes porque siempre estoy tratando de encontrar en dónde poner los pies”.[11]
En cuanto a su estética, los críticos han coincidido en la sobriedad, de esta palabra poética. La escritora mantiene esta poesía que llama al silencio y apela a la conciencia del lector en quien, solamente, se cumplirá el poema. En dicho silencio, en la contención, es donde encuentra su riqueza. Para lograrla, su batalla es con la expresión y el idioma:
Un poema como una gran batalla me arroja en esta arena sin más enemigo que yo yo y el gran aire de las palabras[13]
La poesía contenida de Varela es un ejercicio de amplia significación construida con los menos elementos posibles que en ocasiones, llega a lo críptico, por lo que hay que dar un salto de razón y de percepción para desplegarlo. Pero justamente, esta hondura es lo que le ha valido su carta de navegación en el contexto tan complejo y vasto, que le tocó vivir. Como dice Adolfo Castañón, respecto de esta poesía: “Ejercicios materiales para que la palabra no se disipe ni se la lleve el viento de la historia literaria ni se haga humo después de la vanguardia”.[14]
Por otro lado, Varela es una poeta de imágenes, sin embargo, transgrede su construcción a partir de su estética y de sus preocupaciones vitales. En su poesía, utiliza campos semánticos, referencias en torno al paisaje que podrían ahondar en cierta lírica (la luz, los pájaros, el viento, el mar, el jardín, la noche, los astros). Por lo general, como podríamos observar en una de sus construcciones más recurrentes, bajo el cielo abierto de la existencia, “Ni una hora de paz en este inmenso día. / La luz crudelísima devora su ración”,[15] es decir, bajo la vastedad que la voz poética observa y no alcanza a aprehender, la realidad se transfigura y emerge el misterio, el límite entre lo que es y lo que no, o nuestras catástrofes de materia. Y es justamente ese elemento, dentro de la contención con que escribe, lo que le da la vuelta de tuerca al poema:
El agua de tu rostro en un rincón del jardín, el más oscuro del verano, canta como la luna.
Fantasma. Terrible a mediodía. A la altura de los lirios la muerte sonríe…[16]
MÁSCARAS DE LO VILLANO
Conforme va desarrollando su poética lo largo de sus libros, los planteamientos éticos y estéticos de la autora se complejizan. Desde el primer poema que abre su primer libro, como mencionamos, hasta su último título publicado, El Falso teclado[17], podemos observar el devenir eso otro que circunda su creación, que básicamente, sería el diálogo del ser consciente de su finitud con el misterio por el cual y bajo el cual respira. Como dice la poeta Carmen Ollé, referida por Adolfo Castañón: “Su poesía nos invita a leer-nos del otro lado del espejo y a celebrar bajo el firmamento de la palabra la danza nupcial con nuestra última sombra”.[18]
Es un diálogo descarnado, de la rosa matérica, la “rosa de grasa / que envejece/ en su cielo de carne” [19], frente a lo real, donde vamos observando diversos interlocutores o “fulgores”, como ella misma ha dicho (el fantasma, el ángel, la sombra, una oscuridad, la muerte, un dios al que increpa, la conciencia, un yo profundo) provenientes de “ese otro lado del espejo” que ya nombra (mas no constata), no sólo evoca o presiente, en su segundo libro, Luz de día (1963):
Tal vez ese silencio dice algo, es una inmensa letra que nos nombra y contiene en su aire profundo. Tal vez la muerte detrás de esa sonrisa sea amor, un gigantesco amor en cuyo centro ardemos.
Tal vez el otro lado existe y es también la mirada y todo esto es lo otro y aquello esto y somos una forma que cambia con la luz hasta ser sólo luz, sólo sombra. [20]
En Valses y otras confesiones (1972), su siguiente libro, la estética de Varela se complejiza y comienza a prescindir de la puntuación y a cultivar el versículo y la narración. Asimismo, más que este cuestionamiento a lo real, se da el cuestionamiento a lo social. Canto villano (1978) significa el recrudecimiento de su discurso. Es un canto “villano”, es decir, del pueblo; es el canto llano, abierto, sin disfraces, de la especie humana frente a una realidad mirada con escepticismo (te rendimos dios/ el gran homenaje/ el mayor asombro/ el bostezo”[21]) y frente a su realidad última, que es vista desde su desnudez y su nada:
fatigados comediantes se retiraron hasta la muerte y las carpas del circo se abatieron ante el viento implacable de la realidad cotidiana y si me preguntan diré que he olvidado todo que jamás estuve allí…[22]
Ejercicios materiales (1993) ya implica el cuestionamiento a un dios, y es así como llegamos a El libro de barro (1993), el poemario más unitario de la autora, el más complejo y a donde llega a un refinamiento cabal de su ética y estética de tal modo que, en un verso mayormente desarrollado y cierta mística, devela la materia de limo que son hombres y dioses:
Mirando a los dioses borrarse en el muro y a los hombres sangrar en el libro de barro. Sal en los labios y en los ojos la memoria desollada aproximándose a la ausencia…[23]
En Concierto animal (1999), su penúltimo libro, en el cual la presencia del dolor y la ausencia frente a la pérdida de uno de sus hijos en un accidente aéreo en 1996, marcan el verso. El trayecto del ser frente a una realidad puesta en vilo, pero que finalmente no tiene respuestas ni certezas se va cerrando hasta el vaciamiento de todo discurso y la resignación:
Felizmente no tengo nada en la cabeza sino unas pocas ideas equivocadas por cierto y una memoria sin tiempo ni lugar nada para poner nada para dejar sino huesos, cáscaras vacías un montoncito de cenizas y con suerte algo de polvo…[24]
Hasta llegar a la aceptación simple, llana, de la finitud como única respuesta, después de la travesía de conciencia, en El falso teclado (2000), su último libro:
para eso estamos para morir sobre la mesa silenciosa que suena[25]
La poesía de Blanca Varela es el canto lúcido, cruel, a veces esperanzado, de esta especie humana y su conciencia; la suya, pues, en un canto villano, que en la autora que en es un arte, un mester de villanía. La presente entrevista fue realizada en el contexto de su designación como Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2001.
Ha reiterado que no le gusta hablar de su poesía y sin embargo, ha dicho que cada vez más le interesa la conciencia del acto creador. ¿Cómo es esta relación?
Eso es verdad. Me siento cercana a esa conciencia, pero me interesa más que los especialistas hablen sobre mi trabajo. Yo no tengo un espíritu crítico, pero sí autocrítico, es decir, corrijo mucho. Siempre hago una poda exhaustiva; recorto lo superfluo, lo que no sirve para expresarme. Pero eso es diferente a que yo tenga algo que decir sobre mi poesía; solamente escribo y no puedo hacer crítica sobre lo que hago. Eso se lo dejo a los lectores y a los estudiosos. Pienso que cada persona tiene un gusto, una medida: hay poetas que hacen crítica, otros que no, así como hay autores que me gustan, otros que no; hay quienes hacen una obra de tal o cual forma. Yo sólo trato de que mi poesía sea poco convencional.
¿En qué sentido? Es decir, que no sea programática. Escribo de lo que me ha conmovido y me interesa sumergirme en el ser humano que soy. Incluso, hay ocasiones en que me refiero al orden social, pero nunca desde un punto de vista panfletario. No me llama la atención para nada ese tipo de poesía. Por otra parte, no me interesa la poesía rimada, medida. Creo que es maravillosa, no la voy a poner en tela de juicio, por ejemplo, ahí está Mallarmé, quien tiene textos espléndidos. Tampoco es que no la pueda hacer, simplemente, que mi intención es otra y el verso medido no me sirve. Por un lado, para mí la poesía es respiración y silencio. Esto último es muy importante porque en ese silencio debe haber cosas que tienen que quedar en el alma del lector.
José Angel Valente decía que un poema no existe si no se oye, antes que su palabra, su silencio. ¿Ésa es la búsqueda de su poesía? Claro. He tenido grandes maestros en ese sentido, por ejemplo, Octavio Paz quien manejó muy bien ese aspecto: él sabía que había que suspender el discurso en un momento determinado. Otro ejemplo es Valente. Admiro muchísimo su poesía, además, fue un buen amigo; incluso tuve la oportunidad de visitarlo antes que muriera. Guardo un excelente recuerdo de él. Otro maestro, gran amigo también, ha sido Westphalen, quien no sólo se cayó en el poema, sino que tuvo un silencio de 30 años que hasta hace poco rompió. Y bueno, para qué sigo enumerando. Un autor que no puedo dejar de mencionar es Paul Celán, otro de mis amores en poesía. A mí me gusta el trabajo poético que dice cosas a la manera en que la poesía sabe decirlas; Celán, por ejemplo, es maravilloso en ese sentido. En fin, también diré que me gusta la poesía alemana, claro, en traducciones porque no conozco el alemán; sólo leo en francés y en español.
En su poesía este silencio se manifiesta en cierta revelación que, además, se mezcla sutilmente con el canto villano que protesta… La última poesía que he hecho tiene que ver con mi temperamento y con mi edad. Algunos dicen que soy una poeta pesimista, pero es sólo una impresión. No es pesimismo, lo que pasa es que, como he dicho, tuve la experiencia de la muerte en alguien muy cercano a mí, y ése, es un dolor muy profundo. Pero soy optimista, la gente joven y los niños me apasionan, son muy próximos a mí, me llevo regio con ellos.
¿Cómo es la contemplación del paisaje poético en su obra? Siempre he sido una persona que le gusta observar el mundo, el arte, lo que me rodea. Tengo un enorme placer al hacerlo. Me gusta la naturaleza, pero no soy una poeta bucólica; el paisaje es sólo una referencia en mi poesía. Por ejemplo, vivo al lado del mar, me gusta, siempre lo he tenido presente en mi vida ya que nací en la costa. Pero como dije, sólo es una referencia y no una constante.
¿Podría ahondar sobre este aspecto de la poesía como una respiración? La música del poema es lo que va dando la respiración. Es algo que vibra en lo más profundo. Cuando escribo, más que buscar en el exterior, busco armonía en el interior. Eso es algo que viene desde muy dentro, y viene como un aire: la respiración del poema es el oxígeno del alma. Eso es lo que he tratado de buscar y, como dije, ese viento debe ser contenido. Ahora que soy mayor sería muy fácil llenar páginas y páginas de poesía, porque contenerse implica menos dificultad. Ah, y por cierto, quiero agregar algo más sobre la respiración y la música: me hubiera gustado muchísimo hacer una poesía que pudiera cantarse, es decir, que pudiera ser musicalizada e interpretada por un artista. Cómo me hubiera encantado, pero no se me dio. Es sólo un pensamiento.
Su poesía se desarrolla desde la imagen contenida, más o menos referencial, hasta una imagen, aunque breve, mayormente compleja. ¿Cuál fue el proceso? Antes me dejaba llevar por esa cosa terrible que es la inspiración. Es que uno cuando joven, está fascinado por la vida y por la literatura, por eso tiende a literaturizar, a ser torrente. En mi primera etapa, digamos, mis poemas eran muy literarios. Creo que más o menos por los 50 años mi poesía cambia, es decir, se vuelve menos literaria y se humaniza porque comienzo a vivir la realidad de mi país.
¿Cómo asume este discurso? Siempre he sido, como dicen, “una izquierdosa”. Me preocupa la injusticia, el maltrato, el hambre, que no coman bien los niños. Pero para la política no soy buena.
¿La expresión contenida tiene que ver con una obra también contenida? Como dije, hay que contenerse. Pienso que Ejercicios materiales y El libro de barro son libros más calmados que mis primeros trabajos. Incluso pensé que ya no me iba a ser dado escribir más, que esos volúmenes constituían mi etapa final. Pero no. Y eso mismo pasó con Concierto animal. Sin embargo, tengo otro libro reciente que incluí en la compilación de Galaxia Gutemberg que se llama El falso teclado. Entonces, sigo escribiendo.
¿Podría hablarnos de este libro?
El título tiene que ver con la poesía. El acto de escribir tiene que ver con un falso teclado porque uno no sabe lo que va a escribir y uno nunca consigue lo que uno quiere. El poema, entonces, es sólo una aproximación a lo que uno le interesa hacer.
Dentro de la contención, también hay crudeza, villanía en el lenguaje. ¿Cuál es el planteamiento?
Mi poesía es dura, y desentona. A veces no tengo respeto por las palabras que son consideradas como “poéticas”. Yo uso todo lo que me sirve, por ejemplo, adjetivos muy duros. Eso lo heredé de César Vallejo: él hacía cosas maravillosas, no le importaba torcerle el cuello a la gramática, es genial. Así, yo uso todo lo que pueda convenir a mis poemas.
¿Por qué no volvió a publicar en México?
Me da pena no haber publicado en México, que es mi segunda casa editorial. Guardo muy buenos recuerdos de ese libro de la Universidad Veracruzana, imagínese, incluía una presentación de Octavio Paz. Él siempre fue muy generoso, quería mucho a los jóvenes.
Ha dicho que, para usted, la poesía significaba un acto de reafirmación de la identidad en el mundo adverso que le tocó vivir en sus años de formación. ¿Qué significa ahora para usted? La poesía ha significado y significa el poder ejercitar mi libertad. Yo soy libre y gratuita, es decir, no espero ninguna recompensa por lo que haga y diga. La poesía no entra en un mercado, como la pintura. Yo viví de cerca esa experiencia por mi marido. La poesía no tiene precio, existe felizmente. Y para mí es muy preciada porque es un acto de reflexión. En ella me pregunto cosas y como no me contesta nadie, ni la política, ni la religión, pues voy a la poesía. En ella especulo, y es la única manera de contestarme cosas.
¿Qué etapa sigue en su vida y obra después del premio? No me gusta que la gente me señale, no me gusta el éxito porque soy muy discreta. Soy poco pretenciosa y no soy vanidosa. Ahora hablo demasiado porque hay que hacerlo, pero normalmente no. Sólo quiero seguir escribiendo, tal vez haga traducciones del francés y del inglés, pero hasta ahora no he tenido tiempo. Sólo quiero retomar el orden de mi vida que ha sido tranquila.
[1] Varela, Blanca. Canto Villano (Poesía reunida, 1949-1994), Nueva ed., México, Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 27
[15]Op., cit., 2016, “Mediodía”, Ese puerto existe, p. 22.
[16]Op., cit., 2016, “En lo más negro del verano”, Luz de día, p. 55.
[17] Varela, Blanca, El falso teclado (2000), que no se publicaría como libro independiente hasta 2016, por la Casa de La Literatura Peruana, en edición no venal. Este reúne sus últimos trece poemas, dedicados en conjunto al poeta español José Ángel Valente.
[18]Cf. Carmen Ollé, Poetas peruanas: Lima, Perú. “¿Es lacerante la ironía?”. Márgenes. Encuentro y debate. Año VI. No. 12, noviembre de 1994, pp. 11-16.
[19]Op., cit., 2016, “Canto villano”, Canto villano, p. 131.
[20]Op., cit., 2016, “Máscara de algún dios”, Luz de día, p. 70-71.
[21]Op., cit., “A la realidad”, Canto villano, p. 121.
[22] Op., cit., “Camino a Babel” (IV), Canto villano, p. 149.
A la luz de la reciente aparición de Lo innumerable (Ediciones Era, 2018), en esta conversación que sostuvo Hamlet Ayala con Jorge Fernández Granados se reflexiona acerca de las inquietudes y motivaciones que han ido perfilando una poética propia a lo largo de la obra del autor.
Jorge Fernández Granados (Ciudad de México, 1965) ha publicado los libros de poesía La música de las esferas, El arcángel ebrio, Resurrección (Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 1995), El cristal, Los hábitos de la ceniza (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2000), Principio de incertidumbre (Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer 2008) y Si en otro mundo todavía. Antología personal (2012), además del volumen de ensayos El fuego que camina (2014). Parte de su poesía ha sido traducida al inglés, francés, portugués y chino.
Hamlet Ayala: En una entrevista contaste que recuerdas ciertos días en que tu abuelo tomaba la palabra, y todos callaban y escuchaba. Entonces descubriste en la palabra misma un instrumento especial. Tomar la palabra y escucharla te remitía a una tribu reunida alrededor de una fogata. Jorge Fernández Granados: Bueno, ya he comentado por ahí sobre esa aproximación quizás inconsciente a lo que es la palabra: el empuñar la palabra como si fuera una joya, un talismán, eso solía ser importante en el ámbito doméstico. Pero también yo creo que desde los ojos de uno cuando es niño, uno observa lo que tiene relevancia para el grupo, va aprendiendo de lo que ve. Particularmente he contado ese momento en que, no sólo mi abuelo, sino en general los mayores, se levantaban para decir unas palabras, y cómo esas palabras eran algo importante que los demás escuchaban con mucho respeto, como si estuvieran blandiendo un objeto precioso, una reliquia muy valiosa. Eso yo creo que sí lo percibe uno como desde cierta perspectiva mitológica, porque esas palabras son las mismas palabras que empleamos todos los días en la vida cotidiana, pero hay un momento en donde se vuelven parte como de una ceremonia ancestral, porque van a tomar un significado trascendente. Para mí fue una luminosa interrogación que estaba en mi cabeza: ¿por qué de pronto esas palabras son como hechizos, como algo que va a producir un cambio emocional en los demás? Y bueno, hay esas otras expresiones que son muy tradicionales en nuestra cultura, como decir “me dio su palabra”, “va a cumplir su palabra”, o “traicionó su palabra”. Cosas que incluso son muy importantes en algunas culturas prehispánicas, sobre todo en el norte de México. Lo más valioso que podía tener una persona, y lo último que podía perder una persona, era el honor de su palabra. Ese tipo de cosas yo creo que no son gratuitas, creo que van quedando como una marca muy profunda y también implican la pertenencia a una cultura, a una tradición. Posiblemente en otras culturas la palabra hablada, la palabra proferida, en determinados momentos no tiene la misma relevancia. Hay culturas de pocas palabras, culturas más basadas en los hechos. Lo supondría de algunas culturas orientales, que más bien buscan omitir palabras, donde no se ve bien que haya demasiada palabrería, se ve mejor que haya brevedad, que haya concentración en los actos. Creo que esas fueron algunas de las primeras aproximaciones.
La otra etapa, la otra ala de este camino, fueron las lecturas, los libros. Aunque yo insisto que no fue precisamente la mía una formación libresca, fue más una formación de experiencias, más de actos cotidianos, de ver la vida de los demás, la vida del entorno. Los libros fueron llegando poco a poco, y creo que fueron llegando como debían llegar, no estaban ahí. Fueron en parte una herencia y en parte una búsqueda, una persecución. Hasta donde yo recuerdo, muchos de mis libros los busqué, los encontré, los fui cazando, no solamente en librerías sino a veces en casas de otras personas, donde de pronto uno encuentra que ahí estaba un libro que uno había buscado y, bueno, es como tener una reliquia. O por casualidad, por azar, que es otra de las cosas que a mí siempre me han sorprendido mucho, porque pienso que son todo un mecanismo de la realidad. El por qué ciertos libros se nos aparecen en determinados momentos, por qué ciertas lecturas nos abren o cierran ciertas etapas de la vida. En fin, me parece que esas fueron las dos maneras en que yo me acerqué a la palabra.
Aquí podemos preguntarnos sobre tu postura frente a la existencia de esas palabras. La palabra te es dada en la ceremonia de la escucha, y la atesoras. Pero en tu poesía, la palabra —la palabra poética en particular— es constantemente interrogada o puesta en tela de juicio, sobre todo frente a lo que no se puede nombrar. Y, sin embargo, no hay renuncia. En ese sentido, la palabra conlleva cierta condición de fatalidad para quien la porta, parece que resulta cuestionable, pero irrenunciable. Yo creo que es la certeza de que la palabra humana es una herramienta, un instrumento para atravesar la vida. También para comunicarse, para sobrevivir, para todo eso. Pero es tener la certeza de que a lo último que aspira la expresión humana —y quizá no solamente la palabra, sino todo código, todo lenguaje— es alcanzar algo para lo que finalmente resultará insuficiente ese lenguaje. Me parece que con esto me aproximo a otra de las zonas de atracción para mi trabajo que es cierta idea de lo inefable, cierta idea mística, quizás, cierta aproximación a distintas nociones de la divinidad. No soy una persona de fe, pero sí soy una persona con muchas interrogaciones acerca de esos límites últimos de la consciencia, aquello que llamamos el Destino, quizás.
Creo que la palabra es uno de los instrumentos más finos, más perfectos que hay para comunicarnos. Pero cuando digo comunicarnos no quiero decir solamente comunicar entre uno y otro, sino para comunicarnos a nosotros mismos nuestra propia consciencia, porque creo que ésta no es solamente un hecho, es un devenir. Y si esa consciencia no tiene cómo comunicarse consigo misma, no está completa. Entonces, yo creo que el lenguaje es una profunda herramienta de conocimiento, de autoconocimiento y también de comunicación con el prójimo. Además es un instrumento que logra atravesar el tiempo, que es otra de las fronteras de la realidad humana. Pensar que el pensamiento de alguien que vivió hace mil años sigue estando aquí, y que es plausible de decodificar y desentrañar, me sigue pareciendo revelador. Pero sí es verdad que en muchos momentos hago patente esa consciencia de los límites, y que es posible que ante la existencia en su sentido más pleno, los momentos más profundos de la realidad son más verticales, son prácticamente inaccesibles a cualquier lenguaje. No seré yo el primero que lo haya dicho de esta manera, hay una importante veta en el pensamiento místico que habla de que finalmente los últimos peldaños de la consciencia no son susceptibles a la codificación, son mera experiencia. De hecho, en el Tractatus, Wittgenstein lo dice: “de lo que no se puede hablar, es mejor callarse”.
Justo en ese extremo de la escala de profundización mística, por así decirlo, se hace presente otro componente de la musicalidad: el silencio. Y lo señalas en los momentos de más concentración, de una enunciación más sintética o más detenida en tus poemas. En Lo innumerable escribiste: “callar para oír al dios”, y “hay poetas con la boca cerrada.” Aquí el silencio aparece también como una manifestación callada de la poesía. Hay un proverbio atribuido a la sabiduría árabe que dice: “Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, mejor calla.” Creo que ésa es una profunda consciencia de lo que es el silencio. Es decir, el silencio es la primera forma de la plenitud de la belleza. Y quienes amamos o estudiamos la música en algún momento de la vida, sabemos que su definición también se parece mucho a una definición de la poesía. La música es el arte de los sonidos y los silencios en el tiempo. Son tres elementos: sonido y silencio —que son como la palabra y el blanco del papel—, forzosamente tiene que haber uno para que haya el otro; y todo en un tercer plano, que es el tiempo —la pauta, la partitura—. Eso se parece mucho a la poesía también: la poesía es el arte de las palabras y el silencio en el tiempo. Por eso el silencio para mí es tan importante como la palabra misma, porque es exactamente su otredad, el otro lado del espejo donde la palabra tiene que estar desdoblándose o repercutiendo. Hay palabras que si no tienen el silencio adecuado, no puedes escucharlas. Esto lo digo en un sentido metafórico. Cuando una persona está a punto de morir, sus últimas palabras toman una fuerza impresionante. Pero si esas palabras no estuvieran dichas en ese momento, quizá se perderían, o significarían otra cosa. Voy a poner un ejemplo con una historia por demás popular: cuando está muriendo, Wolfgang von Goethe pide que abran las cortinas. Y cuando las abren, dice: “¡Luz, más luz!”. Esas fueron sus últimas palabras. En la vida cotidiana, pueden pasar desapercibidas. Pero siendo las últimas palabras de Goethe, que además de poeta y escritor fue un científico, ¿qué quieren decir? Esas palabras, en ese momento, en ese plano de tiempo, se disparan totalmente hacia muchos significados. Y creo que el silencio es finalmente lo que rodea ese espacio como imantado de palabras. Valorar el silencio es tan importante como valorar cada bocado. O, volviendo al símil de la música, darle su dimensión al silencio es tan importante como entender la presencia de cada sonido, ésa es la dualidad por excelencia.
A propósito de tu libro más reciente, podemos observar el título abarcador de cada una de las estancias que lo conforman: Lo innumerable, aquello que no se puede contabilizar o tener bajo un registro estricto, que siempre está sucediendo desbordado de sí mismo. El granizo, la lluvia, el viento, la memoria, el tiempo… Y frente a eso, es curioso que un libro que señala esa condición de innumerabilidad sí lo pauta, versifica sobre de ello. Pareciera que subyace una fe en que el lenguaje poético tiene el alcance de hablar de todo aquello que rebasa cualquier registro posible, y que puede presentarlo con plenitud y profundidad. Háblame de eso. El título para mí es una clave para entender mucho de este libro. En primer lugar, junto con él, viene un epígrafe de Roberto Juarroz, de su poesía vertical: “el mundo es sólo un dios que se deshizo”. Lo innumerable es la divinidad, Lo innumerable es el mundo. Y si lo pudiéramos reunir de nuevo sería una totalidad. Pero esa totalidad está fragmentada. Es como el Big Bang, ya está convertido en la multiplicidad de las cosas existentes. Y si todas esas cosas existentes pudieran volver al punto inicial, serían la divinidad misma. Entonces hay un guiño ahí con lo que sería una idea de la divinidad. Acepto que soy una persona que se interroga con frecuencia acerca de la divinidad, de lo que sería un dios, pero el mundo como un dios que se deshizo, que todo lo que vemos es una entidad, pero una entidad que no se nos puede revelar sino con lo innumerable. Eso por un lado. Por otro, éste es el libro más ambicioso que he escrito en sentido formal y temático. Si me preguntas de qué trata Lo innumerable, te diría que quise que tratara de todo lo que ha constituido mi experiencia de la vida. Es un libro que habla del tiempo, de la luz, de la oscuridad, de la infancia, de la poesía, del amor, de la soledad, de la enfermedad. En fin. Podrían decirme que estoy loco si quiero meter todo eso en un libro. Pues sí. Como nos demostró James Joyce en el Ulises, en un solo día de la vida pueden estar presentes todas ellas. La eternidad puede caber en un día o puede caber incluso en un instante. Eso innumerable es, desde la aproximación posible de cada uno de nosotros, la propia vida, los propios fragmentos de nuestras vidas, que están ahí como flotando todo el tiempo en el devenir.
Es un libro que me tomó veinte años escribir, hay que decirlo, porque iba surgiendo por episodios, por secuencias. De hecho, yo ni siquiera pensaba que pudiera ser un solo libro, yo pensaba que estaba escribiendo cuatro o cinco libros. Hasta que me di cuenta que todo eso era parte de una misma posibilidad abarcadora, pero era un desafío tanto en su creación en términos formales como para la lectura. Espero que no sea demasiado complicado, aunque sí conlleva una cierta exigencia entender este libro. Pero yo creo que el epígrafe sí señala más o menos por dónde va, “el mundo es sólo un dios que se deshizo”.
Poetas como Antonio Gamoneda o Juan Ramón Jiménez, por ejemplo, han insistido en su momento en separar la poesía de la literatura, como si, a propósito de estos componentes que mencionábamos al hablar de la poesía y sus procesos de escritura —el silencio, las palabras, la memoria y la experiencia—, estuviéramos tratando sobre ‘otra cosa’. ¿Qué piensas de eso? Hay una noción que viene del romanticismo sobre todo: la esencia aurática de la poesía. Esto refiere a que el poeta es una especie de médium, o que de alguna manera transmite algún mensaje suprahumano o de un estado de consciencia superior. Esto está históricamente comprendido como una idea romántica. Yo en lo particular no la sostengo. Me parece muy interesante, y tendría incluso alguna raíz antropológica que podríamos sondear incluso en ciertas técnicas chamánicas, que todos los pueblos han tenido en cierto momento, la identificación con lo mágico, o de ciertos estados o actos de la magia con palabras. Y, generalmente, hay alguien en las tribus que esto lo puede hacer: el curandero, el chamán, el medicine man, como lo llaman los indios de Norteamérica. Es muy interesante esa idea, pero yo creo que la poesía moderna no pude creer en ello. Y si lo cree, estaría buscando más una justificación extraliteraria de la poesía. Sin embargo, lo que sí creo es que la poesía sería la concentración más alta posible del significado en un grupo verbal. La definición de Pound me sigue pareciendo la más certera: poesía es el arte de llenar a las palabras de significado. Lo que sucede es que no sólo se hace poesía cuando se escriben versos, hay momentos de la poesía en la novela, en el ensayo… Es decir, sí existe la poesía como un momento de concentración y plenitud del lenguaje, pero no está necesariamente en lo que llamamos versos o en el formato de un poemario. Yo pienso que Paradiso, de José Lezama Lima es una novela llena de poesía, pienso que Juan Rulfo es prácticamente un poeta todo el tiempo. Y hay libros de “poesía” absolutamente carentes de ella. Hay poesía cuando el lenguaje alcanza ese grado de concentración. O como diría Alfonso Reyes, cuando las palabras alcanzan “la temperatura de una creación”. Esos momentos no se detectan sólo en el género poético, incluso diría que hay conversaciones o momentos del diálogo cotidiano que están llenos de poesía. Entonces, ésta sería mi síntesis al respecto: sí existe la poesía como profunda concentración y plenitud de lenguaje, en ciertos momentos. Pero no, no es un género en el sentido de un formato predestinado a ser poesía.
Ahora que traes a cuento a Paradiso, alguna vez confesaste que tu libro El cristal es un libro un tanto lezamiano, y has dicho que Paradiso es un libro de los que más te han cimbrado. Podríamos ir detectando algunos momentos, detectando ciertas motivaciones a lo largo de tus libros. En un primer momento, que abarcaría tus primeros cuatro libros, se adivina una motivación de deseo y de descubrimiento, la voz poética siempre está buscando y respondiendo al pasmo, al hallazgo, hay una exaltación frente al lenguaje mismo; tal como en el barroco (otro gusto tuyo), que por acumulación va generando texturas, concentración, enfoques. Pero después entramos en una segunda fase, que se percibe a partir de Los hábitos de la ceniza, en donde se instala un ánimo de dar cuenta de ciertas certezas, ya no hay tanto esa sensación de estar abriendo la puerta al mismo tiempo que el poeta, más bien parece que el poeta viene a decirnos algo así como: “éste ha sido mi camino, y tengo dos palabras qué decirte”. A diferencia de las motivaciones de deseo y de descubrimiento de los primeros libros, el discurso del poeta se vuelca en otro tono a los detalles de la vida transcurrida, de las ausencias y las certidumbres, de los anhelos que se han adquirido con el tiempo. Quisiera saber si estás de acuerdo con esta lectura y qué marcó esas dos regiones de tu escritura, a qué se deben. Creo que sí hay dos vertientes, pero lo curioso es que son simultáneas. Se publican al mismo tiempo, en el año dos mil, dos libros que por lo menos para mí marcan ya una voz muy definitoria, muy definitiva de lo que pretendo decir, que son El cristal y Los hábitos de la ceniza. Pero ambos se escriben casi paralelamente. Mientras que El cristal es un libro onírico, con muchos tintes del neobarroco, del lenguaje lezaminano, —lo acabas de decir muy bien— es un deslumbramiento hacia el vocablo, hacia las posibilidades prismáticas o poliédricas de los vocablos, y por supuesto hacia la imagen poética como un elemento central del discurso poético. Los hábitos de la ceniza es un libro introspectivo, meditativo, más hacia la experiencia personal y la memoria, hacia la narratividad de ciertos elementos, ciertos personajes cotidianos, en fin. Y, sin embargo, los dos son parte de lo mismo y son casi coetáneos. Creo que en mí ha habido estas dos necesidades expresivas que son: por un lado la parte formal, de búsqueda de lenguaje y sus posibilidades —podemos decir que hay una especie de alquimia o de laboratorio con el lenguaje—; y por otro lado una necesidad introspectiva, una necesidad autorreferencial de un discurso directo. Me gusta mucho narrar, contar. No creo que esté yo diciendo nada sorprendente, pero creo que tengo una veta de contar historias, una veta narrativa que siempre me ha acompañado. Me gusta que las cosas digan algo, que traten referentes externos, historias, personajes. La gran dificultad para mí ha sido cómo fusionar esas dos escuelas, esas dos tendencias. Espero que tanto en el libro Principio de incertidumbre como en Lo innumerable por lo menos se estén fundiendo o se estén intentando trenzar en un caduceo creativo esos caminos. Pero tienes toda la razón, creo que ambos están siempre en mí como una feliz esquizofrenia.
Me pregunto si esta doble condición de confianza e insuficiencia de las palabras, que parecen ser la materia indicada para decir aquello que se intuye, pero que muchas veces no alcanzan a decir, genera una tensión particular en la poesía. La palabra que afirma al mismo tiempo que es puesta en duda, me parece que está siempre a lo largo de tu escritura. Entonces pareciera que subyace siempre una fe. Finalmente lo innumerable, lo indecible, lo inasible, está nombrado desde libros antes en tu obra. Y, sin embargo, la palabra continúa. ¿Cómo experimentas esa fe en las palabras frente a la incomunicabilidad de algunas cosas? No parto de la idea de que esto sea un ejercicio predecible. Aunque yo respeto muchísimo el oficio, y por supuesto sé que en el fondo todo artista es un buen artesano, tal vez la diferencia entre el artesano y el artista sea que el artesano confía en su materia, la sabe trabajar y continúa siempre trabajándola como sabe hacerlo, y sabe que todos los días va a seguir siendo así; el artista siempre está interrogando su propio oficio, rompiendo, destruyendo su materia, probando hasta dónde llega. Es decir, mientras uno reproduce con confianza lo que sabe hacer, el otro todo el tiempo está cuestionándolo, aun a riesgo de autodestruirse en esa gran interrogación sobre su oficio. Y en ese sentido, yo sí creo que el lenguaje puede llegar a ciertos niveles de significado, y me gusta ver si yo soy capaz de lograrlo con mi propio lenguaje. Por supuesto que otros lo han alcanzado, y yo lo admiro y lo aprendo, pero me gusta ver en lo que yo hago hasta dónde me digo lo que me quiero decir, si puedo hacerlo con lo que sé. También por eso no me conformo, y de un libro a otro estoy como cambiando, como probando, como jugándomela con otra cosa. Yo creo que en el momento en que sienta que no digo más o que ya no hay algo más que pueda darme eso, también entenderé que hay que dejarlo. No me pongo necio en ese aspecto ni espero que esto sea inagotable, simplemente veo que aparece otra línea en el horizonte que me permite seguir, que me indica que ahí hay algo, que todavía se puede. Decía Pablo Picasso: “Yo no busco; yo encuentro”. Creo que ésa es la idea. No es que uno esté necesariamente buscando, es que aparece más y aparece más. Pero, sobre todo, creo que aquí lo importante es ser honesto y ser genuino con lo que uno mismo se plantea. No importa que los demás lo aplaudan o lo critiquen, el único que realmente sabe si está tocando lo que quería tocar es uno mismo.
A pesar de que el artista cuestiona su oficio hasta ponerlo incluso en crisis, aun así hay una implicación de confianza en la materia de su trabajo y sus alcances. Me interesa ahondar en eso, retomando unas líneas tuyas que aparecen en El fuego que camina. En medio de un ensayo escribiste: “la poesía me enseñó a detectar una verdad, aunque la forma de su aparición sea lo único que la sostiene”. Esto a mí me dice que a pesar de que la forma sea lo primero que se percibe, cuando tal vez no su fondo, hay una confianza en una manifestación formal, y ahí opera cierta fe de alguna manera. También lo encuentro en tu libro El cristal, donde hay un verso que dice: “Era hermoso el mundo, era extraño”. Ta vez la condición del extrañamiento, y la belleza que implica, sea ese factor que te vale cierta fe. Aquí hay dos avistamientos que me parecen centrales en mi trabajo literario. El primero es la preocupación por la forma. Para mí el tema de la forma no es solamente necesario, yo diría que es central en un verdadero artista. En el arte la forma no es importante, lo es todo, porque, finalmente, el arte no es otra cosa que dar forma, y por medio de esa forma, si existe la expresión y existe comunicación, se da. Ningún artista serio cree en esa idea de la forma y el contenido, ésa es una idea de los comunicólogos o de los comunicadores —que no desprecio, ni desdeño la profesión—, la idea de que hay una manera de decir y otra cosa es lo que se dice. En el arte están irreversiblemente fundidas. Yo no creo que lo que dijo Miguel Ángel en la Capilla Sixtina lo haya dicho de una forma determinada como si hubiera podido elegir entre varias formas de pintarla. O era o no era lo que pintó, y si existe la fuerza de su obra es por lo que aparece ahí, o por lo que no aparece. En el arte, el artista le da forma a todo, y ahí está todo su testimonio y toda su expresión. De hecho, ésa es su obra, lo que tiene esa forma. En el arte, la forma lo es todo. Así que un artista debe trabajar con mucha preocupación y mucha inquietud toda su vida acerca de la forma de lo que está diciendo o pintando o componiendo.
El otro tema es para mí un gran misterio, el cómo es que de pronto la forma que toma algo trasciende lo que uno mismo sabía que iba a decir. Es decir, cómo logra adquirir innumerables significados algo que a veces ni el mismo artista estaba consciente de estar transmitiendo. No quiero decir que se trata del burro que tocó la flauta. Quiero decir que la enorme proliferación de significados que tiene una obra, por ejemplo la gran cantidad de cosas que se pueden decir del libro Un tiro de dados jamás abolirá el azar, ¿podrían haber sido previstas y calculadas por Mallarmé en el momento en que hizo ese juego, ese poema, esa acumulación de vocablos? Yo creo que la respuesta es que no. ¿Sabía él el significado que iba a tener eso en la historia del arte? ¿Sabía él todo lo que esa obra y sus traducciones iban a desencadenar en otras mentes? Yo creo que no. Entonces estamos ante un misterio central de la obra de arte: algo se comunica por medio del arte con otros seres en el tiempo, y el artista quizás no fue ni siquiera más que un pretexto para que apareciera. Hay un poema inquietante de Paul Valery que se llama “La idea maestra”, que trata de una idea dentro de la cabeza de una persona, y la idea le dice a la persona: “Yo no soy tu idea, tú eres la mente que yo necesitaba para manifestarme. Yo soy la idea maestra. Tú no me creaste a mí, yo hice que tú existieras para poder existir. Yo estaba antes de ti y voy a estar después de ti. Solamente fuiste mi pretexto”. A mí eso me pareció inquietante, que una idea, como si fuera una entidad anterior —y posterior— a la mente humana, usara la mente para existir. Esto tiene visos casi como de posesión, como una especie de ente que existe y que usa el vehículo de la consciencia o la mente de alguien para manifestarse, pero así como usó esa mente pudo haber usado otras. Y así como su objetivo era manifestarse, sabe que va más allá de esa mente que no fue realmente su creadora, ella ya existía. Supongo que esto no viene solamente de Paul Valery que la puso en un poema muy hermoso que alguna vez traduje precisamente porque me inquietó mucho, yo sé que esta idea proviene de toda una escuela de pensamiento, de que quizás las ideas son algo que preexiste a la mente y a la consciencia, que incluso los pensamientos son algo que está flotando en lo que podríamos llamar una gnósfera, una esfera de consciencia en el planeta, y que ciertas mentes simplemente, como si fueran antenas, las catalizan, las metabolizan o las expresan.
Todo esto creo que tiene que ver de alguna manera con tu pregunta. Sí, por un lado creo que la forma lo es todo, el artista serio trabaja dando forma. Pero también es posible que las formas, incluida la misma mente humana, no sean más que vehículos para que algo más poderoso o preexistente se manifieste. Eso dejémoslo ya en la delgada línea que separa la razón de lo esotérico, por llamarlo de alguna manera.
La idea puede quedar ahí, pero me gustaría remarcar que la inclinación hacia una idea de belleza por medio del extrañamiento está presente en tu escritura. Esa sensibilidad a la que apunta el verso tuyo que citaba: “Era hermoso el mundo, era extraño”, también la encuentro en mitad de un comentario tuyo a un poema de Alejandra Pizarnik, cuando dices: “Hay un título y un texto en particular muy extraño (y tal vez por lo mismo muy hermoso)…” Esa impresión justo habla de colocarse en el umbral del extrañamiento porque se conoce que ese umbral puede ser revelador, que asomarse a lo extraño puede ser asomarse a la belleza. Inclinación que se presenta con más convicción, como decíamos, en tus primeros libros. Has atinado con mucha intuición en algo de lo que apenas recientemente me he dado cuenta. Que para mí la idea de belleza está cercana a la idea de misterio. Tampoco soy el primero que lo ve de esta manera, es una idea de Rilke que dice: “Todo ángel es terrible”, esa fusión entre la última expresión de la belleza y el principio de lo terrible, lo inefable, lo que nos hace ya bordar un territorio desconocido que lo mismo nos puede producir desconcierto que miedo. Y sí, yo creo que eso está presente en mi trabajo, no porque yo lo haya querido así sino que me he dado cuenta. Es como cuando uno va caminando por la playa, y de pronto voltea hacia atrás y observa sus huellas. Uno se da cuenta con mucha extrañeza lo que esas huellas han ido dejando. Ver uno sus propias huellas, la clase de huellas que deja uno, es un acto de asombro. A lo mejor sorteando las olas, a lo mejor sólo queriendo ir el línea recta, y lo que uno creía que era una línea recta resulta que era una curva. Ese acto en el que volteamos y vemos lo que hemos venido recorriendo es siempre algo inquietante, y creo que lo que acabas de decir es justamente eso. Está en un verso, “Belleza y dolor”. Y sí, están juntos: belleza y dolor, la belleza y lo inefable, la belleza y lo terrible, siempre están como danzando, como dos moléculas que están siempre girando en torno a un elemento central. Sí, es muy cierto, y celebro que lo hayas visto de esa manera, pero no tengo una explicación plausible. Quizá sea un asunto mío, una forma personal de concebir el trabajo estético, o quizás sea una intuición que hemos tenido muchos a lo largo del tiempo y que nos hace sentir esa diabólica belleza del mundo, como diría Enrique Molina.
Virando un poco hacia otro tema, tal vez lo que está operando en ese asunto sea tal vez el ángulo desde el que se mira. En Vertebral, donde plasmas buena parte de tu pensamiento reflexivo en esa suerte de pequeños y numerosos aforismos, aparece una idea que nos sirve para plantearlo en concreto: “Oír las voces del pasado es fundar la gramática de un idioma futuro”. Me parece que ese es un posicionamiento decisivo, porque hay una diferenciación entre la nostalgia que puede generar el voltear hacia atrás y la novedad que puede generar ese mismo acto. Las impresiones distan una de otra por efecto del tratamiento del tipo de mirada, por decirlo así, del tratamiento de lo que se mira. Tal vez lo que determina el tono o el ángulo a la hora de hablar del pasado en tu poesía sea ese factor de perspectiva. La memoria está operando ahí de una manera particular. Cuando estamos diciendo belleza aquí, estamos hablando de aquello que bordea lo inefable, estamos hablando de una frontera, no de “lo bonito”, no de un estado tranquilo y cómodo de la realidad. Desde ese punto de vista sí quisiera hacer ese pequeño deslinde. No estamos hablando de un estado de confort o de lo conocido. No, aquí estamos hablando justamente de lo contrario, estamos hablando de cuando algo está a punto de convertirse en otra cosa. Ahora, con respecto a lo que mencionas, esta manera de mirar hacia atrás es una manera de reconocerse, pero no como una nostalgia o para buscar retroceder, sino al contrario, para emprender el futuro por medio de lo que uno logra asimilar, de lo recorrido. Sí, para mí esto es fundamental. Me han preguntado varias veces acerca de esta idea de la memoria y de la infancia. Podríamos decir, por ejemplo, que en Lo innumerable abunda esta idea del pasado, la memoria, la infancia. Lo primero que yo tengo que decir es que Lo innumerable no es un libro sobre la infancia, es un libro sobre el destino. El acto de recordar, de entender lo recorrido, es precisamente para entender el significado de lo vivido y hacia dónde tiene un significado mayor. No recuerdo ahora de quién es la cita, pero dice: “La infancia es la novela que todos llevamos dentro”. Exactamente ésa es la idea. Es decir, hay algo que nos compromete con una unidad, que nos resulta el todo por el cual estamos aquí. Pero eso no es la infancia, la infancia es una etapa privilegiada de aprehensión del mundo, de reconocimiento de las cosas. El mismo idioma lo recibimos en esa etapa, no nacemos con un idioma, y ese idioma nos va a convertir en lo que somos, estos seres que hablan este idioma para intentar expresar con él algo que estaba ya, incluso antes de nuestra propia vida. Eso lo abordo en este libro —y creo que en los anteriores también— más cerca de la idea de destino. Lo que a mí me importa es el destino. Lo que yo busco con la memoria, con la infancia, con el recuerdo, es entender el destino. No es buscar el pasado, porque el pasado para mí es simplemente algo que ya no está aquí —mas es capaz de hacernos conscientes de estar aquí—. Podríamos poner una idea sencilla: es como creer que todo el Quijote está en la última palabra. Claro que no, el Quijote es todo lo recorrido a lo largo de más de seiscientas páginas. Al llegar a la última palabra, uno cierra el libro y entiende toda la obra. No existe en un solo lugar, en un solo punto. El punto de encaje —como se le llama a esto en la física—, el único punto de encaje posible es el presente, que es la última palabra, pero esa palabra es imposible de ver sin todo el recuerdo, toda la memoria, todo el significado de todas las otras palabras hasta llegar a esa última. Ésa es la forma en la que yo pido que se entienda mi interés por la memoria, la infancia, el recuerdo: no como una nostalgia, sino como una forma de entender la esfericidad del destino.
En Lo innumerable, creo que conviven muy bien esos dos intereses, el de ahondar en tus inquietudes sobre lo inefable y lo indeterminado, sobre lo efímero, y al mismo tiempo mantener un fundamento decididamente anecdótico y autobiográfico. En su creación, que dices que te ha llevado alrededor de veinte años, ¿cuáles fueron los procedimientos? ¿Cuáles han sido los puntos de llegada en el trabajo de su escritura? El primero que descubre aquello que estaba detrás de lo que quería escribir creo que es el propio escritor. No creo ser ni el primero ni el único que lo ha experimentado. Cuando uno quiere escribir un libro puede tener alguna idea, algún proyecto, algún tema; lo más metódicos pueden hacer hasta un esquema, lo que llamamos una escaleta o un guión. Pero la verdad es que el proceso de escribir es una revelación para uno mismo, para quien lo está haciendo. Es hasta el primer momento en que uno le logra dar forma —volviendo a ese tema— a los pensamientos y a las ideas, que uno se topa con ellas. No creo que preexistan como algo absolutamente independiente del lenguaje. Aquí yo no estaría de acuerdo, por ejemplo, con el poema de Paul Valery, no creo que sea algo que esté por encima del lenguaje, creo que es el lenguaje el que nos permite corroborar su realidad para nosotros mismos. Entonces sí, el proceso de escribir éste y otros libros ha sido irme encontrando con los temas y las formas que yo necesitaba para expresarme y tal vez para autoconocerme. Aunque mi objetivo no creo que haya sido ése, era más bien proseguir en el trabajo de ir abriendo y abriendo, como en las minas. No me planteo mucho, o no me preocupa mucho, ver dónde va a terminar un libro desde antes de hacerlo, digamos que mi trabajo es más como lanzarse a un viaje de exploración, es más como el de un explorador que como el de alguien que ya tiene una idea muy fija de a dónde quiere llegar. Pero recomiendo en general que se trabaje con cierta disciplina y cierta estructuración lo más acuciosa posible, porque si no se puede volver infinito el trabajo. Hay que hacer altos de perspectiva para ver de dónde venimos, a dónde vamos, e ir cerrando esos episodios que se van volviendo capítulos o secuencias de libro. Y en cuanto a si tengo una técnica particular, pues no. Solía trabajar más de noche, hoy trabajo más de día; solía creer mucho en el desbordamiento y en el delirio, ese plano romántico en el que uno siente que está hablándonos algo. Hoy no, hoy creo más en el pequeño trabajo del oficio, en el cotidiano acto de estar labrando pedacitos de algo que se va juntando y va formando algo mayor. Quizá sean momentos de la edad, o de la propia consciencia.
En “Trama del estremecimiento”, sección de tu libro Vertebral dedicada al arte y a la literatura, escribiste: “Cada generación contrae desde su juventud las enfermedades que debilitarán su vejez”. ¿Puedes vislumbrar cómo esto se manifiesta en tu propia generación de poetas? ¿Cuál es el lastre que les tocó arrastrar? La mía fue una generación dañada por la hipercrítica lingüística. Creo que lo puedo decir hoy desde la perspectiva que tenemos de la generación anterior a la nuestra —y desde la perspectiva que tenemos de las generaciones emergidas posteriormente, algunas ya bastante perfilables—. La generación anterior, que nace en los cincuenta, es una generación llena de un ímpetu expresivo, una generación muy prolífica en la que se escriben grandes, largos y complejos poemas, se participa mucho en política, se participa mucho en todas las experiencias límite del lenguaje. Es una generación marcada también por el sesenta y ocho, por todas estas búsquedas del rock y de los estados alterados que hubo en los setentas. Y comparo esa generación con la mía, que fuimos siempre una generación muy hipervigilante del vocablo, de la forma, y también una generación con menos deseo de cambiar el mundo, una generación más libresca que de plaza pública, por decirlo de alguna manera muy general. Para bien o para mal —no estoy haciendo una sentencia—, porque algunas de las mejores obras de mi generación están escritas con esa hiperconsciencia del lenguaje, del vocablo y de la forma, de lo que debe estar y no estar en el poema. Eso creó obras muy interesantes, pero también creo que esterilizó mucho este deseo de hablar y de ver hasta dónde puede uno llegar. Esto comparado con generaciones anteriores o con generaciones posteriores, que veo que, sobre todo, tienen menos miedo o menos preocupación por desbordarse o por equivocarse. Esas podrían ser las enfermedades que pudieran delimitar la vejez de mi generación, esa especie de contención hipercrítica que hizo que algunos de los mejores poetas de mi generación más bien fueran de muy pocos poemas, de muy cerrados, extraños y herméticos juegos del lenguaje, y que a la fecha creo que es una generación que escribió muy poco. Creo que se debió sobre todo a eso, esa sombra crítica. Aunque también hay que entender que es como todo en la historia. La historia siempre es un péndulo. Después de una generación con todas esas experiencias psicodélicas, tenía que venir otra generación autocontrolada, hipercrítica, neoliberal quizá —nos han acusado de neoliberales, posmodernos, escépticos, en fin—. Creo que esas tres palabras ayudan a definir muy bien a mi generación: escepticismo, conservadurismo (somos una generación que más bien se fue hacia atrás en la búsqueda de lo tradicional, lo conocido, lo clásico) e hipercrítica, con un miedo a equivocarse. Y, como en todo, habrá sus excepciones, habrá voces diferentes, otros ejemplos.
Respecto a esos tres factores que para ti perfilan a tu generación en contraste con la generación anterior, sería interesante saber si ese escepticismo, esa hipercrítica y esa inclinación por remitirse de nuevo a la tradición, estaba motivada por sus maestros o si fue una reacción a la personalidad que tenía en su escritura la generación de los cincuenta, su postura ante el desbordamiento, la frontalidad, la experimentación. Creo que fue una mezcla de varias cosas. Unas fueron las que estás mencionando. Pero, en particular, la influencia y la sombra de las grandes figuras, que siempre importa y siempre es decisiva en una tradición. Recuerdo una anécdota que leí de los poetas argentinos que hoy llamaríamos de medio siglo, que decían: “Siempre queríamos saber qué estaba escribiendo Borges”. El entrevistador pregunta: “¿Lo admiraban tanto?”. Y la respuesta fue: “No, era para irnos en el otro sentido”. La figura de Borges era tan poderosa en Argentina —marcó no solamente un siglo, yo creo que toda una literatura— que nacer después de Borges era tener que ver qué posición tomar frente a esa literatura. Entonces, obviamente que estaban pendientes de lo que estaba haciendo Borges, para no repetir eso, para hacer todo lo contrario y desmarcarse como generación en su tradición. Eso pasa con todas las literaturas que tienen a un gigante. En nuestro caso, en México, eso nos pasó con Octavio Paz, y a nuestra generación le pesó un poco eso también. Aunque a la que más le pesó yo creo que fue a la anterior, a la generación de los cincuenta y a la de los cuarenta, creo que son las que crecieron definitivamente bajo la clara sombra de la gigantesca obra de Octavio Paz. A mi generación le tocó más ya el ocaso, pero también le tocó esa figura importante, decisiva, que nos marcaba lo que era la poesía. Y luego, como además se gana el premio Nobel en 1990, casi cuando estábamos todos empezando a escribir, bueno, se volvió el incuestionable gran poeta que tuvo este país. Así que por supuesto Octavio Paz fue uno de los imanes y rechazos permanentes que tenía mi generación. Pero, insisto, creo que ya nos tocó un poco crepuscularmente, ya no nos tocó el momento más poderoso de su dominio.
Lo que sí marcó más a mi generación, curiosamente, fueron otras figuras que en su momento eran nuestros gurús, eran como los escritores de culto, secretos, pero que había que leerlos porque ellos tenían la última verdad, eran como los profetas que nos marcaban el camino del futuro. Podría yo decir que Gerardo Deniz, o figuras críticas como Eduardo Milán, nos hicieron mucho daño y mucho bien. Mucho bien por el lado crítico, porque tenían una visión crítica diferente de la poesía y además estaban totalmente en otro lado, distinto al de Octavio Paz. Un poeta como Gerardo Deniz era la antifigura de Paz, y entones muchos secretamente leíamos a Deniz como lo otro, lo diferente, lo que no se parecía nada a la tradición mexicana, lo que estaba en las antípodas de Paz. Y luego, sí, una figura como Eduardo Milán, que marcó una época en que él era el gurú que decía lo que era y lo que no era la poesía, porque además él traía la verdad de las vanguardias latinoamericanas, históricas, venía del sur contestatario, el de las luchas políticas y las dictaduras, en fin. Yo creo que con el tiempo causó por un lado, sí, una posición crítica, una duda crítica sobre nuestra propia tradición, pero también dejó muchos engaños. Igual que Gerardo Deniz. Hay un momento en que hay que sacudirse todo ese escepticismo; así como hay que sacudirse la esperanza para que no intoxique, también hay que sacudirse el descreimiento para que no destruya. A mí generación yo creo que esas figuras la marcaron: Octavio Paz, Gerardo Deniz y Eduardo Milán (como crítico sobre todo, más que como poeta). Pero también creo que mi generación hizo algo que no era muy frecuente en su momento, que es que dejó de ver la poesía mexicana como algo que sólo viene de México, y realmente muchas de nuestras principales influencias ya no eran mexicanas, creo que nos influía más lo que estaban haciendo los neobarrocos en Argentina, lo que estaban haciendo poetas como Raúl Zurita, Gonzalo Rojas o Enrique Lihn en Chile; o las locuras que hacen de pronto algunos poetas españoles como Leopoldo María Panero, o algunos colombianos o peruanos. Es decir, de pronto yo veo a mi generación y ya no era una que sólo leía a los mexicanos y que se identificaba con Sor Juana, Los Contemporáneos, Paz y Rulfo, sino que de pronto su diversificación de lectura ya era hispanoamericana (por no decir universal: anglosajona, francesa…). Ya no era tan remitida a lo que nos rodea de inmediato, sino que se remitía a una contemporaneidad mucho más amplia. A mí, por ejemplo, me marcó mucho más leer a Gonzalo Rojas que leer, por ejemplo a Octavio Paz; descubrir todas esas cuestiones del neobarroco que leer a Los Contemporáneos. Aunque, por supuesto, los conozco, los leí y los admiro, ya era más bien leer otras cosas que venían de otros lugares y que eran capaces de estremecer más los cimientos de lo que uno creía. Por otro lado, el que ignora su tradición está condenado a imitar torpemente lo que ya se hizo bien. Yo sí creo que un buen escritor debe conocer bien su tradición inmediata, pero también su tradición hispánica. Eso es la consciencia de lo que uno está haciendo ahorita.
Ningún genio nace de la nada, ningún escritor creativo puede de pronto sacar una obra genial de la nada, obviamente tiene que saber dónde está parado y de dónde viene y a dónde va todo lo que está diciendo. La misma palabra tradición a mí me molesta cuando suena a conservar, guardar, la palabra tradición tiene un alto de museo. Pero no, desde mi concepto, es algo más parecido a lo que llama Harold Bloom “la angustia de las influencias”. Cuando uno está escribiendo —y eso debes haberlo experimentado como todo aquél que ha escrito—, tienes aquí las voces y las influencias de tus autores. No es una cosa de ir a un museo o a una biblioteca y sacar a Gorostiza o a Sor Juana Inés de la Cruz. No. Literalmente, cuando uno está redactando oye cómo está Octavio Paz, Juan Rulfo, Lezama Lima, Paul Celán. Ahí están, siente uno “si digo así, esto ya está muy paceano; si digo así, voy a sonar muy rulfiano; si hago para acá se va a ver muy neobarroco”. Uno trae las influencias como angustias, como voces adentro de uno (que es lo que propone Harold Bloom). La tradición es algo que introyectas a tu propia manera de pensar las cosas y de pensar la literatura misma. Son un sistema planetario de gravedades que lo jalan y lo rechazan a uno. Entonces, lo que uno busca con inquietud es no parecer, no “sonar a”. En fin, eso es a lo que me refiero con tradición, es una presencia permanente de las grandes fuerzas creativas que están ya dentro de una lengua, y, por lo tanto, quien escribe hoy en día las trae ahí metidas. Retomando lo que comentábamos antes, acerca de si esto nos volvió más hipercríticos o nos hizo como centrarnos en un rechazo a ciertas figuras, pues yo creo que sí, sí nos hizo cerrarnos a dudar de lo escrito, porque ya veníamos de una época donde se pudo decir de todo, se hizo de todo —cosa que yo celebro, creo que la época de los setenta y una parte de los ochenta fue la gran fiesta creativa en muchos sentidos; a mí me tocó ya más bien ese momento en el que venimos a recoger los restos de la fiesta, como a barrer un poquito el festín de aquello, y por lo tanto ya llegamos con un poco de dudas, de cansancio, de escepticismo. Ya sólo acotaría un último punto: los más jóvenes, las generaciones que veo que se van abriendo camino, nunca olviden que todo aquello que no hayan leído, estarán condenados a escribirlo de nuevo. Por eso creo que el acto más inteligente de cualquier escritor es leer, leer lo que se ha escrito, leer lo que ha sucedido, simplemente para no perder tiempo, para no extraviarse.