Tierra Adentro
Salman Rushdie, por Bhupen Khakhar

 

El pasado 14 de febrero se cumplieron 30 años de la fatwa con la que el ayatola Jomeini condenó a muerte al escritor Salman Rushdie. En este brillante ensayo de largo aliento, Juan Carlos Franco hace una revisión puntual del impacto que supuso el acontecimiento y señala las lecciones que trae al presente.


 

 

1

Salman Rushdie despertó temprano. Ian McEwan lo escuchó bajar a la cocina entre el silencio de la madrugada. Nunca había sentido miedo en esa casa de campo en los Cotswolds, muy cerca de Stratford-upon-Avon, el lugar de nacimiento de Shakespeare, pero esa noche le había costado conciliar el sueño. No se podía imaginar lo que estaba pasando por la mente de su amigo. Quizá Salman repasaba la trama de su propia novela, Los versos satánicos, publicada en 1988, o rumiaba el peso de los 1.5 millones de dólares en que se valuaba su cabeza. Quizás sólo pensaba en la muerte.

«Los primeros meses fueron los peores», escribió McEwan. «Nadie sabía nada. ¿Había ya  agentes iraníes, asesinos profesionales, en el Reino Unido cuando la fatwa fue proclamada? ¿Podría un “freelancer”, agitado por la denuncia en una mezquita, ser un asesino efectivo? La agitación de los medios era tan intensa que era difícil pensar con claridad. Las turbas eran aterradoras. Quemaban libros en las calles, aullaban pidiendo sangre fuera del parlamento».1

Ambos eran colegas y grandes amigos desde hacía años, antes incluso de formar parte de la lista de los mejores novelistas británicos jóvenes de la revista Granta en 1983, que codificaría el panorama literario del Reino Unido: además de Rushdie y McEwan, aparecen en la lista Martin Amis, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro y Graham Swift, entre otros. Esa madrugada de 1988 en medio de la prototípica campiña inglesa, todos se perfilaban para ser los escritores más importantes de su país.

Rushdie, en ese momento de cuarenta y un años, en adelante habría de pasar la noche en las casas de muchos de sus amigos, incluidos Hanif Kureishi, Harold Pinter y el propio Amis, así como en la granja de su exagente Deborah Rogers. Pero esa mañana, una de las primeras, empezaba apenas a entender la dimensión de lo que ocurría. «Estábamos parados en la barra de la cocina», recordaría McEwan tiempo después para el New Yorker 2, «escuchando las noticias de las 8 en la BBC. Estaba parado junto a mí y él era la nota principal en las noticias. Hezbollah se había puesto sagaz y respaldaba el llamado a matarlo». Eran los primeros días de una operación política que habría de poner al mundo islámico, y a buena parte de Occidente, en su contra. Todo mientras, sin parar, se oían tantas y tantas voces gritando fatwa, blasfemia, Satan Rushdie, viva Irán, una fatwa nunca muere, Allāhu akbar, Rushdie is dead.

 

2

La historia de la fatwa es la historia de un hombre a punto de morir. Hoy sabemos que Rushdie, el narrador indobritánico que escribió Los versos satánicos —conmocionando con ello el mundo islámico y a una parte del occidental— nunca estuvo realmente cerca de morir. A pesar de la sentencia de muerte y la recompensa que se ofreció por su cabeza, las amenazas fueron más mediáticas y políticas que tangibles, aunque para Rushdie el miedo se volvió palpable por casi nueve años. Los planes para asesinarlo —algunos de ellos incluían sicarios británicos pagados por el gobierno iraní— nunca progresaron. El hombre a punto de morir era precisamente quien estaba detrás de los recursos políticos para hacer cumplir la fatwa que él mismo había emitido.

 

 

No es una coincidencia que Ruhollah Jomeini, considerado Marja’-e-Taqlid o Gran Ayatolá, fuera también el Líder Supremo de Irán, el hombre más poderoso de su país y una autoridad religiosa famosa por su conservadurismo. En otras palabras, un dictador revestido con el poder de la tradición más ortodoxa de la ley islámica. Para 1988 su gobierno se estaba viniendo abajo y su salud empeoraba visiblemente. Su muerte llegaría en junio de 1989, casi diez años después de haber consolidado el poder a través de la Revolución Iraní. Tan solo unos meses antes, con la fatwa, había declarado el deber de todo creyente de Allah, ciudadano de Irán o no, de matar a Salman Rushdie, autor blasfemo.

Hasta 1978, Irán era un país en vías de desarrollo muy cercano a Occidente, la más importante puerta de encuentro comercial entre Medio Oriente y el resto del mundo. El gobierno de Mohammad Reza Pahlaví, el último Shah, había emprendido desde su coronación en 1941 una campaña de modernización del país sorprendentemente similar a la llevada a cabo en México y otros países latinoamericanos, y que se instituyó en 1963 como la Revolución Blanca, llamada así por la notable ausencia de sangre. En las fotografías de la época se puede observar una cultura rica, mezcla entre la tradición de Oriente Medio y la cultura occidental: la gente viste de colores vivos, la moda está a medio camino entre disco y a-go-go, y en el fondo se pueden ver grandes edificios como el Sheraton y anuncios de Pepsi y Kentucky Fried Chicken.

 

 

A pesar de los grandes avances, como la expansión de las redes de transporte, las reformas de la tierra y el mejoramiento considerable en los índices de salud y educación, para finales de los setenta la falta de reformas democráticas, la corrupción de las nuevas élites terratenientes y el poder antagónico del clero trajo consigo la Revolución. La razón principal del antagonismo de la oposición era la secularización del gobierno.

Es ahí donde entra al cuento el ayatola Jomeini, líder de la revolución que buscaba deshacerse de los lazos seculares y occidentalizantes del gobierno del Shah e instaurar una teocracia que siguiera los preceptos del Islam. Los principales combatientes eran las organizaciones islámicas, los simpatizantes de izquierda y los estudiantes, que fueron los principales orquestadores de la crisis de rehenes de la embajada de Estados Unidos en Teherán, que duró 444 días y se convirtió en la más larga de la historia. El ayatola se convirtió en 1979 en el líder supremo, él mismo un faquih o experto en la Sharia, el modo de vida, socialización y política que se deriva de la religión musulmana.

Diez años después, sin embargo, la deslegitimación de su gobierno era palpable. La guerra Irak-Irán, los problemas con Arabia Saudita, la islamización de todos los aspectos de la vida —el código de vestimenta, los programas universitarios, la censura de los productos culturales occidentales, particularmente estadounidenses—, pero sobre todo la supresión de la oposición política (que incluyó el asesinato de miles de detractores) y de las religiones y etnias minoritarias habían causado una enorme insatisfacción.

Es en este contexto que Jomeini lanzó la fatwa en contra de Los versos satánicos y su autor, pidiendo la muerte de un ciudadano de otro país a manos de cualquier fiel del Islam. Los nueve años que Rushdie pasó protegido por el MI6, el servicio secreto británico, comenzaron con un dictador al borde de la muerte mirando cómo su autoridad sobre Irán se desvanecía como su propia vida mientras se preguntaba qué podía hacer para restituir su poder.

 

3

El 14 de febrero de 1989 se escuchó en la radio iraní una sentencia de muerte. El discurso, en voz del Ayatola, empezaba con el verso del Corán «Venimos de Alá y a Alá regresaremos», que se recita cuando alguien ha experimentado una tragedia, en particular la muerte, o cuando alguien está frente a un riesgo grave. «Le informo a todos los valientes musulmanes que el autor de Los versos satánicos, un texto escrito, editado y publicado contra el Islam, el Profeta del Islam y el Corán, así como todos los editores y editoriales que participaron de él, están condenados a muerte». La voz de Jomeini exhortaba a todos los musulmanes «a matarlos sin demora» y que «cualquiera que tenga acceso al autor del libro pero sea incapaz de llevar a cabo la acción, debe informar a la gente para que sea castigado por sus actos».

Sin argumentos legales, sin mencionar qué en específico tornaba el libro en contra del Islam y sin mayor preámbulo, una recompensa de 1.5 millones de dólares pesaba sobre la vida de Salman Rushdie, suma que fue creciendo en esos años hasta llegar a los 2.8 millones de dólares. (En 2016, dieciocho años después de que la amenaza del Estado iraní se consideró olvidada, tres medios de comunicación oficiales aumentaron la recompensa, que nunca fue retirada, hasta alcanzar los 4 millones de dólares.)3

Una fatwa (según la RAE, fatua o, mejor, fetua) es un edicto legal-religioso no vinculante, la opinión que dicta no un Estado musulmán, sino una autoridad religiosa. No hay una forma de determinar quién es una autoridad verdadera en el Islam, por lo que a menudo las fatwas son pronunciadas con arbitrariedad. El hecho de que este edicto haya sido lanzado por la más grande autoridad iraní, que era también una importante autoridad religiosa (como lo requiere la naturaleza de la fatwa) volvía más creíble, y diplomáticamente enrevesado, el escenario. Su fatwa superó los límites de la mera predicación para volverse una cuestión de Estado y, más tarde, de política internacional.

Jomeini, escribió Rushdie en su autobiografía, Joseph Anton (Random House, 2012), narrada en tercera persona, «necesitaba una forma de congregar a sus fieles y la encontró en un libro y su autor. El libro era obra del demonio y el autor era el demonio y eso le dio el enemigo que necesitaba».

4

 

 

Incluso para un ateo como Rushdie, en el inicio fue la palabra del Mahoma. De 609 a 632 d.C., Mahoma les ofrecía a sus discípulos fragmentos revelados por el Arcángel Jibrīl (o Gabriel, el mismo de la tradición cristiana) de lo que habría de convertirse en al-Qurān. Según las crónicas, en alguna ocasión recitó una revelación que no provenía del arcángel, sino de Satán. Poco después reconoció su error y reculó, pero en algunos textos la anécdota y los versos quedaron registrados, aunque naturalmente fueron desconocidos en la versión final del Libro Sagrado. Ésta es la imagen genética de la novela de Rushdie, que sin embargo es muchas cosas más: la construcción de un universo mágico, el comentario sobre los dos mundos del autor (la India e Inglaterra), retrato del sensible e imaginativo del Profeta, eco del terrorismo mundial, mundo onírico, crítica sociocultural, fantasía burlesca, desenfadada y caricaturesca, texto siempre dueño de una prosa (y no hay palabra mejor) asombrosa.

«Los versos satánicos está destinado a convertirse en el libro más notable de Salman Rushdie», escribió Harold Bloom. «Después de releer Hijos de la medianoche y El último suspiro del Moro, me parece también que es su más grande logro estético».4

Para algunos musulmanes, polarizados por las autoridades iraníes y los parlamentarios islámicos en el Reino Unido, se trataba sólo una cosa: blasfemia. Aunque la blasfemia no está considerada dentro de la ley islámica (ni desde 2008 dentro de las leyes británicas, dicho sea de paso), ese fue el argumento principal que arguyeron los enemigos de Los versos satánicos, incluso frente al hecho de que la mayoría de los que protestaban no lo habían leído. «Pero a sus oponentes no les pareció extraño que un escritor serio pasara una décima parte de su vida creando algo tan vulgar como un insulto», escribió Rushdie .5

«Eso se debía a que se negaban a verlo como un escritor serio. Para atacarlo a él y su trabajo, era necesario pintarlo como una mala persona, como un apóstata traidor, un inescrupuloso amante de la fama y la fortuna, un oportunista cuya obra no tenía mérito alguno».

La novela incluye referencias a las figuras sagradas del Islam junto a prostitutas que llevan el nombre de las esposas del Profeta; Alá es descrito como «Destructor del Hombre», Mahoma es llamado Mahound (un nombre usado por los cristianos para denigrarlo), así como «conjurador», «mago» y «falso profeta»; los acompañantes y discípulos del Mahoma son llamados «vagabundos persas» y «payasos». Casi todo esto sucede en el sueño de uno de los personajes. El libro también critica al Islam por contener demasiadas enseñanzas y tratar de controlar todos los aspectos de la vida.

Christopher Hitchens, uno de los ensayistas más lúcidos de su generación, férreo opositor de la religión en general y, en sus últimos años, del Islam en particular (hasta el punto de defender con vehemencia la guerra de Irak para eliminar la amenaza fundamentalista a la libertad occidental), fue quizás el mayor defensor de Rushdie en los Estados Unidos. Su argumento llevado a sus últimas consecuencias siempre fue el mismo: Los versos satánicos no es un libro blasfemo porque no está atentando contra el Islam ni ninguna de sus figuras, pero incluso si lo hiciera, Rushdie estaría en todo su derecho.

Uno puede insultar a quien sea por el motivo que sea: de eso se trata la libertad de expresión, en particular frente a lo que Hitchens describía como la avasallante importancia concedida a la verdad revelada a los seguidores de una religión, que nunca se comparará con la verdad a la que se accede por la razón. Sin excepción, en sus alegatos en televisión o en papel se hacía presente la frase «tradición ilustrada».6

Edición de Los versos satánicos traducida al persa, de circulación ilegal en Irán.

Edición de Los versos satánicos traducida al persa, de circulación ilegal en Irán. Wikimedia Commons.

 

 

5

Antes de la declaración de la fatwa, Los versos satánicos fue prohibido en India, el país de nacimiento de su autor. La literatura de Rushdie siempre ha estado ligada a este origen. Su éxito más grande, Hijos de la medianoche, ganadora del premio Booker en 1981 y el Booker de Bookers en los 25 y 40 aniversarios del premio, en 1993 y 2008, ya había elaborado desde la ficción la relación tensional entre indios musulmanes e indios hindús, el conflicto que llevó a la partición India-Pakistán después de la independencia en 1947 y que significó el desplazamiento de más de 14 millones de personas, una crisis de refugiados que generó una violencia constante y una hostilidad que domina las relaciones entre los dos países hasta el día de hoy. Ya este libro había causado algunas molestias, pero no fue sino hasta la publicación de Los versos satánicos que Rushdie fue visto como persona non grata y vetado para visitar al país.

La novela conmocionó a los musulmanes de la India (sea porque lo habían leído, porque se habían encontrado con fragmentos descontextualizados o porque el Imam los había convencido de ello en la predicación), pero el veto indio también tuvo orígenes políticos. Ese año las elecciones generales para elegir la novena Lok Sabha (la casa del pueblo), la cámara baja de la India estaban cerca. La estrategia de V.P. Singh, que resultó ganador, fue la de unir las ramas más variadas del espectro político indio y los votantes musulmanes representaban una parcela importante del botín. Muchos candidatos vieron una oportunidad significativa y decidieron aprovecharla. El veto a las importaciones del libro quedaría sellado en octubre de 1988, marcando también la prohibición para editarlo dentro del país. Antes de que acabara el año el libro también fue prohibido en Bangladesh, Sudán, Sudáfrica y Sri Lanka. El veto en India sigue vigente hasta hoy.

 

6

En los nueve años que duró la fatwa, Salman Rushdie estuvo escondido, protegido por la policía y los servicios secretos de los países que visitó, a merced de la voluntad de las aerolíneas y las instituciones para aceptarlo en sus instalaciones. «¿Era posible estar —volverse bueno estando— no desarraigado, sino múltiplemente arraigado?», se pregunta Rushdie en su diario de la época.7

«¿No sufrir una falta de raíces sino beneficiarse del exceso de ellas?». Y eso es precisamente lo que pasó: en varias casas, departamentos, cabañas, granjas y palacetes, casi todos propiedad de sus amigos, Rushdie logró encontrar, en medio del miedo, momentos de tranquilidad suficientes para volver a escribir. En los nueve años de la fatwa, escribió dos novelas, un libro para niños, un volumen de cuentos y otro de ensayos y crítica. ¿Cómo puede alguien escribir tanto (y tan bien) con la muerte pisándole los talones? «Tus amigos se van a cerrar en torno a ti como un círculo de hierro», le dijo Bill Buford a Rushdie, «y dentro de ese ámbito vas a poder seguir con tu vida». Ese círculo de hierro significó la posibilidad de seguir escribiendo.

Desde 1989, en que una lectura pública de Los versos satánicos se llevó a cabo con la participación de Susan Sontag, Norman Mailer, Joan Didion, Don DeLillo, entre muchos otros, el apoyo de un número impresionante de figuras públicas, amigos o no del autor, mantuvieron el caso en el ojo público, haciendo que la discusión regresara a los argumentos principales: la indiferencia de los gobiernos, la calidad literaria de la obra, el humor como elemento relevante en la novela (y, en general, en cualquier discusión sobre blasfemia), y ante todo, siempre, la importancia de la libertad de expresión como base de toda comunicación literaria.

No todos estaban de su lado. Yusuf Islam, el cantante antes llamado Cat Stevens, fue un franco defensor de la fatwa. «¿Sabía que se quemaría una efigie del autor?», le preguntó un presentador de televisión, refiriéndose a los disturbios del Parliament Square en Londres. «Hubiera esperado que fuera al verdadero». Como él, numerosos políticos, intelectuales y clérigos de todas las religiones —John LeCarré, John Berger, Roald Dahl, el Arzobispo de Canterbury, entre muchos otros— se sumaban a la idea de que Rushdie era un escritor arrogante y sacrílego que sólo buscaba engrandecerse a causa de una religión de millones de fieles.

https://www.youtube.com/watch?v=mYnWtPytvhI

En el Reino Unido, la mayoría de los ciudadanos musulmanes jóvenes eran activistas de izquierda. A pesar de ello, se unieron a las protestas contra la novela tanto por su desencanto con la política como por la necesidad de formar un sentido de pertenencia. Los políticos, por su parte, vieron en las protestas en varias ciudades británicas la necesidad de acercarse a una parcela de la ciudadanía que había sido tradicionalmente relegado.

En ello, no sólo los Tories, el partido conservador, sino los Laboristas, el partido de “izquierda”, se alinearon con las demandas y opiniones de los líderes musulmanes del país, la gran mayoría dirigentes religiosos que prácticamente nunca pondrían en duda la legitimidad de la fatwa y la certeza de la blasfemia cometida por Rushdie.

Los políticos le dieron voz (y legitimidad) a las visiones conservadoras de los líderes islámicos, planteando lo que en apariencia era un Islam verdadero, que en su fundamentalismo (la visión literalista y estricta de una religión, un concepto que surgió de hecho designando a ciertas ramas del Cristianismo) radicalizaba la concepción del Islam, tanto frente la opinión pública como en sus propios creyentes: los musulmanes seculares eran vistos como traidores, mientras que el Islam radical aparecía como el verdadero. En cierta manera, la fatwa (y la reacción de los políticos británicos a ella) sentó las bases de lo que habría de convertirse en una visión cultural opuesta, y más tarde una configuración geopolítica.

Algunos simplemente se mantuvieron al margen. Arthur Miller, uno de los ídolos de la generación de Rushdie por su confrontación activa al macartismo, nunca se opuso a la fatwa. Como él, decenas. Frente a la valentía de algunos, el miedo de otros.

 

7

¿Qué quiere decir que algo es ofensivo? Tiene que ver, probablemente, más con la forma en que algo hace sentir que, en general, con una serie de argumentos racionales. Es, en ese sentido, una respuesta íntima, aunque adquiera resonancias sociales, incluso globales. Lo ofensivo es aquello que causa dolor.

En medio, claramente, está el derecho a la libertad de expresión, el mayor debate en la época de la fatwa. Nosotros, humanistas hijos de la Ilustración, rápidamente podremos, como Hitchens y varios otros, argumentar sobre nuestro derecho a decir lo que se nos dé la gana, sean argumentos o insultos, en contra de quien sea, individuo, religión o nación. Pero hoy, en el mundo post-Rushdie, parece ser que no es nuestro derecho ofender al otro. Un cambio ha operado: la forma en que simbolizamos culturalmente la diversidad, la tolerancia y el multiculturalismo.

Este cambio tiene que ver directamente con la vía que ha tomado la izquierda (primero desde la academia y más tarde en el gobierno), que de manera simplista se ha llamado identity politics, pero también tiene que ver con lo que Ole Jacob Madsen ha nombrado el «giro terapéutico»: la eminencia del pensamiento psicológico en la cultura popular del siglo XXI y sus repercusiones en la vida política y social; en otras palabras, el lugar del bienestar psicológico o la ausencia de dolor (o neurosis) del individuo en la toma de decisiones en todos los niveles.

Si Los versos satánicos fue condenada de una manera tan radical, responde a las circunstancias tensionales de la propia cultura de Oriente Medio con Occidente, que incluía racismo, prejuicios religiosos y en general una desvalorización de lo relacionado con el Islam como bárbaro, violento y pre-moderno. La controversia fue, de alguna manera, la confrontación de un «dolor cultural» contra el valor de la libertad de expresión, y este dolor fue categorizado casi en todo momento como «blasfemia».

Prácticamente todos los juicios por la libertad de expresión han empezado, desde Sócrates, con la pregunta sobre qué es y qué no es una blasfemia, y la respuesta nunca ha sido meramente racional, incluso al contrario: la falta de argumentos en la fatwa y sus defensores, llevó a la objeción racional (y documentado en la tradición) de un número enorme de especialistas, muchos de ellos mufassir (comentarista del Corán) o mufti (erudito de la ley islámica), además del rechazo de la mayoría de la comunidad musulmana a nivel internacional. Mirando hacia atrás, la controversia por Los versos satánicos, entonces, tiene que ver más con un problema cultural radicalizado por los sentimientos de unos cuántos.

¿Dónde se dibuja el límite de lo que se puede decir? Los últimos años parecen dictar que en los tribunales. Las leyes anti-blasfemia han tenido avances significativos en la Europa de los últimos años: aunque muchos países las han revocado, alrededor de 20 por ciento de los países europeos criminalizan formalmente la blasfemia o el insulto religioso. (En Latinoamérica, sólo Brasil penaliza estas expresiones.)

Si estamos dispuestos a aceptar, como hacen muchos comentaristas, lo ilimitado de la libertad de expresión, las cosas se vuelven más delicadas cuando consideramos los ataques contra las mujeres, los homosexuales, las personas transgénero, las declaraciones en favor del fascismo o contra el Holocausto, y en general, contra cualquier raza o cultura históricamente segregada. ¿Qué se puede escribir? ¿Qué vale la pena defender? ¿Todo puede ser escrito o dicho? ¿Todo debe ser respetado en nombre de la libertad?

En un caso reciente (donde el acusado había llamado al Mahoma pedófilo por haberse casado con una niña de seis años), el Tribunal Europeo de Derechos Humanos reafirmó que la ley europea reconoce un derecho a que los sentimientos religiosos de cada uno no sean lastimados. El Estado investiga, persigue y censura los discursos que las personas y los grupos tienen con respecto a otras personas y grupos. El énfasis del análisis en Occidente, sin embargo, está puesto en el respeto a las diferencias culturales, cuando en realidad el problema es la amenaza de violencia: no se trata tanto de la preocupación por ofender al otro como del peligro inminente de morir a causa de ello.

 

Domingo, 05 de Octubre 2014.  En el marco del XV Aniversario de la Casa Refugio Citlaltepetl se realizo la conversacion con el escritor Salman Rushdie en la que participaron el Secretario de Cultura, Eduardo Vazquez Martin, la escritora Carmen Boullosa, y el Representante de Asuntos Internacionales del Gobierno del Distrito Federal, Ing. Cuauhtemoc Cardenas Solorzano, actividad realizada en el Museo de la Ciudad de Mexico. Foto: Abril Cabrera / Secretaria de Cultura

Salman Rushdie en el Museo de la Ciudad de Mexico. 5 de Octubre de 2014. Foto: Abril Cabrera / Secretaria de Cultura de la CDMX.

 

 

8

De todas las cosas que sucedieron en el histórico 1989 —la caída del Muro de Berlín, la Masacre de Tiananmen, Václav Havel, Hirohito, Angola, Chile—, la declaración de la fatwa ha ido teniendo cada vez mayor significado, sobre todo frente a la radicalización de ciertas alas fundamentalistas del Islam cuyo centro de gravedad es la yihad. La yihad ha sido reconocida a menudo como el sexto pilar del Islam. (Los Cinco Pilares son las obligaciones de los musulmanes, que incluyen la Shahāda o profesión de fe, Ṣalāt u oración, Zakat o la caridad basada en la riqueza acumulada, Sawmo el ayuno, y Hach, la visita a la Meca). Yihād, que significa esfuerzo o lucha, en el Corán tiene más que ver con la batalla interna contra el mal y la tarea continua de acercar a los no creyentes a la verdad del Islam. Los yihadistas toman esta noción y la vuelven un imperativo violento, siempre relacionado con el terrorismo.

A partir del cambio global que supone el atentado a las Torres Gemelas, la relación con Medio Oriente se ha vuelto una de casi completa oposición. Ese virtual antagonismo, patrocinado por algunas cabezas religiosas y algunos Estados de la región, fue prefigurado en la forma en que se condujeron las altas esferas islámicas, sobre todo en Irán y el Reino Unido, frente a la amenaza de muerte a Rushdie.

El discurso de lo musulmán frente a lo occidental que levanta la bandera de la violencia para pedir respeto y para reivindicar la identidad y dignidad del Islam, comenzó con esta fatwa y sus consecuencias políticas. Como dice Hitchens, no sólo era una señal de lo que estaba por venir, era la señal.

La existencia de Al Qaeda, que puede rastrearse desde la primera Guerra del Golfo, la radicalización de organizaciones como Hamás en Palestina, Hezbolá en Líbano y Boko Haram en Nigeria, pero sobre todo el surgimiento del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS, en inglés) por una serie de errores de política exterior estadounidense, están sustentados en la idea de que la dignidad del Islam es mayor que la del resto de las religiones (y la ausencia de ellas) y que el deber islámico es luchar contra esa falta de dignidad.

El caso Rushdie ya dejaba ver que el problema de la libertad de expresión es, en última instancia, el problema de la violencia terrorista. Si en la tradición occidental, y particularmente desde la Ilustración, la historia de esa libertad es la argumentación fundamentada en la razón (como en los juicios de todas las épocas), los extremistas islámicos la tienen hoy secuestrada. Su religión es la ventaja estratégica para el chantaje: o la muerte o el Islam.

Las represalias yihadistas tienen que ser tomadas en cuenta por adelantado antes de publicar o exhibir cualquier cosa. Hace cuatro años, el ataque a la revista satírica Charlie Hebdo, en el que murieron doce personas, fue el punto más alto de este asalto yihadista a la libertad occidental. Y la extrema derecha se está acercando peligrosamente a este terreno, como es indiscutible con las protestas de Charlottesville en Estados Unidos y las diversas amenazas de violencia alrededor del país, aunque se trate de una lucha en sentido contrario: la defensa de la libertad de expresión racista y supremacista, que es una defensa indistinguible de la violencia que ejerce. Ése es el clima en que vivimos hoy.

Pero entregarse a este chantaje es un despropósito si consideramos que la mayoría de los musulmanes (como, en todo caso, la mayoría de los estadounidenses), incluyendo casi la totalidad de los intelectuales y artistas, está en contra de las expresiones fundamentalistas y violentas. En eso radica lo verdaderamente ofensivo (o mejor, políticamente incorrecto): en considerar el respeto a una cultura, una religión o un país tomando como referencia su facción más antirracional, más violenta y menos representativa. Es ésa la gran lección de la fatwa a Salman Rushdie: hay valores con los que uno no puede negociar, aun cuando la amenaza sea tan desmesurada como la de la propia vida.

 

9

La autobiografía de Rushdie termina precisamente en el Nueva York del 11 de septiembre. Es el fin de un momento que sería definido por un importante reacomodo geopolítico, pero también, lo podemos ver ahora, por la reconfiguración de varias formas de entender la relación entre culturas enormemente distintas entre sí. Terminó la Guerra Fría, pero se gestó una nueva tensión aparentemente irreconciliable.

Todo el terror y la incertidumbre por los que pasó Rushdie en cada uno de los lugares en que puso pie, fueran públicos o privados, se apaciguó un día de 1998, cuando Irán declaró, en medio de un intento del gobierno del Reino Unido por normalizar las relaciones bilaterales, que «ni apoyará ni entorpecerá operaciones homicidas contra Rushdie». A pesar de la ambigüedad de la declaración, esta fue tomada como el final de la fatwa patrocinada por el estado iraní, y Rushdie, con el visto bueno del MI6, declaró que dejaría de vivir en reclusión.

Una nota colgó sobre la pared frente a su escritorio los últimos años de su encierro: escribir un libro es hacer un pacto faustiano en sentido contrario. Para ganar la inmortalidad, o al menos la posteridad, pierdes, o al menos arruinas, tu vida presente. Y así fue. Pero aunque Rushdie sigue vivo y en buena forma treinta años después, algunas víctimas de la fatwa no corrieron con la misma suerte: Hitoshi Igarashi, el traductor japonés de Los versos satánicos, fue asesinado a puñaladas en la universidad donde enseñaba literatura. Seis manifestantes fueron masacrados frente al Centro Cultural Americano en Islamabad por la policía pakistaní. Ettore Capriolo, traductor al italiano, y William Nygaard, editor noruego, fueron heridos por radicales islámicos a causa de la novela.

Durante casi diez años, en la significativa época entre la caída de la Unión Soviética y el 11 de septiembre (que Eric Hobsbawm considera el verdadero final del siglo XX), Rushdie se irguió como la efigie de la necesidad de proteger la libertad de expresión, de defender a toda costa las expresiones artísticas por su cualidad y calidad estéticas tanto como por la simple prerrogativa de expresarlas. Hoy, aunque el mundo de la controversia de Los versos satánicos ya no existe, en su lugar nos queda lo que ya se había prefigurado en esos años: un mundo polarizado entre conservadores y progresistas, entre occidentales y orientales, entre políticamente correctos y defensores de la libertad de expresión como valor universal. En este mundo, la libertad de expresión es una lucha más viva que nunca. Las respuestas nunca han sido fáciles. Hoy tampoco lo son.

El escritor sudafricano Paul Trewhela8se preguntaba, en contra de la fatwa, cómo puede reaccionar uno cuando las masas están siendo irracionales. «¿Puede “la gente” estar alguna vez, simplemente, equivocada?». Ahora sabemos que sí. Rushdie lo supo. El problema es que del otro lado, siempre del otro lado, hay gente que piensa que somos nosotros los que estamos equivocados.

Esa pluralidad, ese desacuerdo, es la esencia misma de la política. La defensa a la libertad de expresión, pero sobre todo el repudio a las manifestaciones violentas de cualquier cultura o religión, deben formar parte de nuestro acuerdo común.

Si algo nos enseñaron Rushdie y su época fue que si defendemos la libertad es la libertad de todos, y si defendemos la represión, toda represión cabe. Tanto tiempo después, necesitamos defenderla a toda costa. Tan obvio y tan complejo a la vez.


Autores
(Ciudad de México, 1989). Escritor, director de escena, periodista y traductor. Licenciado en Filosofía por la UNAM. Su último libro es Laberinto deseo naufragio (Fondo Editorial de Querétaro, 2018) y sus textos han aparecido en numerosas revistas y antologías. Próximamente estará en cartelera Soñé una ciudad amurallada, de la que es dramaturgo.

El museo de las máscaras es una apuesta lírica y melancólica que surge al desgajarse el recuerdo: momentos, miradas, caricias que, aun cuando pertenecen a otro tiempo, se sienten tan punzantes como una herida abierta. Constituida por siete galerías, esta obra es una exploración íntima del amor y la ausencia; expuestas están las plegarias, gritos y sentencias de una voz desgarrada por el olvido y la pasión que a veces se muestra fuerte y orgullosa; otras frágil y tímida.

Les compartimos los primeros tres poemas de la galería Máscaras rotas (Fuera de exhibición).


 

I

Incliné tu espejo de sed sobre mi rostro,

de tal modo levanté tu nombre hasta la luz

que entre las banderas se detuvo el viento,

las casas nuevas quedaron poseídas por la ausencia

como quedé velando mi orfandad de telaraña.

Algunos dicen que fue un acto de magia,

pero aquí creo en la hoguera y la tormenta.

Tras ahogarme en el latido del sereno,

perdí mi cara para la fosa común;

si vino a mí la humedad de los hombres,

fue para alistarme por si un día regresabas.

Se abrió una avenida en el mar,

los relojes, hartos de esperar a que el coral solidificara

y que en las almejas madurara alguna perla,

dejaron de contarme mi reflejo en otros ojos;

bastó un posar de libélula sobre mí

para arruinar la superficie.

Ahora ocurren cosas más atroces:

cuando el sol oculta su intención de cáncer terminal,

me devoran sueños y anclas oxidadas en el puerto del olvido,

no me sale la canción para el retorno de las aves en verano,

ni por lo fugaz de alguna sombra gano fuerza para latir en Do;

aquí nos obligan a una vida de sonrisas

como auroras en amor por los muertos y sus cosas muertas,

es casi un basurero para abandonarse

a lo más oculto de la voz:

flechas rotas, calaveras, ojos hechos ceniza,

rosas para la matanza,

el perfume a cuerpos que se atoran en todo lo demás.

No hay respuesta, nadie contesta el teléfono en el cielo,

mi oración es sólo para repetirme un juramento ya enterrado.

Los miedos aún vuelan alrededor de nosotros como buitres,

en el templo de estos cuerpos

huesos y mármol son su recompensa;

canto con silencio porque sólo yo sé tu verdadero nombre.

 

 

II

Fue una muerte lenta la de vernos al fondo de las pupilas,

con el corazón hecho polvo de silencio.

Nos quedamos en el aire como un barco naufragado,

ni mis ganas ni tus buenas intenciones nos bastaban;

me pesó el pasado como un diamante negro en las pestañas

mientras encogías los hombros

vaciando el aire de tus bolsillos.

Éramos tan viejos con años cargados en un mapamundi,

los pájaros adivinaban desde dónde huíamos,

los cazamos todos, jugamos a buscarnos uno al otro,

colgamos un cartel de recompensa por nuestras cabezas;

el espejo se hizo tarde, se hizo de verdad,

nos convertimos en nuestros propios verdugos.

Corrimos al mar en horas distintas, pero nos echó fuera,

la sal en nuestras venas era como mala suerte

y tu corazón de luna mareaba al movimiento de las olas;

me quedé a esperarte sobre un muelle abandonado,

los pescadores y fantasmas me cobijaron con sus redes,

colocaron anzuelos dorados en mis dedos entumidos;

cuando la tormenta se hizo grande, fui con ellos a la orilla.

 

 

 

III

Si me vieras arder cuando lanzo anzuelos por los ojos

a un mar de hombres casi hechos incendio en verano;

viven del remordimiento a los relojes

y brújulas entre el salitre.

Los días de mi vida no tienen alas ni hojas abiertas,

se enlazan a los hechos más constantes bajo el sol,

son actos grises, casi las caricaturas de ellos mismos.

Aún brillo en los lugares reservados para otros nombres,

a veces me cubro de voces como estrellas de mar fugaces;

otras más, de un oro pagado en una sangre ajena.

Con las rodillas enmarcando un espacio en el piso,

cargo con tus penas y las piedras con que erigen las iglesias.

¿Aún quisieras levantar la casa de mis sueños en ruinas?

¿Tú sabrás que todavía me aterras durante los insomnios?


Autores
Monterrey, 1986. Es autor de Los nombres del insomnio (Cuadernos de la Serpiente, 2016; Juegos Florales del Carnaval de la Paz 2016), Barcos anclados al viento (La Cosa Escrita, 2016; IV Certamen Literario Ana María Navales), Cáncer (NadaEdiciones, 2016; Certamen de Literatura Joven Universitaria 2009), Cortejo fúnebre (Proyecto Literal / Instituto Sonorense de Cultura, 2017; XXIV Premio Nacional de Poesía Sonora Bartolomé Delgado de León 2016), Party Animals (Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, 2017; Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2017), La heráldica del hambre (El Carruaje Ediciones / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2018; XXVI Premio Nacional de Poesía Ydalio Huerta Escalante 2016), entre otros.

Ilustrador
Israel G. Vargas
Ciudad de México, 1987. Diseñador editorial e ilustrador egresado de la Facultad de Artes y Diseño (FAD) de la Universidad Autónoma de México (UNAM). Colabora en diversas revistas y marcas internacionales como Wired , Texas Monthly , The Atlantic, entre otros. Es socio de la revista La Peste , de la cual realiza la edición gráfica.
El amor no es ciego. Leland Francisco. Flickr.

Autoengaño de origen y destino difuso, cabalismo, aprecio irrestricto al sistema decimal o mero olvido. La Redacción de Tierra Adentro no se decide en el autodiagnóstico, pero definitivamente intentará enmendar la plana.

Antier, 14 de febrero, la Redacción de Tierra Adentro publicó ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, una nota en la que 5 autoras y 5 autores hablaban de lo que ellos entendían por amor. Sin embargo, esas no eran las únicas respuestas que la Redacción de Tierra Adentro tenía en el buzón.

A modo de disculpa, decidimos publicar con dos días de retraso estas respuestas tan validas e interesantes como las anteriores.


 

Diana del Ángel

Una niña me preguntó una vez: qué es el amor? Se lo habían dejado de tarea. Lo primero que atiné a decirle fue: Todo lo que te hace bien. Todavía no puedo decir algo mejor.

 

Rubén Cantor

25 de junio de 2013, Josh Pettitt, London Evening Standard. Una “alegre” niña de siete años murió después de caer más de treinta metros desde un balcón del piso once. Se llamaba Nawaal Sayid y tenía dificultades de aprendizaje. Los paramédicos llegaron al lugar en Finsbury el martes a las seis cuarenta y cinco de la tarde, pero falleció un corto tiempo después en el Royal London Hospital. Penny Barratt, directora del Bridge School en King’s Cross, donde Nawaal estudiaba, le rindió homenaje. Ella dijo: “Nawaal Sayid, una de nuestras alumnas en la primaria, tuvo un trágico accidente y posteriormente murió. Nawaal era una niña extremadamente feliz, alegre y amante de la diversión que disfrutaba mucho todas las actividades en las que estaba involucrada en la escuela. Ella trajo sonrisas a los rostros de todos los que llegamos a tener contacto con ella. Realmente la extrañaremos.” Fueron dejadas flores a la entrada del edificio de departamentos donde ocurrió el accidente. Uno de los mensajes, cuya letra pertenecía a una niña, decía: “Descansa en paz, pequeño ángel. Siempre estarás en nuestros pensamientos”. Nawaal fue una de las tres hijas de Deeqa Mohamed, quien ha vivido en ese piso durante los últimos tres años. Se sospecha que Nawaal se cayó del balcón cuando su mamá acudía a atender la puerta. Un tendero de la zona dijo: “Yo traté de asistirla para ayudar pero la mujer, quien yo creo era la madre, sólo gritaba ‘aléjese, esto no le incumbe’. Fue muy impactante.” La muerte de Nawaal está siendo considerada como inexplicable y la policía está investigando. La autopsia se realizará esta semana.

 

Arturo Loera

Lorca decía, con cierto aire de falsa humildad, que no sabía decir qué cosa era un poema, pero que sabía reconocer un poema cuando lo veía. Algo así imagino que pasa con el amor. Se le reconoce, no se le define. Muta. Deja de ser romántico para pasar a ser dos individualidades que se juntan, como decía Tzeitel. ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? No lo sé. El amor, y la vida hasta cierto punto, radica en su indeterminación. Divago. No confundas el amor con las ganas de ir al baño, decía mi madre. Es lo más honesto que se puede decir al respecto.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Nellie Bly, c.1890

Nelllie Bly (1864-1922) fue una periodista estadounidense cuyos artículos, de marcado corte social, precedieron el estilo de tales nombres como Hunter S. Thompson o Joan Didion. Para redactarlos, Bly se sumergía en los ambientes de los que escribía: hizo que la arrestaran para escribir sobre el trato hacia las mujeres en la cárcel; se internó, encubierta, en un hospital psiquiátrico para investigar acusaciones de brutalidad y maltrato, y visitó México, donde escribió sobre el arresto injusto de un periodista bajo el régimen de Porfirio Díaz. En esta traducción inédita de Luis Ham, Bly explora la conidción de la mujer trabajadora en Estados Unidos, infiltrándose a una fábrica de cajas. El artículo se publicó originalmente el 27 de noviembre de 1887 en el diario New York World.


Comencé temprano en la mañana, no con quienes buscan placer, sino con quienes laboran arduamente todo el día para sobrevivir. La multitud caminaba con prisa—mujeres de todas las edades y apariencias y hombres apresurados— y yo caminé con ellos, como una más de la muchedumbre. Las historias de mujeres trabajadoras, historias de salarios pobres y tratos crueles han causado en mí una gran impresión. Consideré que había solo una forma de conseguir la verdad, y decidí intentarlo: me volvería una trabajadora en la fábrica de cajas. Comencé entonces mi búsqueda de trabajo, sin experiencia, referencias ni nada que me ayudara.

La búsqueda fue agotadora. Si mi sustento económico hubiera dependido de ello, habría sido desalentador, habría atentado contra mi cordura. Visité varias fábricas en las calles de Bleecker y Grand y en la avenida Seis, donde las obreras se congregan por centenares.

—¿Sabes hacer el trabajo? —me preguntaron.

Cualquier atisbo de atención a mi persona desaparecía cuando respondía que no.

—Estoy dispuesta a trabajar gratis hasta aprender— los urgía.

—¡Gratis! Aún si nos pagaras por venir no habría forma —me dijo uno.

—Este establecimiento no es para enseñarle cómo trabajar a las mujeres —dijo otro, en respuesta a mi súplica.

—Pues, si las trabajadoras nacen sin saber, ¿cómo llegan a aprender, entonces? —pregunté.

—Siempre hay alguna amiga que quiere aprender. No nos quejamos si nuestras trabajadoras quieren perder tiempo y dinero enseñándoles, y no tenemos que pagarle a la primeriza por su trabajo.

 

 

No había forma de convencer a nadie de darme entrada a una de las fábricas grandes , así que decidí finalmente intentarlo en una más pequeña, en el número 196 de la calle Elm. Al contrario de los hombres bruscos y bocones que me atendieron en otras fábricas, fui atendida por un sujeto muy amable. Me dijo:

—Si nunca ha hecho este tipo de trabajo, no creo que le guste. Es trabajo sucio y tendrá que trabajar por años antes de conseguir una buena paga. Nuestras primerizas son chicas de dieciséis años, más o menos, y no se les paga hasta su segunda semana de trabajo.

—¿Cuánto pueden ganar después?

—A veces comienzan con pagos semanales —$1.50 a la semana. Cuando se vuelven competentes, se les paga por cada centenar de piezas.

—¿Cuánto ganan en esa posición?

—Una buena trabajadora se lleva de $5 a $9 por semana.

—¿Cuántas chicas hay aquí?

—Tenemos aproximadamente sesenta en el edificio principal, y otras tantas que trabajan desde sus casas. Solo he estado aquí unos meses, pero si piensa que le gustaría intentarlo, hablaré con mi socio. Algunas de sus chicas llevan aquí once años. Tome asiento, voy a buscarlo.

Dejó la oficina, y enseguida lo escuché hablando sobre mí, suplicando que me dieran una oportunidad. Regresó con un pequeño hombre de acento alemán. Se paró a mi lado sin decir nada, así que repetí mi intención.

 

 

—Deje su nombre con el caballero en recepción y regrese el lunes por la mañana. Veremos qué podemos hacer por usted.

Así fue que comencé, temprano en la mañana. Me puse un vestido de percal para trabajar, que se ajustara a mi nuevo oficio. En un pequeño envoltorio estaba mi almuerzo, con una mancha de grasa en medio. Tenía la idea de que todas las obreras llegaban con su almuerzo, y quería dar la impresión de que estaba acostumbrada a esto. En efecto, consideré el almuerzo como un toque ingenioso de consideración al centro de mi nuevo papel,  y observé con cierto orgullo, mezclado con un poco de consternación, la mancha de grasa, que poco a poco crecía.

A pesar de la hora tan temprana, cuando llegué ya estaban ahí todas las chicas, trabajando. Atravesé un patiecito, la única entrada a la oficina y le expliqué las circunstancias al caballero en la recepción, quien llamó a una linda chica, cuyo delantal estaba lleno de cartón, y dijo:

—Lleva a esta señorita con Norah.

—¿Trabajará en cajas o cornucopias? preguntó la chica.

—Dile a Norah que la ponga en cajas.

Seguí a mi guía y llegamos a las escaleras más estrechas, oscuras y perpendiculares que he tenido el infortunio de ver. Seguimos y seguimos, atravesando pequeños cuartos llenos de trabajadoras, hasta llegar al último piso (el cuarto o el quinto, olvidé cuál). De cualquier forma, me había quedado sin aliento para entonces.

—Norah, aquí hay una señorita que trabajará con las cajas —dijo mi linda guía.

Todas las chicas que rodeaban las largas mesas se voltearon a observarme, curiosas. La chica de pelo castaño, Norah, levantó la mirada de la caja que sostenía y dijo:

—Checa si la escotilla está cerrada y enséñale dónde poner su ropa.

La encargada entonces ordenó a una de las chicas conseguirme un banquito, y se sentó ante una larga mesa sobre la cual había un montón de recortes de cartón, etiquetados al centro. Norah esparció unas tiras largas de papel en la mesa; después tomó un cepillo, que sumergió en una cubeta de engrudo, y lo pasó por el papel. A continuación, tomó uno de los recortes de cartón y, usando su pulgar para guiarse, levantó los bordes. Una vez hecho esto, tomó la tira de papel y la pegó de forma rápida y limpia en la esquina, manteniéndolos en su lugar. Rápidamente cortó el papel en el borde con la uña de su pulgar, dio la vuelta a los recortes, e hizo lo mismo con la siguiente esquina. Pronto aprendí que así se construye la tapa de una caja. Se veía bastante fácil, y después de unos momentos pude hacer una.

 

 

El trabajo no era difícil de aprender, sino más bien desagradable. El cuarto no estaba ventilado y los vapores del engrudo eran demasiado fuertes. Las torres de cajas hacían imposible conversar con el resto de las chicas, excepto con una primeriza, Therese, quien se sentó a mi lado. Era muy tímida al principio, pero después de algunas preguntas amables comenzó a hablar más.

—Vivo en la calle Eldridge con mis padres. Mi papá es músico, pero no sale a tocar a las calles. Muy rara vez consigue trabajo. Mi madre se la pasa enferma casi todo el tiempo. Tengo una hermana que hace pasamanería. Y tengo otra que ha estado enrollando seda en la Calle Veintitrés por cinco años ya. Gana $6 a la semana. Cuando llega a casa en la noche su cara y sus manos y su cabello están todos teñidos por la seda que trabaja. Eso la enferma, siempre está tomando medicina.

—¿Has trabajado antes?

—Sí, claro; solía ser pasamanera en la calle Spring. Trabajaba de las siete hasta las seis, a destajo, y ganaba más o menos $3.50 a la semana. Lo dejé porque los jefes no eran amables, y solo teníamos tres lamparitas de aceite para iluminar el trabajo. Las habitaciones eran muy oscuras, pero nunca nos dejaban usar el gas. Algunas mujeres llegaban y recogían el trabajo para llevárselo a casa. Lo hacían por poca paga, por el placer de hacerlo, así que no nos pagaban tanto como lo hubieran hecho de otra forma.

—¿Qué hiciste después de dejarlo? —le pregunté.

—Me fui a trabajar a una fábrica de flecos en la calle Canal. La dueña del lugar era muy grosera con todas las chicas. No hablaba inglés. Trabajé una semana entera, de ocho a seis, con solo media hora para cenar, y al final de la semana solo me pagó 35 centavos. Una chica no puede vivir con 35 centavos a la semana, así que me marché.

—¿Te gusta la fábrica de cajas?

—Pues los jefes parecen amables. Siempre me dicen “buenos días”, algo que jamás ha sucedido en otros lugares donde he trabajado, pero me parece un buen trato trabajar gratis dos semanas siendo una chica pobre. He estado aquí casi dos semanas y he trabajado bastante. Son ganancias claras para los jefes. Dicen que muchas veces despiden a las chicas después de las primeras dos semanas alegando que no es el trabajo indicado para ella. Después de esto ganaré $1.50 a la semana.

Cuando sonaron los silbatos de las fábricas aledañas a las 12 del día, la encargada nos dijo que podíamos descansar y almorzar. No estaba tan orgullosa de mi astucia por simular una mujer trabajadora cuando una de ellas dijo:

—¿Quieres pedir algo para el almuerzo?

—No; lo traje conmigo —repliqué.

—¡Oh! —exclamó, con una inflexión curiosa y una sonrisa divertida.

—¿Pasa algo? —pregunté, respondiendo su sonrisa.

—Oh, no —dijo rápidamente—, solo que las chicas siempre se burlan de quien trae una canasta ahora. Ninguna trabajadora carga con su almuerzo o una canasta. Ya no es el estilo porque identifica a la chica como trabajadora. Me gustaría traer mi propia canasta, pero no me atrevo, por temor a las burlas.

 

 

Las chicas mandaron a pedir su almuerzo y les pregunté los precios. Por cinco centavos conseguían una buena jarra de café, con azúcar y leche si deseaban. Dos centavos les compraban tres rebanadas de pan con mantequilla. Tres centavos, un sandwich. Muchas veces las chicas juntaban todo su dinero y compraban un poco de comida. Pero juntando el dinero podían comprar un almuerzo caliente.

A la una de la tarde estábamos de regreso en el trabajo. Había completado sesenta y cuatro tapas, y el suministro cambió a “moldeado”. Esto significa ensartar el fondo a las cajas y pegarlo ahí. Al principio es bastante difícil hacer que todos los bordes se peguen ordenadamente, pero con un poco de experiencia puede hacerse fácilmente.

En mi segundo día me pusieron en una mesa con algunas chicas nuevas e intenté sacarles conversación. Me sorprendió lo tímidas que eran, ninguna quería decir su nombre o hablar sobre dónde vivían y cómo. Intenté cada método conocido por las mujeres para conseguir una invitación a sus hogares, pero no hubo éxito.

—¿Cuánto puede ganar una chica aquí? —le pregunté a la encargada.

—No lo sé —respondió— nunca se lo dicen entre ellas, y los jefes son quienes conservan el registro.

—¿Has trabajado aquí mucho tiempo? —pregunté.

—Sí, he estado aquí ocho años, y en ese tiempo le enseñé a mis tres hemanas.

—¿Es un empleo lucrativo?

—Es estable, pero una chica necesita años de experiencia para trabajar lo suficientemente rápido como para ganar bien.

Las chicas se ven todas felices. Durante el día hacen resonar el pequeño edificio con sus canciones. Alguien comienza una canción en el segundo piso, probablemente, y cada otro piso se les une en sucesión hasta que están todas cantando. Casi siempre son amables las unas con las otras. Sus pequeñas riñas no duran mucho, ni son muy feroces. Todas fueron increíblemente amables conmigo, e hicieron todo lo posible por que mi trabajo fuera fácil y placentero. Me sentí muy orgullosa cuando completé mi primera caja entera.

Había dos chicas en una mesa con destajos que habían estado en varias fábricas de cajas y que tenían experiencias variadas.

—A las chicas no se les paga ni la mitad de lo suficiente en cualquier trabajo. Las fábricas de cajas no son distintas. No sé de ningún empleo donde una chica pueda ganar más de $6 a la semana. Una chica no puede vestirse y pagar la renta con eso.

—¿Y dónde viven esas chicas? —pregunté.

—Hay casas de renta entre Bleecker y Houston, y alrededores. Por ahí, una chica puede conseguir alojamiento y comida por $3.50 a la semana. El cuarto puede ser para dos, compartiendo cama, o para una docena, dependiendo el tamaño. No hay comodidades ni conveniencias, y hombres generalmente indeseables se alojan en los mismos lugares.

—¿Por qué no viven en los albergues para mujeres trabajadoras?

—Esos albergues son un fraude. No hay más comodidades que en las casas de renta, y las restricciones son más de lo que se puede soportar. Una chica que trabaja todo el día necesita momentos de recreación, y jamás los puede encontrar en esos albergues.

—¿Has trabajado en fábricas de caja mucho tiempo?

—Once años, y no podría decir que alguna vez me ha dado para vivir. En promedio gano $5 a la semana. Pago $3.50 de renta, y mi lavandería cuesta mínimo 75 centavos. ¿Alguien espera que una mujer pueda vestirse con lo que queda?

—¿Cuánto te pagan por las cajas?

—Gano 50 centavos por centenar de cajas para confitería de una libra, y 40 centavos por un centenar de media libra.

—¿Qué haces con las cajas por esa paga?

—Todo. Me dan los recortes de cartón, como a ti. Primero preparo las tapas, luego moldeo los fondos. Esto forma una caja. Luego hago los arreglos, que es poner la cinta dorada alrededor de la tapa. Luego cubro el borde de la tapa y luego la etiqueta superior, con que concluye la tapa. Luego forro de papel la caja, pongo la etiqueta inferior y forro el interior de la caja con dos o cuatro hojas de papel de encaje, como ordenan. Te darás cuenta de que una caja pasa por mis manos ocho veces antes de estar terminada. Tengo que trabajar mucho y muy duro para poder hacer doscientas cajas en un día, con lo que gano $1. No es suficiente para pagar. Me encargo de doscientas cajas mil seiscientas veces por $1. ¿Trabajo barato, no es cierto?

 

 

Una chica brillante, Maggie, sentada al otro lado de mí, contó una historia que me enterneció.

—Es mi segunda semana aquí —dijo— y, claro, no recibiré paga hasta la semana entrante, en la que espero recibir $1.50 por seis días de trabajo. Mi padre era conductor antes de enfermarse. No sé qué tiene, pero el doctor dice que morirá. Antes de irme esta mañana dijo que mi padre morirá pronto. Casi no podía trabajar. Soy la más grande, y tengo un hermano y dos hermanas menores. Tengo dieciseis, y mi hermano tiene doce. Gana $2 a la semana por ser recadero en una fábrica de cajas de puros.

—¿Tienes mucha renta que pagar?

—Tenemos dos cuartos en una casa en la calle Houston. Son pequeños y los techos bajos, y hay muchos chinos en la misma casa. Pagamos $14 al mes. No tenemos mucho que comer, pero a papá no le molesta porque no puede comer. No podríamos vivir si la pensión de mi padre no pagara la renta.

—¿Has trabajado antes?

—Sí, una vez trabajé para una fábrica de alfombras en Yonkers. Solo tuve que trabajar ahí una semana antes de aprender, y después de eso ganaba un dólar por destajo al día. Cuando mi padre enfermó mi madre me quiso tener en casa, pero ahora que se dan cuenta de lo poco que puedo ganar aquí, desean que me hubiera quedado allá.

—¿Por qué no intentas otra cosa?

—Eso quería, pero no pude encontrar nada. Mi padre me mandó a la escuela hasta los catorce, así que pensé en aprender a operar un telégrafo. Fui a un lugar en la calle Veintitrés donde dan clases, pero el dueño del lugar me dijo que no podría aprender a menos que pagara cincuenta dólares de adelanto. No podía hacer eso.

Luego hablé del Instituto Cooper, pensando que cualquier neoyorquina lo conocía y sabía que estaba para casos así. En verdad me sorprendió mucho descubrir que el Instituto Cooper le era absolutamente desconocido a las trabajadoras del lugar.

—Si mi padre supiera que hay una escuela gratuita me mandaría ahí —dijo una.

—Yo iría en las tardes —dijo otra— si supiera que existía tal lugar.

 

 

De nuevo, cuando algunas de ellas se quejaban de los salarios injustos y de los lugares que se negaron a pagarles tras su trabajo, hablé de la misión de los Knights of Labor, y la nueva sociedad organizada para mujeres. Se sorprendieron al escuchar que había formas de ayudar a las mujeres que buscaban justicia. Pensé en qué uso posible tendrían tales sociedades si no ingresaban al corazón de fábricas como esta.

Una chica que trabajaba un piso debajo de mí dijo que no tenían permitido hablar de su salario. Sin embargo, ella ha trabajado aquí más de cinco años, y su salario no promediaba más de $5 a la semana. La fábrica en sí era un espacio totalmente inadecuado para mujeres. Los cuartos eran pequeños y no había ventilación. En caso de incendio, prácticamente no había escape.

El trabajo era extenuante, y después de haber aprendido todo lo que pude de las recelosas chicas, me encontraba ansiosa por marcharme. Me di cuenta de cosas bastante peculiares en mis viajes de ida y vuelta a la fábrica. Noté que los hombres ofrecían con mayor rapidez sus lugares en los coches a las chicas trabajadoras que a las mujeres mejor vestidas. Otra circunstancia igual de interesante: más hombres intentaron coquetear conmigo mientras fui una chica de la fábrica de cajas que nunca antes en mi vida.

Las chicas tenían tan buenos modales y eran tan amables como aquellas educadas en casa. Nunca olvidaron agradecerse mutuamente por los favores más pequeños, y había un ambiente agradable y de “buenas maneras” en muchas de sus acciones. He visto a muchas chicas peores en posiciones mucho más acomodadas que las esclavas blancas de Nueva York.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

Hoy es 14 de febrero y la Redacción de Tierra Adentro amaneció con sentimientos encontrados acerca del amor. ¡Ah, el amor! Ha inspirado a poetas, narradores y dramaturgos desde el inicio de los tiempos, y si a la Redacción de Tierra Adentro le dieran un dulce por cada texto que le llega hablando de él, probablemente no podría escribir esta entrada (es difícil escribir algo sensato atiborrada de azúcar). Seguramente, piensa la Redacción de Tierra Adentro, en esta fecha Pablo Neruda pedía a la imprenta el nuevo tiraje de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924).

A contracorriente, heterodoxa y desfasada, como inevitablemente es, la Redacción de Tierra Adentro se desveló en la maquetación de esta playlist dedicada al verdadero héroe de hoy: el amor tóxico, antes conocido como amor a secas. Por que sí, de algún modo, las cosas sí cambiaron. Y si te metes a Netflix para hacer un maratón de Friends e indignarte porque es machista y homófoba, mejor ni te acerques al cancionero sentimental, recomienda la Redacción de Tierra Adentro.

Las canciones que todavía coreamos siguen repletas de locos peligrosos y tipificaciones del código penal, y con eso en mente la Redacción de Tierra Adentro seleccionó las canciones. No se asuste nadie: la Redacción de Tierra Adentro no es nostálgica de la musicalización de la desigualdad (la Redacción de Tierra Adentro no es de esas heterodoxas, y de nostalgias nada, salvo de los glaciares en los polos), pero le gusta sacar el dedo flamigero para apuntarse a sí misma y sus guilty pleasures.

Del amor sufridote de Marisela a la mamitis enfermiza de Manuel Acuña en la voz de Chalino Sánchez, hacemos un recorrido con paradas tan violentas como las llamadas neuróticas de “Obsesión”, el romanticismo Bacardí de José José, el acosador del departamento 512, el obsesivo de Sting vigilándote la respiración, la dependencia emocional de los Timbiriche, Gloria Trevi (Campeona Indiscutible de Enamorase del Equivocado) y muchos delitos y muchas faltas y muchos improperios más.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

 

La Redacción de Tierra Adentro, como tantas personas y Redacciones, vuelve siempre a Raymond Carver. En el mes del amor todo carveriano que se respete relee De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), y de su relectura 2019 la Redacción de Tierra Adentro apenas se quedó con el título, que entre signos interrogativos entregó a cinco autoras y cinco autores que han pasado y pasarán por aquí.


 

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR?

 

Ana Fuente Montes de Oca

No lo sé. La definición más acertada que conozco es la de Stendhal, que sostenía que el amor es una flor maravillosa pero hay que estar dispuesto a acercarse al filo del precipicio para ir a buscarla. Pienso en el amor y recuerdo cuando presencié cómo María cambiaba el cómodo de su hija desahuciada días antes de que falleciera a los 42 años; cuando supe que José viajaba en bicicleta de Tlaxcala a Veracruz para visitar a Ana antes de que existieran los autobuses; cuando Luis perdió la memoria y lo escuché repetirle una y otra vez la misma anécdota a su hijo Miguel, que se mostraba tan asombrado como la primera vez aunque fuera la enésima; cuando visualizo la mirada cansada de Jaime mientras pacientemente esperaba a que terminara otra de las crisis depresivas de su mujer. Pienso en el amor propio cuando recuerdo que Sara dejó una vida de privilegios para alejarse de la toxicidad de su padre y cuando Mariana no cedió a la presión de nadie y formó una familia con Natalia. He sido testigo de las decisiones más arriesgadas y de los mayores sacrificios en nombre del amor. El amor motiva, inspira y envalentona, pero también envilece: he visto al sensato perder la cordura, al amante transmutado en verdugo, al suspiro convertido en arcada.

Juan abandonó a su esposa y a sus nueve hijos a su suerte porque no resistió la mirada de su segunda esposa, con quien fundó una nueva familia. Mireya mató a sus hijos y se suicidó para evitar que su padre siguiera abusando de ellos. Lisa Marie condujo catorce horas continuas para asesinar a la novia de su amante. Yasmiry roció con gasolina e incendió la casa de su expareja cuando la abandonó. En la Ciudad de México los crímenes pasionales están entre las cinco causas más frecuentes de homicidios.

Dicen por ahí que cada quién habla según como le fue en la feria. Me atrevo a decir que en esta a todos –sin excepción– alguna vez nos han sacudido hasta la náusea.

 

Adrián Chávez

En tiempos de Octavio Paz, dos se besaban y un mundo nacía; hoy nos besamos para refugiarnos de un mundo aplastante. Hablar de amor es ahora, creo, hablar de resistencia, de la posibilidad de sinapsis en un siglo de individualidades. Hablar de amor, de amor de veras, es también hablar en contra del amor marca registrada, ese autómata armado con expectativas prefabricadas y roles de género que funciona a base de un conflicto, en el que, como decía Amado Nervo, “el beso no es sino una variación de la mordida”. En cambio amar en serio es querer el bien del otro no por adoración sino por empatía, abolir el vasallaje emocional en favor de vivir en equipo. Hablar de amor, pero sobre todo ejercerlo, es hoy en día la pequeña revolución de una sonrisa fuera de contexto.

 

Ari Volovich

Después del Antiguo Testamento, el amor ha de figurar como la ficción más peligrosa de todas.

 

Elma Correa

Así que, carverianamente, esta es la pregunta: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

En mi caso, con esta mala educación emocional de la que por más que intento no puedo escapar, estaríamos hablando básicamente de obsesión y codepencia. Es lo que te vengo manejando desde que aprendí que me gustaban los guapos y patanes. Shame on me.

 

51567886_1263364653813605_5200619351463428096_n

 

Hernán Bravo Varela

1. De una pregunta formulada por Raymond Carver en su libro homónimo de cuentos, y cuya mayor dicha es una tautología: la conjugación de “hablar”. Un verbo que, precisamente, se opone al amor como acción suprema. (Lo cual no significa que el amor esté exento de habladurías.)

2. A punto de cumplir los ochenta, Octavio Paz cumplió el capricho, largamente acariciado en su poesía, de definir el amor. Según La llama doble (1993), el amor es “la apuesta, insensata, por la libertad. No la mía, la ajena”. Aún consumido por el fuego del surrealismo, Paz no veía en el amor un ejercicio de los derechos y las responsabilidades íntimas que exige la esquizoide democracia actual, sino una servidumbre voluntaria del yo que garantiza la libertad a segundas y terceras personas. (Un novísimo amor cortés, a cuya breve consumación carnal sigue una perdurable inflamación del espíritu.)

La poesía hace una apuesta semejante por la “libertad bajo palabra” de las personalidades múltiples que nos habitan y del yo ajeno, ávido de especulaciones frente al espejo de cuerpo entero que los otros son para él. En forma simultánea y a la vez contradictoria, la poesía se vuelve soberana del sentido cuando se somete al mundo y sus lugares comunes; el mundo, a la par, se vuelve súbdito del sentido cuando somete a la poesía y conquista sus tierras incógnitas.

3. No quieras decir tu amor, / el amor nunca se dice; / pues suave se agita el viento, / silencioso e invisible. (William Blake)

4. La oscuridad estilística de Jacques Lacan atinó, sin embargo, a definir el amor como “dar lo que no se tiene a alguien que no es”. La frase suele citarse mal: “dar lo que no se tiene a quien no lo necesita”. Entre ambas variantes se abre un abismo. La primera aborda la imposibilidad real de quien ama y es amado: se entrega una carencia a un imposible. La segunda, más esperanzadora, matiza la primera: al amar, obsequiamos algo insospechado a quien no sospecha su imperiosa necesidad.

Se mire por donde se mire, el amor surge de una carencia mutua. Acto filantrópico entre ciegos, labores para resolver un crimen que no se ha cometido —un crimen, siguiendo a Lacan, sin móvil ni evidencias.

5. “En El mundo del silencio (1954), el genial Max Picard suena mucho a William Blake: Los amantes son los conspiradores del silencio. Cuando un hombre le habla a su amada, ella escucha más el silencio que las palabras dichas por su amado. ‘Guarda silencio’, parece susurrar. ‘¡Guarda silencio para pueda escucharte!

Esto no quiere decir “cállate”, sino tan solo “deja de hablar”. La diferencia lo es todo, en el amor y en el arte. (Leonard Michaels)

6. Los amantes son los conspiradores del silencio, dice Picard en la cita de Michaels. Una frase retórica como la pregunta de Carver, aunque no tan memorable. ¿Contra quiénes conspirarían los amantes mudos de Picard?

Tal vez contra los teóricos, legisladores y gramáticos del amor que dan sesudas respuestas a preguntas gratuitas. Pero eso es suponer de más: los amantes son y su práctica de campo, su propio estado de derecho, su lengua privada.

7. El brillante editor Gordon Lish reescribió párrafos y finales enteros de Carver. En De qué hablamos cuando hablamos de amor, por ejemplo, redujo a la mitad el número de palabras que había en las primeras versiones de los cuentos y reescribió el 80% de sus desenlaces. La leyenda Carver se debe, en buena medida, a un ilustre desconocido. Si yo no hubiera revisado a Carver, ¿le pondrían la atención que le han puesto?, se pregunta Lish, quien dio a Carver lo que no tenía.

 

Zel Cabrera

Perras

“Está bien no caerle bien a todos, perras”.
“Por nuestra cuenta hasta el infinito, perras”.
el lápiz labial vengativo, violento, enojado, harto y refinado manchó un sobre.
“Estaré condenada si soy sumisa, perras”.
“¿Cómo nos llamaste? ¿Qué nos dijiste?”
¿cómo se llama esa clase de amor, perras?
Melissa Lozada Oliva

Nos comimos el amor sin masticarlo.
Le ladramos al amor apenas lo olfateamos
a la distancia.
Le ladramos al albañil, al cartero,
al repartidor de pizza,
al señor que nos surte los garrafones
de agua. Lo mismo al ladrón que intentó
allanar nuestra morada y al amante
trasnochado que llegó al departamento
con un six de cervezas lager
y una caja de cigarros.
No hubo diferencia. El enemigo
siempre usa pantalones y perfume
barato.

El amor era la carnaza
pero nunca fue la recompensa.

Las perras no eran ariscas. Nos hicieron.
Salimos más perras que bonitas.
Marcamos la casa con orín,
el aroma que brota
de nuestras entrepiernas.
Esta casa es nuestra porque huele como nosotras.

Mordimos las almohadas, los cojines,
el colchón. Mordimos el amor
sin pronunciarlo antes.

El amor, esa palabra.

 

Diego Casas Fernández

Paradójicamente, como sucede en el cuento de Carver, quien pregunta qué es el amor es el primero en recelar de la duda. Con la singular cacofonía carveriana que nos obliga a desconfiar de lo que nos rodea, nos damos cuenta de que no podemos definirlo con certeza. El amor se mantiene intacto hasta que queremos saber lo que significan esas malditas cuatro letras que hace poco creíamos ejecutar a la perfección. No es casualidad que el título del relato sea una pregunta, al parecer, sin respuestas, o con muchas, como muchos somos los que creemos haber amado alguna vez.

Sospechar del amor —cuestionar nuestros te amos— no es más que otra manera de buscarlo.

Cuando conocí a Stephanie, con frecuencia dudaba del amor que le tenía. Como si no fuera suficiente o estuviera condenado a extinguirse, era enfático y reiterativo cada vez que se lo demostraba. Tenía miedo de que no fuera suficiente.

Con el tiempo supuse que mi amor por ella consistía en interpretarla, es decir, hacer una lectura personal y subjetiva de sus aficiones, propósitos y miedos hasta lograr poseerla. Como si el amor semejara la interpretación de un lenguaje encriptado y complejo, ella hizo lo mismo, y por un tiempo nos amamos con el silencio de los malentendidos. A los pocos meses, cuando comenzamos también a malinterpretar ese silencio (creyendo que hablar no era necesario cuando hacíamos el amor) vino entonces la ruptura. Nació una grieta a la par de nuestro cariño que se hizo evidente entre los dos. Pronto nos acostumbramos a la rutina de las palabras a medias.

Tuvimos entonces que tomar terapia para entender que la solución estaba, literalmente, en la punta de nuestra lengua. Y no hablo de los besos, sino de la palabra (aunque uno y otro sean siempre la respuesta).

Amar no es descifrar sino preguntar. Pero no preguntar qué es el amor sino de qué manera quiere ser amada la otra persona y, sobre todo, cómo esa otra persona puede amarnos. Allí encontraremos las respuestas.

Pues en el amor, la pregunta llega hasta donde la privacidad lo permite.

 

Fabiola Eunice Camacho

Probablemente sea la pregunta más complicada de responder desde la mirada feminista, y lo es porque un aspecto importante dentro de nuestra interminable agenda tiene que ver con desarticular la idea del amor romántico, un imaginario que ha cobrado miles de vidas. No sería el espacio para describir esa clase de amor, pues todas lo conocemos de manera tan íntima, tan cotidiana que estoy segura que hasta la más férrea feminista en algún momento ha sentido la necesidad de bajar la guardia, de perderse en alucinaciones que el coctel de sensualismo y fatalidad proponen como la idea de una imagen que poco o nada tiene que ver con nuestros cuerpos o en sí con el amor.

En todo caso sostengo mi disertación entre dos puntos desde los cuales se desplaza esa energía que puede incluso quebrar por completo la idea de seres dóciles o mujeres embriagadas de amor. Esas dos coordenadas dentro de la cartografía personal serían el deseo y el compromiso. Una sin la otra se desvían y crean lo que hemos conocido por diversas lecturas y miradas, una clase de energía sin sentido o sin cabeza. Imagino ese amor como un ser acéfalo, una corporalidad con una fuerza que no hace otra cosa que detener, oprimir. Sin oídos, sin lengua, tan solo con una contención sobrenatural que logra sostener aquel cuerpo quebrado al mismo tiempo que lo subyuga.

Seguramente un amor sin deseo debe ser el estadío más infértil e insípido que el cuerpo pueda conocer. Ya Rosario Castellanos advertía de manera oportuna que sus hijas y nietas —dentro de la tradición moderna y contemporánea de la literatura mexicana— acabaríamos de maneras poco decorosas o deseables para aquel contexto donde las mujeres ya estaban tejiendo para nosotras una red infinita de saberes y deseos.

Creo que la trama más fuerte tiene que ver con la hilaza que une el saberse dueña de sus ideas, —de su tiempo, de su cuerpo— con el hacer valer sus placeres por encima de cualquier otra cosa que, desde luego, resultará ser menos importante. ¿Pero qué pasa cuando el amor también tiene que ver con nosotras mismas, con el compromiso que adquirimos con nuestra voz, nuestros labios, nuestras vibraciones, nuestro onanismo o con las personas que emergen de nuestras cavidades luego de treinta y ocho semanas?

La pedagogía del deseo de Hélène Cixous abre un espacio distinto para pensar el amor desde la experiencia de ser mujer. Como Hélène pienso que la escritura y todo lo que tiene que ver con ella, —incluido mi cuerpo, sus cambios, su correspondencia bisexual y su constante estado de continencia y vaciamiento— se encarnan debidamente en una clase de amor que ante todo pide el tiempo necesario para hacerse resonar, amar. Luego entonces en quién pensamos cuando escribimos, porque sí escribir es un acto de amor, en este, como en el onanismo, se convoca al cuerpo deseado con el fin de guiar esa pulsación eréctil hacia nuestros centros.

Si acaso es para ti, para mí, está bien, porque más allá del deseo —de la llama interna— me pregunto quién será la lectora o lector que escuche mis gritos, que repose en mis pausas, en mis silencios.

Cixous más que tatuar su impronta, desata un maremoto dentro de los esquemas y estructuras culturales para comprender la manera en que aman y hablan las mujeres.

Spoiler alert: el amor definitivamente es una construcción cultural.

Al ser una construcción que se desarrolla en imaginarios, obras de arte, libros, productos culturales y demás chácharas y fetiches, podemos revertir los procesos, espacios de poder y posiciones que han intervenido durante la historia de la humanidad la edificación de ese amor, incluidos sus salones de prácticas violentas y sus salas de estar en depresión continúa.

El compromiso encarna amor a nosotras y al cuerpo deseado, pues al aceptar el desafío de hablar desde sí, toda la lubricidad se correrá al momento de hacernos resonar, “la mujer asentará a la mujer en un lugar distinto de aquel reservado para ella en y por lo simbólico, es decir, el silencio. Que salga de la trampa del silencio. Que no se deje endosar al margen o el harén como dominio”. Siguiendo la tesis de Cixous, sin importar sus preferencias, sin importar incluso si se encuentran en la cumbre de la soledad, si acaso sólo se trata de las nuevas formas de deseo y amor milenial, hágase cucharita con todo el amor y pruebe escribirse desde sí.

 

Instrucciones para escribir una carta de amor

Hacer jadear al texto
Lubricar la idea
Paladear la memoria
Corromperla
Adentrarse en las oquedades y llanuras del deseo
Echarse una mano
Escribir con la otra
Gritar, explotar, leerla en voz alta
Decir me amo, te amo.

 

Hiram Ruvalcaba

Algunas notas para hablar de amor

Noemí escribía su nombre con n de nunca. Yo tenía novia y ella tenía novio. Pero la primera vez que nos encontramos descubrí que medía exactamente lo mismo que mi deseo, tan alto a los 17 años. De eso estaba seguro —ponía tanta atención cuando la miraba—. Su novio era un sujeto agradable, a decir verdad. Jamás supe qué pensó ella de mi novia, quien debió ser agradable también. Supongo. A veces los veía de la mano o ella nos veía a nosotros, pero eso no me impidió medirla, memorizarla cada vez que nos encontrábamos para que no se hicieran largas aquellas noches que no pasaría con ella.

Las pocas veces que pudimos platicar, me habló de sus planes de vivir en el norte del país, y con sus palabras se iban volando mis esperanzas hacia tierras lejanas. Pasé más tiempo del que estoy dispuesto a admitir convenciéndome de que un muchacho como yo (nacido en una comunidad rural, recién llegado a Tlayolan, y con novia) no tenía oportunidad con una mujer como Noemí. Me convencía de esto a pesar de que ella rehuía mi mirada y, de vez en cuando, la sorprendía observándome de lejos. Midiéndome. Memorizándome.

Cuando nos graduamos de la preparatoria supe que se me escaparía la vida sin decirle todo lo que despertó en mí. Sin embargo, por una afortunada casualidad, nos encontramos cierto día en la calle y tuvimos una hora o dos para platicar a solas. Era lo justo para hacer una confesión vital apresuradamente. Y vaya que le confesé todo. Desde el primer día que la vi trabajando en un café y sentí que el azul del cielo llovía sobre mi alma; todo hasta el momento en que se fue de mi vida de la mano de su novio, que me caía bien, en realidad. Nunca sabré si fue por compasión, o si aquélla fue la manera de corresponderme, de decirme que había sentido lo mismo: Noemí me abrazó por el cuello y besó mi mejilla, justo en la curva donde empezaban mis labios.

Algunos meses después se separó del novio y se fue a vivir a Nuevo Laredo, para hacer carrera en derecho aduanal. O algo así. Llegó hasta tercer semestre. Luego unos hombres la asaltaron en la calle, la tumbaron a golpes y la arrastraron a una camioneta para que diera el último paseo de su vida. Me lo contó aquel que había sido su novio. “Fue terrible”, me dijo, “destrozó a su familia”, y yo pensé en la comisura de mis labios y en que hay historias que no deberían existir.

No encontraron el cuerpo. Hasta donde sé, aún podría seguir viva. Pero es poco probable. En su boca cabían los nombres de todas las cosas que amaría en mi vida.

Una historia de amor auténtica no tendrá un final feliz. Éste es el primer pacto y la primera verdad.

Punto.

Una historia de amor auténtica es una enfermedad que ataca cuando no se tiene tiempo que perder, y uno acaba perdido.

 

Esta es la primera que recuerdo.

En la Edad Media circuló un mito acerca de un trovador que se enamoró de la esposa de un noble. Le cantaba continuamente, molido por saber que su amante jamás sería solo suya. Los cantos desventurados siguieron hasta que el esposo de la dama se enteró del romance. Celoso, el marido mandó asesinar al poeta, e hizo que trajeran hasta su palacio el cadáver. Cuando lo tuvo a su alcance, le extirpó el corazón y se lo llevó al cocinero, pidiéndole que preparara el manjar más exquisito en la historia del reino —y de paso, de la literatura—. Cuando el platillo estuvo listo, el noble hizo que su mujer lo comiera la misma noche del asesinato. Una vez que terminaron de comer, la mujer confesó que nunca había probado un platillo de tal calidad, y el esposo, triunfante, pudo entonces revelarle el ingrediente principal.

Muchas versiones se han escrito acerca de esta leyenda del corazón devorado, y cada una hace variar el desenlace. Mi favorita es la siguiente: la mujer, loca de amor, se hizo asesinar esa misma noche por su dama de mayor confianza, y ordenó que le sirvieran su propio corazón al marido la mañana siguiente. El noble devoró sin mesura la carne de su mujer, muerta de venganza y, cuando se hubo enterado de lo que sus celos provocaron, juró no probar más bocado después del corazón de su esposa. Como cumpliera su promesa, murió nueve días después.

De la historia del corazón devorado inferimos el segundo pacto: en una historia de amor auténtica sólo existen villanos.

Una vez conocí a un hombre que se sacó los ojos el día que su mujer lo engañó para no verla nunca en los brazos de otro.

Así, ciego, siguió viviendo con ella.

Se llamaba Amador, pero su nombre no es importante para esta historia. Lo único que quería destacar es que esta podría ser una historia de amor auténtica.

Una historia de amor auténtica no necesariamente es una historia real.

He aquí una historia real.

Mi amigo Salvador y yo fuimos por unas cervezas a un bar de mala reputación en el centro de Tlayolan. Pasaba la medianoche, y el lugar tenía ese aroma que despiden ciertos espacios que transforman tu vida. Desde nuestra llegada habíamos estado tensos, porque a pocos metros de nosotros se hallaba una pareja de amorosos que no había dejado de discutir en toda la noche.

Aunque debo ser más exacto.

El hombre discutía severamente; sin gritar demasiado pero con insistencia. Ella intentaba acercársele para acariciarlo, intentando que se calmara. Él la apartaba de sí, primero empujándola, después dándole patadas o golpes discretos.

Lloraba mucho, ella. A veces miraba alrededor. A veces fijamente hacia donde estábamos nosotros; intentaba sonreír.

Marco estaba muy animado, hacía lo posible para que yo dejara de mirar hacia la peculiar pareja, cuya discusión se tornaba cada vez más acalorada. No quería notarlos.

Fue inútil.

 

Hacia las dos de la mañana, el hombre lanzó un certero puñetazo al rostro de la mujer. Siguió otro, y otro más. Ella cayó al suelo. La música paró. La gente hizo un círculo a su alrededor. Todavía alcanzó a recibir un par de patadas antes de que Marco llegara hasta el hombre y le reventara una botella de mezcal en la cabeza. Pateó con saña su rostro ensangrentado. Nadie se acercó a separarlos. Me quedé en la barra y me acabé la cerveza, mientras veía a mi amigo tomar pausas para recuperar su aliento justiciero.

La mujer, aún aturdida, se levantó a duras penas y se abalanzó sobre Marco. Le arañó el rostro, gritó majaderías, golpeó su pecho y sus brazos y su espalda con sus manos pequeñas mientras le hablaba, por su nombre. Mi amigo se detuvo, se apartó de los amorosos sin decir palabra. Todavía le dedicó a ella una mirada llena de incendios antes de salir del lugar. Pude verlo: había en él un fuego distinto a la violencia.

Pagué la cuenta. Lo seguí.

Cuando estuvimos solos, Marco dijo:

—Se llama Valeria.

No me lo dijo a mí. Más bien fue como si dejara que sus palabras se diluyeran en el aire. Y después:

—Ya lo decía la Biblia, no codiciarás a la mujer de tu prójimo en vano…

Desde lejos llegaba el rumor de la música y las luces titilantes de las patrullas que rodearon el lugar apenas cuando nos fuimos.

Una historia de amor auténtica es miserable. No hay bendiciones, ni buena estrella, ni buenos deseos. Se escribe con tintas malignas, porque el amor empieza donde Dios acaba.

Una historia de amor auténtica vive siempre en la amoranza.

Éste es el tercer pacto.

Cuando tenía diez años, una vecina cuarentona, amiga de mis tíos, me invitó a pasar a su casa. Una vez en el interior, me dio de comer (caldo de pollo, aún recuerdo que tenía arroz rojo en el fondo del plato) y luego me dijo que la acompañara a su habitación. Una vez dentro, se levantó la falda y pude notar que no usaba calzones. Se sentó en su cama y abrió las piernas para que yo mirara. En ese instante el mundo apareció explicado ante mí definitivamente.

En una historia de amor auténtica no hay puntos suspensivos, sólo una sucesión de tres puntos finales.

Esta la contó mi padre.

Todos los años, en abril, una mujer salía temprano de su casa, subía a un autobús, viajaba dos horas y media hasta El Limón, Jalisco, y visitaba una tumba en el cementerio municipal. Iba sola. Rara vez llevaba flores o cualquier objeto que denunciara la visita a un ser amado. (Pero sí tenía cuidado de llevarse, siempre, la misma ropa: un vestido blanco, gastado aunque elegante, rebozo gris que cargaba con orgullo y dignidad.) Volvía a casa poco antes de que la noche soltara sus lebreles en la Sierra del Tigre. Limpia, como al momento de su salida, sus ojos denotaban que se habían desbordado en llanto.

 

En esta historia sonaba —al menos en la versión de mi padre—, una canción ranchera. Según él, durante toda su vida la mujer puso aquella canción siempre que quiso llorar. “Cruz de olvido”.

La barca en que me iré lleva una cruz de amor… Lloraba a lágrima viva o, más exactamente, a lágrima muerta, a lágrima alimentada de una sustancia insoportable: sus ojos clavados en el espacio vacío, en el lugar que debió ocupar alguien que no tenía nombre, ni rostro, ni fecha.

Un día me enteré de que aquella mujer había tenido un hijo antes de su matrimonio, que lo había gestado en sus mares y lo había visto nacer: leche de sí. Del niño no había fotografías, ni siquiera llegué a saber nunca su nombre. La mujer lo vio morir: muerte de sí.

Un día no volvió. Salió de su casa temprano. Tomó el autobús. Viajó dos horas y media. Bajó en El Limón. Fue al panteón municipal. Iba sola y sin flores. Lloró cruces de olvido. No volvió. Ni al día siguiente volvió, ni al siguiente del siguiente. No volvería ya a su casa en Tlayolan: se la tragó el mes de abril sin dejar rastro.

Mi padre contaba esta historia, y creo que vale la pena decir lo siguiente.

La mujer era su madre.

Algunos dicen que la encontraron en junio, abrazada a una tumba con un nombre desconocido. Cuentan que lloró hasta morirse.

La canción ranchera la conocí hace un par de años, cuando supe que el padre de mi padre había prohibido que la tocaran en su casa.

Aunque esto, por supuesto, tampoco es una historia de amor auténtica.

Pero no se decepcionen, todo lo que he dicho es para declarar que las historias de amor existen, están ahí.

Y que una historia de amor auténtica comprende todo el bien todo el mal.

Pero aún está por verse.

 

Selene Carolina Ramírez

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

Cuando hablamos de amor hablamos del constructo romántico
que nos heredaron los abuelos.
Aquellos que durmieron en camas separadas hasta el final de sus días.
Los que vivieron muchos pequeños amores
a escondidas del gran amor que dormía a su lado,
pero en otra cama.
Porque hablar de amor se conjuga en pretérito
y todo aquello que es anterior al amor es más grande que el amor.

El amor es la tarde caliente con los pies descalzos.
Es ese salto hacia los espacios sombreados
para evitar la ampolla en las plantas de los pies.
Es que el amor siempre viene después
y nos toma de repente con tres pesos en las manos sudorosas
sin saber cuántos chicles de bola nos darán de cambio.

Dejaron de fiar en esa tienda de personas amables.
Dejaron de fiar porque falsificaron las carteras de Marlboro.

El amor nunca será la primera vez,
ni la tercera,
ni la quinta.
Amar no puede ser sufrir el rompimiento de todos lo hímenes adolescentes
que idealizados se vuelven objetos exclusivos del placer.
Amar tampoco es golpearse el estómago con un bate cada vez que se piensa estar encinta.
Ni quererse tirar de la torre más alta cuando el amor encontró otro amor.
Terri cree que hablar de amor se resume a un tiro en la boca.
Mel cree que el amor será sólo un recuerdo pasajero
al lado de un nuevo amor
que se convertirá a su vez en un recuerdo,
si acaso.

Cuando hablamos de amor los ojos se encienden
pero no sabemos de dónde viene el brillo
si del llanto o de la esperanza.

Hablar de amor es querer al gato,
es adorar al gato.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1984). Estudió la licenciatura en lengua y literaturas hispánicas en la Facultad de Filosofía y letras de la Universidad Autónoma de México (ffyl-unam). De 2015 a 2016 fue becaria del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca). Se ha desempeñado como traductora de inglés y francés y profesora de secundaria, preparatoria y universidad. Es colaboradora de las revistas La Peste y Coma Suspensivos e imparte talleres de cuento en Ensenada, Baja California, donde reside actualmente.
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).
Elma Correa es narradora. Aparece en el libro de entrevistas Veintitrés y Uno. Charlas con 23 escritoras de Óscar Alarcón y su trabajo está incluido en compilaciones como Sólo cuento IX, Breve colección de relato porno, Lados B, Cuadernos del Periodismo Gonzo, Narrativa del norte, Pan de muerto, dos números especiales de ficción de Vice, entre otras. Ha publicado textos en revistas como Vice, Punto en Línea, Pez Banana, Shandy, El Septentrión, Tierra Adentro y emeequis. Que parezca un accidente (Nitro/Press, 2018) es su primer libro de relatos.
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).
(Ciudad de México, 1979) es poeta, ensayista y traductor. Autor de Hasta aquí, entre otros títulos.
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Muro Baleado, por Teresa Margolles. Fotografía por Kim (Flickr)

En el retrato predomina el espacio negativo, el vacío que circunda al cuadro. Nunca existe solo, sino en contexto: decorando una pared, exhibido en la galería, recargado contra un mueble.

Una lámina de tiempo arrancada al paisaje, trasladada a otro entorno. Como la imagen se multiplica al enfrentar dos espejos, el retrato propone un juego de interiores y exteriores: capas y capas de existencia que se imbrican.

Todo retrato ejerce cierta violencia sobre lo retratado: muestra sólo una cara, petrifica sólo un momento. Está siempre condenado a lo provisional, lo fragmentario, lo engañoso.

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

*

Llega a mi celular la grabación de un hombre maniatado y amordazado. Se retuerce y suelta gemidos sobre una zanja de tierra oscura. Su pecho desnudo, moreno, sube y baja. A su lado, inclinado, otro hombre blande un cuchillo de navaja larga, enturbiada de sangre y mugre, y emite amenazas con un acento que no soy capaz de ubicar: se come algunas sílabas, pero no a la manera rápida y angustiada de los sinaloenses, sino más bien con lasitud, como si hablara en duermevela.

“Ya valiste verga…”

La antigüedad de la cámara del celular, la sensibilidad atrofiada del micrófono integrado, machacan las palabras y los actos registrados: todo se confunde en una amalgama gris de siluetas y ronquidos. Lo que estaba ocurriendo, sin embargo, es evidente a primera vista: se prepara un homicidio.

“Te voy a cortar la piel vivo, hijo de la verga.”

Su voz, afilada por el odio, aguda y fría.

Como azuzando su propio frenesí de violencia, el hombre sigue lanzando insultos cuando le abre a su víctima tres tajos en los pectorales; el primer vuelco de mi estómago es al ver cómo la piel cede sin resistencia al trazo del cuchillo.

“Ándale ala verga, ira nomás, ira nomás lo que te pasa.”

Cada cuchillada va acompañada de una expresión colérica. El hombre, instruido en los mecanismos de la barbarie, separa una de las llagas, la más profunda, y comienza a cortar el tejido debajo de la piel, desprendiéndola del cuerpo, hasta que llega a la altura de los intestinos. Todo el interior del vientre y el pecho queda expuesto.

“Te voy a sacar el corazón a la verga.”

Le destapa la caja torácica haciendo palanca con el acero, levanta las costillas, hunde su mano en el costado abierto y extrae el corazón, todavía unido al cuerpo por un nervio. Lo corta, se lo pasa por las manos, desligado, aún pulsante, y lo ofrece a la mirada desvanecida del moribundo, que ya daba estertores en el umbral de la muerte.

“Cabrón, hijo de la chingada, ¿ves lo que te pasa?”

Coloca el órgano palpitante al inicio de la garganta y lo clava de un golpe.

Así acaba el video: el verdugo dando alaridos, sus palabras ya convertidas en la mera pulpa informe de la emoción, el cuchillo enterrado verticalmente sobre el cadáver.

*

En Sinaloa el comercio de videos violentos goza de prosperidad.

Balaceras, torturas, decapitaciones, desmembramientos, tiros de gracia, riñas de bares; amenazas, venganzas, ajustes de cuentas, resarcimientos; se trafica con cuerpos acribillados, con rostros intervenidos por botellazos, con cadáveres humillados, vejados, con la anatomía hinchada de los flotadores de los canales o los ríos, que a veces quedan varados en la orilla, expuestos a la curiosidad de los que pasean en el malecón.

No existe instrumento más efectivo que el video para la pedagogía de la crueldad. La reproducción virtual de la violencia acondiciona contra la violencia efectiva. En Culiacán, someterse a un narcovideo es un examen de la virilidad. Su objetivo es atrofiar el nervio de la empatía, acostumbrar el ojo a la sangre, al espectáculo del dolor.

Se trata de poner en escena la vulnerabilidad, hacer sentir al espectador su condición perecedera: que la rechace agresivamente o se espante y tiemble. Esa pérdida simbólica, abstracta ­—la muerte de un desconocido, atestiguada a través de una pantalla— de pronto eriza la epidermis, asesta un golpe de caducidad al cuerpo.

El torturado en video no es ni un vivo ni un muerto: es un espectro, un algo ambiguo, existente más privado de realidad, que agoniza y nunca termina de sufrir, un vehículo de carne estremecida que comunica sólo una cosa: este podrías ser tú.

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

*

Tomar video lastima la realidad. Despoja un hecho de contexto, elimina olores, diluye las presencias. Presenta un cuadro desarraigado, flotante o fijo. El video intensifica la sensación de estar separado del entorno: nunca es más inaccesible un rostro que cuando lo contemplamos en la pantalla.

El cine ha explotado hasta el cansancio esa particularidad de la imagen, la imagen que reafirma el misterio del otro. Los motivos de los personajes, en una película, son elementos narrativos que llevan la mayor parte de la carga de tensión. La gran fuerza de la ficción cinematográfica es que hace sensible el enigma de los actos, su naturaleza indómita, indeterminada e inexplicable.

Estos mecanismos, que bien pueden hechizar en una sala de proyección, se tornan instrumentos para la deshumanización cuando se ponen al servicio de la violencia.

*

La violencia ejercida contra el cuerpo ajeno es, casi siempre, una rebelión contra la propia fragilidad. La herida del otro disimula, por un momento, la blandura de mi propia piel. El elemento más noble de la imaginación, el que se aventura a descubrir la interioridad del prójimo, su autonomía existencial, se inhibe a la hora de infligir dolor. Pronto uno pierde de vista la circunstancia común: que todos vivimos de forma separada la misma condición. Que todos somos frágiles, desvalidos y mortales.

El narcovideo comunica la negación de la vulnerabilidad del victimario por medio de fantasías de dominación, de control territorial y los cuerpos que lo habitan, de ostentarse administrador de la muerte. El nudo original, el vivir juntos la misma fatalidad, el coexistir bajo el mismo destino ineludible, se desintegra. Lo que nos une es lo que nos divide.

*

Hablar de narcocultura es hablar de el narco y de lo narco. Lo narco no se manifiesta necesariamente en el narco. Es decir, lo narco puede habitar fuera del crimen organizado. La sociedad de Culiacán se encuentra bajo el imperio de ambas. Bajo la dominación económica de el narco, como la primacía cultural de lo narco.

Para ofrecer un retrato de Culiacán, se debe hacer un esfuerzo por apresar el estado actual de un código sujeto al cambio, evanescente: la red de símbolos, costumbres y creencias ligadas al fenómeno de la narcocultura. Un retrato no se preocupa por el pasado ni el futuro. Es una captura superficial. Es la exhibición de un presente suspendido, sin raíces aparentes. Por lo demás, la gesta y evolución del narcotráfico, su ethos particular, ya ha sido documentado.

Altar a Jesús Malverde, Culiacán, Sinaloa. Foto por David Boté Estrada (Flickr)

Altar a Jesús Malverde, Culiacán, Sinaloa. Foto por David Boté Estrada (Flickr)

*

Dos grandes fuerzas económicas son los motores de la ciudad: los poderes legítimos, siempre manchados de sangre, y los poderes ilegítimos, siempre dotados de legitimidad por la sociedad.

En el plano discursivo están enfrentados; en la realidad se ayudan mutuamente. Unos lucran bajo un régimen de muertes, ingobernabilidad y desintegración social; los otros se encargan de echarle un velo encima, decir que no pasa nada, y se llevan un tajo. Ambos prosperan bajo este esquema.

Son prestanombres, son sociedades anónimas, son corporaciones enquistadas en el establishment que no se involucran de forma directa en la muerte y la violencia, pero se encargan de perpetuarla.

Al único que beneficia la narrativa del optimismo de las ONGs que pueblan la ciudad y construyen parques, es al narco: minimiza los crímenes, desdeña el dolor de las víctimas, diluye el vigor de las acciones a tomar y sofoca el sentido de urgencia.

La realidad de una sola vida borrada con violencia debería ser suficiente para dejarnos mudos, para que nos diera vergüenza tratar de desviar el ojo público del cadáver. Pero no: algunos prefieren silenciar las voces de las víctimas con tal de aparentar civilidad y progreso.

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

*

Quienes nos preocupamos por todo esto carecemos de la suficiente energía mental para resolver el horror primigenio que despierta un cuerpo sin vida. Y es un acto de resistencia no ceder ante la normalización. Yo me voy a seguir estremeciendo: con cada desaparición, con cada feminicidio, con cada asalto armado.

*

Culiacán es una ciudad llena de símbolos necrológicos. Se erigen cruces en los sitios de los homicidios, se cuelgan pancartas en las acacias para rememorar a un ser querido, los mausoleos de Jardines del Humaya son más habitables y lujosos que muchas casas.

Cualquiera que haya visitado Culiacán puede dar testimonio de la densidad del ambiente. El contexto poco a poco carcome tu historia, seas quien seas, vengas de donde vengas. La ciudad se impone y te exige reordenamiento. Tu lenguaje se abarrota de sinaloísmos; tu cuerpo se aclimata al calor; tu mente aprende a procesar sin remilgos las historias de asesinatos, secuestros, desapariciones, fugas, querellas entre capos.

La muerte pierde su carácter abstracto. Se manifiesta como un brillo violento en los ojos de los enfermos en el antro. En el estruendo de los carros deportivos. En las notas de amenaza del acento, que el sinaloense sabe administrar con naturalidad.

Como antídoto, la población se vuelca a la moral del trabajo, la ética del lucro, el remanso del consumismo, del derroche. En Culiacán el gasto es un acto de alcances ontológicos: es una afirmación vital. Rodearse de lujos, de comida, de mujeres, contrarresta la sensación de vivir entre zombies, de ser un muerto vivo.

*

El principal triunfo de la narcocultura radica en que ha establecido la pauta de lo natural.

Es natural ver cadáveres en la acera, es natural esgrimir un arma en la vía pública, es natural someterse a videos de torturas, es natural que desaparezca tu hijo, es natural que acribillen a tu hermano. Todo esto es rutinario.

En el campo cultural la batalla se perdió hace mucho tiempo. La necroeconomía, la necrocultura y el necroestado organizan la vida social. No hemos sido capaces de generar otra versión de lo humano, otra alternativa de proyecto compartido de vida. Lo humano es matar. Lo humano es lastimar. Lo humano es responder agresión con agresión.

*

El objetivo es: sustituir la fuente corrompida que expide sentido y pone en funcionamiento a esta sociedad enferma; replantear la manera en que llevamos a cabo nuestras tareas vitales; empezar a producir otro tipo de signos los del afecto, la ternura, el cariño, la empatía, el amor.

Al fin y al cabo el código social, esa maraña de significados que tejemos día a día, puede reformularse; no desde lo virtual, no desde el periódico o la dimensión del arte, no desde este artículo, sino en la plaza, la calle, el barrio. Hacer una ruptura fiel de esta particular afiebrada versión del espíritu regional.

Hoy en día no hay un sistema de jerarquización del orden colectivo que compita con la fuerza socializadora, simbólica, de la narcocultura. Es hora de echar a andar la imaginación, esa mediadora entre lo real y lo posible.

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

*

No se puede empezar a concebir un cambio si no echamos luz sobre el principal agente de descomposición de la sociedad sinaloense: el homicidio. En Sinaloa se cultiva el homicidio con mayor ahínco que cualquier comestible. Los administradores de la muerte trazan un apretado radio a su alrededor, que define qué personas detentan dignidad, a qué vidas se le otorga valor. La esfera de vida, generalmente, incluye a la familia inmediata y a nadie más. Todo el que se encuentre fuera de ese círculo íntimo es sujeto de violencia, es enemigo en potencia.

Una crítica de la narcocultura implica también una crítica de la familia. Cuestionar la idea de soberanía familiar, el mandato del patriarca de fabricar un espacio seguro para el libre desarrollo de los individuos que se encuentran bajo su manto protector. La labor del patriarca que controla un territorio (su hogar o su plaza) y asegura el bienestar de quienes lo habitan, se ha convertido muchas veces en el pretexto para practicar la violencia, con la idea de defender los intereses del clan. Y, por el otro lado, da pie a la transgresión de este espacio por parte del enemigo: la violación y asesinato de sus mujeres, la intervención de sus redes de venta y distribución.

*

Urge encaminar esfuerzos sociales y culturales para ampliar nuestra capacidad de amparo más allá de los lazos de sangre. Se ensalza por encima de todo la lealtad y franqueza del sinaloense. Esta característica, es en realidad una flaqueza sublimada: la imposibilidad de crear vínculos más allá de tu círculo afectivo inmediato. No es una capacidad exaltada de amor al prójimo y la familia, sino una especial capacidad de afantasmar a todo aquel que no tenga una relación íntima contigo. El sinaloense tiene una habilidad enorme de deshumanizar al otro, de borrar los atributos que le confieren existencia y dignidad. De ver sólo un enemigo donde hay una historia, un rostro, una vida. La idea es vencer el instinto de la tribu, generar un adhesivo social distinto a los lazos de sangre.

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

Archivo Histórico Sinaloa (Flickr)

*

Mi vida adulta ha oscilado entre Culiacán y la Ciudad de México; llevo siete años transitando entre dos realidades completamente distintas. Ambas urbes tienen sus peligros psicológicos y físicos. Conocí la soledad en la Ciudad de México. Crecí con tres hermanos, compartí cuarto con uno toda mi vida. No estaba acostumbrado a tener que lidiar conmigo mismo, a gestionar mi vida dentro de un espacio personal y absolutamente privado.

Tomé la costumbre de seguir las noticias de Sinaloa con mucho más ahínco que cuando vivía ahí, con el pretexto de estar informado, pero en realidad era una suerte de pulsión culpable la que me hacía examinar a detalle los hechos de un feminicidio, una balacera, una ejecución extrajudicial, un cambio en la distribución del poder en la región.

Esas imágenes que flotan en el imaginario colectivo mexicano y encarnan a todas horas: la nación salpicada de fosas clandestinas, el osario repleto de historias de miseria, la varilla escudriñando el monte en busca de aroma, el rostro anónimo y desollado, el rostro desfigurado por el luto, el rostro oculto por un velo de sangre, las voces desgarradas de las madres, el llanto quedo de los niños, la amenaza que antecede al homicidio (“ya valiste verga, puto”), el cuerpo sembrado de agujeros, el cuerpo desintegrado en ácido, el cuerpo constelado de moretones, las extremidades mutiladas, la mano inclemente que asfixia, el falo violador, las niñas abandonadas en el desierto, la postura antinatural de las muertas, los cuellos torcidos, sacados de quicio, el cadáver oculto en las entrañas de la tierra, el cadáver eviscerado, el cadáver desollado, todo, todas las imágenes que pueblan los periódicos y sus redes sociales, se amalgamaban en mi habitación.

Imaginar el dolor es peor que presenciarlo, porque el dolor imaginado es absoluto y abstracto: la realidad del dolor es horrible, pero uno tiene herramientas para lidiar con ella. A México lo azota una epidemia, y es la dimensión virtual del dolor, la angustia de que la violencia haga su brutal aparición en tu vida. Las víctimas, las que ya han sufrido, nos inquietan porque son seres que llevan la estampa de esa posibilidad. En la soledad de mi cuarto me intoxico de noticias, se me entumen las manos y tiemblo por mi familia, mis amigas, mis amigos. Yo también estoy infectado. Lo único que me queda es intentar sanear mi podredumbre: salir a la calle a conocer el dolor, en vez de dejarme consumir por las representaciones de ese dolor; luchar por la restauración de la vida afectiva, en vez de dejarme llevar por dinámicas deshumanizantes.


Autores
Ricardo E.M. Tatto (Culiacán, 1991) estudió la carrera de Literatura y Creación Literaria en Casa Lamm. Ha publicado textos en Luvina, Letras Libres y fue ganador del premio RMX de novela.
Cartel que pedía la liberación de Leonel Manzano Sosa.

Leonel Manzano Sosa fue preso político y de conciencia en la cárcel de Máxima Seguridad de Puente Grande, Jalisco (2013-2018). Escribió el poemario Coplas de encierro durante sus años de encarcelamiento, libro del que les compartimos dos poemas.


 

Puente grande, serás el punto cero de mi vida

 

Puente Grande, serás el punto cero de mi vida;

hay un antes y un después.

Siendo la línea del punto de quiebre.

Del amor hoy tengo un bosquejo diferente.

Se volvió al principio inquebrantable.

Me come el ansia de saber, me ahoga la necesidad de aprender.

Puente Grande,

serás el hueco óptico carente de gravedad mundana.

Tienes el lente telescópico bajo el cual mirar el nuevo lustro.

La era nueva debo comenzar.

Para ello tiene que parirme Puente Grande.

Gris institución, opaca, deslucida;

demacrada, hostil, insensible y fría.

Su concreto lanza sus tóxicos, su zumo celador.

Puente Grande se pitorrea de mi voz que grita mi dignidad

erguida.

Las almas que anidan en tí,

asoman por las claraboyas emitiendo su color amarillento y

ocultando con tus muros, sus figuras desgarbadas, bellacas.

Tras ellas van siempre las figuras rastreras en color azul,

plagadas de pertrechos,

con sus arreos para atizar las muchedumbres de figuras

Desgarbadas.

Por mis trillados pensamientos,

portan la batuta un sinfín de faenas de buena lid;

¡basta de empinar el codo con el brebaje replete de bazofia!

La vida es un antes y un después; hoy en el limbo,

estoy varado en Puente Grande presenciando importante,

la cátedra que instruye la ruta doctoral hacia el crimen.

Jaulas y pasillos de este gris cemento;

ahogan con su orgía las ramas de nobleza de esta fría noche.

Noche oscura, de escasos barullos.

Noche brutal, de escándalo,

de bayonetas caladas contra la conciencia.

Un grito mantengo ahogado en la garganta.

Quiero lanzarlo desde la oscura noche de Puente Grande.

Aún no es tiempo, reflexiono.

El grito deberá ser para el después.

Una vez que haya traspasado el limbo,

cuando el tren llegue puntual a la estación que yace solitaria,

triste, abandonada y de imagen lastimera.

Puente Grande, serás el punto cero de mi vida.

 

 

¿Qué rostro me muestras, Puente Grande?

Estoy viviendo

en el momento para insultar el cielo azul;

persuadido de la necesidad de creer,

en el engaño quimérico de un día partir.

 

Estoy viviendo

sobre la espalda del Cristo crucificado,

siguiendo un modelo de vida, arropado de concreto.

 

¿Qué rostro me muestras, Puente Grande?

¿lo dorado de tu infamia?

¿lo bífido de tus caprichos y voluntarioso escozor?

 

El sueño,

este engaño quimérico de un día partir,

es la mina del inagotable sufrir.

 

¿Cuándo llegará la hora de la restauración?

¿qué voy a hacer en el monasterio del olvido?

Tengo el rictus congelado;

veo la tumba viviente

Y sus serpentinas, cual espinas en el rostro del señor.

 

Puente Grande,

¿qué simbiosis el decreto te formó?

Hallo en ti el culto al odio, el ocio y la degradación.

Encuentro en ti

la parafernalia del negocio subterráneo y oscuro,

donde supuran sus órganos internos, ante la corrupción innata

y la supremacía del más fuerte.

 

Una verdadera montaña gris,

acude al espectáculo generalizado de la impotencia

Y yo de hinojos,

en las alas del sufrir, rígido

y cargando la cruz a cuestas,

voy de aquí para allá,

en la isla replete de pobres y pendejos.

 

Hay una herejía por alzar la voz

ante un silencio colossal, en el teatro de lo insensible.

 

Puente Grande,

me bañó tu monolítico empuje hacia el desastre,

el fermento de tu decadencia

y la misa perenne de tu figura fantasmal.

 

¿Qué hay de ti Puente Grande,

escorial moderno, dimanando frías y tenaces lluvias?

¿Estás ahí? ¿segues erguido cual capricho del poder?

 

Puente Grande,

ya no hallo cómo vivir en ti.

Suelta las amarras que aprisionan con tu estigma;

desata mis manos, libera el humus que soy.

 

Déjame vivir; please

 


Autores
Leonel Manzano Sosa (14 de Agosto de 1970, Santa María Zaquitlán, Oaxaca) estudió en la Universidad Autónoma de Benito Juárez de Oaxaca (1992), fue uno de los creadores de la gaceta cultural Expresión universitaria. Activista y miembro del Frente Amplio de Comunidades Marginadas del Estado de Oaxaca (FACMEO). Fue preso politico y de conciencia en la Cárcel de Máxima Seguridad de Puente Grande, Jalisco (2013-2018), lugar donde escribió Coplas de encierro.