Tierra Adentro
Malecón. Foto tomada del sitio Viaja bonito

Nocturno del viaje

Voy resuelta
contra los lestrigones
para canjearles
lo que no seré.

Me precipito entre resuellos
y empaco
los sobrantes de certezas.

Ya mi vientre armoniza
un redoble de platillos y
marca un beat
cuatro por cuatro.

Voy resuelta contra el viento del Sur
que me susurra antiguos consejos.
Aquí surco una calzada.

Entre la multitud
silenciosa de la plaza
advierto que arribé
a un puerto cuyos rostros
me son familiares:
hombres y mujeres celebran
el nacimiento de un
niño con la primavera,
alzan sus copas,
se revuelcan unos con otros,
escupen mientras ríen.

¡Empeñaron su alegría
en el dolor del Hombre!

Huyo de ahí como el
músico después del concierto,
que se dirige a otra escena
con su idéntico repertorio
y la misma gente.

En cualquier lugar seremos bufones,
jamás el rey.
Avanzo hacia el malecón
con mi féretro Samsonite.

Aspiro hondo:
quise exiliarme de la amargura
pero la empaqué junto con el traje de baño.  

Postal

Bienaventurados aquellos que
volverán
al tiempo y a la esquina del primer beso
frente al Walmart,
donde saborearon unos Chesterfield
para cuando reine la obligación
y el aburrimiento
consortes de la adultez

Guarda aquella imagen
para continuar pese a Nosotros.

Bienaventurados los amantes
que continuarán asistiendo
como los perros al basurero
porque de ellos será
la tierra baldía.

Background

Sonrisa de niño en la feria
(aquí ya no está tu nombre)
el mío se fue tras de aquél
—nos vemos pronto.

Mudanza

En usted Señorita,
—joven prisionera
de sus insomnios—:

Hay más de veinte tazas de café,
medio millón de músculos en tensión que se
pulsan bajo la mesa
e inventariados por la espuma voyerista
trago a trago:
es el miedo a equivocarse.

Hay decenas de miradas
de quédate,
vamos por unos Marlboro —dices—

Una invitación para que el otoño llegue
Tantos kilómetros de lluvia
sobre Insurgentes
dentro el Peugeot 206
hasta topar con tantos
ven a mi habitación y quédate.


Autores
(Veracruz, 1985). Poeta y académica. Es Maestra de Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Ganadora del Premio Nacional al Estudiante Universitario José Emilio Pacheco en la categoría de poesía.
Detalle de The Crown. Imagen tomada del sitio La voz de Cádiz

El drama histórico The Crown, de Peter Morgan, es una coproducción de las empresas Left Bank Picttures y Sony Pictures Television y se estrenó a nivel mundial el 4 de noviembre de 2016, por medio de la empresa de entretenimiento Netflix. La serie muestra dos facetas de la biografía de la reina Isabel II (Claire Foy), la pública y la privada. En la página oficial de Netflix se describe la serie como un “drama que narra las rivalidades políticas y el romance de la reina Isabel II, así como los sucesos que moldearon la segunda mitad del siglo xx”. En efecto, en el centro del drama histórico está el romance, eje y fuerza vital para el desarrollo de la serie.

En tanto, el primer suceso significativo y que podría interpretarse, en principio, como un paso más hacia la renovación de las costumbres en la casa Windsor es la transmisión televisiva de la coronación de la reina en 1953. En el drama es el príncipe Felipe (Matt Smith), Duque de Edimburgo y esposo de Isabel II, quien insiste en la importancia del tiempo de cambio y cree necesario que la monarquía deba estrechar relaciones con el pueblo, es decir, hacerlos partícipes de su nueva historia, se trataba pues de un gesto de comunión. Ya que tras haber sido víctimas de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y testigos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y con todos los avances tecnológicos que hicieron posible vencer al nazismo, entre éstos, la máquina de Turing, continuar gobernando un país mediante sistemas imperiales resultaba anquilosado; no obstante, los jóvenes al tanto de su pasado histórico traen nuevas ideas. Esta decisión del joven matrimonio repercutiría en su futuro concediéndonos a los espectadores contemporáneos asomarnos a la vida íntima de Isabel y Felipe.

Este representativo cambio a las normas en la casa Windsor afirmará no sólo un pacto con su pueblo, sino también con su tiempo. Simbolizará el tránsito y continuidad hacia la modernidad en el sentido paciano: “[…] un método de investigación, creación y acción” (Paz: 1990, p.32), que conduce al cambio constante pero que tiene en su anverso las utopías, el Romanticismo, por ejemplo. Hay, pues, desde entonces, en la propuesta de los jóvenes monarcas innovación y cambio. En resumen, son modernos en tanto que románticos.

Para Octavio Paz, la crítica es un rasgo distintivo y señal de nacimiento de la Modernidad. “Comienza como una crítica de la religión, a la filosofía…” (ibid). De aquí que, según el poeta, el Romanticismo tiene una relación filial y polémica con la Modernidad como “Hijo de la Edad Crítica, su fundamento, su acta de nacimiento y su definición son el cambio” (1990, p.35).

En el drama histórico seguimos no sólo el periplo de estos amantes que se enfrentan a los intereses ajenos y propios y agitan las pasiones más elementales en su microcosmos; la ambición, la ira, la vanidad, la envidia, etcétera, son per se la naturaleza humana. No es gratuito que en reiteradas ocasiones personajes más “racionalistas” como Winston Churchill (John Lithgow) citen a William Shakespeare. Si bien este guiño con la literatura inglesa actualiza el espíritu de las tragedias del dramaturgo inglés, también brinda homenaje a su literatura. Por otra parte, para quienes hemos leído al dramaturgo, observamos que su referencia en el drama histórico viene a ser otra propuesta de lectura donde considero se comparte o bien, recupera el concepto cosmogónico shakesperiano, en el que el orden del mundo es un estira y afloja pasional entre ser y no ser.

Por ejemplo, el Romanticismo —en su sentido más amplio, entendiéndolo como una actitud subversiva espiritual e intelectual, no como movimiento literario— echó sus raíces en el palacio de Buckingham desde la abdicación de Eduardo VIII (Alex Jennings) a la corona en 1936, el tío de Isabel II. Con su decisión, Eduardo, Duque de Windsor, cuestionó al deber, se enfrentó a él y asumió las consecuencias. Qué acción tan liberadora, el hombre había renunciado a ser ungido, por amor, por la carne, por el mundo y, como un rebelde, fue expulsado.

En las dos temporadas que van de la serie se hace hincapié en este hecho, poniéndonos a pensar sobre si fue un cobarde, un traidor o un soñador que hizo posible la utopía, “el sueño de la razón”, en palabras de Octavio Paz. En la serie, Isabel II hace lo posible para mantener el equilibrio entre el deber y el ser, entre la razón y la preeminencia de los sueños y con ello nos recuerda también la difícil tarea de existir, de permanecer ante una modernidad que disolvió el tiempo porque desvalorizó la creencia en la eternidad, al ser crítica con la religión, la modernidad entonces tiene su razón de ser sólo en el presente —el cambio y la actitud crítica también son perpetuos— donde irónicamente y contra todo la humanidad “levanta montones de cemento / […] donde caeremos todos en la última fiesta de taladros”, ya denunciaba García Lorca hacia 1929.

El Romanticismo es “hijo rebelde, hace la crítica de la razón crítica […] y opone al tiempo de la historia el tiempo de las pasiones, el amor y la sangre” (Paz: 1990, p.35). En la serie también atestiguamos el romance de la hermana de Isabel II, la princesa Margarita, una versión moderna del Werther de Goethe. A ésta la vemos renunciar al amor de su vida, el capitán Peter Townsend, mientras el pueblo inglés tomaba partido del suceso e incitaba a los enamorados a romper las reglas y ser felices. “¡Cásate con él, Margarita!”, se leía en la primera plana de la prensa periódica, según registra la serie. Luego, la reina Isabel II verá a su hijo Carlos divorciarse de Lady Di, ya todos sabemos cómo acabó esta tragedia. Se prevé que para la tercera temporada este romance también sea tratado.

¿Por qué nos ha gustado tanto The Crown? Técnicamente es una ambiciosa producción, no hay nada que reprocharle: las tomas, la música, los escenarios y las actuaciones son fascinantes. Nos ha gustado porque nos recuerda que, sobre todo, estamos hechos de pasiones y quizá, que para sobrevivir al cambio, hay que ser diligente. Isabel II porta la diligencia como parte de su ideología, cualidad que le ha valido sus sesenta años sosteniendo la Corona. Lo que hace recordar a El rey Lear, personaje de la tragedia homónima de William Shakespeare, quien dijo: “Sé guardar secretos honrados, montar a caballo, correr, estropear un cuento complicado al contarlo, y llevar por las buenas un mensaje sencillo: soy capaz de todo aquello de que son capaces los hombres corrientes, y lo mejor que hay en mí es mi diligencia” (1998, p.177).

Este personaje literario tiene consciencia de ser más aún similar a los hombres corrientes, y sólo es la diligencia la que lo separa del resto haciéndolo mejor a aquéllos. Me parece que esta consciencia de virtudes ha sido compartida también entre los miembros de la casa Windsor desde la abdicación de Eduardo hasta el divorcio de Carlos y Lady Di. Como sea, nosotros espectadores, hijos de la Modernidad, asistiremos a cada episodio para reivindicar el espíritu del Romanticismo.

Bibliografía:

García Lorca, Federico. (1971). “New York”, en Antología de la poesía moderna y contemporánea en la lengua española. México, D. F: Universidad Nacional Autónoma de México.

Paz, Octavio. (1990). “Ruptura y convergencia”, en La otra voz. México, D. F: Seix Barral-Biblioteca Breve.


Autores
(Veracruz, 1985). Poeta y académica. Es Maestra de Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Ganadora del Premio Nacional al Estudiante Universitario José Emilio Pacheco en la categoría de poesía.

hotel lois

el puerto era una flor cortada en nuestras manos
j. c. becerra

 

salgo a la noche y entro en la playa
las arenas reciben mis pies
el fresco viento arrastra
olas, hambre
y voces
sobre todo la voz que acaricia
la moneda que es el mar

aquí estuve en 1993
el hotel lois era azul y la ciudad
se construía alrededor

la vida era una pelea constante
pero entonces qué es la vida
cuando con cerveza
cruzas la mitad del país en auto:
a media mañana te despides
del pacífico
y una noche después
el golfo de méxico pesa como una perla en tu mano

no te percatas
de que este puerto es tuyo
una flor como dijo el poeta
una puerta que cierra
para que el sol caliente los huesos
y el aire nos despeine
y enumere olas y pájaros
y el brillo en el ojo de la cerveza

en el bar del lois el arpa desgaja notas
parte en dos la música
y la fiesta es el anzuelo
que atrapa una flor de barcos

tampoco sabía que mis amigos
se destrozarían poco a poco
yo que viví el naufragio dulce de la fiesta
cómo iba a saberlo
si las ciudades se arremolinaban
en el licor
y la vida era libros
que pensaba escribir

el júbilo estaba a mis pies
y la pasajera edad
tomaba el sol a sus anchas

en 1993 tenía 19 años
ahora el lois esplendoroso me llama

el bar abre tantas cervezas para recibirme

 

en efecto, una palabra

¿un trazo?
¿una palabra que anotas?
¿explica tu universo?
¿[…] nada recuerdas?
eduardo langagne, “una palabra”

mientras el calor se abre paso
con ventarrones y arenas
los parques universan y la piedra se rompe

el árbol bebe
del mismo aire
levanta-papeles
rompe-ventanas
azota-puertas
pero no explica
ni la ceniza ni la flor
ni de los amores el rostro

y no recuerdo
los faros de los autos en mi copa
no siento el párpado mordido de la mañana
ebrios polvos adherirse a la mejilla
no recuerdo
la batalla que dura toda la noche
cuando se vive al borde de los ojos

las ruedas mientras la ciudad
mientras avanza la tarde

historias de vaso

la tú, la mulata
la bautismal regina como reloj a la muñeca
tan delgada como la manecilla de los minutos

tú, mi silla y vaso
la improbable júpiter
artificiosa y fiada y porfiado mapa

del beso el beso y sobre la palma el gallo

regina de perfil como de frente
niña abierta y borracha
de cabello que luna en la mejilla
ilustrada para retener y tragar

niña de ti
tragedia del papel en la mano izquierda

la tú, la viga de tus ojos
que templos sostiene

tus dientes son el maíz
para el whisky clandestino
tus dientes que se hincan en la carne
de la trasquilada oveja
tu cuello es la botella
para la greguería
los valientes y curiosos

la de los pechos
que los gemelos impacientes
en la otra orilla desean
y el hombre de la puerta protege

no hay miel ni leche bajo tu lengua
porque el licor lava

lánzate responde
acciona bombas de vino a la hora de la hora

si tus piernas fueran de mármol
las tajaría pintaría mi nombre en rojo
sería sansón amigo de los filisteos

niña el corazón gotea

te pagaría te presumiría con mi madre
te llevaría con mis amigos
te serviríamos en plato y mientras te comemos
darías a mis oídos el poema

en los diarios hablaría de tus ojos
como azules frutas de mundos desconocidos
como índigos atardeceres salpicados en otras galaxias

tierna como el cabrito
ven sirve y protege la comanda
el gallo está por cantar


Autores
Nació en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 10 de julio de 1974. Poeta. Textos suyos y traducciones han aparecido en revistas nacionales y extranjeras. Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras (Border Words) 2005 por De mis muertas. Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí por Hombres de nieve. Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero 2013 por La balada de los arcos dorados. Su trabajo ha sido incluido en las antologías El manantial latente, Tierra Adentro, 2003; Árbol de variada luz, Universidad de Colima, 2002; Generación del 2000, Tierra Adentro, 2001 y el libro colectivo El silencio de lo que cae, unam, El Ala del Tigre, 2000.
Juan José Arreola. Foto tomada del sitio digital El Sol de México, Archivo MVR

I. El desollado

Juan José Arreola nació el 21 de septiembre de 1918:

El mismo día en que Marcel Proust sufrió la primera crisis de vértigo y se desplomó por las escaleras de su casa, día de san Mateo Evangelista y santa Ifigenia Virgen, justamente en la noche en que Rainer Maria Rilke le escribió la primera carta a la que iba a ser su amiga para siempre (Arreola, citado en Del Paso, 2003, 23).

Era Virgo, y se dice que los Virgo tienen (Arreola incluido) una predisposición natural para trabajar con las manos, lo que los vuelve artesanos diestros. En el caso de Arreola, él es un artesano de la palabra. Sin embargo, posee un signo especial y personalísimo, que tuvo un peso muy importante en su vida y obra: el del borrego negro.

En Memoria y olvido de Juan José Arreola (2003), el autor le cuenta a Fernando del Paso cómo fue que cayó bajo el mal presagio del borrego negro, un animal, de los muchos que había en casa de Arreola —él mismo admite haber nacido entre burros, caballos y vacas— que se escapó de su corral y persiguió al autor de La feria, en ese entonces de dos o tres años de edad. Junto al pánico, Arreola experimentó una sensación que ya no lo abandonaría: el vértigo.

Después de esa persecución y de la angustia producida por ésta, Arreola comprendió que estaba, ya para siempre, destinado a vivir permanentemente consciente de la naturaleza del ser humano y de sus imposibilidades. Esto lo supo Arreola desde muy niño, cuando dormía entre sus padres y escuchaba los “canjes respiratorios” (2003, 17) de su madre. Este sonido, además de despertarle al autor una “sensación de inmensidad” (2003, 17), lo hacía pensar en un tiempo anterior al nacimiento, cuando él se encontraba en su Paraíso (el vientre de su madre), de donde fue expulsado y al que ya no le sería posible volver.

La sensibilidad de Arreola lo hacía vivir como desollado, además, hace que experimente la belleza de forma directa, pues ella pasa derecho a las entrañas; no hay una barrera (una piel) que filtre el dramatismo de la vida, y, sobre todo, el drama de no poder unirse con el ser amado. Quizá por eso, al desollado la belleza y el amor le duelen y le parecen un abismo duro y frío que causa vértigo, y que le hace vivir en un suplicio constante.

Encontramos la desesperación del desollado, causada por el borrego negro, en “Tres días y un cenicero” (incluido en Palindroma),[1] probablemente el mejor cuento de Arreola. Aquí también hay un símbolo animal, y, aunque no se trata del borrego negro, sí es algo igual de fatal: la garza llamada “morena”, pero cuyo plumaje es de un azul intenso. Además, la garza morena tiene, como todas las de su especie, garbo, elegancia y orgullo naturales, incluso cuando son cazadas. Así lo leemos en el cuento, cuando los personajes van al río de Zapotlán el Grande, Jalisco, a cazar patos y aves, al momento de darle una pedrada a la garza, ésta hace “como todas, como si no le hubieran dado” (2013, 275-276), y luego se desploma en el agua.

El signo de la garza morena prefigura el encuentro del protagonista con la escultura, en el fondo del río lamoso y verde de Zapotlán. Este encuentro se produce entre juncos, patos, güilotas, zopilotillos, un lagunero y los acompañantes del protagonista, los cazadores Pato grande y Pato chico. Después de matar a la garza morena y de ir a sacarla del agua, el narrador encuentra la estatua, griega sin duda, de una Venus. A partir de ahí, empiezan tres días de delirio para el narrador quien, indefenso y desollado como está, no podrá hacer otra cosa que rendirse, caer de rodillas ante la belleza, aunque también tratará de descifrarla con ayuda de enciclopedias, tratados históricos, historia del arte, e incluso algunos precedentes de otras Venus, halladas también en el lodo.

Como se ve, el desollado lo mismo siente mucho que piensa mucho. El narrador de “Tres días…”, como el propio Arreola, posee una biblioteca personal inmensa, inabarcable, y de naturaleza omnívora. En el cuento sobre la Venus de Zapotlán se citan la Enciclopedia de la farsa, un poema de Rubén Darío —cuya obra fue capital para los cuentos de Arreola—, y la historia de la Venus de los nabos. Pero este conocimiento enciclopédico está presente en todo Arreola; eso, junto con el elemento poético, es lo que constituye su complejidad: un cuento de apenas cinco o seis párrafos, de una cuartilla y media, se abre como juego de muñecas rusas, y cada muñeca nos enseña una posibilidad.

En el cuento “La noticia”, incluido en Cantos del mal dolor (2013), por ejemplo, de apenas siete párrafos, las muñecas rusas se visten de la mitología propia de los “asuntos de mujeres”: desde Marat y Carlota Corday, pasando, en desordenada cronología, por Margarita de Borgoña, Teodora de Bizancio, Coatlicue, Betsabé y las sabinas. En este microuniverso, el lector puede encontrar de qué manera construye Arreola una de sus más grandes obsesiones: lo femenino. De nuevo, Arreola, como el narrador de “Tres días…” construye su propia mitología, es decir, su propia explicación, del hecho femenino por medio de otras referencias culturales y mitológicas. Sin embargo, el mito de lo femenino según Arreola no llega nunca a una conclusión definitiva, sino a una certeza melancólica, pues el hombre se queda, en su “soledad hombruna” (2013, 104), acariciando las “estatuas rotas” (2013, 104), figuras femeninas tan rotas y tan incompletas como él mismo, pero no por ello con menos poder. Al contrario, las mujeres del universo de Arreola tienen poder sexual y pueden decidir sobre la vida y la muerte de los hombres. Arreola no las idealiza ni las desprecia, como muchos críticos han querido ver en su obra, sino que acepta que el problema de lo masculino y lo femenino es tan complejo como el arte, la cultura y los mitos que lo arropan.

El sufrimiento del desollado, desatado por el borrego negro, es algo que está muy cerca de la imposibilidad artística; de hecho, en la obra de Arreola podemos encontrar, también, la angustia del escritor que sólo puede “parir ridículos ratones”.

 

II. El artista

El narrador y protagonista de “Parturient montes” (Confabulario) dice:

Abrumado y sin salida, haciendo un total acopio de energía, me propuse acabar con mi prestigio de narrador. Y he aquí el resultado. Con una voz falseada por la emoción, trepado en un banquillo de agente de tránsito que alguien me puso debajo de los pies, comienzo a declamar las palabras de siempre, con los ademanes de costumbre. (2013, 171).

Afortunadamente para sus lectores y para la literatura mexicana, Arreola no perdió su prestigio como narrador ni como recitador o actor de su propia obra, pero en ésta podemos encontrar personajes que sí temen no obtener el reconocimiento que se le debe a un artista. En “Parturient montes”, la imposibilidad toma otro cariz, pues no se trata ya del gemido de los amantes que, bien lo saben, nunca podrán unir sus almas, sino del lamento de un escritor que, con las palabras y los ademanes ya gastados, sabe que sólo puede dar a luz a minúsculos ratones.

De nuevo, en “Parturient montes” encontramos el conocimiento enciclopédico y omnívoro de Arreola. Ya se ve desde el título y el epígrafe, que hacen referencia a la fábula de Esopo, “El parto de los montes”, que Horacio recupera en su epístola a los pisones. Aquí, Horacio hace una crítica a los escritores que hacen gala de pirotecnia retórica pero que, al final, no tienen un contenido sustancioso.

En “Parturient montes”, el narrador-protagonista, con “las palabras de siempre y los ademanes de costumbre” (y también después de mucho esfuerzo y angustia) logra sacar de su axila un ratón pequeño. La multitud que lo escucha se sorprende y aplaude, pero la emoción no dura mucho tiempo. Luego, una mujer se acerca al narrador y le pide el ratón, porque quiere darles un susto a su marido y a su gato, quienes viven con ella en un departamento de lujo; “Nadie sabe allí lo que significa un ratón” (2013, 173), reflexiona el narrador-prestidigitador que hace aparecer al ratón.

Es verdad que al principio del cuento hay angustia, vergüenza y hasta un poco de desazón, pero al final nos encontramos con una esperanza, la esperanza que yo llamaría estética o artística, ya que la mujer del cuento le pide el ratón al narrador para llevarlo a un lugar donde los “ridículos ratones” sí son una novedad. De hecho, lo estético o artístico de la esperanza radica en lo nuevo del ratón en un espacio que suponemos limpio, ordenado, sin alimañas. El narrador, aun con los trucos ya varias veces repetidos, es capaz de sorprender a un lector u oyente y lo hace en un lugar nuevo, en donde la frase “Hay un ratón en la casa” no se ha dicho nunca. Podríamos extrapolar esto a la literatura en general, puesto que el hecho literario sucede cuando algo logra conmover o emocionar al lector de tal manera que éste piensa que lo señalado por el autor no se había dicho antes. Entonces, aunque el narrador de “Parturient montes” crea que es un estafador, en realidad es capaz de emocionar a sus lectores mostrándoles algo insólito para ellos: un ratón. Además, la realidad textual del narrador, es decir, la aparición del ratón, se lleva al plano de la “vida real” de la historia, cuando la mujer pide el animalito para llevarlo a su casa. El deseo de empatar la realidad textual con la vida real es, en “Parturient montes”, una idea esperanzadora. Y aunque en el caso de Juan José Arreola vida y literatura son dos cosas que están entrelazadas, en “El discípulo”, otro cuento de Confabulario, esta relación se expresa con el regusto del deseo imposible.

Hay dos personajes en “El discípulo”: el “maestro” pintor, Salaino, de sólo 18 años y su aprendiz. La jerarquía está marcada desde el principio por los sombreros que usan ambos: el de Salaino es de piel de armiño; y el del discípulo, de fieltro gris. Después de dar un corto paseo por Florencia y de servir como modelos de pintura el uno del otro, el discípulo le muestra su cuadro al maestro y éste le dice: “Tú sigues creyendo en la belleza. Muy caro lo pagarás. No falta en tu dibujo una línea, pero sobran muchas” (2013, 187).

Después de su veredicto, el maestro realiza un dibujo que representa la belleza; inicia dibujando líneas que forman el rostro de una mujer: “Estos dos huecos sombríos son sus ojos; estas líneas imperceptibles, la boca. El rostro entero carece de contorno. Esta es la belleza” (2013, 187). En este cuento, la belleza es un fenómeno que carece de contorno, es decir, de una forma concreta. Incluso cuando lo bello es una estatua de Venus, como en “Tres días…”, no se trata de la hermosura de una mujer real. Además, al final del cuento el protagonista pierde su estatua, de quien sólo conservará el cenicero, que no es otra cosa que la concha en la que la Venus estaba parada. Ella, por su parte, no será más concreta que el humo que ascenderá del cenicero. En “Parturient montes”, la belleza es sólo un conjunto de líneas simples, a la manera de algunos dibujos de Picasso que, de tan sencillos, son complejísimos. Sin embargo, Salaino “destruye la belleza” cuando convierte sus líneas en algo real, en el rostro de Gioia.

Por medio de los cuentos breves que he citado aquí, pero también a lo largo de la obra de Juan José Arreola, podemos observar que la belleza es algo platónico, irreal y abstracto. Es, además, un misterio y una incógnita, porque, tal como se ve en “Tres días y un cenicero”, el narrador-protagonista busca arduamente en libros y enciclopedias el origen de la Venus de Zapotlán, a quien acaba perdiendo irremediablemente. Mientras tanto, en “El discípulo”, luego de dibujar a Gioia, el maestro arroja su obra al fuego; el aprendiz comprende, entonces, que no será artista y que Gioia tendrá una vida de mujer común, puesto que se “casará con el hijo de un mercader” (2013, 188). Aquí nos topamos de nuevo con la imposibilidad, no sólo con la que tiene que ver con el amor de Gioia y el discípulo, sino con la que está relacionada con los ideales artísticos de éste. Hacia el final del cuento, el aprendiz reflexiona: “Pero sigo creyendo en la belleza. No seré un gran pintor, y en vano olvidé en San Sepolcro las herramientas de mi padre” (2013, 188). El pintor de este cuento, como el narrador oral de “Parturient montes”, se creen estafadores, aprendices que todavía no dominan la belleza ni la forma; por el contrario, la belleza y la maestría artística es una búsqueda que los artistas de esos cuentos realizan por medio de su obra, pero que también viven en su realidad cotidiana. Así lo afirma el discípulo: “El panorama de Florencia se oscurece lentamente, como un dibujo sobre el cual se acumulan demasiadas líneas” (2013, 188).

El artista atormentado es otro de los símbolos presentes en la obra de Juan José Arreola. La búsqueda de la belleza, el amor artesanal por el lenguaje y las palabras, y la curiosidad por diversos temas son, todos ellos, elementos que caracterizan a los “ensayos” (en el sentido de acercamientos o reflexiones) sobre la belleza, la mujer y la imposibilidad, tres temas que parecen estar íntimamente relacionados en la obra de Arreola.

Además de la extrema sensibilidad, tanto en el tratamiento del lenguaje como en la observación y en la reflexión sobre temas cotidianos, hay que tener en cuenta otras cosas para leer a Arreola. Si quisiéramos buscar las raíces verdaderas de su estilo, quizá tendríamos que buscar en sus lecturas europeas (Papini, Paul Claudel, Francisco de Aldana), en las lecturas que aquí he llamado “omnívoras” (Bachofen, Freud y otros libros de ciencia e historia) y también en el uso de la intertextualidad y la ironía. Todo ello hace que todavía no hayamos terminado de leer a Juan José Arreola (y ojalá nunca acabemos).

 

III. El último juglar

De Arreola se pueden decir muchas cosas: que fue actor, tepachero, vendedor de telas, editor en el Fondo de Cultura Económica, entre otros miles de oficios; que dirigió talleres en donde pulió la obra de José Agustín, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y de muchos autores más; que su obra de corte fantástico o absurdo es la más destacada en la literatura mexicana de mediados del siglo XX. Pero de Arreola también se puede decir que es un autor poco leído en nuestro país. A pesar de que su obra es “editorialmente plástica”, es decir, que sus textos pueden ser puestos en página de muchas maneras,[2] la crítica y los lectores la han mantenido a la sombra. El estilo de Arreola, al igual que el estilo de autores tan importantes como Sergio Pitol o Francisco Tario, es poco común en México, pero también es bastante complejo en su aparente sencillez. Sin embargo, esto no debe desalentar a los lectores, puesto que la obra de Arreola es francamente fascinante. A veces, adentrarse en sus cuentos es como entrar en un río o en unos rápidos. El uso del lenguaje, las múltiples referencias, los hipertextos y las fusiones de géneros se vuelven un conjunto que fácilmente arrastra al lector hacia un abismo. Pero creo que parte de la seducción de Arreola es dejarse arrastrar, seguirlo, ir corriendo tras él tratando de no perder el tren que va a T., e intentando, también, dejarse caer en su garlito.

 

Referencias

Arreola, Juan José. 2013. “El discípulo”. En Narrativa completa. México: Alfaguara.

Arreola, Juan José. 2013. “La noticia”. En Narrativa completa. México: Alfaguara.

Arreola, Juan José. 2013. “Parturient montes”. En Narrativa completa. México: Alfaguara.

Arreola, Juan José. 2013. “Tres días y un cenicero”. En Narrativa completa. México: Alfaguara.

Del Paso, Fernando. 2003. Memoria y olvido de Juan José Arreola. México: Fondo de Cultura Económica.

[1] La obra breve de Arreola sufrió varios cambios en cuanto al orden de publicación. Algunos cuentos aparecían, primero, en cierto volumen, y luego se incluían en otro. En este ensayo, sin embargo, se seguirá el orden presentado en la Narrativa completa de Juan José Arreola publicada por Alfaguara en 2013.

[2] Como ejemplo está “La migala”, cuento que ha sido editado en formato de libro álbum por La caja de cerillos, e ilustrado por Gabriel Pacheco.


Autores
Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Veracruzana. Realizó estudios de posgrado en Promoción de la Lectura en la misma universidad. Le interesan la literatura infantil, los libros ilustrados y la lectura como fenómeno social.
Obra de la serie ‘Claros del bosque’. Rafael García Tejero, tomada del sitio digital 20minutos

— ¡Aguas, manita! Porque ésos son los que matan.

Me lo dijo antes de irme con el Vicente, con esa voz que da permiso pero que también reprocha. Como las mamás cuando te dicen: “tú sabrás”, y es como si dijeran: “haz lo que quieras, pero aquí no vengas a llorar cuando la cagues”.

¡Yo qué le iba a andar haciendo caso! Si es un preocupón, el pobre Eduardo. Se la pasa cuidándonos como si fuéramos de porcelana y aquí somos todas puras indias.

Le solté todo en una noche. Así éramos antes de azotadas. Nos miraba un hombre y nos sentíamos elegidas por la virgen. Te agarraban chava y ni cómo defenderte. Tiene ya sus añitos que lo conocí. Ya ni vive por aquí ese malnacido. Estaba yo chamaca, maciza, bien buenota. Era la reina, la que más chambeaba y la que cobraba más caro. Claro que no siempre fue así. Menos después, que quedé toda madreada.

Empecé bien chiquita en el negocio. Habré tenido diecisiete cuando pasó esto que te cuento. Ésta siempre ha sido mi casa. El Eduardo me recogió de la calle y yo lo veo más que nada como un padre. Andaba yo limpiando parabrisas en Fray Servando cuando me encontró; dormía por ahí en unos cartones. Me trajo y acá lo tuve todo. Techo, comida, ropa buena.

Las chichis me las puse a los catorce. Esto yo ya lo sabía desde los doce. Las primeras eran una porquería. Me inyectaron aceite de bebé o una cosa así. Cuando estás chava se te hace fácil meterte cualquier cosa, yo creo que ni lo piensas. Además, no habría entendido del peligro ni aunque me lo hubieran explicado. Figúrate que ni la primaria tengo terminada. Si era aceite de bebé o de carro o de cocina, pues a mí me daba igual.

El caso es que un día me desperté y ya no tenía media chichi izquierda. Se me había reventado como a la Martina. ¡Sentía yo un dolor! Como si me hubieran azotado. Que llegan el Eduardo y la Sandrita y que me encuentran toda despechugada. Pegaba unos gritos tan fuertes que yo creo que desperté a toda la colonia. Todas las chavas vinieron luego-luego. Ahí ya habían llegado la Patricia, Martita y creo que la Chayito. La Lola todavía no; ésa llegó después del terremoto. A ella su familia la apoyaba. Le pagaron bubi, nalga, todo. Pero se los llevó la fregada con lo del temblor y se quedó tan sola como todas.

Me llevaron a la clínica de urgencias que está por el mercado. Ahí nada más me auxiliaron para que no me pusiera yo más grave, pero me dijeron que tenía que ver a un cirujano. Andábamos de un doctor al otro, viendo quién me atendía. Todos le sacaban, que porque había yo actuado mal. Que me había operado un doctor sin los permisos y ellos no iban a meterse en un problema. Y, pues, menos por una vestida.

Total, que nos encontramos con un médico que dijo que nos iba a dar apoyo. Por la Narvarte. Hasta allá fuimos a dar. Nos prometió un descuento y dijo que ‘ora sí iba a tener yo unas chichis de las buenas. De silicona de ve-tú-a-saber-qué. Yo no tenía nada de dinero, pero las chavas se armaron la vaquita. Se pusieron guapas, la verdá. Lo que pasa es que yo era como su hermanita. Todas me llevaban, de menos, cinco años. Entonces como que se veían reflejadas en mí, les daba yo ternura. Juntaron el billete y me pusieron unas chichis de lujo, como Dios manda. Éstas que ves. Mira nada más. Toca, toca. Puro material del fino. No pesan, no se maltratan ni te hacen daño. Eso sí, las tienes que cambiar cada quince años. Pero yo me he hecho guaje.

Con el cuerpazo que tenía en ese entonces y con estas chichis, me volví la reina de la noche. Claro que ese título no se puede ostentar toda la vida, pero en su momento nos rindió. Y digo “nos rindió” porque todas comimos de ahí. Todas las noches tenía trabajo y, cuando alguna tenía una noche floja, yo me mochaba. ¡Pues cómo no! Si me habían pagado estas tetotas. Malagradecida sería yo si no hubiera compartido el pan.

Ese año conocí a Vicente. Era muy diferente a los hombres que nos venían a visitar. Haz de cuenta que todos eran más abiertos. Pon tú que no eran unas jotitas, pero sí tenían más trabajado lo que es el asunto de la putería. De la homosexualidad, pues, como la llaman ‘ora. Nosotras lo que atendíamos era más bien puro viejito. Ya con sus canas, discretos, pero que nunca se habían escondido. Puro viejito o peluquera. Así de esas feítas que no tienen mucho éxito. Sí, sí, lo que es. ¡Pues por eso nos venían a visitar! Uno guapo no tiene que andar pagando. Closetero casi no atendíamos. Muy de vez en cuando, pero casi no.

¿Pa’ que nos hacemos pendejas? Todas queremos un chacal. Con el brazo bien fuerte, de la construcción, esas caras de macho, del Indio Fernández, y una buena reata. Un hombre con todas las de la ley. Lo malo es que ésos no nos quieren a nosotras. Se buscan a una de a de veras, que les haga su sopita, que les dé unos chamaquitos, que no ande de piruja…

El Vicente era un hombre muy en forma. Grandote, con su espaldota, sus piernotas, mecánico. Trabajaba en el taller de acá a la vuelta, cuando todavía era el jefe Don Antonio. Tenía su mujer y dos chamacos. Los trataba re-bien. Se veía que era buen padre. Yo a él nunca me lo hubiera imaginado de loco con una piru-qué-barbaridad.

Lo trajeron sus amigos, los cabrones del taller. A veces venían nada más a echarse unas caguamas o a cotorrear con las muchachas. Nunca se quedaban con ninguna, venían más bien como a burlarse.

A mí me tocaba meserear una vez a la semana. No era como ahora que tenemos a la Toña nada más para la barra. Cada una se tenía que fletar un día y entre todas nos tocaba hacer quehacer. A mí me tocaba, haz de cuenta, los martes y ese día era jueves. Yo descansaba de la barra pero la Chayo estaba enferma y me tocó suplirla. Entonces que llegan estos chavos y ya sabes, que aunque no te guste los tienes que atender.

Medio mulas al principio, pero sin pasarse de la raya. El Eduardo siempre nos ha tenido bien cuidadas y bien sabe el diablo a quién se le aparece. El Vicente ni una miradita me echaba. Así era de díscolo. Todo lo pedían sus cuates y él no podía ni encargarme una cerveza. Pasaba yo y él se volteaba pa’ otro lado.

Esa vez se pidieron un cartón. Raro, porque ellos no tomaban tanto, pero yo creo traían ganas de pachanga. El Vicente siempre fue muy serio. Con todo y sus tequilas seguía siendo muy formal, muy calladito. Le hacían un chiste y se reía, porque sí se reía, pero no te hacía escándalo. Como muy medidito él. Pero ya entrados en el chupe que se empieza a soltar más.

Me empezó a hablar de a poquito. Primero que le llevara otro tequila. Y yo como si nada. Claro que lo guapo se lo vi desde un principio, pero tampoco va a andar una sintiéndose soñada nada más porque le pidieron un tequila. Entonces ya se lo llevé y me dice “gracias, chula”, y como que me agarra la manita. Me saqué de onda, pero me fui a seguir chambeando. Cuando regresé se puso más pesado.

Estaba yo limpiándoles la mesa. Me agacho y que me pega una nalgada este cabrón. Que me volteo y le suelto una cachetada. Pero nomás por quedar bien, manita. Porque, no te voy a echar mentiras, la verdad es que yo me emocioné. Y es que una es rependeja cuando es joven, mija. Aunque se sienta una la muy chiles, la que lo puede todo, la vida no es tan fácil. Allá afuera la gente es culera. Y los hombres primero ahí andan, hablándote bonito, bajándote la Luna, pero después se convierten en unas bestias.

Así empezó a subir de tono. Que si el jalón de brazos, que si otra nalgadita, que si “cómo estás, chulita”, “¿por qué tan sola?”, y cosas así. Y yo volada. No me podía creer que me estuviera coqueteando ese chacal. A una la educan para sentirse peor que caca. Porque como eres vestida, pues ¿cómo te va a querer un hombre? Te va a querer un maricón, una peluquera, o hasta un anciano. Pero un hombre, con todas las de la ley, jamás. Las otras muchachas nada más me miraban como con lástima. Yo creo que sintieron tan feo que no pudieron ni burlarse. Y es que todas aquí hemos pasado ya por esto. Bruta y mensa es la que vuelve a caer… Bueno, cuando te dan chance de volver a caer. De tener esa elección.

Total que, para no hacerte el cuento largo, se quedó solo el Vicente como a eso de la una. Ya todos sus cuates se habían ido y él estaba necio y necio que no se quería ir. “Pu’s quédate”, le dijeron y se quedó chupando solo. De repente llega la Chayito, estaba yo sirviendo unos tequilas en la barra, y que agarra y que me dice:

— Que salgas a tomarte una cerveza con un cliente.

“¡En la madre!”, dije yo. Porque claro que ya sabía qué cliente. Entonces voy y le digo al Eduardo: “Oye, fíjate que un cliente quiere tomarse una copa conmigo. ¿Cómo ves? ¿Me das permiso?”. Y me dice que sí.

— Pero nomás una copita, mi Ofe. Para tener contento al cliente. Eso sí, no te me confundas, porque hoy tú andas de mesera.

Haz de cuenta que le habló a la pared. Iba yo con toda la intención de que el otro me pidiera un servicio. Lo que es peor, manita: tenía yo la fantasía de que me llevara de a gratis. De no cobrarle. De decirle “usté no paga; usté nomás tráteme suave”.

Y ahí voy de pendeja. Me senté con él y empezamos a platicar. Pura cosa sin sentido me decía, ya andaba medio jarra. Yo creo me habré tomado unas dos cervezas, pero de la emoción ya andaba tan peda como él. Me empezó a dedicar todas las canciones que sonaban. Las de José Alfredo, Julio Jaramillo, Cuco Sánchez. Una antología completa de rancheras me cantó. “La Paloma Negra”, me estuvo diciendo toda la noche. Que porque a leguas se veía que yo era una mujer muy turbia. No se lo tomé a mal, pero no supe qué quería decir. “Me vas a hacer llorar, Ofelia. Vas a ser la reja de un penar”.

Todavía no cerrábamos cuando me pidió que me fuera con él. “Va a estar en chino”, pensé. Por el Lalo. Me esperé a que se metiera a la cocina y en chinga agarré mi bolsa y metí unos calzones limpios. Pa’ la noche. “Ya me voy, manita”, le dije a la Patricia. “Échame la mano con el patrón”. A regañadientes, pero me dijo que sí. Me salgo corriendo con el Vicente y ya en la calle que me encuentro con Eduardo. Sereno él, como que ya lo había visto todo. “Cuanto tú vas, yo ya vengo, mamita”. Y así es, el Lalo se las sabe de todas-todas. Imagínate que ni se enojó, ni me regañó, ni nada. Nada más me gritó desde la puerta:

— ¡Aguas, manita! Porque ésos son los que matan.

“Éste está pendejo”, pensé. Y me fui bien mona con Vicente.

Nos subimos a su coche, un vochito, y nos fuimos hasta el centro. Pasamos primero a los tacos de Bolívar, para que se le bajara tantito la peda. Fíjate, hasta me acuerdo exactamente qué pedí. Nomás dos de suadero, aunque tenía rete harta hambre. Pero una no se puede mandar con la comida antes de irse pa’l hotel. Él sí se pidió como unos ocho. De lengua. Salsita roja.

Me llevó al Mazatlán. Así que tonto-tonto no era. Porque ese hotel no lo conoce uno por casualidad. Por aquel entonces el cuarto andaba en unos ochocientos pesos, ¡imagínate! Ahora te cuesta unos setenta. Esos todavía no eran los nuevos pesos. Claro que lo pagó él. Entramos y ya sabes, los pasillos llenos de chichifos, puertas abiertas, los gritos. Lo que es el Mazatlán, ¿no? Desde entonces ya lo era. A mí me gustaba que me vieran, pero el Vicente era más reservado. Nos metimos al cuarto y yo me pasé luego-luego pa’l baño. A ponerme más cómoda.

Salgo yo bien mona, calzoncito rojo y el brasier que traía. No hacía juego, pero era el que traía. Y él tirado en la cama, esperándome desnudo. Te lo juro que me sentí yo en película de Jóligu. Como ésa de la Yulia, la de Mujer Bonita. Todavía no salía, pero haz de cuenta así. Me puso unos besos que para qué te cuento. ¡Fuertes, mijita! ¡Duros! Unos cuantos besos, no más, pero con esos tuve pa’ encularme.

Y ya, manita, empezó la acción. ¿Qué te voy a contar yo de eso? Si tú te las sabes de todas-todas. Eres una perinola, ¿verdá? Ya me han dicho. No, no, mijita, lo que es. Aquí no hay que sentir pena. Somos todas hermanas.

Ahí nos estábamos besando. Que si las caricias, que si las mordidas. Bien apasionados. Pero ahí también fue donde torció la puerca el rabo. Primero me quitó el brasier. Ya sabes cómo les gustan las chichis a los hombres. Y luego éstas tan caras, pues el otro estaba como niño en dulcería. Después de un ratito que se baja a los calzones. Yo lo traía bien acomodado, para que no se me notara, pero ya sin calzón no iba a haber cómo ocultarlo. Sudé frío, manita. Se me puso la piel de gallina. Me agarra de la cintura y me los baja. Aquello se me soltó todo, ya bien duro, y que me avienta pa’ la cama.

Primero pensé que se había calentado, que todo era parte del juego. Se monta en mis piernas, me agarra de los hombros, me zarandea y me suelta un cachetadón. En todo el hocico, mana.

— ¿Qué chingados es esto?

Me grita, agarrándome la reata. Me estaba lastimando, me enterraba los dedos en los huevos.

— ¡Dime qué chingados es esto!

Ay, manita, pero yo no sé si era pendejo o nada más se hacía, porque aquí, aparte del Lalo, no hay ninguna que trabaje y no sea vestida. ¡Pues si ése es el giro del bar! Aquí ninguna nació hembrita. Yo me saqué mucho de onda. No pensé que le fuera a sorprender. O que se fuera a hacer maje. El caso es que no supe responder. Me quedé como babosa allí tirada. Desnuda y con aquello de fuera. Y entonces empezaron los madrazos.

Uno tras otro, sin parar. En la cara, en los brazos, en la boca. Yo nomás veía su cara; estaba hecho una bestia. Me escurría sangre de los labios y salía volando para todos lados. Me tenía atrapada de las piernas. No me podía mover. Le salía casi espuma de la rabia. “¡Pinche puto!”, me gritaba. “¡Me mentiste, pinche puto!”. Me jalaba los pelos, me mordía las chichis. En algún momento hasta allá abajo me mordió.

Desperté en la cajuela. Primero no sabía ni dónde estaba. Traía el brasier sucio, de que había guacareado, y estaba medio vestida. Me había orinado. “Ora sí ya me chingué”, iba pensando. “Por pendeja, por pendeja, por pendeja”. ¡Vieras qué dolor de cabeza, manita! ¡Qué dolor de todo! Quería yo morirme, de verdad. Nada más quería que acabara ese dolor. Nunca he vuelto a sentirme así de mal. Era un ardor de chichi, de huevo, de todo.

Con la cola entre los cuernos, empecé a rezar. “Sálvame, padrecito santo”, iba diciendo. Porque no me lo vas a creer, manita, pero no me sabía yo ni una oración. Ni el padrenuestro. De niña mi mamá no me enseñaba nada de eso. Decía que los hombres no servían para nada y pues ella creía que yo era un hombrecito. No me llevó ni al catecismo ni nada. Lo poco que sabía de Diosito lo sabía por mi abuela. Ya ahora te sé mucho, pero por la Paty, por la Lola, que me han enseñado. Pero en ese entonces ahí como podía le iba rezando.

Se detiene el carro y abre el Vicente la cajuela.

— ¡Bájate, puto!

Pero yo no podía ni moverme, manita. De verdad. Él a fuerzas quería que me bajara yo solita y no había forma. Me había deshecho los huesos. Lo volvió a gritar un par de veces, pero yo estaba en calidad de bulto. Pues que me agarra de la cintura con un solo brazo. Tenía mucha fuerza el canijo o yo creo que era el coraje. Me carga y me avienta allí en el suelo. Ya tirada le siguió a los chingadazos.

Lo último que pensé fue en nuestra virgen. En la guadalupana. Pensé en su manto, en san Juan Diego, y le pedí que me llevara. Porque en este mundo hay que saber vivir, mijita, pero también hay que saber morir en paz. ¡Cuántas de las muchachas no se han ido así! Yo creí que a mí también me iba a tocar. Me encomendé a la Santísima y le dije “soy toda tuya, madrecita. Y que sea lo que tú quieras”.

El Vicente me desmayó a pura patada. “Puto, puto, puto, puto”, gritaba. Porque cómo les gusta esa palabra. Por eso usté no la repita, mija. Por respeto a las que matan con esos gritos.

Recuperé la consciencia en un hospital. Otra vez allá en urgencias, donde me atendieron de la chichi. Lo demás me lo contaron después. Que me habían hallado en la tarde, que fue un milagro que no estuviera desangrada. El pendejo me fue a aventar allá al Peñón, junto a la base militar. Unos soldados que andaban de descanso me encontraron y dieron aviso a la ambulancia. Ése yo creo que fue el otro milagro, porque los militares, así como son, bien pudieron haberme abandonado o pudieron acabarme de matar.

Me aventé unas tres semanas en el hospital. Se turnaban las chavas y el Eduardo pa’ cuidarme. Bien derechos ellos, porque ni una mala palabra me soltaron. Ni un regaño. Puro buen trato mientras estaba internada. Yo creo porque sabían que la lección la iba a aprender solita. Bien dicen que uno no aprende en cabeza ajena. Y es verdad, manita. Por eso yo lo más que puedo hacer es contarte mi historia.

Cuando regresé a la casa, todavía me tocó que me desgreñara la esposa del Vicente. ¡Pinche vieja! Se metió bien encabronada al bar a preguntar por mí. Como nadie le quiso dar razón se empezó a madrear a todas. Vino hasta la barra a sacarme de las greñas. Hasta la calle me llevó. De no ser por la Lola ésta tampoco te la cuento. La vieja gritaba y gritaba:

— ¡Pinche puto! ¡Querías violar a mi marido!

Hazme el chingado favor. Por eso todas me aconsejaron mejor no hacer denuncia. Porque así me iban a tratar en el mp. Yo dije: “ahí le paramos y cada quien se queda con su golpe”. Claro que el mío estuvo más grave. Pero qué le va a andar importando eso a la gente.

Desde entonces no me he vuelto a enamorar. No te miento, manita. Una ya no ve a los hombres igual. Hasta te empiezas a creer eso de que son todos unos cabrones. No te voy a decir que me desmadraron la vida, pero sí me marcaron para siempre. Y a Dios gracias que puedo vivir para contarlo.

Lo que yo te digo es: mira, yo no soy quien para prohibirte nada. Usté puede andar de novia con quien quiera. Si ‘orita crees que el Ramón es buen muchacho, ¡pues espérate un ratito! Que te lo demuestre. Porque eso de que tenga esposa, tenga hijos, y te quiera a ti andar ocultando, a mí no me huele nada bien. Te paso al costo el consejo del Eduardo: ¡Aguas, manita! Porque ésos son los que matan.


Autores
(Ciudad de México, 1990). Cursó estudios de Química en la Universidad Nacional Autónoma de México y actualmente estudia Comunicación en la misma. En 2015 fue elegido para formar parte de la XIV Promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (Córdoba, España). Ha publicado distintos cuentos en antologías y revistas digitales e impresas. Se ha desempeñado dentro del periodismo y la divulgación de la ciencia. Es editor y articulista del medio informativo Homozapping. Ha trabajado como speechwriter para distintos personajes de la política mexicana y como screenwriter en la emisión Diversidad CDMX del canal Capital 21.
Foto tomada del sitio digital The Apopka Voice

Lo escuchó —“‘pa”— pero no levantó la cabeza. Derrotado una vez más. Encontrado una vez más. Pensó que sólo un imbécil como él era incapaz de esconderse en un mundo tan grande, todo lleno de rincones, con una noche tan oscura.

— ¡’Pa!

Se levantó de la banca y emprendió el camino a casa. El niño recogería sus cosas. El niño se encargaría de todo. Él sólo tendría que llegar a casa, bañarse, acomodarse una vez más y comenzar a vivir la vida que tanto anhelaba, la que se merecía, ahora sí.

¿Cuánto había pasado fuera esta vez? Ya no tenía chiste medir el tiempo, pensó. Siempre era igual, sin importar cuánto tiempo hubiera pasado. Pero estaba envejeciendo. Volteó: el niño caminaba unos pasos detrás de él con la caja entre los brazos. Cómo le daba risa verlo así, cargando sus chivas de aquí para allá sin que se lo tuviera que pedir siquiera. También el niño estaba envejeciendo. Su señora, ¿cuánto tenía ya de muerta? De nuevo pensó que ya no tenía chiste medir el tiempo; un día o un siglo de muerta, ¿qué importaba? Estaba muerta y ya.

Llegaron al departamento. Era un lugar perpetuo, lleno de él, pero sin él. Era como ver su propio fantasma. Incluso tenía el mismo olor de siempre, a aire un poco pasmado, denso; su señora solía decir que olía a cobija vieja. No sucia, nomás vieja. Su señora era una buena señora y su hijo, bueno, los hijos son los hijos. Buen muchacho pero pendejón, pensó siempre. Ahí lo tenía atrás, esperando. ¿Cómo era? Bañarse, acomodarse y empezar a vivir la vida que se merecía. ¿Pero cómo? Quería un trago, pero ahí estaba prohibido, recordó, así que ahora no sólo quería sino que necesitaba un trago. Se metió al baño de inmediato, para apresurar el trámite.

Su cuerpo recibió el agua caliente con dificultades. Aquí y allá le ardían las llagas y cortadas que había acumulado durante ese impreciso periodo de tiempo. Los pies le ardían. Los ojos le ardían. La cabeza le ardía con furia. Pasados unos minutos comenzó a relajarse y pudo disfrutar. Todo se iba lavando poco a poco: las culpas, la resaca, el mucho sol y el frío ensordecedor, las lluvias, las hambres, algo de la confusión. Regresaba un poco del país lejano al que se marchaba su espíritu cuando estaba en la calle. Desandaba los pasos suficientes para pensar, con suma ingenuidad, que quizás ahora podría quedarse. Sí. Se enjabonaba y veía cómo se formaba un charco negro bajo sus pies. Veía, siempre con alegría, cómo se aclaraba el charco y pensaba: tal vez.

Si pudiera acordarse de cuánto tiempo tenía de muerta su señora. Era el mismo tiempo que llevaba en la calle de planta, como le gustaba decir. ¿Cuántos años tenía ya el niño? Ah, ¡el tiempo! Le sorprendía cómo era lo primero que se perdía, incluso antes que el pudor, que cualquier otra cosa. Era una especie de refugio o de tregua; el pasado sólo existía cuando se le ponía enfrente, como en esas ocasiones en que el niño lo recogía en la banca del parque o en la escalera del metro y lo llevaba al departamento para que se diera un baño, se cambiara de ropa y, quizás, esta vez se quedara. Qué cambiado estaba el niño en cada ocasión. Estaba envejeciendo, igual que él. Pero no tenía ni la menor idea de qué edad podría tener. ¿once? ¿cincuenta? ¿Y él? ¿Y qué importaba, en realidad? Aunque llevara un millón de años en la calle, no podría quedarse. Pero sentía curiosidad y, además, acurrucó la posibilidad de que, recordándolo, el tiempo también lo recordara a él. Extrañaba el tiempo.

— ‘Pa —el niño tocó la puerta con cuidado. Te dejo tu ropa aquí afuera.

El niño siempre le había llamado mucho la atención. Lo quería. Sí, claro que lo quería, pero no le caía tan bien. Ni modo. Lo mismo su señora: la quería, pero no le gustaba mucho estar cerca de ella. Por eso sus ausencias. Además, ni a la señora ni al niño les gustaba que bebiera. Pero sí los quería. Eran ese tipo de cositas —“te dejo tu ropa aquí afuera”— las que lo irritaban sin remedio. A él le parecía que el niño era marica. ¿Por qué tenía que dejarle la ropa ahí afuera, en el pasillo, cuando él bien podía ir a su cuarto, escoger su ropa, vestirse? Así lo había hecho la señora: sumiso, dejadote y, a la muerte de ella, el niño se había vuelto el sirvientito de todo el mundo. Modosito, jotito.

— ‘Pa.

Él guardó silencio.

— ¿Ya terminaste?

“Hijo de tu puta madre”, pensó, y se descarriló hacia una escena antigua, una de las pocas que recordaba con claridad. Él trabajaba: maestro de matemáticas en una secundaria, turnos matutino y vespertino. Las matemáticas sí le gustaban; alguna vez, incluso, se había sentido un poco inflamado por ellas, pero los muchachos de la secundaria, unos animales, le habían arruinado el alma, según se decía a sí mismo. Le quedaban el confort de su casa, la cerveza y el tequila, el noticiero. Amigos ya no. Nadie lo quería cerca, aunque él creía que era él quien no quería a nadie cerca. Para arruinarle lo poco que tenía, por supuesto, estaban su mujer y el niño. Los quería, sí, pero una era medio idiota y el otro marica.

Un día de aquel entonces, pues, llegó a la casa después de trabajar y se encontró con que no había nadie ahí. Se asomó a la cocina y estaba impoluta, cazuelas, platos, todo guardado. En el comedor, nada. Las camas hechas. Todo igual, salvo que no había nadie —bien— ni nada de cenar —muy, muy mal. Abrió una cerveza y se la terminó en un santiamén, casi de un solo trago. Abrió otra y, a la mitad, empezó a enfadarse. Abrió otra y, a la mitad, ya estaba encabronado. Abrió el tequila, que guardaba para los fines de semana. A la mitad de la botella, poquito más, llegaron la señora y el niño. Él ni se fijó en el brazo enyesado del niño ni mucho menos escuchó que la señora le había dejado una nota sobre el comedor; lo que hizo fue perseguir y destruir. Al niño le sacó el yeso a la mala y lo estrelló en el suelo. A la mujer casi la mató y se salió de la casa. Ésa fue la primera ausencia y duró apenas veinticuatro horas. Regresó y recibió el perdón con la condición de que dejara de tomar, y así lo hizo durante once largos, muy largos años, hasta que se murió la señora y se detuvo el tiempo.

— ‘Pa, ¿ya terminaste?— repitió el niño, un poco más fuerte.

— Hijo, discúlpame —dijo—, por favor, discúlpame.

— Jefe…

La palabra mágica. Eso también lo recordaba bien. Era una historia para la radio: alguna noche, él se pasó un alto y lo pararon. Iban los tres en el carro. Cuando se acercó el policía de tránsito, él bajó la ventanilla, le dijo “jefe” y sacó un billete de doscientos pesos. El policía se fue y la bronca terminó. Fácil. Al día siguiente, él veía un partido cuando el niño se le acercó y le dijo: “Jefe”. “¿Qué?”, le preguntó, y el niño se quedó inmóvil. “Jefe”, repitió el niño, y él entendió. “Pendejo no eres”, le dijo, lo cargó y lo puso a ver el juego, abrazándolo.

En fin, ése era el momento en el que salía del baño, el niño le entregaba —dulce venganza, quizás— un billete de doscientos, quinientos pesos (una vez le dio mil), y él se marchaba de nuevo con ropa limpia. Lo hizo sin ceremonia. En el pasillo, frente al niño, se vistió, aceptó el billete —cincuenta pesos—, tomó la caja llena de cobijas, corcholatas, piedras, papeles, fierros y demás chatarras, y salió del departamento.

— ‘Ma— dijo el hombre y abrió la puerta de la recámara—. Ya.

— ¿Cómo está?

Él levantó las manos e inclinó un poco la cabeza. Su madre tenía la cobija hasta la barbilla. El olor en la habitación era insoportable.

— ¿Se bañó?

Siempre la misma canción; años de la misma canción.

— Sí. Vino, se bañó y se fue.

— ¿Cenó?

— Hace mucho que no cena aquí, se lleva la comida.

— Ya.

El niño comenzó a cerrar la puerta para marcharse. Ya no soportaba pasar más tiempo del estrictamente necesario en ese departamento.

— Hijo —dijo la señora cuando el niño casi había desaparecido.

— ¿Sí?

— ¿A qué estamos hoy?

El niño revisó su celular.

— Dieciocho. Dieciocho de agosto.

— Ya —se levantó un poco, apenas para verle bien la cara. ¿Y qué día fue que me morí yo?

— Noviembre. Veintinueve.

— Ya hace mucho, ¿verdad?

— Ya —hizo cuentas, rápido. Yo tenía quince. Ya más de quince, entonces.

— Ya hace mucho. Pero bien que me acuerdo de aquella curiosa ocasión.

El niño volvió a abrir la puerta y se recargó en el marco.

— ¿Cuál?

— Cuando me lo encontré, ¿te acuerdas? —sonrió un poco. ¡Y la misma semana en que me morí! Ay, no, pobre. Se puso blanco, blanco. Y yo, qué bruta, ¡ya nos cachó! Y no. Nomás apretó un poco el paso. Ni volteó.

— Un día deberías salir y verlo, a ver qué hace.

— Ay, no, pobre— volvió a poner la cabeza sobre la almohada. Y es capaz de querer quedarse. No, no.


Autores
(Tijuana, 1985). Escritor, editor y asistente de encuadernación.

El camino más claro para entender la novelística de Fernando del Paso es el del escritor que ama el lenguaje a través de la mirada del historiador, del estudiante que abandona las ciencias médicas para dedicarse a narrar con ojo crítico el pasado y la actualidad de la sociedad que habita. En este ensayo, Antonio Ortuño aborda la obra de Del Paso, particularmente, Noticias del Imperio, a partir de una pregunta apenas insinuada: ¿por qué contar a través de historias en vez de narrar la historia?

Multiplicad un hombre por mil y cread un ejército imaginario. Cuando os hablemos de caballos, pensad que los veis hollando con sus soberbios cascos la blandura del suelo: porque son vuestras imaginaciones las que deben hoy vestir a los reyes, transportarlos de aquí para allá, cabalgar sobre las épocas, amontonar en una hora los acontecimientos de numerosos años, por lo cual os ruego me aceptéis como reemplazante de esta historia, a mí, el coro, que vengo aquí, a manera de prólogo, a solicitar vuestra amable paciencia y a pediros que escuchéis y juzguéis suave e indulgentemente nuestro drama.

Prólogo de Enrique V, William Shakespeare

 

¿Por qué la Historia en mayúscula en vez de la mera ficción? ¿Cuándo fue que la narrativa adquirió esa desmesura, que aspira a recontar en vez de las bonanzas y desventuras de unos pocos bichos imaginarios los hechos de las naciones y los personajes reales que las ensillan y montan? En realidad la tuvo desde el principio. Heródoto, Plutarco, Jenofonte, Tito Livio, Suetonio, Tá­cito, fueron casi más narradores que historiadores, aunque sus es­critos sirvieran para construir lo que la Academia asumiría como verdad durante centurias. Recolectores de chismes y leyendas, especuladores cuando no redomados mentirosos. Pero por ellos (y otros sin su prosa espléndida pero con sus mismas mañas) es que sabemos algo, lo que sea, de Grecia y Roma.

También la Historia en mayúscula está en Bernal Díaz del Cas­tillo y en las Cartas de Relación del propio Cortés, así como en las páginas inagotables del padre Las Casas. Ya dijo Fuentes, y en eso conviene hacerle caso, que América nació como novela de caba­llería y crónica, con algo de ficción entremezclada.

Shakespeare narró a los reyes de Inglaterra. Quizá el ciclo que inicia con Ricardo II y culmina (tras tres Enriques en seis partes de por medio) con Ricardo III, sea el arquetipo de la afortunada suma de las necesidades de la Historia con los recursos de las letras. Nadie, además, ha podido rebajar las obras de su ciclo a la categoría de novelas históricas porque los suyos son textos desti­nados a las tablas: puro diálogo y poesía, puras espadas de cartón cuyo filo, sin embargo, degüella.

Es el siglo XIX el que define las demarcaciones tradicionales de la narrativa, y durante él, son principalísimos los motivos relacio­nados con la Historia. Porque La cartuja de Parma, Los miserables o Guerra y Paz, por elevarnos a las alturas de Stendhal, Hugo y el conde Tolstoi, dan verosimilitud a su ficción gracias a la inclusión y uso de la dichosa Historia. Las guerras napoleónicas o el epi­sodio de la Rebelión de junio en París encuentran en esas obras una interpretación quizá definitiva, en el sentido en el que millo­nes de personas han recurrido y recurren a ellas para entender esos pasajes del pasado europeo. Balzac o Zolá (y hasta Flaubert, con su Salambó) escudriñarían esos mismos senderos, lo mismo que autores de menos reputación en estos días pero aún popu­lares, como Dumas, Walter Scott o Dickens, quienes recurrieron a personajes y situaciones tomados de la tradición histórica para apuntalar sus narraciones.

La Historia está en las tripas mismas de la novela y no es absur­do postular que una serie de tradiciones literarias desembocan en ese océano y puede hablarse de “narrativa histórica” en un espacio libre de esos best-sellers contemporáneos que explotan los coar­tadas históricas sin ninguna densidad literaria. Hay vida, pues, antes y después de los Pérez-Reverte del mundo.

II

La narrativa mexicana ha mantenido un ojo puesto en la Histo­ria. Dejemos de lado al siglo XIX y sus próceres (la huella de Alta­mirano o Riva Palacio en la narrativa mexicana contemporánea es tenue o nula). El siglo xx mexicano arranca con un ejemplo paradójico. La novela de la Revolución, realista y épica (y satírica, también), su existencia misma como reacción ante lo que sucedía en el país en el segundo decenio del siglo xx, suele ser relaciona­da con la narrativa histórica, pero su coexistencia temporal con los hechos que aborda convierte esa posible adscripción en una trampa. Porque aquello, sí, se volvió Historia pero no era consi­derada de ese modo mientras sucedía: aquello era sencillamente la vida pública. El tiempo realzó con estatura de Historia lo que narraron Martín Luis Guzmán, José Rubén Romero o Mariano Azuela, pero hay allí un juego de espejos que distorsiona las in­tenciones y alcances de sus textos.

Eso sí: las sátiras de Jorge Ibargüengoitia, que nacieron con Los relámpagos de agosto, obra que enterró a la novela revolu­cionaria tal como el Quijote sepultó a las novelas de caballería, son construcciones que deliberadamente juegan con la Historia. No sólo con los hechos y personajes, sino con el rastro que esos acontecimientos y figurones han dejado en la vida, en el lengua­je y la cultura.

La estela de Ibargüengotia fue seguida, al abordar el periodo de la presidencia de Santa Anna, por narradores como Enrique Ser­na (El seductor de la patria) o Rosa Beltrán (La corte de los ilusos). Otros prefirieron acercamientos más relacionados con la biogra­fía novelada (Palou, Villalpando, Aguirre) o con la militancia y la relectura política del pasado (Taibo, Montemayor).

En otro sentido, la monumental Crónica de la intervención, de Juan García Ponce, es uno de los acercamientos más vitales al 68 mexicano, del que el autor fue testigo, sí, pero cuya recuperación emprendió, pasados los años, desde el lenguaje y la microhisto­ria personal.

El título de ese libro monumental juega, engañosamente, con el periodo de la intervención francesa. Pero no sería García Pon­che el encargado de asomarse a ese jugoso episodio. Un estricto contemporáneo suyo, de muy diferentes talentos, llevó a cabo la tarea. Hablo, por supuesto, de Fernando del Paso.

III

Del Paso es uno de los novelistas mayores del siglo XX mexicano. Desde sus inicios, con José Trigo (Siglo XXI Editores, 1966), dejó claro que lo central de su talento se encontraba en su capacidad de cuestionar las estructuras y la retórica tradicionales de la na­rrativa. Con Palinuro de México fue incluso más allá y emprendió la joyceana tarea de instaurar una épica de lo cotidiano, de abordar los horrores de su entorno (en este caso, la represión del movi­miento estudiantil de 1968) con las armas del lenguaje.

En Del Paso hay marcas profundas de lecturas clásicas (Pali­nuro es Joyce y Faulkner, sí, pero también Rabelais y Cervantes) y una voluntad de innovación formal permanente. A contrapelo de cierta consigna asumida por algunos narradores principales de la segunda mitad del siglo, que buscaron establecer un discurso literario cercano al campo emotivo y referencial de sus lectores (verbigracia, los trabajos de Gabriel García Márquez o cierto José Emilio Pacheco), Palinuro apuesta por el delirio, el descoyunta­miento de la realidad y el abigarramiento barroco, y no duda en aventurar imágenes y procedimientos bebidos de las vanguar­dias poéticas de principios del XX.

Nunca existió en la pluma de Del Paso ansiedad por publicar. Su primera novela tardó siete años en completarse; la segunda apareció publicada más de un decenio después. Esa morosidad y perfeccionismo en la construcción verbal, en el trabajo pala­bra a palabra, línea a línea, párrafo a párrafo, tiene cabal registro en sus páginas, cuya relectura es aún deslumbrante para quien esto firma.

Ya en los años noventa, Fernando del Paso publicó Linda 67 (Plaza y Janés, 1995), un divertimento policial de alcances me­nores con respecto a los de sus obras previas y que fue leído con cierta frialdad y condescendencia en su momento, pero al que es posible acercarse, pasados los años, con placer y un espíritu lú­dico más acorde al que la llevó a ser escrito.

Una nota biográfica de Del Paso resulta quizá decepcionante para quienes piensen que el atrevimiento literario debe ir de la mano con una rutina de excesos y un carácter de energúmeno. Abandonó estudios de Medicina para especializarse en Economía y Letras, en la UNAM. Trabajó en agencias publicitarias y obtuvo numerosas becas artísticas (la del Centro Mexicano de Escrito­res, así como las de las Fundaciones Guggenheim y Ford). Fue agregado cultural de la embajada mexicana en Francia y cola­borador de la bbc y de Radio France Internationale. Ha practi­cado también la dramaturgia, la poesía, el ensayo, la pintura, la gastronomía.

Casado, crió a sus hijos a la par de la construcción de su obra.

Si la manera de vivir es otra manera de levantar una obra de arte, como quiso Nietzsche (cuya biografía da pistas de sus treme­bundos conceptos de estética), cabe decir que el arte de Fernando del Paso ha sido construido con erudición, paciencia, humor. Con rigor y, a la vez, con riesgo.

IV

La historia personal se unió con la Historia en mayúsculas en un capítulo deliberadamente omitido en el apartado anterior. A pesar de ser un novelista ya consagrado (con la obtención de los premios Villaurrutia y Rómulo Gallegos), es la publica­ción de Noticias del Imperio (Diana, 1987) la que convertirá a Del Paso en uno de los escritores fundamentales del idioma a escala iberoamericana.

De la mano de una notable y bien llevada curiosidad historio­gráfica, Del Paso yergue un mosaico de voces engarzadas en torno al monólogo (que recuerda, de algún modo, al de la Molly Bloom de Joyce) de María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia Coburgo y Orléans Borbón Dos Sicilias y de Habsburgo Lorena, Princesa de Bélgica, Lorena y Hungría, Ar­chiduquesa de Austria, condesa de Habsburgo, Virreina consor­te del Lombardo-Véneto y emperatriz de México. La Emperatriz Carlota, vaya, esposa de Maximiliano, el noble austriaco que los conservadores mexicanos y Francia impusieron como gobernante de México desatando una guerra que se convirtió en uno de los episodios cardinales del país.

Del Paso transita a través de las versiones de ambos bandos, enhebra estampas de época, se interesa tanto por los hechos recordados en libros y conmemorados por estatuas como por lo que fue acuñado y conservado por la tradición popular y lo minuciosamente olvidado por la Historia política. A la vez que consigna y acumula “versiones” y pareceres, el novelista no oficia de historiador totalizador con pretensiones de objetivo: proble­matiza por igual a conservadores y liberales, a intervencionistas y libertarios, sin perder de vista que en México, en 1862, sólo po­día optarse por el juarismo o la reacción más descarnada. Sin embargo, su capacidad de “leer” la psicología de sus personajes, su humor y su talento verbal impiden que el libro se transforme en panfleto y crean, apropiadamente, el efecto vertiginoso de un mundo vivo, en construcción, al que nos asomamos por cien ren­dijas diferentes.

Noticias del Imperio no hace un relectura nostálgica ni idea­lista del Segundo Imperio Mexicano, sino que ironiza sobre él, pero tampoco intenta ser una recreación solemne y pastosa de los méritos de Juárez y los liberales. Equidistante del fervor ultra­montano de los revisionistas favorables a la causa de Maximiliano y del empeño de otros por convertir a los héroes liberales en suje­tos ejemplares y sin mácula, dignos apenas de figurar en el texto gratuito con el que se adoctrinaba a los niños en las escuelas, Del Paso echa mano de una multitud de recursos y fuentes para dar perspectiva y volumen a sus criaturas.

Noticias del Imperio une, en su estructura miscelánea y com­pleja, en su lenguaje elaboradísimo y multifacético, en su visión caleidoscópica e ironizante, la tradición de la novela histórica con los procedimientos y alcances de la narrativa de avanzada.

Cuando la revista Nexos, en 2007, convocó una encuesta entre escritores mexicanos en la que resultó elegida como la mejor y más trascendente novela mexicana en tres decenios, se estaba oficializando algo de sobra conocido.

Noticias del Imperio es aún la fértil y seductora cumbre de la narrativa en español contemporánea.


Autores
(Zapopan, 1976) es autor de El buscador de cabezas, Recursos humanos y La fila india. Fue seleccionado por Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español.